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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger6672125
Actualizado: fai 18 horas 25 min

El TPP, las transnacionales y Trump

Mér, 08/02/2017 - 16:00
Hedelberto López Blanch, Rebelión

La decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump de excluir a su país del Tratado Transpacífico (TPP) no ha tomado por sorpresa a los otros 11 miembros, pero sí ha creado muchas interrogantes sobre cómo responderán las grandes compañías transnacionales que aspiraban a controlar una parte importante del mercado mundial. Trump cumplió su promesa pre electoral al firmar el decreto sobre el TPP, Tratado que ya había sido suscrito, en febrero de 2016 por los 12 países que lo integran (Estados Unidos, Japón, Australia, Brunei, Canadá, Chile, Malasia, Nueva Zelanda, México, Perú, Singapur y Vietnam) pero que aún no ha sido ratificado por sus respectivos Parlamentos.

En total abarca el 40 % de la economía mundial, el 30 % de las exportaciones globales, el 25 % de las importaciones, y reúne a 800 millones de consumidores.

El multimillonario pacto, conveniado en forma secreta desde 2006, beneficia a las grandes compañías transnacionales y a Estados Unidos pues la primera condición es que pondría fin a los aranceles de 18 000 productos norteamericanos, entre estos, automóviles, maquinaria, cigarrillos, tecnología de la información, productos de consumo, el acceso a internet, la protección a los inversionistas, la propiedad intelectual, los farmacéuticos y la producción digital.

La gravedad de ese mega acuerdo consiste, además, en que las transnacionales obtendrían amplios poderes para desafiar las regulaciones, acciones y decisiones de gobiernos soberanos ante tribunales organizados por mecanismos internacionales controlados por el gran capital. Sus integrantes deben aceptar las reglas establecidas pese a que éstas atenten contra la soberanía nacional. De esa forma, las corporaciones monopólicas pueden demandar a los gobiernos y solicitar millonarias indemnizaciones si estos no obedecen las prerrogativas obtenidas en los convenios. Entre las poderosas compañías transnacionales que han laborado en la confección del acuerdo, aparecen Chevron (petrolera), Monsanto (agroindustrial) y Barrick Gold (minera), informó la organización empresarial Council of the Americas-Americas Society, con sede en Nueva York. El ex presidente Barack Obama durante su mandato hizo todo lo posible por llevar a vías de hecho el Tratado pero sus acciones fueron bloqueadas en la Cámara de Representantes por miembros del Partido Republicano.

Obama, quien estaba decidido a detener el empuje económico alcanzado en los últimos años por China y Rusia, declaró en uno de sus discursos que “con más del 95 % de nuestros clientes potenciales viviendo fuera de nuestras fronteras, no podemos dejar que países como China escriban las reglas de la economía global”

Ahora Trump ha dado un giro de 90 grados hacia el proteccionismo económico y dejó claro que su gobierno no participará en los próximos cuatro años en acuerdos de libre comercio, ya sean el TPP, el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP) que se negociaba entre Estados Unidos y la Unión Europea, o el Tratado de Libre Comercio de América (TLCAN) el cual pretende revisar con México y Canadá.

Algunos gobiernos han declarado que de todas formas buscarán ratificar el TPP, aunque comprendan que no sería lo mismo que con la participación de la mayor economía mundial. Otros analistas aseguran que el beneficio mayor recaerá en China que continuará incrementando su influencia no solo en la región asiática sino también en América Latina.

Pero la pregunta clave es ¿qué harán las compañías transnacionales que después de tantos años de participar en las discusiones secretas en las cuales obtuvieron numerosas prebendas, ahora que de un solo plumazo vean “volar” jugosos y millonarios convenios?

Hasta el año 2013, el principal negociador de Estados Unidos dentro el TPP sobre temas agrícolas fue Islam Siddiqui, ex cabildero de Monsanto. Siddiqui dejó esas funciones tras asegurar plenamente la imposición de futuras leyes a favor de las transnacionales.

Otra enorme prebenda obtenida por este negociador obliga a los países a acatar la propiedad intelectual de las semillas que fue promovida por Monsanto en 1991, o sea, las naciones y los campesinos solo podrán utilizar semillas de esa multinacional.

Al salir Estados Unidos del TPP, esas compañías dejarían de explotar la flora y la fauna de varios países sin tener que rendir cuentas por desastres provocados por la aplicación de dañinos pesticidas o por descontroladas explotaciones petroleras como el caso de la ex compañía Texaco (adquirida después por Chevron) que afectó miles de hectáreas en la Amazonía Ecuatoriana.

Ese Tratado también beneficia a las grandes farmacéuticas porque impide que los laboratorios de genéricos tengan el permiso para vender medicamentos para el VIH, cáncer y vacunas que sean más baratos y con la misma calidad. De esa forma, solo si cuentan con bastante dinero podrán adquirir medicamentos para mejorar o salvar sus vidas.

En México, uno de los países firmantes del pacto, el 84% de los medicamentos que se venden son genéricos.

Toda esa realidad augura que se abrirán nuevos frentes de lucha económica y política entre la Casa Blanca y las transnacionales.

Mientras tanto, si los demás integrantes insisten en continuar adelante con el TPP sin Estados Unidos, e invitar en su lugar a China, deberán realizar una revisión completa del texto, hacerlo público y eliminar las enormes prebendas que se les otorgan a las transnacionales en contra de sus pueblos.

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Duelo en la eurozona: Trump y Alemania

Mér, 08/02/2017 - 09:11
Alejandro Nadal, La Jornada

Una de las personas más influyentes en el gabinete de Trump es el economista Peter Navarro, hoy director del recién creado Consejo Nacional de Comercio. Es autor del libro intitulado Muerte por China, en el que acusa al gigante asiático de ser el factor determinante en la desindustrialización de Estados Unidos y, además, de manipular constantemente el tipo de cambio para promover sus exportaciones.

Pero el blanco del primer ataque de Navarro no ha sido Pekín, sino Alemania. Ya en su nuevo puesto, el economista señaló en una entrevista que el marco alemán implícito está fuertemente subvaluado. Según él, Alemania se ha visto beneficiada de manera injustificada por la subvaluación del euro. En 2015 el euro perdió más de 12 por ciento de su valor frente al dólar. Por su parte, el valor de la divisa estadounidense (comparado con una canasta de divisas) se incrementó 25 por ciento, lo que encareció las exportaciones estadounidenses y abarató las de sus competidores como Alemania.

Alemania tiene hoy el superávit en cuenta corriente más grande del mundo, superior a 9 por ciento de su PIB. Su excedente se mantiene desde 2011 y con eso basta para hacerse acreedora a las multas estipuladas en las reglas sobre estabilidad macroeconómica de la eurozona. Pero el órgano encargado de aplicar esas sanciones, la Comisión Europea, sólo ha sido capaz de amonestar a Berlín cada año.

El superávit alemán es uno de los desequilibrios más importantes en la economía global. Pero son varios factores los que explican este descomunal superávit: desde una deprimida norma salarial que incrementó la competitividad de las empresas del sector exportador, hasta la mezcla de productos de alta tecnología que constituyen la parte más importante de las exportaciones alemanas y para las cuales la subvaluación del euro no es un factor determinante.

Hay que reconocer que la combinación de políticas macroeconómicas a nivel de la eurozona y al interior de Alemania también explican el abultado superávit alemán. Por una parte, es bien sabido que Berlín impuso una regla de austeridad fiscal en la eurozona, lo que ha contribuido de manera decisiva a profundizar la crisis en Europa. Por otra, al mantener una política de presupuesto balanceado las autoridades en Berlín han impedido absorber el superávit del sector privado a través de un déficit del sector público. Esta combinación ha contribuido fuertemente al monumental excedente en la cuenta corriente de Alemania.

Aun así, no es evidente que Berlín pueda ser catalogado como país manipulador de la paridad cambiaria. La ley estadounidense fija cuatro condiciones para colocar a un país en esa categoría. Primero, debe tratarse de un socio comercial mayor de Estados Unidos (con un volumen comercial superior a 55 mil millones de dólares, mmdd). Segundo, ese país debe mantener un superávit comercial frente a Estados Unidos superior a los 20 mmdd. Tercero, debe tratarse de un país con un saldo positivo en la cuenta corriente superior a 3 por ciento del PIB. Cuarto requisito: dicho país debe intervenir de manera persistente y unilateral en los mercados de divisas para mantener la subvaluación.

Alemania cumple los primeros tres requisitos, pero no el cuarto. Por eso, en su respuesta a las declaraciones de Navarro, Ángela Merkel afirma sin pestañear que Berlín no influye en las decisiones del Banco Central Europeo (BCE).

Es cierto que la debilidad del euro ha sido impulsada por la política expansionista que ha seguido el BCE para reactivar la economía de la eurozona. No hay que olvidar que ese instituto también ha mantenido en cero su tasa de interés y ha aplicado su propia versión de la flexibilización cuantitativa (QE por sus siglas en inglés). En enero 2015 el BCE inició su programa de compras de títulos de los sectores público y privado que hoy se mantiene en 60 mil millones de euros (mmde) mensuales. Sin embargo, a la fecha los precios siguen en estado letárgico, con una tasa de inflación prevista para 2017 de sólo 1.3 por ciento. Es decir, el riesgo de deflación se mantiene latente y la recuperación sigue siendo peor que mediocre, con proyecciones de crecimiento de 1.7 por ciento para la eurozona en su conjunto. Pero los débiles resultados de la política monetaria no convencional del BCE no es lo que importa a Peter Navarro. Sólo le preocupa el tema del impacto sobre el tipo de cambio.

Al igual que la versión aplicada por la Reserva Federal, la postura del BCE apoya la especulación, fomenta la creación de burbujas y aumenta la desigualdad. Por eso esa política debe ser remplazada por una que incida sobre el nivel de actividad de la economía real y no sólo del sector financiero. Y ese cambio debe venir acompañado de una nueva visión para la política fiscal que hoy sigue secuestrada por los fanáticos de la austeridad. Sin duda, todo eso requiere redibujar el paisaje político en la eurozona para hacerlo más racional, algo que no se ve fácil y que además no interesa al nuevo ocupante de la Casa Blanca.

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¿Cuánto le cuesta el crimen a América Latina?

Mar, 07/02/2017 - 16:23

Según un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo, el costo de la violencia y las actividades criminales en 17 países de la región en 2014 se encuentra en el entorno del 3% del Producto Interno Bruto (PIB) total. En algunas zonas, esta cifra se duplica.

El estudio Los costos del crimen y de la violencia. Nueva evidencia y hallazgos en América Latina y el Caribe, publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), estima entre 175.000 y 261.000 millones de dólares el precio total del crimen en la región. Esta cifra engloba el gasto público y privado en seguridad y el costo de las pérdidas, lesiones y daños de las actividades ilícitas.

El crimen y la violencia implican entre un 2,41% y un 3,55% del PIB, con un promedio del 3%. El BID indica que el límite superior "duplica el promedio de los países desarrollados". Por ejemplo, en Alemania equivale al 1,34%, en Francia al 1,87% y en EEUU al 2,75%.

América Latina es la región más violenta del mundo fuera de las zonas de guerra, según el BID: en la región se registra un tercio de los homicidios de todo el planeta, si bien en su territorio vive el 9% de la población mundial. La mayoría de los robos se cometen con violencia y el 90% de los homicidios no son resueltos. El país donde el crimen cuesta más en relación al PIB es Honduras, con un 6,51% en el límite superior de las estimaciones. Le siguen El Salvador (6,16%), Bahamas (4,79%), y Jamaica (3,99%). En quinto lugar se posiciona Brasil, donde el costo de la violencia incide en un 3,78%.

Argentina está en el puesto 12, con un 2,97%, por encima de Perú y Chile (2,77%). En último lugar se ubica México, donde el crimen y la violencia repercuten en el PIB en un 1,92%.

Brasil encabeza la lista de los costos absolutos, con 124.351 millones de dólares. Por debajo están México, con 41.295 millones, y Argentina, con 29.380 millones. En cuarto lugar se ubica Colombia (20.055 millones), superando a Chile (11.352 millones) y Perú (10.325 millones). Esta clasificación, precisa el BID, "está claramente determinado por el tamaño de la economía de cada país".

"Para situar el 3,5% en contexto, la cifra es comparable a lo que la región gasta anualmente en infraestructura o es aproximadamente igual a la participación del 20% más pobre de América Latina y el Caribe", precisa el estudio.

A modo de ejemplo, el informe compara el costo de los programas sociales 'Bolsa Família' de Brasil o 'Progresa' de México, que representan un gasto equivalente al 0,5% del PIB de esos países.

Asimismo, el BID indica que "los costos de la delincuencia en la región también son más altos que el costo global del terrorismo" y del cambio climático, ubicados en el entorno del 1% del PIB mundial según otros estudios citados en el documento. En Honduras, donde la tasa de homicidios de 70,3 cada 100.000 habitantes alcanza más del triple del promedio regional, esta variable tiene un costo del 2,14% del PIB, cifra ostensiblemente mayor a la del resto de los países.

El dinero que implica el crimen en América Latina y el Caribe se desglosa en un 37% proveniente del sector privado, en un 42% del público y en un 21% de los costos sociales de la delincuencia.

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Trump: neoliberalismo y confusión

Lun, 06/02/2017 - 07:01
Jorge Alemán, Público

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha dejado al mundo entero perplejo. Durante los meses previos a las elecciones, la inmensa mayoría de politólogos, analistas o periodistas afirmaban que era absolutamente imposible que ganara las elecciones. De alguna manera, hemos comprobado que cuando dijo la frase “podría disparar gente en la quinta avenida y no perdería ningún voto” tenía algo de razón.

La confusión en torno a la figura de Trump ha estado presente durante toda la campaña y continúa ahora que ya es Presidente. Los medios europeos no han dudado en caracterizarlo como un líder populista, probablemente en un nuevo intento de desprestigiar el término. El proyecto político que representa el Presidente de Estados Unidos sólo puede denominarse como populismo si lo entendemos como una forma demagógica de expresión política al más puro estilo del “reality” televisivo. Sin embargo, cualquiera que quiera acercarse al análisis de las experiencias populistas de forma honesta, debería evitar la confusión entre populismo y demagogia, así como analizar la obra de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe.

En este sentido, partiendo del concepto de populismo de Laclau, hay que señalar que la sociedad está organizada materialmente por el lenguaje, que es la condición primera del vínculo social, pero está constituido de tal modo que, si bien configura la realidad, no puede nombrar la totalidad de la realidad. A aquello que el lenguaje no puede nombrar, lo denominamos lo “real”. Se trata de un agujero de la realidad que solo puede ser contorneado por un “Límite”, al que podemos denominar de forma incompleta o inconsistente: hegemonía, construcción de Pueblo, en suma, populismo.

Asimismo, para Laclau, en la estructura del lenguaje está implícito el populismo, puesto que siempre habrá antagonismos que no pueden cerrarse en una totalidad. Las brechas y fallas que contaminan los vínculos sociales y derivan en antagonismos irreductibles solo pueden ser abordados por una lógica de articulación hegemónica que dé nombre a esas fallas, que asuma la brecha y, además, se haga cargo políticamente de los antagonismos que instituyen lo social. A partir de este análisis, mi posición es que el populismo no se extiende por igual a izquierda y derecha. Las condiciones de heterogeneidad, la diferencia, la dislocación o la frontera antagónica, sólo existen en el interior de una lógica emancipatoria de nuevo cuño que asume que la realidad no puede ser totalizada. Es una emancipación inconclusa y abierta que nadie tiene que ver con el fascismo, ni con las técnicas retóricas de la demagogia. Hay que recordar que estas prácticas se sostienen habitualmente en la conquista de una identidad sin fallas, brechas ni agujeros, amenazadas por las “impurezas o excesos de lo extranjero”.

Podemos ver claramente como en el discurso de Trump o Lepen no existe una verdadera lógica emancipatoria que asuma las brechas y las fallas, así como la heterogeneidad propia de la articulación hegemónica, sino que estamos ante una construcción discursiva que pretende defender una identidad (supuestamente atacada), frente al otro que la pone en peligro. Incluso no dudan en utilizar la victimización para defender esta identidad (recuperar la verdadera identidad francesa que está amenazada por los extranjeros o hacer grande América de nuevo porque los demás se han beneficiado a su costa).

Por todo esto, podemos afirmar que se utiliza erróneamente el término populista para no designarlo como lo que realmente es: la versión neofascista del neoliberalismo. Donald Trump no representa el fin del neoliberalismo, sino más bien la constatación definitiva de que el neoliberalismo ya no necesita la democracia para legitimarse. El nuevo Presidente de los Estados Unidos no va a poner en cuestión las bases económicas del Capitalismo –tiene un gabinete de billionarios, suman más de 35.000 millones de dólares de patrimonio- lo que va a poner en riesgo son los elementos básicos de la democracia, que ya estaban bastante cuestionados.

Así lo podemos constatar en sus primeras medidas: la recuperación del oleoducto Keystone XL que perjudica a la población indígena y al medio ambiente, el ataque a los derechos reproductivos de las mujeres y la disputa sobre el muro con México. Además, en su primera entrevista como Presidente, no dudó en justificar la tortura. En este contexto, ¿cómo es posible que algunos sectores de la izquierda “se alegren” con la victoria de Trump? ¿Realmente creen que un multimillonario va a suponer algún tipo de freno a la expansión neoliberal?

Algunos podrán justificarlo desde la lógica de “cuanto peor, mejor”, suponiendo que después de Trump llegará el verdadero proyecto revolucionario. Sin embargo, en el camino se ha perdido la oportunidad de que Bernie Sanders llegara a la Casa Blanca y existe el riesgo de que el Presidente Trump juegue siempre la carta del enemigo exterior para evitar cualquier tipo de articulación hegemónica en su contra. En definitiva, nos queda el “pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad” gramsciano, pero es necesario partir de un análisis adecuado de lo que significa el fenómeno Trump para poder articular una respuesta política.

