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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger5968125
Actualizado: fai 8 horas 32 min

FANGS: ¿podrán rescatar al capitalismo estancado?

Mér, 20/01/2016 - 12:20
Alejandro Nadal, La Jornada

¿Se estará agotando la capacidad del capitalismo para impulsar cambios tecnológicos? Mucha gente pensará que esto es absurdo. Los ejemplos de Netflix y Spotify, o Amazon y Google, pueden venir a colación. Pero esas innovaciones están ligadas al entretenimiento y la diversión, no a la productividad, el crecimiento y el empleo. Sus efectos multiplicadores en la economía son menores. Quizás por eso en el lenguaje del mundo financiero las acciones de las empresas FANGS (Facebook, Amazon, Netflix, Google y Spotify) son las primeras en venderse cuando comienzan los movimientos telúricos en el mercado bursátil.

El acrónimo FANGS nos habla de un cúmulo de innovaciones marginales, vistosas, pero poco importantes en la economía real. No parece renviarnos a la posibilidad de una oleada de innovaciones básicas capaces de sustentar una nueva fase de expansión del capitalismo mundial.

Entre 1300 y 1700 la tasa de crecimiento anual del producto interno bruto de Inglaterra por persona y en términos reales fue de 0.2 por ciento. Es decir, durante cuatro siglos el país que más tarde sería la principal economía capitalista del mundo se mantuvo en el estancamiento. El escaso crecimiento registrado estuvo relacionado con la expansión demográfica y algunos avances introducidos en la producción agrícola y ganadera. Y si algunos se preguntan de dónde vienen estos datos, la respuesta es que de las mejores investigaciones sobre evolución de largo plazo de las economías de Europa: Stephen Broadberry y sus colegas en la Universidad de Warwick y del trabajo clásico de Angus Maddison.

O sea que el periodo anterior al capitalismo no destaca por su dinamismo tecnológico. Entre 1700 y 1850 el crecimiento del PIB per capita en Inglaterra aumenta levemente pero a partir de ese último año la tasa de expansión empezó a dar de saltos y por fin para 1900 casi alcanzaba el uno por ciento.

A partir de 1900 la atención se reorienta hacia Estados Unidos que ya estaba convirtiéndose en el poder económico dominante. La tasa de crecimiento anual por persona aumentó hasta 2.5 por ciento en sólo cuatro décadas (ese periodo de crecimiento incluye los años de la gran depresión). Pero a partir de 1950 la tasa de crecimiento del PIB per capita fue decreciendo hasta alcanzar el nivel de 1.3 por ciento.

Este es un dato desconcertante que provoca una interesante discusión entre especialistas de la historia de la tecnología y los macroeconomistas ortodoxos. Estos últimos están preocupados por el estancamiento que afecta a la economía mundial y en términos generales piensan que lo que se necesita para salir del atolladero es una oleada de innovaciones técnicas como las que introdujo la economía capitalista mundial en la primera mitad del siglo XX.

La política económica para lograr este resultado es reducir los impuestos a las grandes corporaciones y establecer un clima de confianza para que puedan llevar la economía a buen puerto. Es la visión de la macroeconomía conservadora, que piensa que a los pobres lo único que les queda es seguir trabajando duro (cada vez más duro) y ganar su salario (cada vez más bajo en términos reales). O sea, para estos economistas todavía no salimos de los años de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

¿Qué nos dice la historia de la tecnología y el cambio técnico sobre esta visión del mundo? Lo primero que nos dice es que la oleada de innovaciones de la primera revolución industrial tardó unos 140 años en dejar sentir su impacto en toda la economía del mundo capitalista. En efecto, el ciclo de la máquina de vapor pudo difundir sus efectos en el transporte, la agricultura y la industria entre 1750 y 1890. La segunda revolución industrial gira alrededor de la electricidad (y hasta cierto punto la industria química) y sus efectos se dejan sentir en todo el tejido económico entre 1870 y 1950. Y lo que algunos han llamado la tercera revolución industrial, relacionada con los cambios en microelectrónica y la invención de la red mundial de computadoras conocida como Internet arranca en 1980 y sus efectos siguen manifestándose hasta el día de hoy. El impacto económico de cada una de estas oleadas de innovaciones se deja sentir en periodos cada vez más cortos.

Aunque los datos sobre productividad enfrentan siempre una fuerte polémica, hoy las ganancias en productividad derivadas de los últimos cambios técnicos son cada vez más débiles. Por eso Solow, el gran patriarca de la teoría neoclásica del crecimiento, pudo decir alguna vez que las computadoras están en todas partes, menos en las estadísticas sobre productividad. Además hoy se enfrentan rendimientos decrecientes para las inversiones en investigación y desarrollo experimenta en muchos renglones, desde la industria farmacéutica hasta la agricultura comercial (donde los rendimientos aumentan a un ritmo cada vez más lento y el costo de cada innovación se incrementa de manera acelerada).

No parece que el fenómeno FANGS pueda revertir estas tendencias y sacar del atolladero al capitalismo contemporáneo. Pero quién sabe, podría contribuir a hundirlo un poco más.

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China cae al peor nivel en 25 años... y no es sólo el PIB

Mér, 20/01/2016 - 08:01

Ya se hizo oficial: la economía de China creció a su ritmo más lento de los últimos 25 años según los datos publicados este martes por la oficina estadística de Beijing. Esto aumenta la presión para hacer frente a los temores de una desaceleración prolongada y obliga a poner muchos resguardos para aliviar el miedo que afecta a los mercados globales.
Lo de China bien puede ser la tercera oleada de la crisis por el alto endeudamiento privado que enfrenta el gigante asiático desde el año 2009. La banca en la sombra ha crecido a niveles exponenciales y más de 6 mil bancos subterráneos (que en 2008 no existían) pueden provocar el nuevo tsunami financiero global.

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¿Es el crecimiento un imperativo del capitalismo?

Mar, 19/01/2016 - 22:00
El capitalismo sin crecimiento puede ser muy perverso pero no hay ninguna ley intrínseca que establezca que este sistema no pueda sobrevivir en un estado de recesión o estancamiento
Giorgos Kallis, elDiario.es

John Bellamy Foster ha publicado recientemente un excelente ensayo con el título "Marxismo y Ecología: Fuentes comunes de una Gran Transición". Foster aboga por un (eco) socialismo del estado estacionario. Sostiene que "un sistema de satisfacción de las necesidades colectivas basado en el principio de la suficiencia es obviamente imposible desde cualquier faceta, bajo el régimen de acumulación del capital". Y continúa: "el capitalismo como sistema está intrínsecamente orientado hacia la máxima acumulación posible y hacia el máximo flujo de materia y energía". "El crecimiento económico (en un sentido más abstracto) o la acumulación de capital (de forma más concreta) ... no pueden existir sin resquebrajar el sistema Tierra". "La sociedad, particularmente en los países ricos, debe avanzar hacia una economía del estado estacionario, que requiere un cambio hacia una economía sin formación neta de capital".

En principio, estoy de acuerdo. Intuitivamente, y dada nuestra experiencia sobre el capitalismo, esta visión tiene mucho sentido. El crecimiento económico apareció con el capitalismo, y se correlaciona con el crecimiento del uso de materiales y de energía en una proporción casi del 1:1. Pero permítanme ser un poco más escolástico con la intención de promover y fortalecer (más que de socavar) el argumento de Foster.

Para empezar, creo que tenemos que distinguir entre los diferentes conceptos que Foster introduce.

  • Primero, crecimiento del flujo de recursos, es decir, crecimiento del uso de energía y materiales.
  • Segundo, crecimiento económico, o sea, crecimiento del PIB (o de algún otro índice representativo del tamaño de la actividad productiva).
  • Tercero, acumulación del capital. Desde una perspectiva marxista, podemos definir el capital como dinero en busca de más dinero a través de la producción de mercancías - circuito D-M-D' (dinero invertido en mercancías para ganar más dinero) y la acumulación de capital como el proceso de reinversión de la plusvalía en posteriores ciclos de valorización del capital.
  • Cuarto, el "capitalismo". Siguiendo el enfoque marxista de Foster (distinto del institucionalista, más centrado en la propiedad privada, el trabajo asalariado y las entidades de crédito) se definiría como un sistema en el que el circuito D-M-D 'es omnipresente y dominante (“el régimen de acumulación de capital” de Foster).
Ahora bien, la vaguedad en evaluar el grado de "dominación", obviamente plantea la difícil cuestión de si hay sistemas capitalistas que son menos capitalistas o más socialistas que otros (en Cuba, por ejemplo, ciertas partes de la economía permiten circuitos D-M-D', pero eso no significa que haya un ‘régimen de acumulación de capital’). Esta es probablemente la razón por la que Marx evitó hablar de "capitalismo". Pero sin, al menos, alguna referencia, no podemos evaluar la tesis de Foster de que existe un imperativo de crecimiento dentro del capitalismo.

Foster afirma que el capitalismo está intrínsecamente orientado hacia el crecimiento del flujo de recursos o, más específicamente, que: a) el crecimiento económico está intrínsecamente ligado al crecimiento del flujo de recursos, y b) el capitalismo está intrínsecamente orientado al crecimiento económico. Veamos cada uno de estos apartados:

Crecimiento económico y crecimiento del flujo de recursos Estoy de acuerdo en que el crecimiento económico va ligado al crecimiento de flujos de recursos y energía y que no existen ejemplos de desacoplamiento absoluto bajo el capitalismo. Esto se debe a que la producción, junto con el trabajo humano, utiliza materiales y energía. Los llamados “aumentos de productividad” implican la sustitución de trabajo humano por combustibles fósiles (piensen en los tractores).

Sin embargo, la mayoría de economistas ambientales contestaría con el argumento de que es posible (aunque no se haya conseguido todavía) crecer de forma sostenible y a la vez reducir el uso de materiales y de energía mediante el aumento de la eficiencia, sustituyendo energías fósiles por renovables y con un cambio estructural desde la producción primaria hacia los servicios de alto valor añadido, con lo que se podría producir más valor sin un aumento equivalente del flujo (piénsese en un restaurante con una estrella Michelin, o en una compañía online).

Yo respondería a este argumento economista que las ganancias en eficiencia sufren un “efecto rebote” (la “paradoja de Jevons”), ya que las ganancias de productividad se invierten en un mayor crecimiento; que los servicios incorporan un montón de energía y materiales, a menudo no contabilizados, que se importan desde otras partes del mundo; y que esta sustitución, mientras sea plausible, no supone un crecimiento económico, ya que las fuentes renovables (o la energía nuclear) proporcionan mucha menos "energía neta" (energía producida menos energía utilizada para su producción) que los combustibles fósiles y, por tanto, la productividad y el crecimiento se reducirán.

Pero: primero, mis argumentos son empíricos. No puedo establecer una "ley" intrínseca basada en la teoría económica, que demuestre de forma lógica que el crecimiento y el flujo de recursos siempre estarán vinculados. Ahora bien, Foster propone 'una ley general y absoluta de la degradación del medio ambiente bajo el capitalismo' aplicable en cualquier lugar. Esto significa básicamente que los capitalistas, impulsados por la competencia, buscarán explotar el medio ambiente de la forma más barata posible, y por lo tanto lo degradarán.

Téngase en cuenta que las “leyes marxistas”, tales como la tendencia del capital a explotar la mano de obra hasta su nivel de subsistencia, se entienden mejor como tendencias estructurales, en condiciones constantes de "los demás factores”, más que como resultados inevitables (añadir que el resto de factores no son constantes desde el momento en que la clase trabajadora puede organizarse y reclamar mejores condiciones y que un aumento de la productividad puede reducir los costos de reproducir la clase obrera, o permite repartir parte de las ganancias al trabajador, etc.).

Del mismo modo, si las renovables se vuelven más baratas que los combustibles fósiles o si los servicios más ligeros en materiales terminan siendo más rentables que las actividades intensivas en recursos, teóricamente podría ocurrir que el capitalismo llegase a descarbonizarse / desmaterializarse. Creo que es poco probable que esto ocurra, pero todavía no creo que tengamos una ley que lo pruebe.

En segundo lugar, mis argumentos no son específicos del capitalismo. Se aplican a cualquier sistema alternativo concebible; el "crecimiento verde" es poco probable, ya sea bajo el capitalismo o el socialismo por los razones que ya expliqué (la paradoja de Jevons, los límites de sustitución y la baja energía neta de fuentes alternativas de energía). El desacoplamiento absoluto entre la economía y el crecimiento del flujo de recursos no se ha observado ni en las sociedades capitalistas ni en ninguna de las variedades existentes en los países socialistas. Claro, que podemos imaginar un sistema socialista diferente de los existentes, que no tuviese que perseguir el aumento de PIB y que pudiese redefinir lo que se entiende como bienestar, incluso lo que se entiende como ‘actividad economica’, pero lo que no podría hacer es, solo por cambiar el nombre, que la actividad económica y los flujos de materiales y energía pudieran continuar creciendo. Una sociedad ecosocialista tendrá que ser una ‘sociedad de abundancia frugal’, como la llamó Serge Latouche.

"El imperativo del crecimiento" del capitalismo El segundo argumento de Foster es que el capitalismo está intrínsecamente orientado al crecimiento económico. Esto depende de lo que entendamos por "orientado" e "intrínseco".

Si definimos el capitalismo como acumulación de capital y la acumulación de capital como crecimiento, entonces, por supuesto, el capitalismo está intrínsecamente orientado hacia el crecimiento económico. Pero esto sería una perogrullada semántica que se daría de bruces ante la evidencia del registro histórico de las tasas variables de crecimiento en las economías capitalistas (a menos que concedamos al capitalismo una supremacía económica que no merece, con el argumento de que está destinado a crecer siempre a largo plazo, salvo en los ciclos y las crisis periódicas).

Como Piketty nos ha recordado con citas de Austen y Balzac, el capital, en los siglos XVIII y XIX, gozaba de altas tasas de retorno al capital (5%) mientras que las economías estaban estancadas. Grecia ha perdido un tercio de su economía, pero al mismo tiempo se han conseguido enormes ganancias. El capitalismo no está funcionando bien en términos de acumulación agregada, pero los cambios institucionales bajo los dictados de la Troika amplían el reino del D-M-D.

¿Cómo puede continuar la acumulación del capital sin crecimiento? En primer lugar, sabemos que el volumen del capital no solo aumenta por la producción de plusvalías, sino también por la desposesión y la redistribución desde el trabajo hacia el capital (austeridad, etc). Así, el capital puede crecer sin haber crecimiento económico, al menos hasta llegar el límite en que el trabajo cubra únicamente las necesidades básicas de subsistencia, punto muy alejado de aquel en que se encuentran las economías más desarrolladas.

En segundo lugar, incluso si la acumulación agregada de capital está funcionando mal y disminuye, una parte de los capitalistas van a seguir invirtiendo dinero y ganando más dinero (beneficios). Aunque algunos de ellos verán reducidos sus beneficios, otros podrán aumentarlos. Los capitales individuales, impulsados por la competencia, tratan siempre de obtener beneficios como nos dice Marx; pero esto no significa que siempre lo logren. Es perfectamente plausible que en una economía estancada o en recesión, existan muchos capitales individuales que continúen haciendo sus beneficios.

Lo que está sucediendo en Grecia es una mezcla de estas dos cosas. La acumulación de capital continúa en crecimiento negativo. La austeridad y las privatizaciones redistribuyen el valor a favor del capital y, mientras que los oligarcas y algunos capitalistas que han logrado sobrevivir aumentan sus beneficios, muchos otros han visto cómo sus beneficios se han reducido o bien han quebrado.

Cuando afirmo que un capitalismo sin crecimiento o en declive es plausible, no estoy lavando la cara ideológicamente al capitalismo ni tampoco estoy diciendo que un decrecimiento sostenible sea compatible con el capitalismo. Mi punto de vista es que no hay ninguna ley 'intrínseca' que demuestre que el capitalismo o bien genera crecimiento o bien colapsa si no lo consigue. Un capitalismo sin crecimiento es posible, y es un capitalismo de rostro cruel y, de hecho, es cómo ha sido en muchos períodos y lugares: quiebras, desempleo, reducción de los niveles de vida, bienes comunes privatizados, desahucios y desigualdad creciente.

¿Hasta cuándo una economía capitalista puede soportar una 'Gran Depresión' al estilo griego antes de que colapse y se convierta en alguna otra cosa mejor o peor? Probablemente una situación de depresión no puede prolongarse indefinidamente, pero no hay ninguna "ley" económica que sugiera que el capitalismo va a llegar a su fin de forma natural, independientemente del impacto que puedan tener las luchas en favor de su transformación. El reconocimiento de una "ley" por sí sola, no nos dice mucho sobre la dirección y las características de esta transformación.

En conclusión, no hay ningún imperativo del crecimiento bajo del capitalismo en abstracto, sino sólo en un sentido muy concreto: sin crecimiento el capitalismo se vuelve inestable política y socialmente. El crecimiento desactiva los conflictos distributivos y hace más fácil la vida de los capitalistas. Es por esta razón que es difícil imaginar naciones donde los poderosos intereses capitalistas reinen aceptando voluntariamente el decrecimiento o un estado estacionario. El crecimiento como objetivo es un imperativo del capitalismo, pero no su realización. Pero a medida que el crecimiento se vuelva más y más difícil de conseguir y el estancamiento se convierta en la nueva norma, se hace más verosímil la aparición de un contra-movimiento, la "revolución social y ecológica por el…. proletariado ambiental" que Foster propugna.

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Varoufakis: "Cuando los resultados de las urnas no gustan al 'establishment', la democracia se ve amenazada"

Mar, 19/01/2016 - 13:11
Nick Buxton, Público.es

ATENAS.- "Los enemigos de la democracia han sido y son los que tienen poder económico", explica el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis en una jugosa entrevista realizada por Transnational Institute como parte de su informe State of Power, que analiza las fuerzas globales que controlan el poder y vislumbra las formas para avanzar en la justicia social. El profesor de Economía y autor de El minotauro global también habla de la posibilidad de que Podemos alcance el Gobierno y se muestra convencido de la necesidad de articular un movimiento paneuropeo que aúne el voto de protesta para evitar que termine disipándose

¿Cuáles considera que son las principales amenazas a la democracia hoy en día?

La amenaza a la democracia siempre se ha encontrado en el desdén que siente por ella el establishment. La democracia, por su propia naturaleza, es muy frágil y la antipatía que le profesa el establishment siempre es muy marcada; por eso éste siempre ha intentado anularla.

Esta historia se remonta a la antigua Atenas, cuando el desafío de establecer una democracia era enorme. La idea de que los pobres libres, que eran la gran mayoría, podían asumir el control del gobierno siempre fue disputada. Platón escribió La República como un tratado contra la democracia, abogando por un gobierno de expertos.

En la misma línea, en el caso de la democracia estadounidense, si lees El Federalista y a Alexander Hamilton, te darás cuenta de que se trataba de un intento de contener la democracia, no de impulsarla. La idea detrás de una democracia representativa era que los mercaderes representaran al resto, ya que se consideraba que la plebe no estaba a la altura de poder decidir importantes asuntos de Estado.

Hay infinidad de ejemplos. Mira lo que le sucedió al Gobierno de Mosaddeq en el Irán de la década de 1950 o al Gobierno de Allende en Chile. Siempre que las urnas dan unos resultados que no gustan al establishment, el proceso democrático se ve invalidado o amenazado con ello. Si lo que me preguntas es quiénes son y siempre han sido los enemigos de la democracia, la respuesta es que los que tienen poder económico.

Parece que este año la democracia está siendo especial blanco de ataques por parte de ese poder tan establecido. ¿Comparte esta impresión?

Este año es especial en este sentido, ya que tuvimos la experiencia de las elecciones en Grecia, en que la mayor parte de los griegos decidió apoyar un partido contrario al establishment, Syriza, que llegó a la presidencia plantándole cara al poder y cuestionando el orden establecido en Europa.

Cuando la democracia produce lo que el establishment desea oír, esta no es un problema. Pero cuando genera fuerzas y demandas en contra del establishment, ahí es cuando la democracia se convierte en una amenaza. Fuimos elegidos para hacer frente a la Troika de los acreedores y fue entonces cuando la Troika dejó muy claro que no se puede permitir que la democracia cambie nada.

De su experiencia como ministro de Finanzas griego, ¿qué aprendió sobre el carácter de la democracia y el poder? ¿Qué cosas le sorprendieron especialmente?

Asumí el cargo sabiendo lo que podía esperar. No me hacía ilusiones. Siempre supe que las instituciones de la Unión Europea en Bruselas, el Banco Central Europeo y todos los demás se crearon, de forma deliberada, como zonas al margen de la democracia. No era que un déficit democrático estuviera ganando terreno en la UE; desde la década de 1950, la UE se estableció fundamentalmente como un cártel de la industria pesada, y más tarde atrajo a los agricultores, especialmente a los franceses. Y su administración era la de un cártel; nunca se concibió como el principio de una república o de una democracia donde seamos nosotros, los pueblos de Europa, los que llevemos la batuta.

En cuanto a su pregunta, me sorprendieron un par de cosas. La primera fue el descaro con el que se me hizo saber que la democracia era algo irrelevante. Ya en la primera reunión del Eurogrupo a la que asistí —representando a un Gobierno recién elegido cuyo mandato se debía respetar en cierta medida y que debía contribuir al debate sobre qué políticas económicas se deberían aplicar a Grecia—, cuando intenté plantear un argumento que creí que nadie podría rebatir, me quedé de piedra al oír al ministro de Finanzas alemán decirme, literalmente, que no se puede permitir que unas elecciones modifiquen la política económica.

En otras palabras: que la democracia está muy bien siempre que no amenace con cambiar algo. Aunque esperaba que ese fuera el tono general, no estaba preparado para escucharlo tan descaradamente.

La segunda cosa para la que diría que estaba menos preparado fue, parafraseando la famosa expresión de la banalidad del mal acuñada por Hannah Arendt, la banalidad de la burocracia. Esperaba que los burócratas de Bruselas despreciaran la democracia, pero suponía que se mostrarían afables y que demostrarían estar técnicamente cualificados. En lugar de ello, me sorprendió comprobar lo banales que eran y, desde un punto de vista tecnocrático, lo mediocres que eran.

Así pues, ¿dónde se halla el poder en Europa?

Lo más importante que uno puede destacar sobre la UE es que todo el operativo en Bruselas se basa en un proceso de despolitización de la política, de tomar lo que son, fundamental e irrevocablemente, decisiones políticas y arrojarlas al ámbito de una tecnocracia que se rige por reglas y por un enfoque matemático. Esta es la pretensión de que las decisiones sobre las economías europeas son simples problemas técnicos que necesitan soluciones técnicas, y que dependen de unos burócratas que siguen unas reglas preestablecidas, como si fuera una fórmula matemática.

Así que cuando intentas politizar el proceso, acabas con una forma de hacer política especialmente tóxica. Por ponerle solo un ejemplo: en el Eurogrupo, estábamos discutiendo la política económica con respecto a Grecia.

El programa que heredé como ministro de Finanzas fijaba el objetivo de alcanzar un superávit presupuestario primario del 4,5% del PIB, un porcentaje que a mí me parecía escandalosamente alto. Y lo que hice fue poner en tela de juicio ese objetivo, basándome en argumentos teóricos macroeconómicos y puramente técnicos.

En seguida me preguntaron cuál creía yo que debía ser el superávit primario. E intenté dar una respuesta sincera, diciendo que era algo que se debía estudiar a la luz de tres factores y cifras clave: la inversión en relación con el ahorro, el calendario de los pagos de la deuda y el déficit o superávit por cuenta corriente. Intenté explicar que, si queríamos hacer que el programa griego funcionara después de cinco años de estrepitoso fracaso, que había llevado a la pérdida de casi un tercio de la renta nacional, debíamos analizar estas variables en su conjunto.

Pero me dijeron que las reglas dicen que solo debíamos tener en cuenta un número. Y yo contesté: ¿Y entonces, qué hacemos? Si tenemos una regla que no funciona, deberíamos cambiarla. La respuesta fue: "¡Una regla es una regla!". A lo que repliqué diciendo: Sí, esta es la regla, ¿pero por qué tiene que seguir siéndolo? Llegados a ese punto, recibí una respuesta tautológica: "Porque es la regla".

