Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger6737125
Actualizado: fai 2 horas 59 min

Financiarización y judicialización corroen la democracia

Sáb, 06/05/2017 - 12:01
Emir Sader, La Jornada

La crisis de la democracia es hoy una evidencia a escala mundial. El Brexit, la elección de Donald Trump, el golpe de Estado en Brasil son síntomas más evidentes de un fenómeno que cruza a América Latina y Europa, a Estados Unidos, llegando a países de África y de Asia, como Sudáfrica e India, entre otros.

¿Qué factores afectan a países y a continentes tan distintos, para que la crisis de la democracia se exprese como fenómeno global, como un rasgo central del periodo político actual en el mundo?

Antes de todo, la financiarización de la economía, elemento determinante del periodo marcado por la hegemonía del modelo neoliberal. La desregulación promovida por ese modelo llevó a la predominancia del capital financiero, bajo su forma especulativa, sobre el conjunto de las economías del mundo.

Esa predominancia tiene algunos rasgos marcantes. El primero, la subordinación del capital productivo al especulativo. La segunda, la promoción del sistema bancario como eje de las economías. La tercera, la baja tasa de crecimiento económico, con economías regularmente estancadas o en estancamiento, como reflejo de la hegemonía de un capital que vive del endeudamiento de Estados, de empresas y de personas.

Otra de sus consecuencias es la apropiación del poder de tomar decisiones que coordinan las economías por parte del capital financiero, desde bancos centrales independientes o desde afuera de los gobiernos, vaciando el poder de decisión de los gobiernos sobre los temas económicos.

Esa tendencia, que se venía dibujando a lo largo del tiempo, se consolida en la globalización y tiene su auge en los gobiernos neoliberales, aunque su carácter estructural hace que actúen también en los gobiernos antineoliberales, que tienen en ese elemento un límite para su accionar.

La hegemonía del capital financiero, como elemento de estancamiento económico, impone la recesión como tendencia predominante. Tasas de interés altas son uno de los factores que presionan en esa dirección, frenando la capacidad de recuperación del crecimiento de las economías. Por ello vivimos, desde hace ya algunas décadas, en un ciclo largo recesivo del capitalismo a escala mundial, que no tiene fecha para terminar, como se ve en el prolongamiento indefinido de la recesión en Europa.

Ese factor transforma las estructuras mismas de poder en la sociedad, expropiando de gobiernos, como representaciones democráticas de la voluntad mayoritaria del pueblo, el poder de decidir sobre los rumbos de la economía. También por el hecho de que se trata de una tendencia global, que pesa desde afuera sobre los gobiernos nacionales de forma dura. Esa es una de las tendencias estructurales que producen la crisis de las democracias, sea en Estados Unidos, en América Latina, en Europa, en Asia y en África.

Otro elemento que se está expidiendo de forma vertiginosa en el mundo es la judicialización de la política. Conforme los gobiernos neoliberales pierden apoyo popular y tienden a perder elecciones, la derecha busca nuevas estrategias para oponerse a los gobiernos populares y a sus líderes, que defienden programas superadores del neoliberalismo.

Los casos de Argentina y de Brasil son muy evidentes. Se trata de intentar descalificar a los gobiernos antineoliberales y a sus líderes, con acusación de corrupción, desviando el debate sobre las grandes alternativas para los países –de que la referencia al neoliberalismo es central– para intentar sacar de la disputa política líderes que representan a ese modelo. Las acciones son muy similares. Los medios y el Judiciario se unen para descalificar públicamente a líderes populares en base a sospechas, forjando rechazos públicos y desplazando la agenda central de los proyectos para el país hacia el tema de la corrupción.

Esas formas de acción son tematizadas en las obras de Giorgio Agamben, sobre los estados de excepción, y de John Comaroff sobre el lawfare. La financiarización produce más concentración de renta, desigualdad y exclusión social. La judicialización promueve el descrédito en los sistemas políticos democráticos. En su conjugación, se producen las crisis de los sistemas políticos como han existido hasta aquí. Se abre así un periodo marcado por la crisis de la democracia.

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Del proteccionismo al proteccionismo

Ven, 05/05/2017 - 01:38
Juan Francisco Martín Seco, Contrapunto

En días pasados con ocasión de las Jornadas de primavera del FMI se reunieron en Washington los ministros de Economía y los presidentes de los Bancos Centrales del G-20. Sobre estos foros sobrevolaron como pájaros de mal agüero el Brexit y la posible aplicación de las fanfarronadas que Trump lanzó en la campaña electoral y que continúa manteniendo en la actualidad. Ambos factores se inscriben dentro de lo que el FMI y el discurso hasta ahora oficialmente hegemónico en la escena internacional consideran graves amenazas a la marcha futura de la economía mundial.

Así y todo, el FMI en sus previsiones de primavera ha elevado la tasa de crecimiento mundial previsto y ha concedido al Reino Unido el privilegio de ser el país entre los desarrollados cuyas previsiones de crecimiento para 2017 se han revisado más al alza -0,5 puntos-, con lo que, al menos implícitamente, se desmiente que el efecto del Brexit vaya a ser tan catastrófico para su economía como se pensaba, al menos en 2017. El Fondo considera que el efecto se trasladará a 2018 y siguientes. Puede ser, sin embargo, que según se vayan acercando esos años se reconozca que todo ha sido un espejismo y que tampoco en ellos el resultado acabe siendo tan negativo.

Respecto al nuevo Gobierno estadounidense, el G-20 no sabe a qué carta quedarse. La mayoría de los participantes piensan que hoy por hoy las amenazas de Trump han quedado solo en palabras y confían en que no aplique su programa electoral, al menos en todo lo que hace referencia a las restricciones a los mercados. El ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, que ejerció de anfitrión, puesto que Alemania ostenta la Presidencia rotatoria, quiso transmitir un mensaje de tranquilidad y manifestó su confianza en que primará el entendimiento y en que no habrá confrontación en materia de comercio con EE.UU. en la próxima cumbre que se celebrará este verano. Nadie quiere creerse -y menos que nadie Alemania, la gran beneficiaria de la situación actual- que Trump vaya a cumplir sus promesas de la campaña electoral, pero lo cierto es que la condena al proteccionismo desapareció del comunicado final en la pasada cumbre por la oposición de EEUU.

En ese intento por desembarazarse de estos fantasmas son muchos los que quieren ver una diferencia entre el comercio justo que proclama todos los días Trump y las políticas proteccionistas. La misma Christine Lagarde en una entrevista concedida a varios medios se afianzaba en esta idea: "Cuando EE. UU. Pide comercio justo algunos traducen automáticamente: ¡Oh, riesgo de proteccionismo! Pero la idea de un comercio libre, justo y global, va en la buena dirección. En las reuniones de primavera del FMI hay que sentarse y discutir qué es comercio justo". Lo cierto es que Trump parece que tiene muy claro, si no lo que es, sí lo que no es. Arremete fuertemente contra Alemania y China por el ingente superávit en la balanza de pagos por cuenta corriente que ambos países mantienen, en especial Alemania, y considera insostenible esa situación, además de perniciosa para los intereses de EEUU y de sus ciudadanos.

En este asunto a Trump no le falta razón. El 17 de noviembre del año pasado mantenía yo en este diario digital que todos somos proteccionistas, ya que hay muchas formas de serlo. El proteccionismo no se reduce exclusivamente a establecer contingentes y aranceles. Las contiendas comerciales pueden adquirir también la forma de una guerra de divisas. El actual presidente de EE. UU. acusa a China y a Alemania de obtener beneficios al mantener un yuan y un euro artificialmente devaluados frente al dólar. La primera, por el especial control de la economía que ejerce el gobierno de Pekín, y la segunda, por ser también la moneda de todos los componentes de la Eurozona, lo que origina que para la economía alemana el tipo de cambio esté infravalorado, mientras que permanece sobrevalorado para casi todos los demás miembros.

Pero existe otro tipo de proteccionismo mucho más sibilino pero que practican casi todos los países, el de obtener competitividad frente al exterior no mediante el incremento de la productividad, sino por el abaratamiento de los costes sociales, laborales y fiscales (una especie de devaluación interior), lo que incrementa la desigualdad. No es extraño por lo tanto que los que se sienten perjudicados aboguen por otro tipo de proteccionismo que no recaiga sobre sus espaldas. Los mandatarios internacionales empiezan a vislumbrar el problema. Aunque parezca paradójico, el FMI lo viene insinuando desde hace ya tiempo, colocando la desigualdad social como el mayor peligro de cara a la globalización y a los mercados internacionales.

Schäuble destacó en la reunión del G-20 la necesidad de defender lo que denominó un nuevo crecimiento "inclusivo", que no excluya a amplias capas de población de las ventajas resultantes del crecimiento económico y que espante, por consiguiente, el fantasma de las guerras comerciales. "Mucha gente siente que no se beneficia del crecimiento y la globalización, tenemos que encararlo. De lo contrario, veremos más proteccionismo", afirmó. Este proteccionismo, añadió, "sería nefasto para la economía mundial". Se le olvidó decir que especialmente para Alemania.

La incongruencia, sin embargo, se manifiesta en que los mandatarios no renuncian a la política que causa la desigualdad y en que parecen esperar que se reduzca de manera espontánea y sin corregir ninguna de las medidas que la han ocasionado. Alemania y otros países del norte de Europa no están dispuestos a enmendar su superávit exterior, que tanto daña a otros países de la Eurozona y que obliga en cierta medida a sus gobiernos a instrumentar políticas muy duras para sus ciudadanos, en particular para las clases bajas. El FMI, que lleva tiempo denunciando el peligro que para la economía mundial puede representar el incremento de la desigualdad, continúa aconsejando la misma política y las mismas medidas que la causan.

La propia Christine Lagarde en la entrevista citada, tras alabar al Gobierno español por la política realizada y las reformas acometidas, amén de ponderar los esfuerzos que han hecho los españoles, plantea, con la excusa de la dualidad del mercado de trabajo, la necesidad de una nueva reforma laboral que, por supuesto, significaría una nueva vuelta de tuerca en contra de los derechos de los trabajadores.

Nuestro país, ciertamente, presenta en la actualidad una tasa de crecimiento, junto con EE. UU. y Gran Bretaña, de las más altas de los países desarrollados, y ha cerrado 2016 con un superávit de la balanza de pagos por cuenta corriente del 2%, dato en extremo importante si queremos ir amortizando la deuda externa. Pero todo ello se ha debido, aparte de a factores externos como el abaratamiento del petróleo, al profundo sacrificio de una buena parte de la población. Sangre, sudor y lágrimas. En el futuro es totalmente improbable que se produzcan los mismos factores exteriores, más bien su evolución será la contraria; ni tampoco los ciudadanos estarán dispuestos a someterse al mismo grado de padecimientos; Es lógico que reclamen otro tipo de proteccionismo del cual no sean ellos las víctimas.

Se quiera o no, un cierto proteccionismo, por mucho que hoy su solo nombre haga temblar al pensamiento económico oficial, se irá imponiendo. Una porción importante de la población de los países desarrollados concibe ya la globalización como una carga de la que hay que huir. En las elecciones presidenciales francesas celebradas el pasado fin de semana, más del 40% de los franceses votaron a formaciones que, aunque mantienen posiciones antagónicas en otros temas, coinciden en rechazar la globalización y la UE. Ante esta perspectiva, son muchas las voces que comienzan a proclamar que si se quiere controlar la situación, los beneficios deben repartirse. En realidad es un brindis al sol. Empresa imposible. Al margen de las buenas intenciones, en la propia esencia de la globalización y de la libertad absoluta de los mercados se encuentra incrementar la desigualdad. No puede ser otro el resultado cuando el poder político democrático abdica de sus competencias y concede la supremacía a los mercados.

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Armas nucleares en Corea del Norte

Mér, 03/05/2017 - 19:16

Alejandro Nadal, La Jornada

La amenaza de una confrontación militar en Corea se acompaña de un relato tan simple como engañoso. La narrativa más difundida es que un malintencionado régimen dictatorial en Pyongyang está decidido desde hace décadas a obtener armas nucleares. Los medios internacionales se han encargado de difundir y desarrollar las noticias sobre la irresponsabilidad de Corea del Norte. Como siempre, la historia que lleva a la crisis actual es más compleja.

Es cierto que el régimen de Pyongyang ha mantenido una postura militar belicosa como elemento de disuasión y su brazo castrense ha sido un elemento clave para perpetuar el régimen. En la actualidad tiene un poderoso ejército convencional y un programa de armamentos nucleares que incluye esfuerzos para miniaturizar bombas y el desarrollo de misiles de alcance intermedio. Éstos últimos componentes son el principal foco de atención de la administración Trump, quien vocifera con estridencia que la imprudencia de Pyongyang sólo puede detenerse con muestras de firmeza.

Sin embargo, la experiencia muestra que el proyecto nuclear de Corea del Norte pudo frenarse mediante esfuerzos diplomáticos. También enseña que los seguidores de la línea dura en Washington han entorpecido las posibilidades de un acercamiento y la normalización de relaciones.

En 1994 la administración Clinton firmó un Acuerdo marco con Pyongyang con el que Corea del Norte congelaría su incipiente proyecto nuclear a cambio de concesiones diplomáticas y económicas por parte de Estados Unidos. En particular, el acuerdo establecía que la planta nuclear de Yongbyon se cerraría y quedaría sujeta a inspecciones internacionales. Hoy se estima que sin ese acuerdo Corea del Norte tendría más de un centenar de bombas nucleares.

La implementación del acuerdo avanzó muy lentamente, pero en 2000 una delegación de Pyongyang visitó Washington y los dos países emitieron un comunicado conjunto en el que se comprometían recíprocamente a no mantener intenciones hostiles. Ese mismo año Clinton envió en visita oficial a Pyongyang a su secretaria de Estado, Madeleine Albright. Se estaba planeando una histórica visita del presidente estadounidense a Corea del Norte.

Las cosas cambiaron con la llegada de George W. Bush a Washington. La declaración sobre intenciones hostiles no fue confirmada y el Acuerdo marco fue relegado a un segundo plano. En 2002 Bush incluyó a Corea del Norte en la lista de países que formaban el eje del mal (junto con Irak e Irán). Además, Washington canceló el Acuerdo marco argumentando que Pyongyang continuaba embarcado en un programa para dotarse de armas nucleares.

La guerra en Irak y la doctrina de cambio de régimen que Bolton, Cheney y Rumsfeld promovieron convenció a los norcoreanos sobre el camino a seguir. Bolton sentenció que Pyongyang debería sacar las lecciones apropiadas de la guerra en Irak. Y, en efecto, la jerarquía norcoreana le hizo caso: la aceleración del programa nuclear sería el pilar de una política de disuasión.

En 2004 la diplomacia china convenció a Estados Unidos, Japón, Rusia y las dos Coreas para iniciar negociaciones entre las seis partes. En septiembre 2005 se llegó a un acuerdo, pero ese mismo mes el Departamento del Tesoro anunció que un banco en Macao, el Banco Delta Asia, era culpable de operaciones de lavado de dinero y lo castigó con fuertes sanciones financieras. Ese banco tenía numerosas cuentas del régimen norcoreano y la irritación en Pyongyang llevó a terminar las pláticas entre los seis y proponer negociaciones para resolver la cuestión del Banco Delta Asia. Washington rechazó la propuesta y pidió a otros países intensificar las sanciones contra Pyongyang. En 2006 Corea del Norte llevó a cabo su primera prueba nuclear.

China trató de revivir las pláticas de los seis en 2007, para llegar a un nuevo acuerdo. Sin embargo, los halcones en Washington exigieron un severo régimen de inspecciones que Pyongyang rechazó. Hoy Corea del Norte considera que sus armas nucleares no son negociables y las ha elevado a rango constitucional. Quizás el proceso nuclear en Corea del Norte hubiera tomado otro derrotero si la vía diplomática se hubiera consolidado.

Trump señaló recientemente que estaría dispuesto a reunirse con Kim Jong-un, el líder norcoreano. Es posible que la táctica del presidente estadounidense incluya hoy una especie de apertura para medir la reacción de su adversario. Pero las condiciones para tal encuentro incluyen la aceptación por parte de Pyongyang de desmantelar su programa nuclear. Esa es una condición inaceptable para Corea del Norte.

Es recomendable no olvidar que durante la guerra de Corea el bombardeo de Corea del Norte llegó a extremos inauditos. Más de 635 mil toneladas de bombas fueron lanzadas sobre su territorio (en comparación con las 503 mil toneladas usadas por Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial en todo el teatro del Pacífico). La propia fuerza aérea estadounidense reconoce que la destrucción al norte del paralelo 38 fue peor que la de Japón al terminar 1945. Nadie en Corea del Norte ha olvidado ese bombardeo.

