Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger6634125
Actualizado: fai 6 horas 31 min

El FMI dice que no es capaz de calcular el impacto que supondrá Trump en la economía mundial

Mar, 17/01/2017 - 12:37

El Fondo Monetario Internacional ha confirmado sus pronósticos del pasado mes de octubre para la economía mundial, que contemplan un crecimiento del 3,4% este año y de 3,6% en 2018, y ha señalado un incremento de la incertidumbre relacionado con el resultado electoral en EEUU, reconociendo que no será hasta julio cuando pueda valorar de forma más específica el impacto de las políticas de Donald Trump al frente de EEUU.

"Existe una amplia dispersión de posibles desenlaces en torno a las proyecciones, dada la incertidumbre que rodea a la orientación de las políticas del Gobierno estadounidense entrante y sus ramificaciones internacionales", apunta la institución en la actualización de su informe Perspectiva de la economía mundial, publicado el pasado mes de octubre. El FMI ha incorporado también a sus pronósticos el afianzamiento de los precios del petróleo tras el acuerdo al que llegaron el pasado 30 de noviembre los miembros de la OPEP junto a otros grandes países productores para limitar la oferta de petróleo.

A diferencia de octubre, el FMI aprecia, a pesar de la incertidumbre, un mejor comportamiento de las economías desarrolladas, cuyo pronóstico eleva al 1,9% en 2017 y el 2% un año después, una y dos décimas por encima respectivamente de su anterior pronóstico, mientras detecta un empeoramiento de la tendencia entre las emergentes, para las que prevé una expansión del 4,5% este año, frente al 4,6% estimado anteriormente, y confirma un crecimiento del 4,8% en 2018.

"Las perspectivas de las economías avanzadas han mejorado para 2017-18, gracias al fortalecimiento de la actividad durante el segundo semestre de 2016 y al estímulo fiscal previsto en Estados Unidos", añade el FMI, que advierte, sin embargo, de que a falta de conocer los detalles y orientación de las políticas bajo la dirección de Donald Trump, no será hasta la edición de abril del informe cuando habrá mayor claridad al respecto y sobre sus implicaciones para la economía mundial.

Paradójicamente, el FMI ha elevado su proyección sobre el crecimiento económico de Estados Unidos en 2017 y 2018 por los planes fiscales del presidente electo, aunque ha advertido que eso se verá contrarrestado en su mayor parte por un crecimiento más débil en mercados emergentes clave. Así, EEUU vería una leve mejoría de 0,1 punto porcentual en su PIB de 2017 y de un 0,4 punto porcentual en 2018, hasta un crecimiento del 2,3% y del 2,5%, respectivamente.

De hecho, durante la presentación de la actualización de previsiones del FMI, el economista jefe de la institución, Maurice Obstfeld, ha destacado el cambio apreciado durante la segunda mitad de 2016, con una mejor evolución de las economías de EEUU, China, Europa y Japón, aunque ha advertido de que "la incertidumbre ha aumentado" y existe una amplia dispersión de los riesgos para estas perspectivas en el corto plazo.

Así, el economista jefe del FMI ha apuntado que, a pesar de haber revisado moderadamente al alza sus pronósticos para EEUU, siguen sin estar claros los detalles de la futura legislación fiscal, así como el grado de incremento del gasto público o el impacto sobre la actividad y la demanda agregada, así como sobre el dólar y el déficit.

"Existe, de este modo, un rango más amplio de lo habitual de riesgos al alza y a la baja para estas previsiones", ha subrayado Obstfeld al hacer referencia a si la evolución de la economía estadounidense permite a la Reserva Federal un ritmo más moderado de subida de tipos o si el banco central estadounidense se ve obligado a actuar con mayor rapidez para contener la inflación, lo que provocará la apreciación del dólar, un menor crecimiento real y un aumento de las presiones presupuestarias.

"Este último escenario, con mayores desequilibrios globales, intensifica el riesgo de medidas proteccionistas y represalias, lo que implicaría un ritmo más rápido de lo previsto del endurecimiento de las condiciones financieras globales".

Por el momento, el FMI revisa al alza su previsión de crecimiento para EEUU, mientras que en el caso de la zona euro prevé que el crecimiento sea del 1,6% este año, frente al 1,5% anticipado anteriormente, mientras reitera que en 2018 la expansión será del 1,6%.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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¿Hay que culpar a la globalización?

Lun, 16/01/2017 - 17:01

Dean Baker, Sin Permiso

Aunque no podemos aceptar el racismo y la misoginia con que alimentó Donald Trump su victoria electoral, tenemos que reconocer que los votantes de clase obrera blanca que le dieron amplio apoyo tenían agravios reales. Han sido perdedores económicos durante las últimas cuatro décadas. Han visto estancarse sus salarios y las perspectivas a que se enfrentan sus hijos en el mercado laboral son sombrías. Sus cuitas vienen de políticas económicas que fueron diseñadas para redistribuir el ingreso hacia los de arriba. La globalización fue la más visible de esas políticas.

Entre los muchos mitos sobre la globalización, el peor es el que dice que la pérdida de un enorme volumen de puestos de trabajo en los EEUU (y en Europa) era inevitable. Puesto que el mundo en vías de desarrollo está lleno de trabajadores con salarios bajos, se dice, era imposible para los norteamericanos competir con ellos. Los economistas y los políticos que promueven esa opinión pueden conceder que el resultado es muy desafortunado para los trabajadores norteamericanos, pero insisten en que era inevitable. Se consuelan con los crecientes niveles de vida de los miles de millones de pobres del mundo en vías de desarrollo.

Es una visión de la historia de los últimos cuarenta años muy digerible para quienes no fueron sus víctimas. Pero es de todo punto falsa.

La globalización no tenia por qué seguir el curso que siguió. No había nada inevitable en los grandes déficits comerciales de los EEUU, que llegaron a un pico del 6% del PIB entre 2005 y 2006 (aproximadamente 1,1 billones anuales en dólares de la economía actual). Y no había nada inevitable en las pautas comerciales que resultaron de ese desequilibrio. Fueron decisiones políticas –no Dios, la naturaleza o la mano invisible— las que expusieron a los obreros industriales norteamericanos a la competencia directa con los obreros de salarios bajos en el mundo en vías de desarrollo. Quienes tomaban decisiones políticas pudieron haber expuesto a trabajadores superlativamente remunerados, como los médicos o los abogados, a esa misma competencia, pero un consenso bipartidista en el Congreso y los presidentes de ambos partidos eligieron protegerlos.

El primer supuesto sobre la globalización –que los EEUU necesitaban un robusto influjo neto de bienes— es fácilmente refutable. No teníamos que incurrir en grandes déficits comerciales con el mundo en vías de desarrollo para disfrutar de las ventajas del comercio. Ni eran nuestros déficits comerciales una condición necesaria para la mejora de la suerte de los pobres del mundo.

En realidad, la teoría económica sugiere lo contrario. Los países en vías de desarrollo se supone que incurren en grandes déficits comerciales con los países ricos. En los países ricos el capital es relativamente abundante, de modo que consigue tasas de retorno muy bajas. En cambio, en los países pobres el capital es relativamente escaso, de modo que consigue una alta tasa de retornos. Este argumento de manual implica que los inversores en los EEUU harían bien prestando dinero a los países en vías de desarrollo para ayudar a financiar su desarrollo.

El flujo de capital procedente de los países ricos podría financiar un déficit comercial de los países en vías de desarrollo, lo que permitiría a éstos mejorar sus niveles de vida importando bienes de consumo al tiempo que construyen infraestructura y forman stocks de capital. En la teoría económica dominante, el problema de los países en vías de desarrollo es la escasez de bienes y servicios. Así, se beneficiarían de una situación que les permitiría comprar más de lo que venden.

Sin embargo, muchos “expertos” sostienen que el principal problema del mundo en vías de desarrollo radica en encontrar quién compre sus productos. Esta perspectiva invertida revela la corrupción de nuestros debates políticos. Estos observadores vuelven del revés las enseñanzas de la teoría económica corriente sugiriendo que el problema económico principal a que se enfrenta el mundo en vías de desarrollo es el de una falta de demanda de sus bienes y servicios. Puede que algunos consideren el modelo del manual de economía como meramente hipotético. No lo es. En el Este asiático de los 90, hasta la crisis financiera de 1997, los países crecían rápidamente mientras incurrían en grandes déficits comerciales. Aunque el crecimiento y la reducción de la pobreza en la región han sido presentados como el beneficio que compensa los sufrimientos de la clase obrera en los EEUU y otros países ricos, lo cierto es que los Estados del Este asiático crecieron más rápidamente en los años en que incurrieron en déficits comerciales. De hecho, si los países del Este asiático hubieran conseguido mantener su tasa de crecimiento anterior a la crisis, dos de ellos, Malaysia y Corea del Sur, serían ahora más ricos en términos per capita que los EEUU. Aunque los desequilibrios fueron creciendo antes de la crisis, y aunque los déficits comerciales fueron probablemente demasiado grandes, eso no es razón para sostener que un patrón de crecimiento fundado en la inversión exterior no habría podido resultar sostenible.

Las condiciones del rescate de 1997, diseñado por la administración Clinton y operado por el FMI, convirtió a los países en desarrollo de la región en prestamistas netos de capital, invirtiendo la dirección de los flujos de capital anteriores al período de crisis. Esa fue una elección conscientemente política que tuvo efectos desastrosos para amplios segmentos de la fuerza de trabajo estadounidense. El rescate podría haber incluido una substancial condonación de la deuda, lo que habría permitido a los países del Este asiático seguir financiando con préstamos su desarrollo. Pero la administración Clinton insistió en la total devolución de la deuda para proteger a los bancos y a otros prestamistas de sus errores, lo que forzó a aquellos países a incrementar masivamente sus exportaciones a fin de poder pagar su deuda.

Pero no son sólo el volumen y la dirección de los flujos comerciales lo que revela su naturaleza política. Un segundo supuesto de la habitual narrativa sobre la globalización tiene que ver con el contenido de esos flujos. Los acuerdos comerciales negociados por las administraciones de los dos partidos fueron concebidos para permitir que las grandes compañías norteamericanas pudieran producir bienes en los países en vías de desarrollo y repatriar el producto a los EEUU con mínimas restricciones. Esta opción política ponía a los trabajadores industriales norteamericanos en directa competición con los trabajadores inferiormente pagados del mundo en vías de desarrollo. Nuestra economía, en conjunto, puede ganar con un acceso a los bienes de bajo costo fabricados en el mundo en vías de desarrollo, pero un resultado predecible y ya real de esta pauta comercial es la pérdida de puestos de trabajo industriales en los EEUU y la presión a la baja sobre los salarios de sus trabajadores menos calificados en general.

Había otras opciones, y sigue habiéndolas. Así como podemos ahorrar dinero en zapatos y camisetas comprando productos hechos en China, también podríamos ahorrar en facturas médicas y honorarios de abogados, si permitiéramos que médicos, abogados y otros profesionales de bajos honorarios pudieran practicar en los EEUU.

El caso es que no se ha hecho nada en esta era de liberalización comercial para reducir las barreras que protegen a nuestros profesionales mejor pagados. Es ilegal la práctica de la medicina en los EEUU, a menos que se haya completado un programa de residencia en EEUU o en Canadá. (El número de admitidos en esos programas está estrictamente limitado, con sólo una pequeña fracción abierta a médicos educados en el extranjero.) Los dentistas tienen prohibida la práctica en los EEUU, a menos que se hayan licenciado en una escuela odontológica de los EEUU; la única excepción son los licenciados en escuelas canadienses.

Es absurdo creer que la única vía para llegar a ser un profesional competente es completar un programa de residencia en los EEUU. Si aplicáramos nuestros principios librecambistas a los servicios médicos y odontológicos, así como al trabajo de otros profesionales muy bien pagados, estableceríamos un sistema internacional de acreditaciones que permitiría a los profesionales extranjeros entrenarse y practicar conforme a nuestros criterios en los EEUU. Y no se trata de una fantasía absurda. Trabajadores capaces en esos campos están ya colaborando a lo largo y ancho del planeta; los huesos, los dientes y los corazones en la India no son diferentes de los norteamericanos.

Los beneficios potenciales de un comercio más libre en esos servicios son enormes. El médico promedio de los EEUU gana más de 207.000 dólares la año, más del doble del promedio en otros países ricos. Si pagáramos a nuestros médicos lo mismo que Alemania, Canadá u otros sitios parecidos, ahorraríamos cerca de 100 mil millones de dólares al año, casi 700 dólares por familia norteamericana. Si abriéramos a la competencia internacional otras profesiones superiormente pagadas, los beneficios serían todavía mayores. Algunos objetarán que eso arrebataría a los pobres del mundo a los mejores y más brillantes, que irían a los EEUU. Pero esa “fuga de cerebros” podría compensarse con impuestos a los profesionales extranjeros y la repatriación esos impuestos a sus países de origen, que podrían usar ese dinero para educar y entrenar a dos o tres profesionales por cada uno que se hubiera ido a los EEUU. Este es el sistema de compensación a los perdedores que los propugnadores de los tratados de comercio alaban siempre prometiendo amplios beneficios para todo el mundo. En el caso de los EEUU, los programas compensatorios siempre han sido muy limitados.

Al generar el libre comercio ahorros en el trabajo de médicos, abogados, etc., podríamos también promover la igualdad, puesto que estos profesionales se sitúan en el vértice de la distribución del ingreso. Es importante recordar que el ingreso de los profesionales superiormente pagados representa un coste para todos los demás. Si podemos obtener sus servicios por menos, los niveles de vida del resto de la población crecerán. Rechazar ese camino es una forma de proteccionismo en beneficio de los comparativamente ricos profesionales norteamericanos.

Otros tipos de proteccionismo resultan también costosos para los norteamericanos. Por ejemplo: un eje capital de los últimos tratados de comercio ha sido la protección cada vez más robusta y cada vez más larga de las patentes y del copyright, con un foco especial puesto en la preservación de los monopolios fabricantes de fármacos de prescripción médica.

Incrementar el blindaje y la duración de las patentes y otras formas de protección se convirtió en el propósito central de la política comercial que inauguró la administración Clinton. La Casa Blanca insertó en el último minuto las cláusulas del TRIPS (Trade Related Aspects of Intellectual Property Rights) en las negociaciones de la Ronda de Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (de allí en adelante, Organización Mundial del Comercio). Todos los acuerdos de comercio posteriores han seguido extendiendo los derechos de propiedad intelectual (PI). Lo que típicamente hacen estas cláusulas PI es aumentar el coste de los artículos protegidos en muchos miles por ciento sobre el precio de libre mercado. Lo que resulta particularmente problemático en el caso de la prescripción de fármacos, porque aquí lo que está en juego son las vidas y la salud de la gente.

Con pocas excepciones, la producción de fármacos es barata. Eso significa que, en ausencia de patentes y otras protecciones por el estilo, no resultarían normalmente caras de comprar. El fármaco para la hepatitis C, Sovaldi, ofrece un ejemplo excelente. Tres meses de administración de una versión genérica de alta calidad cuesta en la India 900 dólares. Su precio en los EEUU es de 84.000 dólares. Lo que equivale a un arancel de más del 40.000 por ciento. Este enorme hiato abierto entre los precios protegidos por patentes y los precios de libre mercado estimula el abuso y la corrupción, tal como predice la teoría económica. Las empresas tienen poderosos incentivos mantener la patente sobre sus fármacos tanto tiempo como les sea posible. También tienen incentivos para ocultar pruebas de que su fármaco es menos efectivo de lo que declaran o de que podría resultar incluso dañino. Es raro que transcurra un mes sin que estalle un escándalo de esta naturaleza en la industria farmacéutica.

Los pretendidos beneficios de una protección robusta y duradera con patentes farmacéuticas están completamente exagerados. Por ejemplo, la idea de que así conseguimos mejores fármacos, porque la protección ofrecida por las patentes pagaría el elevado costo de la investigación, es de rodo punto erróneo. Mecanismos alternativos serían con casi total certeza más eficientes. El Estado podría avanzar fondos para la investigación y poner los descubrimientos en el dominio público. Ya gasta 32 mil millones de dólares al año para financiar la investigación biomédica a través del Instituto Nacional de la Salud. Esa financiación podría doblarse o triplicarse, a fin de pagar el desarrollo y la comprobación experimental de nuevos fármacos, y recuperarse fácilmente con los ahorros conseguidos gracias la venta a precios de libre mercado. En 2016, los EEUU gastaron más de 430 mil millones de dólares en fármacos de prescripción médica. Más del 80% de ese coste se habría ahorrado en ausencia de patentes y protecciones similares.

La insistencia en patentes más robustas y más largas y en protecciones del copyright no sólo impone costes económicos a los norteamericanos y a nuestros socios comerciales, sino que debilita todavía más la posición de los trabajadores industriales en los EEUU. La cosa es sencilla. Si nuestros socios comerciales pagan más a Pfizer, Merck y Microsoft, entonces tienen menos dinero para comprar bienes producidos en los EEUU. En efecto, un gran influjo de dinero para la propiedad intelectual implica un mayor déficit comercial en los bienes manufacturados. Eso no es libre comercio. Es elegir ganadores y perdedores. Y pésima noticia para el grueso de la fuerza de trabajo estadounidense.

