Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger6524125
Actualizado: fai 17 horas 35 min

Las elecciones estadounidenses: ¿ya pasó o sigue?

Dom, 20/11/2016 - 17:21
Immanuel Wallerstein

Casi todos están asombrados por la victoria de Trump. Se dice que aun Trump se asombró. Y, por supuesto, ahora todo el mundo está explicando cómo fue que ocurrió, aunque las explicaciones sean diferentes. Todos están hablando de las grietas profundas que creó la elección (¿o que reflejó?) en el cuerpo político estadounidense.

No voy a añadir uno más de tales análisis a la larga lista que ya me cansé de leer. Sólo quiero concentrarme en dos puntos: cuáles son las consecuencias de esta victoria de Trump: 1, para Estados Unidos; y 2, para el poderío estadounidense en el resto del mundo.

Internamente, los resultados, no importa cómo los mida uno, mueven a Estados Unidos significativamente a la derecha. No importa que Trump, de hecho, haya perdido el voto popular nacional. Y no importa que, si le hubieran faltado a Trump tan sólo 70 mil votos en tres estados (algo así como menos de 0.09 por ciento del total de votos emitidos), Hillary habría ganado.

Lo que importa es que los republicanos ganaron lo que se conoce como la trifecta –el control de la presidencia, ambas casas de representantes, y la Suprema Corte. Y aunque los demócratas puedan ganar de nuevo el senado y aun la presidencia en cuatro o en ocho años, los republicanos se aferrarán a la mayoría de la Suprema Corte por mucho más tiempo.

No hay duda que los republicanos están divididos en puntos importantes. Esto es visible justo una semana después de las elecciones. Trump ya comenzó a desplegar su lado pragmático y por tanto sus prioridades: más empleos, reducción fiscal (pero de ciertos tipos), y salvar partes del Cuidado de Salud Asequible (Obamacare) que son ampliamente populares. El establishment republicano (un establishment bastante a la derecha) tiene otras prioridades: destruir Medicaid y aun Medicare, diferentes tipos de reforma fiscal y echar atrás al liberalismo social (como los derechos de aborto y el matrimonio gay).

Queda por ver si Trump puede derrotar a Paul Ryan (quien es la figura clave en esa ala derecha con sede en el Congreso), o si Paul Ryan refrenará a Trump. La figura clave en esta lucha parece ser el vicepresidente Pence, que se ha posicionado de modo muy notable como el verdadero número dos en el despacho presidencial (como lo hiciera Dick Cheney).

Pence conoce bien el Congreso, es ideológicamente cercano a Paul Ryan pero le es leal a Trump. Él fue quien escogió a Reince Priebus como jefe de Gabinete para Trump, prefiriéndolo a él que a Steve Bannon. Priebus está en favor de unir a los republicanos mientras Bannon reivindica atacar a los republicanos que son menos que 100 por ciento leales hacia un mensaje de ultraderecha. Aunque Bannon obtuvo un premio de consolación como asesor interno, es dudoso que vaya a tener algún poder real.

Pase lo que pase con esta lucha interna de los republicanos, sigue siendo cierto que la política estadounidense se corrió significativamente a la derecha. Tal vez el Partido Demócrata se reorganice como un movimiento más de izquierda y más populista, y sea capaz de contender con los republicanos en futuras elecciones. Eso también está por verse. Pero la victoria electoral de Trump es una realidad y un logro.

Volteemos ahora de la arena interna en la que Trump ha ganado y tiene poder real, al ámbito externo (el resto del mundo) en donde no tiene virtualmente nada. Utilizó en su campaña el lema de Hacer de nuevo grande a América. Lo que dijo, una y otra vez fue que, de ser presidente, aseguraría que otros países respetaran (es decir, obedecieran) a Estados Unidos. En efecto, él aludió a un pasado en que Estados Unidos fue grande y decía que recuperaría ese pasado.

El problema es muy simple. Ni él ni ningún otro presidente –sea Hillary Clinton o Barack Obama o para el caso Ronald Reagan– puede hacer mucho acerca de la avanzada decadencia del otrora poder hegemónico. Sí, Estados Unidos alguna vez dominó el gallinero, más o menos entre 1945 y hasta cerca de 1970. Pero desde entonces, ha ido decayendo sostenidamente en su capacidad para hacer que otros países lo sigan y hagan lo que Estados Unidos quiere.

La decadencia es estructural y no es algo que pueda hacerse surgir del poder de algún presidente estadounidense. Por supuesto que Estados Unidos sigue siendo una increíblemente poderosa fuerza militar. Si mal utiliza este poderío militar, puede hacer mucho daño al mundo. Obama era muy sensible en cuanto a estos daños potenciales, lo que da cuenta de todas sus dudas. Y Trump fue acusado a todo lo largo de su campaña electoral de no entender esto y, por tanto, de ser un portador peligroso del poderío militar estadounidense.

Pero aunque es posible ocasionar daño, hacer lo que el gobierno estadounidense pueda definir como bueno parece virtualmente algo que rebasa el poder de Estados Unidos. Nadie, e insisto que nadie, seguirá hoy la conducción de Estados Unidos si piensa que sus propios intereses son ignorados. Esto es cierto no sólo de China, Rusia, Irán y por supuesto Corea del Norte. Es cierto también de Japón y de Corea del Sur, India y Paquistán, Arabia Saudita y Turquía, Francia y Alemania, Polonia y los Estados bálticos, y nuestros antiguos aliados especiales como Israel, Gran Bretaña y Canadá.

Estoy bastante seguro de que Trump todavía no se percata de esto. Hará alarde de las victorias fáciles, como finalizar pactos comerciales. Utilizará esto para probar la sabiduría de su actitud agresiva. Pero dejemos que intente hacer algo respecto a Siria –lo que sea– y muy pronto se desilusionará de su poder. Es muy poco probable que se retracte de la nueva relación con Cuba. Y puede llegar a darse cuenta de que no debe deshacer el arreglo con Irán. Y en cuanto a China, los chinos parecen pensar que pueden hacer mejores arreglos con Trump que lo que habrían sido capaces de concretar con Clinton.

Entonces, estamos ante un Estados Unidos más de derecha en un sistema-mundo más caótico, siendo el proteccionismo el principal tema para casi todos los países y con un apretón económico a la mayoría de la población mundial. ¿Ya terminó? De ninguna manera, ni en Estados Unidos ni en el sistema-mundo. Es una lucha continua en torno a la dirección que habrá de asumir y deberá asumir el futuro sistema-mundo (o sistemas).
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Reflejos del Partido Demócrata

Mér, 16/11/2016 - 12:43
Alejandro Nadal, La Jornada

Tuit de Wikileaks el 22 de julio: Hoy damos a conocer 20 mil correos electrónicos del Comité Nacional del Partido Demócrata. Las revelaciones de Wikileaks confirmaron lo que muchos sospechaban: la cúpula del Partido Demócrata estaba trabajando en contra de Bernie Sanders y en favor de Clinton.

La comunicación entre el equipo de campaña de Hillary y el Comité Nacional del Partido (DNC, por sus siglas en inglés) era constante. Destacan los mensajes en los que intervienen la presidente del comité, Debbie Wasserman Schultz, y el jefe de la campaña de Cinton, John Podesta. El sesgo antiSanders iba en aumento a medida que crecía su popularidad. Y mientras los sondeos mostraban que Sanders tenía mayores probabilidades de derrotar a Trump que la señora Clinton, la intranquilidad en la jerarquía demócrata aumentaba. Lo que estaba en juego no era esta elección presidencial, sino el control del partido.

Es claro que los jefes del DNC traicionaron su mandato de neutralidad e inclinaron la balanza en favor del equipo de Clinton. No es la primera vez que algo así sucede en la historia de este partido. Su maquinaria ha manifestado una tendencia clara a preferir los intereses de los poderes establecidos cuando piensa que sus candidatos se mueven demasiado a la izquierda.

El ejemplo más importante es el golpe de mano ejecutado en la convención del Partido Demócrata en julio de 1944. El presidente Franklin Roosevelt estaba por concluir su tercer mandato presidencial. Lo peor de la Gran Depresión había pasado y la recuperación se consolidaba. Y en la dimensión internacional se acercaba la derrota de Alemania y de Japón en el teatro del Pacífico. Pero a nadie escapaba que la salud de Roosevelt era frágil y que probablemente no terminaría su cuarto mandato. La selección del vicepresidente se convirtió en un tema fundamental.

Durante los primeros dos mandatos de Roosevelt el vicepresidente fue John Garner, diputado federal texano con vínculos cercanos a la maquinaria del partido. Durante el segundo mandato la relación entre Roosevelt y Garner se deterioró porque el segundo estuvo a favor de la intervención de fuerzas federales para romper una huelga en la planta de General Motors en Flint. (A muchos se les olvida, pero durante la Segunda Guerra Mundial se desató una gran oleada de huelgas en Estados Unidos.) Además, Garner adoptó una postura de austeridad fiscal que no tenía la aprobación de los asesores económicos del presidente. Al final del segundo mandato Roosevelt seleccionó a Henry Wallace para vicepresidente y la relección se ganó con una enorme ventaja.

A lo largo de su vicepresidencia la popularidad de Wallace se consolidó y se acrecentó. Uno de sus discursos, quizás el más famoso, pronunciado en 1942, provocó un gran revuelo. Se le conoce como el discurso del hombre común porque en un pasaje central Wallace señaló que el siglo que se iniciaría al finalizar la guerra no sería conocido como el “siglo americano”, como muchos sugerían, sino como el siglo del hombre común y corriente. La alocución recuerda algún discurso de Salvador Allende y tuvo gran impacto en la opinión popular. Como era de esperarse, le ganó toda la enemistad de los jefes del Partido Demócrata. El progresismo de Wallace y su popularidad se habían convertido en una amenaza para el establishment del Partido Demócrata. Desde entonces comenzó la campaña para quitarlo de la vicepresidencia. A lo largo de 1944 Roosevelt fue abordado por muchos de sus amigos y aliados en el partido para que abandonara a Wallace y escogiera otro vicepresidente. La mala salud del presidente facilitó el trabajo.

Al abrirse la convención en Chicago Wallace gozaba de gran popularidad y se daba por sentado que se le volvería a postular como candidato a la vicepresidencia. Cuando Wallace pronunció su discurso el público gritó y aplaudió a rabiar. Los asesores de Wallace se dieron cuenta: si en ese momento se pudiera hacer una votación, su candidato sería el próximo vicepresidente. Uno de ellos, el senador por Florida Claude Pepper, intentó aproximarse al micrófono con la intención de pedir una votación por aclamación en ese momento. La victoria de Wallace parecía asegurada.

Pero los caciques del partido ordenaron en ese instante que se suspendiera la sesión y se postergara para el día siguiente cualquier acto de la convención. Pepper estuvo a cinco segundos de llegar al micrófono y la sesión se interrumpió. Durante la noche la máquina se puso en marcha: se promovieron las candidaturas de los hijos predilectos de varios estados sureños, se compraron votos y se manipularon los registros de delegados. Al día siguiente el oscuro pero maleable senador Harry Truman pudo ganar el puesto de vicepresidente.

Roosevelt murió en abril de 1945 y Truman accedió a la presidencia. El curso de los acontecimientos hubiera cambiado si Henry Wallace hubiera sido el vicepresidente en el cuarto y último mandato de Roosevelt. Entre otras cosas, es muy probable que Estados Unidos no hubiera lanzado los ataques nucleares de Hiroshima y Nagasaki. La maquinaria del partido cambió el rumbo de la historia.

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Triunfo de Trump: ¿G-2 con Rusia o G-3 que incluya a China?

Lun, 14/11/2016 - 07:01
Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

Lejos del condicionado simplismo primitivamente maniqueo y lineal existen hipercomplejas lecturas multidimensionales a niveles local/regional/global después del triunfo de Trump.

En el propio Estados Unidos –más allá de las manifestaciones instigadas por George Soros (https://goo.gl/B6GGCe), uno de los máximos perdedores globalistas, con los banqueros Rothschild y Goldman Sachs, con sus conocidos instrumentos aquí– los demócratas recibieron una paliza en las legislaturas estatales, el Estados Unidos profundo, al obtener 13 (26 por ciento), que acentuarán las desatadas fuerzas centrífugas.

Trump, outsider atípico, aniquiló a las dos dinastías decadentes y megacorruptas de los Bush y los Clinton, que contaban con el descarado apoyo del establishment bipartidista y sus controlados multimedia (otros supremos perdedores), con exagerados recursos financieros consustancialmente antidemocráticos de los donadores multimillonarios.

La sociedad de Estados Unidos está seriamente fracturada en todos sus segmentos socioeconómicos y teosicopolíticos, con profunda alienación de sus red necks y blue collars, que desataron la furia electoral del supremacismo racista/blanco/evangelista de los WASP: el segmento más pertrechado con ametralladoras del planeta, lo cual ignora el frívolo, aventurero e infantiloide Senado del México neoliberal itamita –encabezado por Gamboa/Gómez del Campo/Lozano/Robledo y sus grotescas camisetas pro Hillary –que ha puesto en alto riesgo persecutorio a cerca de 40 millones de nuestros hermanos mexicanos desamparados (https://goo.gl/OFe94o) cuando Estados Unidos vive una guerra civil larvada.

Más allá de las inducidas amenazas de magnicidio y frondas por los derrotados de Wall Street (https://goo.gl/b9QCXv) –con la notable excepción de JP Morgan, más nacional para las cuentas de Trump que los globalistas Soros/Rothschild/Goldman Sachs–, el trumpismo significó y magnificó la muerte de los gurús de pacotilla y las ridículas encuestas con sus mitos sobre mujeres –53 por ciento de blancas votaron por Trump, pese a sus repelentes desvaríos eróticos públicos/púbicos– que obtuvo 29 por ciento del voto latino que brilló en Florida. Hasta Hillary en su derrota confesó que “Estados Unidos está más profundamente dividido de lo que pensábamos ( sic)”. ¡No, bueno!

Tampoco Trump goza de carro completo en el Congreso, en el que los republicanos del establishment lo pueden torpedear. Ron Paul, ex legislador republicano de Texas, advierte que Trump puede ser fagocitado por el omnipotente Deep State (https://goo.gl/Svzk6G). Estados Unidos todavía goza de pesos y contrapesos que no podrá eludir Trump.

El triunfo tectónico de Trump reajusta los capitales globales, como se notó con el rebote espectacular de los mercados, en los que salen favorecidas farmaceúticas y petroleras (en detrimento de la energía alternativa) y reacomoda las alianzas a escala global.

El dislocado y alocado México neoliberal itamita es el máximo perdedor regional con el desplome del peso y su caduco modelo mercantilista neoliberal, al unísono de Canadá, lo cual coloca en la picota al TLCAN, artefacto anti-soberanista de las dinastías derrotadas de los Bush y los Clinton.

Las inversiones que prometió Trump la madrugada de su elección –para mí nada sorprendente, porque apeló a la mayoritaria revuelta demográfica y económica de los deplorables e irrecuperables (Hillary dixit)– para la manufactura y la infraestructura por un millón de millones de dólares constituyen un genuino neo-keynesianismo antineoliberal que acelera la desglobalización que propende a los regionalismos.

Grandes vencedores: Putin –en Rusia explotó el júbilo masivo– y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, con su gran aliado Sheldon Adelson, de la mafia de los casinos. El acercamiento de Trump y Putin aleja la ominosa perspectiva de una tercera guerra mundial, que sería inevitablemente nuclear. Reuters informa que, para el Kremlin, el “abordaje de la política exterior de Trump es casi (sic) el mismo que Putin” (https://goo.gl/Fq4DH7).

Con Hillary pierden by the time being los superhalcones de Estados Unidos, que hubieran llevado al mundo al precipicio nuclear (https://goo.gl/q2XnQf).

Las nueve primeras llamadas de Trump marcan el tropismo del trumpismo: Egipto (sic), Irlanda, México (sic), Israel, Turquía (sic), India, Japón, Australia y Corea del Sur (en ese orden). En décimo lugar vino la primera ministra conservadora del Brexit, Theresa May (https://goo.gl/f2JuJ0). Destaca que no haya hablado con el primer ministro canadiense, Justin Trudeau.

Se colapsan los tratados mercantilistas antidemocráticos de Obama: el ATP, el TTIP y TISA (https://goo.gl/I0qO9w), lo cual beneficia a China. Obama se retira humillado con una sola apoteosis: la captura del petróleo mexicano en las aguas profundas del Golfo de México, cuya coautora fue la ex secretaria de Estado Hillary Clinton.

Grandes perdedores: el México neoliberal itamita, la huérfana Unión Europea (UE), de por sí desahuciada por el Brexit (hermano gemelo del trumpismo) y –en el ámbito mercantilista bilateral con Estados Unidos– China que, no obstante, goza del paraguas nuclear de Rusia.

¡Increíble!: el caos global que lega Obama, quien lidió con la decadencia de Estados Unidos, como Gorbachov en la ex URSS, después de ocho aciagos años, puede ser regenerado con un nuevo orden mundial que sería bipolar (G-2) con Rusia, o tripolar (G-3), si el zar Vlady Putin consigue sentar en el nuevo reparto del Olimpo a China, su gran aliada de hoy.

Una semana antes de la elección, Debka, portal del Mossad, adelantó el nuevo orden tripolar de Trump, quien “irá por una cumbre Estados Unidos/Rusia, con Putin para diseñar un nuevo orden mundial del poder (sic), con el fin de distribuir esferas de influencia en diferentes partes de las regiones (sic) del mundo, incluyendo el Medio Oriente. Puede hacer la cumbre trilateral (¡supersic!), invitando a Xi Jinping, de China” (https://goo.gl/Z2GUOg). ¡ Voilá!: ¿G-3 con regionalismos y desglobalización neokeynesiana?

La asesoría del retirado teniente coronel Michael Flynn, ex director de la poderosa DIA, será clave en la erradicación real de los yihadistas, que pasaría a cargo de Rusia e Irán.

¿Se repartirán Estados Unidos y Rusia los escombros de la UE, que vira al nacionalismo antiglobalista: hermano simbiótico del Brexit y el trumpismo? ¿Qué advendrá del acuerdo nuclear de Obama con Irán, su máximo legado, cuando es probable que Trump adopte la postura iranófoba de su aliado Netanyahu? ¿Empujará Trump a Irán a los brazos protectores de Rusia y China?

¿Concluye la alianza petrolera de 71 años entre Estados Unidos y Arabia Saudita, como sentencia Debka? ¿Compartirán Rusia y China el lastre económico de Estados Unidos, como alude Debka? No es mala idea: la paz mundial tiene también su precio cuando China y Rusia, en forma inverosímil, deberían ayudar a Estados Unidos a salir de su marasmo civilizatorio y económico, ya que su debacle sería también catastrófica para el planeta: idea que aporté antes de la unción de Trump en mis recientes conferencias magistrales en Barranquilla (Colombia), Quito (Ecuador) (https://goo.gl/ssLmmp) y en el vanguardista Instituto de Investigaciones Económicas de nuestra UNAM (https://goo.gl/a5qMHN): bastión académico del nacionalismo mexicano, en contrapunto del antimexicano ITAM, otro derrotado.