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La era de la ingobernabilidad en América Latina

Dom, 30/04/2017 - 12:42
Raúl Zibechi, La Jornada

La desarticulación geopolítica global se traduce en nuestro continente latinoamericano en una creciente ingobernabilidad que afecta a los gobiernos de todas las corrientes políticas. No existen fuerzas capaces de poner orden en cada país, ni a escala regional ni global, algo que afecta desde las Naciones Unidas hasta los gobiernos de los países más estables.

Uno de los problemas que se observan sobre todo en los medios, es que cuando fallan los análisis al uso se apela a simplificaciones del estilo: Trump está loco, o conjeturas similares, o se lo tacha de fascista (que no es una simple conjetura). Apenas adjetivos que eluden análisis de fondo. Bien sabemos que la locura de Hitler nunca existió y que representaba los intereses de las grandes corporaciones alemanas, ultra racionales en su afán de dominar los mercados globales.

Del lado del pensamiento crítico sucede algo similar. Todos los problemas que afrontan los gobiernos progresistas son culpa del imperialismo, las derechas, la OEA y los medios. No hay voluntad para asumir los problemas creados por ellos mismos, ni la menor mención a la corrupción que ha alcanzado niveles escandalosos.

Pero el dato central del periodo es la ingobernabilidad. Lo que viene sucediendo en Argentina (la resistencia tozuda de los sectores populares a las políticas de robo y despojo del gobierno de Mauricio Macri) es una muestra de que las derechas no consiguen paz social, ni la tendrán por lo menos en el corto/mediano plazos.

Los trabajadores argentinos tienen una larga y rica experiencia de más de un siglo de resistencia a los poderosos, de modo que saben cómo desgastarlos, hasta derribarlos por las más diversas vías: desde insurrecciones como la del 17 de octubre de 1945 y la del 19 y 20 de diciembre de 2001, hasta levantamientos armados como el Cordobazo y varias decenas de motines populares.

En Brasil la derecha pilotada por Michel Temer tiene enormes dificultades para imponer las reformas del sistema de pensiones y laboral, no sólo por la resistencia sindical y popular sino por el quiebre interno que sufre el sistema político. La deslegitimación de las instituciones es quizá la más alta que se recuerda en la historia.

El economista Carlos Lessa, presidente del BNDES con el primer gobierno de Lula, señala que Brasil ya no puede mirarse al espejo y reconocerse como lo que es, perdido el horizonte en el marasmo de la globalización (goo.gl/owd24y). El aserto de este destacado pensador brasileño puede aplicarse a los demás países de le región, que no pueden sino naufragar cuando las tormentas sistémicas acechan. En los hechos, Brasil atraviesa una fase de descomposición de la clase política tradicional, algo que pocos parecen estar comprendiendo. Lava Jato es un tsunami que no dejará nada en su sitio.

El panorama que ofrece Venezuela es idéntico, aunque los actores ensayen discursos opuestos. De paso, decir que atender a los discursos en plena descomposición sistémica tiene escasa utilidad, ya que sólo buscan eludir responsabilidades.

Decir que la ingobernabilidad venezolana se debe sólo a la desestabilización de la derecha y el imperio, es olvidarse que en la prolongada erosión del proceso bolivariano participan también los sectores populares, mediante prácticas a escala micro que desorganizan la producción y la vida cotidiana. ¿O acaso alguien puede ignorar que el bachaqueo (contrabando hormiga) es una práctica extendida entre los sectores populares, incluso entre los que se dicen chavistas?

El sociólogo Emiliano Terán Mantovani lo dice sin vueltas: caos, corrupción, desgarro del tejido social y fragmentación del pueblo, potenciados por la crisis terminal del rentismo petrolero (goo.gl/DW8wkQ). Cuando predomina la cultura política del individualismo más feroz, es imposible conducir ningún proceso de cambios hacia algún destino medianamente positivo.

En suma, el panorama que presenta la región –aunque menciono tres países el análisis puede, con matices, extenderse al resto– es de creciente ingobernabilidad, más allá del signo de los gobiernos, con fuertes tendencias hacia el caos, expansión de la corrupción y dificultades extremas para encontrar salidas.

Tres razones de fondo están en la base de esta situación crítica.

La primera es la creciente potencia, organización y movilización de los de abajo, de los pueblos indios y negros, de los sectores populares urbanos y los campesinos, de los jóvenes y las mujeres. Ni el genocidio mexicano contra los de abajo ha conseguido paralizar al campo popular, aunque es innegable que afronta serias dificultades para seguir organizando y creando mundos nuevos.

La segunda es la aceleración de la crisis sistémica global y la desarticulación geopolítica, que pegó un salto adelante con el Brexit, la elección de Donald Trump, la persistencia de la alianza Rusia-China para frenar a Estados Unidos y la evaporación de la Unión Europea que deambula sin rumbo. Los conflictos se expanden sin cesar hasta bordear la guerra nuclear, sin que nadie pueda imponer cierto orden (aún injusto como el orden de posguerra desde 1945).

La tercera consiste en la incapacidad de las élites regionales de encontrar alguna salida de largo aliento, como fue el proceso de sustitución de importaciones, la edificación de un mínimo estado del bienestar capaz de integrar a algunos sectores de los trabajadores y cierta soberanía nacional. Sobre este trípode se estableció la alianza entre empresarios, trabajadores y Estado que pudo proyectar, durante algunas décadas, un proyecto nacional creíble aunque poco consistente.

La combinación de estos tres aspectos representa la tormenta perfecta en el sistema-mundo y en cada rincón de nuestro continente. Los de arriba, como dijo días atrás el subcomandante insurgente Moisés, quieren convertir el mundo en una finca amurallada. Probablemente, porque nos hemos vuelto ingobernables. Tenemos que organizarnos en esas difíciles condiciones. No para cambiar de finquero, por cierto.

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Tres meses de Donald Trump: más de lo mismo

Dom, 30/04/2017 - 00:43
Marcelo Colussi, HispanTV

Ya pasaron más de tres meses de la asunción de Donald Trump como presidente de la primera potencia capitalista del mundo: Estados Unidos de América.

Nada ha cambiado. Si alguien había pensado que algo podía cambiar con su llegada a la Casa Blanca, se equivocaba de cabo a rabo. ¿Por qué habría de cambiar?

En todo caso, el discurso que levantó el magnate durante su campaña presidencial pudo hacer pensar –equivocadamente, por supuesto– en algún cambio coyuntural. Ante la actual crisis que vive la economía estadounidense, su propuesta apuntaba, al menos en la declamación, a un intento de renacimiento de la alicaída industria nacional.

Pero ahí viene el espejismo. Lo que está alicaído es el poder adquisitivo de la clase trabajadora estadounidense: sus empresas siguen prósperas, muy saludables, manejando el panorama con perspectivas de futuro. Si bien es cierto que, en términos técnico-contables, la producción bruta de China ha superado a la de Estados Unidos, el país americano sigue siendo aún el líder mundial, económica, política, tecnológica y militarmente.

De las más corpulentas empresas a nivel global, las once más grandes tienen su casa matriz en territorio estadounidense, siendo 54 de ese origen las más capitalizadas entre las primeras 100 de todo el planeta. Siguen manejando todos los dominios: petróleo (Exxon-Mobil, Chevron-Texaco), tecnologías de la comunicación (Apple, Microsoft, Google, Facebook, Hollywood), banca (Wells Fargo & Co, JMorgan Chase, Berkshire Hath-A), química (Johnson & Johnson, Procter & Gamble, Pfizer Inc.) y, por supuesto, industria militar (Lockheed Martin, Boeing, BAE Systems, Northrop Grumman, Raytheon, General Dynamics, Honeywell, Halliburton, General Motors, IBM. Todos estos capitales del complejo militar-industrial registraron ventas en 2016 por casi un billón de dólares, teniendo además incrementos desde 2010 de un 60%, por lo que para ellos, claramente, no cuenta la crisis económica).

Hay decadencia, y como ha sucedido con todo imperio en la historia, parece haber llegado ya al pico máximo de su expansión, habiendo comenzado su lento declive. Pero lejos está de ser un imperio derrotado: sigue marcando el ritmo en infinidad de aspectos. Inmediatamente después de terminada la Segunda Guerra Mundial, el país americano era la gran potencia capitalista dominadora de la escena. Única nación con poder nuclear en ese entonces, aportaba el 52% de todo el producto bruto mundial. En este momento ya no detenta el monopolio de la bomba atómica (al menos Rusia y China son sus rivales en paridad), y su aporte a la producción global ha descendido al 18%. Sin dudas, no sigue en expansión, tal como sucedió desde mediados del siglo XIX y durante todo el XX. De todos modos, aunque ya comienza a ser puesto en entredicho, su moneda: el dólar, sigue siendo en buena medida la divisa universal. Y el inglés, aún hoy, la lingua franca obligada. Hollywood, mal que nos pese, es el referente cultural del planeta, tanto como la Coca-Cola o el Mc Donald’s.

El proceso de globalización neoliberal, comenzado hacia la década de los 70 del pasado siglo, reconfiguró el mundo, y obviamente, también al sistema capitalista. La producción y la comercialización se hicieron absolutamente planetarias: una misma mercancía puede ser elaborada en cualquier parte del mundo con la misma tecnología y distribuida por todo un expandido mercado mundial. Los capitales privados aprovechan así las ventajas que le ofrecen los países más pobres, donde los salarios son más bajos y donde gozan de ciertos privilegios, como la exención impositiva, la debilidad o falta de regulaciones medioambientales y la escasa o nula organización sindical de los trabajadores. De esa forma, una empresa oriunda de un país rico y desarrollado abandona sus instalaciones allí para establecerse en alguna llamada “zona franca” del Tercer Mundo; así, abarata los costos de producción, pero no abarata el precio final del producto terminado. Y dicho producto ya no se comercializa solo de fronteras adentro en el país productor, sino en un mercado mundial. A partir de ese esquema, quien pierde es la clase trabajadora del país originario de los capitales. Los capitales no pierden sino que, por el contrario, ganan más aún.

Así considerado el mecanismo en juego, Estados Unidos se empezó a empobrecer relativamente: sus trabajadores se empobrecieron, porque en muchos casos se quedaron sin empleo. Las empresas siguen ganando monumentalmente. Ya vimos los datos de la industria militar: cada vez hay más guerras, por tanto, más armas. Y Estados Unidos provee la mitad global de esos equipos. Por tanto, no hay crisis para esas megaempresas. Digámoslo con un ejemplo: lo que fuera la meca del automóvil, la ciudad de Detroit, en el estado de Michigan, para 1960 llegó a tener tres millones de habitantes, la mayoría ocupada en la producción automotriz. Con el proceso de reubicación, esas grandes empresas estadounidenses se trasladaron a innumerables puntos del globo en los cinco continentes. La clase obrera industrial de Detroit quedó en la ruina (esa es una ciudad casi fantasma al día de hoy, con apenas 300.000 habitantes), pero las megaempresas automovilísticas del país: General Motors, Ford, Chrysler, siguieron sus negocios. ¿Quién se empobreció? La clase trabajadora.

A partir de esa situación de empobrecimiento de la masa trabajadora (los votantes), el discurso efectista de Donald Trump durante su campaña levantó expectativas. Habló –como todo candidato en campaña que vende fantasías, pirotecnia verbal– de cambiar esa situación, haciendo que la industria retirada de suelo estadounidense volviera a territorio patrio. Sin dudas, esas encendidas promesas lograron su cometido: contrario a todos los pronósticos, Trump ganó las elecciones. Pero las empresas no volvieron… ¡ni van a volver!

En muy buena medida, su “caballo de batalla” para la campaña fue una encendida xenofobia, con promesas de expulsión de tantos “hispanos que vienen a robar puestos de trabajo”. La construcción del muro (de la cuarta parte que falta, porque, de hecho, esa valla ya está construida en la frontera con México) y la deportación de miles de indocumentados latinoamericanos tiene, básicamente, un efecto propagandístico. La economía estadounidense sigue muy próspera para los capitales, pero para sus trabajadores difícilmente mejore. En realidad: no puede mejorar, porque el ciclo de crecimiento capitalista de Estados Unidos ya pasó. Ahora su consumo supera con creces a su producción, por lo que el país en su conjunto (población y Estado) viven del crédito. Son las divisas chinas y japonesas las que mantienen a flote el presupuesto federal de Washington; y son las tarjetas de crédito (con una deuda promedio de 5.000 dólares por ciudadano) las que mantienen las economías domésticas. ¿Quién se beneficia de eso? Obviamente no los tarjeta-habientes, los trabajadores, sino la banca.

Como todo discurso efectista de un candidato presidencial en campaña que vende “espejitos de colores”, también Donald Trump dijo que no se involucraría en la guerra con Siria, y que enfriaría el siempre candente conflicto con Rusia, supuesto preámbulo de una nueva guerra mundial (para el caso: nuclear, por lo tanto, posiblemente la última).

Pero a poco tiempo de su asunción, vemos cómo el complejo militar-industrial sigue decidiendo las cosas. Los 59 misiles crucero disparados sobre una base militar en Siria o la “madre de todas las bombas” arrojadas recientemente en Afganistán, lo evidencian.

Ningún presidente de Estados Unidos –como ningún presidente en ningún país capitalista en ninguna parte del planeta– es el que decide finalmente las cosas. Grandes poderes le susurran al oído (o le gritan) lo que debe hacer. Esos poderes tienen nombre y apellido concreto: son esos megacapitales que se mencionaban más arriba. Y más aún: en la gran potencia americana, desde mediados del pasado siglo esos megacapitales están constituidos por lo que se llamó el complejo industrial-militar, la principal actividad económica actual de Estados Unidos (25% de su producto bruto). George Kennan, politólogo clave de Washington durante la Guerra Fría, dijo en 1997: “Si la Unión Soviética se hundiera mañana bajo las aguas del océano, el complejo industrial-militar estadounidense tendría que seguir existiendo, sin cambios sustanciales, hasta que inventáramos algún otro adversario. Cualquier otra cosa sería un choque inaceptable para la economía estadounidense”. El día que un presidente osó querer detener la guerra de Vietnam, John Kennedy, como toda respuesta de esos “mandamases” recibió un certero balazo en la cabeza. Y la guerra de Vietnam, por supuesto, siguió adelante. Los 60.000 soldados estadounidenses caídos no se comparan con las ganancias obtenidas por ese complejo militar-industrial.

Ese adversario que debe ser inventado, por cierto, no deja de aparecer de continuo: el “terrorismo”, el “narcotráfico”, o cualquier nuevo demonio que pueda darse en el futuro (los Estados canallas, las maras, los mosquitos transmisores del dengue, como en el Acuífero Guaraní en la triple frontera argentino-paraguaya-brasileña, la “dictadura castro-comunista de Venezuela”, etc., etc.). La industria militar, que ocupa directa o indirectamente a uno de cada cuatro trabajadores estadounidenses, no se detiene.

Las fantasiosas declaraciones de Trump previo a sentarse en la Casa Blanca hablaban de una “tranquilización” en la actual no declarada –pero real y efectiva– nueva Guerra Fría (35.000 dólares por segundo gastados en armamento a nivel mundial). Las recientes operaciones militares en Siria y Afganistán muestran la realidad.

Es de esperarse que no lleguemos nunca a una nueva guerra mundial con armamento nuclear. En tal caso, solo las cucarachas podrían contar qué sigue (si es que sobrevive alguna). Los capitales que dirigen el mundo son voraces, pero no locos. Seguramente se seguirá manipulando a la opinión pública, aterrorizando a las poblaciones y mostrando imágenes apocalípticas de un probable enfrentamiento atómico, aunque nunca se lleguen a oprimir los fatídicos botones del pandemonio. Pero la necesidad de “estar preparados para la hecatombe”, según la bien aceitada industria comunicacional capitalista, hace que la máxima romana siga vigente: “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Y el complejo militar-industrial ganando millonadas.

¿Por qué Donald Trump iba a ser distinto? Quizá tiene un estilo distinto, diferente a la corrección política de sus antecesores; pero con tres meses ya quedó por demás de claro cómo son las cosas: ¡más de lo mismo! Así de simple. O de patético…

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Francia es una abstracción

Xov, 27/04/2017 - 13:45

Alejandro Nadal, La Jornada

La derecha inflexible se enfrentará a la extrema derecha en la segunda vuelta de la elección presidencial en Francia. Emanuel Macron contra Marine Le Pen. Unas de las grandes diferencias se encuentran en el terreno de la política sobre inmigración y las relaciones con la Unión Europea.

