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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger6608125
Actualizado: fai 12 horas 44 min

Trump elogia respuesta de Putin a las nuevas sanciones de Obama

Ven, 30/12/2016 - 21:00

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, elogió la decisión del mandatario ruso, Vladímir Putin, de no responder a las sanciones estadounidenses con medidas similares y lo calificó de "muy inteligente". "Magnífica decisión de Vladimir Putin. Siempre supe que era muy inteligente", aseguró hoy Trump en un comentario en su cuenta de Twitter.

El magnate publicó ese comentario después de que el jueves se desmarcara de la decisión del presidente de EEUU, Barack Obama, de expulsar del país a 35 diplomáticos de Rusia e imponer sanciones económicas contra organismos de espionaje, individuos y empresas de seguridad informática rusos.

"Es hora de que nuestro país avance hacia cosas más grandes y mejores", respondió Trump la noche del jueves al anuncio de sanciones a Rusia por su presunta intervención en las elecciones presidenciales estadounidenses mediante ataques informáticos para favorecerlo en detrimento de su rival demócrata, Hillary Clinton.

Putin se abstuvo hoy de responder a las sanciones de la Casa Blanca y dijo que no se rebajaría "al nivel de una diplomacia irresponsable". Esta no es la primera vez que el presidente electo estadounidense elogia a Putin, de quien ha dicho admirar su figura de líder fuerte y con quien ha mostrado un deseo de cambiar el rumbo de las relaciones bilaterales, a diferencia de las tensas relaciones mantenidas por Obama, quien acrecienta su desastroso legado en sus ocho años en la Casa Blanca.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

La guerra nuclear en 140 caracteres

Xov, 29/12/2016 - 07:31
Alejandro Nadal, La Jornada

Uno de los peores lugares para desencadenar una nueva carrera armamentista debe ser sin duda Twitter. Pero no para Donald Trump. Y para demostrarlo el 23 de diciembre lanzó un mensaje claro: Estados Unidos, señaló, deben fortalecer y expandir su capacidad atómica hasta que el mundo por fin despierte a la realidad de las armas nucleares.

Por si quedaban dudas, al día siguiente Trump volvió a twittear: ¡Que comience una nueva carrera armamentista! Pareciera que ya no habría lugar a dudas: junto a otras extravagantes promesas de su campaña el presidente electo ahora quiere añadir una nueva etapa en la carrera de armamentos nucleares.

Para tener cierta perspectiva hay que recordar que este año el presidente Barack Obama sentó las bases de un gigantesco programa de modernización del enorme arsenal estratégico de Estados Unidos.

Dicho plan incluye un gasto superior a 348 mil millones de dólares para modernizar y actualizar misiles, bombarderos, cargas nucleares, submarinos, sistemas de monitoreo e identificación de blancos, así como la infraestructura de control y comando del Pentágono. A eso hay que añadir planes para fortalecer el subsistema de investigación y desarrollo tecnológico de todos los componentes de las fuerzas armadas. Algunos analistas independientes calculan que el costo de tales proyectos podría superar el billón (castellano) de dólares.

Estados Unidos mantiene hoy un arsenal de aproximadamente mil 750 cabezas nucleares desplegadas en misiles balísticos intercontinentales lanzados desde sus bases en tierra (ICBM), en cohetes lanzados desde submarinos (SLBM) y en bombarderos estratégicos. A este número hay que agregar 180 cargas tácticas localizadas en bases en Europa. En la categoría de misiles ICBM se encuentran 441 Minuteman III, con un alcance de 6 mil kilómetros, colocados en silos subterráneos. Estos misiles pueden ser disparados en menos de cinco minutos después de recibir una orden presidencial.

Por su parte, los misiles SLBM desplegados en submarinos (de propulsión nuclear) suman 288 y todos están dotados de hasta ocho cargas independientes. Estos submarinos tienen la capacidad de permanecer ocultos durante largos periodos de tiempo y desde esa perspectiva constituyen el componente disuasivo por excelencia en caso de lo que algunos analistas llaman un intercambio nuclear.

El llamado de Trump suena ridículo si se considera el hecho de que los arsenales de Estados Unidos han atravesado múltiples programas de modernización desde los peores años de la guerra fría. De hecho, los acuerdos de control y reducción de armamentos que fueron negociados con la antigua Unión Soviética sirvieron para adelgazar el abultado inventario de cargas nucleares, misiles y bombarderos, al eliminar los elementos obsoletos y vulnerables, y abriendo espacio para los más modernos y letales. Un resultado fue el incremento en la precisión de los nuevos cohetes, lo que hizo posible reducir el tamaño de las cargas nucleares individuales. Todo esto llevó a una reducción en los arsenales nucleares y a una impresión de que el peligro estaba disminuyendo.

Es decir, el desplante de Trump (y de Obama) es absurdo desde otro punto de vista. Si hacemos una lista de los países que más invierten en armamentos resulta que el gasto militar de Estados Unidos es mayor al acumulado de las siguientes 10 naciones en dicha escala. Para el estado en el que se encuentra hoy día la economía estadounidense resulta claro que un dispendio improductivo de este calibre representa un oneroso fardo lleno de implicaciones negativas. Ni la economía será más competitiva, ni se generarán empleos productivos. Y si alguien piensa en los posibles beneficios tecnológicos que este dispendio podría traer aparejados, hay que recordar que las innovaciones que generaron los misiles y sus sistemas de navegación ya no se van a repetir.

Vladimir Putin no quiere dejar solo a su compañero de juegos y anunció a los pocos días del tuit de Trump que si Estados Unidos quiere iniciar una nueva carrera de armamentos, Rusia estaría más que dispuesta a responder al desafío. De hecho, el plan de Moscú consiste en remplazar todo el arsenal nuclear viejo heredado de la guerra fría por componentes modernos a lo largo de los próximos 10 años. Dicho sea de paso, Inglaterra, Francia, China, India, Pakistán e Israel siguen la misma trayectoria de modernizar sus arsenales nucleares.

Para el resto del mundo, el panorama es sombrío. Es cierto que el número de armas nucleares se redujo desde su punto máximo en lo más álgido de la guerra fría. Pero queda mucho por hacer para realmente eliminar el riesgo de la aniquilación nuclear. La lentitud con la que ha procedido la reducción de armamentos nucleares es una señal de alarma a la que hay que agregar el sensible deterioro del régimen de no proliferación.

Se calcula que una guerra nuclear tendría una duración de media hora. Pero el mundo de la posguerra sufriría miles de años. Eso no cabe en 140 caracteres.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

La globalización ha muerto

Mér, 28/12/2016 - 15:59

Álvaro García Linera, La Jornada

El desenfreno por un inminente mundo sin fronteras, la algarabía por la constante jibarización de los estados-nacionales en nombre de la libertad de empresa y la cuasi religiosa certidumbre de que la sociedad mundial terminaría de cohesionarse como un único espacio económico, financiero y cultural integrado, acaban de derrumbarse ante el enmudecido estupor de las élites globalófilas del planeta.

La renuncia de Gran Bretaña a continuar en la Unión Europea –el proyecto más importante de unificación estatal de los cien años recientes– y la victoria electoral de Trump –que enarboló las banderas de un regreso al proteccionismo económico, anunció la renuncia a tratados de libre comercio y prometió la construcción de mesopotámicas murallas fronterizas–, han aniquilado la mayor y más exitosa ilusión liberal de nuestros tiempos. Y que todo esto provenga de las dos naciones que hace 35 años atrás, enfundadas en sus corazas de guerra, anunciaran el advenimiento del libre comercio y la globalización como la inevitable redención de la humanidad, habla de un mundo que se ha invertido o, peor aún, que ha agotado las ilusiones que lo mantuvieron despierto durante un siglo.

La globalización como meta-relato, esto es, como horizonte político ideológico capaz de encauzar las esperanzas colectivas hacia un único destino que permitiera realizar todas las posibles expectativas de bienestar, ha estallado en mil pedazos. Y hoy no existe en su lugar nada mundial que articule esas expectativas comunes. Lo que se tiene es un repliegue atemorizado al interior de las fronteras y el retorno a un tipo de tribalismo político, alimentado por la ira xenofóbica, ante un mundo que ya no es el mundo de nadie.

La medida geopolítica del capitalismo Quien inició el estudio de la dimensión geográfica del capitalismo fue Karl Marx. Su debate con el economista Friedrich List sobre el capitalismo nacional, en 1847, y sus reflexiones sobre el impacto del descubrimiento de las minas de oro de California en el comercio transpacífico con Asia, lo ubican como el primero y más acucioso investigador de los procesos de globalización económica del régimen capitalista. De hecho, su aporte no radica en la comprensión del carácter mundializado del comercio que comienza con la invasión europea a América, sino en la naturaleza planetariamente expansiva de la propia producción capitalista.

Las categorías de subsunción formal y subsunción real del proceso de trabajo al capital con las que Marx devela el automovimiento infinito del modo de producción capitalista, suponen la creciente subsunción de la fuerza de trabajo, el intelecto social y la tierra, a la lógica de la acumulación empresarial; es decir, la supeditación de las condiciones de existencia de todo el planeta a la valorización del capital. De ahí que en los primeros 350 años de su existencia, la medida geopolítica del capitalismo haya avanzado de las ciudades-Estado a la dimensión continental y haya pasado, en los pasados 150 años, a la medida geopolítica planetaria.

La globalización económica (material) es pues inherente al capitalismo. Su inicio se puede fechar 500 años atrás, a partir del cual habrá de tupirse, de manera fragmentada y contradictoria, aún mucho más.

Si seguimos los esquemas de Giovanni Arrighi, en su propuesta de ciclos sistémicos de acumulación capitalista a la cabeza de un Estado hegemónico: Génova (siglos XV-XVI), Países Bajos (siglo XVIII), Inglaterra (siglo XIX) y Estados Unidos (siglo XX), cada uno de estos hegemones vino acompañado de un nuevo tupimiento de la globalización (primero comercial, luego productiva, tecnológica, cognitiva y, finalmente, medio ambiental) y de una expansión territorial de las relaciones capitalistas. Sin embargo, lo que sí constituye un acontecimiento reciente al interior de esta globalización económica es su construcción como proyecto político-ideológico, esperanza o sentido común; es decir, como horizonte de época capaz de unificar las creencias políticas y expectativas morales de hombres y mujeres pertenecientes a todas las naciones del mundo.

El fin de la historia La globalización como relato o ideología de época no tiene más de 35 años. Fue iniciada por los presidentes Ronald Reagan y Margaret Thatcher, liquidando el Estado de bienestar, privatizando las empresas estatales, anulando la fuerza sindical obrera y sustituyendo el proteccionismo del mercado interno por el libre mercado, elementos que habían caracterizado las relaciones económicas desde la crisis de 1929.

Cierto, fue un retorno amplificado a las reglas del liberalismo económico del siglo XIX, incluida la conexión en tiempo real de los mercados, el crecimiento del comercio en relación con el producto interno bruto (PIB) mundial y la importancia de los mercados financieros, que ya estuvieron presentes en ese entonces. Sin embargo, lo que sí diferenció esta fase del ciclo sistémico de la que prevaleció en el siglo XIX fue la ilusión colectiva de la globalización, su función ideológica legitimadora y su encumbramiento como supuesto destino natural y final de la humanidad.

Y aquellos que se afiliaron emotivamente a esa creencia del libre mercado como salvación final no fueron simplemente los gobernantes y partidos políticos conservadores, sino también los medios de comunicación, los centros universitarios, comentaristas y líderes sociales. El derrumbe de la Unión Soviética y el proceso de lo que Antonio Gramsci llamó transformismo ideológico de ex socialistas devenidos furibundos neoliberales, cerró el círculo de la victoria definitiva del neoliberalismo globalizador.

¡Claro! Si ante los ojos del mundo la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), que era considerada hasta entonces el referente alternativo al capitalismo de libre empresa, abdica de la pelea y se rinde ante la furia del libre mercado –y encima los combatientes por un mundo distinto, públicamente y de hinojos, abjuran de sus anteriores convicciones para proclamar la superioridad de la globalización frente al socialismo de Estado–, nos encontramos ante la constitución de una narrativa perfecta del destino natural e irreversible del mundo: el triunfo planetario de la libre empresa.

El enunciado del fin de la historia hegeliano con el que Francis Fukuyama caracterizó el espíritu del mundo, tenía todos los ingredientes de una ideología de época, de una profecía bíblica: su formulación como proyecto universal, su enfrentamiento contra otro proyecto universal demonizado (el comunismo), la victoria heroica (fin de la guerra fría) y la reconversión de los infieles.

La historia había llegado a su meta: la globalización neoliberal. Y, a partir de ese momento, sin adversarios antagónicos a enfrentar, la cuestión ya no era luchar por un mundo nuevo, sino simplemente ajustar, administrar y perfeccionar el mundo actual, pues no había alternativa frente a él. Por ello, ninguna lucha valía la pena estratégicamente, pues todo lo que se intentara hacer por cambiar de mundo terminaría finalmente rendido ante el destino inamovible de la humanidad, que era la globalización. Surgió entonces un conformismo pasivo que se apoderó de todas las sociedades, no sólo de las élites políticas y empresariales, sino también de amplios sectores sociales que se adhirieron moralmente a la narrativa dominante.

La historia sin fin ni destino Hoy, cuando aún retumban los últimos petardos de la larga fiesta del fin de la historia, resulta que quien salió vencedor, la globalización neoliberal, ha fallecido dejando al mundo sin final ni horizonte victorioso; es decir, sin horizonte alguno. Donald Trump no es el verdugo de la ideología triunfalista de la libre empresa, sino el forense al que le toca oficializar un deceso clandestino.

Los primeros traspiés de la ideología de la globalización se hacen sentir a inicios de siglo XXI en América Latina, cuando obreros, plebeyos urbanos y rebeldes indígenas desoyen el mandato del fin de la lucha de clases y se coligan para tomar el poder del Estado. Combinando mayorías parlamentarias con acción de masas, los gobiernos progresistas y revolucionarios implementan una variedad de opciones posneoliberales, mostrando que el libre mercado es una perversión económica susceptible de ser remplazada por modos de gestión económica mucho más eficientes para reducir la pobreza, generar igualdad e impulsar crecimiento económico.

Con ello, el fin de la historia comienza a mostrarse como una singular estafa planetaria y de nuevo la rueda de la historia –con sus inagotables contradicciones y opciones abiertas– se pone en marcha. Posteriormente, en 2009, en Estados Unidos, el hasta entonces vilipendiado Estado, que había sido objeto de escarnio por ser considerado una traba a la libre empresa, es jalado de la manga por Barack Obama para estatizar parcialmente la banca y sacar de la quiebra a los banqueros privados. El eficienticismo empresarial, columna vertebral del desmantelamiento estatal neoliberal, queda así reducido a polvo frente a su incompetencia para administrar los ahorros de los ciudadanos.

Luego viene la ralentización de la economía mundial, pero en particular del comercio de exportaciones. Durante los 20 años recientes, éste crece al doble del producto interno bruto (PIB) anual mundial, pero a partir de 2012 apenas alcanza a igualar el crecimiento de este último, y ya en 2015 es incluso menor, con lo que la liberalización de los mercados ya no se constituye más en el motor de la economía planetaria ni en la prueba de la irresistibilidad de la utopía neoliberal.

Por último, los votantes ingleses y estadounideneses inclinan la balanza electoral en favor de un repliegue a estados proteccionistas –si es posible amurallados–, además de visibilizar un malestar ya planetario contra la devastación de las economías obreras y de clase media, ocasionado por el libre mercado planetario.

Hoy, la globalización ya no representa más el paraíso deseado en el cual se depositan las esperanzas populares ni la realización del bienestar familiar anhelado. Los mismos países y bases sociales que la enarbolaron décadas atrás, se han convertido en sus mayores detractores. Nos encontramos ante la muerte de una de las mayores estafas ideológicas de los siglos recientes.

Sin embargo, ninguna frustración social queda impune. Existe un costo moral que, en este momento, no alumbra alternativas inmediatas sino que –es el camino tortuoso de las cosas– las cierra, al menos temporalmente. Y es que a la muerte de la globalización como ilusión colectiva no se le contrapone la emergencia de una opción capaz de cautivar y encauzar la voluntad deseante y la esperanza movilizadora de los pueblos golpeados.

La globalización, como ideología política, triunfó sobre la derrota de la alternativa del socialismo de Estado; esto es, de la estatización de los medios de producción, el partido único y la economía planificada desde arriba. La caída del muro de Berlín, en 1989, escenifica esta capitulación. Entonces, en el imaginario planetario quedó una sola ruta, un solo destino mundial. Lo que ahora está pasando es que ese único destino triunfante también fallece. Es decir, la humanidad se queda sin destino, sin rumbo, sin certidumbre. Pero no es el fin de la historia –como pregonaban los neoliberales–, sino el fin del fin de la historia. Es la nada de la historia.