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Un nuevo pacto para salvar a Europa

Dom, 05/02/2017 - 12:02
Yanis Varoufakis, Sin Permiso

"No me importa lo que cueste. ¡Hemos recuperado a nuestro país! "Este es el mensaje orgulloso oído a través de Inglaterra desde el referéndum del brexit el pasado mes de junio. Y es una exigencia que resuena en todo el continente. Hasta hace poco, cualquier propuesta para "salvar" a Europa se consideraba con simpatía, aunque con escepticismo sobre su viabilidad. Hoy en día, el escepticismo es sobre si merece la pena salvar a Europa.

La idea de Europa está retrocediendo por la fuerza combinada de una negación, una insurgencia y una falacia. La negación del establishment de la UE de que la arquitectura económica de la Unión nunca fue diseñada para aguantar la crisis bancaria de 2008 ha dado lugar a fuerzas deflacionarias que deslegitiman el proyecto europeo. La reacción predecible a la deflación ha sido la insurgencia de los partidos antieuropeos de todo el continente. Y, lo más preocupante de todo, el establishment ha respondido con la falacia de que una "federación-lite" puede contener la marea nacionalista.

No puede. Como consecuencia de la crisis del euro, los europeos se estremecen ante la idea de dotar a la UE de más poder sobre sus vidas y comunidades. Una unión política de la zona euro, con un pequeño presupuesto federal y alguna mutualización de ganancias, pérdidas y deuda, habría sido útil en 1999, cuando nació la moneda común. Pero ahora, bajo el peso de las pérdidas masivas de los bancos y de las deudas heredadas causadas por la arquitectura defectuosa de la UE, la federación-lite del euro (como propone el francés Emmanuel Macron, aspirante a la presidencia) es demasiado poco y demasiado tarde. Se convertiría en la Unión de la austeridad permanente que el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, ha buscado durante años. No podría hacerse mejor regalo a la actual "Internacional nacionalista."

En pocas palabras, los progresistas tienen que hacer una pregunta sencilla: ¿Por qué la idea de Europa se muere? Las respuestas son claras: el desempleo involuntario y la migración involuntaria dentro de la UE.

El desempleo involuntario es el precio de una inversión insuficiente en toda Europa, debido a la austeridad y a las fuerzas oligopólicas que han concentrado los puestos de trabajo en las economías con superávit de Europa durante la era de deflación resultante. La migración involuntaria es el precio de la necesidad económica en la periferia de Europa. La gran mayoría de los griegos, búlgaros y españoles no se van a Gran Bretaña o Alemania por el clima, se van porque no tienen más remedio.

La vida para los británicos y los alemanes no mejorará mediante la construcción de cercas electrificadas en las fronteras y resguardándose en el seno del Estado-nación, sino mediante la creación de condiciones dignas en todos los países europeos. Y eso es precisamente lo que se necesita para revivir la idea de una Europa democrática, abierta. Ninguna nación europea puede prosperar de manera sostenible si otros europeos están bajo las garras de la depresión. Es por ello que Europa necesita un nuevo pacto mucho antes de que comience a pensar en una federación.

En febrero el movimiento DiEM25 dará a conocer un nuevo pacto europeo de este tipo, que se pondrá en marcha el próximo mes, en el aniversario del Tratado de Roma. Ese nuevo pacto se basa en un principio guía sencillo: todos los europeos deberían disfrutar en su país de origen del derecho a un trabajo con un salario digno, una vivienda digna, una sanidad y una educación de calidad y un medio ambiente limpio.

A diferencia del New Deal original, de Franklin Delano Roosevelt en la década de 1930, un Nuevo Pacto Europeo debe llevarse a cabo sin las herramientas de una federación en funcionamiento, sino confiando en las instituciones existentes de la UE. De lo contrario la desintegración de Europa se acelerará sin dejar nada a su paso hacia la federación.

El Nuevo Pacto Europeo debería incluir cinco objetivos precisos y los medios para alcanzarlos en los tratados de la UE existentes, sin ningún tipo de centralización del poder en Bruselas o una mayor pérdida de soberanía:
  • · ‪ Inversión verde a gran escala, que será financiada por una asociación entre los bancos públicos de inversión de Europa (Banco Europeo de Inversiones, KfW y otros) y los bancos centrales (sobre la base de dirigir la flexibilización cuantitativa hacia bonos para proyectos de inversión), canalizando hasta un 5 % de los ingresos totales europeos hacia la inversiones en energía verde y tecnologías sostenibles.‬
  • ‪Un sistema de garantía de empleo para proporcionar puestos de trabajo con salarios dignos en los sectores público y sin fines de lucro para todos los europeos en su país de origen, disponibles por petición para todos los que lo deseen. Con la condición de que el esquema no pretende sustituir puestos de trabajo de la administración pública, impliquen la funcionarización o sustituyan las prestaciones existentes, para crear una alternativa a la miseria y la emigración.‬‬
  • ‪Un fondo de lucha contra la pobreza que satisfaga las necesidades básicas de toda Europa, que también serviría como base de una unión eventual de beneficios.‬‬
  • ‪Una renta básica universal para socializar una mayor proporción del crecimiento de los beneficios del capital.‬‬
  • ‪Inmediata protección contra los deshaucios, con un derecho a alquiler que permita a los propietarios de viviendas que se enfrentan a los desahucios a permanecer en sus hogares a cambio de un alquiler razonable, establecido por las juntas locales de la comunidad. A más largo plazo, Europa debe financiar y garantizar una vivienda digna a todos los europeos en su país de origen, recuperando el modelo de vivienda social que se ha desmontado en todo el continente.‬‬
Tanto el plan de empleo y el programa de lucha contra la pobreza deben basarse en una versión moderna de una vieja práctica: la banca pública para fines públicos, financiada por una reforma monetaria pragmática, pero radical, dentro de la zona euro y de la UE, así como en los países europeos no-UE. En concreto, todos los beneficios por señoreaje de los bancos centrales serían utilizados para estos fines.

Además se establecería en cada país un mecanismo de facilitación pública electrónico para los depósitos y pagos (fuera del sistema bancario). Las cuentas fiscales servirían para aceptar depósitos, recibir pagos y facilitar las transferencias bancarias a través de la web, aplicaciones de pago y tarjetas de débito emitidas públicamente. Los fondos de maniobra podrían entonces ser objeto de préstamo al fondo de apoyo a los programas de empleo y lucha contra la pobreza y serían asegurados por un sistema de seguro de depósitos europeo y los déficits cubiertos por bonos del banco central, con tasas de interés bajas pagadas por los gobiernos nacionales.

Sólo un Nuevo Pacto Europeo de este tipo puede detener la desintegración de la Unión Europea. Todos y cada uno de los países europeos debe ser estabilizado y ayudado a prosperar. Europa no puede sobrevivir ni con un liberalismo para todos ni como una Unión de austeridad en la que algunos países, escondidos detrás de la hoja de parra del federalismo, están condenados a la depresión permanente y a los deudores se les niega sus derechos democráticos. Para "recuperar nuestro país" tenemos que recuperar la decencia común y restaurar el sentido común en toda Europa.

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Trump y la política monetaria no convencional

Xov, 02/02/2017 - 13:43
Alejandro Nadal, La Jornada

Durante su campaña, Trump fustigó exaltado a la Reserva Federal por su política monetaria. Hasta llegó a decir que la presidenta de la Fed, Janet Yellen, debería estar avergonzada por mantener la tasa de interés tan baja con fines electoreros, porque eso permitía que Obama y Hillary dijeran que la economía se estaba recuperando. Pero hay otro tema más candente que involucra a la Fed y sobre el cual Trump guardó un cauteloso silencio: la expansión de la base monetaria que instrumentó la Fed entre 2008 y 2014 a través de sus programas de flexibilización cuantitativa o QE (por sus siglas en inglés).

Para entender los alcances de este tema hay que señalar que la QE es un experimento monetario nunca antes llevado a cabo. Sus implicaciones son enormes y van desde su impacto sobre la credibilidad del dólar hasta las posibilidades de desatar fuertes presiones inflacionarias en el futuro. Vale la pena hacer algo de historia.

Al estallar la crisis en 2008, el gobierno de Estados Unidos respondió en un primer momento comprando los activos tóxicos que estaban en las hojas de balance de los bancos y otras instituciones financieras. Mucho se discutió sobre ese programa del Ejecutivo para el rescate bancario, pero lo que nunca se vio venir es que la verdadera redención de los bancos estaría a cargo de la Reserva Federal.

A principios de 2008 la Reserva Federal había ya reducido la tasa líder a un nivel históricamente muy bajo (entre 0 y 0.25 por ciento), pero el crédito interbancario siguió congelado. Así que la Fed decidió actuar ya no por el lado del costo del crédito, sino por el lado de la cantidad de dinero en circulación, e introdujo el programa de flexibilización cuantitativa.

El objetivo consistía en inyectar dinero fresco en la economía a través de los bancos, comprándoles sus activos tóxicos con el fin de que tuvieran más recursos para reactivar la economía. Además, la Fed inició un programa intensivo de compra de bonos del Tesoro con el fin de incrementar el precio de esos títulos y así reducir su rendimiento, eliminando el incentivo que tenían los bancos para seguir comprando bonos en lugar de ampliar el crédito. O sea, el programa QE reducía la presión sobre los bancos al comprarles más activos tóxicos y eliminaba sus incentivos para no canalizar crédito al resto de la economía.

El mecanismo es sencillo: quizás por esa razón los economistas y el público no lo entienden. La Fed crea dinero (electrónicamente) de la nada, lo acredita a las cuentas de los bancos, obtiene sus activos tóxicos y bonos, y su balance consolidado aumenta en la misma magnitud. Los números son reveladores: hasta la crisis de 2008 la Fed había inyectado unos 880 mil millones de dólares para lubricar las transacciones que requería la economía estadunidense. Pero a partir de 2008 la hoja de balance de la Reserva Federal creció espectacularmente y hoy alcanza los 4.5 billones (castellanos) de dólares. Ese monto incluye 2.5 billones en bonos del Tesoro y 1.8 billones en títulos respaldados por hipotecas. En 2014 la Fed detuvo este programa, pero su abultado balance se mantiene.

Uno de los intermediarios en las operaciones de compra de varios billones en bonos del Tesoro fue Goldman Sachs. En total, los intermediarios recibieron más de 653 millones de dólares en comisiones y el número uno en la lista de beneficiarios es Goldman Sachs. A su principal ejecutivo, Steven Mnuchin, no le debe haber disgustado nada esta política de expansión monetaria. Y hoy Mnuchin es el nuevo secretario del Tesoro de Donald Trump.

¿Adónde fue a parar el dinero creado por la Fed? Cerca de 2.3 billones de esa base monetaria nueva regresaron a la Fed como reservas excedentes porque hoy el banco central paga intereses a los bancos por esas reservas (lo que, dicho sea de paso, contradice directamente el objetivo de inyectar liquidez al resto de la economía). Otros 800 mil millones se fueron a la bolsa de valores, lo que ha mantenido al alza el valor de las acciones. Hoy el mercado bursátil se encuentra enganchado a este nuevo estímulo artificial y la expansión monetaria sigue sin filtrarse a la economía real.

Ahora que la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, busca retornar a una política monetaria normal, las cosas se complican. La venta masiva de esa masa de activos que hoy se encuentran en el balance de la Reserva Federal traería aparejada la caída estrepitosa de la bolsa y del precio de los bonos del Tesoro, colocando más presión sobre las tasas de interés. Si eso ocurre los logros de la nueva política monetaria no convencional desaparecerán. La economía estadunidense sufrirá un nuevo golpe que tendría repercusiones mundiales. Ese panorama es algo que ni Mnuchin ni Trump querrán ver durante su administración.

El experimento QE de la Fed hizo que lo que la política fiscal ya no quiso completar (el rescate de los banqueros). Y si bien hoy las tasas de interés pueden incrementarse gradualmente, el astronómico aumento en la masa monetaria no se va a reducir.

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2017: El año que se incendió Chile

Mér, 01/02/2017 - 18:55
Jean Flores, El Mostrador

De cuando en cuando, fuerzas que superan la voluntad humana obligan a replantearnos el rol que cumplimos en la existencia. Es en esos momentos donde se calibra la magnitud de la que estamos hechos; mi maestro Juan Félix Burotto, contaba a los sujetos humanos que somos con el otro y los otros, jamás en las parcelas de nuestra soledad.

Una niña enseñaba los números a otra pequeña dibujándolos en el suelo carbonizado, ambas vestían floreados ropajes y moños multicolores. Ellas daban vida y esperanza a una tétrica realidad devastada la madrugada del 26 de enero en la localidad de Santa Olga. Mil familias vieron con impotencia como sus hogares levantados con el esfuerzo de toda la vida se consumían en pocos minutos. La Isla Grande de Chiloé tiene una superficie de 8.394 kilómetros cuadrados (km²), a dos semanas del inicio de los siniestros el territorio calcinado se calcula en 5.471 km², vale decir, casi dos tercios de la principal isla del archipiélago chilote. Una serie de cifras irán desenterrándose con los escombros. Hasta el momento y con la ilusión de que paren en seco, se registran doce víctimas fatales, cerca de 1.100 viviendas destruidas y más de 5.000 ciudadanos directamente perjudicados.

Cuando el sentido común es el menos común de los sentidos. La gran caja de fósforos. Al subir desde Constitución por la ruta M-194 hacia Carrizalillo, sólo se ve destrucción en la cordillera de la Costa. Tras cada kilómetro se va dejando una estela de polvo y frustración. El “bosque maulino costero” antes epicentro de rica biodiversidad, estaba destinado al infierno mucho antes que arreciaran las llamas. De acuerdo con el estudio de la profesora Alejandra Bahamóndez, la alta tasa de deforestación a la que ha sido sometida la zona durante los últimos 30 años constituye uno de los principales riesgos para la conservación de su biodiversidad.” (Bahamóndez & otros, 2010, p. 14). Por ambos lados de la ruta se observan territorios desolados por las llamas o marchitados por plantaciones de pinos y eucaliptus. En el recuerdo de los antiguos quedará el imponente roble maulino, el canelo o el lingue que vieron nacer a las naciones mapuche y chilena.

El Decreto Ley 701 del año 1974 -impuesto a bala dictatorial y ratificado con letra transicional- generó las condiciones materiales para que las empresas aniquilen cientos de hectáreas de bosque nativo con sus plantaciones de monocultivos, sin disposiciones responsables con el medio ambiente, los obreros forestales y sus familias, ni el pueblo mapuche. El art. 5 y 10 entrega bosques e inmunidad a los empresarios; el Art. 7 otorga a los privados el certificado de calidad forestal con o sin estudios técnicos previos; el Art. 15 permite a propietarios con menos de 200 hectáreas explotar la biosfera sin plan de manejo técnico-profesional; el Art. 20 y 21 los exime del pago de impuestos y bonifican la explotación indiscriminada, respectivamente.

Los incendios desatados por doquier no son casualidad, existe una estructura gubernamental que creó ésta gran caja de fósforos; secando territorios cultivables, acabando con bosques endémicos y todas sus manifestaciones de vida, o casi todas, pues en las alturas calurosas de Peralillo se ven jotes al acecho de carne putrefacta. Es imperioso derogar el Decreto Ley 701, mientras tanto seguiremos apagando los incendios que gobiernos y empresarios fecundaron con desenfreno en las sábanas del progresismo salvaje desentendiéndose del buen vivir, la responsabilidad con el medio ambiente y la dignidad de los pueblos.

Los detonantes Se precisan investigaciones independientes que no corten por la parte delgada del hilo. Subiendo por el agreste camino de gravilla M-354 hacia la cordillera de la Costa se ven terrenos completamente destruidos, en contraste con predios colindantes que fueron cubiertos por la mano de dios.

Quizás el tiempo entregue la identidad de los verdaderos responsables. De momento, sólo tenemos la certeza que voluntarios y voluntarias apagarán lo urgente de la manera que sea, con piedras, palas y ramas, pues el agua escasea. Ellos y ellas una vez más, gritan con trabajo silencioso que un abrazo impacta más que una bomba.

No se distingue un patrón claro, sin embargo, el marco de comprensión se sustenta en tres tipos de motivaciones detonantes de incendios: económicas, políticas y psicológicas. Las económicas tienen que ver con empresarios inescrupulosos que cobran seguros comprometidos y/o compran barata la humeante hectárea desvalorizada. Los fundamentos políticos se asocian principalmente a órganos de resistencia territorial de la coordinadora Arauco-Malleco que identifican como enemigo a las empresas forestales transnacionales; o bien se vinculan con expresiones espontaneas de lucha que no tienen claridad en la definición de su adversario. Las razones psicológicas se enlazan con pirómanos o personas con tendencia patológica por todo lo relacionado con el fuego, distintos de los incendiarios, o personas que provocan incendios con premeditación, maldad y /o afán de lucro.

Quizás el tiempo entregue la identidad de los verdaderos responsables. De momento, sólo tenemos la certeza que voluntarios y voluntarias apagarán lo urgente de la manera que sea, con piedras, palas y ramas, pues el agua escasea. Ellos y ellas una vez más, gritan con trabajo silencioso que un abrazo impacta más que una bomba. Mis agradecimientos a los que encaminan con el ejemplo; Pedro enseña que la entrega al prójimo es con la familia, los amigos y en alegría; Carmen muestra que no existe edad para ayudar a la sociedad, aun cuando el sistema excluye y expulsa a las jubiladas; Romina curando toda clase de heridas indica que la voluntad puede más que las dificultades logísticas; Jacqueline pone de manifiesto que las redes son fundamentales para amparar a las mujeres rurales eternamente relegadas de las políticas públicas, y finalmente Jazmín enseña desde el amor a la humanidad que todos podemos ser un vehículo para la felicidad, ocupándose permanentemente de las personas en situación de discapacidad.

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Plantaciones forestales: uno de los factores en la tormenta perfecta que tiene a Chile en llamas

Ven, 27/01/2017 - 20:11
La peor catástrofe incendiaria que ha enfrentado Chile en su historia está lejos de apagarse. Las acusaciones cruzadas y la búsqueda de culpables han puesto en el tapete el rol de las masivas plantaciones de pinos y eucaliptos que reinan entre las regiones de O’Higgins y Los Ríos. Si bien no es posible afirmar su responsabilidad directa en los incendios, diversos académicos e investigadores la suman como uno de los factores, junto al cambio climático, la feroz sequía que afecta al país y la precariedad del Estado, que inciden en la magnitud y falta de freno de estos y futuros incendios.
Claudia Urquieta y Catalina Barrios, El Mostrador

Chile en llamas: 273 mil hectáreas arrasadas por el fuego, en lo que se ha convertido en la mayor catástrofe de este tipo en el país. Una historia que aún no termina y que ha generado una ola de desinformación, teorías conspirativas y acusaciones cruzadas por la responsabilidad y motivos de los megaincendios que hoy tienen complicadas a varias regiones.