En suma: casi todas las historias que se cuentan sobre la globalización como un proceso natural y necesario son falsas. Los EEUU no necesitan incurrir en déficit comercial, grande o pequeño, con el mundo en vías de desarrollo. Y esos déficit comerciales no son condición necesaria para reducir la pobreza allí.

Si la globalización, tal y como actualmente transcurre, no estaba predeterminada, tampoco fue un accidente. La exposición de los trabajadores industriales norteamericanos a la competencia internacional con trabajadores extranjeros de bajos salarios fue el resultado de decisiones políticas tomadas por mandatarios que sabían perfectamente que sus decisiones resultarían en salarios más bajos para los norteamericanos.

Acabar con el proteccionismo para los profesionales superiormente pagados y para la propiedad intelectual ayudaría a revertir la redistribución de ingresos hacia arriba acontecida en las últimas cuatro décadas, pero no sería suficiente por sí sola. También es necesario atacar al sobredimensionado sector financiero y sus excesivas remuneraciones, restituir una ahora quebrada estructura de gobernanza empresarial que permita que los altos ejecutivos tengan ingresos como los ejecutivos extranjeros y repensar la política macroeconómica que ha sacrificado el empleo en el altar de la baja inflación. De estas cosas me ocupo más a fondo en último libro: Rigged [Fraudulento].

Elegí este título aceptando una recomendación, y vale tanto para la globalización como para otras materias preocupantes. Porque si el propósito de la globalización era el de redistribuir el ingreso a favor de los ricos norteamericanos, entonces el proceso al que hemos asistido en estas últimas décadas tiene pleno sentido. Pero si el objetivo era promover la justicia económica o maximizar el crecimiento, entonces la globalización debería tomar una senda diferente.

Como cuestión práctica, la política comercial está ampliamente dominada por los grupos de interés formados para beneficiarse de ella, como los industriales que buscan mano de obra barata en el mundo en vías de desarrollo. Han hecho camino en muy buena medida envolviendo su agenda con la ideología del libre comercio, ideología que las gentes más instruidas –políticos, economistas y periodistas— creen tener que apoyar. Para algunos de ellos, promover el llamado libre comercio se ha convertido en un ejercicio de cinismo. Pero el grueso de los norteamericanos instruidos apoya esta senda de la globalización, porque llegó a convencerse de que beneficiaba realmente a la gente en el mundo en vías de desarrollo y, como en mi caso, porque la dictaban las leyes de la teoría económica. Ni que decir tiene que estas gentes más instruidas se contaban generalmente entre los beneficiarios de esa política

Pero podemos diseñar sendas de globalización que beneficien al mundo en vías de desarrollo por lo menos tanto como la presente, impidiendo en cambio la redistribución hacia arriba en los EEUU y en otros países ricos. La cuestión es si los votantes instruidos ignorarán la realidad y continuarán dando ciegamente su apoyo a la actual política, o si se abrirán a una senda más inclusiva en materia de comercio y globalización.

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Posmodernidad, vida líquida, amor líquido

Lun, 16/01/2017 - 09:31
Juan José Tamayo, CCS

El politólogo y científico social polaco Zygmunt Bauman es uno de los pensadores más lúcidos e influyentes de nuestro tiempo. “Líquido” es una de las categorías centrales y de gran riqueza analítica de su pensamiento. Su tesis es que en la sociedad actual todo es líquido, inconsistente, evanescente: la modernidad, los miedos, los temores, el amor, la vida. Las condiciones de vida y de acción y las estrategias de respuesta se modifican con tal celeridad que no pueden consolidarse ni traducirse en hábitos y costumbres.

Nuestro mundo avanza a un ritmo vertiginoso pero sin rumbo, cambia pero sin consistencia. No hay tiempo para que las cosas echen raíces. La precariedad es el signo, y el sino, de nuestro tiempo. Pareciera que el imperativo categórico fuera estar poniéndose al día constantemente. Las cosas se adquieren y se desechan con celeridad compulsiva. Las capacidades se tornan discapacidades en un instante. La apelación a la experiencia es signo de decrepitud. Se impone la velocidad frente a la duración, la aceleración frente a la eternidad, la novedad frente a la tradición, el consumismo frente a la ciudadanía. “El consumidor, afirma, es enemigo del ciudadano”. Hemos pasado del miedo al cambio al miedo al estancamiento.

La vida líquida se caracteriza por ser una “cultura del desenganche, de la discontinuidad, del olvido”; que no educa en la reflexión, ni en la actitud de búsqueda, sino en la ojeada fugaz. No hay convicciones firmes, sólo opiniones que pueden cambiar tanto en la política como en el debate intelectual. Cada vez hay menos personas dispuestas a dar su vida por algo o por alguien. Se ha pasado de la figura del mártir a la del héroe como camino más rápido para conseguir celebridad.

El martirio significa solidarizarse con “un colectivo al que la mayoría discrimina, humilla, ridiculiza, odia y persigue”. El mártir “pone la lealtad a la verdad por encima de cualquier otro cálculo de ganancia o beneficios mundanos”. Aquí radica la diferencia entre mártires y héroes modernos. Estos hacen cálculos sobre las pérdidas y las ganancias de sus acciones y esperan obtener beneficios de su sacrificio. Mientras que la muerte de los mártires sea “inútil”, no se entiende que pueda existir un “heroísmo inútil”. La democracia ha sufrido un golpe de Estado por el neoliberalismo, cuyo objetivo es privatizar la esfera pública y eliminar la utopía social. La utopía de la modernidad se ha convertido “en blanco y presa de llaneros, cazadores y tramposos solitarios: uno de los muchos trofeos de la conquista y la anexión de lo público a lo privado”. Calificar hoy a una persona, a un grupo o a un proyecto de utópicos no es una alabanza. Constituye una descalificación en toda regla. La utopía sufre un largo destierro y un maltrato semántico. Se identifica con quimera, ilusión, sueño irrealizable, evasión de la realidad, renuncia a las responsabilidades del presente.

Sin embargo, la utopía, liberada de toda mitología, es una categoría mayor de la filosofía de la esperanza y tiene un sentido positivo en tanto proyecto de un mundo justo, que implica la crítica del presente. Es necesaria como imagen movilizadora de las energías humanas, horizonte que orienta y guía la praxis, instancia crítica de la realidad y motor de la historia. El individuo vive en permanente asedio. Cuanto más se empeña en afirmar su individualidad, más asediado se ve por la sociedad. “La individualidad es tarea que la propia sociedad de individuos fija para sus miembros. El auge de la individualidad supuso el debilitamiento de los lazos sociales”. ¿En qué consiste el viaje de autodescubrimiento? En una feria global de comercio al por mayor de recetas de individualidad. Los elementos auténticamente individuales de cada persona terminan por convertirse en moneda de uso común, en estándares sin valor. Vivimos un proceso de fragmentación y de segmentación, de diversidad individual y social. Lo que exige como objetivos políticos y sociales importantes, escribe Bauman, citando a Dominique Simone Rychen, el fortalecimiento de la cohesión social, el desarrollo de un sentido de conciencia y responsabilidad sociales, la interacción con otras personas, el diálogo, la comprensión mutua, la gestión y resolución de los conflictos.

Siguiendo a Hannah Arendt y a Bertold Brecht, llama a nuestra época “tiempos de oscuridad”, en los que se degrada toda verdad a una trivialidad sin sentido y el distanciamiento de la política y de lo público se ha convertido en la “actitud básica del individuo moderno, quien, alienado del mundo, sólo puede revelarse en privado y en la intimidad de los encuentros cara a cara”. Bauman se pregunta por la posibilidad de convertir el espacio público en lugar de participación duradera, de diálogo permanente, de debate y de confrontación entre consenso y disenso, en vez de ámbito de encuentros fugaces y casuales. Esa conversión, dice, sólo es posible creando un espacio público nuevo y global, que se traduzca en una política planetaria adecuada, un escenario planetario, un análisis global de los problemas provocados a escala global y una responsabilidad planetaria. Ello exige reformar el tejido de las interdependencias e interacciones globales.

Las reflexiones de Bauman no dejan a nadie indiferente. Se compartan o no, dan que pensar. Llevan por veredas inexploradas, no por los caminos del éxito seguro en los negocios. Provocan insatisfacción como punto de partida para cambiar la realidad. Invitan a construir relaciones simétricas, cálidas, duraderas, auténticas, no mediadas crematísticamente. Sus pensamientos no acaban en desencanto y apatía. Su libro Vida líquida termina con una llamada a la esperanza entendida como encuentro entre imaginación y sentido moral. La esperanza se resiste a reconocer la jurisdicción “de lo que es” y a someterse al dictamen de la realidad. Es esta la que tiene que explicar por qué no siguió el criterio marcado por la esperanza. Y junto a la esperanza, la apelación a la utopía, a partir de la consideración del ser humano como criatura esperanzada según Bloch y de la ética como filosofía primera según Lévinas. El mundo exterior tiene que demostrar su inocencia ante el tribunal de la ética, no al contrario. Y por el momento no le va a ser posible demostrarla, porque dicho tribunal está sometido al asedio del mercado, que es el mejor ejemplo de inmoralidad.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Cinco datos que muestran que la desigualdad ha aumentado en España pese a la recuperación económica

Dom, 15/01/2017 - 09:01
España es el segundo país de la Unión Europea donde más crece la brecha entre ricos y pobres desde que estalló la crisis, y ésta sigue aumentado a pesar de los últimos años de crecimiento económico, según revela el último informe de Oxfam Intermón.Sara Plaza, Público

La recuperación económica en España no ha ido acompañada de la disminución de la desigualdad. Al contrario, ésta continúa aumentando año a año. Así lo muestra el último informe de Oxfam Intermón, España, un crecimiento económico que deja fuera a las personas más vulnerables, que muestra como las tres personas más ricas del país acumulan la riqueza del 30% más pobre.

España es un país de dos realidades. Desde 2014 crece el PIB, pero los resultados de esta reactivación económica solo benefician a una minoría mientras que la desigualdad se cronifica e intensifica. En la última década, el índice de Gini en España ha empeorado y la situación actual de las familias y las personas más golpeadas por la crisis contradice el optimismo en torno a los principales datos macroeconómicos. España sigue siendo el segundo país de la Unión Europea donde más ha crecido la desigualdad desde que estalló la crisis, y donde ésta ha seguido aumentando a pesar de los últimos años de crecimiento económico.

1. Siete mil nuevos millonarios
Según el informe de Oxfam, en 2015 hubo siete mil nuevos millonarios en España. Para la ONG, esta tendencia de acumulación de la riqueza en manos de unos pocos es una de las principales causas de la desigualdad. A la vez que crece el número de ricos se produce el deterioro de la situación de las personas más vulnerables.

Durante los años de la crisis, las personas más pobres fueron las más castigadas. De acuerdo con la OCDE, la renta media en España cayó un 9 % entre 2007 y 2014, pero la caída de la renta del 10% más pobre de la población fue de más del doble: un 21%.

2. Sólo tres personas acumulan la riqueza del 30% más pobre
En el último año, la fortuna de tan sólo tres personas (dos hombres y una mujer: Amancio Ortega, su hija Sandra Ortega Mera y Juan Roig) equivale ya a la riqueza del 30% más pobre del país, es decir, de 14,2 millones de personas. Mientras en 2015 este 30% más pobre vio reducida su riqueza en más de una tercera parte (-33,4%), la fortuna de las tres personas más ricas del país aumentó un 3%.

Las personas incluidas en los niveles de renta más bajos han visto caer su participación en la renta nacional. Así por ejemplo, mientras en 2013 el 10% más pobre en España concentraba el 1,9% de la renta nacional, en 2015 su participación se redujo un 10,5%, hasta concentrar sólo el 1,7%.

3. Los salarios más bajos han caído un 28%
El informe de Oxfam muestra como en los años de la crisis, desde 2008 hasta 2014, los salarios más bajos cayeron un 28% mientras los más altos apenas se movieron. En 2015 España llegó a un nivel en el que la remuneración del empresario con el salario más elevado multiplicaba por 96 la del trabajador promedio en las empresas del Ibex 35, y por 51 en el total de las empresas cotizadas.

Es decir, los aumentos de la productividad de las empresas sólo parecen afectar a los salarios de los altos directivos y a los niveles de beneficios con los que se retribuye a los propietarios.

4. Alta precariedad
Los beneficios de las grandes empresas han recuperado los niveles anteriores a la crisis, mientras una de cada cinco personas en edad de trabajar no encuentra empleo. Y quienes lo encuentran, lo hacen en condiciones de alta precariedad mientras los salarios siguen 9 puntos por debajo de los niveles alcanzados en 2008.

España, a pesar de haber mostrado durante los últimos años una de las tasas de crecimiento más altas de Europa, no logra que este crecimiento sea inclusivo. Con crecimientos similares durante 2015, en Eslovaquia o Hungría consiguen reducir más la desigualdad y promover así un crecimiento más equitativo.

5. Un sistema fiscal que promueve la desigualdad
Esta desigualdad se amplifica por el efecto de un sistema fiscal que no es redistributivo. España es uno de los países europeos con menor capacidad para reducir las desigualdades a través del sistema fiscal, tan solo por detrás de Letonia, Bulgaria, Estonia y Lituania.

Las reformas legislativas siguen sin reconducir la regresividad histórica de nuestro sistema tributario ni apuntalar la capacidad recaudatoria que puede blindar la inversión en políticas sociales. Además, son las familias las que todavía soportan la mayor parte del peso tributario, aportando un 84% de la recaudación frente a un 13% de las empresas.

Para Oxfam, la falta de voluntad política para acabar con los paraísos fiscales y otras prácticas fiscales de las grandes empresas continúan dejando un agujero en los ingresos del Estado que ahonda la desigualdad de mercado. España dejó de ingresar aproximadamente 1.500 millones de euros como resultado de la actividad canalizada a través de los 15 paraísos fiscales más agresivos del mundo. Una cantidad que equivaldría al 58% del déficit que se estima tendrá el fondo de reserva de las pensiones en 2017.

Una economía para el 1%

El informe de Oxfam también muestra la situación de desigualdad en el resto del mundo. Las conclusiones a las que llega es que la economía sigue al servicio del 1% más rico que acumula el 99% de la riqueza. Tan sólo 8 personas (ocho hombres, según muestra el estudio) poseen ya la misma riqueza que 3.600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad.

El estudio también alerta de que durante los próximos 20 años, 500 personas legarán 2,1 billones de dólares a sus herederos, una suma que supera el PIB de la India, un país con una población de 1.300 millones de personas.

Además, los ingresos del 10% más pobre de la población mundial han aumentado menos de 3 dólares al año entre 1988 y 2011, mientras que los del 1% más rico se han incrementado 182 veces más. El director general de cualquier empresa incluida en el índice bursátil FTSE 100 gana en un año lo mismo que 10.000 trabajadores de las fábricas textiles de Bangladesh.

En este sentido, un nuevo estudio del economista Thomas Piketty revela que en Estados Unidos los ingresos del 50% más pobre de la población se han congelado en los últimos 30 años, mientras que los del 1% más rico han aumentado un 300% en el mismo periodo.

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La globalización y los trabajadores del mundo

Sáb, 14/01/2017 - 14:59

Prabhat Patnaik, El viejo topo

La globalización fue anunciada como algo beneficioso para todos, como un vigoroso paso adelante hacia una mejora económica universal. Era claramente falso, y no fueron solo los economistas de izquierdas, sino también muchos economistas de la línea “dominante” como Paul Samuelson los que lo dijeron desde el primer momento.

El motivo que aducían era muy sencillo: si el régimen económico mundial permitía la libre importación en Estados Unidos de mercancías procedentes de China o de la India, ello afectaría negativamente a los salarios reales de los trabajadores norteamericanos, porque los trabajadores norteamericanos, con unos salarios mucho más altos, tendrían que competir, en detrimento suyo, con los salarios más bajos de los trabajadores chinos o indios. Por consiguiente, el hecho de que la globalización perjudicaría necesariamente a los trabajadores de Estados Unidos y de otros países avanzados, les parecía obvio a ellos, y de hecho a todos, de lo que se seguía que no era posible que beneficiase a todos los segmentos de la clase trabajadora mundial. Ahora bien, de acuerdo con esta argumentación, se consideraba que la globalización beneficiaría a los trabajadores de países como China o la India, es decir, de aquellos países del tercer mundo con los salarios bajos.

Formulando este argumento de otro modo, ya que la libre circulación de mercancías y de capitales por todo el mundo intensifica la competencia entre los trabajadores de los diferentes países, se produciría una tendencia hacia una disminución de las diferencias salariales entre estos países, y si bien esto representaría un cierto incremento en los salarios reales de los trabajadores del tercer mundo, también representaría una reducción en los salarios reales de los trabajadores metropolitanos.