Esto es lo que pasa cuando te apartas de un proceso político y abrazas un proceso basado en reglas: acabamos con un proceso de despolitización que conduce a una forma tóxica de hacer política y a un mal planteamiento económico.

Otro ejemplo que podría darle es cuando, en cierto momento, estábamos discutiendo el programa griego y debatiendo la redacción de un comunicado que debía salir de esa reunión del Eurogrupo. Yo dije: De acuerdo, hablemos de la estabilidad financiera, de la sostenibilidad fiscal —de todas las cosas que la Troika y otros querían decir—, pero hablemos también de la crisis humanitaria y del hecho de que estamos lidiando con problemas como una situación generalizada de hambre. La respuesta que recibí es que eso sería "demasiado político". Que no podíamos incluir unos "términos tan políticos" en el comunicado. Así que los datos sobre la estabilidad financiera y el superávit presupuestario estaban bien, pero los datos sobre el hambre y el número de hogares sin acceso a electricidad y calefacción en invierno no lo estaban, ya que eran "demasiado políticos".

¿Pero todo este intento de despolitización no es profundamente político al fin y al cabo? No debemos olvidar que el neoliberalismo es un proceso político.

Pero ellos no lo ven así. Se han convencido de que ciertas reglas pertenecen a variables y ecuaciones naturales, y que todo lo demás no es importante ni pertinente. Así es como lo conciben.

¿La democracia en Europa siempre estuvo destinada al fracaso o se han desarrollado procesos o iniciativas concretos que la han socavado, como el Tratado de Maastricht?

Lo que le voy a explicar ahora es más o menos el tema de mi libro, que se publicará en inglés en abril y cuyo título se podría traducir como ¿Y los pobres sufren lo que deben? La crisis de Europa, el futuro económico de Estados Unidos. El título está tomado del antiguo escritor griego Tucídides y el debate que relata entre los generales atenienses y los melios derrotados, a los que los generales acabaron aplastando.

Lo que quiero decir es lo siguiente. A diferencia del Estado estadounidense, alemán o británico, que surgieron de siglos de evolución, durante los que el Estado fue desarrollándose como un instrumento funcional para resolver diferentes tipos de conflictos sociales, la UE no siguió esa misma trayectoria.

Pensemos, por ejemplo, en el Estado británico. La Revolución Gloriosa de 1688 perseguía imponer restricciones al poder de la monarquía como consecuencia de una serie de enfrentamientos entre los barones y el rey. Las reformas posteriores fueron fruto de conflictos entre los aristócratas y los mercaderes y, después, entre los comerciantes y la clase trabajadora. Así es como se desarrolla un Estado normal y así fue como se materializaron las democracias liberales.

Pero la UE no ha seguido una trayectoria parecida. Su creación, como comentaba antes, tuvo lugar en 1950 en tanto que Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que era básicamente un cártel como la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo). Y Bruselas se estableció como administradora de ese cártel. Por lo que fue algo muy distinto de un Estado. No se trataba de apaciguar los enfrentamientos entre clases y grupos sociales. La razón de ser de un cártel es estabilizar los precios y limitar la competencia entre sus miembros.

En un principio, el reto de Bruselas consistía en estabilizar el precio del carbón y del acero, y después del resto de materias primas y bienes, en un cártel que abarcaba varios regímenes monetarios y, por lo tanto, seis tipos de cambio distintos. Sin unos tipos de cambio estables entre las divisas de esta unión, habría resultado imposible estabilizar los precios del cártel europeo entre sus seis miembros originales. Mientras funcionó el sistema de Bretton Woods (que vinculaba los tipos de cambio al dólar, cuyo valor estaba fijado en 35 dólares por onza de oro), mantener las divisas europeas alineadas entre sí era algo automático. Pero cuando el secretario del Tesoro estadounidense, John Connally, y otros actores hicieron volar por los aires este sistema en 1971, los tipos de interés de distintos países europeos se desequilibraron.

El marco alemán empezó a subir, la lira italiana empezó a bajar y el franco francés empezó a hacer todo lo posible para evitar seguir el camino de la lira. Esto dio lugar a grandes fuerzas que podían generar el desmembramiento de la UE. Bruselas ya no podía estabilizar su cártel. Y de ahí es de donde surgió la necesidad de crear una moneda común.

Desde principios de la década de 1970, en Europa se habían producido varios intentos, aunque infructuosos, de sustituir el tipo de cambio fijo, que hasta entonces controlaban los estadounidenses, con un sistema europeo. El primero fue el mecanismo conocido como Serpiente Monetaria Europea en 1972; en la década de 1990, por supuesto, tuvimos el Mecanismo Europeo de Cambio y después, finalmente, de 1992 a 1993, se introdujo el euro con el Tratado de Maastricht, que vinculaba monetariamente a varios Estados europeos bajo una sola divisa, una moneda única.

Pero en el momento en que dieron ese paso (sin contar con forma alguna de gestionar políticamente esta zona monetaria), de repente el proceso de despolitización de la política (que siempre fue una parte integrante de la Unión Europea) cobró una tremenda fuerza y empezó a destruir la soberanía política.

Una de las pocas personas que entendió esto muy bien no era de la izquierda, sino de la derecha. Me refiero a Margaret Thatcher, que lideró la oposición a la moneda única y que, de hecho, expuso sus peligros muy claramente. Yo era contrario a Thatcher en todo lo demás, pero sobre este tema tenía razón. Thatcher decía que la persona que controla el dinero, la política monetaria y los tipos de interés controla la dinámica política de la economía social. El dinero es político y solo puede ser político, y cualquier intento por despolitizarlo y entregárselo a un puñado de burócratas de Frankfurt (donde se encuentra la sede del Banco Central Europeo) a los que nadie ha elegido y que no deben rendir cuentas constituye, de hecho, un acto de abdicación de la democracia.

¿Por qué Thatcher fue la única voz que se opuso a la iniciativa, teniendo en cuenta que esta protegía los intereses neoliberales de los que tan acérrima defensora era ella misma?

Thatcher era una conservadora, una tory. Aunque era una pionera del neoliberalismo, también creía en la soberanía y el control del Parlamento sobre el proceso político. Para ella, el neoliberalismo era un proceso político en el que creía, pero no por eso dejaba de ser importante que el Parlamento británico pudiera controlar la dinámica política del neoliberalismo. La eurozona no tenía ni tiene un Parlamento. El Parlamento Europeo es un chiste cruel, ya que no existe como un verdadero Parlamento. Es, en el mejor de los casos, un simulacro de Parlamento, no un Parlamento real.

Así que para una tory británica, para la que la legitimidad de la democracia emana de la legitimidad del poder soberano, del Parlamento, el euro se dibujaba como una zona monetaria predestinada al más absoluto fracaso.

Curiosamente, uno de mis mayores defensores mientras fui ministro de Finanzas de Grecia fue un exministro de Thatcher y en su día ministro de Hacienda tory, Norman Lamont. Incluso nos hemos hecho amigos. Lo que tenemos en común es un compromiso con la democracia. Tenemos opiniones muy distintas sobre qué tipo de políticas se deberían aplicar en el marco del sistema de gobierno, pero estaba indignado por la forma en que unos funcionarios no elegidos han gestionado las políticas monetarias y fiscales de Grecia, y han arrasado por completo con su economía.

Entonces, teniendo en cuenta que el Reino Unido se mantuvo al margen del euro, ¿no se ve afectado por las políticas de la eurozona?

Bueno, como sabemos, Gran Bretaña está viviendo las primeras etapas de una campaña para un referendo sobre la pertenencia a la UE. Se trata de un debate muy emotivo. Estoy convencido de que para los británicos fue maravilloso quedarse fuera del euro, un verdadero golpe de suerte. Pero dicho esto, su economía está totalmente determinada por la prisión de la eurozona, así que la idea de que pueden escapar de su influencia votando a favor de abandonar la UE es demasiado optimista. No pueden irse.

Ahora bien, los conservadores británicos que están abogando por salir de la UE arguyen que no necesitan a la Unión Europea; que pueden gozar del Mercado Común sin someterse a las restricciones que impone Bruselas. Pero este es un argumento muy discutible, ya que el Mercado Común no se puede imaginar sin una protección común para los trabajadores, formas comunes de evitar la explotación de la mano de obra o normas comunes para el medio ambiente y la industria.

Así que la idea de que puedes gozar de un Mercado Común sin una unión política choca con la realidad política de que la única forma de garantizar un libre comercio hoy en día es contar con una legislación común en materia de patentes, estándares industriales, normas para la competencia, etcétera.

¿Y cómo puedes tener esta legislación a no ser que esté controlada por algún tipo de institución o proceso democrático que sea aplicable en todas las jurisdicciones? Así que si rechazas la posibilidad de que exista una Unión Europea democratizada, también rechazas la posibilidad de un Parlamento británico soberano y acabas con tratados comerciales espantosos, como el TTIP (Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión).

Así pues, ¿dónde se halla el poder en Europa?

Esta es una pregunta interesante. A primera vista, las únicas personas poderosas en Europa son Mario Draghi, jefe del Banco Central Europeo, y Angela Merkel, la canciller alemana. Pero dicho esto, ni siquiera ellos son tan poderosos. He visto a Mario Draghi sumamente frustrado en reuniones del Eurogrupo, por lo que se estaba diciendo, por su propia impotencia, por tener que hacer cosas que opinaba que eran terribles para Europa.

Al mismo tiempo, es evidente que Angela Merkel se siente limitada por las demandas de su propio Parlamento, por su propio partido y por la necesidad de mantener una especie de convivencia con los franceses con la que no está de acuerdo.

Así que la respuesta a su pregunta es que hemos conseguido crear un monstruo en Europa, donde la eurozona es sumamente poderosa como entidad pero donde nadie está al mando. Las instituciones y normas que se han establecido para mantener el equilibrio político que desplegó todo el proyecto del euro menoscaban prácticamente a cualquier actor que tenga algo que ver con la legitimidad democrática.

¿Pero este proceso no ha otorgado un enorme poder a los mercados financieros?

Los mercados financieros no tienen más poder en Europa que en los Estados Unidos o en cualquier otro lugar.

Volvamos a 2008. Ese año, tras años de despilfarro del sector financiero y la creación de un crédito criminal por su parte, las instituciones financieras implosionaron y los capitanes de las finanzas se dirigieron a los Gobiernos y les pidieron: "Salvadnos". Y eso es lo que hicimos, traspasando un enorme valor de los contribuyentes a los bancos.

Esto sucedió en los Estados Unidos y en Europa; ahí no hubo ninguna diferencia sustantiva. El problema es que la arquitectura de la UE, y del euro en particular, era tan lamentable que este traspaso masivo de valor de los contribuyentes (y, especialmente, de los sectores más débiles de la sociedad) a los bancos no fue suficiente para estabilizar el sistema financiero.

Déjeme ponerle un ejemplo. Compare el estado de Nevada con Irlanda. Puede que su clima sea muy distinto, pero ambos territorios son de igual tamaño en términos de población y tienen economías parecidas. Ambas economías se basan en el sector inmobiliario, en el sector financiero y en atraer a grandes empresas con unos impuestos sobre sociedades muy bajos.

Después de 2008, ambas economías entraron en una profunda recesión, que afectó fundamentalmente al sector inmobiliario y a la industria de la construcción, a promotores que quebraron cuando los precios de la vivienda se hundieron con el mercado de las hipotecas de alto riesgo y la consiguiente crisis del crédito.

La diferencia está en la capacidad que tuvieron para responder. Imagine que las zonas del dólar en los Estados Unidos se hubieran construido de la misma forma que la eurozona. El estado de Nevada tendría que haber buscado el dinero necesario para rescatar a los bancos y, además, pagar el subsidio de desempleo a los trabajadores de la construcción en paro; y todo eso sin ayuda de la Reserva Federal. En otras palabras, Nevada tendría que haber pasado la gorra para poder tomar prestado del sector financiero. Como los inversores sabrían que el gobierno de Nevada no tiene un Banco Central como respaldo, o no concederían préstamos al estado o no lo harían con unos tipos de interés razonables. Así que Nevada quebraría, y también sus bancos, y la gente de Nevada perdería el subsidio de desempleo o los servicios de salud y educación.

Imagine, entonces, que el estado acudiera al Banco Federal, con la gorra en la mano, y pidiera ayuda. Y suponga que la Reserva Federal le dijera que le garantizaría el rescate y le prestaría dinero con la condición de que recortara los salarios, las pensiones, los subsidios de desempleo y las pensiones un 20%.

Eso permitiría al estado de Nevada cumplir con sus pagos en el corto plazo, pero la austeridad y la rebaja de las rentas y las pensiones reduciría los ingresos del estado hasta tal punto e incrementaría la deuda por los préstamos del rescate que Nevada habría tocado fondo. Si eso hubiera sucedido en Nevada, habría sucedido también en Missouri, en Arizona, desencadenando un efecto dominó en todos los Estados Unidos.

Lo que quiero decir es lo siguiente. No existe ninguna diferencia en lo que se refiere a la importancia del sector financiero y su tiranía sobre la democracia en los Estados Unidos o en Europa; la diferencia estriba en que los Estados Unidos cuentan con unas instituciones consolidadas que están en mejor disposición de abordar crisis como estas y evitar que se acaben convirtiendo en una crisis humanitaria. Los estadounidenses aprendieron la lección en la década de 1930. El New Deal estableció instituciones que actúan como amortiguadores, mientras que en Europa hemos vuelto a donde estábamos en 1929. Estamos permitiendo que esta austeridad competitiva y los préstamos del rescate destruyan a un país tras otro, hasta que la Unión Europea se vuelva en su propia contra.

¿Así que llegó el momento de promover la salida del euro? ¿La recuperación de la divisa nacional no ofrecería más posibilidades de alcanzar una transparencia democrática?

Esa es, por supuesto, una lucha abierta que mantengo con mis camaradas en Grecia. Yo crecí en una economía capitalista periférica griega bastante aislada, con nuestra propia moneda, el dracma, y una economía con cuotas y aranceles que impedía la libre circulación de bienes y capitales. Y le puedo asegurar que era una Grecia bastante desoladora; nada más lejos de un paraíso socialista. Así que la idea de que debemos volver al Estado-nación para crear una sociedad mejor me resulta especialmente absurda y poco plausible.

Eso sí, ojalá no hubiéramos creado el euro; ojalá hubiéramos mantenido nuestras monedas nacionales. Es cierto que el euro fue un desastre. Creó una unión monetaria que estaba destinada al fracaso y que acarreó unas penurias indecibles para los pueblos de Europa. Pero dicho esto, es distinto decir que no deberíamos haber creado el euro que decir que ahora deberíamos salir de él. Por eso que, en matemáticas, llamamos histéresis. Es decir: salir del euro no nos hará volver a donde estábamos antes de entrar en él ni a donde estaríamos de no haber entrado en él.

Hay quien se refiere al ejemplo de Argentina, pero Grecia no se encontraba en la misma situación que Argentina en 2002. No tenemos una divisa que devaluar con respecto al euro. ¡Tenemos el euro! Salir del euro significaría crear una nueva divisa, lo cual llevaría aproximadamente un año, para después poder devaluarla.

Eso sería como si Argentina hubiera anunciado la devaluación de su moneda con doce meses de antelación. Y eso sería catastrófico, porque si avisaras a los inversores con tanto tiempo —o incluso a los ciudadanos de a pie—, lo liquidarían todo; sacarían el dinero anticipándose a la devaluación y en el país no quedaría absolutamente nada.

Incluso si pudiéramos volver colectivamente a nuestras respectivas monedas nacionales en toda la zona euro, países como Alemania, cuya divisa fue suprimida como consecuencia del euro, verían cómo se dispara su tipo de cambio. Esto significaría que Alemania, que en estos momentos tiene una tasa de desempleo muy baja, pero un alto porcentaje de trabajadores pobres, vería cómo esos trabajadores pobres se convertirían en desempleados pobres. Y esto se repetiría en todos los países del noreste de Europa y de Europa Central, en los Países Bajos, Austria, Finlandia… en lo que yo llamo los países con superávit.

Mientras tanto, en lugares como Italia, Portugal y España, y también en Francia, se produciría una caída muy drástica de la actividad económica (por la crisis en países como Alemania) y, al mismo tiempo, un gran aumento de la inflación (ya que las nuevas divisas en esos países se devaluarían de forma muy significativa, provocando un incremento en los precios de las importaciones, del petróleo, la energía y los productos básicos).

Así que, si volvemos al espíritu del Estado-nación, nos encontraremos con una línea de fractura en algún lugar no muy lejos del río Rin y los Alpes. Todo lo que quedara al este del Rin y al norte de los Alpes se convertiría en una economía deprimida y el resto de Europa se encontraría en una zona de estanflación, de altos niveles de desempleo y altos precios.

Una Europa así podría incluso dar lugar a una gran guerra o, aunque no fuera una guerra real, a tantas dificultades que los países se volverían unos contra otros. En cualquiera de los dos casos, Europa, una vez más, hundiría la economía mundial. China quedaría devastada y la tibia recuperación estadounidense se esfumaría. Habríamos condenado a todo el mundo a, al menos, una generación perdida. Por este motivo, advierto a mis amigos de que la izquierda nunca se beneficia. Siempre son los ultranacionalistas, los racistas, los fanáticos y los nazis los que se benefician.

Entonces, ¿es posible democratizar el euro o la Unión Europea?

Asumamos que son lo mismo. ¿Se puede democratizar Europa? Sí, creo que sí. ¿Y se democratizará realmente? Sospecho que no. Entonces, ¿qué sucederá? Si me pide mi pronóstico, soy muy pesimista. Creo que el proceso de democratización tiene muy pocas probabilidades de éxito. En cuyo caso tendremos una situación de desintegración y un futuro sombrío.

Pero la diferencia cuando hablamos sobre la sociedad o sobre el tiempo es que al tiempo no le importan lo más mínimo nuestras previsiones, por lo que nos podemos permitir el lujo de sentarnos relajadamente y mirar al cielo y decir: "Creo que va a llover". Porque lo que digamos no influirá en las probabilidades de lluvia.

Pero creo que con los temas que atañen a la sociedad y a la política tenemos una obligación moral y política de ser optimistas y de preguntarnos: "Bien, de todas las opciones que están a nuestro alcance, ¿cuál tiene menos probabilidades de provocar una catástrofe?". Para mí, ese es un intento de democratizar la Unión Europea. ¿Que si pienso que lo conseguiremos? No lo sé, pero si no confío en que podamos hacerlo, no me puedo levantar de la cama por la mañana y ponerme a trabajar.

¿Democratizar Europa es una cuestión de reivindicar unos principios fundamentales o de desarrollar un nuevo concepto de soberanía?

Son ambas cosas. No hay nada nuevo bajo el sol. El concepto de soberanía no cambia, pero la forma en que se aplica a zonas multiétnicas y con varias jurisdicciones como Europa se debe replantear. Existe un debate interesante que se está produciendo fundamentalmente en Gran Bretaña, ya que el resto de Europa no parece estar interesada. Resulta siempre frustrante intentar convencer a los franceses y a los alemanes de que existe una profunda diferencia entre una Europa de las Naciones y una Unión Europea. Los británicos lo entienden mejor; sobre todo, los conservadores, aunque resulte irónico. Son seguidores de Edmund Burke, anticonstructivistas que creen que debe existir una correspondencia unívoca entre nación, parlamento y moneda: una nación, un parlamento, una moneda.

Cuando les pregunto a mis amigos tories: ¿Y qué pasa con Escocia? ¿No son los escoceses una nación de buena fe? Y en ese caso, ¿no deberían tener su propio Estado y moneda?, la respuesta que obtengo es algo así como: "Sí, claro, existe una nación escocesa, galesa e inglesa, y no una nación británica, pero contamos con una identidad común, forjada durante guerras de conquista, la participación en el Imperio, etcétera".

Si eso es así, y puede que lo sea, entonces se puede decir que diferentes nacionalidades se pueden agrupar en torno a una identidad común que se va transformando. Así es como me gustaría verlo. Nunca tendremos una nación europea, pero podemos tener una identidad europea que se corresponda con un pueblo europeo soberano. Así que mantenemos el anticuado concepto de soberanía pero lo vinculamos con una identidad europea en desarrollo, que después se vincula con la soberanía única y un Parlamento que mantiene mecanismos de control sobre el poder ejecutivo en el ámbito de Europa.

En estos momentos, el Ecofin, el Eurogrupo y el Consejo Europeo están tomando decisiones importantes en nombre del pueblo europeo, pero estas entidades no deben responder ante ningún Parlamento. No basta con decir que los miembros de estas instituciones rinden cuentas ante su Parlamento nacional, ya que esos miembros, cuando vuelven a su país para comparecer ante su propio Parlamento, dicen: "No me miren a mí; yo no estuve de acuerdo con nada en Bruselas, pero no tenía poder para influir en las decisiones, por lo que no se me puede responsabilizar por la decisión del Eurogrupo o del Consejo o del Ecofin". A no ser que los organismos institucionales puedan ser censurados o reprendidos en tanto que organismo por un Parlamento común, no tienes una democracia soberana. Así que ese debería ser el objetivo de Europa.

Hay quien dirá que eso ralentizaría los procesos de toma de decisiones y la harían poco eficaz.

No, no creo que eso ralentizara la toma de decisiones; la potenciaría. En estos momentos, como no tenemos este tipo de mecanismos de rendición de cuentas, no se toma ninguna decisión hasta que resulta imposible no actuar. No hacen más que aplazar y aplazar las cosas, negando un problema durante años y, después, siempre apañando alguna solución de última hora. Es el sistema más ineficiente que uno pueda imaginar.

Ahora mismo está participando en la presentación de un Movimiento por la Democracia en Europa. ¿Qué nos puede explicar sobre esta iniciativa?

Uno de los aspectos positivos de la forma en que nuestro Gobierno fue aplastado el pasado verano es que millones de europeos tomaron conciencia de la manera en que se dirige Europa. La gente está muy, muy enfadada; incluso gente que no estaba de acuerdo conmigo y con nosotros.

Así que ahora estoy recorriendo Europa, visitando varios países, intentando sensibilizar sobre los desafíos comunes a los que nos enfrentamos y la toxicidad que se desprende de la falta de democracia. Ese fue el primer paso. El segundo paso ha consistido en elaborar un proyecto de manifiesto, ya que los manifiestos son importantes porque concentran el pensamiento y pueden convertirse en un punto de referencia para la gente que está enfadada y preocupada, y desea participar en un proceso de democratización de Europa.

El 9 de febrero organizaremos un evento importante en Berlín, una ciudad escogida por evidentes motivos simbólicos, en el que presentaremos el manifiesto e invitaremos a los europeos de los 28 Estados miembros a sumarse a nosotros en un movimiento que tiene una agenda muy simple: o democratizar Europa o eliminarla. Porque si permitimos que las actuales estructuras e instituciones burocráticas y antidemocráticas de Bruselas, Frankfurt y Luxemburgo sigan aplicando políticas en nuestro nombre, acabaremos en la situación de distopía que he comentado antes.

Después tenemos previstos una serie de eventos en toda Europa que brindarán a nuestro movimiento el impulso necesario. No somos una coalición de partidos políticos. La idea es que cualquiera pueda adherirse, independientemente de su afiliación a un partido político o a una ideología, porque la democracia puede ser el tema aglutinador.

Incluso pueden sumarse mis amigos tories, o liberales que se dan cuenta de que la UE no solo no es bastante democrática sino que es más bien antidemocrática y, por este motivo, incompetente desde el punto de vista económico.