Algunos apuntan a la industria forestal y las masivas plantaciones de pinos y eucaliptos que cubren el territorio, especialmente entre las regiones de O’Higgins y Los Ríos.

Lo cierto es que no es posible afirmar que este tipo de monocultivos sea el responsable directo de esta catástrofe, pero en opinión de diversos académicos e investigadores, sí es un factor que, junto a otros –como las altas temperaturas provocadas por el cambio climático, la eterna sequía que azota el país y la precariedad del Estado–, conforma la tormenta perfecta para que los incendios se propaguen con mayor celeridad y en grandes extensiones.

Territorios homogéneos El biólogo y doctor en ecología, Andrés Fuentes, lleva casi diez años estudiando el fuego. Su especialidad ha sido investigar su impacto en el ecosistema y cómo especies “invasoras” –que no son nativas de un lugar– interactúan con el fuego y producen incendios de mayor impacto, más grandes e intensos que la vegetación nativa.

En esta categoría, caen el pinus radiata y el eucalyptus globulus, especies emblemáticas en las extensas plantaciones forestales que empezaron a masificarse en el país a partir de mediados de los 70, de la mano del Decreto Ley Nº 701 del gobierno de Pinochet y que, según diversos académicos, se han transformado en uno de los factores que son caldo de cultivo para los incendios forestales.

¿Pero por qué este tipo de plantaciones incide en los incendios más que las especies autóctonas? La respuesta está asociada a varias dimensiones.

Andrés Fuentes explica que una de ellas es la homogeneización del paisaje. “Originalmente entre la VI Región y Los Ríos, y antes de los 70, había un mosaico con varios usos de suelo distintos, con bosque nativo que actuaba como barrera natural del fuego. Este tipo de bosques son más húmedos y no se queman a la misma velocidad o intensidad que una plantación forestal. Son reservorios de agua, por lo tanto, uno de los servicios que provee un bosque nativo es la provisión de agua en cantidad y calidad. Esto está cuantificado, hay estudios que lo demuestran. Entonces, el fuego tiende a suprimirse mucho más”.

El investigador del Laboratorio de Biometría del Departamento de Ciencias Forestales de la Universidad de la Frontera (Ufro), detalla que “gracias a ese mosaico el fuego tenía mayores dificultades y antes no se generaban incendios tan grandes y masivos, se circunscribía a áreas más pequeñas. Sin embargo, con la expansión forestal, al entrar en vigencia el DL 701, rápidamente gran parte del territorio de bosque nativo empezó a ser sustituido con plantaciones forestales. Principalmente pino radiata y eucalipto globulus. Entonces, eso que era un mosaico, hoy día es un continuo: lo que antes estaba desconectado, con distintos parches de uso, hoy está todo unido a través de grandes predios forestales. Tenemos predios con cientos de miles hectáreas con monocultivos, un solo tipo de plantación: eso es un continuo. Lo que hace unos años estaba segregado, hoy está completamente conectado a través de las plantaciones forestales. Eso supone un gran riesgo: se inicia un fuego que no tiene freno. No hay una barrera natural para pararlo”.

En cambio, actualmente “existen muchas plantaciones exóticas desde la VI Región hasta la Región de los Ríos, donde prácticamente toda la Cordillera de la Costa está plantada de pinos y eucaliptos”, explica.

Por ejemplo, en el sector Río Maule-Cobquecura, en la costa en la Región del Maule, “en el año 2000 ya existían más de 200 mil hectáreas de plantaciones forestales que desde 1975 habían sustituido 63 mil hectáreas de bosque nativo. Es decir, 53% por ciento. Esta es una situación que se repite en otras regiones del país como Biobío y La Araucanía, lo cual ha sido demostrado por varios estudios científicos”, asegura Adison Altamirano, ingeniero forestal, doctor en ecología del paisaje e investigador del Laboratorio de Ecología del Paisaje de la Ufro.

Altamirano, detalla que en todo el país existen más de 14 millones de hectáreas de bosque nativo, concentrado principalmente desde la Región de Los Lagos hacia el sur, donde se encuentra más del 50% por ciento. En tanto, entre la de O’Higgins y la Región de los Ríos reinan las plantaciones forestales, las cuales suman unos 2,8 millones de hectáreas, versus 3,4 millones de hectáreas de bosque nativo.

Los bosques nativos chilenos representan más de la mitad de los bosques templados de Sudamérica, y los ecosistemas ubicados en el centro y sur del país son considerados uno de los 35 hotspots de biodiversidad en el mundo.

Altamirano, junto a otros autores, publicó un estudio en la revista Regional Environmental Change, que concluye que este hotspot de biodiversidad ha disminuido 19% en los últimos 40 años. Y sigue disminuyendo. “La principal conclusión es que los cambios más importantes están relacionados con el reemplazo de bosque nativo con plantaciones forestales”, asegura.

La segunda dimensión que convierte a las plantaciones forestales en un mejor aliado para los incendios, está relacionada con las características propias de cada especie plantada. “El eucalipto es muy inflamable, al igual que el pino, que es una conífera que produce mucha resina, muy inflamable y que produce incendios de mayores temperaturas y más voraces. Ambos tipos de árboles contienen en su estructura química de compuestos que se llaman metabolitos secundarios, que producen fenoles, mentoles y otros compuestos que son inflamables”, detalla Fuentes.

El experto aclara que algunas especies de bosque nativo también contienen estos compuestos, pero en menor proporción. “Por eso es distinta la ecuación de miles de hectáreas de una misma especie, con una característica común: ser muy inflamables. Lo que no sucede con el bosque nativo”.

Altamirano coincide con esta mirada y detalla que parte de las características de los monocultivos “es la presencia de aceites en las hojas y el descascarado o exfoliación de su corteza, lo cual promueve una mayor probabilidad de ocurrencia y propagación de incendios. Al mismo tiempo este continuo de plantaciones corta las barreras naturales, como las quebradas que existían con los bosques nativos, los cuales son menos inflamables. Por supuesto, en los últimos incendios esto también está relacionado”.

Para Fuentes, la existencia de masivas plantaciones forestales “sí tiene relación con las altas frecuencias e intensidades de incendios, es innegable. Lo que no significa que sea directa causalidad. Hay otros factores. Quiero ser cauto y responsable y no achacar la culpa a un solo factor. En ecología, los sistemas son muy complejos y dependen de muchos factores y condiciones para que ocurran eventos de fuego. Reducirlo a que es por los pinos o no, es simplista. Hay que mirarlo de una manera integradora”, aclara.

Cambio climático y otros factores Mauricio Calderón, ingeniero agrónomo de la Universidad de Chile y docente de la PUC, asegura que existen cinco factores que inciden en los incendios forestales. En primer lugar, apunta al tipo de vegetación presente en los sectores afectados: “Es seca y provoca que haya menos agua en el perfil del suelo. Un caso específico es el pino y eucalipto, árboles que tienen una cierta cantidad de lignina y aceite de tipo industrial, que son altamente combustibles”. Esta vegetación es plantada por empresas forestales para su posterior deforestación.

Calderón añade que “hay una deforestación de vegetación nativa sin reposición de lo cortado. Si yo corto un árbol, debería plantar cinco, pero esto no ocurre. Los factores son de carácter antrópico”.

La segunda dimensión que convierte a las plantaciones forestales en un mejor aliado para los incendios, está relacionada con las características propias de cada especie plantada. “El eucalipto es muy inflamable, al igual que el pino, que es una conífera que produce mucha resina, muy inflamable y que produce incendios de mayores temperaturas y más voraces. Ambos tipos de árboles contienen en su estructura química de compuestos que se llaman metabolitos secundarios, que producen fenoles, mentoles y otros compuestos que son inflamables”, detalla Fuentes. Además, señala que hay factores climáticos: “El incremento de las temperaturas influye directamente y tiene como origen el cambio climático, que genera un aumento de 1 a 2 grados en el clima”. Explica, asimismo, que los incendios están en la zona del secano costero, o sea, la que va desde el Valle Central hacia la costa, donde “hay mucho viento, un factor condicionador, al igual que el clima mediterráneo, el que nos deja solo tres meses de precipitaciones y entre 7 y 8 totalmente secos”.

A eso, Calderón suma una idea que “antes no habíamos pensado”, y es el hecho de que hay “cables de alta tensión que pasan por los espacios forestales, los que generan ondas y calor, el que puede provocar que una rama caiga en estos cables y produzca un incendio de tipo forestal”.

El ingeniero agrónomo y doctor en Ciencias de Recursos Naturales, Leonardo Vera, señala que las plantaciones forestales son claves en los incontrolables incendios. A lo que suma otros factores como las condiciones climatológicas y lo que se conoce como el fenómeno 30-30-30 (30 grados de temperatura, 30% de humedad y vientos de 30 kilómetros por hora). “Si tienes esto, es una bomba de tiempo, el peor escenario”, enfatiza.

Pilar Cereceda, geógrafa de la Universidad Católica y quien ha sido miembro del Comité Asesor del Programa de Acción Nacional para el Combate de la Desertificación (PANCD), refiere como causa directa la desertificación en la propagación de los incendios. “Es un fenómeno provocado por el cambio climático y un mal uso de suelo por parte de las forestales. Hay una disminución de precipitaciones e intervención de vegetación, especialmente en las montañas. El hecho de que la forestación sea de una sola especie, como eucalipto y pino, trae problemas en los suelos y en la infiltración de las aguas”.

Cereceda explica además que, como consecuencia, estos incendios “van a provocar mayor desertificación, porque se queman los microorganismos, los insectos y toda la capa vegetal. Tenemos una pérdida de biodiversidad”. Calderón, por su parte, asegura que “es un problema nacional y se trata de un espacio que se ha transformado en un desierto que ya está de forma intensa en la Cuarta Región y está llegando al sector de Puerto Montt”.

Al respecto, el doctor en Geografía y académico de la Universidad de Chile, Pablo Sarricolea, detalla que las plantaciones exóticas tienen mayor capacidad de desecar el suelo que los bosques endémicos. “Muchos estudios han documentado la reducción del rendimiento hídrico en las regiones en expansión de las plantaciones forestales de rápido crecimiento, lo que revela implicaciones políticas claras sobre el uso de la tierra. En Chile, se reportó el efecto negativo de las plantaciones de pinus radiata y eucalipto sobre el balance hídrico en comparación con pastizales y matorrales. Un estudio reciente documenta una relación lineal negativa entre el caudal de los ríos y las plantaciones forestales, a diferencia de lo que ocurre con los bosques nativos”. Esto, explica Sarricolea, “evidencia que las plantaciones consumen más agua que los bosques nativos, matorrales y pastizales, haciendo que el suelo esté más seco, y el fuego se propague con mayor intensidad”.

Vera, en tanto, señala que esto es un factor que provoca que “el ecosistema se desertifique. Es el desierto generado por el hombre. El suelo es como una esponja: cuando pongo una especie como el pino, de crecimiento rápido, acelero el proceso de evapotranspiración: es como un montón de pajitas que empezaran a chuparle el agua. Un suelo que transpiraba poco y luego transpira mucho más. De esta forma, les quito el agua a las cuencas”.

En opinión del ingeniero forestal y doctorado en Biometría Forestal en Estados Unidos, Christian Salas, “en general cuando tienes masas de bosque muy homogénea, consumen agua a la misma tasa. Los árboles son como bombas de chupar agua. El proceso de evapotranspiración es mucho más fuerte en una plantación forestal que en un lugar cubierto con bosque nativo. Esto se ve cuando hay grandes extensiones de monocultivos”.

Salas aclara que “los pinos y eucaliptos no son los culpables, el problema es la forma de manejo. Si dejas grandes extensiones de monocultivos haces que el paisaje se homogeneice, lo que tiene ciertos efectos, ya que si tienes un paisaje mixto con distintos tipos de suelo se produce un efecto mosaico y esa diversidad hace que la propagación de los incendios sea más lenta”.

El académico sostiene que “está claro que el DL 701 modificó el paisaje, homogeneizándolo”.

Desde Conaf, señalan que “la vegetación es un componente clave para la ocurrencia de incendios forestales, sin embargo, se necesita que otros factores estén también presentes para la ocurrencia de un incendio, en especial para que este se convierta en un fenómeno de gran magnitud. En los casos como el que estamos viviendo, donde se presentan condiciones excepcionalmente adversas, la propagación de un incendio no depende exclusivamente de si el tipo de vegetación es nativa o corresponde a plantaciones de especies introducidas”.

El encargado del Programa Nacional de Restauración Ecológica de Conaf, Andrés Meza, puntualiza que “existe coincidencia en la opinión de especialistas, en que diversos factores se han combinado de manera óptima para permitir la ocurrencia de megaincendios de carácter catastrófico. En primer lugar, el largo período de sequía que ya va en su octavo año consecutivo. Como consecuencia de esto, una vegetación con muy baja humedad y períodos de temperatura elevada (calores extremos), prolongados casi al triple de duración de lo habitual en periodo de verano, en la zona centro sur de nuestro país. Algunos especialistas atribuyen esta negativa combinación de factores a los efectos visibles del cambio climático.

No obstante lo anterior, el factor desencadenante del fenómeno catastrófico al que nos estamos enfrentando con los incendios que están afectando simultáneamente a 5 regiones de nuestro país, es el ser humano, pues no existe ningún indicio de que el origen de estos incendios no sea de carácter antrópico.

Desde la Corporación Chilena de la Madera (Corma), asociación gremial que representa el 85% de las exportaciones forestales y más del 55% de las hectáreas plantadas del país, rechazan la existencia de diferencias, a la hora de incidir en mayor o menor medida en los incendios, entre sus cultivos y las plantaciones nativas.

Según explica Teresa Arana, gerenta general de Corma , “los bosques por definición, sean nativos o exóticos, son una fuente posible de propagación de incendios y así lo hemos visto años atrás en Torres del Paine y otros parques nacionales, como China Muerta, donde se perdió una superficie importante de araucarias. Adicionalmente, si se revisan las estadísticas de Conaf, se puede observar que el 71% de los incendios en promedio de los últimos años corresponde a pastizales, matorrales y vegetación nativa y el 29% restante son plantaciones. La existencia de vegetación leñosa, ya sea de especies nativas o exóticas, aledaña a centros poblados, es un riesgo de propagación de incendios, sin diferencias".

El fin de las bonificaciones La masificación de las plantaciones forestales en Chile llegó de la mano del Decreto Ley Nº 701, promulgado en 1974, con el fin de impulsar el desarrollo forestal, estableciendo incentivos a la actividad. Impulsado por el entonces ministro de Economía, Fernando Leniz, fue implementado por Julio Ponce Lerou, cuando era director de Conaf y antes de llegar a SQM. Y fue altamente efectivo.

Hoy, el sector forestal aporta con 3,1% del Producto Interno Bruto (PIB) anual y es el segundo sector exportador en recursos renovables.

En total, y según datos entregados por Conaf, desde que se aprobó hasta que terminó de entregar bonificaciones en 2015, el decreto aportó US$ 518 millones. Ayuda que benefició ampliamente a grandes forestales: el Grupo Arauco, de los Angelini, y la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones (CMPC), del Grupo Matte. Con el tiempo y a partir del Gobierno de Frei Ruz-Tagle, cuando se impulsó la primera prórroga del decreto, se empezó a girar en beneficio de pequeños propietarios. A esas alturas las grandes compañías ya estaban consolidadas.

Durante el mandato de Sebastián Piñera se prorrogó la bonificación del DL 701 por dos años más, línea que el Gobierno de Michelle Bachelet intentó continuar, pero que terminó descartándose por el escándalo de la colusión del papel tissue, protagonizado por CMPC.

Por este motivo, “hoy no existen bonificaciones a las plantaciones forestales. En todo caso, el DL 701 no está derogado, porque regula otros ámbitos del tema forestal. Pero hoy no bonifica a las forestales”, aclara Flavia Liberona, directora de la Fundación Terram.

Para académicos y científicos, el camino a seguir por Chile, en un contexto de incendios marcados por el cambio climático, la desertificación y también las plantaciones forestales, debería apuntar a cambios profundos a la hora de los paradigmas a seguir.

Para el doctor en Biometría Forestal, Christian Salas, una clave es que “no se debería seguir impulsando más monocultivos, sino tender hacia los cultivos que existen en Chile naturalmente, por una serie de razones. En el caso del fuego, si bien cualquier vegetación se quema, el avance puede ser menor. Si se apuesta por diversificar el paisaje, se logra un mosaico de distintos usos de suelo, lo que influencia la velocidad en que se mueve un incendio. Se podría tratar de mezclar especies, optar por algunas menos inflamables que otras, que se van a demorar poco más en quemarse”, detalla.

“Proyecto Mosaico”, impulsado en Sierra de Gata, una de las Comarcas de Extremadura, en España, es una iniciativa que sigue dicha línea y que tomó forma luego de un feroz incendio en la zona. Esencialmente, busca diseñar una estrategia participativa de prevención de incendios basada en actividades agrícolas, ganaderas y forestales que gradualmente recuperen un paisaje diverso, habitado y con menor riesgo: un paisaje en mosaico.

El ingeniero agrónomo y doctor en Ciencias de Recursos Naturales, Leonardo Vera, ha observado el proyecto de cerca y considera que podría ser una buena alternativa para Chile, donde “la irresponsabilidad de las empresas forestales ha sido catastrófica: como el rey Midas, quieren convertir todo en oro, cada área del suelo”, afirma.