Este mismo argumento puede formularse de un modo más preciso, de acuerdo con las categorías de la economía marxiana, del siguiente modo: la globalización, al transferir determinadas actividades económicas desde los países avanzados a los países del tercer mundo (debido a los salarios más bajos de estos últimos) agotaría las reservas de mano de obra en estos últimos al tiempo que produciría un aumento de las reservas de mano de obra en los primeros. Esto, si no cambian otras circunstancias, provocará una subida de los salarios en los últimos y un descenso de los mismos en los primeros. La globalización, por ejemplo, mientras que no beneficia a todos los trabajadores, reduce las diferencias relativas entre los trabajadores de los países avanzados y los trabajadores del mundo subdesarrollado. Pero, según este argumento, no es posible que empeoren las condiciones de los trabajadores en las dos partes del mundo.

El empeoramiento de las condiciones Esto es, sin embargo, lo que ha sucedido. La globalización, por supuesto, ha empeorado las condiciones de los trabajadores en los países metropolitanos, un hecho recientemente puesto de relieve por el economista Joseph Stiglitz. Casi un 90 por ciento de norteamericanos, lo que significa la casi totalidad de la población trabajadora en aquel país, tiene actualmente unos ingresos reales apenas superiores a los que tenían hace treinta años. Actualmente, el salario mínimo de los trabajadores norteamericanos está en términos reales muy poco por encima de donde estaba hace 60 años. Dado que ha habido ciertas mejoras en estas magnitudes durante la primera parte de los años transcurridos, lo que esto significa es que se ha producido un deterioro en el período más reciente, que coincide con el apogeo de la globalización. Un dato estadístico aún más revelador es el relacionado con el fuerte descenso en la esperanza de vida entre los varones norteamericanos en los últimos tiempos, un descenso que recuerda la fuerte caída en la esperanza de vida que se produjo en Rusia después del colapso de la Unión Soviética. Un descenso en la esperanza de vida cuando no hay ninguna epidemia obvia a la vista es un asunto muy grave, y que este descenso se dé en el país capitalista más avanzado del mundo es una prueba fehaciente del ataque a los medios de vida de la clase trabajadora que ha traído consigo la globalización.

Una historia muy similar es la que puede contarse de otros países capitalistas avanzados. Estados Unidos es considerado normalmente como una de las economías más exitosas, el lugar donde se produjeron los booms de los años noventa del siglo XX y de la primera década del siglo actual, que originaron respectivamente las burbujas de las empresas punto.com y la del mercado inmobiliario, y también la economía que está experimentando aparentemente una recuperación después del colapso de la burbuja inmobiliaria. Dicho esto, el hecho de que la población trabajadora de este país esté pasando tantas dificultades es muy significativo. En los últimos años, en el Reino Unido se ha producido una fuerte caída de los índices salariales reales de los trabajadores No tiene nada de extraño, pues, que el descontento con la globalización esté cada vez más extendido entre los trabajadores de las economías metropolitanas, y dado que la izquierda no ha tenido hasta ahora un conocimiento adecuado de ello, el descontento está siendo explotado por la derecha. Fenómenos como el voto en el Brexit y la emergencia de Donald Trump se explican desde este punto de vista.

Lo que resulta inexplicable en el marco del debate que estamos teniendo hasta aquí, sin embargo, es el hecho de que la situación de los trabajadores ha empeorado incluso en una gran franja de los países del tercer mundo con los salarios bajos, entre los cuales la India es un buen ejemplo. Las pruebas más concluyentes en este sentido las proporcionan los datos sobre el consumo de alimentos básicos. Partiendo de los estudios realizados por el NSS en los períodos 1993-1994 y 2009-2010 , que corresponden en líneas generales al período de políticas neoliberales asociadas con la globalización, los porcentajes de la población rural total con una ingesta calórica de menos de 2200 calorías por persona y día (el “parámetro” que define la pobreza rural) de estos dos períodos anuales fue de un 58,6 y un 76 por ciento respectivamente. Los porcentajes de población urbana por debajo de las 2100 calorías por persona y día (el “parámetro” para definir la pobreza urbana) en estas dos fechas fueron de un 57 y un 73 por ciento respectivamente.

Tan sorprendente fue este incremento, especialmente durante un período en el que se suponía que la India estaba experimentando un crecimiento sin precedentes de su PIB, que el gobierno encargó un nuevo estudio al NSS para el período 2011-2012, durante el cual había habido una cosecha extraordinaria, con la idea de que las cifras de la ingesta calórica en el período 2009-2010, un año con una cosecha pobre, habían sido excepcionalmente bajas debido precisamente a esta escasez en la cosecha. Una vez completado el estudio, las cifras que arrojaba, aunque sin duda eran mejores que las del período 2009-2010, todavía mostraban un notable incremento en los porcentajes de población que estaban por debajo de este umbral de ingesta calórica durante el período de la globalización: en el caso de la población rural, el porcentaje era del 68 por ciento (comparado con el 58,5 por ciento de 1993-1994) y en el de la población urbana era de un 65 por ciento (comparado con el 57 por ciento de 1993-1994). Tanto la ingesta de calorías como la de proteínas per cápita en la población había sufrido un descenso durante el período estudiado.

Este incremento del déficit alimenticio se trató de explicar de diferentes formas, incluida la sugerencia de que tal vez era un indicio de que la gente estaba aprendiendo a diversificar su consumo, reduciendo el de comida en beneficio de otras cosas como la educación y la salud. Pero esta explicación era a todas luces falaz: en cualquier parte del mundo, a medida que los ingresos reales aumentan, la gente consume una mayor cantidad de cereales tanto directa como indirectamente (en forma de alimentos procesados y de productos animales en cuya elaboración entran los cereales como forraje). Así pues, el descubrimiento de que en la India se había producido un descenso real en el consumo de cereales en todos sus usos, y en consecuencia un descenso en la ingesta de calorías y proteínas durante el período de la globalización, indicaba claramente que los ingresos per cápita reales de los trabajadores, después de calcular la incidencia de la inflación, especialmente la subida de precios que acompaña a la privatización de servicios esenciales como la educación y la salud, estaban por término medio disminuyendo en vez de aumentar. Dicho de otro modo, un fenómeno similar al que se producía en los países capitalistas avanzados estaba teniendo también lugar en la India y en otros países del tercer mundo, lo que contradice el argumento presentado más arriba, hasta el punto de que son muy pocos ya los que creen que este sea un argumento correcto. ¿Cómo podemos explicar esta contradicción?

La presión sobre la pequeña producción El argumento presentado más arriba suponía básicamente que la esencia de la globalización consiste en la transferencia de actividades económicas desde los países avanzados a las economías del tercer mundo, y que esta transferencia reduciría drásticamente las reservas de mano de obra del tercer mundo y provocaría una subida de salarios. Lo que no se decía es que la globalización también tiene otros efectos, incluido sobre todo una restricción de la pequeña producción por parte del sector capitalista. El resultado es que varios pequeños productores dejan sus ocupaciones tradicionales para emigrar a las ciudades en busca de empleo, lo que incrementa el ejército total de mano de obra a disposición del capitalismo. Esta migración, junto con el incremento natural de la población activa, no puede ser totalmente absorbida por el ejército laboral activo debido a que las políticas neoliberales asociadas a la globalización también llevan a la eliminación de todas las restricciones relativas al ritmo del cambio estructural y tecnológico, lo que aumenta el ritmo de crecimiento de la productividad del trabajo a expensas del crecimiento del empleo.

Se produce de este modo un círculo vicioso. En la medida en que aumenta la reserva de mano de obra respecto a la población activa, esto lleva a un estancamiento o incluso a una disminución en la media de salarios reales (y ciertamente a una disminución de los ingresos reales de los trabajadores, que es igual al índice salarial diario multiplicado por el número de días de empleo). El estancamiento o la disminución del salario real en una situación de mayor productividad laboral tienen como consecuencia un incremento en la tasa de excedentes en la producción. Dado que el superávit, incluso si suponemos que se realiza completamente (es decir, que no hay problemas de insuficiencia de demanda agregada) se gasta normalmente en artículos de consumo que generan menos empleo a nivel nacional que en artículos que se compran con los ingresos salariales, esta transferencia de los salarios a los excedentes tiene también el efecto de producir una contracción en el empleo y en consecuencia contribuye todavía más al incremento del tamaño relativo en las reservas de mano de obra, a una nueva transferencia de salarios a excedentes, y así sucesivamente.

Este círculo vicioso, que se intensifica todavía más cuando se produce una crisis (debido a que las reservas de mano de obra respecto a la población activa crecen todavía más) implica que el efecto de la globalización de agudizar la pobreza absoluta afecta también a los trabajadores de los países del tercer mundo y no se limita solo a los trabajadores metropolitanos, como pretenden los economistas liberales como Samuelson.

Afirmar esto no equivale a sugerir que todos los segmentos de la población activa se ven igual de adversamente afectados por la globalización. Obviamente, el segmento que disfruta de mayores oportunidades de empleo debido a la transferencia de actividades experimenta un incremento en su nivel de vida, y en la India este segmento consiste habitualmente en trabajadores cualificados del sector servicios, como los relacionados con las tecnologías de la información. Este incremento en el nivel de vida de un sector tiene a su vez efectos multiplicadores en el nivel de empleo de otros sectores, y así sucesivamente. Así, un segmento normalmente clasificado como de clase media y cuyo tamaño absoluto es bastante grande (pese a ser pequeño respecto al conjunto de la población activa), se vuelve partidario incondicional de la globalización. Dado que este segmento suele estar bien articulado y tiene un peso desproporcionadamente grande en los medios de comunicación y de creación de opinión pública, resulta un instrumento útil en manos de la oligarquía empresarial y financiera integrada en el proceso de la globalización para propagar sus efectos beneficiosos.

La mejora en las condiciones de un segmento de la clase media de la población activa, y su consiguiente apoyo a la globalización, se utiliza para crear la falsa impresión de que la globalización ha sido positiva para el pueblo indio en su conjunto. Un uso similar es el que hacen segmentos de la clase media en otros lugares del mundo que se han beneficiado entre otras cosas de la enorme “financiarización” que ha acompañado a la globalización. Todo esto ha generado un ruido que nos impide reconocer que la globalización ha tenido realmente como consecuencia un empeoramiento general de las condiciones de los trabajadores, tanto en los países avanzados como en los países en vías de desarrollo.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Los cuatro escenarios de guerra y/o paz de Kissinger

Ven, 13/01/2017 - 00:35

Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

En el primer Foro Oslo del Premio Nobel de la Paz participaron los dos máximos geoestrategas vivientes de Estados Unidos (EEUU): el israelí-alemán-estadounidense Henry Kissinger (93 años) y el polaco-canadiense-estadounidense Zbigniew Brzezinski (88 años), con el tema EEUU y la paz mundial después de la elección presidencial (https://goo.gl/LtgX3n).

Ya revisé la postura involutiva de Brzezinski, quien ha pasado de la unipolaridad de EEUU a un G-2, que China rechazó, y ahora no tiene más remedio, pese a su sicopatológica rusofobia, que aceptar el reacomodo global de un G-3: EEUU/Rusia/China (https://goo.gl/JFxEQl).

Donald Trump –quien se inclina por un etéreo G-2 de EEUU y Rusia, mientras adopta una postura hostil contra China– recibió con bombo y platillo a Kissinger, polémico ex asesor de Seguridad Nacional de Nixon y Ford.

Kissinger insinúa un sutil G-2 de EEUU con Rusia, sin incorporar a China a un G-3 (https://goo.gl/mxIu9i). Intenta operar la misma ruptura de 1971, pero esta vez a la inversa, cuando atrajo a China a una alianza subrepticia con EEUU frente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, lo cual, como reconoce en sus voluminosos libros, otorgó profundidad estratégica a China y a EEUU, para que éste se apoderase de Medio Oriente.

Hoy Kissinger, ¡46 años más tarde!, parece apoyar una alianza de EEUU y Rusia, esta vez, contra China. En su reciente ponencia en Oslo, diagnostica la lamentable (sic) condición del sistema internacional (https://goo.gl/5SG60z) simbolizada por la competencia latente entre cuatro cosmogonías del orden mundial: 1. El orden europeo de Westfalia de 1648 (¡de hace 365 años!); 2. El islámico; 3. El chino, y 4. El estadounidense.

El trípode de su orden global se basa en las leyes internacionales, el balance de poder y la soberanía.

Se desprende que Rusia forma parte del orden europeo de Westfalia que exalta la soberanía nacional: resultado de la guerra de 30 años entre católicos y protestantes.

Emite la perogrullada de que ninguna de las cuatro cosmogonías de su orden mundial, título de su más reciente libro (https://goo.gl/ZNKYx8), goza de legitimidad universal cuando cada modelo es tentado a maniobrar para sus ventajas regionales o globales. Arguye que una batalla entre regiones puede ser aún más destructiva de lo que ha sido la batalla entre naciones, a partir de lo cual deduce cuatro escenarios, como posibles catalizadores para una conflagración a gran escala o sujetos para la búsqueda de la paz.

Su secuencia llama la atención.

Primer escenario: deterioro de las relaciones de EEUU y China, que sucumben en la Trampa de Tucídides y que la historia determina entre el poder en turno (EEUU) y el poder ascendente que lo desafía (China).

En el epílogo de su libro Sobre China (https://goo.gl/P1dUjl), Kissinger concluye en el Memorándum Crowe la inevitabilidad de una guerra entre Washington y Pekín, como sucedió –y sigue sucediendo mediante el Brexit que rechaza la superpotencia geoeconómica de Alemania en la Unión Europea– entre Londres y Berlín en la Primera Guerra Mundial.

Ya había abordado la metáfora geopolítica de la Trampa de Tucídides (https://goo.gl/4GIhm7).

Segundo escenario: ruptura de las relaciones entre Rusia y Occidente (sic) que resulta de la paradoja de la incomprensión mutua entre culturas paralelas (¡supersic!).

La cultura rusa es europea –basta visitar el Museo del Hermitage en San Petersburgo, asistir al Ballet Kirov y abrevar de su prodigiosa literatura (Pushkin, Dostoievski, Tolstói, etcétera)–, y muy superior a la estadounidense: excrecencia de la matriz europea cuando los zelotes neoconservadores straussianos, ya no se diga los Bush/Clinton/Obama, han exorcizado todo lo que tenga que ver con Rusia, lo cual epitomiza un suicidio cultural de Occidente (whatever that means).

La esquizofrenia de la falaz taxonomía cultural y su nociva propaganda con técnica Hasbara en EEUU –intoxicado por el entretenimiento hollywoodense y sus multimedia que controlan Soros/Haim Saban– coloca a Japón, con su respetable cultura singular, en ese Occidente, mientras anatemiza a Rusia. Entretenimiento no es cultura.

Tercer escenario: continuo debilitamiento de la relevancia (sic) estratégica de Europa debido a la pérdida de un sentido de misión global.

Nadie más que Gran Bretaña (GB) y su relación especial con EEUU –antes del Brexit y el trumpismo– contribuyeron al debilitamiento deliberado de Europa, que incluye nolens volens a Rusia: summum civilizatorio de la prodigiosa cultura occidental desde el Renacimiento humanista.

El problema de la otrora relación especial de GB y EU fue haber perpetrado su suicidio con la cataclísmica globalización financierista del thatcherismo/reaganomics que abandonó su quintaescencia humanista.

Cuarto escenario: escalada del conflicto en Medio Oriente en una búsqueda competitiva por la hegemonía entre los países árabes sunitas y la revolucionaria (sic) Irán.

Vale la pena rememorar que las dos potencias nucleares anglosajonas, EU/GB, se han consagrado a amarrar navajas en Medio Oriente: como en la guerra de Irán e Irak cuando vendían armas a ambas partes para que se degollaran, no se diga ahora con los esquemas de balcanización de Israel (https://goo.gl/jIhLhS).

Ya que Kissinger cita a Emmanuel Kant en su famoso libro de La paz perpetua, se recuerda que uno de los máximos filósofos modernos de Occidente en su libro seminal Crítica de la razón pura del siglo XVIII, consideraba al islam de su época, ya en su decadencia (según el padre de la sociología, Ibn Khaldun, del siglo XIV) como una religión de paz, lo cual suena hoy inverosímil, debido a la propaganda israelí-anglosajona de demonización.

Hoy la fuerza del islam es demográfica –mil 600 millones de feligreses esparcidos en 57 países– pero carece lamentablemente de rumbo geoestratégico.

Kissinger admite la prevalencia contemporánea del interés nacional, curiosamente, un concepto que ignora el “México neoliberal itamita”.

Sustenta que en el mundo interconectado de hoy, el interés nacional debe conectarse con y estar limitado por una visión de orden mundial. En el “México neoliberal itamita”: ni una ni otra…

A nivel nuclear, acepta implícitamente la tripolaridad de EU/China/Rusia y su especial obligación para prevenir que las armas nucleares se vuelvan convencionales.

