José Luis Pardo:
Ignorancia a la boloñesa
José Luis Pardo, catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de
Madrid
Jean-Claude Michéa: La
escuela de la ignorancia y sus condiciones modernas
Trad. de Isabelle Marc
Acuarela/Antonio Machado Libros, Madrid
110 pp. 11 €
José Carlos Bermejo: La
fábrica de la ignorancia. La universidad de «como si»
Akal, Madrid
158 pp. 14,90 €
Quien quiere –como el autor de La fábrica de la ignorancia viene
queriendo desde hace años– explicar a la sociedad en qué consisten las reformas
de las instituciones de enseñanza superior que han venido llevándose a cabo
durante los últimos tiempos en España y cuáles son sus consecuencias
previsibles, y quien además se esfuerza por explicar a esa misma sociedad por
qué mantiene con respecto a ellas una postura crítica, se enfrenta a una
dificultad múltiple. El primer problema, y sin duda el más grave, es la
indiferencia pública: pese a la rapidez con que todo el mundo se hace lenguas
invocando «la educación» cada vez que ocurre una desgracia periodísticamente
destacable, lo cierto es que la sociedad española no está demasiado preocupada
por sus instituciones de enseñanza, como lo prueba la pasividad con que ha
asistido al manifiesto deterioro de las aulas públicas de secundaria, patente a
ojos vistas y más allá de indicadores presuntamente objetivos; no parece, por
tanto, que vaya a rasgarse las vestiduras por el hecho de que las universidades
presenten algunos defectos similares. El segundo problema es el riesgo de no ser
comprendido o de ser malinterpretado: debido a la recién señalada indiferencia,
el funcionamiento de las instituciones de enseñanza es poco conocido fuera de
ellas mismas, y lo poco que sobre él aprendemos cuando estamos en sus
instalaciones se nos olvida rápidamente al ingresar en la sociedad propiamente
dicha, con lo cual es bastante difícil hacer entender los vicios de este
funcionamiento a quien ni siquiera está informado de sus rudimentos; si a esto
se añade la inercia ideológico-publicitaria o, como dice Jean-Claude Michéa, «la
metafísica del progreso» vigente en nuestro medio, que hace siempre triunfar el
prejuicio de que todo cambio es necesariamente a mejor, resulta que quien
muestra su prevención contra las transformaciones de las universidades hoy en
marcha (como frente a cualesquiera otras) puede fácilmente ser presentado
públicamente ante quienes desconocen el asunto como el típico funcionario
remolón que frena los avances de la historia en nombre de inconfesables
privilegios de casta y del nostálgico apego a un pasado periclitado (se
recordará el lapidario argumento con que el director de la Cátedra UNESCO de
Gestión y Política Universitaria contestó a los críticos del llamado proceso de
Bolonia: «la historia no puede detenerse») o de algún quimérico futuro tan
imposible como indeseable; y claro está que la sociedad, considerada en general,
no quiere mantener holgazanes ni abandonar los raíles del adelanto histórico de
los que nuestro país ha estado demasiado tiempo ausente.
Porque –y este es el tercer y último problema
que mencionaré en este contexto– resulta aún más difícil hacer entender que
quienes critican estas reformas (al menos la inmensa mayoría de ellos) no lo
hacen porque consideren que la universidad española, en su actual estado, es una
institución de la que podamos sentirnos satisfechos: conocen sus defectos tan
bien como cualquiera de los que convivimos con ellos, pero este es un nuevo caso
en el que conviene escapar de la falacia que pretende hacer buena una cosa
simplemente a partir de la constatación de lo mala que es su presunta contraria
(porque, de hecho, hay numerosos casos en los cuales una cosa y la contraria son
igualmente malas y dañinas); el estado –lamentable por tantos conceptos– de la
actual universidad española en su conjunto, que José Carlos Bermejo describe en
la introducción de su ensayo («Oligarquía y caciquismo en la universidad
española») no basta tampoco para hacer bueno el «proceso de Bolonia», entre
otras cosas porque no es difícil que el «cambio revolucionario» encubra también
aquí una estrategia para conseguir que nada cambie realmente. A este respecto
deberían leerse combinadamente el capítulo «La imaginación al poder y la
política de la imaginación» de La fábrica de la ignorancia y las
páginas en que Michéa explica «por qué casi siempre es un poder cultural de
izquierdas el que impone a las clases populares la modernización total de
la escuela y de la vida –que, desde el siglo XVII, constituye la esencia misma
del programa capitalista– de la forma más coherente y eficaz» (p. 53). Añádanle
a todo esto un último factor que ha venido a complicar las cosas en estos
últimos meses, aunque este factor no afecta tanto a la confección del libro del
profesor Bermejo como a su recepción: me refiero al infundio, que ha alcanzado
carta de naturaleza entre nosotros, de que lo importante ya no es «Bolonia» (si
me permiten los lectores una vez más nombrar con este solo vocablo una coyuntura
tan vasta y compleja) sino su «aplicación», pues se advierte que su aplicación
en tiempos de crisis podría desnaturalizar esta gran oportunidad, argumento cuya
perversidad interna –merced a la cual aquellos que fueron sus promotores se
declaran orgullosamente irresponsables de sus consecuencias– recuerda
inmediatamente al que aún se utiliza cuando se trata de analizar los resultados
de la LOGSE (de tan grato recuerdo), cuyos autores dicen exactamente lo mismo,
aunque el decirlo una y otra vez no haya conseguido deshacer ninguno de los
entuertos que la ley erigió en conflictos cotidianos en las aulas y que siguen
hoy aumentando el malestar que se acumula en ellas. El libro de Bermejo tiene,
por último, una pretensión añadida: no solamente intenta explicar en qué
consisten las actuales reformas universitarias, sino por qué, sorprendentemente,
aquellos que objetivamente son sus principales perjudicados, los profesores, son
tan indiferentes como la propia sociedad al deterioro de sus condiciones de
trabajo, cuando no enarbolan con entusiasmo la bandera de los cambios que han de
llevarles al desastre.