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Chile en estado de catástrofe por devastadores incendios forestales

Xov, 26/01/2017 - 21:11

Chile está en estado de catástrofe. Cerca de 260.000 hectáreas han sido consumidas por más de 100 devastadores incendios, muchos de ellos en el valle vitivinícola de Colchagua y en las ricas tierras forestales más al sur, según la Corporación Nacional Forestal, Conaf. Las regiones de O’higgins, Maule, Bio Bío, Los Ríos y Los Lagos se encuentran en una situación crítica. Según informa la Oficina Nacional de Emergencia, Onemi, los incendios ya han afectado 238.620 hectáreas, la mayor catástrofe incendiaria de la historia chilena. Los incendios forestales arrasaron con el poblado de Santa Olga, en la región del Maule, destruyendo más de mil viviendas. Las llamas han cobrado siete víctimas, entre ellas bomberos, carabineros y residentes locales. Las autoridades luchan por hacer frente a la catástrofe en un país acostumbrado a los desastres naturales, mientras las temperaturas alcanzan máximos históricos.

La ola der calor que afecta la zona central ha avivado las llamas, con temperaturas que se han mantenido por sobre los 35 grados Celsius, llegando en algunas zonas, como Chillán, a superar los 40 grados. Santiago ha registrado temperaturas en torno a los 38 grados y la ciudad ha estado constantemente oscurecida por una nube de humo proveniente de los incendios forestales.

Lucy Avilés, la esposa chilena del heredero de Walmart Benjamin Walton, desembolsó 2 millones de dólares para enviar un avión 747 SuperTanker desde Estados Unidos para ayudar a combatir los incendios. La aeronave comenzó a operar este miércoles y en sus primeros dos días de funcionamiento realizó cuatro operaciones que han resultados insuficientes para mitigar la violencia del fuego. El estado de catástrofe se mantiene y la fuerza del fuego aún no logra ser controlada.

Desde que asumió el poder en marzo del 2014, la presidenta Michelle Bachelet ha tenido que enfrentar una serie de desastres naturales, que incluyen terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones e incendios. Bloomberg resalta que los desastres naturales se han vuelto demasiado frecuentes en Chile durante los últimos años. A principios de enero, partes de la ciudad costera de Valparaíso, patrimonio de la humanidad, fueron destruidas por el fuego, solo dos años después de que otras zonas de la misma ciudad fueran arrasadas por las llamas. En septiembre de 2015, un terremoto de magnitud 8,3 en la escala de Richter azotó la ciudad de Illapel, mientras que otro sismo de magnitud 8,2 sacudió la ciudad de Iquique en abril del 2014. En marzo de 2015, inundaciones causaron la muerte de al menos 28 personas luego que lluvias torrenciales cayeran sobre el desierto del norte y, un mes después, el volcán Calbuco hizo erupción en el sur de Chile.

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Descomposición del neoliberalismo

Xov, 26/01/2017 - 07:00
Claudio Zulian, Cineasta, Público

“La sociedad no existe” dijo Margaret Thatcher a modo de resumen de un credo neoliberal que empezaba a manifestarse con poder y sin embozo. No era sólo un análisis, era también un proyecto: había que barrer todo aquello que pudiera sustentar una “sociedad” – del latín “socius”: compañero, aliado -, en aras de un individualismo radical que supuestamente habría liberado toda las energías y las capacidades de la gente. Como tal proyecto no era nuevo: se trataba más bien de la adaptación de las ideas liberales clásicas, al contexto social, político y tecnológico actual. Cuarenta años después, las políticas neoliberales han efectivamente cuarteado la “sociedad”, arruinando bienes comunes – cuya capacidad de aglutinación social no es fruto sólo de las necesidades que cubren, sino también del sentimiento de pertenencia a lo común que generan (por la contribución de todos a su creación y a su sustento). Han mermado así la sanidad, el paro y las ayudas a los más pobres, entre otros. En cuanto a la enseñanza pública, la razón de su intento de desmantelamiento ha sido doble: por ser un bien común y por ser el lugar donde se transmiten aquellas enseñanzas humanísticas que han constituido, hasta ahora, la base de la cultura ciudadana: reflexión y sentido crítico.

El neoliberalismo no habría podido aplicar sus políticas con tanto éxito, si estas no correspondieran de manera precisa a una forma de vida que ya había ido transformando la sociedad: el consumismo. El individuo consumista y el neoliberal son el mismo individuo: edonista y calculador, sabe, en teoría, escoger racionalmente lo que en cada momento le conviene. Sólo él existe de verdad, no la sociedad – que no es más que la suma de todas las decisiones individuales. Con sus cálculos, este individuo haría el bien para sí mismo y, por eso mismo, para todos. Desde un punto de vista filosófico y científico, se trata, obviamente, de una abstracción y, en cuanto a la política, de una utopía. Incluso Hayek – una de las referencias más importantes del neoliberalismo -, consciente de que un conjunto de individuos estrictamente egoístas y calculadores no sólo no existe en la realidad, sino que además, no podrían hallar una forma de gobierno – de hecho, el liberalismo clásico tiene versiones anarquistas – propuso algunos guardarrailes para su propia teoría: “prefiero un dictador liberal a un gobierno democrático que no sea liberal”. Por si cabían dudas, lo dijo, además, refiriéndose a Pinochet. De hecho, el neoliberalismo ha mostrado siempre estas dos caras: por una parte, el fomento de la libertad del mercado, entendida como máxima expresión de la libertad humana y del progreso; por otra, el despliegue de políticas autoritarias, incluso limitadoras de la libertad de expresión, para imponer tal libertad de mercado. Por esta razón, los gobiernos neoliberales han sido siempre conservadores en lo social y en lo político. La contradicción de un discurso económicamente liberal y socialmente autoritario es, en parte, fruto de la raíz decimonónica del pensamiento (neo)liberal: como otras utopías del siglo XIX y XX, al identificar una idea política con la verdad – del espíritu o de la historia -, ha tendido a imponer su orden de manera coercitiva – para proteger al pueblo de sus propios “errores”. En este sentido, el neoliberalismo ha sido la última de las utopías de la modernidad de la que nos hemos tenido que hacer cargo. Mal que les pese a Hayek y sus sucesores, su modo de pensar revela su pertenencia a la misma cultura del comunismo y del socialismo “real” al que con tanto ahínco se opusieron. Y hasta podría parecer una síntesis legítima que China, con su gobierno autoritario, antes comunista, y su política de desarrollo capitalista a ultranza, pueda ser ahora el país más próximo a la utopía neoliberal.

Nuestro problema, sin embargo, no es la imposición de un orden neoliberal, sino los efectos de su descomposición. Las quiebras de 2008 rasgaron el velo que cubría las disfuncionalidades y las contradicciones de unos discursos y unas políticas que, como toda utopía, habían prometido una libertad y un bienestar que, cuatro decenios después, sólo pertenecía a unos pocos mientras el desorden y el malestar se extendían para el resto. La crisis de 2008 mostró además de manera meridiana que se trataba de un discurso instrumental de grupos que luchaban por la hegemonía económica y social: las élites de la banca y la industria abandonaron súbitamente todos los discursos neoliberales y pidieron a gritos la intervención estatal – el pecado más grave según la vulgata neoliberal – para socializar las pérdidas de las empresas y bancos afectados. La supuesta libertad de mercado reveló su carácter de coartada para el expolio y la rapiña cometidos al amparo de la “globalización”. El discurso neoliberal se empezó a cuartear, para ser finalmente abandonado y criticado por los mismos grupos que lo habían defendido – y que ahora consideraban que ya no servía sus intereses. El giro de los conservadores británicos – ¡el partido de Margaret Thatcher! -, ha sido espectacular en este sentido: del neoliberalismo globalizador al proteccionismo nacionalista. Un giro que ha encontrado en el autoritarismo conservador consustancial al neoliberalismo el puente por el que han transitado sin demasiado esfuerzo las élites neoliberales. La práctica de políticas autoritarias ha dejado, además, un conocimiento de cómo forzar y debilitar las instituciones democráticas. Ahora, cínicamente, la debilidad de esas instituciones es esgrimida para justificar otro autoritarismo que, supuestamente, quiere remediar los desastres del neoliberalismo.

Aunque ahora se abandonen, las políticas neoliberales han afectado profundamente todas las sociedades del planeta, desarticulando modos de vidas y prácticas sociales, de modo que su desaparición no supone volver a un estado anterior – por ejemplo a una sociedad genéricamente socialdemocrática -, sino encontrarnos con una sociedad herida y desorientada. Lo que el derrumbe del neoliberalismo trae a la luz, no es una sociedad pretérita, con todos sus elementos orgánicamente funcionantes – si es que eso existió alguna vez – sino restos dislocados de formas sociales “anteriores”. Pongo anteriores entre comillas, porque siguiendo el símil arqueológico, no hay realmente tal anterioridad: los restos son siempre contemporáneos, conviven con las construcciones actuales como una construcción más. Están sin embargo des-funcionalizados y su descubrimiento los re-funcionaliza. El racismo que infecta a muchos europeos es un buen ejemplo. Amin Ash, en su lúcido análisis de nuestra sociedad en “Europe, land of strangers” dedica todo un capítulo a la “resistencia de la ideas de raza”, llegando a la pesimística conclusión que habrá que contar con ellas e intentar tratarlas, más que pensar que se puedan erradicar. El neoliberalismo ha roto el equilibrio socialdemocrático que fue dominante en la Europa de la postguerra, atrayendo hacia sí las élites socialdemocráticas y erosionando su legado. Sin embargo, no ha sido capaz de fundar una nueva sociedad “neoliberal”: demasiados excluidos, demasiada angustia en los no excluidos – siempre al borde la exclusión, o siempre confrontados al cálculo de su propio placer y de su goce-, demasiado desorden en el mundo debido a la propia cultura neoliberal de las élites, ellas también presa de cálculos cortamente egoísticos: el cálculo y el interés personal no producen ningún “estadista”, ni siquiera un simple “hombre público”.

Vivimos pues, en el paisaje después de la batalla de la última utopía de la modernidad – y del último proyecto de dominio: el neoliberalismo. Algunos “generales” neoliberales todavía intentan dictar órdenes: mantener a toda costa la austeridad, subir los impuestos indirectos, atacar a los movimientos sociales. Pero sus propias tropas empiezan a desobedecer, desanimadas. Y los generales más avispados ya cambian completamente de estrategia – Trump, por ejemplo -, pensando ya en el después y, a la vez, anticipándolo.

Para quien vive un momento de descomposición de un proyecto de poder como el actual, la historia es un libro abierto – como dijo Hannah Arendt a propósito de los refugiados. La abrupta discontinuidad del discurso de las élites y el rápido aflorar de los síntomas de malestar en la sociedad, nos permiten tener una consciencia clara de las razones de estos cambios – de las fuerzas en campo, de sus puntos de tensión, de sus tendencias. Este conocimiento puede ayudarnos a imaginar nuevas formas políticas. Intentar substituir una utopía que se resquebraja con otra – aunque tenga las mejores intenciones -, sería simplemente empezar un nuevo ciclo de imposición, opresión, dislocación. Quizá ha llegado el momento de que miremos de cara el campo de restos que tenemos ante nosotros y tengamos en cuenta, de una vez, la historia. No como un lastre, sino como el territorio preciso en el que tenemos que operar. Cada crisis, como la que vivimos, nos muestra que las ruinas de las crisis anteriores están allí, siempre disponibles a resignificaciones y actualizaciones. Una de nuestras tareas es, sin duda, que la resignificación sea benigna y fértil – incluso en lo que atañe a los restos del neoliberalismo. Pero, para ello es fundamental que interpretemos correctamente estas ruinas: en su composición podemos detectar las ideas e intereses que constituyeron, durante un tiempo, los discursos dominantes; en sus bordes y sus grietas, podemos hallar restos de aquello que acabó con ellos y su intento de imponer un orden total a la sociedad; y también de aquello que ningún proyecto de dominio ha conseguido domar: el núcleo indecible que nos habita – llámese pulsión, deseo, goce o pasión. Una nueva política debería tener en cuenta, de una vez, la historia de eso y de su inacabable vitalidad.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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El legado de Trump

Mér, 25/01/2017 - 13:20
Alejandro Nadal, La Jornada

El discurso de toma de posesión de Trump retomó el mensaje medular de toda su campaña. Hay muchas cosas que andan mal en Estados Unidos, comenzando con la corrupción de los políticos en Washington. Es el mismo mensaje que fue retomado por los millones que votaron por él y que han padecido el deterioro de su nivel de vida en los pasados 20 años. Pero los nombramientos que hizo Trump para su gabinete muestran que no está preocupado por ese sufrimiento de millones de estadounidenses.

Y es que en la visión del nuevo ocupante de la Casa Blanca el trance por el que atraviesa la economía estadounidense es sólo una fase descendente de un ciclo de negocios. Con algunos remedios de política económica, la inyección de liquidez al sector financiero y algunos otros desplantes voluntaristas, Trump piensa que la economía podrá recuperarse. En los sueños del nuevo ocupante de la Casa Blanca el retorno al mítico sendero de crecimiento y prosperidad se hará realidad, tarde o temprano.

Esa perspectiva ignora lo que cada día es más evidente. La crisis que atraviesa la economía estadounidense se debe a factores endógenos, producto de las mismas contradicciones que conlleva el capitalismo global. No se trata de choques externos, ni del mal manejo de las finanzas públicas, o de un clima desfavorable que lleva consigo las semillas de su propia corrección y de la recuperación. Lo que ha provocado esta crisis que ya va para 10 años es un entramado de poderosas fuerzas intestinas que no se van a corregir con cosméticos o con remedios tradicionales de política económica.

En los próximos cuatro años la presidencia de Trump será incapaz de cambiar este estado de cosas. Por ejemplo, por más que se esfuerce, el nuevo presidente no podrá reducir el peso del endeudamiento que hoy ahoga a las familias en Estados Unidos. Las tasas de interés cercanas a cero que ha fijado la Reserva Federal buscan inducir el crédito, pero en el contexto de una economía que atraviesa una crisis deflacionaria eso es absurdo: es como si se buscara darle más drogas a un adicto que acaba de sufrir una crisis de sobredosis. ¿Será que Donald tiene una fórmula mágica para lograr este resultado? ¿Querrá aumentar los salarios y compensaciones de los trabajadores y empleados para reducir la desigualdad? Al contrario, todo indica que la disparidad entre los ingresos de los más ricos y los más pobres va a ir en aumento. La reforma fiscal que propone llevar a cabo el nuevo presidente es furiosamente regresiva. En su proyecto la carga impositiva se distribuirá de manera más inequitativa, con un peso mayor sobre las capas medias y una fuerte reducción de gravámenes para los estratos más ricos. Nadie debe pensar que eso llevará a mayores inversiones y más empleos bien remunerados. La evidencia empírica muestra que la tasa de inversión en Estados Unidos ha sufrido una caída sostenida: como porcentaje del PIB, la inversión pasó de 7 a 3 por ciento entre 1965 y 2015 (datos del US Bureau of Economic Analysis).

Trump tampoco podrá regresar los empleos que desaparecieron en los pasados 20 años. Podrá hacer que algunas empresas revisen sus planes de inversión y en lugar de construir una planta en China o en México, permanezcan en Estados Unidos (como el ejemplo de Carrier). Pero de ahí a cambiar la dinámica de la reubicación de empresas en busca de menores costos salariales, eso ya es otro cantar. Además, no es del todo cierto que los empleos desaparecieron porque China se los robó (como advirtió Trump en su campaña). Las tendencias del cambio tecnológico no dejan lugar a dudas. Muchos estudios confirman que una parte muy importante de los empleos que Trump piensa fueron secuestrados por China se perdieron por la automatización y la robotización creciente. Hoy este proceso, que sigue afectando a las manufacturas, también amenaza una gran cantidad de empleos en el sector servicios.

La presidencia de Trump verá una re-edición de aquella economía que distribuye beneficios por goteo (trickle-down economics). Es el mismo esquema que impulsó Reagan hace más de 30 años y que sentó las bases del neoliberalismo. Es la combinación de políticas que puso la mesa para la crisis que estalló hace 10 años.

El gabinete de Trump es una mezcla de fundamentalistas de mercado, proteccionistas y halcones que creen que con una baladronada pueden cambiar al mundo. Su mezcla de política económica tendrá efectos negativos para los que votaron por él. Agravarán la desigualdad y no garantizarán la creación de empleos mejor remunerados. Para la masa de desafectados que votó por Trump el acceso al sistema de salud significará un desembolso mayor. Los servicios que proporcionará la infraestructura construida por el nuevo gobierno bajo sus esquemas de participación con el sector privado tendrá un costo. La decepción de estos votantes será monumental. Su ira será incontenible. Dentro de cuatro años, cuando se sientan traicionados, ¿a quién le van a echar la culpa?

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Donald Trump retira a Estados Unidos del TPP

Mar, 24/01/2017 - 07:01

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó este lunes una orden ejecutiva para retirar a ese país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), un ambicioso y polémico tratado que buscaba dar forma al mayor bloque económico del mundo.

En la primera jornada completa de trabajo del nuevo mandatario en la Casa Blanca, tras haber sido juramentado como presidente el viernes pasado, Trump además aprobó otras dos medidas ejecutivas:
  • Una orden para congelar las contrataciones del gobierno federal, con excepción de las que realicen las Fuerzas Armadas.
  • Una prohibición para que reciban fondos federales las ONG internacionales que realicen abortos u ofrezcan información sobre esta posibilidad. También niega el financiamiento público a los grupos que hacen lobby a favor de la legalización del aborto o que lo promueven como un método de planificación familiar.
El TPP fue suscrito en febrero de 2016 por 12 países que, juntos, representan el 40% de la economía mundial y casi un tercio de todo el flujo del comercio internacional. Entre ellos, se encuentran tres naciones latinoamericanas: Chile, México y Perú.

El TPP fue uno de los temas centrales en materia de comercio exterior del gobierno de Barack Obama, despedazado por Trump en su primer día de gobierno. La salida de Estados Unidos del TTP fue una de las promesas de Trump durante la campaña presidencial quien, al firmar la decisión ejecutiva señaló que era "Una gran cosa para los trabajadores estadounidenses". Muchos estudios señalaron que el TTP era "un desastre potencial para el país", por el daño al sector manufacturero. Obama nunca atendió a esos informes y siguió con el TTP pese a saber que favorecen solo a las grandes trasnacionales.