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Las tres muertes de Cohen

Dom, 13/11/2016 - 09:31
Hermann Bellinghausen, La Jornada

Así como moría, renacía. Fue un hombre con suerte, por más que se quejara con la crudeza de su voz inconfundible y lenta que le dio 50 años de fama mundial. A diferencia de los trovadores de la época (de Brassens a Moustaki, de Serrat a Silvio, de Guthrie a Dylan) y de las estrellas de rock que brotaron en los sesentas gritando presunta o real poesía y transformando los sonidos y las funciones públicas de la música, Leonard Cohen ya era un autor reconocido, estrella emergente de la literatura canadiense. Con cuatro libros de poesía y dos novelas extraordinarias, iba camino a ser una gloria en el universo de papel de la literatura. Pero en 1967 toma una decisión anormal. De pronto quiso ser como Bob Dylan. Y se fue a reinventar a Nueva York con la disquera de su nuevo modelo (Columbia), con su agente (Albert Hammond) y su productor (Bob Johnston). Nunca un músico completo más allá de los acordes a la Hank Williams y las lecciones folclóricas de García Lorca, musicalizó poemas publicados con antelación. El impacto cultural supera su éxito comercial. Canciones de Leonard Cohen (1967) y Canciones desde un cuarto (1968) lo vuelven un poeta fundamental en muchos lugares del mundo y sobrevive a su primera muerte.

Nacido en Montreal en 1934 en una familia burguesa y religiosa, estudia en McGill y viaja. De su abuelo rabino Salomon Klinitsky hereda la vena mística que tanto lo atormentará. Entre Comparemos mitologías (1956) y Flores para Hitler (1964) prefigura lo que sus dos novelas desnudarán: quién es y quién quiere ser. De la historia de juventud y sexo muy Henry Miller de El juego favorito (1963) al masoquismo místico en Los hermosos vencidos (1966), cerca de Bataille y Klossowsky, con sus vírgenes santas, Catherine Tekakwitha y Bernardita, están las claves del Leonard por venir: Me metí en el mundo siguiendo a las mujeres porque amaba al mundo, dice uno de sus personajes-él. Y otro: Sólo somos hermosos cuando cantamos.

Estuvo en Cuba en vísperas de la revolución, y en París en vísperas del 68, pero nunca fue profeta (su la democracia ya viene para Estados Unidos hoy no pasa ni como chiste). Las diferencias y similitudes con Dylan lo asediaron toda la vida. Similares origen judío, obsesión con el cristianismo, relación ambigua con la revolución y gusto por el country. Nueve años mayor, Cohen hizo en Historia de Isaac la versión dramática del episodio bíblico que Dylan resolvió, cínico y chiflando, en Highway 61. Su insignia fue la lentitud. Pertenecía a la generación que sí recordaba la Segunda Guerra. Se asumió poeta con conocimiento y lecturas. En Dylan todo era improvisación.

Con la estampa muy mexicana de El ánima sola en llamas por delante, Cohen abandona la literatura convencional y nace como trovador. Su voz tristona se integra a la banda sonora de los adoloridos y los enamorados con arreglos afortunados y unos versos certeros, definitivos como todo lo clásico instantáneo. Menos masivo que adorado, le sonríe la buena vida del rocanrol. Hombre de mujeres más que mujeriego, canta-escribe rodeado de musas reales y ficticias, siempre divinas y casi siempre inalcanzables. Pronto su cancionero encuentra eco en los intérpretes del momento, sumándose al repertorio Dylan-Neil Young-Jim Morrison-Joni Mitchel, e influye en futuros roqueros como Nick Cave y PJ Harvey. El Mariscal de Campo Cohen se define como un espía muy importante herido en cumplimiento del deber que oye a su amada hacer el amor con otro a través de las paredes de papel de un hotel.

No proviene de los beats. Poeta con voz europea y fundamentalmente lírica, en el más guarro de sus discos, La muerte de un mujeriego (música y escandalera de Phil Spector, 1977), se permite usar para el coro de una canción borracha (No te vayas con eso tieso) a Dylan y Allen Ginsberg. Famosas siempre sus coristas arropando los sensuales arreglos sonoros, sus gruñidos de varón y hasta sus lágrimas para la ecuación definitiva: no hay curación para el amor.

En la cresta de esa vida, Cohen decide su segunda muerte y deja todo. Asciende al Monte Baldy como monje zen. Escribe otra vez sin-para-la-música: Me rapé/ me puse un hábito/ duermo en el rincón de una cabaña/ a 65 mil pies de altura./ Es triste aquí./ La única cosa que no necesito/ es un peine. De esas alturas lo sacará la necesidad. Su administradora lo desfalca y retorna al talón. Hace giras triunfales y graba los tres álbumes últimos de un poeta bien y en pie. Reinando sobre la angustia y las exigencias de la pasión, Cohen murió por tercera ocasión un jueves de lluvia, como quería César Vallejo.

Qué agregar a Kenneth Rexroth en 1969: “Ésta es la poesía del futuro –la poesía del pueblo– directa de uno a otro, Yo a Tú. Cohen consigue lo que los surrealistas no. Su poesía es fundamentalmente subversiva. Es la voz de una nueva civilización”. Ese año le concedieron el prestigioso Premio del Gobernador General de Canadá por sus Poemas selectos. Los poemas mismos me lo prohíben absolutamente, replicó en un telegrama.

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Putin, no Trump, clave en Medio Oriente

Dom, 13/11/2016 - 07:11
Robert Fisk, The Independent

Predecibles pamplinas se oyen decir sobre Donald Trump y Medio Oriente. ¿Cómo puede el mundo musulmán hacer frente a un hombre que es islamófobo? Porque de hecho eso es lo que Trump es. Es una desgracia para su país y para su pueblo… el cual, el cielo se apiade, lo eligió.

Pero hay un pensamiento tranquilizador. El prestigio estadounidense en la región ha caído tan bajo, la creencia del mundo árabe (y muy posiblemente de Israel) en el poder de Washington se ha quebrantado tanto por la estupidez e ineptitud de sus presidentes, que más bien sospecho que poca atención se prestará a Trump.

No tengo muy claro en qué momento el respeto por la gobernanza estadounidense comenzó a derrumbarse. Sin duda estaba en la cúspide cuando Eisenhower dijo a británicos, franceses e israelíes que salieran del canal de Suez, en 1956. Tal vez Ronald Reagan, al mezclar sus cartas y llevar su presidencia hacia las etapas iniciales del Alzheimer, tuvo un efecto más profundo de lo que creíamos. Alguna vez un diplomático noruego me contó que se había sentado a hablar con Reagan sobre Israel y Palestina y descubrió que el viejo tomaba citas de un documento sobre la economía estadounidense. La paz de Bill Clinton en Medio Oriente tampoco ayudó.

Supongo que fue George W. Bush, quien decidió atacar Afganistán aun cuando ningún afgano había atacado jamás a Estados Unidos, y quien creó un Estado musulmán chiíta en Irak a partir de un Estado musulmán sunita –con gran disgusto de Arabia Saudita–, el que hizo más daño que la mayoría de presidentes estadounidenses a la fecha. Los sauditas (de donde provinieron 15 de los 19 asesinos participantes en el 11-S) lanzaron su guerra contra Yemen con apenas una brizna de preocupación de Washington.

Y Obama parece haber metido la pata en todo lo que hizo en Medio Oriente. Su apretón de manos al islam en El Cairo, su premio Nobel (por oratoria), su línea roja en Siria, que desapareció en la arena en el momento en que el régimen fue rescatado por los rusos… más vale olvidar todo eso.

Son los Sukhoi y Mig de Vladimir Putin los que marcan el paso en la terrible guerra en Siria. Y en tierras donde los derechos humanos no tienen valor alguno para los dictadores regionales, apenas ha habido un gemido acerca del Kremlin. Putin hasta fue llevado a la ópera en El Cairo por el mariscal de campo y presidente Al Sisi.

Y esa es la cuestión. Putin habla y actúa. En realidad, en la traducción al menos, no es terriblemente elocuente, más hombre de negocios que político. Trump habla, pero, ¿puede actuar? Hagamos a un lado la extraña relación que él cree tener con Putin: es Trump el que va a necesitar traducción de las palabras del líder ruso, no al revés. De hecho, durante el gobierno de Trump tanto árabes como isralíes, creo, pasarán mucho más tiempo escuchando a Putin. Porque lo cierto es que los estadounidenses se han mostrado tan poco dignos de confianza y erráticos en Medio Oriente como Gran Bretaña lo fue en la década de 1930.

Incluso la escalada estadounidense contra el Isis no empezó de veras hasta que Putin mandó sus propios cazabombarderos a Siria, en un momento en que muchos árabes preguntaban por qué Washington no había logrado destruir esa secta.

Regresemos a las revoluciones árabes –o primavera, como los estadounidenses lastimosamente dieron en llamarlas– y veremos a Obama y su infortunada secretaria de Estado (sí, Hillary) fallando de nuevo, incapaces de darse cuenta de que ese despertar en masa del mundo árabe era real y que los dictadores iban a irse (la mayoría, por lo menos). En El Cairo en 2011, prácticamente la única decisión que tomó Obama fue desalojar a los ciudadanos de su país de la capital egipcia.

Es fácil decir que los árabes están horrorizados de que un islamófobo haya ganado la Casa Blanca. Pero, ¿acaso creían que Obama o alguno de sus predecesores –demócrata o republicano– tuviera una preocupación especial por el islam? La política exterior estadounidense en Medio Oriente ha sido una serie espectacular de guerras, incursiones aéreas y retiradas. La política rusa –en la guerra de Yemen durante la era de Nasser y en Afganistán– ha sido bastante destructiva, pero el Estado postsoviético parecía haber escondido sus garras hasta que Putin llevó sus hombres a Siria.

Sin duda veremos a Trump volverse hacia Medio Oriente antes de mucho, para cortejar a los israelíes y repetir el apoyo acrítico de su país al Estado israelí, y para asegurar a los acaudalados autócratas del Golfo que su estabilidad está garantizada. Lo que diga sobre Siria será, desde luego, fascinante, dadas sus opiniones sobre Putin. Pero tal vez deje la región a sus subordinados, los secretarios de Estado y vicepresidentes que tendrán que tratar de adivinar qué piensa el tipo en realidad. Y ahí, claro, es donde todos estamos ahora. ¿Qué piensa Trump? O, más en concreto: ¿piensa?
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Via La Jornada. Traducción de Jorge Anaya Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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América Latina y el triunfo de Donald Trump

Ven, 11/11/2016 - 13:51
Raúl Zibechi, La Jornada

A quienes tenían dudas de que ha nacido una nueva derecha, el triunfo de Donald Trump debería convencerlos de lo contrario. La nueva derecha cuenta con amplio apoyo popular, sobre todo entre los trabajadores y las clases medias vapuleadas por la crisis de 2008 y los efectos de la globalización, como ya sucedió en Inglaterra con el Brexit. Estamos ante un mundo nuevo donde esta derecha machista y racista recoge la rabia de los millones perjudicados por el sistema. Una derecha nostálgica de un pasado que no volverá, en un periodo de decadencia imperial y del sistema-mundo capitalista.

Lo que desnudaron las elecciones estadounidenses es la fractura interna que vive la sociedad, el empobrecimiento de las mayorías y el enriquecimiento obsceno del 1%. Pero también desnudaron el papel vergonzoso de los medios de comunicación, empezando por los respetables The New York Times y The Wall Street Journal, que no tuvieron empacho en titular que Trump era el candidato de Vladimir Putin. Robert Parry (periodista de investigación que destapó el escándalo Irán-Contras) afirma que el otrora respetable Times ha perdido su senda periodística, convirtiéndose en una plataforma de propaganda y apologética de los poderosos (goo.gl/BbVy1d).

La campaña desnudó también la fractura de instituciones tan vitales para el 1% como la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), que fue quebrada internamente por las presiones de Hillary Clinton para que no investigara sus correos. Con Trump perdieron Wall Street, el complejo industrial-militar, la arquitectura internacional fraguada por Estados Unidos desde 1945 y el 1%, que apostaron fuerte por Clinton. Ahora rodean al vencedor para condicionarlo, algo que no les va a costar mucho porque pertenecen a la misma clase y defienden los mismos intereses.

Es probable que negros y latinos sufran más con un gobierno de Trump. Pero, ¿es que ahora lo están pasando bien? Bajo los gobiernos de Barack Obama las muertes de afroestadounidenses a manos de la policía crecieron de modo exponencial, la brecha de ingresos entre latinos y afroestadounidenses respecto a los blancos creció a consecuencia de la crisis de 2008.

En 2013 la renta de los blancos era 13 veces mayor que la de los afroestadounidenses y 10 la de los latinos, mientras en 2004 era siete veces superior en los primeros y nueve en los segundos (goo.gl/7CWaIE).

La situación de los migrantes mejorará si fortalecen sus organizaciones, las extienden y se movilizan contra el 1%, no por lo que decida la Casa Blanca. La política de los demócratas consistió en cooptar a pequeñas élites de las minorías raciales para usarlas contra las mayorías negra y latina, y para exhibirlas como trofeos electorales. Lo mismo hicieron respecto a las mujeres: un feminismo para blancas de clases medias altas.

Pero no es el racismo ni el machismo lo que irritó al 1%, sino las propuestas de Trump hacia el sector financiero y en política internacional. Propuso aumentar los impuestos a los corredores de fondos de alto riesgo, los nuevos ricos sumisos a Wall Street. Defiende una alianza con Rusia para combatir al Estado Islámico y auspiciar salidas negociadas en Medio Oriente. Frente al intervencionismo descarado, propone concentrarse en los problemas domésticos. Otra cosa es que lo dejen, ya que sin guerra el 1% puede venirse abajo.

Desde América Latina, el triunfo de Trump puede ser entendido como un momento de incertidumbre en la política imperial hacia la región. No debemos aventurar pronósticos. ¿Recuerdan cuando Bergoglio fue ungido Francisco I, y muchos aseguraron que haría un papado reaccionario? Bajo la administración Obama (iniciada en 2009) hubo golpes de Estado en Honduras y Paraguay, la destitución ilegítima de Dilma Rouseff en Brasil, la insurrección derechista en Venezuela, incluida la profundización de la guerra contra el narco en México, iniciada por su antecesor George W. Bush. Peor no nos pudo ir con el progresista en la Casa Blanca.

Para los de debajo de América Latina las cosas pueden cambiar, en varios sentidos.

En primer lugar, el discurso machista y racista de Trump puede alentar a las nuevas derechas y facilitar la profundización de los feminicidios y el genocidio de los pueblos indio y negro. La violencia contra los pueblos, principal característica de la cuarta guerra mundial/acumulación por despojo, puede encontrar menos escollos institucionales (¡menos aún!), mayor legitimación social y silencio de los medios monopólicos. No es una nueva tendencia, sino más de lo mismo, lo que de por sí es grave. Será más difícil contar con paraguas institucionales de protección y, por lo mismo, los represores se verán con las manos más libres para golpearnos.

La segunda tendencia es que el sistema pierde legitimidad cuando se disparan tendencias como las que encarna Trump. Este proceso ya se venía perfilando, pero ahora se produce un salto adelante con la pérdida de credibilidad popular en las instituciones estatales, que es una de las cuestiones que más temen las élites del mundo.

La tercera cuestión es la división entre las clases dominantes, tendencia global que debe ser analizada con mayor profundidad, pero que tiene efectos desestabilizadores para el sistema y, por lo tanto, para la dominación. Básicamente, hay quienes apuestan todo a la guerra contra los pueblos y otros que creen que es mejor ceder algo para no perderlo todo. Que los de arriba estén divididos es una buena noticia, porque la dominación será más inestable.

Por último, los de abajo lo vamos a pasar peor. La inestabilidad y el caos son tendencias estructurales, no coyunturales, en este periodo. Es doloroso, pero es la condición necesaria para poder cambiar el mundo. Sufriremos más represión, estaremos en peligro de ser encarcelados, desaparecidos o asesinados. Se avizora mucho sufrimiento en el horizonte. El capitalismo se cae a pedazos y los escombros pueden enterrarnos. La contracara es que muchos dejarán de creer que la única forma de cambiar el mundo es votar cada cuatro o seis años.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Las siete propuestas de Trump que los grandes medios censuraron... y que explican su victoria

Ven, 11/11/2016 - 07:05
Ignacio Ramonet, Le Monde Diplomatique

La victoria de Donald Trump (como el brexit en el Reino Unido, o la victoria del ‘no’ en Colombia) significa, primero, una nueva estrepitosa derrota de los grandes medios dominantes, los institutos de sondeo y las encuestas de opinión. Pero significa también que toda la arquitectura mundial, establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, se ve ahora trastocada y se derrumba. Los naipes de la geopolítica se van a barajar de nuevo. Otra partida empieza. Entramos en una era nueva cuyo rasgo determinante es ‘lo desconocido’. Ahora todo puede ocurrir.

¿Cómo consiguió Trump invertir una tendencia que lo daba perdedor y lograr imponerse en la recta final de la campaña? Este personaje atípico, con sus propuestas grotescas y sus ideas sensacionalistas, ya había desbaratado hasta ahora todos los pronósticos. Frente a pesos pesados como Jeb Bush, Marco Rubio o Ted Cruz, que contaban además con el resuelto apoyo del establishment republicano, muy pocos lo veían imponerse en las primarias del Partido Republicano; y sin embargo carbonizó a sus adversarios, reduciéndolos a cenizas.

Hay que entender que desde la crisis financiera de 2008 (de la que aún no hemos salido) ya nada es igual en ninguna parte. Los ciudadanos están profundamente desencantados. La propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces. En Europa, por ejemplo, se han multiplicado los terremotos electorales (entre ellos el brexit). Los grandes partidos tradicionales están en crisis. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado.

Ese fenómeno ha llegado a Estados Unidos, un país que ya conoció, en 2010, una devastadora ola populista, encarnada entonces por el Tea Party. La irrupción del multimillonario Donald Trump en la Casa Blanca prolonga aquello y constituye una revolución electoral que ningún analista supo prever. Aunque pervive, en apariencias, la vieja bicefalia entre demócratas y republicanos, la victoria de un candidato tan heterodoxo como Trump constituye un verdadero seísmo. Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, muy distinto del tono habitual de los políticos estadounidenses, le ha conferido un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha. Para muchos electores irritados por lo «politicamente correcto», que creen que ya no se puede decir lo que se piensa so pena de ser acusado de racista, la «palabra libre» de Trump sobre los latinos, los inmigrantes o los musulmanes es percibida como un auténtico desahogo.

A ese respecto, el candidato republicano ha sabido interpretar lo que podríamos llamar la «rebelión de las bases». Mejor que nadie, percibió la fractura cada vez más amplia entre las elites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y la base del electorado conservador, por la otra. Su discurso violentamente anti-Washington y anti-Wall Street sedujo, en particular, a los electores blancos poco cultos y empobrecidos por los efectos de la globalización económica.