El primero es políticamente inexperto y nunca ha ocupado un cargo de elección popular. Su candidatura es más el resultado de una carambola provocada por la desintegración de los partidos políticos tradicionales que el fruto de una trayectoria de lucha política. Macron es un cuadro técnico cuyos conocimientos de economía se limitan a una carrera relámpago en la banca y la alta administración francesa. Repite sin cesar que no es ni de derecha, ni de izquierda, pero su programa neoliberal no engaña a nadie. Su héroe en el panteón de la historia de Francia es Víctor Hugo.

Para Marine Le Pen el héroe es Richelieu. Y en una entrevista de televisión dio a conocer sus razones: fue el arquitecto del Estado moderno y se opuso a que una religión se convirtiera en la prioridad por encima de Francia. Cuando el comentarista le comentó que Richelieu no había sido muy amistoso que digamos con los protestantes, Le Pen contestó: Es que quizás los protestantes tenían exigencias que iban en contra de la nación.

Armand Jean du Plessis, cardenal y duque de Richelieu, fue un poderoso estadista que ocupó los cargos de secretario de estado, primer ministro y jefe de los ejércitos bajo Luis XIII entre 1616 y 1640. Entre las hazañas que le festeja Le Pen está la consolidación del poder de la monarquía en todo el territorio francés y la construcción de los cimientos de un estado centralizador.

La referencia a los protestantes evoca uno de los aspectos más oscuros de la carrera de este personaje. En 1626 el cardenal aconseja a Luis XIII: para consolidar la monarquía es necesario someter a los protestantes y a sus enclaves políticos. Desde el Edicto de Nantes, promulgado en 1598 por Enrique IV, algunas ciudades se habían convertido en centros del protestantismo: el puerto de La Rochelle en la bahía de Vizcaya era de lejos el bastión más importante del protestantismo y recibía ayuda de Inglaterra.

Richelieu no tuvo dificultad para convencer a Luis XIII y el asedio de la ciudad comenzó a mediados de 1627. El cardenal supervisó directamente las operaciones militares y ordenó la construcción de un monumental dique que impidió el acceso del puerto a la flota inglesa. El asedio duró catorce meses y cuando la ciudad se rindió sólo había cinco mil sobrevivientes de una población de 27 mil habitantes. El horror del asedio incluyó una terrible hambruna y hasta episodios de canibalismo.

La señora Le Pen piensa que las demandas de los protestantes iban en contra de los intereses de la nación. Obviamente, si usted reemplaza ‘protestantes’ por ‘musulmanes’ podrá desentrañar el mensaje político de la que hasta hace dos días fue líder del Frente Nacional. Y es que la campaña de Marine Le Pen está basada en el racismo y en los sentimientos ultra-nacionalistas que ven en la política de inmigración un peligro mortal para Francia. Su geopolítica es simple. En el frente externo el enemigo es una Unión Europea que abre las puertas a la inmigración. En el frente interior Le Pen piensa sin duda que las demandas de los descendientes de la inmigración ponen en jaque al Estado francés.

La política de inmigración que Francia siguió desde hace tres décadas estuvo ligada a las necesidades de mano de obra barata de su economía. El crecimiento demográfico fue muy lento para las necesidades del capitalismo francés. Y hoy, lo que la señora Le Pen no puede o no quiere comprender es que la población que desciende de esas corrientes migratorias hoy forma parte de lo que llama el Estado francés.

Jean Luc Mélenchon ha evocado en varias ocasiones a Robespierre, aunque se ha cuidado en reivindicarlo como su héroe histórico. Quizás pensó que su campaña se habría visto todavía más atacada al recordar a quien la historiografía burguesa ha identificado sistemática y convenientemente como arquitecto del terror en la revolución francesa. En cambio, con Richelieu las contradicciones se acumulan. Nadie quiere recordar La Rochelle y otras masacres de protestantes. Al contrario, su papel como el agente del Estado moderno y centralizador ha sido glorificado en repetidas ocasiones. Por eso llegó a figurar en los billetes de alta denominación emitidos por el Banco de Francia allá por los años setenta. Y hasta un acorazado (construido entre 1936 y 1940) llevó el nombre del ‘ilustre’ cardenal. Bella ironía de la historia: el navío Richelieu tuvo que ser inutilizado por la flota inglesa en Dakar (7 de julio 1940) para evitar su regreso y captura por las fuerzas de Vichy.

Marx señaló en su Contribución a la crítica de la economía política que hablar de Francia es un error. Francia es una abstracción, señaló. Lo que existen son obreros, campesinos, artesanos, banqueros y funcionarios de gobierno. Tenía razón. Pero hay que poner atención a los símbolos cuando los políticos buscan apoyo en sus ilustres antecesores.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Cumbre del FMI refleja proximidad a una guerra comercial a nivel global

Xov, 27/04/2017 - 02:25
Nick Beams, wsws.org

En otro paso hacia el estallido de una guerra comercial a nivel global, el Fondo Monetario Internacional se convirtió este fin de semana en la segunda organización económica global en descartar su compromiso a “resistirse a todas las formas de proteccionismo”.

Ante el trasfondo de la decisión en marzo de los ministros de finanzas del G20 de retirar dicha promesa de su comunicado, el FMI adoptó el mismo curso de acción en sus Reuniones de Primavera en Washington. En ambos casos, abandonaron su postura oficial de “libre comercio” debido a la presión del gobierno de Trump, en consonancia con el programa de “EEUU ante todo” de la Casa Blanca.

Cambiando su tradicional postura, la declaración emitida por el Comité Monetario y Financiero Internacional de la institución (CMFI) ahora procura “promover la igualdad de condiciones en el comercio internacional”.

El actual presidente del CMFI, Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, buscó restarle importancia a la decisión, sugiriendo que la redacción previa fue sacada porque “el uso de la palabra proteccionismo es muy ambiguo”.

En realidad, la omisión del rechazo al proteccionismo es una inconfundible expresión del aumento en las tensiones comerciales, impulsadas sobre todo por la administración de Trump.

Estos conflictos no pudieron mantenerse bajo la superficie. En su declaración ante el CMFI, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, dijo que Alemania “se compromete a mantener la economía mundial abierta, resistirse al proteccionismo y mantener en marcha toda cooperación económica y financiera global”.

Esta declaración se contrapuso a la del secretario del Tesoro estadounidense, Steven Mnuchin, quien dijo que EEUU “promovería una expansión del comercio con aquellos socios comprometidos a una competencia basada en el mercado, mientras nos defendemos más rigurosamente ante prácticas comerciales desleales”.

Su intervención iba dirigida en particular a los dos países con el mayor superávit comercial con EEUU —China y Alemania—. Washington no reconoce a la economía china como de mercado, mientras que miembros del gabinete de Trump han acusado a Alemania de aprovechar ventajas injustas ya que el valor del euro es menor a lo que valdría su antigua moneda, el marco alemán.

Sin nombrar directamente a Alemania, la cual registró un excedente comercial récord el año pasado, Mnuchin dijo que “los países con grandes superávits externos y finanzas públicas firmes tienen una responsabilidad particular de contribuir a una economía mundial más robusta”.

La decisión del FMI de doblegarse ante la presión de EEUU tuvo lugar pocos días después de que el gobierno de Trump anunciara la intención de imponer extensas restricciones a las importaciones de acero que tendrían consecuencias de gran alcance para el mercado global de este producto.

Invocando una ley empolvada de 1962, Trump firmó una orden ejecutiva para investigar el impacto de las importaciones de acero en la seguridad nacional del país. Tras aclamar que el decreto marca “un día histórico para EEUU”, indicó que el acero es “fundamental para ambas, nuestra economía y las fuerzas militares”, y que no se trata de “un ámbito en el que podemos permitirnos depender de países extranjeros”.

Dicho enfoque en la “seguridad nacional” constata la clara agenda militarista del nuevo gobierno. Sin embargo, esta legislación es parte de una estrategia más amplia que fue detallada ante el Congreso por el secretario de Comercio, Wilbur Ross, y el titular del Consejo Nacional de Comercio creado por Trump, Peter Navarro.

El objetivo es utilizar leyes ya establecidas en EEUU para eludir las reglas de la Organización Mundial del Comercio, permitiéndole así imponer medidas proteccionistas con impunidad. Cabe notar que, en su informe, Ross y Navarro invocan la infame Ley Smoot-Hawley de 1930, considerada ampliamente como la responsable de desencadenar los conflictos comerciales de los años treinta que contribuyeron al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Comentando sobre esta última iniciativa de Trump en el diario Financial Times, Chad Brown, investigador del Instituto Peterson y un exconsejero del presidente Obama, dijo que recurrir a cuestiones de “seguridad nacional” para justificar restricciones a las importaciones de acero equivale a una “opción nuclear” en el comercio.

“Esta es otra evidencia más de la tendencia preocupante que Trump parece estar rebuscando cada rincón e investigando cada herramienta disponible bajo las leyes estadounidenses para detener el comercio”, dijo.

En los últimos años, EEUU ha impuesto 152 casos de antidumping contra el acero y 25 otros casos contra tubos de acero. Esta última iniciativa representa una escalada importante. Según el secretario de Comercio, el sistema actual es muy “poroso” y sólo permite quejas muy limitadas contra países determinados, que pueden evadir las regulaciones fácilmente.

Las nuevas medidas pretenden lograr una “solución más completa en una amplia gama de productos de acero y de países,” que podría “posiblemente llevar a una recomendación para medidas en todas las importaciones de acero”.

Esto generaría caos en los mercados internacionales ya que los exportadores de acero buscarían verter sus productos en otros mercados, resultando en acusaciones de dumping y la imposición de mayores aranceles y otras barreras —en efecto, una guerra comercial a gran escala—.

Dos fuerzas fundamentales están detrás de las acciones del gobierno estadounidense. En primer lugar, el constante declive económico de EEUU, que intenta superar por medios políticos y militares, se ha acelerado a raíz de la crisis financiera del 2008, la posterior reducción en el crecimiento económico mundial y la contracción de los mercados mundiales.

En segundo lugar, el gobierno de Trump busca contener y encauzar las crecientes tensiones sociales causadas por los bajos salarios y las cada vez más profundas dificultades económicas a lo largo de posturas económicas nacionalistas y reaccionarias. En este sentido, Trump cuenta con el pleno respaldo de la burocracia sindical, cuyos principales líderes literalmente posaron con Trump mientras firmaba su decreto sobre el acero. Al mismo tiempo, los nacionalistas económicos del Partido Demócrata también le han dado su apoyo, más prominentemente por el autodenominado “socialista”, Bernie Sanders.

La lógica inherente y objetiva de estos procesos es la de una guerra económica y militar, a la que los políticos capitalistas no pueden ofrecer ninguna alternativa progresista, como lo demostró la impotencia del FMI ante lo que ha reconocido históricamente como el gran peligro del proteccionismo. Esto se debe al hecho que el auge en marcha del nacionalismo económico y el proteccionismo está arraigado en el sistema socioeconómico de lucro privado y la división del mundo en Estados-nación rivales.

Hace cien años, el mundo estaba sumido en la carnicería de la Primera Guerra Mundial. Esta no fue “la guerra para acabar con todas las guerras”, sino el comienzo de una lucha de más de tres décadas para definir cuál potencia imperialista alcanzaría la hegemonía global. Después de decenas de millones de muertes y horrores incalculables, incluyendo el Holocausto y el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón, EEUU emergió con el papel dominante.

En la actualidad, el mundo se está enfrentando a las consecuencias aun más explosivas del declive económico de Estados Unidos.

Pero este año también marca el centenario del evento más importante del siglo XX, la Revolución Rusa y la toma del poder por parte de la clase obrera, liderada por Lenin, Trotsky y el Partido Bolchevique con base en el programa de la revolución socialista mundial. Esta debe ser la perspectiva que guie a la clase obrera internacional hacia adelante en las luchas que enfrenta ahora directamente.

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Mientras más loco Trump, más en serio lo toma el mundo

Lun, 24/04/2017 - 07:00

Robert Fisk, La Jornada

Mientras más peligroso se vuelve el chiflado presidente estadounidense, más sano cree el mundo que está. Basta con mirar la mitad inicial de sus primeros 100 días en el cargo: los frenéticos tuits, las mentiras, las fantasías y valoración de sí mismo de este líder misógino del mundo occidental nos tenían pasmados a todos. Pero en el momento en que se lanzó a la guerra en Yemen, disparó misiles a Siria y bombardeó Afganistán, hasta los medios estadounidenses a los que Trump había condenado con tanta ferocidad comenzaron a tratarlo con respeto. Y lo mismo hizo el resto del planeta.

Una cosa es tener en la Casa Blanca a un lunático que ve la televisión de madrugada y tuitea todo el día. Pero ahora resulta que cuando ese lunático va a la guerra se vuelve una mejor apuesta para la democracia, un presidente fuerte que enfrenta a los tiranos (a menos que sean sauditas, turcos o egipcios) y que actúa por emoción humana y no por cinismo.

¿De qué otro modo puede uno explicarse la extraordinaria nota en el New York Times que relataba cómo la angustia de Trump ante las imágenes de la muerte de bebés sirios lo impulsó a abandonar el aislacionismo?

A los estadounidenses les encanta la acción, pero típicamente han confundido el infantilismo guerrerista de Trump con una toma madura de decisiones. ¿Qué otra cosa se puede pensar cuando un columnista normalmente sano como David Ignatius compara de pronto a Trump con Harry Truman y elogia la flexibilidad y pragmatismo de su demencial presidente?

Es ridículo. Un orate que fanfarronea por cualquier cosa que no le gusta en CNN está sencillamente loco de remate. Un hombre de mente enferma que ataca a tres países musulmanes –dos de los cuales estaban incluidos en su veto a refugiados de siete naciones– es un peligro para el mundo. Y sin embargo, en el momento en que dispara 59 misiles a Siria después de que más de 60 civiles perecen en un aparente ataque químico del cual culpa a Assad –pero ninguno después de que muchos más son masacrados por un atacante suicida sirio–, hasta Angela Merkel pierde el seso y alaba a Trump, junto con la matrona de Downing Street, la signora Mogherini y diversos potentados más. ¿Acaso nadie se ha dado cuenta de que ahora Trump está llevando a Estados Unidos a una guerra a balazos?

Dar más poder al Pentágono –virtualmente el acto más peligroso de cualquier presidente estadounidense– significa que el secretario de la Defensa, James Perro Rabioso Mattis, anima ahora a los sauditas cercenadores de cabezas a bombardear Yemen –añadiendo aún más activos estadounidenses de inteligencia a esa empresa criminal– y da vuelo a la idea engañosa de los árabes del Golfo de que Irán desea conquistar el mundo árabe. Adonde quiera que miren, dijo Mattis a sus anfitriones sauditas este mes, si hay disturbios en la región, encuentran a Irán.

¿Eso es entonces lo que ocurre en Egipto, hoy bajo ataque del Isis mientras su presidente desaparece a miles de sus propios ciudadanos? ¿Es así en Turquía, cuyo aún más demencial presidente ha encerrado a decenas de miles de sus compatriotas mientras se convierte en dictador por ley?

Echemos un vistazo a la reacción de Trump al tramposo referendo de Recep Tayyip Erdogan, que le ha dado el poder de un califa sobre Turquía. Un recuento de las cifras más recientes de Turquía, hecho por el periódico francés Liberation, muestra que ha habido 47 mil arrestos desde el golpe fallido del año pasado; se han revocado 140 mil pasaportes, 120 mil hombres y mujeres han sido despedidos de su empleo (entre ellos 8 mil oficiales militares, 5 mil académicos, 4 mil jueces y abogados, 65 alcaldes y 2 mil periodistas). Mil 200 escuelas y 15 universidades han sido cerradas, junto con 170 periódicos, televisoras y radiodifusoras.

Y después del referendo que dio a Erdogan una estrecha (y muy dudosa) mayoría para legitimar estas atrocidades, Trump telefoneó al presidente turco para felicitarlo por su victoria. Así como sigue felicitando al mandatario egipcio Abdul Fattah al-Sisi por su batalla contra el terror, guerra en la cual Al Sisi –quien llegó al poder mediante un golpe de Estado contra el primer presidente electo de su país– parece estar perdiendo. Al Sisi, dijo Trump con entusiasmo, será alguien muy cercano a él.

Todos sabemos que el ataque de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos a Yemen, en el cual pereció Wiliam Owens, de los Seals, mató a más civiles que miembros de Al Qaeda. No sabemos (o, sospecho, no nos importa) mucho de lo que hizo la madre de todas las bombas en la provincia afgana de Nangahar. Primero dio muerte a 60 combatientes del Isis. Luego fueron 100 combatientes del Isis y ningún civil… sin duda algo que jamás había ocurrido en la historia militar estadunidense. Pero luego, extrañamente, no se ha permitido a nadie ir al sitio de la explosión de la monstruosa bomba. ¿Sería porque sí hubo víctimas civiles? ¿O porque –y esto es un hecho– los sobrevivientes del Isis continuaron combatiendo a las tropas de tierra estadunidenses después del estallido?

