Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger5957125
Actualizado: fai 3 horas 52 min

La historia olvidada de la colaboración saudí-irán

Dom, 24/01/2016 - 23:00
Immanuel Wallerstein, La Jornada

El 2 de enero de 2016, el gobierno sunni del reino de Arabia Saudita (RAS) ejecutó al imam más importante de la comunidad de la Shía en el RAS. El gobierno shiíta de Irán denunció esta ejecución, como lo hicieron los gobiernos de todo el mundo, y advirtieron que habría consecuencias. Desde ese momento la retórica ha seguido escalando y los políticos y los medios mundiales han hablado de una posible guerra directa entre Arabia Saudita e Irán. Casi todos tienden a encuadrar esta tensión a partir de la grieta religiosa entre los sunni y la Shía, que se dice tiene unas muy largas raíces en el pasado, y que define que la presente situación se debe a esta grieta religiosa.

Mientras ambos lados se echan para atrás ante una confrontación directa, existen combates en Siria y Yemen conducidos por grupos que se dicen cercanos a los saudíes y los iraníes. Aquellos que pelean en el escenario de Siria y Yemen no parecen alentar a nadie a que actúe como mediadores cuasi-neutrales. Los grupos tanto de Siria como de Yemen desconfían profundamente uno del otro y parecen considerar inviable cualquier mediación. Esto hace en extremo difícil, si no imposible, darle prioridad a cualquier estrategia que combata efectivamente la fuerza todavía muy extendida del Estado Islámico, que Estados Unidos (y otros) han proclamado como la prioridad número uno.

Nuestra memoria tiende a ser tan de corta vida que ya hemos olvidado por entero que la Arabia Saudita sunni y el Irán shiíta fueron alguna vez cercanos colaboradores geopolíticos. Y esto fue hace no tanto tiempo.

Necesitamos no llegar hasta la creación del Reino de Arabia Saudita en 1932, cuando Irán le brindó al nuevo Estado un crucial reconocimiento diplomático, lo que condujo a la aceptación generalizada de Arabia Saudita en la comunidad de los Estados soberanos. El periodo más interesante fue el de la década de los 60.

Cuando los distribuidores mundiales de crudo de repente y unilateralmente redujeron los precios que estaban dispuestos a pagar por el crudo, el gobierno de Venezuela (anterior a Chávez) sugirió al gobierno de Irán (anterior al Ayatola) que se reunieran, invitando también a Irak, Kuwait y Arabia Saudita, para considerar si podían darse pasos para contrarrestar este ataque a su ingreso nacional. Estaban muy enojados y culparon a los bancos principales, a los distribuidores de crudo (las llamadas Siete Hermanas) y al gobierno estadunidense, que miraban que respaldaba a estos bancos, si no es que de hecho instigaba sus decisiones.

Ocurrió una reunión en Viena entre el 10 y el 14 de septiembre de 1960. Los cinco Estados fundaron la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Invitaron a otros Estados a unirse a la OPEP. Con el tiempo otros lo hicieron –como Argelia, Angola, Ecuador, Indonesia, Libia, Nigeria, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Gabón (que luego se retiró). Al principio, la OPEP fue meramente un locus de discusión e intercambio de información. Cuando, sin embargo, Israel derrotó a algunos Estados Árabes en la llamada Guerra del Yom Kippur, en 1973, con un respaldo abierto y crucial por parte de Estados Unidos, la OPEP declaró un boicot mundial de crudo. Éste fue propuesto por Arabia Saudita e Irán. La idea de una acción militante por parte de la OPEP habia sido propuesta por miembros más radicales de la OPEP. Pero hasta 1973 no había obtenido el respaldo ni de Arabia Saudita ni de irán.

A estos dos Estados se les consideraba los Estados más cercanos, en ese momento, a Estados Unidos. Que se conjuntaran en ese viraje de postura marcó un hito en la historia de la OPEP.

Pero miremos el central hecho geopolítico. Arabia Saudita e Irán colaboraban directamente. No había mención alguna a la milenaria rivalidad sunni-shiíta. Por el contrario, colaboraban. Y funcionó. De ahí siguió un importante aumento en el precio mundial del petróleo, que benefició tanto a Arabia Saudita como a Irán.

En 1974, la reunión de ministros de la OPEP en Viena fue invadida por simpatizantes de los movimientos palestinos encabezados por “Carlos, El Chacal”. Amenazó con ejecutar a muchos, en particular al ministro iraní de Petróleo. La historia de cómo lograron liberar a los rehenes y a cambio de qué precio nunca quedó clara, en realidad. No obstante, hay un detalle crucial. Alguien pagó el rescate del ministro iraní. Los analistas han llegado a pensar que fue el gobierno saudí quien lo hizo para liberar a su colega iraní. Una conducta extraña si uno pensara que ambos gobiernos se movían basados en una discordia religiosa.

Y un crucial momento final. En marzo de 2007, hubo una reunión de la Organización de Cooperación Islámica en Riad (Riyad), Arabia Saudita. El gobierno del RAS invitó explícitamente a Irán a que enviara a alguien para asistir. El entonces presidente Ahmadinejad, de Irán, considerado en ese momento como el líder iraní más opuesto incondicional y verbalmente a cualquier vínculo con el mundo occidental, aceptó la invitación. Fue recibido en el aeropuerto por el rey Abdullah de Arabia Saudita, lo que fue un gran gesto. Abdullah saludó la llegada de naciones hermanas. La reunión no llegó a nada, pero de nuevo indicó que las relaciones geopolíticas no estaban gobernadas exclusivamente por criterios religiosos.

¿Por qué pudo lograr la OPEP el boicot y el aumento mundial del crudo en 1973 y de nuevo en 1979? ¿Qué era diferente de entonces a ahora en Medio Oriente?

Dos cosas sobre todo. En 1973 Estados Unidos era todavía lo que ya no es en 2016: la decisiva y crucial nación en el ámbito geopolítico. Al final todo mundo tenía que acomodarse, más o menos, a los deseos de Estados Unidos.

Por otro lado, el poderío geopolítico estadunidense trajo presiones consigo. Cuando concedió su imprimátur (su respaldo oficial) a los israelíes en la guerra del Yom Kippur, de inmediato necesitó balancear esto con algún gesto en la otra dirección que apaciguara al menos a Arabia Saudita, un aliado crucial. Hay mucha gente que piensa que Estados Unidos dio su visto bueno a Arabia Saudita y a Irán para que lanzaran el boicot. Además de apaciguarlos, Estados Unidos obtuvo la ventaja económica de fortalecer su mano en la competencia trilateral con Europa occidental y Japón.

¿Entonces dónde estamos ahora? Arabia Saudita e Irán han colaborado cercanamente en el pasado. No es del todo inconcebible que puedan volver a hacerlo en el futuro cercano. El torbellino geopolítico es muy grande, y ningún analista debería eliminar algún posible viraje. La geopolítica podría de nuevo remontar las diferencias religiosas. Esto es especialmente cierto debido a la relativa decadencia de la influencia de Estados Unidos en la región.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Bloomberg: "Arabia Saudita puede derribar el mercado de bonos estadounidenses"

Dom, 24/01/2016 - 21:18

La posible venta de títulos del Tesoro estadounidense por parte del Gobierno saudita podría afectar seriamente el mercado de deuda de EEUU informa Bloomberg. El año pasado Arabia Saudita vendió reservas internacionales por valor de 100.000 millones de dólares para compensar el mayor déficit presupuestario en 25 años. Y por primera vez está considerando la posible venta de la 'joya' de la corona, la compañía Saudi Aramco. Las señales de tensión excesiva en la economía del país preocupan porque es uno de los principales tenedores de valores estadounidenses.
Resulta imposible determinar con certeza la cantidad de valores que posee el país árabe. Tras la crisis del petróleo de 1973 Riad y Washington concluyeron un acuerdo en virtud del cual a cambio del acceso a los yacimientos de petróleo saudita, Riad obtenía relaciones estratégicas con EEUU y la posibilidad de no hacer públicos los datos acerca de su participación en los bonos de Estado americano. Ese estatus privilegiado lo tienen también otros 12 países, en su mayoría miembros de la OPEP.
Bloomberg cree que Riad se desprende de los valores estadounidenses para apoyar a su moneda, el rial, y cumplir con los deberes presupuestarios, ya que el bienestar económico del país basado en petrodólares está llegando a su fin. Y como resultado del acuerdo entre los dos países nadie sabe el grado de dependencia del mercado de valores estadounidense de Arabia Saudita. Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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BlackRock exulta por "la sangre en las calles" de las finanzas globales

Dom, 24/01/2016 - 13:11
Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

El inicio de 2016 ha sido espeluznante para los mercados globales –con la salvedad del superdólar–, vapuleados por la deflación y la enorme deuda del G-7, al unísono de los rescoldos de la grave crisis inmobiliaria de 2008 detonada por Wall Street.

La historia real, hecha película, La gran apuesta, desnuda el canibalismo de Wall Street que detonó la grave crisis financiera de 2008 (https://goo.gl/51E97W): complementaria del documental Inside job, que demuestra la felonía de los “académicos (https://goo.gl/tT8UC7)”, y del clásico La apuesta de un millón de millones (http://goo.gl/Iy4NFE).

Ambrose Evans Pritchard, vocero de la casa real británica, cita a William White, anterior monetarista en jefe del BIP, con sede en Basilea (Suiza) –el banco central de los bancos centrales–, quien considera que el sistema financiero global se ha vuelto peligrosamente inestable y enfrenta una avalancha de quiebras que pondrán a prueba la estabilidad social y política.

White se preocupa de la suerte de la devaluación de los mercados emergentes cuando el mundo ha entrado a la trampa de la deuda que no tiene solución, mientras los acreedores europeos enfrentan los mayores desafíos (http://goo.gl/j8Pe77). Se lamenta del fracaso de las medidas centralbanquistas, mientras el megaespeculador israelí-estadunidense Larry Fink, mandamás de BlackRock –máximo conglomerado de inversiones del mundo, con casi 5 billones de dólares de manejo de activos–, se frota las manos ante la hemorragia bursátil global, en espera de su debacle, para recomprar a precios de ganga, al pronosticar que las acciones podrían desplomarse otro 10 por ciento, ya que no creía que “había suficiente sangre (sic) en las calles (http://goo.gl/az5Qh3)”.

A juicio de Fink, un precio de 25 dólares el barril significará una prueba y, cuando todos los mercados se encuentren en lo más bajo, será una muy bella (sic) oportunidad de comprar.

La frase caníbal proferida por Fink –comprar cuando corra mayor sangre en las calles– es atribuida a Nathan Mayer Rothschild, del siglo XVIII, cuya dinastía financiera contribuyó a la creación del estado racista/ apartheid de Israel.

El significado de la frase caníbal sangre en las calles la explica James Mackintosh, del Financial Times: hay que comprar en el momento en que la “confianza del inversionista y los precios estén en el abismo, cuando la violencia (sic) está en su máximo (http://goo.gl/eWVwSS)”.

BlackRock se despachó con la cuchara grande de la privatización de Pemex (http://goo.gl/6m2AnE), donde destaca su interconectividad con la tríada itamita de Bailleres/Aspe/Videgaray (https://goo.gl/dEqrjo) mediante la bisagra de Evercore (https://goo.gl/M3NW5u).

Más allá de la bidireccionalidad entre las cuatro principales petroleras anglosajonas y los megabancos de Wall Street (https://goo.gl/dP6ysO), sobresale la circularidad intermegabancaria –donde operó el criminal israelí-estadunidense Bernard Madoff– y multiempresarial del eje BlackRock/Rotschild/Soros (http://goo.gl/XhjBDI).

El eje Rothschild/Soros/BlackRock, proclive a las hemorragias bursátiles, vale un expedito escrutinio.

Se presume que los banqueros israelí-británicos Rothschild controlan al megaespeculador “judío-estadunidense (Haaretz dixit)” George Soros, máximo criminal finacierista global con máscara de filántropo.

El connotado geopolitólogo alemán-estadunidense William Engdhal señala a Soros como uno de los principales hombres de paja de los Rothschild, quien goza de información privilegiada en los canales más importantes tanto gubernamentales como privados en EEUU/Europa/Israel (http://goo.gl/2ag9ST).

La perniciosa Open Society Foundations (OSF), de Soros, ha instigado las revoluciones de color y los cambios de régimen” desde Ucrania hasta los Balcanes, por lo que acaba de ser expulsada de Rusia, debido a su subversión (https://goo.gl/8rh4VH).

OSF financia, entre otras entelequias, a Human Rights Watch, Foro Económico Mundial de Davos y al muy influyente CFR y, según Free Republic, es uno de los principales donadores de Wikipedia/Wikimedia.

En México, el eje Rothschild/Soros exibió sus poderosos tentáculos desde el “Irán-contras” (que prohijó al legendario edificio Omega, de Paseo de la Reforma 345, en el DF) hasta la lubricación de la presidencia de Fox, y ahora trasmutado en BlackRock, de fuertes vínculos con los itamitas Calderón y Videgaray. Mejor aquí le paro…

Keith Anderson, cofundador de BlackRock, fue la bisagra entre Larry Fink y Soros, quien operó como director de inversiones de Soros Fund Management (http://goo.gl/PxyAJz).

Más allá de la hemorragia de Malasia Airlines, que hubo beneficiado a los Rothschild y a Blackstone –¡más sangre en las calles (http://goo.gl/h5f2uZ)!–, BlackRock exhibió su alianza estratégica con los Rothschild en Australia en 2002, cuando manejaba 238 mil millones de dólares que, 13 años más tarde, se dispararon a casi 5 billones: ¡casi 20 veces más (http://goo.gl/4Hl28m)!

La sangre en la calle del eje Rothschild/Soros/BlackRock es mucho más profusa en el siglo XXI que sigue al pie de la letra las enseñanzas caníbales de su progenitor común, Nathan Mayer Rothschild, del siglo XVIII, debido a la utilización catalizadora de supercomputadoras de alta frecuencia comercial que dominan las plazas financieras de EEUU y Europa (http://goo.gl/Ytiwsp).

Según el banco suizo UBS, el “paso acelerado de la innovación digital podría tener algunas sorprendentes implicaciones para los mercados de intercambio de divisas en los próximos años, llevando a un mayor fortalecimiento del dólar y de las economías basadas en el dólar a expensas (sic) de los países de los mercados emergentes, como China e India (https://goo.gl/rAB51p)”.

¿Guerra digital geofinanciera de EEUU contra China? ¿Y a poco se van a quedar Rusia y China observando?

¿Qué harán con tanto desempleado global?

Un reporte de la Escuela Oxford Martin avisó que la “digitalización de los robots sustituiría la mitad de los trabajos de EEUU en las próximas dos décadas, lo cual será similar en Europa y Japón (https://goo.gl/fwbvIH)”.

¿Qué harán con 36 millones de desempleados mexicanos en EEUU?

El notable astrofísico británico Stephen Hawking advirtió que la humanidad va a usar la ciencia y la tecnología para aniquilarse (sic), al menos que “maneje escaparse del planeta (http://goo.gl/YuhDM8)”.

Hawking rezumó que, mientras se establecen colonias espaciales en los próximos 100 años, hay que examinar los peligros y controlarlos para asegurar la supervivencia en la Tierra.

Stephen Hawking enumeró los peligros que acechan: guerra nuclear, calentamiento global, virus de ingeniería genética e inteligencia artificial (IA), ante lo poco que la humanidad puede hacer: aunque la oportunidad de un desastre en la Tierra en un año dado pueda ser muy baja, se acumula en el tiempo, y se vuelve una casi certeza en los próximos mil o 10 mil años.

Quizá al genial Hawking le faltó agregar las supercomputadoras bursátiles y la robótica del superdólar (http://goo.gl/eyL9vJ), que quizá formen parte de su rubro sobre la IA (http://goo.gl/qMYqfv).

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Las consecuencias ocultas de la crisis del petróleo

Sáb, 23/01/2016 - 16:17
El colapso del precio del petróleo "tendrá consecuencias profundas en todo el mundo, con el potencial de desestabilizar regímenes, rehacer regiones y alterar la economía mundial de manera imprevista y duradera", vaticina la revista Politico Magazine, que ha preguntado a un grupo de destacados expertos en energía, economía y geopolítica sobre las posibles consecuencias inesperadas de la crisis petrolera.

"La caída del precio del petróleo será uno de los temas fundamentales de 2016, y probablemente más allá", opina John McLaughlin, de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados Paul H. Nitze (de la Universidad Johns Hopkins, en EEUU). Según el experto, la crisis en el mercado petrolero tendrá consecuencias políticas, sobre todo en los países "que han invertido miles de millones en programas sociales y subsidios para desalentar protestas como las de la primavera árabe", en primer lugar, en el golfo Pérsico.

Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, sostiene que "geopolíticamente, el impacto de los bajos precios del petróleo se concentra en Oriente Medio, donde las estructuras políticas son frágiles y se basan en el patrocinio apoyado en el petróleo". "¿Qué mantendrá unidos a estos países y a aquellos que dependen de su apoyo cuando el dinero del petróleo se acabe?" se pregunta Bremmer.

En opinión de Gal Luft, codirector del Instituto de Análisis de la Seguridad Global, "la situación actual en el mercado del petróleo contiene las semillas de lo que podría convertirse en la madre de todas las crisis del petróleo". Si no intentamos "abrir el sector del transporte a los combustibles a base de recursos distintos del petróleo, la fiesta terminará con una fuerte resaca".

Para T. Boone Pickens, presidente y consejero delegado de BP Capital y el arquitecto del Plan Pickens, un plan de energía para EEUU. no importa si el precio del petróleo baja hasta 29 o 27 dólares por barril. Lo que importa es que, por primera vez en medio siglo, miremos más allá del horizonte y hagamos planes para el día en que los suministros comiencen a escasear, cuando las economías comiencen a recuperarse y cuando los precios del petróleo comiencen a subir. "Ahora es el momento de que los candidatos presidenciales nos digan qué pretenden hacer cuando los precios del petróleo vuelvan a subir, probablemente muy rápido", agrega el experto para concluir que "siempre es bueno tener un plan".

Dan Esty, profesor de la Universidad de Yale, recomienda no hacer caso cuando alguien dice que el petróleo barato es "un golpe mortal para la energía limpia", ya que esta conclusión "refleja una visión demasiado limitada del mundo". La caída del precio del petróleo será uno de los temas fundamentales de 2016, y probablemente más allá. Según Esty, mientras que un bajo precio del petróleo "eleva el nivel de lo que es necesario para hacer rentable un proyecto de energía renovable en los próximos años, el Acuerdo 12 2015 de París sobre el cambio climático ofrece una señal compensatoria a los mercados de la energía limpia, prometiendo un aumento espectacular de la demanda de energía limpia en las próximas décadas".

"De hecho, la probable caída a corto plazo de los costos del combustible fósil puede ayudar a fortalecer las perspectivas a largo plazo de la energía alternativa", asegura el experto detallando que, "si los desarrolladores de energía eólica, solar y otros proyectos de energía alternativa se ven obligados a reducir los costos, sus tecnologías serán más competitivas en costos con el tiempo".

John Deutch, profesor emérito del Instituto de Tecnología de Massachusetts, cree que "los bajos precios del petróleo y del gas son buenos para los consumidores estadounidenses y la política exterior de EE.UU.", aunque también supondrán inconvenientes, como el aumento del consumo de combustibles fósiles emisores de carbono, menores ganancias para las compañías petroleras privadas, grandes desafíos para las empresas que buscan introducir tecnologías de energía limpia y dificultades económicas para los principales poseedores de recursos.

"Los precios bajos son un catalizador para el aumento de los conflictos mundiales", advierte Terry Lynn Karl, autor y profesor de ciencias políticas en la Universidad de Stanford. En su opinión, no importa si los precios del petróleo se mantienen demasiado bajos o de repente suben, "la propia volatilidad afecta peligrosamente tanto a los ganadores como a los perdedores, desestabiliza las economías y sistemas políticos y alienta las guerras", lo cual, según el experto, es "una razón de peso para buscar nuevas fuentes de energía, si es que el cambio climático no es una razón suficiente por sí solo".

El autor, periodista y académico estadounidense Stephen Kinzer ve en la caída del precio del petróleo una oportunidad para que EEUU cambie su política exterior. "Durante décadas hemos tenido que adoptarnos a las agendas de política exterior de los jeques del golfo Pérsico porque necesitábamos su petróleo y su apoyo en nuestra confrontación con la Unión Soviética", lamenta el periodista, que considera que "este es un momento ideal para que EEUU dé forma a una agenda propia en Oriente Medio, que refleje nuestras propias necesidades de seguridad en lugar de las de nuestros socios".

Según Dennis Ross, del Instituto Washington de Políticas para Oriente Próximo, los bajos precios del petróleo podrían provocar un mayor acercamiento entre Rusia e Irán, que "trabajarían en equipo" para aplicar presión sobre los sauditas. A su vez, los sauditas apostarían por la "preservación de sus estrechos vínculos con EEUU". "Aunque los sauditas no tienen mucha confianza en el Gobierno de Obama, no van a dejar que sus lazos con nosotros disminuyan", señala Ross.

A juicio de Robert N. Stavins, profesor de negocios y gobierno de la Universidad de Harvard y director del Programa de Economía Ambiental de Harvard, la ventaja de estos cambios en los mercados de petróleo es que "son inequívocamente buenos para el bienestar mundial", ya que los consumidores "verán un aumento de los ingresos disponibles".

"Lo que está hundiendo los precios del petróleo es la negativa lógica de Arabia Saudita a renunciar a su cuota de mercado", puntualiza Amory B. Lovins, cofundador y director científico del Rocky Mountain Institute (RMI). Mientras tanto, prosigue, los exportadores de petróleo que sufren a causa de los bajos precios no solo incluyen a "los espectadores, como Nigeria y Venezuela", sino también a países más poderosos como Irán y Rusia. "El juego es cada vez más peligroso, no solo para los sauditas, sino para el mundo entero", asevera el analista.

Hal Harvey, director general de la empresa Energy Innovation, opina que es posible que el "pico del petróleo" ya haya ocurrido. "Ha sucedido con el carbón y puede que el petróleo sea el siguiente", agrega. "Para Irán, los bajos precios del petróleo significan que cualquier impulso económico después del fin de las sanciones será mucho menor de lo esperado", asegura Elliott Abrams, miembro del centro analítico Council on Foreign Relations (Consejo de Relaciones Exteriores). "Esperen una mayor represión en Irán en 2016 y 2017", asevera Abrams.

"Los responsables políticos tienen que adaptarse a los bajos precios del petróleo", señala Sarah Ladislaw, directora del Programa de Seguridad Nacional y de Energía del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. No obstante, hace hincapié en que "los mercados del petróleo son cíclicos, y el ambiente de hoy no va a durar para siempre", por lo que los países y las empresas deben intentar actuar pensando en el futuro, cuando los precios del petróleo se recuperen.

Según Seth Kleinman, jefe de investigación europea de la energía en Citigroup, "el lado oscuro de los bajos precios del petróleo está empezando a manifestarse tanto en casa como en el extranjero". "A nivel internacional, los bajos precios del petróleo están causando estragos en las naciones exportadoras de materias primas", y también en los exportadores de productos manufacturados como China, lamenta el experto, que advierte que "el comercio mundial se marchita".

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Las desigualdades y las insuficientes propuestas para reducirlas

Ven, 22/01/2016 - 12:35
Vincenç Navarro, Público.es

El crecimiento desmesurado de las desigualdades que ha estado ocurriendo en la mayoría de países a los dos lados del Atlántico Norte ha generado una larga bibliografía académica sobre las causas de este crecimiento. Esta bibliografía, que era ya bastante extensa antes de la Gran Recesión, ha crecido incluso más durante las crisis financieras y económicas de los últimos años que han acentuado todavía más la extensión y la intensidad de tales desigualdades, creando una alarma entre los establishments políticos que gobiernan tales países, por la posible desestabilización política que dicho fenómeno pudiera crear, tal como está ocurriendo en España, uno de los países de la Unión Europea donde el crecimiento de las desigualdades ha sido mayor.

Según el último informe de Oxfam, el 1% más acaudalado de la población española concentra tanta riqueza como el 80% más pobre y, por si no fuera poco, veinte personas tienen la misma riqueza que el 30% más pobre de la población. Su patrimonio ha ido aumentando (lo hizo en un 15% el año 2015), mientras que el de la mayoría de la población española, el 99% restante, vio el valor de su patrimonio reducido (en un 14%) durante el mismo periodo. Los presidentes de las empresas del IBEX-35 cobran 158 veces más que el salario medio del país.