Lo que hoy queda en los países capitalistas es una inercia sin convicción que no seduce, un manojo decrépito de ilusiones marchitas y, en la pluma de los escribanos fosilizados, la añoranza de una globalización fallida que no alumbra más los destinos.

Entonces, con el socialismo de Estado derrotado y el neoliberalismo fallecido por suicidio, el mundo se queda sin horizonte, sin futuro, sin esperanza movilizadora. Es un tiempo de incertidumbre absoluta en el que, como bien intuía William Shakespeare, todo lo sólido se desvanece en el aire. Pero también por ello es un tiempo más fértil, porque no se tienen certezas heredadas a las cuales asirse para ordenar el mundo. Esas certezas hay que construirlas con las partículas caóticas de esta nube cósmica que deja tras suyo la muerte de las narrativas pasadas.

¿Cuál será el nuevo futuro movilizador de las pasiones sociales? Imposible saberlo. Todos los futuros son posibles a partir de la nada heredada. Lo común, lo comunitario, lo comunista es una de esas posibilidades que está anidada en la acción concreta de los seres humanos y en su imprescindible relación metabólica con la naturaleza.

En cualquier caso, no existe sociedad humana capaz de desprenderse de la esperanza. No existe ser humano que pueda prescindir de un horizonte, y hoy estamos compelidos a construir uno. Eso es lo común de los humanos y ese común es el que puede llevarnos a diseñar un nuevo destino distinto de este emergente capitalismo errático que acaba de perder la fe en sí mismo.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Mensaje a las elites: reformen el sistema ahora, o se lo reformarán los populistas

Mér, 28/12/2016 - 09:31
Wolfgang Münchau, Sin Permiso

Una cosa es decir, como algunos hemos dicho, que las elites liberales occidentales deberían dejar de doblar la apuesta frente a la amenaza populista. Pero, más allá de eso, ¿qué deberían hacer?

Yo empezaría por una reconsideración de la gobernanza macroeconómica: desde los bancos centrales independientes y los objetivos de inflación hasta los mercados financieros desregulados y los objetivos de la política fiscal. Dicho sencillamente: si nosotros, el establishment liberal, fracasamos en eso, los populistas nos lo harán.

Una Marine Le Pen presidenta, por ejemplo, podría sacar a Francia de la Eurozona y dar instrucciones a su banco central para financiar los gastos de su gobierno.

Pero también necesitamos recapacitar más profundamente sobre los arraigados vínculos entre nuestras instituciones, las reglas con las que operan y la teoría macroeconómica prevalente. Buena parte de lo que ahora creemos normal fue establecido bastante recientemente. Los bancos centrales no siempre fueron independientes. Los objetivos directos de inflación son ahora comunes, pero eran desconocidos antes de 1990. Los objetivos a medio plazo en la política fiscal son también una invención moderna, como lo son los consejos fiscales. Tras esas instituciones, tras esas políticas, hay una fundamentación teórica: la macroeconomía neokeynesiana. El propio John Maynard Keynes, con toda probabilidad, consideraría a sus propugnadores promedio como “economistas difuntos”.

La teoría sostiene tres tesis clave. La primera, que un baja tasa de inflación es congruente con el pleno empleo, de modo que basta con que un banco central tenga como objetivo un baja tasa de inflación. La segunda, que la política fiscal no debería usarse para realizar ajustes económicos, sino que debería perseguir objetivos de estabilidad a medio plazo. Y la tercera, que ni la política monetaria ni la política fiscal tienen demasiado impacto a largo plazo.

Es evidente que nada de eso consigue explicar el caos que ahora vemos por doquiera: crisis financieras sin fin; una pérdida permanente de producto económico; desequilibrios persistentes e incapacidad de los bancos centrales para lograr sus objetivos de inflación; tipos de interés cero. No debería sorprendernos que la gente se haya vuelto escéptica frente a expertos económicos que venden teorías que se traducen en predicciones económicas cómicamente falsas e incongruas con la realidad percibida por el común de los mortales.

Estas observaciones son suaves, si las comparamos con las que acaba de dejar escritas Paul Romer, economista jefe del Banco Mundial, en una devastadora crítica de su profesión de economista. Compara la teoría macroeconómica dominante con la teoría de las cuerdas en física. De esta última se dijo en cierta ocasión que “ni siquiera es falsa”.

El señor Romer retrata la macroeconomía moderna como un embrollo incongruente que sólo se sostiene por el interés de gentes comúnmente empeñadas en proteger su propia influencia. El grueso de sus críticas concretas son de naturaleza técnica, y van más allá de lo que cabe reseñar aquí. Comienza citando a Lee Smolin, un físico que, en 2007, observó que la física no había hecho el menor progreso en el último cuarto de siglo. Pues bien; el señor Romer sostiene que el estado de la macroeconomía es peor. Lejos de progresar, ha regresado.

Sus observaciones son ya suficientemente perturbadoras por sí mismas. Pero lo que las hace pertinentes en el contexto de esta discusión es el hecho de que nuestras instituciones de política económica presuponen la idea de que esas teorías son correctas. Nuestros banqueros centrales independientes son macroeconomistas que fueron en su día entrenados en esos mismos modelos que el señor Romer critica.

Hasta comienzos de los 90, la independencia del banco central era una excepción. La Reserva federal y la Deutsche Bundesbank eran independientes antes de 1990, pero no lo eran el grueso de los bancos centrales. Por ejemplo, con toda probabilidad, la mayoría de la gente no apoyaría la idea de que las fuerzas armadas de un país tuvieran que ser independientes porque, supuestamente, los generales saben perfectamente lo que es mejor para nosotros y no habría que importunarles con las fluctuaciones cotidianas de la política.

Si el señor Romer está en lo cierto, y la macroeconomía, lejos de progresar, ha regresado, entonces quienes tratamos de defender el orden liberal deberíamos considerar seriamente la necesidad de recuperar el control de las áreas centrales de la política económica. Deberíamos sacar la política fiscal de las manos del piloto automático y desafiar a la tiranía del ubicuo objetivo de inflación del 2 por ciento. Y deberíamos empezar a distinguir entre los intereses del sector financiero y los del conjunto de la economía. No haberlo hecho es una de las razones del voto favorable al Brexit.

Aunque las razones para desafiar las políticas fundadas en la doctrina macroeconómica dominante son abrumadores, yo dudo mucho de que el establishment llegue de verdad a desafiarlas. Como ocurrió durante la crisis financiera última, los intereses creados se meterán de por medio. Los macroeconomistas que diseñaron los modelos son los guardianes y los beneficiarios del sistema. Son los banqueros centrales independientes. Dirigen los consejos fiscales independientes. Algunos son ministros de finanzas.

No es por casualidad que una famosa serie de televisión de la pasada década –El ala Oeste—imaginara a un Premio Nobel de economía como Presidente de los EEUU. Esa versión del filosofo-rey platónico está hoy pasada de moda.

Con un establishment incapaz de sacar la menor lección de sus derrotas a lo largo de 2016, nuestro sistema está mucho más cerca de ser demolido por los populistas de fuera que de ser reformado desde dentro.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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América Latina, el mundo doblemente al revés

Mér, 28/12/2016 - 03:25
Roberto Regalado, Alainet

A mediados de 1998, transcurridas más de tres décadas de globalización imperialista, dos de apogeo del neoliberalismo y casi una del derrumbe del bloque socialista europeo, el insigne escritor uruguayo Eduardo Galeano, fallecido en 2015, publicó el libro: Patas arriba. La escuela del mundo al revés. En sus páginas introductorias, Galeano escribió una nota titulada, «Si Alicia volviera», en referencia al conocido cuento infantil Alicia en el país de las maravillas. Esa nota dice: Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana.
Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista […]. En el capítulo titulado «Los modelos del éxito», Galeano sentenciaba: El mundo al revés premia al revés: desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo. Sus maestros calumnian la naturaleza: la injusticia, dicen, es la ley natural. Milton Friedman, uno de los miembros más prestigiosos del cuerpo docente, habla de «la tasa natural de desempleo». Por ley natural, comprueban Richard Herrstein y Charles Murray, los negros están en los más bajos peldaños de la escala social. Para explicar el éxito de sus negocios, John D. Rockefeller solía decir que la naturaleza recompensa a los más aptos y castiga a los inútiles; y más de un siglo después, muchos dueños del mundo siguen creyendo que Charles Darwin escribió sus libros para anunciarles la gloria. A dieciocho años de la publicación de la citada obra de Galeano, el mundo sigue estando al revés, pero eso ya no está tan a la vista. Digamos que durante esos más de tres lustros, quienes pusieron el mundo al revés, y lo siguen manteniendo al revés, desataron una campaña de saturación ideológica y mediática para ocultarlo.

El neoliberalismo es una doctrina concebida para imponer y legitimar la desigualdad social extrema. En los años setenta, ochenta y noventa del siglo XX, los ideólogos neoliberales decían públicamente lo que pensaban, entre otras cosas, que la desigualdad social, llevada a sus extremos más atroces, era buena y necesaria y, por tanto, debía ser fomentada por el Estado. Así repetían lo que habían aprendido de su maestro: en el pequeño libro considerado como obra fundacional del neoliberalismo, Camino de Servidumbre, impreso en 1944, el padre de esa doctrina, Friedrich Hayek, afirmaba: «toda política directamente dirigida a un ideal sustantivo de justicia distributiva tiene que conducir a la destrucción del Estado de Derecho».1 Repárese en que Hayek planteaba que la justa distribución de la riqueza conduce a la destrucción del Estado de Derecho, es decir, que la justicia social es incompatible con la democracia liberal burguesa o, dicho a la inversa, que la democracia liberal burguesa es incompatible con la justicia social.

En esa misma línea de pensamiento, el autor del capítulo sobre los Estados Unidos del Informe de la Comisión Trilateral, publicado en 1975, el profesor Samuel Huntington, decía: La operación efectiva del sistema político democrático usualmente requiere mayor medida de apatía y no participación de parte de algunos individuos y grupos. En el pasado, toda sociedad democrática ha tenido una población marginal, de mayor o menor tamaño, que no ha participado activamente en la política. En sí misma, esta marginalidad de parte de algunos grupos es inherentemente no democrática, pero es también uno de los factores que ha permitido a la democracia funcionar efectivamente.2 Huntington no lo menciona de manera explícita, pero queda bien claro que, para él, el funcionamiento de la democracia requiere que los sectores populares sean apáticos, que no se organicen, que no postulen a sus propios candidatos y candidatas, y que no voten por ellos. Para Huntington, el problema del mundo era una exacerbación de lo que él llamaba «igualitarismo democrático» de incontables «grupos de interés» que asediaban al Estado con demandas que este no estaba en condiciones de satisfacer. Con otras palabras, para él, el problema del mundo eran las reivindicaciones socioeconómicas de los sectores populares que el Estado burgués no puede ni quiere atender, porque su función es defender los intereses del imperialismo y la oligarquía.

Para combatir a esos sectores populares, la Comisión Trilateral, integrada por oligarcas e intelectuales de derecha de los Estados Unidos, Europa Occidental y Japón, abogaba, en forma totalmente pública, a viva voz, por fomentar el gobierno de las élites, promover la apatía de las mayorías, limitar las expectativas de las capas sociales bajas y medias, aumentar el poder presidencial (es decir, el presidencialismo), fortalecer el apoyo del Estado al sector privado y reprimir a los sectores radicalizados del movimiento sindical, entre muchas otras medidas y acciones de igual corte antidemocrático, elitista, excluyente y discriminatorio.

Sirvan estas menciones a Hayek y Huntington para fundamentar la afirmación de que, entre las décadas de 1970 y 1990, los ideólogos neoconservadores y neoliberales decían abiertamente lo que pensaban. Lo hacían con el objetivo de que los estratos más favorecidos de la sociedad lo asumieran como propio y lo practicaran, y de que los estratos más desfavorecidos lo aceptaran con resignación, por ser supuestamente inevitable.

El imperialismo mundial y las oligarquías de Asia, África y América Latina, siguen pensando y actuando exactamente igual. La diferencia es que hoy, no solo no lo dicen, sino que mienten con impudicia. En los dieciocho años transcurridos desde que Galeano denunciara que el mundo está al revés, los ideólogos de la derecha aprendieron a esconder su verdadero pensamiento y a asumir, de modo hipócrita, por una parte, los principios y valores de la democracia liberal burguesa emanados de la Ilustración y la Gran Revolución Francesa del 1789, principios y valores de los cuales Hayek, Huntington y todos los de su clase, renegaron y execraron y, por la otra, se han apropiado y han profanado principios y valores de los movimientos populares y las fuerzas políticas de la izquierda del siglo XX, como la defensa de los derechos humanos.

¿Por qué ese cambio? Debido a que pocos meses después de la publicación de esta obra de Galeano, a finales del propio año 1998, el comandante Hugo Chávez Frías abrió en América Latina una larga cadena de elecciones y reelecciones de gobiernos de izquierda y progresistas; debido a que, en virtud del acumulado de lucha de los pueblos, del rechazo universal a los métodos represivos históricamente empleados por las clases dominantes, y a las atroces consecuencias de las políticas neoliberales, movimientos populares y fuerzas políticas de izquierda y progresistas han sido electas y reelectas al gobierno en un considerable número de países de América Latina, por los medios y métodos de la democracia liberal burguesa. De modo que el cambio se debe a que los movimientos populares y fuerzas de izquierda de América Latina crearon las condiciones para utilizar, a su favor, los medios y métodos de un sistema político que había sido concebido para excluirlos del poder, para excluirlos del gobierno, para excluirlos del Estado, para excluirlos de toda participación política efectiva.

Por este motivo, los ideólogos de la derecha ya no pueden decir públicamente que la justicia social es incompatible con la democracia liberal burguesa o, vuelvo a decirlo a la inversa, porque se entiende mejor, que la democracia liberal burguesa es incompatible con la justicia social. Tampoco pueden decir públicamente que la exclusión de los sectores populares es una premisa del funcionamiento efectivo de ese sistema político democrático burgués.

En los países donde la izquierda ejerce el gobierno, las oligarquías, sus centros de propaganda, sus medios de comunicación y sus jueces y demás instrumentos, junto a las embajadas de los Estados Unidos y demás potencias imperialistas, se lavan las manos, como Poncio Pilatos, y culpan a la izquierda de todas las lacras, vicios y deformaciones inherentes al sistema político imperante: enlodan las palabras democracia, transparencia, probidad, derechos humanos, ciudadanía, libertad de expresión, división de poderes, Estado de Derecho, y muchas otras. Pero, en los países donde la derecha sigue gobernando, esos temas ni los mencionan.

Los ideólogos de la derecha no dicen que sus antepasados del siglo XVIII fueron enemigos a muerte de la construcción del sistema político democrático liberal burgués, enemigos a muerte del concepto de ciudadanía y del sistema de partidos políticos. Tampoco dicen que durante toda la segunda mitad del siglo XIX se opusieron al voto para todos los hombres, y que, hasta ya adentrado el siglo XX, se siguieron oponiendo al voto para las mujeres; no dicen que sus antepasados fueron enemigos jurados de que las mujeres y los hombres del pueblo, las ciudadanas y los ciudadanos, se organizaran en partidos políticos para conquistar y defender sus derechos políticos, económicos, sociales y culturales. No dicen una palabra de Hayek o de Huntington, ni de Friedman, de Herrstein, de Murray o de Rockefeller. No mencionan a Ronald Reagan ni a Margaret Thatcher, los principales promotores de la universalización del neoliberalismo en la década de 1980. Tampoco mencionan a los gobernantes latinoamericanos de inicios de los años noventa, causantes de la exclusión y la marginación de millones de latinoamericanos y latinoamericanas, como Carlos Andrés Pérez, Carlos Salinas de Gortari, Carlos Saúl Menem o Alberto Fujimori.

Parafraseando a Galeano, hoy podemos decir que el mundo está doblemente al revés, porque no solo siguen reinando los antivalores que él denunció, sino que, además, se justifica y defiende ese reinado con la mentira grosera. Hoy vienen a los países gobernados por partidos de izquierda y progresistas los heraldos de las internacionales de derecha (liberales, conservadores, demócrata cristianos y socialdemócratas, entre otros), y sus ONG’s financiadas con dinero de los monopolios transnacionales, a embaucar a nuestra juventud y a nuestro pueblo en general con las ideas fundacionales más avanzadas del pensamiento político liberal de los siglos XVIII y XIX, sin decirles que no fueron graciosas dádivas de sus antepasados oligarcas, sino conquistas arrancadas a ellos por nuestros antepasados, es decir, por los movimientos obreros, socialistas y femeninos de aquella época. Hoy vienen a embaucar a nuestra juventud y a nuestro pueblo en general, como si aquellas ideas fundacionales de la democracia liberal burguesa todavía fuesen puras, inmaculadas, respetadas y vigentes, como si el pensamiento neoconservador y neoliberal del siglo XX no hubiese renegado y abjurado de ellas. Hoy vienen a embaucar a nuestra juventud y a nuestro pueblo en general, como si no hubiesen sido las luchas de los movimientos populares y las fuerzas políticas de izquierda y progresistas las que les arrancaron a ellos los espacios democráticos existentes en la actualidad.