Ahora Trump envía un grupo de batalla naval a amenazar a Corea del Norte, ella misma consumada maestra en amenazas infantiles. ¡Cielos! ¿Y este es un hombre que es ahora flexible y pragmático? Es instructivo notar que después de su primera edición, el New York Times cambió su encabezado sobre la angustia de Trump por Siria por "Trump vira drásticamente su política exterior", concediéndole una política exterior (inexistente) pero quitando la angustia. Me cuentan que el encabezado original de la primera edición decía: En el ataque a Siria, el corazón de Trump pesó primero. Interesante. Si en verdad fue así, se puede ver cómo el NYT cayó poco a poco en cuenta –muy poco a poco– de que había empezado a enamorarse de su bravucón presidente.

Ahora todos esperamos la batalla por Corea, olvidando esa guerra anterior que ahogó en sangre la península: sangre estadounidense y británica, al igual que coreana y china. Tal vez Trump, en su estilo vago y aterrador, ha decidido que el sudeste de Asia será su verdadero frente. Y ahí, desde luego, la comparación con Truman se acerca mucho más a la realidad. Porque Truman llegó apenas al final de la Segunda Guerra Mundial, después de la muerte de Roosevelt, y su logro culminante en el conflicto fue también en el sudeste de Asia: las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

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Emmanuel Macron y Marine Le Pen disputarán la presidencia de Francia

Dom, 23/04/2017 - 19:01

El centrista proeuropeo Emmanuel Macron y la ultraderechista Marine Le Pen encabezan la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, que contó con una alta participación pese a la amenaza terrorista, según las primeras estimaciones difundidas este domingo. Macron ganó con un 23.7 por ciento de los votos, seguido por Le Pen con un 21.7 por ciento, según una estimación de Ipsos/Sopra Steria.

La encuestadora Harris Interactive, en tanto, proyectó que Macron obtuvo el 23 por ciento de los votos y Le Pen un 22 por ciento, mientras que una estimación del Ifop situó a Macron con un 23.8 por ciento y a Le Pen con un 21.6 por ciento. De confirmarse, este resultado es un revés para los partidos tradicionales que se han alternado en el poder durante décadas: el socialista del presidente saliente François Hollande y los conservadores liderados por François Fillon.

A sus 39 años, al frente de un nuevo partido, ¡En Marcha!, Macron ha ganado una apuesta que muchos daban por perdida hasta el comienzo de 2017, cuando empezó a despuntar en las encuestas. Macron dijo que "hoy cerramos claramente una página de la vida política francesa". "Los franceses han expresado su deseo de renovación", declaró el exministro de Economía de François Hollande, que con 39 años podría convertirse en el presidente más joven de la historia de Francia.

Marine Le Pen, de 48 años, tampoco se ha quedado atrás y ha repetido la hazaña de su padre 15 años después, capitalizando el hartazgo de los franceses con el sistema. Le Pen celebró un "resultado histórico". "Hemos superado una etapa", declaró la líder del Frente Nacional (FN), urgiendo a los franceses a "aprovechar esta oportunidad única" para "liberar al pueblo francés".

Cualquiera de los dos haría historia: Macron como el presidente más joven de Francia y ella como la primera mujer en la jefatura del Estado. Macron, exministro de Economía de Hollande, ha hecho campaña con un programa abiertamente europeísta y liberal. Si se impusiera Marine Le Pen se avecinaría en cambio una época de gran incertidumbre para la UE debido a su defensa de la salida del euro, que podría propinar un golpe fatal a un bloque ya debilitado por el Brexit.

La ultraderechista se benefició de la misma ola populista que propulsó la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, con un programa centrado en el "patriotismo" y la "preferencia nacional". El pase a la segunda vuelta de estos dos candidatos confirma lo que los sondeos venían anunciado desde hacía semanas, aunque el suspense se mantuvo hasta el último minuto debido a la corta distancia con sus dos principales rivales: Fillon y el izquierdista Jean-Luc Mélenchon.

Pese a la amenaza de atentados yihadistas que planeaba sobre estos comicios, los franceses no se dejaron amedrentar y acudieron masivamente a las urnas. La participación fue una de las más altas de los últimos 40 años. La recta final de la campaña se vio sacudida esta semana por un ataque en la emblemática avenida de los Campos Elíseos de París y el desbaratamiento de un atentado inminente, en un país ya traumatizado por una ola de ataques yihadistas que ha provocado más de 230 muertos desde 2015.

En este clima de tensión máxima, las autoridades no escatimaron en medios para garantizar la seguridad en todo el territorio, con el despliegue de más de 50.000 policías y gendarmes, que contaron con la ayuda de 7.000 militares. A nivel interno, estas elecciones son consideradas cruciales en un país con una economía maltrecha por el desempleo y un crecimiento que no acaba de arrancar desde la crisis de 2008.

La carrera por el Elíseo ha sido muy atípica. Debilitado por una impopularidad récord, Hollande se vio obligado a renunciar a presentarse de nuevo, algo nunca visto en Francia en más de 60 años. Su primer ministro Manuel Valls fue eliminado en las primarias socialistas en las que se impuso un candidato más a la izquierda, Benoît Hamon, el gran derrotado del día.

La campaña estuvo marcada además por los enredos judiciales de varios candidatos, lo que relegó a un segundo plano el debate de los temas de fondo. Fillon perdió su condición de favorito a finales de enero después de que la prensa revelara que su esposa y dos de sus cinco hijos se beneficiaron de empleos públicos presuntamente ficticios por los que cobraron cientos de miles de euros. Imputado por desvío de fondos públicos y apropiación indebida de bienes sociales, Fillon, que clama su inocencia, se aferró a su candidatura.

No fue el único candidato con problemas con la justicia. Marine Le Pen es también objeto de una investigación por empleos presuntamente ficticios en el Parlamento Europeo, donde ocupa un escaño, y por supuestas irregularidades en el financiamiento de campañas pasadas. Sin embargo ella se niega a ser interrogada por la justicia, invocando su inmunidad parlamentaria.

La última sorpresa en la campaña llegó de la mano de la izquierda radical. Mélenchon, un exsocialista convertido en estandarte de la "Francia insumisa", se coló entre los favoritos con un discurso combativo contra lo que él considera "la casta" política.

Este admirador del exlíder venezolano Hugo Chávez y del cubano Fidel Castro estaba dispuesto a dar un portazo a la UE si no ponía fin a la política de austeridad. Macron y Le Pen disponen ahora de 15 días para convencer a los 47 millones de electores de que son la mejor opción para dirigir el país. El que lo consiga tendrá luego que tejer alianzas de cara a las legislativas a dos vueltas de junio, que hasta ahora han favorecido a los partidos tradicionales.

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Cómo el capital financiero gobierna el mundo

Ven, 21/04/2017 - 15:44

Nick Beams, wsws.org

Un artículo publicado la semana pasada en la página web de noticias australiana The Conversation ha puesto en dominio público algunos hallazgos importantes sobre el alcance de la dominación global del capital financiero.

Basado en una investigación llevada a cabo en el 2009, el artículo de David Peetz y Georgina Murray, académicos de la Universidad Griffith en Queensland, Australia, sintetiza su análisis del control ejercido por el capital financiero sobre las 299 mayores corporaciones del mundo (o CMGs).

A pesar de que la investigación ya tiene más de siete años, los autores señalan que, “desde entonces hemos descubierto que la tendencia es de creciente concentración en varios países en las últimas tres décadas”.

Su artículo comienza disipando el mito de que las grandes corporaciones públicas son propiedad de una gran cantidad de accionistas —una ilusión promovida continuamente en los medios de comunicación para potenciar el argumento de que los trabajadores tienen un “interés” en la bolsa de valores.

“Cuando una sola organización [el fondo de inversión estadounidense Black Rock] controla más del 6 por ciento de las acciones en las corporaciones más grandes del mundo y 30 controlan más de la mitad de todas las acciones en estas corporaciones, eso representa una concentración muy alta".

“Nuestro estudio del 2009 descubrió que varias formas de capital financiero controlaban la gran mayoría (68,4 por ciento) de las acciones en las grandes corporaciones del mundo. Los individuos o familias poseían sólo una proporción mínima (3,3 por ciento), y las compañías industriales poseían relativamente poco”.

La investigación está basada en una base de datos compilada por Bureau van Dijk, que combina información de alrededor de 100 fuentes, cubriendo casi 63.000 compañías en todo el mundo.

En un trabajo de investigación publicado en el 2009, titulado “Quién gobierna el mundo —propiedad y el capital financiero”, ambos autores informaron que unas 30 organizaciones, bancos e instituciones financieras poseían o controlaban entre ellas el 51,4 por ciento de las 299 CMGs en su base de datos.

Es decir, sólo el 1,5 por ciento de los accionistas controlaban más de la mitad de las acciones.

Este informe señalaba cuál es el mecanismo principal mediante el cual el capital financiero ejerce su control sobre las compañías en las que posee acciones.

Las instituciones financieras ejercen su poder “no a través de la voz”, es decir, teniendo directivos en las empresas, sino “a través del retiro” —la amenaza continua de retirar fondos de las acciones de las CMGs “si no llegan las ganancias adecuadas”. Mediante el uso de su poder en los mercados financieros y la presión que ejercen sobre los gerentes para mejorar “el valor para los accionistas”, el capital financiero es capaz de dictar los términos.

En efecto, le hace entender a la gerencia a través de los mercados financieros: “Si no haces todo lo posible para maximizar las ganancias —ya sea a través de una mayor productividad, una expansión a gran escala o la reducción de costos—, venderemos nuestra participación financiera o, de lo contrario, los desplazaremos como gerentes”.

Este modo operativo lleva a una conclusión importante que los autores logran sacar. Desde el punto de vista de la lógica esencial del sistema, la distinción entre capital industrial y capital financiero es engañosa. “Esto es porque, al final, el capital industrial es el capital financiero. Si alguna vez hubo un tiempo en el que el mundo era dominado por grandes corporaciones poseídas por unas pocas familias e individuos cuyos valores personales, caprichos y preferencias definieron el comportamiento de las corporaciones, ese tiempo ha pasado. El mundo es dominado por corporaciones que siguen la lógica del capital financiero—la lógica del dinero—porque eso es lo que son. Su lógica no es la lógica de los individuos, sino la lógica de una clase”.

Los datos sobre el país de origen de las grandes corporaciones y de las instituciones financieras que las controlan permiten una lectura interesante y políticamente significativa.

El mayor número de las CMGs, 86 en total, o el 29 por ciento, es originario de Estados Unidos. Los siguientes cuatro países en la lista son: Japón con 48; Gran Bretaña con 23; Francia con 23; Alemania con 20. Luego vienen en orden Corea, China, Italia y Australia.

La concentración de propiedad en las mayores potencias capitalistas es aún más pronunciada cuando se trata de corporaciones financieras. De las 10 principales corporaciones financieras que dominan a las CMGs, 6 tienen su origen en EEUU, 3 en Francia y 1 en Gran Bretaña. EEUU es el país de origen de 10 de las principales 21 entidades financieras. Fuera de este grupo, 18 tienen acciones en por lo menos 100 de las 299 corporaciones más grandes.

Dos instituciones financieras de EEUU se destacan: Black Rock y Capital Group. Ambas tienen el mayor número de acciones en una importante cantidad de compañías. En el caso de Black Rock, es el principal accionista de 42 o el 13 por ciento de sus participaciones. En el 55 por ciento su participación accionaria, Black Rock está entre los 5 accionistas principales, al igual que Capital Group con el 45 por ciento de sus participaciones.

El significado político de estos hallazgos es que refutan las afirmaciones hechas por virtualmente todos los grupos de pseudoizquierda de que Rusia y China son potencias imperialistas. No basan estas definiciones en ningún análisis económico, ya que ni las instituciones chinas ni las rusas figuran entre las principales entidades financieras que controlan las grandes corporaciones.

Como Lenin dejó claro en su obra El imperialismo, la época imperialista se caracteriza por la dominación global del capital financiero, controlado por un puñado de grandes potencias.

Este punto también fue subrayado por Trotsky cuando se opuso a varias tendencias que argumentaban que la Unión Soviética era “capitalista de Estado” y que la expansión territorial que la burocracia estalinista buscaba en relación con Europa del Este era “imperialista”. Un gran número de grupos de pseudoizquierda surgieron de esta corriente.

“En la literatura contemporánea, por lo menos la literatura marxista, el imperialismo se entiende como la política expansionista del capital financiero, que tiene un contenido económico muy bien definido”.

Decir otra cosa es sembrar la confusión, continuó Trotsky. Este es exactamente el objetivo de la pseudoizquierda. Dejando de lado cualquier análisis económico científico, ellos usan la palabra “imperialista” como un epíteto. Esto surge de sus motivaciones políticas, ya que se alinean detrás de sus “propias” potencias imperialistas, sobre todo EEUU, en la cada vez más intensa campaña de guerra contra Rusia y China.

Además, la investigación de Peetz y Murray es una confirmación sorprendente del análisis entero de Lenin en El imperialismo.

Él insistió en que el imperialismo no era una política preferida que podía ser reemplazada por alguna otra orientación, sino que éste surgió de una fase definida del desarrollo capitalista, su fase superior y final, reemplazando al capitalismo de libre competencia del siglo XIX.

Lenin enfatizó que el capital financiero buscaba la dominación económica no sólo de los países coloniales y sus recursos, sino de todo el mundo, tanto de países avanzados como oprimidos. Su política fluía de su economía —dando fin a la democracia liberal y la libertad e imponiendo reacción “en toda la línea”.

Él estaba escribiendo al comienzo de la época imperialista, que anunció su llegada con la erupción de la Primera Guerra Mundial, el 4 de agosto de 1914.

Muchas cosas han cambiado desde el siglo pasado, pero lo sorprendente es que las tendencias básicas de desarrollo económico han seguido el curso esbozado por Lenin. Por ejemplo, él enumeró cinco países —EEUU, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón— como el núcleo del sistema imperialista. Como deja claro el análisis de Peetz y Murray de los datos sobre las CMGs y las instituciones financieras más prominentes, esas potencias permanecen en lo más alto de la lista.

Lenin identificó al conflicto entre las grandes potencias como la fuerza motriz objetiva de la guerra, en la medida en que cada una lucha por el dominio del mundo y entra en conflicto violento con las demás.

El desarrollo de corporaciones e instituciones financieras globales llevó a un punto crítico la contradicción fundamental del modo capitalista de producción: entre el desarrollo de la economía a nivel mundial y el modelo de Estado nación en el que está arraigado el sistema de lucro privado.

Como explicó León Trotsky, en el análisis final, la guerra fue una “revuelta de las fuerzas productivas contra la forma política de Estado y nación”. El imperialismo buscó resolver este problema de forma militar para decidir “cuál país debe transformarse de una gran potencia a ser la potencia mundial”.

En oposición al imperialismo, la clase trabajadora tenía que avanzar su propia resolución e impedir el paso de la civilización al barbarismo a través de la revolución socialista mundial —el derrocamiento del sistema de lucro privado capitalista y del Estado nación— con el fin de sentar las bases para establecer una organización socioeconómica superior a nivel global

Lenin hizo hincapié en el mismo tema en El imperialismo. La transformación del capitalismo competitivo del siglo XIX en imperialismo, o capitalismo monopólico, no sólo creó las condiciones para la guerra. También sentó las bases objetivas para una economía socialista mundial planificada. La dominación del capital financiero, el crecimiento de las corporaciones que organizan la producción a escala mundial, la interrelación de las participaciones de los bancos y las corporaciones implicaron una transformación en las relaciones sociales de la producción—la enorme socialización de la producción y la mano de obra.

Durante el boom económico de la posguerra, muchos observadores miopes—economistas burgueses y también algunos que afirmaban ser marxistas—sostuvieron que el análisis de Lenin y Trotsky se había vuelto obsoleto.

Ha sido reemplazado, dijeron, por desarrollos políticos y económicos. Las colonias de las potencias imperialistas habían logrado la independencia —no sin una lucha considerable— y estaban buscando un desarrollo económico nacional.

En el frente económico, el capital financiero, sobre el que el movimiento marxista puso un gran énfasis, había pasado a un segundo plano ya que actuó como siervo de las grandes corporaciones industriales que llegaron a dominar el panorama económico.

Pero dentro del marco del desarrollo económico e histórico más amplio, este fue un episodio corto. El auge económico de la posguerra duró sólo un cuarto de siglo, terminado a inicios de la década de 1970. La profundización de la crisis de la rentabilidad que puso fin al boom fue la fuerza motriz detrás de una vasta reestructuración del capitalismo mundial, basada en la globalización de la producción para aprovechar fuentes de mano de obra barata, alcanzando un grado de explotación más allá de lo logrado en la era del colonialismo directo y de la expansión del capital financiero.