Una situación semejante ocurre a nivel mundial, donde, según el mismo informe de Oxfam (y también según el Credit Suisse Global Wealth Data), el 1% de la población, la que tiene más riqueza en el mundo, poseía en el año 2009 el 44% de toda la riqueza mundial, porcentaje que subió al 48% en 2014 y que, siguiendo tal tendencia, llegará a poseer el 50% de la riqueza mundial este año 2016. Otros datos impactantes de tales informes es que los 80 billonarios más ricos del mundo tenían en 2014 un total de 1,9 billones de dólares, que equivale a la riqueza que tenía la mitad de la población mundial, habiendo incrementado la suya un 46% solo en cuatro años (2010-2014), a la vez que la riqueza de la gran mayoría de la población ha ido descendiendo, con lo cual, la distancia entre los súper ricos por un lado y la gran mayoría de la población por el otro ha crecido de una manera muy, pero que muy acentuada.

Las explicaciones más conocidas de las causas del crecimiento de las desigualdades Una parte muy importante de esta literatura científica que ha estudiado las desigualdades se ha centrado en describir las tasas de crecimiento de la riqueza poseída por los súper ricos comparándolas con las tasas de crecimiento de la riqueza de todos los demás. El autor más conocido en este tipo de estudios ha sido Thomas Piketty, que basó su análisis del crecimiento de las desigualdades en la evolución de las rentas del capital. Sin desmerecer la enorme importancia de su trabajo, hay que señalar que analizar la evolución de las rentas del capital sin analizar, y todavía menos, sin relacionarlo con la evolución de las rentas del trabajo, constituye uno de los puntos más flacos de su espléndido trabajo (ver mi crítica del libro de Piketty “El porqué de las desigualdades: una crítica del libro de Thomas Piketty ‘Capital in the Twenty-First Century’”, Público, 15.05.14), pues es imposible entender la evolución de las rentas del capital sin entender la evolución de las rentas del trabajo. Las dos están íntimamente relacionadas, ya que el crecimiento desmesurado de las rentas del capital en los últimos años se ha llevado a cabo a costa del descenso de las rentas del trabajo. La evidencia de ello es abrumadora, clara y potente, y lo que es también claro y convincente es que ha sido precisamente esta redistribución de las rentas, transfiriendo rentas de la mayoría de la población a una minoría, la que ha causado la Gran Recesión, como he detallado en mi reciente libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante, Anagrama, 2015, cuya visibilidad en los mayores medios de información ha sido casi nula.

Hay que redescubrir categorías analíticas olvidadas u ocultadas –como explotación- para entender el crecimiento de las desigualdades La inmensa mayoría de estudios sobre las desigualdades han evitado, sin embargo, analizar esta relación existente entre la evolución de las rentas del capital y la evolución de las rentas del trabajo, pues este tipo de estudios abre toda una serie de interpretaciones de la realidad, interpretaciones que han sido marginadas, vetadas y excluidas en los círculos y fórums donde la sabiduría convencional en el conocimiento económico se reproduce, fórums donde la minoría de la población beneficiaria de tal redistribución (tales como los propietarios y gestores de las empresas del IBEX-35) es muy influyente. Existe hoy en los mayores fórums de pensamiento económico una marginación de los análisis que utilizan una metodología de estudio y una narrativa que ponen incómodas a tales minorías.

Me estoy refiriendo a categorías de análisis como explotación y conflicto de clase, conceptos y términos sistemáticamente silenciados en los medios de mayor difusión y persuasión y que raramente aparecen en los fórums donde la sabiduría convencional se reproduce. Y ello a pesar de que tales categorías analíticas son esenciales para entender el porqué las desigualdades son tan grandes y continúan creciendo.

Veamos los datos. Las políticas neoliberales impuestas desde los años ochenta (a partir de la revolución, o mejor dicho, contrarrevolución neoliberal iniciada por el Presidente Reagan en EEUU y por la Sra. Thatcher en el Reino Unido) no eran ni más ni menos que un ataque frontal del mundo del capital al mundo del trabajo. Lo que ha ido ocurriendo durante estas pasadas décadas ha sido la imposición de políticas públicas encaminadas a aumentar la tasa de explotación del mundo del trabajo por parte del mundo del capital bajo el argumento de que la eficiencia económica necesitaba el aumento de la competitividad, realizada sobre todo a costa del sacrificio del trabajador mediante la bajada de salarios y disminución de su protección social. Y estas medidas han sido altamente exitosas. Como consecuencia, las rentas del trabajo, como porcentaje de las rentas totales han ido disminuyendo en la mayoría de países capitalistas desarrollados. Las rentas del trabajo pasaron a representar del 70% del PIB en EEUU, el 70,4% en Alemania, el 74,3% en Francia, el 72,2% en Italia, el 74,3% en Gran Bretaña, y el 72,4% en España en los años 70, a solo el 63,6% en EEUU, el 65,2% en Alemania, el 68,2% en Francia, el 64,4% en Italia, el 72,7% en Gran Bretaña, y el 58,4% en España en el año 2012. (Para expansión de la evidencia científica que avala esta tesis, ver mi libro citado anteriormente).

Las rentas del capital, por el contrario, se han ido disparando, creando un problema bien conocido en los textos de economía política que se define como overaccumulation, que no es otra cosa que la enorme acumulación y concentración de las rentas del capital obtenidas a costa de la súper explotación de las rentas del trabajo. Ahora bien, esta enorme concentración de las rentas (y de la propiedad, es decir, del capital) y consiguiente crecimiento de las desigualdades, ha creado otro grave problema, pues la mayoría de la demanda que estimula la economía productiva -que es la economía que produce bienes y servicios- procede de las rentas del trabajo (es decir, de la mayoría de la población, que es la que deriva sus ingresos a partir del trabajo).

Al disminuir estas rentas del trabajo, disminuye también la demanda doméstica y con ello el crecimiento económico. Y es ahí donde se encuentra la génesis de la Gran Recesión, y también del enlentecimiento de la economía mundial, explicación que raramente aparece en los grandes medios de información y persuasión. Es, pues, el aumento de la tasa de explotación del mundo del trabajo el causante del gran crecimiento de las desigualdades que, a su vez, ha creado la crisis de demanda tan notable que mantienen las economías estancadas, y cuya máxima expresión se ve en la Eurozona, la parte del mundo capitalista desarrollado occidental que ha estado estancada durante más tiempo.

¿Cómo intenta el capital resolver el estancamiento económico? El mundo del capital (lo que antes se llamaba la clase capitalista y ahora se presenta como el 1%) es consciente de que esta situación, inducida por las políticas neoliberales impuestas a la población desde los años ochenta, está creando un grave problema político para el sistema capitalista, pues tal explotación puede generar una respuesta de protesta que puede amenazar la propia viabilidad del sistema. La polarización de la vida política a los dos lados del Atlántico Norte es un síntoma claro de ello.

El pánico (y la consiguiente represión que le acompaña) que el establishment político europeo ha mostrado frente a opciones políticas opuestas a la aplicación de las políticas neoliberales es un ejemplo de ello. Pero hay otro problema -este de carácter económico- que tiene que ver con el estancamiento económico y que fuerza al mundo del capital a buscar nuevas áreas de inversión para mantener su rentabilidad elevada. De ahí que las empresas privadas vayan expandiéndose en nuevas actividades. Tres de ellas, merecen especial atención.

Una es la expansión de la militarización de la economía, con la continuación de una guerra global que aparece en muchas áreas de conflicto bélico a la vez. Tal militarización incluye los sistemas no solo de armamento, sino también de seguridad y de represión, jugando un papel clave en el intento de estimular la economía mediante los gastos en armamento, en sistemas de seguridad y en un largo etcétera.

La segunda área es la de la privatización de los servicios y transferencias públicas, que engloban desde las pensiones a la sanidad, la educación y otros servicios públicos del Estado del Bienestar. Todas estas intervenciones requieren de un mayor protagonismo por parte de las esferas económicas y financieras privadas, a costa de los espacios públicos. Los tratados de libre comercio TTIP y TPP son elementos clave de esta estrategia.

Y la tercera área de intervención es la especulación financiera, que ha adquirido unas dimensiones no conocidas anteriormente, y que ha requerido una enorme desregulación de la movilidad de capitales, que continuará y que determinará pronto una crisis incluso mayor que la que hemos experimentado durante la Gran Recesión.

Cada una de estas tres intervenciones incrementa todavía más las desigualdades. La militarización de la economía estimula la acumulación y concentración del capital, como también ocurre con la privatización de los servicios y transferencias públicas. Y un tanto igual ocurre con las transferencias de fondos públicos a las empresas privadas en el pago de la deuda pública y en los rescates de las empresas financieras, colapsadas debido a su comportamiento especulativo.

Los límites de las propuestas que se están considerando para reducir las desigualdades A la luz de estos hechos, hay que analizar las soluciones que se están proponiendo por aquellos autores más sensibles a la necesidad de reducir las desigualdades, tales como Thomas Piketty, Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Jeffrey Sachs y Anthony Atkinson, entre otros. Estos autores han propuesto el incremento de la gravación impositiva a las rentas del capital, la expansión de la fiscalidad progresiva, el crecimiento de la protección social y del gasto público social, así como un aumento de las rentas del trabajo y la prohibición de los paraísos fiscales. Tales medidas son muy necesarias y deben realizarse urgentemente, pero, sin embargo, son también insuficientes, pues dejan tal como están las causas reales de las desigualdades, que, como he subrayado, son las relaciones de propiedad del capital en cada sociedad, origen de tales desigualdades. No se puede intentar corregir las desigualdades sin alterar y cambiar las relaciones de propiedad del gran capital, dejándolo en manos privadas, es decir, en manos de la minoría –los súper ricos- que continuará ejerciendo un enorme poder, no solo económico, sino también político y mediático en cada una de estas sociedades.

Dicha minoría continuará acumulando su riqueza a través del proceso de sobreacumulación (que está basado en explotación), que podrá modificarse y reducirse a través de las medidas redistributivas citadas anteriormente, pero sin eliminarlo. De ahí que, además de aquellas necesarias intervenciones, se deberían también considerar intervenciones públicas encaminadas a cambiar los sistemas de propiedad de los medios de producción, distribución y especulación, tema muy olvidado y abandonado en los programas de los partidos de izquierda, hoy en la mayoría de países a los dos lados del Atlántico Norte, que parecen haber olvidado que sin alterar tales relaciones de propiedad difícilmente se cambiarán las bases de la explotación, causa primordial del crecimiento de la desigualdad.

De esta lectura se deduce que aquellas medidas redistributivas deberían expandirse para incluir también medidas de apropiación, no solo de las rentas del capital, sino del propio capital, a través de su trasvase y transformación en propiedad pública, empezando por sectores claves del capital financiero y del sector energético. Las reservas mentales y políticas que amplios sectores de las izquierdas tienen hacia la estatificación de la propiedad, no deberían excluir la posibilidad de integrar elementos importantes del sector financiero y energético –entre otros- en el sector público, que permitiera romper el enorme dominio que el mundo del capital ejerce sobre los Estados, facilitando así su democratización, condición indispensable para la reducción de las desigualdades.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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¿Tiene salvación Europa?

Ven, 22/01/2016 - 07:01
Una imagen sombría fue la que el primer ministro francés, Manuel Valls, dio sobre Europa en el Foro de Davos: “Pronto el proyecto europeo podría estar muerto”, dijo Valls, “no en algunas décadas o años, sino muy pronto”.

Lo decisivo es que Europa encuentre un camino conjunto para poder tener bajo control los problemas de seguridad que plantea el terrorismo. Y también la problemática de los refugiados solo podrá ser superada en conjunto. El anuncio unilateral de Austria de cerrar sus fronteras, sin embargo, demuestra nuevamente que los europeos no están unidos en estos momentos. Pero el tiempo apremia, dijo también en Davos el primer ministro holandés, Mark Rutte: “Nos quedan solo ocho semanas para poder controlar el flujo migratorio”. En enero de 2015, 1.600 refugiados llegaron a Europa, y en las primeras tres semanas de este año ya arribaron 35.000, señaló. “Cuando llegue la primavera, las cifras de refugiados ascenderán de manera dramática, y eso es algo que no podremos afrontar”.

Un Plan Marshall para Cercano Oriente El ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, propuso invertir miles de millones en las regiones de las cuales vienen los refugiados, ya que eso podría “ayudar a reducir la presión en las fronteras exteriores de Europa".

A una Europa sobrecargada a nivel financiero se sumarían así nuevos costos: “Eso costará mucho más de lo que nos imaginamos”, dijo Schäuble. “Hasta ahora pensábamos que los problemas en Cercano y Medio Oriente, así como en África, no son nuestros problemas. Pero hoy vemos que sí es nuestro problema. Un problema europeo”.

Pero Schäuble no cree que esto sea un motivo para desviarse del rumbo de ahorro y reformas que él propaga desde hace años: “Mi preocupación es que en Europa subestimemos los desafíos a los que nos enfrenta el desarrollo global”.

Más reformas, más competitividad También Mark Rutte, el primer ministro holandés, exige que se realicen reformas para mantener y aumentar la competitividad en lo económico. Dos tercios de la economía europea todavía no está liberalizada, dijo. En la economía digital, en el sector energético, en el de servicios, en las distintas profesiones y en el mercado de capitales todavía hay muchas limitaciones. Si se acabaran y se creara un mercado europeo realmente unificado, el rendimiento económico de Europa aumentaría en 1,25 billones de euros, lo que equivale casi al doble del Producto Interno Bruto de Holanda.

Un argumento bienvenido para David Cameron, el primer ministro británico, que subrayó en Davos la necesidad de llevar a cabo reformas. “Vamos detrás de EEUU en lo que a tecnología y productividad se refiere. Deberíamos aumentar, no reducir la competitividad de nuestras empresas”.

Cameron dijo que espera que haya un acuerdo sobre las reformas hasta la próxima cumbre de la UE, en febrero. Si entonces “se llega a un buen acuerdo, lo aceptaré”, aseguró. Y advirtió que solo entonces luchará también por la permanencia del Reino Unido dentro de la Unión Europea.
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Tomado de Deutsche WelleUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Mapa de los paraísos fiscales que ocultan 7,6 billones de dólares

Xov, 21/01/2016 - 19:06
"Nueve de cada diez empresas multinacionales tienen presencia en paraísos fiscales", según indica la ONG Oxfam Intermón en un informe publicado este martes, 19 de enero, tras analizar 200 empresas, entre ellas las más grandes del mundo y las socias estratégicas del Foro Económico Mundial.

A partir de datos del FMI, la ONG calcula que la inversión empresarial en paraísos fiscales se ha multiplicado por cuatro entre el año 2000 y 2014 y estima que el dinero oculto en paraísos fiscales ya supera los 7,6 billones de dólares (US$7600000000000) y no para de crecer. La cifra sobrepasa el PIB del Reino Unido, Francia y Alemania juntos, lo que supone unas pérdidas de 190.000 millones de dólares anuales en ingresos fiscales, aclara el diario El Mundo.

Oxfam ha denunciado que la desigualdad crece a pasos agigantados, y que las 62 personas más ricas amasan la misma riqueza que los 3.600 millones de personas más pobres del mundo. Una tendencia que va en aumento y amenaza tener nefastas consecuencias sociales.

Del total estimado repartido entre todos los paraísos fiscales, 2,6 billones de dólares pertenecen a países europeos, mientras que 1,2 billones son de EEUU. Este análisis de la ONG viene acompañado de datos sobre la desigualdad en el mundo, concretamente en España, donde solo 20 personas acumulan las misma riqueza que el 30% de la población, convirtiendo al país en el cuarto con más desigualdad de la Unión Europea.

Este miércoles 20 de enero comenzó el Foro de Davos, donde Oxfam tiene la esperanza de que los líderes mundiales se comprometan con una estrategia más efectiva que acabe con los paraísos fiscales. La existencia de estos paraísos la "acaban pagando los pobres", según la ONG. Debido a la evasión fiscal, los Gobiernos no logran recaudar un tributo óptimo de las multinacionales y los multimillonarios, por lo que suelen optar por recortar en inversión pública, destinada a políticas sociales, o por subir los impuestos a los sectores más desfavorecidos, agravando las desigualdades.

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George Soros advierte que la Unión Europea está al borde del colapso

Xov, 21/01/2016 - 16:34
"No, no espero que esto sea otro 2008", decía ayer Nouriel Roubini. Una idea que contrasta con la percepción que tiene George Soros sobre los últimos acontecimientos y que, en una entrevista a The New York Review, ha avisado de que la Unión Europea se encuentra al borde del colapso.

"La crisis griega enseñó a las autoridades europeas el arte de salir del paso de una crisis con otra. Esta práctica se conoce popularmente como patear la lata en el camino, aunque sería más exacto describirla como patear una pelota hacia arriba de modo que terminará bajando", señala el multimillonario.

"Ahora la UE no se enfrenta a un problema, sino a cinco o seis crisis al mismo tiempo", determina el inversor, que en particular se refiere a las crisis de Grecia, Rusia y Ucrania, además del hipotético Brexit, los riesgos migratorios a raíz del conflicto en Siria y los ataques terroristas en París.

El multimillonario confiesa tener una visión sombría del futuro, ya que "me entrené para ver el lado oscuro, el que mucha gente no ve". A su juicio, "en el peligro reside la oportunidad. Siempre hay más oscuridad antes del amanecer".

En este sentido, reconoce que una de las principales lecciones que aprendió fue en 1944 cuando los nazis ocuparon Hungría. "No podría haber sobrevivido si mi padre no hubiera conseguido documentos de identidad falsos para nuestra familia (y muchos otros). Él me enseñó que es mucho mejor hacer frente a la dura realidad que cerrar los ojos".

¿Qué quiere decir con esta vivencia? El inversor explica que una vez que se toma conciencia de los peligros las posibilidades de supervivencia son mucho más grandes. Y es que, Soros asegura que ver el lado oscuro de las cosas le ha servido para moverse bien en los mercados financieros y en su actos de filantropía.
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Tomado de El EconomistaUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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La apropiación privada de la riqueza común

Xov, 21/01/2016 - 12:24
Manuel Guerrero Boldó, elsalmoncontracorriente.es“Todo producto es un cebo con el que el individuo trata de atraerse lo esencial de otra persona: su dinero. Toda necesidad, real o potencial, es una debilidad que hará caer al pájaro en la trampa”
Karl Marx Actualmente, nociones como privatización o mercantilización están cobrando un protagonismo renovado en el contexto de crisis sistémica en el que nos encontramos. Sectores como la educación, la sanidad, la vivienda y los servicios públicos, así como el ámbito militar y el gubernamental, con la frecuente práctica de la externalización o subcontratación de servicios, se ven sometidos a estas lógicas capitalistas.

El fenómeno no es nuevo, es una condición necesaria para la construcción y/o consolidación del poder de clase. Sin embargo, tal como señala David Harvey, “solemos reducir el problema de la acumulación por desposesión a la incapacidad para aplicar, poner en práctica y regular satisfactoriamente el comportamiento de los mercados” [1].

En los siglos que nos preceden, el hombre y la naturaleza pasaron a denominarse fuerza de trabajo y tierra respectivamente para ser acogidos en el mercado. Como apuntaba Karl Polanyi, el hombre ya podía comprarse y venderse universalmente a un precio llamado salario. Por su parte, el uso de la tierra comenzó a mercantilizarse con un precio llamado renta. Se creó la ficción de que la mano de obra y la tierra se producían para ser vendidas; todo ello iniciado por medios coercitivos y extralegales en un proceso enunciado por Marx como “acumulación originaria”. En éste se fundó el divorcio entre los medios de producción y los productores directos. Las tierras comunes se verían parceladas, cercadas (enclosure) y enajenadas en el mercado mediante el despojo a unos campesinos que se vieron obligados a abandonar la tierra (su medio de producción) y a vender su fuerza de trabajo por un salario en este nuevo mercado dedicado a la mano de obra.

En el siglo XIX, las clases medias eran portadoras de unos intereses comerciales que fundamentaron la incipiente economía de mercado. Dichos intereses coincidían con la necesidad y el deseo general de producción y creación de empleo; lo que hacía pensar en un círculo virtuoso de expansión de los negocios, generación de empleo para todos y rentas para los propietarios. Sin embargo, aspectos como la explotación en el trabajo, la contaminación y la deforestación, la destrucción de las costumbres, el deterioro de la calidad de vida, etc., no eran tenidos en cuenta más allá del cálculo de las ganancias. El liberalismo económico se comenzó a imponer como principio organizador de la sociedad desde la creencia casi mística en la merced global de aquéllas.

Mediante la acumulación por desposesión, los trabajadores y trabajadoras y su antiguo medio de producción, la tierra, serían explotados libremente por el capital. Estas formas de desposesión, que fueron cruciales para la creación del capital, no se detuvieron aquí, se han perfeccionado y han sido protagonistas hasta nuestros días.

Por citar algunos ejemplos: colonialismo, neocolonialismo basados en la apropiación de activos (en muchos casos, recursos naturales), el acaparamiento de tierras, la práctica de los desahucios o el programa político e intelectual inspirador del giro neoliberal de los años setenta del siglo XX que nos afecta hoy; expresado con gran lucidez por Lewis F. Powell en su “Memorándum confidencial: Ataque al sistema americano de libre empresa” para la Cámara de Comercio de EEUU. Rescatar algunas de sus líneas, puede resultar esclarecedor: “[…] Hay que reconocer honestamente que los hombres de empresa no han sido enseñados o equipados para conducir guerras de guerrillas contra quienes realizan propaganda contra el sistema y buscan insidiosa y constantemente sabotearlo. […] Pero no se debe posponer la acción política más directa, a la espera de que el cambio gradual en la opinión pública se efectúe a través de la educación y la información. El mundo empresarial debe aprender una lección aprendida hace mucho tiempo por los trabajadores y otros grupos de presión.

La lección es que el poder político es necesario; que ese poder debe ser cultivado con perseverancia, y que, cuando sea necesario, se debe usar con agresividad y determinación –sin vergüenza y sin la renuencia que ha sido tan característica del mundo empresarial estadounidense. […] No debería haber ninguna vacilación en atacar a los Naders, los Marcuses y otros que persiguen abiertamente la destrucción del sistema. No debería haber el menor titubeo para presionar con fuerza en todos los ámbitos políticos para que se apoye al sistema empresarial. Tampoco debería haber renuencia en sancionar políticamente a quienes se le oponen” [2].

No cabe duda de que, con la ventaja que nos da el paso de los años, este llamamiento a la lucha de clases, se podría llegar a calificar casi de profético. Actualmente, se ven amenazadas con la disminución o supresión, varias formas de propiedad común como la educación, el sistema público de pensiones o la sanidad.

Estos son algunos ejemplos de actualidad en los procesos de acumulación por desposesión que se promocionan desde el Estado gracias a su monopolio en la definición de la legalidad o el uso de la violencia. Llegado el caso, estos procedimientos pueden ser legitimados/respaldados, también, por instituciones supranacionales. El endeudamiento y el uso del sistema de crédito como otro contundente instrumento de acumulación por desposesión, se ha mostrado con toda su crudeza en la exigencia alemana de privatización parcial del puerto del Pireo y de los 14 aeropuertos regionales como condición al tercer rescate de Grecia.

No debemos olvidar una máxima defendida por Milton Friedman y la mayoría de los economistas neoclásicos: “a cada uno de acuerdo con lo que producen él y los instrumentos que posee”. El problema de esta afirmación reside en que, en el capitalismo, los poseedores de los medios de producción son, normalmente, distintos a quienes los manejan.
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Notas
[1] David HARVEY: Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, IAEN, Madrid, 2014, p. 72.
[2] Véase la traducción al castellano del Memorándum de Lewis F. Powell en la siguiente dirección: http://rebelion.org/noticia.php?id=158701

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FANGS: ¿podrán rescatar al capitalismo estancado?

Mér, 20/01/2016 - 12:20
Alejandro Nadal, La Jornada

¿Se estará agotando la capacidad del capitalismo para impulsar cambios tecnológicos? Mucha gente pensará que esto es absurdo. Los ejemplos de Netflix y Spotify, o Amazon y Google, pueden venir a colación. Pero esas innovaciones están ligadas al entretenimiento y la diversión, no a la productividad, el crecimiento y el empleo. Sus efectos multiplicadores en la economía son menores. Quizás por eso en el lenguaje del mundo financiero las acciones de las empresas FANGS (Facebook, Amazon, Netflix, Google y Spotify) son las primeras en venderse cuando comienzan los movimientos telúricos en el mercado bursátil.

El acrónimo FANGS nos habla de un cúmulo de innovaciones marginales, vistosas, pero poco importantes en la economía real. No parece renviarnos a la posibilidad de una oleada de innovaciones básicas capaces de sustentar una nueva fase de expansión del capitalismo mundial.