Ahora bien, esa manipulación hipócrita de los principios fundacionales de la democracia liberal burguesa y de algunas banderas de la izquierda solo impera en los países gobernados por fuerzas de izquierda y progresistas, mientras dichas fuerzas se mantienen en el gobierno. Cuando la derecha neoliberal logra recuperar el control del Poder Ejecutivo del Estado, como sucedió en Argentina y Brasil, de inmediato renacen los espectros de Hayek, Huntington, Friedman, Herrstein, Murray, Rockefeller, los espectros de Reagan y Thatcher, los espectros de Pérez, Salinas de Gortari, Menem, Fujimori y otros. De inmediato cesa la verborrea contra la supuesta partidocracia, desaparecen de escena las organizaciones pretendidamente defensoras de la ciudadanía, y los magistrados venales pasan, de la judicialización de la política, a la criminalización de las lideresas y los líderes de izquierda y progresistas, como hacen hoy en Argentina contra la expresidenta Cristina Fernández y muchas figuras de su gabinete y del Frente para la Victoria, y como hacen hoy en Brasil contra los expresidentes Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff y muchas figuras de sus gabinetes y del Partido de los Trabajadores. Y, también de inmediato regresan las privatizaciones, la negación de los derechos sindicales, los despidos masivos, las reducciones salariales, los incrementos de precios, la entrega del país a los monopolios transnacionales, y todo lo demás que ya conocimos y sufrimos. Esos son los objetivos que la derecha persigue hoy con su campaña desestabilizadora contra los gobiernos de los presidentes Nicolás Maduro en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, y Salvador Sánchez Cerén en El Salvador. A raíz de la reciente reelección del presidente Daniel Ortega, ahora están recrudeciendo esa campaña en Nicaragua.

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¿Llegó la hora de resucitar la economía keynesiana?

Mar, 27/12/2016 - 14:04
Larry Elliot, The Guardian

Imaginemos este escenario: a finales de 1936, poco después de la publicación de la Teoría General, su clásico, John Maynard Keynes es congelado criogénicamente para ser devuelto a la vida 80 años después.

El panorama en ese momento era desalentador. Empezaba la Guerra Civil en España, las purgas de Stalin estaban a toda marcha y Hitler había desobedecido el Tratado de Versalles remilitarizando la región de Renania. La recuperación de la Gran Depresión aún era frágil, era el año de la marcha de Jarrow en Reino Unido y Franklin D. Roosevelt ganaba por segunda vez las elecciones presidenciales en EEUU.

Cuando se despierta en 2016, Keynes quiere saber qué ha ocurrido en las últimas ocho décadas. Le dicen que el desempleo masivo de los años treinta se resolvió por fin pero solo porque las grandes potencias redoblaron la producción militar mientras se lanzaban a la guerra por segunda vez en 25 años.

La buena noticia, se entera Keynes, es que las lecciones de los años treinta fueron aprendidas. Los gobiernos se comprometieron a mantener la demanda en un nivel alto para lograr el pleno empleo. Además, reciclaron los impuestos acumulados durante los años de crecimiento sólido y los convirtieron en mayor inversión en infraestructuras públicas. También tomaron medidas para asegurarse de que la brecha entre ricos y pobres fuera cada vez menor.

La mala noticia es que lo aprendido un día se olvidó. El período entre la reelección de Roosevelt y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca se puede dividir en dos partes: los 40 años hasta 1976 y los 40 siguientes.

Keynes descubre que los gobiernos se han apartado de sus ideas. En lugar de registrar superávit presupuestarios cuando tienen viento a favor y déficits en las épocas de vacas flacas, funcionan con déficit todo el tiempo. Los gobiernos no saben distinguir entre inversión y gastos corrientes.

En el Reino Unido, diciembre de 1976 marca un punto de inflexión. A principios de ese mes se produjo un momento crítico cuando el Consejo de Ministros, dividido y sumido en el caos, acordó adoptar la austeridad a cambio de devolver un préstamo del Fondo Monetario Internacional, necesario para apoyar a una libra en caída libre.

Después de eso, le dicen a Keynes, ha habido un cambio de paradigma. Los miembros del Partido Laborista habían sido monetaristas a su pesar; los fieles de Thatcher que llegaron después eran fieles creyentes. Levantaron los controles al movimiento de capitales, abandonaron el pleno empleo como objetivo principal de las políticas económicas, redujeron el poder de los sindicatos, recortaron los impuestos para los que más tenían, y permitieron que se profundizara la desigualdad y que las finanzas crecieran a medida que bajaba la producción.

Ni una palabra más, dice Keynes, ya sé qué pasó después. La embestida contra las organizaciones de trabajadores y los recortes en el gasto público achicaron la demanda efectiva, disimulada por la baja en las tasas de interés. El dinero barato causó un pequeño aumento de inversiones productivas aunque menor comparado con la especulación en la bolsa de valores y el mercado de propiedades. Finalmente, la burbuja explotó y, igual que en 1929, se desencadenó una terrible crisis económica.

Eso explica por qué los titulares de los periódicos que Keynes lee en el año 2016 se parecen tanto a los de 1936 con las altas tasas de desempleo y la falta de crecimiento que entonces y ahora generaron un enorme resentimiento. Eso explica también los resultados de los referendos en el Reino Unido y en Italia, los de las elecciones presidenciales en EEUU y el creciente apoyo a los partidos de la extrema derecha en Francia y Alemania.

Aun así, Keynes se sorprende al descubrir que la crisis no ocurrió ni en 2016 ni en 2015, sino ocho años antes. ¿Qué ha pasado durante todo ese tiempo?, se pregunta el economista británico.

Le explican que, en un primer momento, los bancos centrales rebajaron las tasas de interés a niveles nunca vistos. En el Reino Unido, los costes de endeudamiento se redujeron hasta 0,5%, un porcentaje aún más bajo que el mínimo de 2% con el que la libra salió del patrón oro en 1931. No fue todo. Los bancos centrales también compraron bonos del sector privado con el objetivo de aumentar el suministro de dinero y reducir así el tipo de interés del mercado (también llamados tipo de interés a largo plazo).

Las dos iniciativas merecen la aprobación de Keynes. En su trabajo aconsejaba políticas monetarias agresivas para que las tasas de interés más bajas estimulasen las inversiones del sector privado: en la mayoría de los casos, es lo que saca a las economías de la recesión.

¿Qué han hecho los gobiernos? Pero, dice Keynes, la política monetaria tal vez no sea suficiente si la caída es grave. Hay ocasiones en que no importa lo bajas que estén las tasas de interés, las empresas privadas no invierten porque ven el futuro como demasiado incierto. La gente ahorra el dinero en lugar de gastarlo. Las políticas monetarias se vuelven como el soma, la droga del libro Un mundo feliz, de Aldous Huxley: calma los ánimos y oculta el hecho de que algo raro está sucediendo.

A Keynes le cuentan que se necesitaron dosis cada vez más grandes de soma para que la economía global siguiera funcionando, con bajas inversiones que derivaron en una pobre productividad y con tasas de crecimiento muy por debajo de las registradas en los años previos a la crisis. Keynes hace la pregunta obvia: si las políticas monetarias dejaron de ser efectivas, ¿qué han hecho los gobiernos para ayudar?

Es obvio poner el tema sobre el tapete. La Teoría General de Keynes puntualiza que el deseo de invertir del sector privado se ve afectado por “espíritus animales”. Cuando están bajos, los gobiernos deberían interceder con inversión pública, incluso a costa de crear un déficit presupuestario más elevado: gracias al mayor crecimiento que resultará de esta medida, la inversión se pagará a sí misma con creces.

Keynes se horroriza cuando le dicen que, salvo un breve estímulo colectivo en el año 2009, no se siguió este enfoque. Los gobiernos empezaron a preocuparse enseguida por el tamaño de los déficits y recortaron la inversión pública.

Pero un bajo crecimiento significa que la reducción del déficit llevará más tiempo del esperado y las tasas de interés ultra bajas durante gran parte de la década han vuelto a derivar en burbujas en el precio de los activos. Los niveles de endeudamiento del sector privado están subiendo. Para Keynes, todo es predecible de una forma deprimente. Hora de volver a 1936.

Pero antes de que regrese a su tiempo, le piden a Keynes un consejo para los legisladores de 2016. El economista dibuja tres alternativas al estado actual de las cosas. Los planes de recortar los impuestos y gastar en infraestructura de Trump producirán a corto plazo un gran crecimiento, pero Keynes no está muy entusiasmado. Teme que la inversión en el tipo de infraestructura pública que EEUU necesita verdaderamente no sea mucha y que el estímulo esté mal enfocado.

La segunda opción sería abusar de las tasas de interés, en mínimos, y lanzarse a pedir préstamos para proyectos de inversión a largo plazo. Según Keynes, los gobiernos podrían hacerlo sin alarmar a los mercados mientras sigan sus enseñanzas y los préstamos sean solamente para invertir.

La tercera opción requiere más creatividad con la expansión cuantitativa (QE, por sus siglas en inglés), dice Keynes. En lugar de usar el dinero sólo para el juego de la especulación, ¿por qué los gobiernos no lo aprovechan para financiar la infraestructura? Construir viviendas con la QE tiene sentido; inflar el valor de las viviendas, no.

Hay otra salida, añade Keynes, a la que nos estábamos acercando poco a poco en 1936. Llegó tres años después. No la recomiendo.
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Fuente: ElDiario.es Traducido por Francisco de Zárate

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El BCE eleva a 8.800 millones las necesidades de capital del Monte dei Paschi

Lun, 26/12/2016 - 22:00

El Gobierno italiano se quedó cortó respecto a las necesidades de capital del banco Monte dei Paschi di Siena. La necesidad de capitalización se ha incrementado hasta los 8.800 millones de euros. Eso es lo que cree el BCE, que en una carta alerta de un deterioro en la posición de liquidez durante el mes de diciembre del banco italiano. La semana pasada el Monte dei Paschi fracasó en su operación para ampliar capital por valor de 5.000 millones de euros, lo que provocó la intervención del Gobierno italiano.

En su carta remitida al ministerio de Economía y Finanzas de Italia, el BCE resalta que la posición de liquidez de Monte dei Paschi ha sufrido un rápido deterioro entre los pasados 30 de noviembre y 21 de diciembre, por lo que el déficit de capital del banco se ha incrementado hasta los 8.800 millones de euros, frente a los 5.000 millones de euros anteriores.

El BCE argumenta que la capacidad compensatoria del banco más antiguo del mundo, puesto que sus orígenes se remontan a 1472, ha disminuido hasta 8.100 millones de euros, frente a los 14.600 millones de euros anteriores, mientras que la liquidez neta a un mes de la entidad ha caído desde 12.100 millones de euros, hasta 7.700 millones de euros, lo que representa el 4,78% de la actividad total de Monte dei Paschi.

Durante la madrugada del pasado viernes, el Ejecutivo liderado por Paolo Gentiloni aprobó un decreto para la creación de un fondo de rescate dotado con 20.000 millones de euros que se destinarían al saneamiento de Monte dei Paschi —y otras entidades italianas en problemas por sus elevados niveles de créditos improductivos— después de que el banco fracasase en su intento de ampliación de capital.

El banco toscano fue incapaz de encontrar un gran inversor que sostuviese su recapitalización, por lo que se quedó a falta de 2.069 millones para completar su alzamiento de capital por valor de 5.000 millones, lo que forzó la intervención del Gobierno, quien ya posee el 4% del accionariado de Monte dei Paschi.

No obstante, la inyección de 20.000 millones de euros en el sistema financiero transalpino podría elevar la ratio de deuda de Italia, actualmente la segunda mayor de la zona euro, sólo por detrás de Grecia, hasta el 134% del PIB en 2017, frente al objetivo inicial de Roma de reducir la carga al 132% del PIB.

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Siete predicciones para 2017

Dom, 25/12/2016 - 12:00
Carlos Santa María

Nostradamus jamás hizo una predicción concreta, específica. Un grupo de "intérpretes" inició un camino ampuloso para dar sentido a sus frases, vinculándolas a hechos acaecidos, de tal forma que crearon una figura mística con capacidad profética para confirmar las ideas emitidas. Ello está en sintonía con la creencia en brujas, videntes, vaticinadores, incluso opinólogos, que lanzan tal cantidad de respuestas que algunas veces aciertan de los cientos de casos tocados. La clarividencia no es una ciencia aunque es utilizada ampliamente en los medios.

La predicción, pronóstico o tendencia razonada es una construcción de afirmaciones con un sustento de probabilidad, que no es dado como hecho cierto, sino que tiene posibilidad de convertirse en real en la medida que continúen presentándose ciertos eventos que se dirigen hacia dicha afirmación. Así, se establece una dirección que puede darse en tanto los intereses de ciertos agentes sean sólidos y se sostengan. La importancia es que sirve como una herramienta para proceder con cierto grado de seguridad en la arena del geopoder y la diplomacia.

En este sentido, para exponer dichas tendencias es factible utilizar los principios del geopoder para orientar estos pronósticos. Tres de ellos pueden ser importantes:
  • La 'Corporatocracia', entramado dirigido por las transnacionales del complejo militar-industrial-mediático e inteligencia, no dejará su cosmovisión dominante del planeta y aplicará consecuentemente todas las herramientas a su disposición para sostener y proteger sus intereses. Para dicho objetivo, empleará a gobiernos vasallos, agencias especializadas de acción encubierta, manejo de la economía mundial, medios bajo su pleno dominio, etc.
  • Los países soberanos continuarán exitosamente su lucha denodada de independencia integral para desligarse de la Corporatocracia, la cual enervará su frustración y amenazará con fuerza represiva. Por tanto, la posición de estas naciones será cada vez más altiva y segura, demostrando que la dignidad de los pueblos no se coarta por obra de la coacción despiadada.
  • La dialéctica sostiene que pueden ocurrir hechos que marquen cambios decisivos en la vida social del orbe, sin embargo, estos generalmente son el preludio de procesos que se darán, es decir, no son de momento, nacidos espontáneamente, súbitos. Consecuentemente, de continuar vigentes los intereses de las Transnacionales del poder y los intentos soberanistas, la contradicción se agudizará o podrá hacer desistir relativamente al contrario si las fuerzas de un polo le permiten avanzar victoriosamente.
A partir de estas bases es posible afirmar que:
  1. La Unión Europea continuará la política de acatamiento a las órdenes de Estados Unidos, independientemente que plantee mediáticamente lo contrario, en tanto sean los gobiernos dirigentes (Alemania-Gran Bretaña-Francia), proclives a la confrontación con el mundo multipolar en ascenso. Ello no obsta para que mantengan una política tenue de acercamiento a ciertas naciones "desobedientes" como Cuba o Irán, por ejemplo, aunque sin oponerse con vigor al bloqueo o a las sanciones que se impongan a estas.
  2. En la medida que Donald Trump no acate las obligaciones que determine la 'Corporatocracia', tendrá un gobierno diletante y sin una política coherente como lo fue en el caso de Barak Obama, siempre en contra de la paz mundial. Esto implicará una constante oposición y creación mediática de debilidad o estupor ante la política desarrollada por el nuevo presidente.
  3. Continuará del mismo modo la propaganda antisoberana en el mundo por parte de las potencias neoliberales y cuya expresión será expuesta en los medios, por lo cual no cesará la guerra evidente en este campo. Así, vendrá un nuevo año de desinformación, de ocultamiento, de interpretación interesada, de mitificación, de propaganda directa, en favor del neocolonialismo. En la medida que se desnude la verdad de los hechos, habrá mayor ataque informativo.
  4. Los puntos de conflicto internacional seguramente estarán marcados por una nueva tensión dependiendo de lo que suceda en otros centros. Esto significa que es posible reactivar el conflicto en Ucrania en este primer semestre si las derrotas en Alepo o Mosul se dan en estos tiempos. La soberanía china y las islas en conflicto pueden ser otro factor de confrontación.
  5. Lo científico es que de un punto cualquiera se puede hacer un nido de enfrentamiento construyendo las condiciones para ello: éste es un principio indestructible y la realidad lo ha demostrado con Pearl Harbour, supuesta prueba de dignidad que obligó a lanzar una bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki.
  6. El papel de EEUU, que hoy está absolutamente comprometido con apoyar al terrorismo, tal como lo demuestra el ataque de los yihadistas a Palmira cuyas fuerzas provienen de Raqqa y Mosul al informarles el gobierno estadounidense que no los atacará hasta la primavera, se verá en una disyuntiva: mostrarse ante el mundo como el país invasor que es hasta este momento, o demostrar que su objetivo es acabar con el extremismo. Hasta este momento, lo que se prevé es que Donald Trump no pretende hacer de la guerra un objetivo esencial y más bien desea dedicar sus esfuerzos a reconstruir la nación desde su interior. Está en una duda razonable actualmente hasta su toma de posesión.
  7. La Coalición anti Estado Islámico, liderada por EEUU, no tendrá un papel destacado en Siria e Irak este año 2017 ya que, pese a sus "errores" atacando las fuerzas soberanas y protegiendo terroristas, no podrá torcer el destino de dichas naciones aunque presionará a través de todos sus canales con el fin de quedarse en dichos territorios, incluso sin el aval de la ONU (que no se lo ha otorgado ni tampoco le interesa), demostrando su desprecio por la normatividad internacional, la democracia y la defensa de los Derechos Humanos. El terrorismo identificado con Daesh (Estado Islámico) y Al Qaeda, organizaciones creadas por las agencias de inteligencia estadounidense como herramientas de su política mundial, luego de su derrota en Irak y Siria, deberá desplazarse a bases como Arabia Saudí o Turquía, Egipto, Túnez o Libia, que ofrece excelentes condiciones dado el caos que generó EEUU al asesinar a Gadafi. Sin embargo, mantendrá su función extremista en varios países de Europa, pese a que sólo provocarán amenazas mínimas (atentados) ante la inmensa tragedia ocasionada en el Medio Oriente.
Afortunadamente, la amenaza de una Tercera Guerra Mundial y el incremento sustancial del mercado de armas, desenlace previsible al que conducía el Gobierno de Obama y cuya continuación era Hillary Clinton, han sido detenidas provisionalmente pese a que el segundo ítem, el comercio destructivo, se agudiza como producto de la liberación de restricciones de EEUU al aceptar la venta de armas a "rebeldes moderados", saboteadores de gobiernos legítimos, países amigos del takfirismo y terroristas ya declarados. De ello se infiere que los intentos de provocar una amenaza nuclear serán "tenidos en cuenta".