¿Cómo contemplamos nuestra intervención en la práctica? El modelo de hacer política en Europa se ha basado en partidos políticos de países concretos. Así que un partido político crece en un país determinado, tiene un programa que atrae a los ciudadanos de ese país y, después, cuando el partido se encuentra en el Gobierno, solo entonces (como algo secundario) intenta construir alianzas con partidos afines en Europa, en el Parlamento Europeo, en Bruselas, etcétera. En lo que a mí respecta, este modelo de hacer política está acabado. La soberanía de los Parlamentos se ha visto disuelta por la eurozona y el Eurogrupo; la capacidad de cumplir con el mandato recibido en el ámbito del Estado-nación ha sido erradicada y, por lo tanto, cualquier programa dirigido a los ciudadanos de un Estado miembro concreto se convierte en un puro ejercicio teórico. Ahora mismo, los mandatos electorales son, por naturaleza, imposibles de cumplir.

Así que, en lugar de ir del nivel del Estado-nación al nivel europeo, pensamos que deberíamos ir en dirección contraria; que deberíamos construir un movimiento europeo transfronterizo, mantener una conversación en ese espacio para identificar políticas comunes, para abordar problemas comunes y, una vez tengamos un consenso sobre estrategias comunes a nivel europeo, ese consenso pueda encontrar expresión de ello en los niveles del Estado-nación, regionales y municipales. Así que le estamos dando la vuelta al proceso, empezando por el nivel europeo para intentar encontrar un consenso y, después, yendo hacia abajo. Esta será nuestra forma de funcionar.

En cuanto al calendario, hemos dividido la próxima década en varios marcos temporales porque disponemos, como máximo, de una década para cambiar Europa. Si no lo conseguimos para 2025, no creo que haya una Unión Europea que salvar o incluso sobre la que hablar. Para aquellos que desean saber qué es lo que queremos ahora, la respuesta es transparencia.

Como mínimo, exigimos que las reuniones del Consejo de la UE, el Ecofin y el Eurogrupo se retransmitan en directo por la web, que las actas del Banco Central Europeo se hagan públicas y que documentos relacionados con negociaciones comerciales como el TTIP se puedan consultar online. En el corto a medio plazo, abogaremos por la reestructuración de las instituciones existentes de la UE, dentro del marco de los tratados vigentes (por terribles que sean), con vistas a estabilizar las crisis que nos afectan en el ámbito de la deuda pública, la falta de inversión, la banca y la creciente pobreza. Por último, en el medio a largo plazo, instaremos a que los pueblos de Europa convoquen una Asamblea Constitucional, con facultades para decidir sobre una futura constitución democrática que reemplace todos los tratados europeos existentes.

Parece que estamos viviendo una época llena de esperanza, pero también difícil. Estamos presenciando la creciente popularidad de partidos como Podemos en España, la izquierda en Portugal y Jeremy Corbyn en el Reino Unido, por citar algunos. Pero al mismo tiempo, tenemos la experiencia de Syriza, que fue aplastado por la Troika sin miramientos. ¿Qué espera de estas señales de rechazo popular a las políticas de austeridad teniendo en cuenta la experiencia de Syriza?

Creo que el auge de estos partidos y movimientos contra la austeridad demuestra claramente que los pueblos de Europa, no solo en España y Grecia, están más que hartos de la antigua forma de hacer política, de las políticas basadas en el consenso que han reproducido la crisis y han abocado a Europa a un camino que lleva a la desintegración. De eso no hay ninguna duda.

La cuestión es: ¿cómo podemos aprovechar ese descontento? En nuestro caso, en Grecia, hemos fracasado. Estamos experimentando una tremenda desconexión entre la cúpula del partido y las personas que votaron por él. Por eso opino que el acento en el Estado-nación es algo muy obsoleto. Si Podemos entra en el Gobierno, lo hará bajo las mismas condiciones, extremadamente limitantes, impuestas por la Troika, igual que el nuevo Gobierno que se está intentando formar en Portugal. A menos que esos partidos progresistas se vean impulsados por un movimiento paneuropeo que ejerza una creciente presión en todos los países y de forma simultánea, acabarán frustrando a sus votantes y viéndose obligados a aceptar todas las normas que les impiden cumplir sus mandatos.

Es por ese motivo por el que pongo el énfasis en construir un movimiento paneuropeo. Es porque la única forma de cambiar Europa es mediante una oleada que surja en toda Europa. De lo contrario, el voto de protesta que se ha manifestado en Grecia, España, el Reino Unido y Portugal, si no se sincroniza en todos los países, terminará disipándose, dejando tras de sí nada más que la amargura y la inseguridad generada por la imparable fragmentación de Europa.
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Tomado de Público.es. Traducido por Beatriz Martínez.Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Desigualdad aumenta a pasos agigantados: los 62 más ricos igualan al 50% más pobre de la población mundial

Mar, 19/01/2016 - 08:01

El 1 por ciento más rico del planeta es ahora más rico que el resto de la humanidad combinada (el 99 por ciento restante) de acuerdo al último Informe Oxfam publicado este lunes. Según este informe, la concentración de la riqueza aumenta a pasos agigantados: mientras el año 2010, 388 personas tenían el equivalente al 50% de la riqueza total. Hoy, las 62 personas más ricas de la lista de Forbes tienen la misma riqueza que los 3.500 millones de personas más pobres. De acuerdo al estudio, la riqueza del 1 por ciento más rico aumentó 44 por ciento en los últimos cinco años, a US$1760000000000 (1,76 billones de dólares), mientras que la riqueza de la mitad inferior cayó 41 por ciento, a US$1000000000000 (1 billón de dólares).

La organización utiliza estas estadísticas para argumentar que la creciente desigualdad supone una amenaza para la expansión económica y la cohesión social. Estos riesgos ya se han observado en países como EEUU, Grecia y España, y son los que siembran las tensiones en las calles de América Latina y el Medio Oriente. Oxfam advierte que los gobiernos deben tomar medidas para reducir la polarización, y uno de estos pasos es poner fin a los paraísos fiscales que ayudan a los más ricos a ocultar más de 7600000 millones de dólares (US$7,6 billones).

Las estadísticas de Oxfam se basan en los informes sobre la riqueza mundial entregadas anualmente por Credit Suisse, que tiene la ventaja de estimar el patrimonio de los principales impulsores de las grandes fortunas. En mayo pasado, la OCDE publicó un informe sobre las desigualdad en el mundo y aunque su metodología era totalmente diferente, la institución llegó a las mismas conclusiones que Oxfam: "Durante los últimos 30 años, las desigualdades de ingresos han aumentado en la mayoría de países de la OCDE, y a veces llegando a niveles históricos. El Coeficiente de Gini - una medida común de la desigualdad de ingresos que oscila entre 0 (total igualdad de ingresos) y 1 (cuando el total de ingresos va a una sola persona) - se ubica actualmente en un promedio de 0,315 en los países de la OCDE, supera 0,4 en Estados Unidos y Turquía y llega a 0,5 en Chile y México". Mientras el 1 por ciento más rico ha aumentado su riqueza, el 40% más pobre se ha hecho más pobre.

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"La economía neoliberal mata más gente que todos los ejércitos del mundo juntos, y no hay ningún acusado, ningún preso"

Lun, 18/01/2016 - 17:54
Clase magistral de Manfred Max-Neef realizada en 2011
El economista y ex candidato presidencial Manfred Max-Neef cuestionó la obsesión por el crecimiento que genera la economía neoliberal, misma que a su jucio es "un fracaso tremendamente peligroso y brutal" y la responsable de gran parte "de todos los horrores que estamos viviendo en el mundo".

En una entrevista realizada por la revista En Torno, el autor de la tesis del desarrollo a escala humana afirmó que "esta economía neoliberal mata más gente que todos los ejércitos del mundo juntos, y no hay ningún acusado, no hay ningún preso, no hay ningún condenado. Todos los horrores que estamos viendo en el mundo, gran parte de ellos, tienen un trasfondo que está anclado a esta visión de tratamiento y práctica económica".

Y enfatizó que "la obsesión del crecimiento, para empezar, es un disparate. Porque una elemental ley natural, que todo el mundo conoce, es que todos los sistemas vivos crecen hasta un cierto punto en que dejan de crecer. Tú dejaste de crecer, yo dejé de crecer, el árbol grande deja de crecer, pero no deja de desarrollarse. Seguir forzando el crecimiento para consumir más y seguir produciendo una infinita cantidad de cosas innecesarias, generando una de las instituciones más poderosas del mundo, como lo es la publicidad, cuya función es una y muy clara: hacerte comprar aquello que no necesitas, con plata que no tienes, para impresionar a quienes no conoces. Eso evidentemente no puede ser sustentable".

Para Max Neef no es un problema sin solución. Y por ello cree que la anternativa es "la visión de la economía ecológica", ya que "a diferencia de la economía tradicional, la economía ecológica es una economía que está al servicio de la vida y tiene características fundamentalmente opuestas a la convencional".

Sobre este punto explicó que "la economía convencional –que es la hija de la economía neoclásica– desde una visión ontológica, se sustenta en una visión mecánica, newtoniana: el humano, la economía y el mundo son mecánicos. Y en un mundo mecánico tú tienes sistemas que tienen partes. Partes que descompones, analizas y vuelves a armar. Del otro lado, la economía ecológica se sustenta en una visión orgánica. Los sistemas no tienen partes, sino que participantes, los cuales no son separables. Lo cual significa que todo está intrínsecamente unido y relacionado. Esto por lo demás ya es un mensaje que hace más de 90 años nos viene dando la física cuántica, pero ese mensaje ha tardado en llegar a las ciencias sociales".

El economista y ex rector de las universidades Bolivariana y Austral, enumeró "cinco postulados fundamentales y un principio valórico irrenunciable" que debieran sustentar la economía ecológica o cualquier otro nuevo sistema económico: "El postulado número uno: la economía está para servir a las personas y no las personas para servir a la economía; dos: el desarrollo tiene que ver con las personas y la vida, no con objetos; tres: crecimiento no es lo mismo que desarrollo, y el desarrollo no precisa necesariamente de crecimiento; cuatro: ninguna economía es posible al margen de los servicios que prestan los ecosistemas; y cinco: la economía es un subsistema de un sistema mayor y finito que es la biosfera, por lo tanto, el crecimiento permanente es imposible".

"Y el principio valórico irrenunciable que debe sustentar una nueva economía es que ningún interés económico, bajo ninguna circunstancia, puede estar por sobre la reverencia a la vida. Si tú recorres estos puntos vas a ver que lo que hoy tenemos –en la economía neoliberal– es exactamente lo contrario. Hoy en día llegamos al extremo, comienzo del siglo XXI, en que hay más esclavos de los que había antes de la prohibición de la esclavitud en el siglo XIX. Esclavos en serio, no en sentido figurado, de los cuales el 60% son niños y las demás, principalmente, mujeres", concluyó.

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La larga crisis económica

Lun, 18/01/2016 - 12:19
León Bendesky, La Jornada

El proceso de producción capitalista se desarrolla en el marco de diversas contradicciones. Ellas dan lugar a periodos recurrentes en los que la tasa promedio de ganancia del capital se reduce y ocurren las crisis. Desde 2007 se registra una crisis larga que no se asimila a los movimientos cíclicos de auge y recesión, de más corto plazo, para los que están diseñadas las políticas macroeconómicas de ajuste.

Ahora esas políticas que se han hecho convencionales y de aplicación general no actúan de modo efectivo. Una expresión de esto es la misma duración de la crisis actual y la inoperancia de las medidas usuales, de tipo fiscal y monetario, que pretenden recomponer las pautas de la acumulación.

A escala global prevalece un alto nivel de endeudamiento de los gobiernos, las empresas y las familias. Las medidas para reducir el sobreendeudamiento no han sido efectivas y eso detiene el gasto en inversión y consumo, manteniendo reducidas las tasas de crecimiento del producto del empleo.

La enorme expansión de la liquidez provocada por la Reserva Federal (Fed) para acometer la crisis y evitar el colapso del sistema financiero mantuvo durante mucho tiempo las tasas de interés de referencia a niveles de prácticamente cero. Aun así la inversión no se recuperó, los bancos lograron recomponer sus balances, sin eliminar por completo la fragilidad de sus carteras. Junto con la expansión de la liquidez hay un exceso de ahorro, lo que constituye un entorno de restricción para la recuperación productiva y aviva la especulación.

El crédito no se expandió al sector privado de manera suficiente. Hubo, pues, una apropiación desigual de los recursos entre las entidades financieras, las empresas, sobre todo las de tamaño mediano y los trabajadores. Ahí puede insertarse el aumento de la desigualdad como rasgo de la situación social.

La postura del banco central de sostener tasas cero de interés por siete años se considera anómala y desde hace un año se anunciaba la normalización de la política monetaria, es decir, empezar a elevar las tasas para incidir en el desempeño de los mercados. Recientemente la Fed aumentó un cuarto de punto porcentual la tasa de interés. Así se entra a un periodo de transición que, por ahora, no garantiza que las condiciones de normalidad se restituyan. La misma noción de lo que es normal está en cuestionamiento.

Lo que se observa es una discrepancia creciente entre las unidades nacionales que componen la economía global; esto genera ahora una nueva serie de distorsiones en el flujo de capitales y la asignación de los recursos productivos. La contradicción esencial entre capital y trabajo está expuesta de modo abierto.

Mientras la FED actúa para recrear las condiciones del crecimiento en Estados Unidos, impacta en la dirección de las corrientes de capital que salen de otros países, como es el caso de las economías emergentes por la diferencia de los rendimientos que se obtienen dentro y fuera. De modo más amplio se crean las condiciones para una pugna entre las principales divisas en los mercados de dinero y capitales.

La economía de la Unión Europea no responde a los incentivos monetarios del Banco Central Europeo y ello contribuye a nuevos acomodos del capital y de los niveles de producción, de empleo e ingresos en la forma de ganancias, rentas y salarios.

China exhibe finalmente las repercusiones de un largo periodo de alta expansión productiva, especulación y endeudamiento que obliga a un ajuste cuyos efectos aún no se definen completamente.

Por otra parte, el auge de las materias primas, especialmente del precio de petróleo, se ha acabado y provoca alteraciones severas en las economías que sostenían una expansión sobre la base de exportar dichos bienes.

Un aspecto relevante de las situación económica es la necesidad de desendeudamiento. Este asunto conlleva ciertas condiciones técnicas para el reacomodo financiero, pero exige también una acción política decisiva cuyos costos no están dispuestos a absorber muchos gobiernos. La reestructuración en curso impone fuertes cargas en la distribución del ingreso y la generación de riqueza. El escenario es proclive a generar un nuevo deslizamiento recesivo.

Una parte del debate a este respecto está planteado entre quienes ven el proceso como un movimiento cíclico convencional y quienes postulan que de lo que se trata es de un estancamiento de tipo secular. De ahí se desprenden una serie de políticas públicas que promueven el aumento de la demanda agregada, frente a quienes sostienen que se está llegando a las etapas finales de lo que llaman un súper ciclo de endeudamiento con el consecuente reacomodo de los agentes económicos en el mercado.

Las políticas fiscal y monetaria de un país como México intentan, en este marco, acomodarse a estas condiciones, pero de forma supeditada a las acciones principalmente de la Fed. Esto es un hecho plenamente admitido por Hacienda y de modo explícito por el Banco de México. La cuestión se aprecia, por un lado, en el origen y el uso de los recursos del fisco (captación de impuestos, abrupta caída del precio del petróleo, el destino del gasto y el creciente nivel de endeudamiento) y, por otro, en el alza de las tasas de interés. Todo ello en un escenario de fuerte depreciación del peso y las expectativas de inflación que pueden ceder y complicar aún más el frágil entorno prevaleciente.

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La guerra de los 25 años

Lun, 18/01/2016 - 00:00
Manlio Dinucci, Red Voltaire

Hace 25 años, en las primeras horas del 17 de enero de 1991, comienza en el Golfo Pérsico la operación «Tormenta del Desierto», la guerra contra Irak que abre la fase histórica que hoy estamos viviendo. Esta guerra se inicia en el preciso momento en que, después de la caída del muro de Berlín, van a disolverse el Pacto de Varsovia y la propia Unión Soviética. Esos acontecimientos crean, en la región europea y centroasiática, una situación totalmente nueva. En el plano mundial, desaparece la superpotencia capaz de hacer frente a Estados Unidos.

«El presidente Bush [padre] aprovecha ese histórico cambio», cuenta Colin Powell. Washington traza de inmediato «una nueva estrategia de seguridad nacional y una estrategia militar para respaldarla». La agresión iraquí contra Kuwait, ordenada por Sadam Husein en agosto de 1990, «proporciona a Estados Unidos la oportunidad de poner en práctica la nueva estrategia exactamente en el momento en que comienza a hacerla pública».

Sadam Husein, quien se convierte entonces en el «enemigo número 1», es el mismo personaje a quien Estados Unidos había respaldado en los años 1980 durante la guerra contra el Irán de Khomeiny, el «enemigo número 1» de aquel momento, para favorecer los intereses estadounidenses en el Medio Oriente.

Pero en 1988, cuando termina la guerra contra Irán, Estados Unidos teme que Irak, gracias a la ayuda soviética, logre hacerse con un papel dominante en la región. Los estadounidenses recurren entonces a la tradicional política de «divide y vencerás». Obedeciendo al guión de Washington, Kuwait también cambia de actitud y exige el reembolso inmediato de la deuda contraída por Irak. Al mismo tiempo, explotando el yacimiento de Rumaila –a caballo entre los territorios de Kuwait e Irak– Kuwait eleva su producción de petróleo más allá de la cuota establecida por la OPEP, perjudicando así los intereses de Irak, que salía de la guerra contra Irán con una deuda externa superior a los 70 000 millones de dólares, de los que debía 40 000 a Kuwait y Arabia Saudita.

Ante esa situación, Sadam Husein cree poder resolver el problema «reanexando» el territorio de Kuwait, que – conforme a las fronteras trazadas en 1922 por el procónsul británico Percy Cox– cierra el acceso de Irak al Golfo Pérsico. Washington hace creer a Bagdad que no tiene intenciones de intervenir en el asunto y, el 25 de julio de 1990, mientras los satélites del Pentágono muestran que la invasión [iraquí] es ya inminente, la embajadora estadounidense en Bagdad, April Glaspie, asegura a Sadam Husein que su país desea tener las mejores relaciones con Irak y que no piensa interferir en los conflictos entre países árabes. Sadam Husein cae en la trampa: una semana después, el 1º de agosto de 1990, Irak invade Kuwait.

Después de formar una coalición internacional, Washington envía al Golfo una fuerza de 750 000 hombres, de la que el 70% son estadounidenses, bajo las órdenes del general Schwarzkopf. Durante 43 días, 2 800 aviones de Estados Unidos y sus aliados efectúan más de 110 000 misiones aéreas, lanzando sobre Irak 250 000 bombas, entre ellas bombas de racimo que a su vez proyectan 10 millones de sub-municiones. Junto a las fuerzas de Estados Unidos participan en los bombardeos las fuerzas aéreas y navales del Reino Unido, Francia, Italia, Grecia, España, Portugal, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Noruega y Canadá.

El 23 de febrero, las tropas de la coalición (plus de un millón de hombres) inician la ofensiva terrestre, que termina el 28 de febrero con un «alto al fuego temporal», proclamado por el presidente Bush. La guerra cede lugar al embargo, que provoca en la población iraquí más víctimas que la propia guerra: más de un millón de muertos, la mitad de ellos entre la población infantil.

Inmediatamente después de la guerra del Golfo, Washington lanza un límpido mensaje a sus adversarios y aliados: «Estados Unidos es el unico Estado con una fuerza, un alcance y una influencia que abarcan en toda dimensión –política, económica y militar– verdaderamente mundiales. No existe ningún sustituto al liderazgo estadounidense» (Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, agosto de 1991).

La guerra del Golfo es la primera en la que la República Italiana participa bajo las órdenes de Estados Unidos, violando así el Artículo 11 de su propia Constitución. La OTAN, aunque no participa oficialmente en esa guerra, pone sus fuerzas y estructuras a la disposición de las operaciones militares. Meses después, en noviembre de 1991, el Consejo Atlántico promulga, en la estela de la nueva estrategia estadounidense, la «nueva concepción estratégica de la Alianza». Ese mismo año se promulga en Italia el «nuevo modelo de defensa» que, en contradicción con la Constitución de la República Italiana, estipula como misión de las fuerzas armadas italianas «velar por los intereses nacionales dondequiera que sea necesario».

Nace así, con la guerra del Golfo, la estrategia que conduce a las guerras que a partir de entonces van a sucederse, bajo las órdenes de Estados Unidos, presentadas como «operaciones humanitarias de mantenimiento de la paz»: Yugoslavia en 1999, Afganistán en 2001, Irak en 2003, Libia en 2011 y Siria desde 2013, guerras acompañadas además, en el mismo marco estratégico, por las guerras de Israel contra el Líbano y Gaza, por la guerra de Turquía contra los kurdos del PKK, por la guerra de Arabia Saudita contra Yemen, por la creación del Emirato Islámico y de otros grupos terroristas implicados en la estrategia de Estados Unidos y la OTAN, por el uso de fuerzas neonazis por el golpe de Estado en Ucrania en función de la nueva guerra fría contra Rusia.

Proféticas, pero en el sentido trágico, han resultado las palabras que el presidente Bush pronunciara en agosto de 1991: «La crisis del Golfo pasará a la historia como el crisol del nuevo orden mundial».

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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El retorno de la inversión pública

Dom, 17/01/2016 - 17:00
Dani Rodrik, Project Syndicate

La idea de que la inversión pública en infraestructura (calles, represas, centrales de energía, etc.) es un motor indispensable del crecimiento económico siempre ejerció una poderosa influencia en los funcionarios de países pobres. También estuvo detrás de los primeros programas de ayuda al desarrollo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Banco Mundial y diversas instituciones bilaterales comenzaron a canalizar recursos a países recientemente independizados, para la financiación de proyectos de gran escala. Y es la motivación del nuevo Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII) liderado por China, que busca cubrir el presunto faltante de infraestructuras de la región, por un valor estimado en 8 billones de dólares.

Pero hace mucho que este tipo de modelo de crecimiento impulsado por la inversión pública (a menudo denominado despectivamente “fundamentalismo del capital”) perdió el favor de los expertos en desarrollo. Desde los años setenta, los economistas han recomendado a los funcionarios restar énfasis al sector público, el capital físico y la infraestructura, y priorizar en cambio los mercados privados, el capital humano (habilidades y capacitación) y las reformas administrativas e institucionales. El resultado, según todas las apariencias, fue una total transformación de las estrategias de desarrollo.

Pero tal vez sea hora de reconsiderar ese cambio. Si uno observa los países que, a pesar del empeoramiento de la situación económica global, todavía crecen rápidamente, verá que en gran medida se debe a la inversión pública.

En África, el ejemplo de éxito más sorprendente de la última década es Etiopía. Su economía viene creciendo a un ritmo anual promedio mayor a 10% desde 2004, lo que se trasladó a una importante reducción de la pobreza y una mejora de los indicadores sanitarios. A diferencia de muchos de sus vecinos en el continente, el país no tiene abundancia de recursos y no se benefició con el auge de los commodities. Y la liberalización económica con reformas estructurales que suelen recomendar el Banco Mundial y otros donantes internacionales tampoco tuvo mucho que ver.

En cambio, el veloz crecimiento fue resultado de un inmenso aumento de la inversión pública, de 5% del PIB a principios de los noventa a 19% en 2011 (la tercera tasa más alta del mundo). El gobierno etíope se embarcó en una campaña de gasto para construir rutas, vías férreas, centrales de energía y un sistema de extensión agrícola que mejoró considerablemente la productividad en las áreas rurales donde vive la mayoría de los pobres. El gasto se financió en parte con ayudas extranjeras y en parte con políticas heterodoxas (como la represión financiera) que canalizaron ahorros privados hacia el Estado.

El veloz crecimiento de la India también se basa en un sustancial aumento de la inversión, que ahora equivale a cerca de la tercera parte del PIB. Buena parte del incremento provino de fuentes privadas, muestra de la gradual flexibilización de trabas al sector empresarial que se produjo desde inicios de los ochenta. Pero el sector público sigue siendo un actor importante. El gobierno tuvo que intervenir, porque tanto la inversión privada como la productividad total de los factores decayeron en años recientes.