Con el retiro de Estados Unidos se hace dificiol que el tratado entre en vigor, pese a haber sido ratificado por algunos países que lo negociaron con ciego entusiasmo como Japón, Malasia, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, México, Chile y Perú.

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Donald Trump y el nuevo orden mundial que se avecina

Lun, 23/01/2017 - 07:01

Gabriela Simon, Sin Permiso

Con su orientación nacionalista, Trump abandona las estrategias hegemonialistas de la política estadounidense y deja el camino expedito a quienes estén dispuestos a cargar con responsabilidades globales. Este texto versa sobre las oportunidades y los riesgos que ofrece el cambio que se avecina en la política mundial.

Como muy tarde después de la desaparición de la Unión Soviética, quedó en el aire la cuestión sobre el modo en que los EEUU, la superpotencia sobreviviente, abdicaría y saldría de escena. Había al respecto diversas teorías. La mayoría se inclinaban por los desbordantes déficits económicos de los EEUU, el déficit comercial y el endeudamiento público. Podría ocurrir, según una tesis particularmente estimada, que un buen día esos déficits llevaran a un desplome, en el transcurso del cual el dólar perdería su función de moneda de reserva mundial y los EEUU, su supremacía política planetaria.

O bien, esta otra tesis: en caso de conflicto, Rusia y China podrían lanzar al mercado sus considerables reservas de títulos del Tesoro norteamericano y desencadenar un desplome de los bonos estadounidenses y del dólar.

Nada de todo eso ocurrió. Ni siquiera la grave crisis financiera de 2008 logró afectar a la hegemonía estadounidense. A despecho de una deuda pública rayana en los 20 billones de dólares, los inversores siguieron considerando los bonos del Tesoro norteamericano y el dólar inversiones seguras, particularmente apetecibles en tiempos de crisis.

Con la elección de Donald Trump como nuevo Presidente de los EEUU las cosas están ahora claras. Análogamente a como hizo su otrora contraparte a fines de los años 80, la superpotencia EEUU se despide con una suerte de implosión. Debilitada y dividida internamente como está, no puede ya seguir sus estrategias imperiales. Y como le ocurrió a la Unión Soviética, no hay desplome a la vista que precipite el fin, sino que se trata de un cambio político inesperado que, bien mirado, no resulta en absoluto tan sorprendente.

Decidiéndose por Trump, los electores norteamericanos han sacado el foco de la política estadounidense encumbrada en su papel de dirección global para bajarlo a las llanuras de la sociedad norteamericana, a las realidades menos lustrosas de la vida cotidiana en las regiones económicamente deprimidas y en las comunidades socialmente desarboladas.

Visto así, tiene cierta lógica que también hayan echado por la borda la fe en el progreso y las pretensiones de modernidad y liberalidad con que los EEUU habían fundamentado su papel dirigente y hayan hecho Presidente a un nacionalista reaccionario que promete dar marcha atrás a la rueda de la historia y que en campaña electoral se ciscó a calzón quitado en los valores de la nación norteamericana moderna y globalizada.

La hegemonía global se funda en la capacidad de integrar en el propio poder y en los propios intereses estratégicos a otros Estados de modo tal, que esos Estados vean también en ello ventajas para sí mismos y terminen, más o menos voluntariamente, cooperando.

Los países industrializados occidentales necesitan mantener su posición hegemónica para asegurarse a escala planetaria el acceso a mercados comerciales, recursos minerales, empresas estatales, tierras fértiles y fuerza de trabajo barata. Por eso en su modelo de dominación las estrategias de libre comercio y permanente apertura de mercados y sociedades a los intereses de los negocios del capital mueble juegan un papel central.

Pero para que ese modelo de dominación funcione, los países industriales rectores tienen que pagar un precio. Los puestos de trabajo se marchan a países con salarios más bajos. Más y más desarraigados procedentes del Sur cruzan hacia el Norte las fronteras en busca de mejores oportunidades vitales. En la campaña electoral estadounidense, esos asuntos jugaron un papel importante, y no sólo para Trump. También el candidato de la izquierda, Bernie Sanders, criticó las estrategias de libre comercio de los EEUU y sus consecuencias para los trabajadores norteamericanos.

Así, por ejemplo, el tratado de libre comercio para América del Norte (NAFTA) suscrito por EEUU, Canadá y México habría costado cerca de 700.000 puestos de trabajo a los EEUU. Desde la incorporación de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, se han perdido más de 2 millones de empleos industriales. Mientras que las grandes empresas estadounidenses pudieron construir y afianzar su papel dirigente a escala planetaria, los trabajadores de su propio país perdieron puestos de trabajo estables y poder de negociación sindical.

A lo que hay que añadir otro efecto lateral indeseado. El conjunto de países en el umbral del desarrollo, señaladamente China, ha conseguido sacar provecho de los mercados mundiales, armar su fortaleza económica y poner en cuestión el dominio global de los países industriales occidentales.

Pronto será China –por su PIB— la mayor potencia económica del mundo. En algunos grandes países en vías de desarrollo los estratos medios han experimentado un auge sin precedentes, mientras que, en cambio, la situación de los trabajadores y de las capas medias bajas en los países industriales hasta ahora dirigentes no mejoró o empeoró. Mientras en los EEUU de la crisis financiera muchas personas de clase media se quedaron sin techo, en China un simple trabajador podía convertirse en multimillonario.

La agenda hegemonial de los EEUU se ve, pues, confrontada, por un lado, con la creciente insatisfacción de los trabajadores y los estratos medios desclasados y, por el otro, con el creciente poder de los países en vías de desarrollo robustecidos económicamente, los cuales pretenden ahora –sobre todo los BRICS: Brasil, Rusia, India, China, Suráfrica— codeterminar las reglas del juego de la economía mundial y sus instituciones.

En ese telón de fondo, la victoria electoral de un político nacionalista como Donald Trump representa un punto de inflexión. Trump ha anunciado en su campaña electoral que los EEUU no seguirán pagando el precio de sus estrategias hegemónicas. Ni pérdida de puestos de trabajo, ni inmigración procedente del Sur, ni transferencias de poder en desfavor de los EEUU.

Trump y el final de un proyecto antidemocrático “Podemos darle la vuelta a todo, y podemos hacerlo rápido”, prometió Trump con la vista puesta en la masiva perdida de puestos de trabajo en industrias tradicionales como el acero y la producción automovilística. Trump quiere “traer de vuelta” los puestos de trabajo y “hacer grande de nuevo a América”.

Para conseguir darle la vuelta a todo, Trump se propone, entre otras cosas, llevar a cabo un giro radical en la política comercial. Un giro que convertiría la actual arquitectura de la política estadounidense de libre comercio en una escombrera.

El Tratado de Asociación Transpacífica (TPP), ya firmado, es según Trump, “un desastre potencial para el país”, razón por la cual quiere rescindirlo desde el comienzo mismo de su mandato. El Tratado de Libre Comercio para América del Norte (NAFTA) –“el peor negocio de todos los tiempos”— deberá ser renegociado. El TTIP, el planeado tratado entre la UE y los EEUU, ha sido discretamente congelado por la UE desde el triunfo electoral de Trump. Contra China procederá Trump con aranceles punitivos y pleitos en la OMC.

Lo cierto es que en nada de lo que se propone puede estar más seguro Trump de que encontrará un amplio apoyo en la sociedad norteamericana. Hasta Hillary Clinton tuvo que distanciase –ya fuera retóricamente— del TPP en la campaña electoral. Dennis Williams, presidente del sindicato obrero automovilístico United Automobil Workers (UAW) –400.000 afiliados—, que apoyó a Clinton en la campaña electoral, ofreció a Trump inmediatamente después de su victoria colaboración en este punto. De modo parecido se manifestó Richard Trumka, jefe de la poderosa federación sindical AFL-CIO.

La perspectiva de un final abrupto del gran proyecto occidental de libre comercio propició desconcierto e inseguridad en el otro lado del Atlántico, no menos que en el otro lado del Pacífico. Porque el TPP y el TTIP eran mucho más que meros tratados de libre comercio. Con ellos quería defender Occidente su poder para determinar las reglas de la globalización.

Los países industriales dirigentes habían venido teniendo cada vez más problemas para imponerse en la OMC. Porque la situación había cambiado fundamentalmente gracias al robustecimiento de países en el umbral de desarrollo como India, China y Brasil. Los países del Sur global tenían ahora, en conjunto, más poder negociador. Les fue, por ejemplo, posible, disponiendo de suficiente personal calificado y de representantes en todas las comisiones de trabajo, observar y percatarse de los distintos riesgos que podían correr. En suma: la OMC se convirtió en una organización relativamente democrática.

Demasiado democrática para el gusto de occidente. La “Ronda de Doha” puesta en marcha por la OMC en 2001 con gran alarde publicitario, y en la que tenía que negociarse un ambicioso programa global de libre comercio, fracasó porque no pudieron ponerse de acuerdo en torno a las propuestas de los países industrializados. Los EEUU pasaron entonces a formar coaliciones con sus partidarios promoviendo los proyectos TTIP y TPP, a fin de poner bajo presión al resto del mundo.

Complementariamente, la UE negoció con Canadá el Tratado CETA. Los Estados africanos y caribeños fueron forzados por la UE a firmar tratados de libre comercio bajo la amenaza de retirarles los beneficios aduaneros para sus exportaciones existentes desde hacía décadas. También con –hasta ahora— tres Estados de la Comunidad andina (Perú, Colombia y Ecuador) logró este tipo de tratado la UE.

Si todos esos tratados entraran en vigor, estaría ya una parte considerable del planeta sometida a un régimen de libre comercio que afecta a ámbitos vitales de prestación de servicios, seguridad alimentaria y acceso a medicamentos, lo que redundaría en el ulterior robustecimiento del poder de las empresas que actúan a escala global frente a los Estados y las sociedades.

El acceso a los mercados de los Estados que no participaran empeoraría notablemente. De modo que incluso Estados ya en el umbral del desarrollo, como India y China, pueden ser presionados para firmar tratados de este tipo o para sumarse a acuerdos ya existentes.

“Nosotros” deberíamos determinar las reglas de juego de la globalización, ha repetido también una y otra vez el gobierno alemán, y no deberíamos dejárselo a “los chinos”. Efectivamente, TPP, TTIP y compañía siguieron desde el comienzo un curso antidemocrático. Se proponían instalar un régimen global de libre comercio contra la voluntad de la mayoría de los miembros de la OMC.

Que ahora precisamente un magnate económico neoliberal como Donald Trump se proponga impedir ese proyecto antidemocrático, parece una ironía de la historia. Pero acaso se trate también de una astucia de la historia. Pues precisamente éste sería el papel que habría tenido que jugar el candidato de la izquierda, Bernie Sanders. Sanders ya había pronosticado acertadamente en 1993 los efectos desastrosos del Tratado NAFTA, y ha convertido la crítica al TPP en uno de los temas importantes de la precampaña electoral Demócrata. Pero fracasó como candidato a Presidente ante Hillary Clinton.

Sanders es sin la menor duda el crítico más solvente y más creíble de la política de libre comercio. Pero, como Presidente de los EEUU, ¿habría podido imponerse con una desviación tan radical de las estrategias hegemónicas de los EEUU? ¿No habría estado en una posición todavía más desventajosa que la de un Barak Obama que tenía tras de sí a todo su Partido?

No es difícil de imaginar la concertada cacería contra un Sanders Presidente a la que se habrían librado Wall Street, los medios de comunicación “respetables”, los Republicanos, el establishment de los Demócratas y el habitual séquito de economistas apoltronados. Se le habría reprochado un vétero-socialismo rancio y tan ajeno a la realidad como cabezonamente dispuesto a arruinar la economía y a poner en riesgo la creación de puestos de trabajo. En caso de que hubiera osado simplemente a rescindir el acuerdo TPP firmado por Obama, se lo habría declarado una peligrosísima amenaza para el conjunto de la economía mundial.

Por loco que ello pueda parecer, lo cierto es que el crudo nacionalista Donald Trump parece ser el hombre adecuado para esta tarea. Tiene con su Partido mayoría en ambas cámaras del Congreso. Con su obstinación, su rudeza, sus deliberados juegos de confusión y su consecuente desprecio por la corrección política, Trump ha demostrado tener una independencia y una fuerza que ya le permitieron imponerse electoralmente a los medios de comunicación y al conjunto del establishment.

Tal vez se necesite a alguien como Trump para sacar a los EEUU de su papel de superpotencia. A alguien que pueda transmitir creíblemente que así les irá mejor a los ciudadanos estadounidenses y que América recuperará su vieja grandeza.

Vuelta a la política clásica de la gran potencia En la mentalidad empresarial de Trump, los tratados multilaterales de libre comercio a largo plazo tienen la desventaja de que los EEUU no pueden hacer valer plenamente su poder económico y geoestratégico en cada momento y en cada país concreto, porque quedan atados por acuerdos engorrosamente generales.

Tampoco la política exterior instigadora de cambios de régimen político con la que Obama y sus precursores han intervenido a fuego en guerras civiles interminables ha tenido para las grandes empresas estadounidenses más que una utilidad muy limitada. La estrategia de confrontación con Rusia no fue, desde luego, un buen negocio. Putin no cayó, sino que intensificó su colaboración con China y los otros Estados BRICS, con el resultado final de que los cambios en las relaciones de fuerza global dieron un impulso adicional a los Estados BRICS. Para el mundo norteamericano de los negocios, Trump puede darles probablemente más consiguiendo el acceso a las inmensas riquezas rusas en materias primas a través de una política de acuerdos y cooperación. Para “recuperar la grandeza” de la economía estadounidenses y, con ella, de América, Trump se sitúa en un formato político-mundial más reducido. Se aparta de las estrategias de dirección global y configuración económica del mundo y regresa a la política clásica de gran potencia.

Qué aspecto concreto cobrará esto, está por ver. Lo claro es que Trump no actúa precisamente como alguien inclinado a rehuir los conflictos. Cuando no deja de proclamar que pasará la factura a México por la construcción de un muro fronterizo, eso suena a amenaza de un señor colonial que exige a sus tributarios que pasen por caja. Los países latinoamericanos fuertemente vinculados económicamente a los EEUU son quienes particularmente más razones tienen para temer la política de robustecimiento económico y militar de Trump.

Difícilmente podrá conseguir Trump por esta vía una reversión de las cambiadas relaciones de fuerza globales. Su ruido de sables frente a China, por ejemplo, la amenaza con aranceles punitivos y pleitos en la OMC, no es nada substancialmente nuevo.

Desde la entrada de China en la OMC, los EEUU y la UE han planteado más de 20 pleitos contra China. Nunca han dejado de utilizar el arancel punitivo: contra los neumáticos de automóvil chinos en 2009, contra los tubos de acero chinos en 2010, contra las células solares chinas en 2012: ¡y con tasas de hasta el 250%! Sólo el año pasado, 27 países llegaron a promover un total de 119 causas jurídicas contra las exportaciones chinas. Nada de eso pudo frenar el auge de China y el poderío exportador chino.

Se abre un espacio político En vez de eso, lo que parece anunciarse es un efecto muy distinto e imprevisto de la orientación de Trump hacia una política de gran potencia tradicional. Con su nacionalismo y su rechazo de las estrategias de hegemonía global, Donald Trump abre un espacio político para la configuración de un nuevo orden internacional. Deja la vía libre para quien quiera asumir la responsabilidad global.

Por paradójico que ello pueda sonar, un giro nacionalista inducido por Trump en la política estadounidense ofrece al resto del mundo una oportunidad para configurar más democráticamente el mundo multipolar y enfrentarse conjuntamente a los grandes problemas globales: la regulación de la globalización económica, la defensa global del medio ambiente, la mejora de la situación y de las perspectivas de los 60 millones de refugiados que hay en el planeta, un procedimiento internacionalmente acordado contra el terrorismo islámico radical.

Una anticipación de eso se dio ya antes de la toma de posesión del Presidente electo. En la cumbre climática de Marrakech del pasado noviembre imperaba al comienzo un gran desconcierto tras las elecciones estadounidenses y el anuncio de Trump de que se descolgaría del Acuerdo de París. Hasta que el representante de Pekín anunció que China seguirá colaborando. India, Brasil y Rusia se sumaron, salvando así el encuentro de alto nivel. Erik Solheim, el jefe del programa medioambiental de NNUU, habló entonces de un "nuevo orden mundial general". China y otros países en el umbral de desarrollo habrían “tomado la dirección de la política climática”.

Qué aportarán China y los otros Estados BRICS a la configuración de las relaciones económicas globales, está por ver. En cualquier caso, hasta ahora, el estilo de los chinos no ha sido el de extorsionar económicamente a otros países y forzarlos a desmantelar aranceles u otros sectores de prestación de servicios básicos para abrirlos a la concurrencia exterior, como, en cambio, sí hizo la “democrática” UE con los Estados africanos.

China siempre ha apoyado en las organizaciones internacionales las inquietudes del grupo de los 77 en que se han coaligado los países del Sur global. Cuando Argentina fue atacada hace un par de años por los fondos buitres norteamericanos quedando insolvente, fueron los chinos quienes la ayudaron a llegar a fin de mes con generosos créditos y permutas de divisas, mientras que el ministerio estadounidense de finanzas intervino a favor de los fondos buitres.

Los Estados BRICS vienen exigiendo desde hace mucho tiempo una modernización de los organismos de NNUU y –por ejemplo en el caso del FMI y del Banco Mundial— su democratización. Son, una vez más paradójicamente, países gobernados no democráticamente como China y Rusia los que quieren regular democráticamente la globalización, mientras que los representantes de Occidente, que siempre presumen de “valores occidentales”, se aferran a escala global a estructuras antidemocráticas.

Un nuevo comienzo democrático de la política mundial no sólo desequilibraría la balanza del poder a favor de los países ya en el umbral del desarrollo. También los países del Sur dispondrían de mejores oportunidades para hacer que pesaran más sus inquietudes –seguridad alimenticia, protección medioambiental, asistencia sanitaria básica— que la libertad del comercio y de los inversores. Se discutiría abiertamente en los organismos internacionales sobre la configuración de la globalización, lejos de esas negociaciones secretas del TTIP, del TPP o del CETA, en las que los intereses de las grandes empresas globalizadas pueden ser discretamente atendidos y servidos.