Una de las prevenciones más importantes de los gobiernos con cosmovisión multipolar tendrá que ser la guerra mediática, pues las banderas falsas para atacar países, la domesticación ideológica, la distorsión de la verdad histórica y presente, los mecanismos de manipulación, entre otros, serán empleados a fondo por los medios vasallos del neoliberalismo, impidiendo a más del 70% del mundo acceder a la verdad de los acontecimientos.

La realidad desde el geopoder es que los focos de atención no sólo pueden estar centrados en las potencias, sino que también en aquellas naciones que demuestren un alineamiento con política soberanistas, que pueden convertirse en puntos nodales. Por ejemplo, la intervención estadounidense en Yemen bombardeando desde el destructor USS Nitze a las fuerzas legítimas del país y su sistema de radares (apoyando a Arabia Saudí en su invasión), el refuerzo dado al terrorismo de Daesh y Al Qaeda en Siria e Irak por parte de Barack Obama, la aceptación de dos Chinas al manifestar Donald Trump que es un tema a discutir lo referente a Taiwán junto con las islas en el mar meridional, el bloqueo e incumplimiento del Acuerdo Nuclear signado por el G5+1 con Irán y que ha desconocido EEUU, la intensificación de ataques al Donbás por parte de Kiev, la creación de un amplio conflicto en Venezuela auspiciado por el Pentágono y soportado en la Unión Europea y los países latinoamericanos dependientes, la agresión de Corea del Sur con ejercicios militares combinados con Japón en contra de Corea del Norte, Turquía en su doble conflicto con el pueblo kurdo y sirio, la consolidación de Daesh en Sirte (Libia) y su establecimiento de una base permanente, la presencia de Boko Haram (con juramento de lealtad a Daesh), amenazando a Níger, Chad, Camerún y Nigeria.

Afganistán, el conflicto palestino israelí que puede desatar una grave crisis armada, Burundi, Sudán del Sur y otros, estarán en la mira. Romper con Cuba no parece una posición sostenible a largo plazo, a no ser que se generase una nueva crisis debido al establecimiento de un centro estratégico foráneo u otra razón artificialmente creada.

Preguntas importantes serán referidas a las amenazas nucleares de Alemania a Rusia y el derecho de Moscú a defenderse de estas. Cabe destacar que el país germano no posee ninguna autonomía frente al Pentágono, especialmente al estar dirigido actualmente por Angela Merkel. Las mismas elecciones del año 2017 en Francia, Alemania, Italia, serán fundamentales si no se eligen gobiernos neocoloniales como actualmente ocurre con Hollande y Merkel, con una postura obstructiva frente a un mundo multipolar que crece ineludiblemente. Peligroso es el levantamiento de las restricciones al suministro de armas, municiones y equipos militares a fuerzas foráneas y aliados por EEUU en su "lucha contra el terrorismo" en Siria.

Afortunadamente, el mundo no amaestrado ni neocolonizado parece tener un presente próximo pleno de futuros con esperanza. Se espera que las predicciones negativas sean detenidas por obra de los pueblos que aspiran a la paz mundial y, así, el planeta pueda gozar de las riquezas humanas y naturales que ella provee. Es la gran convicción en tiempos de reflexión para el mundo humanizado.
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Vía RTUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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El mundo será golpeado por un nuevo huracán financiero, asegura Doug Casey

Sáb, 24/12/2016 - 11:01

Doug Casey es el fundador de Casey Research y un reconocido economista por sus predicciones del desplome del mercado mundial de 2008. En su última entrevista con Future Money Trends, Casey, explica su visión de lo que significará la presidencia de Donald Trump para los mercados financieros, el estímulo económico y la geopolítica. Como señaló anteriormente, 2008 fue solo la primera parte de la tormenta y nos acercamos rápidamente al borde de un nuevo huracán. Esta vez va a durar mucho más tiempo y será mucho peor de lo experimentado anteriormente. "La única cosa de la que me siento muy seguro es de que vamos a tener un caos financiero en los próximos años y eso va a llevar a la gente a comprar oro y, en menor grado, plata"... "No hay absolutamente ninguna razón desde el punto de vista fundamental para que los bonos y las acciones sean tan caros como lo son ahora. Nos esperan cambios bruscos políticos, financieros, demográficos y militares"Casey cree que Donald Trump va a mejorar la infraestructura de Estados Unidos, lo que será una bendición para el mercado de materias primas. Según él, en los próximos años, EEUU va a necesitar una gran cantidad de metales. "No excluyo la posibilidad de comprar cobre, zinc o cobalto. Pero por ahora prefiero oro y uranio, ya que en el momento presente la forma más limpia y segura de energía es sin duda la nuclear". Pero a pesar de los mejores esfuerzos del presidente Trump, no será capaz de detener la masacre en el mercado de bonos, una vista previa de la cual ha estado disponible para todos en China, donde el Gobierno detuvo el comercio tras una caída récord de bonos, asegura Casey. "Las tasas de interés van a subir. Las bajas tasas de interés y las tasas de interés negativas son en realidad destructivas para el capital y la civilización porque desalientan a las personas de ahorrar. Así que si usted posee bonos, es el momento de venderlos".

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El desastre del modelo liberal en sanidad: el caso de EEUU

Xov, 22/12/2016 - 15:27
Vicenç Navarro, Público

En el mundo capitalista desarrollado hay básicamente tres formas de financiar y proveer los servicios médicos a la población a nivel de todo el Estado. Uno, que se conoce como el Servicio Nacional de Salud (National Health Service), donde la mayoría de la financiación es pública y la provisión de los servicios es también pública. El segundo modelo es el Seguro Nacional de Salud (National Health Insurance), donde la financiación es pública (a través de un sistema de aseguramiento público) y la provisión de servicios es privada. Y, finalmente, el tercer sistema es el que es financiado privadamente (que se realiza predominantemente a través de aseguramiento privado, siendo las compañías de seguro privadas las que gestionan el sistema sanitario), y en el que la provisión de servicios es también privada. En este modelo, a diferencia de los dos anteriores, la acumulación de beneficios empresariales de carácter privado juega un papel determinante en la configuración del sistema sanitario.

Este modelo, que ha sido promovido activamente por el capital financiero (la banca y las compañías de seguros), tanto a nivel de cada país como a nivel internacional (con el apoyo activo del Banco Mundial y de la Organización Mundial de la Salud, altamente influenciada por el gobierno federal de EEUU), es el modelo liberal (en terminología económica, neoliberal). Es también este modelo el que está siendo promovido por un gran número de economistas en temas sanitarios (de clara sensibilidad liberal) en España, muchos de ellos próximos a la banca. Este modelo es el que existe en EEUU, y es, a todas luces, el sistema más caro (EEUU es el país que se gasta más en sanidad en el mundo, un 17% del PIB), más impopular (el 64% está insatisfecho con la manera como se financia y organiza el sistema sanitario), más ineficiente (el 40% de histerectomías, el 48% de operaciones de cateterismo cardíaco y bypass, el 28% de angiografías, el 40% de angioplastias y el 12% de intervenciones de cataratas son innecesarias) y más inhumano (el 32% de personas que se están muriendo, es decir, que tienen enfermedades terminales, indican estar preocupadas de cómo ellas o sus familiares pagarán las facturas médicas).

Las causas políticas del dominio del modelo liberal Como siempre ocurre, detrás de cualquier problema económico (y el sistema sanitario en EEUU es un problema económico enorme) hay una causa política: el enorme poder, no solo económico y financiero, sino también político y mediático, de lo que en EEUU se conoce como la Corporate Class (clase corporativa) (es decir, los propietarios y gestores de las grandes empresas financieras, industriales y de servicios que configuran la vida económica del país). Este poder fue el que presionó para que el sistema de financiación de la sanidad no fuera público (como en la mayoría de países de Europa), sino privado, a base de los pagos de los trabajadores y empleados de una empresa y de sus empleadores a las compañías de seguros privadas que, a su vez, contratan con los proveedores (tales como médicos, hospitales, etc.) la provisión de servicios. Así quedó fijado en la ley Taft-Harley (que el presidente Truman vetó pero que el Congreso –controlado por las derechas- aprobó). El mundo financiero, y muy en particular las compañías de seguros, favoreció esta ley que facilitó e hizo posible su gran expansión. Y el mundo empresarial también la apoyó, pues fijaba que el modo de financiar los servicios sanitarios era a través de los convenios colectivos (firmados por los representantes de los trabajadores y por los empresarios), que definen las aportaciones de trabajadores y empresarios a las compañías de seguro privadas, que son las que gestionan el sistema sanitario. Este sistema garantizaba un control por parte de los empresarios sobre su fuerza de trabajo, debido a que no solo los salarios, sino también la asistencia médica del trabajador y de su familia, dependían de su trabajo. Cuando a un trabajador se le despide (y el despido en EEUU es fácil), este o esta pierde no solo su salario, sino también su atención médica (y la de su familia). Esta medida tiene un impacto disciplinario enorme sobre el mundo del trabajo, lo cual explica que EEUU tenga el menor número de días perdidos por huelgas en el mundo capitalista desarrollado.

En este esquema, el nivel de cobertura de un trabajador depende de la fuerza que el sindicato pueda tener en los altamente descentralizados convenios colectivos. En aquellas empresas donde los sindicatos son fuertes, es probable que sus trabajadores tengan una cobertura de sus necesidades asistenciales sanitarias relativamente buena (aunque nunca comparable a lo que cualquier ciudadano tiene en los sistemas nacionales de salud o en los seguros nacionales de salud). Pero si los sindicatos son débiles o no existen, la cobertura sanitaria es menor o inexistente. De ahí la enorme diversidad en los niveles de cobertura sanitaria en EEUU. Y para complicar todavía más la situación, para aquellos que no trabajan, el aseguramiento privado individual es sumamente caro, y prohibitivo en el caso de que tengan una enfermedad crónica.

¿Qué ha hecho el Obamacare? El primer intento de reforma apareció en las campañas de Jesse Jackson (al cual tuve el placer de asesorar) en 1984 y en 1988, dirigente del movimiento Arco Iris (Rainbow Coalition, que era la alianza de las fuerzas progresistas, sindicatos, movimientos de derechos civiles, ecologistas y feministas dentro del Partido Demócrata), apoyado por los partidos socialista y comunista. Tal movimiento exigió y consiguió que se estableciera un Seguro Nacional de Salud, semejante al sistema sanitario canadiense, que originalmente había tenido un sistema parecido al existente en EEUU hasta que en los años 60 se cambió en una provincia canadiense (Saskatchewan), gobernada por el Partido Socialista canadiense, prohibiendo el aseguramiento privado, pasando este aseguramiento a ser público.

Más tarde, el presidente Clinton (que copió extensamente elementos importantes del programa de Jackson) incorporó tal demanda en su programa (con el cambio sustancial, sobre el programa de Jesse Jackson, de mantener y no sustituir a las compañías de seguros privadas), estableciendo un grupo de trabajo en la Casa Blanca, dirigido por su esposa, Hillary Clinton, en el cual la Rainbow Coalition me pidió que les representara, como científico de su confianza.

La propuesta Clinton, que fue incorporada posteriormente por el candidato, y más tarde presidente, Obama, en su programa, tenía como objetivo intentar reducir el elevadísimo número de estadounidenses que no tenían ninguna cobertura sanitaria (causando más muertes que las producidas por el SIDA). Ahora bien, a pesar de que el título del programa promovido por el presidente Obama se llama Universal Health Care, el hecho es que incluso con el pleno desarrollo de su programa, todavía permanecerían 27 millones de ciudadanos y residentes sin ninguna cobertura, y el doble de este número con cobertura insuficiente. La ley del Obamacare exige que todo ciudadano o residente tenga que tener una póliza de aseguramiento sanitario (de la misma manera que todo propietario de un coche debe tener seguro del coche), sin regular, sin embargo, el precio de la póliza. Y también exige a todos los empresarios que provean aseguramiento privado a sus trabajadores y empleados. Pero el nivel de cobertura obligatorio es muy insuficiente para cubrir las necesidades de la población. El problema mayor es que Obama no se atrevió a enfrentarse con las compañías de seguros (que han financiado gran parte de las campañas de los políticos, incluyendo la del Sr. Obama y la de la Sra. Clinton). Estas adquirirán incluso más poder bajo el mandato del presidente Trump, el cual ha nombrado como Secretary of Health (equivalente a Ministro de Sanidad) a una persona conocida por su oposición a las reformas realizadas por la Administración Obama, empeorando todavía más los problemas creados por la aplicación del modelo liberal en la sanidad de un país, un modelo que los economistas liberales intentan aplicar en España también, promovido por grandes intereses financieros, incluidas compañías de seguros sanitarios privadas que están adquiriendo más y más protagonismo en la sanidad española, expansión facilitada predominantemente por los partidos conservadores de persuasión liberal que han dominado los gobiernos españoles (incluidos los catalanes) en los años de la Gran Recesión.

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Trump y Putin: el vínculo petrolero

Mér, 21/12/2016 - 09:31
Alejandro Nadal, La Jornada

Los nombramientos para el gabinete de Donald Trump revelan mucho sobre lo que vendrá. En materia de seguridad destacan el de Mike Flynn y el general Mattis (apodado el perro rabioso), ambos con una perspectiva sumamente agresiva frente a Irán. En el ámbito económico sobresale el nombramiento de Steve Mnuchin como secretario del Tesoro y de Gary Cohn como jefe del consejo de asesores económicos. Ambos vienen directo de Goldman Sachs y tienen un historial ligado a la nueva y más peligrosa generación de especuladores financieros.

Pero sin lugar a dudas lo más sorprendente ha sido la designación de Rex Tillerson como secretario de Estado. Éste es uno de los nombramientos más importantes y tradicionalmente ha recaído en personas con experiencia en el terreno diplomático. Ese no es el caso del señor Tillerson, quien venía desempeñándose como director ejecutivo de Exxon, la compañía petrolera más grande del mundo. Pero si bien este personaje carece de experiencia en la diplomacia internacional, sí tiene un largo camino recorrido en el espacio de grandes proyectos energéticos que tienen alcances geoestratégicos. Algunos piensan que esa trayectoria en el mundo de los grandes negocios de la industria de combustibles fósiles puede llevar al nuevo funcionario a un serio conflicto de intereses. Pero la realidad es que el nombramiento ya lleva la huella de una geopolítica de la administración Trump centrada en la expansión de los vínculos con el sector energético ruso.

Es bien sabido que las dos compañías petroleras más grandes de Estados Unidos (Exxon y Chevron) estuvieron ausentes del auge de la industria de la fractura hidráulica para explotar el petróleo y gas de esquistos en ese país. Lo cierto es que mientras cientos de pequeñas compañías se lanzaban a la aventura del fracking, a veces con esquemas de financiamiento muy frágiles, Exxon estaba muy ocupada en otro tipo de proyectos de mayor escala y les llamaba la atención en el panorama mundial el potencial de crudo y gas natural en Rusia, un potencial estimado en más de 8 billones (castellanos) de dólares.

Entre 2011 y 2013 Exxon firmó una serie de convenios con la empresa estatal rusa Rosneft para explorar campos en el Mar Negro y para desarrollar recursos a través de su tecnología de fractura hidráulica en Siberia occidental. Además, y quizás estos acuerdos son lo más importante, Exxon firmó contratos para realizar perforaciones en los campos más prometedores del ártico ruso en donde se localizan lo que probablemente sean los yacimientos vírgenes más importantes que restan en el mundo. En esos años Exxon y Rosneft invirtieron más de 3 mil millones de dólares (mmdd) en un proyecto cuyos rendimientos se calculaba superarían con creces la inversión inicial.