En la actualidad, la inversión pública en infraestructura ayuda a mantener el impulso de crecimiento de la India. Según declaraciones del jefe de asesores económicos del gobierno, Arvind Subramanian: “Creo que los dos sectores que frenan la economía son las inversiones privadas y las exportaciones. (...) Por eso (...) la inversión pública cubrirá el faltante”.

En América latina, Bolivia es uno de los pocos países exportadores de minerales que se libró de correr la misma suerte de otros ante la actual caída de precio de los commodities. Se prevé que en 2015 el PIB boliviano siga creciendo a un ritmo superior al 4% anual, en una región cuya producción general se está reduciendo (un 0,3%, según las últimas proyecciones del Fondo Monetario Internacional). En buena medida eso se relaciona con la inversión pública, que el presidente Evo Morales considera motor de la economía boliviana. De 2005 a 2014, la inversión pública total como porcentaje del PIB nacional creció a más del doble (de 6% a 13%), y el gobierno pretende subir aun más el cociente en los años venideros.

Sabemos que los grandes aumentos de inversión pública, igual que las bonanzas de commodities, muchas veces terminan mal: su rentabilidad económica y social disminuye, el dinero se acaba, y está todo listo para una crisis de deuda. Un estudio reciente del FMI señala que, tras algunos efectos positivos iniciales, la inversión pública pierde la mayor parte de su fuerza.

Pero eso depende en gran medida de las condiciones locales. La inversión pública puede mejorar la productividad de una economía por tiempo considerable (tal vez una década o más), como ha sido claramente el caso de Etiopía. También puede ser un catalizador de la inversión privada: hay cierta evidencia de que eso ocurrió estos últimos años en la India.

Los beneficios potenciales de la inversión pública no son solo para los países en desarrollo. De hecho, puede que un aumento de la inversión pública local hoy fuera especialmente ventajoso para las economías avanzadas de América del norte y Europa occidental. Tras la gran recesión, estas economías tienen muchas áreas donde sería útil un aumento del gasto público, para aumentar la demanda y el empleo, restaurar infraestructuras deterioradas y dar impulso a las actividades de investigación y desarrollo, especialmente en tecnologías ecológicas.

En el debate político suelen contraponerse a estos argumentos objeciones relacionadas con el equilibrio fiscal y la estabilidad macroeconómica. Pero la inversión pública es distinta de otros tipos de gasto público (como el pago de salarios de empleados estatales o las transferencias sociales), porque sirve para acumular activos, en vez de consumirlos. En la medida en que la rentabilidad de esos activos supere el costo de financiación, la inversión pública mejora la situación fiscal en la práctica.

Como no sabemos cómo terminarán los experimentos de Etiopía, la India o Bolivia, corresponde tomar recaudos al extrapolar la experiencia de esos países a otros casos. Pero los tres son ejemplos que otras naciones, incluidas las desarrolladas, deberían observar atentamente en su búsqueda de estrategias de crecimiento viables en un entorno económico global cada vez más hostil.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Futuro y fuga del dinero

Sáb, 16/01/2016 - 07:00
Miguel Iradier, Rebelion

Los que acostumbran a leer noticas alternativas en inglés, norteamericanas sobre todo, habrán reparado en la frecuencia con que últimamente aparecen admoniciones, a menudo alarmistas, sobre la guerra contra el dinero en efectivo (the war on cash). El capitalismo norteamericano está enamorado del apocalipsis, seguramente porque, como ya se ha notado, el mismo fin del mundo se concibe como un espectáculo o mercancía producido en el interior del sistema y no como el fin del sistema. Se hacen lúgubres prospectos del “campo de concentración financiero” que se avecina y uno se pondría a temblar de inmediato si no fuera porque eso, poco más o menos, es lo que ya parece que tenemos. Además, muchos de los que ponen aquí su indignado grito en el cielo (¡no nos van a dejar ya ni tener billetes!) son el mismo tipo de gente obsesionada con atesorar oro y que sólo concibe la libertad en términos de poder adquisitivo. Otra especie de “indignados”, genuimente conservadora y americana, que nos viene a recordar las profundas diferencias de mentalidad que todavía persisten entre Europa y América.

A pesar de todo, conviene no olvidar que la guerra al dinero en efectivo no es un mero culebrón para catastrofistas, sino una persistente y poderosa tendencia actual que aún está adquiriendo impulso -está acelerándose- y que determinará en gran medida el escenario de los próximos años y décadas. Los medios alternativos de aquí, que tal vez temen mezclarse con cualquier chisme con tintes reaccionarios, ignoran el tema con esa especial habilidad que tienen para eludir ciertos temas importantes. Uno tal vez no sabe muy bien qué pueda significar hoy ser reaccionario -puesto que a casi todos, y no menos los que se autodenominan “izquierda”, apenas nos es dada otra cosa que reaccionar; pero justamente este tema del destino del dinero, si conseguimos confrontarnos con él, podría ser una oportuna piedra de toque y un excelente revelador de cómo andan las cosas.

Dado lo poco que se escribe en español sobre el asunto, no estará de más hacer algo de repaso. Por descontado, información y rumorología al respecto, monocorde y repetitiva, puede encontrarse con sólo teclear en inglés “war on cash” or “cashless economy”.

Bail out/Bail in: Rescate y captura La actual corriente de artículos sobre la presunta guerra al dinero en efectivo suele tomar como punto de partida artículos recientes de Kenneth Rogoff (Harvard) y el economista en jefe de Citigroup Willem Buiter. Ambos debaten los beneficios y riesgos de la prohibición o cuasi-prohibición del dinero en efectivo, contemplando, naturalmente, la posibilidad de una implantación gradual con restricciones sucesivas en el tamaño de los billetes y sus sumas. Esto, de hecho, es lo que se ha visto en diversos países del euro como Italia, Francia o Grecia desde los comienzos de la crisis financiera del 2008. Rogoff añade que tampoco haría falta decretar la prohibición, y que bastaría con dejar los billetes de 1 dólar o 5 para las transacciones cotidianas de los agentes marginales y rezagados de la economía como pobres o ancianos; apreciación que por sí sola ya nos da cierto olor de lo que se pretende.

Buiter por su parte va de cabeza al principal motivo de preocupación de los bancos, y sin preámbulos nos dice que la debacle financiera del 2008 se hubiera podido evitar con sólo cargar un 6 por ciento de interés negativo sobre el dinero en metálico, o dicho de otro modo, tomando un 6 por ciento de los depósitos de los ahorradores para forzar a todo el mundo a gastar cualquier dinero que pueda tener en efectivo. Se trata, en definitiva, de pasar de los rescates con inyecciones del erario público a la captura de los propios depósitos de los ahorradores, para lo cual ya hace tiempo que sin publicidad se despliegan leyes favorables. El mayor de los bancos americanos, JP Morgan Chase, ya cobra un 1 por ciento a los “excesos” de dinero en depósito.

Ni que decir tiene, si ya no hay dinero en efectivo o sus movimientos se encuentran severamente limitados se evitan las estampidas financieras con la gente pugnando por sacar sus depósitos; no hay que decretar un corral porque ya todo es por principio un corral (no hay dinero tangible que sacar), y de aquí, tal vez, el socorrido calificativo de campos de concentración financieros. Aunque hay bastante más que esto.

Las ventajas para la banca son evidentes, y lo mismo cabe decir para el estado, que, so pretexto de luchar contra la evasión fiscal, podría acceder a un control ideal y al detalle de las acciones y transacciones de los ciudadanos. Los argumentos fiscales son por ejemplo el motivo esgrimido por el gobierno de Netanyahu para su plan por etapas para una economía sin efectivo en Israel, en un estado cuyo presupuesto, se dice, se halla tan exigido por los gastos militares. Y naturalmente, los portavoces de los bancos aseguran que con estas medidas la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y el crimen -por no hablar de la evasión fiscal- sería infinitamente más efectiva.

Si las ventajas tanto para el estado como para la banca son enormes, puesto que ambos son hoy los grandes polos de poder, cabe estar seguro de que estas iniciativas gozarán del mejor viento en sus velas. Además, no sólo hay que contar con el acostumbrado despliegue de relaciones públicas para minimizar las resistencias, si de verdad las hay; más fuerte que todo esto es que el mismo Zeitgeist, el mismo Espíritu del Tiempo, ha asumido como suya la misión de convertir en electrónico todo lo que pueda ser convertido, y el dinero no es precisamente algo secundario en esta función. Por añadidura es una de las cosas que mejor se prestan a ello. ¿Por qué querría el Espíritu del Tiempo convertirlo todo en electrónico? Pues justamente, para convertirlo en dinero. La inagotable sed de liquidez. En definitiva, el Espiritu del Tiempo es el Dinero y punto; aunque, aquí está la gracia, no hay por qué confundir dinero y capital. Y en cuanto a la gradualidad, sólo hay que administrarla de forma oportuna al compás del apuro y de las crisis, puesto que nada se ha transformado de manera más paulatina.

Sin duda las tarjetas de crédito, aunque a menudo las utilicemos para ir al cajero, nos han ido haciendo a la idea del puro dinero electrónico. Pero ahora en países como Suecia o Dinamarca los mismos cajeros están desapareciendo, porque son ya muy escasas las transacciones hechas con billetes. Allí en muchas áreas comerciales ni aceptan ya efectivo, que se está tornando en un lastre o incluso en algo un tanto sospechoso. Ahora se trata de pasar de la tarjeta al iphone, y ya están aquí las aplicaciones de pago por teléfono como Apple Pay y otras, con las grandes multinacionales como siempre en vanguardia. Lo cashless y cash free es lo último y los festivales de música ingenian sistemas de pago por pulsera electrónica para que “sin contacto” pagues más y mejor. Usando datos biométricos ya no tendrás que rellenar interminables formularios por internet, sino que podrás “comprar sin pensar, como a ti te gusta”. Nada subliminalmente, se ofrece la promesa levitante y eufórica de un mundo sin dinero, pero con tu iphone. No te pringues la mano con algo tan sucio como un billete, con abundantes trazas fecales, de mocos y de cocaína. Y además, si no llevas cartera nadie te robará por la calle; eso se queda ya en exclusiva para los amistosos estafadores de las comisiones.

Porque siempre hay que luchar contra el crimen. Y de paso, empezamos a criminalizar toda la economía informal, se entiende que la de bajo nivel adquisitivo. Por añadidura, el sistema de los billetes, además de inefectivo, resulta muy caro para todos. Es innegable que los billetes grandes hacen más fáciles las corruptelas y los movimientos del crimen organizado, pero ya se ha empezado a decir que son la causa. Ya están cantadas las noticias de redadas contra cejijuntos terroristas atesorando sacos de billetes en sus búnkeres, mientras en los anuncios, libre de dinero, la juventud angelical vuela extasiada por el aire. Ninguna exageración, puesto que el ministro de finanzas francés Michel Sapin atribuyó los atentados de Charlie Hebdo a la capacidad de comprar cosas con dinero en efectivo; desde entonces se establecieron controles a partir de mil euros para “luchar contra el uso del dinero en efectivo y el anonimato en la economía francesa” [1]. Y en cuanto a la publicidad, ya la tenemos.

Esta transparente “sociedad sin dinero” (en efectivo) no va a quedarse en un experimento para civilizados escandinavos; hasta el Banco Central de Nigeria ha establecido como una prioridad la reducción en lo posible de esta reliquia del pasado. También pensando en África, Bill Gates prevé soñador que “por el 2030, dos mil millones de personas que no tienen una cuenta bancaria estarán acumulando dinero y haciendo pagos con sus móviles. Y por entonces los proveedores de dinero en el móvil ofrecerán todo un espectro de servicios finacieros, desde ahorros con interés a seguros y créditos”[2] . La Belinda and Gates Foundation está volcada en llevar la mano amiga de la banca a los más pobres, pues, como afirman en sus comunicados oficiales, también los pobres pueden ser una base de clientes rentable.

Ni en España faltan pioneros. Guillermo de la Dehesa, ex-funcionario del estado, secretario del PSOE en tiempos de Solchaga, consejero del Santander y de Goldmann Sachs, y colaborador de El País vaticinaba ya en el 2007 un mundo mucho más seguro y menos violento una vez que desapareciera “el mayor incentivo que ampara toda la actividad ilegal”[3]. De la Dehesa, junto con Enrique Sáez, uno de los primeros abogados de la iniciativa, no dudaba en convertir al dinero en efectivo en causa hasta de las guerras.

Como se ve el argumento de la seguridad es el más recurrente del lado de los gobiernos, y la seguridad no es más que el aspecto amable del control. Las transacciones sin efectivo han de incorporar la tecnología de cadena de bloques (blockchain) que vio la luz con la primera criptomoneda de éxito, Bitcoin, pero que es enteramente independiente de ésta: una base de datos distribuida y abierta con ciertos protocolos que mantiene un registro acumulado de todas las operaciones. De este modo todas las operaciones y transacciones con dinero, salvo por las monedas o billetes de baja denominación que no fueran derogados, serían íntegramente rastreables.

Los expertos en la materia dicen que esta tecnología de cadena de bloques es extremadamente segura y difícil de trucar, de modo que la panóptica trasparencia a que serían sometidos los ciudadanos/consumidores no sería mayor que la que tendrían “los banqueros y los gobernantes”, así todo junto y sin solución de continuidad. Suena encantador. Tal vez no haya por qué dudar de que se trate de una tecnología de lo más democrática, al menos por diseño y concepción; pero cuándo se ha visto que una tecnología impuesta desde arriba fuerce la igualdad entre los de arriba o los de abajo. Si acaso cabría pensar en una más dramática e insondable separación entre administradores y administrados. El problema no es la tecnología, sino su imposición, y para unos fines bien concretos; así esa tecnología sólo puede asumir la función que le sea asignada, y que indudablemente se transformará con el tiempo.

Además, como dicen algunos, no hay problema que traiga la tecnología que la tecnología no pueda arreglar. Con nuevas innovaciones. A la descentralizada pero compacta tecnología de bloques pronto le han crecido apéndices tales como las cadenas laterales (sidechains), muy aptas desviaciones para otras criptomonedas paralelas, y que, se afirma, permiten prevenir “faltas de liquidez”, “reducir la volatilidad” y un largo etcétera de conveniencias. Puede ser cierto, pero no hace falta entrar en muchos detalles para escuchar la misma música, los mismos estribillos, los mismos prodigiosos e ilimitados despliegues de la ingeniería financiera de siempre, con renovadas y aumentadas posibilidades. ¿Puede sorprender entonces que Goldman Sachs, que siempre se ha mostrado entusiasta con esta tecnología, esté desarrollando con sus propias patentes su particular versión del Bitcoin, llamada provisionalmente SETLcoin? Y ciertamente no han de ser los únicos. Parece ser que los bancos, siempre impacientes, no están dispuestos a esperar a que la rémora de la política estatal conforme el campo de medidas y ya están anticipando sus propias soluciones. Las cadenas laterales, como buenas ramificaciones, son un gran paso para lograr el efecto multiplicador de la red que puede ser decisivo a la hora de consolidar este nuevo uso y práctica del dinero.

Las ventajas que el puro dinero electrónico tienen para el estado y la banca son tan claras que no merecen demasiados comentarios, pero la cruz del asunto no está en la suma, sino en el producto de ambos. Pues si el matrimonio entre banca y estado viene de viejo, ahora se haría casi imposible limitar la nueva atribución de poderes con que se vería consagrada. Asistida por la inminente ubicuidad de la vigilancia electrónica y “la internet de las cosas”, estaría por nacerles un hijo que multiplicará la belleza de sus progenitores. Sólo hay que pensar un poco en ello, pues nuestra fantasía podría cosechar otro más de sus patéticos fracasos.

Singularidad y horizonte de sucesos Hace años, especialmente antes del milenio, se puso de moda entre “transhumanistas”, tecnoprofetas y otros pirados hablar de una supuesta singularidad tecnológica hacia la que nos estábamos peligrosamente acercando. Pronto los ordenadores y los robots aprenderían a autorreplicarse y mejorarse por sí mismos y así de un día para otro el Homo Sapiens quedaría hundido en el barro sin sospechar siquiera lo sucedido. Si uno no cree en empanadas especulativas como la de los agujeros negros de los físicos, difícilmente creerá en una quimera como la de la singularidad tecnológica. Pero para la psicología no deja de ser un síndrome fascinante, puesto que alía las virtudes higiénicas del Apocalipsis con el más desenfrenado optimismo aprovechando el denominador común de la fuga y el escape. No es algo fácil de superar. El problema es que la tecnología nunca está a punto. En cambio podríamos asistir al nacimiento de un síndrome nuevo y no menos fascinante que ya tiene solucionados los problemas técnicos, es decir, ya tiene su libre curso garantizado: se trata del síndrome de la singularidad financiera, aún no tipificado por los psiquiatras.

Lo bueno de pensar en la unión indisoluble entre banca y estado como un agujero negro es que, si estamos ciertos de que los agujeros negros no existen, nos facilita grandemente conjurarlo. Por otra parte tiene la ventaja de que podemos seguirle la corriente a los locos y hasta empatizar con ellos sin necesidad de pasarnos a su bando. Si el todo es singular, cualquier singularidad en una parte no pasará de ser una ficción mental, pero por otra parte, gracias al impagable (y en realidad impresicindible) concepto de horizonte de sucesos, podemos hablar tranquilamente de lo imposible como si fuera tan sólo inevitable. Y además, un horizonte de sucesos está lleno de cosas especulables y discurribles, puesto que es un embudo de tiempo.

Admitido que los intereses de la banca y el estado por terminar con billetes y cheques son desde su punto de vista perfectamente razonables, puede preguntarse dónde está el delirio. Pero ya adelantamos que no es la suma, sino el área del producto, el que circunscribe el nuevo espacio para las aberraciones que intentamos concebir. Ahora mismo no sabemos si ambos polos de interés habrán de coincidir a la hora de eliminar el antiguo dinero, o si, ante problemas mayores de las grandes divisas actuales (dólar, euro, yuan, yen, libra, etc), la banca intentará desbordar por las bandas en una especie de enloquecida criba darwiniana de monedas estatales y no estatales. Todo eso está por ver ya que los sobresaltos en estos diez o quince años próximos están garantizados. El dinero en la forma actual difícilmente puede tener más tiempo que ése.

Puesto que los problemas técnicos para la eliminación del actual dinero ya están prácticamente resueltos, es obligado volver sobre los obstáculos que el proyecto tiene en las otras esferas, fundamentalmente la política y la económica. Curiosamente, los obstáculos sociales no parecen merecer mucha consideración de los abogados de la “sociedad sin dinero”. En el capítulo económico, y especialmente si se consideran las divisas de los estados y ecozonas, como el dólar o el euro, un asunto primordial es la concertación, puesto que cualquier intento unilateral por parte de una economía de restringir el uso de su moneda atraería el uso de divisas extranjeras en su propio territorio. Incluso si en los Estados Unidos, que siguen gozando con diferencia de la divisa más fuerte, se restringiera drásticamente el uso de dólares en efectivo, sólo se lograría desencadenar una compra frenética de euros, yuanes y hasta rublos si no hay nada mejor, invirtiendo la situación y trasfiriendo la fuerza del dólar a la pujanza del propio mercado negro interno.

Esto sería al menos lo más probable por la sencilla razón de que, como admiten Rogoff y Buiter, el motivo de partida para acabar con el dinero en efectivo es darle algo de aire y espacio de maniobra a los bancos a través de los tipos de interés negativos; luego se aducen el resto de “ventajas.” Sabido es que todos los grandes bancos centrales llevan años bordeando el interés cero o el interés negativo, y fabricando grandes sumas de dinero, con el pretexto de estimular la economía. En la práctica, el dinero les llega casi sin interés a los bancos y las líneas directas de crédito privilegiadas, que se dedican a especular gracias a la enorme ventaja con que cuentan. Faltaría más, el usuario normal del banco tiene que pagar unos intereses mucho más altos, por no hablar de las tarjetas de crédito. Por otro lado ese interés cercano a cero, y que se querría negativo, penaliza a los ahorros depositados en los bancos, pues ya la inflación suele ser mayor que el interés.

Con intereses negativos, el ahorrador está pagando directamente por dejar dinero en el banco, aun si ignoramos la inflación. Y por otro lado, los bancos centrales buscan obsesivamente la inflación, por la que no dejan de suspirar continuamente en la letanía de sus comunicados oficiales. “¡No conseguimos la suficiente inflación!” lloran una y otra vez, lo que debería dejar atónito al más sufrido lector de noticias, cuando siempre se nos dijo que el motivo fundacional de los bancos centrales era proteger el valor adquisitivo de sus monedas y por ende luchar contra la inflación. La razón para esto, claro está, es que en una economía de deuda como la que tenemos la inflación es ventajosa, puesto que hace más baratos los pagos futuros. Los bancos centrales, que no son sino los consorcios de los bancos privados con la bendición del estado, hacen todo lo posible por exacerbar la economía de la deuda.

Así pues, los bancos quieren tener libertad para imponer tipos negativos y que la gente tenga que pagar por su dinero en el banco. Como en tales circunstancias los ahorradores prefieren sacar el dinero y tenerlo en efectivo porque conserva mejor el valor que los depósitos, la única forma de impedirlo es terminar con el dinero en efectivo mismo. Este es el plan, tal es la solución final.

El Banco Central Europeo fue el primer gran banco en aventurarse en las aguas de los intereses negativos en junio del 2014, con un modesto 0,3 por ciento. Le siguieron los bancos centrales de Suecia, Dinamarca y Suiza, que ya lo había hecho anteriormente en los setenta. ¿Cuánto por debajo de cero puedes llegar? El límite lo pone la conyuntura, no la vergüenza. Pero si el dinero en efectivo se reduce a un rango residual, se ha conseguido eliminar el principal obstáculo.

Dicho sea de paso, el hecho de que ahora se lamenten en los bancos centrales porque no hay suficiente inflación, y de que se castigue sin disimulo al ahorro, al que hasta ayer se consideraba fundamento del capitalismo, es algo que supera las más gruesas parodias. Es el signo más cierto de que ya hollamos el territorio del postcapitalismo, aunque aún no nos atrevamos a reconocerlo. Y no queremos reconocerlo porque no queremos admitir que el periodo posterior al capitalismo podría ser peor en diversos aspectos a su predecesor, o que su predecesor no apuró el cáliz de sus males. Al menos, si llamamos postcapitalismo a la fase en que ya carecen de relevancia las contradicciones que en una fase anterior hubieran socavado sin remedio su discurso y su sistema. Ahora no lo socavan, luego se está abriendo una nueva época y ante las temibles implicaciones de esto muchos lo prefieren ignorar. Penalizar el ahorro también significa oponerse al motor de la movilidad social, que hasta ahora era la válvula de escape del sistema para el descontento social. Siendo esto tan peligroso, ¿qué es lo que se pretende? Al menos hablando en términos económicos clásicos, si no ahorras, lo único que te queda por hacer es consumir o jugar en el casino de la bolsa. Y este es el rol lubricante que se espera del nuevo microsiervo.

Los intereses negativos y la captura o confiscación del dinero de la población es prácticamente el único y último grado de libertad importante que tiene un sistema bancario-estatal que parece haberlo intentado absolutamente todo y que, mientras navega a la deriva por un mare tenebrarum de derivados financieros y activos tóxicos contempla que los paños calientes de la última crisis tienen un efecto marginal cada vez menor. No podrían “estimular” la economía ni aunque empezaran a repartir billetes con helicópteros. Así que la cuestión es el cómo y el cuándo.

Si la prioridad la establece la urgencia, lo primero es tener algo de aire a nivel financiero, y lo inmediatamente posterior, ante la inestabilidad creciente, es fortalecer los mecanismos de control a través de esta nueva vuelta de tuerca financiera. Pues a veces, como cuando se habla del dinero en helicópteros, parece que el problema, más que el propio dinero, es mantener sujeto al conjunto del tinglado y de la gente. En lo grande es imposible separar lo económico de lo político.