Hay que precisar que el mensaje de Trump no es semejante al de un partido neofascista europeo. No es un ultraderechista convencional. Él mismo se define como un «conservador con sentido común» y su posición, en el abanico de la política, se situaría más exactamente a la derecha de la derecha. Empresario multimillonario y estrella archipopular de la telerealidad, Trump no es un antisistema, ni obviamente un revolucionario. No censura el modelo político en sí, sino a los políticos que lo han estado piloteando. Su discurso es emocional y espontáneo. Apela a los instintos, a las tripas, no a lo cerebral, ni a la razón. Habla para esa parte del pueblo estadounidense entre la cual ha empezado a cundir el desánimo y el descontento. Se dirige a la gente que está cansada de la vieja política, de la «casta». Y promete inyectar honestidad en el sistema; renovar nombres, rostros y actitudes.

Los medios han dado gran difusión a algunas de sus declaraciones y propuestas más odiosas, patafísicas o ubuescas. Recordemos, por ejemplo, su afirmación de que todos los inmigrantes ilegales mexicanos son corruptos, delincuentes y violadores. O su proyecto de expulsar a los 11 millones de inmigrantes ilegales latinos a quienes quiere meter en autobuses y expulsar del país, mandándoles a México. O su propuesta, inspirada en Juego de Tronos, de construir un muro fronterizo de 3.145 kilómetros a lo largo de valles, montañas y desiertos, para impedir la entrada de inmigrantes latinoamericanos y cuyo presupuesto de 21.000 millones de dólares sería financiado por el gobierno de México. En ese mismo orden de ideas: también anunció que prohibiría la entrada a todos los inmigrantes musulmanes...Y atacó con vehemencia a los padres de un militar estadounidense de confesión musulmana, Humayun Khan, muerto en combate en 2004, en Irak.

También su afirmación de que el matrimonio tradicional, formado por un hombre y una mujer, es "la base de una sociedad libre" y su crítica de la decisión del Tribunal Supremo de considerar que el matrimonio entre personas del mismo sexo es un derecho constitucional. Trump apoya las llamadas "leyes de libertad religiosa", impulsadas por los conservadores en varios Estados, para denegar servicios a las personas LGTB. Sin olvidar sus declaraciones sobre el "engaño" del cambio climático que, según Trump, es un concepto "creado por y para los chinos, para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad".

Este catálogo de necedades horripilantes y detestables ha sido, repito, masivamente difundido por los medios dominantes no solo en Estados Unidos sino en el resto del mundo. Y la principal pregunta que mucha gente se hacía era: ¿cómo es posible que un personaje con tan lamentables ideas consiga una audiencia tan considerable entre los electores estadounidenses que, obviamente, no pueden estar todos lobotomizados? Algo no cuadraba.

Para responder a esa pregunta tuvimos que hendir la muralla informativa y analizar más de cerca el programa completo del candidato republicano y descubrir los siete puntos fundamentales que defiende, silenciados por los grandes medios.

1) Los periodistas no le perdonan, en primer lugar, que ataque de frente al poder mediático. Le reprochan que constantemente anime al público en sus mítines a abuchear a los “deshonestos” medios. Trump suele afirmar: «No estoy compitiendo contra Hillary Clinton, estoy compitiendo contra los corruptos medios de comunicación» [1]. En un tweet reciente, por ejemplo, escribió: «Si los repugnantes y corruptos medios me cubrieran de forma honesta y no inyectaran significados falsos a las palabras que digo, estaría ganando a Hillary por un 20%».

Por considerar injusta o sesgada la cobertura mediática, el candidato republicano no dudó en retirar las credenciales de prensa para cubrir sus actos de campaña a varios medios importantes, entre otros, The Washington Post, Politico, Huffington Post y BuzzFeed. Y hasta se ha atrevido a atacar a Fox News, la gran cadena del derechismo panfletario, a pesar de que lo apoya a fondo como candidato favorito...

2) Otra razón por la que los grandes medios atacaron con saña a Trump es porque denuncia la globalización económica, convencido de que ésta ha acabado con la clase media. Según él, la economía globalizada está fallando a cada vez más gente, y recuerda que, en los últimos 15 años, en Estados Unidos, más de 60.000 fábricas tuvieron que cerrar y casi cinco millones de empleos industriales bien pagados desaparecieron.

3) Es un ferviente proteccionista. Propone aumentar las tasas de todos los productos importados. «Vamos a recuperar el control del país, haremos que Estados Unidos vuelva a ser un gran país», suele afirmar, retomando su eslogan de campaña.

Partidario del brexit, Donald Trump ha desvelado que, una vez elegido presidente, tratará de sacar a EEUU del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés). También arremetió contra el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), y aseguró que, de alcanzar la Presidencia, sacará al país de él: «El TPP sería un golpe mortal para la industria manufacturera de Estados Unidos».

En regiones como el rust belt del noreste, donde las deslocalizaciones y el cierre de fábricas manufactureras dejaron altos niveles de desempleo y de pobreza, este mensaje de Trump está calando hondo.

4) Así como su rechazo de los recortes neoliberales en materia de seguridad social. Muchos electores republicanos, víctimas de la crisis económica de 2008 o que tienen más de 65 años, necesitan beneficiarse de la Social Security (jubilación) y del Medicare (seguro de salud) que desarrolló el presidente Barack Obama y que otros líderes republicanos desean suprimir. Tump ha prometido no tocar estos avances sociales, bajar el precio de los medicamentos, ayudar a resolver los problemas de los «sin techo», reformar la fiscalidad de los pequeños contribuyentes y suprimir el impuesto federal que afecta a 73 millones de hogares modestos.

5) Contra la arrogancia de Wall Street, Trump propone aumentar significativamente los impuestos de los corredores de hedge funds, que ganan fortunas, y apoya el restablecimiento de la Ley Glass-Steagall. Aprobada en 1933, en plena Depresión, esta ley separó la banca tradicional de la banca de inversiones con el objetivo de evitar que la primera pudiera hacer inversiones de alto riesgo. Obviamente, todo el sector financiero se opone absolutamente al restablecimiento de esta medida.

6) En política internacional, Trump quiere establecer una alianza con Rusia para combatir con eficacia al Daesh. Aunque para ello Washington tenga que reconocer la anexión de Crimea por Moscú.

7) Trump estima que con su enorme deuda soberana, Estados Unidos ya no dispone de los recursos necesarios para conducir una política extranjera intervencionista indiscriminada. Ya no puede imponen la paz a cualquier precio. En contradicción con varios caciques de su partido, y como consecuencia lógica del final de la guerra fría, quiere cambiar la OTAN: «No habrá nunca más garantía de una protección automática de los Estados Unidos para los países de la OTAN».

Todas estas propuestas no invalidan en absoluto las inaceptables, odiosas y a veces nauseabundas declaraciones del candidato republicano difundidas a bombo y platillo por los grandes medios dominantes. Pero sí explican mejor el por qué de su éxito.

En 1980, la inesperada victoria de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos había hecho entrar el planeta en un ciclo de 40 años de neoliberalismo y de globalización financiera. La victoria hoy de Donald Trump puede hacernos entrar en un nuevo ciclo geopolítico cuya peligrosa característica ideológica principal –que vemos surgir por todas partes y en particular en Francia con Marine Le Pen– es el autoritarismo identitario. Un mundo se derrumba pues, y da vértigo...

Nota: [1] En su mitin del 13 de agosto, en Fairfield (Connecticut). Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Atilio Borón: EEUU "es un imperio que ha iniciado su fase de declinación

Xov, 10/11/2016 - 08:01
Tras los resultados electorales que dieron la victoria a Donald Trump sobre Hillary Clinton, Sputnik conversó con el intelectual argentino Atilio Borón para analizar el contexto actual que atraviesa Estados Unidos.

"Los mejores intelectuales del imperio y los grandes estrategas militares del Pentágono hablan de que Estados Unidos perdió su superioridad moral e intelectual. Sus aliados ya no les responden y sus enemigos son más poderosos. Es un imperio que ha iniciado su fase de declinación. La única discusión es cómo va a ser la declinación. En ese contexto, la gente votó en contra de Clinton y Obama porque ante esa declinación no hicieron nada", dijo a Sputnik el sociólogo y politólogo argentino Atilio Borón.

Además, consideró que Hillary era la heredera de una gestión de Gobierno "muy pobre" y que la administración Obama "fracasó" porque no logró hacer los cambios que prometió en política doméstica. No pudo hacer una reforma integral del sistema de salud, no pudo reformar el sistema financiero ni el migratorio, señaló. Agregó que durante la gestión del presidente demócrata, Estados Unidos se metió en "cuanto conflicto había en el planeta". Se peleó con Rusia, con Irán, con Venezuela, con Filipinas y se está peleando con China. "Hillary era la representante de todo eso y la gente no la votó", indicó.

La única manera que América Latina tiene de lidiar con el imperio es siguiendo la fórmula de Hugo Chávez: "proponiendo la unión de la región", dijo el especialista. "Trump está dispuesto a imponer una nueva agenda para la preservación del imperio. Para eso propone el abandono del neoliberalismo global, de la regulación financiera y de los tratados de libre comercio. Eso para Latinoamérica es muy importante porque nos cambia la agenda y puede descolocar a Gobiernos como los de Argentina y Brasil que están haciendo una apuesta tonta al neoliberalismo global cuando Estados Unidos está saliendo de ese sistema que ha producido una crisis profunda", opinó. Según Borón, estamos viendo la "descomposición" de los partidos políticos tradicionales que no han podido responder a las demandas de la población. En Estados Unidos el Partido Demócrata no respondió a sus bases sociales de clase media y obrera. Por el contrario, favoreció el enriquecimiento de los ricos y no hicieron nada por la clase media y los pobres, por ese motivo surgen políticos que plantean cuestiones que le interesan a la mayoría de la población y que no están representadas por los partidos tradicionales, observó el intelectual.

A partir de ahora se abre una "nueva etapa" en donde el discurso internacional va a dejar de ser el del libre comercio, la 'financiarización' de la economía, del neoliberalismo global, consideró el sociólogo. Se abre una nueva época de nacionalismo económico y proteccionismo que va a obligar a los Gobiernos de Argentina, Chile, Perú y Brasil a replantearse sus estrategias económicas, agregó. "El fin del neoliberalismo global es una buena noticia para América Latina. Deberíamos tomar nota de esta nueva posibilidad que se nos presenta", concluyó Borón.
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Mundo Sputnik

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El desastroso legado que Obama deja a Donald Trump

Xov, 10/11/2016 - 07:01

Poco antes del día de las elecciones, las palabras del hoy electo presidente Donald Trump declarando que al futuro presidente le espera una titánica tarea para hacer una "América Grande como antes", y "restaurar sobre todo la honestidad y responsabilidad en Washington", muestra claramente el estado deplorable económico y político del país que deja Barack Obama después de ocho años de Presidencia. La guerra significa prosperidad y la paz significa la pobreza y el estancamiento económico
(Tyler Cowen, economista norteamericano) Vicky Peláez, Sputnik

La presunción de Obama de "haber salvado la economía global y nacional de la Gran Depresión, lo que ha sido bastante bueno y de lo que me siento orgulloso", no ha impresionado hasta ahora a ningún economista. Según el reportero político y económico norteamericano, Edmund Kozak, "en términos de crecimiento económico, Barack Obama ha sido uno de los peores presidentes de Estados Unidos". Inclusive el mediocre crecimiento ha dependido de los altos precios del petróleo. El crecimiento económico nunca ha excedido un 2,5%. En los primeros tres meses de 2016, el Producto Interno Bruto (PIB) registró un 0,5% y para el primero de octubre alcanzó apenas el 1,2%.

Declarar en estas condiciones, como lo hizo hace poco Obama en la Universidad de Howard, que "nuestra economía se recuperó de la crisis mucho mejor y con mayor solidez que el resto de las economías en el mundo", es no ver la realidad que está atravesando su país actualmente. De acuerdo con el Bureau of Labor Statistics, el índice de la Participación Laboral en 2008 era del 66% mientras que en el 2016 bajó al 62,8%. Esto significa, como divulgó US-CNS, que de la mano de obra disponible total de 251 millones de personas, solamente 157 millones tienen trabajo, mientras que más de 94 millones están desocupados y un 40% de ellos no está laborando desde hace más de dos años.

El número de norteamericanos que sobrevive gracias a los cupones de comida aumentó en los ocho años de la presidencia de Obama de 33 a 46 millones de personas, lo que significa un incremento del 39,5%, de acuerdo con el Buró de las Estadísticas de Análisis Económico. Sin embargo, un informe de CNSNEWS eleva este número a los 101 millones de dependientes El Departamento de Salud y Servicios Humanos informó el año pasado que un 25% de las familias estadounidenses recibe alguna ayuda federal, mientras que en los últimos años de la Presidencia de George W. Bush (2001-2009) había solamente un 6% de este tipo de familias. El número de pobres se incrementó también durante la Presidencia de Obama un 3,8% hasta los 45 millones de habitantes. Pero, "la pobreza", como escribió el columnista de The New York Times, David Brooks, "es problema de los pobres, que no poseen la virtud normal de la clase media ni un código moral decente".

Sin embargo, los norteamericanos también están acostumbrándose a decir adiós a la clase media de la cual estaban orgullosos en el siglo XX, especialmente en los años del 'boom económico' después de la Segunda Guerra Mundial. Se calcula que una familia de cuatro miembros necesita tener unos ingresos de no menos de 40.000 dólares al año para estar en esta categoría. Según el Buró del Censo de la Población, en el 2014, el 38% de los empleados ganaba menos de 20.000 dólares al año, el 51%, menos de 30.000 y el 63%, menos de 40.000 dólares al año.

Parece que Barack Obama y sus asesores no quieren ver estos problemas, el presidente se atrevió a declarar el pasado 5 de febrero durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca, que Estados Unidos puede estar orgulloso de su economía debido al crecimiento de los ingresos, de los puestos de trabajo, al precio más bajo del petróleo y al mejoramiento del sistema del Seguro Médico. La misma estadística oficial está desmintiendo al líder saliente del país. Resulta que el ingreso familiar disminuyó en estos ocho años un 3,8%. El único empleo que aumentó es en el sector gubernamental, donde actualmente laboran más de 22 millones de norteamericanos, mientras que el sector industrial decreció notablemente a 12 millones de trabajadores. El porcentaje de familias donde nadie trabaja aumentó también del 17,8 en 2008 al 19,7% al final del 2015.

Respecto al estado del sistema de salud, lo más relevante sería la situación de los veteranos militares, cuyo número llega a más de 22 millones. Se calcula que unos dos millones de militares rotaron durante las guerras en Irak y Afganistán, y de ellos unos 600.000 sufren del Trastorno de Estrés Postraumático (PTSD). Según el Departamento de Veteranos, la lista de espera para ser atendidos en los hospitales del departamento para pacientes con el PTSD es de seis meses y para los ex militares en general es de 30 días. Si a los defensores de la patria los atienden de esta manera entonces, ni qué hablar de los ciudadanos corrientes.

En realidad, Estados Unidos está en un proceso de desmantelamiento de un estado de bienestar y la formación de un estado policial, donde cada ciudadano está en la mira de la Agencia de Seguridad Nacional (ANS) de lo que tanto ha informado WikiLeaks. Todo esto se está realizando bajo la consigna de Obama que reza: "No se puede tener el cien por cien de privacidad y el cien por cien de seguridad simultáneamente". Los pretextos para crear un ambiente de inseguridad si no existen, se inventan, también se crean permanentemente todo tipo de situaciones para desviar la atención pública de los acontecimientos reales. Barack Obama en este contexto ha sido muy prolífico debido a sus asesores neoliberales 'iluminados'. Como decía el escritor y filósofo británico Aldous Huxley (1894-1963), "la ignorancia es un arma política y el placer es una forma de control".

El 1% de los más ricos y poderosos encargó la tarea de 'zombificar' a los norteamericanos a las seis corporaciones de medios de comunicación cuyos 282 ejecutivos están determinando lo que el 92% norteamericanos deben saber para mantenerlos desinformados y que no perturben la agenda nacional e internacional de las élites, quienes realmente gobiernan Estados Unidos. Al presidente se le designa el rol de ejecutor de la voluntad del 1%. Barack Obama no ha defraudado las esperanzas de los más ricos y poderosos y no cabe duda de que al expirar su mandato tendrá una suculenta recompensa financiera, tal y como están disfrutando actualmente Bill y Hillary Clinton, ellos disponen de 2.000 millones de dólares de la Fundación Clinton. Bill recibió un millón de dólares de regalo de Qatar en el día de su cumpleaños, entre otros muchos obsequios.

A los ricos y poderosos no les preocupan las declaraciones de muchos estudiosos de tendencia alternativa indicando que Norteamérica está en un proceso de decadencia y posible desintegración al estilo de la Unión Soviética, pues los dueños de Norteamérica saben que el mundo está bajo el dominio del dólar. Mientras el 80% del comercio mundial se realiza en dólares, el 40% de los pagos internacionales se efectúa también en dólares y el 65% de las reservas de divisas a nivel mundial utilizan la moneda norteamericana, la hegemonía de Washington seguirá prácticamente intacta.

A la élite tampoco le preocupa el crecimiento de la deuda nacional, que en los ocho años de Presidencia de Obama aumentó de 10,6 a 19,8 millones de millones de dólares. Lo equivalente al 77,2% del Producto Interno Bruto (PIB) y en 10 años alcanzará el 85,8% del PIB. La deuda correspondiente al 2016 está superando todo el valor físico combinado de todas las divisas del mundo, que asciende a 5.000.000 de millones de dólares, sumando el valor del oro del mundo, que es de 7.700.000 de millones de dólares y la plata valorada en 20.000 millones de dólares. Pero mientras la máquina de imprimir dólares está en Estados Unidos y bien aceitada, Washington está moviendo su agenda de dominio global sin ninguna preocupación.

Europa se ha convertido en su seguro servidor y atenta a cada gesto de su patrón, lo que la está debilitando día a día con la anuencia de su población también 'zombificada'. América Latina está retornando paulatinamente a su ya histórico lugar en el 'patio trasero' por voluntad de sus habitantes. Al igual que los norteamericanos, están perdiendo el sentido colectivo, que es reemplazado, sin que los habitantes del planeta se den cuenta, por los intereses individuales. Los habitantes de Estados Unidos pueden tener 300 millones de armas, pero para qué sirven si sus dueños están preparados para defender no sus derechos e intereses colectivos sino sus derechos individuales, y después ni saben qué hacer con su armamento.

Washington dispone de toda la información a través de sus 17 agencias de inteligencia para neutralizar cualquier brote de descontento o rebelión con anticipación. A la vez, permite los brotes de descontento por el asesinato frecuente de algún afroamericano, esto es como un desfogue racial después del cual, en pocos días, la calma retorna a su lugar. Tan rápido como aparecen los líderes que tienen la capacidad de mover a la multitud descontenta, también ellos 'desaparecen', a una velocidad inclusive más rápida. El sistema del 1% sabe protegerse y utilizar cualquier descontento para sus intereses con la ayuda de los medios de comunicación a su disposición.