El resultado es que la tendencia de desarrollo ha retornado, a un nivel superior, al camino trazado por Lenin. Y el avance cada vez más profundo hacia la guerra ha sido su resultado inevitable.

Al mismo tiempo, la integración de la producción ha sentado las bases objetivas para el desarrollo de una economía socialista mundial planificada. Esto se refleja no sólo en los hallazgos del estudio de Peetz y Murray, sino también en la investigación llevada a cabo en 2011.

Un artículo publicado en la revista internacional científica New Scientist en septiembre de ese año, titulado “La red de control corporativo global”, detalló tanto la enorme socialización de la producción como la dominación del capital financiero.

Mostró que en el corazón de la red de 43.000 corporaciones transnacionales había una “súper-entidad” de 147 empresas unidas más estrechamente, que controla una gran porción de la riqueza de toda la red. Según James Glattfelder, uno de los tres coautores del informe, “En efecto, menos del 1 por ciento de las compañías fue capaz de controlar el 40 por ciento de la riqueza total de la red”.

Las 20 principales compañías de este grupo estaban controladas por el capital financiero, como Barclays Bank, JPMorgan Chase y Goldman Sachs.

En la conclusión de su informe del 2009, escrito inmediatamente después de la crisis financiera global, Peetz y Murray apuntan que los Estados necesitan ejercer “cierto control sobre el capitalismo”, argumentando que “permitirle libertad sin restricciones es invitar nuevas crisis”.

Pero la posibilidad de algún tipo de reforma del capitalismo y de sus mandos en el capital financiero es una ilusión.

De hecho, el análisis de los dos autores es por sí mismo una refutación de su perspectiva política. Como señalan significativamente, la lógica del sistema es la lógica del dinero mismo.

La lógica del dinero, como la expresión material del capital, es decir, el valor que se expande sobre sí mismo, es derribar todas las barreras para su crecimiento.

El capital financiero no sólo domina y rige sobre las corporaciones. Como aclaró Lenin, también determina las políticas de Estados nominalmente independientes, incluso los más poderosos. Hoy, dicta todas las políticas gubernamentales, atacando servicios sociales vitales como la educación y la salud, exigiendo la reestructuración del mercado laboral de acuerdo a la necesidad de mayores ganancias.

Las experiencias de los últimos 30 años demuestran este hecho económico. A principios de la década de 1980, cuando el presidente francés, François Mitterrand, trató de poner algunos controles sobre los bancos, sus políticas fueron dinamitadas a través de las operaciones de los mercados financieros.

Otra experiencia importante ocurrió en 1992, cuando el capital financiero, en forma del fondo de inversión perteneciente a George Soros, forzó la devaluación de la libra esterlina al vender en corto la moneda británica y embolsarse alrededor de 2.000 millones de dólares en el proceso, a expensas del Banco de Inglaterra.

Cada gobierno vive ahora con miedo a una retirada masiva de su moneda y al veredicto de las agencias de calificación crediticia sobre sus políticas.

A fines de 1993, cuando el rendimiento de los bonos se elevó debido a la preocupación sobre el nivel de déficit del gobierno de EEUU, el gobierno de Clinton implementó una serie de medidas para imponer recortes significativos en asistencia social a fin de satisfacer las exigencias del capital financiero. En su momento, James Carville, asesor político de Clinton, comentó: “Solía pensar que si existía la reencarnación, quería regresar como el presidente de EEUU o el Papa o como un gran bateador de béisbol. Pero ahora me gustaría regresar como el mercado de bonos. Puedes intimidar a todos”.

Hay dos cuestiones básicas a tener en cuenta aquí.

En primer lugar, el capital financiero no es una figura extraña de la economía capitalista, alguna serpiente diabólica que se las ha arreglado para deslizarse en el auténtico Jardín del Edén de la ganancia y la propiedad privada, sino que surge de los cimientos de este sistema.

Al inicio de su trabajo preparatorio para El Capital, Karl Marx se enfrentó a los conceptos adelantados por el socialista pequeñoburgués Pierre-Joseph Proudhon, quien sostenía que era posible frenar los estragos financieros conservando la propiedad privada y el mercado capitalista de dónde surgió.

Como Marx señaló, esto era como tratar de acabar con el Papa conservando la Iglesia Católica.

En segundo lugar, lo esencial para el análisis de Lenin, confirmado por la investigación de Peetz, Murray y otros, es que el aumento y la dominación del capital financiero, que traen consigo la privación social y el peligro siempre creciente de una guerra mundial, no es una política u opción preferida, sino el resultado de una fase o etapa definida en el desarrollo del sistema capitalista en sí.

Esto significa que la única perspectiva viable y realista para finalizar la marcha hacia la guerra, para asegurar la paz e igualdad genuinas —el tema de la celebración de este año del Día Internacional del Trabajador de parte del Comité Internacional de la Cuarta Internacional— es la lucha por el programa de la revolución socialista mundial de la clase trabajadora internacional, cuya situación objetiva la coloca en oposición al capital.
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Ver: Ex-funcionaria del Banco Mundial revela cómo la elite corporativa domina al mundo
Estudio empírico revela la red capitalista que domina al mundo

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Salida del euro... en Francia

Ven, 21/04/2017 - 07:01

Jacques Sapir, Russeurope

Con la aparición de Jean-Luc Mélenchon entre los tres primeros lugares (en la primera vuelta de la elección presidencial francesa) la cuestión de una posible salida del euro empieza a preocupar a los mercados financieros. Crece la brecha de los diferenciales entre Francia y Alemania y aumenta la volatilidad de los mercados, sobre todo en torno a la deuda francesa.

Ahora hay dos candidatos (Le Pen y Mélenchon) que ponderan una posible salida de la moneda única. Así que tenemos que ponernos a pensar que pasaría en los primeros días de la presidencia de algunos de estos candidatos.

Antes de resolver la salida del euro, ambos candidatos proponen un nuevo escenario político, un referéndum para Marine Le Pen y negociaciones por medio del "plan A" en el caso de Jean-Luc Mélenchon. Estos escenarios son políticamente equilibrados. Respetan las convenciones de la democracia formal, pero ignoran realidades económicas y, sobre todo, no dan cuenta que los tiempos económicos y financieros son muy diferentes a los tiempos de la política.

Un imposible referéndum Supongamos que Marine Le Pen gana en la segunda vuelta o se encuentra en una buena posición tras la primera. Es incontestable que la especulación se desatará, aunque sólo sea para tratar de influir en el voto de los electores.

Concretamente aumentarían las tasas de interés y se produciría una fuga masiva de capitales. Sería imposible para Le Pen, suponiendo que resultara elegida, controlar una situación que colocaría a la economía de Francia en peligro.

Se conocen las soluciones: para evitar la fuga de capitales hay que implementar controles que impidan cualquier operación especulativa haciéndolas muy costosas, pero NO se deberán penalizar los movimientos de capital normales no especulativos (importación y exportación y turismo).

Frente al aumento de las tasas de interés, el Banco de Francia debería refinanciar, a una tasa preferencial, la deuda pública y una parte de la deuda privada. Estas dos posibles medidas (que obviamente no son las únicas) requieren: · Una ruptura, aunque sólo sea temporal, con los tratados y normas de la Unión Europea para controlar las fugas de capital.
· Una ruptura con las normas de la Unión Económica y Monetaria, la denominada "zona euro", para permitir que el Banco de Francia juegue su papel. Cuando la presidencia del nuevo Gobierno haya decidido recuperar el control (aunque sea temporalmente) del Banco de Francia (que es parte del "sistema europeo") deberá suspender su dependencia del Banco Central Europeo o declarar que el "euro" que circula en Francia ya no forma parte de la "zona euro". Tendríamos entonces, por necesidad, que salir de la zona euro, salida que podría ocurrir muy rápidamente.

La alternativa es que Le Pen incumpliera inmediatamente los compromisos anunciados en campaña y declarase que no tiene la menor intención de dejar la zona euro. Sin embargo para los mercados y para los accionistas europeos (sobre todo para Alemania) este tipo de garantías no son suficientes. Ellos quieren compromisos concretos y vinculantes.

Por lo tanto, en una hipotética primera semana de presidencia, Le Pen tendría que elegir entre retractarse en un punto crucial de su programa (lo que indudablemente la desprestigiaría) o actuar con la legitimidad de una presidenta electa, tomando las decisiones necesarias para salvaguardar los intereses franceses sin esperar al referéndum. A continuación tendría que echar mano de las medidas de emergencia establecidas en nuestra Constitución.

Un ilusorio "plan A" Supongamos ahora que es Mélenchon el elegido. Trataría de abrir una negociación (denominada plan "A"). Este plan tendría las mismas dificultades que el referéndum de Le Pen. Puede que algo disminuidas, pero esto en absoluto es algo seguro. Además debería obligatoriamente afrontar la financiación de las medidas sociales que quiere aplicar. Esto exigiría acciones unilaterales y soberanas (de financiación) por parte del Banco de Francia provocando de inmediato una reacción violenta del Banco Central Europeo. Esta reacción tomaría la forma de una ruptura entre Francia y la zona euro y el no reconocimiento del "euro francés".

Hoy es más pertinente que nunca recordar el chantaje que el BCE aplicó con éxito contra Grecia. El Banco Central Europeo produciría en Francia un “corralito” haciendo que el dinero fuera rápidamente insuficiente y colocando la economía en un punto muerto. Al Banco de Francia no le quedaría otra alternativa que convertirse en el único "prestamista de última instancia" para la economía francesa. Entonces, de hecho, estaríamos saliendo del euro.

En un momento económicamente tan complicado y volátil llamar a una asamblea constituyente será imposible o suicida. Jean-Luc Mélenchon se enfrentaría a la siguiente disyuntiva: retroceder sabiendo que su destino será el de Tsipras (compartiendo su vergüenza) o por el contrario hacer frente a sus compromisos y comportarse como el legítimo presidente de la V República utilizando las prerrogativas del cargo y de la Constitución.

También, estaría enfrentado a otro dilema igualmente doloroso: abandonar la mayor parte de su programa y "entregarse" a Alemania y al Eurogrupo o aplicar el llamado "plan B". Sin embargo, para desgracia de sus promotores, dicho plan B produciría los mismos desastrosos efectos en la economía que explicamos en el caso de Le Pen.

Si queremos preservar los intereses del pueblo francés no hay dos maneras de salir del euro, hay sólo una. Todas las demás políticas conducirían al desastre.

El momento post-euro La idea de "negociar" durante meses antes de tomar una decisión parece completamente utópica y descabellada. La decisión estará en las manos de la presidencia en los días siguientes a su elección. No habrá espacio para la "finura" que enunció el canciller Stresemann en 1920. Al revés, los líderes del Eurogrupo y los líderes alemanes exigirán una capitulación total de la presidencia francesa.

En las "negociaciones" de julio de 2015 con Grecia hubo voces (en el entorno de Le Pen y de Jean-Luc Mélenchon) que apoyaban la capitulación como un mal menor, evitando así una ruptura franca y clara con los socios europeos.

Estas voces, mutatis mutandis, son las mismas que soplaron en los oídos de Paul Reynaud en junio de 1940 aconsejándole que no combatiera, allanando de esta manera el camino a Pétain para la capitulación de Francia seguida de un armisticio vergonzoso.

Si esta rendición se llevase a cabo sería el final de la soberanía del pueblo francés traicionado una vez más por sus líderes. Más trágico sería en el caso de Jean-Luc Mélenchon que en el de Marine Le Pen. Una renuncia de Mélenchon (que inteligentemente ha dejado atrás a la "gauche liberal") significaría la destrucción de toda la izquierda en Francia.

La única alternativa sería una revolución violenta. Ahora, si la presidencia decide hacer frente a la Unión Europea, tendrá que hacerlo con el respaldo de los poderes de emergencia contenidos en la Constitución francesa. Recalcamos esto porque la Constitución tiene disposiciones presidencialistas que permiten tomar medidas de emergencia. Por eso sostenemos que querer cambiar la Constitución rápidamente sería contraproducente.

El choque que tendría lugar no significaría necesariamente que no hubiera negociaciones. Estas podrían realizarse más tarde. Pero para abrir un espacio de negociación es necesario que nuestros socios estén convencidos de que para Francia la salida del euro es un asunto irrevocable. Habrá que implementar un mecanismo que haga imposible el retorno al euro. La salida del euro debe ser un hecho.

Por otra parte esta claro que una vez que Francia decidiera salirse del euro Italia nos acompañaría, seguida rápidamente por España, Portugal y Grecia. Este podría ser “el escenario para la negociación de la disolución de la zona euro” y de los contornos de la Unión Europea incluso después de su disolución. En ese momento la cuestión de las alianzas sería primordial.

Los franceses y sus líderes tendrán entonces un claro panorama de la forma “de coordinación y cooperación” que quieren promover en Europa. Una cosa es hablar de la "Europa de las naciones" y otra cosa es imaginar las instituciones que conduzcan a su creación.

Atrapados en la campaña electoral, Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon no han tenido tiempo de imaginar realmente lo que ocurrirá en unos hipotéticos primeros días de su mandato. Más que cualquier otra cosa el pueblo francés y sus dirigentes necesitan claridad en este punto.
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Tomado de Rebelión
Traducción: Emilio Pizocaro

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Francia ante la encrucijada

Xov, 20/04/2017 - 07:00

Alejandro Nadal, La Jornada

La elección presidencial en Francia este domingo es una competencia incierta en la que algunas sorpresas podrían presentarse. El resultado final podría ser decisivo para el futuro de la Unión Europea. Cuatro candidatos importantes se disputan el pasaje al Palacio del Eliseo en París. Pero los punteros son Emanuel Macron, candidato centrista que se autocalifica de independiente y Marine Le Pen, la representante de la extrema derecha. Los otros dos son François Fillon, el candidato conservador que ha caído en desgracia por su nepotismo cuando fue primer ministro, y Jean-Luc Mélenchon, el candidato de una izquierda que se anuncia insumisa.

En relación con la Unión Europea (UE), existe una línea divisoria fundamental entre Macron y Fillon, de un lado, y Mélenchon y Le Pen, del otro. Los primeros mantienen una posición claramente favorable a la UE y en favor de permanecer en la esfera del euro, mientras que los segundos prevén organizar un referendo sobre la permanencia en la UE e incluso sobre la pertenencia a la unión monetaria. Claro, la diferencia entre Le Pen (Frente Nacional) y Mélenchon (Francia Insumisa) es enorme. La primera combina posiciones racistas con un nacionalismo a ultranza, mientras que el segundo busca fortalecer la tradición generosa inspirada en lo mejor de la república francesa y su historia.

El escenario que los sondeos anuncian como más probable es el paso a la segunda vuelta de Emanuel Macron y Marine le Pen. Ambos tienen alrededor de 22 o 23 por ciento de las intenciones de voto al día de hoy. De materializarse ese escenario, los sondeos señalan a Macron como triunfador en la segunda vuelta con más de 60 por ciento de los votos.

El programa de Macron es parecido al de Fillon y tiene por objetivo recuperar la rentabilidad que el capitalismo francés ha perdido a lo largo de las dos últimas décadas. Para lograrlo su paquete de medidas se asemeja a la combinación de keynesianismo y neoliberalismo que introdujo en Japón el primer ministro Shinzo Abe en 2012. El primer paso para alcanzar ese objetivo consiste en reducir la carga impositiva que hoy pagan las empresas, pasando de 33 a 25 por ciento. Esta reforma fiscal se acompañaría en el esquema de Macron de una reforma laboral en la que las empresas podrían negociar aumentos en la jornada de trabajo, lo que significa eliminar por la vía de los hechos la semana de 35 horas de trabajo que hoy está vigente en Francia.

Pero las sorpresas no se descartan pues los sondeos de las últimas semanas registran un ascenso importante para Mélenchon. Éste podría derrotar a alguno de los dos punteros, Macron o a Le Pen, para pasar a la segunda vuelta. Se piensa que de enfrentarse al racismo xenófobo de Le Pen, Mélenchon pasaría a ser triunfador, pero eso depende de una buena parte del electorado conservador que bien podría inclinarse por el estandarte del Frente nacional.