Las crisis, ya se dijo, jalonarían esta limpieza del dinero en efectivo. Las primeras restricciones importantes en países europeos vinieron tras el 2008. Si el hundimiento en bolsa de las punto-com en el 2000 biseló el cambio de milenio, la crisis sistémica del 2008 es el primero de los tres grandes golpes que, a lo sumo, puede aguantar este sistema antes de desmoronarse por completo. Y es que el colapso no es un acontecimiento sino un proceso, y como todo proceso tiene su ritmo. Los tres golpes pueden recordarnos los tres soplos del lobo en el cuento de los tres cerditos. La segunda gran crisis sistémica podría haber empezado ya, aunque una discreción que es de agradecer nos habría ahorrado el susto. Ya nos hemos acostumbrado a pensar que no hay crisis que se precie sin un Lehman Brothers o un hundimiento espectacular en la bolsa; pero ahora podría ser distinto, puesto que en el 2008 los bancos centrales no estaban bombeando el dinero a marchas forzadas para seguir inflando los mercados (bolsa, bonos, vivienda) y ahora sí. Los indicadores generales pueden ser ahora iguales o peores que en el verano del 2008, pero el descenso, a decir de Charles Hugh Smith, podría parecerse más al de un avión que va quedándose sin combustible que a una caída en picado. No es que vaya a faltar el suministro de dinero, pero, como con cualquier adicción, el aumento de las dosis tiene efectos decrecientes.

Aun ignorando tantas cosas, podemos abonarnos a la idea de que continuarán las crisis cada 7 u 8 años como ha venido siendo la tónica en los últimos dos siglos; el año 2016 tiene entonces grandes probabilidades de ser uno de estos años críticos incluso sin la presencia de los detonantes habituales. Más simplemente, podría ser el año en que se reconociera que las políticas monetarias que se han venido usando como medicina no tienen efecto, permaneciendo una larga serie de problemas sin resolver o agravados. Las crisis periódicas del siglo XXI tienen esto de notable. Antaño el efecto destructivo de los ciclos de negocio se veía compensado, después de todo, con otro efecto de limpieza y renovación relativos, para hacer bueno aquello de la “destrucción creativa” de Schumpeter. Pero ahora lo que vemos es que los vicios se agrandan, acentúan y se enquistan mientras se crean fortalezas y murallas contra la innovación. En general, vivimos una época de enfeudamiento mucho más que de innovación efectiva, lo que no quita para que el potencial de innovación sea hoy mucho mayor que en otras épocas. De aquí precisamente los muros defensivos.

Y además, como ya se ha notado abundantemente, a este sistema-mundo ya casi se le han acabado los nuevos mercados (espacio), el efecto novedoso de casi todo lo vendible (renovación en el tiempo), y tampoco espera nadie nuevos ciclos tecnológicos con capacidad de reciclar el trabajo perdido y el capital que busca rendimiento. Así nos adentramos en el estancamiento del producto global con captura de rentas por unos pocos y el desmoronamiento interno de la estructura social por choques sucesivos. El mismo éxito y eficiencia del sistema para conseguir sus propios fines se convierte, en un entorno con márgenes cerrados, en la mejor garantía de su deceso. Lo que llamamos “morir de éxito”.

Si todo esto es así el efecto de crisis sucesivas en estas primeras décadas del siglo es a la larga mucho más demoledor, pues lo sabemos muy bien, no hay recuperación por más que se pretenda lo contrario. Y si no hay recuperación, con el primer golpe el sistema se estremecerá, con el segundo se tambaleará, y con el tercero caerá. Los años de estos golpes serían, grosso modo, 2008, 2016 y 2025. Hacia mediados o finales de la próxima década estaremos entrando en otro mundo, otro sistema, por la sencilla razón de que el actual será ya inhabitable. Pues justamente cuando un sistema es incapaz de reformarse el hundimiento está garantizado. Parece una proposición autoevidente.

Cuanto menos posibles las reformas, más segura la caída o más profunda la transformación. Dado que la presión colosal del “éxito” del sistema fuerza todo a ello, incluidas las oligarquías y los gobernantes. Si queremos verlo así, puede augurarse, más que una muerte, una “Gran Transformación” de pareja magnitud a la estudiada por Polanyi, pero, colonizado ya todo el espacio de acción, mucho más concentrada en el tiempo. Si todo pasara por las alternativas entre banca y estado, tal como enfatizan las opciones electorales, estaríamos más que condenados. Puesto que ambos no son una alternativa sino un tándem, desde los tiempos que estudiaba Polanyi, y de forma infinitamente más orgánica ahora. Pero es improbable que un tiempo sometido a tensiones tan violentas no tenga potencial para engendrar bifurcaciones. Y la bifurcación no puede estar causada por la falsa alternativa que nos lleva de cabeza, sino por todo lo que ésta reprime o no deja ver.

A vueltas sobre el sistema monetario: “Todo está sobre la mesa.” La eliminación del dinero en efectivo es la eliminación del “dinero sin control”, por lo tanto, aunque hasta ahora se asoció el dinero con la libertad, desde ese momento todo dinero será control. El dinero inmóvil pasaría más desapercibido, pero quién asegurará que hay algo inmóvil aquí. Esta eliminación del efectivo, debería llevar, si se siguiera el curso natural del relevo generacional y la presión por el acostumbramiento, no más de dos o tres décadas. A ese ritmo, y con una presión sostenida, casi ni nos daríamos cuenta. Pero vemos que la urgencia aprieta y no hay ya más trucos ni remedios monetarios en la recámara. Parece que la única medida que puede dar aire al sistema financiero en los niveles de tensión actuales y futuros es el disponer de todo el dinero y de forma tan completa como sea posible. Y si es posible, ¿por qué conformarse con menos?

Con todo se diría que los que se preocupan por la guerra a los billetes no acaban de ver la jugada. Y es que, después de todo, la cantidad de dinero en efectivo ya es muy pequeña, es una parte bien modesta de lo que se considera dinero en nuestras economías. En los Estados Unidos, 1,36 billones de dólares, en una economía de 17,5 billones. Algo así como un 7 por ciento, y unos 4.000 dólares per cápita. La mayor parte es billetes de 100; los billetes de 10, 5 o 1 dólar sólo hacen menos de un 4 por ciento del efectivo, o menos del 0,28 por ciento del producto bruto. En la eurozona el porcentaje puede ser algo mayor, según los países, pero disminuyendo y en el mismo orden de cifras. En definitiva, el dinero en efectivo ya es casi residual para el conjunto de la economía, lo cual nos lleva a un serio corolario: los enormes números de gente para los que el dinero en billetes es una parte central de su actividad son también, desde el punto de vista económico, un mero residuo. Para nuestro sistema valen mucho más como voto que como economía.

Así que cuantitativamente la desaparición del dinero en efectivo es pan comido y bien poca cosa. No da para ningún tipo de “Gran Transformación”. Pero lo que está en juego no es ese modesto porcentaje. Hay más incluso si dejamos para el final las consecuencias sobre la libertad, que ahora tan poco parecen importarnos.

Hace mucho que el sistema monetario en todo el mundo gira en torno a la reserva fraccional. Sólo una parte mínima, un 5% o menos, del dinero en existencia es fabricado por las planchas del banco central. Esta es la base monetaria, constituida por el dinero legal en circulación más las reservas de los bancos en el banco central. El resto del dinero no es depósitos de los ahorradores, sino que lo crean los bancos comerciales de la nada con los préstamos. En realidad, es el que pide el préstamo y compra el que crea el dinero, pero de bien poco le sirve. Desde luego, al banco comercial sí le sirve a la maravilla semejante procedimiento. Incluso el Banco de Inglaterra aclaraba y subrayaba el hecho en un comunicado reciente [4]. Cuando menores son los requerimientos de reservas de los bancos, más veces puede el banco comercial multiplicar el dinero que le llega de su padre el banco central a unos intereses muy cercanos a cero; pero por otro lado mayor es el riesgo en caso de que los clientes con depósitos demanden su dinero. A pesar de todo y como tendencia los porcentajes de dinero en reserva han estado disminuyendo sostenidamente en casi todos los países a lo largo del tiempo.

La creación de dinero por extensión del crédito está en el origen de los ciclos de negocio con sus burbujas hinchándose y reventando con sorprendente periodicidad, como la simple lógica y los más detallados estudios demuestran. Es decir, la terminación de las crisis periódicas, al menos en su mayor parte, era algo que se podía haber logrado hace siglos, con sólo que el único dinero en circulación fuera el que emite el estado y exigiendo la integridad de los depósitos. Y no sólo eso, se hubiera terminado con el endeudamiento crónico de los particulares y de los órganos públicos, y con la febril y destructiva necesidad de crecer a cualquier precio. Pero como lo que se buscaba era eso, dentro del marco del estado nunca se ha conseguido restituir la emisión del dinero a su única legalidad posible.

La prueba es que las burbujas y ciclos de negocio por causas endógenas empiezan con la reserva fraccional, y son prácticamente desconocidas antes. El Banco de Inglaterra se funda en el 1694, más o menos los años de los Principia de Newton, y los años en que aflora el impulso notorio de la “Gran Transformación” que glosa Polanyi.

La última vez que hubo un clamor importante por volver al dinero del estado y las reservas íntegras fue en las secuelas de la Gran Depresión, en lo que se conoce como el “Plan de Chicago”, apadrinado por grandes economistas de la época como Irving Fisher. La Reserva Federal sólo hacía 20 años que se había creado, pero ya era de lejos el mayor poder del país, y naturalmente F. D. Roosevelt terminó por desestimar la propuesta para adoptar medidas de gasto público infinitamente más tibias. Incluso muchos años antes grandes industriales como Edison y Ford habían abogado por el dinero del estado, preguntándose por qué estúpida razón el pueblo de los Estados Unidos tenía que pedir 30 millones de dólares de su propio dinero para tener que pagar 66 sumando todos los intereses. Qué tiempos aquellos en que todavía eran posibles guerras entre los industriales y la banca.

Incluso el ínclito Milton Friedman suscribió decididamente el Plan de Chicago, al menos de palabra. Algunos dirán que una medida que era promovida por grandes industriales o por Friedman no puede ser, por decir lo menos, “progresista”. Pero olvidémonos para variar de los bandos y atengámonos a la letra: ¿Por qué todos están obligados a pagar deudas, y el estado el primero, cuando el mismo estado es el que hace el dinero? ¿Qué había de derechas o de izquierdas en reclamar que el dinero volviera a ser exclusivamente estatal? Y sin embargo los llamados partidos de izquierdas nunca han tenido el valor de pedirlo, tal vez porque sepan mejor que nosotros los parámetros en que se mueven. Incluso se habla a menudo de la nacionalización de la banca, pero nunca de acabar con la creación del dinero por el crédito, de acabar con el sistema de la deuda crónica. ¿No es ésto realmente extraño?

Los prestamistas, no “la burguesía”, son los arquitectos de la era de las revoluciones burguesas. Son ellos los que están detrás del derrocamiento de las monarquías, de los parlamentos y las constituciones. Las mismas “revoluciones burguesas” son sobre todo revoluciones monetarias. ¿Por qué si no los estados tienen que pedir a los banqueros el dinero que ellos mismos fabrican y pagar indefinidamente intereses? Muy pocos son los que, como Alejandro Nadal, se han preguntado de dónde viene el llamado “mito de la independencia del banco central”, es decir, de que el banco central deba ser por completo independiente de los gobiernos. Y la respuesta bien evidente está en la misma historia: La confiscación del dinero necesitaba una justificación, y a menudo se empujó con engaños y guerras, siempre el mayor negocio del mundo, a que los gobiernos abusaran de su legítimo derecho de emitir dinero. Tras desvaluaciones escandalosas, se exigió y se aceptó el que “algo tan serio como el dinero pasara a manos responsables”. A veces ni siquiera se tuvo que forzar mucho la mano, y bastó con mantener el asunto en círculos cerrados bien avenidos y lejos del debate público: “pactos de caballeros”.

Aunque a menudo muy discreto, este es el rasgo aislado más importante de las revoluciones de la era del capital -todas para el caso-, pero, maravillas de la perspectiva, ¡el marxismo consiguió ignorarlo por completo! Tanto más se habla del capital, tanto menos del dinero. Más aún, uno se entera con pasmo de que en la Unión Soviética, y es de suponer que en todos los países socialistas, el sistema de creación del dinero siguió siendo ¡la extensión del crédito como en la denostada economía burguesa! La misma reserva fraccional, el mismo perfecto símbolo y fulcro de la especulación. La reserva íntegra es consustancial con el dinero sin intereses, y, aun quedándose siempre por arbitrar cómo y a quiénes se concede el dinero, es, al menos por concepción, simple, legítima, legal e igualitaria. La reserva fraccional por el contrario está llena de trucos y su extremada complicación sólo se justifica como un plan especulativo y oligárquico para consolidar el control y el privilegio. No sólo tiene un espíritu ilegítimo sino que es contaria a la legalidad del dinero en el estado incluso si es legalmente sancionada. Se equivocan muy groseramente los que dicen que la industrialización forzada de la Unión Soviética fue un trágico error: eso y mantener el poder era el único plan, y Stalin sólo aumentó el impulso inicial. La praxis monetaria lo prueba. El entusiasmo de Lenin por el sistema bancario capitalista, por su capacidad de control se entiende, forma el contraste perfecto con la oportuna inopia de Marx: “Sin grandes bancos, el socialismo sería imposible. Los grandes bancos son el aparato del estado que necesitamos para traer el socialismo, y que tomamos ya hecho del capitalismo... Un sólo Banco del Estado, el más grande de los grandes, con ramas en todo distrito rural y fábrica constituirá tanto como nueve décimos del aparato socialista.” [5] La última cursiva es mía. En cuanto al genio de Tréveris, parece ser que creía que en la sociedad socialista ya no haría falta el dinero, como con Apple Pay.

Amador Fernández-Savater recordaba hace poco a Curzio Malaparte para hablar de la revolución como problema técnico. Basándose en especial en lo visto en la Revolución de Octubre, Malaparte articula la tesis sobre la primacía de las infraestructuras, del poder logístico o técnico. Malaparte, y tantos otros, parecen estar pensando sobre todo en los medios de comunicación y “otros servicios públicos”. Sin duda el control de los medios puede ser decisivo para que un grupo llegue al poder; pero al final es el grifo del dinero el que consolida al régimen. Si las infraestructuras materiales hacen posible el presente, el dinero y el crédito gobiernan el presente y el futuro. Y además apoderarse del Banco del Estado en Petrogrado y sus planchas de hacer billetes fue una prioridad absoluta que los bolcheviques llevaron a cabo el primer día de su golpe.

El dinero puede necesitar infraestructuras para ser fabricado e intercambiado, pero es mucho más que una infraestructura. Como el fabuloso mercurio de los viejos alquimistas, juega el papel de intermediario entre lo bajo y lo alto, o si se quiere, entre las infraestructuras materiales y las superestructuras formadoras. Y por supuesto no hablamos sólo de su cantidad sino de los aspectos cualitativos de su almacenamiento y circulación. Ignorar el dinero en la sociedad es como pretender hablar del entendimiento humano haciendo caso omiso del lenguaje, puesto que es el agente que ha hecho posible toda la diversidad y complejidad social. Y sin embargo esta imposibilidad completa el marxismo la ha sorteado como si nada cegándose en la producción y con el uso más romo y abstracto de la palabra “capital”, entendido meramente como acumulación y lógica de la acumulación. La circulación se reduce a poco más que a la plusvalía y el circuito de la mercancía. Pero incluso a mediados del siglo XIX eso era ya un asunto derivado y secundario, y Marx no era tan primaveras como para no saberlo.

No voy a entrar ahora a juzgar de dónde viene esta fobia de “la izquierda” por hablar en profundidad del dinero, pero se diría que para ellos es de mal gusto, como entre la gente rica y fina. Es mucho mejor hablar de las cuestiones sociales, aun cuando Lenin estimara que la banca era nueve décimos del aparato socialista. O del capital en la más abstracta de las formas, en una filosofía que se precia de su concreción, su agudeza crítica, su praxis y su radicalidad.

Hasta hoy esta ha sido la tónica. Los partidos que hablan de reformar el sistema desde dentro y ni siquiera se plantean la posibilidad de acabar con este sistema monetario no pueden buscar finalmente otra cosa que el acomodo. Y es más que cómico que hablen de que una política “no es suficientemente de izquierdas” cuando algo que propusieron reiteradamente Edison, Ford o Milton Friedman les parece “demasiado a la izquierda de lo posible.”

Claro que las cosas podrían cambiar en breve, si es cierto que no hay mucho tiempo y la urgencia acelera las cosas. Ahora la izquierda del sistema, desesperada por dar con un nuevo banderín de enganche, podría incluso hablar del dinero. Como lo oyen. A mediados de septiembre surgía un llamamiento por parte de nada menos que Jean-Luc Mélenchon, Stefano Fassina, Oskar Lafontaine y el omnipresente Yanis Varoufakis por un plan B en Europa. En él decían: “Un gran número de ideas están ya sobre la mesa: la introducción de sistemas paralelos de pago, monedas paralelas, la digitalización de las transacciones en euros para solucionar la falta de liquidez, sistemas de intercambio complementarios alrededor de una comunidad, la salida del euro y la transformación del euro en una moneda común”[6]. Como se ve un poco de todo incluyendo las cosas más contradictorias y de la forma más vaga posible, aunque tampoco es que se pueda pedir mucho de una declaración de intenciones. Pero a juzgar por lo de la “digitalización de las transacciones”, parece que algo de la música les ha llegado a los oídos; y desde luego en Grecia saben lo que es el grifo monetario. La izquierda del ruedo electoral se muere por dar con una oferta resonante, y los bancos necesitan colaboración de partidos políticos de aire progresista que revistan de preocupación social medidas económicas y de control de otro modo infumables. ¿O es que esperamos que sean los banqueros los que anuncien la “gran confiscación”?

Para eso está el ala izquierda, que al menos quiere apiadarse del burro. Las consignas de “libertad” de los partidos “conservadores”, por más mendaces que sean, no se alinean bien con una medida de este cariz. La eliminación de los billetes puede venderse como “libertad del dinero” en la publicidad, pero en la arena política es otra cosa y no hay manera de conjugar “libertad” y “confiscación” en el imaginario conservador. Digo confiscación y empleo las comillas porque así es como la derecha, que vive en el binomio propiedad/expropiación, lo llama; y esto basta para hacer ver lo difícil que es hacer pasar estas medidas entre su base electoral. Más bien, estas medidas requieren argumentos en nombre de la lucha contra la desigualdad, de seguridad y amparo para el precariado; gente del estilo de Bernie Sanders.

Si el estado hubiera podido disponer de su propio dinero sin tener que pagar altos intereses a los bancos, un nivel alto de gasto público y un estado de bienestar sostenible se hubiera podido mantener sin mayores problemas, sin endeudamiento, y salvaguardando la soberanía; además de habernos ahorrado la desigualdad galopante, la destrucción espuria y la mala asignación de la inversión con las burbujas. Pero con los mecanismos bancarios actuales todo esto se hace imposible, y los que dicen lo contrario dan la impresión de trabajar para los bancos. ¿Cómo si no podría aumentarse el gasto público sin aumentar la deuda en su favor? Hasta ahora ni siquiera han intentado explicarlo.

Pero en el nuevo mundo que acecha las imposibilidades pueden tener vía libre. Y es que, por si algún despistado no se ha dado cuenta, si eliminamos el dinero en efectivo ¡podemos inflar la base monetaria practicamente sin límite! Al menos, sin los viejos y odiosos límites que imponía el dinero de papel, pues si no hay dinero que retirar y que ponga en riesgo a los bancos, éstos ya no necesitan rendir cuentas. Sin embargo la “congelación” de los deudores aún será más rápida, eficaz y contundente. Todos deberán al banco pero el banco ya no le deberá nada a nadie, sino tan sólo a los arcanos de consistencia de su sistema. Sería su libertad definitiva... para darle forma al mundo a gusto, pues de qué vale el tiempo libre y aun la eternidad sin un buen juguete.

Así si que tendrían en su poder hacer realidad los sueños de los neokeynesianos más desaforados, tipo Warren Mosler. Con tal de que te endeudes -y recuerda que podemos congelarte- sigue pagando la casa. La casa podría ser incluso muy generosa con la gente de buen comportamiento. Mientras tanto el seguimiento electrónico en tiempo real de producción, consumo, flujos de capitales y personas, permitiría reírse de viejos y obsesivos fantasmas de la inflación, deflación, y todo lo demás. Esto mismo sería el juguete, esta su ludoutopía. La singularidad, el punto omega y el final feliz del capitalismo ficción tendría que ser ése. Claro que llegando a ese punto, para hablar en gerundio, habrá que ir dirimiendo todo tipo de diferencias sobre riqueza e influencia, trasparencia y opacidad en la decantación de las élites como señores de la instrumentalidad -una decantación infinita pero enamorada del tiempo para alegrarnos la vida a todos. Aquí este banco, allí Apple, más allá el Pentágono, más cerca ese magnate que todavía no sabía que Apple venía del ejército pero que gracias a un agente de la CIA se entera de que la NSA se la ha arrebatado a ella... Como Bilderberg pero subiendo las apuestas.

Probablemente los obstáculos más serios para que esto se lleve a cabo no están en la esfera de la política doméstica o la resistencia social, sino en la concertación de las medidas monetarias y su gradación temporal entre los principales estados y economías. No es sólo que unas divisas podrían intentar tomar ventaja sobre otras, tampoco sabemos hasta qué punto las divergencias entre naciones con una presunta guerra económica como Estados Unidos, Rusia y China son insalvables o pueden llegar a serlo, coartando cualquier concertación. Además, hoy por hoy, resulta tal vez más difícil imaginar a China sin billetes que a los Estados Unidos o la Eurozona. En medio de presuntas guerras soterradas, de reparto de áreas de influencia por tratados comerciales y las tensiones que podrían añadir nuevas recaídas económicas, he aquí la gran piedra de toque para averiguar qué puede más finalmente, si la oligarquía financiera sin fronteras o los intereses cautivos de los estados nacionales.

De todos modos, que la nueva vuelta de tuerca monetaria es perfectamente posible, y no un escenario distópico, lo demuestra mejor que nada la indiferencia generalizada que existe y ha existido siempre ante la apropiación ilegítima de los bancos centrales por la banca privada. Si lo han hecho hace mucho tiempo y la gran mayoría ni siquiera acusa de dónde vino el golpe, ¿por qué no habrían de hacerlo una vez más? Lo verdaderamente increíble, lo que da tanto en qué pensar, es que esto haya pasado tan desapercibido. Los partidos políticos, más que denunciar la situación, estarían más bien dispuestos a echar una mano en caso de que la banca requiera más ayuda -especialmente si se vuelve a ofrecer como contrapartida aumentos de gasto público y un cierto retorno del “estado de bienestar”. Como siempre, se trata de jugar con las dos alas del sistema al palo y la zanahoria, al miedo y la esperanza; y después de los excesos turboliberales de las últimas décadas ya está en el orden del día cómo ofertar algo de “redestribución” desde arriba. Y si esto no se logra por la vía de los impuestos, lo que hoy en día es más que dudoso, no se nos ocurre más vía que la indicada.

Otras monedas, otros ámbitos Aunque tentativamente damos un plazo de diez o quince años para el cierre definitivo del sistema monetario sobre nuestras cabezas, en este mismo año veremos avances significativos en esta dirección. Por un lado el fracaso manifiesto de la expansión monetaria obliga a los estados a buscar refugio en “la solución final”. Por otro lado vemos que, mientras aumenta la penetración y la carga publicitaria del pago móvil grandes bancos mundiales como Goldman Sachs se animan a entrar en el mercado de las criptomonedas no sólo por ventajas obvias de agilidad comercial sino para ganar “profundidad estratégica”.

La perspectiva puede parecer ominosa, pero la aparición de monedas no estatales es la reacción inevitable que ha de manifestarse justo cuando la concentración de poder del sistema monetario imperante amenaza con hacerse absoluta. Pero tener su propia criptomoneda con su encriptación y sus cadenas de bloques no es algo que sólo puedan hacer los bancos. Si se les permite a los bancos, no se le puede prohibir a ningún agente o comunidad, no importa lo pequeña que sea, si es que puede desarrollarla. ¿Y si no se permite? Es casi imposible prohibir las criptomonedas, ante ellas al estado sólo le caben dos alternativas: el ataque informático, o la persecución policial de los usuarios como delincuentes.