Aquí hay sobre todo un problema: todo esto sólo es posible, si Europa colabora. Y hasta ahora no parece que la UE haya reconocido los signos del tiempo. Aquí estamos aferrados a la idea de que sólo los países industriales occidentales pueden definir las reglas de la globalización. En una mezcla de cabezonería y delirio de grandeza, los europeos se empeñan en seguir como si nada los pasos de Obama. “La UE es una superpotencia”, declaró Frederica Mogherini pocos días después de las elecciones en EEUU. Y el ministro luxemburgués de exteriores, Jean Asselborn, la secundó: “Somos una superpotencia”.

Así que la UE se ve ahora como el motor principal del régimen de libre comercio global. La mayoría de los “Tratados de asociación económica” con la UE a que fueron forzados los Estados africanos se hallan todavía en proceso de ratificación. En América Latina, la UE aspira a negociar nuevos tratados. Luego de que en Brasil y en Argentina las viejas elites reaccionarias hayan logrado recuperar el poder, hay buenas posibilidades de llegar a un acuerdo de libre comercio con la alianza económica que es el Mercosur. Las negociaciones comenzarán inmediatamente, a comienzos de este año. Y para facilitar las cosas, ya se ha excluido a la recalcitrante Venezuela del Mercosur.

Quiere hacerse ahora del CETA la regla de oro de todos los futuros tratados de libre comercio. Porque, igual que estaba previsto para el TTIP, el CETA ofrece una jurisdicción particular para los inversores extranjeros, así como una “cooperación reguladora” que permite a los lobistas económicos bloquear de antemano nuevas iniciativas legislativas.

El CETA tiene, además, una peculiar ventaja. Puesto que todas las grandes empresas estadounidenses tienen filiales en Canadá, también ellas podrían aprovecharse del tratado. Las empresas estadounidenses lograrían a través del CETA mejor acceso a los mercados europeos, a los sectores de servicios, a las licitaciones públicas, y todo eso con las correspondientes posibilidades de litigar y pleitear, sin que las empresas europeas tuvieran, en contraprestación, los mismos derechos en los EEUU. Una acuerdo perfecto para Donald Trump.

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La situación en Siria después de Alepo

Sáb, 21/01/2017 - 14:46
Vijay Prashad, Sin Permiso

El Ejército Árabe Sirio controla ahora Alepo, lo que significa que el gobierno sirio, una vez más, está a cargo de los principales centros de población del país. Las fuerzas armadas de la oposición están cercadas alrededor de Damasco y en Idlib, mientras que el Estado Islámico (EI) sigue controlando la norteña ciudad de Raqqa. Estas fuerzas, incluyendo EI, se encuentran a la defensiva, desorganizadas, debilitadas logísticamente y desorientadas. En gran parte abandonados por sus patrocinadores - Occidente, los árabes del Golfo y Turquía - estos combatientes son cada vez más violentos en su desesperación o están cerca de la rendición. El cese el fuego negociado el 30 de diciembre pasado se respeta en la mayor parte del país. Las conversaciones de paz deben comenzar el 23 de enero en Astana (Kazajstán). Irán, Rusia, el gobierno sirio, sectores de la oposición siria, Turquía y las Naciones Unidas han confirmado su asistencia. Los Estados Unidos y los europeos no estarán presentes.

La guerra no terminará en Astana. Los grupos extremistas como EI y Jabhat Fateh al-Sham, ligado a Al Qaeda, continúan manteniendo territorio. Los extremistas frustrados que no están dispuestos a aceptar la nueva situación ya han comenzado a emigrar a las zonas controladas por EI y los aliados de al-Qaeda. Tienen muy poco que ganar rindiéndose o en el proceso de reconciliación.

Los errores de cálculo occidentales Durante los últimos cinco años, el objetivo principal de la oposición en Siria y sus aliados del Golfo, turcos y occidentales ha sido “Assad debe irse”. Ahora resulta que el gobierno de Bashar al-Assad se mantendrá. Incluso en 2011 era poco probable la caída de Assad sin una gran intervención militar occidental. El ejército sirio era mucho más disciplinado que los militares libios, que habían comenzado a desmoronarse antes de los bombardeos de la OTAN en Libia. También había mucho menos distancia entre el gobierno sirio y su ejército que el que había entre el gobierno egipcio y sus militares. Sin una intervención militar masiva, era impensable un cambio de régimen en Siria.

La intervención militar occidental directa se redujo - gracias al fiasco en Irak - por la falta de apoyo doméstico en Occidente al despliegue de un número suficiente de tropas para combatir en Siria. El cambio de régimen en Libia y sus consecuencias desastrosas cerraron la puerta a una autorización de la ONU para intervenir en la guerra en Siria. Ya en 2012, esto significaba que el gobierno de Assad no podía ser derrotado fácilmente. El objetivo político cambió del derrocamiento directo a un uso mucho más cínico del poder. Los envíos de armas encubiertos a las distintas fracciones rebeldes buscaban ayudar a deslegitimar al gobierno. Al Qaeda y otros grupos extremistas llegaron a través de la frontera con Turquía y desde Irak, así como de las prisiones del gobierno sirio. El índice de bajas creció rápidamente, con más de medio millón de muertos. La promesa imposible de bombardeos occidentales alargaron la guerra con la esperanza de que obligaría a Assad a negociar.

Occidente calculó mal. El 22 de septiembre de 2016, el Secretario de Estado, John Kerry hizo algunos comentarios off the record en la misión de Holanda en las Naciones Unidas. La transcripción de esa reunión, dada a conocer por WikiLeaks, revela el consenso general occidental sobre el conflicto sirio. Kerry indicó que los EEUU habían seguido el crecimiento del EI, y esperaban utilizarlo como moneda de cambio contra el gobierno de Assad. Al final resultó que, Assad recurrió a Irán y Rusia en busca de ayuda, y los rusos intervinieron directamente en septiembre de 2015 – acabando con cualquier posibilidad de un cambio de régimen en Damasco y de la conquista de Damasco por EI. Con Assad ahora a salvo, los rusos han empezado a reducir sus tropas, como una medida de confianza cara a la reunión de Astana.

En 2015, el gobierno turco comprendió que ni iba a caer al gobierno de Assad ni podía protegerse de las consecuencias de su propia intervención en Siria - los ataques del EI dentro de Turquía y una nueva guerra contra el movimiento de resistencia kurdo. El gobierno de Turquía atacó a sus críticos - que tenían mucho que criticar - y buscó un acercamiento con Rusia por razones económicas y políticas. Esta nueva alineación significó que Turquía tuvo que cerrar su frontera - utilizada durante mucho tiempo para reabastecer a los rebeldes en el norte de Siria-, lo que redujo sustancialmente la capacidad logística de los extremistas en Alepo. El gobierno sirio, que había esperado cuatro años, atacó con gran fuerza. Fue el cambio de alianzas de Turquía lo que permitió a Assad tomar Alepo.

El 5 de enero, el asesor de Seguridad Nacional de Irak se reunió con Assad en Damasco para discutir su lucha común contra el EI, al mismo tiempo que las fuerzas iraquíes abrieron la carretera de Haditha a Qaim, en la frontera entre Irak y Siria. Estas reuniones públicas, según un oficial del ejército egipcio de alto nivel que me informa, reflejan las relaciones más discretas entre los ejércitos de Egipto, Irak, Argelia y Siria. En noviembre, oficiales del ejército egipcio viajaron a Siria para restablecer unas relaciones muy debilitadas en los últimos años. Ahora Egipto está dispuesto a enviar fuerzas de paz “para ayudar a controlar el alto el fuego”. Mientras tanto, los gobiernos de Siria y Turquía se han reunido en secreto en Argelia durante los últimos cinco meses para mantener conversaciones sobre la situación del enclave kurdo-sirio en la frontera turca. Argelia defiende ahora abiertamente la restauración de la legitimidad del gobierno de Assad.

El final está lejos La frustración de los extremistas no permitirá un final fácil a este conflicto. El endurecimiento de la violencia es la salida más esperada. Los ataques en Jordania, Arabia Saudí y Turquía - todos estos países acusados, con razón, de abandonar el levantamiento rebelde en Siria - seguirán siendo un problema grave. Irak, ya acostumbrado a la violencia desde la invasión ilegal de Estados Unidos en 2003, tuvo más de 6.000 civiles muertos el año pasado. A menudo el objetivo estratégico son los barrios y lugares religiosos chiítas con el fin de polarizar y alentar el sectarismo. Después de una serie de ataques en Bagdad, el líder sunita Sheikh Mahdi al-Sumaidaie, Gran Mufti de Irak, hizo un llamamiento el 5 de enero que tuvo un gran eco en todo el mundo árabe: "Confirmo que chiítas y sunitas se unirán y pedirán cuentas a todos los que los han traicionado, engañado y sacrificado en Irak". Fue una declaración de patriotismo surgida de la desesperación. A los extremistas les resultará difícil desgarrar esa unión.

Al noroeste de Damasco se encuentra Souq Wadi Barada. El arroyo de al-Fija es una fuente crucial de agua para la capital. Distintos grupos extremistas han controlado esa fuente en los últimos años y al menos en seis ocasiones han cortado el suministro de agua a Damasco. La caída de Alepo ha dado lugar a nuevos combates en la zona, y el agua ha sido cortada, con la excepción de unos depósitos que controlan los militares sirios. Damasco se enfrenta a grandes dificultades. Hay negociaciones en curso para restablecer el suministro de agua. Cuando ocurra, demostrará que la reconciliación es posible en estas sociedades.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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La despolitización de lo político: la frivolidad del supuesto futuro sin trabajo

Ven, 20/01/2017 - 20:13
Vicenç Navarro, Público

Existe hoy un debate en EEUU que tiene gran relevancia también para España. Tiene que ver con las causas del elevado deterioro del mercado de trabajo estadounidense y, muy en particular, del descenso en la capacidad adquisitiva de la población, consecuencia de la disminución de los salarios y de la pérdida de ocupación.

Para entender la importancia e intensidad de este debate, hay que ser consciente de que el establishment político-mediático estadounidense está en estado de shock, pues no se esperaban la derrota de la candidata demócrata, la Sra. Hillary Clinton, y, todavía menos, la victoria del candidato republicano, el Sr. Donald Trump, al cual siempre consideraron como un candidato con escasas posibilidades de éxito debido a estar fuera de los cánones de lo que un candidato deber ser y/o debe parecer. Su comportamiento teatral, sin embargo, atrajo gran atención mediática, garantizándole una gran exposición, que hábilmente utilizó para desacreditar al establishment político federal y a la mayoría de los grandes medios de comunicación, tarea relativamente fácil de realizar, pues tales establishments políticos y mediáticos eran ya altamente impopulares entre la mayoría de las clases populares. Una situación semejante ocurre en España, donde la mayoría de la población no cree que las instituciones llamadas representativas les representen, y la mayoría de la población considera a los grandes medios no creíbles en su presentación de la realidad política del país (he documentado en artículos anteriores la evidencia que apoya tal observación).

En realidad, solo dos candidatos transmitieron el hartazgo y rechazo de las clases populares hacia los mencionados establishments. Uno fue el candidato del Partido Demócrata, el socialista Bernie Sanders, y el otro el candidato del Partido Republicano, Donald Trump, de la ultraderecha estadounidense. Era obvio que, de los dos, el más temido por la estructura de poder económico y financiero del país, y por lo tanto también por el establishment político-mediático del país, era Bernie Sanders, pues era él el que tenía un análisis más certero de las raíces del problema que afectaba a las clases populares (el maridaje entre el poder financiero y económico, por un lado, y las instituciones representativas, por el otro, vehiculado por un sistema electoral profundamente antidemocrático, que requería, para cambiarlo, una revolución política). La gran mayoría de las encuestas mostraban que el candidato Bernie Sanders podría haber ganado las elecciones si su adversario hubiera sido Donald Trump. Pero, repito, el enemigo número uno para el establishment político-mediático estadounidense era Sanders, y fue tal establishment el que se movilizó para destruirlo. Trump, sin embargo, aun cuando no contó con la simpatía de los medios, no fue considerado como una amenaza. Los medios lo ridiculizaron. Era, después de todo, un hombre del establishment financiero, gran defensor del sistema capitalista estadounidense, vulnerable al ridículo debido a su comportamiento teatral (y muy efectivo). Los medios nunca consideraron que pudiera ganar, y su atención hacia él derivaba del aspecto novedoso, escandaloso e irreverente. Pero casi nunca lo tomaron en serio, hasta el final, cuando se vio que podría ganar.

¿Cómo está ahora respondiendo el establishment político-mediático estadounidense al resultado de las elecciones? El establishment político-mediático nunca aceptó que hubiera razones para que grandes sectores de la población le rechazaran, pues la economía –según tal establishment- estaba yendo muy bien. El economista, Premio Nobel y articulista del New York Times, Paul Krugman era y continúa siendo uno de los mayores proponentes de esta postura. Esta lectura se basaba, sin embargo, en la elección equivocada de los indicadores escogidos para definir la eficiencia y eficacia de la economía, tales como la tasa de crecimiento económico o la tasa de paro del país. Indicadores más sensibles del bienestar económico, como la renta de las familias, mostraban y continúan mostrando el notable descenso de dichas rentas familiares y el crecimiento muy notable del endeudamiento de las familias. En España el establishment político-mediático también asume un mejoramiento de la economía, mostrando como indicadores de tal mejoramiento el crecimiento económico y el descenso del desempleo, sin tener en cuenta el enorme deterioro del mercado de trabajo.

La evidencia del deterioro del mercado de trabajo, sin embargo, era tan manifiesta en EEUU que el argumentario cambió, apareciendo razonamientos que intentaban despolitizar la explicación del deterioro del mercado de trabajo y negando que tal deterioro se debiera a las políticas públicas neoliberales realizadas desde los años ochenta tanto por gobiernos republicanos (Reagan, Bush padre y Bush hijo) como por gobiernos demócratas (Clinton y Obama), que sistemáticamente han favorecido a las rentas de los propietarios y gestores de las grandes corporaciones estadounidenses transnacionales (lo que en EEUU se llama la clase corporativa) a costa del mundo del trabajo. Los responsables de la aplicación de tales políticas niegan (con la ayuda de los medios y de gran parte de los think tanks próximos al mundo del capital financiero) que fueran éstas las causas, atribuyendo tal deterioro (que, por fin, han admitido que existía) a los cambios tecnológicos como la robótica, que ha eliminado millones de puestos de trabajo, responsable del descenso de las rentas del trabajo. Como ejemplo, ponen el descenso del número de trabajadores en el sector manufacturero. La introducción de la robótica en los sectores industriales se presenta como la causa del deterioro del mercado de trabajo, con un descenso del número de puestos de trabajo, una disminución de los salarios y de los beneficios sociales, y un bajón de la calidad de vida, presentándose este deterioro como los “costes del progreso industrial”.

La falacia de tal argumento Esta explicación ha adquirido una enorme visibilidad mediática y es parte del mensaje de que veremos un “futuro sin trabajo”, resultado de la revolución tecnológica, incluida la robótica. Respondiendo a esta avalancha ideológica, Dean Baker, codirector del famoso y prestigioso Center for Economic and Policy Research de Washington, EEUU, ha ido publicando a lo largo del año pasado una serie de trabajos que contienen una crítica devastadora de los argumentos que atribuyen el deterioro del mercado de trabajo predominantemente a los cambios tecnológicos. Señala lo que otros autores también han señalado previa y repetidamente. Si los cambios tecnológicos fueran responsables de tal descenso de la ocupación, tal descenso tendría que haber ido acompañado de un aumento de la productividad. Si en una empresa hay dos trabajadores y, resultado de la introducción de una nueva tecnología, solo hace falta un trabajador en lugar de dos para producir el mismo trabajo, ello quiere decir que la productividad de cada trabajador ha aumentado (en realidad, doblado), haciendo innecesario a uno de ellos. El cambio tecnológico, pues, si hubiera sido la causa del descenso del número de puestos de trabajo tenía que haberse traducido en un aumento de la productividad.

Pues bien, el número de trabajadores de la manufactura en EEUU ha ido disminuyendo y, sin embargo, la productividad, como promedio, no ha variado. Dean Baker muestra como la tasa de crecimiento de la productividad ha variado muy poco en la mayoría del periodo entre 1973 y la primera década del siglo XXI. No puede, por lo tanto, atribuirse el descenso de la población que trabaja en la manufactura a cambios en la productividad (y, por lo tanto, a cambios tecnológicos). Dean Baker señala, por ejemplo, que una de las causas más claras del descenso de puestos de trabajo es el cambio del cuadro exportaciones-importaciones en el sector manufacturero. Cuando las exportaciones en tal sector bajaban y las importaciones subían, sí que se ve que baja el empleo en la manufactura. Y ahí es donde aparecen las causas políticas, pues estas variaciones de comercio exterior están causadas, en gran parte, por los Tratados de Libre Comercio, que sistemáticamente han favorecido a las grandes empresas transnacionales a costa de la clase trabajadora. En realidad, gran parte de las importaciones son de productos de empresas manufactureras estadounidenses o de otras nacionalidades que producen para el mercado de EEUU, pero que se han desplazado a otros países (China o México) en busca de salarios más bajos y condiciones de trabajo peores que las existentes en EEUU. Y de ahí se explica la animosidad de los barrios obreros de los Estados donde la manufactura se concentraba, como Míchigan, Pensilvania, Ohio y Wisconsin, que habían votado demócrata siempre (incluido al candidato Obama en el 2008) pero que este año votaron al candidato Trump, puesto que este (y, todavía más, Sanders) había denunciado los Tratados de Libre Comercio. Vayan a ver dichos barrios y verán los resultados de estos Tratados, como el NAFTA (el tratado entre EEUU, Canadá y México).

Pero el impacto de los Tratados de Libre Comercio es mucho mayor que el producido por el desplazamiento de las fábricas y sus puestos de trabajo previamente localizados en el territorio de EEUU a otro país. En tal desplazamiento se pierden puestos de trabajo estadounidenses, pero el mayor impacto de este traslado no es solo el traslado en sí, sino el miedo y temor que se esparce entre todos los trabajadores del sector manufacturero, pues la amenaza, por parte del empresario, de irse a otros países y cerrar el lugar de trabajo es una amenaza constante, amenaza que es cada vez más real como consecuencia del enorme debilitamiento de los sindicatos, consecuencia, de nuevo, de leyes y normas antisindicales, aprobadas por los gobiernos tanto republicanos como demócratas y tanto a nivel federal como a nivel estatal (que quiere decir de los Estados autonómicos).