Entre 1300 y 1700 la tasa de crecimiento anual del producto interno bruto de Inglaterra por persona y en términos reales fue de 0.2 por ciento. Es decir, durante cuatro siglos el país que más tarde sería la principal economía capitalista del mundo se mantuvo en el estancamiento. El escaso crecimiento registrado estuvo relacionado con la expansión demográfica y algunos avances introducidos en la producción agrícola y ganadera. Y si algunos se preguntan de dónde vienen estos datos, la respuesta es que de las mejores investigaciones sobre evolución de largo plazo de las economías de Europa: Stephen Broadberry y sus colegas en la Universidad de Warwick y del trabajo clásico de Angus Maddison.

O sea que el periodo anterior al capitalismo no destaca por su dinamismo tecnológico. Entre 1700 y 1850 el crecimiento del PIB per capita en Inglaterra aumenta levemente pero a partir de ese último año la tasa de expansión empezó a dar de saltos y por fin para 1900 casi alcanzaba el uno por ciento.

A partir de 1900 la atención se reorienta hacia Estados Unidos que ya estaba convirtiéndose en el poder económico dominante. La tasa de crecimiento anual por persona aumentó hasta 2.5 por ciento en sólo cuatro décadas (ese periodo de crecimiento incluye los años de la gran depresión). Pero a partir de 1950 la tasa de crecimiento del PIB per capita fue decreciendo hasta alcanzar el nivel de 1.3 por ciento.

Este es un dato desconcertante que provoca una interesante discusión entre especialistas de la historia de la tecnología y los macroeconomistas ortodoxos. Estos últimos están preocupados por el estancamiento que afecta a la economía mundial y en términos generales piensan que lo que se necesita para salir del atolladero es una oleada de innovaciones técnicas como las que introdujo la economía capitalista mundial en la primera mitad del siglo XX.

La política económica para lograr este resultado es reducir los impuestos a las grandes corporaciones y establecer un clima de confianza para que puedan llevar la economía a buen puerto. Es la visión de la macroeconomía conservadora, que piensa que a los pobres lo único que les queda es seguir trabajando duro (cada vez más duro) y ganar su salario (cada vez más bajo en términos reales). O sea, para estos economistas todavía no salimos de los años de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

¿Qué nos dice la historia de la tecnología y el cambio técnico sobre esta visión del mundo? Lo primero que nos dice es que la oleada de innovaciones de la primera revolución industrial tardó unos 140 años en dejar sentir su impacto en toda la economía del mundo capitalista. En efecto, el ciclo de la máquina de vapor pudo difundir sus efectos en el transporte, la agricultura y la industria entre 1750 y 1890. La segunda revolución industrial gira alrededor de la electricidad (y hasta cierto punto la industria química) y sus efectos se dejan sentir en todo el tejido económico entre 1870 y 1950. Y lo que algunos han llamado la tercera revolución industrial, relacionada con los cambios en microelectrónica y la invención de la red mundial de computadoras conocida como Internet arranca en 1980 y sus efectos siguen manifestándose hasta el día de hoy. El impacto económico de cada una de estas oleadas de innovaciones se deja sentir en periodos cada vez más cortos.

Aunque los datos sobre productividad enfrentan siempre una fuerte polémica, hoy las ganancias en productividad derivadas de los últimos cambios técnicos son cada vez más débiles. Por eso Solow, el gran patriarca de la teoría neoclásica del crecimiento, pudo decir alguna vez que las computadoras están en todas partes, menos en las estadísticas sobre productividad. Además hoy se enfrentan rendimientos decrecientes para las inversiones en investigación y desarrollo experimenta en muchos renglones, desde la industria farmacéutica hasta la agricultura comercial (donde los rendimientos aumentan a un ritmo cada vez más lento y el costo de cada innovación se incrementa de manera acelerada).

No parece que el fenómeno FANGS pueda revertir estas tendencias y sacar del atolladero al capitalismo contemporáneo. Pero quién sabe, podría contribuir a hundirlo un poco más.

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China cae al peor nivel en 25 años... y no es sólo el PIB

Mér, 20/01/2016 - 08:01

Ya se hizo oficial: la economía de China creció a su ritmo más lento de los últimos 25 años según los datos publicados este martes por la oficina estadística de Beijing. Esto aumenta la presión para hacer frente a los temores de una desaceleración prolongada y obliga a poner muchos resguardos para aliviar el miedo que afecta a los mercados globales.
Lo de China bien puede ser la tercera oleada de la crisis por el alto endeudamiento privado que enfrenta el gigante asiático desde el año 2009. La banca en la sombra ha crecido a niveles exponenciales y más de 6 mil bancos subterráneos (que en 2008 no existían) pueden provocar el nuevo tsunami financiero global.

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¿Es el crecimiento un imperativo del capitalismo?

Mar, 19/01/2016 - 22:00
El capitalismo sin crecimiento puede ser muy perverso pero no hay ninguna ley intrínseca que establezca que este sistema no pueda sobrevivir en un estado de recesión o estancamiento
Giorgos Kallis, elDiario.es

John Bellamy Foster ha publicado recientemente un excelente ensayo con el título "Marxismo y Ecología: Fuentes comunes de una Gran Transición". Foster aboga por un (eco) socialismo del estado estacionario. Sostiene que "un sistema de satisfacción de las necesidades colectivas basado en el principio de la suficiencia es obviamente imposible desde cualquier faceta, bajo el régimen de acumulación del capital". Y continúa: "el capitalismo como sistema está intrínsecamente orientado hacia la máxima acumulación posible y hacia el máximo flujo de materia y energía". "El crecimiento económico (en un sentido más abstracto) o la acumulación de capital (de forma más concreta) ... no pueden existir sin resquebrajar el sistema Tierra". "La sociedad, particularmente en los países ricos, debe avanzar hacia una economía del estado estacionario, que requiere un cambio hacia una economía sin formación neta de capital".

En principio, estoy de acuerdo. Intuitivamente, y dada nuestra experiencia sobre el capitalismo, esta visión tiene mucho sentido. El crecimiento económico apareció con el capitalismo, y se correlaciona con el crecimiento del uso de materiales y de energía en una proporción casi del 1:1. Pero permítanme ser un poco más escolástico con la intención de promover y fortalecer (más que de socavar) el argumento de Foster.

Para empezar, creo que tenemos que distinguir entre los diferentes conceptos que Foster introduce.

  • Primero, crecimiento del flujo de recursos, es decir, crecimiento del uso de energía y materiales.
  • Segundo, crecimiento económico, o sea, crecimiento del PIB (o de algún otro índice representativo del tamaño de la actividad productiva).
  • Tercero, acumulación del capital. Desde una perspectiva marxista, podemos definir el capital como dinero en busca de más dinero a través de la producción de mercancías - circuito D-M-D' (dinero invertido en mercancías para ganar más dinero) y la acumulación de capital como el proceso de reinversión de la plusvalía en posteriores ciclos de valorización del capital.
  • Cuarto, el "capitalismo". Siguiendo el enfoque marxista de Foster (distinto del institucionalista, más centrado en la propiedad privada, el trabajo asalariado y las entidades de crédito) se definiría como un sistema en el que el circuito D-M-D 'es omnipresente y dominante (“el régimen de acumulación de capital” de Foster).
Ahora bien, la vaguedad en evaluar el grado de "dominación", obviamente plantea la difícil cuestión de si hay sistemas capitalistas que son menos capitalistas o más socialistas que otros (en Cuba, por ejemplo, ciertas partes de la economía permiten circuitos D-M-D', pero eso no significa que haya un ‘régimen de acumulación de capital’). Esta es probablemente la razón por la que Marx evitó hablar de "capitalismo". Pero sin, al menos, alguna referencia, no podemos evaluar la tesis de Foster de que existe un imperativo de crecimiento dentro del capitalismo.

Foster afirma que el capitalismo está intrínsecamente orientado hacia el crecimiento del flujo de recursos o, más específicamente, que: a) el crecimiento económico está intrínsecamente ligado al crecimiento del flujo de recursos, y b) el capitalismo está intrínsecamente orientado al crecimiento económico. Veamos cada uno de estos apartados:

Crecimiento económico y crecimiento del flujo de recursos Estoy de acuerdo en que el crecimiento económico va ligado al crecimiento de flujos de recursos y energía y que no existen ejemplos de desacoplamiento absoluto bajo el capitalismo. Esto se debe a que la producción, junto con el trabajo humano, utiliza materiales y energía. Los llamados “aumentos de productividad” implican la sustitución de trabajo humano por combustibles fósiles (piensen en los tractores).

Sin embargo, la mayoría de economistas ambientales contestaría con el argumento de que es posible (aunque no se haya conseguido todavía) crecer de forma sostenible y a la vez reducir el uso de materiales y de energía mediante el aumento de la eficiencia, sustituyendo energías fósiles por renovables y con un cambio estructural desde la producción primaria hacia los servicios de alto valor añadido, con lo que se podría producir más valor sin un aumento equivalente del flujo (piénsese en un restaurante con una estrella Michelin, o en una compañía online).

Yo respondería a este argumento economista que las ganancias en eficiencia sufren un “efecto rebote” (la “paradoja de Jevons”), ya que las ganancias de productividad se invierten en un mayor crecimiento; que los servicios incorporan un montón de energía y materiales, a menudo no contabilizados, que se importan desde otras partes del mundo; y que esta sustitución, mientras sea plausible, no supone un crecimiento económico, ya que las fuentes renovables (o la energía nuclear) proporcionan mucha menos "energía neta" (energía producida menos energía utilizada para su producción) que los combustibles fósiles y, por tanto, la productividad y el crecimiento se reducirán.

Pero: primero, mis argumentos son empíricos. No puedo establecer una "ley" intrínseca basada en la teoría económica, que demuestre de forma lógica que el crecimiento y el flujo de recursos siempre estarán vinculados. Ahora bien, Foster propone 'una ley general y absoluta de la degradación del medio ambiente bajo el capitalismo' aplicable en cualquier lugar. Esto significa básicamente que los capitalistas, impulsados por la competencia, buscarán explotar el medio ambiente de la forma más barata posible, y por lo tanto lo degradarán.

Téngase en cuenta que las “leyes marxistas”, tales como la tendencia del capital a explotar la mano de obra hasta su nivel de subsistencia, se entienden mejor como tendencias estructurales, en condiciones constantes de "los demás factores”, más que como resultados inevitables (añadir que el resto de factores no son constantes desde el momento en que la clase trabajadora puede organizarse y reclamar mejores condiciones y que un aumento de la productividad puede reducir los costos de reproducir la clase obrera, o permite repartir parte de las ganancias al trabajador, etc.).

Del mismo modo, si las renovables se vuelven más baratas que los combustibles fósiles o si los servicios más ligeros en materiales terminan siendo más rentables que las actividades intensivas en recursos, teóricamente podría ocurrir que el capitalismo llegase a descarbonizarse / desmaterializarse. Creo que es poco probable que esto ocurra, pero todavía no creo que tengamos una ley que lo pruebe.

En segundo lugar, mis argumentos no son específicos del capitalismo. Se aplican a cualquier sistema alternativo concebible; el "crecimiento verde" es poco probable, ya sea bajo el capitalismo o el socialismo por los razones que ya expliqué (la paradoja de Jevons, los límites de sustitución y la baja energía neta de fuentes alternativas de energía). El desacoplamiento absoluto entre la economía y el crecimiento del flujo de recursos no se ha observado ni en las sociedades capitalistas ni en ninguna de las variedades existentes en los países socialistas. Claro, que podemos imaginar un sistema socialista diferente de los existentes, que no tuviese que perseguir el aumento de PIB y que pudiese redefinir lo que se entiende como bienestar, incluso lo que se entiende como ‘actividad economica’, pero lo que no podría hacer es, solo por cambiar el nombre, que la actividad económica y los flujos de materiales y energía pudieran continuar creciendo. Una sociedad ecosocialista tendrá que ser una ‘sociedad de abundancia frugal’, como la llamó Serge Latouche.

"El imperativo del crecimiento" del capitalismo El segundo argumento de Foster es que el capitalismo está intrínsecamente orientado al crecimiento económico. Esto depende de lo que entendamos por "orientado" e "intrínseco".

Si definimos el capitalismo como acumulación de capital y la acumulación de capital como crecimiento, entonces, por supuesto, el capitalismo está intrínsecamente orientado hacia el crecimiento económico. Pero esto sería una perogrullada semántica que se daría de bruces ante la evidencia del registro histórico de las tasas variables de crecimiento en las economías capitalistas (a menos que concedamos al capitalismo una supremacía económica que no merece, con el argumento de que está destinado a crecer siempre a largo plazo, salvo en los ciclos y las crisis periódicas).

Como Piketty nos ha recordado con citas de Austen y Balzac, el capital, en los siglos XVIII y XIX, gozaba de altas tasas de retorno al capital (5%) mientras que las economías estaban estancadas. Grecia ha perdido un tercio de su economía, pero al mismo tiempo se han conseguido enormes ganancias. El capitalismo no está funcionando bien en términos de acumulación agregada, pero los cambios institucionales bajo los dictados de la Troika amplían el reino del D-M-D.

¿Cómo puede continuar la acumulación del capital sin crecimiento? En primer lugar, sabemos que el volumen del capital no solo aumenta por la producción de plusvalías, sino también por la desposesión y la redistribución desde el trabajo hacia el capital (austeridad, etc). Así, el capital puede crecer sin haber crecimiento económico, al menos hasta llegar el límite en que el trabajo cubra únicamente las necesidades básicas de subsistencia, punto muy alejado de aquel en que se encuentran las economías más desarrolladas.

En segundo lugar, incluso si la acumulación agregada de capital está funcionando mal y disminuye, una parte de los capitalistas van a seguir invirtiendo dinero y ganando más dinero (beneficios). Aunque algunos de ellos verán reducidos sus beneficios, otros podrán aumentarlos. Los capitales individuales, impulsados por la competencia, tratan siempre de obtener beneficios como nos dice Marx; pero esto no significa que siempre lo logren. Es perfectamente plausible que en una economía estancada o en recesión, existan muchos capitales individuales que continúen haciendo sus beneficios.

Lo que está sucediendo en Grecia es una mezcla de estas dos cosas. La acumulación de capital continúa en crecimiento negativo. La austeridad y las privatizaciones redistribuyen el valor a favor del capital y, mientras que los oligarcas y algunos capitalistas que han logrado sobrevivir aumentan sus beneficios, muchos otros han visto cómo sus beneficios se han reducido o bien han quebrado.

Cuando afirmo que un capitalismo sin crecimiento o en declive es plausible, no estoy lavando la cara ideológicamente al capitalismo ni tampoco estoy diciendo que un decrecimiento sostenible sea compatible con el capitalismo. Mi punto de vista es que no hay ninguna ley 'intrínseca' que demuestre que el capitalismo o bien genera crecimiento o bien colapsa si no lo consigue. Un capitalismo sin crecimiento es posible, y es un capitalismo de rostro cruel y, de hecho, es cómo ha sido en muchos períodos y lugares: quiebras, desempleo, reducción de los niveles de vida, bienes comunes privatizados, desahucios y desigualdad creciente.

¿Hasta cuándo una economía capitalista puede soportar una 'Gran Depresión' al estilo griego antes de que colapse y se convierta en alguna otra cosa mejor o peor? Probablemente una situación de depresión no puede prolongarse indefinidamente, pero no hay ninguna "ley" económica que sugiera que el capitalismo va a llegar a su fin de forma natural, independientemente del impacto que puedan tener las luchas en favor de su transformación. El reconocimiento de una "ley" por sí sola, no nos dice mucho sobre la dirección y las características de esta transformación.

En conclusión, no hay ningún imperativo del crecimiento bajo del capitalismo en abstracto, sino sólo en un sentido muy concreto: sin crecimiento el capitalismo se vuelve inestable política y socialmente. El crecimiento desactiva los conflictos distributivos y hace más fácil la vida de los capitalistas. Es por esta razón que es difícil imaginar naciones donde los poderosos intereses capitalistas reinen aceptando voluntariamente el decrecimiento o un estado estacionario. El crecimiento como objetivo es un imperativo del capitalismo, pero no su realización. Pero a medida que el crecimiento se vuelva más y más difícil de conseguir y el estancamiento se convierta en la nueva norma, se hace más verosímil la aparición de un contra-movimiento, la "revolución social y ecológica por el…. proletariado ambiental" que Foster propugna.

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Varoufakis: "Cuando los resultados de las urnas no gustan al 'establishment', la democracia se ve amenazada"

Mar, 19/01/2016 - 13:11
Nick Buxton, Público.es

ATENAS.- "Los enemigos de la democracia han sido y son los que tienen poder económico", explica el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis en una jugosa entrevista realizada por Transnational Institute como parte de su informe State of Power, que analiza las fuerzas globales que controlan el poder y vislumbra las formas para avanzar en la justicia social. El profesor de Economía y autor de El minotauro global también habla de la posibilidad de que Podemos alcance el Gobierno y se muestra convencido de la necesidad de articular un movimiento paneuropeo que aúne el voto de protesta para evitar que termine disipándose

¿Cuáles considera que son las principales amenazas a la democracia hoy en día?

La amenaza a la democracia siempre se ha encontrado en el desdén que siente por ella el establishment. La democracia, por su propia naturaleza, es muy frágil y la antipatía que le profesa el establishment siempre es muy marcada; por eso éste siempre ha intentado anularla.

Esta historia se remonta a la antigua Atenas, cuando el desafío de establecer una democracia era enorme. La idea de que los pobres libres, que eran la gran mayoría, podían asumir el control del gobierno siempre fue disputada. Platón escribió La República como un tratado contra la democracia, abogando por un gobierno de expertos.

En la misma línea, en el caso de la democracia estadounidense, si lees El Federalista y a Alexander Hamilton, te darás cuenta de que se trataba de un intento de contener la democracia, no de impulsarla. La idea detrás de una democracia representativa era que los mercaderes representaran al resto, ya que se consideraba que la plebe no estaba a la altura de poder decidir importantes asuntos de Estado.

Hay infinidad de ejemplos. Mira lo que le sucedió al Gobierno de Mosaddeq en el Irán de la década de 1950 o al Gobierno de Allende en Chile. Siempre que las urnas dan unos resultados que no gustan al establishment, el proceso democrático se ve invalidado o amenazado con ello. Si lo que me preguntas es quiénes son y siempre han sido los enemigos de la democracia, la respuesta es que los que tienen poder económico.

Parece que este año la democracia está siendo especial blanco de ataques por parte de ese poder tan establecido. ¿Comparte esta impresión?

Este año es especial en este sentido, ya que tuvimos la experiencia de las elecciones en Grecia, en que la mayor parte de los griegos decidió apoyar un partido contrario al establishment, Syriza, que llegó a la presidencia plantándole cara al poder y cuestionando el orden establecido en Europa.

Cuando la democracia produce lo que el establishment desea oír, esta no es un problema. Pero cuando genera fuerzas y demandas en contra del establishment, ahí es cuando la democracia se convierte en una amenaza. Fuimos elegidos para hacer frente a la Troika de los acreedores y fue entonces cuando la Troika dejó muy claro que no se puede permitir que la democracia cambie nada.

De su experiencia como ministro de Finanzas griego, ¿qué aprendió sobre el carácter de la democracia y el poder? ¿Qué cosas le sorprendieron especialmente?

Asumí el cargo sabiendo lo que podía esperar. No me hacía ilusiones. Siempre supe que las instituciones de la Unión Europea en Bruselas, el Banco Central Europeo y todos los demás se crearon, de forma deliberada, como zonas al margen de la democracia. No era que un déficit democrático estuviera ganando terreno en la UE; desde la década de 1950, la UE se estableció fundamentalmente como un cártel de la industria pesada, y más tarde atrajo a los agricultores, especialmente a los franceses. Y su administración era la de un cártel; nunca se concibió como el principio de una república o de una democracia donde seamos nosotros, los pueblos de Europa, los que llevemos la batuta.

En cuanto a su pregunta, me sorprendieron un par de cosas. La primera fue el descaro con el que se me hizo saber que la democracia era algo irrelevante. Ya en la primera reunión del Eurogrupo a la que asistí —representando a un Gobierno recién elegido cuyo mandato se debía respetar en cierta medida y que debía contribuir al debate sobre qué políticas económicas se deberían aplicar a Grecia—, cuando intenté plantear un argumento que creí que nadie podría rebatir, me quedé de piedra al oír al ministro de Finanzas alemán decirme, literalmente, que no se puede permitir que unas elecciones modifiquen la política económica.

En otras palabras: que la democracia está muy bien siempre que no amenace con cambiar algo. Aunque esperaba que ese fuera el tono general, no estaba preparado para escucharlo tan descaradamente.

La segunda cosa para la que diría que estaba menos preparado fue, parafraseando la famosa expresión de la banalidad del mal acuñada por Hannah Arendt, la banalidad de la burocracia. Esperaba que los burócratas de Bruselas despreciaran la democracia, pero suponía que se mostrarían afables y que demostrarían estar técnicamente cualificados. En lugar de ello, me sorprendió comprobar lo banales que eran y, desde un punto de vista tecnocrático, lo mediocres que eran.

Así pues, ¿dónde se halla el poder en Europa?

Lo más importante que uno puede destacar sobre la UE es que todo el operativo en Bruselas se basa en un proceso de despolitización de la política, de tomar lo que son, fundamental e irrevocablemente, decisiones políticas y arrojarlas al ámbito de una tecnocracia que se rige por reglas y por un enfoque matemático. Esta es la pretensión de que las decisiones sobre las economías europeas son simples problemas técnicos que necesitan soluciones técnicas, y que dependen de unos burócratas que siguen unas reglas preestablecidas, como si fuera una fórmula matemática.

Así que cuando intentas politizar el proceso, acabas con una forma de hacer política especialmente tóxica. Por ponerle solo un ejemplo: en el Eurogrupo, estábamos discutiendo la política económica con respecto a Grecia.

El programa que heredé como ministro de Finanzas fijaba el objetivo de alcanzar un superávit presupuestario primario del 4,5% del PIB, un porcentaje que a mí me parecía escandalosamente alto. Y lo que hice fue poner en tela de juicio ese objetivo, basándome en argumentos teóricos macroeconómicos y puramente técnicos.

En seguida me preguntaron cuál creía yo que debía ser el superávit primario. E intenté dar una respuesta sincera, diciendo que era algo que se debía estudiar a la luz de tres factores y cifras clave: la inversión en relación con el ahorro, el calendario de los pagos de la deuda y el déficit o superávit por cuenta corriente. Intenté explicar que, si queríamos hacer que el programa griego funcionara después de cinco años de estrepitoso fracaso, que había llevado a la pérdida de casi un tercio de la renta nacional, debíamos analizar estas variables en su conjunto.

Pero me dijeron que las reglas dicen que solo debíamos tener en cuenta un número. Y yo contesté: ¿Y entonces, qué hacemos? Si tenemos una regla que no funciona, deberíamos cambiarla. La respuesta fue: "¡Una regla es una regla!". A lo que repliqué diciendo: Sí, esta es la regla, ¿pero por qué tiene que seguir siéndolo? Llegados a ese punto, recibí una respuesta tautológica: "Porque es la regla".

Esto es lo que pasa cuando te apartas de un proceso político y abrazas un proceso basado en reglas: acabamos con un proceso de despolitización que conduce a una forma tóxica de hacer política y a un mal planteamiento económico.

Otro ejemplo que podría darle es cuando, en cierto momento, estábamos discutiendo el programa griego y debatiendo la redacción de un comunicado que debía salir de esa reunión del Eurogrupo. Yo dije: De acuerdo, hablemos de la estabilidad financiera, de la sostenibilidad fiscal —de todas las cosas que la Troika y otros querían decir—, pero hablemos también de la crisis humanitaria y del hecho de que estamos lidiando con problemas como una situación generalizada de hambre. La respuesta que recibí es que eso sería "demasiado político". Que no podíamos incluir unos "términos tan políticos" en el comunicado. Así que los datos sobre la estabilidad financiera y el superávit presupuestario estaban bien, pero los datos sobre el hambre y el número de hogares sin acceso a electricidad y calefacción en invierno no lo estaban, ya que eran "demasiado políticos".

¿Pero todo este intento de despolitización no es profundamente político al fin y al cabo? No debemos olvidar que el neoliberalismo es un proceso político.

Pero ellos no lo ven así. Se han convencido de que ciertas reglas pertenecen a variables y ecuaciones naturales, y que todo lo demás no es importante ni pertinente. Así es como lo conciben.

¿La democracia en Europa siempre estuvo destinada al fracaso o se han desarrollado procesos o iniciativas concretos que la han socavado, como el Tratado de Maastricht?

Lo que le voy a explicar ahora es más o menos el tema de mi libro, que se publicará en inglés en abril y cuyo título se podría traducir como ¿Y los pobres sufren lo que deben? La crisis de Europa, el futuro económico de Estados Unidos. El título está tomado del antiguo escritor griego Tucídides y el debate que relata entre los generales atenienses y los melios derrotados, a los que los generales acabaron aplastando.