Concluye, igual que su más reciente libro, que el mundo debe adaptarse al sistema de Westfalia o a su renovación y cuya alternativa sería el caos, por lo que aconseja sus recetas unilaterales a las cuatro grandes superpotencias globales: 1. A EU: que reconozca que el mundo enfrenta un cambio tectónico (¡supersic!) en la estructura global; 2. A China: que la eminencia es hasta cierto grado tanto relativa como condicional –en su hermenéutica, significaría no provocar a EU a una guerra nuclear–; 3. A Rusia: el respeto que busca debe permitir estructuras verdaderamente soberanas a lo largo de sus fronteras –lo cual, EU no permite a México–, y 4. A Europa: la diversidad es circunstancial, pero la política necesita de una visión –cuando EU nunca dejó prosperar en forma autónoma sus estructuras civilizatorias.

Falta ver ahora que piensan en Rusia y China.

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España no recuperará el empleo destruido durante la crisis hasta dentro de cinco años

Xov, 12/01/2017 - 15:09

España destruyó durante la crisis casi cuatro millones de empleos y se situó a la cabeza de Europa en esta triste estadística. Pero eso es el pasado. Preocupa más el futuro: España no volverá al nivel de ocupados que tenía en 2007, alrededor de 20,6 millones, hasta dentro de cuatro o cinco años, en 2021 o 2022, según el último indicador laboral de ManpowerGroup, que se se presentó este miércoles.

La previsión del indicador de ManpowerGroup es ligeramente menos optimista que la del Gobierno del PP: calcula un ritmo de creación de empleo de unos 400.000 nuevos puestos de trabajo al año, frente al medio millón anual que estima el Ejecutivo de Mariano Rajoy para los próximos cuatro años. ManpowerGroup cree que a partir de este año 2017 se moderará el fuerte avance del empleo de los dos últimos años. Pese a esa moderación, el empleo, aunque precario, seguirá manteniendo su senda ascendente, con el turismo liderando el crecimiento y la hostelería situada como el principal motor del mercado laboral durante la recuperación.

Las previsiones del estudio apuntan a un mayor aumento del empleo femenino (2,7% anual frente al 2% del masculino) y una mejora mucho más intensa del colectivo de 35 a 64 años (2,8%) frente al de los jóvenes de 16 a 34 (0,7%), los grandes perdedores de la crisis.

El estudio refleja la profunda transformación que ha sufrido el mercado de trabajo español desde el inicio de la crisis, con un gran fortalecimiento del sector servicios, que supone ya el 76,3% del empleo, frente al 66,4% de 2007.

En esta nueva estructura los grandes perdedores han sido la industria y la construcción, que han dejado en el camino a un gran número de parados, generando dudas sobre la capacidad de reabsorción de todo el empleo destruido en estos sectores.

De hecho, este crecimiento medio del empleo que se prevé para este año se traduciría en avances más intensos en el sector servicios, con un incremento del 2,5%; que en los sectores de industria y construcción, que registrarán subidas del 2,1% y del 1,9%, respectivamente.

"Hay dos millones de parados que se han convertido en crónicos, con falta de competencias, y habrá dificultades para crear empleo si no conseguimos que tengan una cualificación adecuada", dijo el presidente de ManpowerGroup en España, Raúl Grijalba.

En este sentido, uno de los autores del informe, el catedrático de economía aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona Josep Oliver, instó a aprovechar la bonanza actual para mejorar el tejido industrial español, advirtiendo en contra de "hacer una burbuja en el sector turístico".

En servicios privados el incremento será del 3,3%, mientras que en los públicos rondará 1,6%. En el caso de los asalariados, el aumento será del 2,7% y en los autónomos del 0,2%. El empleo asalariado temporal registrará una incremento del 4,2%, que será del 2,2% en el caso de los indefinidos y del 0,2% de los no asalariados.

Por otro lado, el empleo profesional y técnico registrará mayores aumentos, con un 3% y un 2,7%, respectivamente; al igual que el de los ocupados a jornada completa, que subirán un 2,5% en 2017. Por su parte, el empleo con jornada parcial aumentará un 1,2%.

El motivo de este crecimiento de empleo sería en parte, según Manpower, por el crecimiento "especialmente elevado" del PIB por segundo año consecutivo. Para el grupo, el avance del indicador debería situarse por encima del 3%, a un ritmo similar al del ejercicio anterior, que se situará en el 3,2%.
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Austeridad: la idea que no quiere morir

Mér, 11/01/2017 - 16:29

Alejandro Nadal, La Jornada

El gobierno mexicano impuso el fuerte aumento en los precios de la gasolina por una razón: ha optado por regresar a la austeridad y lo que se denomina el superávit primario. Es muy importante analizar las causas que llevan al gobierno a esta elección, que corresponde a un poderoso mito neoliberal y conlleva la descomposición del Estado mexicano.

El año pasado las calificadoras Standard & Poor’s y Moody’s rebajaron la perspectiva crediticia de México de estable a negativa. La primera de estas agencias señaló que existía una probabilidad de 30 por ciento para que degradara la calificación sobre México en los próximos dos años debido al creciente endeudamiento. Por su parte, Moody’s justificó su decisión argumentando que el desempeño de México era muy débil y que el entorno externo no facilitaba las cosas. En síntesis, la vulnerabilidad de las finanzas públicas en los próximos dos años comenzaba a alarmar a los mercados financieros.

La deuda neta del gobierno federal era 42 por ciento del PIB en 2015 y ya se proyectaba que en 2016 ese indicador subiría a 45 por ciento. Si en 2005 el índice de la deuda se había colocado en 28 por ciento, el incremento de dicho indicador había sido el resultado de los déficit primarios que el gobierno mantuvo desde 2008. Las calificadoras señalaron que el aumento del endeudamiento era moderado, pero les preocupaba que el margen de maniobra fiscal se hubiera reducido. Para completar su análisis S&P y Moody’s señalaron que a pesar de que el gobierno mexicano había instrumentado importantes reformas estructurales el crecimiento siguiera siendo mediocre y continuara el deterioro de la posición fiscal.

El superávit primario es una noción que proviene de un simple ejercicio contable: comparar los ingresos totales del gobierno con el gasto pero sin incluir el pago de intereses. Es decir, se cotejan los gastos en todos los rubros que afectan el desarrollo económico y social (salud, educación, agricultura, medio ambiente, ciencia y tecnología, etcétera) pero se excluye del gasto el servicio de la deuda. Al final del ejercicio se busca tener un excedente para pagar intereses sin tener que recurrir a un nuevo endeudamiento. Detrás de esto está la austeridad fiscal, una peligrosa idea que se resiste a morir y que conduce a cero crecimiento y mayor endeudamiento (como lo demuestran las economías de la cuenca del Mediterráneo).

Hay dos formas de generar ese excedente primario. La primera consiste en incrementar los ingresos fiscales, ya sea aumentando los impuestos o los precios de los productos y servicios que ofrece el sector público. Pero cuando se trata de aumentar impuestos, el gobierno siempre ha preferido proteger a los estratos de altos ingresos y ha optado por elevar impuestos regresivos como el IVA. Al mismo tiempo ha dejado con gravámenes nulos las transacciones financieras. Y ahora, una vez más, escoge incrementar los precios de gasolinas y energía eléctrica sin importarle el impacto negativo sobre el resto de la economía.

La segunda forma de generar un superávit primario consiste en recortar el gasto. Y aquí el gobierno mexicano ha mostrado una extraordinaria tenacidad al mantener estancado el gasto per capita en rubros como salud y educación. No importa sacrificar a la población con tal de generar un superávit primario. Y eso es lo que estuvo haciendo el gobierno a lo largo de los pasados 25 años. Pero cuando llegó la crisis financiera global, las cosas cambiaron y el superávit primario se esfumó. Claro, el gobierno señala que adoptó una postura fiscal contra cíclica y que por eso desapareció excedente que ahora le reclaman las calificadoras. De todos modos, el muy tímido estímulo fiscal del que se vanaglorió en su momento el gobierno no sirvió para gran cosa porque el modelo económico neoliberal no permite crecer ni en tiempos normales.

El paquete de política económica que envió el Ejecutivo al Congreso en septiembre del año pasado señala el objetivo de volver a generar un superávit primario. Para ello propuso un recorte en el gasto programable equivalente a 1.2 por ciento del PIB. Pero no mencionó de manera explícita que en los primeros días de enero aplicaría un aumento de 20 por ciento a los precios de las gasolinas. No se necesita ser un genio en economía para saber que esos incrementos tienen un impacto generalizado en toda la economía pues se trata de insumos que entran en la producción de todos los demás bienes. En consecuencia, los referentes (de por sí poco realistas) que utilizó el gobierno federal para definir su postura de política económica se han visto trastocados. Las perspectivas sobre tasas de inflación, crecimiento económico y expectativas sobre recaudación que se presentaron en los Criterios generales de política económica se han modificado de manera significativa. Todo eso hace que el paquete económico que dócilmente aprobó la Cámara de Diputados no corresponda a la realidad que afrontará el país en 2017.

A corto plazo seguiremos siendo testigos de la desintegración del Estado mexicano.

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“El Capital” de Marx: más actual que nunca

Mér, 11/01/2017 - 03:27
Alvaro Ramis, Punto Final

En 2017 conmemoraremos los 150 años de la publicación del primer tomo de El Capital, de Carlos Marx. Se trata de un hito mundial que no debe pasar inadvertido, entre otras razones porque la obra magna de Marx continúa siendo criterio ineludible a la hora de entender el tiempo en que vivimos. Con El Capital Marx logró el objetivo fundamental que se propuso: realizar una “crítica a la economía política”, entendida como aquellas relaciones de producción que involucran a las clases sociales. Se trata de una “crítica” en el sentido que Kant le da a este término: someter al juicio de la razón resolver, en lo posible, las distintas interpretaciones de un fenómeno. Y Marx propone su propia interpretación, que en estos 150 años ha obligado a derramar literalmente miles de litros y litros de tinta, tanto para intentar rebatirle, reinterpretarle o para reafirmar sus argumentos.

¿Puede haber, luego de tantos años, algo nuevo que decir sobre El Capital? Por supuesto, en tanto esta obra no es un punto de llegada, sino el inicio de un método. Marx no buscó dar respuesta a lo que describe en los dos primeros tomos de su obra. Las propuestas de salida sólo quedaron insinuadas y bosquejadas en el tomo III, que quedó inconcluso por su muerte. Por eso El Capital es ante todo una compleja lección de anatomía del capitalismo, y más ampliamente, de las relaciones políticas y culturales asociadas a sus lazos económicos. Sus argumentos constituyen hipótesis de trabajo, no son dogmas ni creencias, sino líneas de investigación. De esa manera, si aplicamos algunos de los conceptos que acuña Marx en El Capital podríamos entender mejor una serie de procesos del Chileactual, que la ciencia económica y sociológica que normalmente se enseña en las Facultades no logra descifrar. Veamos algunos casos:

Vivimos bajo un “modo de producción”: Para mucha gente, incluso gente muy bien formada, sólo hay una “economía”. Se habla de la opinión de los “economistas”, entendiendo por ello a los economistas ortodoxos, que asumen como natural e inevitable el mundo en que vivimos. No les importa cómo hemos llegado a este punto en la evolución económica. Sólo les interesa saber cómo funciona, y a partir de eso hacerla funcionar mejor, dentro de su propia lógica de funcionamiento. Pero Marx nos recuerda que existen muchos modos de producción que cambian y evolucionan históricamente. Y por lo tanto, la economía es fruto de relaciones de poder, de intereses de clases, de confrontaciones entre actores sociales que usan distintas tecnologías, formas de distribución e intercambio.

Marx nos diría que Chile ha devenido en lo que hoy es. No nació así. Por siglos fuimos la más pobre colonia española en América, mucho más pobre que Perú y Bolivia, ricas en minas de oro y plata. Pero esta pobre colonia podía producir trigo, cueros y alimentos para abastecer esos mercados más ricos. Paradojalmente, esta relación económica fue favoreciendo a la clase agrario-latifundista de nuestros fundos. Entusiasmados por esta nueva relación económica, nuestra oligarquía fraguó una alianza con el capital transnacional, especialmente el inglés, para arrebatar a nuestros vecinos del norte buena parte de su territorio y riquezas. Chile se estructuró entonces como una “mesa de tres patas”: una pata en la agricultura en el sur, otra pata en la minería en el norte y la última pata, en el sector financiero exportador en Santiago y Valparaíso. Poco a poco, en este baile empezó a emerger un actor nuevo: la industria. Un actor que reclamaba mercados protegidos para desarrollarse. Y para eso un Estado desarrollista, activo, fuerte. Al amparo de esa industria naciente fue surgiendo una clase obrera, distinta a la clase campesina y a los trabajadores mineros. La demanda social exigió entonces grandes reformas al orden tradicional, las que llegaron en plenitud entre 1970 y 1973. El golpe de Estado, por lo tanto, no fue sólo el golpe contra un gobierno. Fue la reacción de las patas tradicionales de la mesa chilena, que volvieron al ciclo inicial: mataron el ciclo industrializador, y volvieron a hacer de Chile un país exportador de recursos naturales. Un gran fundo, equipado con la última tecnología, pero con relaciones laborales propias del siglo XIX. A pesar del aparente “desarrollo”, para Marx el Chile de hoy no sería un país capitalista moderno. Inglaterra en el siglo XIX nos aventajaría por mucho. Somos un país extractivista, que mantiene una estructura social que no es plenamente “capitalista”, porque mantiene fuertes rasgos oligárquicos que le impiden entrar en los parámetros de la verdadera “modernidad”.

Nada se entiende en Chile sin la “acumulación originaria”: El Capital de Marx nos permite entender fenómenos que la economía ortodoxa no quiere ni mirar. Por ejemplo, ¿cuál es la raíz del conflicto entre el Estado de Chile y el pueblo mapuche? Los analistas funcionalistas dirían que es por la pobreza de unas comunidades atrasadas en el sur. Y ahí se quedan. Nunca explican cómo unas comunidades que hasta el siglo XIX eran riquísimas, porque controlaban millones de hectáreas en Argentina y Chile, se vieron reducidas a pequeñas parcelas de tierra pobrísima, al margen de toda posibilidad de crecer. Este proceso, que los historiadores chilenos llamaron “pacificación de La Araucanía” y los de Argentina “conquista del desierto”, Marx lo llama “acumulación originaria” y describe el ciclo por el cual se produce la desvinculación del productor de sus medios de producción, mediante la violencia, la conquista, la piratería y el robo.

Chile entero no se entiende en absoluto sin esos procesos de “acumulación originaria”, respecto a los pueblos indígenas en primer lugar, y luego a los nuevos habitantes de los demás territorios. Es lo que David Harvey llama la “acumulación por desposesión”, que consiste en el despojo violento de un bien común que pasa a ser una mercancía. Los ejemplos nos rodean: la educación y la salud que eran un servicio público, fueron arrebatados para convertirse en mercancías en los nuevos mercados de los servicios. Las pensiones, que no eran más que un mecanismo de solidaridad intergeneracional, se convirtieron en fondos especulativos, basados en el ahorro forzoso de los trabajadores, para alimentar a la industria financiera. Todo lo susceptible de ser apropiado, cercado, envuelto y comercializado, ha sido arrebatado a sus dueños originales para ser puesto a la venta. El desarrollo de todas las grandes fortunas de Chile sólo se puede explicar por esta acumulación originaria. Incluyendo la enorme privatización de recursos y empresas públicas entre 1973 y 1989, que pasó a ser patrimonio de capitales chilenos en alianza con las transnacionales.

Un país fascinado por el fetichismo del dinero y la mercancía: A los economistas funcionalistas y neoliberales les es imposible explicar un fenómeno que ocurre a cada instante ante sus ojos. ¿Cómo es posible que objetos y mercancías cuyo “valor de uso” es tan bajo, incrementen su “valor de cambio” hasta niveles absurdos, por razones inexplicables? Por ejemplo, producir en China un par de zapatillas Nike Air no supera los 1.800 pesos chilenos. Pero en nuestras multitiendas se venden a 45.000 pesos. ¿Qué es lo que realmente se está vendiendo ahí? ¿Un calzado o un fetiche mágico? Para Marx no hay duda: es un fetiche, en el sentido duro del término. Un fetiche es un objeto al que se le atribuyen poderes mágicos o sobrenaturales que benefician a su dueño o portador.

El comprador del fetiche Nike cree firmemente que al usarlas se le reconocerá de otra manera. Si es un joven poblador se le abrirán puertas cerradas en las mentes y corazones de quienes le observen. La mujer que compra un bolso Louis Vuitton cree entrar por un instante en un paraíso de elegancia, bienestar, admiración. El futbolista que compra el último Ferrari vive un éxtasis de autoestima increíble. Pero a los pocos días el poblador descubre que sus Nike no le eximen de la detención por sospecha, la señora descubre que el Louis Vuitton no le protege de los chismes de sus amigas y el futbolista se da cuenta que su nuevo auto no es más que alimento para los periodistas de farándula. Por lo tanto, los objetos anhelados pierden su poder mágico, y hay que volver a comprar otros que los sustituyan.