En 2013 las exploraciones rindieron frutos y se descubrió un yacimiento muy rico en el glacial mar de Kara, al este de la isla de Nueva Zembla. Estos proyectos en las durísimas condiciones árticas representaron para la compañía petrolera el eje rector de su estrategia a largo plazo. Ese mismo año Putin galardonaba a Rex Tillerson como miembro de la Orden de la Amistad, un premio reservado a los más fieles amigos de Rusia.

Pero en 2014 comenzaron los problemas. Ese año la administración Obama impuso sanciones económicas a Rusia en respuesta a las incursiones en Ucrania y la anexión de Crimea. Tillerson se opuso a las sanciones, señalando que ese tipo de medidas raramente surtía efectos, pero la empresa no tuvo más remedio que detener sus operaciones en el ártico.

No es evidente lo que hará la administración Trump con las sanciones sobre Rusia. Durante la campaña y después de las elecciones el presidente electo ha insinuado en repetidas ocasiones que un acercamiento con Putin es una prioridad. Y para el mandatario ruso la reducción significativa de estas medidas punitivas es de suma importancia. En los últimos tres años los ingresos fiscales derivados de la explotación petrolera rusa han estado decayendo alarmantemente. Para detener esta erosión en su posición fiscal Rusia necesita explotar sus recursos, incluso los de más difícil acceso en el Mar Ártico, así como los campos en el Mar Negro. Es claro que si Washington levanta las sanciones, Exxon estaría en la primera posición para reanudar sus operaciones conjuntas con sus socios rusos, aún en el escenario actual de precios bajos para el crudo. Para Exxon la inversión en Rusia es un proyecto de largo aliento que permite en el corto plazo incrementar sus reservas probadas y con ello mantener el valor de sus acciones.

Muchos analistas están preocupados por el evidente conflicto de intereses que existe en el nombramiento de Tillerson. Se preguntan si el nuevo funcionario será el responsable de la diplomacia del gobierno federal o si seguirá pensando en las prioridades de Exxon. De cualquier manera, las malas noticias para los ecosistemas en el ártico, las emisiones de gases invernadero y el calentamiento global no dejarán de acumularse.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

El sombrío futuro de la crisis

Mar, 20/12/2016 - 09:01

Michel Husson, CADTM

La crisis no ha terminado, pero deja ya un paisaje social devastado. Tras describir sus efectos sociales, este estudio se interroga sobre la existencia de alternativas a las políticas neoliberales llevadas a cabo en la actualidad en Europa.

Las marcas de la crisis

El balance sobre el empleo se puede resumir, simplemente, señalando que en la actualidad hay el mismo número de personas que disponen de un empleo que cuando estalló la crisis: la creación neta de empleo ha sido nula en la zona euro en el curso de estos ocho últimos años. No es pues, nada asombroso, constatar que la tasa de paro sea en la actualidad del 10%, es decir casi dos puntos más que al inicio de la crisis. Esta media coexiste con importantes disparidades entre países: la tasa de paro sobrepasa el 20% en Grecia y en España, mientras que es inferior al 5% en Alemania y el Reino Unido. Pero sobre todo, estas cifras globales no dan cuenta de las transformaciones estructurales desencadenadas por la crisis.

Esta tiene, en primer lugar, un impacto sobre la demografía: a partir de 2009, la población total ha disminuido en los países más golpeados por la crisis, especialmente en España, Portugal y Grecia. Ese fenómeno se explica por la inversión de los saldos migratorios: las entradas de inmigrantes se agotan y la emigración se desarrolla. Pero la crisis deja también su marca sobre otro indicador del que se podría pensar que es relativamente independiente, el número de nacimientos. Es llamativo constatar que ha tenido la misma evolución en España y en Grecia: baja hasta mediados de los años 1980, estabilización, después aumenta desde el inicio del siglo (ver gráfico 1). Y, en los dos países, la irrupción de la crisis provoca un nuevo giro a la baja.

Gráfico 1 - Número de nacimientos en Grecia y en España En millares.
Fuente: Eurostat


Estas involuciones contribuyen a la desvitalización de los países concernidos por la salida de la juventud cualificada. Refuerzan el círculo vicioso de la austeridad, a corto plazo pero también a largo plazo al hacer más difícil el equilibrio y la financiación de las pensiones.

Los movimientos subterráneos

Las cifras del paro y del empleo ocultan movimientos menos visibles, transformaciones que corresponden, en su mayor parte, a inflexiones irreversibles.

El paro de la gente joven se aprecia mejor por la parte de los jóvenes (de 15 a 29 años) que no trabajan y ni estudian ni están en formación (NEET, Not in Education, Employmentor Training) que por la tasa de paro. Esta proporción ha aumentado en la Unión Europea, pasando del 13,2% en 2007 al 15,9% en 2013. Ha comenzado a bajar a continuación para volver al 14,8% en 2015. Pero permanece muy elevada en los países más tocados por la crisis, como Italia (25,7%), Grecia (24,1%) o España (19,4%). El paro de larga duración aumenta desde 2008 y retrocede desde 2014, pero más lentamente que el paro global. La crisis ha alejado duraderamente del empleo a una parte de la gente trabajadora, a menudo la de mayor edad y al mismo tiempo ha inscrito en la realidad social el largo y difícil acceso de la gente joven al empleo.

En un primer momento, la duración del trabajo ha servido de variable de ajuste entre actividad económica, empleo y paro. Bajo formas diversas (desempleo parcial, mantenimiento negociado de los efectivos, trabajo a tiempo parcial, etc.) la caída del tiempo de trabajo ha permitido amortizar el impacto inmediato de la crisis sobre los efectivos empleados. Pero este homenaje del vicio a la virtud era provisional: el movimiento se ha interrumpido desde que ha parecido instalarse una cierta recuperación económica. Después todo ocurre como si las modulaciones de la duración del tiempo de trabajo estuviesen puramente ligadas a la coyuntura: la crisis no ha conducido a hacer de una reducción colectiva del tiempo de trabajo un elemento estructural del combate contra el desempleo. Muy al contrario, las reformas tienden a una utilización diferenciada de la duración del trabajo: tiende a aumentar para los empleos “competitivos” y a reducirse para permitir la multiplicación de los pequeños trabajos.

El trabajo a tiempo parcial es en efecto el medio de crear un mayor número de empleos para un mismo volumen de horas trabajadas. No es pues asombroso constatar que ha sobrepasado una escalera en los países más golpeados por la crisis. Entre 2007 y 2015, la parte de las personas asalariadas a tiempo parcial ha pasado así del 13,4% al 18,3% en Italia y del 11,4% al 15,6% en España. Esta evolución es tanto más regresiva que la parte del tiempo parcial forzoso es muy elevada (68,8% en Grecia, 63,9% en Italia y 63,4% en España) y que se acompaña en estos países de una progresión aún más rápida de los contratos cortos (de menos de 15 horas por semana).

Como los empleos a tiempo parcial son mayoritariamente ocupados por mujeres, nos podemos dar cuenta que la progresión del tiempo parcial equivale a otra báscula importante en la estructura del empleo. Entre 2008 y 2015, el número de empleos a tiempo completo ha caído en 7,6 millones en la Unión Europea y este retroceso ha sido aproximadamente compensado por un aumento de 3,7 millones de empleos a tiempo parcial. Al mismo tiempo, el empleo masculino ha retrocedido en 4,7 millones mientras que el empleo femenino ha aumentado en 0,8 millones. La parte de las mujeres en el empleo total ha continuado pues progresando durante la crisis, pero esta progresión ha estado ampliamente condicionada por la del tiempo parcial (ver gráfico 2). La crisis ha reafirmado y generalizado así la “fatalidad” del tiempo parcial para las mujeres.

Gráfico 2 - Empleo de las mujeres y trabajo a tiempo parcial
Fuente: Eurostat

La bipolarización del empleo

La crisis ha acentuado las tendencias a la segmentación y a la bipolarización del mercado de trabajo, entre los “pequeños trabajos” y los empleos cualificados y mejor remunerados. Un muy interesante estudio loha mostrado recientemente a nivel de la Unión Europea. El estudio clasifica los empleos en cinco quintiles o tramos de remuneraciones y observa su progresión entre 2011 y 2015 según los diferentes estatutos de empleo. El gráfico 3 ilustra los principales resultados de este estudio: cada columna representa la progresión del número de empleos según el tramo de salarios considerado. La primera columna corresponde al 20% de los menos bien pagados, la segunda a los 20% siguientes y así hasta el 5º quintil mejor pagado.
Gráfico 3 - Crecimiento del empleo en la UE entre 2011 y 2015 según el tramo de salario y el estatuto En millones.
Fuente: Fernández-Macías y otros |1|


Se pueden observar cuatro evoluciones significativas.
  • se acentúa la polarización de los empleos: solo las categorías extremas ven progresar significativamente sus efectivos;
  • se instala la precarización: en todas las categorías de empleo, salvo en el 20% de los mejor pagados, retroceden los empleos a tiempo completo;
  • se consolidan las desigualdades salariales: el empleo de los 20% mejor pagados aumenta principalmente bajo la forma de tiempo completo;
  • retrocede el empleo autónomo, salvo entre las personas asalariadas mejor pagadas
.

Hacia la fragmentación salarial

La progresión del poder de compra de los salarios ha sido evidentemente frenada por la crisis pero no ha sido completamente anulada. De media, este poder de compra ha aumentado el 4% en la Unión Europea entre 2008 y 2015. Pero ese resultado global es engañoso al no tener en cuenta los efectos de estructura: la crisis ha destruido, sobre todo, los empleos de bajos salarios, lo que da lugar a que el salario medio vaya hacia arriba |2|. Y, por supuesto, las personas asalariadas que pierden su empleo pierden una parte de su ingreso. Y, por supuesto también, esa media encubre grandes disparidades según los países: también aquí, hay que citar a Grecia donde el retroceso del poder de compra alcanza un record del 17%.

De forma aparentemente paradójica, la crisis ha hecho incrementar la parte de los salarios en el valor agregado. Pero eso no es verdaderamente una paradoja: de media siempre, ni el freno salarial ni las supresiones de empleo han compensado plenamente el retroceso de la producción. Se podría entonces hablar de una “vuelta a la normalidad”, en la media en que la parte de los salarios ha reencontrado su nivel de inicios de los años 2000.

Sin embargo, esta evolución global encubre procesos menos visibles que conciernen a la estructura sectorial de la masa salarial. En una precedente contribución |3|, analizábamos los proyectos tendentes a desconectar la evolución relativa de los salarios entre los dos grandes sectores de la economía: el sector expuesto a la competencia internacional y el sector “protegido” de la misma. Se podía ya mostrar que se esbozaba un cambio de régimen salarial, desde una progresión relativamente homogénea de los salarios en estos dos grandes sectores a una desconexión |4|.

Por otra parte una recomendación de la Unión Europea, en su jerga característica, invoca una “necesaria reasignación de los recursos de los sectores no intercambiables hacia los sectores cambiables”. Dicho de otra forma, la “ devaluación interna” (el otro nombre de la austeridad salarial) no bastaría, sería también necesario devaluar “la tasa interna de intercambio” entre los salarios de los sectores expuesto y protegido. En resumen, la austeridad debería centrarse especialmente en los salarios del sector llamado protegido, el que no está expuesto a la competencia internacional. Y es ello lo que ocurre: en casi todos los países |5|, el salario medio en los servicios se distancia del salario medio en la industria (ver gráfico 4).

Base 100 en 2000. Fuente: Ameco

Una tal tendencia a la desconexión de los salarios entre grandes sectores de la economía significa que la mayoría de los países europeos converge hacia un modelo “a la alemana”, donde la progresión de los salarios ya no sigue la productividad del trabajo medio en el conjunto de la economía sino la productividad específica de cada sector, incluso de cada empresa. El sector expuesto a la competencia internacional ya no estaría afectado por los costos del trabajo “excesivos” en el sector de los servicios.

Las reformas estructurales de los mercados de trabajo tienen como principal función hacer posible esa desconexión. El objetivo es descentralizar al máximo la negociación colectiva para acercarla a la realidad de las empresas y ajustar la progresión de los salarios a los resultados de cada empresa. La “ley del trabajo” francesa es un buen ejemplo de esta lógica, puesto que la mayor parte de sus disposiciones tienden a hacer posibles los acuerdos derogatorios en relación con los convenios colectivos de sector (en esta web se han dedicado varios artículos al análisis de esta ley y a las movilizaciones contra la misma; el último es de Patrick Le Moal, “Formas inéditas y problemas políticos”, ndt).

Las transformaciones que se acaban de describir no son el producto de evoluciones espontáneas. Han sido acompañadas de la puesta en práctica de “reformas estructurales” que marcan ya su sello al funcionamiento de los mercados de trabajo. Una encuesta del Banco Central Europeo sobre los salarios |6| muestra así que el 10% de los empleadores europeos considera que es más fácil “ajustar el empleo” en 2013 que en 2010. Este porcentaje es particularmente elevado (el 30% y más) en los países más afectados por las citadas “reformas”, como Grecia, España y Portugal. Los resultados son similares en lo que concierne al ajuste de los salarios, que se ha hecho más fácil en todos los países, especialmente para las nuevas contrataciones.

Los cambios en el mercado de trabajo se prologan en los sistemas de negociación colectiva. Las tendencias desfavorables a las personas asalariadas (reducción de la cobertura convencional, retroceso de la sindicalización, descentralización de las negociaciones salariales) estaban en marcha antes de la crisis y engendraban una profundización de las desigualdades |7|. Pero la crisis ha introducido una “ruptura política”, como señala Jelle Visser |8|. La intervención del Estado se ha hecho mucho más presente en materia especialmente de formación de los salarios: los planes sociales que tendían a conseguir un relativo compromiso han desaparecido del paisaje y, en los países más afectados por la crisis, la negociación salarial ha “más o menos desaparecido”. Ahí también, el efecto de la crisis ha sido la profundización de la separación ente algunos países “regulados” y los otros, más numerosos, “donde son los mercados quienes deciden, en los que las negociación salarial está fraccionada y no coordinada y donde los niveles de desigualdad de los ingresos son más elevados” |9|.

Gran recesión, ¿gran bifurcación?

Este rápido examen panorámico ha permitido ilustrar la variedad de los procesos de ajuste entre diferentes países, que hace bastante vanas las tentativas de comparaciones internacionales basadas sobre tal o cual indicador unidimensional. La constatación más llamativa de esta revisión es sin duda que la crisis ha acelerado la divergencia entre las diferentes zonas de la Unión Europea. No ha golpeado a todos los países de la misma forma y las políticas de austeridad han sido desigualmente severas. En los países del “Norte” se han acentuado las tendencias ya presentes antes de la crisis, mientras que en los países del “Sur” el retroceso del empleo se acompaña de inflexiones irreversibles en el funcionamiento de los mercados de trabajo. En fin, la desconexión salarial entre sectores protegidos y expuestos parece haberse generalizado al conjunto de los países europeos: el auge del tiempo parcial es sin duda el indicio de una inflexión duradera hacia un nuevo modelo social esencialmente dualista.

There is no alternative

El rápido cuadro que acaba de ser esbozado muestra que las reformas neoliberales del mercado de trabajo traen consigo una regresión social sistemática. Se podría generalizar este diagnóstico al conjunto de las políticas europeas |10|. Más allá de esa constatación, la cuestión que se plantea es la de interrogarse sobre la coherencia y la eficacia de esas políticas.

Es necesario empezar por sobrepasar por el análisis marxista básico sobre las cuestiones de la crisis. Consiste en decir que la austeridad y las reformas estructurales son políticas coherentes porque tienden a restablecer la tasa de beneficio y que no hay otra forma para el capitalismo de salir de la crisis.

Ello es cierto, pero incompleto. La austeridad salarial no basta para salir de una gran recesión; es necesaria también una desvalorización masiva del capital que ponga los contadores a cero. Pero, y esto es uno de los parámetros de la situación actual, el capitalismo financiero no lo quiere. Una lectura sin duda más adecuada podría se la siguiente. Las diferentes fracciones del capital persiguen (en proporciones diversas) dos objetivos: restablecer la tasa de beneficio, ciertamente, pero también conservar y validar los derechos de giro adquiridos antes de la crisis bajo forma de capital ficticio. En resumen, los capitalistas rechazan “asumir sus pérdidas”: ellos lo quieren todo.