Lo que quiero decir es lo siguiente. A diferencia del Estado estadounidense, alemán o británico, que surgieron de siglos de evolución, durante los que el Estado fue desarrollándose como un instrumento funcional para resolver diferentes tipos de conflictos sociales, la UE no siguió esa misma trayectoria.

Pensemos, por ejemplo, en el Estado británico. La Revolución Gloriosa de 1688 perseguía imponer restricciones al poder de la monarquía como consecuencia de una serie de enfrentamientos entre los barones y el rey. Las reformas posteriores fueron fruto de conflictos entre los aristócratas y los mercaderes y, después, entre los comerciantes y la clase trabajadora. Así es como se desarrolla un Estado normal y así fue como se materializaron las democracias liberales.

Pero la UE no ha seguido una trayectoria parecida. Su creación, como comentaba antes, tuvo lugar en 1950 en tanto que Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que era básicamente un cártel como la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo). Y Bruselas se estableció como administradora de ese cártel. Por lo que fue algo muy distinto de un Estado. No se trataba de apaciguar los enfrentamientos entre clases y grupos sociales. La razón de ser de un cártel es estabilizar los precios y limitar la competencia entre sus miembros.

En un principio, el reto de Bruselas consistía en estabilizar el precio del carbón y del acero, y después del resto de materias primas y bienes, en un cártel que abarcaba varios regímenes monetarios y, por lo tanto, seis tipos de cambio distintos. Sin unos tipos de cambio estables entre las divisas de esta unión, habría resultado imposible estabilizar los precios del cártel europeo entre sus seis miembros originales. Mientras funcionó el sistema de Bretton Woods (que vinculaba los tipos de cambio al dólar, cuyo valor estaba fijado en 35 dólares por onza de oro), mantener las divisas europeas alineadas entre sí era algo automático. Pero cuando el secretario del Tesoro estadounidense, John Connally, y otros actores hicieron volar por los aires este sistema en 1971, los tipos de interés de distintos países europeos se desequilibraron.

El marco alemán empezó a subir, la lira italiana empezó a bajar y el franco francés empezó a hacer todo lo posible para evitar seguir el camino de la lira. Esto dio lugar a grandes fuerzas que podían generar el desmembramiento de la UE. Bruselas ya no podía estabilizar su cártel. Y de ahí es de donde surgió la necesidad de crear una moneda común.

Desde principios de la década de 1970, en Europa se habían producido varios intentos, aunque infructuosos, de sustituir el tipo de cambio fijo, que hasta entonces controlaban los estadounidenses, con un sistema europeo. El primero fue el mecanismo conocido como Serpiente Monetaria Europea en 1972; en la década de 1990, por supuesto, tuvimos el Mecanismo Europeo de Cambio y después, finalmente, de 1992 a 1993, se introdujo el euro con el Tratado de Maastricht, que vinculaba monetariamente a varios Estados europeos bajo una sola divisa, una moneda única.

Pero en el momento en que dieron ese paso (sin contar con forma alguna de gestionar políticamente esta zona monetaria), de repente el proceso de despolitización de la política (que siempre fue una parte integrante de la Unión Europea) cobró una tremenda fuerza y empezó a destruir la soberanía política.

Una de las pocas personas que entendió esto muy bien no era de la izquierda, sino de la derecha. Me refiero a Margaret Thatcher, que lideró la oposición a la moneda única y que, de hecho, expuso sus peligros muy claramente. Yo era contrario a Thatcher en todo lo demás, pero sobre este tema tenía razón. Thatcher decía que la persona que controla el dinero, la política monetaria y los tipos de interés controla la dinámica política de la economía social. El dinero es político y solo puede ser político, y cualquier intento por despolitizarlo y entregárselo a un puñado de burócratas de Frankfurt (donde se encuentra la sede del Banco Central Europeo) a los que nadie ha elegido y que no deben rendir cuentas constituye, de hecho, un acto de abdicación de la democracia.

¿Por qué Thatcher fue la única voz que se opuso a la iniciativa, teniendo en cuenta que esta protegía los intereses neoliberales de los que tan acérrima defensora era ella misma?

Thatcher era una conservadora, una tory. Aunque era una pionera del neoliberalismo, también creía en la soberanía y el control del Parlamento sobre el proceso político. Para ella, el neoliberalismo era un proceso político en el que creía, pero no por eso dejaba de ser importante que el Parlamento británico pudiera controlar la dinámica política del neoliberalismo. La eurozona no tenía ni tiene un Parlamento. El Parlamento Europeo es un chiste cruel, ya que no existe como un verdadero Parlamento. Es, en el mejor de los casos, un simulacro de Parlamento, no un Parlamento real.

Así que para una tory británica, para la que la legitimidad de la democracia emana de la legitimidad del poder soberano, del Parlamento, el euro se dibujaba como una zona monetaria predestinada al más absoluto fracaso.

Curiosamente, uno de mis mayores defensores mientras fui ministro de Finanzas de Grecia fue un exministro de Thatcher y en su día ministro de Hacienda tory, Norman Lamont. Incluso nos hemos hecho amigos. Lo que tenemos en común es un compromiso con la democracia. Tenemos opiniones muy distintas sobre qué tipo de políticas se deberían aplicar en el marco del sistema de gobierno, pero estaba indignado por la forma en que unos funcionarios no elegidos han gestionado las políticas monetarias y fiscales de Grecia, y han arrasado por completo con su economía.

Entonces, teniendo en cuenta que el Reino Unido se mantuvo al margen del euro, ¿no se ve afectado por las políticas de la eurozona?

Bueno, como sabemos, Gran Bretaña está viviendo las primeras etapas de una campaña para un referendo sobre la pertenencia a la UE. Se trata de un debate muy emotivo. Estoy convencido de que para los británicos fue maravilloso quedarse fuera del euro, un verdadero golpe de suerte. Pero dicho esto, su economía está totalmente determinada por la prisión de la eurozona, así que la idea de que pueden escapar de su influencia votando a favor de abandonar la UE es demasiado optimista. No pueden irse.

Ahora bien, los conservadores británicos que están abogando por salir de la UE arguyen que no necesitan a la Unión Europea; que pueden gozar del Mercado Común sin someterse a las restricciones que impone Bruselas. Pero este es un argumento muy discutible, ya que el Mercado Común no se puede imaginar sin una protección común para los trabajadores, formas comunes de evitar la explotación de la mano de obra o normas comunes para el medio ambiente y la industria.

Así que la idea de que puedes gozar de un Mercado Común sin una unión política choca con la realidad política de que la única forma de garantizar un libre comercio hoy en día es contar con una legislación común en materia de patentes, estándares industriales, normas para la competencia, etcétera.

¿Y cómo puedes tener esta legislación a no ser que esté controlada por algún tipo de institución o proceso democrático que sea aplicable en todas las jurisdicciones? Así que si rechazas la posibilidad de que exista una Unión Europea democratizada, también rechazas la posibilidad de un Parlamento británico soberano y acabas con tratados comerciales espantosos, como el TTIP (Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión).

Así pues, ¿dónde se halla el poder en Europa?

Esta es una pregunta interesante. A primera vista, las únicas personas poderosas en Europa son Mario Draghi, jefe del Banco Central Europeo, y Angela Merkel, la canciller alemana. Pero dicho esto, ni siquiera ellos son tan poderosos. He visto a Mario Draghi sumamente frustrado en reuniones del Eurogrupo, por lo que se estaba diciendo, por su propia impotencia, por tener que hacer cosas que opinaba que eran terribles para Europa.

Al mismo tiempo, es evidente que Angela Merkel se siente limitada por las demandas de su propio Parlamento, por su propio partido y por la necesidad de mantener una especie de convivencia con los franceses con la que no está de acuerdo.

Así que la respuesta a su pregunta es que hemos conseguido crear un monstruo en Europa, donde la eurozona es sumamente poderosa como entidad pero donde nadie está al mando. Las instituciones y normas que se han establecido para mantener el equilibrio político que desplegó todo el proyecto del euro menoscaban prácticamente a cualquier actor que tenga algo que ver con la legitimidad democrática.

¿Pero este proceso no ha otorgado un enorme poder a los mercados financieros?

Los mercados financieros no tienen más poder en Europa que en los Estados Unidos o en cualquier otro lugar.

Volvamos a 2008. Ese año, tras años de despilfarro del sector financiero y la creación de un crédito criminal por su parte, las instituciones financieras implosionaron y los capitanes de las finanzas se dirigieron a los Gobiernos y les pidieron: "Salvadnos". Y eso es lo que hicimos, traspasando un enorme valor de los contribuyentes a los bancos.

Esto sucedió en los Estados Unidos y en Europa; ahí no hubo ninguna diferencia sustantiva. El problema es que la arquitectura de la UE, y del euro en particular, era tan lamentable que este traspaso masivo de valor de los contribuyentes (y, especialmente, de los sectores más débiles de la sociedad) a los bancos no fue suficiente para estabilizar el sistema financiero.

Déjeme ponerle un ejemplo. Compare el estado de Nevada con Irlanda. Puede que su clima sea muy distinto, pero ambos territorios son de igual tamaño en términos de población y tienen economías parecidas. Ambas economías se basan en el sector inmobiliario, en el sector financiero y en atraer a grandes empresas con unos impuestos sobre sociedades muy bajos.

Después de 2008, ambas economías entraron en una profunda recesión, que afectó fundamentalmente al sector inmobiliario y a la industria de la construcción, a promotores que quebraron cuando los precios de la vivienda se hundieron con el mercado de las hipotecas de alto riesgo y la consiguiente crisis del crédito.

La diferencia está en la capacidad que tuvieron para responder. Imagine que las zonas del dólar en los Estados Unidos se hubieran construido de la misma forma que la eurozona. El estado de Nevada tendría que haber buscado el dinero necesario para rescatar a los bancos y, además, pagar el subsidio de desempleo a los trabajadores de la construcción en paro; y todo eso sin ayuda de la Reserva Federal. En otras palabras, Nevada tendría que haber pasado la gorra para poder tomar prestado del sector financiero. Como los inversores sabrían que el gobierno de Nevada no tiene un Banco Central como respaldo, o no concederían préstamos al estado o no lo harían con unos tipos de interés razonables. Así que Nevada quebraría, y también sus bancos, y la gente de Nevada perdería el subsidio de desempleo o los servicios de salud y educación.

Imagine, entonces, que el estado acudiera al Banco Federal, con la gorra en la mano, y pidiera ayuda. Y suponga que la Reserva Federal le dijera que le garantizaría el rescate y le prestaría dinero con la condición de que recortara los salarios, las pensiones, los subsidios de desempleo y las pensiones un 20%.

Eso permitiría al estado de Nevada cumplir con sus pagos en el corto plazo, pero la austeridad y la rebaja de las rentas y las pensiones reduciría los ingresos del estado hasta tal punto e incrementaría la deuda por los préstamos del rescate que Nevada habría tocado fondo. Si eso hubiera sucedido en Nevada, habría sucedido también en Missouri, en Arizona, desencadenando un efecto dominó en todos los Estados Unidos.

Lo que quiero decir es lo siguiente. No existe ninguna diferencia en lo que se refiere a la importancia del sector financiero y su tiranía sobre la democracia en los Estados Unidos o en Europa; la diferencia estriba en que los Estados Unidos cuentan con unas instituciones consolidadas que están en mejor disposición de abordar crisis como estas y evitar que se acaben convirtiendo en una crisis humanitaria. Los estadounidenses aprendieron la lección en la década de 1930. El New Deal estableció instituciones que actúan como amortiguadores, mientras que en Europa hemos vuelto a donde estábamos en 1929. Estamos permitiendo que esta austeridad competitiva y los préstamos del rescate destruyan a un país tras otro, hasta que la Unión Europea se vuelva en su propia contra.

¿Así que llegó el momento de promover la salida del euro? ¿La recuperación de la divisa nacional no ofrecería más posibilidades de alcanzar una transparencia democrática?

Esa es, por supuesto, una lucha abierta que mantengo con mis camaradas en Grecia. Yo crecí en una economía capitalista periférica griega bastante aislada, con nuestra propia moneda, el dracma, y una economía con cuotas y aranceles que impedía la libre circulación de bienes y capitales. Y le puedo asegurar que era una Grecia bastante desoladora; nada más lejos de un paraíso socialista. Así que la idea de que debemos volver al Estado-nación para crear una sociedad mejor me resulta especialmente absurda y poco plausible.

Eso sí, ojalá no hubiéramos creado el euro; ojalá hubiéramos mantenido nuestras monedas nacionales. Es cierto que el euro fue un desastre. Creó una unión monetaria que estaba destinada al fracaso y que acarreó unas penurias indecibles para los pueblos de Europa. Pero dicho esto, es distinto decir que no deberíamos haber creado el euro que decir que ahora deberíamos salir de él. Por eso que, en matemáticas, llamamos histéresis. Es decir: salir del euro no nos hará volver a donde estábamos antes de entrar en él ni a donde estaríamos de no haber entrado en él.

Hay quien se refiere al ejemplo de Argentina, pero Grecia no se encontraba en la misma situación que Argentina en 2002. No tenemos una divisa que devaluar con respecto al euro. ¡Tenemos el euro! Salir del euro significaría crear una nueva divisa, lo cual llevaría aproximadamente un año, para después poder devaluarla.

Eso sería como si Argentina hubiera anunciado la devaluación de su moneda con doce meses de antelación. Y eso sería catastrófico, porque si avisaras a los inversores con tanto tiempo —o incluso a los ciudadanos de a pie—, lo liquidarían todo; sacarían el dinero anticipándose a la devaluación y en el país no quedaría absolutamente nada.

Incluso si pudiéramos volver colectivamente a nuestras respectivas monedas nacionales en toda la zona euro, países como Alemania, cuya divisa fue suprimida como consecuencia del euro, verían cómo se dispara su tipo de cambio. Esto significaría que Alemania, que en estos momentos tiene una tasa de desempleo muy baja, pero un alto porcentaje de trabajadores pobres, vería cómo esos trabajadores pobres se convertirían en desempleados pobres. Y esto se repetiría en todos los países del noreste de Europa y de Europa Central, en los Países Bajos, Austria, Finlandia… en lo que yo llamo los países con superávit.

Mientras tanto, en lugares como Italia, Portugal y España, y también en Francia, se produciría una caída muy drástica de la actividad económica (por la crisis en países como Alemania) y, al mismo tiempo, un gran aumento de la inflación (ya que las nuevas divisas en esos países se devaluarían de forma muy significativa, provocando un incremento en los precios de las importaciones, del petróleo, la energía y los productos básicos).

Así que, si volvemos al espíritu del Estado-nación, nos encontraremos con una línea de fractura en algún lugar no muy lejos del río Rin y los Alpes. Todo lo que quedara al este del Rin y al norte de los Alpes se convertiría en una economía deprimida y el resto de Europa se encontraría en una zona de estanflación, de altos niveles de desempleo y altos precios.

Una Europa así podría incluso dar lugar a una gran guerra o, aunque no fuera una guerra real, a tantas dificultades que los países se volverían unos contra otros. En cualquiera de los dos casos, Europa, una vez más, hundiría la economía mundial. China quedaría devastada y la tibia recuperación estadounidense se esfumaría. Habríamos condenado a todo el mundo a, al menos, una generación perdida. Por este motivo, advierto a mis amigos de que la izquierda nunca se beneficia. Siempre son los ultranacionalistas, los racistas, los fanáticos y los nazis los que se benefician.

Entonces, ¿es posible democratizar el euro o la Unión Europea?

Asumamos que son lo mismo. ¿Se puede democratizar Europa? Sí, creo que sí. ¿Y se democratizará realmente? Sospecho que no. Entonces, ¿qué sucederá? Si me pide mi pronóstico, soy muy pesimista. Creo que el proceso de democratización tiene muy pocas probabilidades de éxito. En cuyo caso tendremos una situación de desintegración y un futuro sombrío.

Pero la diferencia cuando hablamos sobre la sociedad o sobre el tiempo es que al tiempo no le importan lo más mínimo nuestras previsiones, por lo que nos podemos permitir el lujo de sentarnos relajadamente y mirar al cielo y decir: "Creo que va a llover". Porque lo que digamos no influirá en las probabilidades de lluvia.

Pero creo que con los temas que atañen a la sociedad y a la política tenemos una obligación moral y política de ser optimistas y de preguntarnos: "Bien, de todas las opciones que están a nuestro alcance, ¿cuál tiene menos probabilidades de provocar una catástrofe?". Para mí, ese es un intento de democratizar la Unión Europea. ¿Que si pienso que lo conseguiremos? No lo sé, pero si no confío en que podamos hacerlo, no me puedo levantar de la cama por la mañana y ponerme a trabajar.

¿Democratizar Europa es una cuestión de reivindicar unos principios fundamentales o de desarrollar un nuevo concepto de soberanía?

Son ambas cosas. No hay nada nuevo bajo el sol. El concepto de soberanía no cambia, pero la forma en que se aplica a zonas multiétnicas y con varias jurisdicciones como Europa se debe replantear. Existe un debate interesante que se está produciendo fundamentalmente en Gran Bretaña, ya que el resto de Europa no parece estar interesada. Resulta siempre frustrante intentar convencer a los franceses y a los alemanes de que existe una profunda diferencia entre una Europa de las Naciones y una Unión Europea. Los británicos lo entienden mejor; sobre todo, los conservadores, aunque resulte irónico. Son seguidores de Edmund Burke, anticonstructivistas que creen que debe existir una correspondencia unívoca entre nación, parlamento y moneda: una nación, un parlamento, una moneda.

Cuando les pregunto a mis amigos tories: ¿Y qué pasa con Escocia? ¿No son los escoceses una nación de buena fe? Y en ese caso, ¿no deberían tener su propio Estado y moneda?, la respuesta que obtengo es algo así como: "Sí, claro, existe una nación escocesa, galesa e inglesa, y no una nación británica, pero contamos con una identidad común, forjada durante guerras de conquista, la participación en el Imperio, etcétera".

Si eso es así, y puede que lo sea, entonces se puede decir que diferentes nacionalidades se pueden agrupar en torno a una identidad común que se va transformando. Así es como me gustaría verlo. Nunca tendremos una nación europea, pero podemos tener una identidad europea que se corresponda con un pueblo europeo soberano. Así que mantenemos el anticuado concepto de soberanía pero lo vinculamos con una identidad europea en desarrollo, que después se vincula con la soberanía única y un Parlamento que mantiene mecanismos de control sobre el poder ejecutivo en el ámbito de Europa.

En estos momentos, el Ecofin, el Eurogrupo y el Consejo Europeo están tomando decisiones importantes en nombre del pueblo europeo, pero estas entidades no deben responder ante ningún Parlamento. No basta con decir que los miembros de estas instituciones rinden cuentas ante su Parlamento nacional, ya que esos miembros, cuando vuelven a su país para comparecer ante su propio Parlamento, dicen: "No me miren a mí; yo no estuve de acuerdo con nada en Bruselas, pero no tenía poder para influir en las decisiones, por lo que no se me puede responsabilizar por la decisión del Eurogrupo o del Consejo o del Ecofin". A no ser que los organismos institucionales puedan ser censurados o reprendidos en tanto que organismo por un Parlamento común, no tienes una democracia soberana. Así que ese debería ser el objetivo de Europa.

Hay quien dirá que eso ralentizaría los procesos de toma de decisiones y la harían poco eficaz.

No, no creo que eso ralentizara la toma de decisiones; la potenciaría. En estos momentos, como no tenemos este tipo de mecanismos de rendición de cuentas, no se toma ninguna decisión hasta que resulta imposible no actuar. No hacen más que aplazar y aplazar las cosas, negando un problema durante años y, después, siempre apañando alguna solución de última hora. Es el sistema más ineficiente que uno pueda imaginar.

Ahora mismo está participando en la presentación de un Movimiento por la Democracia en Europa. ¿Qué nos puede explicar sobre esta iniciativa?

Uno de los aspectos positivos de la forma en que nuestro Gobierno fue aplastado el pasado verano es que millones de europeos tomaron conciencia de la manera en que se dirige Europa. La gente está muy, muy enfadada; incluso gente que no estaba de acuerdo conmigo y con nosotros.

Así que ahora estoy recorriendo Europa, visitando varios países, intentando sensibilizar sobre los desafíos comunes a los que nos enfrentamos y la toxicidad que se desprende de la falta de democracia. Ese fue el primer paso. El segundo paso ha consistido en elaborar un proyecto de manifiesto, ya que los manifiestos son importantes porque concentran el pensamiento y pueden convertirse en un punto de referencia para la gente que está enfadada y preocupada, y desea participar en un proceso de democratización de Europa.

El 9 de febrero organizaremos un evento importante en Berlín, una ciudad escogida por evidentes motivos simbólicos, en el que presentaremos el manifiesto e invitaremos a los europeos de los 28 Estados miembros a sumarse a nosotros en un movimiento que tiene una agenda muy simple: o democratizar Europa o eliminarla. Porque si permitimos que las actuales estructuras e instituciones burocráticas y antidemocráticas de Bruselas, Frankfurt y Luxemburgo sigan aplicando políticas en nuestro nombre, acabaremos en la situación de distopía que he comentado antes.

Después tenemos previstos una serie de eventos en toda Europa que brindarán a nuestro movimiento el impulso necesario. No somos una coalición de partidos políticos. La idea es que cualquiera pueda adherirse, independientemente de su afiliación a un partido político o a una ideología, porque la democracia puede ser el tema aglutinador.

Incluso pueden sumarse mis amigos tories, o liberales que se dan cuenta de que la UE no solo no es bastante democrática sino que es más bien antidemocrática y, por este motivo, incompetente desde el punto de vista económico.

¿Cómo contemplamos nuestra intervención en la práctica? El modelo de hacer política en Europa se ha basado en partidos políticos de países concretos. Así que un partido político crece en un país determinado, tiene un programa que atrae a los ciudadanos de ese país y, después, cuando el partido se encuentra en el Gobierno, solo entonces (como algo secundario) intenta construir alianzas con partidos afines en Europa, en el Parlamento Europeo, en Bruselas, etcétera. En lo que a mí respecta, este modelo de hacer política está acabado. La soberanía de los Parlamentos se ha visto disuelta por la eurozona y el Eurogrupo; la capacidad de cumplir con el mandato recibido en el ámbito del Estado-nación ha sido erradicada y, por lo tanto, cualquier programa dirigido a los ciudadanos de un Estado miembro concreto se convierte en un puro ejercicio teórico. Ahora mismo, los mandatos electorales son, por naturaleza, imposibles de cumplir.

Así que, en lugar de ir del nivel del Estado-nación al nivel europeo, pensamos que deberíamos ir en dirección contraria; que deberíamos construir un movimiento europeo transfronterizo, mantener una conversación en ese espacio para identificar políticas comunes, para abordar problemas comunes y, una vez tengamos un consenso sobre estrategias comunes a nivel europeo, ese consenso pueda encontrar expresión de ello en los niveles del Estado-nación, regionales y municipales. Así que le estamos dando la vuelta al proceso, empezando por el nivel europeo para intentar encontrar un consenso y, después, yendo hacia abajo. Esta será nuestra forma de funcionar.

En cuanto al calendario, hemos dividido la próxima década en varios marcos temporales porque disponemos, como máximo, de una década para cambiar Europa. Si no lo conseguimos para 2025, no creo que haya una Unión Europea que salvar o incluso sobre la que hablar. Para aquellos que desean saber qué es lo que queremos ahora, la respuesta es transparencia.

Como mínimo, exigimos que las reuniones del Consejo de la UE, el Ecofin y el Eurogrupo se retransmitan en directo por la web, que las actas del Banco Central Europeo se hagan públicas y que documentos relacionados con negociaciones comerciales como el TTIP se puedan consultar online. En el corto a medio plazo, abogaremos por la reestructuración de las instituciones existentes de la UE, dentro del marco de los tratados vigentes (por terribles que sean), con vistas a estabilizar las crisis que nos afectan en el ámbito de la deuda pública, la falta de inversión, la banca y la creciente pobreza. Por último, en el medio a largo plazo, instaremos a que los pueblos de Europa convoquen una Asamblea Constitucional, con facultades para decidir sobre una futura constitución democrática que reemplace todos los tratados europeos existentes.

Parece que estamos viviendo una época llena de esperanza, pero también difícil. Estamos presenciando la creciente popularidad de partidos como Podemos en España, la izquierda en Portugal y Jeremy Corbyn en el Reino Unido, por citar algunos. Pero al mismo tiempo, tenemos la experiencia de Syriza, que fue aplastado por la Troika sin miramientos. ¿Qué espera de estas señales de rechazo popular a las políticas de austeridad teniendo en cuenta la experiencia de Syriza?