Justo cuando el círculo parece cerrarse surgen las bifurcaciones; éstas son completamente inesperada y nada tienen que ver con pesados antagonismos dialécticos.

En su libro “Un mundo radicalmente beneficioso: Tecnología, automatización y creación de trabajo para todos” Charles Hugh Smith propone un nuevo tipo de comunidades basadas en su propia creación del dinero, a las que denomina abreviadamente CLIME, acrónimo en inglés para Community Labor Integrated Money Economy, o Economía de comunidades de dinero integrado en el trabajo [7]. Las comunidades CLIME quieren ser sistemas distribuidos e igualitarios de pertenencia voluntaria creados para cubrir necesidades concretas y cuyo trabajo es pagado con dinero creado por la misma comunidad. Esta propuesta se deja incluir muy bien dentro de una corriente amplia y plural de movimientos horizontales o desjerarquizados que asumen la descomposición del actual sistema y lo ven como una oportunidad para construir algo nuevo desde abajo y desde los intersticios que se abren. Aquí la horizontalidad se entiende ante todo como un principio de democracia económica con un modelo práctico que pueda sostenerse, prosperar y hacer un inmenso número de cosas que a los grandes agentes del modelo actual no les interesa hacer. Tendemos a asumir que el estado y las compañías buscando el máximo beneficio, en su degradada simbiosis, forman la economía sin más. Pero la economía comunitaria es un tercer sector irreductible a los anteriores por diversas razones: 1. Permite prioridades y metas fuera de la lógica del máximo beneficio, sin estar financiadas por el estado. 2. Se basa en la propiedad y la operación local sin estar controlado por agencias ni jerarquías externas, incluyendo la provisión de dinero. 3. No puede endilgar los riesgos de sus decisiones a otros, como ocurre continuamente con grandes empresas y burocracias. Pero ya el primer punto es suficientemente amplio, pues por más que se nos quiera hacer ver lo contrario, hay muchas más necesidades que no se rigen por la lógica del máxmo beneficio que las que se rigen por él. Para sacar provecho de este hecho hay que crear una infraestructura que permita a la gente prosperar trabajando y recibiendo servicios dentro de otra lógica impuesta por las comunidades pero que no se encierre en ellas.

Las comunidades CLIME aceptan el principio de competición y sus miembros tienen libertad para entrar, salir y buscar otras comunidades, así como a pertenecer a varias a la vez, o incluso estar trabajando simultáneamente fuera de la economía CLIME. A lo que sí se comprometen es a aceptar siempre su moneda como forma de pago.

La economía CLIME es distribuida, descentralizada y por lo tanto escalable: se puede extender de un centenar de grupos a cien mil o un millón con muy poco costo central dado que cada grupo añade su propio servidor y contribuye con un mínimo al mantenimiento del sistema global. CLIME emite su propio dinero y se autofinancia después de que ha puesto a punto sus cinco motores de software: 1. Para organizar la comunidad. 2. Para la acreditación entre iguales y verificación del trabajo. 3. Para la distribución, administración y emisión de su criptomoneda. 4. Para un mercado global de bienes y servicios producidos por individuos y grupos de comunidades. 5. Una cámara de compensación y transacción para la moneda CLIME. Los cinco motores están automatizados y de su software ya existen ejemplos con un éxito probado: 1. ICANN o Linux para la administración privada sin ánimo de lucro de sistemas globales; 2. Yelp para rankings privados; 3.Bitcoin para una moneda no estatal global; 4. Craiglist para un mercado privado y compra-venta entre iguales. El quinto motor, para transacciones y compensaciones cuantitativas de moneda es aún menos complejo y hay montones de alternativas disponibles. Todos estos sistemas son de bajo coste y pueden extenderse indefinidamente; ya se usan a diario por millones de personas, y sólo hace falta reorganizarlos con una nueva finalidad. Se basan en el texto y requieren una memoria modesta para las actuales estándares.

A pesar del soporte informático las comunidades CLIME son en principio comunidades locales reales, no virtuales, con necesidades muy concretas que cubrir. Se dedica una porción importante del tiempo a la verificación del trabajo ejecutado y a la prevención del fraude, lo que es indispensable para que el perdure el sistema. Pues si no se ejecuta el trabajo por el que se paga, la moneda, que no tiene otro respaldo que el trabajo, pierde valor.

Así pues, la moneda CLIME toma de Bitcoin la tecnología básica de la cadena de bloques, pero no el sistema de minería para la asignación del valor. No es, pues, una moneda basada en la escasez, como podría ser Bitcoin o el patrón oro, que siempre se prestarán a la especulación por acumulación y a la concentración de poder. El respaldo es el trabajo: a trabajo hecho, dinero hecho según la valoración pertinente. Una moneda así es inmune a la inflación siempre que el trabajo produzca algo que es valioso y escaso en la comunidad.

La moneda CLIME, llámese como se llame, es aceptada con idéntico valor por cualquier otro grupo CLIME en cualquier parte, aunque los costes de la vida puedan ser muy diferentes. Corresponde a los grupos establecer la compensación del trabajo en cada lugar. Por otro lado, la cámara de compensación puede establecer los cambios con las monedas exteriores al sistema, las divisas ordinarias de todos conocidas, o incluso otras criptomonedas privadas que vayan emergiendo.

En principio cabe ver esta economía como un gran mercado negro creciendo a la sombra de la economía ordinaria y buscando su propio sol. ¿En qué es en lo primero que uno piensa si le dicen que van a prohibir el uso de billetes o de cualquier otra cosa? En el mercado negro, naturalmente. Por otra parte, y junto a otras propuestas parecidas, las comunidades CLIME pueden ser una excelente idea, pero encuentra su mayor obstáculo en la masa crítica de usuarios necesaria para que su moneda goce de aceptación y apreciación. Para superar este barrera se apela al efecto multiplicador de la red, en que el valor de una utilidad depende del número de usuarios. Como es sabido, si sólo hay cien teléfonos su utilidad es tanto menor que si hay cien millones, y lo mismo ocurre con las monedas. Aquí este efecto red podría despegar más fácilmente porque la red de redes y sus terminales ya están hechos, y sólo hace falta que esta utilidad tenga una demanda suficiente.

Y aquí es donde mejor puede apreciarse la complementariedad de los dos movimientos, el del estado-imperio- corporativo por cerrar su campo de concentración de siervos monetarios, y el de las criptomonedas que intentan salir de esta prisión. El primero con todo a su favor parece tener ganada la partida, pero ahora le surge, medida por medida, una inopinada fuente de fugas. El segundo, en comparación, parece tan débil, y sin embargo nada puede fortalecerlo como la búsqueda de la exclusividad del primero. Hay empero un denominador común: ahora mismo, el agravamiento de la crisis del sistema actual favorece a ambos; más adelante, a medida que ambas propuestas cobren entidad, ya se irá viendo cuál es el desarrollo.

Una tentativa así de democracia económica con soberanía monetaria no pretende ni ser antisistema ni ser una alternativa política. Ve al conjunto del sistema actual como condenado e inviable, pero ve también que sin ser forzada por su creciente deterioro la gente nunca hará acopio de determinación para buscar otras cosas. Dado que esta caída no es un acontecimiento sino un largo proceso, no carecerá de puntuación histórica. Y es en el ámbito de tales inflexiones donde tal vez Hugh Smith se nos antoja menos previsor; pues para él, un sistema como el CLIME debería ser tolerado e incluso bienvenido por gobernantes inteligentes, en vista de su efecto amortiguador de la caída. Hugh Smith no se ocupa de las fuerzas que pueda haber en acción para buscar una forzada convergencia; los que están en la cumbre se resignarían sin más a ir perdiendo el control de las cosas. Pero rara vez se ve resignación en el poder.

Algunas consideraciones Un plan como el de la economía CLIME no es una improvisación surgida al amparo de las últimas tecnologías y algunas corrientes de moda, como la memoria selectiva de algunos podría hacerles creer. Más bien es una propuesta que intenta resolver con medios nuevos problemas que ya fueron correctamente identificados por Proudhon y que siempre han estado en el punto de mira de las corrientes mutualistas. El problema más grande de la economía, nos parece, es el de su sistema monetario: quien controla el dinero controla todo lo demás. Y el problema más grande de la sociedad, y de la sociología que estudia la sociedad, es el de la oligarquías y los privilegios que determinan la estratificación social. Michels, aquel sociólogo alemán que se unió al partido fascista italiano, habló de “la ley de hierro de la oligarquía”, y si hasta ahora oligarquía y organización han sido sinónimos, aún está por ver hasta dónde puede organizarse lo humano sin estructurarse en niveles y jerarquías. Pero en el mundo moderno es indudable que el problema del grifo del dinero y el de la oligarquía financiera son uno sólo con dos aspectos diferentes. Proudhon ya lo había entendido antes de que viniera Marx a enturbiar todo convirtiendo el tema concreto y sensible del dinero en el oportunamente abstracto del “capital”, y el tema de privilegios no menos concretos en la omnímoda “lucha de clases”. La explotación venía de lejos, pero es justo con la industrialización que el crédito takes command como motor inmóvil del nuevo orden. Los circunloquios y devaneos para conseguir no hablar de esto, con la plusvalía y todo lo demás, son a menudo cómicos. Si a esto añadimos que en el capítulo de la historia se decreta la derrota del capital y el triunfo del proletariado como inevitables -la tesis más opiácea sobre el devenir histórico que quepa concebir- uno puede comprender la utilidad de sus análisis.

Pero la época de las adhesiones masivas dirigidas por unos pocos pasó a mejor vida, y lo que vemos ahora es una proliferación de tentativas de vocación horizontal con una retahíla familiar -cooperativas, sistemas de comercio local o LETs, barrios autiogestionados, producción y negocios entre iguales (P2P), asociaciones de ayuda mutua, el procomún, tecnología a escala humana, agricultura comunitaria, economías informales, determinadas organizaciones no gubernamentales, y así sucesivamente. No se puede dar un juicio homogéneo sobre proyectos tan dispares, pero está claro que la idea subyacente y la motivación está en ir más allá de la burocracia estatal y la lógica corporativa adueñándose de los espacios en que se revela su falta de pertinencia e incompetencia.

Ciertamente no faltan iniciativas de este tipo, y prosperarían incomparablemente más si se acierta a encontrar una solución lo bastante general para su financiación. Algunos dirán que no es necesaria ni deseable una solución universal, puesto que puede haber infinitas maneras según las circunstancias de conseguir el dinero o medios necesarios. Los LETs o sistemas de comercio local con su propio crédito sin interés fueron tal vez la primera respuesta a esta necesidad, pero como modelo no ha experimentado “el efecto red” y el interés se ha desplazado a otras fórmulas, como las monedas de tiempo, que tampoco trascienden la marginalidad.

Como vemos, todas estas iniciativas nacen en la marginalidad, pero tienen nostalgia de la universalidad -o al menos de sus ventajas. Es a lo que nos han acostumbrado las grandes divisas cambiables en cualquier parte del mundo; pero no sólo ellas, puesto que “el movimiento del espíritu”, como el del dinero, toma ya como punto de partida lo global abstracto para dirigirse a continuación a los particulares.

Dije de pasada que contra las criptomonedas sólo se podría luchar por el ataque informático o por la persecución policial de sus usuarios, ambos a menudo combinados, por la ventaja estructural con que cuentan los estados en materias de espionaje y vigilancia. Claro que hay una tercera posibilidad muy en el flujo natural de este proceso, y que no excluye para nada las anteriores: multiplicar las opciones de criptomonedas para dividir a los usuarios e impedir que alcancen masa crítica, un poco como se neutraliza un partido nuevo con otro nuevo más, aunque con una dinámica de de proliferación más virulenta. Visto lo de Goldman Sachs, algunas o muchas de las criptomonedas podrían reconducir el vellón de los usuarios a la Criptarquía sin tan siquiera ellos saberlo. Ante estos riesgos evidentes, no hace falta decir que uno debería juzgar siempre una moneda por la trasparencia intrínseca de su funcionamiento; pero simultáneamente nadie se hurta a la “fuerza” de la moneda en cuestión, al cómo y a cuánto se cambia. En estas condiciones, una guerra de criptomonedas estaría cantada.

Una de las características peculiares del sistema CLIME de Hugh Smith es que no tiene crédito. Se emite dinero, pero no se emite crédito. No hay banco, por lo tanto. Esto es notable porque la mayoría de los modelos de los reformadores monetarios quieren acabar con el endeudamiento, pero no juzgan necesario prescindir del crédito -éste puede extenderse a unos intereses nulos o mínimos. En el CLIME el dinero surge del trabajo y nada más. Esto lo hace mucho más trasparente, aunque muchos juzgarán que el crédito es una institución demasiado poderosa como para prescindir de ella. Si un usuario del CLIME necesita dinero por adelantado, tendrá que buscarlo, o a nivel informal dentro de su comunidad, o en otras instituciones fuera del sistema.

Hugh Smith divide la riqueza en capital tangible, capital intangible, capital simbólico y de infraestructura. El capital tangible lo integran el capital financiero (dinero en efectivo, inversiones comercializables), el capital natural (toda la naturaleza) y el capital fijo (maquinaria, herramientas, redes de comunicación...). El capital intangible se desglosa en capital humano (conocimiento y experiencia), capital social (relaciones que hacen posible el comercio y la cooperación productiva) y capital cultural (las instituciones sociales y políticas que hacen posibles los aumentos productivos) El capital simbólico comprende a las herramientas conceptuales que hacen posibles nuevas formas de ser productivo (por ejemplo el concepto de crédito o el movimiento de software libre). Finalmente el capital de infraestructura es el conjunto de todas las otras formas de capital trabajando unidas y que es más que la suma de sus partes (para ver la falta de infraestructura imaginemos a un potentado “hecho a sí mismo” caído en un desierto sin ninguna forma de poder disponer de su riqueza, sus conocimientos, sus habilidades).

Estas diferentes riquezas englobadas bajo la expresión “capital” siempre serán algo otro que una cuestión de dinero o capital acumulado, aunque se diría que el espíritu del capitalismo, en última instancia, quiere reducirlo todo a dinero, homogéneo, líquido y de disponibilidad ilimitada. El marxiano “todo lo sólido se desvanece en el aire”sí que se revela visionario y alquímicamente cierto, pues de lo que se trata siempre es de movilizar, y por tanto, de aumentar la parte volátil a expensas de la fija.

Que vivamos en una edad en que “todo es espíritu” lo prueba el que nada echamos tanto de menos como aquellas pocas cosas que el espíritu, ahora como mera inteligencia, no se ha asimilado. Antaño el espíritu era lo vivificador, hoy es lo que chupa la sangre; antaño era lo pacificador, hoy es lo que no deja nada quieto. Antaño era la olímpica independencia, hoy no es nada si no tiene algo que incordiar, aunque no deja de soñar en la Autocracia. La lista de contrastes podría seguir, ergo, sepamos poco o nada de lo que pueda ser el otro espíritu , todo lo que se presumía de él éste otro lo pone del revés a las mil maravillas. ¿Pero no suena como el colmo de las paradojas que los grandes bancos, los grandes atesoradores del capital y donde se supone que se pudre el dinero, sean los que más se quejan de la falta de liquidez? Claro que la liquidez no es dinero, sino, como nos explica puntualmente Wikipedia “la cualidad de los activos para ser convertidos en dinero efectivo de forma inmediata sin pérdida significativa de su valor”. Todo lo que no es obligación, hasta las piedras, son “activos”, con lo que ya está todo dicho. Y de los mismos pasivos u obligaciones ya se cuidan de hacerlos tan activos como se pueda.

Somos bien conscientes del gran excedente laboral para las demanda del sistema, pero se ignora en mucha mayor medida que hoy también hay enormes excedentes de capital -de capital financiero. Por eso el interés básico ronda el nivel cero y amenaza con con entrar en territorio negativo. Estos grandes excedentes sobrevuelan apresurados nuestras cabezas pero no traen lluvia porque lo que buscan es rendimientos altos que cada vez son más raros. Las causas de estos excedentes de capital, que es un fenómeno relativo con respecto al rendimiento, pueden ser opinables, pero el hecho es difícil de negar, y no han de quedar sin consecuencias. Incluso con grandes derrumbes bursátiles y la depreciación de sus valores, parece difícil de concebir la vuelta a un mundo con escasez de capital. La lectura más palmaria de estos excedentes es que vienen de los excesos de emisión de dinero por parte de los bancos centrales, pero tal vez seguirían dándose también sin tales excesos. Naturalmente, también tendría que ver con cómo se hincha la base monetaria con el fermento del interés para sacar dinero-deuda del aire, ese predominio creciente del volátil sobre el fijo que está en el núcleo duro del sistema. Y por supuesto, está relacionado con el interés mismo y las espectativas de rendimiento en la inversión. Pero, mirándolo en su conjunto, creo que es algo inevitable y crónico que expresa cómo el sistema fracasa a todas luces en asignar los recursos.

Lo cierto es que la gran mayoría de la población trabajadora es incapaz de aprovechar ese excedente del mismo modo en que el capital aprovecha el excedente de trabajadores; la asimetría no puede ser más chocante. Y en esto no hablamos de conseguir “créditos baratos”, lo que también se ha hecho poco menos que imposible, sino en hacer fuerza de esa debilidad del capital. ¿Cómo? Justamente, creando una moneda de trabajo para crear nuestro propio trabajo. Ni que decir tiene, la asimetría viene de la estructura vertical contra la libre circulación del dinero. Pero si sobran los trabajadores en el sentido ordinario y sobra el capital financiero, ¿qué hay hoy que sea escaso, qué hay que no sólo no pierda sino que aumente su valor? La respuesta de Hugh Smith es el trabajo con sentido, esto es lo que se está haciendo cada vez más raro. Y es difícil negarlo. Cada vez más, el significado, incluso en términos económicos, es otra de las cosas que tienden a evaporarse dentro de las coordenadas del estado corporativo. Es otro reflejo más del clamoroso fracaso en la asignación de recursos, de que tanto se preciaba el viejo capitalismo. En definitiva, el actual sistema encuentra una utilidad decreciente tanto en el trabajo como en el capital, o una creciente inutilidad, a la espera de que seamos nosotros quienes lo juzguemos prescindible. Ya vemos el peso que tiene la democracia política sin democracia económica; pero hablar de democracia económica sin soberanía monetaria también son palabras vacías. Y es que algunos de los que hablan de democracia económica parece que sólo esperan un paraíso de las PyMEs. La moneda que propone Hugh Smith para una economía CLIME es desde luego un concepto igualitario, lo que nadie puede prever es cómo se las puede arreglar en un escenario de guerras de monedas, choques económicos y tentativas del imperio para absolutizar su control monetario-policial.

Algunos siempre dirán que esta postura es economicista porque pretende reducir complejos problemas sociales y políticos a la esfera económica. Desde luego, aquí nadie está hablando de resolver todos los problemas, sino de que éste ha sido un problema primordial, seguramente el más importante y con más ramificaciones, y cuyo tratamiento en la política convencional brilla por su ausencia. Nos hemos atrevido a decir que es el problema número uno en el sistema económico y social, o al menos que lo ha sido desde la revolución del crédito, también conocida como revolución industrial. Pero no sólo ocupa un lugar primordial e insustituible en la estructura económico-social, sino que la política monetaria es la piedra angular de toda la economía política, cuando se asume la primacía de la política sobre la economía. Más aún, cuando respondía a su carácter legal era el único atributo de la soberanía, del poder indivisible, que ejerce una presión continua y uniforme (y tal vez por esto se advierta menos). Y, por idéntica razón, ha sido el mecanismo más insidioso y eficaz a la hora de vaciar la soberanía de los antiuguos estados-nación. Sin el dinero no hay soberanía y sin soberanía no hay sujeto político. Entonces, ¿qué se pretende que sea la política cuando hablamos de política? Sólo que, quién sabe si por mala suerte o por casualidad, entre las diatribas de todos los partidos y corrientes del espectro no encontró su lugar en el orden del día.

Las condonaciones de deuda tampoco son la solución si luego todo vuelve por sus fueros; es como aliviar al burro de su carga para no reventarlo y que aguante todavía más. Por otro lado si se habla de nacionalizar la banca y no se pretende terminar con el sistema de reserva fraccional de dinero-deuda, se sigue amparando la misma estructura de privilegio aunque cambien en parte los beneficiarios, persisten los mismos ciclos de burbujas y estallidos, la misma alocada necesidad de crecimiento a cualquier precio: todo lo indisolublemente asociado con el mal del capital. En Suiza, donde ciertamente el público está más al tanto de las cosas del dinero, se ha logrado reunir las 100.000 firmas necesarias para llevar a referéndum la abolición de la reserva fraccional. Las probabilidades de que tal medida se lleve a cabo son algo mayores que cero, pero ahí queda eso.

Dentro de poco hasta a los del plan B europeo los tendremos hablando de “alternativas monetarias”. Demasiado tarde, porque para cuando ellos nos vengan con el cuento y nos hablen de sus enormes ventajas y del relanzamiento del estado de bienestar y de aliviar la desigualdad sólo serán los vendedores de lo que ya se ha decidido en otras instancias. Nos hablarán de alternativa cuando ya no haya otra alternativa... y los de más arriba y no pocos más creerán por un momento tocar el punto de fuga aunque todos sabemos que un punto de fuga nunca se toca.

Charles Hugh Smith ofrece una propuesta práctica digna de ser atendida y que podría beneficiar a miles de iniciativas que buscan salir de este sistema y construir su independencia económica. Mejor que despotricar contra el sistema y “caer en los placeres autodestructivos de la indignación” es votar con los pies y dejar de usar su dinero. O depender de él cuanto menos.
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Notas:
1. Don Qijones: “The “War on Cash” in 10 Spine-Chilling Quotes”, http://wolfstreet.com/2015/04/25/don-quijones-war-on-cash-quotes-to-cashless-society/
2. Ben Popper: “Can mobile banking revolutionize the lives of the poor?” http://www.theverge.com/2015/2/4/7966043/bill-gates-future-of-banking-and-mobile-money
3. Guillermo de la Dehesa: “La gran ventaja de un mundo sin dinero en efectivo”. El País, 13/12/2007. http://elpais.com/diario/2007/10/13/economia/1192226413_850215.html
4. Michael McLeay et al.: “Money creation in the modern economy”, http://www.bankofengland.co.uk/publications/Documents/quarterlybulletin/2014/qb14q1prereleasemoneycreation.pdf
5. George Garvy: “The origins and evolution of the Soviet banking system. An historical perspective.http://www.nber.org/chapters/c4154.pdf
6. Jean-Luc Mélenchon, Stefano Fassina, Zoe Konstantopoulou, Yanis Varufakis y Oskar Lafontaine: “Por un plan B en Europa”. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=203229
7. Charles Hugh Smith: “A Radically Beneficial World: Automation, Technology and Creating Jobs for All. The future belongs to work that is meaningful.” http://www.oftwominds.com/ARBW.html

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Star Wars, el capitalismo y la ideología

Ven, 15/01/2016 - 14:22
Maciek Wisniewski, La Jornada

Según la clásica fórmula de Fredric Jameson, Star Wars –lejos de ser algo sobre nuestro pasado intergaláctico– es un "filme de nostalgia", una narrativa creada a fin de satisfacer el profundo (¿reprimido?) deseo de revivir la principal experiencia cultural de estadunidenses nacidos entre los años 30 y 50 –las series sobre villanos extraterrestres y héroes americanos–, un filme que los jóvenes tomaban directamente, pero los adultos gozaban más despertando, gracias a la conocida estética, la sensación del pasado (Posmodernism and consumer society, en: The cultural turn, 1998, p. 8).

Esta tesis es globalizada y llevada a un meta-nivel por la parte VII de la saga: El despertar de la fuerza (2015) –¿el despertar de la nostalgia?–, llena de autorreferencias, reciclajes de la parte I (1977), hecha para "sentir", no "pensar" (las inconsistencias en el guión...), dirigida a los adultos que crecieron con ella y que quieren “revisitar su infancia” y a sus niños, que también la harán parte de sus vidas, una muy eficiente estrategia de marketing y/o consumo.