Pero esos dos objetivos son manifiestamente contradictorios. Lo son todavía más si se tiene en cuenta otros dos parámetros esenciales del período abierto por la crisis, es decir el agotamiento de las ganancias de productividad y el freno de la globalización . Por presentar las cosas de otra forma, en el fondo hay tres formas de hacer aumentar la tasa de beneficio: desvalorizando el capital, logrando ganancias de productividad o bajando los salarios. Los capitalistas no quieren desvalorizar el capital. No pueden lograr aumentos de productividad. Si se deja de lado la apuesta por las “reformas estructurales” que provienen del pensamiento mágico, solo queda una palanca: la compresión salarial.

El atolladero reformista

En todo ello hay una lógica implacable y por ello tienen algo de patético todas las tentativas de convencer a los capitalistas de que existe una forma más racional de salida de salida de la crisis. Esta es una de las enseñanzas de la crisis griega que se puede evocar rápidamente: el gobierno Syriza ha llegado a las negociaciones con la Troika con un proyecto de reestructuración de la deuda . Se había concebido un plan en colaboración con el banco Lazard, cuyas grandes líneas fueron presentadas por el banquero Mathieu Pigasse: es suficiente con escuchar su entrevista |11| para comprobar que ese plan era perfectamente racional, razonable y que constituía a priori un buen punto de partida para un compromiso asimismo razonable.

Se sabe lo que ha sucedido y desgraciadamente se podría generalizar esta lección a todas las alternativas racionales, por coherentes que sean: no es por la convicción que podrán ser puestas en práctica, ya que las mismas implican forzosamente el abandono de uno u otro de los objetivos citados anteriormente, sea frenando la carrera a la rentabilidad, sea cuestionando los derechos adquiridos sobre la plusvalía.

El espanto burgués

No es posible otra política de los dominantes, pero eso no quiere decir que funcione la que ellos imponen a los pueblos. Ya hemos comentado las inquietudes del FMI |12| en relación con la economía mundial. Son todavía quizá más grandes en Europa, como testimonian estos gritos de alarma lanzados por tres responsables europeos: “Nunca jamás había visto tal fragmentación y tan poca convergencia en nuestra Unión”, “La Unión Europea está en peligro. Nadie puede decir si (ella) existirá todavía en diez años”, “Europa no produce suficientes resultados” |13|.

Más recientemente todavía, una tribuna (que ha pasado relativamente desapercibida) es propiamente alucinante |14|. Los firmantes componen un extraño equipo, ya que se encuentran Christine Lagarde, directora general del FMI y Pascal Lamy, antiguo director general de la OMC (Organización Mundial del Comercio, Ndt), pero también los PDG (Presidente Director General, Ndt) de Air France-KLM y de Veolia. E incluso el del PMU (Pari Mutual Urbain) más acostumbrado sin duda a las apuestas hípicas que a la prospectiva económica.

Las quince personalidades deploran que “la búsqueda excesiva de una finalidad exclusiva –maximizar los beneficios para los accionistas- ha aislado a la empresa y alimentado la sospecha sobre la misma”, rechazan “la idea falsa de que una empresa pertenece a sus accionistas” y retoman a su cuenta “el consenso cada vez más fuerte” según la cual “la financiarización del capitalismo es un error”. Se pronuncian pues “a favor de una economía de mercado responsable” y, para llegar a ella, nuestros aprendices altermundialistas se limitan a proponer la modificación de los artículos 1832 y 1833 del Código Civil francés, lo que seguramente va a trastornar el funcionamiento del capitalismo.

Sin embargo, hay que tomar en serio estas manifestaciones de inquietud ya que expresan la sensación de los gestores de los intereses capitalistas de que no disponen de los útiles necesarios para “morder” sobre todos los aspectos de la realidad. Desde este punto de vista, merece ser detallado el desasosiego manifestado por la Unión Europea en una reciente Comunicación |15|. Se encuentra en primer lugar una autocrítica sobre la austeridad presupuestaria llevada a destiempo: “la orientación presupuestaria de la zona euro ha sido restrictiva en el curso del período 2011-2013, en un momento en el que la economía se deterioraba”.

La Comisión va todavía más lejos, cuando descubre los problemas planteados por la ausencia de coordinación presupuestaria a nivel europeo. La política óptima no debe ser “el resultado espontáneo de la aplicación de las reglas presupuestarias de cada Estado miembro” y es difícil de alcanzar “en ausencia de un presupuesto centralizado que podría desempeñar un papel más activo ”. La Comisión se pone incluso a soñar: sería necesario “considerar a la zona euro como una entidad única, como si hubiera un Ministro de Hacienda para el conjunto de la zona euro y definir a la política presupuestaria en términos agregados”.

Sin embargo hay fondos estructurales, el Banco Europeo de Inversiones y su Fondo Europeo para las Inversiones Estratégicas, el plan Juncker, pero ello no le parece suficiente a la Comisión que sugiere un relanzamiento equivalente al 0,5% del PIB europeo, es decir, equivalente a 50 000 millones de euros. Pero ¿quien a va a relanzar? “Los que no tienen margen de maniobra presupuestario querrían utilizarlo; los que tienen no quieren utilizarlo”, tal es la “paradoja” que subraya la Comisión. Este emplazamiento a Alemania para que tome su parte en una “orientación presupuestaria más positiva” está evidentemente llamado a ser letra muerta (el 5-12-2016, el Eurogrupo ha rechazado, por una amplia mayoría, el paquete fiscal propuesto por la Comisión, ndt).

Las manifestaciones de este “espanto burgués” remiten a otra fuente de inquietud: la regresión social –que se desprende mecánicamente de las políticas capitalistas de salida de la crisis- es el trampolín que propulsa a las corrientes soberanistas polarizadas por la extrema derecha. Los desastres sociales del neoliberalismo suministran su base económica, el recubrimiento xenófobo y reaccionario solo es el fondo la “superestructura” que sirve para desviar la cuestión social hacia las afirmaciones identitarias.
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Notas:
|1| Enrique Fernández-Macías, John Hurley, Martina Bisello, What do Europeans do at work? A task-based analysis, Eurofound, European Jobs Monitor 2016. https://goo.gl/O3Wb9Z
|2| Sobre esta cuestión técnica (pero esencial en las negociaciones salariales) ver: Michel Husson, “Les salaires ne baissent pas assez en France?”, note hussonet n° 79, 20 de enero de 2015. https://goo.gl/6tl8tk
|3| Michel Husson, “Europe. Le tout-compétitivité contre les salaires”, A l’encontre, 24 de diciembre 2014. https://goo.gl/lNFj5X
|4| Para un análisis más detallado, ver: Odile Chagny y Michel Husson, “Quel régime salarial optimal pour la zone euro?, La Revue de l’Ires, n° 81. https://goo.gl/4MizMn
|5| Las principales excepciones son Suecia y Alemania. Suecia mantiene una estructura estable de salarios. En Alemania, el período abierto por la crisis ha corregido la tendencia anterior a una desconexión muy marcada y que era anteriormente una excepción en Europa, especialmente con la puesta en marcha de un salario mínimo interprofesional.
|6| “New evidence on wage adjustment in Europe during the period 2010-13”, ECB Economic Bulletin, Issue 5/2016. https://goo.gl/fQDhzN
|7| Florence Jaumotte y Carolina Osorio Buitron, “El poder desde el pueblo”, Finanzas & Desarrollo, marzo de 2015. https://goo.gl/n0HVRF
|8| Jelle Visser, “What happened to collective bargaining during the great recession?”, IZA Journal of Labor Policy, 2016, 5:9. https://goo.gl/8hZiMO
|9| Paul Marginson y Christian Welz, Changes to wage-setting mechanisms in the context of the crisis and the EU’s new economic governance regime, Eurofound, 2014. https://goo.gl/XPc6EL
|10| Para una revisión sistemática de los efectos económicos y sociales de estas políticas, ver: Thomas Fazi, “How Can Europe Change? Civil Society Proposals”, ISI growth, Octobre 2016. https://goo.gl/FTjcCV
|11| Mathieu Pigasse sobre la deuda griega, France Inter, 3 de febrero de 2015. https://goo.gl/YkIe6k
|12| Michel Husson, “Los desconciertos del profesor Obstfeld”, Viento Sur, 30 de abril 2016 https://goo.gl/fQRbLG
|13| Las citas son respectivamente de: Jean-Claude Juncker (presidente de la Comisión Europea), Discurso sobre el estado de la Unión 2016, 14 de septiembre de 2016; de: Martin Schulz (presidente del Parlamento Europeo), “Die Europäische Union ist in Gefahr”, Die Welt, 07.12.2015 y de: Pierre Moscovici (Comisario europeo de asuntos económicos y financieros), “L’Europe ne produit pas assez de résultats”, FranceTVinfo, 11 de septiembre de 2016.https://goo.gl/v3YGmN https://goo.gl/OFPyz6 https://goo.gl/QRR0Ev
|14| Colectivo, “Plaidoyer en faveur d’une économie de marché responsable”, lemonde.fr, 16 de noviembre de 2016. https://goo.gl/3sbzlu
|15| European Commission, “Towards a Positive Fiscal Stance for the Euro Area”, Communication, 16 de Noviembre de 2016. Ver también el comunicado de prensa: “En pro de una recuperación económica más firme e integradora”. https://goo.gl/ULnCdP, https://goo.gl/ov3s
Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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El rescate de Monte dei Paschi no resolvería los problemas de la banca italiana

Lun, 19/12/2016 - 08:31

Giovanni Legorano

Una nacionalización del maltrecho Banco Monte dei Paschi di Siena parece cada vez más probable. Sin embargo, el rescate del banco toscano —que podría producirse esta semana— no resolverá los problemas que afectan a los bancos italianos.

Algunos están urgiendo a Roma a que aproveche la ocasión para iniciar un amplio saneamiento del sistema bancario, que cuenta con una cartera de 360.000 millones de euros en activos tóxicos y es uno de los menos rentables de Europa. “Los problemas de algunos bancos concretos pueden resolverse”, indica Giovanni Bossi, presidente ejecutivo de Banca Ifis SpA. “Pero es necesario completar la reforma del modelo de negocio de los bancos italianos”.

Sin embargo, con la excepción de un posible apoyo a un conjunto de pequeños bancos, en condiciones críticas, es improbable que haya una intervención a nivel sectorial. Para mantenerse a flote, Monte dei Paschi está haciendo un último esfuerzo desesperado por captar 5.000 millones de euros para finales de este año. Para ello, el banco tiene previsto canjear deuda por capital y realizar una venta de acciones esta semana, según fuentes al tanto. Ambas transacciones podrían durar como mucho un par de días, indicaron las fuentes.

Si el banco no logra reunir el dinero que necesita de los inversionistas privados, el Estado italiano intervendrá y rescatará al banco, dijo esta semana una fuente del Tesoro.

Pero según la normativa europea, este rescate o cualquier esfuerzo de sanear el sistema bancario local no puede realizarse sin imponer pérdidas a los accionistas y a los bonistas. Esta opción es dura para cualquier Gobierno italiano, ya que cerca de 30.000 millones de euros en bonos junior de los bancos, con elevado riesgo, están en manos de inversionistas particulares.

La idea de celebrar elecciones en Italia el año próximo y la posibilidad de un auge de los partidos populistas dispuestos a oponerse a los planes del Gobierno de ayudar a los bancos reduce las probabilidades de que el Ejecutivo tome medidas audaces más allá de Monte dei Paschi en este momento, incluido el nuevo Gobierno interino italiano.

Además, las políticas promulgadas por el anterior Gobierno para impulsar el sector todavía tienen que ganar tracción.

Los bancos italianos se enfrentan a problemas en múltiples frentes. La economía casi se ha estancado y no se espera que crezca más de 1% en los próximos años, y el modelo ultratradicional de los bancos italianos ofrece pocas esperanzas de acabar con el dolor que las bajas tasas de interés provocan en el sector financiero europeo.

Todo esto ha reducido el margen de intermediación de los bancos y la feroz competencia está reduciendo los tipos de los préstamos. De hecho, los bancos italianos han visto cómo sus ingresos derivados de la actividad crediticia caían en un tercio desde 2008, según la consultora Prometeia SpA.

Al mismo tiempo, el tipo de interés de los depósitos en Italia no están cambiando mucho, y los bancos pagan un punto porcentual más que el tipo de referencia a un año, según Barclays .

Mientras tanto, los costos siguen siendo altos. Los bancos italianos, que emplean a 350.000 personas, invirtieron 64% de sus ingresos en gastos operativos, frente a 50% de las entidades españolas y 60% de los bancos griegos. Los costosos paquetes de despido y los rígidos contratos de empleo desaceleran los esfuerzos para reducir los costos de los bancos, que han caído 2% en el último año.

El resultado de todo esto es que la rentabilidad sobre fondos propios de los bancos italianos era de 4,8% el año pasado, frente a 14% de los bancos irlandeses o el 8,3% de la banca gala.

Mientras, los préstamos morosos han seguido aumentando y los persistentes problemas económicos de Italia han llevado a más compañías a la quiebra. Sin embargo, los escasos beneficios de los bancos son demasiado exiguos como para cubrir las pérdidas que provocarían las rebajas de valor.

Esto ha hecho que los bancos sean reacios a traspasar sus préstamos a los inversionistas dispuestos a comprarlos a precios reducidos. Aunque este año se vendieron 20.000 millones de euros en préstamos morosos, sólo representaron 6% de todos los activos tóxicos.

Según la Autoridad Bancaria Europea, más de 16% de los préstamos en Italia son morosos, el triple que la media europea.

Los esfuerzos de UniCredit SpA, el mayor banco de Italia y que cuenta con más préstamos tóxicos que ningún otro banco europeo, para solventar sus problemas ponen de manifiesto la escasez de capital que tienen las entidades italianas. El martes, el banco —que tiene 77.000 millones de euros en créditos morosos— dijo que rebajaría en 75% el valor de sus préstamos más tóxicos y de aquéllos con una improbabilidad de pagar de 40%. El banco ahora debe captar 13.000 millones de euros para cubrir en parte esas pérdidas generadas con las rebajas de valor.
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The Wall Street Journal
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La crisis sistémica global y algunos manotazos desesperados

Dom, 18/12/2016 - 11:11
Jorge Beinstein, Alainet

A partir de la victoria de Trump los medios de comunicación hegemónicos han lanzado una avalancha de referencias al “proteccionismo económico” del futuro gobierno imperial y en consecuencia al posible inicio de una era de desglobalización.

En realidad la instalación de Trump no será la causa de esa desglobalización anunciada sino más bien el resultado de un proceso que dio su primer paso con la crisis financiera de 2008 y que se aceleró desde 2014 cuando el Imperio ingresó en un recorrido descendente irresistible.

Desde el punto de vista del comercio internacional la desglobalización viene avanzando desde hace aproximadamente un lustro. Según datos del Banco Mundial en la década de los 1960 las exportaciones representaron en promedio el 12,2% del Producto Bruto Global, en la década siguiente pasaron al 15,8%, en los años 1980 llegaron al 18,7% pero hacia fines de esa década el proceso se aceleró y en 2008 alcanzó su máximo nivel cuando llegó el 30,8%, la crisis de ese año marcó el techo del fenómeno a partir del cual se produjo un descenso suave que se acentuó desde 2014-2015 (1). La propaganda acerca de que las economías se internacionalizaban cada vez más, condenadas a exportar porciones crecientes de su producción fue desmentida por la realidad desde 2008 y ahora la globalización comercial comienza a revertirse.


Pero las dos décadas de globalización acelerada fueron principalmente un movimiento de financierización, de hegemonía total del parasitismo financiero sobre el conjunto de la economía mundial, su centro motor se encontraba en los Estados Unidos, extendiendo sus fortalezas hacia el conjunto de Occidente y el socio oriental Japón. Los llamados “productos financieros derivados”, negocios especulativos altamente volátiles, verdadero corazón del sistema, llegaban en el año 1999 a unos 80 billones (millones de millones) de dólares, aproximadamente dos veces y media el Producto Bruto Mundial, luego esa masa se expandió vertiginosamente y en 2008, un poco antes del desastre financiero tocaba los 683 billones de dólares, casi 12 veces el Producto Bruto Mundial de ese año. Allí alcanzó su techo histórico, creció luego muy poco en términos nominales de tal manera que hacia fines de 2013 llegaba a los 710 billones de dólares (9,3 veces el Producto Bruto Global de ese año), fue el comienzo del desinfle ya que en diciembre de 2015 había caído a 490 billones (6,6 veces el Producto Bruto Global de 2015). La oligarquía financiera había entrado en declinación lo que acentuó su canibalismo interno y sus tendencias depredadoras no solo en la periferia sino también en el centro del sistema.


A esos procesos económicos se agregó una profunda crisis geopolítica, el expansionismo político-militar del Imperio fue frenado en su principal territorio de operaciones: Asia. Los dos rivales estratégicos de Occidente: China y Rusia, estrecharon su alianza y fueron arrastrando hacia su espacio a grandes, medianos y pequeños estados de la región: desde India, hasta Irán, pasando por las naciones de Asia Central. Los recientes giros de Turquía y Filipinas alejándose de la influencia norteamericana y acercándose al espacio chino-ruso marcan desde el Mar Mediterráneo y desde el Océano Pacífico, en los dos extremos geográficos de Eurasia, el declive de la dominación periférica del imperialismo occidental. El fracaso estadounidense en Siria señala el principio del fin de su omnipotencia militar.