Marx se dio cuenta hace 150 años de algo que los economistas de hoy saben aprovechar muy bien, pero no saben explicar. Las mercancías no se consumen por su valor de uso sino por las características fetichistas que adquieren como valor de cambio, ya que bajo el capitalismo uno vale por lo que tiene, no por lo que es o lo que hace; lo cual lleva a que las personas se expresen por medio de sus posesiones. Chile es un país donde esta dinámica perversa ha llegado a niveles aberrantes. La prensa financiera informa que “el mercado del lujo en 2015 alcanzó los 500 millones de dólares de ventas en nuestro país”, y se espera que crezca un 53% entre 2016 y 2019. Es el mismo país donde el 10% más rico gana 26 veces más que el 10% más pobre.

Y la noción de plusvalía: Tal vez el concepto más integrador de todo El Capital es la idea de plusvalor, que Marx expone en su teoría del valor-trabajo. Sin ella no se entienden las relaciones de explotación bajo el capitalismo. Por años se dijo que este concepto estaba superado, que era necesario abandonarlo, pero inevitablemente, regresa a escena, corregido, matizado, pero igualmente real y concreto. El último testigo de su existencia es el famoso economista francés Thomas Piketty en su colosal obra El Capital en el siglo XXI , donde por sus propios cálculos y medios de investigación llega a formular lo que llama “la primera ley del capitalismo”. En qué consiste esta ley: Piketty resume esta idea en su fórmula r > g ,donde r representa la tasa media anual de rendimiento del capital (es decir, beneficios, dividendos, intereses y rentas) y g representa la tasa de crecimiento económico. En otras palabras, la riqueza acumulada crece más rápido que los ingresos del trabajo. Por tanto, los ricos se hacen más ricos, mientras todos los que dependen de los ingresos de su trabajo, quedan atrás. Es la renta del capitalista. Nada conceptualmente nuevo para Marx. Pero algo muy novedoso para toda la economía ortodoxa que no puede explicar el extraño residuo oculto que explica la desigualdad y la miseria, la extrema riqueza y la extrema pobreza bajo el reinado del capitalismo.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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El espejismo del ingreso universal

Mar, 10/01/2017 - 13:12
Michel Husson, Viento Sur

Que una sociedad garantice un ingreso decente a todos sus miembros es, evidentemente, un objetivo legítimo. Pero ello no implica la adhesión a los proyectos de ingreso universal, de base, etc. Estos proyectos se basan en un postulado erróneo, conducen a un callejón sin salida estratégico y renuncian al derecho al empleo.

Adiós al pleno empleo, viva el ingreso La idea de un ingreso universal se encarna en múltiples proyectos/1. Pero, más allá de sus diferencias, todos se desarrollan en la intersección de dos propuestas más o menos explícitas. La primera es conocida: las ganancias de productividad hacen que no se pueda alcanzar el pleno empleo. Y como toda actividad humana es creadora de valor, hay que redistribuir la riqueza producida mediante un ingreso desconectado del empleo.

Admitamos durante un instante, aunque esa previsión es altamente discutible/2,que las ganancias de productividad ligadas a las nuevas tecnologías son portadoras de una hecatombe de empleos y que un empleo sobre dos será automatizado en los dos próximos decenios. Los partidarios del fin del trabajo dicen entonces: “veis claramente que ya no habrá empleo para todo el mundo, -por lo que-es necesario un ingreso universal para redistribuir la riqueza producida por los robots”.

Hay que rechazar absolutamente ese “por lo que”. Otro razonamiento es en efecto posible: “Los robots hacen una parte del trabajo en nuestro lugar, -por lo que- nuestro tiempo de trabajo puede disminuir”. Es lo que ha ocurrido a escala histórica (no espontáneamente sino bajo la presión de las luchas sociales): las ganancias de productividad han sido, en gran parte, redistribuidas bajo forma de reducción del tiempo de trabajo.

Pequeña economía política de lo numérico En la práctica nos encontramos con que las ganancias de productividad asociadas a las nuevas tecnologías tardan un tiempo en manifestarse. Los economistas se encuentran de nuevo confrontados con la “paradoja de Solow”: estas nuevas tecnologías se ven en todos los lugares, salvo en las estadísticas de productividad. Los intentos para salir de esta dificultad consisten en decir que el volumen de producción está mal medido por los métodos habituales: estaría subestimado, de tal forma que las ganancias de productividad serían finalmente más elevadas que lo que parece. Los correctivos propuestos se basan en su mayor parte en un olvido de la vieja distinción entre valor de uso y valor de cambio que lo numérico estaría embrollando.

El desarrollo de la economía de plataforma (Uber, etc.) y de los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon) ha estimulado en efecto las innovaciones teóricas a menudo impresionistas pero que se apoyan en su mayor parte en nuevas definiciones de la producción o de la captación de valor. La cuestión que es necesario plantearse es la de saber si las nuevas tecnologías hacen verdaderamente necesario un tal “sobrepasamiento” de la teoría del valor.

Aun a riesgo de conservadurismo es necesario, aquí, dar un paso atrás: es preciso discernir lo que es efectivamente nuevo a la vez que se toma distancia de la idea fácil según la cual las innovaciones técnicas determinarían mecánicamente los cambios sociales adecuados. Esta fascinación ante las proezas de la técnica conduce bastante rápidamente a la precipitada conclusión de que la clase asalariada está condenada.

Para quitarse de encima ese dispositivo ideológico, lo más simple es preguntarse cuál es el modelo de las empresas “numéricas”. Dicho de otra forma: ¿cómo ganan dinero? Apple vende smartphones y tabletas; su modelo se distingue en un casi-monopolio que se basa, por un lado, en una sobreexplotación de la mano de obra y, por otro, en la renta que le proporciona la adición de los consumidores a su sistema cerrado. Pero, a fin de cuentas, Apple gana dinero vendiendo mercancías. No hay pues nada nuevo bajo el sol desde este punto de vista y ello permite subrayar un resorte ideológico consistente en la mezcla de dos cosas: los resultados notables del producto y el hecho de que es una mercancía clásica. La misma cosa se podría decir de Amazon, que no es otra cosa que un distribuidor de mercancías almacenadas en inmensos hangares (o de grandes servidores para los bienes numéricos) que son manipulados por proletarios.

La tipología de las plataformas es todavía más diversificada. Por ejemplo, Blablacar y Uber no tienen exactamente la misma lógica. En el primer caso, la plataforma pone en contacto a dos personas que han escogido hacer el mismo trayecto y comparten los gastos. Se trata entonces de una transferencia de renta entre personas individuales que no crea en sí misma valor. Por contra, la plataforma percibe una comisión que corresponde a la venta de un bien mercantil, en este caso el servicio de puesta en contacto. Uber, y otras muchas como TaskRabbit en Estados Unidos, funcionan más bien como agencias de trabajo temporal, poniendo a disposición a “asalariados” que van a realizar una tarea para un cliente que va a pagar por esa prestación.

Las aplicaciones de puesta en relación hacen así posibles transacciones que habrían podido ser realizadas bajo otras formas pero a un precio más elevado o no se habrían realizado. Se podría hablar de empresa virtual que pone directamente en contacto al comprador del servicio con una persona “asalariada”. Desde un punto de vista estrictamente económico no hay verdaderamente nada nuevo bajo el sol. La plataforma rentabiliza su inversión y sus algunos asalariados, cobrando una comisión: la mercancía que vende es el servicio de puesta en relación. El trabajador recibe una remuneración, como lo haría un pequeño artesano. La gran diferencia es evidentemente la no aplicación (potencial pero no inevitable) de toda legislación social y fiscal. Este sector de la gig economy se asemeja al llamado sector informal o no declarado de los países en desarrollo y el estatuto de sus participantes es frecuentemente más próximo al de un jornalero del siglo XIX que al de asalariado o incluso trabajador autónomo.

Ello es particularmente evidente en el caso del micro-trabajo que consiste, como explica el sitio web foulefactory.com, en automatizar las “tareas manuales más laboriosas” mediante una remuneración mínima. El ejemplo emblemático es el del Turco Mecánico (Mechanical Turk) de Amazon: esta plataforma (mturk.com) pone en contacto a particulares y empresas que proponen microtareas. La misma denominación de Turco Mecánico es reveladora. Hace referencia a la famosa superchería de finales del siglo XVIII: un autómata vestido a la moda turca jugaba al ajedrez (y ganaba la mayoría de las veces). En realidad era un ser humano que manipulaba al maniquí. Amazon reivindica orgullosamente la referencia a ese subterfugio, anunciando el slogan “inteligencia artificial”: se reconoce así que muchas tareas que parecen haber sido automatizadas son de hecho realizadas por pequeñas manos pero diseminadas a través del mundo y subpagadas. Amazon simboliza así el verdadero subterfugio ideológico consistente en transformar el recurso a esta sobreexplotación en maravilla de la tecnología.

Adiós a la teoría del valor Un paso suplementario se realiza con las teorías del digital labor. Ese trabajo gratuito realizado por los consumidores que surfean en internet sería explotado, ya que produce una información que se capta integralmente sobre el sitio web y que será revendida: hay pues captación de valor producida por los “pro-consumidores” (prosumers).

Este esquema conduce a elaboraciones teóricas a veces descabelladas y que pueden incluso presentarse en un marco conceptual que evocaría la teoría del valor. Este es el caso de Christian Fuchs que lleva hasta el extremo la tradición operaria italiana: “la fábrica es el lugar del trabajo asalariado, la fábrica no está solamente en el edificio: está en todos los lugares”/3.

Para Antonio Casilli, otro teórico del digital labor, creamos valor sin saberlo, especialmente a través de los objetos conectados: “el simple hecho de encontrarse en una casa o en una oficina ‘inteligentes’. es decir equipadas de dispositivos conectados, es ya productor de valor para las empresas que colectan informaciones”/4. Es necesario entonces “reconocer la naturaleza social, colectiva, común, de todo lo que se produce en términos de contenido compartido y de datos interconectados y prever una remuneración que mida volver a dar al common lo que ha sido extraído. De donde la idea, que defiendo, del ingreso de base incondicional”.

Esta justificación del ingreso de base se basa en una extensión ilegítima de los conceptos de valor y de explotación y, finalmente, de una incomprensión de las relaciones sociales capitalistas. El gran problema del capitalismo numérico es al contrario su incapacidad de mercantilizar los bienes y servicios virtuales que produce.

Otros dos adeptos del capitalismo cognitivo van todavía más lejos al proponer un ingreso social garantizado que debería “ser concebido e instaurado como un ingreso primario ligado directamente con la producción, es decir como la contrapartida de una actividad creadora de valor y de riqueza en la actualidad no reconocida y no remunerada”/5. El término de “ingreso primario” remite a la distribución “primaria” de los ingresos, entre salarios y beneficios. Dicho de otra forma, el ingreso garantizado es pensado como una forma suplementaria de ingreso que debería agregarse al salario y al beneficio. Pero este ingreso correspondiente a una creación de valor ex nihilo nos hace entrar en un mundo paralelo fantasmágorico que ya no es el capitalismo.

Saldo de cualquier cuenta El primer impasse estratégico de los proyectos de ingreso universal se basa en una idea raramente subrayada que por otra parte reenvía al postulado de base, es decir que el pleno empleo está en lo sucesivo fuera de alcance. Sin embargo, es fácil mostrar, casi aritméticamente, que el pleno empleo es esencialmente una cuestión de reparto /6. Decir que el pleno empleo está fuera de alcance equivale pues a admitir que es imposible modificar la distribución del valor agregado de las empresas en el sentido de una creación de empleos por reducción del tiempo de trabajo.

Sin embargo los proyectos de ingreso universal implican, también ellos, una modificación de la distribución de los ingresos necesaria para financiar el ingreso incondicional en un nivel “suficiente” para asegurar un nivel de vida decente. Pero, ¿por qué ese cambio en la distribución –al menos tan drástico- sería más fácilmente aceptado por los dominantes que un reparto del trabajo?

Los partidarios del ingreso universal se encuentran a continuación confrontados con una contradicción fatal. Si el ingreso es “suficiente” o “decente”, su financiación implica redesplegar ampliamente la protección social, ya que no hay fuente autónoma de creación de valor. Ello supone una regresión social que consiste en remercantilizar lo que ha sido socializado. Si el ingreso se fija en un nivel modesto, como etapa intermedia, entonces el proyecto ya no se distingue de los proyectos neoliberales y les prepara el terreno.

Al idealizar al precariado como si correspondiese completamente a un trabajo más autónomo que permitiría liberar las iniciativas, se ocultan las formas más clásicas y dominadas. Al proponer el sobrepasamiento de la condición salarial hacia un post-asalariado adosado a un ingreso de base se facilita la tarea de los que organizan en la práctica la vuelta al pre-trabajo asalariado. Los partidarios progresistas de un ingreso de 1000 euros mensuales tienen el riesgo de favorecer la puesta en práctica de un ingreso universal de 400 euros –como saldo de todas las cuentas- que permitiría, además, reducir ventajosamente los costos de funcionamiento del Estado de Bienestar.

Adiós al programa de transición La combinación de fundamentos teóricos erróneos y de orientaciones programáticas vacilantes conduce fatalmente a renunciar o a girar la espalda a los ejes esenciales de un proyecto coherente, que empiece por la reducción del tiempo de trabajo. Más allá de algunas posiciones conciliadoras (“eso es complementario”) los partidarios del ingreso universal ignoran o desacreditan esta palanca de acción. Para Philippe Van Parijs, uno de los grandes promotores de la renta universal, ella es “una idea del siglo XX, no del siglo XXI” porque “la realidad del siglo XXI” (a la que es necesario pues resignarse) es la “multiplición del trabajo atípico, del trabajo independiente, del trabajo a tiempo parcial, de los contratos de todo tipo”/7.

Proyectándose en un futuro indistinto, todos estos proyectos saltan por encima de la necesaria movilización alrededor de medidas de urgencia como el aumento del salario mínimo y de las rentas mínimas sociales (con su extensión a los jóvenes de 18 a 25 años). Al resignarse a la precarización dejan en realidad el campo libre a los proyectos liberales de un ingreso mínimo único e insuficiente que sustituiría a las rentas mínimas sociales existentes.

Al favorecer el espejismo de un salario para toda la vida o un ingreso incondicional, estos proyectos obvian una versión radicalizada de la seguridad social profesional que asegure la continuidad del ingreso/8 (se entiende por seguridad social profesional la que tiene por objeto asegurar la continuidad del recorrido profesional y el mantenimiento de los ingresos frente a las rupturas unilaterales de los contratos, a la vez que se instaura el derecho a la movilidad de las personas; según algunas propuestas los ingresos correspondientes a los períodos de no trabajo se financiarían por cotizaciones mutualizadas a cargo de las empresas; ndt).

En fin, estos adioses al pleno empleo impiden plantear la cuestión de las necesidades sociales y de adoptar una lógica de Estado “empleador en último término”. La cuestión ecológica permanece ausente, salvo que la frugalidad del ingreso de base sea suficiente para desencadenar el decrecimiento.

De forma general, el éxito de estos proyectos se explica sin duda por las coordenadas de un período bastante de pesadilla. Parecen representar atajos que permitan sortear los obstáculos y pasar de nuevo a la ofensiva. Se encuentra esta misma búsqueda de soluciones milagro en terrenos conexos: las monedas mágicas (“libre”, “doble” o “refundadora”) para crear actividad, la vuelta a las monedas nacionales para salir de la crisis del euro, el sorteo aleatorio para restablecer la democracia, etc. Estas utopías encantatorias no son solamente estériles: son también, desgraciadamente, obstáculos a la construcción de una estrategia de alternativa encarnada en la realidad de las relaciones sociales.
____________
Notas:
1/ Michel Husson, “Fin du travail: le temps des gourous”, A l’encontre, 23 de junio de 2016.
2/ Michel Husson, “Le grand bluff de la robotisation“, A l’encontre, 10 de junio de 2016.
3/ Christian Fuchs, “Prolegomena to a Digital Labour Theory of Value”, tripleC, 10 (2), 2012.
4/ Antonio Casilli, «Digital labor: à qui profitent nos clics?", Le Temps, 12 de enero de 2015.
5/ Carlo Vercellone et Jean-Marie Monnier, «Mutations du travail et revenu social garanti comme revenu primaire», Les Possibles n°11, Otoño de 2016
6/ Michel Husson, “France. Réduction du temps de travail et chômage: trois scénarios“, A l’encontre, 4 de abril de 2016.
7/ Philippe Van Parijs, ”La réduction du temps de travail est une idée du XXe siècle“, L’Obs, 7 de julio de 2016.
8/ Laurent Garrouste, Michel Husson, Claude Jacquin, Henri Wilno, Supprimer les licenciements, Syllepse, 2006.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Democracias intervenidas

Mar, 10/01/2017 - 08:01
David Brooks, La Jornada

En Washington hay gritos de protesta y condena, más investigaciones y un intenso debate sobre una barbaridad, algo inaceptable, algo tan terrible que la propia democracia está en riesgo: un gobierno extranjero se atrevió a lanzar una campaña de influencia para manipular el proceso político interno de Estados Unidos.