De los cuatro candidatos punteros, el único que ofrece una alternativa que puede calificarse de izquierda es Mélenchon. Su estilo contrasta con el de los candidatos tradicionales de la izquierda institucional. Su retórica fuerte le permite sentirse cómodo frente a un auditorio de miles de personas (como lo demuestran sus recientes concentraciones en Marsella o Toulouse). Además, su conocimiento de los detalles técnicos en cuestiones económicas le convierten en un contrincante temible en eventos más cerrados, como lo revelan muchos debates en emisiones de televisión. El programa de Mélenchon incluye una convocatoria para una asamblea constituyente y una nueva constitución en la que se daría por terminada lo que él llama la monarquía presidencialista. También se acompaña de un referendo sobre la permanencia en la Unión Europea, así como una serie de medidas en materia de política económica para generar empleos mejor remunerados y duraderos. En materia energética el programa de esta izquierda contempla el abandono del proyecto nuclear francés y un fuerte impulso para el desarrollo de las energías renovables, incluyendo su integración industrial para la producción de plantas eólicas y solares.

El legado económico de la gestión de Hollande no es nada halagüeño. Al presidente saliente le gusta afirmar que el crecimiento ha sido constante, pero la única constante es la mediocridad de ese desempeño (el año pasado se alcanzó la tasa de crecimiento más alta de su mandato: 1.1 por ciento). Ese crecimiento está impulsado por el consumo, no por la inversión y el desempleo se mantiene tenaz en 10 por ciento (24 por ciento para jóvenes). La generación de empleo se apoya en la precariedad: el 86 por ciento de los empleos nuevos son temporales y la gran mayoría se apoyan en contratos de un mes. Al mismo tiempo, casi la mitad de los desempleados en Francia tienen más de un año sin una ocupación remunerada, lo que hace más difícil su reinserción económica.

Francia se encuentra en una encrucijada. Hoy el capitalismo francés no está resolviendo los grandes problemas de bienestar social y responsabilidad ambiental.

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Argentina: el FMI no se muestra tan optimista con el rumbo económico de Mauricio Macri

Xov, 20/04/2017 - 00:16
El FMI prevé una inflación del 25,6% en Argentina para este año. La estimación es casi nueve puntos más alta que la meta oficial del Gobierno de Mauricio Macri para 2017
La pauta oficial de inflación en Argentina no sólo resulta poco creíble para los gremios de trabajadores a la hora de negociar paritarias sino también para el FMI, un viejo aliado del Gobierno de Mauricio Macri en Argentina y otros mandatarios conservadores de la región.

En su informe de perspectivas económicas globales, el organismo internacional anticipó una inflación para este año del 25,6 por ciento, por encima del techo del 17 por ciento que quiere imponer el Banco Central. Asimismo, para 2018 el cálculo oficial del 12 por ciento de suba de precios vuelve a estar por debajo de la estimación del Fondo, que se ubica en el 18,2 por ciento. En materia de crecimiento económico, para este año el FMI viene reduciendo su proyección desde el 2,8 de hace varios meses hasta el 2,2 por ciento actual, mientras que el Gobierno proyecta un 3,5 por ciento, tal como informa Página /12.

La estrecha relación del FMI con la administración de Mauricio Macri quedó en evidencia el año pasado, cuando el organismo debió revisar varias veces a la baja su proyección de crecimiento económico para la Argentina. En abril de 2016 estimó una caída del 1 por ciento para ese año y en julio la estiró hasta el -1,5 por ciento. En octubre redujo su cálculo un poco más, hasta el -1,8 por ciento. Finalmente, la baja de la economía fue del 2,3 por ciento, provocando pérdida de empleos y poder adquisitivo para miles de trabajadores.

De esta manera, Argentina vuelve a quedar segunda en el ránking latinoamericano de inflación, sólo por detrás de Venezuela, sumida en una grave crisis económica con hiperinflación, que el FMI calcula que superará el 2.000%, tal como señala El País.

Por su parte, el Indec, el organismo nacional de estadísticas de Argentina, ha registrado un 6,3% de inflación acumulada en el primer trimestre de 2017, el que suele concentrar las mayores subidas anuales. El dato marcará las paritarias, las negociaciones de aumento salarial que en Argentina se discuten año a año de forma colectiva por sector económico y que el Gobierno pretendía limitar a un máximo del 18%. Eso ha llevado a que los docentes de la Provincia de Buenos Aires, la más poblada de Argentina, se encuentren realizando distintas medidas de fuerza para reclamar un salario digno.

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El desastre europeo

Mar, 18/04/2017 - 15:26

Fernando Luengo, Público

“La Europa de dos o más velocidades”. Consigna de moda en la siempre opaca y confusa jerga empleada en los documentos comunitarios. Aunque la expresión no es nueva en la gramática de la Unión Europea (UE) –ha justificado, por ejemplo, la decisión de crear la Unión Económica y Monetaria (UEM)-, ha cobrado una renovada actualidad. Designa uno de los cinco escenarios contemplados en el Libro Blanco sobre el futuro de Europa; concretamente el tercero, denominado “Los que desean hacer más, hacen más”. La idea es, básicamente, la siguiente. Para sacar de su letargo el denominado “proyecto comunitario”, hay que permitir -favorecer, incluso- que aquellos países dispuestos a avanzar en el proceso de integración económica e institucional den pasos en esa dirección.

Los defensores de esta estrategia sostienen que actuando de esta manera se conseguirían, cuando menos, dos objetivos. Por un lado, se despejarían incertidumbres en cuanto al futuro de la UE y de la UEM, pues los países de la primera velocidad, apostarían claramente por “Más Europa”; por otro lado, quedaría desbrozado el camino de aquellos que ahora no quieren o no pueden asumir ese plus europeo. Todo ello abriría las puertas a una Europa potente y renovada capaz de enfrentar los desafíos de la crisis y zanjaría las dudas acerca de la propia viabilidad del referido proyecto comunitario.

Como tantas veces ocurre con el discurso dominante –y tantas veces pasa desapercibido, como si formara parte del sentido común- el lenguaje desliza un diagnóstico y plantea una alternativa, todo ello disfrazado de racionalidad indiscutible. Utilizaré una metáfora estrechamente relacionada con las diferentes velocidades con las que se quiere avanzar en el proceso de integración comunitaria. Poner el énfasis en la velocidad significa omitir o ignorar que buena parte de los problemas de dimensión europea –con su inevitable reflejo en las dinámicas estatales- están relacionados con las características de los vehículos, los que los conducen, la posición de los que viajan en su interior y la carretera por la que circulan.

En efecto, una primera cuestión en la que resulta obligado reparar es el muy desigual perfil estructural de las economías europeas (los coches). Algunas, con un potencial competitivo que las convierte en ganadoras indiscutibles de la dinámica integradora, dominada cada vez más por la lógica del mercado, que se ha impuesto sin paliativos sobre la lógica redistributiva de las instituciones. Otras, considerablemente más débiles, ocupan el cinturón periférico de Europa y están especializadas en productos de menos valor añadido y contenido tecnológico; estas se encuentran en inferioridad de condiciones a la hora de beneficiarse del mercado único y de la unión monetaria. Asimismo, hay que tener en cuenta –y el discurso oficial pasa de puntillas sobre este asunto- que la gestión de la crisis impulsada desde Bruselas y aplicada por gobiernos –bien conservadores, bien socialistas- han hecho todavía más pronunciadas esas disparidades estructurales.

Desde que el neoliberalismo –las ideas y los intereses que lo encarnan- impera en Europa, a partir de los años ochenta del pasado siglo, las elites económicas, en connivencia con la clase política, han marcado el rumbo de las políticas públicas (los que conducen el coche). Más aún, los espacios propios de la política han sido paulatinamente ocupados por las grandes corporaciones y los grupos de presión que las representan, poniéndolos a su servicio. En este sentido, más que una disminución del papel del Estado, hemos asistido a la captura del mismo por parte de los poderosos; las puertas giratorias simbolizan la disolución de lo público en lo privado. La máxima y última expresión de la “corporatización” del proyecto europeo han sido las políticas llevadas a cabo durante los años de crisis; políticas que, sin disimulo, han fortalecido la posición de las oligarquías, tanto en lo económico como en lo político.

Los estados de bienestar –la propia legitimidad de la construcción europea- residía en conseguir niveles crecientes de cohesión social (también en avanzar en la convergencia productiva y territorial). El crecimiento económico debía facilitar la consecución de esos objetivos. Lo cierto, sin embargo, es que en los años de auge las desigualdades han aumentado, poniendo en cuestión la capacidad y la voluntad redistributiva de las instituciones y el supuesto nexo automático existente entre crecimiento y equidad.

La irrupción de la crisis y la gestión oligárquica que se ha hecho de la misma han situado en cotas históricas la fractura social (la desigual posición de los que viajan en el coche). Los trabajadores, los grupos vulnerables y las clases medias –de las economías periféricas, sobre todo, pero también de las del Norte, donde la erosión social es asimismo manifiesta- han soportado los costes de la crisis. En paralelo, se ha abierto camino un capitalismo de naturaleza esencialmente extractiva, en un contexto de moderado e insuficiente crecimiento y de debilitamiento y pérdida de legitimidad de aquellas instituciones cuyo cometido es promover políticas de igualdad y asegurar una redistribución de la renta y la riqueza.

Aunque el crack financiero evidenció los límites, las contradicciones y los efectos devastadores de la economía basada en la deuda y de las teorías económicas que las sustentaban, las políticas implementadas para gestionar y superar la crisis –la represión salarial, los ajustes presupuestarios, la desregulación del mercado de trabajo, los rescates bancarios, las privatizaciones- han seguido el relato y la hoja de ruta del pensamiento dominante (la carretera).

Esas políticas –aunque, como he señalado, han proporcionado recursos y poder a las elites- han prolongado y agravado la crisis, sin que, finalmente, hayan conseguido una recuperación suficiente y sostenible de la actividad económica; son responsables de la generalización del empleo precario y del aumento del desempleo y la desigualdad, llevando las cuentas públicas a una situación de mayor fragilidad; también forma parte del pasivo de estas políticas la merma de potencial productivo y tecnológico de las economías, principalmente de las periféricas.

En clave europea, las medidas exigidas desde la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) han agravado las asimetrías productivas y comerciales entre el norte y el sur, han impuesto un federalismo tecnocrático y autoritario –disciplina fiscal y unión bancaria-, han favorecido las tendencias desintegradoras –cuyo máximo exponente hasta ahora ha sido el Brexit-, el auge de la extrema derecha y los nacionalismos xenófobos, y han sido manifiestamente incapaces de abordar, respetando los derechos humanos y aplicando un principio de solidaridad, el drama de los refugiados y los flujos migratorios.

La complejidad de la problemática someramente apuntada en las consideraciones anteriores en absoluto se resuelve con la consigna de permitir o favorecer una Europa de varias velocidades. Supone, en lo fundamental, más de lo mismo en lo que concierne al núcleo duro de las políticas económicas aplicadas hasta el momento, introduciendo en el engranaje institucional de la UEM algunas reformas, sesgadas y claramente insuficientes, para intentar preservar la zona euro, especialmente los intereses de lo que más se benefician de la misma, y un aumento del gasto militar. Por lo demás, en el Libro Blanco se plantean un conjunto de líneas de actuación, genéricas e imprecisas, en torno a las que, llegado el momento de su concreción, posiblemente ni siquiera se alcanzaría el consenso entre los llamados a formar parte del grupo de países de la primera velocidad.

Europa necesitaba y necesita, con urgencia, una acción política, solidaria y cooperativa, orientada hacia la convergencia productiva y territorial, la equidad social y la igualdad de género, la transición a una economía sostenible, la auditoría y reestructuración de la deuda pública, la gestión del problema de los refugiados, la persecución del fraude y de los paraísos fiscales, la creación de una hacienda comunitaria basada en el principio de progresividad, el aumento sustancial del presupuesto comunitario y la reforma en profundidad de la industria financiera. ¿Por qué no se ha recorrido ese camino? ¿Por qué razón las políticas aplicadas han ido justamente en la dirección contraria? La respuesta es clara. No ha existido voluntad política…ausencia de voluntad que aparece de nuevo en la propuesta de una Europa de varias velocidades. En caso de avanzar en esa dirección, Europa, lejos de superar la esclerosis actual, daría un paso más, acaso decisivo e irreversible, hacia la desintegración.

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Hiroshima y la madre de todas las bombas. La misma lógica para un final de época

Lun, 17/04/2017 - 09:00

Eduardo Di Cola, Buenos Aires

La última gran batalla desplegada en Europa durante la Segunda Guerra Mundial se conoce como la Batalla de Berlìn. La face final comienza el 20 de abril de 1945 con una gran ofensiva de la Unión Soviética sobre la ciudad capital del Tercer Reich. Días después, el 2 de mayo, los alemanes rinden la ciudad ante el Ejército Rojo. En el ínterin se habían suicidado Adolf Hitler y Eva Braun. También lo habían hecho Joseph Goebbles y su esposa Magdalena, conocida como "Magda, madre modelo del Tercer Reich", quien antes de suicidarse duerme y luego envenena a sus 6 hijos.

La histórica fotografía de la bandera roja con la hoz y el martillo flameando triunfante en el emblemático Reichstag, y el Desfile de la Victoria en Moscú del 24 de junio, en la que el Ejército Rojo aparece como gran vencedor con un enorme despliegue del poder militar, avisaba al mundo el nacimiento de una Unión Soviética que se plantaba como una superpotencia.

Estados Unidos necesitaba hacer lo propio. La rendición de las fuerzas alemanas ante británicos y estadounidenses en Reims el 7 de mayo y al día siguiente ante alemanes en Berlin, no le resultaba suficiente. La guerra había terminado, solo quedaba la resistencia de Japón intentando lograr una rendición más digna. Estados Unidos encontró la oportunidad para dar su aviso, y lo hizo mostrando su capacidad militar-destructiva. Así fue como el 6 de agosto, cuando ya habían transcurrido más de tres meses del suicidio de Hitler, la caída de Berlin y la rendición definitiva, el mundo se notifica del primer ataque nuclear realizado en Hiroshima y tres días después en Nagasaki. Se destruyeron dos ciudades. Había que probar dos bombas nucleares diferentes, una de uranio y la otra de plutonio.

Desde entonces no quedaron dudas, en el final de una época y en el amanecer de un nuevo orden mundial emergían dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética.

Por estos tiempos también transitamos un final de época. El mundo cruje por la crisis provocada por el neoliberalismo. Las reacciones lo ponen en evidencia. Algunas sociedades se cierran señalando al extranjero y al diferente como culpable de sus males. En otras renacen nacionalismos independentistas, problemáticas que sumadas a la repetida presión ejercida por las potencias para forzar que mercados internos sean permeables a sus productos industriales, y a la inveterada voracidad por la apropiación de los recursos energéticos existentes en el mundo, llevan a una creciente tensión con enfrentamientos bélicos, no siendo ajenos los cada vez más frecuentes atentados terroristas. Al mismo tiempo, la disputa económica global posiciona a nuevos y poderosos jugadores a expensas de un retroceso de la economía norteamericana.

La incertidumbre global gana espacio. Las dudas crecen sobre el mundo que viene. Resulta difícil saber como quedará conformado el nuevo tablero del poder internacional. Resalta en la transición que las potencias no están dispuestas a retroceder ni a escatimar medios para hacer conocer sus fortalezas. Como lo hizo en Hiroshima en aquel agosto de 1945, Estados Unidos notifica todo lo que está dispuesto a hacer, y muestra su capacidad destructiva lanzando en acción bélica la "Madre de todas las bombas", la más poderosa bomba no nuclear utilizada a la fecha. La respuesta no se hizo esperar. Ya no con un poderoso desfile como en aquel junio de 1945. Con una simple fotografía Rusia muestra la tenencia del "Padre de todas las bombas", con una capacidad destructiva -según afirman- cuatro veces superior a la norteamericana.

Finalizada la Primera Gran Guerra se auguraba un largo período de paz. Un puñado de años después el mundo estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial, de la que han pasado siete décadas. En tanto el neoliberalismo con su lógica de acumulación continúa haciendo estragos, generando pobreza y conflictos en todos los rincones. Las grandes potencias lejos de explorar salidas diferentes, en el plano internacional se empeñan en recorrer caminos tristemente conocidos. En tanto, en el orden interno, no son pocos los gobiernos que con represión y violencia insisten en sostener un modelo y una lógica económica que genera exclusión, profundiza la crisis y agita la conflictividad social.

Lamentablemente, este final de época encuentra las mismas respuestas que en el pasado reciente condujeron a las etapas más oscuras y dolorosas de la humanidad.

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Deutsche Bank, el desplome de un mito alemán

Dom, 16/04/2017 - 23:30

Mauro Meggiolaro, Sin Permiso

Avaricia, provincianismo, cobardía, inmadurez, mentira, incompetencia, arrogancia. Son sólo algunos de los adjetivos que un memorable reportaje del semanario alemán Der Spiegel, publicado hace pocos meses, dedicó al Deutsche Bank (https://goo.gl/P5SOQP). El mayor banco alemán, que durante buena parte de sus 146 años de historia ha sido la encarnación misma de la ética protestante en el sistema bancario, se está ahora precipitando hacia un abismo del cual, al final, sólo podría salvarlo el gobierno de Berlín y, por tanto, los contribuyentes alemanes.