Las principales claves ideológicas de Star Wars están en la biografía de George Lucas: desde su fascinación por Flash Gordon y Walt Disney, la Segunda Guerra Mundial (con sus batallas aéreas, la narrativa de "patriotismo"/triunfo del "bien" sobre el "mal", la estética militar nazi y japonesa), la experiencia generacional de la guerra en Vietnam (en que un grupo de rebeldes vence a un omnipotente invasor), hasta el ejemplo de su padre –exitoso hombre de negocios–, que lo ayudó en Hollywood e influenció a Han Solo: "pequeño empresario independiente" (LARB, 21/12/15).

Si antes Star Wars abrió una nueva frontera de acumulación en Hollywood, donde la película vendía otros productos (juguetes, ropa), la compra de Lucas Film por Disney, por 4 mil 100 millones de dólares, y otras de sus adquisiciones (Pixar, Marvel), perfeccionaron el modelo, haciendo de la compañía líder en el mercado de historias (The Economist, 19/12/15), aunque no gracias a su creatividad, sino al viejo empuje monopolizador y parasitario del sistema (que se nutre de la propiedad intelectual ajena y hasta pone derechos de autor a refritos de mitos universales).

Según Slavoj Zizek, el tipo de pop-budismo pregonado por Lucas –que explicaba la conversión del buen Anakin Skywalker en el mal Darth Vader por su incapacidad de dejar las cosas (madre, novia)–, parte del coctel pagano/New Age que busca el balance (de la fuerza) –marco ideológico de Star Wars y antítesis del cristianismo que busca el antagonismo–, se volvió la ideología del capitalismo global: aunque se presenta como remedio para las tensiones ocasionadas por su dinámica (invitando a buscar la paz interior y distanciarse de las cosas) en realidad sirve de pegamento ideológico del sistema (Revenge of global finance, en: In these times, 23/5/05).

Chris Gilbert, escribiendo sobre la alternativa socialista, apunta a un importante cambio en la producción cultural: si antes literatura y cine se imaginaban comúnmente el futuro diferente y más avanzado, a mediados de los 70 la ciencia ficción dio un giro sorprendente y... miró al pasado (¡sic!). El caso principal era Star Wars –con sus caballeros y princesas–, que, más que una señal de degeneración de la industria cultural y falta de ideas, reflejaba una amplia percepción de que el progreso capitalista falló (crisis/inicios de neoliberalismo/Vietnam/Watergate) y que ya no nos espera nada mejor (Counterpunch, 24/11/15).

El "giro reaccionario" de Star Wars (reflejado igual en su falta de originalidad y repetividad, véase: The New Inquiry, 25/12/15) resulta aún más sorprendente (y sintomático) en la medida en que apenas una década antes la serie Star Trek (1966-1969) representaba una cosmovisión optimista y humanista (aunque teleológica y cursi). He aquí la diferencia: Gene Roddenberry, su creador, soñaba con el progreso; Lucas, con regresar a la infancia.

Aunque es más fantasy (espacial) que ciencia ficción, Star Wars influyó en ambos géneros: inició la dominación del fantasy nostálgico (El señor de los anillos, etcétera) y arruinó la (verdadera) ciencia ficción (Lewis Beale, CNN, 2/5/14). Allí está también el origen del llamado de Ursula K. Le Guin –decana de Sci-Fi/fantasy– a sus colegas para que imaginen las alternativas al capitalismo, algo que dejaron de hacer: "Vivimos en él. Su poder parece inexorable. Igual lo parecía el poder divino de los reyes" (Yes!, 4/6/15), que también resuena en la observación de Jameson: "Nos es más fácil imaginar al fin del mundo que al fin del capitalismo" (o sea, mirando a Star wars, nos parece más probable retroceder al "feudalismo intergaláctico" que avanzar a una sociedad nueva/justa).

Si bien hay quienes alaban el "progresismo"... de Lucas, por ejemplo por compartir más dinero con sus trabajadores ("dueños de medios de producción", dijo una vez...) que otros en Hollywood (como si fuera cooperativismo y no migajas de la mesa del señor feudal), la suma por la que vendió Lucas Film o que Harrison Ford cobró 76 veces más que la joven Daisy Ridley, más 0.5 por ciento de ganancias de un filme que en tiempo récord recaudó más de mil millones de dólares, confirman sólo –bien dice J. Wight– que “la lucha no es entre el ‘bien’ y el ‘mal’, sino entre los súper ricos y todos los demás”.

... o de la parte VII, por “empoderar a mujeres y negros” (Rey, Finn), lo único que confirma esto es que puede haber empoderamiento, pero sólo en una galaxia muy, muy lejana (y no en las calles de Ferguson...) y sin tocar el marco de la sociedad segregacionista y meritocrática de Star Wars (liberar esclavos u organizar precarios recolectores de basura cósmica), que refleja el dictum ideológico de hoy: podemos escoger un presidente negro o una mujer, pero sin tocar las coordenadas del capitalismo global.

Así, quizás la única manera de rescatar algún potencial emancipatorio de Star Wars es ponerlo en la cabeza tal como lo quería Zizek (https://goo.gl/5dKyec) y rescribirlo “desde el punto de vista de la dictadura popular marxista con los sith y Vader como buenos gobernantes centralizadores y los jedi como pequeña resistencia y reacción feudal contra el ‘progreso’”.

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Retorno a escenarios de recesión en el 2016

Ven, 15/01/2016 - 08:01
Germán Gorraiz López, Alainet

La entrada en escenarios de recesión de países como Noruega, Canadá, Brasil, Rusia y Finlandia debido al desplome de las commodities y ciertos indicadores macroeconómicos recientes de países como China o EEUU han alertado del riesgo de que el estancamiento económico se adueñe de la economía mundial en el 2016, lo que, aunado con la reciente subida de tipos de interés del dólar, hará que los inversionistas se distancien de los activos de renta variable y que los bajistas se alcen con el timón de la nave bursátil mundial, derivando en una psicosis vendedora que terminará por desencadenar el estallido de la actual burbuja bursátil.

Dicha burbuja sería hija de la euforia de Wall Street (y por extrapolación del resto de bolsas mundiales) tras las políticas monetarias de los grandes bancos centrales mundiales que han inundado los mercados con centenares de miles de millones de dólares y euros con la esperanza de relanzar la economía, más aún cuando las colocaciones sin riesgo ( deuda de EEUU o de Alemania), no retribuyen nada a los inversionistas lo que aunado con un posible repunte del precio del crudo debido a factores geopolíticos desestabilizadores (Ucrania, Libia, Siria e Irak), podría producir un nuevo crash bursátil.

En el escenario europeo, si la Deuda Pública y privada prosigan su vuelo por la estratosfera, los salarios permanecen congelados o con incrementos inferiores al IPC, el crédito bancario sigue sin fluir con normalidad a unos tipos de interés reales a pymes, autónomos y particulares y no se aprovecha la bajada del precio del petróleo y la dilación en los plazos para reducir el déficit público de los países para implementar medidas keynesianas de inversión en Obra Pública y reducir el desempleo, la economías europeas se verán abocadas a un peligroso cóctel explosivo,(el DDD), cuyos ingredientes sería una deflación en los precios que impedirá a las empresas conseguir beneficios y a los trabajadores incrementar sus sueldos así como a una subida de las tasas de interés reales que agravarían los problemas de sobreendeudamiento público y privado aunado con un desempleo rayando el 11%, lo que podría generar una década de estancamiento rememorando la Década perdida de la economía japonesa.

Respecto a EEUU, la previsible subida de tipos de interés por la Fed podría provocar un nuevo crash bursátil mundial pues el nivel suelo de las Bolsas mundiales, (nivel en el que confluyen beneficios y multiplicadores mínimos), se movería en la horquilla de los 11.000-12.000 en Mercados Bursátiles como el Dow Jones, a años luz de los estratosféricos techos actuales. Dicho estallido provocará la consiguiente inanición financiera de las empresas y tendrá como efectos benéficos el obligar a las compañías a redefinir estrategias, ajustar estructuras, restaurar sus finanzas y restablecer su crédito ante el mercado (como ocurrió en la crisis bursátil del 2000-2002) y como daños colaterales la ruina de millones de pequeños inversores todavía deslumbrados por las luces de la estratosfera, la inanición financiera de las empresas y el consecuente efecto dominó en la declaración de quiebras.

En cuanto a los países emergentes (BRICS, México, Corea de Sur y Tigres asiáticos), sufrirán un severo estancamiento de sus economías, con la entrada en recesión de países como Brasil y Rusia y raquíticos crecimientos anuales del PIB (rozando el 4% en el caso de India y China) tras un decenio espectacular con tasas de crecimiento superiores a los dos dígitos), debido al desplome del precio del crudo y a la brutal constricción de las exportaciones por la contracción del consumo mundial , lo que conllevará la devaluación de sus monedas para incrementar sus exportaciones así como una drástica reducción de sus Superávit que acelerará la agudización de la fractura social, el incremento de la inestabilidad social y un severo retroceso de sus incipientes libertades democráticas.

Mención especial merece China que estaría inmersa en una crisis económica identitaria al tener que implementar una amplia batería de reformas estructurales. Así, entre las fragilidades de su economía se encuentran la todavía limitada integración financiera internacional, su aislamiento y control del aparato estatal en el ámbito interno, así como una asignación de recursos económicos poco eficiente provocada por el paternalismo público y un insuficiente nivel de desarrollo de las redes de distribución, marketing y venta. Los desafíos están centrados en vencer la alta dependencia de China respecto de la demanda de las economías desarrolladas y la incierta capacidad de la demanda privada para tomar el relevo una vez que se agoten los estímulos públicos.

Respecto a América Latina y el Caribe, la contracción de la demanda mundial de materias estaría ya provocando el estrangulamiento de sus exportaciones y la depreciación generalizada de sus monedas debido a la fortaleza del dólar, lo que se traducirá en aumentos de los costes de producción, pérdida de competitividad, tasas de inflación desbocadas e incrementos espectaculares de la Deuda Exterior que podrían terminar dibujando un escenario de estancamiento económico secular que obligará a una gran parte de su población a vivir por debajo del umbral de la pobreza. Así, según la Directora Gerente del FMI, Lagarde, “la fortaleza del dólar junto con la debilidad de los precios de los productos crea riesgos para los balances y financiación de los países deudores en dólares”, de lo que se deduce que las economías de América Latina y Caribe estarán más expuestas a una posible apreciación del dólar y la reversión de los flujos de capital asociados, fenómeno que podría reeditar la “Década perdida de América Latina” (Década de los 80), agravado por un notable incremento de la inestabilidad social, el aumento de las tasas de pobreza y un severo retroceso de las libertades democráticas.

Finalmente, un posible rally alcista de los precios del crudo debido a factores geopolíticos (Siria, Libia, Irak, Irán), aunado con inusuales sequías e inundaciones y la aplicación de restricciones a la exportación de los principales productores mundiales para asegurar su autoabastecimiento, podría desabastecer los mercados mundiales de productos agrícolas básicos para la alimentación (trigo, maíz, mijo, sorgo y arroz).

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¿Qué contribuciones ha hecho la derecha en América Latina?

Xov, 14/01/2016 - 12:01
Emir Sader, La Jornada

La derecha no es nueva en América Latina. Fue la responsable de presidir nuestros países la mayor parte del tiempo, siendo la principal responsable de que seamos el continente más desigual del mundo. Pero cuando intenta aparecer como una solución nueva en algunos países, es bueno recordar las contribuciones que la derecha ha hecho y sigue haciendo en América Latina.

No vamos a mencionar las dictaduras militares y otros dictaduras, a las cuales ahora parece que nadie de la derecha apoyó. Basta analizar los gobiernos recientes y los actuales para hacer un balance del desempeño de la derecha en nuestro continente.

En la actualidad, varios gobiernos insisten en mantener el modelo neoliberal, que caracteriza a la derecha. ¿Qué resultados han traído? Basta constatar el triste balance de los 20 años del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), cuyos resultados para México han sido muy negativos. Es prácticamente el único país del continente que no ha disminuido la pobreza y la miseria en esas dos décadas. El libre comercio dentro y hacia afuera ha acentuado la decadencia de la economía mexicana, reflejándose en la incapacidad del sistema político del país de proyectar liderazgos con prestigio. Al contrario, cada gobierno empieza ya con desgastes, de los cuales no se logra recuperar, enfrentando con fraudes las elecciones siguientes. Sin mencionar los otros elementos que el estrecho intercambio con Estados Unidos trae al país, como la violencia y el narcotráfico, vinculados al más grande mercado consumidor de drogas del mundo en su frontera norte.

Lo mismo se puede decir de Perú, país que estadísticamente ostenta siempre uno de los primeros lugares en crecimiento del PIB, pero sin reflejos en la mejoría de la situación social del país. Lo cual también se refleja en el desgaste rápido del apoyo de los presidentes, que representan siempre decepciones para los mismos que los han elegido. Al punto de que ahora, frente al fracaso del gobierno de Ollanta Humala, que mantuvo el modelo económico heredado de Alan García, la favorita para triunfar en las elecciones de abril de 2016 es la hija de Fujimori, quien cumple pena de cárcel por corrupción.

Cuando se eligió a Se­bastián Piñera como presidente de Chile, fue saludado como una renovación de la derecha del país y de la región. La ilusión no tardó un año, hasta que los estudiantes le quitaron todo el prestigio que tenía, al reivindicar el retorno de la gratuidad de la educación pública.

La propuesta de Alianza para el Pacífico no se ha traducido en nada para el continente, más allá de vagas promesas.

Mientras la izquierda puede reivindicar la disminución de la desigualdad, la pobreza y la miseria, la reanudación de la expansión económica y el liderazgo de dirigentes como Hugo Chávez, Lula, Néstor y Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales y Rafael Correa, entre otros, ¿qué liderazgo y qué contribución puede presentar la derecha para América Latina?

Al parecer tampoco Mauricio Macri va a significar ni una renovación ni una recuperación del prestigio para la derecha latino-americana. Los venezolanos miran con atención las inmensas dificultades de su gobierno, para que a la euforia con Argentina no le suceda la decepción, una vez más, con un promisorio líder derechista en el continente.

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En China, lo que hay tras la crisis bursátil es un sistema que se agrieta

Xov, 14/01/2016 - 08:01
Charles-André Udry y Vittorio De Filippis, Al'Encontre

Según las autoridades chinas, el 13º plan quinquenal -discutido “públicamente” en octubre de 2015 con ocasión de la 5ª sesión del 18º Comité Central del Partido Comunista Chino (PCC)- debía asegurar un crecimiento de al menos el 6,5% para el período 2016-2020. Oficialmente -si las cifras publicadas no han sido elaboradas a ojo de buen cubero-, el crecimiento se sitúa por debajo del 7% (6,9% según el People´s Bank of China) en 2015, la tasa más baja desde hace más de 25 años. Los expertos no chinos estiman que el 4% es un máximo para 2015. Así pues, el mal llamado PCC registraba y certificaba el retroceso del crecimiento en su 13º Plan quinquenal.

Las estadísticas “autorizadas” por la dirección del PCC indican un crecimiento de los servicios en el PIB. Pero sobre este tema hay una interrogante: el sector de los servicios es arrastrado, entre otros, por el sector inmobiliario. Ahora bien, en este sector se manifiesta una gigantesca crisis de sobreproducción, que lógicamente va acompañada de un endeudamiento local, provincial y central íntimamente conectado a la “industria” de la corrupción. Los datos sobre la importancia creciente de los servicios son también el producto de una actividad bursátil y financiera desenfrenada que ha recibido un primer frenazo en el tercer trimestre de 2015 al estallar la burbuja bursátil.

¿Se van a mantener las inversiones en los transportes, la educación, la salud el llamado reequilibrio entre industria y “servicios” -en la medida en que esta categoría tenga un sentido-? Ya veremos, pues se trata de inversión en una gran parte en capital fijo.

En la industria, las sobrecapacidades de producción son también masivas y van de par con la bajada de los precios de la producción manufacturera, a pesar de la presión salarial al alza (relativa) en ciertas regiones. Sin embargo, son los sectores industriales en los que el Estado está muy presente (acero, cemento, máquinas, etc.) los más afectados por la recesión. Un número creciente de estas unidades están, de hecho, en quiebra -un déficit reconocido desde hace años- y son mantenidas a pulso por el sistema bancario administrado. Sobre empresas como las del reciclaje (sic) o del automóvil, el efecto de ralentización de la economía mundial, registrado el 6 de enero por el FMI, va a tener un efecto recesivo. La sobreproducción estructural en la rama del automóvil no deja de manifestarse a escala internacional y el asunto está clasificado, desde este punto de vista, en términos de pendiente en descenso. La ralentización de las exportaciones chinas, diferente según los sectores, aparece tanto en los datos de la CNUCED como de la OMC, tanto en valor como en volumen, incluso en desfase, el primer semestre de 2015, en relación a la dinámica del comercio mundial. Lo mismo ocurre con las importaciones. Han bajado más del 15%, lo que los países exportadores de materias primas, como Brasil o Argentina, experimentan como un choque.

En lo inmediato juega ciertamente la falta de datos fiables para los inversores centrados en las finanzas comerciales. A esto se añade el final -previsto para esta semana, pero que puede ser revisado- de las normas de intervención en el mercado bursátil. De ahí la precipitación por deshacerse de activos o de jugar a la baja para los especialistas de la “anticipación de quienes disponen de información privilegiada”.

Pero en el plano político -pues se trata de economía política- está apareciendo una potencial crisis de dirección. Xi Jinping -como figura de la dirección centralizada del PCC, lo que no quiere decir que controla todo el gigantesco aparato, incluso con la ayuda decisiva de la cúspide del ejército- debe a la vez operar “ajustes” que van a provocar heridas sociales intensas en una base social que no se pasea por los Campos Elíseos o en Ginebra pero que es susceptible de numerosas revueltas. Y para ella, el nacionalismo conquistador y chillón no alimenta sus necesidades sociales cotidianas. Y los pequeños inversores (ahorradores por precaución) de la bolsa no son tan numerosos y se han transformado en pequeños grandes perdedores.

Para evitar estos enfrentamientos sociales, el mantenimiento del “control administrativo” -dicho de otra forma, camuflar la crisis de sobreproducción de múltiples facetas con inyecciones de créditos con el objetivo de mantener más empleos sectoriales y regionales - debe perdurar. Pero la presión para imponer un ajuste estructural a fin de modificar más fundamentalmente las relaciones entre la acumulación “liberada” del capital y el poder se hace sentir en los eslabones de transmisión entre el capital privado o que puede llegar a serlo -desde los escalones ocupados por la burocracia celeste- y el aparato dirigente del partido.

Una respuesta autoritaria es algo que no hay que excluir. Se ha realizado en Hong Kong, donde la empresa “privada” Alibaba ha puesto la mano sobre la South China Morning Post y donde “desaparecen”, sin dejar huella, los editores de libros críticos contra el régimen de Pekín. En conclusión, no se trata por tanto de una cuestión bursátil, sino de un proceso mucho más fundamental, en el que se juega también la plaza del renminbi (yuan) en las posiciones en competencia (conflictos interimperialistas) en un sistema monetario internacional en el que la economía de los Estados Unidos se vuelve hacia el Asia-Pacífico, donde se encuentra con el capitalismo chino. La devaluación del yuan (renminbi) el 5% en una semana forma parte de esta gigantesca batalla.

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China podría desencadenar la próxima Gran Recesión económica

Mér, 13/01/2016 - 19:58
China es la segunda economía más importante del mundo. El Producto Interior Bruto del gigante asiático representa casi el 17% de la economía mundial. Hace años se decía que cuando EEUU estornudaba el resto del mundo se resfriaba, ahora quizá sea momento de vigilar también los estornudos que vienen de Oriente. Algunos de los economistas y expertos más influyentes están apostando a que China será la protagonista de la próxima recesión económica.

Martin Wolf, economista y uno de los periodistas financieros más influyentes del mundo, señala en su último artículo publicado por el Financial Times, que "China es la economía emergente más importante. La agitación que viven sus mercados están reduciendo la confianza en su liderazgo, hay que entender que sus problemas no se pueden solucionar de forma rápida. China tiene una economía muy desequilibrada, con elevadas tasas de ahorro, un elevado gasto en inversión y un alto endeudamiento".

Wolf cree que la situación que vive China y los flujos de capital que están saliendo de su economía están fortaleciendo el dólar y desequilibrando otros países. Además. la Reserva Federal de EEUU podría estar amplificando esta situación endureciendo la política monetaria y haciendo más atractivo el dólar. Y es que, "lo que está ocurriendo en los países emergentes afecta directamente a la vida de miles de millones de persones, y por supuesto, tiene una importancia global. Otro conjunto de burbujas de crédito en las economías emergentes pueden desencadenar un fuerte estallido", asegura el periodista británico.

La Fed y su efecto en los mercados Según Albert Edwards, estratega global de Société Générale, "el quantitative easing de la Reserva Federal no ha hecho demasiado por la economía de EEUU, pero sí ha ayudado a inflar el precio de los activos globales hasta la estratosfera". explica el economista a la CNBC. El dinero barato y la baja rentabilidad de muchos activos en EEUU han llevado el capital hacia países como China. La entrada masiva de flujos de capital en estas economías ha podido ayudar a la creación de burbujas. Ahora, la importancia relativa de estas naciones en la economía mundial es grande y sus problemas son también los nuestros.

Tanto Edwards como Wolf creen que el yuan podría ser objetivo de varias devaluaciones. Si esto se produce, Edwards sostiene que se creará una ola de deflación que "podría enviar al S&P 500 hasta los 550 puntos, un 75% de caídas desde el reciente pico de los 2.100 enteros. Estos será obviamente una catástrofe para la economía a través del 'efecto riqueza' y las políticas de Fed se volverán en contra".

En la misma corriente de pensamiento está Santiago Carbó, profesor de Economía y Finanzas en la Bangor Business School. Este experto señala que este es "el peor comienzo de año en las bolsas europeas desde la década de 1970, el desajuste chino y sus previsiblemente ominosas consecuencias, la debilidad de otras economías emergentes, la nueva caída del precio del crudo, las tensiones geopolíticas, ni rastro de la ansiada inflación en EEUU y la Eurozona... Demasiados ingredientes negativos como para seguir pensando que 2016 va a ser un buen año para la economía global".

Carbó asegura en el blog de Funcas que "en la escena internacional preocupa y mucho que las reservas de China vayan cayendo como un reloj de arena que cuenta atrás hacia el colapso del gigante. Será difícil que cuando suceda se hable sólo de crisis asiática, porque el impacto global será considerable y debemos prepararnos", sentencia Santiago Carbó.

Wolf culmina su artículo en el Financial Times de la siguiente forma: "Sería importante encontrar un nuevo motor de demanda... Pero no está claro que se vaya a lograr. El resto del mundo está esperando a que EEUU proporcione la solución, pero por desgracia esto no ocurriría ni aunque la Fed no hubiera iniciado el endurecimiento de su política. El ajuste de una economía adicta a las burbujas de crédito va a ser difícil. Probablemente no será un desastre, pero tampoco va a ser algo divertido", sentencia el prestigioso economista y periodista británico.
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Tomado de El EconomistaUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Bancarrota del proyecto histórico capitalista

Mér, 13/01/2016 - 12:05
Alejandro Nadal, La Jornada

Uno de los mitos más populares sobre el capitalismo gira alrededor de su capacidad para generar crecimiento económico de manera continua. De aquí se derivan consecuencias importantes en materia de niveles de vida y bienestar, por no mencionar la leyenda de que el capitalismo es el mejor amigo de la democracia y la libertad. Pero, ¿es cierto que el capitalismo está asociado al crecimiento sin fin?

Se ha sugerido que la economía mundial está adentrándose en una fase de estancamiento que podría prolongarse varios años. La combinación de fuerzas que conspira para que este letargo económico se profundice y se extienda en el tiempo son poderosas y afectan a todos los grandes centros de dinamismo económico. Además son de muy variada índole y eso hace difícil encontrar un remedio que las pueda contrarrestar.