La CIA, la FBI y la Agencia de Seguridad Nacional ofrecieron briefings al presidente Barack Obama y al presidente-electo Donald Trump, presentaron sus resultados ante el Congreso y emitieron un informe al público resumiendo sus conclusiones sobre cómo el gobierno de Vladimir Putin ordenó e implementó una campaña que incluyó sembrar y difundir noticias falsas, hackear y filtrar correos electrónicos tanto de la campaña de Hillary Clinton como del Comité Nacional Demócrata, y que todo esto era, primero, para minar la confiabilidad del proceso electoral, pero al final, para beneficiar la campaña de Trump y dañar a Clinton.

Suponiendo que todo, o parte de esto, sea cierto, no deja de llamar la atención que los directores de inteligencia, sus supuestos jefes en la Casa Blanca y en el Congreso y un amplio coro de analistas e intelectuales del establishment se atrevan acusar y condenar a un gobierno extranjero de intromisión en los asuntos políticos internos de otra nación, sin reconocer que Estados Unidos lo ha hecho, y lo sigue haciendo, en todo el mundo y desde hace décadas.

Estados Unidos ha intervenido para influir en los resultados de elecciones de otros países por lo menos 81 veces entre 1946 y el año 2000, según el experto Dov Levin de la Universidad Carnegie Mellon. Eso no incluye golpes de Estado o intentos para derrocar gobiernos –los famosos cambios de régimen– sino sólo intentos directos para influir en una elección a favor de una fuerza política. Si se incluyen éstas, el número de intervenciones es mucho más alto.

Entre los ejemplos más prominentes tanto de intentos de influir sobre el resultado de una elección como en golpes de Estado está el caso de Salvador Allende en Chile, donde Estados Unidos no sólo apoyó el golpe del 11 de septiembre de 1973, sino que intervino en la contienda electoral de 1964 en la que la CIA invirtió más de 4 millones de dólares en proyectos encubiertos para prevenir su elección; algo que repitió sin éxito en 1970.

También están el derrocamiento de Mohammed Mossadegh en Irán, en 1953, para imponer al cha, fiel aliado de Washington; el caso de Jacobo Arbenz, en Guatemala, en 1954; Patrice Lumumba, del Congo, en 1961; la abierta interferencia en las elecciones de Jean-Bertrand Aristide, en Haití, y de Daniel Ortega, en Nicaragua, a principios de los 90, así como la instalación de Hamid Karzai, agente pagado de la CIA, como presidente de Afganistán después de la invasión estadunidense. Y claro, no se puede olvidar en esta lista más de medio siglo de intervenciones políticas para promover el cambio de régimen en Cuba.

Sólo en este nuevo siglo, las intervenciones incluyen el apoyo al golpe de Estado en Honduras contra Manuel Zelaya en 2009, algo justificado por Hillary Clinton cuando era secretaria de Estado en el primer periodo de Obama, el intento para prevenir la relección de Slobodan Milosevic en Serbia en 2000, el apoyo implícito de Washington del fracasado golpe de Estado contra Hugo Chávez, y múltiples acusaciones de los gobiernos de Bolivia y Ecuador, entre otros, por interferencia en los asuntos políticos internos.

Y mientras acusa a Rusia, Washington no comenta que intentó influir en la elecciones rusas en 1996 a favor de Boris Yeltsin. También apoyó a Vaclav Havel en la desaparecida Checoslovaquia y a candidatos presidenciales del Partido Laborista en Israel.

Estas prácticas tienen décadas: la primera operación de la CIA para influir en una elección fue realizada pocos meses después de su creación, en 1947, cuando apoyó a los democristianos contra una coalición de izquierda en Italia, en 1948, con éxito. Tim Weiner, periodista Premio Pulitzer y autor de la excelente historia de la CIA (Legacy of Ashes), comentó en entrevista con la radio pública WNYC que “después de su éxito en Italia, la CIA tomó esta fórmula –la cual incluía emplear millones de dólares para promover campañas de influencia– y la aplicó por todo el mundo en lugares como Guatemala, Indonesia, Vietnam del Sur, Afganistán y más”. Weiner subrayó que todo esto se hace con la aprobación de la presidencia de Estados Unidos.

Hubo incluso esfuerzos más complicados y controvertidos, como los revelados por el escándalo Irán-Contra durante el régimen de Reagan, que incluyeron operaciones encubiertas dentro de este país. Otto Reich –feroz opositor de los gobiernos revolucionarios de Cuba y Venezuela y otros regímenes de izquierda en el hemisferio– desde su Oficina de Diplomacia Pública en el Departamento de Estado supervisó un esfuerzo de propaganda política dentro de Estados Unidos logrando insertar información y lo que ahora se llaman noticias falsas en medios estadunidenses a favor de los contras nicaragüenses sin divulgar su vínculos con el gobierno estadunidense. Una investigación dentro del Departamento de Estados lo acusó de haber supervisado actividades prohibidas de propaganda encubierta.

Como reportamos hace unas semanas, Ariel Dorfman, en un artículo del New York Times titulado Ahora, Estados Unidos, ustedes saben cómo se sintieron los chilenos, recordó la intervención de Estados Unidos en Chile y comentó que era “irónico que la CIA –la misma agencia a la cual le valía nada la independencia de otras naciones– ahora está gritando foul porque sus tácticas han sido imitadas por un poderoso rival internacional”. Sin embargo, dijo que nada justifica que ciudadanos en cualquier lugar deben tener su destino manipulado por fuerzas fuera de la tierra que habitan. Pero, a la vez, señaló que Estados Unidos “no puede, en buena fe, denunciar lo que se le ha hecho a sus ciudadanos decentes hasta que esté listo para enfrentar lo que hizo tan frecuentemente a los igualmente decentes ciudadanos de otras naciones… Si hay un momento para que Estados Unidos se vea al espejo, para reconocer y rendir cuentas, ese momento es ahora”.

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A los 91 años muere el filósofo polaco Zygmunt Bauman

Lun, 09/01/2017 - 18:30

El profesor y filósofo polaco Zygmunt Bauman, creador del concepto de 'modernidad líquida', ha fallecido este lunes a la edad de 91 años en la localidad británica de Leeds, según ha informado el diario Gazeta Wyborcza.

De nacionalidad británica, se trasladó a la URSS con su familia a comienzos de la II Guerra Mundial. Terminado el conflicto, regresó a Polonia y ejerció la docencia en la Universidad de Varsovia, hasta que en 1968 se exilió de nuevo por razones políticas.

Durante unos años vivió en Israel y fue profesor en la Universidad de Tel Aviv hasta 1970. Ha impartido clases en universidades de Estados Unidos, Australia y Canadá y es profesor emérito de Sociología de la Universidad de Leeds (Reino Unido).

Su análisis de los vínculos entre la modernidad, el nazismo y el comunismo posmoderno le han otorgado un gran reconocimiento internacional. Ha contribuido al desarrollo de las ciencias sociales mediante la creación de conceptos como la 'teoría de la modernidad líquida', que define los tiempos actuales como una era de cambio y movimiento constante, en la que el hombre está huérfano de referencias consistentes y los conceptos son más inestables que nunca.

Las teorías de Bauman han ejercido una gran influencia en los movimientos antiglobalización. Su obra ensayística, que comenzó en los años 50, alcanzó fama internacional en los 80 con títulos como Modernidad y holocausto (1989), donde define el exterminio de judíos por los nazis como un fenómeno relacionado con el desarrollo de la modernidad.

Entre sus obras más significativas destacan La modernidad líquida (2000), considerada su obra cumbre, en la que observa cómo el capitalismo globalizado está acabando con la solidez de la sociedad industrial; Amor líquido (2005) y Vida líquida (2006).

Además es autor de títulos como La cultura como praxis (1973), La posmodernidad y sus descontentos (1997), La globalización: consecuencias humanas (1998), En búsqueda de la política (1999), La sociedad individualizada (2001) y Vidas desperdiciadas, La modernidad y sus parias (2005).

En esta última expone las consecuencias inevitables de la modernización tales como las migraciones, los refugiados, el desempleo, la nueva pobreza y la necesidad de fijar identidades.

Entre sus trabajos publicados en español se encuentran Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores (2007), Vida de consumo (2007), Archipiélago de excepciones (2008), Múltiples culturas, una sola humanidad (2008), El arte de la vida (2009) y Mundo consumo (2010). Su pensamiento y su obra han sido fruto de análisis en una decena de libros publicados por varios autores.

Bauman recibió entre otros galardones el Premio Europeo Amalfi de Sociología y Teoría Social, otorgado por la Asociación Italiana de Sociología (1989) y el Theodor W. Adorno Prize de la ciudad de Fráncfort (1998). Asimismo, fue premiado con el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010 junto a Alan Touraine.

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2017 apunta hacia un mundo multipolar

Lun, 09/01/2017 - 10:00
Emir Sader, La Jornada

La era de la hegemonía estadounidense y de neoliberalismo es, por definición, un tiempo de turbulencias e incertidumbre. Nadie ni nada permite preveer con un mínimo de certidumbre ni el futuro inmediato, menos todavía los de mediano y largo plazos. Pero el cúmulo de acontecimientos permite proyectar a 2017 como un año en que se dibujará, con más claridad, el surgimiento de un mundo multipolar.

El final de la guerra fría hizo al mundo retroceder al periodo histórico de hegemonía británica, cuando una sola potencia detentaba el predominio mundial. La decadencia británica introdujo un tiempo de disputas hegemónicas; primero entre Estados Unidos y Alemania, con dos guerras mundiales de por medio, después, entre Estados Unidos y la Unión Soviética, en el escenario llamado de guerra fría.

La desaparición de la URSS hizo que la humanidad volviera a un mundo unipolar, esta vez con la hegemonía imperial estadounidense. No tardó en anunciarse que la historia terminaría, desembocando en esa hegemonía, que traería con ella la economía capitalista de mercado y la democracia liberal como horizontes insuperables de la historia. Seguirían habiendo acontecimientos, pero todos encerrados en ese marco, que nos aprisionaría definitivamente. En lugar de girar hacia delante, la historia habría retrocedido y quedado congelada. La superioridad militar, económica, política e ideológica de Estados Unidos no permitiría alimentar ilusiones en otra dirección. El fin del socialismo, que sería el futuro de la humanidad, en la concepción derrotada, relegaba ese tipo de sociedad al museo de la historia, como un largo paréntesis finalmente concluido. La economía capitalista pasaba a ser la economía, la única posible, así como la democracia liberal, la única posible.

Sin embargo, la Paz Americana no trajo el final de los conflictos bélicos, sino su multiplicación, al tiempo en que el reino del mercado no trajo de vuelta el crecimiento económico, sino la recesión prolongada. Como resultado de esas contratendencias han surgido gobiernos antineoliberales, como en América Latina, así como fuerzas que se coordinan por la construcción de un mundo multipolar, como las congregadas en los Brics.

Un episodio que parecía ser simplemente uno más del ejercicio de la superioridad militar de Estados Unidos y de sus aliados del bloque imperialista occidental –como ya había ocurrido en Afganistán, Irak y Libia–, el de la destrucción del gobierno de Siria, como paso previo al bombardeo de Irán, terminó promoviendo una gran contrarrevuelta que, sumada a otros fenómenos, apunta hacia el surgimiento de un mundo multipolar.

Estados Unidos no había logrado crear las condiciones del bombardeo de Irán, ni adentro, ni con sus aliados externos. Rusia aprovechó para proponer un proceso de negociación entre Estados Unidos e Irán, que tuvo éxito, desarticulando los planes bélicos de Israel, apoyado por Arabia Saudita y poniendo en práctica el primer proceso de resolución pacífica de un conflicto bélico importante en el mundo en mucho tiempo.

Este éxito fue el preámbulo que permitiría también una resolución de la también aparentemente interminable guerra en Siria. Arabia Saudita, contradicha en las negociaciones con Irán, intensificó el apoyo al llamado Estado Islámico (EI), que se ha vuelto la fuerza fundamentalista y terrorista que pasó a amenazar no sólo a gobiernos de Medio Oriente, sino de todo el mundo con sus acciones. Como uno de sus efectos, la guerra en Siria quedó polarizada entre el EI y el gobierno sirio, sacando definitivamente del escenario supuestas fuerzas moderadas de oposición, usadas como pretexto por Estados Unidos para apoyar intentos de derrubar al gobierno sirio. El acuerdo entre Rusia, Turquía e Irán, apoyado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sustentado en la derrota militar del EI, por intervención decisiva de las tropas rusas, promovió un nuevo acuerdo de paz, esta vez sin Estados Unidos.

A este nuevo horizonte se suma la alianza alrededor de los Brics, con Rusia y China como protagonistas esenciales, como fuerzas que promueven el fortalecimiento de modelos de desarrollo económico con distribución de renta, en contrapartida del agotamiento del neoliberalismo y la prolongada recesión a que ha desembocado ese modelo.

El Brexit y la victoria electoral de Donald Trump en las elecciones estadounidenses apuntan hacia retrocesos en el proceso de globalización, con políticas proteccionistas y debilitamiento de los procesos de libre comercio, imponiéndose en las dos potencias que desde hace más de un siglo han estado a la cabeza del bloque imperialista en el mundo.

La combinación de esos factores tendrá en 2017, con la retirada de Gran Bretaña de la Unión Europea, así como la toma de posesión de Donald Trump, haciendo con lo que ya se venía dibujando como el agotamiento del modelo neoliberal, la incapacidad de Estados Unidos de concluir las guerras de Afganistán y de Irak, así como su impotencia frente a la extensión de los conflictos bélicos en toda la región, así como el fortalecimiento de Rusia como actor político y militar global, un nuevo escenario mundial.

Un nuevo escenario que tiene que ser, para América Latina, un espacio de nuevas oportunidades, para salir definitivamente del modelo neoliberal y de la hegemonía estadounidense, buscando profundizar alianzas que promuevan la solución pacífica de los conflictos y apoyen políticas de desarrollo con distribución de la renta. Brasil, Argentina, México y todos los países del continente tienen que decidir dónde quieren ubicarse en ese nuevo escenario mundial.

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El euro cumple 15 años: reforma o disolución

Dom, 08/01/2017 - 11:30
José Moisés Martín Carretero, CTXT

Era enero de 2002. Andábamos como bobos intentando aclararnos sobre los cambios, si pasar todo de golpe o mantener algunas pesetas, sin hacernos una idea clara del precio de las cosas… era enero de 2002 y tomando unos cafés en Sol dejé dos euros de bote. “Has dejado 500 pesetas”, me dijo mi amigo Carlos. Yo hice como que no importaba. En realidad no tenía ni idea de si había dejado mucho o poco dinero hasta que Carlos me confirmó mi espléndida generosidad.

Para la mayoría de la ciudadanía, el cambio de moneda –que ya se había hecho realidad macroeconómica en 1999 con la fijación de los tipos de cambio irreversibles-- se había convertido más en un asunto de oficina de consumidor que de otra cosa: el famoso redondeo, el cuidado con las falsificaciones y timos, qué hacer con las pesetas, francos, florines o marcos perdidos en huchas y cajones, la percepción momentánea de perder el sentido sobre el valor de las cosas, en definitiva, asuntos de la vida cotidiana que en poco o nada oscurecían el logro histórico de manejar, de Algeciras a Helsinki, la misma moneda. Adiós a las casas de cambio, los problemas en los viajes, la debilidad de nuestra peseta… todas estas ventajas dejaban en poco los problemas iniciales de la transición. Lejos de la vida cotidiana, unos pocos economistas llevaban clamando ya diez años sobre la irracionalidad del diseño de la Unión Económica y Monetaria: Pedro Montes es quien más vivamente recuerdo, pero no faltaron también voces críticas desde la derecha del espectro político. Marginales en cualquier caso, por cuanto el consenso europeo y español –que entonces aglutinaba al 90% del Parlamento Europeo y del Congreso de los Diputados-- apostaba firmemente por el salto integrador y político que representó la creación de la eurozona.

Quince años más tarde, y aunque sería momento de hacer balance, poca gente lo hará. De los 15 años en los que la moneda única ha estado efectivamente en nuestros bolsillos, hemos pasado ocho en crisis. La imposibilidad de adecuar una política económica común a economías todavía con un grado de integración muy desigual ha generado una serie de monstruos que nos han llevado a vivir el sueño europeo como una pesadilla. En efecto, fue la recesión de Alemania y Francia en 2001/2002 la que obligó al Banco Central Europeo a bajar los tipos de interés, abaratando los créditos que nutrieron nuestra burbuja inmobiliaria, la de Irlanda y la deuda pública de Grecia. Cuando las tornas se cambiaron y el problema de crecimiento se trasladó del norte al sur, los países centrales se esforzaron en mantener una política económica irracionalmente rígida que llevó a los países del sur a situarse peligrosamente cerca de la bancarrota. Hay que recordar que en junio de 2008, cuando la crisis de la deuda estaba ya saltando de país en país, el Banco Central Europeo subió los tipos de interés al 4,5% para parar la inflación. Luego llegó el derrumbe y la aplicación de unas normas que nunca estuvieron pensadas para enfrentarse a un shock asimétrico de tal tamaño. Y mientras Trichet hacía gala de una política monetaria ultraortodoxa, el Eurogrupo garantizaba que, pasara lo que pasara, las reglas de la eurozona no se iban a quebrar. Inútil esfuerzo pues fue de esta manera como se pusieron bajo una constante amenaza de ruptura del euro.