Sin embargo la decadencia de Occidente no implica el seguro ascenso de los capitalismos de estado ruso y chino como nuevos amos del mundo, la crisis está llegando a China, su crecimiento se va desacelerando, Rusia se encuentra en recesión, ambas potencias son afectadas por la declinación de los mercados occidentales y de Japón, sus principales clientes. Tratan entonces de compensar esas pérdidas extendiendo sus negocios y acuerdos políticos hacia la periferia, especialmente hacia el espacio asiático. Tal vez el más ambicioso proyecto chino sea el de la “Nueva Ruta de la Seda”, gigantesca masa de inversiones en infraestructura y sistemas de transporte terrestre y acuático distribuidas en Asia apuntando hacia la integración comercial del espacio eurasiático, llegaría a unos 890 mil millones de dólares según Financial Times (2). Esa cifra podría ser comparada con la del Plan Marshall que a valores actuales representaría cerca de 130 mil millones de dólares, China estaría empujando hacia esa zona inversiones equivalentes a más de seis planes Marshall.

El problema es que todas esas economías que China busca integrar están siendo golpeadas por la crisis, la caída de los precios de las materias primas deprime al conjunto de la periferia, acorralan a Rusia, a Irán, a las repúblicas centroasiáticas... mientras Europa declina.

La crisis es global, obedece a la dinámica del capitalismo como sistema planetario, a su degeneración parasitaria que degrada tanto a los países centrales como a los periféricos, emergentes o no.

América Latina es ahora víctima de esos cambios. En su repliegue hacia el patio trasero histórico imperial los Estados Unidos vienen allí ejecutando una estrategia flexible y arrolladora de reconquista y saqueo que en unos pocos años ha conseguido desplazar a los gobiernos de Honduras, Paraguay, Brasil y Argentina, acorralar a Venezuela y poner de rodillas a la cúpula de la insurgencia colombiana. Sin embargo esa reconquista se produce en el marco de la crisis económica, social-institucional, cultural y geopolítica de Occidente que lleva hacia el pantano a los regímenes lacayos del continente. Las victorias derechistas en Paraguay, Argentina o Brasil anuncian profundas crisis de gobernabilidad, donde sus “gobiernos”, en realidad bandas de saqueadores, generan con sus acciones grandes destrucciones del tejido económico e inevitablemente el ascenso de protestas sociales masivas y crecientes. Dicho de otra manera, la actual arremetida derechista no es el comienzo de la reconversión colonial de la región, de la instauración de un nuevo orden elitista sino de una etapa de desorden, de rebeliones populares amenazando a las élites dominantes.

Mientras tanto la desglobalización sigue su curso, las élites dominantes del planeta buscan desesperadamente preservar sus posiciones, acentúan sus disputas internas, empiezan a producir salvadores pragmáticos de todo tipo. Así es como ha irrumpido un personaje grotesco como Donald Trump buscando combinar xenofobia, concentración de ingresos, reindustrialización y recomposición del esquema geopolítico global. O los neofascismos europeos emergentes y los ya instalados en América Latina. Se trata de tentativas ilusorias de recomposición de sistemas decadentes profundizando al mismo tiempo el saqueo, dinámica parasitaria ya vista a lo largo de la historia humana acompañando, acelerando las declinaciones imperiales.
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Notas:
(1) World Bank, “World development Indicators”, 17-11-2016
(2) James Kynge, “How the Silk Road plans will be financed”, Financial Times, Mai 9, 2016

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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El trasfondo cínico de la “posverdad”

Sáb, 17/12/2016 - 15:01
María Márquez Guerrero, Público

Cuando Eric Alterman y David Roberts aplicaron el término posverdad (R. Keyes 2004) al discurso político, se referían a los actos de manipulación por parte de los representantes políticos, quienes, sin ningún escrúpulo, mentían para conseguir sus objetivos. La invención de la existencia de armas químicas en Iraq o la negación del cambio climático eran claros ejemplos de posverdades. En su origen, por tanto, el término apareció como eufemismo. Concebida de este modo, como disfraz de la mentira, la posverdad aludía a una realidad discursiva tan antigua como la Retórica clásica. Efectivamente, desde que aparece la Retórica en el siglo V a.C., la verdad fue desplazada por la verosimilitud, auténtico objetivo del discurso político, pues la finalidad de la retórica política es el poder, para cuya conquista pueden ser más eficaces las falacias que los silogismos (Gallardo-Paúls y Enguix Oliver)

Como es sabido, la política es una realidad mediática (que conocemos a través de los medios) y mediatizada (condicionada por ellos), hecho que condiciona su inmersión en una lógica comercial (P. Charaudeau): como trata de dirigirse a un blanco constituido por la mayor cantidad posible de receptores, debe formular lo que se denomina una “hipótesis baja” sobre el grado de saber de este; como consecuencia, buscará conmover emocionalmente al destinatario con un discurso muy simple que, a ser posible, active primitivas estructuras mentales (G. Lakoff) que refuerzan la identificación, el sentido de pertenencia. De ahí que, con mucha frecuencia, el discurso político abandone el plano argumentativo, las pruebas racionales y la descripción objetiva de los hechos para vestirse de relato. Entonces ya no se rige por las reglas de la lógica, presentación de datos-pruebas, y verificación mediante el contraste con la realidad, sino que se conforma según las pautas del relato de ficción, donde la exigencia de verdad ha sido sustituida por cierta coherencia interna que hace creíbles, una vez situados en el plano de lo ficticio, la acción y la propia creación de los personajes. En esta labor de narrativización juegan un papel muy importante todo tipo de recursos retóricos, como la metáfora, la metonimia o la hipérbole. De hecho, el discurso político es, en sí mismo, una gran operación metonímica en la medida en que los medios seleccionan (Teoría de la agenda-setting) aquellas zonas de la realidad que desean iluminar y ocultan el resto. Hipérboles, metáforas, metonimias contribuyen a la configuración de ese mundo intermedio o pseudorrealidad mediática donde vivimos.

Aceptada la mentira como herramienta discursiva con una finalidad persuasiva (G. Lakoff), puede ocurrir que el divorcio entre el discurso de los políticos y lo que ocurre en la vida real de los ciudadanos sea tan radical que conduzca a su “desarticulación” o “dislocación” (E. Laclau y Ch. Mouffe), a una desconcertante “espiral del cinismo” (J. N. Capella y K. Jamieson), que despierta la desconfianza y el distanciamiento. Todos somos testigos recientes de cómo la verdad es sustituida por secuencias narrativas (verdaderas “retahílas” que venden humo, intrigas dosificadas en serie, con los correspondientes recuerdos de capítulos anteriores) donde casi todo vale, incluida la mentira en todas sus manifestaciones: la contradicción entre las palabras y los hechos, o entre enunciados presentes y otros anteriores; la falta de verdadera intencionalidad en los compromisos; la oscuridad o el silencio (cfr. “La espiral del cinismo”, Público 20/03/2016)

Hace ya, pues, muchos siglos que la mentira, en todas sus formas, es parte constitutiva del discurso político. Entonces… ¿qué hueco expresivo viene a cubrir la palabra posverdad? Si el eufemismo puede explicar el nacimiento del término, cabe preguntarse por las causas recientes de su recuperación después de 12 años de vida silenciosa. La conmoción social producida por la victoria de Trump o el Brexit han encontrado en el término, elegido como palabra del año por el Diccionario de Oxford, una expresión capaz de dar cuenta de las “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Parece interesante analizar si en el uso actual de la expresión se ha producido algún desplazamiento semántico con respecto a su valor original.

En principio, la mayoría de los artículos de prensa sobre el tema justifican la necesidad de recuperar el neologismo por la gran diferencia cuantitativa que se observa en nuestra época con respecto a otras anteriores en el uso de la mentira. De hecho, se ha convertido en lugar común hablar de época de la posverdad. No parece creíble, sin embargo, que los políticos de hoy mientan más que sus antecesores. La clave no parece estar en una sorprendente mutación de la naturaleza humana, sino más bien en los medios tecnológicos que tenemos a nuestro alcance. En este sentido, hoy el término aparece invariablemente asociado al uso de las redes sociales, que tienen la potencialidad de amplificar y expandir al infinito una noticia cualquiera gracias a la utilización de un criterio algorítmico en la selección, y como consecuencia de un ritmo tan vertiginoso en la producción que hace imposible su verificación.

Viendo las cosas con más detalle, se observa que los cambios en la designación no son solo cuantitativos. Para empezar, a diferencia de la definición original, que ponía el foco en el carácter del discurso (verdadero / falso) y en los sujetos que lo producían (la Administración Bush, los políticos que negaban el cambio climático), la de Oxford centra la atención en los receptores, esa opinión pública movida más por las emociones y creencias que por las razones. Ahora no se destaca el acto de la mentira en sí misma, sino la actitud de la población, para quien la verdad habría dejado de ser algo relevante, comportándose al modo del “electorado fascinado” de U. Eco, que no solo admite el engaño como parte natural de la política, sino que además parece aceptarlo gustosamente. En nuestra opinión, esta teoría del “receptor cínico” proyecta el cinismo de los representantes a los representados, pues la falta de interés por los aspectos racionales y objetivos del discurso puede explicarse por otros factores, entre ellos, la citada espiral del cinismo, que ha generado desconfianza, indiferencia y apatía en la población. Desprovisto el discurso político de todo apoyo argumentativo y desarraigado de lo real, no es nada extraño que la intención de voto se vea determinada por motivaciones irracionales: “Las creencias no necesitan ser coherentes para ser creíbles” (Bauman)

Por otra parte, la gran cantidad de publicaciones sobre el tema, que se han sucedido justo tras la victoria de Trump, revelan un cambio en la naturaleza del sujeto “posverdadero”, esto es, en el agente de la mentira. En principio, el término se refería al discurso elaborado por los medios de comunicación del sistema, que difundían las consignas del poder (E. Alterman). “La diferencia ahora consiste en que el Diccionario Oxford no sitúa la posverdad como un arma a disposición de la clase política dominante, sino como un poderosísimo y descontrolado recurso de los súbditos” (R. Amón, El País, 17/11/2016) A estas alturas, se diría que el tema en cuestión no tiene que ver con la reivindicación de la verdad, sino más bien con el monopolio de la mentira. Efectivamente, si leemos con detalle las publicaciones, observamos que la alarma social que lleva al reconocimiento del neologismo nada tiene que ver con el hecho mismo de mentir o con el aumento escandaloso de las mentiras, sino con la naturaleza del actual sujeto de la posverdad, las redes sociales: “… en el pasado las grandes mentiras eran una construcción nacional que sólo podían ser creadas por los aparatos de propaganda estatales. Mientras que la actual fragmentación de las fuentes de información, especialmente las promovidas por las redes sociales, permite mentir en gran escala a provocadores, agitadores, mercenarios y activistas…” (J. Fontevecchia, Perfil, 25/09/2016).

Es sabido que las redes sociales suponen un enorme apoyo, pero también una gran amenaza para los medios tradicionales, los cuales han perdido la exclusividad como fuentes primarias de información. Internet supone la transformación de las relaciones de poder (Gallardo-Paúls y Enguix Oliver), la instauración de una nueva lógica política (Innerarity). Las redes establecen marcos de debate, y, en esta medida, intervienen también en el establecimiento de la agenda, y, frente a los medios tradicionales, ofrecen inmediatez, rapidez y acceso directo a los datos, desintermediación. Todo esto supone la alteración del sistema comunicativo, y, en definitiva, del control discursivo que permite el acceso al poder. Ciertamente, puede afirmarse que los medios han perdido gran parte del poder de distribuir sus noticias. Doce años después de su creación, Facebook, con 1.800 millones de usuarios y unas ventas publicitarias de 27.000 millones de dólares al año, puede considerarse como el medio de información por excelencia del planeta, y, en principio, no dispone de límites o regulaciones externas.

La posverdad renace justo en el momento en que las redes se van consolidando cada vez más como actores políticos que producen información, generan debate social y logran movilizar a la población de forma imprevisible. Ante tal subversión en el mundo de la comunicación, los medios tradicionales han actuado culpando a Facebook del triunfo de Trump, lo cual supone una sobrevaloración del poder de las redes y una minusvaloración de la libertad y capacidad de reflexión del electorado. ¿De verdad puede afirmarse que el triunfo de Trump se debe simplemente a la difusión de mentiras por Facebook? Causas más profundas, como la gran crisis económica y social que afecta al país, la tasa creciente de paro por la destrucción del tejido industrial o la precarización de la vida en todos los niveles han podido condicionar un voto “antisistema”, una reacción negativa contra lo establecido. No obstante, ante la presión del grupo dominante que ostenta el poder, Zuckerberg ha anunciado un plan de siete puntos contra las noticias falsas en Facebook (R. Jiménez Cano, El País, 21/11/2016) en el que se contempla la actuación de grupos humanos externos (especialmente procedentes de los medios de comunicación tradicionales) que intervendrían en la selección y verificación de las noticias. Nada se dice, sin embargo, acerca de los criterios que se utilizarán para determinar el carácter verdadero o falso de un texto. Hay quien ha propuesto incorporar a sus algoritmos “excepciones para medios que invierten en información, son sometidos a controles de calidad y rinden cuentas” (D. Alandete, El País, 27/11/2016). En el fondo, “se trata de corregir el rumbo de la promoción de noticias” (R. Jiménez Cano, El País, 16 /11/2016), esto es, de seguir monopolizando la selección de temas y su enfoque discursivo.

Lógicamente, quienes defienden la existencia de una época de la posverdad presuponen una anterior en la que lo objetivo, lo racional y la verdad eran criterios dominantes. El término, claramente valorativo, opone una hipotética Edad de la luz, ya agotada, frente a la actual Edad Oscura. En este sentido, la necesidad de recuperar el concepto no tiene que ver tanto con el deseo de reivindicar la verdad como con la frustración de ciertas expectativas: “el Brexit o la victoria de Donald Trump constituyen dos posverdades en la medida en que “una y otra noticia han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional…” (R. Amón, El País, 17/11/2016)

A la vista de todo esto, se diría que la actual cruzada por “la verdad” de los medios tradicionales esconde el intento desesperado de mantener el control de la información y la continuidad en el poder. Tampoco esto es nada nuevo. En la base de toda esta teorización late la imagen de un electorado primitivo, nada reflexivo, apático y fácilmente manipulable que se mueve ligero por las redes sociales sin la necesidad de depender de la intermediación del periodismo profesional para comunicarse con la sociedad. La palabra posverdad da forma al temor por la falta de intermediación, que puede dejar las decisiones políticas relevantes al “errático e histérico humor de las masas que hasta hoy creen controlar” (J. Fontevecchia, Perfil, 25/09/2016). No hablamos de la verdad, sino del monopolio en la distribución de la información, de límites a la libertad de expresión y comunicación. Del mismo modo, la permanente descalificación de lo emocional, que sirve de base al ataque contra el populismo y a las iniciativas plebiscitarias, no deja de ser una coartada para la censura. Los espectaculares avances de la neuropsicología no nos permiten ya hoy mantener la dicotomía razón / emoción, ideas / sentimientos. Ya lo decía Gabriel Miró, “Nadie burle de estas realidades de nuestras sensaciones donde reside casi toda la verdad de nuestra vida”.

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Michael Moore se suma a protesta nacional contra Donald Trump

Ven, 16/12/2016 - 16:54

El cineasta Michael Moore anunció que se suma a la protesta nacional que se llevará a cabo el día del nombramiento de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, previsto para el 20 de enero. Moore y activistas del país promueven un llamado a la resistencia para impedir, en aras de la seguridad nacional, que Trump asuma el poder el mes próximo.

Aunque el republicano ganó en las urnas, su triunfo no será oficial hasta que los 538 miembros del Colegio Electoral certifiquen los resultados, cuando se reúnan en sus respectivas capitales y en Washington, el 19 de diciembre. En un apasionado mensaje en la cadena MSNBC, Moore pidió que al menos 37 electores republicanos tengan valor y voten por un tercer candidato, de ser necesario. Dirigiéndose a los electores, Moore advirtió: Ustedes nos están poniendo en peligro al colocar a Donald Trump en la presidencia (...); no nos hagan esto, no lo hagan, es demasiado peligroso y sus compatriotas estadounidenses se lo agradecerán si no lo hacen. Demuestren que les importa su país. Este hombre (Trump) no asiste a las reuniones diarias sobre seguridad nacional, cuando debería hacerlo, explicó el cineasta.