Creo que el auge de estos partidos y movimientos contra la austeridad demuestra claramente que los pueblos de Europa, no solo en España y Grecia, están más que hartos de la antigua forma de hacer política, de las políticas basadas en el consenso que han reproducido la crisis y han abocado a Europa a un camino que lleva a la desintegración. De eso no hay ninguna duda.

La cuestión es: ¿cómo podemos aprovechar ese descontento? En nuestro caso, en Grecia, hemos fracasado. Estamos experimentando una tremenda desconexión entre la cúpula del partido y las personas que votaron por él. Por eso opino que el acento en el Estado-nación es algo muy obsoleto. Si Podemos entra en el Gobierno, lo hará bajo las mismas condiciones, extremadamente limitantes, impuestas por la Troika, igual que el nuevo Gobierno que se está intentando formar en Portugal. A menos que esos partidos progresistas se vean impulsados por un movimiento paneuropeo que ejerza una creciente presión en todos los países y de forma simultánea, acabarán frustrando a sus votantes y viéndose obligados a aceptar todas las normas que les impiden cumplir sus mandatos.

Es por ese motivo por el que pongo el énfasis en construir un movimiento paneuropeo. Es porque la única forma de cambiar Europa es mediante una oleada que surja en toda Europa. De lo contrario, el voto de protesta que se ha manifestado en Grecia, España, el Reino Unido y Portugal, si no se sincroniza en todos los países, terminará disipándose, dejando tras de sí nada más que la amargura y la inseguridad generada por la imparable fragmentación de Europa.
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Tomado de Público.es. Traducido por Beatriz Martínez.Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

Desigualdad aumenta a pasos agigantados: los 62 más ricos igualan al 50% más pobre de la población mundial

Mar, 19/01/2016 - 08:01

El 1 por ciento más rico del planeta es ahora más rico que el resto de la humanidad combinada (el 99 por ciento restante) de acuerdo al último Informe Oxfam publicado este lunes. Según este informe, la concentración de la riqueza aumenta a pasos agigantados: mientras el año 2010, 388 personas tenían el equivalente al 50% de la riqueza total. Hoy, las 62 personas más ricas de la lista de Forbes tienen la misma riqueza que los 3.500 millones de personas más pobres. De acuerdo al estudio, la riqueza del 1 por ciento más rico aumentó 44 por ciento en los últimos cinco años, a US$1760000000000 (1,76 billones de dólares), mientras que la riqueza de la mitad inferior cayó 41 por ciento, a US$1000000000000 (1 billón de dólares).

La organización utiliza estas estadísticas para argumentar que la creciente desigualdad supone una amenaza para la expansión económica y la cohesión social. Estos riesgos ya se han observado en países como EEUU, Grecia y España, y son los que siembran las tensiones en las calles de América Latina y el Medio Oriente. Oxfam advierte que los gobiernos deben tomar medidas para reducir la polarización, y uno de estos pasos es poner fin a los paraísos fiscales que ayudan a los más ricos a ocultar más de 7600000 millones de dólares (US$7,6 billones).

Las estadísticas de Oxfam se basan en los informes sobre la riqueza mundial entregadas anualmente por Credit Suisse, que tiene la ventaja de estimar el patrimonio de los principales impulsores de las grandes fortunas. En mayo pasado, la OCDE publicó un informe sobre las desigualdad en el mundo y aunque su metodología era totalmente diferente, la institución llegó a las mismas conclusiones que Oxfam: "Durante los últimos 30 años, las desigualdades de ingresos han aumentado en la mayoría de países de la OCDE, y a veces llegando a niveles históricos. El Coeficiente de Gini - una medida común de la desigualdad de ingresos que oscila entre 0 (total igualdad de ingresos) y 1 (cuando el total de ingresos va a una sola persona) - se ubica actualmente en un promedio de 0,315 en los países de la OCDE, supera 0,4 en Estados Unidos y Turquía y llega a 0,5 en Chile y México". Mientras el 1 por ciento más rico ha aumentado su riqueza, el 40% más pobre se ha hecho más pobre.

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"La economía neoliberal mata más gente que todos los ejércitos del mundo juntos, y no hay ningún acusado, ningún preso"

Lun, 18/01/2016 - 17:54
Clase magistral de Manfred Max-Neef realizada en 2011
El economista y ex candidato presidencial Manfred Max-Neef cuestionó la obsesión por el crecimiento que genera la economía neoliberal, misma que a su jucio es "un fracaso tremendamente peligroso y brutal" y la responsable de gran parte "de todos los horrores que estamos viviendo en el mundo".

En una entrevista realizada por la revista En Torno, el autor de la tesis del desarrollo a escala humana afirmó que "esta economía neoliberal mata más gente que todos los ejércitos del mundo juntos, y no hay ningún acusado, no hay ningún preso, no hay ningún condenado. Todos los horrores que estamos viendo en el mundo, gran parte de ellos, tienen un trasfondo que está anclado a esta visión de tratamiento y práctica económica".

Y enfatizó que "la obsesión del crecimiento, para empezar, es un disparate. Porque una elemental ley natural, que todo el mundo conoce, es que todos los sistemas vivos crecen hasta un cierto punto en que dejan de crecer. Tú dejaste de crecer, yo dejé de crecer, el árbol grande deja de crecer, pero no deja de desarrollarse. Seguir forzando el crecimiento para consumir más y seguir produciendo una infinita cantidad de cosas innecesarias, generando una de las instituciones más poderosas del mundo, como lo es la publicidad, cuya función es una y muy clara: hacerte comprar aquello que no necesitas, con plata que no tienes, para impresionar a quienes no conoces. Eso evidentemente no puede ser sustentable".

Para Max Neef no es un problema sin solución. Y por ello cree que la anternativa es "la visión de la economía ecológica", ya que "a diferencia de la economía tradicional, la economía ecológica es una economía que está al servicio de la vida y tiene características fundamentalmente opuestas a la convencional".

Sobre este punto explicó que "la economía convencional –que es la hija de la economía neoclásica– desde una visión ontológica, se sustenta en una visión mecánica, newtoniana: el humano, la economía y el mundo son mecánicos. Y en un mundo mecánico tú tienes sistemas que tienen partes. Partes que descompones, analizas y vuelves a armar. Del otro lado, la economía ecológica se sustenta en una visión orgánica. Los sistemas no tienen partes, sino que participantes, los cuales no son separables. Lo cual significa que todo está intrínsecamente unido y relacionado. Esto por lo demás ya es un mensaje que hace más de 90 años nos viene dando la física cuántica, pero ese mensaje ha tardado en llegar a las ciencias sociales".

El economista y ex rector de las universidades Bolivariana y Austral, enumeró "cinco postulados fundamentales y un principio valórico irrenunciable" que debieran sustentar la economía ecológica o cualquier otro nuevo sistema económico: "El postulado número uno: la economía está para servir a las personas y no las personas para servir a la economía; dos: el desarrollo tiene que ver con las personas y la vida, no con objetos; tres: crecimiento no es lo mismo que desarrollo, y el desarrollo no precisa necesariamente de crecimiento; cuatro: ninguna economía es posible al margen de los servicios que prestan los ecosistemas; y cinco: la economía es un subsistema de un sistema mayor y finito que es la biosfera, por lo tanto, el crecimiento permanente es imposible".

"Y el principio valórico irrenunciable que debe sustentar una nueva economía es que ningún interés económico, bajo ninguna circunstancia, puede estar por sobre la reverencia a la vida. Si tú recorres estos puntos vas a ver que lo que hoy tenemos –en la economía neoliberal– es exactamente lo contrario. Hoy en día llegamos al extremo, comienzo del siglo XXI, en que hay más esclavos de los que había antes de la prohibición de la esclavitud en el siglo XIX. Esclavos en serio, no en sentido figurado, de los cuales el 60% son niños y las demás, principalmente, mujeres", concluyó.

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La larga crisis económica

Lun, 18/01/2016 - 12:19
León Bendesky, La Jornada

El proceso de producción capitalista se desarrolla en el marco de diversas contradicciones. Ellas dan lugar a periodos recurrentes en los que la tasa promedio de ganancia del capital se reduce y ocurren las crisis. Desde 2007 se registra una crisis larga que no se asimila a los movimientos cíclicos de auge y recesión, de más corto plazo, para los que están diseñadas las políticas macroeconómicas de ajuste.

Ahora esas políticas que se han hecho convencionales y de aplicación general no actúan de modo efectivo. Una expresión de esto es la misma duración de la crisis actual y la inoperancia de las medidas usuales, de tipo fiscal y monetario, que pretenden recomponer las pautas de la acumulación.

A escala global prevalece un alto nivel de endeudamiento de los gobiernos, las empresas y las familias. Las medidas para reducir el sobreendeudamiento no han sido efectivas y eso detiene el gasto en inversión y consumo, manteniendo reducidas las tasas de crecimiento del producto del empleo.

La enorme expansión de la liquidez provocada por la Reserva Federal (Fed) para acometer la crisis y evitar el colapso del sistema financiero mantuvo durante mucho tiempo las tasas de interés de referencia a niveles de prácticamente cero. Aun así la inversión no se recuperó, los bancos lograron recomponer sus balances, sin eliminar por completo la fragilidad de sus carteras. Junto con la expansión de la liquidez hay un exceso de ahorro, lo que constituye un entorno de restricción para la recuperación productiva y aviva la especulación.

El crédito no se expandió al sector privado de manera suficiente. Hubo, pues, una apropiación desigual de los recursos entre las entidades financieras, las empresas, sobre todo las de tamaño mediano y los trabajadores. Ahí puede insertarse el aumento de la desigualdad como rasgo de la situación social.

La postura del banco central de sostener tasas cero de interés por siete años se considera anómala y desde hace un año se anunciaba la normalización de la política monetaria, es decir, empezar a elevar las tasas para incidir en el desempeño de los mercados. Recientemente la Fed aumentó un cuarto de punto porcentual la tasa de interés. Así se entra a un periodo de transición que, por ahora, no garantiza que las condiciones de normalidad se restituyan. La misma noción de lo que es normal está en cuestionamiento.

Lo que se observa es una discrepancia creciente entre las unidades nacionales que componen la economía global; esto genera ahora una nueva serie de distorsiones en el flujo de capitales y la asignación de los recursos productivos. La contradicción esencial entre capital y trabajo está expuesta de modo abierto.

Mientras la FED actúa para recrear las condiciones del crecimiento en Estados Unidos, impacta en la dirección de las corrientes de capital que salen de otros países, como es el caso de las economías emergentes por la diferencia de los rendimientos que se obtienen dentro y fuera. De modo más amplio se crean las condiciones para una pugna entre las principales divisas en los mercados de dinero y capitales.

La economía de la Unión Europea no responde a los incentivos monetarios del Banco Central Europeo y ello contribuye a nuevos acomodos del capital y de los niveles de producción, de empleo e ingresos en la forma de ganancias, rentas y salarios.

China exhibe finalmente las repercusiones de un largo periodo de alta expansión productiva, especulación y endeudamiento que obliga a un ajuste cuyos efectos aún no se definen completamente.

Por otra parte, el auge de las materias primas, especialmente del precio de petróleo, se ha acabado y provoca alteraciones severas en las economías que sostenían una expansión sobre la base de exportar dichos bienes.

Un aspecto relevante de las situación económica es la necesidad de desendeudamiento. Este asunto conlleva ciertas condiciones técnicas para el reacomodo financiero, pero exige también una acción política decisiva cuyos costos no están dispuestos a absorber muchos gobiernos. La reestructuración en curso impone fuertes cargas en la distribución del ingreso y la generación de riqueza. El escenario es proclive a generar un nuevo deslizamiento recesivo.

Una parte del debate a este respecto está planteado entre quienes ven el proceso como un movimiento cíclico convencional y quienes postulan que de lo que se trata es de un estancamiento de tipo secular. De ahí se desprenden una serie de políticas públicas que promueven el aumento de la demanda agregada, frente a quienes sostienen que se está llegando a las etapas finales de lo que llaman un súper ciclo de endeudamiento con el consecuente reacomodo de los agentes económicos en el mercado.

Las políticas fiscal y monetaria de un país como México intentan, en este marco, acomodarse a estas condiciones, pero de forma supeditada a las acciones principalmente de la Fed. Esto es un hecho plenamente admitido por Hacienda y de modo explícito por el Banco de México. La cuestión se aprecia, por un lado, en el origen y el uso de los recursos del fisco (captación de impuestos, abrupta caída del precio del petróleo, el destino del gasto y el creciente nivel de endeudamiento) y, por otro, en el alza de las tasas de interés. Todo ello en un escenario de fuerte depreciación del peso y las expectativas de inflación que pueden ceder y complicar aún más el frágil entorno prevaleciente.

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La guerra de los 25 años

Lun, 18/01/2016 - 00:00
Manlio Dinucci, Red Voltaire

Hace 25 años, en las primeras horas del 17 de enero de 1991, comienza en el Golfo Pérsico la operación «Tormenta del Desierto», la guerra contra Irak que abre la fase histórica que hoy estamos viviendo. Esta guerra se inicia en el preciso momento en que, después de la caída del muro de Berlín, van a disolverse el Pacto de Varsovia y la propia Unión Soviética. Esos acontecimientos crean, en la región europea y centroasiática, una situación totalmente nueva. En el plano mundial, desaparece la superpotencia capaz de hacer frente a Estados Unidos.

«El presidente Bush [padre] aprovecha ese histórico cambio», cuenta Colin Powell. Washington traza de inmediato «una nueva estrategia de seguridad nacional y una estrategia militar para respaldarla». La agresión iraquí contra Kuwait, ordenada por Sadam Husein en agosto de 1990, «proporciona a Estados Unidos la oportunidad de poner en práctica la nueva estrategia exactamente en el momento en que comienza a hacerla pública».

Sadam Husein, quien se convierte entonces en el «enemigo número 1», es el mismo personaje a quien Estados Unidos había respaldado en los años 1980 durante la guerra contra el Irán de Khomeiny, el «enemigo número 1» de aquel momento, para favorecer los intereses estadounidenses en el Medio Oriente.

Pero en 1988, cuando termina la guerra contra Irán, Estados Unidos teme que Irak, gracias a la ayuda soviética, logre hacerse con un papel dominante en la región. Los estadounidenses recurren entonces a la tradicional política de «divide y vencerás». Obedeciendo al guión de Washington, Kuwait también cambia de actitud y exige el reembolso inmediato de la deuda contraída por Irak. Al mismo tiempo, explotando el yacimiento de Rumaila –a caballo entre los territorios de Kuwait e Irak– Kuwait eleva su producción de petróleo más allá de la cuota establecida por la OPEP, perjudicando así los intereses de Irak, que salía de la guerra contra Irán con una deuda externa superior a los 70 000 millones de dólares, de los que debía 40 000 a Kuwait y Arabia Saudita.

Ante esa situación, Sadam Husein cree poder resolver el problema «reanexando» el territorio de Kuwait, que – conforme a las fronteras trazadas en 1922 por el procónsul británico Percy Cox– cierra el acceso de Irak al Golfo Pérsico. Washington hace creer a Bagdad que no tiene intenciones de intervenir en el asunto y, el 25 de julio de 1990, mientras los satélites del Pentágono muestran que la invasión [iraquí] es ya inminente, la embajadora estadounidense en Bagdad, April Glaspie, asegura a Sadam Husein que su país desea tener las mejores relaciones con Irak y que no piensa interferir en los conflictos entre países árabes. Sadam Husein cae en la trampa: una semana después, el 1º de agosto de 1990, Irak invade Kuwait.

Después de formar una coalición internacional, Washington envía al Golfo una fuerza de 750 000 hombres, de la que el 70% son estadounidenses, bajo las órdenes del general Schwarzkopf. Durante 43 días, 2 800 aviones de Estados Unidos y sus aliados efectúan más de 110 000 misiones aéreas, lanzando sobre Irak 250 000 bombas, entre ellas bombas de racimo que a su vez proyectan 10 millones de sub-municiones. Junto a las fuerzas de Estados Unidos participan en los bombardeos las fuerzas aéreas y navales del Reino Unido, Francia, Italia, Grecia, España, Portugal, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Noruega y Canadá.

El 23 de febrero, las tropas de la coalición (plus de un millón de hombres) inician la ofensiva terrestre, que termina el 28 de febrero con un «alto al fuego temporal», proclamado por el presidente Bush. La guerra cede lugar al embargo, que provoca en la población iraquí más víctimas que la propia guerra: más de un millón de muertos, la mitad de ellos entre la población infantil.

Inmediatamente después de la guerra del Golfo, Washington lanza un límpido mensaje a sus adversarios y aliados: «Estados Unidos es el unico Estado con una fuerza, un alcance y una influencia que abarcan en toda dimensión –política, económica y militar– verdaderamente mundiales. No existe ningún sustituto al liderazgo estadounidense» (Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, agosto de 1991).

La guerra del Golfo es la primera en la que la República Italiana participa bajo las órdenes de Estados Unidos, violando así el Artículo 11 de su propia Constitución. La OTAN, aunque no participa oficialmente en esa guerra, pone sus fuerzas y estructuras a la disposición de las operaciones militares. Meses después, en noviembre de 1991, el Consejo Atlántico promulga, en la estela de la nueva estrategia estadounidense, la «nueva concepción estratégica de la Alianza». Ese mismo año se promulga en Italia el «nuevo modelo de defensa» que, en contradicción con la Constitución de la República Italiana, estipula como misión de las fuerzas armadas italianas «velar por los intereses nacionales dondequiera que sea necesario».

Nace así, con la guerra del Golfo, la estrategia que conduce a las guerras que a partir de entonces van a sucederse, bajo las órdenes de Estados Unidos, presentadas como «operaciones humanitarias de mantenimiento de la paz»: Yugoslavia en 1999, Afganistán en 2001, Irak en 2003, Libia en 2011 y Siria desde 2013, guerras acompañadas además, en el mismo marco estratégico, por las guerras de Israel contra el Líbano y Gaza, por la guerra de Turquía contra los kurdos del PKK, por la guerra de Arabia Saudita contra Yemen, por la creación del Emirato Islámico y de otros grupos terroristas implicados en la estrategia de Estados Unidos y la OTAN, por el uso de fuerzas neonazis por el golpe de Estado en Ucrania en función de la nueva guerra fría contra Rusia.

Proféticas, pero en el sentido trágico, han resultado las palabras que el presidente Bush pronunciara en agosto de 1991: «La crisis del Golfo pasará a la historia como el crisol del nuevo orden mundial».

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El retorno de la inversión pública

Dom, 17/01/2016 - 17:00
Dani Rodrik, Project Syndicate

La idea de que la inversión pública en infraestructura (calles, represas, centrales de energía, etc.) es un motor indispensable del crecimiento económico siempre ejerció una poderosa influencia en los funcionarios de países pobres. También estuvo detrás de los primeros programas de ayuda al desarrollo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Banco Mundial y diversas instituciones bilaterales comenzaron a canalizar recursos a países recientemente independizados, para la financiación de proyectos de gran escala. Y es la motivación del nuevo Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII) liderado por China, que busca cubrir el presunto faltante de infraestructuras de la región, por un valor estimado en 8 billones de dólares.

Pero hace mucho que este tipo de modelo de crecimiento impulsado por la inversión pública (a menudo denominado despectivamente “fundamentalismo del capital”) perdió el favor de los expertos en desarrollo. Desde los años setenta, los economistas han recomendado a los funcionarios restar énfasis al sector público, el capital físico y la infraestructura, y priorizar en cambio los mercados privados, el capital humano (habilidades y capacitación) y las reformas administrativas e institucionales. El resultado, según todas las apariencias, fue una total transformación de las estrategias de desarrollo.

Pero tal vez sea hora de reconsiderar ese cambio. Si uno observa los países que, a pesar del empeoramiento de la situación económica global, todavía crecen rápidamente, verá que en gran medida se debe a la inversión pública.

En África, el ejemplo de éxito más sorprendente de la última década es Etiopía. Su economía viene creciendo a un ritmo anual promedio mayor a 10% desde 2004, lo que se trasladó a una importante reducción de la pobreza y una mejora de los indicadores sanitarios. A diferencia de muchos de sus vecinos en el continente, el país no tiene abundancia de recursos y no se benefició con el auge de los commodities. Y la liberalización económica con reformas estructurales que suelen recomendar el Banco Mundial y otros donantes internacionales tampoco tuvo mucho que ver.

En cambio, el veloz crecimiento fue resultado de un inmenso aumento de la inversión pública, de 5% del PIB a principios de los noventa a 19% en 2011 (la tercera tasa más alta del mundo). El gobierno etíope se embarcó en una campaña de gasto para construir rutas, vías férreas, centrales de energía y un sistema de extensión agrícola que mejoró considerablemente la productividad en las áreas rurales donde vive la mayoría de los pobres. El gasto se financió en parte con ayudas extranjeras y en parte con políticas heterodoxas (como la represión financiera) que canalizaron ahorros privados hacia el Estado.

El veloz crecimiento de la India también se basa en un sustancial aumento de la inversión, que ahora equivale a cerca de la tercera parte del PIB. Buena parte del incremento provino de fuentes privadas, muestra de la gradual flexibilización de trabas al sector empresarial que se produjo desde inicios de los ochenta. Pero el sector público sigue siendo un actor importante. El gobierno tuvo que intervenir, porque tanto la inversión privada como la productividad total de los factores decayeron en años recientes.

En la actualidad, la inversión pública en infraestructura ayuda a mantener el impulso de crecimiento de la India. Según declaraciones del jefe de asesores económicos del gobierno, Arvind Subramanian: “Creo que los dos sectores que frenan la economía son las inversiones privadas y las exportaciones. (...) Por eso (...) la inversión pública cubrirá el faltante”.

En América latina, Bolivia es uno de los pocos países exportadores de minerales que se libró de correr la misma suerte de otros ante la actual caída de precio de los commodities. Se prevé que en 2015 el PIB boliviano siga creciendo a un ritmo superior al 4% anual, en una región cuya producción general se está reduciendo (un 0,3%, según las últimas proyecciones del Fondo Monetario Internacional). En buena medida eso se relaciona con la inversión pública, que el presidente Evo Morales considera motor de la economía boliviana. De 2005 a 2014, la inversión pública total como porcentaje del PIB nacional creció a más del doble (de 6% a 13%), y el gobierno pretende subir aun más el cociente en los años venideros.

Sabemos que los grandes aumentos de inversión pública, igual que las bonanzas de commodities, muchas veces terminan mal: su rentabilidad económica y social disminuye, el dinero se acaba, y está todo listo para una crisis de deuda. Un estudio reciente del FMI señala que, tras algunos efectos positivos iniciales, la inversión pública pierde la mayor parte de su fuerza.

Pero eso depende en gran medida de las condiciones locales. La inversión pública puede mejorar la productividad de una economía por tiempo considerable (tal vez una década o más), como ha sido claramente el caso de Etiopía. También puede ser un catalizador de la inversión privada: hay cierta evidencia de que eso ocurrió estos últimos años en la India.

Los beneficios potenciales de la inversión pública no son solo para los países en desarrollo. De hecho, puede que un aumento de la inversión pública local hoy fuera especialmente ventajoso para las economías avanzadas de América del norte y Europa occidental. Tras la gran recesión, estas economías tienen muchas áreas donde sería útil un aumento del gasto público, para aumentar la demanda y el empleo, restaurar infraestructuras deterioradas y dar impulso a las actividades de investigación y desarrollo, especialmente en tecnologías ecológicas.

En el debate político suelen contraponerse a estos argumentos objeciones relacionadas con el equilibrio fiscal y la estabilidad macroeconómica. Pero la inversión pública es distinta de otros tipos de gasto público (como el pago de salarios de empleados estatales o las transferencias sociales), porque sirve para acumular activos, en vez de consumirlos. En la medida en que la rentabilidad de esos activos supere el costo de financiación, la inversión pública mejora la situación fiscal en la práctica.

Como no sabemos cómo terminarán los experimentos de Etiopía, la India o Bolivia, corresponde tomar recaudos al extrapolar la experiencia de esos países a otros casos. Pero los tres son ejemplos que otras naciones, incluidas las desarrolladas, deberían observar atentamente en su búsqueda de estrategias de crecimiento viables en un entorno económico global cada vez más hostil.