Poco a poco fueron llegando los primeros remiendos. La puesta en marcha del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera y posteriormente del Mecanismo Europeo de Estabilidad permitían tener un marco estable de apoyo para países con dificultades de liquidez. El refuerzo de la gobernanza europea con el semestre europeo permitió ordenar el tráfico de elaboración de las políticas fiscales y económicas, sistematizando el proceso y permitiendo una previsibilidad en torno a la cual ordenar la política económica. Trichet fue relevado por Draghi y la política del Banco Central Europeo dejó de ser parte del problema para buscar ser parte de la solución. En 2014, la nueva Comisión abordó una estrategia para promover el crecimiento económico a través de un incremento de la inversión –el Plan Juncker-- al tiempo que el Banco Central Europeo inauguraba –con varios años de retraso-- su propia versión de la expansión cuantitativa. Las normas fiscales se fueron aplicando con flexibilidad, hasta tal punto que se perdonaron las sanciones a los países menos cumplidores, como España y Portugal. Sólo Grecia, chivo expiatorio, ha sido y es tratada sin contemplaciones con un único objetivo político: aleccionar al sur de Europa sobre las desventajas de votar a los partidos de la izquierda emergente.

Tras quince años de euro y ocho de crisis, ¿qué balance podemos hacer? Sin duda, muy negativo. El único logro reseñable de la eurozona ha sido controlar la inflación. La convergencia económica entre los países del sur y del norte se paró, e incluso se revirtió durante la crisis. Los desequilibrios económicos y sociales se han acrecentado, y la desconfianza política se ha disparado. Y no es un problema de orientaciones políticas. En The Euro and the battle of ideas, (El euro y la batalla de las ideas) (Princeton University Press 2016), los economistas Brunnermeier, James y Landau defienden que es la ausencia de una visión compartida sobre la eurozona entre Francia y Alemania la que ha dificultado la gestión de la crisis. Quien escribe estas líneas piensa que no es tanto la orientación de la política económica como la propia naturaleza de la eurozona la que debe cambiar radicalmente. Es difícil que esto ocurra en el actual contexto sociopolítico, pero o lo hacemos o la moneda –y la Unión-- europea tienen los días contados. El euro es un experimento fallido, un "fracaso de las élites políticas", como explicó en otro excelente libro Manuel Sanchís.

Ahora que parece que las peores consecuencias de la crisis económica amainan, es urgente retomar la agenda reformista y plantear una reformulación en profundidad del proyecto, que asuma hasta sus últimas consecuencias la conveniencia de que la política económica de la eurozona se construya para el beneficio de todos sus miembros. Para ello es necesario que los países cedan una nueva parte de su soberanía. De que lo hagan o no dependerá el futuro de la moneda y del continente. Porque si no arreglamos el diseño institucional de la eurozona, si no generamos mecanismos de reequilibrio y reactivamos la convergencia real, tarde o temprano los demonios de la eurozona volverán a despertarse. Parafraseando a Einstein cuando hablaba de la tercera y la cuarta guerras mundiales, no sabemos cuándo será la segunda crisis de la eurozona, pero lo que sí sabemos es que es muy probable que no haya una tercera, porque la eurozona habrá desaparecido.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Cinco negocios en peligro de extinción por el avance tecnológico

Sáb, 07/01/2017 - 16:07
Mundo Sputnik

Mientras las nuevas tecnologías penetran los mercados establecidos, el funcionamiento de estos inevitablemente debe cambiar, dejando a un lado a muchos de los que no lograrán adaptarse. Financial Times recopiló una lista de cinco industrias de las más amenazadas. Empresas como Uber y Lyft ya desafían el negocio de los taxistas mientras el servicio Airbnb planteó una alternativa viable a los hoteles tradicionales. En un período de 5-10 años muchos otros sectores de la economía vivirán importantes cambios en su modo de funcionar, advierte Financial Times al enumerar ciertos negocios que serán potencialmente afectados.

Agencias de viajes

Las plataformas turísticas en línea amenazan a las agencias de viajes debido a que más gente planea sus viajes por su propia cuenta a través de la web. En un futuro próximo, las empresas turísticas deberán transformarse de operadores de viajes a tenientes de hoteles y cruceros de lujo. Otra opción sería ofrecer más servicios únicos, como viajes de luna de miel o turismo de familia. La cantidad de agencias turísticas 'clásicas' ira disminuyendo, y "solo los verdaderos expertos de la industria sobrevivirán", cita el artículo a uno de los investigadores del tema.

Fabricantes de pequeñas piezas y componentes

La impresión 3D rematará a los pequeños productores y distribuidores de componentes de menor tamaño debido a la popularización de esta técnica para la rápida creación de las partes necesarias. El auge de la impresión 3D afectará cadenas logísticas enteras, permitiendo a muchas empresas imprimir los detalles necesarios en vez de comprarlos en algún lado y llevarlos a donde sea necesario. Incluso hoy en día es posible imprimir hasta equipos electrónicos sofisticados, lo que revolucionará la forma en que se desarrollan y se producen los productos electrónicos en el mundo.

Empresas de seguros de automóviles

Los coches autopilotados disminuirán los ingresos de las empresas de seguros al reducir la cantidad de accidentes de tráfico. El avance de los sistemas de autopilotaje de los coches resultará en menos carros en las calles, menos averías y más eficacia en la organización del tráfico. Para las empresas de seguros, esto será una pesadilla económica. Una opción de respuesta sería elaborar otros tipos de seguros —por ejemplo, seguro contra un fallo del algoritmo de autopilotaje—, pero en cualquier caso, este cambio afectará a la industria establecida.

Consejeros financieros

Los algoritmos de inversión echarán del mercado a los consejeros financieros por ofrecer una alternativa barata en comparación con los analistas tradicionales. Estos algoritmos —'consejeros-robot'— son capaces de manejar una cartera de valores, invertir dinero según las exigencias del cliente y optimizar la carga de impuestos. Así, los consejeros financieros poco a poco pierden la batalla ante las empresas tecnológicas, que ofrecen un producto competitivo, accesible y disponible en línea.

Talleres de reparación de automóviles

La popularización de los coches eléctricos asestará un golpe a la industria de reparación debido a que sus motores son casi imposibles de quebrar. Los carros eléctricos a menudo son elogiados por su mecanismo ecológico, pero un gran parte de su ventaja proviene también de que es poco probable que su motor se quiebre, dado que no casi no contiene partes que se mueven, además de las ruedas. Para los talleres de reparación, es una mala noticia, ya que el mantenimiento de los motores de combustión interna siempre ha sido de los servicios más lucrativos de la industria. Por si fuera poco, los conocimientos necesarios para mantener los motores eléctricos son muy diferentes a los motores convencionales, así que los especialistas deberán adaptarse o cambiar de empleo.

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Hacia un modelo de apartheid social

Ven, 06/01/2017 - 19:21

Iosu Perales, Alainet

Nos encontramos ante un cambio de época. El pacto europeo que dio lugar al estado del bienestar está pasando a mejor vida. Paulatinamente avanzamos hacia un modelo de sociedad alejado del que hemos tenido los europeos tras la segunda guerra mundial, para dar paso a una sociedad del apartheid que se distingue por aumentar las desigualdades y dejar fuera de una protección decente a millones de personas. Este cambio se viene produciendo con el viento a favor de un tipo de globalización que todo lo explica, aunque sea de modo confuso, y que está dando lugar al vaciamiento de la democracia y el desplazamiento de la política, colocando en su lugar a poderes en la sombra, económicos naturalmente, que son los que realmente deciden sin haber sido votados.

Para que el cambio de modelo se pueda hacer con la menor oposición, los cerebros intelectuales del nuevo poder idearon la inducción de una crisis que actúa como comodín que todo lo justifica y produce, además, un estado de parálisis en nuestras sociedades. Nunca se ha hablado tanto de crisis: financiera, ambiental, social, de seguridad…Como bien explica Boaventura de Sousa Santos: Pareciera que la crisis ha pasado a ser una variable independiente que todo lo explica. Se recortan los salarios y es por la crisis. Se recortan los gastos sociales y es por la crisis. Se privatizan servicios y es por la crisis. Crece de manera brutal el trabajo precario y es por la crisis. Se devalúan las pensiones y es por la crisis. La crisis que lo justifica todo pareciera que no tiene solución alternativa. Se instala en el centro de nuestro pensamiento y nos impide elaborar soluciones sociales, otro modelo, nos deja encerrados y dejamos de pensar. Nos la presentan como tan evidente que nos resignamos y nos colocamos en la posición personal de “perder lo menos posible”. El rumor de que hay que aceptar la crisis y las “soluciones” austericidas de los gobernantes que trabajan por encargo nos deja maniatados. Moverte activamente en contra puede conllevar la pérdida de algo que aún conservamos. Grecia lo intentó y sabemos el resultado.

Pero resulta que hay dinero, mucho dinero. ¿Dónde está? Sabemos que por todo el mundo aumentan los multimillonarios. Esta estirpe nunca estuvo mejor que con la crisis. ¿Para quién es la crisis?

Decir que la crisis fue organizada no es una afirmación excesiva. Lo fue. El colapso de la burbuja inmobiliaria desencadenó la crisis de los bancos, primero en Estados Unidos en 2006, contagiándose después al sistema financiero internacional, causando una crisis de liquidez y derrumbes bursátiles. De pronto la histeria y el miedo se extendieron por las sociedades europeas. Nos anunciaron que si no queríamos perder los depósito de ahorro había que salvar a los bancos y es lo que se hizo en medio de una crítica social que fue apagándose. Con semejante escenario de crisis no fue difícil para los amos del mundo disciplinarnos. Nunca fue tan complicado pensar una alternativa. Fue obligación de la socialdemocracia europea hacerlo, pero en lugar de ello dio pasos atrás, resignada a la derrota y preparándose para ser aceptada por los arrogantes poderes. Son muchas las realidades que criticar pero nunca ha sido tan difícil tener un marco teórico de modelo económico y de sociedad alternativos.

Pero ¿hacia qué sociedad vamos en este cambio de época? Boaventura de Sousa Santos, sociólogo y politólogo portugués alerta de que marchamos hacia un régimen social y civilizacional que sacrifica a la democracia a las exigencias del capitalismo. Sitúa las pruebas de lo que afirma en cuatro hechos: el primero es el apartheid social, la segregación de los excluidos; el segundo es la usurpación de las prerrogativas del Estado por parte de actores sociales muy poderosos; el tercer hecho consiste en la manipulación discrecional de la inseguridad de las personas y grupos sociales vulnerables debido a la precariedad del trabajo, lo que desemboca en una ansiedad crónica; el cuarto hecho es el fascismo financiero que controla los mercados y una economía de casino.

Lo que Boaventura de Sousa Santos llama fascismo social en su libro “Sociología jurídica crítica. Para un nuevo sentido común en el derecho”, es un régimen caracterizado por relaciones sociales y experiencias de vida bajo relaciones de poder e intercambios extremadamente desiguales, que se dirigen a formas de exclusión particularmente severas y potencialmente irreversible.

Sinceramente, la calificación de fascismo social es tan brutal que mis limitados conocimientos no me permiten asumirla sin más. Pero en todo caso es útil para el debate sobre cuál es el modelo de sociedad al que vamos. Lo que si tengo claro es que el rumor desmovilizador que afirma que nunca recuperaremos lo que queda atrás y que el futuro está marcado por el paisaje neoliberal que es la forma más salvaje de capitalismo, es sólo eso, propaganda. Seguramente no se trata de retornar al pasado sino de construir algo aún mejor.

Pero lo cierto es que estamos dando pasos a un escenario desconocido en Europa, pero también a nivel planetario, donde la gente queda a merced de su suerte, progresivamente fuera de los cada vez más estrechos servicios sociales, haciendo buena la idea de predestinación. Y no es que yo niegue algunos avances en países africanos, latinoamericanos y asiáticos, que han mejorado los índices de pobreza y de alfabetización, la lucha contra algunas enfermedades epidémicas y en los derechos de las mujeres. Pero estos progresos son poca cosa cuando los comparamos con los males del modelo que se va imponiendo. Dicen quienes saben que si de los 26 billones de euros que se dedican anualmente a las armas, se utilizaran la mitad para acabar con el hambre en el mundo, su erradicación sería posible. Sin embargo el modelo social al que nos llevan prefiere dar la espalda de cientos de millones de seres humanos cuyo destino es la miseria perpetua.

Pongamos que el calificativo de fascismo social es exagerado. De acuerdo. Pero, ¿qué nombre le ponemos al abandono de miles de refugiados que tocan las puertas europeas, y sobreviven y mueren en campos de internamiento, cuando no se hunden en el Mediterráneo? ¿qué nombre le ponemos a las guerras programadas para dar salida al enorme negocio de los fabricantes de armas? ¿cómo podemos llamar a la dronificación del poder que mata sin correr riesgos? Desde 1945, fin de la segunda guerra mundial, están muriendo hoy en las guerras más civiles que militares. Pongamos un calificativo a esta barbarie, cada cual el que quiera.

Una nota final. En este artículo dibujo un escenario general, mundial. Sin lugar a dudas de las ciudadanías concretas dependerá su destino. En Euskadi, las instituciones, los sindicatos, los partidos políticos y por supuesto la sociedad, mantenemos hoy por hoy una notable conciencia social que nos hace estar alertas. El modelo de apartheid social no es inevitable. Se puede vencer. Para ello hace falta cohesión social y luchar incansablemente por todos los derechos de todas y de todos. Y que las instituciones sean leales al pueblo. Una buena medida en Euskadi sería la Renta Básica Universal, con ella se blindaría un suelo de igualdad frente al movimiento general de desmontaje del estado del bienestar.

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Trump y la renegociación del TLCAN

Ven, 06/01/2017 - 12:43
Alejandro Nadal, La Jornada

Aprovechando el descontento provocado por la pérdida de empleos en el sector manufacturero de la economía estadunidense, una de las más insistentes promesas de campaña de Trump fue la de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). La ironía es interesante porque uno de los principales objetivos del gobierno mexicano al negociar ese tratado fue consolidar el modelo neoliberal que se estaba imponiendo en nuestro país. Reformar la legislación mexicana podía ser fácil de lograr, pero renegociar un tratado internacional con Estados Unidos siempre sería visto como una barrera infranqueable. Hoy la presión para renegociar proviene directamente de Washington.

El TLCAN fue un tratado pionero que precedió a los Acuerdos de Marrakech que dieron origen a la Organización Mundial de Comercio (OMC). Temas como derechos de propiedad intelectual, subsidios, medidas sanitarias y fitosanitarias, energía, servicios financieros y los derechos de los inversionistas, fueron incluidos en el TLCAN y sirvieron de ejemplo para los acuerdos medulares de la OMC. El resultado fue un acuerdo que sólo benefició a las grandes corporaciones de los tres países.

En el caso de México el superávit comercial con Estados Unidos (58 mil millones de dólares en 2015) no ha sido suficiente para mantener un equilibrio en la balanza comercial con el resto del mundo. Por su parte, los 600 mil empleos generados en las manufacturas en los primeros 15 años de vida del TLCAN no sirvieron para compensar la pérdida de aproximadamente 2 millones de empleos en la agricultura en ese mismo plazo. Ese saldo comercial superavitario se explica en buena medida por las exportaciones del sector energético y de las maquiladoras (que al no estar conectadas con el resto de la economía son incapaces de fungir como motores de la economía). Por eso los objetivos sobre empleo y crecimiento con equilibrio se convirtieron rápidamente en un espejismo inalcanzable para México.

Los planes específicos de Trump para renegociar el TLCAN no son claros. Durante su campaña habló de imponer un sobre arancel de 35 por ciento a las exportaciones de autos ensamblados en México y algunos otros productos. Pero una medida de ese tipo no puede justificarse ni imponerse unilateralmente sin modificar la arquitectura del tratado. Las corporaciones estadunidenses que se instalaron en México lo hicieron en respuesta a la norma salarial de hambre que ahí existe y no porque estuvieran buscando beneficiarse con subsidios distorsionadores del comercio internacional. De hecho, en caso de imponerse ese sobre arancel México podría accionar los mecanismos de solución de disputas previstos en el TLCAN o de un panel de solución de controversias de la OMC y lo más probable es que el veredicto le sería favorable. La razón es sencilla: el sobre arancel que propone Trump es ilegal.

Si Trump quisiera cambiar ese estado de cosas debería buscar imponer estándares de compensaciones para el trabajo que reduzcan el diferencial existente entre salarios en México y Estados Unidos. Habría que ver si el acuerdo paralelo (al TLCAN) en materia de trabajo pudiera llegar a convertirse en un instrumento eficaz para mejorar las condiciones laborales en México. Pero no hay que olvidarlo: aquí los principales afectados serían las corporaciones para las cuales el TLCAN fue negociado.