La introducción de la variable tecnológica es una variable política Este intento de despolitizar lo que es profundamente político aparece también en la promoción (por parte de los establishments político-mediáticos) del argumento de que la revolución tecnológica nos está llevando a un futuro sin trabajo, olvidando que lo importante no es la revolución tecnológica en sí, sino el tipo, orientación y modo de aplicación de dicha revolución. El mundo del futuro, como el mundo del presente, será lo que las relaciones de poder (sobre todo de clase social) determinen. Hoy, como resultado del enorme dominio del mundo del capital en la configuración de la forma y utilización de los cambios tecnológicos, el mundo del trabajo está siendo debilitado enormemente, utilizando dicho capital la revolución tecnológica para debilitar más y más a este mundo.

Si las relaciones de poder cambiaran, con el mundo del trabajo en control del desarrollo tecnológico (tanto en su contenido como en su puesta en marcha) tal desarrollo podría orientarse en otras direcciones favorables a la mayoría de las clases populares, facilitando la eliminación del trabajo indeseado, la reducción del tiempo de trabajo (el crecimiento de la productividad ocurrido en los últimos 50 años permitiría una reducción muy notable del 30% de su tiempo) y su mejor distribución, así como la notable expansión de puestos de trabajo en las áreas sociales (como sanidad, educación, servicios sociales, vivienda, cuidado de la infancia y ancianidad, entre otros) y energéticas, estableciendo nuevas formas de energía y cambios en el sistema productivo. Las necesidades en estos sectores son enormes, necesidades que hoy están muy desatendidas, realidad que es especialmente acentuada en países donde tal mundo del trabajo es débil, como en el sur de Europa, incluyendo España.

Si en España el porcentaje de la población adulta que trabaja en tales servicios públicos del Estado del Bienestar (uno de los más bajos de la UE-15) fuera semejante al de Suecia, este país tendría unos 3,5 millones más de puestos de trabajo, reduciéndose significativamente el desempleo. El hecho de que en Suecia sea un adulto de cada cinco y en España sea uno de cada diez tiene, única y exclusivamente, la explicación de que en Suecia el mundo del trabajo es mucho más fuerte y tiene mayor influencia sobre el Estado que no en el sur de Europa. Suecia tiene mayor desarrollo tecnológico que no España, y en cambio produce mucho más empleo. Como ocurre en prácticamente todos los supuestos problemas económicos, las variables políticas (y no las tecnológicas o económicas) son las determinantes. El futuro dependerá de quién ejerce mayor poder sobre las instituciones políticas, financieras, económicas y mediáticas. Si continúa siendo el mundo del capital, el bienestar de las clases populares (que son la mayoría de la población) continuará descendiendo, alcanzando límites que nos retrotraería a etapas anteriores. Los años de vida de un trabajador estadounidense han ido disminuyendo, y enfermedades que se creía que habían desaparecido en el mundo capitalista desarrollado han reaparecido de nuevo. Son decisiones políticas, no desarrollos tecnológicos, las que están creando está situación. Qué tecnología crear y para qué usos emplearla viene definido por el grupo o clase social que la controla. Así de claro.

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La revolución, a un siglo de la Revolución de Octubre

Xov, 19/01/2017 - 18:24
Raúl Zibechi, La Jornada

Mentar la tormenta se ha vuelto casi rutinario. Hasta el presidente chino, Xi Jinping, abrió el Foro Económico Mundial de Davos diciendo que en el mundo hay una tormenta aunque, agregó, también hay luz. Es muy probable que Xi se refiriera al mundo empresarial que lo cobijó con una ovación, ya que es el tipo de alianzas que corteja la dirección de la potencia emergente.

Lo cierto es que ya pocos dudan que atravesamos una situación caótica, aunque el capital financiero y buena parte de los políticos progresistas se empeñan en atribuirla a Donald Trump, que es apenas el emergente y no la causa de los problemas actuales. La tormenta está mostrando que la capacidad de comprensión en medio de la borrasca se vuelve cada vez menor. Incluyendo a quien firma estas líneas, obviamente.

Consuelo de poco valor es que las clases dominantes sufren también dosis importantes de desconcierto, algo que se puede palpar en la profunda división entre los de arriba, empezando por la superpotencia, donde no atinan a consensuar si el enemigo principal es Rusia o China, para poner apenas un ejemplo.

Cuando las urgencias son tantas y apenas podemos responder las más apremiantes, intentando no desviarnos del camino emancipatorio, se vuelve necesario buscar signos que nos ayuden a no perder la brújula. A un siglo de la primera revolución socialista victoriosa, propongo sacar algunas conclusiones con la mirada puesta en la tormenta que nos empieza a sacudir.

Primero, constatar que es posible derrotar a las clases dominantes. Así se hizo en casi medio mundo, desde Rusia y China hasta Cuba, Argelia y Vietnam. Derrota que pasa inexorablemente por arrebatarles el poder político y recuperar los medios de producción y de cambio (tierras, fábricas y bancos, entre los más importantes) para que sean gestionados directamente por los trabajadores.

Segundo, es muy difícil construir una sociedad de nuevo tipo, mucho más que derrotar al enemigo, como se constata en cada uno de los procesos mencionados. La impresión es que las fuerzas revolucionarias no han sacado las conclusiones necesarias del fracaso en la construcción del mundo nuevo, que debería pasar por un serio balance del estalinismo, en sus diversas variantes nacionales, del maoísmo y de los procesos de liberación nacional. Si en el primer punto puede haber acuerdos más o menos generales, en el segundo la divergencia de análisis es lo más frecuente.

Tercero, la derrota de las clases dominantes fue posible, en todos los casos, por el despliegue de guerras interestatales o por guerras de liberación nacional, o por una combinación entre ambas, como en China. En cualquier caso, al ser las revoluciones hijas de las guerras, el triunfo rebelde implica que el poder resultante está asentado sobre el predominio de hombres armados, quienes se encuentran al frente de las fuerzas revolucionarias y a la vez del aparato estatal. Esta disposición de fuerzas, como destacó hace tres décadas el español Eugenio del Río, es un obstáculo para avanzar hacia una sociedad de nuevo tipo, donde el poder esté en manos de los campesinos y los trabajadores.

Cuarto, las intenciones de Lenin –claramente reflejadas en sus escritos y en el libro de John Reed Diez días que estremecieron al mundo– consistían en que el Partido Bolchevique derribara al gobierno provisional para entregar el poder a los soviets, que fueron la creación más notable de los soldados, campesinos y obreros rusos, nacidos durante la revolución de 1905 y renovados y ampliados desde febrero de 1917.

En este punto conviene hacer algunas precisiones. ¿Por qué el poder de los soviets, que funcionó realmente en 1917, fue erosionado y anulado en aras del poder de una nueva camada de dirigentes aferrados al Estado? Hay análisis de diverso tipo, algunos muy convincentes. ¿Por qué el poder de las comunas chinas fue erosionado y anulado pese a los intentos para remover a una nueva burguesía que se había adueñado del Estado? ¿Por qué los organismos de poder popular en Cuba fueron erosionados y anulados por el poder del partido y del Estado? En suma, ¿por qué el poder de abajo ha sido tan efímero?

Hay algo en común en todas las experiencias que, siguiendo el guion de la revolución rusa, debería ser motivo de reflexión. Las prácticas concretas para cambiar el mundo se hacen añicos en el espigón del poder estatal, esté en manos de una burocracia obrera (como señalaron Mandel y los trotskistas) o en manos de una nueva burguesía nacida al amparo del Estado (como analizaron Bettelheim y Mao). De paso, destacar el bajísimo nivel de los debates en los demás procesos, salvo en los primeros años de la revolución cubana, que les impide profundizar en las causas de los desvíos posrevolucionarios.

Es muy penoso comprobar que desde la década de 1960 no hemos tenido debates de la profundidad necesaria y, sobre todo, observar la escasa atención que merecen los movimientos que han sacado conclusiones de los crímenes cometidos en nombre del socialismo. En nuestro continente, los movimientos indígenas y feministas parecen los más valiosos a la hora de remover la lápida del estalinismo, presente en casi todos los procesos.

Más notable aún es comprobar cómo el zapatismo ha conseguido superar algunas de las más poderosas limitaciones de las revoluciones precedentes. Veintitrés años después del ¡Ya Basta!, las juntas de buen gobierno son las que toman las decisiones e imparten justicia, funcionando como verdaderos órganos de poder. En 1940 o en 1972, en la Unión Soviética y en la República Popular China se había consolidado un poder contrarevolucionario, a pesar de los intentos de la revolución cultural y de propio Mao por modificar el rumbo.

Más allá de las consideraciones de cada quien respecto a la revolución zapatista, debería ser tomada muy en serio, ya que ha conseguido ir más allá que las que le precedieron. Algo imposible de comprender leyendo los comunicados, ya que requiere convivir con las bases de apoyo.

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Una economía para el 99%

Xov, 19/01/2017 - 13:24
Oxfam

Los nuevos datos son demoledores. Tan sólo 8 personas (8 hombres en realidad) poseen ya la misma riqueza que 3.600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad. La superconcentración de riqueza sigue imparable. El crecimiento económico tan sólo está beneficiando a los que más tienen. El resto, la gran mayoría de ciudadanos de todo el mundo y especialmente los sectores más pobres, se están quedando al margen de la reactivación de la economía.

Han pasado cuatro años desde que el Foro Económico Mundial alertase de la grave amenaza que supone el incremento de la desigualdad económica para la estabilidad social y tres desde que el Banco Mundial decidiese combinar su objetivo de acabar con la pobreza extrema con la necesidad de promover una prosperidad compartida. Desde entonces, y a pesar de que los líderes mundiales se hayan comprometido con el objetivo de reducir la desigualdad, la brecha entre los más ricos y el resto de la población se ha ampliado.

Sin embargo, el mundo sigue inmerso en una crisis mundial de desigualdad:
  • Desde 2015, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el resto del planeta.
  • Actualmente, ocho personas (ocho hombres en realidad) poseen la misma riqueza que 3.600 millones de personas (la mitad de la humanidad).
  • Durante los próximos 20 años, 500 personas legarán 2,1 billones de dólares a sus herederos, una suma que supera el PIB de la India, un país con una población de 1.300 millones de personas.
  • Los ingresos del 10% más pobre de la población mundial han aumentado menos de 3 dólares al año entre 1988 y 2011, mientras que los del 1% más rico se han incrementado 182 veces más.
  • El director general de cualquier empresa incluida en el índice bursátil FTSE 100 gana en un año lo mismo que 10.000 trabajadores de las fábricas textiles de Bangladesh.
  • Un nuevo estudio del economista Thomas Piketty revela que en Estados Unidos los ingresos del 50% más pobre de la población se han congelado en los últimos 30 años, mientras que los del 1% más rico han aumentado un 300% en el mismo periodo.
  • En Vietnam, el hombre más rico del país gana en un día más que la persona más pobre en diez años.
Si sigue esta tendencia, el incremento de la desigualdad económica amenaza con fracturar nuestras sociedades: incrementa la delincuencia y la inseguridad, socava la lucha contra la pobreza10 y hace que cada vez más personas vivan con más miedo y menos esperanza.
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Ver informe completo de OxfamUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Nieve artificial en la Montaña Mágica

Mér, 18/01/2017 - 20:57
Alejandro Nadal, La Jornada

Algo extraño ocurre en Davos, una de las más importantes estaciones de esquí situada en los Alpes suizos. Su altura sobre el nivel del mar garantiza un generoso volumen de nieve para sus pistas durante el invierno. Pero cuando se trata de sacar ventaja de los periodos vacacionales del otoño y la primavera, la fabricación de nieve artificial se hace necesaria. Y hoy la manufactura de nieve artificial se ha convertido en una pequeña industria.

Hace unos 15 años Davos contaba con un puñado de cañones de nieve, unas burdas máquinas que lanzaban pequeños balines de hielo hacia las pistas. Pero hoy la estación cuenta con 380 máquinas sofisticadas que mezclan aire con millones de litros de agua fría que se congela y deposita en las pistas como nieve fina. A diferencia de los antiguos balines de hielo, esta nieve es capaz de satisfacer los gustos de los más exigentes clientes en Davos.

Desde luego, es fácil adivinar: la necesidad de contar con nieve artificial aun a esa altura en los Alpes se debe al cambio climático, tema que seguramente dará mucho qué hablar en la edición 2017 del Foro Económico Mundial.

La insignia de la reunión del Foro Económico Mundial en Davos este año es sencilla: Liderazgo responsable y receptivo. Pero esta misma semana tomará posesión de la presidencia de Estados Unidos el señor Donald Trump, alguien que no encaja del todo bien con esa divisa. Es más, para el equipo de Trump, el cónclave de Davos es un símbolo de todo lo malo que acarrea la globalización. Los desplantes proteccionistas que conocemos del (todavía hoy) presidente electo no encajan para nada en la retórica del Foro Económico Mundial.

La ausencia de Trump en la estación alpina se podría explicar cómodamente por el hecho de que apenas el viernes toma posesión. Pero nadie se engaña: el desagrado que le produce el Foro Económico Mundial es real. En cambio, y quizás aprovechando el vacío, en Davos se encuentra el presidente chino, Xi Jinping. Es la primera vez que un primer mandatario chino asiste y como se esperaba, está siendo el centro de atención en la reunión.

Los organizadores de esta edición del Foro marcaron cuatro temas centrales para la reunión: fortalecer la colaboración mundial, reformar el capitalismo, revitalizar el crecimiento económico y prepararse para lo que denominan la cuarta revolución industrial. Los primeros dos temas chocan frontalmente con las prioridades de Trump. Y en cuanto al crecimiento económico, las opiniones están divididas en Davos. Para muchos el estímulo fiscal del primer año de la nueva administración en Washington podría desencadenar un importante impulso al crecimiento. Pero casi todos los análisis concluyen que ese efecto será temporal y se agotará en 2019. El repunte sostenido de la economía estadunidense necesitará más que unos mal concebidos esquemas de participación pública-privada.

En su primera intervención en Davos el presidente Xi hizo una fuerte defensa del proceso de globalización y de la necesidad de aumentar la colaboración internacional. Nadie emergerá victorioso en una guerra comercial, afirmó al enviar un claro mensaje a las posturas de Trump. Como era de esperarse, el discurso fue muy bien recibido y aplaudido en Davos. Para el gobierno chino debe ser muy gratificante encontrarse rodeado de tanto fervor globalizador. Pero las señales que envía el cuadro clínico de la economía mundial siguen siendo alarmantes. Por ejemplo, la austeridad en Europa sigue provocando estragos y nadie en la Unión Europea está trabajando en un paquete de política macroeconómica alternativo.

Por su parte, la economía china permanece lastrada por el sobre-endeudamiento. Los altos niveles de capacidad ociosa en todas las industrias y los miles de edificios nuevos que hoy se encuentran vacíos son testimonio de las fuertes distorsiones que han acompañado el crecimiento económico en China. El estímulo crediticio que se aplicó desde 2008 sirvió en muchos casos para construir inútiles obras de infraestructura y para la sobre-inversión en muchas industrias. Según los analistas de China Query, el peso de la deuda total (del sector no financiero) pasó de 150 a 300 por ciento del PIB entre 2008 y 2016. Mientras tanto, el crecimiento del índice de precios de casas en las principales ciudades se sigue acelerando. Esos números no están anunciando nada bueno. Cualquier referencia a la posibilidad de que China sea nuevamente el motor de la economía mundial debe ser tomada con mucho escepticismo.

En algún discurso durante su campaña Trump afirmó que toda esa historia del cambio climático era una invención de los chinos. Quizás si viera los registros históricos meteorológicos pensaría algo distinto. Ciertamente en 1924, cuando Thomas Mann inmortalizó la estación de Davos en su novela La montaña mágica, las pistas no necesitaban nieve artificial. El tema del cambio climático no había aparecido en la pantalla de radar. Lo que más interesaba a Mann era el hecho de que Europa ya se encontraba en una trayectoria que la llevaría a la Segunda Guerra Mundial.

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El FMI dice que no es capaz de calcular el impacto que supondrá Trump en la economía mundial

Mar, 17/01/2017 - 12:37

El Fondo Monetario Internacional ha confirmado sus pronósticos del pasado mes de octubre para la economía mundial, que contemplan un crecimiento del 3,4% este año y de 3,6% en 2018, y ha señalado un incremento de la incertidumbre relacionado con el resultado electoral en EEUU, reconociendo que no será hasta julio cuando pueda valorar de forma más específica el impacto de las políticas de Donald Trump al frente de EEUU.

"Existe una amplia dispersión de posibles desenlaces en torno a las proyecciones, dada la incertidumbre que rodea a la orientación de las políticas del Gobierno estadounidense entrante y sus ramificaciones internacionales", apunta la institución en la actualización de su informe Perspectiva de la economía mundial, publicado el pasado mes de octubre. El FMI ha incorporado también a sus pronósticos el afianzamiento de los precios del petróleo tras el acuerdo al que llegaron el pasado 30 de noviembre los miembros de la OPEP junto a otros grandes países productores para limitar la oferta de petróleo.

A diferencia de octubre, el FMI aprecia, a pesar de la incertidumbre, un mejor comportamiento de las economías desarrolladas, cuyo pronóstico eleva al 1,9% en 2017 y el 2% un año después, una y dos décimas por encima respectivamente de su anterior pronóstico, mientras detecta un empeoramiento de la tendencia entre las emergentes, para las que prevé una expansión del 4,5% este año, frente al 4,6% estimado anteriormente, y confirma un crecimiento del 4,8% en 2018.

"Las perspectivas de las economías avanzadas han mejorado para 2017-18, gracias al fortalecimiento de la actividad durante el segundo semestre de 2016 y al estímulo fiscal previsto en Estados Unidos", añade el FMI, que advierte, sin embargo, de que a falta de conocer los detalles y orientación de las políticas bajo la dirección de Donald Trump, no será hasta la edición de abril del informe cuando habrá mayor claridad al respecto y sobre sus implicaciones para la economía mundial.