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Futuro y fuga del dinero

Sáb, 16/01/2016 - 07:00
Miguel Iradier, Rebelion

Los que acostumbran a leer noticas alternativas en inglés, norteamericanas sobre todo, habrán reparado en la frecuencia con que últimamente aparecen admoniciones, a menudo alarmistas, sobre la guerra contra el dinero en efectivo (the war on cash). El capitalismo norteamericano está enamorado del apocalipsis, seguramente porque, como ya se ha notado, el mismo fin del mundo se concibe como un espectáculo o mercancía producido en el interior del sistema y no como el fin del sistema. Se hacen lúgubres prospectos del “campo de concentración financiero” que se avecina y uno se pondría a temblar de inmediato si no fuera porque eso, poco más o menos, es lo que ya parece que tenemos. Además, muchos de los que ponen aquí su indignado grito en el cielo (¡no nos van a dejar ya ni tener billetes!) son el mismo tipo de gente obsesionada con atesorar oro y que sólo concibe la libertad en términos de poder adquisitivo. Otra especie de “indignados”, genuimente conservadora y americana, que nos viene a recordar las profundas diferencias de mentalidad que todavía persisten entre Europa y América.

A pesar de todo, conviene no olvidar que la guerra al dinero en efectivo no es un mero culebrón para catastrofistas, sino una persistente y poderosa tendencia actual que aún está adquiriendo impulso -está acelerándose- y que determinará en gran medida el escenario de los próximos años y décadas. Los medios alternativos de aquí, que tal vez temen mezclarse con cualquier chisme con tintes reaccionarios, ignoran el tema con esa especial habilidad que tienen para eludir ciertos temas importantes. Uno tal vez no sabe muy bien qué pueda significar hoy ser reaccionario -puesto que a casi todos, y no menos los que se autodenominan “izquierda”, apenas nos es dada otra cosa que reaccionar; pero justamente este tema del destino del dinero, si conseguimos confrontarnos con él, podría ser una oportuna piedra de toque y un excelente revelador de cómo andan las cosas.

Dado lo poco que se escribe en español sobre el asunto, no estará de más hacer algo de repaso. Por descontado, información y rumorología al respecto, monocorde y repetitiva, puede encontrarse con sólo teclear en inglés “war on cash” or “cashless economy”.

Bail out/Bail in: Rescate y captura La actual corriente de artículos sobre la presunta guerra al dinero en efectivo suele tomar como punto de partida artículos recientes de Kenneth Rogoff (Harvard) y el economista en jefe de Citigroup Willem Buiter. Ambos debaten los beneficios y riesgos de la prohibición o cuasi-prohibición del dinero en efectivo, contemplando, naturalmente, la posibilidad de una implantación gradual con restricciones sucesivas en el tamaño de los billetes y sus sumas. Esto, de hecho, es lo que se ha visto en diversos países del euro como Italia, Francia o Grecia desde los comienzos de la crisis financiera del 2008. Rogoff añade que tampoco haría falta decretar la prohibición, y que bastaría con dejar los billetes de 1 dólar o 5 para las transacciones cotidianas de los agentes marginales y rezagados de la economía como pobres o ancianos; apreciación que por sí sola ya nos da cierto olor de lo que se pretende.

Buiter por su parte va de cabeza al principal motivo de preocupación de los bancos, y sin preámbulos nos dice que la debacle financiera del 2008 se hubiera podido evitar con sólo cargar un 6 por ciento de interés negativo sobre el dinero en metálico, o dicho de otro modo, tomando un 6 por ciento de los depósitos de los ahorradores para forzar a todo el mundo a gastar cualquier dinero que pueda tener en efectivo. Se trata, en definitiva, de pasar de los rescates con inyecciones del erario público a la captura de los propios depósitos de los ahorradores, para lo cual ya hace tiempo que sin publicidad se despliegan leyes favorables. El mayor de los bancos americanos, JP Morgan Chase, ya cobra un 1 por ciento a los “excesos” de dinero en depósito.

Ni que decir tiene, si ya no hay dinero en efectivo o sus movimientos se encuentran severamente limitados se evitan las estampidas financieras con la gente pugnando por sacar sus depósitos; no hay que decretar un corral porque ya todo es por principio un corral (no hay dinero tangible que sacar), y de aquí, tal vez, el socorrido calificativo de campos de concentración financieros. Aunque hay bastante más que esto.

Las ventajas para la banca son evidentes, y lo mismo cabe decir para el estado, que, so pretexto de luchar contra la evasión fiscal, podría acceder a un control ideal y al detalle de las acciones y transacciones de los ciudadanos. Los argumentos fiscales son por ejemplo el motivo esgrimido por el gobierno de Netanyahu para su plan por etapas para una economía sin efectivo en Israel, en un estado cuyo presupuesto, se dice, se halla tan exigido por los gastos militares. Y naturalmente, los portavoces de los bancos aseguran que con estas medidas la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y el crimen -por no hablar de la evasión fiscal- sería infinitamente más efectiva.

Si las ventajas tanto para el estado como para la banca son enormes, puesto que ambos son hoy los grandes polos de poder, cabe estar seguro de que estas iniciativas gozarán del mejor viento en sus velas. Además, no sólo hay que contar con el acostumbrado despliegue de relaciones públicas para minimizar las resistencias, si de verdad las hay; más fuerte que todo esto es que el mismo Zeitgeist, el mismo Espíritu del Tiempo, ha asumido como suya la misión de convertir en electrónico todo lo que pueda ser convertido, y el dinero no es precisamente algo secundario en esta función. Por añadidura es una de las cosas que mejor se prestan a ello. ¿Por qué querría el Espíritu del Tiempo convertirlo todo en electrónico? Pues justamente, para convertirlo en dinero. La inagotable sed de liquidez. En definitiva, el Espiritu del Tiempo es el Dinero y punto; aunque, aquí está la gracia, no hay por qué confundir dinero y capital. Y en cuanto a la gradualidad, sólo hay que administrarla de forma oportuna al compás del apuro y de las crisis, puesto que nada se ha transformado de manera más paulatina.

Sin duda las tarjetas de crédito, aunque a menudo las utilicemos para ir al cajero, nos han ido haciendo a la idea del puro dinero electrónico. Pero ahora en países como Suecia o Dinamarca los mismos cajeros están desapareciendo, porque son ya muy escasas las transacciones hechas con billetes. Allí en muchas áreas comerciales ni aceptan ya efectivo, que se está tornando en un lastre o incluso en algo un tanto sospechoso. Ahora se trata de pasar de la tarjeta al iphone, y ya están aquí las aplicaciones de pago por teléfono como Apple Pay y otras, con las grandes multinacionales como siempre en vanguardia. Lo cashless y cash free es lo último y los festivales de música ingenian sistemas de pago por pulsera electrónica para que “sin contacto” pagues más y mejor. Usando datos biométricos ya no tendrás que rellenar interminables formularios por internet, sino que podrás “comprar sin pensar, como a ti te gusta”. Nada subliminalmente, se ofrece la promesa levitante y eufórica de un mundo sin dinero, pero con tu iphone. No te pringues la mano con algo tan sucio como un billete, con abundantes trazas fecales, de mocos y de cocaína. Y además, si no llevas cartera nadie te robará por la calle; eso se queda ya en exclusiva para los amistosos estafadores de las comisiones.

Porque siempre hay que luchar contra el crimen. Y de paso, empezamos a criminalizar toda la economía informal, se entiende que la de bajo nivel adquisitivo. Por añadidura, el sistema de los billetes, además de inefectivo, resulta muy caro para todos. Es innegable que los billetes grandes hacen más fáciles las corruptelas y los movimientos del crimen organizado, pero ya se ha empezado a decir que son la causa. Ya están cantadas las noticias de redadas contra cejijuntos terroristas atesorando sacos de billetes en sus búnkeres, mientras en los anuncios, libre de dinero, la juventud angelical vuela extasiada por el aire. Ninguna exageración, puesto que el ministro de finanzas francés Michel Sapin atribuyó los atentados de Charlie Hebdo a la capacidad de comprar cosas con dinero en efectivo; desde entonces se establecieron controles a partir de mil euros para “luchar contra el uso del dinero en efectivo y el anonimato en la economía francesa” [1]. Y en cuanto a la publicidad, ya la tenemos.

Esta transparente “sociedad sin dinero” (en efectivo) no va a quedarse en un experimento para civilizados escandinavos; hasta el Banco Central de Nigeria ha establecido como una prioridad la reducción en lo posible de esta reliquia del pasado. También pensando en África, Bill Gates prevé soñador que “por el 2030, dos mil millones de personas que no tienen una cuenta bancaria estarán acumulando dinero y haciendo pagos con sus móviles. Y por entonces los proveedores de dinero en el móvil ofrecerán todo un espectro de servicios finacieros, desde ahorros con interés a seguros y créditos”[2] . La Belinda and Gates Foundation está volcada en llevar la mano amiga de la banca a los más pobres, pues, como afirman en sus comunicados oficiales, también los pobres pueden ser una base de clientes rentable.

Ni en España faltan pioneros. Guillermo de la Dehesa, ex-funcionario del estado, secretario del PSOE en tiempos de Solchaga, consejero del Santander y de Goldmann Sachs, y colaborador de El País vaticinaba ya en el 2007 un mundo mucho más seguro y menos violento una vez que desapareciera “el mayor incentivo que ampara toda la actividad ilegal”[3]. De la Dehesa, junto con Enrique Sáez, uno de los primeros abogados de la iniciativa, no dudaba en convertir al dinero en efectivo en causa hasta de las guerras.

Como se ve el argumento de la seguridad es el más recurrente del lado de los gobiernos, y la seguridad no es más que el aspecto amable del control. Las transacciones sin efectivo han de incorporar la tecnología de cadena de bloques (blockchain) que vio la luz con la primera criptomoneda de éxito, Bitcoin, pero que es enteramente independiente de ésta: una base de datos distribuida y abierta con ciertos protocolos que mantiene un registro acumulado de todas las operaciones. De este modo todas las operaciones y transacciones con dinero, salvo por las monedas o billetes de baja denominación que no fueran derogados, serían íntegramente rastreables.

Los expertos en la materia dicen que esta tecnología de cadena de bloques es extremadamente segura y difícil de trucar, de modo que la panóptica trasparencia a que serían sometidos los ciudadanos/consumidores no sería mayor que la que tendrían “los banqueros y los gobernantes”, así todo junto y sin solución de continuidad. Suena encantador. Tal vez no haya por qué dudar de que se trate de una tecnología de lo más democrática, al menos por diseño y concepción; pero cuándo se ha visto que una tecnología impuesta desde arriba fuerce la igualdad entre los de arriba o los de abajo. Si acaso cabría pensar en una más dramática e insondable separación entre administradores y administrados. El problema no es la tecnología, sino su imposición, y para unos fines bien concretos; así esa tecnología sólo puede asumir la función que le sea asignada, y que indudablemente se transformará con el tiempo.

Además, como dicen algunos, no hay problema que traiga la tecnología que la tecnología no pueda arreglar. Con nuevas innovaciones. A la descentralizada pero compacta tecnología de bloques pronto le han crecido apéndices tales como las cadenas laterales (sidechains), muy aptas desviaciones para otras criptomonedas paralelas, y que, se afirma, permiten prevenir “faltas de liquidez”, “reducir la volatilidad” y un largo etcétera de conveniencias. Puede ser cierto, pero no hace falta entrar en muchos detalles para escuchar la misma música, los mismos estribillos, los mismos prodigiosos e ilimitados despliegues de la ingeniería financiera de siempre, con renovadas y aumentadas posibilidades. ¿Puede sorprender entonces que Goldman Sachs, que siempre se ha mostrado entusiasta con esta tecnología, esté desarrollando con sus propias patentes su particular versión del Bitcoin, llamada provisionalmente SETLcoin? Y ciertamente no han de ser los únicos. Parece ser que los bancos, siempre impacientes, no están dispuestos a esperar a que la rémora de la política estatal conforme el campo de medidas y ya están anticipando sus propias soluciones. Las cadenas laterales, como buenas ramificaciones, son un gran paso para lograr el efecto multiplicador de la red que puede ser decisivo a la hora de consolidar este nuevo uso y práctica del dinero.

Las ventajas que el puro dinero electrónico tienen para el estado y la banca son tan claras que no merecen demasiados comentarios, pero la cruz del asunto no está en la suma, sino en el producto de ambos. Pues si el matrimonio entre banca y estado viene de viejo, ahora se haría casi imposible limitar la nueva atribución de poderes con que se vería consagrada. Asistida por la inminente ubicuidad de la vigilancia electrónica y “la internet de las cosas”, estaría por nacerles un hijo que multiplicará la belleza de sus progenitores. Sólo hay que pensar un poco en ello, pues nuestra fantasía podría cosechar otro más de sus patéticos fracasos.

Singularidad y horizonte de sucesos Hace años, especialmente antes del milenio, se puso de moda entre “transhumanistas”, tecnoprofetas y otros pirados hablar de una supuesta singularidad tecnológica hacia la que nos estábamos peligrosamente acercando. Pronto los ordenadores y los robots aprenderían a autorreplicarse y mejorarse por sí mismos y así de un día para otro el Homo Sapiens quedaría hundido en el barro sin sospechar siquiera lo sucedido. Si uno no cree en empanadas especulativas como la de los agujeros negros de los físicos, difícilmente creerá en una quimera como la de la singularidad tecnológica. Pero para la psicología no deja de ser un síndrome fascinante, puesto que alía las virtudes higiénicas del Apocalipsis con el más desenfrenado optimismo aprovechando el denominador común de la fuga y el escape. No es algo fácil de superar. El problema es que la tecnología nunca está a punto. En cambio podríamos asistir al nacimiento de un síndrome nuevo y no menos fascinante que ya tiene solucionados los problemas técnicos, es decir, ya tiene su libre curso garantizado: se trata del síndrome de la singularidad financiera, aún no tipificado por los psiquiatras.

Lo bueno de pensar en la unión indisoluble entre banca y estado como un agujero negro es que, si estamos ciertos de que los agujeros negros no existen, nos facilita grandemente conjurarlo. Por otra parte tiene la ventaja de que podemos seguirle la corriente a los locos y hasta empatizar con ellos sin necesidad de pasarnos a su bando. Si el todo es singular, cualquier singularidad en una parte no pasará de ser una ficción mental, pero por otra parte, gracias al impagable (y en realidad impresicindible) concepto de horizonte de sucesos, podemos hablar tranquilamente de lo imposible como si fuera tan sólo inevitable. Y además, un horizonte de sucesos está lleno de cosas especulables y discurribles, puesto que es un embudo de tiempo.

Admitido que los intereses de la banca y el estado por terminar con billetes y cheques son desde su punto de vista perfectamente razonables, puede preguntarse dónde está el delirio. Pero ya adelantamos que no es la suma, sino el área del producto, el que circunscribe el nuevo espacio para las aberraciones que intentamos concebir. Ahora mismo no sabemos si ambos polos de interés habrán de coincidir a la hora de eliminar el antiguo dinero, o si, ante problemas mayores de las grandes divisas actuales (dólar, euro, yuan, yen, libra, etc), la banca intentará desbordar por las bandas en una especie de enloquecida criba darwiniana de monedas estatales y no estatales. Todo eso está por ver ya que los sobresaltos en estos diez o quince años próximos están garantizados. El dinero en la forma actual difícilmente puede tener más tiempo que ése.

Puesto que los problemas técnicos para la eliminación del actual dinero ya están prácticamente resueltos, es obligado volver sobre los obstáculos que el proyecto tiene en las otras esferas, fundamentalmente la política y la económica. Curiosamente, los obstáculos sociales no parecen merecer mucha consideración de los abogados de la “sociedad sin dinero”. En el capítulo económico, y especialmente si se consideran las divisas de los estados y ecozonas, como el dólar o el euro, un asunto primordial es la concertación, puesto que cualquier intento unilateral por parte de una economía de restringir el uso de su moneda atraería el uso de divisas extranjeras en su propio territorio. Incluso si en los Estados Unidos, que siguen gozando con diferencia de la divisa más fuerte, se restringiera drásticamente el uso de dólares en efectivo, sólo se lograría desencadenar una compra frenética de euros, yuanes y hasta rublos si no hay nada mejor, invirtiendo la situación y trasfiriendo la fuerza del dólar a la pujanza del propio mercado negro interno.

Esto sería al menos lo más probable por la sencilla razón de que, como admiten Rogoff y Buiter, el motivo de partida para acabar con el dinero en efectivo es darle algo de aire y espacio de maniobra a los bancos a través de los tipos de interés negativos; luego se aducen el resto de “ventajas.” Sabido es que todos los grandes bancos centrales llevan años bordeando el interés cero o el interés negativo, y fabricando grandes sumas de dinero, con el pretexto de estimular la economía. En la práctica, el dinero les llega casi sin interés a los bancos y las líneas directas de crédito privilegiadas, que se dedican a especular gracias a la enorme ventaja con que cuentan. Faltaría más, el usuario normal del banco tiene que pagar unos intereses mucho más altos, por no hablar de las tarjetas de crédito. Por otro lado ese interés cercano a cero, y que se querría negativo, penaliza a los ahorros depositados en los bancos, pues ya la inflación suele ser mayor que el interés.

Con intereses negativos, el ahorrador está pagando directamente por dejar dinero en el banco, aun si ignoramos la inflación. Y por otro lado, los bancos centrales buscan obsesivamente la inflación, por la que no dejan de suspirar continuamente en la letanía de sus comunicados oficiales. “¡No conseguimos la suficiente inflación!” lloran una y otra vez, lo que debería dejar atónito al más sufrido lector de noticias, cuando siempre se nos dijo que el motivo fundacional de los bancos centrales era proteger el valor adquisitivo de sus monedas y por ende luchar contra la inflación. La razón para esto, claro está, es que en una economía de deuda como la que tenemos la inflación es ventajosa, puesto que hace más baratos los pagos futuros. Los bancos centrales, que no son sino los consorcios de los bancos privados con la bendición del estado, hacen todo lo posible por exacerbar la economía de la deuda.

Así pues, los bancos quieren tener libertad para imponer tipos negativos y que la gente tenga que pagar por su dinero en el banco. Como en tales circunstancias los ahorradores prefieren sacar el dinero y tenerlo en efectivo porque conserva mejor el valor que los depósitos, la única forma de impedirlo es terminar con el dinero en efectivo mismo. Este es el plan, tal es la solución final.

El Banco Central Europeo fue el primer gran banco en aventurarse en las aguas de los intereses negativos en junio del 2014, con un modesto 0,3 por ciento. Le siguieron los bancos centrales de Suecia, Dinamarca y Suiza, que ya lo había hecho anteriormente en los setenta. ¿Cuánto por debajo de cero puedes llegar? El límite lo pone la conyuntura, no la vergüenza. Pero si el dinero en efectivo se reduce a un rango residual, se ha conseguido eliminar el principal obstáculo.

Dicho sea de paso, el hecho de que ahora se lamenten en los bancos centrales porque no hay suficiente inflación, y de que se castigue sin disimulo al ahorro, al que hasta ayer se consideraba fundamento del capitalismo, es algo que supera las más gruesas parodias. Es el signo más cierto de que ya hollamos el territorio del postcapitalismo, aunque aún no nos atrevamos a reconocerlo. Y no queremos reconocerlo porque no queremos admitir que el periodo posterior al capitalismo podría ser peor en diversos aspectos a su predecesor, o que su predecesor no apuró el cáliz de sus males. Al menos, si llamamos postcapitalismo a la fase en que ya carecen de relevancia las contradicciones que en una fase anterior hubieran socavado sin remedio su discurso y su sistema. Ahora no lo socavan, luego se está abriendo una nueva época y ante las temibles implicaciones de esto muchos lo prefieren ignorar. Penalizar el ahorro también significa oponerse al motor de la movilidad social, que hasta ahora era la válvula de escape del sistema para el descontento social. Siendo esto tan peligroso, ¿qué es lo que se pretende? Al menos hablando en términos económicos clásicos, si no ahorras, lo único que te queda por hacer es consumir o jugar en el casino de la bolsa. Y este es el rol lubricante que se espera del nuevo microsiervo.

Los intereses negativos y la captura o confiscación del dinero de la población es prácticamente el único y último grado de libertad importante que tiene un sistema bancario-estatal que parece haberlo intentado absolutamente todo y que, mientras navega a la deriva por un mare tenebrarum de derivados financieros y activos tóxicos contempla que los paños calientes de la última crisis tienen un efecto marginal cada vez menor. No podrían “estimular” la economía ni aunque empezaran a repartir billetes con helicópteros. Así que la cuestión es el cómo y el cuándo.

Si la prioridad la establece la urgencia, lo primero es tener algo de aire a nivel financiero, y lo inmediatamente posterior, ante la inestabilidad creciente, es fortalecer los mecanismos de control a través de esta nueva vuelta de tuerca financiera. Pues a veces, como cuando se habla del dinero en helicópteros, parece que el problema, más que el propio dinero, es mantener sujeto al conjunto del tinglado y de la gente. En lo grande es imposible separar lo económico de lo político.

Las crisis, ya se dijo, jalonarían esta limpieza del dinero en efectivo. Las primeras restricciones importantes en países europeos vinieron tras el 2008. Si el hundimiento en bolsa de las punto-com en el 2000 biseló el cambio de milenio, la crisis sistémica del 2008 es el primero de los tres grandes golpes que, a lo sumo, puede aguantar este sistema antes de desmoronarse por completo. Y es que el colapso no es un acontecimiento sino un proceso, y como todo proceso tiene su ritmo. Los tres golpes pueden recordarnos los tres soplos del lobo en el cuento de los tres cerditos. La segunda gran crisis sistémica podría haber empezado ya, aunque una discreción que es de agradecer nos habría ahorrado el susto. Ya nos hemos acostumbrado a pensar que no hay crisis que se precie sin un Lehman Brothers o un hundimiento espectacular en la bolsa; pero ahora podría ser distinto, puesto que en el 2008 los bancos centrales no estaban bombeando el dinero a marchas forzadas para seguir inflando los mercados (bolsa, bonos, vivienda) y ahora sí. Los indicadores generales pueden ser ahora iguales o peores que en el verano del 2008, pero el descenso, a decir de Charles Hugh Smith, podría parecerse más al de un avión que va quedándose sin combustible que a una caída en picado. No es que vaya a faltar el suministro de dinero, pero, como con cualquier adicción, el aumento de las dosis tiene efectos decrecientes.

Aun ignorando tantas cosas, podemos abonarnos a la idea de que continuarán las crisis cada 7 u 8 años como ha venido siendo la tónica en los últimos dos siglos; el año 2016 tiene entonces grandes probabilidades de ser uno de estos años críticos incluso sin la presencia de los detonantes habituales. Más simplemente, podría ser el año en que se reconociera que las políticas monetarias que se han venido usando como medicina no tienen efecto, permaneciendo una larga serie de problemas sin resolver o agravados. Las crisis periódicas del siglo XXI tienen esto de notable. Antaño el efecto destructivo de los ciclos de negocio se veía compensado, después de todo, con otro efecto de limpieza y renovación relativos, para hacer bueno aquello de la “destrucción creativa” de Schumpeter. Pero ahora lo que vemos es que los vicios se agrandan, acentúan y se enquistan mientras se crean fortalezas y murallas contra la innovación. En general, vivimos una época de enfeudamiento mucho más que de innovación efectiva, lo que no quita para que el potencial de innovación sea hoy mucho mayor que en otras épocas. De aquí precisamente los muros defensivos.

Y además, como ya se ha notado abundantemente, a este sistema-mundo ya casi se le han acabado los nuevos mercados (espacio), el efecto novedoso de casi todo lo vendible (renovación en el tiempo), y tampoco espera nadie nuevos ciclos tecnológicos con capacidad de reciclar el trabajo perdido y el capital que busca rendimiento. Así nos adentramos en el estancamiento del producto global con captura de rentas por unos pocos y el desmoronamiento interno de la estructura social por choques sucesivos. El mismo éxito y eficiencia del sistema para conseguir sus propios fines se convierte, en un entorno con márgenes cerrados, en la mejor garantía de su deceso. Lo que llamamos “morir de éxito”.

Si todo esto es así el efecto de crisis sucesivas en estas primeras décadas del siglo es a la larga mucho más demoledor, pues lo sabemos muy bien, no hay recuperación por más que se pretenda lo contrario. Y si no hay recuperación, con el primer golpe el sistema se estremecerá, con el segundo se tambaleará, y con el tercero caerá. Los años de estos golpes serían, grosso modo, 2008, 2016 y 2025. Hacia mediados o finales de la próxima década estaremos entrando en otro mundo, otro sistema, por la sencilla razón de que el actual será ya inhabitable. Pues justamente cuando un sistema es incapaz de reformarse el hundimiento está garantizado. Parece una proposición autoevidente.