Por cierto, Trump tampoco podrá argumentar que Estados Unidos está sufriendo una crisis de balanza de pagos y que por lo tanto se justifica imponer un sobretasa arancelaria. El artículo 2104 del TLCAN (en el capítulo XXI sobre Excepciones) especifica que no se puede invocar una crisis de balanza de pagos para imponer ese tipo de medidas. Es decir, en su capítulo sobre excepciones, el TLCAN establece que… no habrá excepciones. Por cierto, ese precepto estuvo dirigido a México y no a Estados Unidos.

Si se reabren negociaciones sobre el TLCAN, los gobiernos de México y Canadá buscarán concesiones en rubros que fueron objeto de tensiones en el pasado. Por ejemplo, México podría buscar una ampliación de la cuota azucarera y Canadá podría aprovechar para exigir poner fin a la disputa sobre sus exportaciones madereras hacia Estados Unidos (las empresas estadunidenses argumentan que la industria maderera canadiense recibe un fuerte subsidio que aumenta su competitividad artificialmente). Y tanto Canadá como México podrían exigir una mayor participación en las compras del sector público estadunidense que hoy sigue protegido con reglas de compra nacional que contradicen el TLCAN.

En síntesis, la postura de Trump en materia de política comercial implica un rechazo a décadas de negociaciones multilaterales y bilaterales sobre acuerdos de libre comercio. Pero Trump es un magnate que se ha dedicado a los desarrollos inmobiliarios. Es una actividad lucrativa, pero no tiene nada que ver con el comercio internacional en manufacturas. Ya veremos qué cara pone cuando las grandes corporaciones le expliquen por qué se instalaron en China y México.

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Sarah Palin pide perdón a Julian Assange: "La verdad no se conocería si no fuese por él"

Ven, 06/01/2017 - 07:01

Huffington Post

Sarah Palin, la que fuera líder del Tea Party, ve Fox News, la cadena conservadora de noticias estadounidense. Y, gracias a eso, ha reconsiderado su posición sobre Julian Assange. Ha reflexionado de tal modo que ha pedido perdón al fundador de Wikileaks al mismo tiempo que recomienda a sus seguidores que vean la entrevista que Assange ha concedido a la cadena.

"La conmoción mediática que ocultó lo que muchos de la izquierda han apoyado es impactante, y esta importante información que finalmente abrió los ojos de la gente sobre los candidatos y agentes demócratas no habría sido expuesta si no fuera por Julian Assange", ha escrito la política en su perfil de Facebook. Se refiere a la filtración, por parte de Wikileaks, de miles de emails del Partido Demócrata.

La líder del Tea Party recuerda que su relación con Assange no ha sido buena en el pasado, pues en 2008, cuando ella era la candidata republicana a la vicepresidencia de Estados Unidos, Wikileaks filtró cientos de sus correos. Pero también se disculpa por eso: "Pido disculpas por condenar a Assange cuando publicó mis conocidos (y no problemáticos, relativamente aburridos) emails hace unos años". Por aquel entonces, Palin se refirió a Assange como un "antiamericano con sangre en sus manos".

En su sorprendente mensaje, Palin también recomienda ver el documental Snowden, sobre el agente de la CIA que filtró información clasificada de la Agencia de Seguridad Nacional.

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Cómo las grandes corporaciones han conseguido amasar fortunas gracias al agua

Xov, 05/01/2017 - 16:39

Con gas o sin gas y fría o del tiempo ya no son las únicas opciones de agua embotellada que tenemos en el mercado. Basta darse un paseo por tiendas especializadas en productos orgánicos para contemplar estanterías repletas de aguas especiales: desde aquellas que incluyen vitamina C o coco hasta otras "potenciadas" con minerales, electrolitos o antioxidantes, y así hasta un sinfín de variedades.

La industria del agua embotellada es un negocio en auge y no hay un solo mes en el que no asistamos al lanzamiento de un nuevo producto. Como decía la periodista Sophie Elmhirst en un artículo publicado en The Guardian: "Es un caso de capitalismo en su forma más hiperactiva y descaradamente inventiva: tomar una sustancia libremente disponible, vestirla con innumerables trajes diferentes, y luego venderla como algo nuevo y capaz de transformar el cuerpo, la mente y el alma".

Y es que el agua ya no es solo un elemento principal de la naturaleza que muchas empresas han aprovechado para hacer su particular negocio, sino que además se ha convertido en una etiqueta en blanco sobre la que se puede escribir cualquier tipo de "ingrediente mágico" para ofrecer a los consumidores la promesa de innumerables beneficios para su salud.

En las últimas dos décadas, el agua embotellada se ha convertido en el mercado de bebidas que más ha crecido del mundo. Las cifras hablan por sí solas. Según denuncian los activistas canadienses Maude Barlow y Tony Clarke en su famoso libro "Blue Gold: The Battle Against Corporate Theft of the World's Water" ('Oro azul: la lucha contra el robo corporativo del agua del mundo'), en la década de los 70 el volumen anual de agua embotellada que se comercializaba en todo el mundo no superaba los 1.000 millones de litros, mientras que en la siguiente década el consumo se duplicó. Ya en el año 2000, las ventas anuales ascendieron a más de 84.000 millones de litros y los pronósticos indican que en 2017 se consumirán 391.000 millones de litros de agua embotellada.

Desde la época medieval hasta la primera cloración Para ser una sustancia que cae del cielo y que brota de forma natural de la tierra, el agua siempre ha tenido una extraordinaria capacidad comercial. Según James Salzman, autor del libro "Drinking Water: a History" ('Beber agua: una historia'), ya en la época medieval los monjes ofrecían frascos de aguas especiales a los peregrinos como prueba de su visita. Durante siglos, los ricos europeos viajaron a ciudades conocidas por sus balnearios para probar sus beneficiosas agua e intentar curar sus enfermedades.

Sin embargo, fue en 1740 cuando se puso en marcha una de las primeras empresas embotelladoras de agua, Harrogate Spring, en Reino Unido. Apenas 70 años más tarde, la compañía se convirtió en la mayor exportadora de agua embotellada del país. Y todavía hoy, se anuncia en su web por ser "respetada y reconocida como una de las marcas de agua embotellada más finas".

Sin embargo, a principios del siglo XX, una de las principales revoluciones que ha experimentado este elemento natural estuvo a punto de acabar con el naciente negocio: una epidemia de la fiebre tifoidea en Lincoln, en 1905, provocó que el doctor Alexander Cruickshank Houston probara la primera cloración en un suministro de agua pública. Su experimento funcionó, y pronto, esta práctica se extendió por todo el mundo.

El descubrimiento provocó que la industria del agua embotellada se viese claramente amenazada, ya que hasta esa fecha comprar agua potable había sido una necesidad de los ricos. Los pobres simplemente tuvieron que soportar durante siglos - y todavía siguen soportando - beber agua no potable, y muchas veces han pagado con su vida las consecuencias de ello.

¿Quién iba a gastar su dinero en algo que salía de un grifo? Según la citada periodista, la respuesta llegó en 1977 de la mano de una de "las mayores piezas de la historia de la narración publicitaria de la televisión". Se trataba de un anuncio con la voz profunda de Orson Welles, quien relataba: "En lo profundo de las llanuras del sur de Francia, en un misterioso proceso iniciado hace millones de años, la propia Naturaleza añade vida a las heladas aguas de una sola fuente: Perrier", mientras los telespectadores veían el agua caer dentro de un vaso y admiraban la botella de cristal. El marketing había hecho historia.


El anuncio formaba parte de una campaña estadounidense de 5 millones de dólares, la más grande de la historia para un agua embotellada, y resultó ser un gran éxito. De 1975 a 1978, las ventas de Perrier en los EEUU aumentaron de 2,5 millones de botellas a más de 75 millones.

No fue la única empresa agraciada. De repente, las botellas de agua embotellada comenzaron a acompañar a las grandes "celebrities" estadounidenses, como sucedió con el primer vídeo de Jane Fonda haciendo ejercicio en 1982 o Jack Nicholson en una ceremonia de los Óscar. "El esnobismo del agua ha reemplazado al esnobismo del vino como novedad. La gente ordena sus 'eau' por orden de marca, como alguna vez hicieron con sus Scotch", señalaba la revista Time en un artículo publicado en 1985.

Agua embotellada: Los puntos clave del fraude del siglo Pronto, las grandes marcas de refrescos, viendo la oportunidad comercial, lanzaron sus propias aguas: Aquafina de PepsiCo en 1994, Dasani de Coca-Cola en 1999 o Puré Life de Nestlé en 2002. El negocio del agua se había convertido en una realidad, aunque más tarde algunas de las nacientes marcas estuviesen envueltas en escándalos relacionados con embotellar agua del grifo y no de los manantiales, como prometían a los consumidores.

Sin embargo, tal y como explica explica Sophie Elmhirst, en el citado artículo, lo peor del negocio estaba por llegar: "Si la última década fue testigo de la gran expansión comercial del agua, 2016 podría definirse como el año en que el mercado perdió la cabeza. Ahora parece que no hay límite en lo que un agua puede ser, o lo que los consumidores están dispuestos a comprar. Ya no basta con que el agua sea simplemente agua: debe tener poderes especiales".
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Via RTUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Una filtración de Wikileaks revela la trama oculta que hizo estallar la guerra de Siria

Xov, 05/01/2017 - 07:01

Recientemente, Wikileaks ha hecho público un extenso archivo de 57.934 correos electrónicos de la dirección personal de email de Berat Albayrak, yerno del presidente turco Recep Tayyip Erdogan y Ministro de Energía de este país. Analizando con detenimiento los miles de correos electrónicos de Berat Albayrak pueden extraerse informaciones cruciales para entender el origen de la guerra en Siria y para comprender las razones por las que los dirigentes de los principales países europeos se han convertido en los principales impulsores de las políticas a favor de la llegada de millones de inmigrantes y refugiados al viejo continente.

En uno de los correos filtrados por Wikileaks, el analista turco Mehmet Ozhan envía a Berat un email en el que se recoge una extensa información de oil-price.com que explica cómo, en 2012, Catar se había empeñado en construir un gasoducto desde su territorio hasta Turquía a través de Siria, ya que los cataríes, que se encuentran entre los principales productores de gas del mundo, no querían dejar de perder la oportunidad de vender su preciada producción a Europa, siempre excesivamente dependiente de los suministros rusos. El presidente sirio, Bashar al Assad, entendió rápidamente que se encontraba en una posición de fuerza y decidió subir la apuesta creando un diferente diseño geoestratégico y una fuente alternativa de combustible para el oleoducto que habría de acercarse a Europa a través de Siria.

En este punto, hay que recordar que la mayoría de los países de Oriente Medio, incluyendo Siria, son musulmanes sunitas. Por el contrario, el régimen post-Hussein en Irak, diseñado por Estados Unidos, fue dominado por los musulmanes chiítas. Bashar al Assad es un musulmán alauí -un credo también chií que los sunitas de Catar y Arabia Saudí quisieran ver borrado de la faz de la Tierra-. Por este motivo, y en lugar de dar alas a un posible oleoducto Catar-Turquía, el presidente sirio firmó un acuerdo con el gobierno chiíta de Irak y otro con su vecino Irán, la mayor nación chiíta del mundo. Así nació el proyecto de oleoducto Irán-Iraq-Siria.

En un momento en el que la economía siria se encontraba absolutamente estancada, Assad ideó un plan de gasoducto alternativo que llevaría el gas iraquí a Irán y al resto de Europa. Este proyecto, además, complació a Vladimir Putin, ya que éste tenía firmado acuerdos de larga duración con Irán, un país con el que Rusia siempre se había mantenido cómodo a la hora de establecer precios para el gas. Además, es muy importante tener en cuenta que la única base militar de Rusia en el Mediterráneo se encuentra en la costa de Siria, lo que estratégicamente permitiría a Putin controlar un segundo gasoducto a Europa. Por ello, el oleoducto iraní hacia Siria rápidamente se convirtió en una prioridad para Moscú y, consecuentemente, Assad y los rusos comenzaron a moverse para paralizar el proyecto de gasoducto de Catar y para promover el plan iraní. Pero, en el camino, Bashar al Assad se había ganado unos enemigos muy poderosos…

Un correo fechado en el mes de octubre de 2015 que, según Wikileaks, fue hallado en el ordenador personal del Ministro de Energía turco, explica cómo la decisión de Assad indignó a las monarquías sunitas de Arabia Saudí y Catar que, gracias a sus compras masivas de armamento norteamericano y británico, se jactaban de tener a las potencias occidentales en un puño “para que lucharan por ellas”. Por este motivo, según este email, “el presidente Obama y el primer ministro de Gran Bretaña, David Cameron, no tardaron en programar ataques aéreos contra Siria en un esfuerzo por derrocar a Assad. Pero, a finales de agosto de 2013, el parlamento británico votó en contra de esta acción, lo que, a su vez, ejerció una fuerte presión sobre el presidente estadounidense, quien calculó que el Congreso de Washington seguiría el ejemplo de Londres y bloquearía cualquier ataque contra Siria. Paralelamente, Rusia incrementó la apuesta moviendo sus barcos de guerra al Mediterráneo, listos para defender Siria. Los principales amigos de Arabia, Estados Unidos y Gran Bretaña, retrocedían, y fue en ese momento cuando el rey saudí decidió resolver él solo el problema de Siria”.

Tal y como se recoge en los correos electrónicos de Berat Albayrak, ministro turco de Energía y yerno de Tayyip Erdogan, publicados por Wikileaks, “el primer paso que dieron Arabia Saudí y Catar fue incrementar su apoyo económico a la Hermandad Musulmana, que pretendía imponer el control sunita en todos los países del Medio Oriente. Los saudíes persuadieron a los Estados Unidos para que apoyaran esta política y los grandes medios de comunicación occidentales se sumaron a esta causa al encuadrar las acciones totalitarias de los Hermanos Musulmanes bajo el benevolente paraguas de las ‘primaveras árabes’”.

“Por otro lado, Arabia Saudí también tomó otra decisión trascendental: abaratar el precio de su petróleo, lo que provocaba una grave pérdida de competitividad al petróleo ruso, impedía a Irán (beneficiada por el reciente levantamiento del embargo) reestructurar su industria del crudo, paralizaba la producción de fracking en Estados Unidos. De este modo, los saudíes castigaban a todos los implicados en el apoyo a Assad en el Gobierno sirio”.

Lo que ya se conoce como el “Berat's Box”, la más importante filtración de correos electrónicos de un alto cargo del Gobierno turco que ha tenido lugar hasta la fecha, también explica cómo Catar y Arabia Saudí han sido claves en el fomento y la financiación de grupos terroristas musulmanes sunitas en Irak y Siria, incluyendo, por supuesto, el autodenominado Estado Islámico (EI).

Los documentos exponen como el Estado Islámico ha sido ampliamente financiado por donantes de Arabia Saudí y Qatar, “pero no controlado por ellos”. De hecho, los líderes del Estado Islámico, en sus diferentes ramas, buscan ingresos que les permitan avanzar por delante de los líderes de las ramas rivales y obtener independencia política de Arabia Saudí. En el norte de Irak, por ejemplo, manejan las refinerías de petróleo que toman para obtener ganancias. Pero, por el contrario, en Libia destruyen las refinerías como si éstas fueran una ofensa hacia Dios. La rama libia del EI prefiere el dinero fácil del contrabando de personas, ya que “las rutas de tráfico de personas establecidas también les sirven para proyectar combatientes a todo el mundo”.

Para completar el cuadro, y según se revela en el correo electrónico en poder de Berat Albayrak que incluye un análisis realizado por la web oil-price.net, “no es una coincidencia que en este punto, Alemania, de repente, decidiera ofrecer recompensas de bienestar muy generosas a cualquier inmigrante ilegal que pudiera llegar, a través del Meditarráneo, desde la costa de Libia a las islas italianas. Alemania necesita mano de obra de trabajadores huéspedes de los países más pobres para mantener sus productos competitivos”.

El analista de oil-price.net que envía su trabajo al ministro de Energía turco ironiza, además, señalando que “la capacidad de Alemania para seguir exportando con una economía de altos salarios es aclamada por el Gobierno germano como un homenaje al sistema educativo alemán. Pero, en realidad, entre bastidores, el gobierno alemán sabe muy bien que su economía de salarios bajos, de alto rendimiento, es un tributo al sistema educativo turco. El gobierno alemán ha permitido la migración sin restricciones desde Turquía desde los primeros años ochenta del pasado siglo. Las ambiciones de salarios bajos de los obreros turcos emigrantes socavaban las facultades de negociación de los sindicatos alemanes. Los trabajadores alemanes tenían que mantener sus demandas salariales bajas para evitar que sus trabajos fueran entregados a la mano de obra no calificada turca. Pero el resurgir económico de Turquía en los últimos años ha hecho que el flujo de mano de obra barata hacia Alemania se secara. Y, por ello, el Ejecutivo de Angela Merkel trabaja insistentemente para que millones de inmigrantes lleguen al país a ocupar puestos de trabajo de sueldos bajos con los que ayudar a solventar las presiones inflacionarias…"

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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