Entre estas fuerzas se pueden enumerar las siguientes tres. Primero, el proceso deflacionario que hoy afecta a los centros económicos más importantes del mundo (Estados Unidos, Europa y China). Segundo, la expansión del sector financiero y su hegemonía sobre la economía mundial. Y, tercero, la profunda desigualdad económica que hoy sigue intensificándose. Estas tres fuerzas se encuentran íntimamente vinculadas, aunque no son los únicos factores capaces de contrarrestar las fuerzas endógenas que favorecen el crecimiento.

La primera está relacionada con el des-endeudamiento y responde a una combinación de factores macroeconómicos. No se trata de un fenómeno coyuntural, como algunos podrían creer. El crecimiento económico en las últimas dos décadas en los centros de la economía mundial estuvo sostenido por el endeudamiento y episodios de rápido crecimiento en los precios de muchos activos (burbujas). El ajuste que sigue cuando revientan esas burbujas conduce al desapalancamiento y frena el crecimiento. Por eso en los centros de dinamismo económico mundial la deuda del sector privado sigue siendo un factor fundamental para entender el mediocre ritmo de crecimiento económico. Hoy el endeudamiento del sector privado (familias y empresas) en China y Estados Unidos alcanza 207 y 198 por ciento del PIB, respectivamente. La pérdida de dinamismo en China se pudo frenar ligeramente entre 2012 y 2014 gracias a medidas que permiten más endeudamiento pero a la larga la medicina podría agravar la enfermedad.

Quizás algunos pueden ver en la deflación un fenómeno coyuntural, pero lo cierto es que el festín de endeudamiento de familias y empresas fue tan profundo que las cicatrices serán difíciles de borrar. El ejemplo de Japón en los últimos 20 años demuestra que el proceso de des-endeudamiento puede frenar el crecimiento de manera significativa durante muchos años. El debate sobre si Estados Unidos podría recaer en una recesión en 2016 está alimentado por este tipo de problemas.

En una economía capitalista es normal que el capital fluya hacia los sectores de mayor rentabilidad. Sin embargo, cuando la economía real mantiene bajas tasas de rentabilidad y los capitales emigran hacia el sector financiero para buscar ganancias en la especulación, el resultado es una reducción en la tasa de crecimiento. No es coincidencia que las tasas de crecimiento en las economías más importantes del mundo conservaron su tendencia hacia la mediocridad al mismo tiempo que el sector financiero mantuvo su expansión. Pero el sector financiero puede ser refugio seguro solamente durante un lapso de tiempo corto. La volatilidad y la incertidumbre son los compañeros inseparables de las inversiones en la especulación y los arbitrajes. La mejor muestra es la sacudida en el mercado bursátil de todo el mundo, comenzando con el colapso de las bolsas en China.

Finalmente la desigualdad económica sigue siendo un lastre para la economía mundial. Los datos del grupo Credit Suisse indican que hoy el uno por ciento de la población mundial es poseedora de más de la mitad de la riqueza (y 10 por ciento superior es dueño de 88 por ciento de la riqueza mundial). Mientras los salarios reales se mantienen sin recuperarse, la demanda agregada sigue comportándose de manera tímida. El crecimiento del salario real en las principales economías del mundo lleva ya muchos años estancado. Hoy el desendeudamiento y los bajos salarios deprimen la demanda agregada y enturbian el panorama y las expectativas de los inversionistas.

El crecimiento en el capitalismo mundial no se anuncia como un proceso fácil para los próximos años. ¿Podría detenerse la expansión económica? La pregunta se antoja difícil de responder, pero una cosa es cierta: sin crecimiento el capitalismo mundial entrará en una crisis profunda.

Sin una oleada de innovaciones análoga a las primeras dos revoluciones industriales es difícil que el capitalismo global pueda reiniciar un proceso expansivo similar al del periodo 1850-1950. Esas oleadas de innovaciones abrieron nuevos espacios de rentabilidad y propiciaron aumentos notables en la productividad del trabajo. Hoy que el pronóstico en materia de cambio técnico no es prometedor, los nubarrones macroeconómicos y ambientales se multiplican.

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Los BRICS: una fábula de nuestro tiempo

Mar, 12/01/2016 - 18:10
Immanuel Wallerstein, La Jornada

La historia de los BRICS es extraña. Comienza cuando Jim O’Neill, en ese momento coordinador de la gestión de activos en Goldman Sachs, la gigante casa de inversiones, escribió un artículo ampliamente comentado acerca de lo que hemos venido a llamar economías emergentes. O’Neill destacó a cuatro países –Brasil, Rusia, India y China–, todos los cuales son lo suficientemente grandes en tamaño y territorio como para tener un peso notorio en el mercado mundial. Los llamó los BRICs.

O’Neill argumentó que sus activos crecían a un ritmo tal, que llegarían a controlar colectivamente el valor de los activos mantenidos por los países del G-7, durante mucho tiempo considerados los países más ricos del sistema-mundo. O’Neill no dijo con exactitud cuándo habría de ocurrir esto –a más tardar hacia 2050. Pero ubicó el surgimiento de los BRICs como más o menos inevitable. Dada la posición de Goldman Sachs, en esencia le estaba diciendo a los clientes de dicha firma que ubicaran partes significativas de sus inversiones en estos cuatro países mientras sus activos siguieran vendiéndose baratos.

Los argumentos prendieron, aun al interior de los cuatro países en cuestión. Los cuatro países de los BRICs decidieron asumir el nombre y crearon estructuras para celebrar reuniones anuales a partir de 2009, con el fin de transformar su fuerza económica emergente en una fuerza geopolítica. El tono de sus sucesivas declaraciones colectivas fue hacer valer el sitio del Sur contra el Norte, en especial Estados Unidos, en el sistema-mundo. Hablaban de reemplazar el dólar como divisa de reserva, con una nueva divisa basada en el Sur. Hablaron de crear un banco de desarrollo con sede en el Sur para que asumiera muchas de las funciones que eran de la competencia del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Hablaron de redirigir los flujos de comercio mundial, enfatizando los intercambios Sur-Sur.

Hablaban de todas estas cuestiones, pero de algún modo nunca lograron instrumentar estas propuestas. En cambio, desde 2010 se concentraron en gozar de los frutos del alto nivel de los precios de las mercancías de exportación, lo que permitió a los cuatro países aumentar significativamente los niveles de ingreso de los estratos medios y altos, y aun incrementar algunos beneficios para los estratos inferiores.

Los tiempos parecían buenos, y no sólo para los BRICs. En 2009, Sudáfrica se las arregló para convencer a los cuatro miembros de los BRICs que lo admitieran como quinto miembro del grupo. El nombre cambió entonces de BRICs a BRICS, con la S final referida a Sudáfrica. Sudáfrica en realidad no cumplía con los criterios económicos que O’Neill especificara, pero en términos de geopolítica permitió al grupo decir que tenían un miembro africano.

Entretanto, otros países comenzaron a mostrar características económicas semejantes a aquellas de los BRICS. Los periodistas comenzaron a hablar de MINT –México, Indonesia, Nigeria y Turquía. Aunque este grupo también incluía economías emergentes, nunca se convirtieron una estructura formal. Otro miembro era un miembro obvio: Corea del Sur. Sin embargo, Corea del Sur ya había sido admitido en el club de los acaudalados –La Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE)– y como tal no vio la necesidad de impulsar más su estatus geopolítico.

Luego, de pronto, la fuerza económica de los BRICS dio un giro hacia empeorar en la década de 2010. No era que los países del G-7 estuvieran acelerando su crecimiento de nuevo, sino que los BRICS mostraban cifras disminuidas en sus activos. El rápido ascenso de los BRICS pareció desvanecerse.

¿Qué había ocurrido? Una mirada a la economía-mundo de la primera década del siglo XXI muestra que el auge económico mundial estaba impulsado en gran medida por la industrialización y la construcción sin restricciones. Esto creó una enorme demanda de insumos de todo tipo, que China obtuvo de los países de los BRICS y de otras partes. El auge de China se construyó sobre algunas irresponsables y endebles políticas de préstamos de un gran número de bancos regionales que comenzaron a existir, auxiliados y permitidos por una considerable corrupción. Cuando el gobierno chino buscó reparar el daño, su tasa de crecimiento se desplomó pese a que siguió relativamente alta.

Además, el intento de China por afirmar su poderío geopolítico sobre sus vecinos en Asia oriental y sudoriental ha conducido a tensiones acumuladas. Aunque se dice que esto es parte de la rivalidad entre China y Estados Unidos, tanto China como Estados Unidos han sido cuidadosos en no dejar que la rivalidad vaya tan lejos que amenace las posibilidades de más largo plazo para una sociedad.

Los ajustes de China se sintieron en otros lados de inmediato, y en especial en los otros países de los BRICS, lo que resultó endeble económicamente y por tanto en una vulnerabilidad política. La dramática caída de los precios mundiales del crudo cobró su cuota. Uno tras otro, los países de los BRICS se hallaron en problemas, cada uno de modo diferente.

Las políticas económicas de Brasil, que habían combinado políticas macroeconómicas neoliberales con importantes transferencias al tercio más pobre de la población –el famoso Fome Zero o Hambre Cero–, ya no funcionaron. Las fluidas y siempre cambiantes alianzas políticas en la legislatura brasileña se volvieron un escenario turbulento, que amenazó la estabilidad política. En este momento los dos bandos principales están buscando someter a juicio al líder del otro bando. Y la imagen de la persona que construyera las exitosas políticas previas de Brasil –Lula, el anterior presidente Luiz Inácio Lula da Silva– se manchó de mal modo.

Las políticas rusas de pesada inversión en lo militar combinadas con una redistribución económica auxiliada por el Estado quedaron fuertemente amenazadas por la caída en el precio del gas y del crudo. Su asertividad geopolítica en Ucrania y Medio Oriente condujo a varios tipos de boicots que lastimaron su ingreso económico nacional marcadamente.

El intento de India por ponerse al corriente, no sólo con Occidente sino con China, resultó en un daño ecológico masivo y en una disminución de las inversiones de su diáspora en América del Norte y Europa occidental. El actual gobierno, encabezado por el primer ministro Narendra Modi, está encontrando que es difícil cumplir las promesas que condujeron a su avasalladora victoria reciente.

En Sudáfrica, la abrumadora mayoría del Congreso Nacional Africano (CNA) amaina finalmente, conforme una creciente proporción del electorado es demasiado joven para recordar la lucha contra el apartheid. En cambio, la política se torna cada vez más una política basada en lo étnico. Y el CNA es amenazado por una corriente emergente anti-blanca entre los votantes más jóvenes, tan ajenos a las políticas anti-raciales del CNA. Además, los vecinos de Sudáfrica se inquietan cada vez más por la mano dura de Sudáfrica en su política interna.

¡Ay, cómo caen los poderosos! Cualquiera duda de lo que permanece de las aspiraciones geopolíticas de los BRICS.

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El índice Big Mac y la contradicción de las devaluaciones competitivas

Mar, 12/01/2016 - 12:43
Este fin de semana la revista The Economist publicó su habitual Índice Big Mac, un indicador que se ha convertido en un oráculo para algunos economistas dado que permite comparar en términos simples el poder adquisitivo en diferentes países. Este indicador fue desarrollado por primera vez en 1986 y utiliza el precio de un Big Mac de McDonald (expresado en dólares estadounidenses) en diferentes países del mundo para medir el poder adquisitivo de los consumidores y hacer la teoría del tipo de cambio un poco más digerible.
El Índice Big Mac se basa en la teoría de la paridad del poder adquisitivo, según la cual el tipo de cambio debe igualar el precio de una canasta de bienes en diferentes países. Este índice, en vez de canastas de alimentos, toma la hamburguesa estándar que produce McDonalds en todas partes. Según la medición de enero de este año, Suiza tiene el Big Mac más caro del mundo, con 6,44 dólares, mientras Venezuela tiene el más barato con 0,66 dólares.

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Los bancos centrales no tienen armas efectivas para luchar contra el mercado

Lun, 11/01/2016 - 14:55
Los últimos acontecimientos en los mercados mundiales están mostrando la dificultad que entraña para países pequeños intentar controlar su tipo de cambio. Ejemplos como México, Suecia, Suiza o Brasil muestran que en un entorno de creciente guerra de divisas, los daños colaterales son muy difíciles de evitar.

China y su devaluación del yuan ha sido la última medida que está generando quebraderos de cabeza a banqueros centrales de todo el mundo que tampoco pueden adaptarse a las subidas de tipos de interés de EEUU. En un entorno hostil, el tamaño importa. El caso de Suiza el año pasado, cuando aceptó su derrota poco después de que el BCE lanzará su estímulo-bomba y abandonó el techo que había establecido contra el euro, parece esperar también a otros países, tanto si lo que quieren es devaluar su moneda como si por el contrario quieren apreciarla para amoldarse, por ejemplo, al desplome de los precios del crudo.

Tanto los países como los inversores están reconociendo esta realidad. La firma Cantor Fitzgerald aseguraba que los esfuerzos de México para fortalecer el peso eran "fútiles", mientras que Citigroup apostaba por la corona sueca como oportunidad de inversión pese a los intentos de devaluación por parte del Riksbank. Mientras, funcionarios del banco central de Brasil reconocían que no había pruebas de que su programa de intervención estuviera afectando a la volatilidad del real.

"Hay un gran interrogante sobre la capacidad de los bancos centrales, particularmente los de economías pequeñas y abiertas, para influenciar realmente sobre el tipo de cambio con sus intervenciones", explica Ken Dickson, director de inversiones en divisas de Standard Life. Sobre Suecia añade que "es muy difícil que el banco central luche contra el mercado".

En este caso, la corona ha caído un 1% frente al euro desde que el Riksbank anunciara el 30 de diciembre su intención de intervenir, pero sigue subiendo frente a la mayoría de divisas. Los analistas consultados por Bloomberg también apuestan por una subida.

Suiza, el canario en la mina "Es muy difícil para un banco central sostener un tipo de cambio artificial durante un periodo largo de tiempo. Lo vimos muy claramente en Suiza, de una forma muy alarmante y dramática: lo que pasa cuando estiras tu buena suerte durante demasiado tiempo. Generalmente es muy caro y no funciona particularmente bien", alerta Peter Rosenstreich, director de estrategia de mercados del banco suizo Swissquote.

Prácticamente se cumple un año desde que el Banco de Suiza se viera forzado a dejar de intervenir en el mercado para debilitar el franco por el alto coste que le suponía. A cambio, implementó una política mixta agresiva con ventas de francos y tipos de interés negativos, pero con escaso resultado: la moneda suiza está un 10% por encima de los 1,20 por euro que había fijado como tope. Su decisión provocó conmoción en los mercados, tal y como lo está haciendo la política de China ahora. Y podría haber más intervenciones.

La guerra de divisas, en la que se busca devaluar la divisa para impulsar las exportaciones, ha subido de intensidad con los movimientos de China. Sin embargo, a diferencia de lo que venía ocurriendo prácticamente desde el inicio de la crisis financiera, el objetivo de muchos países hoy es tratar de evitar un colapso de la moneda, fortalecerla.

Además, muchos bancos centrales han optado por no intervenir más para proteger sus reservas de divisas (el arma principal). Colombia, Brasil o México son algunos de los países que han intervenido o se lo están planteando para combatir la caída de sus monedas frente al dólar.

El Hotel Plaza y la coordinación Ante la situación, vuelven a surgir las voces que piden un nuevo acuerdo global, como el que se alcanzó en 1985, el célebre Acuerdo del Hotel Plaza en el que EEUU y otras grandes potencias se coordinaron para devaluar el dólar. Jeffrey Frankel, profesor de Harvard, sostiene en una investigación realizada el año pasado que esa coordinación es la clave junto a la sorpresa para conseguir una intervención en el mercado exitosa.

En cualquier caso, tampoco garantiza el éxito si el mercado está determinado a enviar la moneda en la dirección contraria a la deseada. Por ejemplo, el esfuerzo conjunto en 2011 para devaluar el yen japonés tras el terremoto y el tsunami tan solo provocó leves caídas en la divisa, caídas que además se revirtieron a los dos meses.

"Hay episodios en los que la presión del mercado es básicamente superior que la voluntad o la capacidad de un banco central para luchar contra ella", sentencia Ulrich Leuchtmann, director de estrategia de divisas de Commerzbank. "La libra fue un buen ejemplo", añade al recordar lo ocurrido en 1992, cuando la divisa británica se vio forzada a abandonar el Sistema Monetario Europeo, precursor del euro, tras la apuesta del mercado, liderada por el famoso inversor George Soros, por un hundimiento de la libra.

Ese año, España también devaluó tres veces la peseta, y como diría el entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga, "cuando la especulación arrecia, no hay banco central que aguante la sangría de divisas".
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Bombas H de Norcorea en medio de la crisis financiera global

Dom, 10/01/2016 - 17:15
Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

Norcorea detonó su cuarto ensayo nuclear en forma coincidente a la agudización de la crisis financiera global que no ha amainado desde 2008 –la cual tuvo de epicentro los bonos chatarra inmobiliarios de Estados Unidos (EEUU)–, de la que ahora la prensa anglosajona culpa a China, y a la cual se ha subido en su maquinaria goebbeliana el México neoliberal itamita que despotricó contra Pekín, al cual acusa de practicar una perversa devaluación competitiva (http://goo.gl/BMeILs).

La insensatez del desesperado Videgaray ha llegado a niveles inconcebibles al acusar a China de perversión cuando Pekín ha usado 670 mil millones de dólares! de sus reservas (http://goo.gl/UivPnO). ¡Ni que fueran masoquistas!

La guerra global de divisas hace mucho que detonó (http://goo.gl/ooyTK6) y perturba que la devaluación competitiva de Japón –súbdito de EEUU– en 50 por ciento (¡ojo!) no haya conmovido a los multimedia anglosajones y sus amanuenses globales en la misma proporción que la devaluación de China en 5 por ciento.

¡Videgaray lleva a cuestas, sin perversión, una devaluación de 55 por ciento del peso!

El exabrupto financierista global exhibe dos situaciones: 1) el desacoplamiento entre el oro negro –que se desploma a precios contranatura, manipulado por los hedge funds de Wall Street/la City (Londres)–, y el oro amarillo que se ha disparado, más acorde a las realidades económica y financiera también desacopladas, y 2) la sonriente apacibilidad de los gobernantes de China frente al pánico de los multimedia anglosajones (http://goo.gl/CQHGtB).

El escenario de abruptas devaluaciones desde Colombia hasta el México neoliberal itamita, ya lo había abordado (http://goo.gl/SXx52X) como consecuencia del alza de las tasas de interés de EEUU que colocarían a Latinoamérica en la lona, lo cual fue retomado ampliamente por la agencia Xinhua de China (http://goo.gl/2UxC7j).

La verdadera bomba nuclear geoeconómica, sin ensayos de por medio, es la que lanzará China el 16 de enero con su flamante Banco de Infaestructura e Inversiones (http://goo.gl/6X2GVd y http://goo.gl/cDtWvZ).

Se nota más preocupada a China por la temeraria reacción del precandidato presidencial Donald Trump sobre el ensayo nuclear de Norcorea (http://goo.gl/jQCIk4) que detonó su presunta bomba termonuclear de hidrógeno (bomba H) cuando toma desprevenido a EEUU en varios frentes.

Mientras unos ganan y otros pierden en la contabilidad bursátil global, en Israel festejan tanto la firmeza de su divisa, el shekel (http://goo.gl/5Pntjw), como el incremento de sus reservas de divisas (http://goo.gl/90q3hL), entre las mayores del planeta medido per cápita, cuando los multimedia anglosajones y sus palafreneros globales arremeten contra China por su política monetaria y su supuesta falta de control por el ensayo nuclear de Norcorea.

Cuando los expertos discuten en forma bizantina sobre el sexo de la bomba probada por Norcorea –si fue atómica de fisión o fue termonuclear de fusión de hidrógeno que alteraría la correlación regional de fuerzas (http://goo.gl/10ehMz)–, el portal Sputnik alega que los dos centros superhalcones Heritage Foundation y American Enterprice Institute arrecian los tambores de guerra contra Norcorea: ambos financiados por los principales contratistas militares de EEUU –Lockheed Martin, Boeing, Raytheon y Northrop Grumman– que se especializan en los programas de defensa misilística (http://goo.gl/BxEuXA)”.

En reciente entrevista con el periodista Jorge Santacruz abordé los juegos de guerra detrás de la prueba de Norcorea (https://goo.gl/imAky5). Sputnik presume que el ensayo “podría dañar los lazos de NorCorea con China (http://goo.gl/PqGmEl)”.

El ensayo de una bomba H epitomiza la proliferación nuclear global y pone en relieve dos puntos: 1) el desastre de la política de desnuclearización de Obama, por la que obtuvo en forma futurista su Premio Nobel de la Paz cada vez más deshonrado, pese a sus más creíbles lágrimas por la pandemia de armas domésticas en EEUU, sin contar las foráneas, y 2) la imperativa abolición de armas nucleares sin excepciones (http://goo.gl/E1yhIc), como el caso flagrante de Israel y su racista supremacía sionista que gozan de canonjías paleobíblicas.

Israel vive en un gueto nuclear con sus 400 bombas atómicas clandestinas sin que nadie le importune (http://goo.gl/HTVNrQ). Un reporte desclasificado de la década de los 80 exhibe que “EEUU ayudó a Israel con la bomba de hidrógeno (https://goo.gl/w8LrUv)”.

Pregunta tonta: ¿por qué provocan tantas reacciones airadas las bombas de Norcorea (máximo de 10) frente al silencio sepulcral de EEUU sobre la pletórica y clandestina tenencia nuclear de Israel (máximo de 400), incluyendo sus bombas H?

En contraste con la serena postura del ex presidente Carter (http://goo.gl/mIMyRV), Victor Cha y Robert Gallucci, fracasados negociadores con Norcorea, reaccionan en forma visceral y exigen una dura respuesta de EEUU: una acción preventiva (¿al estilo Irak?) y/o una represalia masiva nuclear, salpicadas de sanciones financieras, así como de fuertes presiones a China como “piedra de toque de las relaciones entre EEUU y China (http://goo.gl/IKUyDo)”. ¡Uf!

Resaltan las dos pesas y dos medidas de EEUU que ostenta 15 bases militares y 28 mil soldados en Sudcorea, además de 23 bases y casi 50 mil soldados en Japón equipados con bombas nucleares.

El editorial de Global Times, de China, corrige a Trump: EEUU y algunos países occidentales imputan a China, acusándola de ser responsable del problema nuclear de Norcorea, en particular Trump, quien en forma locuaz disparató que China debe resolver ese problema y nosotros debemos presionar a China para resolver el problema y que si EU actuara en forma vigorosa en su comercio con China la tendría en colapso en dos minutos.

El editorial considera que tanto el régimen de Norcorea ha escogido una vía errónea para su seguridad como EEUU se ha empecinado en forma persistente en su política hostil a Norcorea, cuando la “península coreana es el único lugar en el mundo donde persiste la guerra fría”, por lo que EEUU debería tener más responsabilidad para aliviar las tensiones que “hacen sentir a Norcorea lleno de angustia en su seguridad (http://goo.gl/RH4Q1z)”, ya que no existe esperanza (sic) para dar fin a la adivinanza nuclear de Norcorea, si EEUU, Sudcorea y Japón no cambian sus políticas hacia Pyongyang, por lo que depender únicamente de la presión de Pekín para forzar a Norcorea a desnuclearizarse es una ilusión.

Tras el óptimo resultado de las tres superpotencias EEUU/Rusia/China sobre la desactivación del programa nuclear civil de Irán, que no posee bombas atómicas salvo las que inventó Israel, hoy Washington/Pekín/Moscú deben sentarse a negociar la desnuclearización y reunificación de la península coreana bajo el formato hexapartita –más las dos Coreas y Japón– que el régimen de Pyongyang reclama a gritos con estruendos nucleares.

La verdadera prueba es diplomática cuando la estabilidad de la península coreana deberá formar parte del nuevo orden geoestratégico tripolar de EEUU/Rusia/China.

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