A nivel internacional, Obama está dejando al próximo presidente Donald Trump siete guerras, el caos en el Oriente Próximo y África, confrontación verbal con Rusia y el aumento de tensiones con China. Todo esto tendrá que resolver Donald Trump, que en su primera invocación a los norteamericanos después de ser elegido como el nuevo líder de EEUU para los próximos años afirmó que: "Estamos a favor de la cooperación y no de los conflictos. Vamos a poner en primer lugar los intereses de Estados Unidos, vamos a ser honestos con todo el mundo, con todos los pueblos y naciones". También prometió a sus ciudadanos que "los hombres olvidados jamás volverán a ser olvidados. Nos uniremos como nunca lo hemos estado antes".

Las promesas de Trump dan una esperanza tanto a los estadounidenses como a todos los pobladores de nuestro planeta que están cansados de guerras y conflictos desatados por EEUU en todos los rincones del mundo y están anhelando la paz. Sin embargo, no hay que olvidar que Trump fue apoyado también por una parte de la élite globalizada para que siga su agenda de expansión del Imperio norteamericano. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ya mandó su mensaje a Donald Trump haciéndole recordar que "una OTAN fuerte es buena para Estados Unidos y buena para Europa". Eso quiere decir que los militares, tanto norteamericanos como europeos, están insinuándole que la política agresiva contra Rusia tendría que seguir su curso y que Rusia debería ser considerada como un país 'enemigo' de Occidente.

Lo que pasa es que los miembros de la OTAN están preocupados por el recorte de la aportación de Norteamérica a su presupuesto, que llega al 72%. Si Trump decide cumplir su promesa de hacer las paces con Rusia y cooperar en la tarea común de destruir el Estado Islámico y otras organizaciones terroristas afines, no se necesitaría una OTAN fuertemente armada, pues el único 'enemigo' de la Unión Europea, artificialmente creado por los globalizadores 'iluminados', se convertiría en su aliado. Para hacer cumplir su promesa de dejar las guerras y tomar el camino de la cooperación, Donald Trump tendría que enfrentarse al complejo militar-industrial, al financiero, al energético y al mediático, o lograr compromisos con ellos, además de con Israel. Este país dio apoyo al candidato republicano en su campaña electoral y habrá que ver cómo evolucionan las relaciones de Norteamérica con Irán teniendo en cuenta que Israel considera al país persa su enemigo.

Por el momento nadie sabe si Donald Trump logrará imponer su Contrato con los Votantes Norteamericanos a las élites, ni que sea parcialmente. Hay dudas, pero al mismo tiempo hay esperanza. Decía el líder afroamericano Martin Luther King que "Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, todavía plantaría un árbol".

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Proteccionismo, globalización y “furia populista”

Mér, 09/11/2016 - 16:36
Paula Bach, La izquierda diario

La tensión entre proteccionismo y globalización se pone de manifiesto como uno de los emergentes más significativos del escenario que toma cuerpo con particular entidad en los países centrales. Este dualismo expresa a su vez el despliegue quizá más contradictorio y concreto de otra bifurcación, la que fluye entre la economía y la política.

Enfocando la arista económica, puede verificarse que un escenario de disminución del crecimiento del comercio mundial está impulsando un cierto repliegue de la globalización, un suave incremento de medidas proteccionistas y una desaceleración del ritmo de liberalización del comercio. Estos factores que poseen por ahora un impacto limitado, prometen adquirir un impulso mayor en un escenario económico que amenaza volverse más crítico. Contra esta tendencia, los tratados de libre comercio –como el TLC, el Acuerdo Transpacífico o el Transatlántico, entre otros- representan la espada privilegiada de la cruzada globalizadora de los sectores hegemónicos del capital.

Pero si se enfoca la arista política, se observa que la desazón y la pérdida de confianza en las élites dirigentes dio lugar a una oleada de repudio a la globalización expresada tanto en el ascenso del fenómeno Trump por derecha, como en su momento en el voto por izquierda a Bernie Sanders y hasta en las promesas “antitratados” a las que se vio obligada Hillary. Este suceso en su conjunto, incluyendo un nacionalismo xenófobo referenciado en amplios sectores de la población –que alcanza también fracciones del capital no hegemónico, ligadas al mercado interno- podría transformarse en una de las peores contrariedades de las élites económicas, globalofílicas por definición. La suerte de los tratados comerciales –principal arma de las multinacionales y las élites económicas para la “protección” de sus negocios- se juega en territorios tortuosos como el del Reino Unido después del brexit o el de Estados Unidos luego de la gran definición del próximo martes –independientemente, en gran parte, de quien se quede con la victoria.

En otro aspecto que distingue el actual “estancamiento secular” de aquel de los años 30, el proteccionismo se referencia hoy en el desencanto de amplios sectores de la población mientras que los sectores hegemónicos del capital declaman un amor sin barreras por la “aldea global”. Una verdadera novedad histórica que tendrá mucho que decir en el período próximo.

Debilidades de la globalizaciónBajo el título “El lento crecimiento del comercio mundial llegó para quedarse”, Martin Wolf se pregunta desde Financial Times si la globalización se está revirtiendo. Su respuesta general es no, aunque asume que se registra una pérdida de dinamismo especialmente en el comercio, motor de la integración económica global durante las últimas décadas. Tal como lo haremos aquí y para profundizar el asunto, Wolf acude al último reporte sobre Perspectiva económica mundial del FMI. A partir de los gráficos proporcionados por el organismo, compara la dinámica del crecimiento del PBI mundial y el comercio del período 1960-2015 tomado en su conjunto con el período pos Lehman (2008-2015) en su especificidad. Evalúa que entre 1960 y 2015, mientras la producción creció a una tasa media anual del 3,5%, el comercio mundial lo hizo a una tasa del 6,6% en términos reales. Sin embargo, entre 2008 y 2015, mientras la producción mundial se incrementó a una tasa media anual del 2,4%, el comercio lo hizo a un 3,4% en términos reales. No sólo el crecimiento del comercio se desaceleró, sino que la brecha entre el crecimiento del comercio y el de la producción también disminuyó drásticamente, concluye.

Por su parte el FMI contrasta el período 1985-2007 con los últimos cuatro años que se extienden entre 2012 y 2015. Concluye que mientras en la primera etapa -bajo el impulso sustancial de la globalización y el crecimiento económico- el incremento promedio del comercio mundial en términos reales se producía a un ritmo dos veces mayor que el crecimiento del PBI, durante los últimos cuatro años, apenas acompaña el ritmo del crecimiento del producto. Desde 2012 la tasa de crecimiento del comercio mundial ronda el 3% anual o sea, el equivalente a menos de la mitad de la tasa media de expansión durante las tres décadas previas. Se trata de un lento y prolongado crecimiento del comercio en relación con el incremento del producto que goza de pocos precedentes durante las cinco pasadas décadas y que de continuarse, según BBC Mundo, se convertiría en el peor período de estancamiento comercial relativo desde la Segunda Guerra Mundial.

Dentro de las causas explicativas de la desaceleración, el FMI distingue la debilidad general de la actividad económica y en particular la desaceleración del crecimiento de la inversión, como restricciones fundamentales al aumento del comercio desde 2012. Señala que los análisis empíricos sugieren que para el mundo tomado en su conjunto, hasta tres cuartas partes de la declinación del crecimiento de las importaciones de bienes en términos reales comparando los períodos 2003/7 –no casualmente el lapso que sigue a la entrada de China a la OMC- y 2012/15 se pueden atribuir a la debilidad de la actividad económica y más especialmente al débil crecimiento de la inversión. Si el ritmo de aceleración del comercio cayó tanto en bienes como en servicios, el 85% de la caída se concentra en bienes y en especial en bienes de capital e intermedios. El FMI adjudica este resultado específico a dos factores fundamentales. Por un lado a una modificación en la producción global según la cual la inversión devino particularmente intensiva en importaciones, cuestión que a la vez contribuiría a explicar la mayor desaceleración del comercio mundial respecto de la producción. Por otro lado el asunto se asocia a un bajo incremento de la inversión privada tanto en los países avanzados como en los “emergentes”, incluyendo en un plano muy destacado el proceso chino de rebalanceo desde la inversión hacia un crecimiento impulsado mayormente por el consumo.

Por último el Fondo pone de relieve que la evolución del comercio en los años recientes adquiere fisonomías sorprendentemente distintas según se la mida en dólares reales –o, lo que es lo mismo, en volumen- o en dólares nominales. En términos de dólares reales –criterio utilizado por el FMI- se observa una disminución del crecimiento del comercio mundial desde fines de 2011 a un ritmo aproximado del 3% anual. Pero si el asunto se evalúa en términos nominales, el comercio sufre una abrupta caída en términos absolutos a partir de la segunda mitad de 2014 y el valor de los bienes y servicios comerciados se reduce en un 10,5% en 2015. La apreciación del dólar y la abrupta caída de los precios del petróleo son los factores que explican la discrepancia entre los resultados. A diferencia del FMI, la Organización Mundial del Comercio confiere a dichos factores una significativa importancia tendencial tal como ilustramos enLa Reserva Federal entre Donald Trump y la economía real.

Amor sin barrerasEn cuanto a las medidas proteccionistas, los aranceles de importación son los que permiten observar de manera más clara la evolución de los costos del comercio. Según los datos del FMI, las negociaciones comerciales y las liberalizaciones unilaterales redujeron las tarifas arancelarias promedio en casi un punto porcentual al año entre 1986 y 1995. Luego las reducciones continuaron a una tasa algo disminuida de aproximadamente medio punto anual hasta 2008 pero a falta de acuerdos arancelarios desde el inicio de la crisis, las reducciones de costos resultaron mínimas.

Por otra parte el movimiento más significativo se observa –de acuerdo al FMI- en las barreras no arancelarias que incluyen restricción de flujos comerciales tales como cuotas, rescates, ayudas estatales y medidas de defensa comercial como derechos preferenciales a los productos locales. Si este tipo de barreras registra una tendencia creciente ya desde 1990, muestra un aumento constante desde 2012 y un importante salto en los años 2014 y 2015. Según Global Trade Alert los gobiernos aprobaron en 2015 un 50% más de normativas dirigidas a favorecer a sus industrias locales y los países del G-20 concentraron el 81% de esas disposiciones. Si bien las medidas que restringen el comercio no muestran -de acuerdo a la gráfica de la OMC- una tendencia claramente creciente desde 2009 hasta la fecha, registran un pico pronunciado en 2015 frente a 2014. El FMI considera que este tipo de disposiciones afecta a una pequeña proporción de productos aunque su incremento podría encontrarse entre las razones explicativas de la detención del proceso de reducción de costos en el comercio global.

Por su parte y también según el FMI, la proliferación de acuerdos de libre comercio resultó particularmente pronunciada en el curso de la década del 90, promediando alrededor de 30 acuerdos anuales. Mientras en el período previo a la crisis desatada por la caída de Lehman la cantidad de acuerdos se redujo ligeramente, a partir de 2011 la tasa cayó abruptamente a alrededor de los 10 acuerdos firmados al año. Sin embargo y también según el Fondo, los acuerdos recientes abarcarían un espectro más amplio que los anteriores incluyendo mayor cantidad de socios comerciales.

Estos factores también contribuyen a obstaculizar el comercio internacional de mercancías, aunque según el FMI su impacto cualitativo hasta el momento ha sido relativamente limitado. No obstante el organismo señala –como es bastante evidente- que de generalizarse, estos aspectos podrían pesar significativamente en la perspectiva del comercio global.

“Emerging markets moment”Pero entre los años 1990 y 2007 –período apoteótico de tratados de libre comercio y reducciones arancelarias- las importaciones chinas explicaban el 44% de la pérdida de empleo en manufacturas en EEUU según apunta el Instituto de Estudios del Trabajo de Bonn, Alemania, citado por Mark Broad de la BBC. Incluso el FMI -sin ahorrar loas al impulso global- menciona el impacto de la competencia de las importaciones chinas sobre el mercado de trabajo norteamericano. Resalta que el crecimiento de los productos provenientes de China generó un incremento del desempleo, un debilitamiento de la participación de la fuerza de trabajo y una reducción salarial en los mercados locales cuyas industrias manufactureras compiten con los productos de importación. Cuestión que -casi de más está mencionar- se explica en gran parte por importaciones de firmas norteamericanas (des)localizadas en China. El subperíodo de los años 2003-7 fue –de acuerdo a la definición del FMI- un momento de crecimiento inusualmente rápido de la inversión del capital en las economías “emergentes” y “en desarrollo”, incluida China. A su vez, en el lapso que abarca los años 1999 y 2011 –mientras todavía la reducción de tarifas arancelarias continuaba por el “camino del bien”- el sector manufacturero norteamericano perdía 6 millones de puestos de trabajo, de acuerdo a la Oficina de Estadística de Empleo de Estados Unidos, citada por el autor arriba mencionado.

Bajo el título La frontera que Donald Trump no puede romper, Sonia Corona recuerda en el diario El País que en el año 1994, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés), catapultó a la maquila –industria manufacturera que importa insumos y exporta productos terminados- en la frontera. Se refiere a la expulsión de las fábricas industriales desde el Paso (Texas, Estados Unidos) hacia Ciudad Juárez (Chihuahua, México). En conjunto –señala- componen un centro urbano de más de 2,2 millones de habitantes separados por el Río Bravo y una valla de acero infinita, pero unidos por una relación comercial simbiótica de millones de dólares. En Chihuahua están las naves industriales y a sus espaldas –ilustra- los cristales espejo de los rascacielos corporativos de Estados Unidos. La razón indiscutida para asentar una planta en estos 12 parques industriales que albergan 330 fábricas –la mayoría de origen estadounidense- y de los que pueden salir televisores, lavarropas, ropa, partes de aviones o autos, reside en el costo de los salarios, nada más ni nada menos que ocho veces más altos del otro lado de la frontera, afirma. La consecuencia al otro lado -según Econmy Policy Instituye- ascendía en 2014 a 700.000 empleos menos correspondientes fundamentalmente a industria automotriz y electrónica norteamericana. La ciudad abandonada de Detroit en el estado de Michigan es un ícono de la combinación de superexplotación de un lado y deslocalización desindustrializadora al otro. Una de las páginas más destacadas del proceso de globalización del capital de las últimas décadas.

La conjunción de una desocupación endémica, ascenso de la desigualdad, pérdida de empleos ligada a la inmigración utilizada como mano de obra barata contra los núcleos de las clases obreras tradicionales y al cambio tecnológico -todos fenómenos de las décadas recientes- terminó combinándose con la debilidad económica de los años pos Lehman que le agregó estancamiento salarial, precarización de los nuevos trabajos creados, fuertes límites a la posibilidad de endeudamiento personal, arrojando lo que definimos desde esta columna como el “fracaso del éxito” neoliberal. Este cóctel es la sustancia de la localización en el centro de los fenómenos de derecha más bizarros, como fenómeno altamente novedoso. Analizamos este aspecto hace ya un tiempo en La “furia populista” que conmueve al mainstream. Hace unos días la columnista de Financial Times, Tina Fordham, definía que las economías avanzadas están viviendo un “emerging markets moment” (momento mercados emergentes): la brillante línea entre la política en las economías avanzadas y los mercados emergentes puede haber desaparecido y una nueva normalidad en las economías avanzadas se parece mucho a la vieja normalidad de los mercados emergentes, pero con apuestas considerablemente más altas para la economía global, dispara.

Este momento político simbólico que llegó para quedarse y asistirá a una mera instancia en la jornada muy particular del próximo martes, representa quizás el límite más extremo que enfrenta la cruzada globlalizadora y antiproteccionista de las élites económicas. No está descartado que las derivaciones políticas de la economía puedan golpear antes que la economía misma. El destino de los ampliamente repudiados acuerdos transpacífico y transatlántico -armas más filosas de las élites económicas y “víctimas” de la demagogia electoral de los contendientes- mostrará probablemente las primeras escenas de la película que comienza con aquello que Martin Wolf definía hace algún tiempo como la crisis del matrimonio entre la democracia liberal y el capitalismo global.

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Sueños y fantasías en el corazón del imperio

Mér, 09/11/2016 - 09:01
Alejandro Nadal, La Jornada

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos confirman el grave síndrome que aflige a la población de ese país. Desde hace muchos años el mal llamado sueño americano dejó de existir en el imaginario colectivo. Ha sido remplazado por la fantasía cotidiana del entretenimiento.

Para una mente infantil, la idea de estar sin entretenimiento de algún tipo resulta algo insoportable. En el fondo, la perspectiva de tener que pensar o reflexionar se puede convertir en una perspectiva aterradora.

Por eso cualquier cosa es buena para la distracción y el pasatiempo. Desde los omnipresentes espectáculos de los deportes, hasta las funciones de gala y las revistas de chismes sobre las celebridades, todo es un buen candidato para el entretenimiento. Y si todo debe pasar por la diversión pues el mundo de la política también puede convertirse en espectáculo.

Este año en el centro del escenario de este show se encuentran los dos contendientes más representativos del mundo político estadunidense: un sicópata payaso compite con una oportunista y ambiciosa mujer. El primero ha hecho alarde de su misoginia, machismo, racismo e ignorancia para atraer a una buena parte del electorado estadunidense. La segunda ha pretendido apoyarse en su experiencia y valores democráticos pero en los hechos ha demostrado que su belicosidad y oportunismo no tienen límites.

No es marginal el número de votantes que la mañana del martes saltaron entusiastas a la calle para ir a votar por Donald Trump. Su infantilismo tiene mezclas de sadismo vengador pues ven en el bufón millonario alguien que ha sido capaz de burlarse del establishment en Washington y que hábilmente ha sacudido al inepto y centralizador gobierno federal. Y es que muchos de los seguidores de Trump le echan la culpa al gobierno federal de todos los males que aquejan a la sociedad estadunidense, desde el desempleo y la crisis hasta una supuesta falta de firmeza frente a los desplantes de una Rusia envalentonada.

Tal pareciera que esta parte del electorado, tan adicta al entretenimiento en todas sus formas, hubiera despertado de una infantil modorra y se hubiera encontrado con un escenario de una terrible decadencia económica. Como niños enojados incapaces de analizar y enfrentar una realidad, esa parte del electorado no ha podido hacer otra cosa que buscar a quién echarle la culpa. Y en este caso se encontró con el candidato perfecto, una maquinaria que es disfuncional en muchos casos y corrupta en otros. Es decir, acabamos de nombrar al gobierno federal. Su responsabilidad en el salvamento de los principales jugadores del sector financiero después de la crisis y sus devaneos con los intereses de las grandes corporaciones no ha pasado desapercibida para esta parte del electorado. Es para ellos que Trump se saca fotos y hace declaraciones incendiarias frente al esqueleto de una oxidada planta de la industria automotriz en Detroit. Por cierto, esos votantes seguirán estando ahí al día siguiente de la elección, independientemente del resultado.