Cuanto menos posibles las reformas, más segura la caída o más profunda la transformación. Dado que la presión colosal del “éxito” del sistema fuerza todo a ello, incluidas las oligarquías y los gobernantes. Si queremos verlo así, puede augurarse, más que una muerte, una “Gran Transformación” de pareja magnitud a la estudiada por Polanyi, pero, colonizado ya todo el espacio de acción, mucho más concentrada en el tiempo. Si todo pasara por las alternativas entre banca y estado, tal como enfatizan las opciones electorales, estaríamos más que condenados. Puesto que ambos no son una alternativa sino un tándem, desde los tiempos que estudiaba Polanyi, y de forma infinitamente más orgánica ahora. Pero es improbable que un tiempo sometido a tensiones tan violentas no tenga potencial para engendrar bifurcaciones. Y la bifurcación no puede estar causada por la falsa alternativa que nos lleva de cabeza, sino por todo lo que ésta reprime o no deja ver.

A vueltas sobre el sistema monetario: “Todo está sobre la mesa.” La eliminación del dinero en efectivo es la eliminación del “dinero sin control”, por lo tanto, aunque hasta ahora se asoció el dinero con la libertad, desde ese momento todo dinero será control. El dinero inmóvil pasaría más desapercibido, pero quién asegurará que hay algo inmóvil aquí. Esta eliminación del efectivo, debería llevar, si se siguiera el curso natural del relevo generacional y la presión por el acostumbramiento, no más de dos o tres décadas. A ese ritmo, y con una presión sostenida, casi ni nos daríamos cuenta. Pero vemos que la urgencia aprieta y no hay ya más trucos ni remedios monetarios en la recámara. Parece que la única medida que puede dar aire al sistema financiero en los niveles de tensión actuales y futuros es el disponer de todo el dinero y de forma tan completa como sea posible. Y si es posible, ¿por qué conformarse con menos?

Con todo se diría que los que se preocupan por la guerra a los billetes no acaban de ver la jugada. Y es que, después de todo, la cantidad de dinero en efectivo ya es muy pequeña, es una parte bien modesta de lo que se considera dinero en nuestras economías. En los Estados Unidos, 1,36 billones de dólares, en una economía de 17,5 billones. Algo así como un 7 por ciento, y unos 4.000 dólares per cápita. La mayor parte es billetes de 100; los billetes de 10, 5 o 1 dólar sólo hacen menos de un 4 por ciento del efectivo, o menos del 0,28 por ciento del producto bruto. En la eurozona el porcentaje puede ser algo mayor, según los países, pero disminuyendo y en el mismo orden de cifras. En definitiva, el dinero en efectivo ya es casi residual para el conjunto de la economía, lo cual nos lleva a un serio corolario: los enormes números de gente para los que el dinero en billetes es una parte central de su actividad son también, desde el punto de vista económico, un mero residuo. Para nuestro sistema valen mucho más como voto que como economía.

Así que cuantitativamente la desaparición del dinero en efectivo es pan comido y bien poca cosa. No da para ningún tipo de “Gran Transformación”. Pero lo que está en juego no es ese modesto porcentaje. Hay más incluso si dejamos para el final las consecuencias sobre la libertad, que ahora tan poco parecen importarnos.

Hace mucho que el sistema monetario en todo el mundo gira en torno a la reserva fraccional. Sólo una parte mínima, un 5% o menos, del dinero en existencia es fabricado por las planchas del banco central. Esta es la base monetaria, constituida por el dinero legal en circulación más las reservas de los bancos en el banco central. El resto del dinero no es depósitos de los ahorradores, sino que lo crean los bancos comerciales de la nada con los préstamos. En realidad, es el que pide el préstamo y compra el que crea el dinero, pero de bien poco le sirve. Desde luego, al banco comercial sí le sirve a la maravilla semejante procedimiento. Incluso el Banco de Inglaterra aclaraba y subrayaba el hecho en un comunicado reciente [4]. Cuando menores son los requerimientos de reservas de los bancos, más veces puede el banco comercial multiplicar el dinero que le llega de su padre el banco central a unos intereses muy cercanos a cero; pero por otro lado mayor es el riesgo en caso de que los clientes con depósitos demanden su dinero. A pesar de todo y como tendencia los porcentajes de dinero en reserva han estado disminuyendo sostenidamente en casi todos los países a lo largo del tiempo.

La creación de dinero por extensión del crédito está en el origen de los ciclos de negocio con sus burbujas hinchándose y reventando con sorprendente periodicidad, como la simple lógica y los más detallados estudios demuestran. Es decir, la terminación de las crisis periódicas, al menos en su mayor parte, era algo que se podía haber logrado hace siglos, con sólo que el único dinero en circulación fuera el que emite el estado y exigiendo la integridad de los depósitos. Y no sólo eso, se hubiera terminado con el endeudamiento crónico de los particulares y de los órganos públicos, y con la febril y destructiva necesidad de crecer a cualquier precio. Pero como lo que se buscaba era eso, dentro del marco del estado nunca se ha conseguido restituir la emisión del dinero a su única legalidad posible.

La prueba es que las burbujas y ciclos de negocio por causas endógenas empiezan con la reserva fraccional, y son prácticamente desconocidas antes. El Banco de Inglaterra se funda en el 1694, más o menos los años de los Principia de Newton, y los años en que aflora el impulso notorio de la “Gran Transformación” que glosa Polanyi.

La última vez que hubo un clamor importante por volver al dinero del estado y las reservas íntegras fue en las secuelas de la Gran Depresión, en lo que se conoce como el “Plan de Chicago”, apadrinado por grandes economistas de la época como Irving Fisher. La Reserva Federal sólo hacía 20 años que se había creado, pero ya era de lejos el mayor poder del país, y naturalmente F. D. Roosevelt terminó por desestimar la propuesta para adoptar medidas de gasto público infinitamente más tibias. Incluso muchos años antes grandes industriales como Edison y Ford habían abogado por el dinero del estado, preguntándose por qué estúpida razón el pueblo de los Estados Unidos tenía que pedir 30 millones de dólares de su propio dinero para tener que pagar 66 sumando todos los intereses. Qué tiempos aquellos en que todavía eran posibles guerras entre los industriales y la banca.

Incluso el ínclito Milton Friedman suscribió decididamente el Plan de Chicago, al menos de palabra. Algunos dirán que una medida que era promovida por grandes industriales o por Friedman no puede ser, por decir lo menos, “progresista”. Pero olvidémonos para variar de los bandos y atengámonos a la letra: ¿Por qué todos están obligados a pagar deudas, y el estado el primero, cuando el mismo estado es el que hace el dinero? ¿Qué había de derechas o de izquierdas en reclamar que el dinero volviera a ser exclusivamente estatal? Y sin embargo los llamados partidos de izquierdas nunca han tenido el valor de pedirlo, tal vez porque sepan mejor que nosotros los parámetros en que se mueven. Incluso se habla a menudo de la nacionalización de la banca, pero nunca de acabar con la creación del dinero por el crédito, de acabar con el sistema de la deuda crónica. ¿No es ésto realmente extraño?

Los prestamistas, no “la burguesía”, son los arquitectos de la era de las revoluciones burguesas. Son ellos los que están detrás del derrocamiento de las monarquías, de los parlamentos y las constituciones. Las mismas “revoluciones burguesas” son sobre todo revoluciones monetarias. ¿Por qué si no los estados tienen que pedir a los banqueros el dinero que ellos mismos fabrican y pagar indefinidamente intereses? Muy pocos son los que, como Alejandro Nadal, se han preguntado de dónde viene el llamado “mito de la independencia del banco central”, es decir, de que el banco central deba ser por completo independiente de los gobiernos. Y la respuesta bien evidente está en la misma historia: La confiscación del dinero necesitaba una justificación, y a menudo se empujó con engaños y guerras, siempre el mayor negocio del mundo, a que los gobiernos abusaran de su legítimo derecho de emitir dinero. Tras desvaluaciones escandalosas, se exigió y se aceptó el que “algo tan serio como el dinero pasara a manos responsables”. A veces ni siquiera se tuvo que forzar mucho la mano, y bastó con mantener el asunto en círculos cerrados bien avenidos y lejos del debate público: “pactos de caballeros”.

Aunque a menudo muy discreto, este es el rasgo aislado más importante de las revoluciones de la era del capital -todas para el caso-, pero, maravillas de la perspectiva, ¡el marxismo consiguió ignorarlo por completo! Tanto más se habla del capital, tanto menos del dinero. Más aún, uno se entera con pasmo de que en la Unión Soviética, y es de suponer que en todos los países socialistas, el sistema de creación del dinero siguió siendo ¡la extensión del crédito como en la denostada economía burguesa! La misma reserva fraccional, el mismo perfecto símbolo y fulcro de la especulación. La reserva íntegra es consustancial con el dinero sin intereses, y, aun quedándose siempre por arbitrar cómo y a quiénes se concede el dinero, es, al menos por concepción, simple, legítima, legal e igualitaria. La reserva fraccional por el contrario está llena de trucos y su extremada complicación sólo se justifica como un plan especulativo y oligárquico para consolidar el control y el privilegio. No sólo tiene un espíritu ilegítimo sino que es contaria a la legalidad del dinero en el estado incluso si es legalmente sancionada. Se equivocan muy groseramente los que dicen que la industrialización forzada de la Unión Soviética fue un trágico error: eso y mantener el poder era el único plan, y Stalin sólo aumentó el impulso inicial. La praxis monetaria lo prueba. El entusiasmo de Lenin por el sistema bancario capitalista, por su capacidad de control se entiende, forma el contraste perfecto con la oportuna inopia de Marx: “Sin grandes bancos, el socialismo sería imposible. Los grandes bancos son el aparato del estado que necesitamos para traer el socialismo, y que tomamos ya hecho del capitalismo... Un sólo Banco del Estado, el más grande de los grandes, con ramas en todo distrito rural y fábrica constituirá tanto como nueve décimos del aparato socialista.” [5] La última cursiva es mía. En cuanto al genio de Tréveris, parece ser que creía que en la sociedad socialista ya no haría falta el dinero, como con Apple Pay.

Amador Fernández-Savater recordaba hace poco a Curzio Malaparte para hablar de la revolución como problema técnico. Basándose en especial en lo visto en la Revolución de Octubre, Malaparte articula la tesis sobre la primacía de las infraestructuras, del poder logístico o técnico. Malaparte, y tantos otros, parecen estar pensando sobre todo en los medios de comunicación y “otros servicios públicos”. Sin duda el control de los medios puede ser decisivo para que un grupo llegue al poder; pero al final es el grifo del dinero el que consolida al régimen. Si las infraestructuras materiales hacen posible el presente, el dinero y el crédito gobiernan el presente y el futuro. Y además apoderarse del Banco del Estado en Petrogrado y sus planchas de hacer billetes fue una prioridad absoluta que los bolcheviques llevaron a cabo el primer día de su golpe.

El dinero puede necesitar infraestructuras para ser fabricado e intercambiado, pero es mucho más que una infraestructura. Como el fabuloso mercurio de los viejos alquimistas, juega el papel de intermediario entre lo bajo y lo alto, o si se quiere, entre las infraestructuras materiales y las superestructuras formadoras. Y por supuesto no hablamos sólo de su cantidad sino de los aspectos cualitativos de su almacenamiento y circulación. Ignorar el dinero en la sociedad es como pretender hablar del entendimiento humano haciendo caso omiso del lenguaje, puesto que es el agente que ha hecho posible toda la diversidad y complejidad social. Y sin embargo esta imposibilidad completa el marxismo la ha sorteado como si nada cegándose en la producción y con el uso más romo y abstracto de la palabra “capital”, entendido meramente como acumulación y lógica de la acumulación. La circulación se reduce a poco más que a la plusvalía y el circuito de la mercancía. Pero incluso a mediados del siglo XIX eso era ya un asunto derivado y secundario, y Marx no era tan primaveras como para no saberlo.

No voy a entrar ahora a juzgar de dónde viene esta fobia de “la izquierda” por hablar en profundidad del dinero, pero se diría que para ellos es de mal gusto, como entre la gente rica y fina. Es mucho mejor hablar de las cuestiones sociales, aun cuando Lenin estimara que la banca era nueve décimos del aparato socialista. O del capital en la más abstracta de las formas, en una filosofía que se precia de su concreción, su agudeza crítica, su praxis y su radicalidad.

Hasta hoy esta ha sido la tónica. Los partidos que hablan de reformar el sistema desde dentro y ni siquiera se plantean la posibilidad de acabar con este sistema monetario no pueden buscar finalmente otra cosa que el acomodo. Y es más que cómico que hablen de que una política “no es suficientemente de izquierdas” cuando algo que propusieron reiteradamente Edison, Ford o Milton Friedman les parece “demasiado a la izquierda de lo posible.”

Claro que las cosas podrían cambiar en breve, si es cierto que no hay mucho tiempo y la urgencia acelera las cosas. Ahora la izquierda del sistema, desesperada por dar con un nuevo banderín de enganche, podría incluso hablar del dinero. Como lo oyen. A mediados de septiembre surgía un llamamiento por parte de nada menos que Jean-Luc Mélenchon, Stefano Fassina, Oskar Lafontaine y el omnipresente Yanis Varoufakis por un plan B en Europa. En él decían: “Un gran número de ideas están ya sobre la mesa: la introducción de sistemas paralelos de pago, monedas paralelas, la digitalización de las transacciones en euros para solucionar la falta de liquidez, sistemas de intercambio complementarios alrededor de una comunidad, la salida del euro y la transformación del euro en una moneda común”[6]. Como se ve un poco de todo incluyendo las cosas más contradictorias y de la forma más vaga posible, aunque tampoco es que se pueda pedir mucho de una declaración de intenciones. Pero a juzgar por lo de la “digitalización de las transacciones”, parece que algo de la música les ha llegado a los oídos; y desde luego en Grecia saben lo que es el grifo monetario. La izquierda del ruedo electoral se muere por dar con una oferta resonante, y los bancos necesitan colaboración de partidos políticos de aire progresista que revistan de preocupación social medidas económicas y de control de otro modo infumables. ¿O es que esperamos que sean los banqueros los que anuncien la “gran confiscación”?

Para eso está el ala izquierda, que al menos quiere apiadarse del burro. Las consignas de “libertad” de los partidos “conservadores”, por más mendaces que sean, no se alinean bien con una medida de este cariz. La eliminación de los billetes puede venderse como “libertad del dinero” en la publicidad, pero en la arena política es otra cosa y no hay manera de conjugar “libertad” y “confiscación” en el imaginario conservador. Digo confiscación y empleo las comillas porque así es como la derecha, que vive en el binomio propiedad/expropiación, lo llama; y esto basta para hacer ver lo difícil que es hacer pasar estas medidas entre su base electoral. Más bien, estas medidas requieren argumentos en nombre de la lucha contra la desigualdad, de seguridad y amparo para el precariado; gente del estilo de Bernie Sanders.

Si el estado hubiera podido disponer de su propio dinero sin tener que pagar altos intereses a los bancos, un nivel alto de gasto público y un estado de bienestar sostenible se hubiera podido mantener sin mayores problemas, sin endeudamiento, y salvaguardando la soberanía; además de habernos ahorrado la desigualdad galopante, la destrucción espuria y la mala asignación de la inversión con las burbujas. Pero con los mecanismos bancarios actuales todo esto se hace imposible, y los que dicen lo contrario dan la impresión de trabajar para los bancos. ¿Cómo si no podría aumentarse el gasto público sin aumentar la deuda en su favor? Hasta ahora ni siquiera han intentado explicarlo.

Pero en el nuevo mundo que acecha las imposibilidades pueden tener vía libre. Y es que, por si algún despistado no se ha dado cuenta, si eliminamos el dinero en efectivo ¡podemos inflar la base monetaria practicamente sin límite! Al menos, sin los viejos y odiosos límites que imponía el dinero de papel, pues si no hay dinero que retirar y que ponga en riesgo a los bancos, éstos ya no necesitan rendir cuentas. Sin embargo la “congelación” de los deudores aún será más rápida, eficaz y contundente. Todos deberán al banco pero el banco ya no le deberá nada a nadie, sino tan sólo a los arcanos de consistencia de su sistema. Sería su libertad definitiva... para darle forma al mundo a gusto, pues de qué vale el tiempo libre y aun la eternidad sin un buen juguete.

Así si que tendrían en su poder hacer realidad los sueños de los neokeynesianos más desaforados, tipo Warren Mosler. Con tal de que te endeudes -y recuerda que podemos congelarte- sigue pagando la casa. La casa podría ser incluso muy generosa con la gente de buen comportamiento. Mientras tanto el seguimiento electrónico en tiempo real de producción, consumo, flujos de capitales y personas, permitiría reírse de viejos y obsesivos fantasmas de la inflación, deflación, y todo lo demás. Esto mismo sería el juguete, esta su ludoutopía. La singularidad, el punto omega y el final feliz del capitalismo ficción tendría que ser ése. Claro que llegando a ese punto, para hablar en gerundio, habrá que ir dirimiendo todo tipo de diferencias sobre riqueza e influencia, trasparencia y opacidad en la decantación de las élites como señores de la instrumentalidad -una decantación infinita pero enamorada del tiempo para alegrarnos la vida a todos. Aquí este banco, allí Apple, más allá el Pentágono, más cerca ese magnate que todavía no sabía que Apple venía del ejército pero que gracias a un agente de la CIA se entera de que la NSA se la ha arrebatado a ella... Como Bilderberg pero subiendo las apuestas.

Probablemente los obstáculos más serios para que esto se lleve a cabo no están en la esfera de la política doméstica o la resistencia social, sino en la concertación de las medidas monetarias y su gradación temporal entre los principales estados y economías. No es sólo que unas divisas podrían intentar tomar ventaja sobre otras, tampoco sabemos hasta qué punto las divergencias entre naciones con una presunta guerra económica como Estados Unidos, Rusia y China son insalvables o pueden llegar a serlo, coartando cualquier concertación. Además, hoy por hoy, resulta tal vez más difícil imaginar a China sin billetes que a los Estados Unidos o la Eurozona. En medio de presuntas guerras soterradas, de reparto de áreas de influencia por tratados comerciales y las tensiones que podrían añadir nuevas recaídas económicas, he aquí la gran piedra de toque para averiguar qué puede más finalmente, si la oligarquía financiera sin fronteras o los intereses cautivos de los estados nacionales.

De todos modos, que la nueva vuelta de tuerca monetaria es perfectamente posible, y no un escenario distópico, lo demuestra mejor que nada la indiferencia generalizada que existe y ha existido siempre ante la apropiación ilegítima de los bancos centrales por la banca privada. Si lo han hecho hace mucho tiempo y la gran mayoría ni siquiera acusa de dónde vino el golpe, ¿por qué no habrían de hacerlo una vez más? Lo verdaderamente increíble, lo que da tanto en qué pensar, es que esto haya pasado tan desapercibido. Los partidos políticos, más que denunciar la situación, estarían más bien dispuestos a echar una mano en caso de que la banca requiera más ayuda -especialmente si se vuelve a ofrecer como contrapartida aumentos de gasto público y un cierto retorno del “estado de bienestar”. Como siempre, se trata de jugar con las dos alas del sistema al palo y la zanahoria, al miedo y la esperanza; y después de los excesos turboliberales de las últimas décadas ya está en el orden del día cómo ofertar algo de “redestribución” desde arriba. Y si esto no se logra por la vía de los impuestos, lo que hoy en día es más que dudoso, no se nos ocurre más vía que la indicada.

Otras monedas, otros ámbitos Aunque tentativamente damos un plazo de diez o quince años para el cierre definitivo del sistema monetario sobre nuestras cabezas, en este mismo año veremos avances significativos en esta dirección. Por un lado el fracaso manifiesto de la expansión monetaria obliga a los estados a buscar refugio en “la solución final”. Por otro lado vemos que, mientras aumenta la penetración y la carga publicitaria del pago móvil grandes bancos mundiales como Goldman Sachs se animan a entrar en el mercado de las criptomonedas no sólo por ventajas obvias de agilidad comercial sino para ganar “profundidad estratégica”.

La perspectiva puede parecer ominosa, pero la aparición de monedas no estatales es la reacción inevitable que ha de manifestarse justo cuando la concentración de poder del sistema monetario imperante amenaza con hacerse absoluta. Pero tener su propia criptomoneda con su encriptación y sus cadenas de bloques no es algo que sólo puedan hacer los bancos. Si se les permite a los bancos, no se le puede prohibir a ningún agente o comunidad, no importa lo pequeña que sea, si es que puede desarrollarla. ¿Y si no se permite? Es casi imposible prohibir las criptomonedas, ante ellas al estado sólo le caben dos alternativas: el ataque informático, o la persecución policial de los usuarios como delincuentes.

Justo cuando el círculo parece cerrarse surgen las bifurcaciones; éstas son completamente inesperada y nada tienen que ver con pesados antagonismos dialécticos.

En su libro “Un mundo radicalmente beneficioso: Tecnología, automatización y creación de trabajo para todos” Charles Hugh Smith propone un nuevo tipo de comunidades basadas en su propia creación del dinero, a las que denomina abreviadamente CLIME, acrónimo en inglés para Community Labor Integrated Money Economy, o Economía de comunidades de dinero integrado en el trabajo [7]. Las comunidades CLIME quieren ser sistemas distribuidos e igualitarios de pertenencia voluntaria creados para cubrir necesidades concretas y cuyo trabajo es pagado con dinero creado por la misma comunidad. Esta propuesta se deja incluir muy bien dentro de una corriente amplia y plural de movimientos horizontales o desjerarquizados que asumen la descomposición del actual sistema y lo ven como una oportunidad para construir algo nuevo desde abajo y desde los intersticios que se abren. Aquí la horizontalidad se entiende ante todo como un principio de democracia económica con un modelo práctico que pueda sostenerse, prosperar y hacer un inmenso número de cosas que a los grandes agentes del modelo actual no les interesa hacer. Tendemos a asumir que el estado y las compañías buscando el máximo beneficio, en su degradada simbiosis, forman la economía sin más. Pero la economía comunitaria es un tercer sector irreductible a los anteriores por diversas razones: 1. Permite prioridades y metas fuera de la lógica del máximo beneficio, sin estar financiadas por el estado. 2. Se basa en la propiedad y la operación local sin estar controlado por agencias ni jerarquías externas, incluyendo la provisión de dinero. 3. No puede endilgar los riesgos de sus decisiones a otros, como ocurre continuamente con grandes empresas y burocracias. Pero ya el primer punto es suficientemente amplio, pues por más que se nos quiera hacer ver lo contrario, hay muchas más necesidades que no se rigen por la lógica del máxmo beneficio que las que se rigen por él. Para sacar provecho de este hecho hay que crear una infraestructura que permita a la gente prosperar trabajando y recibiendo servicios dentro de otra lógica impuesta por las comunidades pero que no se encierre en ellas.

Las comunidades CLIME aceptan el principio de competición y sus miembros tienen libertad para entrar, salir y buscar otras comunidades, así como a pertenecer a varias a la vez, o incluso estar trabajando simultáneamente fuera de la economía CLIME. A lo que sí se comprometen es a aceptar siempre su moneda como forma de pago.

La economía CLIME es distribuida, descentralizada y por lo tanto escalable: se puede extender de un centenar de grupos a cien mil o un millón con muy poco costo central dado que cada grupo añade su propio servidor y contribuye con un mínimo al mantenimiento del sistema global. CLIME emite su propio dinero y se autofinancia después de que ha puesto a punto sus cinco motores de software: 1. Para organizar la comunidad. 2. Para la acreditación entre iguales y verificación del trabajo. 3. Para la distribución, administración y emisión de su criptomoneda. 4. Para un mercado global de bienes y servicios producidos por individuos y grupos de comunidades. 5. Una cámara de compensación y transacción para la moneda CLIME. Los cinco motores están automatizados y de su software ya existen ejemplos con un éxito probado: 1. ICANN o Linux para la administración privada sin ánimo de lucro de sistemas globales; 2. Yelp para rankings privados; 3.Bitcoin para una moneda no estatal global; 4. Craiglist para un mercado privado y compra-venta entre iguales. El quinto motor, para transacciones y compensaciones cuantitativas de moneda es aún menos complejo y hay montones de alternativas disponibles. Todos estos sistemas son de bajo coste y pueden extenderse indefinidamente; ya se usan a diario por millones de personas, y sólo hace falta reorganizarlos con una nueva finalidad. Se basan en el texto y requieren una memoria modesta para las actuales estándares.

A pesar del soporte informático las comunidades CLIME son en principio comunidades locales reales, no virtuales, con necesidades muy concretas que cubrir. Se dedica una porción importante del tiempo a la verificación del trabajo ejecutado y a la prevención del fraude, lo que es indispensable para que el perdure el sistema. Pues si no se ejecuta el trabajo por el que se paga, la moneda, que no tiene otro respaldo que el trabajo, pierde valor.

Así pues, la moneda CLIME toma de Bitcoin la tecnología básica de la cadena de bloques, pero no el sistema de minería para la asignación del valor. No es, pues, una moneda basada en la escasez, como podría ser Bitcoin o el patrón oro, que siempre se prestarán a la especulación por acumulación y a la concentración de poder. El respaldo es el trabajo: a trabajo hecho, dinero hecho según la valoración pertinente. Una moneda así es inmune a la inflación siempre que el trabajo produzca algo que es valioso y escaso en la comunidad.