El director del documental Masacre en Columbine teme que la presunta negligencia de Trump provoque atentados que cobren la vida de estadounidenses. Por otro lado, en declaraciones a The Hollywood Reporter comentó que si por alguna terrible casualidad Trump aparece para ser juramentado el 20 de enero, estaré allí ayudando a liderar la protesta nacional. Si por alguna terrible casualidad Trump rinde juramento, estaré allí ayudando a dirigir la protesta nacional y hacer lo que me corresponde como ciudadano, indicó sin precisar qué tipo de actividades realizará. Moore dirigió el documental TrumpLand, en el que pronosticó la victoria de Trump, cuando pocos pensaban que tenía una oportunidad. Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Grecia avanza hacia una nueva crisis de deuda

Xov, 15/12/2016 - 09:00

La crisis de Grecia se acerca a un momento que podría ser crucial tras un año de relativa calma, ya que el gobierno, que está perdiendo apoyo, se ve en la obligación de hacer frente a las inflexibles demandas de los acreedores. El partido de gobierno, el izquierdista Syriza, está considerando la opción de convocar elecciones anticipadas en 2017 porque cada vez cree menos posible lograr concesiones en cuanto a un alivio de la deuda o la austeridad por parte de la eurozona y el Fondo Monetario Internacional.

Según fuentes helenas, aún no se ha tomado la decisión de convocar elecciones. El gobierno revisará el estado de las negociaciones en enero tras pedir a los acreedores nuevamente que se muestren más flexibles.Los comicios permitirían a Syriza --si no a Grecia-- escapar a las presiones de un impopular programa de rescate cuya dureza ha hecho caer a un gobierno heleno tras otro desde que comenzó la crisis en 2009. El líder de Syriza y primer ministro griego, Alexis Tsipras, como sus predecesores, pugna por cumplir los estrictos objetivos fiscales en un país asolado por la recesión y temeroso de la austeridad.

Una renovación de la crisis de deuda de Grecia en 2017 supondría otra prueba para la cohesión de la Unión Europea, cuyo sistema político afronta el reto de superar a los populistas euroescépticos en un conjunto de elecciones nacionales el próximo año. Los gobiernos europeos no quieren reavivar el drama heleno, pero tampoco quieren hacer concesiones a Atenas para evitarlo.

Tsipras, que mantendrá reuniones con los mandatarios de Alemania y Francia en los próximos días, sorprendió a los griegos y los acreedores del país la semana pasada con regalos fiscales que se consideran preparatorios de unas elecciones. Prometió a 1,6 millones de pensionistas una bonificación de Navidad de entre 300 euros y 800 euros. Además, suspendió el aumento previsto del IVA en las islas del Egeo que han recibido gran número de refugiados de Medio Oriente. Las autoridades de la UE señalaron que estudiarán si las promesas de Tsipras son compatibles con los compromisos del rescate de Grecia.

Si hubiera elecciones anticipadas el próximo año, fuentes de Syriza esperan una derrota del partido y un nuevo Gobierno liderado por la formación conservadora Nueva Democracia. Las fuentes señalan que su objetivo en los eventuales comicios sería evitar ser barridos, algo que consideran una posibilidad si se mantienen demasiado en el poder sin lograr concesiones de los acreedores.

Las negociaciones realizadas este mes han demostrado a los líderes helenos que están atrapados entre las exigencias de sus acreedores más poderosos: Alemania y el Fondo Monetario Internacional.

Berlín sólo está dispuesto a comprometerse a reducciones menores de la deuda griega y el FMI insiste en que deben realizarse reformas políticamente onerosas, como recortes de las pensiones, sobre todo si Alemania insiste en que Grecia debería tener un mayor superávit presupuestario.

El FMI, que no desea que se le culpe de la austeridad, ha señalado que sería menos severo con Grecia si Europa redujera el objetivo fiscal. Además, insiste en que siga la desregulación de las leyes laborales helenas, lo cual Syriza ha considerado un ataque inaceptable a los ya de por sí reducidos derechos de los trabajadores.

Las autoridades alemanas están de acuerdo con el FMI en que Grecia necesita mayores reformas económicas, pero no están de acuerdo con el fondo en lo referente a la deuda griega. Alemania cree que no hace falta tomar una decisión sobre si hay que reestructurar la enorme cantidad de créditos de rescate al país y cómo hay que hacerlo hasta que el programa concluya en 2018. El FMI, por su parte, considera la deuda helena claramente insostenible y desea que Berlín concrete ahora qué tipo de alivio está dispuesto a ofrecer, aunque las decisiones finales no se tomen hasta 2018.

Si no hay un compromiso entre el FMI y Alemania --algo que no se logra desde principios de 2015-- es probable que los gobiernos griegos sigan teniendo que hacer frente a exigencias de recortes dolorosos sin apenas recompensa.
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Alquimistas y banqueros

Mér, 14/12/2016 - 09:30
Alejandro Nadal, La Jornada

La lucha entre el poder político y el mundo de las finanzas es antigua. La historia europea está llena de episodios en los que banqueros y reyes intercambiaron golpes, muy frecuentemente por interpósita persona, a través de cardenales y generales.

Cuando irrumpe el capitalismo lleva en su código genético la esencia del capital financiero. Sus herramientas contables eran parecidas a las técnicas de los templos de los financieros y banqueros, pero estaban ligadas a una nueva forma de circulación. La producción de mercancías necesitaba que los capitalistas pudieran adelantar el dinero que para comprar insumos y contratar fuerza de trabajo. Cuando las operaciones se hicieron más complejas y se requirieron recursos para inversiones de más largo aliento, los bancos también evolucionaron.

Los bancos siempre operaron reconociendo recíprocamente los títulos que emitían. Gradualmente esta matriz de vínculos se hizo más densa hasta convertirse en un sistema que entrelazaba todas las relaciones económicas. En esa etapa de su desarrollo los bancos sufrieron una metamorfosis extraordinaria. De simples auxiliares de la empresa capitalista los bancos se convirtieron en regidores de la circulación monetaria. La fuerza detrás de esta mutación se encuentra en un hecho sencillo: al emitir títulos que eran reconocidos por todos los demás bancos, el sistema bancario se convirtió en la fuente de crédito par excellence de toda economía capitalista.

Para enfrentar el poder de los bancos, los estados europeos fueron creando sus propios bancos para seguir financiando sus guerras y aventuras coloniales. En 1668 se creó en Suecia el primer banco central, el Riksbank, organizado para desempeñar el papel de tesorería que requería el gobierno. En 1694 nació el Banco de Inglaterra, con las mismas funciones. Estos bancos también desempeñaban el papel de cámara de compensación para los bancos privados, lo que agilizaba y fortalecía su rol dominante en la economía. En algunos casos, como en el de la Banque de France, establecida por Napoleón en 1800, la finalidad del banco central incluía el mitigar el desorden monetario y controlar la inflación. En muchos casos los bancos centrales son entidades híbridas formadas con la participación de los bancos privados, pero poco a poco se convirtieron en prestamistas de última instancia y sus billetes se consolidaron a escala nacional como dinero de alto poder (capaz de extinguir cualquier deuda).

Pero los bancos privados siguieron su desarrollo y al surgir la divisa dominante emitida por el banco central se convirtieron en los administradores del dinero de alto poder. Es decir, los bancos comerciales privados no pueden emitir los billetes de la divisa nacional porque el banco central tiene el monopolio de esa actividad. Lo único que pueden hacer los bancos privados es emitir títulos (como cheques) y poner en circulación líneas de crédito. Pero esos títulos emitidos por los bancos privados son simples promesas de que el deudor pondrá a disposición del acreedor en cierta fecha una determinada cantidad de dinero emitido por el banco central.

Cuando un banco comercial privado otorga un crédito y abre una cuenta al nuevo cliente, lo único que hace es crear la obligación para este nuevo deudor de entregar al banco una suma de dinero de alto poder (más los intereses) en un plazo convenido. Aunque el deudor del banco nunca ve los billetes de alto poder, sí queda obligado a entregarle dinero base al banco. Y si los alquimistas buscaban la fórmula para crear oro de la nada, los banqueros sí encontraron la forma de crear dinero de la nada.

Hoy los bancos privados controlan la oferta monetaria que hace girar las ruedas de la economía. Cierto, para prevenir las crisis los bancos centrales imponen la obligación a los bancos de mantener reservas de dinero base. Pero los bancos privados tienen un poder extraordinario y son sus operaciones pro-cíclicas lo que constriñe al banco central a proporcionarles el dinero base para mantener las reservas necesarias.

Cuando ocurre una crisis como la de 2008, las cosas quedan más claras. Los bancos privados sabían que en caso de un colapso el banco central los respaldaría con una inyección de liquidez, sin importar la calidad de sus hojas de balance. Eso es lo que ha sucedido en Estados Unidos y en Europa donde los bancos centrales han inyectado cantidades astronómicas de liquidez para el rescate de los bancos.

Hoy el capitalismo sigue mutando rápidamente y la lucha entre el mundo financiero y el poder político se ha intensificado. El populismo derechista o ‘fascismo post-moderno’ ha identificado al enemigo, los banqueros y financieros, y en eso ha leído correctamente el sentimiento popular. Pero presentarse como protector del pueblo frente al poder de banqueros y financieros no garantiza que la defensa sea efectiva. Más temprano que tarde, los que así se presentan (como Trump) tendrán que negociar con el poder financiero y probablemente le otorgarán importantes concesiones.

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No hay que llorar por la muerte de los acuerdos comerciales

Mar, 13/12/2016 - 08:00
Los acuerdos comerciales más nuevos incorporan reglas que están esencialmente destinadas a generar y preservar las ganancias de las instituciones financieras y las empresas multinacionales a expensas de otros objetivos políticos legítimos Dani Rodrik, Project Syndicate

Las siete décadas que transcurrieron desde el fin de la Segunda Guerra Mundial fueron una era de acuerdos comerciales. Las principales economías del mundo estuvieron en un estado perpetuo de negociaciones sobre comercio y concluyeron dos acuerdos multilaterales importantes a nivel global: el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT, por su sigla en inglés) y el tratado que estableció la Organización Mundial de Comercio. Por otra parte, se firmaron más de 500 acuerdos comerciales bilaterales y regionales –la gran mayoría de ellos desde que la OMC reemplazó al GATT en 1995–.

Las revueltas populistas de 2016 casi con certeza pondrán fin a esta actividad frenética de firma de acuerdos. Si bien los países en desarrollo pueden aspirar a implementar acuerdos comerciales más pequeños, los dos principales acuerdos sobre la mesa, el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por su sigla en inglés) y la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (ATCI), están prácticamente muertos tras la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

¿Qué propósito tienen realmente los acuerdos comerciales? La respuesta parecería obvia: los países negocian acuerdos comerciales para alcanzar un comercio más libre. Pero la realidad es considerablemente más compleja. No es sólo que los acuerdos comerciales de hoy se extienden a muchas otras áreas de políticas, como la salud y las regulaciones sobre seguridad, las patentes y los derechos de propiedad intelectual, las regulaciones para cuentas de capital y los derechos de los inversores. Tampoco resulta claro si realmente tienen mucho que ver con el libre comercio.

La argumentación económica estándar para el comercio es doméstica. Habrá ganadores y perdedores, pero la liberalización comercial agranda el tamaño de la torta económica en casa. El comercio es bueno para nosotros y deberíamos eliminar cualquier impedimento por nuestro propio bien –no para ayudar a otros países–. De modo que el comercio abierto no requiere ningún cosmopolitanismo; sólo precisa los ajustes domésticos necesarios para asegurar que todos los grupos (o por lo menos los políticamente poderosos) puedan participar en los beneficios generales.

Para las economías que son pequeñas en los mercados mundiales, la historia termina aquí. No tienen ninguna necesidad de acuerdos comerciales, porque el libre comercio, para empezar, los favorece (y no tienen poder de negociación frente a los países más grandes).

Los economistas ven una justificación para los acuerdos comerciales en los países grandes porque esos estados pueden manipular sus términos de comercio –los precios mundiales de los bienes que exportan e importan–. Por ejemplo, al imponer un arancel a las importaciones, digamos, de acero, Estados Unidos puede reducir los precios a los que los productores chinos pueden vender sus productos. O, al gravar las exportaciones de aviones, Estados Unidos puede aumentar los precios que los extranjeros tienen que pagar. Un acuerdo comercial que prohíba estas políticas proteccionistas puede ser útil para todos los países porque, de no existir, todos podrían terminar colectivamente perjudicados.

Pero es difícil cuadrar este razonamiento con lo que sucede con los acuerdos comerciales reales. Aunque Estados Unidos imponga aranceles a las importaciones de acero chino (y muchos otros productos), el motivo no parece ser reducir el precio mundial del acero. Librado a sus propios medios, Estados Unidos preferiría subsidiar las exportaciones de Boeing –como lo ha hecho a menudo– que gravarlas. Por cierto, las reglas de la OMC prohíben los subsidios a las exportaciones –que, en términos económicos, son políticas que benefician a todos– sin aplicar restricciones directas a los impuestos a las exportaciones.

De manera que la economía no nos ayuda mucho a entender los acuerdos comerciales. La política parece un camino más alentador: las políticas comerciales de Estados Unidos en materia de acero y aviones probablemente encuentren una mejor explicación en el deseo de los responsables de las políticas de ayudar a esas industrias específicas –que tienen una fuerte presencia lobista en Washington– que en sus consecuencias económicas generales.

Los acuerdos comerciales, suelen decir quienes los proponen, pueden ayudar a controlar este tipo de políticas ineficientes haciendo que a los gobiernos les resulte más difícil dispensar favores especiales a industrias con conexiones políticas. Pero este argumento tiene un punto ciego. Si las políticas comerciales están esencialmente diseñadas por el lobby político, ¿acaso las negociaciones de comercio internacional no estarían también a merced de estos mismos lobbies? ¿Y pueden las reglas comerciales redactadas por una combinación de lobbies domésticos y extranjeros, en lugar de sólo lobbies domésticos, garantizar un mejor resultado?

Sin duda, los lobbies domésticos tal vez no obtengan todo lo que quieren cuando tienen que lidiar con lobbies extranjeros. Una vez más, los intereses comunes entre los grupos industriales de diferentes países pueden derivar en políticas que consagran la captación de renta a nivel global.

Cuando los acuerdos comerciales giraban en gran medida alrededor de los aranceles a las importaciones, el intercambio negociado de acceso a los mercados en general producía menores barreras a las importaciones –un ejemplo de los beneficios de los lobbies que actúan como contrapesos mutuos–. Pero también existen muchos ejemplos de connivencia internacional entre intereses especiales. La prohibición de la OMC a los subsidios a las exportaciones no tiene una explicación económica real, como ya dije anteriormente. Las reglas sobre anti-dumping también son explícitamente proteccionistas en su intención.

Estos casos perversos han proliferado más recientemente. Los acuerdos comerciales más nuevos incorporan reglas sobre "propiedad intelectual", flujos de capital y protecciones a la inversión que están esencialmente destinadas a generar y preservar las ganancias de las instituciones financieras y las empresas multinacionales a expensas de otros objetivos políticos legítimos. Estas reglas ofrecen protecciones especiales a los inversores extranjeros que suelen entrar en conflicto con regulaciones sobre salud pública o medio ambiente. Hacen que a los países en desarrollo les resulte más difícil acceder a la tecnología, gestionar los flujos de capital volátiles y diversificar sus economías a través de políticas industriales.

Las políticas comerciales impulsadas por un lobby político e intereses especiales domésticos son políticas proteccionistas. Pueden tener consecuencias proteccionistas, pero ese no es su motivo. Reflejan asimetrías de poder y fallas políticas al interior de las sociedades. Los acuerdos comerciales internacionales pueden contribuir sólo de manera limitada a remediar estas fallas políticas domésticas, y a veces las agravan. Para abordar las políticas proteccionistas hace falta mejorar la gobernnacia doméstica, no establecer reglas internacionales.

Tengamos esto en mente cuando lamentamos la muerte de la era de los acuerdos comerciales. Si administramos bien nuestras propias economías, los nuevos acuerdos comerciales serán esencialmente redundantes.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

La mayor empresa de armamentos pierde 3.500 millones de dólares por tuit de Donald Trump

Lun, 12/12/2016 - 17:01

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, publicó un tuit en el que asegura que los costes del programa del avión F-35 están "fuera del control" y eso bastó para que las acciones de Lockheed Martin —la compañía que fabrica esa aeronave— se desplomaran de manera brusca y perdieran más de 4 por ciento en cosa de segundos. Hasta el momento, los datos indican que esa firma ha perdido 3.500 millones de dólares por esa única publicación de Trump, informa The Independent.
El F-35 es una aeronave estadounidense de quinta generación cuyo programa ya ha costado al país más de 1.500 millones de dólares, 1.000 millones más de lo previsto en un principio. Además, el proyecto de ese bombardero lleva más de siete años de retraso y muchos políticos norteamericanos consideran que es demasiado polémico. El proyecto del F-35 ya ha sido catalogado como el programa armamentístico más caro de la historia. Diversos especialistas destacan que el F-35 tiene deficiencias importantes, como que no está preparado para combatir en las distancias cortas. Asimismo, el hecho de que fuera planeado como un caza sigiloso e indetectable podría sacrificar sus habilidades de combate y limitar su movilidad y capacidad de bombardeo.

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