Por su parte, el electorado que votó por Hillary Clinton se divide en dos grupos. En el primero se encuentran aquellos que piensan que auténticamente representa los valores democráticos que dice abrazar. En el segundo grupo están los que la ven como una persona falsa, hueca, que como dice Jon Stewart, usa un disfraz diseñado por alguien más para ser otra persona; una mujer sin el valor de sus convicciones porque ni siquiera se sabe bien cuáles son esas convicciones.

La experiencia de la señora Clinton se cristaliza en una lista de infortunios, comenzando con las mentiras sobre sus actividades en Bosnia. Su aventura en Libia convirtió a buena parte de África en una zona de desastre. Las operaciones encubiertas realizadas por los servicios estadunidenses hasta terminaron vendiendo armas a los combatientes de ISIS, como lo revelan los correos electrónicos dados a conocer por Wikileaks. Y la intervención en Siria condujo a uno de los escenarios más peligrosos en el mundo. Ambos episodios fueron concebidos por Hillary mientras fungía como titular del Departamento de Estado. No cabe duda, de triunfar Hillary será uno de los presidentes más belicosos en la historia de Estados Unidos.

El denominador común, el rasero contra el cual fueron medidos sistemáticamente los dos contrincantes fue siempre el dinero. Y Hillary siempre salió vencedora. La mitología de los recursos infinitos de Trump se quedó en eso, mitos que se esfuman. En cambio, con Goldman Sachs a la cabeza, Hillary y los escandalosos donativos para la Fundación Clinton, siempre salieron triunfantes en la carrera para llenar su cofre de guerra.

En síntesis, las elecciones no fueron entre Hillary y Trump. Los verdaderos candidatos fueron el aventurerismo belicoso de una mujer experta en camuflajes, y la nostalgia de un mundo en el que la ignorancia y los prejuicios raciales y misóginos constituyen valores admirables. El triunfador de este proceso será un mundo más peligroso.

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Protofascismo y demagogia neoliberal

Lun, 07/11/2016 - 11:53

David Brooks, La Jornada

Estados Unidos está obligado a optar entre un protofascista y una republicana moderada.

Lo que recupera la fe en este pueblo es el hecho inusitado de que las grandes mayorías reprueban ambas opciones ofrecidas por las cúpulas y, según un sondeo de esta semana pasada, ocho de cada 10 votantes consideran que esta contienda es asquerosa.

Si la elección de verdad expresara la voluntad de la mayoría del pueblo (o sea, la supuesta definición de este ejercicio), casi toda la clase política, desde los candidatos presidenciales a casi todo el Congreso (el cual ahora goza una tasa de aprobación de 15 por ciento), serían derrotados y expulsados de sus puestos. El veredicto de la mayoría es ninguno de estos.

Pero en la elección presidencial, uno de estos dos ganará. Al final, esta elección gira en torno de la opción protofascista. La resistencia se marca más en la expresión de opiniones, pero no se convierte en acción política. Tal vez lo más sorprendente es que ante la amenaza clara y presente de esta expresión de demagogia derechista –sus inaceptables comentarios sobre las mujeres, los migrantes, los medios de comunicación o los musulmanes; sus propuestas, que implican la violación masiva de derechos civiles y humanos, y sus declaraciones mesiánicas, combinadas con su populismo, que llevan a una constante comparación con elementos de Mussolini, Hitler, Berlusconi, Ross Perot, George Wallace y más– está la ausencia de una movilización masiva, gigantesca, en su contra, en las calles, en las plazas, en sus festejos y actos, con un lema histórico y sencillo: No pasarán.

Claro que hubo protesta, pero no la suficiente para impedir que por primera vez en la historia del país una expresión con tintes fascistas se encuentre en la antesala de la Casa Blanca y no se sabe si pasarán o no.

La pregunta que más está en el aire es ¿cómo es posible que Trump tenga posibilidades de ganar?

Sea cual fuere la explicación –y es sumamente compleja, pero gira sobre las consecuencias de la aplicación de políticas neoliberales durante tres décadas, las divisiones y corrientes históricas de un país, sus dramáticos cambios socioeconómicos y demográficos, y una mayoría que ya no confía en las instituciones políticas del país–, ya nadie puede apostar sobre qué sucederá no sólo en las próximas 48 horas, sino en los próximos meses y años en este país.

Una de las cosas que quedan al descubierto en esta elección es el estado de putrefacción de la clase política. La mayoría expresa eso en casi todo sondeo, y los dos candidatos insurgentes dentro de los dos partidos principales sorprendieron a las cúpulas justo porque la respuesta popular a su mensaje de que el sistema está amañado, y sobre todo en el mensaje del socialista democrático Bernie Sanders de que la democracia está secuestrada por una oligarquía y el pueblo la tiene que rescatar, generó una ola que continúa haciendo temblar a los más poderosos.

A veces la cúpula de este país se parece a la de un país bananero bajo control de unas cuantas familias y donde los dueños de la nación y sus títeres, sin importar sus disfraces políticos, juegan, cenan y se casan entre sí. Hay una foto famosa de Bill y Hillary Clinton muertos de risa al lado de Donald Trump y su esposa Melania en la fiesta de la boda del multimillonario en su mansión en Florida, en 2005. El ex presidente fue invitado a ser miembro del club de golf de Trump en Nueva York, donde ambos han jugado juntos antes de esta contienda. El republicano donó miles a las campañas electorales de Hillary al Senado, y unos 100 mil dólares de su fundación a la Fundación Clinton.

Pero este año se vino abajo el escenario construido por los dueños del sistema para el gran espectáculo titulado democracia, donde el pueblo no tiene un papel estelar, más bien es un extra. Todo quedó al descubierto, aunque los políticos están insistiendo en que el show tiene que seguir.

Por ahora en este show desgastado, frente al Frankenstein que surgió del pantano republicano, no queda más que una sola opción. Maureen Dowd, columnista del New York Times, escribió en agosto que el sector republicano tradicional, asqueado por Trump como su abanderado, no debería preocuparse porque “ya tiene a alguien del uno por ciento que estará perfectamente bien en la Oficina Oval, alguien en que pueden confiar para ayudar a Wall Street, apoyar a la Cámara de Comercio, abrazar a los hedge funds, asegurar los acuerdos comerciales tan queridos por el empresariado estadounidenses, que buscara consejo de Henry Kissinger y promoverá la posición halcona, desatando el infierno sobre Siria y quien sabe dónde más. Los republicanos tienen a su candidata: Hillary Clinton”.

Si gana el Frankenstein insurgente, el outsider. no necesariamente habrá la revolución que promete: ya se filtró que su potencial secretario del Tesoro es un alto ejecutivo de Goldman Sachs, esa misma empresa que le pagaba casi un cuarto de millón de dólares por discurso a Hillary Clinton. Al final, la casa (las casas bursátiles) nunca pierde en este juego democrático.

A la vez, algunos dicen que esta coyuntura podría ser un amanecer. Si Trump es derrotado, intelectuales como Noam Chomsky o el historiador Eric Foner señalan que movimientos sociales recientes, casi todos encabezados por jóvenes, desde Ocupa Wall Street a la insurgencia electoral de Sanders, a Black Lives Matter, los dreamers, los del movimiento ambientalista, ahora encabezado por indígenas, están moviendo el panorama hacia la izquierda y por ello podrán obligar a Clinton y otros en la cúpula a tener que responder a sus presiones, abriendo así un capitulo liberal después de frenar la noche derechista. Casi donde veas, algo está sucediendo entre fuerzas pro democráticas en este país, afirmó Chomsky recientemente. “¿Cómo se desarrollarán? Pues eso depende de nosotros… El activismo de las últimas dos décadas esta ahí en algún lugar. Sólo necesita organizarse”.

Mientras tanto, en las próximas horas tal vez se necesita susurrar (mejor gritar) con un poquito de esperanza en los patios de todas las casas: Estirar, estirar, que el demonio va a pasar.

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Ni Trump es Barba Azul, ni Hillary Juana de Arco

Lun, 07/11/2016 - 07:00
Augusto Zamora, Público

Implacable ha sido –sigue siendo- una generalidad de medios de comunicación con el candidato republicano Donald Trump, dentro y fuera de EEUU. Tales medios funcionan como una orquesta sincronizada -vaya usted a saber desde dónde o desde qué-, para caricaturizar a Trump e idealizar a Hillary. Las noticias y los análisis han convertido las elecciones estadounidenses en una simplista y maniquea lid entre “Hillary la buena” y “Donald el malo”. Hillary, moderna Juan de Arco, y Donald, un siniestro Barba Azul.

Poco tienen que ver tales noticias y análisis con la realidad de la política de EEUU. De entrada, debe entenderse que los presidentes, en EEUU, no suelen cambiar mayormente las líneas de mando del país, que mantienen inalterables sus constantes esenciales. El demócrata Kennedy inició la guerra contra Vietnam, la continuó otro demócrata, Johnson, y la elevó a niveles criminales el republicano Nixon. Ocho años de mandato de Barack Obama, primer presidente negro de su historia, no sirvieron para cambiar en nada la situación de los llamados afroamericanos (significativo, por demás, que a los blancos no se les llamen euroamericanos y que los indios sigan siendo vistos como no americanos). Bien al contrario, sus dos últimos años de presidencia estuvieron marcados por un repunte de la violencia policial contra sus ¿hermanos? de raza, al punto que la expresión ‘tiro al blanco’ en EEUU es un real y dramático tiro al negro. Intentar remover las raíces profundas del racismo estadounidense habría generado rechazo en demasiada gente, razón por la cual era conveniente dejar las cosas como estaban.

Trump, conocedor del peso de los votantes blancos (69% del total del censo) y del racismo visceral de muchos de ellos (véase la película de Alan Parker, Arde Mississippi, 1988), decidió hacer de la inmigración, sobre todo hispana, un tema electoral dado que, para esos votantes blancos, la mayor amenaza a su supremacía racial proviene de los hispanos, cuyo flujo incesante no hay forma de parar. Las cifras apuntalan el temor de los euroamericanos: los hispanos han pasado de 15 millones en 1980 a 55 millones en 2015 y llegarían a 100 millones en 2050. Estados hay (California, Arizona, Florida…) donde el auge de la población hispana está haciendo minoría a los euroamericanos. La imagen de un muro de 3.000 kilómetros que separe a EEUU de México alivia el horror de esos blancos, algo que no debería sorprender en esta Europa que, en dos años, ha llenado muchas de sus fronteras de alambradas, vallas, policías, soldados y perros para detener la marea de inmigrantes que huyen de la guerra y el hambre. Por eso resulta más que hipócrita criticar a Trump por proponer un muro -que no se construirá: una cosa es andar en campaña electoral, otra ser presidente-, muro que en Europa no es demagogia electorera, sino realidad apoyada por amplias capas de población devota del racismo.

Es de preguntarse, por otra parte, si la campaña demoledora contra Trump (que no es santo de nuestra devoción, preciso es aclarar) no tiene sus raíces en una visión menos confrontativa del mundo, comparada con la de Hillary. Trump considera que interesa a EEUU entenderse con Rusia, limitar el gasto militar estadounidense para ‘proteger’ a países aliados (que los europeos, por ejemplo, corran con los gastos de su ‘protección’) y resguardar el empleo en el país, luchando contra la deslocalización y, por inevitable, poniendo vallas a los productos asiáticos, sobre todo chinos. Hillary ha caminado por otros derroteros. Apoyó la invasión de Iraq y la destrucción de Libia y es partidaria de que EEUU quite y ponga gobiernos donde considere menester. También cree que Rusia y China son enemigos mortales y que EEUU debe atiborrarse de armas para hacerles frente y mantener a cualquier costo su supremacía mundial. Para Hillary, EEUU sigue siendo “el país indispensable”, “un país excepcional”. “Estoy convencida de que, como decía Lincoln, seguimos siendo ‘la última y mejor esperanza de la Tierra’”. Y la “última y mejor esperanza de la Tierra” debe gobernar el mundo, incluso contra su voluntad, aunque para ello deba destruir todo lo que se le oponga. Si esa es la alternativa a los exabruptos de Trump, es de presumir que Trump es el mal menor, pues no hay nada más peligroso que los fanáticos, vístanse como se vistan o quieran ellos ser vestidos.

No debe olvidarse el peso demoledor que tiene el complejo militar-industrial en EEUU. Este país, aunque genera hoy el 18% de la economía mundial, realiza el 55% del gasto militar del planeta. 600.000 millones de dólares anuales, cantidad lo suficientemente abultada para cortar las alas a cualquier presidente que quiera afectar en negativo los intereses de este complejo, que nada tiene que ver con el de Edipo. 600.000 millones de dólares repartidos a dedo por el gobierno pues, por razones de ‘seguridad nacional’, ninguno de los grandes contratos está abierto a licitación pública. Para mantener ese gasto disparatado hacen falta enemigos y, si no los hay, preciso es inventarlos. Como en 1984, la premonitoria novela de Orwell, la consigna del complejo militar-industrial de EEUU es “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. Así EEUU llena Europa de bases y contingentes militares y quiere meterle a Rusia sus misiles en las costillas, esperando que Rusia reaccione y caiga en la trampa de una nueva carrera armamentista. Por eso envían sus portaaviones al Mar de la China, para crear un ambiente pre-bélico que justifique las inversiones militares del año siguiente.

Otro dato debe arrojar pistas. El resultado de las últimas encuestas, que indicaban un gran repunte de Trump o, incluso, que ganaba a Hillary, hizo tambalearse a bolsas y mercados (que son lo mismo). Por la experiencia de España sabemos que, cuando las bolsas tiemblan, es que el establishment siente que se le mueve el piso. Alarma sin sentido: gane quien gane, una vez ungido, se integrará en el establishment y las aguas volverán a un cauce que nunca abandonaron. Pasa, simplemente, que Hillary es valor seguro y asegurado a lo largo de sus extensos andares en política, mientras que Trump, gallo de pelea, candidato salido contra los deseos del apparachik republicano, no goza –aún- de las bendiciones del establishment. Tranquilos, si gana, será otra oveja del redil, pues ni es, ni pretende ser, otro Lenin, ni su fortuna proviene de practicar la caridad.

De risa es que, en la campaña electoral, desfilen misses agraviadas por el súper macho que dice ser Trump. Tiene Hillary, en eso, el techo de cristal, pues su marido Bill no es, precisamente, ejemplo de respeto a las mujeres. Bill era incluso peor, pues para intentar tapar el hipócrita “escándalo Lewinsky” mandó a bombardear Sudán, destruyendo en el bombardeo la única fábrica de medicamentos del país. Es preferible un Trump haciendo de ramplón Tenorio que un Bill matando inocentes para tapar la apresurada felación de una becaria. En realidad, ambos son abominables, pero eso es lo que produce EEUU.

Paga Trump el haberse expresado bien del presidente ruso, Vladimir Putin, la gran bestia negra de la OTAN, pues no perdona que Putin le haya parado los pies en Georgia, Ucrania y Siria. Haber afirmado que “Putin es mejor líder que Obama” hizo chirriar los goznes de la herrumbrosa y paranoica musculatura de la OTAN. No obstante, Trump dijo una verdad. Putin ha sido más inteligente que Obama y la Merkel, ya no digamos que Holland. Sería ese el punto desde donde Trump podría –subrayamos ‘podría’- ser menos dañino que Hillary. Con la señora Clinton en la presidencia de EEUU las posibilidades de proliferación de conflictos mundiales y armas se disparan. Con Trump hay una modesta esperanza de acuerdos con China y Rusia, es decir, de paz mundial.

Todo esto no deja de ser especulaciones. Como afirmaba hace pocos días el periodista Stephen Kinzer (no confundir con Stephen King), desde The Boston Globe, EEUU “no tiene la costumbre de comprometerse con otros países”. Lo suyo es el Big Stick. Esa es, al menos, la doctrina de Hillary. Puede que Trump, bisoño en estas lides, tenga más tendencia a buscar acomodos diplomáticos. Si no es así, habrá que dejar de lado libros y elucubraciones y dedicarse a cavar trincheras. Cuanto más hondas, mejor, que Rusia y China están cada vez más preparadas para poner en su sitio al “país indispensable” que –ya va siendo hora- sería bajado de su nube supremacista de la única forma que entiende: a misilazos. Y colorín colorado, el cuento se habrá acabado.

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El regreso de la derecha en América Latina

Ven, 04/11/2016 - 08:00
Emir Sader, Página 12

La nueva ola de derecha en América latina no tardó en decir a qué vino. Los gobiernos de Mauricio Macri en Argentina y de Michel Temer en Brasil se dedican, única y exclusivamente, a aplicar el mismo tipo de duro ajuste fiscal que ya había sido aplicado en esos y otros países del continente, con las desastrosas consequencias económicas y sociales que se conocen.

Para ello, tuvieron que reimponer el viejo diagnóstico, según el cual, los problemas de los países son resultado de gastos excesivos del Estado. Un diagnóstico totalmente desmentido por la forma en que en esos mismos países los gobiernos han reaccionado a los duros efectos de la crisis internacional iniciada en 2008. Se podría haber hecho lo que se hace ahora, cortando hondamente los presupuestos de los recursos para políticas sociales. Pero las economías latinoamericanas habrían ingresado en recesiones profundas y prolongadas, de las cuales no habrían salido, como ocurre con las economías europeas.

Sin embargo, los gobiernos de Argentina y de Brasil, con orientaciones distintas de las actuales, no se dejaron llevar por la crisis y reaccionaron en contra de la recesion, con medidas anticíclicas. Con ello pudieron sacar rápidamente a las economías de la recesion, volver a crecer, superar el desempleo y retomar la dinámica de expansión económica con distribución de renta, que permitió el momento más virtuoso de la historia de esos y de otros países del continente en este siglo.

Pero la derecha volvió a los gobiernos de esos países, como si no hubiera pasado nada. Como si no hubieran fracasado y arrojado a los países a las peores crisis recesivas en mucho tiempo, con altos niveles de desempleo y profundas crisis sociales. Como si no se hubieran dado gobiernos que recuperaron esas economías, superaron su crisis social y desarrollaron los programas de inclusión social más amplios de su historia.

La derecha retoma el mismo diagnóstico que había llevado a los ajustes, a las recesiones, a las crisis sociales. Necesita, para ello, borrar o descalificar todos los avances logrados a lo largo de este siglo. Como si Argentina y Brasil no estuvieran mucho mejor, de todos los puntos de vista, gracias a las políticas con las que han enfrentado a la crisis.

Tratan de pasar la idea de que la crisis actual es generada por el modelo que mejor funcionó. Dicen que se habría gastado demasiado. Que los gastos en políticas sociales serían la causa del desequilíbrio de las cuentas públicas. No las altísimas tasas de interés, no el pago de las deudas interna y externa, no la evasión de impuestos, no los paraísos fiscales, no los subsidios a los grandes empresarios, no la especulación financiera.

En realidad, la derecha vuelve para destruir lo que fue construido a lo largo de este siglo en los países donde logra, por una u otra vía, volver al gobierno. Su agenda es estrictamente negativa: privatización de propiedades públicas, menos recursos para politicas sociales, menos derechos para los trabajadores, más recesión, más desempleo. Más Estados Unidos en el continente y menos integración regional.