En Frankfurt, a los dos rascacielos de cristal de 155 metros en los cuales tiene su sede el banco se les llama “Soll” y “Haben” (“debe” y “haber”). En la visión ideal, arquitectónica y financiera, del banco, el debe y el haber deberían guardar un equilibrio. Pero no lo guardan ya desde hace tiempo. El 2 de febrero pasado se dieron a conocer los resultados del cuarto y último trimestre de 2016: 1.900 millones de pérdidas netas. El conjunto de 2016 ha tenido como resultado, en cambio, 1.400 millones de euros de pérdidas, lo cual, comparado con los números rojos de los 6.800 milones de euros del 2015, parece hasta una buena noticia. Pesan en particular los gastos congelados, y en parte ya efectivamente desembolsados, por la implicación en cerca de 6.000 causas legales a escala global. En mayo de 2016 llegó una multa “record” de 2.500 millones de dólares de las autoridades estadounidenses y británicas, que acusan al Deutsche Bank de haber manipulado los tipos de referencia del Libor, Euribor y Tibor, en los que se basan los costes de los préstamos interbancarios, pero también las hipotecas nuestras, de los ciudadanos corrientes.

La marca ha quedado, sin embargo, pronto superada: en vísperas de Navidad pactó el pago de 7.200 millones de dólares con el Departamento de Justicia norteamericano para cerrar el capítulo de las sanciones sobre títulos garantizados por las hipotecas subprime, las grandes protagonistas de la crisis financiera que estalló en 2007-2008, de la cual estamos pagando todavía las consecuencias. Apenas se difundió la noticia del pacto, las acciones del Deutsche Bank subieron un 4% en pocas horas. Los mercados, se dice, “han lanzado un suspiro de alivio”. Dos meses antes, de hecho, las autoridades de los EEUU habían amenazado con una sanción de 14.000 millones de dólares que el banco no habría podido pagar de no haber sido justamente mediante una intervención estatal in extremis de compleja actuación, dada la inminente campaña electoral para las generales de septiembre de 2017 y las nuevas reglas europeas sobre rescates bancarios.

Los percances del coloso bancario alemán continúan sin pausa también con el nuevo año: el 31 de enero llegó una nueva multa, por un total de más de 630 millones de dólares, de las autoridades norteamericanas y británicas por haber permitido a clientes rusos reciclar cerca de 10.000 millones de dólares, transfiriéndolos a Gran Bretaña y de allí a Chipre, a Estonia, Letonia y otros países.

No hay paz, por tanto, bajo las dos torres gemelas de Frankfurt. Pero ¿por qué? ¿Cómo ha sido posible todo esto? La meticulosa reconstrucción histórica del Spiegel identifica sobre todo un periodo en el cual, dentro del banco, algo hay que se rompió para siempre: los fabulosos años noventa, cuando el banco comenzó a avergonzarse de ser alemán, provinciano, de Wolfsburg, Munich, Stuttgart o Nuremberg y quiso actuar a la americana, ganarse un sillón en primera fila en Wall Street, disputar los primeros puestos del mundo en el trading de instrumentos financieros a colosos como Goldman Sachs o Morgan Stanley. Entretanto, en 1999, Bill Clinton revocó la ley Glass-Steagall – surgida de las cenizas de la crisis de 1929, eliminando la separación entre banca de inversión y banca comercial, y abriendo las cataratas de la especulación financiera internacional con el dinero de los ahorradores. De banco del “Mittelstand”, de los millares de pequeñas y medianas empresas alemanas que representan todavía hoy el esqueleto del modelo renano, el Deutsche Bank se ha transformado progresivamente en un comisionista de títulos cada vez más complejos, al igual que los gigantes americanos, pero sin tener ni la historia ni los recursos humanos para ello. A medida que se han acercado al Olimpo de las finanzas internacionales, los directivos del banco se han visto cegados por sus mismas ambiciones y anestesiados por decenas de millones de euros en incentivos. Al podio internacional de la banca de inversión nunca se han subido o se han aupado sólo brevemente. Ahora, la suerte está echada y no se puede volver atrás. El Deutsche Bank camina como un zombi en medio del vado, entre un sueño americano que se ha convertido en una pesadilla y una supremacia alemana como banco para sostén de las empresas de la que no queda más que un bonito recuerdo. En la panza tiene el zombi 46.000 millones de derivados, 12 veces el producto interior bruto de Alemania. En realidad, explica el banco e informa el Financial Times (https://goo.gl/ye76it), sólo una pequeña parte de estos títulos sería peligrosa. Se trata de los llamados activos de Nivel 3, sin liquidez al no poder valorarse en precios de mercado. Tendrían un valor en conjunto de 31.000 millones de euros, nada comparado con los 46.000 millones de dólares totales, pero, así y todo, equivalentes al 70% del patrimonio “core” del banco. En realidad, nadie sabe valorar con certeza cuánto valen verdaderamente los derivados del Deutsche Bank. Y no sólo los del Nivel 3.

Entretanto, el banco va pasando con todos los parabienes una prueba de “stress” europea tras otra, logrando a contabilizar – gracias a las ayuditas del BCE y a operaciones no ultimadas todavía, como la venta de una cuota de 4.000 millones de euros a la banca china Hua Xia (https://goo.gl/i6sRKZ). Y en cualquier caso, es conocido, las pruebas de “stress” son para los créditos, no para la montaña de derivados u otros títulos más o menos tóxicos en el balance (https://goo.gl/6fGq7M). El Deutsche Bank zombi podrá continuar presentándose a los exámenes europeos sin que nunca le pregunten el capítulo que no se ha estudiado. Los clientes y los mercados ya lo han suspendido desde hace tiempo.

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El capitalismo es poder, no economía

Sáb, 15/04/2017 - 16:54
Raúl Zibechi, La Jornada

La frase pertenece al dirigente kurdo Abdullah Öcalan, extraída del segundo tomo del Manifiesto por la Civilización Democrática, que tiene como subtítulo La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos. La obra, cuya traducción al español verá la luz estos días, forma parte de la defensa del líder kurdo, preso en la isla Imrali, en el mar Negro, en Turquía. El pensamiento de Öcalan es insumiso, no se somete a jerarquías prestablecidas ni acepta dogmas universales. Es el tipo de pensamiento que necesitamos en este periodo de caos sistémico, ya que las ideas heredadas están mostrando escasa utilidad para orientarnos en la tempestad.

De su reciente libro quisiera destacar tres aspectos, aunque no son suficientes para agotar el conjunto de los aportes de la obra. El primero es su crítica frontal al economicismo, una de las peores plagas intelectuales que están parasitando a los movimientos anticapitalistas. Inicia ese capítulo con un potente análisis sobre la propuesta evolucionista que defiende el nacimiento del capitalismo como resultado natural del desarrollo económico. Como se sabe, quienes postulan esa tesis piensan también que el fin del capitalismo será producto de la misma evolución de la economía que lo trajo al mundo. Por el contrario, Öcalan afirma que el capitalismo es hijo de una tradición muy antigua, que se afirma en el poder militar y político para usurpar los valores sociales, hasta convertirse en la formación social dominante en Europa en el siglo XVI. Entre los valores sociales usurpados, destaca la mujer-madre por el hombre-fuerte y el grupo de bandidos y ladrones que le acompañan.

Criticar al economicismo supone, en la misma línea, la crítica del evolucionismo, sea lineal o por saltos. Una sencilla afirmación hecha luz sobre este tema: En las guerras coloniales, donde se realizó la acumulación originaria, no hubo reglas económicas. Se enfoca contra la economía política, a la que considera la teoría más falsificadora que fue creada para encubrir el carácter especulativo del capitalismo.

A lo largo de toda su obra, pero en especial en los apartados sobre el capitalismo, se apoya en Fernand Braudel, con quien coincide en señalar que es la negación del mercado por la regulación de precios que imponen los monopolios.

En este punto aparece el segundo aspecto a destacar, cuando sostiene que el capitalismo no se identifica con la producción ni con el crecimiento económico, porque no es economía. El capitalismo es poder, no economía, asegura Öcalan. Es evidente que existe una economía capitalista, pero el sistema capitalista es un monopolio de poder que se impone desde fuera a la economía, según sostiene en este capítulo esclarecedor. El capitalismo utiliza la economía, pero es el poder, la fuerza concentrada, lo que le permite confiscar el plusvalor y los excedentes.

En consecuencia, considera que la obra principal de Marx, El Capital, funciona como un nuevo tótem que ya no es útil para los trabajadores, porque delimita el capitalismo al terreno de las leyes de la economía, un punto que comparten todos los reformismos desde hace mucho tiempo.

El tercer aspecto que me parece importante es considerar al Estado-nación como la forma de poder propia de la civilización capitalista. Un breve paréntesis: dice civilización capitalista porque la considera en su integralidad, incluyendo todas las variables articuladas, desde la economía y la cultura hasta la geopolítica y la sociedad. En consecuencia, dice que la lucha anti-estatal es más importante que la lucha de clases; y esto es una suerte de golpe al mentón para quienes nos formamos en Marx. Por eso mismo, afirma que es más revolucionario el trabajador que se resiste a ser proletario, que lucha contra el estatus de trabajador, porque esa lucha sería socialmente más significativa y ética.

En las páginas finales de este tomo afirma que los conflictos en realidad surgen entre conjuntos sociales; entre la sociedad estatal y las sociedades democráticas. En suma, el Estado es uno de los nudos a desatar, no el espacio de llegada de la lucha social.

Va más lejos. Sostiene Öcalan que Estado y poder son cosas diferentes, que el poder contiene al Estado, pero es mucho más que el Estado. En este punto advierte que el pensamiento antisistémico está necesitando investigar a fondo las formas de Estado y en particular el Estado-nación, temas que Marx no pudo o no quiso abordar.

Rechaza la toma del Estado porque pervierte a los revolucionarios y piensa que la crisis del movimiento antisistémico no puede desligarse de la opción estatal. También rechaza el concepto de hegemonía. “La esencia de la civilización estatal –escribe Öcalan– es la hegemonía sobre la sociedad”. Pero la hegemonía implica poder y éste supone dominio, que no puede existir sin el uso de la fuerza.

Es muy interesante que llegue a esta conclusión en franca oposición a pensadores como Gramsci, recuperado por toda una camada de intelectuales progresistas que hacen malabarismos teóricos para separar poder de dominación. Los monopolios de poder (Estados) así como los monopolios económicos (privados o estatales) se imponen sobre la sociedad y la asfixian. Por eso hay que alejarse de esas formas de relación social.

Al final, se comprendió que detentar el poder era lo más reaccionario del capitalismo, contra la igualdad, la libertad y la democracia, pero ya se había producido un importante retroceso, era la misma enfermedad histórica por el poder que había sufrido el cristianismo, escribe en las Conclusiones. Un pensamiento crítico, anticapitalista, anti-estatal y anti-patriarcal centrado en Medio Oriente, formulado desde la resistencia a sus poderosos

enemigos. Es imposible vencer con las armas del enemigo, nos dice Öcalan. Sin embargo, esta sencilla convicción no puede ser aceptada, sin más, como verdad revelada: cada generación deberá descubrir sus verdades con base en la propia experiencia. Por doloroso que sea.

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La crisis de los expertos económicos

Xov, 13/04/2017 - 02:01
Andy Robinson, La Vanguardia

“Coinciden los expertos económicos”. Es una de las frases predilectas de los periodistas que escribimos artículos como este. Y, últimamente, los expertos coinciden en algo un poco inquietante. Al menos para ellos: nadie les hace caso.

Ocurrió con el brexit cuando el 52% de los votantes británicos optaron por salir de la UE pese a que sólo 1 de cada 22 economistas entrevistados en un sondeo del dominical The Observer apoyó la salida. Asimismo, el programa de Donald Trump fue calificado por la mayoría de los economistas como peligrosamente proteccionista y económicamente analfabeto. Pero Trump ya está instalado en la Casa Blanca.

Los expertos pierden su influencia y el establishment económico y político advierte sobre una ola alarmante de populismo. Pero, para los jóvenes autores del nuevo libro Econocracy: el peligro de dejar a los expertos (Manchester University Press, 2017), el problema estriba en la desconexión radical entre una ciudadanía, que ni tan siquiera entiende el lenguaje elemental de la economía, y una tecnocracia formada en facultades que sólo enseñan un esotérico pensamiento único. En concreto, las teorías de la escuela neoclásica, un modelo económico que, pese a estar escondido en una densa niebla de ecuaciones algébricas, es tan ideológico como cualquier otro.

Para Joe Earle, Cahal Moran y Zach Ward-Perkins, todos activistas de un nuevo movimiento estudiantil, que cuenta ya con grupos en 14 universidades británicas y unas cuantas en Europa, la crisis de los expertos hasta puede ser motivo de celebración. “Se está dando un contragolpe a los expertos debido al fracaso de una forma muy centralizada de entender lo que son las ciencias económicas y la economía”, dice Moran, de 26 años, que cursa un posgrado en ciencias económicas en la Universidad de Manchester. Este innovador y atrevido movimiento estudiantil, que nació en el 2012 con la creación del grupo Post crash economics en Manchester –casualmente, la cuna del capitalismo industrial–, se ha extendido por las diversas universidades británicas y en el resto de Europa.

Son rebeldes pero cuentan con el apoyo moral de economistas de prestigio como Andy Haldane, el economista jefe del Banco de Inglaterra; Ha Joon Chang de Cambridge; Robert Skidelsky, el biógrafo de John Maynard Keynes; Ann Pettifor, autora de La producción del dinero; el lingüista Noam Chomsky y Martin Wolf, gurú macroeconómico del Financial Times. Los estudiantes, ya incorporados a la campaña Rethinking economics, (replanteando las ciencias económicas) reivindican la pluralidad en la enseñanza de la disciplina, mediante la incorporación al currículo de una amplia gama de teorías heterodoxas y ortodoxas, desde la austriaca a la keynesiana, feminista a ecológica, actualmente excluidas.

Abogan también por la democratización de la economía mediante programas populares de alfabetización económica. Según encuestas que el grupo de Manchester realizó en colaboración con la firma de sondeos Yougov, la mayoría de la población británica no entiende conceptos básicos de la economía como el PIB o la inflación. “Mediante programas de educación, hace falta formar ciudadanos economistas” –sostienen– dotados de suficientes conocimientos como para cumplir con el consejo de la famosa economista keynesiana de la Universidad de Cambridge, Joan Robinson: “Conviene estudiar ciencias económicas para evitar que los economistas te engañen”.

En España, ya existen iniciativas de este tipo. En la Universidad de Barcelona se ha creado un grupo de estudiantes que exigen mayor pluralidad en la enseñanza. Asimismo hay diversas iniciativas de formación ciudadana en las ciencias económicas. “No deberíamos dejar esto en manos de expertos que utilizan una jerga precisamente para ahuyentar a la gente”, dice Ricardo Záldivar, catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid que participa en una serie de programas de formación económica popular.

Al cuestionar el papel de los expertos, no se debería caer en la trampa de menospreciar los conocimientos en sí, advierte Moran. “Este es un mundo complejo y haca falta la pericia pero no hay un solo punto de vista económico”, recuerda. A fin de cuentas, hasta los técnicos del propio Fondo Monetario Internacional (FMI) quedaron perplejos al ver como sus advertencias contra un exceso de austeridad en Europa fueron rechazadas por una opinión publica en varios países, entre ellos el Reino Unido y España, convencida de que la deuda pública era el principal peligro.

Los expertos en economía –incluso los que pretenden “popularizar” las ciencias económicas como Steven Levitt, autor de éxitos de ventas como Freakonomics, suelen presentarse como mentes privilegiadas que entienden las leyes inmutables de una economía que funciona de forma independiente de la política. En realidad, explican, la idea de una economía como un “concepto abstracto regido por leyes técnicas es un invento bastante reciente”. Los economistas de principios del siglo XX se quejaron de que los políticos no les hicieran caso. “Cuando los economistas hablamos, nos tienen menos respeto de lo que merecemos,” se lamentó Irving Fisher en 1902.

En todas las elecciones generales celebradas entre 1900 y el final de la Segunda Guerra Mundial la palabra “economía” sólo apareció dos veces en el programa electoral del partido ganador. La situación ahora –o al menos, hasta la irrupción de los populismos– es la inversa. En el último manifiesto de David Cameron la economía se mencionó más de 60 veces. Por eso, es lógico pensar, según los estudiantes, que los economistas neoclásicos tienen tanto poder en estos momentos porque sus recomendaciones convienen a los poderes políticos, empresariales y bancarios.