La moneda CLIME, llámese como se llame, es aceptada con idéntico valor por cualquier otro grupo CLIME en cualquier parte, aunque los costes de la vida puedan ser muy diferentes. Corresponde a los grupos establecer la compensación del trabajo en cada lugar. Por otro lado, la cámara de compensación puede establecer los cambios con las monedas exteriores al sistema, las divisas ordinarias de todos conocidas, o incluso otras criptomonedas privadas que vayan emergiendo.

En principio cabe ver esta economía como un gran mercado negro creciendo a la sombra de la economía ordinaria y buscando su propio sol. ¿En qué es en lo primero que uno piensa si le dicen que van a prohibir el uso de billetes o de cualquier otra cosa? En el mercado negro, naturalmente. Por otra parte, y junto a otras propuestas parecidas, las comunidades CLIME pueden ser una excelente idea, pero encuentra su mayor obstáculo en la masa crítica de usuarios necesaria para que su moneda goce de aceptación y apreciación. Para superar este barrera se apela al efecto multiplicador de la red, en que el valor de una utilidad depende del número de usuarios. Como es sabido, si sólo hay cien teléfonos su utilidad es tanto menor que si hay cien millones, y lo mismo ocurre con las monedas. Aquí este efecto red podría despegar más fácilmente porque la red de redes y sus terminales ya están hechos, y sólo hace falta que esta utilidad tenga una demanda suficiente.

Y aquí es donde mejor puede apreciarse la complementariedad de los dos movimientos, el del estado-imperio- corporativo por cerrar su campo de concentración de siervos monetarios, y el de las criptomonedas que intentan salir de esta prisión. El primero con todo a su favor parece tener ganada la partida, pero ahora le surge, medida por medida, una inopinada fuente de fugas. El segundo, en comparación, parece tan débil, y sin embargo nada puede fortalecerlo como la búsqueda de la exclusividad del primero. Hay empero un denominador común: ahora mismo, el agravamiento de la crisis del sistema actual favorece a ambos; más adelante, a medida que ambas propuestas cobren entidad, ya se irá viendo cuál es el desarrollo.

Una tentativa así de democracia económica con soberanía monetaria no pretende ni ser antisistema ni ser una alternativa política. Ve al conjunto del sistema actual como condenado e inviable, pero ve también que sin ser forzada por su creciente deterioro la gente nunca hará acopio de determinación para buscar otras cosas. Dado que esta caída no es un acontecimiento sino un largo proceso, no carecerá de puntuación histórica. Y es en el ámbito de tales inflexiones donde tal vez Hugh Smith se nos antoja menos previsor; pues para él, un sistema como el CLIME debería ser tolerado e incluso bienvenido por gobernantes inteligentes, en vista de su efecto amortiguador de la caída. Hugh Smith no se ocupa de las fuerzas que pueda haber en acción para buscar una forzada convergencia; los que están en la cumbre se resignarían sin más a ir perdiendo el control de las cosas. Pero rara vez se ve resignación en el poder.

Algunas consideraciones Un plan como el de la economía CLIME no es una improvisación surgida al amparo de las últimas tecnologías y algunas corrientes de moda, como la memoria selectiva de algunos podría hacerles creer. Más bien es una propuesta que intenta resolver con medios nuevos problemas que ya fueron correctamente identificados por Proudhon y que siempre han estado en el punto de mira de las corrientes mutualistas. El problema más grande de la economía, nos parece, es el de su sistema monetario: quien controla el dinero controla todo lo demás. Y el problema más grande de la sociedad, y de la sociología que estudia la sociedad, es el de la oligarquías y los privilegios que determinan la estratificación social. Michels, aquel sociólogo alemán que se unió al partido fascista italiano, habló de “la ley de hierro de la oligarquía”, y si hasta ahora oligarquía y organización han sido sinónimos, aún está por ver hasta dónde puede organizarse lo humano sin estructurarse en niveles y jerarquías. Pero en el mundo moderno es indudable que el problema del grifo del dinero y el de la oligarquía financiera son uno sólo con dos aspectos diferentes. Proudhon ya lo había entendido antes de que viniera Marx a enturbiar todo convirtiendo el tema concreto y sensible del dinero en el oportunamente abstracto del “capital”, y el tema de privilegios no menos concretos en la omnímoda “lucha de clases”. La explotación venía de lejos, pero es justo con la industrialización que el crédito takes command como motor inmóvil del nuevo orden. Los circunloquios y devaneos para conseguir no hablar de esto, con la plusvalía y todo lo demás, son a menudo cómicos. Si a esto añadimos que en el capítulo de la historia se decreta la derrota del capital y el triunfo del proletariado como inevitables -la tesis más opiácea sobre el devenir histórico que quepa concebir- uno puede comprender la utilidad de sus análisis.

Pero la época de las adhesiones masivas dirigidas por unos pocos pasó a mejor vida, y lo que vemos ahora es una proliferación de tentativas de vocación horizontal con una retahíla familiar -cooperativas, sistemas de comercio local o LETs, barrios autiogestionados, producción y negocios entre iguales (P2P), asociaciones de ayuda mutua, el procomún, tecnología a escala humana, agricultura comunitaria, economías informales, determinadas organizaciones no gubernamentales, y así sucesivamente. No se puede dar un juicio homogéneo sobre proyectos tan dispares, pero está claro que la idea subyacente y la motivación está en ir más allá de la burocracia estatal y la lógica corporativa adueñándose de los espacios en que se revela su falta de pertinencia e incompetencia.

Ciertamente no faltan iniciativas de este tipo, y prosperarían incomparablemente más si se acierta a encontrar una solución lo bastante general para su financiación. Algunos dirán que no es necesaria ni deseable una solución universal, puesto que puede haber infinitas maneras según las circunstancias de conseguir el dinero o medios necesarios. Los LETs o sistemas de comercio local con su propio crédito sin interés fueron tal vez la primera respuesta a esta necesidad, pero como modelo no ha experimentado “el efecto red” y el interés se ha desplazado a otras fórmulas, como las monedas de tiempo, que tampoco trascienden la marginalidad.

Como vemos, todas estas iniciativas nacen en la marginalidad, pero tienen nostalgia de la universalidad -o al menos de sus ventajas. Es a lo que nos han acostumbrado las grandes divisas cambiables en cualquier parte del mundo; pero no sólo ellas, puesto que “el movimiento del espíritu”, como el del dinero, toma ya como punto de partida lo global abstracto para dirigirse a continuación a los particulares.

Dije de pasada que contra las criptomonedas sólo se podría luchar por el ataque informático o por la persecución policial de sus usuarios, ambos a menudo combinados, por la ventaja estructural con que cuentan los estados en materias de espionaje y vigilancia. Claro que hay una tercera posibilidad muy en el flujo natural de este proceso, y que no excluye para nada las anteriores: multiplicar las opciones de criptomonedas para dividir a los usuarios e impedir que alcancen masa crítica, un poco como se neutraliza un partido nuevo con otro nuevo más, aunque con una dinámica de de proliferación más virulenta. Visto lo de Goldman Sachs, algunas o muchas de las criptomonedas podrían reconducir el vellón de los usuarios a la Criptarquía sin tan siquiera ellos saberlo. Ante estos riesgos evidentes, no hace falta decir que uno debería juzgar siempre una moneda por la trasparencia intrínseca de su funcionamiento; pero simultáneamente nadie se hurta a la “fuerza” de la moneda en cuestión, al cómo y a cuánto se cambia. En estas condiciones, una guerra de criptomonedas estaría cantada.

Una de las características peculiares del sistema CLIME de Hugh Smith es que no tiene crédito. Se emite dinero, pero no se emite crédito. No hay banco, por lo tanto. Esto es notable porque la mayoría de los modelos de los reformadores monetarios quieren acabar con el endeudamiento, pero no juzgan necesario prescindir del crédito -éste puede extenderse a unos intereses nulos o mínimos. En el CLIME el dinero surge del trabajo y nada más. Esto lo hace mucho más trasparente, aunque muchos juzgarán que el crédito es una institución demasiado poderosa como para prescindir de ella. Si un usuario del CLIME necesita dinero por adelantado, tendrá que buscarlo, o a nivel informal dentro de su comunidad, o en otras instituciones fuera del sistema.

Hugh Smith divide la riqueza en capital tangible, capital intangible, capital simbólico y de infraestructura. El capital tangible lo integran el capital financiero (dinero en efectivo, inversiones comercializables), el capital natural (toda la naturaleza) y el capital fijo (maquinaria, herramientas, redes de comunicación...). El capital intangible se desglosa en capital humano (conocimiento y experiencia), capital social (relaciones que hacen posible el comercio y la cooperación productiva) y capital cultural (las instituciones sociales y políticas que hacen posibles los aumentos productivos) El capital simbólico comprende a las herramientas conceptuales que hacen posibles nuevas formas de ser productivo (por ejemplo el concepto de crédito o el movimiento de software libre). Finalmente el capital de infraestructura es el conjunto de todas las otras formas de capital trabajando unidas y que es más que la suma de sus partes (para ver la falta de infraestructura imaginemos a un potentado “hecho a sí mismo” caído en un desierto sin ninguna forma de poder disponer de su riqueza, sus conocimientos, sus habilidades).

Estas diferentes riquezas englobadas bajo la expresión “capital” siempre serán algo otro que una cuestión de dinero o capital acumulado, aunque se diría que el espíritu del capitalismo, en última instancia, quiere reducirlo todo a dinero, homogéneo, líquido y de disponibilidad ilimitada. El marxiano “todo lo sólido se desvanece en el aire”sí que se revela visionario y alquímicamente cierto, pues de lo que se trata siempre es de movilizar, y por tanto, de aumentar la parte volátil a expensas de la fija.

Que vivamos en una edad en que “todo es espíritu” lo prueba el que nada echamos tanto de menos como aquellas pocas cosas que el espíritu, ahora como mera inteligencia, no se ha asimilado. Antaño el espíritu era lo vivificador, hoy es lo que chupa la sangre; antaño era lo pacificador, hoy es lo que no deja nada quieto. Antaño era la olímpica independencia, hoy no es nada si no tiene algo que incordiar, aunque no deja de soñar en la Autocracia. La lista de contrastes podría seguir, ergo, sepamos poco o nada de lo que pueda ser el otro espíritu , todo lo que se presumía de él éste otro lo pone del revés a las mil maravillas. ¿Pero no suena como el colmo de las paradojas que los grandes bancos, los grandes atesoradores del capital y donde se supone que se pudre el dinero, sean los que más se quejan de la falta de liquidez? Claro que la liquidez no es dinero, sino, como nos explica puntualmente Wikipedia “la cualidad de los activos para ser convertidos en dinero efectivo de forma inmediata sin pérdida significativa de su valor”. Todo lo que no es obligación, hasta las piedras, son “activos”, con lo que ya está todo dicho. Y de los mismos pasivos u obligaciones ya se cuidan de hacerlos tan activos como se pueda.

Somos bien conscientes del gran excedente laboral para las demanda del sistema, pero se ignora en mucha mayor medida que hoy también hay enormes excedentes de capital -de capital financiero. Por eso el interés básico ronda el nivel cero y amenaza con con entrar en territorio negativo. Estos grandes excedentes sobrevuelan apresurados nuestras cabezas pero no traen lluvia porque lo que buscan es rendimientos altos que cada vez son más raros. Las causas de estos excedentes de capital, que es un fenómeno relativo con respecto al rendimiento, pueden ser opinables, pero el hecho es difícil de negar, y no han de quedar sin consecuencias. Incluso con grandes derrumbes bursátiles y la depreciación de sus valores, parece difícil de concebir la vuelta a un mundo con escasez de capital. La lectura más palmaria de estos excedentes es que vienen de los excesos de emisión de dinero por parte de los bancos centrales, pero tal vez seguirían dándose también sin tales excesos. Naturalmente, también tendría que ver con cómo se hincha la base monetaria con el fermento del interés para sacar dinero-deuda del aire, ese predominio creciente del volátil sobre el fijo que está en el núcleo duro del sistema. Y por supuesto, está relacionado con el interés mismo y las espectativas de rendimiento en la inversión. Pero, mirándolo en su conjunto, creo que es algo inevitable y crónico que expresa cómo el sistema fracasa a todas luces en asignar los recursos.

Lo cierto es que la gran mayoría de la población trabajadora es incapaz de aprovechar ese excedente del mismo modo en que el capital aprovecha el excedente de trabajadores; la asimetría no puede ser más chocante. Y en esto no hablamos de conseguir “créditos baratos”, lo que también se ha hecho poco menos que imposible, sino en hacer fuerza de esa debilidad del capital. ¿Cómo? Justamente, creando una moneda de trabajo para crear nuestro propio trabajo. Ni que decir tiene, la asimetría viene de la estructura vertical contra la libre circulación del dinero. Pero si sobran los trabajadores en el sentido ordinario y sobra el capital financiero, ¿qué hay hoy que sea escaso, qué hay que no sólo no pierda sino que aumente su valor? La respuesta de Hugh Smith es el trabajo con sentido, esto es lo que se está haciendo cada vez más raro. Y es difícil negarlo. Cada vez más, el significado, incluso en términos económicos, es otra de las cosas que tienden a evaporarse dentro de las coordenadas del estado corporativo. Es otro reflejo más del clamoroso fracaso en la asignación de recursos, de que tanto se preciaba el viejo capitalismo. En definitiva, el actual sistema encuentra una utilidad decreciente tanto en el trabajo como en el capital, o una creciente inutilidad, a la espera de que seamos nosotros quienes lo juzguemos prescindible. Ya vemos el peso que tiene la democracia política sin democracia económica; pero hablar de democracia económica sin soberanía monetaria también son palabras vacías. Y es que algunos de los que hablan de democracia económica parece que sólo esperan un paraíso de las PyMEs. La moneda que propone Hugh Smith para una economía CLIME es desde luego un concepto igualitario, lo que nadie puede prever es cómo se las puede arreglar en un escenario de guerras de monedas, choques económicos y tentativas del imperio para absolutizar su control monetario-policial.

Algunos siempre dirán que esta postura es economicista porque pretende reducir complejos problemas sociales y políticos a la esfera económica. Desde luego, aquí nadie está hablando de resolver todos los problemas, sino de que éste ha sido un problema primordial, seguramente el más importante y con más ramificaciones, y cuyo tratamiento en la política convencional brilla por su ausencia. Nos hemos atrevido a decir que es el problema número uno en el sistema económico y social, o al menos que lo ha sido desde la revolución del crédito, también conocida como revolución industrial. Pero no sólo ocupa un lugar primordial e insustituible en la estructura económico-social, sino que la política monetaria es la piedra angular de toda la economía política, cuando se asume la primacía de la política sobre la economía. Más aún, cuando respondía a su carácter legal era el único atributo de la soberanía, del poder indivisible, que ejerce una presión continua y uniforme (y tal vez por esto se advierta menos). Y, por idéntica razón, ha sido el mecanismo más insidioso y eficaz a la hora de vaciar la soberanía de los antiuguos estados-nación. Sin el dinero no hay soberanía y sin soberanía no hay sujeto político. Entonces, ¿qué se pretende que sea la política cuando hablamos de política? Sólo que, quién sabe si por mala suerte o por casualidad, entre las diatribas de todos los partidos y corrientes del espectro no encontró su lugar en el orden del día.

Las condonaciones de deuda tampoco son la solución si luego todo vuelve por sus fueros; es como aliviar al burro de su carga para no reventarlo y que aguante todavía más. Por otro lado si se habla de nacionalizar la banca y no se pretende terminar con el sistema de reserva fraccional de dinero-deuda, se sigue amparando la misma estructura de privilegio aunque cambien en parte los beneficiarios, persisten los mismos ciclos de burbujas y estallidos, la misma alocada necesidad de crecimiento a cualquier precio: todo lo indisolublemente asociado con el mal del capital. En Suiza, donde ciertamente el público está más al tanto de las cosas del dinero, se ha logrado reunir las 100.000 firmas necesarias para llevar a referéndum la abolición de la reserva fraccional. Las probabilidades de que tal medida se lleve a cabo son algo mayores que cero, pero ahí queda eso.

Dentro de poco hasta a los del plan B europeo los tendremos hablando de “alternativas monetarias”. Demasiado tarde, porque para cuando ellos nos vengan con el cuento y nos hablen de sus enormes ventajas y del relanzamiento del estado de bienestar y de aliviar la desigualdad sólo serán los vendedores de lo que ya se ha decidido en otras instancias. Nos hablarán de alternativa cuando ya no haya otra alternativa... y los de más arriba y no pocos más creerán por un momento tocar el punto de fuga aunque todos sabemos que un punto de fuga nunca se toca.

Charles Hugh Smith ofrece una propuesta práctica digna de ser atendida y que podría beneficiar a miles de iniciativas que buscan salir de este sistema y construir su independencia económica. Mejor que despotricar contra el sistema y “caer en los placeres autodestructivos de la indignación” es votar con los pies y dejar de usar su dinero. O depender de él cuanto menos.
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Notas:
1. Don Qijones: “The “War on Cash” in 10 Spine-Chilling Quotes”, http://wolfstreet.com/2015/04/25/don-quijones-war-on-cash-quotes-to-cashless-society/
2. Ben Popper: “Can mobile banking revolutionize the lives of the poor?” http://www.theverge.com/2015/2/4/7966043/bill-gates-future-of-banking-and-mobile-money
3. Guillermo de la Dehesa: “La gran ventaja de un mundo sin dinero en efectivo”. El País, 13/12/2007. http://elpais.com/diario/2007/10/13/economia/1192226413_850215.html
4. Michael McLeay et al.: “Money creation in the modern economy”, http://www.bankofengland.co.uk/publications/Documents/quarterlybulletin/2014/qb14q1prereleasemoneycreation.pdf
5. George Garvy: “The origins and evolution of the Soviet banking system. An historical perspective.http://www.nber.org/chapters/c4154.pdf
6. Jean-Luc Mélenchon, Stefano Fassina, Zoe Konstantopoulou, Yanis Varufakis y Oskar Lafontaine: “Por un plan B en Europa”. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=203229
7. Charles Hugh Smith: “A Radically Beneficial World: Automation, Technology and Creating Jobs for All. The future belongs to work that is meaningful.” http://www.oftwominds.com/ARBW.html

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Star Wars, el capitalismo y la ideología

Ven, 15/01/2016 - 14:22
Maciek Wisniewski, La Jornada

Según la clásica fórmula de Fredric Jameson, Star Wars –lejos de ser algo sobre nuestro pasado intergaláctico– es un "filme de nostalgia", una narrativa creada a fin de satisfacer el profundo (¿reprimido?) deseo de revivir la principal experiencia cultural de estadunidenses nacidos entre los años 30 y 50 –las series sobre villanos extraterrestres y héroes americanos–, un filme que los jóvenes tomaban directamente, pero los adultos gozaban más despertando, gracias a la conocida estética, la sensación del pasado (Posmodernism and consumer society, en: The cultural turn, 1998, p. 8).

Esta tesis es globalizada y llevada a un meta-nivel por la parte VII de la saga: El despertar de la fuerza (2015) –¿el despertar de la nostalgia?–, llena de autorreferencias, reciclajes de la parte I (1977), hecha para "sentir", no "pensar" (las inconsistencias en el guión...), dirigida a los adultos que crecieron con ella y que quieren “revisitar su infancia” y a sus niños, que también la harán parte de sus vidas, una muy eficiente estrategia de marketing y/o consumo.

Las principales claves ideológicas de Star Wars están en la biografía de George Lucas: desde su fascinación por Flash Gordon y Walt Disney, la Segunda Guerra Mundial (con sus batallas aéreas, la narrativa de "patriotismo"/triunfo del "bien" sobre el "mal", la estética militar nazi y japonesa), la experiencia generacional de la guerra en Vietnam (en que un grupo de rebeldes vence a un omnipotente invasor), hasta el ejemplo de su padre –exitoso hombre de negocios–, que lo ayudó en Hollywood e influenció a Han Solo: "pequeño empresario independiente" (LARB, 21/12/15).

Si antes Star Wars abrió una nueva frontera de acumulación en Hollywood, donde la película vendía otros productos (juguetes, ropa), la compra de Lucas Film por Disney, por 4 mil 100 millones de dólares, y otras de sus adquisiciones (Pixar, Marvel), perfeccionaron el modelo, haciendo de la compañía líder en el mercado de historias (The Economist, 19/12/15), aunque no gracias a su creatividad, sino al viejo empuje monopolizador y parasitario del sistema (que se nutre de la propiedad intelectual ajena y hasta pone derechos de autor a refritos de mitos universales).

Según Slavoj Zizek, el tipo de pop-budismo pregonado por Lucas –que explicaba la conversión del buen Anakin Skywalker en el mal Darth Vader por su incapacidad de dejar las cosas (madre, novia)–, parte del coctel pagano/New Age que busca el balance (de la fuerza) –marco ideológico de Star Wars y antítesis del cristianismo que busca el antagonismo–, se volvió la ideología del capitalismo global: aunque se presenta como remedio para las tensiones ocasionadas por su dinámica (invitando a buscar la paz interior y distanciarse de las cosas) en realidad sirve de pegamento ideológico del sistema (Revenge of global finance, en: In these times, 23/5/05).

Chris Gilbert, escribiendo sobre la alternativa socialista, apunta a un importante cambio en la producción cultural: si antes literatura y cine se imaginaban comúnmente el futuro diferente y más avanzado, a mediados de los 70 la ciencia ficción dio un giro sorprendente y... miró al pasado (¡sic!). El caso principal era Star Wars –con sus caballeros y princesas–, que, más que una señal de degeneración de la industria cultural y falta de ideas, reflejaba una amplia percepción de que el progreso capitalista falló (crisis/inicios de neoliberalismo/Vietnam/Watergate) y que ya no nos espera nada mejor (Counterpunch, 24/11/15).

El "giro reaccionario" de Star Wars (reflejado igual en su falta de originalidad y repetividad, véase: The New Inquiry, 25/12/15) resulta aún más sorprendente (y sintomático) en la medida en que apenas una década antes la serie Star Trek (1966-1969) representaba una cosmovisión optimista y humanista (aunque teleológica y cursi). He aquí la diferencia: Gene Roddenberry, su creador, soñaba con el progreso; Lucas, con regresar a la infancia.

Aunque es más fantasy (espacial) que ciencia ficción, Star Wars influyó en ambos géneros: inició la dominación del fantasy nostálgico (El señor de los anillos, etcétera) y arruinó la (verdadera) ciencia ficción (Lewis Beale, CNN, 2/5/14). Allí está también el origen del llamado de Ursula K. Le Guin –decana de Sci-Fi/fantasy– a sus colegas para que imaginen las alternativas al capitalismo, algo que dejaron de hacer: "Vivimos en él. Su poder parece inexorable. Igual lo parecía el poder divino de los reyes" (Yes!, 4/6/15), que también resuena en la observación de Jameson: "Nos es más fácil imaginar al fin del mundo que al fin del capitalismo" (o sea, mirando a Star wars, nos parece más probable retroceder al "feudalismo intergaláctico" que avanzar a una sociedad nueva/justa).

Si bien hay quienes alaban el "progresismo"... de Lucas, por ejemplo por compartir más dinero con sus trabajadores ("dueños de medios de producción", dijo una vez...) que otros en Hollywood (como si fuera cooperativismo y no migajas de la mesa del señor feudal), la suma por la que vendió Lucas Film o que Harrison Ford cobró 76 veces más que la joven Daisy Ridley, más 0.5 por ciento de ganancias de un filme que en tiempo récord recaudó más de mil millones de dólares, confirman sólo –bien dice J. Wight– que “la lucha no es entre el ‘bien’ y el ‘mal’, sino entre los súper ricos y todos los demás”.

... o de la parte VII, por “empoderar a mujeres y negros” (Rey, Finn), lo único que confirma esto es que puede haber empoderamiento, pero sólo en una galaxia muy, muy lejana (y no en las calles de Ferguson...) y sin tocar el marco de la sociedad segregacionista y meritocrática de Star Wars (liberar esclavos u organizar precarios recolectores de basura cósmica), que refleja el dictum ideológico de hoy: podemos escoger un presidente negro o una mujer, pero sin tocar las coordenadas del capitalismo global.

Así, quizás la única manera de rescatar algún potencial emancipatorio de Star Wars es ponerlo en la cabeza tal como lo quería Zizek (https://goo.gl/5dKyec) y rescribirlo “desde el punto de vista de la dictadura popular marxista con los sith y Vader como buenos gobernantes centralizadores y los jedi como pequeña resistencia y reacción feudal contra el ‘progreso’”.

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