No pueden decir que son lo nuevo, porque rescatan a los viejos economistas neoliberales. Ni que van a retomar el crecimiento económico, porque ahondan la recesión. Ni que van a controlar las cuentas públicas, porque aumentan la inflación y el déficit público. No tienen nada para prometer, porque lo que hacen no tiene nada de popular, ni de democrático. Sólo pueden sobrevivir, blindados por los medios.

¿Cómo deben reaccionar las fuerzas populares frente a esa ofensiva conservadora?

Antes de todo, buscando el más amplio proceso de toma de conciencia, de movilización y de organización de los sectores populares, víctimas de las políticas de esos gobiernos. Sin eso, no será posible revertir la situación. En segundo lugar, buscar la más amplia unidad de las fuerzas opositoras, tomando como línea divisoria entre los dos campos al modelo neoliberal. Unir a todas las fuerzas antineoliberales. En tercer lugar, hacer un balance del pasado reciente, pero valorando todo lo conquistado como paso previo a la crítica de los errores. En el cuarto, finalmente, reconquistar la hegemonía de los valores que han llevado a los gobiernos progresistas a ser eligidos por la mayoría. Reelaborar los temas de la justicia social, de la democracia política, de la soberanía nacional, entre tantos otros, en los términos actuales, después de los avances de la derecha.

Como cada vez que se da una victoria política de la izquierda o de la derecha ésta es antecedida por una victoria en el plano de las ideas, hay que reimponer como objetivos fundamentales del país el desarrollo económico con distribución de renta, después de desarticular las falsedades con las que la derecha vuelve a los países de América latina.

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Estancamiento secular: el paradigma perdido

Xov, 03/11/2016 - 10:01

Alejandro Nadal, La Jornada

En la cosmogonía de los economistas no hay nada más aterrador que la perspectiva de la crisis y el estancamiento secular. Ambos se acompañan de la pérdida del paradigma sobre estabilización y crecimiento que desde hace décadas orientó el trabajo de los economistas.

En la actualidad, como huérfanos desorientados, los economistas cercanos a la corriente dominante en teoría macroeconómica siguen buscando señales de que su paradigma no ha muerto. Recuerdan los pasajes del Paraíso perdido de John Milton en los que un Adán desamparado implora perdón pero su expulsión del paraíso es decretada. Así los economistas convencionales vagan sin rumbo, tratando de rescatar el paradigma perdido.

En el poema de Milton, el arcángel Miguel lleva a Adán a una colina desde donde contempla el porvenir que aguarda a la humanidad. Hoy desde una colina similar, los economistas observan consternados el desolador panorama del estancamiento secular. Ante su vista se suceden desempleo, pobreza, desigualdad, finanzas públicas desequilibradas y una política monetaria sumida en el desconcierto.

El viejo paradigma de estos economistas de la corriente neoclásica está basado en la creencia de que la política macroeconómica puede controlar los vaivenes de los ciclos económicos y la volatilidad de los mercados financieros. Sin duda la crisis de 2008 hizo añicos ese sueño y la fantasía de la estabilidad macroeconómica. Pero muy pocos economistas fueron capaces de leer las señales anteriores a la crisis sobre el gran diluvio del estancamiento secular.

Y sin embargo, esas señales eran bastante claras. En los últimos 30 años la tasa de crecimiento de la economía mundial disminuyó de manera constante. Entre 1973 y 2015 la tasa de crecimiento del PIB mundial pasó de 6.4 a 2.4 por ciento. Es decir, antes del frenazo que sufre la tasa de crecimiento del PIB mundial por la crisis de 2008 ya se observaba una tendencia decreciente durante más de tres décadas.

Otro indicador es el comportamiento de la tasa de interés real. Durante el periodo 1975-2015 la tasa de interés real para activos libres de riesgo fue disminuyendo brutalmente y pasó de un nivel cercano a 4 por ciento a niveles negativos cercanos a –1.2 por ciento. Los cálculos pueden variar ligeramente, pero cuando se observa una tendencia de esta magnitud a lo largo de un periodo de 30 o 40 años no se puede evitar pensar que aquí están en juego algunas fuerzas económicas seculares muy poderosas.

El problema es que frente a estas fuerzas del tiempo largo los economistas convencionales no pueden ofrecer un remedio en materia de política macroeconómica. Por ejemplo, los modelos macroeconómicos que utilizan los bancos centrales en la mayoría de los países son incapaces de sugerir medidas para afrontar un problema secular como el del estancamiento de largo aliento. Esos modelos dinámicos estocásticos de equilibro general (DSGE por sus siglas en inglés) sólo permiten en el mejor de los casos pensar en problemas acotados en el tiempo corto, como en algún episodio cíclico o un incidente de volatilidad en los mercados. Pero el marco analítico de esos modelos y sus metas sobre inflación no hace posible el concebir problemas como un desplome constante de la oferta o una deficiencia crónica de la demanda agregada. Es decir, además de tener todas las deficiencias para el tratamiento de problemas de corto plazo (agentes representativos y condiciones artificiales de estabilidad) los modelos DSGE son incapaces de dar cabida al tratamiento de problemas estructurales de largo plazo.

Frente a un escenario de estancamiento de largo plazo la política macroeconómica convencional permanece muda. Es que desde hace décadas su objeto no ha sido el control del nivel general del producto agregado. Y además, hoy los economistas convencionales no saben cómo articular una política fiscal expansiva con una política monetaria no convencional de tasas de interés muy bajas o incluso en terreno negativo. Tampoco tienen algo que ofrecer frente al problema de la desigualdad en la distribución del ingreso que tantos problemas macroeconómicos conlleva.

La teoría y política macroeconómica convencional tienen graves deficiencias, incluyendo sus anacrónicas hipótesis sobre el papel del sector bancario (como simple intermediario) y la presencia de agentes representativos (desacreditados teóricamente desde 1974). Así que ¿cómo pedirles que den el salto conceptual que les permita incorporar cosas como la evolución de la tasa de ganancia, el nivel general de salarios y la evolución del endeudamiento? Éstas son las preguntas centrales en una discusión sobre las tendencias futuras del capitalismo, pero tienen que ver con el espinoso tema de la distribución del ingreso y eso es algo que la teoría convencional prefiere ignorar.

La hipótesis del estancamiento secular invita a pensar en formas novedosas de política macroeconómica. También impone la necesidad de reflexionar sobre la necesidad de transformaciones económicas radicales porque el paradigma perdido de los neoclásicos jamás será recuperado.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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La revolución rusa y nosotros

Mér, 02/11/2016 - 07:00
Este texto es la conferencia traducida que Josep Fontana realizó en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) el pasado 24 de octubre en el marco de unas jornadas sobre la Revolución Rusa de 1917, en plena Primera Guerra Mundial. Este es el primer artículo de una serie que busca rescatar el legado de la revolución rusa a los aciagos días que corren.Josep Fontana, Sin Permiso

Hacia 1890 los partidos socialistas europeos, agrupados en la Segunda Internacional, habían abandonado la ilusión revolucionaria y defendían una vía reformista que les tenía que llevar a integrarse en los parlamentos burgueses, confiando en que un día podrían acceder al poder en través de las elecciones y que desde allí procederían a transformar la sociedad. De esta manera los partidos socialistas alemán, italiano, español, francés, que mantenía todavía el nombre de sección francesa de la Internacional Obrera, o el laborismo británico optaron por una política reformista, aunque conservaran la retórica revolucionaria del marxismo para no desconcertar a sus seguidores obreros, que debían seguir creyendo que sus partidos luchaban por una transformación total de la sociedad.

La contradicción entre retórica y praxis estalló con motivo de la proximidad de la Gran Guerra de 1914. En el congreso que la Internacional socialista celebró en Basilea en noviembre de 1912 se proclamó que "era el deber de las clases obreras y de sus representantes parlamentarios (...) realizar todos los esfuerzos posibles para prevenir el inicio de la guerra" y que, si ésta finalmente empezaba, debían intervenir para que terminara rápidamente y "utilizar la crisis económica y política causada por la guerra para sublevar el pueblo y acelerar la caída del gobierno de la clase capitalista ". El congreso proclamaba, además, su satisfacción ante "la completa unanimidad de los partidos socialistas y los sindicatos de todos los países en la guerra contra la guerra", y llamaba "a los trabajadores de todos los países a oponer el poder de la solidaridad internacional del proletariado al imperialismo capitalista ".

Pero en la tarde del 4 de agosto de 1914 tanto los socialistas alemanes, que habían organizado actos contra la guerra hasta unas semanas antes, como los franceses aprobaron de manera entusiasta en sus respectivos parlamentos la declaración de la guerra y votaron los créditos necesarios para iniciarla. El Partido Socialdemócrata alemán, además, aceptó una política de tregua social que comportaba los compromisos de no criticar al gobierno y de pedir a los obreros que no hicieran huelgas mientras durase la guerra. En cuanto a los laboristas británicos, no sólo aprobaron la guerra, sino que acabaron integrándose en un gobierno de coalición.

En Rusia las cosas fueron de otra manera, ya que su partido socialdemócrata, dividido en las dos ramas de mencheviques y bolcheviques, no solamente no tenía representación en el parlamento, sino que era perseguido por la policía. A comienzos de 1917 los bolcheviques tenían algunos de sus dirigentes desterrados a Siberia, como Stalin y Kamenev, mientras otros vivían en el exilio, como Lenin, que se había instalado en Suiza, en la ciudad de Zúrich, mientras Trotsky se encontraba entonces en Nueva York.

Cuando en febrero de 1917 comenzó la revolución en Petrogrado, lo hizo sin la presencia de los jefes de los partidos revolucionarios para dirigirla, en un movimiento impulsado por un doble poder, el de los consejos o soviets de los trabajadores y de los soldados por un lado , y el del Comité provisional del parlamento por otro, que se pusieron de acuerdo para establecer un gobierno provisional y para aplazar los cambios políticos hasta la celebración, en noviembre siguiente, de una Asamblea constituyente elegida por sufragio universal.

Cuando el 3 de marzo el gobierno provisional concedió una amnistía "para todos los delitos políticos y religiosos, incluyendo actos terroristas, revueltas militares o crímenes agrarios", Stalin y Kamenev volvieron de Siberia y se encargaron de dirigir Pravda, el periódico de los bolcheviques, donde defendían el programa de continuar la guerra y convocar una Asamblea constituyente, de acuerdo con la mayoría de las fuerzas políticas rusas.

A principios de abril volvía de Suiza Vladimir Lenin, que había podido viajar gracias a que el gobierno alemán, que quería ver Rusia fuera de la guerra, le ayudó a ir en tren hasta la costa del Báltico, desde donde pasar en Suecia y en Finlandia para llegar finalmente, en otro tren, en Petrogrado.

Para entender la acción de los alemanes hay que recordar que en estos primeros meses de 1917 se produjo la crisis con Estados Unidos, que condujo a que estos declararan la guerra a Alemania el 6 de abril. Fueron los alemanes los que le propusieron el viaje, y Lenin presentó exigencias antes de aceptarlo, como que los vagones que lo llevaran a través de Alemania con la treintena de exiliados rusos que le acompañaban tuvieran la status de entidad extraterritorial. A Trotsky, en cambio, los británicos lo detuvieron mientras volvía y no llegó a Petrogrado hasta un mes más tarde.

En la recepción que los bolcheviques le organizaron el 3 de abril en la estación de Finlandia, Lenin dijo, desde la plataforma del vagón: "El pueblo necesita paz, el pueblo necesita pan, el pueblo necesita tierra. Y le dan guerra, hambre en vez de pan, y dejan la tierra a los terratenientes. Debemos luchar por la revolución social, luchar hasta el fin, hasta la victoria completa del proletariado ". Al que añadió aún: "Esta guerra entre piratas imperialistas es el comienzo de una guerra civil en toda Europa. Uno de estos días la totalidad del capitalismo europeo se derrumbará. La revolución rusa que habéis iniciado ha preparado el camino y ha comenzado una nueva época. ¡Viva la revolución socialista mundial!"

Este discurso fue mal recibido por los bolcheviques presentes en la estación y fue rechazado en las primeras votaciones de los órganos del partido. Se habían acostumbrado a la idea de apoyar una revolución democrática burguesa como primera etapa de un largo trayecto hacia el socialismo, a la manera que lo planteaban los partidos socialdemócratas europeos, y querer ir a continuación más allá les parecía una aventura condenada al fracaso.

Lo que planteaba Lenin no se reducía al lema de "paz, tierra y pan"; no era solamente un programa para terminar la guerra de inmediato y a cualquier precio, y para entregar la tierra a los campesinos. En la base de esta propuesta había un planteamiento mucho más radical, que lo llevaba a sostener que, ante los avances logrados desde febrero y de la existencia de los soviets como órganos de ejercicio del poder, no tenía ningún sentido optar por una república parlamentaria burguesa, sino que tenían que ir directamente a un sistema en el que todo el poder estuviera en manos del soviets, que se encargarían de ir aboliendo todos los mecanismos de poder del estado -la policía, el ejército, la burocracia ...- iniciando así el camino hacia su desaparición, que iría seguida de la desaparición paralela de la división social en clases.

Lenin reproducía la crítica de la vía parlamentaria que Marx había hecho en 1875 en la Crítica al programa de Gotha, un texto que los socialdemócratas alemanes mantuvieron escondido durante muchos años, donde rechazaba la idea de avanzar hacia el socialismo a través del "Estado libre" como una especie de etapa de transición, y sostenía: "Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista está el período de transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este periodo le corresponde también un período político de transición en el que el estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado".

¿Cómo debía hacerse esta transición? Es difícil de definir porque ningún partido socialista se había planteado seriamente qué hacer una vez llegados al poder, porque la perspectiva de conseguirlo parecía lejana. El único modelo existente era el de la Commune de París de 1871 y había durado demasiado poco como para haber establecido unas reglas orientativas.

Lo que proponía Lenin lo podemos saber a través de lo que decía en El estado y la revolución, donde denunciaba las mentiras del régimen parlamentario burgués donde todo (las reglas del sufragio, el control de la prensa, etc.) contribuía a establecer "una democracia sólo para los ricos ", y preveía la extinción del estado en dos fases. En la primera el estado burgués sería reemplazado por un estado socialista basado en la dictadura del proletariado.

La segunda fase surgiría de la extinción gradual del estado, y conduciría a la sociedad comunista. Durante esta transición los socialistas debían mantener el control más riguroso posible sobre el trabajo y el consumo; un control que sólo podía establecerse con la expropiación de los capitalistas, pero que no debía conducir a la formación de un nuevo estado burocratizado, porque el objetivo final era justamente ir hacia una sociedad en la que no habría "ni división de clases, ni poder del estado".

No es cosa de explicar aquí la historia, bastante conocida, de cómo los bolcheviques llegaron al poder y cómo empezaron a organizar una transición al nuevo sistema.

Lo que me interesa recordar es que el 7 de enero de 1918 Lenin confiaba en que, tras un período en el que habría que vencer la resistencia burguesa, el triunfo de la revolución socialista sería cosa de meses.

A desengañarlo vino una llamada "guerra civil", en el que participaron, apoyando a varios enemigos de la revolución, hasta trece países diferentes, y que tuvo para el nuevo estado de los bolcheviques un coste de ocho millones de muertes , entre víctimas de los combates, del hambre y de las enfermedades, además de conllevar la destrucción total de la economía. Una situación que obligaba a aplazar indefinidamente la implantación de la nueva sociedad.

Es en este momento, superada la guerra civil, cuando esta historia da un giro. Lloyd George, el jefe del gobierno británico, fue el primero en darse cuenta de que la idea de conquistar la Rusia soviética para liquidar la revolución era inútil, además de insuficiente. La lucha contra la revolución cambiaría entonces de carácter, al pasar del escenario ruso a lograr un alcance mundial. Lo que se necesitaba era combatir a escala universal la influencia que las ideas que habían inspirado la revolución soviética ejercían sobre los diversos grupos y movimientos que todo el mundo las tomaban como modelo en sus luchas.

El enemigo que se pasó entonces a combatir con el nombre de comunismo no era el estado soviético, ni siquiera los partidos comunistas de la Tercera Internacional, que hasta los años treinta no pasarían de ser pequeños grupos sectarios de escasa influencia. El enemigo era inmenso, indefinido y universal, nacido no de la observación de la realidad, sino de los miedos obsesivos de los políticos que les hacían ver el comunismo detrás de cualquier huelga o de cualquier protesta colectiva. Como, por ejemplo, de una huelga de los descargadores de los puertos de la costa del Pacífico de los Estados Unidos que movió a Los Angeles Times a asegurar que aquello era "una revuelta organizada por los comunistas para derribar el gobierno" y a pedir, en consecuencia, la intervención del ejército para liquidarla. Ejemplos como este se pueden multiplicar en los más diversos momentos y en los más diversos escenarios.

Desde ese momento la lucha contra la revolución comunista se transformó en un combate que nos afectaba y nos implicaba a todos. La segunda república española, por ejemplo, que aparecía en 1931 en el escenario internacional cuando en la mayor parte de Europa la inquietud social se iba resolviendo con dictaduras de derecha, fue recibida con hostilidad por los gobiernos de las grandes potencias. El embajador estadounidense en Madrid, por ejemplo, informaba al departamento de Estado el 16 de abril de 1931, a los dos días de la proclamación de la República, en los siguiente términos: "el pueblo español, con su mentalidad del siglo XVII, cautivado por falsedades comunistoides, ve de repente una tierra prometida que no existe. Cuando les llegue la desilusión, se tumbarán ciegamente hacia lo que esté a su alcance, y si la débil contención de este gobierno deja paso, la muy extendida influencia bolchevique puede capturarlos".

No importaba que los mensajes posteriores revelaran que el embajador ignoraba incluso quienes eran los dirigentes republicanos. En una semejanza del gobierno que enviaba a Washington estos mismos días dice, por ejemplo, de Azaña: "no encuentro ninguna referencia de parte de la embajada. El agregado militar se refiere a él como un asociado a Alejandro Lerroux. Aparentemente un "republicano radical". Lo ignoraba todo de los republicanos, pero el de la "influencia bolchevique" sí lo tenía claro.

De nuevo en 1936, al producirse el levantamiento militar en España, las potencias europeas optaron por dejar indefensa la república española ante la intervención de alemanes e italianos con hombres, armas y aviones, por temor a un contagio comunista que en 1936 no existía en absoluto.

Mientras tanto el estado soviético, bajo la dirección de Stalin, vivía con el miedo de ser agredido desde fuera y invertía en armas para su defensa unos recursos que podían haber servido para mejorar los niveles de vida de sus ciudadanos. Pero la peor de las consecuencias de este gran temor fue que degenerara en un pánico obsesivo a las conspiraciones interiores que creían que se estaban preparando para colaborar con algún ataque desde el exterior destinado a acabar con el estado de la revolución. Un miedo que fue responsable de las más de setecientas mil ejecuciones que se produjeron en la Unión Soviética de 1936 a 1939. La orden 00447 de la NKVD, de 30 de julio de 1937, "sobre la represión de antiguos kulaks, criminales y otros elementos antisoviéticos" afectó sobre todo a ciudadanos ordinarios, campesinos y trabajadores que no estaban implicados en ninguna conspiración, ni eran una amenaza para el estado. Y aunque los sucesores de Stalin no volvieron nunca a recurrir al terror en esta escala, conservaron siempre un miedo a la disidencia que hizo muy difícil que toleraran la democracia interna.

Consiguieron así salvar el estado soviético, pero fue a costa de renunciar a avanzar en la construcción de una sociedad socialista. El programa que había nacido para eliminar la tiranía del estado terminó construyendo un estado opresor.

A pesar de todo, fuera de la Unión Soviética, en el resto el mundo, la ilusión generada por el proyecto leninista siguió animando durante muchos años las luchas del otro "comunismo", y obligó a los defensores del orden establecido a buscar nuevas formas de combatirlo.

Terminada la segunda guerra mundial, la coalición que encabezaban y dirigían los Estados Unidos organizó una lucha sistemática contra el comunismo, tal como ellos la entendían, que abarcaba todo lo que pudiera representar un obstáculo al pleno desarrollo de la "libre empresa" capitalista , preferiblemente estadounidense.

La campaña tenía ahora una doble vertiente. Por un lado mantenía una ficción, la de la guerra fría, que se presentaba como la defensa del "mundo libre", integrado en buena medida por dictaduras, contra una agresión de la Unión Soviética, que se presentaba como inevitable. Todo era mentira; lo era que los soviéticos hubieran pensado en una guerra de conquista mundial, ya que desde Lenin acá tenían muy claro que la revolución no se podía hacer más que desde el interior de los mismos países. Como también era mentira que los estadounidenses se prepararan para destruir la Unión Soviética preventivamente. Pero estas dos mentiras convenían a los estadounidenses para mantener disciplinados sus aliados, la primera, y atemorizados y ocupados los soviéticos en preparar su defensa, la segunda.

"Lo peor que nos podría pasar en una guerra global, decía Eisenhower en privado, sería ganarla. ¿Qué haríamos con Rusia si ganábamos?" Y Ronald Reagan se sorprendió en 1983 cuando supo que los rusos temían realmente que los fueran a atacar por sorpresa y escribió en su diario: "Les deberíamos decir que aquí no hay nadie que tenga intención de hacerlo. ¿Qué demonios tienen que los demás pudiéramos desear?". Se sorprendía que no hubieran descubierto el engaño, como lo hicieron, demasiado tarde, en 1986, cuando Gorbachov decidió abandonar la carrera de los armamentos porque, decía, "nadie nos atacará aunque nos desarmemos completamente".

La finalidad real de la segunda vertiente de estos proyecto, que se presentaba como una cruzada global contra el comunismo, era luchar contra la extensión de las ideas que pudieran oponerse al desarrollo del capitalismo. El objetivo no era defender la democracia, sino la libre empresa: Mossadeq no fue derribado en Irán porque pusiera en peligro la democracia, sino porque convenía a las compañías petroleras; Lumumba no fue asesinado para proteger la libertad de los congoleños, sino la de las compañías que explotaban las minas de uranio de Katanga, de donde había salido el mineral con el que se elaboró ​​la bomba de Hiroshima.

Y cuando el combate no se hacía para defender unos intereses puntuales y concretos, sino en términos generales para salvar la libertad de la empresa, los resultados todavía podían ser más nefastos. Uno de los peores crímenes del siglo fue el que llevó a matar tres millones doscientos mil campesinos vietnamitas argumentando que se disponían a iniciar la conquista de Asia. No se fue a Vietnam a defender la democracia, porque lo que había en Vietnam del sur era una dictadura militar.

La mentira fundacional de aquella guerra la denunció crudamente John Laurence, que fue corresponsal de la CBS en Vietnam entre 1965 y 1970, con estas palabras: "Hemos estado matando gente durante cinco años sin otro resultado que favorecer a un grupo de generales vietnamitas ladrones que se han hecho ricos con nuestro dinero. Esto es lo que hemos hecho realmente. ¿La amenaza comunista? ¡Y una puñeta! (...) Nos hemos metido tan a fondo que no podíamos salir, porque parecería que habíamos perdido. Es una locura. No ganaremos, eso lo sabe todo el mundo. Pero no lo admitiremos y volveremos a casa, seguiremos matando a la gente, miles y miles de personas, incluyendo a los nuestros".

Por eso resultan tan reveladoras de la confusa naturaleza de la lucha anticomunista las palabras que pronunció Obama recientemente, glorificando los hombres que fueron a Vietnam, según él: "avanzando por junglas y arrozales, entre el calor y las lluvias, luchando heroicamente para proteger los ideales que reverenciamos como americanos". ¿Cuáles eran esos ideales?

No había tampoco ninguna conjura comunista en los países de América Central que fueron devastados por las guerras sucias de la CIA. Lo reconoció el Senado de los Estados Unidos en 1995 cuando denunció que los supuestos subversivos que habían sido asesinados allí eran en realidad "organizadores sindicales, activistas de los derechos humanos, periodistas, abogados y profesores, la mayoría de los cuales estaban ligados a actividades que serían legales en cualquier país democrático ". Una guerra sucia que continúa aún hoy, cuando en Honduras las bandas organizadas por el gobierno y por las empresas internacionales interesadas en la explotación de sus recursos naturales siguen matando, con la tolerancia y protección de los Estados Unidos, dirigentes campesinos que defienden la propiedad colectiva de las tierras y las aguas: como Berta Cáceres, asesinada el 3 de marzo de este año, por instigación de la empresa holandesa que patrocina el proyecto de Agua Zarca, o como José Ángel Flores, presidente del Movimiento Unificado de Campesinos del Aguán, asesinado el 18 de octubre de 2016.

El silencio ante la brutalidad de todas estas guerras lo denunció Harold Pinter en el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 2005, cuando sostenía que Estados Unidos, implicados en una campaña por el poder mundial, habían conseguido enmascarar sus crímenes , presentándose como "una fuerza para el bien mundial".

Mientras Estados Unidos defendían la libre empresa, y mientras los países del "socialismo realmente existente" fracasaban en estos años de la posguerra en el intento de construir una sociedad mejor, fue el otro "comunismo" en su conjunto, en la difusa y vaga acepción que habían creado los miedos de sus enemigos, lo que consiguió un triunfo a escala global del que nos hemos beneficiado todos.

Y es que el miedo que generaba este comunismo global, no por su fuerza militar, sino por su capacidad de inspirar a todo el mundo las luchas contra los abusos del capitalismo, combinada con la evidencia de que la represión no era suficiente para detenerlo, forzaron a los gobiernos de occidente a poner en marcha unos proyectos reformistas que prometían alcanzar los objetivos de mejora social sin recurrir a la violencia revolucionaria. Es este miedo a la que debemos las tres décadas felices de después de la segunda guerra mundial con el desarrollo del estado del bienestar y con el logro de niveles de igualdad en el reparto de los beneficios de la producción entre empresarios y trabajadores como nunca se habían alcanzado antes.

El problema fue que cuando el "socialismo realmente existente" mostró sus límites como proyecto revolucionario, a partir de 1968, cuando en París renunció a implicarse en los combates en la calle, y cuando en Praga aplastó las posibilidades de desarrollar un socialismo con rostro humano, los comunistas perdieron esa gran fuerza que Karl Kraus valoraba por encima de todo cuando decía "que Dios nos conserve para siempre el comunismo, porque esta chusma -la de los capitalistas- no se vuelva aún más desvergonzada ( ...) y porque, al menos, cuando se acuesten tengan pesadillas".

Desde mediados de los años setenta del siglo pasado esta chusma duerme tranquila por las noches sin temer que sus privilegios estén amenazados por la revolución. Y ha sido justamente eso lo que les ha animado a recuperar gradualmente, no sólo las concesiones que habían hecho en los años de la guerra fría, sino incluso buena parte de las que se habían ganado antes, en un siglo y medio de luchas obreras. El resultado ha sido este mundo en que vivimos hoy, en que la desigualdad crece de manera imparable, con el estancamiento económico como daño colateral.

En estos momentos en que se aproxima el centenario de la revolución de 1917, volveremos a oír repetidas las descalificaciones habituales sobre aquellos hechos. Unas condenas que a algunos les parecen más necesarias que nunca en unos momento en que, según un informe de 17 de octubre de 2016 de la Victims of Communism Memorial Foundation no solo resulta que los jóvenes estadounidenses de 16 a 20 años, los "millennials", lo ignoran todo sobre aquella historia, sino que, y esto es más alarmante, casi la mitad se declaran dispuestos a votar a un socialista, y un 21 por ciento hasta a un comunista; la mitad piensan que "el sistema económico les es contrario" y un 40 por ciento querrían un cambio total que asegurara que los que ganan más pagaran de acuerdo con su riqueza. Todo lo cual lleva a la fundación a reclamar desesperadamente a que se enseñe a los jóvenes la siniestra historia "del sistema colectivista".

Yo pienso que nosotros necesitamos otro tipo de conmemoración, que nos permita, por un lado, recuperar la historia de aquella gran esperanza frustrada en su dimensión más global, que encierra también nuestras luchas sociales.

Pero que nos lleve a más, por otra parte, a reflexionar sobre algunas lecciones que los hechos de 1917 pueden ofrecernos en relación con nuestros problemas del presente. Porque resulta interesante comprobar que cuando un estudioso del capitalismo global contemporáneo como William Robinson se refiere a la crisis actual llega por su cuenta a unas conclusiones con las que habría estado de acuerdo Lenin: que la reforma no es suficiente -que la vieja vía de la socialdemocracia está agotada- y que uno de los obstáculos que hay que superar es justamente el del poder de unos estados que están hoy al servicio exclusivo de los intereses empresariales. Para acabar concluyendo que la sola alternativa posible al capitalismo global de nuestro tiempo es un proyecto popular transnacional, que va a ser el equivalente de la revolución socialista mundial que invocaba Lenin en abril de 1917 cuando bajó del tren en la estación de Finlandia.

Las fuerzas que deberían construir este proyecto popular serán seguramente muy diferentes de los partidos tradicionales del pasado. Serán fuerzas como las que hoy surgen de abajo, de las experiencias cotidianas de los hombres y las mujeres. Del tipo de las que se están constituyendo a partir de las luchas de los trabajadores de Sudáfrica o los indígenas de Perú contra las grandes compañías mineras internacionales, de las de los zapatistas que reivindican una rebeldía "desde abajo y a la izquierda" , de los guerrilleros kurdos de Kurdistán sirio que quieren construir una democracia sin estado, los maestros mexicanos que se manifiestan en defensa de la educación pública, los campesinos de muchos países que no militan en partidos, sino en asociaciones locales como el Movimiento Unificado de campesinos del Aguán, que presidía José Ángel Flores: unas asociaciones que se integran en otros de nivel estatal, como el Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, que dirigía Berta Cáceres, que a su vez lo hacen en una gran entidad transnacional como es Vía Campesina. Estas fuerzas no representan todavía, ni solas ni todas sumadas, una amenaza para el orden establecido, pero anuncian las posibilidades futuras de un gran despertar colectivo.

El camino que tienen por delante, si quieren escapar de este futuro de desigualdad y empobrecimiento que nos amenaza a todos, es bastante complicado. El fracaso de la experiencia de 1917 muestra que las dificultades son muy grandes; pero pienso que nos ha enseñado también que, a pesar de todo, había que probarlo y que intentarlo de nuevo quizás valdrá la pena.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Suecia podría ser el primer país en abandonar el dinero efectivo

Mar, 01/11/2016 - 18:06
En Suecia hasta los vendedores callejeros prefieren ser pagados con dinero virtual y solo el 2% de las transacciones monetarias en 2015 se realizaron en efectivo. De seguir así, Suecia podría convertirse en el primer país en decir no al dinero en billetes y monedas, opina Jon Henley para The Guardian. "No uso más dinero en efectivo, para nada. Simplemente no lo necesitas. Las tiendas no lo quieren. Muchos bancos ni siquiera tienen. Incluso para [comprar] un dulce o un periódico puedes usar una tarjeta o un teléfono", le explicó una joven sueca de 26 años a Henley.Esta actitud es regla general entre el pueblo sueco, e incluso instituciones como las iglesias prefieren el pago electrónico. Según Riksbank, el banco central de Suecia, únicamente el 2% de las transacciones monetarias en el país nórdico en 2015 fueron hechas con dinero en efectivo; una cifra que podría bajar hasta el 0,5% en 2020. En las tiendas, solo el 20% de las transacciones se realizan actualmente en 'cash', mientras que en el resto del mundo el promedio es del 75%. Paralelamente, 900 de las 1.600 filiales bancarias suecas no tienen ni reciben depósitos en metálico. Y en muchos lugares ya no hay ni siquiera cajeros automáticos. "Creo que, en la práctica, Suecia será básicamente una sociedad sin 'cash' en unos cinco años", señala Niklas Arvidsson, experto en sistemas de pago del Instituto Real de Tecnología de Estocolmo. Actualmente, las tarjetas son el medio de pago preferido por los suecos, mientras que aplicaciones móviles como Swish están ganando popularidad para las transacciones entre personas en tiempo real. Del mismo modo, sistemas como iZettle, que permiten a vendedores ambulantes y pequeños negocios recibir pagos por tarjeta, están cada vez más de moda. Obviamente, un sistema sin efectivo tiene sus problemas. Entre ellos, el fraude electrónico y la pérdida de privacidad son los más destacados. Pero la decisión política de convertirse en un país sin dinero está más cerca de lo esperado. Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Capitalismo imperialista vs. imperio capitalista

Lun, 31/10/2016 - 08:01
Antonio Lorca Siero, Rebelión

El capitalismo en su proyecto expansivo dirigido a dinamizar el capital, necesariamente tenía que encontrar raquíticas las fronteras impuestas por el Estado-nación, planteándose desde los tiempos del capitalismo burgués el salto más allá de sus límites. Aunque la idea imperial ha estado presente en su código ideológico, la dependencia estatal para garantizar cierto grado de seguridad en el marco en el que se han venido moviendo sus empresas supuso inicialmente un freno a esta tendencia. Finalmente los intereses comerciales, especialmente la necesidad de colocar excedentes de producción más allá de las fronteras de los Estados de las sociedades industrializadas, y en especial los derivados de la especulación del capital financiero, acabaron por superar las naturales prevenciones y salir a campo abierto. A partir de ese momento fue posible desarrollar la idea imperial que anima el capitalismo desde la perspectiva de esa ideología conductora del espíritu expansivo representado en empresas, como vehículo de manifestación del capital subyacente.

En contraposición con el imperialismo beligerante de corte absolutista, la idea imperial capitalista es pacífica, en principio basada en el intercambio comercial rentable -como en los viejos tiempos se trataba de vender baratijas para obtener bienes preciados, pero ya conforme a un proceso debidamente actualizado-, en definitiva de simple abuso y explotación de los países económicamente rezagados. Dado que desde la revolución burguesa se hizo del Estado un aparato colaborador de los intereses capitalistas, llegado el momento de la expansión extrafronteras, no desdeñó utilizar el mismo paraguas estatal para garantizar el orden económico en el ámbito internacional, ampliando así su papel represor. La avanzadilla empresarial, animada por las perspectivas de lucro, abría el camino para la intervención, luego se situaba tras el Estado manteniéndose a cubierto. Se trataba con ello de hacer extensivas sus particulares normas relativas al juego del dinero para gozar de las oportunas ventajas, disponiendo de seguridad plena. Utilizando el poderío militar de los modernos ejércitos de las naciones avanzadas, los aparatos estatales abanderaron la colonización moderna como punto de apoyo para la expansión capitalista, trasladando así la función ordenadora encomendada al Estado capitalista más allá de sus fronteras. De otro lado, también la influencia basada en el prestigio o la amenaza indirecta adquirieron un grado de efectividad igualmente aprovechada por el empresariado. Así pues, soportada en tales prácticas, cuando no en la simple manipulación, la seguridad jurídica tan importante para el negocio capitalista quedaba consolidada, ya fuera por la vía colonizadora o forzando tratados internacionales tras de los que se encontraba el interés del capitalismo, procurando buscar el refrendo de la superioridad del Estado hegemónico. Con lo que el Estado-nación encargado de guardar el orden capitalista intrafronteras, con el desarrollo de la idea expansiva del capitalismo, pasa a ser un Estado protector de sus intereses más allá de las mismas, comprometiéndose activamente en la obtención de los beneficios de sus empresas. Sobre esta base ya es posible desarrollar con ciertas garantías el expolio que define las prácticas imperialistas, dirigidas a agotar los recursos ajenos en beneficio propio.

Aunque el imperialismo, conforme a la versión leninista, supondría la fase final del capitalismo fundamentalmente agobiado por el peso del monopolio del capital financiero, el neoliberalismo vino a darle mayor empuje y prolongó el proceso con la globalización dirigida a diluir la idea de monopolio, aunque acabe por encaminarse abiertamente en esa dirección. El propio Estado-nación se comprometió como Estado-imperial en la tarea de buscar cobertura al desarrollo y expansión ilimitada de las grandes empresas que se acogían a su bandera como multinacionales. La globalización o invasión pacífica del mundo, dirigida a imponer el sistema capitalista, pero conservando la diferencia entre el centro y la periferia para permitir la explotación a través de la actividad de las grandes empresas abanderadas por el primero, ha venido a ser la realización práctica del imperialismo programado desde la ideología capitalista. El modelo de Estado-imperial que la hizo posible se disfrazó de Estado fuerte o de Estado hegemónico, basando su superioridad en la riqueza industrial y en la cultura industrializada dispuestas para la exportación. Al objeto de suavizar la pura y simple realidad imperialista invasiva diseñada para proteger dentro de un área de influencia a las empresas, los Imperios -hay que hablar en plural, puesto que en la práctica el fenómeno presenta varios cauces de manifestación geográfica- intervinieron en los manejos privados del capitalismo imperialista pensando en el interés público y crearon desde los Estados dominantes organismos internacionales para controlar, entre otros aspectos, la fuerza de las armas, la cultura, los flujos del dinero, la producción y el comercio, materias en las que aspiraban a alcanzar monopolios en sus zonas de influencia. Desde el nuevo intervencionismo, los beneficios económicos obtenidos por las empresas al amparo de la globalización, también han repercutido del otro lado en los Estados hegemónicos, contribuyendo a reforzar el imperialismo estatal. Con lo que el poder adquirido por el Estado multifunción y por la burocracia operativa ha llegado a un extremo que seguramente no entraba en las previsiones iniciales del capitalismo. Los Estados dominantes han alcanzado mayor prepotencia internacional, y frente al capitalismo del laissez-faire plantean el reforzamiento del modelo kelnesianismo, aunque esto sea sin abandonar el espíritu expansionista que les ha inculcado la ideología capitalista. Bien es cierto que, conforme sostienen Hardt y Negri, el Estado-nación ha perdido soberanía, pero hay que matizar que solamente se aprecia en el caso de los dominados, por contra, en el de los hegemónicos ha sucedido lo contrario.

¿Qué efectos tiene la nueva situación en la relación del capitalismo imperialista con el Imperio capitalista?. El Imperio, representado por el Estado hegemónico etiquetado como capitalista y esos organismos internacionales colaboradores en su área de influencia, ejercen directamente o desde el intervencionismo funciones que afectan al desarrollo del capital. Contando con el monopolio del poder legislativo, por ejemplo, se promulgan leyes que obligan a las empresas, diseñan políticas reguladoras de la actividad económica y marca los límites de la libertad de mercado. Teóricamente el Estado se coloca en un nivel superior y se convierte en un gran centro de poder que en algunos aspectos escapa al control capitalista. La función del aparato estatal como guardián del orden que permitía sujetar a las masas se ha desbordado, y ahora está afectando a su promotor, ya que el Estado-imperial, heredero del Estado burgués, ha cobrado autonomía aprovechando la libertad derivada de la globalización. Pero la cuestión de fondo apunta en otra dirección.

Desde la política, el Imperio empieza a replantearse la necesidad de mirar hacia los votantes -sin duda teniendo en cuenta los resultados inesperados de las consultas prefabricadas- y considerar las reivindicaciones de los ciudadanos propios. Ante el dilema de seguir favoreciendo los intereses del capitalismo, atender las reivindicaciones de las masas en orden al bienestar o cuanto menos tratar de conciliar ambas en lo posible, intenta moverse sin despertar suspicacias. Lo que puede ser una llamada a retornar al modelo de Estado-nación, sin perder los atributos alcanzados como Estado-imperial. Pese a la presencia ciudadana en la acción política, hay que ser escépticos, porque el Imperio representante de la política de un Estado hegemónico se mueve dentro del sistema capitalista. Aunque goce actualmente de cierta autonomía respecto al capitalismo, derivada de la ambición de poder de los políticos avanzados y de la burocracia a su servicio, y aspire a reconciliarse con la ciudadanía, no puede renunciar a la condición de ser soporte funcional de la ideología capitalista, como lo ha sido desde los tiempos de la burguesía. Probablemente, al final de la controversia, esta cuestión sólo resulte ser una pequeña diferencia entre las partes, que se saldará con un acuerdo dirigido a conciliar las tesis del capitalismo imperialista con las del Imperio capitalista.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

Continúa la mentira y la manipulación de ‘El País’ en la cobertura de Unidos Podemos

Sáb, 29/10/2016 - 03:06
Vicenç Navarro, Público

El miércoles pasado por la noche envié un artículo a Público que se publicó al día siguiente, haciendo una crítica y denuncia del partidismo sectario de El País (“El desvergonzado partidismo y sectarismo de El País”, Público, 20.10.16), mostrando ejemplos de la falta de profesionalidad y clara violación de las más mínimas reglas de decencia y ética periodísticas que aparecieron en su cobertura de Podemos durante la campaña electoral de 2015, y de Unidos Podemos en la de 2016. Tal rotativo no tiene límites en su hostilidad hacia estas fuerzas políticas, actuando como mero instrumento de los barones del PSOE, tales como los Sres. Felipe González y Alfredo Pérez Rubalcaba, que son miembros del Consejo Editorial de dicho rotativo.

Tras enviar el artículo, que se publicó al día siguiente, jueves, vi en las noticias de la noche por televisión que un grupo de estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid había interrumpido una conferencia patrocinada por El País en dicha universidad, en la que se iban a realizar dos intervenciones, una del Sr. Felipe González, ex presidente del gobierno español, y la otra del Sr. Juan Luis Cebrián, presidente del grupo Prisa y editor de El País. Al leer las noticias de tal rotativo, así como su editorial y artículos al día siguiente, vi, una vez más, la manipulación, las mentiras y la mala leche que están caracterizando a los editoriales de El País (así como a las noticias) sobre Podemos, alcanzando ya unos niveles que deberían ser objeto de denuncia en las comisiones de ética profesional de los Colegios de Periodistas. Nunca antes El País había alcanzado el nivel de mezquindad y falta de profesionalidad que está mostrando estos días.

Ni que decir tiene que el acto de interrupción de la conferencia de los Sres. González y Cebrián por parte de los estudiantes ha generado un rechazo general, liderado por El País, rechazo que este rotativo ha intentado utilizar para acusar a Podemos, y muy en particular a su Secretario General, el Sr. Pablo Iglesias, de estar detrás de aquel acto, acusación realizada en el editorial “A golpes con la libertad” (20.10.16), así como en el reportaje de lo sucedido. Y, predeciblemente, la mayoría de medios han sumado su voz a esta condena de los estudiantes que forzaron la clausura del acto, alegando que con su intento (que fue exitoso) estaban violando la libertad de expresión, acusando a Podemos de haber organizado o estimulado dicha acción.

La condenable violencia de los estudiantes En esta denuncia a los estudiantes de la UAM falta, sin embargo, hacer una distinción. El hecho de que los estudiantes utilizaran la violencia merece ser denunciado, siendo necesario que se exprese un desacuerdo con las formas escogidas por tales estudiantes en su protesta, desacuerdo que, por cierto, han mostrado todos los dirigentes de Podemos entrevistados, incluyendo (en contra de lo que escribió El País) Pablo Iglesias. Escuchen sus declaraciones y verán claramente que El País miente (cuando escribió que Pablo Iglesias no había desaprobado la fuerza utilizada por los estudiantes para interrumpir el acto). Escuchen sus declaraciones y verán que sí expresó su desacuerdo. Las fuerzas progresistas tienen que darse cuenta de que utilizar la violencia en una manifestación política es un gran error, pues siempre será utilizada por el adversario en su contra, debilitando enormemente a la causa que se defiende. El mejor ejemplo de ello fue ETA, que debido a su estrategia de violencia utilizada durante el periodo democrático retrasó enormemente el desarrollo de su causa. Las protestas tienen que ser no violentas para ser efectivas. Utilizarla es sumamente negativo y reaccionario. No veo, pues, criticable que se realizara una denuncia del uso de la violencia por parte de los estudiantes, ya fuera esta denuncia de forma explícita o implícita, expresando un desacuerdo, tal como hizo Pablo Iglesias.

No ha habido denuncia de la violencia mediática de El País y la gran mayoría de medios de información españoles Pero hay muchas maneras de ejercer la violencia, y El País, con su constante hostilidad hacia Pablo Iglesias y hacia Podemos, está ejerciendo una violencia mediática. De ahí que si bien los estudiantes tienen que ser criticados y denunciados por su violencia física, El País (y la mayoría de medios de información) también tiene que ser denunciado por la incitación al odio que constantemente aparece en sus páginas hacia aquellos a los que considera enemigos. ¿Cómo puede acusarse a Podemos de estar detrás de la violencia de aquel acto de los estudiantes, presentados como miembros o simpatizantes de ETA? Tal acusación a Pablo Iglesias es muy semejante a la acusación que hicieron los dirigentes y barones del PSOE a Podemos, acusándolo repetidamente, incluso en las Cortes Españolas, de apoyar a ese grupo terrorista. ¿No son estas acusaciones, hechas constantemente, una incitación a la violencia? Dicha acusación es una manipulación que tiene como objetivo destruir (y no hay otra manera de definirlo) a Podemos.

Pero la belicosidad de El País no se detiene ahí. En una comparación odiosa, equipara la acción de los estudiantes que golpearon las puertas del evento e hicieron ruido para imposibilitar el acto, con el golpe militar de la Guardia Civil (de Tejero), que paralizó una sesión de las Cortes Españolas. Además de exagerado, equiparar un grupo de estudiantes que no llevaban armas con secciones de la Guardia Civil y del Ejército que llevaron a cabo un intento de golpe de Estado, es intentar inflamar lo ocurrido para tomar ventajas políticas, manipulando en exceso el reportaje de un evento. Pero, por si no fuera poco, se acusa nada menos que al Secretario General de Podemos, Pablo Iglesias, en tal reportaje de ser el incitador de dicha violencia. Y como prueba de ello, se indica que los estudiantes revoltosos llevaban pancartas en las que se hacía referencia a la “cal viva” que Pablo Iglesias mencionó en su día en las Cortes Españolas en referencia al Sr. Felipe González; aludir a la utilización de tales pancartas como prueba de la complicidad de Pablo Iglesias en el acto es indigno y de una gran mezquindad. Por cierto, siempre que se hace referencia a esa cita, se ignora el contexto en el que se hizo tal acusación. Días antes de que Pablo Iglesias hiciera dicha acusación, Felipe González había acusado injustamente a Podemos de apoyar las acciones terroristas de ETA, acusación repetida por Pedro Sánchez en las Cortes Españolas, minutos antes de que le contestara Pablo Iglesias. ¿Por qué las acusaciones de los primeros no se citan, y sí en cambio las de Pablo Iglesias?

El constantemente violado derecho a la información La gran amenaza a la democracia no es solo la violencia física, sino la violencia ejercida por los medios incitando al odio y a la agresividad contra figuras políticas y partidos políticos, tal como hacen la gran mayoría de los medios de información españoles, que más que de información son de persuasión y propaganda, siendo El País uno de ellos. Los estudiantes tenían el derecho a protestar por la visita a la universidad de dos personajes políticos, incluyendo el presidente del grupo Prisa, uno de los mayores grupos de comunicación defensores de las políticas neoliberales promovidas por el establishment (tales como las políticas de austeridad que han ido desmontando el escasamente financiado Estado del Bienestar, y las reformas laborales que han reducido los salarios) que se han impuesto a la población por parte de los gobiernos Zapatero y Rajoy, y que han hecho tanto daño a las clases populares.

Es más, tenían también el derecho de protestar por la presencia del presidente de uno de los grupos de comunicación que más han contribuido a vetar la diversidad en sus medios, habiendo vetado a Manuel Rico, a Fernando Berlín, a Javier Aroca y a Ignacio Escolar, entre otros, impidiendo a todos sus trabajadores colaborar con los medios –eldiario.es, elconfidencial.com, La Sexta– que han sido críticos con el comportamiento empresarial del Sr. Cebrián, habiendo sido censurados y expulsados de sus medios.

Los medios, incluida la prensa, tienen una responsabilidad pública de la que deriva toda una serie de privilegios. Cuando no ejercen tal función pública y no ofrecen la variedad de sensibilidades ideológicas que existen en la sociedad, vetando a aquellos que tienen posiciones contrarias a las suyas propias, no pueden hablar de defensa de la libertad y de la democracia, pues son ellos los que las están violando. Durante la dictadura, los estudiantes abucheábamos a los directores de la prensa del régimen. Y hoy tenemos muy poca democracia (casi una dictadura mediática), y la falta de diversidad de los medios contribuye a ello. Los que son responsables de esta escasa diversidad, que violan sistemáticamente el derecho a estar informado, no se merecen ser considerados demócratas, y deben ser denunciados por su comportamiento antidemocrático.

La universidad debe ser un lugar de diálogo para aquellos que permiten el diálogo La universidad es un lugar de diálogo para todos aquellos que defiendan y permitan dicho diálogo y la diversidad. No para aquellos que lo impiden y que se oponen a ello. Por mucho que le duela al grupo Prisa, el supuesto régimen dictatorial de Venezuela (como siempre lo presenta El País) tiene mayor diversidad ideológica en sus medios que España. En realidad, en un régimen que es presentado como una dictadura de izquierdas, la mayoría de medios de información son medios de clara sensibilidad de derechas, aunque hay también de izquierdas. No así en España, donde no hay prácticamente medios de información de izquierdas. Y El País ha estado impidiendo esta diversidad tanto en sus páginas como fuera de ellas. Ha estado machacando con una enorme agresividad a las voces críticas con el neoliberalismo imperante, sin permitir responder ni siquiera a los insultos. Y un tanto semejante ocurre en su cobertura mediática de las opciones políticas soberanistas en Catalunya (sean o no sean independentistas), publicando constantemente manipulaciones sobre tales opciones, sin nunca permitir voces contrarias. Que ahora el grupo Prisa pida respeto y diálogo es una desfachatez. Los estudiantes tenían el derecho a manifestarse y denunciar tal arrogancia, y hay que defender su derecho, a la vez que criticar su innecesaria violencia, que disminuyó el valor democrático de su acción. Como bien decía Bertolt Brecht, “la libertad de prensa es la libertad de sus propietarios, y se expresa en la negación de la libertad de todos los demás”. El Sr. Cebrián tiene poca autoridad moral para dar lecciones sobre la libertad de prensa en España. De ahí que la población tiene que recuperar el derecho a la información, y repito que me parece muy bien que los estudiantes protesten (sin violencia) evitando que a tales personajes se les permita hablar en los fórums académicos, a no ser que muestren con su comportamiento que ellos mismos permiten la palabra a aquellos que demonizan e insultan constantemente.

Una última observación Parece que el amplio rechazo frente a la falta de profesionalidad que está mostrando El País en su hostil cobertura de Podemos está teniendo, por fin, algún impacto. Hace unos días (24 de octubre) El País publicó un artículo de un tal Víctor Lapuente en el que por primera vez se hablaba bien de Podemos (aunque no de Pablo Iglesias). Concluía el artículo señalando que el problema de tal partido era que está dirigido por Pablo Iglesias. La demonización de Pablo Iglesias será lo último que el establishment político-mediático de este país dejará de practicar, si es que algún día lo hace. Después de todo, tanta hostilidad hacia tal fuerza política y hacia su dirección es el intento desesperado de mantener un statu quo que es insostenible. Hoy, este statu quo se reproduce no solo por la represión física por parte de los aparatos represivos del Estado, sino también (y sobre todo) por la represión intelectual, ideológica y mediática llevada a cabo por la mayoría de la gran prensa escrita y la televisión, tanto pública como privada, que promueven el pensamiento conservador y neoliberal dominante (homologable en el abanico político europeo a la ultraderecha europea), hoy altamente cuestionado por fuerzas progresistas emergentes basadas en la periferia y en el centro del territorio español, que exigen otra España mucho más democrática, mucho más justa y solidaria, mucho menos corrupta, mucho más transparente y mucho más plural, que reconozca, dentro de esta diversidad, la plurinacionalidad del Estado español. Su desarrollo y expansión es lo que determina tanta hostilidad por parte del establishment político-mediático del país, que por primera vez desde que se inició el régimen de 1978 se encuentra amenazado.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Renta básica: una propuesta para el siglo XXI

Mér, 26/10/2016 - 13:00
Alejandro Nadal, La Jornada

En los últimos años se ha venido discutiendo la renta básica, una radical propuesta de reforma económica y social que merece un análisis cuidadoso. Se trata de un esquema que corta transversalmente varios temas cruciales: distribución del ingreso, empleo, política fiscal, seguridad social, pobreza y salarios. Es quizás la propuesta de reforma más importante desde que apareció en la escena el estado de bienestar social.

La renta básica es definida por la Red Renta Básica como un ingreso pagado por el Estado, como derecho de ciudadanía, a cada miembro de pleno derecho o residente de la sociedad, incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, independientemente de si es rico o pobre y sin importar con quien conviva. Es decir, la renta básica (RB) se paga sin tomar en consideración las otras posibles fuentes de renta que pueda tener un miembro de la sociedad.

Se trata de un derecho social, asimilado al estatus de ciudadano de cualquier persona e independiente del nivel de ingreso que se tiene en la sociedad. La RB es algo esencialmente diferente a los pagos para compensar una situación de desempleo. Y no tiene nada que ver con los programas de combate a la pobreza extrema que el Banco Mundial ha promocionado en el mundo. Estos últimos se diseñaron para poder instrumentar recortes al gasto social al hacer más eficiente la asignación de recursos a los más necesitados. En el fondo sirvieron para que la generación del superávit primario no generara tanta protesta social.

Es una idea que lleva a nuevas alturas el derecho ciudadano a la vida, en el contexto de una economía capitalista que está mutando sus formas de reproducción a gran velocidad. Esta transformación exige explorar opciones que dan paso a formas sociales que hoy sólo aparecen en embrión y que habitan los intersticios de las relaciones capitalistas.

En particular, la renta básica permite hacer frente a los problemas que vienen aparejados al estancamiento secular y a la creciente robotización de los procesos de la industria manufacturera y del sector servicios. Los problemas que se acumulan en esta encrucijada se pueden sintetizar fácilmente: desempleo tenaz y salarios estancados o a la baja.

Por supuesto, la propuesta de la RB tiene sus detractores en todo el espectro político. Por el lado de la izquierda encontramos al conocido economista marxista, Michael Roberts. El título de su última entrada en su blog critica la propuesta de la RB por ser, eso, básica, pero no lo suficientemente radical. Y en un pasaje clave de su texto, Roberts señala que varios políticos y economistas de derecha están a favor de la RB porque al pagarle a los trabajadores ese ingreso en lugar de salarios y beneficios sociales es visto como una manera de ahorrar dinero y reducir el tamaño del Estado y de los servicios públicos. Lo que reduce el valor de la fuerza de trabajo y aumenta la tasa de plusvalía. Roberts concluye que la RB se convierte en un subsidio salarial para aquéllos patrones que emplean trabajadores que no gozan de beneficios sociales y que estarían bajo presión para aceptar salarios no mayores que la renta básica que sería inferior al salario promedio.

Roberts comete varios errores. Su descuido hace que al final del texto el lector no sepa si esa crítica de los políticos y economistas de derecha es también compartida por Roberts. La renta básica no se paga en lugar de salarios o beneficios sociales. La RB es un ingreso independiente de otras fuentes de renta o beneficios sociales. Por tanto, la renta básica no es algo que podría sustituir los servicios proporcionados por el Estado en materia de salud, educación o protección al medio ambiente. Ciertamente no es un medio para ahorrar dinero y reducir el tamaño del Estado. Y tampoco es un subsidio para el salario que pagan los patrones a menos que se admita el supuesto erróneo de que la renta básica se paga en lugar de salarios.

¿Constituye la renta básica un factor de presión a la baja de los salarios? De entrada un régimen de RB incrementaría el poder de negociación de los asalariados. La experiencia durante los años en que el desempleo disminuyó notablemente confirma que los salarios aumentaron porque el poder de negociación de los trabajadores se incrementó. La renta básica no sería una presión para deprimir los salarios.

En el contexto de una economía capitalista afectada por una crisis deflacionaria que se asocia a un estancamiento de larga duración, la renta básica constituye un poderoso instrumento para estimular la demanda agregada. Y ciertamente es más efectiva que la postura de política monetaria que hoy entrega al sistema bancario billones de dólares para que los recicle en su interior y para que las grandes corporaciones mantengan el casino llamado bolsa de valores.

¿Tienen las economías capitalistas los recursos para aplicar una RB? La respuesta es afirmativa. El estudio de Arcarons, Domènech, Raventós y Torrens sobre un modelo de financiación de la renta básica para el Reino de España (publicado en Sin Permiso) no deja lugar a dudas.

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