Ahora bien, la influencia de los expertos no sería tan grave si existiera una pluralidad de ideas en las facultades donde se forman. Pero “los expertos del futuro sólo aprenden una sola perspectiva (la neoclásica) como si no hubiera otras”, advierten los estudiantes. En los exámenes de fin de carrera, el 76% de las preguntas no exige pensamiento crítico o independiente, según sus investigaciones en las universidades británicas. En la emblemática London School Economics, cantera de un ejército de “expertos” globales, unos cuantos de ellos en España, hay aún menos incentivos para pensar críticamente.

Las “ciencias económicas son un método de adoctrinamiento”, sentencian. Tras empezar sus carreras universitarias justo después del colapso del sistema financiero en el 2008, los estudiantes de Manchester confiaban en que en algún momento sus profesores les hablarían de las causas y las consecuencias de la crisis. Pero “a mitad de la carrera nos dimos cuenta de que nuestra espera era en balde”.

Las consecuencias de la brecha entre una tecnocracia versada unicamente en la economía neoclásica y una masa de gente que no entiende nada acaba de ponerse de manifiesto de forma explosiva. Más que un rechazo a Europa en sí, “el brexit es una reacción contra el gobierno de tecnócratas y la econocracia”, asegura Joe Earle, otro de los autores. “Pone de manifiesto la distanciamiento entre élites normalmente metropolitanas, dueños del lenguaje de las ciencias económicas, y el resto del país que se siente excluido y busca otro lenguaje, el del nacionalismo y soberanía”.

El brexit no sólo revela el fracaso de los expertos, sino también de sus conceptos e indicadores. Por ejemplo , el uso insistente de medidas estadísticas nacionales. Londres y el sudeste, las únicas regiones inglesas que votaron a favor de la UE, también son las únicas cuyo PIB per cápita es mayor ahora que antes de la crisis financiera. En el resto del país, se sigue por debajo del nivel del 2007. “Si no vives en Londres ¿por qué te va a interesar lo que los expertos dicen del crecimiento del PIB?” se pregunta Cahal. Y en eso estamos.

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De plumas atómicas y dragones solitarios

Mér, 12/04/2017 - 14:26

Alejandro Nadal, La Jornada

El proceso de industrialización en China arrancó desde el triunfo del Partido Comunista en 1949. A partir de ese año las prioridades estuvieron orientadas hacia la industria pesada y hubo que esperar a la contrarrevolución de Deng Xiaoping para que comenzara de lleno un proceso de diversificación industrial. Hoy la República Popular China es considerada una potencia industrial de primera magnitud, capaz de producir desde computadoras y aviones, hasta teléfonos celulares. Sus proezas tecnológicas en el terreno de la industria aeroespacial son objeto de admiración en todo mundo.

Por eso sorprendió la noticia hace unas semanas: ¡por fin la industria china había logrado dominar la tecnología para fabricar la punta de un bolígrafo! Parecía mentira porque la tecnología para producir bolígrafos tiene más de setenta años y China produce cada año unos 38 mil millones de bolígrafos, lo que representa 80 por ciento de la producción mundial de éstos. Pero lo que esa estadística no dice es que las puntas de esos bolígrafos son importadas casi en su totalidad. Aunque sorprenda, la industria china no podía fabricar los balines y la cavidad en la que están insertos para asegurar un flujo constante de tinta en un bolígrafo normal.

Vale una aclaración: parece que México es el único país de habla hispana en el que los bolígrafos son conocidos como plumas atómicas. Probablemente eso se debe a que fueron introducidos al mercado en los primeros años de la posguerra y por algún artilugio la mercadotecnia logró que el apelativo remitiera a la tecnología más moderna y no a la terrible hecatombe de los ataques nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Pero ese es otro tema.

Existen más de 3 mil fábricas de bolígrafos en China, pero ninguna tenía la tecnología para fabricar las puntas que les permiten escribir suavemente. El 90 por ciento de esos componentes son comprados a proveedores en Suiza, Japón y Alemania, con un costo de unos 17 millones de dólares. Ese costo es insignificante para el tamaño de la economía china, pero en 2015 el primer ministro, Li Keqiang, señaló que la incapacidad de fabricar bolígrafos de buena calidad era una señal de las debilidades de la industria china. Cuando uno escribe con los bolígrafos hechos con componentes locales, el papel se rasga y la tinta no fluye de manera regular, señaló Li en una reunión oficial en Beijing. Acto seguido dio a conocer el fortalecimiento de un programa que ya existía desde 2011 para alcanzar el objetivo de producir bolígrafos chinos de buena calidad. Y por fin, la empresa estatal Taiyuan Iron and Steel Company (TISCO) ha anunciado que comenzará la producción en masa de bolígrafos integralmente made in China dentro de poco.

¿Por qué no seguir importando los componentes de los bolígrafos? Después de todo, el costo es modesto y si se toma en cuenta el tamaño de una empresa como TISCO, que produce cada año 10 millones de toneladas de acero, la demanda de acero para la industria de bolígrafos es casi de apenas unas mil toneladas al año. La respuesta es que en China existe desde hace mucho una tendencia a privilegiar la integración vertical en las industrias estatales. Es la continuación de aquella vieja prioridad de la autosuficiencia. La integración vertical permite controlar las etapas adyacentes en la cadena de producción y puede ser una operación rentable si contribuye a reducir costos de transacción y si permite garantizar el suministro estable de insumos intermedios. A las empresas chinas con fuerte integración vertical se les denomina dragones solitarios.

Pero también es cierto que los dragones solitarios pueden ser un incentivo perverso en contra de la especialización y pueden favorecer estructuras poco competitivas. Abundan los ejemplos de industrias con excesiva integración vertical que terminaron con el fracaso.

La prensa de negocios ha interpretado el caso de las plumas atómicas como un fracaso de China en el terreno de la política industrial y tecnológica. Se argumenta que la razón por la que la industria china no pudo desarrollar la tecnología para producir aceros finos de alta tolerancia (como los que se usan para producir las puntas de los bolígrafos) es la falta de un sistema eficaz de patentes para proteger los derechos de los innovadores. Pero esa interpretación ignora que la industrialización en China (y antes en Japón y Corea del Sur) no hubiera sido posible sin una estrategia deliberada de copia y asimilación de tecnología industrial que estuvo acompañada de maniobras para darle la vuelta a las estrictas reglas del sistema internacional de patentes.

Hoy la industria en China está dando un giro y avanza a paso veloz en robótica, impresiones de 3D, manufactura inteligente, equipo médico y de tele-informática. Con razón ha sobrepasado a Japón en las exportaciones de bienes de alta intensidad tecnológica. En lugar de caminar por el camino de la extinción, los dragones solitarios todavía pueden rescribir su propia historia, aunque no sea con plumas atómicas.

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El bombardeo estadounidense contra Siria y la campaña militar del imperialismo occidental

Mar, 11/04/2017 - 17:23

Joseph Kishore, WSWS

A raíz del lanzamiento de misiles crucero contra el gobierno sirio la semana pasada, la implacable lógica de la guerra ha tomado control de las decisiones de Washington. La élite política y la prensa en Estados Unidos están exigiendo que dicha acción sea seguida por la implementación de una “estrategia integral” para derrocar al presidente sirio, Bashar al Asad, y escalar las confrontaciones con Rusia.

La embajadora estadounidense ante las Naciones Unidas, Nikki Haley, declaró el domingo que “un cambio de régimen [en Siria] es algo que consideramos que va a suceder”. En cuanto a Rusia e Irán, dijo, “Estamos denunciándolos. Pero, no creo que hayamos descartado nada por el momento... Van a seguir viendo a Estados Unidos actuar cuando tiene que hacerlo”.

El domingo, el senador republicano Lindsey Graham, pidió el envío de “cinco a seis mil” tropas a Siria, además de más sanciones económicas contra Rusia. Dijo que Asad está cometiendo “un gravísimo error porque, si uno es un adversario de EEUU y no está preocupado por lo que pueda hacer Trump en un día dado, debe estar loco”.

Tanto los demócratas como los republicanos fueron parte del coro de llamados a la acción contra el gobierno ruso. “Son cómplices”, dijo el senador republicano, Marco Rubio, y agregó, “Vladimir Putin es un criminal de guerra que está ayudando a otro criminal de guerra”. Su colega demócrata, Ben Cardin, declaró que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debería establecer un tribunal de crímenes de guerra para enjuiciar a Asad y al presidente ruso, Vladimir Putin.

Este es el lenguaje de la guerra. Llamar a un mandatario de otro país un criminal de guerra es el preludio tradicional de una acción militar.

Estados Unidos no está solo en sus provocaciones incendiarias. Todas las potencias imperialistas en Europa se alinearon en apoyo del ataque contra Siria. El secretario de Defensa británico, Michael Fallon, escribió el domingo que Rusia es “indirectamente responsable por cada baja civil la semana pasada”, algo que por supuesto no fue dicho en relación con la masacre estadounidense la ciudad iraquí de Mosul el mes pasado.

El secretario de Estado estadounidense, Rex Tillerson, está participando en una reunión de cancilleres del G7, la cual comenzó este lunes en Italia, donde EEUU y sus aliados europeos están discutiendo un ultimátum para que Moscú retire sus tropas de Siria y deje de apoyar al gobierno de Asad. Tillerson reiterará esta demanda cara a cara con el canciller ruso en Moscú, presuntamente amenazando con utilizar ciertas acusaciones de “crímenes de guerra” contra Rusia.

En uno de los pocos comentarios que señala cuáles serían las consecuencias de tales acciones, el profesor de la Universidad de Georgetown, Colin Kahl, escribió el domingo en el diario Washington Post que si EEUU continúa este escalamiento de reclamos de un cambio de régimen y zonas de exclusión aérea, “las posibilidades de un enfrentamiento militar con Moscú son reales”. Sin embargo, este es precisamente el camino que está tomando el gobierno de Trump, respaldado por la élite política en su conjunto y las potencias imperialistas de Europa.

¿Cómo responderán EEUU y sus aliados si Rusia rechaza dicho ultimátum de retirarse de Siria? En medio de la histeria antirrusa que ha llegado a dominar a la prensa y a la burguesía en EEUU, nadie está planteando la cuestión de cuántos cientos de millones de personas morirían en una guerra con Rusia, o siquiera si quedará un mundo habitable después de una conflagración nuclear.

Al mismo tiempo, Estados Unidos está aumentando sus amenazas militares en Asia. Durante el fin de semana, el gobierno de Trump desplegó buques de guerra a la península de Corea, mientras que varios reportes señalan que Washington está considerando ataques de “decapitación” y otras acciones militares contra el gobierno norcoreano, las cuales podrían ocurrir tan pronto como esta semana.

El grado de imprudencia de la política exterior imperialista tiene una base objetiva. La impulsan dos factores en particular y relacionados entre sí.

En primer lugar, las secciones dominantes del ejército, las cuales están dictando gran parte de las políticas de Trump, están decidiendo revertir a toda costa la decisión de la administración de Obama de echarse atrás en el 2013 y no intervenir directamente en Siria. En vez, se había llegado a un acuerdo con Rusia para supervisar la destrucción de armas químicas de Siria. Las cúpulas militares consideran que este cambio es un paso crítico para mantener el dominio estadounidense, no sólo en Oriente Medio y Europa del Este, pero en todo el mundo.

Escribiendo para el diario New York Times el domingo, el senador republicano, Tom Cotton, declaró que los ataques en Siria “han logrado un gran avance en restablecer nuestra severamente dañada credibilidad ante el mundo”. Cotton indicó: “En una sola noche, el presidente Trump cambió las tornas. Le demostró al mundo que cuando EEUU lanza una advertencia, hará valer sus palabras con acciones... Ya que nuestra credibilidad ha sido restaurada, EEUU puede volver a su ofensiva alrededor del mundo”.

Las afirmaciones de Cotton dejan claro que el ataque químico fue tan solo otro pretexto fabricado para llevar a cabo una intervención armada. Una y otra vez, se ha demostrado que las potencias imperialistas han inventado acusaciones de crímenes de guerra para justificar su agenda neocolonial y depredadora.

El gobierno de Asad, cuyas fuerzas han estado a la ofensiva, no tenían nada que ganar de un ataque químico contra enemigos que se están replegando. Estados Unidos, al contrario, tenía motivos políticos obvios. La CIA y el Pentágono querían una justificación para atacar al gobierno sirio con fines geoestratégicos.

Ahora que lo han hecho, Cotton se jactó: “Le hemos recordado a amigos y enemigos que Estados Unidos no sólo posee un poder sinigual, sino que lo usará nuevamente para proteger nuestros intereses, aspiraciones y aliados”.

La segunda razón detrás de la escalada militar concierne las preocupaciones por la profundización de la crisis y la inestabilidad en toda Europa y EEUU. La Unión Europea (UE) y la OTAN se están resquebrajando en medio de un auge de movimientos nacionalistas alrededor de la salida de Reino Unido de la UE o Brexit.

La confrontación con Rusia será un factor “unificador”. Chris Coons, el senador demócrata de Delaware, detalló este punto la semana pasada en la Institución Brookings como parte de su charla titulada “¿Estamos en guerra con Rusia?”. Coons indicó que “el orden internacional encabezado por EEUU” está siendo amenazado por Rusia, que “se beneficia directamente de la elección de mandatarios europeos que apoyen un nacionalismo intolerante y que comparten su oposición a una UE cohesionada y a una OTAN fuerte”.

Según Coons, “El régimen de Vladimir Putin está logrando hoy día lo que la Unión Soviética pretendió alcanzar en 1950... Está destruyendo la unidad de Occidente, aislando a EEUU y alejando a la gente de Occidente de nuestros gobiernos”. Además, “está socavando la confianza entre estadounidenses, en nuestras instituciones y en la propia credibilidad de nuestra democracia”.

Este intento de Coons de atribuirle al gobierno de Putin la ruptura de la UE y el descontento social en Europa y EEUU es completamente absurdo. Las decenas de millones de trabajadores cuyos niveles de vida se están desplomando no necesitan que Putin les haga saber que el sistema político y económico les ha fallado.

Dentro de EEUU, el Partido Demócrata, aliado con las cabecillas militares y de inteligencia, está protagonizando el proceso de agitar histeria antirrusa con las intenciones de mantener a Europa bajo control y redirigir las tensiones sociales dentro de EEUU hacia un conflicto militar en el exterior. A raíz de los bombardeos contra Siria, los demócratas dejaron de lado sus críticas ocasionales de las políticas domésticas de Trump y se han enfocado en elogiar a la Casa Blanca y exigir una política más consistente contra Asad y Rusia.

De forma ominosa, Coons expresó estar preocupado por encuestas recientes que muestran que, “sólo la mitad de todos los estadounidenses cree que Rusia realmente interfirió en las elecciones presidenciales”, incluso después de que “toda la comunidad de inteligencia estadounidense dejara claro que Rusia intervino en el proceso electoral”. El Congreso estadounidense, aseveró, tiene que “entender cuál es la naturaleza de nuestro conflicto con Rusia y asegurarse que el pueblo estadounidense comparta ese entendimiento”.

¿Y si la gente no “comparte ese entendimiento”? Entonces, culpan a la “propaganda enemiga” e ilegítima.

La clase gobernante estadounidense tiene razón en estar preocupada sobre la conciencia de las masas. Las mismas contradicciones que desencadenan guerras imperialistas en el sistema capitalista mundial crean las bases objetivas para la revolución socialista, las cuales toman la forma una intensificación de las luchas de clase en todo el mundo. En EEUU, las consecuencias de una campaña militar contra Rusia conllevarán a un sentimiento generalizado de ira y ultraje. Amplios sectores de la clase obrera y la juventud cargan un gran escepticismo y un odio imperecedero hacia la élite política y la prensa.

Sin embargo, el principal peligro en la actualidad es que dicha oposición no está organizada políticamente. Las decisiones están siendo tomadas tras bastidores, mientras que el grueso de la población no tiene idea de lo catastróficas que son las consecuencias de dichas políticas. Ningún medio corporativo ha ofrecido una evaluación crítica de la propaganda estatal. Y asimismo, todo el espectro político oficial apoya la campaña de guerra del imperialismo norteamericano.

Sea cual fuere el resultado inmediato de los bombardeos en Siria, los eventos mundiales están moviéndose rápidamente en dirección de otra guerra mundial. Esta realidad tiene que animar internacionalmente una intervención políticamente consciente de la clase obrera para acabar de una vez y por todas con el imperialismo y con la división del mundo en Estados nación para poder reorganizar la sociedad sobre cimientos socialistas.

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