Paradójicamente, el FMI ha elevado su proyección sobre el crecimiento económico de Estados Unidos en 2017 y 2018 por los planes fiscales del presidente electo, aunque ha advertido que eso se verá contrarrestado en su mayor parte por un crecimiento más débil en mercados emergentes clave. Así, EEUU vería una leve mejoría de 0,1 punto porcentual en su PIB de 2017 y de un 0,4 punto porcentual en 2018, hasta un crecimiento del 2,3% y del 2,5%, respectivamente.

De hecho, durante la presentación de la actualización de previsiones del FMI, el economista jefe de la institución, Maurice Obstfeld, ha destacado el cambio apreciado durante la segunda mitad de 2016, con una mejor evolución de las economías de EEUU, China, Europa y Japón, aunque ha advertido de que "la incertidumbre ha aumentado" y existe una amplia dispersión de los riesgos para estas perspectivas en el corto plazo.

Así, el economista jefe del FMI ha apuntado que, a pesar de haber revisado moderadamente al alza sus pronósticos para EEUU, siguen sin estar claros los detalles de la futura legislación fiscal, así como el grado de incremento del gasto público o el impacto sobre la actividad y la demanda agregada, así como sobre el dólar y el déficit.

"Existe, de este modo, un rango más amplio de lo habitual de riesgos al alza y a la baja para estas previsiones", ha subrayado Obstfeld al hacer referencia a si la evolución de la economía estadounidense permite a la Reserva Federal un ritmo más moderado de subida de tipos o si el banco central estadounidense se ve obligado a actuar con mayor rapidez para contener la inflación, lo que provocará la apreciación del dólar, un menor crecimiento real y un aumento de las presiones presupuestarias.

"Este último escenario, con mayores desequilibrios globales, intensifica el riesgo de medidas proteccionistas y represalias, lo que implicaría un ritmo más rápido de lo previsto del endurecimiento de las condiciones financieras globales".

Por el momento, el FMI revisa al alza su previsión de crecimiento para EEUU, mientras que en el caso de la zona euro prevé que el crecimiento sea del 1,6% este año, frente al 1,5% anticipado anteriormente, mientras reitera que en 2018 la expansión será del 1,6%.

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¿Hay que culpar a la globalización?

Lun, 16/01/2017 - 17:01

Dean Baker, Sin Permiso

Aunque no podemos aceptar el racismo y la misoginia con que alimentó Donald Trump su victoria electoral, tenemos que reconocer que los votantes de clase obrera blanca que le dieron amplio apoyo tenían agravios reales. Han sido perdedores económicos durante las últimas cuatro décadas. Han visto estancarse sus salarios y las perspectivas a que se enfrentan sus hijos en el mercado laboral son sombrías. Sus cuitas vienen de políticas económicas que fueron diseñadas para redistribuir el ingreso hacia los de arriba. La globalización fue la más visible de esas políticas.

Entre los muchos mitos sobre la globalización, el peor es el que dice que la pérdida de un enorme volumen de puestos de trabajo en los EEUU (y en Europa) era inevitable. Puesto que el mundo en vías de desarrollo está lleno de trabajadores con salarios bajos, se dice, era imposible para los norteamericanos competir con ellos. Los economistas y los políticos que promueven esa opinión pueden conceder que el resultado es muy desafortunado para los trabajadores norteamericanos, pero insisten en que era inevitable. Se consuelan con los crecientes niveles de vida de los miles de millones de pobres del mundo en vías de desarrollo.

Es una visión de la historia de los últimos cuarenta años muy digerible para quienes no fueron sus víctimas. Pero es de todo punto falsa.

La globalización no tenia por qué seguir el curso que siguió. No había nada inevitable en los grandes déficits comerciales de los EEUU, que llegaron a un pico del 6% del PIB entre 2005 y 2006 (aproximadamente 1,1 billones anuales en dólares de la economía actual). Y no había nada inevitable en las pautas comerciales que resultaron de ese desequilibrio. Fueron decisiones políticas –no Dios, la naturaleza o la mano invisible— las que expusieron a los obreros industriales norteamericanos a la competencia directa con los obreros de salarios bajos en el mundo en vías de desarrollo. Quienes tomaban decisiones políticas pudieron haber expuesto a trabajadores superlativamente remunerados, como los médicos o los abogados, a esa misma competencia, pero un consenso bipartidista en el Congreso y los presidentes de ambos partidos eligieron protegerlos.

El primer supuesto sobre la globalización –que los EEUU necesitaban un robusto influjo neto de bienes— es fácilmente refutable. No teníamos que incurrir en grandes déficits comerciales con el mundo en vías de desarrollo para disfrutar de las ventajas del comercio. Ni eran nuestros déficits comerciales una condición necesaria para la mejora de la suerte de los pobres del mundo.

En realidad, la teoría económica sugiere lo contrario. Los países en vías de desarrollo se supone que incurren en grandes déficits comerciales con los países ricos. En los países ricos el capital es relativamente abundante, de modo que consigue tasas de retorno muy bajas. En cambio, en los países pobres el capital es relativamente escaso, de modo que consigue una alta tasa de retornos. Este argumento de manual implica que los inversores en los EEUU harían bien prestando dinero a los países en vías de desarrollo para ayudar a financiar su desarrollo.

El flujo de capital procedente de los países ricos podría financiar un déficit comercial de los países en vías de desarrollo, lo que permitiría a éstos mejorar sus niveles de vida importando bienes de consumo al tiempo que construyen infraestructura y forman stocks de capital. En la teoría económica dominante, el problema de los países en vías de desarrollo es la escasez de bienes y servicios. Así, se beneficiarían de una situación que les permitiría comprar más de lo que venden.

Sin embargo, muchos “expertos” sostienen que el principal problema del mundo en vías de desarrollo radica en encontrar quién compre sus productos. Esta perspectiva invertida revela la corrupción de nuestros debates políticos. Estos observadores vuelven del revés las enseñanzas de la teoría económica corriente sugiriendo que el problema económico principal a que se enfrenta el mundo en vías de desarrollo es el de una falta de demanda de sus bienes y servicios. Puede que algunos consideren el modelo del manual de economía como meramente hipotético. No lo es. En el Este asiático de los 90, hasta la crisis financiera de 1997, los países crecían rápidamente mientras incurrían en grandes déficits comerciales. Aunque el crecimiento y la reducción de la pobreza en la región han sido presentados como el beneficio que compensa los sufrimientos de la clase obrera en los EEUU y otros países ricos, lo cierto es que los Estados del Este asiático crecieron más rápidamente en los años en que incurrieron en déficits comerciales. De hecho, si los países del Este asiático hubieran conseguido mantener su tasa de crecimiento anterior a la crisis, dos de ellos, Malaysia y Corea del Sur, serían ahora más ricos en términos per capita que los EEUU. Aunque los desequilibrios fueron creciendo antes de la crisis, y aunque los déficits comerciales fueron probablemente demasiado grandes, eso no es razón para sostener que un patrón de crecimiento fundado en la inversión exterior no habría podido resultar sostenible.

Las condiciones del rescate de 1997, diseñado por la administración Clinton y operado por el FMI, convirtió a los países en desarrollo de la región en prestamistas netos de capital, invirtiendo la dirección de los flujos de capital anteriores al período de crisis. Esa fue una elección conscientemente política que tuvo efectos desastrosos para amplios segmentos de la fuerza de trabajo estadounidense. El rescate podría haber incluido una substancial condonación de la deuda, lo que habría permitido a los países del Este asiático seguir financiando con préstamos su desarrollo. Pero la administración Clinton insistió en la total devolución de la deuda para proteger a los bancos y a otros prestamistas de sus errores, lo que forzó a aquellos países a incrementar masivamente sus exportaciones a fin de poder pagar su deuda.

Pero no son sólo el volumen y la dirección de los flujos comerciales lo que revela su naturaleza política. Un segundo supuesto de la habitual narrativa sobre la globalización tiene que ver con el contenido de esos flujos. Los acuerdos comerciales negociados por las administraciones de los dos partidos fueron concebidos para permitir que las grandes compañías norteamericanas pudieran producir bienes en los países en vías de desarrollo y repatriar el producto a los EEUU con mínimas restricciones. Esta opción política ponía a los trabajadores industriales norteamericanos en directa competición con los trabajadores inferiormente pagados del mundo en vías de desarrollo. Nuestra economía, en conjunto, puede ganar con un acceso a los bienes de bajo costo fabricados en el mundo en vías de desarrollo, pero un resultado predecible y ya real de esta pauta comercial es la pérdida de puestos de trabajo industriales en los EEUU y la presión a la baja sobre los salarios de sus trabajadores menos calificados en general.

Había otras opciones, y sigue habiéndolas. Así como podemos ahorrar dinero en zapatos y camisetas comprando productos hechos en China, también podríamos ahorrar en facturas médicas y honorarios de abogados, si permitiéramos que médicos, abogados y otros profesionales de bajos honorarios pudieran practicar en los EEUU.

El caso es que no se ha hecho nada en esta era de liberalización comercial para reducir las barreras que protegen a nuestros profesionales mejor pagados. Es ilegal la práctica de la medicina en los EEUU, a menos que se haya completado un programa de residencia en EEUU o en Canadá. (El número de admitidos en esos programas está estrictamente limitado, con sólo una pequeña fracción abierta a médicos educados en el extranjero.) Los dentistas tienen prohibida la práctica en los EEUU, a menos que se hayan licenciado en una escuela odontológica de los EEUU; la única excepción son los licenciados en escuelas canadienses.

Es absurdo creer que la única vía para llegar a ser un profesional competente es completar un programa de residencia en los EEUU. Si aplicáramos nuestros principios librecambistas a los servicios médicos y odontológicos, así como al trabajo de otros profesionales muy bien pagados, estableceríamos un sistema internacional de acreditaciones que permitiría a los profesionales extranjeros entrenarse y practicar conforme a nuestros criterios en los EEUU. Y no se trata de una fantasía absurda. Trabajadores capaces en esos campos están ya colaborando a lo largo y ancho del planeta; los huesos, los dientes y los corazones en la India no son diferentes de los norteamericanos.

Los beneficios potenciales de un comercio más libre en esos servicios son enormes. El médico promedio de los EEUU gana más de 207.000 dólares la año, más del doble del promedio en otros países ricos. Si pagáramos a nuestros médicos lo mismo que Alemania, Canadá u otros sitios parecidos, ahorraríamos cerca de 100 mil millones de dólares al año, casi 700 dólares por familia norteamericana. Si abriéramos a la competencia internacional otras profesiones superiormente pagadas, los beneficios serían todavía mayores. Algunos objetarán que eso arrebataría a los pobres del mundo a los mejores y más brillantes, que irían a los EEUU. Pero esa “fuga de cerebros” podría compensarse con impuestos a los profesionales extranjeros y la repatriación esos impuestos a sus países de origen, que podrían usar ese dinero para educar y entrenar a dos o tres profesionales por cada uno que se hubiera ido a los EEUU. Este es el sistema de compensación a los perdedores que los propugnadores de los tratados de comercio alaban siempre prometiendo amplios beneficios para todo el mundo. En el caso de los EEUU, los programas compensatorios siempre han sido muy limitados.

Al generar el libre comercio ahorros en el trabajo de médicos, abogados, etc., podríamos también promover la igualdad, puesto que estos profesionales se sitúan en el vértice de la distribución del ingreso. Es importante recordar que el ingreso de los profesionales superiormente pagados representa un coste para todos los demás. Si podemos obtener sus servicios por menos, los niveles de vida del resto de la población crecerán. Rechazar ese camino es una forma de proteccionismo en beneficio de los comparativamente ricos profesionales norteamericanos.

Otros tipos de proteccionismo resultan también costosos para los norteamericanos. Por ejemplo: un eje capital de los últimos tratados de comercio ha sido la protección cada vez más robusta y cada vez más larga de las patentes y del copyright, con un foco especial puesto en la preservación de los monopolios fabricantes de fármacos de prescripción médica.

Incrementar el blindaje y la duración de las patentes y otras formas de protección se convirtió en el propósito central de la política comercial que inauguró la administración Clinton. La Casa Blanca insertó en el último minuto las cláusulas del TRIPS (Trade Related Aspects of Intellectual Property Rights) en las negociaciones de la Ronda de Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (de allí en adelante, Organización Mundial del Comercio). Todos los acuerdos de comercio posteriores han seguido extendiendo los derechos de propiedad intelectual (PI). Lo que típicamente hacen estas cláusulas PI es aumentar el coste de los artículos protegidos en muchos miles por ciento sobre el precio de libre mercado. Lo que resulta particularmente problemático en el caso de la prescripción de fármacos, porque aquí lo que está en juego son las vidas y la salud de la gente.

Con pocas excepciones, la producción de fármacos es barata. Eso significa que, en ausencia de patentes y otras protecciones por el estilo, no resultarían normalmente caras de comprar. El fármaco para la hepatitis C, Sovaldi, ofrece un ejemplo excelente. Tres meses de administración de una versión genérica de alta calidad cuesta en la India 900 dólares. Su precio en los EEUU es de 84.000 dólares. Lo que equivale a un arancel de más del 40.000 por ciento. Este enorme hiato abierto entre los precios protegidos por patentes y los precios de libre mercado estimula el abuso y la corrupción, tal como predice la teoría económica. Las empresas tienen poderosos incentivos mantener la patente sobre sus fármacos tanto tiempo como les sea posible. También tienen incentivos para ocultar pruebas de que su fármaco es menos efectivo de lo que declaran o de que podría resultar incluso dañino. Es raro que transcurra un mes sin que estalle un escándalo de esta naturaleza en la industria farmacéutica.

Los pretendidos beneficios de una protección robusta y duradera con patentes farmacéuticas están completamente exagerados. Por ejemplo, la idea de que así conseguimos mejores fármacos, porque la protección ofrecida por las patentes pagaría el elevado costo de la investigación, es de rodo punto erróneo. Mecanismos alternativos serían con casi total certeza más eficientes. El Estado podría avanzar fondos para la investigación y poner los descubrimientos en el dominio público. Ya gasta 32 mil millones de dólares al año para financiar la investigación biomédica a través del Instituto Nacional de la Salud. Esa financiación podría doblarse o triplicarse, a fin de pagar el desarrollo y la comprobación experimental de nuevos fármacos, y recuperarse fácilmente con los ahorros conseguidos gracias la venta a precios de libre mercado. En 2016, los EEUU gastaron más de 430 mil millones de dólares en fármacos de prescripción médica. Más del 80% de ese coste se habría ahorrado en ausencia de patentes y protecciones similares.

La insistencia en patentes más robustas y más largas y en protecciones del copyright no sólo impone costes económicos a los norteamericanos y a nuestros socios comerciales, sino que debilita todavía más la posición de los trabajadores industriales en los EEUU. La cosa es sencilla. Si nuestros socios comerciales pagan más a Pfizer, Merck y Microsoft, entonces tienen menos dinero para comprar bienes producidos en los EEUU. En efecto, un gran influjo de dinero para la propiedad intelectual implica un mayor déficit comercial en los bienes manufacturados. Eso no es libre comercio. Es elegir ganadores y perdedores. Y pésima noticia para el grueso de la fuerza de trabajo estadounidense.

En suma: casi todas las historias que se cuentan sobre la globalización como un proceso natural y necesario son falsas. Los EEUU no necesitan incurrir en déficit comercial, grande o pequeño, con el mundo en vías de desarrollo. Y esos déficit comerciales no son condición necesaria para reducir la pobreza allí.

Si la globalización, tal y como actualmente transcurre, no estaba predeterminada, tampoco fue un accidente. La exposición de los trabajadores industriales norteamericanos a la competencia internacional con trabajadores extranjeros de bajos salarios fue el resultado de decisiones políticas tomadas por mandatarios que sabían perfectamente que sus decisiones resultarían en salarios más bajos para los norteamericanos.

Acabar con el proteccionismo para los profesionales superiormente pagados y para la propiedad intelectual ayudaría a revertir la redistribución de ingresos hacia arriba acontecida en las últimas cuatro décadas, pero no sería suficiente por sí sola. También es necesario atacar al sobredimensionado sector financiero y sus excesivas remuneraciones, restituir una ahora quebrada estructura de gobernanza empresarial que permita que los altos ejecutivos tengan ingresos como los ejecutivos extranjeros y repensar la política macroeconómica que ha sacrificado el empleo en el altar de la baja inflación. De estas cosas me ocupo más a fondo en último libro: Rigged [Fraudulento].

Elegí este título aceptando una recomendación, y vale tanto para la globalización como para otras materias preocupantes. Porque si el propósito de la globalización era el de redistribuir el ingreso a favor de los ricos norteamericanos, entonces el proceso al que hemos asistido en estas últimas décadas tiene pleno sentido. Pero si el objetivo era promover la justicia económica o maximizar el crecimiento, entonces la globalización debería tomar una senda diferente.

Como cuestión práctica, la política comercial está ampliamente dominada por los grupos de interés formados para beneficiarse de ella, como los industriales que buscan mano de obra barata en el mundo en vías de desarrollo. Han hecho camino en muy buena medida envolviendo su agenda con la ideología del libre comercio, ideología que las gentes más instruidas –políticos, economistas y periodistas— creen tener que apoyar. Para algunos de ellos, promover el llamado libre comercio se ha convertido en un ejercicio de cinismo. Pero el grueso de los norteamericanos instruidos apoya esta senda de la globalización, porque llegó a convencerse de que beneficiaba realmente a la gente en el mundo en vías de desarrollo y, como en mi caso, porque la dictaban las leyes de la teoría económica. Ni que decir tiene que estas gentes más instruidas se contaban generalmente entre los beneficiarios de esa política

Pero podemos diseñar sendas de globalización que beneficien al mundo en vías de desarrollo por lo menos tanto como la presente, impidiendo en cambio la redistribución hacia arriba en los EEUU y en otros países ricos. La cuestión es si los votantes instruidos ignorarán la realidad y continuarán dando ciegamente su apoyo a la actual política, o si se abrirán a una senda más inclusiva en materia de comercio y globalización.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización