Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger5389125
Actualizado: fai 21 horas 16 min

El neoliberalismo y su negación del cambio climático

Mar, 24/03/2015 - 13:38
Vicenç Navarro, Attac

Uno de los acontecimientos que están afectando más notablemente el bienestar de las poblaciones hoy en el mundo es el cambio climático, una situación que ha sido creada por intervención humana. La evidencia científica de que esto es así es abrumadora, lo cual no es obstáculo para que las fuerzas neoliberales —muchas de ellas son las mismas que niegan que la Gran Recesión ha sido causada por la imposición de sus políticas económicas neoliberales— nieguen que estamos en medio de un cambio climático y/o que este haya sido resultado de la acción humana en su búsqueda sin límites de la optimización de los intereses económicos y financieros de las grandes empresas transnacionales a nivel mundial.

Una de estas fuerzas políticas es el Partido Libertario de EEUU, hoy muy influyente en el movimiento de ultraderecha estadounidense, el Tea Party, a su vez muy exitoso en la configuración de muchas de las políticas públicas más retrógradas del Partido Republicano de aquel país, partido que controla hoy el Senado y la Cámara Baja del Gobierno Federal de EEUU. Su negativismo y completa impermeabilidad a la evidencia científica está alcanzando niveles altamente preocupantes. Y debido a las grandes cajas de resonancia que le ofrecen los mayores medios de información controlados o próximos a aquellos intereses económicos y financieros transnacionales, esta visión se está extendiendo en EEUU. Uno de los casos más conocidos es Florida, uno de los Estados donde hay mayor influencia de la cultura hispánica debido en gran parte a la comunidad cubana procedente del exilio.

En la parte sur de Florida el nivel del mar crecerá en las próximas décadas 0.6 metros, creando grandes inundaciones, con un coste que se calcula puede alcanzar miles de millones de dólares. Miami es una de las ciudades más afectadas en esta nueva situación. A pesar de ello, la respuesta del Partido Republicano gobernante en ese Estado ha sido no solo ignorar este peligro, sino también negar un cambio climático. Según el Florida Center for Investigative Reporting, el gobernador republicano Rick Scott ha desalentado a los empleados del Departamento de Protección Ambiental de su gobierno que utilicen en los informes expresiones como “cambio climático” o “global warming” (calentamiento global), pues las consideran alarmistas. El que fue jefe de la Oficina Legal de tal departamento en un gobierno anterior, el Sr. Christopher Byrd, ha denunciado esta censura, que se está generalizando en otros Estados también. El Estado de Carolina del Norte, con dominio conservador neoliberal de su cámara legislativa (muy influenciada por intereses inmobiliarios) ha pasado una ley que prohíbe que se haga referencia en cualquier documento oficial del Estado al aumento del nivel del mar en las zonas costeras, y ello a pesar de que una Comisión sobre Recursos en las Zonas Costeras (perteneciente al propio Estado) ha predicho un aumento de 1 metro (para el final de este siglo) en tales zonas.

El fanatismo de los negacionistasY este negativismo ha alcanzado unos niveles de carácter casi religioso. Existe una campaña, liderada por el movimiento libertario y su Tea Party, de que los Estados pasen leyes que prohíban referencias en los libros de texto de las escuelas al cambio climático y al impacto que las actividades humanas tienen en tal cambio. El Estado de Carolina del Sur ha aprobado una norma en este sentido. En otros Estados, como en Kentucky y en Virginia del Norte, los gobernadores intentaron aplicar normas semejantes, que tuvieron que retirar como consecuencia de una protesta popular generalizada (ver Zoe Carpenter “Conservatives Have a Plan for Climate Change: Pretend it Doesn’t Exist”, The Nation).

Es interesante señalar que en muchos de estos Estados ha habido movilizaciones populares de protesta frente a este negativismo y pasividad de las autoridades públicas frente al impacto negativo del cambio climático, exigiéndole que tomen medidas para prevenir o disminuir el daño, cosa que ha puesto a la defensiva a tales fuerzas reaccionarias, que han tenido que adoptar unas posturas menos negativistas y más escépticas, señalando que “la evidencia científica existente no es todavía concluyente”, frase utilizada por la dirección del Partido Republicano en el Congreso y en el Senado de EEUU. Tanto el dirigente republicano en el Senado Mitch McConnell, como el dirigente en la Cámara Baja John Boehner, han cambiado su discurso pasando de una oposición con negativa frontal a un escepticismo más elaborado, sin cambiar, sin embargo, su oposición a las propuestas legislativas que podrían disminuir el daño causado por tal efecto.

En España, incluyendo en Catalunya, nos encontramos con una situación que, aun cuando es distinta a la de EEUU, tiene, sin embargo, elementos comunes. Los mismos portavoces neoliberales que tienen gran prominencia en los fórums económicos de los medios privados y públicos de información y persuasión, como TV3 y Catalunya Ràdio, se han opuesto a las tesis ambientalistas de cambio climático, negando que, incluso en caso de que tal cambio existiera, este habría sido causado por intervenciones humanas, rechazando que las grandes empresas petrolíferas, por ejemplo, entre otras, hayan contribuido al deterioro climático.

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Una guerra de divisas global y generalizada

Lun, 23/03/2015 - 12:37
La guerra de divisas iniciada el año 2010 se ha generalizado en toda la regla, pese a ser una batalla en la que nadie gana. Esto no hace más que confirmar el desorden monetario y la nulidad del sistema financiero internacional generados por políticas macroeconómicas que son débiles e ineficaces. En la actualidad, más de 25 países se encuentran corriendo una escalada devaluatoria y una reducción constante de sus tasas de interés para mejorar la competitividad mediante el hundimiento de su moneda. En esta lucha, Mario Draghi ha tenido un gran éxito al lograr que la moneda única se haya devaluado un 24 por ciento frente al dólar en 12 meses. Esto se conoce como "impulsar la competitividad".

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El banco chino que sepulta Bretton Woods

Dom, 22/03/2015 - 13:33
Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

Los grandes del planeta –Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia– se pelean el apoyo de China, la cual puede definir el rumbo de las alianzas geoeconómicas globales. Lo militar y las geofinanzas son otro asunto.

El mismo día del anuncio del acuerdo de Minsk-2 (http://goo.gl/MVfqi3), Obama invitó al mandarín Xi a una visita oficial a la Casa Blanca en septiembre.

Por lo pronto, Xi asistirá el 9 de mayo en Moscú al aniversario 70 de la victoria de la Gran Guerra Patriótica, lo cual será reciprocado por el zar Vlady Putin con una visita a China a finales del año para conmemorar el triunfo de la guerra antifascista (http://goo.gl/No8HNb).

Por cierto, durante el relevante quinto Congreso Científico de la Vanguardia Internacional –coordinado por la UAM–, celebrado en el Palacio Legislativo de Toluca, estado de México, en una charla privada con Konstantin Sivkov, presidente de la Academia de Asuntos Geopolíticos de Moscú, le inquirí cuál había sido la razón de la ausencia notable del presidente Putin durante 10 días; me confió que se debió a una misión especial del manejo militar en el mar de Barents (el Ártico ruso).

Tampoco hay que perder de vista las trascendentales cumbres tanto del Grupo de Shanghai como del BRICS en la ciudad rusa de Ufá el próximo julio, lo cual denota un asombroso reacomodo de los realineamientos en medio de la fractura global y su caos concomitante.

A mi juicio, existen tres polos que subsisten como fractales (zonas de orden dentro del caos) que probablemente constituyan el nuevo orden tripolar: Estados Unidos, Rusia y China.

En la hipercomplejidad no-lineal del nuevo orden multipolar, dentro de la que destaca la tripolaridad citada, se generan en forma simultánea fuerzas centrípetas y centrífugas, desde el punto de vista multidimensional.

Un grave error de juicio sería sucumbir al reduccionismo simplista unidimensional: sea financierista, sea economicista, sea militarista, sea tecnicista.

Será la suma y resta de todos los vectores de la multidimensionalidad los que definirán los ascensos y declives del nuevo orden multipolar/tripolar cuando los intercambios y/o interrupciones se gestan en sus respectivos niveles (multilayered): a veces verticales y otras horizontales, y hasta diagonales.

La estructura multidimensional de la multipolaridad/tripolaridad será, o ya es, más geométrica, de corte holístico, que aritmética.

En este realineamiento global destaca la asombrosa adhesión de Gran Bretaña (GB) –apodada la pérfida Albión por defender más sus intereses que sus principios– al flamante Banco de Inversiones e Infraestructura de Asia (AIIB, por sus siglas en inglés) encabezado por China con 49 por ciento de las acciones y un capital inicial de 50 mil millones de dólares que rivalizará con el Banco Mundial, con sede en Washington, que lidera EEUU.

Luego de la traición de GB a su supuesto aliado especial estadunidense con su sonora participación al AIIB –que invertirá 8 billones de dólares en los próximos 10 años– otras tres principales economías de la UE –Alemania, Francia e Italia– se sumaron al banco encabezado por China, al unísono de dos paraísos fiscales financieristas: Suiza y Luxemburgo.

Hasta el tóxico neoliberal israelí-británico, Gideon Rachman, muy cercano a los banqueros Rothschild y a su presunto hombre de paja George Soros, alabó en forma ditirámbica la adhesión de GB y despotricó contra EU que se volverá “más aislado y petulante (http://goo.gl/yYBxQl)”.

La relevante adhesión del núcleo geoeconómico europeo al AIIB coloca un clavo más en el féretro de los organismos internacionales creados en Bretton Woods hace 71 años.

A los pocos días de la estampida europea por el seductor renminbi (divisa china), Henry Kissinger, a sus 91 años, visitó con urgencia al mandarín Xi, quizá para palpar el pulso de los políticos chinos, de quienes conoce bien la mentalidad desde el histórico viaje de Nixon en 1972 (http://goo.gl/JzMTKS).

China se posiciona como líder del trascendental banco AIIB y hasta se da el lujo, mediante su máxima agencia calificadora Dagong, de otorgar una elevada tasa de inversiones A- al exorcizado banco ruso Gazprombank (http://goo.gl/cZVw3t), lo cual colisiona con las facciosas cuan descalificadas calificadoras anglosajonas –S&P, Moody’s y Fitch– y encapsula las sanciones económicas y financieras de “Occidente (whatever that means)”.

Como se dice en inglés, el AIIB constituye un genuino game changer, algo así como un punto de inflexión muy significativo en la geoeconomía global, lo cual no se le escapa al editorial chino de Global Times que lo considera como la “encarnación de nuevas relaciones mayores de poder (http://goo.gl/kalZO0)”. Se trata también de un enorme triunfo de la diplomacia china, lo cual festeja el rotativo oficial chino People’s Daily (http://goo.gl/pSfPlC) cuando el AIIB ha superado la resistencia de EU y demuestra que Washington carece de la habilidad para contener el ascenso de China. Bajo la directriz milenaria de la geoestrategia de Sun Tzu del siglo V aC y en el más puro sarcasmo sutil del pragmatismo chino, Global Times, en medio de su apoteosis geoeconómica, invita en forma magnánima a EU a formar parte de su banco en lugar de que lo combata con una mentalidad geopolítica. China no busca la confrontación con Estados Unidos y mantiene los canales abiertos, por lo que Global Times admite que las ventajas de EU radican primordialmente en su poder militar y su poder retórico (léase: sus desinformativos multimedia).

Aduce que tanto el sistema de guerra convencional como los inmensos arsenales nucleares de Estados Unidos le infunden una “estratégica persuasión (nota: el ominoso deterrence o disuasión mediante el terror) a escala global”.

En cuanto a su poder retórico, los multimedia de Estados Unidos tienen la habilidad de infiltrar (¡supersic!) los valores y conceptos en el mundo y constituyen un medio para mantener la influencia de los valores estadounidenses. ¿Hasta cuando?

A juicio del Global Times, el problema con EEUU es que no se puede discutir con ellos a escala política por lo que no solamente la sociedad estadounidense se considera como el líder global sino que EU también se ha desacostumbrado a cualquier desafío en los principales sectores.

El rotativo chino juzga que, pese a todo, EEUU no puede prevenir la diversidad y la innovación que emerge en otras partes del mundo y sustenta que intentar liberarse del dominio de EEUU o superarle no significa un escenario de confrontación.

El editorial considera que algún tipo de competencia le hará sentirse incómodo y la definirá como un desafío. Eso se llama paranoia política.

El AIIB resquebraja la contención de EU, lo cual significa que no puede resistir todo lo que le disgusta, cuando es bienvenido por la mayor parte de otros países, tomando en cuenta que dicho banco no desafía el poder militar de EU y que sus multimedia tampoco podrán seguir injuriando por mucho tiempo.

¿Estará madura la mentalidad intoxicada cuan infatuada de EEUU para admitir su declive global, sin recurrir a una tercera guerra mundial, que sería nuclear y que tampoco ganaría?

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El caos sistémico se instala en Sudamérica

Sáb, 21/03/2015 - 07:00
Raúl Zibechi, La Jornada

Propongo entender la coyuntura por la que atraviesa Sudamérica como el ingreso de la región en la situación de caos sistémico que atraviesa el mundo. Postulo que las manifestaciones del pasado fin de semana en algunas grandes ciudades de Brasil y el acoso interno y externo que sufre el gobierno de Venezuela encarnan un salto cualitativo en esa dirección, en la que se despliegan cuatro grandes fuerzas cuyas fricciones y choques conforman una situación de creciente caos.

La primera frase del informe Tendencias globales hacia 2030, emitido por el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos en 2012, destaca que en 2030 el mundo habrá sufrido cambios radicales y que ningún país ostentará la hegemonía global. El quinto informe de la agencia concluye que el poder se ha desplazado hacia el este y el sur y que el espacio económico y estratégico asiático habrá superado al de Europa y Estados Unidos juntos. Estamos en plena transición hacia ese mundo.

Con base en esa previsión, las élites estadunidenses se aferran al análisis de su principal geoestratega, Nicholas Spykman. Más de la mitad de su obra America’s strategy in world politics, publicada en 1942, está dedicada al papel que debe jugar la potencia en América Latina, y en particular, en Sudamérica. Como bien lo recuerda el cientista político brasileño José Luis Fiori, la clave es la separación de una América Latina mediterránea del resto, que incluye México, Centroamérica, el Caribe, Colombia y Venezuela, como una zona donde la supremacía de Estados Unidos no puede ser cuestionada, un mar cerrado cuyas llaves pertenecen a Washington.

El resto de Sudamérica, los países fuera de la zona de su inmediata hegemonía, tienen un trato sólo parcialmente diferente. Spykman plantea que si los grandes estados del sur (Argentina, Brasil y Chile) se unieran para contrabalancear la hegemonía estadunidense, se les debe responder mediante la guerra. Fiori se lamenta de que los países de la región, y particularmente Brasil, no tengan esto tan claro como la superpotencia ( Valor, 29/1/14). La hegemonía estadunidense, en ambas zonas, está siendo socavada por tres fuerzas: China, los gobiernos progresistas y los movimientos populares. En conjunto, tenemos cuatro fuerzas en disputa cuya colisión definirá el escenario latinoamericano por largo tiempo. De algún modo, representan los papeles que tuvieron españoles (y portugueses), ingleses, criollos y sectores populares durante las independencias.

La primera de esas fuerzas, Estados Unidos, cuenta con poder militar, económico y diplomático, además de aliados poderosos, como para desestabilizar a quienes se le opongan. Ciertamente, ya no tiene un poder casi absoluto como el que le permitió encadenar golpes de Estado para disciplinar la región a su antojo en los años 60 y 70.

La segunda fuerza, China, está desplegando básicamente poder económico y financiero. Ha realizado fuertes inversiones en Venezuela, Argentina y Ecuador, mantiene relaciones importantes con Brasil y Cuba, y adelanta proyectos arriesgados (para Estados Unidos) como el canal de Nicaragua, que competirá con el de Panamá. El primer Foro China-CELAC, celebrado en enero en Pekín, es una muestra del avance de las relaciones chinas con América Latina y anuncia que este proceso no se va a detener.

La tercera fuerza, los gobiernos progresistas, es la más vacilante y contradictoria. Por un lado, se apoyan en los países emergentes, sobre todo China, y en menor medida Rusia. Por otro lado, se apoyan en el modelo extractivo, que implica alianza con China (y otros), pero, sobre todo, es un modo de acumulación que fortalece a las derechas y a las burguesías, así como el modelo industrial fortalecía a trabajadores, sindicatos y partidos de izquierda.

El rentismo petrolero venezolano necesita de intermediarios separados de los trabajadores, sean gestores, administradores o militares. Brasil es un buen ejemplo. El extractivismo minero/soyero/inmobiliario debilita a los movimientos, le da más poder y fuerza a las multinacionales y a los especu­ladores urbanos, a tal punto que sus más conspicuos representantes están en el gabinete de Dilma Rousseff. Continuar con el modelo extractivo es un suicidio político. Polariza a la sociedad y aleja a los sectores populares de las izquierdas. No genera corrupción: es corrupción, porque se basa en el despojo de campesinos y pobres urbanos.

Para la cuarta fuerza, los sectores populares organizados que son el eje de este análisis, el extractivismo/acumulación por despojo/cuarta guerra mundial es una agresión permanente a sus modos de vida y sobrevivencia. La gran novedad de los dos últimos años es que progresivamente se están autonomizando de los gobiernos progresistas, en gran medida a consecuencia del modelo imperante, que los condena a ser dependientes de las políticas sociales, afectando su dignidad.

Esas políticas están perdiendo su capacidad de disciplinar, como quedó demostrado en Brasil en junio de 2013 y cada vez más en toda la región. Los nuevos-nuevos movimientos que están emergiendo, sumados a los viejos movimientos que han sido capaces de reinventarse para seguir en la pelea, están reconfigurando el mapa de las luchas sociales.

Si los gobiernos progresistas persisten en su alianza con los emergentes y con franjas de las burguesías de cada país, seguirán ensanchando la brecha que los separa de los sectores populares organizados. Los movimientos de los de abajo son la única fuerza capaz de derrotar el actual ascenso de las derechas y la injerencia estadunidense.

Así como el ciclo de luchas de finales de los 90 y comienzos de 2000 deslegitimó el modelo neoliberal, sólo un nuevo ciclo de luchas puede volver a modificar la relación de fuerzas en la región. Como demuestra el caso de Brasil luego de junio de 2013, los gobiernos progresistas se muestran temerosos de los movimientos autónomos y prefieren tejer alianzas con los poderes conservadores.

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Grecia y lo que no se dice de su gasto militar

Ven, 20/03/2015 - 22:00
Mientras Grecia ha sido forzada a aplicar recortes masivos en los salarios, las pensiones y el gasto público, las presiones de la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo para que no retarde sus pagos a los proveedores de armamentos, está conduciendo al país a un empobrecimiento sistemático. Grecia es el país que más gasta en armas en Europa y durante décadas su gasto militar fue el segundo más alto de la OTAN (solo detrás de Estados Unidos). Desde la crisis que estalló en 2008 el presupuesto en defensa se ha reducido de los 7.500 millones de euros de 2009, a 5.500 millones de euros en 2014, cuando la relación gasto militar/PIB se redujo al 2,3 por ciento (ver gráfica) y Grecia, por primera vez, ocupó el tercer lugar en gasto militar tras Estados Unidos y el Reino Unido.

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Ibn Jaldún y la democracia desde abajo

Xov, 19/03/2015 - 14:52
Antoni Aguiló, El Diario

¿Por qué Bin Laden resulta un nombre tan popular en Occidente mientras que los nombres y contribuciones de figuras clave del mundo árabe apenas se conocen? ¿Por qué los cánones académicos dominantes marginan a sociólogos como Ibn Jaldún, de cuya muerte se cumplen estos días 609 años? ¿Qué aportaciones hizo para construir democracias desde abajo más allá de los lenguajes y narrativas políticas occidentales?

A pesar de la distancia histórica y cultural que nos separa de Ibn Jaldún, su pensamiento merece ser rescatado y resignificado no sólo con el propósito de reivindicar su papel en el desarrollo inicial de la sociología, la historia y la economía en Occidente, sino para ponerlo al servicio de las luchas por la diversidad democrática en un contexto que a escala global busca homogenizar la democracia y neutralizar aquellas manifestaciones que no se ajustan a las pautas de la ortodoxia política liberal. En este sentido, las ideas políticas de Ibn Jaldún siguen siendo una herramienta útil para desarrollar perspectivas inscritas en el horizonte de una nueva cultura política regida por la “demodiversidad” de la que hablan Boaventura de Sousa y Leonardo Avritzer: “La coexistencia pacífica o conflictiva de diferentes modelos y prácticas democráticas”.

Reconstruir la democracia sobre la base de la demodiversidad es uno de los desafíos éticos y políticos más urgentes de nuestro tiempo. En las últimas décadas el proyecto neoliberal ha generado un empobrecimiento democrático basado en la hegemonía mundial de una democracia representativa, partidocrática, mercantilizada, patriarcal, vacía de contenido y saturada de corrupción, fuera de la cual, sostienen los interesados en su predominio, sólo existen el populismo y la ingobernabilidad. Frente a este reduccionismo, el fortalecimiento social e institucional de la demodiversidad implicaría varios aspectos, como la ampliación de nuestros marcos conceptuales para incorporar diversas formas, lenguajes y experiencias democráticas; la apertura de nuestros criterios normativos a múltiples historias y tradiciones de pensamiento democrático marginadas e invisibilizadas; y el combate del eurocentrismo en las ciencias sociales y humanas, expresado en discursos de inspiración colonial (a lo Fukuyama sobre el “fin de la historia”), que presentan la democracia como un valor exclusivo y originario de Occidente.

La asabiya documentada en el siglo XIV por Ibn Jaldún en referencia a las poblaciones nómadas del Magreb constituye el núcleo de su aportación al enriquecimiento de las formas democráticas de participación. Aunque no hay una traducción literal del término, designa una práctica sociocultural de acción colectiva y solidaria ejercida en el marco de las actividades de la comunidad, por lo que desde categorías occidentales se ha interpretado como solidaridad grupal, espíritu comunitario o cohesión social basada en la consanguinidad y el parentesco. Para Ibn Jaldún, los pueblos organizados política y socialmente en estructuras tribales demuestran una práctica más auténtica de la asabiya. Aunque no todos la desarrollan necesariamente ni en la misma medida, como escribe en la Muqaddimah: “Mediante la solidaridad de la asabiya los seres humanos logran su defensa, su resistencia, sus reclamaciones y la realización de todo proyecto en pro del cual encauza sus fuerzas unidas”. Así, en cuanto fuerza que impulsa y cohesiona una comunidad política, se establece un lazo indisoluble entre la asabiya y el ejercicio de la soberanía popular como construcción colectiva de la autonomía.

Aunque la asabiya alude al espíritu comunitario que Ibn Jaldún detecta en las poblaciones beduinas del desierto, se trata de un concepto que va más allá de sus expresiones locales de política y comunidad capaz de contribuir a la ampliación del reducido canon democrático construido en torno a la democracia liberal. El propio Ibn Jaldún advierte que no constituye una particularidad exclusivamente nómada ni basada sólo en lazos de sangre: “El verdadero parentesco consiste en esa unión de los corazones que hace valer los lazos sanguíneos y que impele a los seres humanos a la solidaridad; exceptuada esa virtud, el parentesco no es más que una cosa prescindible, un valor imaginario, carente de realidad”. Así, una causa social o política que suma esfuerzos y voluntades puede activar el potencial de la asabiya para construir alianzas independientemente de las relaciones de consanguinidad.

Resignificar la democracia desde la asabiya permite visibilizar racionalidades y prácticas políticas que apuestan por el significado radical de la democracia como poder popular. En efecto, la teoría democrática convencional concibe la democracia como un sistema de gobierno en el que la mayoría elige a sus representantes, a quienes les es conferido el poder del pueblo. Aunque reconoce que el pueblo es el titular legítimo del poder, este se ejerce de manera elitista y sin el pueblo. Por el contrario, la asabiya permite profundizar y extender el ejercicio de la democracia radical dando cuenta de la infinita diversidad y complejidad de formas de articulación del poder comunitario: el movimiento de mujeres kurdas en Kobane, organizadas solidariamente contra el Estado Islámico; los vecinos de Gamonal, unidos frente al despilfarro del gobierno municipal; las luchas de las travestis de São Paulo (y, en general, de Brasil), que se juegan la vida todos los días combatiendo en la calle el machismo y la violencia policial; el movimiento de víctimas y afectados por la tragedia química de Bhopal, que ha logrado unir a musulmanes e hindúes en lucha contra el Estado indio y la transnacional Dow Chemical, etc.

Ahora que la crisis ha hecho más evidente la farsa que supone la democracia liberal tal y como la conocemos, es tiempo de forjar nuevas asabiyas entre los pueblos y movimientos del Sur global como base de luchas por otras democracias: populares, radicales, comunitarias, directas, etc. El resquebrajamiento de la hegemonía neoliberal y de su partidocracia de mercado posibilita un proceso de apertura democrática con potencial emancipador. No se trata sólo de cuestionar una versión restringida de la democracia que desacredita las alternativas existentes, sino de aprovechar la ventana de oportunidad abierta para crear nuevas posibilidades políticas, nuevas gramáticas que incorporen formas de complementariedad entre las distintas formas de democracia, formas inéditas de relación entre el Estado y la sociedad, experiencias plurales de autogobierno, innovaciones institucionales y hábitos participativos más allá (y a pesar) de la cultura política liberal.

En este contexto, desde los parámetros eurocéntricos de la democracia liberal, la asabiya aparece como un fenómeno local o un residuo folklórico que nada aporta al discurso de la representación, la legitimidad de las urnas y el ejercicio del poder en pocas manos. Sin embargo, para los movimientos y tradiciones de pensamiento político que buscan ejercer el poder desde abajo, es una contribución esencial a los procesos de democratización basados en la radicalidad y la diversidad de la democracia. Hoy más que nunca ha llegado el momento de abrir el candado institucional de la democracia liberal. Por eso, lo más revolucionario que se puede hacer es sumarse al siempre largo y difícil proceso de lucha por otra democracia.

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Cuando se termina el súperciclo petrolero

Mér, 18/03/2015 - 14:22
Alejandro Nadal, La Jornada

Cada vez que un frente frío proveniente del Ártico avanza hacia el sur, mucha gente ve la prueba de que aquello del calentamiento global es un mito. Y algo parecido sucede con el desplome del precio internacional de petróleo. ¿Qué no es eso una prueba fehaciente de que aquello del cénit de la producción petrolera es otro mito?

En efecto, desde hace varios lustros se anuncia la llegada del cénit de la producción de petróleo. El fenómeno fue descrito a partir de una idea sencilla: el desarrollo de un yacimiento de petróleo sigue una curva que al principio es ascendente hasta alcanzar un máximo y después comienza a declinar a medida que la extracción de cada barril se hace más cara y la rentabilidad se anula. Si eso sucede en cualquier yacimiento, también sucederá con la producción mundial. A partir de diversos indicadores muchos análisis consideran que ya se alcanzó desde hace unos años el pico de la producción petrolera mundial.

En la idea ingenua sobre la operación de cualquier mercado, el fenómeno del cénit del petróleo debiera verse acompañado de un incremento de precios del petróleo. Sin embargo, desde el otoño de 2014 la economía mundial es testigo de un desplome del precio del petróleo. ¿No debiéramos estar presenciando al contrario, un aumento sostenido de dicho precio?

Durante el periodo 2011-2014 el precio internacional del crudo se mantuvo relativamente estable en una franja de entre 100 y 118 dólares por barril (para el petróleo tipo Brent, el referente en Europa). Muchos esperaban ver un incremento de precios que llevaría las cotizaciones por arriba de 180 dólares por barril. Pero hoy el precio se ha desplomado por debajo de los 45 dólares y se espera que permanezca en niveles cercanos durante varios meses (sino es que uno o dos años). ¿Qué es lo que está pasando?

El primer factor que es necesario considerar es que la demanda mundial de crudo ha sufrido una fuerte contracción. La economía europea permanece en un trance recesivo y eso se traduce en su débil demanda de petróleo. Las economías en Asia, especialmente Japón, han perdido dinamismo y, el gran motor de la economía china ha dejado de crecer al ritmo vertiginoso que venía mostrando desde los años noventa. De hecho, China ha inaugurado una nueva fase en la que sus tasas de crecimiento no rebasarán 7 por ciento. Aunque para la economía europea ese desempeño se antoja milagroso, para el gigante asiático es una reducción espectacular en el ritmo de expansión si lo comparamos con los últimos tres lustros.

Frente a este panorama sobresale una economía que es presentada sistemáticamente como en plena recuperación: Estados Unidos. Es cierto que su desempeño contrasta con el de la gran mayoría de las economías europeas, pero eso no es un gran signo de buen funcionamiento (sobre todo si tomamos en cuenta que Estados Unidos es una economía en la que las tasas de interés permanecen al nivel más bajo posible).

La otra parte de la historia es que existe un exceso de oferta de petróleo. Pero ¿no contradice esto el tema del cénit de la explotación petrolera? No, porque el exceso de oferta proviene de la producción de fuentes no convencionales: fractura hidráulica y arenas bituminosas (sobe todo en la provincia de Alberta, Canadá). Lo más notable en este sentido es la producción por fractura hidráulica que en Estados Unidos pasó de medio millón de barriles diarios en 2009 a 4 millones en 2014.

El exceso de oferta comenzó a afectar los precios en la segunda mitad de 2014 en buena medida porque la demanda de petróleo en Alemania y en China comenzó a debilitarse. Ante la caída del precio del crudo (de 115 dólares/barril a 80 dólares en unos meses de 2014), la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) decidió no hacer nada para detener el desplome de precios hasta su nivel actual.

Mucho se especula sobre los motivos de Arabia Saudita, principal actor en la OPEP, para mantener su nivel de producción. La razón es evidente: mantener una guerra de precios dirigida, fundamentalmente, en contra de los productores de petróleo por medio de fractura hidráulica de Estados Unidos. Por cierto, nadie pregunta por qué no recortan su producción los operadores estadunidenses. Y la respuesta es sencilla: porque no pueden hacerlo sin afectar su capacidad de pagar las altas cargas financieras que están detrás del auge del fracking.

En otras palabras, la caída en el precio del petróleo está más relacionada con una guerra de precios estándar que con una pretendida abundancia de petróleo. Conclusión: la tesis del cénit del crudo es válida, pero se aplica a la producción de los llamados yacimientos convencionales.

Por cierto, la próxima vez que llegue un agudo frente frío a las latitudes sureñas, recuerde usted que es muy probable que eso esté relacionado con un persistente aumento de temperaturas promedio en el Ártico. Así que si alguno insiste en pensar que no hay tal cosa como el calentamiento global, será bueno decírselo a los osos polares para tranquilizarlos.

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Estados Unidos presiona a Merkel para que Grecia no salga del euro

Mar, 17/03/2015 - 22:50
Aunque antes de la elección del gobierno de Syriza Alemania señalaba que la salida de Grecia del euro no era un problema, lo cierto es que la salida de Grecia del euro no deja de ser una pesadilla para Alemania, Europa..., y Estados Unidos. El nerviosismo se ha apoderado de los mercados y la volatilidad se ha acrecentado. La fuga de capitales y el desmayo bursátil no ha cesado mientras la cotización del euro respecto al yuan, el yen y el dólar se ha hundido. Si bien esto puede ser una "buena noticia" en el actual entorno de guerra de divisas, resulta insuficiente para reactivar la economía europea, una de las más deprimidas del mundo. En el actual entorno de guerra de divisas, el principal perdedor es el dólar de Estados Unidos. Y esta no es la única guerra que está perdiendo Estados Unidos.

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Las preocupaciones de una presidenta

Mar, 17/03/2015 - 13:31
Emir Sader, La Jornada

En el contexto del Foro por la Emancipación y la Igualdad –convocado y extraordinariamente organizado por la Secretaría de Cultura del gobierno de Argentina, dirigida por Ricardo Foster–, Cristina Fernández de Kirchner encontró un momento para recibirnos en la Casa Rosada.

Frente a la siempre renovada emoción de entrar en ese palacio gubernamental, nos encontramos con una reunión que celebraba la presidenta para unos cientos de muchachos, en plena Casa Rosada, después de firmar el aumento de las becas estudiantiles. Se oía, en los patios, su voz explicando el significado del acto que había recién firmado, en el marco de los días y meses tensos que vive el país.

En seguida, vino Cristina directamente a la sala en que escogió recibirnos. Después de saludarnos personalmente, uno a uno, explicó que era la sala de despachos de Evita, desde donde ella dirigió por última vez la palabra al pueblo, sala contigua a otra en la que Perón también dirigió por última vez sus palabras, momento este que Cristina, joven militante, alcanzó a presenciar. La sala de Evita, como suele ocurrir, tenía una vitrina con uno de sus vestidos y otras prendas personales de la gran líder argentina.

Acto seguido Cristina pasó a dirigirnos algunas palabras, que expresaron sus inquietudes, como militante y como presidenta de la República. Empezó precisamente por ubicarse como alguien del mundo de la modernidad, que encuentra dificultades para encontrar las explicaciones que necesitamos en un mundo de la posmodernidad.

Como es su estilo, fue directamente al tema: el momento del más grande viraje en la historia contemporánea, a su juicio, no fue la caída del muro de Berlín, sino la caída de las Torres Gemelas. Dejó claro que obviamente la caída del Muro cerraba el periodo de la modernidad, pero lo que habría introducido la posmodernidad fue la otra caída, la de las Torres Gemelas. Ilustró la dimensión del hecho en nuestras propias vidas de los dos fenómenos significativos. Dijo que se acordaba precisamente dónde y con quién estaba, cómo supo y cómo reaccionó a la caída de las Torres Gemelas. Pero, en comparación, no tenía idea de dónde estaba, con quién, de qué forma supo y cómo reaccionó a la caída del muro de Berlín.

Argumentó que se podría explicar incluso la caída del muro de Berlín con los argumentos de la modernidad –derecha/izquierda, capitalismo/socialismo, etcétera– aunque ello contradijera las expectativas que teníamos en la izquierda sobre esas mismas polarizaciones.

Pero los atentados terroristas que llevaron a la caída de las Torres Gemelas abrían un nuevo periodo, que introdujo las razones religiosas en la consecución de parte importante de los fenómenos que marcan lo que ella llama inicio de la posmodernidad.

Constató como otro elemento de la nueva etapa nuestra incapacidad para dar cuenta de fenómenos importantes de nuestro tiempo, especialmente la naturaleza de ese periodo. Cómo nos están faltando las grandes teorías que no sólo habían explicado los ciclos anteriores, sino que los habían anticipado y proyectado.

De manera audaz, pero no menos pertinente, Cristina dijo que no son los acontecimientos los que generan las ideas, sino que son las ideas las que propician nuevos grandes periodos históricos, apuntando hacia el futuro. La falta de estas teorías en la actualidad nos conduce, de alguna manera, a vuelos ciegos.

Lo que hacía Cristina frente a invitados sentados alrededor de la mesa con ella era preguntarnos –a gente como Noam Chomsky y Leonardo Boff, entre tantos otros–, como angustiosamente pidiendo que la ayudáramos a encontrar las brújulas que anteriormente las grandes interpretaciones teóricas habían sido para la militancia y para los gobernantes que se atrevían a asaltar al cielo.

En la situación privilegiada de una de las cuatro personas escogidas para hablar –las otras fueron Chomsky, Boff y una dirigente del grupo Sein Fein de Irlanda–, yo traté de invitarla a que viniera al foro que se realizaba en Buenos Aires, precisamente para interpelar a los intelectuales ahí presentes. Que si dejados a sí mismos los intelectuales tienden a interrogarse unos a otros, a elaborar teorías sobre teorías, ideas sobre ideas, de espaldas a la realidad concreta, y como es fundamental que los gobernantes que, como ella y otros en América del Sur hoy, se atreven a descifrar el futuro por la vía de gobiernos audaces, interpelen constantemente a los intelectuales, haciéndoles llegar sus preocupaciones, las cuestiones que la práctica de dirección política de nuestras sociedades ponen a los que asumen con coraje esas responsabilidades.

Cristina no pudo venir al foro, pero la misma reunión sirvió para hacernos llegar sus angustiosas preocupaciones, que ella, en sus trajines cotidianos, no tiene posibilidad de dedicar tiempo para su abordaje. Quedó la cuestión para los que tengamos sensibilidad y posibilidad de aportar para atender las preocupaciones de esa presidenta tan singular en su vigor, en su coraje, en su audacia, en su encanto como persona y como dirigente, que Argentina tiene el privilegio de disponer.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Dos mundos cada vez más divorciados

Lun, 16/03/2015 - 23:01
Roberto Savio, Alainet

El mundo se está dividiendo claramente en dos, que caminan cada uno por su cuenta y que podría llamarse la paradoja de Acapulco.

La imagen de Acapulco, en su versión oficial: un encantador enclave turístico de México, con paseos a caballo en las playas, un lugar privilegiado por la naturaleza y enriquecido por hermosas villas, lujosos restaurantes, un lugar para la felicidad y el relajamiento.

En cambio, en la versión de los lugareños es un paraje desgarrado por bandas criminales, con varios muertos diarios, donde los habitantes viven atemorizados e inseguros.

Del mismo modo, en la actualidad hay dos formas de ver la realidad. Una es el enfoque macroeconómico, el de las cifras globales. De acuerdo con este método, Grecia ha estado progresando, así como España, Italia y Portugal.

En esos países los datos macroeconómicos están mejorando. España es citada como ejemplo de un país que tragó la amarga píldora de la austeridad, pero ahora está creciendo a la par de Alemania.

Al hablar con los jóvenes, que encaran un desempleo cercano a 40 por ciento, con los jubilados, o con los que trabajan en los hospitales o en la educación, la imagen es totalmente diferente. Según Cáritas, el número de españoles que viven en la miseria se duplicó en los últimos siete años.

El modelo alternativo es Estados Unidos, que a diferencia de Europa, invierte en el crecimiento y no en la austeridad.

El crecimiento de Estados Unidos es de 2,4 por ciento, frente a un anémico 0,1 por ciento de Europa. Pero tampoco las positivas cifras macro estadounidenses coinciden con la realidad de las personas.

Un ejemplo es el aumento salarial, de 8,9 a 10 dólares por hora, realizado por Walmart, uno de los mayores empleadores de Estados Unidos. Parece una noticia excelente. Sin embargo, 60 por ciento de los empleados de la cadena de tiendas por departamentos no trabajan las horas suficientes como para ganarse la vida. Algunos trabajan dos días por semana y ganan 640 dólares mensuales, lo que les mantiene en la pobreza.

Quizás sea solo una coincidencia, pero la tasa de suicidios en Estados Unidos, que era de 11 por cada 100.000 personas en 2005, siete años más tarde ha subido a 13. Más de 40.000 estadounidenses se quitaron la vida en 2012, más que los muertos en accidentes automovilísticos, según la Asociación Americana de Suicidología.

Pero, si analizamos los datos globales, las cosas se vuelven más claras. Las utilidades del sector financiero promedian ahora más de 20 por ciento, el doble del período que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta la década de los 70.

Entretanto, desde 1970 el aumento de la productividad se redujo a menos de la mitad. Esto significa que la economía real ha crecido solo la mitad del sector financiero, que como consecuencia está frenando al resto de la economía.

Un estudio del Banco de Pagos Internacionales muestra que los profesionales destacados están tratando de entrar en el sector financiero, en detrimento de otros sectores de la economía.

Las estadísticas de Europa permiten algunas reflexiones. Estados Unidos tiene 836 multimillonarios, China 213 y Alemania 103. Pero los multimillonarios españoles están en declive, son hoy 21, cinco menos que el año pasado.

Su riqueza combinada es de 116.300 millones de dólares, y las ganancias del último año fueron "solo" 500 millones de dólares, poca cosa frente a los 3.200 millones de dólares ganados por Bill Gates, el hombre más rico del mundo.

Sin embargo, 500 millones de dólares corresponden a 35.714 salarios promedio anual, equivalentes a la población de la ciudad de Teruel, en el centro-oriental español. Mientras, 116.300 millones es el equivalente a 8.307.142 salarios anuales, lo que iguala la población conjunta de las regiones de Andalucía, la mayor del país, y Baleares.

Si observamos la situación desde la microeconomía, se corrobora cómo las dos realidades son divergentes.

El problema es que esos dos mundos, que deberían relacionarse a través de las instituciones políticas, el parlamento y el gobierno, se interconectan solo en casos especiales.

Un ejemplo, también en España, donde para vivir es necesario un permiso de residencia, que se obtiene incluso desde el exterior. Basta comprar dos millones de euros (2,12 millones de dólares) de deuda pública, o invertir un millón de euros (1,06 millones de dólares) en acciones, o comprar una casa de al menos 500.000 euros(530.500 dólares), para convertirse en un residente en ese país.

Desde septiembre de 2013, han adquirido ese derecho 530 extranjeros. Otros países europeos han tomado un camino similar, entre ellos Chipre, Gran Bretaña y Portugal.

Entretanto, decenas de miles de personas que afrontan el Mediterráneo para llegar a Europa, a riesgo de su vida, han vivido una experiencia muy diferente para obtener un permiso de residencia. La aventura desesperada de cruzar el mar se estima que ha causado más de 20.000 muertes.

En Gran Bretaña se discute actualmente sobre una ley de 1914, que excluye a los "nacidos no domiciliados" del pago de impuestos sobre sus ingresos o activos en el exterior. Generalmente, es suficiente para un residente en ese país declarar un domicilio en el extranjero, aunque se trate de un paraíso fiscal, como la isla de Jersey o Suiza, para convertirse en un "non-dom".

Los "non-dom" aumentan rápidamente y se estima que actualmente 130.000 personas tienen ese estatus. Esto es parte de un esfuerzo para reducir los impuestos de las personas ricas a las que se pretende atraer, mediante la creación de lagunas y nuevas regulaciones.

El presidente francés, François Hollande, aprendió a un alto precio lo que puede costar aumentar los impuestos a los ricos. Tuvo que cambiar rápidamente de rumbo, lo mismo que su par estadounidense, Barack Obama. El único líder que todavía habla de impuestos a los ricos es el Papa Francisco.

Un buen ejemplo de la paradoja de Acapulco proviene de Londres. Después de la ira popular que provocaron los sueldos desproporcionados de los banqueros y su responsabilidad durante la crisis recesiva, con recriminaciones públicas del gobierno, la Iglesia de Inglaterra y el Banco de Inglaterra, el reciente anuncio de la mejora de la economía británica, dio vía libre para volver a las andadas.

El banco Barclays está aumentando los sueldos en 40 por ciento y durante este año se espera un incremento salarial de 25 por ciento en todos los bancos londinenses.

Un analista financiero recién egresado de la universidad, puede contar con un salario inicial de 100.000 dólares anuales.

Esto elevará las estadísticas del ingreso promedio, aunque la renta anual del 10 por ciento de los británicos más pobres se mantendrá a nivel de sobrevivencia. Probablemente, ellos tendrán una visión de la recuperación económica muy diversa de la de los banqueros.

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El neoliberalismo hundió a Ucrania

Lun, 16/03/2015 - 17:33
Hedelberto López Blanch, Rebelión

Después de 23 años de políticas neoliberales y extensas privatizaciones, Ucrania padece una de sus peores crisis político-económicas y se halla prácticamente en bancarrota, con amplio déficit en la balanza comercial y altos niveles de endeudamiento a lo que se suman los elevados gastos para sostener la guerra contra las repúblicas independientes de Donetsk y Lugansk.

La guerra civil en la que se ha envuelto el gobierno de Piotr Poroshenko, impulsada por Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea, ha costado la vida a cerca de 6 000 personas. Asimismo, para la economía es un completo desastre al tener que dedicar para ese fin más de 10 millones de dólares diariamente.

Ucrania concluyó el 2014 con una deuda pública que alcanza al 72 % del Producto Interno Bruto (PIB), el salario mínimo se ubica en solo 50 dólares al mes; la inflación llegó al 25 %; la escasez de productos y alimentos se ha generalizado y la moneda (grivna) esta en el mínimo valor de toda su existencia.

La crisis no parece tocar fondo. Según el Banco Central ucraniano durante 2014, el PIB se redujo un 7% mientras la grivna se devaluó un 100% y en los tres primeros meses de este año, un 60%.

De aquella ex República ucraniana integrada a la desaparecida Unión Soviética (URSS) que exhibía un desarrollo científico-industrial moderado, estabilidad laboral, educación, salud, y vivienda asequibles a todos sus pobladores, hoy se presenta con un panorama diferente.

La crisis se inició tras el derrumbe del campo socialista y su proclamada independencia de la URSS en 1990, que provocó un retroceso continuado a lo largo de una década y la caída del PIB en 40%.

En los años 90, las nuevas autoridades optaron por un sistema de libre mercado neoliberal extremo, con amplias privatizaciones y desregulaciones en todos los sectores de la producción y los servicios.

La resistencia generalizada de la población por las extremas medidas tomadas no se hicieron esperar pues mientras unos querían una relación más estrecha con la Unión Europea, otra gran parte de la población se hallaba más identificada, por razones históricas, con Moscú.

Otra gran dificultad es que Kiev depende del suministro de Rusia para cubrir las tres cuartas partes de sus necesidades de gas y petróleo y el 100% del combustible nuclear para sus plantas.

Con los altos precios del acero en el mercado mundial a principios del 2000 y hasta 2007, el país logró un incremento de alrededor del 6% con lo que su PIB pasó de 60.000 millones de dólares a 105.000 millones.

En esos años, China y los países occidentales demandaban ese producto para las construcciones pero al ocurrir la crisis capitalista que se inició por Estados Unidos en 2008, Ucrania sufrió adversos efectos tras lo cual entró en disputa con Rusia al no poder abonar los precios por el combustible y el gas que el gigante europeo le suministraba. En solo dos años el decrecimiento económico llegó a menos 15 %.

El Fondo Monetario Internacional ha otorgado varios créditos al país y el último propuesto en febrero pasado por 17.500 millones de dólares no se utilizará para resolver los problemas económicos del país, denunció en un escrito en el diario Moskovski Komsomolets, el presidente del Instituto para el Estudio de las Tendencias Económicas a Largo Plazo, Michael Hudson.

El académico asegura que ese dinero parará en los bolsillos de los oligarcas que lo sacarán del país y solo servirá para endeudar aún más a Kiev.

A la par, el FMI impone nuevas acciones al gobierno de Poroshenko para asignarle el crédito, como son eliminar la corrupción, el fraude económico, reajustar las pocas empresas públicas para que pasen al sector privado, rebajar de prestaciones sociales, liberación total de los mercados financieros. En fin, más caos para la población.

El Ministerio de Economía y Comercio estimó que en 2015 el PIB caerá 4,3 % y las reservas internacionales ya han bajado a 9 900 millones de dólares, la menor desde 2009.

El organismo gubernamental informó que esa caída se debe a los pagos realizados para sufragar los servicios de la deuda externa, la mayor parte al FMI.

Por presiones del Fondo, Kiev subió los precios de la energía y recortó subsidios sociales para obtener préstamos del exterior y evitar así la quiebra.

A partir de marzo, los costos de la imprescindible calefacción para la sobrevivencia subieron 60 %; el gas, 280 % y la energía eléctrica 40 %, informó la directora del Banco Nacional, Valeria Hontareva. La pobreza alcanza a gran cantidad de ucranianos.

Debido a la guerra que impulsa el gobierno derechista de Kiev, cerca de un millón de personas han sido desplazadas y hay unos 600.000 refugiados, de acuerdo a un documento de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCH).

En realidad, al pueblo ucraniano le ha costado muy caro seguir el derrotero indicado por Occidente que ha sido llevado a cabo por la pequeña pero poderosa oligarquía nacional.

Mientras la mayoritaria población padece esos problemas, la fortuna del magnate del chocolate y presidente de Ucrania, Piort Poroshenko, se situó en 1.600 millones en 2013, y pese a la guerra y la crisis, en 2015 ya supera los 1.800 millones, según la revista Forbes.
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Ver: Ucrania y el polvorín que desbordó las miserias de la troikaUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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El capital global hacia las economías frontera

Sáb, 14/03/2015 - 20:09
Dani Rodrik, Project Syndicate

Las llamadas “economías frontera” son la última moda en los círculos de inversión. Aunque estos países de bajos ingresos – por ejemplo, Bangladesh y Vietnam en Asia; Honduras y Bolivia en América Latina; y Kenia y Ghana en África– tienen mercados financieros pequeños y en desarrollo, están creciendo rápidamente y se prevé que se conviertan en las economías emergentes del futuro. En los últimos cuatro años, las entradas de capital privado en economías frontera han sido de casi el doble (en términos del PIB) respecto de las entradas de capital en los mercados de las economías emergentes. Dicho fenómeno se puede celebrar o lamentar, es un asunto que se ha convertido en un tipo de test Rorschach para analistas económicos y responsables del diseño de políticas.

Sabemos ahora que la promesa de la libre movilidad de capital no ha sido cumplida. En gran medida, el aumento de las entradas de capitales ha estimulado el consumo en lugar de las inversiones en los países receptores, lo que ha exacerbado la volatilidad económica y aumentado la frecuencia y daños de las crisis financieras. En lugar de ejercer disciplina, los mercados financieros globales han incrementado la disponibilidad de deuda, por ende, han flexibilizado las restricciones de presupuestos de los gobiernos derrochadores y abultado las hojas de balance bancarias.

El mejor argumento a favor de la libre movilidad de capital sigue siendo el que hiciera hace casi dos décadas Stanley Fischer, el segundo funcionario más importante en ese entonces del Fondo Monetario Internacional, que ahora es vicepresidente de la Reserva Federal estadounidense. Aunque Fischer reconoció los riesgos de la libre circulación de capitales, señalaba que la solución no era mantener controles de capital, sino emprender las reformas necesarias para mitigar los peligros.

Los comentarios de Fischer se produjeron en un momento en el que el FMI estaba tratando activamente de integrar en su convenio constitutivo la liberalización de cuenta de capitales. Sin embargo, después se produjeron crisis financieras en Asia, Brasil, Argentina, Rusia, Turquía, y en última instancia Europa y los Estados Unidos. En su defensa, desde entonces el Fondo ha flexibilizado su postura en cuanto a los controles de capital. En 2010, emitió una nota en la que reconocía los controles de capitales como parte de la amplia oferta de herramientas de política para combatir la inestabilidad financiera.

No obstante, en el FMI y en países avanzados, la postura que prevalece es la de que los controles de capital son el último recurso –solo cuando las políticas financieras y macroeconómicas convencionales se han agotado. La libre circulación de capital sigue siendo el objetivo final, incluso cuando a algunos países les lleve tiempo conseguirlo.

Este punto de vista tiene dos problemas. En primer lugar, como señalan incansablemente quienes defienden la movilidad del capital, los países deben cumplir una larga lista de requisitos previos antes de que puedan beneficiarse de la globalización financiera. Entre ellos están la protección de los derechos de propiedad, un cumplimiento efectivo de los contratos, la erradicación de la corrupción, más transparencia y mejor información financiera, una gobernanza corporativa sólida, estabilidad monetaria y fiscal, sostenibilidad de la deuda, tipos de cambio determinados por el mercado, una reglamentación financiera de alta calidad y supervisión cautelar. En otras palabras, una política destinada a impulsar el crecimiento en países en desarrollo necesita instituciones de primer mundo para funcionar.

Lo peor es que la lista no solo es larga; también es abierta. Como han demostrado las experiencias de los países avanzados en la crisis financiera global, ni siquiera los sistemas de reglamentación y supervisión más sofisticados son infalibles. Así pues, exigir que los países en desarrollo establezcan el tipo de instituciones que hagan que los flujos de capital sean seguros no solo invierte las prioridades sino que es imposible. La prudencia exige un enfoque más pragmático que reconozca que los controles de capital tienen una función permanente junto con otras herramientas reglamentarias y cautelares.

El segundo problema tiene que ver con la posibilidad de que las entradas de capital sean perjudiciales para el crecimiento incluso si no se toman en cuenta las inquietudes sobre la fragilidad financiera. Quienes defienden la movilidad del capital suponen que en las economías pobres hay muchas oportunidades de inversión rentable que no se explotan por falta de fondos para invertir. Sostienen que si se permite que el capital entre, comenzarán las inversiones y el crecimiento.

Sin embargo, en muchos países en desarrollo las limitaciones se deben a la falta de demanda de inversiones, no a la carencia de ahorro interno. Los rendimientos sociales de las inversiones pueden ser elevados, pero los rendimientos privados son bajos debido a las externalidades, los altos impuestos, la pobreza de las instituciones o cualquiera de una amplia gama de factores adicionales.

Las entradas de capital en las economías con baja demanda de inversiones generan consumo, no acumulación de capital. También favorecen la apreciación del tipo de cambio, lo que agrava la falta de inversiones. La rentabilidad de las industrias comercializables – las más propensas a padecer problemas de reconocimiento de propiedad – resulta perjudicada y la demanda de inversiones cae aún más. En estas economías, las entradas de capital bien pueden retrasar el crecimiento en lugar de estimularlo.

Esas inquietudes han llevado a las economías emergentes a experimentar con una serie de controles de capital. En principio, las economías de mercado frontera pueden aprender mucho de estas experiencias. Como señaló Olivier Jeanne, economista de la Universidad Johns Hopkins, en una conferencia del FMI organizada recientemente para promover ese aprendizaje, las medidas de flujo de capital que se han puesto de moda últimamente no funcionan muy bien.

Eso no se debe a que no afecten la cantidad o la composición de los flujos, sino a que los efectos son muy pequeños. Como han aprendido Brasil, Colombia, Corea del Sur y otros, los controles limitados que se centran en mercados específicos como los bonos o los préstamos bancarios a corto plazo no tienen un impacto significativo sobre los resultados fundamentales, como el tipo de cambio, la independencia monetaria o la estabilidad financiera interna. De ahí se deduce que, para ser realmente eficaces, los controles de capital tal vez deban ser contundentes y amplios y no limitados y concentrados.

Los controles de capital no son una panacea en sí mismos y frecuentemente causan problemas más graves, como la corrupción o el retraso de reformas necesarias, que los que resuelven. No obstante, esto no es distinto en ninguna otra esfera de la acción gubernamental. Vivimos en un mundo de segundas alternativas en el que las acciones de política son casi siempre parciales (y parcialmente eficaces) y las reformas bienintencionadas en una esfera pueden ser contraproducentes cuando hay distorsiones en otras partes del sistema.

En un mundo así, no tiene mucho sentido utilizar los controles de capital como último recurso, siempre y en todas partes. En efecto, eso solo convierte a la globalización financiera en un fetiche. El mundo necesita un pragmatismo obstinado, caso por caso, en el que se reconozca que los controles de capital en ocasiones merecen un lugar destacado.

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Análisis estratégico para el desarrollo

Ven, 13/03/2015 - 02:26
Orlando Delgado Selley, La Jornada

El año 2001 un analista de Goldman Sachs creó el acrónimo BRIC, refiriéndose a cuatro países emergentes: Brasil, Rusia, India y China. El argumento para formar este grupo era que en 2050 esos países podían ser dominantes globalmente. En ese 2001, de acuerdo con el Informe sobre el Desarrollo Mundial del Banco Mundial, los BRIC aportaron 8,4 por ciento del producto mundial. En 2014, de acuerdo con la misma fuente, su aporte al PIB mundial más que se duplicó, llegando a 19.6 por ciento, lo que implica que estos cuatro países produjeron casi la quinta parte del producto global.

El incremento del aporte de cada país al producto mundial fue el siguiente. Brasil pasó de contribuir con 2,5 por ciento en 2001 para llegar a 3,3 en 2014, lo que implicó un incremento de 32 por ciento; Rusia pasó de 1,1 a 2,6, aumentando 136 por ciento; India incrementó su participación de 1,5 a 2,7, creciendo 80 por ciento; en tanto que China pasó de 3,3 a 11 por ciento, más que triplicando su aportación. La creciente relevancia de este grupo de países quedó demostrada en los primeros años de este siglo y, es ampliamente reconocido, su significación mundial seguirá aumentando.

México no fue considerado entre los BRIC. En los círculos gubernamentales en aquel 2001 se explicó que se debía a que ya éramos miembros de la OCDE y que los cuatro BRIC no lo eran. Lo cierto, sin embargo, fue que nuestro país carecía de las cualidades que se requerían para incluirlo en ese grupo de países. Esas cualidades se asociaban con el dinamismo económico y social del país. Su posición mundial estaba, y sigue estando, en la segunda fila, no es –y casi nadie piensa que lo será en el futuro próximo– un protagonista mundial. La aportación mexicana al producto mundial lo comprueba: en 2001 México contribuyó con 1,5 por ciento y 13 años después lo hizo con 1,7, aumentando su participación 13 por ciento.

Los mexicanos tenemos la misma percepción. Como lo ha documentado el Informe Latinobarómetro 2013, el 81 por ciento de los mexicanos pensamos que somos un país estancado o en retroceso. Este dato sólo es superado por lo que piensan los paraguayos (82 por ciento), costarricenses (85) y hondureños (94). Podría pensarse que estamos en esta situación, porque no sabemos lo que hay qué hacer. En realidad sabemos lo que debe hacerse para salir del estancamiento estabilizador en el que estamos desde hace ya muchos años. El diagnóstico sobre nuestras fallas está hecho, así como las propuestas de política que debieran instrumentarse. Lo que hace falta es lograr un acuerdo nacional que permita superarlas, rencaminando nuestra ruta hacia un desarrollo sostenido y, lo que es verdaderamente fundamental, equitativo.

Recientemente un amplio grupo de profesores de distintas universidades públicas y privadas, que se ha planteado formular un sistema integral de propuestas de políticas públicas capaces de superar el pobre desempeño de la economía nacional, presentó el resultado completo de su trabajo denominado Análisis estratégico para el Desarrollo, estructurado en 18 volúmenes. A partir de la constitución de un Consejo Nacional de Universitarios por una Nueva Estrategia para el Desarrollo, se llevaron a cabo varias mesas de trabajo centradas en los grandes temas económicos, políticos y sociales. En ellas se presentaron un importante número de estudios específicos, los que fueron discutidos por pares académicos.

Estos análisis reivindican la idea, señalada por José Luis Calva, coordinador general de este esfuerzo, que la política permite decidir entre disyuntivas de política económica que arrojan resultados distintos en términos de crecimiento económico y de sostenibilidad de los demás equilibrios macroeconómicos, sino también entre resultados que afectan desigualmente a la producción y a los grupos sociales.

En tiempos marcados por la contienda electoral estas propuestas podrían servir para elevar el nivel del debate político. Un debate en el que lo fundamental esté en lo que hace falta hacer, en las decisiones públicas que es indispensable tomar, en el nuevo pacto social que es indispensable establecer para que salgamos de la mediocridad económica y de la desesperanza social en la que estamos, colocando en el centro la superación de los grandes problemas nacionales.

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Grecia exige a Alemania reparaciones de la guerra nazi

Xov, 12/03/2015 - 12:48

El primer ministro de Grecia ha exigido Alemania una compensación de más de 160 mil millones de euros por los daños provocados por las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Este hecho agrega un nuevo frente de tensiones a las duras relaciones entre Grecia y Alemania y obedece a la constante negativa de Alemania de abordar una obligación moral. En un discurso en el parlamento griego, el primer ministro Alexis Tsipras dijo que su gobierno tenía que cumplir con un "deber de la historia a las personas que lucharon y a las víctimas que dieron sus vidas para derrotar al nazismo." Tsipras sostuvo que Alemania debe más de 162 mil millones de euros a Grecia (casi la mitad del valor de la deuda pública helena), por la destrucción causada a Grecia durante los cuatro años de la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial.

"El gobierno va a trabajar con el fin de honrar plenamente sus obligaciones, pero, al mismo tiempo, va a trabajar para que todas las obligaciones no cumplidas a Grecia y el pueblo griego se cumplan", dijo Tsipras, añadiendo que "Los crímenes y atrocidades provocados por las fuerzas nazis permanecen frescas en la memoria del pueblo griego y deben ser conservados en las generaciones más jóvenes".

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Banquero global Jacob Rothschild advierte sobre el "máximo riesgo geopolítico"

Xov, 12/03/2015 - 02:10
La muy sesgada revista británica The Economist –que se ha especializado en amenazar y desinformar para promover su agenda globalista– anuncia que el mundo ha entrado a una nueva era nuclear.

El mundo nunca salió de la era nuclear. Una cosa es que –a consecuencia de la disolución de la URSS– Washington y Moscú hayan negociado en forma sensata y creativa la disminución sustancial de su arsenal nuclear, y otra la posesión de bombas atómicas tanto por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (CS) de la ONU –Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia, Francia y China– como por otros países: Israel, India, Pakistán y Corea del Norte.

Mientras Israel, que goza de aberrantes canonjías celestiales del CS, no firme el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y no admita la inspección de su arsenal clandestino en Dimona por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), la cifra de sus bombas atómicas será elusiva entre 80 y 400. El único país que se ha despojado esos artefactos ha sido Sudáfrica –lo que ni siquiera le agradecen los habitantes del planeta, si es que están enterados de ello.

En las asíntotas del debate cartesiano se podría asentar tangencialmente que las tres ex repúblicas escindidas de Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán se despojaron de su arsenal nuclear –que era propiedad de la URSS– y pasó bajo control de Moscú en la fase de la balcanización de Rusia, que aún desea pulverizar Stratfor hasta la ignominia, como si fuera tan sencillo en la fase de Vlady Putin (http://goo.gl/bMPs47).

The Economist –propiedad, con The Financial Times, del Grupo Pearson, subsidiaria de Black Rock, máximo banco de inversiones del mundo, dirigido por el israelí-estadounidense Larry Fink, quien se despachó con la cuchara grande con el petróleo de México– ni siquiera cita el arsenal clandestino de Israel, país que desde su creación, hace 67 años, se ha consagrado a librar guerras mesiánicas contra sus vecinos y que ahora busca que Estados Unidos destruya a Irán a su cuenta.

¿Cuántos países y nacionalidades lleva destruidos Israel en Medio Oriente? Lo más absurdo de The Economist es que abulta, como mayor peligro que la dotación clandestina de su aliado israelí, la capacidad tecnológica nuclear de Irán –que no posee arma atómica alguna y es firmante del TNP– a punto de concretar sus negociaciones con EU (bajo el formato del P5 más 1).

No está en tela de juicio la tóxica desinformación de The Economist, que cumple su misión asignada por la plutocracia financierista global y que se pasa por el arco del triunfo que EU es el único país del planeta que ha arrojado dos bombas atómicas sobre poblaciones civiles (Hiroshima y Nagasaki) –lo cual parece haber olvidado el belicoso primer ministro de Japón, Shinzo Abe–, sino la ambientación negativa que diseña contra Rusia, una superpotencia nuclear, y su presidente puerilmente demonizado Vlady Putin.

Los banqueros globalistas han entrado en pánico escénico con el inminente derrumbe de su depredador modelo financierista –al unísono del desorden geopolítico global que han creado con sus fútiles guerras en los cuatro rincones del planeta– y que llega a su paroxismo con su intervencionismo en Ucrania, donde se puede desatar la Tercera Guerra Mundial nuclear.

Hasta Lech Walesa , premio Nobel de la Paz y de las pocas voces sensatas que quedan en Polonia, extraviada en un frenético revanchismo bélico azuzado por los súperhalcones neoconservadores straussianos de EU, advierte que si la Unión Europea (UE) armase a Ucrania, provocaría una guerra nuclear (http://goo.gl/Z8294d ).

Además de la inesperada resurrección de Rusia –contra la que Wall Street y la City (sector financiero de Londres) ejercen su sicalíptica guerra financierista–, lo que más temen los banqueros globalistas es la virtual insurrección de sus propias poblaciones en los países que han devastado, por lo que han empezado a comprar refugios ocultos en los lugares más recónditos de la Vía Láctea.

En su informe anual de 2014, el fundador del fondo inversionista británico RIT Capital, Jacob Rothschild –presidente honorario del Institute for Jewish Policy Research, cuya familia se encuentra detrás de la creación de Israel–, diagnosticó que el mundo se enfrenta a los mayores riesgos geopolíticos desde la Segunda Guerra Mundial y externó su exasperación por el bajo crecimiento del PIB mundial pese a todos los incentivos monetarios y las bajas tasas de interés (http://goo.gl/uKwyWn ).

El muy controvertido banquero Rothschild, de 78 años y cuya familia practicó el esclavismo (literal), no comparte el espejismo de los monetaristas centralbanquistas del G-7 y juzga que los mayores riesgos geopolíticos derivan del caos expansivo en Medio Oriente y de una debilitada (¡supersic!) Europa amenazada por el horripilante desempleo, en no menor medida causado por el fracaso de concretar reformas estructurales en varios de los países que forman parte de la UE. ¿Se revirtieron a los banqueros globalistas sus perversas jugadas financieras y bélicas que practican desde Waterloo?

Los Rothschild, supremos manipuladores del oro (http://goo.gl/9FtCHn ), ni aparecen en el poco riguroso ranking de los hombres más ricos del mundo de Forbes, cuando hace cinco años los analistas chinos colocaron su fortuna dinástica en 5 billones de dólares (http://goo.gl/NFJosi ).

Dejando de lado tanto la extraña adquisición hereditaria de una patente de semiconductores por Jacob Rothschild, gracias a la rocambolesca desaparición del avión de Malasia MH370 (http://goo.gl/AwNQ7C ), como el intervencionismo de su presunto prestanombres George Soros en Ucrania –al unísono de su presunto aliado, el banquero Iho Kolomoyskyi, con una fortuna de 6 mil 500 milllones de dólares, quien ostenta la triple nacionalidad ucraniana, israelí y chipriota (http://goo.gl/jZd15K)–, el banquero globalista coloca en relieve el caos y el extremismo en Medio Oriente, la agresión (¡supersic!) y expansión rusa.

La dinastía Rothschild se encumbró gracias a sus macabros juegos financieros a los dos lados del Canal de la Mancha, cuando amasaron una enorme fortuna sobre los cadáveres de Waterloo, el 15 de junio de 1815, con la derrota de Napoleón. El triunfo secesionista rusófilo en Debáltsevo (http://goo.gl/lpqvuR ), que trastocó la correlación geopolítica de fuerzas en Eurasia, ¿será el anti Waterloo de los Rothschild?

Los banqueros globalistas cosechan ahora las tempestades de los vientos que sembraron con su desregulada globalización financierista –una subrepticia guerra financiera global que no se atreve a pronunciar su nombre y que superó los medios del estratega prusiano Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz–, en sincronía con sus fallidas guerras en Eurasia: en los linderos del RIC (Rusia, India y China), al que buscan vulcanizar y balcanizar mediante la carta bárbára del yihadismo global, invento de EU y sus aliados (vgr. Israel), según el general Wesley Clark, ex comandante supremo de la OTAN.

Lo único que puede quitar el sueño a un Rothschild es un Putin.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

Motores económicos de la destrucción ambiental

Mér, 11/03/2015 - 13:19
Alejandro Nadal, La Jornada

Las proyecciones demográficas indican que para el año 2050 la población total en el mundo superará los 9 mil millones de personas. Sin duda la presión sobre los ecosistemas del planeta aumentará por el crecimiento demográfico. Pero no todos los humanos tienen el mismo impacto sobre el medio ambiente. Hoy 20 por ciento de la población mundial absorbe 80 por ciento de los recursos naturales consumidos cada año.

Esto no quiere decir que el factor demográfico no es importante. Pero la disparidad en el acceso y consumo de recursos es una señal de que se necesita un análisis menos burdo para evaluar su impacto sobre el medio ambiente. El hecho de que desde hace decenios el hambre está más relacionada con la falta de ingreso que con la escasez de alimentos también debiera orillar a una reflexión más cuidadosa.

Por eso el estudio de las fuerzas económicas que impulsan la destrucción ambiental es vital en cualquier discusión sobre sustentabilidad. Desgraciadamente este análisis está ausente en las evaluaciones que realizan gobiernos y estados nacionales sobre el estado del medio ambiente. Los estudios del Programa de Naciones Unidas sobre medio ambiente y los de la Convención sobre biodiversidad siempre exhiben una gigantesca laguna en este tema. La Evaluación de los ecosistemas del milenio, investigación realizada entre 2001-2005 menciona el tema de los ‘motores’ de la destrucción ambiental, pero su ‘análisis’ se limitó a unos párrafos anodinos sobre el crecimiento del PIB.

La realidad es que tanto el crecimiento como el estancamiento tienen fuertes repercusiones negativas sobre el medio ambiente. La intensificación del ritmo de actividad económica genera presiones sobre muchas dimensiones del medio ambiente, pero su freno conlleva otras fuentes de tensión. Es necesario profundizar en el análisis de estructuras para derivar un cuadro más completo y riguroso.

Entre las principales características de la economía mundial que repercuten sobre la salud de los ecosistemas se encuentra la dominación del sector financiero, la concentración de poder de mercado entre las grandes corporaciones del planeta y la tendencia a la sobre inversión y exceso de capacidad productiva.

El predominio del sector financiero distorsiona los patrones de inversión y gestión, privilegiando la orientación hacia la maximización de rentabilidad a corto plazo, recortando costos en rubros como mantenimiento preventivo o manejo de desechos industriales. Este sesgo es nefasto, pero es especialmente grave en las ramas cercanas a la base de recursos naturales (por ejemplo, en la industria extractiva y de energía). Además, a partir de la desregulación en finanzas y banca la irrupción del capital financiero en los mercados de futuros de productos básicos ha desfigurado el proceso de formación y descubrimiento de precios de todo tipo de commodities, desde granos básicos hasta minerales.

Otro rasgo clave de la economía mundial que tiene fuerte impacto ambiental es la tendencia a la concentración de poder de mercado. Este fenómeno es generalizado en todas las ramas de la actividad económica y ese poder le permite a unas cuantas (y muy grandes) empresas manipular precios de insumos y productos finales. Los creyentes en las virtudes del mercado deben saber que estas y otras prácticas restrictivas afectan el proceso de formación de precios y quitan incentivos para que las empresas ‘escuchen’ las preferencias de los consumidores concernidos por el estado del medio ambiente o por el bienestar social. En su expresión más brutal, este poder permite a grandes consorcios acaparar enormes extensiones de tierras y bosques como reservas precautorias privadas en las que literalmente, hacen lo que quieren lejos de toda supervisión o control oficial.

El exceso de capacidad instalada es otra característica que repercute gravemente sobre el medio ambiente. Está relacionado con la forma en que se realizan las inversiones y la euforia durante la fase ascendente de los episodios de auge y caída del ciclo de inversiones. Los bancos participan de estos ciclos, como lo demuestra el análisis de Minsky. Lo cierto es que hoy en día casi no hay industria que no sufra bajo el peso de altísimos niveles de sobrecapacidad instalada. En el contexto recesivo (y hasta deflacionario) actual, eso es muy mala noticia. En el caso de las industrias cercanas a la base de recursos naturales, las repercusiones ambientales son graves porque la presión para amortizar costos hundidos puede traducirse en tasas de sobrexplotación.

Estos son los factores que inciden en el acaparamiento de tierras, deforestación y en los esfuerzos por privatizar recursos como el agua. En México, el estancamiento económico conduce a los grandes consorcios a buscar desesperadamente afianzar el control sobre el agua como paso para garantizar sus niveles de rentabilidad. El resultado final será mayor degradación ambiental, más concentración de poder y una más intensa asimetría en el consumo de este recurso.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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50 años de guerras imperiales: resultados y perspectivas

Mar, 10/03/2015 - 04:58
James Petras

IntroducciónEn los últimos 50 años Estados Unidos y las potencias europeas han desatado incontables guerras imperiales en todo el mundo. La ofensiva hacia la supremacía mundial ha estado envuelta en la retórica del "liderazgo mundial", y las consecuencias han sido devastadoras para los pueblos contra los que se han dirigido esas guerras. Las más grandes, largas y numerosas las ha llevado a cabo Estados Unidos. Presidentes de ambos partidos han estado al frente de esta cruzada por el poder mundial. La ideología que anima el imperialismo ha ido cambiando del "anticomunismo" del pasado al "antiterrorismo" actual.

Como parte de su proyecto de dominación mundial, Washington ha utilizado y combinado muchas formas de guerra, incluyendo invasiones militares y ocupaciones; ejércitos mercenarios y golpes militares; además de financiar partidos políticos, ONGs y multitudes en las calles para derrocar gobiernos debidamente constituidos. Los motores de esta cruzada por el poder mundial varían según la localización geográfica y la composición económica de los países destinatarios.

Lo que queda claro cuando se analiza la construcción del imperio estadounidense en el último medio siglo es el relativo declive de los intereses económicos y la aparición de consideraciones de tipo político y militar. Esto se debe en parte a la desaparición de los regímenes colectivistas (la URSS y Europa Oriental) y a la conversión al capitalismo de China y los regímenes de izquierdas en Asia, África y Latinoamérica. El declive de las fuerzas económicas como motor del imperialismo es el resultado de la llegada del neoliberalismo global. La mayoría de las multinacionales de Estados Unidos y la Unión Europea no están amenazadas por nacionalizaciones o expropiaciones que podrían desencadenar una intervención política imperial. De hecho, incluso los regímenes posneoliberales invitan a las multinacionales a invertir, comerciar y explotar recursos naturales. Los intereses económicos entran en juego en la formulación de políticas imperiales solo si (y cuando) surgen regímenes nacionalistas que desafían a las multinacionales estadounidenses, como en el caso de Venezuela bajo el presidente Chávez.

La clave de la construcción del imperio estadounidense en el último medio siglo se halla en las configuraciones del poder político, militar e ideológico que se han hecho con el control de las palancas del estado imperial. La historia reciente de las guerras imperiales estadounidenses ha demostrado que las prioridades militares estratégicas –bases militares, presupuestos y burocracia– han estado muy por encima de cualquier interés económico localizado de las multinacionales. Por otra parte, la mayoría de los gastos y las largas y costosas intervenciones militares del estado imperial estadounidense en Oriente Medio han sido a instancias de Israel. El acaparamiento de posiciones políticas estratégicas en el Ejecutivo y en el Congreso por parte de la configuración del poder sionista estadounidense ha reforzado la centralidad de los intereses militares en detrimento de los económicos.

La "privatización" de las guerras imperiales –el gran aumento y uso de mercenarios contratados por el Pentágono– ha supuesto el saqueo de decenas de miles de millones de dólares del Tesoro estadounidense. La industria militar privada, que provee de combatientes mercenarios, se ha convertido en una fuerza muy "influyente" que está moldeando la naturaleza y las consecuencias del proceso de construcción del imperio estadounidense.

Los estrategas militares, los defensores de los intereses coloniales israelíes en Oriente Medio y las corporaciones militares y de inteligencia son actores fundamentales del estado imperial, y es su influencia en la toma de decisiones la que explica porqué el resultado de las guerras imperiales estadounidenses no ha sido un imperio económico próspero y políticamente estable. En vez de eso, sus políticas han tenido como resultado economías devastadas e inestables que se rebelan continuamente.

Vamos a empezar identificando las cambiantes áreas y regiones implicadas en la construcción del imperio estadounidense desde mediados de los setenta hasta la actualidad. Luego examinaremos los métodos, las fuerzas impulsoras y los resultados de la expansión imperial. A continuación pasaremos a describir el actual mapa geopolítico de la construcción imperial y el carácter variado de la resistencia antiimperialista. Concluiremos examinando el porqué y el cómo de la construcción del imperio y, más concretamente, las consecuencias y los resultados de medio siglo de expansión imperial estadounidense.

Imperialismo en el periodo post Vietnam: guerras por poderes en América Central, Afganistán y el sur de África La derrota del imperialismo estadounidense en Indochina marca el final de una fase de construcción del imperio y el comienzo de otra: el paso de invasiones territoriales a guerras por poderes. A partir de las presidencias de Gerald Ford y James Carter, el estado imperialista estadounidense empezó a recurrir cada vez más a apoderados. Reclutó, financió y armó ejércitos por poderes para destruir una gran variedad de regímenes y movimientos nacionalistas y social-revolucionarios en tres continentes. Con el apoyo logístico del ejército y las agencias de inteligencia paquistaníes, y con el respaldo económico de Arabia Saudita, Washington financió y armó fuerzas extremistas islámicas en todo el mundo para invadir y destrozar el régimen afgano, laico, progresista y apoyado por la Unión Soviética.

La segunda intervención por poderes tuvo lugar en el sur de África, donde el estado imperial estadounidense, aliado con Sudáfrica, financió y armó ejércitos por poderes contra los regímenes antiimperialistas de Angola y Mozambique.

La tercera ocurrió en América Central, donde Estados Unidos financió, armó y entrenó escuadrones de la muerte en Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Honduras para acabar con los movimientos populares y las insurgencias armadas, causando más de 300.000 civiles muertos.

La "estrategia de guerra por poderes" del estado imperial de Estados Unidos se extendió a América del Sur: la CIA y el Pentágono apoyaron golpes de Estado en Uruguay (general Álvarez), Chile (general Pinochet), Argentina (general Videla), Bolivia (general Banzer) y Perú (general Morales). La construcción del imperio por poderes se hizo en gran medida a instancias de las multinacionales estadounidenses, que durante ese periodo tuvieron un papel destacado a la hora de establecer las prioridades del estado imperial.

Las guerras por poderes estuvieron acompañadas por invasiones militares directas: la diminuta isla de Granada (1983) y Panamá (1989) bajo los presidentes Reagan y Bush padre. Blancos fáciles, con pocas víctimas y pocos gastos militares: ensayos generales para relanzar importantes operaciones militares en un futuro cercano.

Lo que sorprende de las "guerras por poderes" son sus resultados contrapuestos. En América Central, Afganistán y África esas guerras no desembocaron en prósperas neo-colonias ni resultaron lucrativas para las corporaciones estadounidenses. En cambio, los golpes de Estado por poderes en América del Sur se tradujeron en extensas privatizaciones y abultados beneficios para las multinacionales estadounidenses.

La guerra por poderes en Afganistán trajo consigo el ascenso y la consolidación del "régimen islámico" talibán, que se oponía tanto a la influencia soviética como a la expansión imperial estadounidense. Con el tiempo el ascenso y la consolidación del nacionalismo islámico desafiaría a los aliados de Estados Unidos en el sur de Asia y en la región del Golfo, y conduciría a la invasión militar estadounidense de 2001 y a una larga guerra (15 años) que aún no ha terminado, y que probablemente supondrá la derrota y retirada militar de Estados Unidos. Los principales beneficiarios desde el punto de vista económico fueron los clientes políticos afganos de Washington, los "contratistas" mercenarios estadounidenses, los funcionarios militares responsables de adquisiciones y los administradores coloniales que saquearon cientos de miles de millones de dólares del Tesoro estadounidense a través de transacciones ilegales o fraudulentas.

Las multinacionales no-militares no se beneficiaron en absoluto del saqueo del Tesoro de Estados Unidos. De hecho, la guerra y el movimiento de resistencia dificultaron la entrada de capital privado estadounidense a largo plazo en Afganistán y las regiones fronterizas limítrofes de Pakistán.

La guerra por poderes en el sur de África arrasó las economías locales, especialmente las economías agrícolas nacionales, desarraigó a millones de trabajadores y campesinos e impidió la entrada de las empresas petrolíferas estadounidenses durante más de dos décadas. El resultado "positivo" fue la des-radicalización de la elite nacionalista revolucionaria. Sin embargo, la conversión política de los "revolucionarios" del sur de África al neoliberalismo no benefició demasiado a las multinacionales estadounidenses, pues los nuevos gobernantes se volvieron oligarcas cleptócratas y pusieron en marcha regímenes patrimoniales asociándose con diversas multinacionales, sobre todo asiáticas y europeas.

Las guerras por poderes en América Central también tuvieron resultados contrapuestos. En Nicaragua la revolución sandinista derrotó al régimen de Somoza apoyado conjuntamente por Estados Unidos e Israel, pero inmediatamente después tuvo que enfrentarse a un ejército mercenario contrarrevolucionario financiado, armado y entrenado por Estados Unidos ("la contra") con base en Honduras. La guerra estadounidense destrozó muchos proyectos económicos progresistas, socavó la economía y eventualmente derivó en la victoria electoral de Violeta Chamorro, que contó con el patrocinio y el respaldo de Estados Unidos. Dos décadas más tarde los apoderados de Estados Unidos fueron derrotados por una coalición política liderada por sandinistas des-radicalizados.

En El Salvador, Guatemala y Honduras, las guerras por poderes estadounidenses terminaron consolidando regímenes clientelistas que se encargaron de destruir la economía productiva y provocaron la huida de millones de refugiados de guerra hacia Estados Unidos. El dominio imperial estadounidense erosionó las bases del mercado laboral productivo y engendró bandas asesinas de narcotraficantes.

En resumen, en la mayoría de los casos las guerras por poderes de Estados Unidos lograron evitar el ascenso de regímenes nacionalistas de izquierdas, pero también condujeron a la destrucción de las bases económicas y políticas de un imperio neocolonial próspero y estable.

El imperialismo estadounidense en América Latina: estructura variable, contingencias internas y externas, prioridades cambiantes y restricciones globales Para entender las operaciones, la estructura y la actuación del imperialismo estadounidense en América Latina es necesario reconocer la constelación de fuerzas rivales que ha moldeado las políticas del estado imperial. A diferencia de lo que ha ocurrido en Oriente Medio, donde la facción militarista-sionista ha establecido su hegemonía, en América Latina las multinacionales han jugado un papel fundamental dirigiendo la política del estado imperial. En América Latina, los militaristas desempeñaron un papel mucho menos destacado, limitado por (1) el poder de las multinacionales, (2) el giro del poder político de la derecha a la centro-izquierda, y (3) el impacto de la crisis económica y el auge de las materias primas.

Al contrario que en Oriente Medio, la configuración del poder sionista ha tenido poca influencia en la política del estado imperial en esta región, ya que los intereses israelíes se concentran en Oriente Medio y, con la posible excepción de Argentina, América Latina no es una prioridad.

Durante más de un siglo y medio, las multinacionales y los bancos estadounidenses dominaron y dictaron la política imperial de Estados Unidos hacia América Latina. Las fuerzas armadas estadounidenses y la CIA fueron instrumentos del imperialismo económico mediante la intervención directa (invasiones), "golpes militares" por poderes, o la combinación de ambos.

El poder económico imperial estadounidense en América Latina alcanzó su punto más alto entre 1975 y 1999. Por medio de golpes militares por poderes, invasiones militares directas (República Dominicana, Panamá, Granada) y elecciones controladas civil y militarmente se crearon estados vasallos y se impusieron nuevos gobernantes clientelistas.

Los resultados fueron el desmantelamiento del estado de bienestar y la imposición de políticas neoliberales. El estado imperial dirigido por las multinacionales, y sus apéndices financieros internacionales (FMI, BM, BID) se encargaron de privatizar sectores económicos estratégicos muy lucrativos, se hicieron con el control del comercio y proyectaron un plan de integración regional que afianzó el dominio imperial de Estados Unidos.

La expansión económica imperial en América Latina no fue simplemente el resultado de las estructuras y las dinámicas internas de las multinacionales, sino que dependió de (1) la receptividad del país "anfitrión" o, más exactamente, de la correlación interna de las fuerzas de clase en América Latina, las cuales a su vez giraban en torno al (2) desempeño de la economía: su crecimiento o su susceptibilidad a las crisis.

América Latina demuestra que contingencias como la desaparición de los regímenes clientelistas y de las clases colaboradoras pueden tener un impacto negativo enorme en las dinámicas del imperialismo, socavando el poder del estado imperial y revirtiendo el avance económico de las multinacionales.

El avance del imperialismo económico de Estados Unidos durante el periodo que va desde 1975 hasta el año 2000 quedó patente en la adopción de políticas neoliberales, el saqueo de los recursos nacionales, el incremento de deudas ilícitas y la transferencia de miles de millones de dólares al exterior. Sin embargo, la concentración de riqueza y propiedad desencadenó una profunda crisis socioeconómica en toda la región, la cual eventualmente condujo al derrocamiento o destitución de los colaboradores imperiales en Ecuador, Bolivia, Venezuela, Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Nicaragua. En Brasil y en los países andinos surgieron poderosos movimientos sociales antiimperialistas, sobre todo en el campo. En las ciudades, los movimientos de trabajadores desempleados y los sindicatos de empleados públicos de Argentina y Uruguay encabezaron cambios electorales, instalando en el poder gobiernos de centro-izquierda que "re-negociaron" las relaciones con el estado imperial estadounidense.

La influencia de las multinacionales estadounidenses en América Latina se fue debilitando. Ya no podían contar con la batería completa de recursos militares del estado imperial para intervenir e imponer de nuevo presidentes clientelistas neoliberales, pues sus prioridades militares estaban en otra parte: Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de África.

A diferencia del pasado, las multinacionales estadounidenses en América Latina no contaron con dos puntales esenciales del poder: el pleno respaldo de las fuerzas armadas estadounidenses y los poderosos regímenes cívico-militares clientelistas de Estados Unidos en América Latina.

El plan de las multinacionales estadounidenses de una integración en torno a Estados Unidos fue rechazado por los gobiernos de centro-izquierda. El estado imperial recurrió entonces a los acuerdos de libre comercio con México, Chile, Colombia, Panamá y Perú. Como resultado de la crisis económica y del colapso de la mayoría de las economías latinoamericanas, el "neoliberalismo", la ideología de la penetración económica imperial, quedó desacreditado y sus partidarios fueron marginados.

Los cambios en la economía mundial tuvieron un impacto profundo en las relaciones comerciales y de inversión entre Estados Unidos y América Latina. El crecimiento dinámico de China, el subsiguiente auge de la demanda y el aumento de los precios de las materias primas condujo a un considerable debilitamiento del dominio estadounidense en los mercados latinoamericanos.

Los países latinoamericanos diversificaron el comercio, buscaron y encontraron nuevos mercados exteriores, especialmente China. El incremento de los ingresos de las exportaciones se tradujo en una mayor capacidad de autofinanciación. Y tanto el FMI, como el BM y el BID, los instrumentos económicos que sirvieron para impulsar las imposiciones económicas de Estados Unidos ("condicionalidad"), fueron orillados.

El estado imperial estadounidense se enfrentó a regímenes latinoamericanos que adoptaron opciones económicas, mercados y medidas de financiamiento muy diversas. Con considerable apoyo popular en sus países y los mandos civil y militar unificados, América Latina fue saliendo tímidamente de la esfera estadounidense de dominación imperialista.

El estado imperial y sus multinacionales, enormemente inspirados por los "éxitos" cosechados en los noventa, respondieron al debilitamiento de su influencia utilizando el método de "ensayo y error" para enfrentar los nuevos obstáculos del siglo XXI. Los responsables de la política estadounidense, con el respaldo de las multinacionales, continuaron apoyando a los fracasados regímenes neoliberales, perdiendo toda credibilidad en América Latina. El estado imperial no supo adaptarse a los cambios, lo que hizo que aumentara la oposición popular y de los gobiernos de centro-izquierda a los "mercados libres" y la desregulación bancaria. A diferencia de las reformas sociales promovidas por el presidente Kennedy vía la "Alianza para el Progreso" para contrarrestar el impacto generado por la revolución cubana, esta vez no se diseñaron programas de ayuda económica a gran escala para imponerse a la centro-izquierda, quizás debido a las restricciones presupuestarias derivadas de las costosas guerras en otros lugares.

La desaparición de los regímenes neoliberales, el pegamento que mantuvo unidas a las diferentes facciones del estado imperial, dio lugar a propuestas rivales de cómo recuperar el dominio. La "facción militarista" recurrió a (y revivió) la fórmula del golpe militar para llevar a cabo la restauración: se organizaron golpes de Estado en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Honduras y Paraguay; salvo los dos últimos, todos fracasaron. La derrota de los representantes de Estados Unidos consolidó los regímenes independientes y antiimperialistas de centro-izquierda. Incluso el "éxito" del golpe estadounidense en Honduras tuvo como consecuencia una importante derrota diplomática: los gobiernos latinoamericanos condenaron el golpe de Estado y el papel de Estados Unidos, lo que terminó aislando a Washington todavía más.

La derrota de la estrategia militarista reforzó la facción político-diplomática del estado imperial. Con propuestas positivas hacia los en apariencia "regímenes de centro-izquierda", esta facción ganó influencia diplomática, mantuvo los vínculos militares y contribuyó a la expansión de las multinacionales en Uruguay, Brasil, Chile y Perú. Con los dos últimos países la facción económica del estado imperial consolidó acuerdos bilaterales de libre comercio.

Una tercera facción corporativo-militar, que se solapa con las otras dos, combinó cambios diplomático-políticos hacia Cuba con una estrategia muy agresiva de desestabilización política dirigida al "cambio de régimen" (golpe de Estado) en Venezuela.

La heterogeneidad de las facciones del estado imperial y sus orientaciones enfrentadas refleja la complejidad de los intereses implicados en la construcción del imperio en América Latina y tiene como consecuencia políticas aparentemente contradictorias, un fenómeno que resulta menos evidente en Oriente Medio, donde la configuración del poder militarista-sionista domina la formulación de políticas imperiales.

Por ejemplo, el aumento de las bases militares y las operaciones contrainsurgentes en Colombia (una prioridad de la facción militarista) se acompaña de acuerdos bilaterales de libre comercio y negociaciones de paz entre el gobierno de Santos y la insurgencia armada de las FARC (una prioridad de la facción de las multinacionales).

Recuperar el dominio imperial en Argentina supone (1) maximizar las posibilidades electorales del jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el neoliberal Mauricio Macri; (2) apoyar al conglomerado mediático imperial, Clarín, enfrentando la legislación que desconcentra el monopolio mediático; (3) explotar la muerte del fiscal Alberto Nisman, colaborador de la CIA y el Mossad, para desacreditar al gobierno de Kirchner-Fernández; y (4) respaldar a los fondos de inversión especuladores (buitres) en Nueva York para exigir el pago de intereses desorbitados y, con la ayuda de resoluciones judiciales cuestionables, bloquear el acceso de Argentina a los mercados internacionales.

Tanto la facción militarista como la de las multinacionales del estado imperial coinciden en apoyar una estrategia electoral y golpista con múltiples flancos, la cual busca restaurar el poder de un régimen neoliberal controlado por Estados Unidos.

Las contingencias que evitaron la recuperación del poder imperial durante la pasada década actúan ahora a la inversa. La caída del precio de las materias primas ha debilitado a los gobiernos posneoliberales en Venezuela, Argentina y Ecuador. La decadencia de los movimientos antiimperialistas a consecuencia de las tácticas de cooptación de centro-izquierda ha reforzado las protestas y a los movimientos de derechas apoyados por el estado imperial. El menor crecimiento de China ha afectado a las estrategias de diversificación del mercado latinoamericano. El equilibrio interno de las fuerzas de clase se ha desplazado hacia la derecha, hacia los clientes políticos de Estados Unidos en Brasil, Argentina, Perú y Paraguay.

Reflexiones teóricas sobre la construcción del imperio en América Latina La construcción del imperio estadounidense en América Latina es un proceso cíclico que refleja los cambios estructurales registrados en el poder político y la reestructuración de la economía mundial: fuerzas y factores que "ignoran" el estado imperial y la tendencia del capital a acumularse. La acumulación y expansión del capital no dependen simplemente de las fuerzas impersonales "del mercado", pues las relaciones sociales bajo las cuales funciona el "mercado" operan dentro de los límites de la lucha de clase.

La pieza central de las acciones del estado imperial, a saber, las largas guerras territoriales en Oriente Medio, están ausentes en América Latina. Lo que mueve la política del estado imperial estadounidense es la búsqueda de recursos (agro-mineros), fuerza de trabajo (empleados por cuenta propia con bajos ingresos) y mercados (tamaño y poder adquisitivo de 600 millones de consumidores). Detrás de la expansión imperial se hallan los intereses económicos de las multinacionales.

Aun cuando en este caso se hubiera podido sacar partido de una posición geoestratégica ventajosa –el Caribe, América Central y América del Sur están situados más cerca de Estados Unidos– predominan los objetivos económicos, no los militares. Sin embargo, la facción militarista-sionista del estado imperial ignora estos motivos económicos tradicionales y deliberadamente opta por actuar teniendo en cuenta otras prioridades: el control de las zonas productoras de petróleo, la destrucción de las naciones o los movimientos islámicos, o simplemente acabar con los adversarios antiimperialistas. La facción militarista-sionista consideró que los "beneficios" para Israel, su supremacía militar en Oriente Medio, eran más importantes que asegurar la supremacía económica de Estados Unidos en América Latina. Este hecho se observa claramente si analizamos las prioridades imperiales en función de los recursos estatales utilizados para fines políticos.

Incluso si tenemos en cuenta el objetivo de la "seguridad nacional" y lo interpretamos en su sentido más amplio de garantizar la seguridad de los territorios nacionales del imperio, el ataque militar estadounidense a países islámicos impulsado por la ideología islamofóbica concomitante, los asesinatos masivos y el desarraigo de millones de musulmanes resultantes han producido el efecto contrario: terrorismo recíproco. Las "guerras totales" de Estados Unidos contra civiles han provocado ataques islamistas contra ciudadanos occidentales.

Los países latinoamericanos a los que apunta el imperialismo económico son menos beligerantes que los países de Oriente Medio que están en la mira de los militaristas estadounidenses. Un análisis coste/beneficio demostraría el carácter absolutamente "irracional" de la estrategia militarista. Sin embargo, si tenemos en cuenta la composición y los intereses concretos que mueven individualmente a los responsables de las políticas del estado imperial, vemos que existe algo así como una perversa "racionalidad". Los militaristas defienden la "racionalidad" de costosas e interminables guerras esgrimiendo las ventajas de adueñarse de "las puertas al petróleo" mientras que los sionistas esgrimen el mayor poder regional alcanzado por Israel.

Si bien durante más de un siglo América Latina fue un objetivo prioritario de la conquista económica imperial, en el siglo XXI ha perdido su primacía a favor de Oriente Medio.

La desaparición de la URSS y la conversión de China al capitalismo El mayor impulso hacia la exitosa expansión imperial de Estados Unidos no se lo dieron las guerras por poderes ni las invasiones militares. Más bien, el imperio estadounidense logró su mayor crecimiento y conquista con la ayuda de líderes políticos clientelistas, organizaciones y estados vasallos en la URSS, Europa del Este, los estados bálticos, los Balcanes y el Cáucaso. La estrategia de penetración política y financiación a gran escala y a largo plazo que llevaron a cabo Estados Unidos y la Unión Europea contribuyó de manera exitosa al derrumbe de los regímenes colectivistas de Rusia y la URSS y a la aparición de estados vasallos. Estos pronto estarían a disposición de la OTAN y serían incorporados a la Unión Europea. Bonn se anexionó Alemania Oriental y dominó los mercados de Polonia, la República Checa y otros estados de Europa Central. Los banqueros de Estados Unidos y Londres colaboraron con los mafiosos oligarcas ruso-israelíes en actividades conjuntas para llevar a cabo el expolio de recursos, industrias, bienes inmuebles y fondos de pensiones. La Unión Europea explotó a decenas de millones de científicos, ingenieros y trabajadores altamente cualificados importándolos, o bien despojándolos de los derechos laborales y las prestaciones del estado de bienestar y sirviéndose de ellos como mano de obra barata en sus propios países.

El "imperialismo por invitación" avalado por el régimen vasallo de Yeltsin se apropió muy fácilmente de la riqueza rusa. Las fuerzas militares del Pacto de Varsovia entraron a formar parte de una legión extranjera en las guerras imperiales de Estados Unidos en Afganistán, Iraq y Siria. Sus instalaciones militares fueron convertidas en bases militares y emplazamientos de misiles para cercar a Rusia.

La conquista imperial estadounidense del Este creó un "mundo unipolar", en el cual los responsables de la toma de decisiones y estrategas de Washington creyeron que, como potencia mundial suprema, podrían intervenir impunemente. El alcance y la profundidad del imperio mundial estadounidense se ampliaron con la incorporación de China al capitalismo y la invitación de su gobierno a las multinacionales de Estados Unidos y la Unión Europea a entrar y explotar la mano de obra barata del país. La expansión global del imperio estadounidense reforzó la sensación de poder ilimitado, alentando a sus gobernantes a ejercer dicho poder contra cualquier adversario o competidor.

Entre 1990 y 2000, Estados Unidos llevó sus bases militares hasta la frontera de Rusia. Las multinacionales estadounidenses fortalecieron su posición en China e Indochina. Los regímenes clientelistas de Estados Unidos en América Latina desmantelaron sus economías nacionales, privatizando y desnacionalizando más de cinco mil empresas públicas de sectores estratégicos lucrativas. Todos los sectores se vieron afectados: recursos naturales, transportes, telecomunicaciones y finanzas.

A lo largo de los años noventa, Estados Unidos siguió expandiéndose mediante la estrategia de la penetración política y la fuerza militar. El presidente George H. W. Bush emprendió una guerra contra Iraq. Clinton bombardeó Yugoslavia, y Alemania y la Unión Europea se unieron a Estados Unidos para dividir Yugoslavia en "mini-estados".

El crucial año 2000: la cima y el declive del imperio El rápido y amplio proceso de expansión imperial, entre 1989 y 1999, las conquistas fáciles y el expolio concomitante crearon las condiciones para el declive del imperio de Estados Unidos.

El saqueo y empobrecimiento de Rusia condujo a la aparición de un nuevo liderazgo bajo el presidente Putin, que estaba decidido a reconstruir el estado y la economía y poner fin al vasallaje.

El liderazgo chino aprovechó su dependencia del capital y la tecnología de Occidente para crear una poderosa economía exportadora e impulsar el crecimiento de un dinámico complejo industrial nacional público-privado. Los centros financieros imperiales que habían florecido al calor de una regulación excesivamente laxa quebraron. Los cimientos domésticos del imperio se estremecieron. La máquina de guerra imperial tuvo que competir con el sector financiero por las partidas presupuestarias y los subsidios federales.

El crecimiento fácil condujo a la expansión excesiva del imperio. Las zonas de conflicto se multiplicaron en todo el mundo, reflejo del resentimiento y la hostilidad ante la destrucción provocada por los bombardeos y las invasiones. Los gobernantes clientelistas, estrechos colaboradores del imperio, vieron debilitado su poder. El imperio mundial superó la capacidad de Estados Unidos para controlar satisfactoriamente a sus nuevos estados vasallos. Los puestos avanzados coloniales reclamaron nuevos envíos de tropas y armas y nuevas inyecciones de dinero, en un momento en el que contrarrestar las tensiones internas exigía el recorte y el repliegue.

Todas las conquistas recientes –fuera de Europa– fueron muy costosas. La sensación de invencibilidad e impunidad llevó a los diseñadores del imperio a sobrestimar su capacidad de expandirse, de mantener el control y de contener la inevitable resistencia antiimperialista.

Las crisis y el colapso de los estados vasallos neoliberales en América Latina se aceleraron. Las revueltas antiimperialistas se extendieron desde Venezuela (1999) hasta Argentina (2001), Ecuador (2000-2005) y Bolivia (2003-2005). Surgieron regímenes de centro-izquierda en Brasil, Uruguay y Honduras. Los movimientos de masas conformados por comunidades indígenas y mineras tomaron un nuevo impulso en las zonas rurales. Los planes imperiales que se habían elaborado para garantizar la integración centrada en Estados Unidos fueron rechazados. En su lugar proliferaron múltiples acuerdos regionales que excluían a Estados Unidos: ALBA, UNASUR, CELAC. La rebelión interna de América Latina coincidió con el ascenso económico de China. Un prolongado auge de las materias primas debilitó seriamente la supremacía imperial estadounidense. Estados Unidos tenía pocos aliados locales en América Latina y compromisos excesivamente ambiciosos para controlar Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de África.

Washington perdió su mayoría automática en América Latina: su apoyo a los golpes de Estado en Honduras y Paraguay, su intervención en Venezuela (2001) y el embargo en contra de Cuba fueron repudiados por todos los gobiernos, incluso por los aliados conservadores.

Washington se dio cuenta de que resultaba mucho menos sencillo defender un imperio global que establecerlo. Los estrategas imperiales en Washington vieron las guerras de Oriente Medio a través del prisma de las prioridades militares israelíes, ignorando los intereses económicos globales de las multinacionales.

Los estrategas militares imperiales sobrestimaron la capacidad militar de vasallos y clientes, a los que Estados Unidos preparó muy mal para gobernar en países con movimientos armados de resistencia nacional. Aumentaron las guerras, las invasiones y las ocupaciones militares. A Iraq y Afganistán se sumaron Yemen, Somalia, Libia, Siria y Paquistán. Los gastos del estado imperial estadounidense excedieron con mucho cualquier transferencia de riqueza desde los países ocupados.

Cientos de miles de millones de dólares del Tesoro estadounidense fueron saqueados por una enorme burocracia mercenaria civil y militar.

El papel central de las guerras de conquista destrozó la infraestructura institucional y las bases económicas necesarias para que las multinacionales pudieran instalarse y ganar dinero.

Aferrado a las ideas estratégicas militares de imperio, el liderazgo militar-político del estado imperial diseñó una ideología global para justificar y fundamentar una política de guerra permanente y múltiple. La doctrina de la "guerra al terror" justificó la guerra en todas partes y en ninguna. La doctrina era "elástica", se podía adaptar a cada zona de conflicto e invitaba a nuevos compromisos militares: Afganistán, Libia, Irán y el Líbano fueron designados como zonas de guerra. La "doctrina del terror", de alcance global, ofreció una justificación para múltiples guerras y para la destrucción (no explotación) masiva de sociedades y recursos económicos. Sobre todo, la "guerra contra el terrorismo" justificó la tortura (Abu Ghraib), los campos de concentración (Guantánamo) y los objetivos civiles (vía drones) en cualquier parte. Las tropas fueron retiradas y enviadas de nuevo a Afganistán e Iraq a medida que aumentaba la resistencia. Miles de efectivos de las fuerzas especiales estuvieron en activo en montones de países, sembrando el caos y la muerte.

Además, el violento desarraigo, la degradación y la estigmatización de pueblos islámicos enteros propagó la violencia en los centros imperiales de París, Nueva York, Londres, Madrid y Copenhague. La globalización del terror del estado imperial se tradujo en terror individual.

El terror imperial dio lugar al terror al interior de los estados: el primero de forma sostenida, abarcando civilizaciones enteras, conducido y justificado por representantes políticos electos y autoridades militares. El segundo mediante un grupo transversal de "internacionalistas" que inmediatamente se identificaron con las víctimas del terror del estado imperial.

El imperialismo contemporáneo: perspectivas presentes y futuras Para entender el futuro del imperialismo estadounidense es importante resumir y evaluar la experiencia y las políticas del último cuarto de siglo.

Entre 1990 y 2015 observamos un declive económico, político e incluso militar en la construcción del imperio estadounidense en la mayoría de regiones del mundo, aunque el proceso no es lineal y probablemente tampoco irreversible.

A pesar de que en Washington se ha hablado mucho de la necesidad de reconfigurar las prioridades imperiales para tener en cuenta los intereses económicos de las multinacionales, se ha conseguido muy poco... La estrategia de Obama de "bascular hacia Asia" se ha concretado en nuevos acuerdos militares con Japón, Australia y Filipinas alrededor de China, y refleja la incapacidad de diseñar acuerdos de libre comercio que excluyan a este país. Entre tanto, Estados Unidos ha reanudado la guerra y ha vuelto a entrar en Iraq y Afganistán, además de haber iniciado nuevas guerras en Siria y Ucrania. Está claro que la primacía de la facción militarista sigue siendo el factor determinante en el diseño de las políticas del estado imperial.

El motor militar imperial es aún más evidente en la intervención estadounidense en apoyo del golpe de Estado en Ucrania y la decisión subsiguiente de financiar y armar a la junta de Kiev. La ofensiva imperial en Ucrania y los planes para incorporarla a la Unión Europea y la OTAN constituyen una flagrante agresión militar: la extensión de las bases, las instalaciones y las maniobras militares estadounidenses hasta la frontera de Rusia, junto con la imposición de sanciones económicas, han perjudicado duramente el comercio y las inversiones estadounidenses en Rusia. La construcción del imperio estadounidense sigue dando prioridad a la expansión militar incluso a costa de los intereses económicos imperiales occidentales en Europa.

El bombardeo de Libia por parte de Estados Unidos y la Unión Europea arruinó el floreciente comercio y los acuerdos de inversión entre las multinacionales imperiales del petróleo y el gas y el gobierno de Gadafi... Los ataques aéreos de la OTAN destrozaron la economía, la sociedad y el orden político, convirtiendo Libia en un territorio invadido por clanes enfrentados, bandas, terroristas y la violencia armada.

Durante el último medio siglo, el liderazgo político y las estrategias del estado imperial han cambiado drásticamente. En el periodo que va de 1975 hasta 1990 las multinacionales tuvieron un papel central marcando la dirección de la política del estado imperial: aprovechando los mercados asiáticos, negociando la apertura del mercado con China, promoviendo y apoyando gobiernos neoliberales militares y civiles en América Latina, e instalando y financiando gobiernos pro-capitalistas en Rusia, Europa del Este, los Balcanes y los estados bálticos. Incluso en los casos donde el estado imperial recurrió a la intervención militar, Yugoslavia e Iraq, los bombardeos crearon oportunidades económicas favorables para las multinacionales estadounidenses. El gobierno de Bush padre favoreció los intereses petroleros de Estados Unidos mediante el programa "petróleo por comida" acordado con Sadam Husein en Iraq.

Por su parte, Clinton promovió gobiernos de libre comercio en los mini-estados resultantes de la división de la Yugoslavia socialista

No obstante, el liderazgo y las políticas del estado imperial cambiaron radicalmente desde finales de los noventa en adelante. El estado imperial del presidente Clinton estaba formado por antiguos representantes de las multinacionales, banqueros de Wall Street y conocidos militaristas y sionistas recién ascendidos.

El resultado fue una política híbrida con la que el estado imperial promovió de manera activa las oportunidades de las multinacionales bajo los regímenes neoliberales de los países ex comunistas de Europa y de América Latina, y amplió los lazos de éstas con China y Vietnam, mientras llevaba a cabo devastadoras intervenciones militares en Somalia, Yugoslavia e Iraq.

El "equilibrio de fuerzas" dentro del estado imperialista cambió drásticamente, inclinándose a favor de la facción militarista-sionista, a partir del 11 de septiembre de 2001: el ataque terrorista de origen dudoso y las demoliciones de bandera falsa en Nueva York y Washington sirvieron para afianzar a los militaristas que estaban al mando del enorme aparato del estado imperial. Como consecuencia del 11 de septiembre la facción militarista-sionista del estado imperial subordinó los intereses de las multinacionales a su estrategia de guerras totales. Esto, a su vez, llevó a la invasión, ocupación y destrucción de la infraestructura civil de Iraq y Afganistán (en lugar de aprovecharla para la expansión de las multinacionales). El régimen colonial de Estados Unidos desmanteló el estado iraquí (en lugar de reorganizarlo en función de las necesidades de las multinacionales). El asesinato y la migración forzosa de millones de profesionales cualificados, administradores y miembros del ejército y de la policía paralizaron cualquier recuperación económica (en lugar de emplearlos al servicio del estado colonial y las multinacionales)

La enorme influencia militarista-sionista en el estado imperial introdujo importantes cambios en la política, la orientación, las prioridades y el modus operandi del imperialismo estadounidense. La ideología de la "guerra global al terror" sustituyó a la doctrina de las multinacionales a favor de la "globalización económica".

Las guerras perpetuas (los "terroristas" no estaban circunscritos a determinados lugares ni momentos) reemplazaron a las guerras limitadas y a las intervenciones para abrir mercados o instalar regímenes favorables a las políticas neoliberales que beneficiaran a las multinacionales estadounidenses.

Las guerras en Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de África –contra países islámicos que se oponían a la expansión colonial de Israel en Palestina, Siria, el Líbano y el resto– pasaron a ocupar el centro de la actividad del estado imperial, desplazando a la estrategia para explotar las oportunidades económicas en Asia, América Latina y los países ex comunistas de Europa del Este.

La nueva concepción militarista de la construcción del imperio supuso gastos billonarios y no tuvo en cuenta ni se preocupó por las ganancias del capital privado. En cambio, bajo la hegemonía de las multinacionales, el estado imperial intervino para garantizar concesiones de petróleo, gas y minerales en América Latina y Oriente Medio, y las ganancias de las multinacionales compensaron de sobra los gastos de la conquista militar. La configuración militarista del estado imperial permitió el saqueo del Tesoro estadounidense para financiar sus ocupaciones, gastando enormes sumas en un ejército de colaboradores coloniales corruptos, en los "contratistas militares" privados, y en funcionarios militares estadounidenses responsables de adquisiciones (sic).

Anteriormente la expansión de las multinacionales en el exterior había generado beneficios para el Tesoro de Estados Unidos por el pago de impuestos directos y mediante los ingresos procedentes del comercio y la transformación de materias primas.

En la última década y media los mayores y más estables beneficios de las multinacionales se han producido en zonas y países donde la participación del estado imperial militarizado ha sido mínima: China, América Latina y Europa. Donde menos beneficios han obtenido y más han perdido las multinacionales ha sido en las regiones donde la implicación del estado imperial ha sido mayor.

Las "zonas de guerra" que se extienden desde Libia hasta Somalia, el Líbano, Siria, Iraq, Ucrania, Irán, Afganistán y Paquistán son las regiones donde las multinacionales imperiales han sufrido un mayor deterioro y abandono.

Los principales "beneficiarios" de las actuales políticas del estado imperial son los contratistas militares privados y el complejo militar-industrial-securitario estadounidense. En el exterior, los beneficiarios del estado incluyen a Israel y Arabia Saudita. Por otro lado, los gobernantes clientelistas jordanos, egipcios, iraquíes, afganos y paquistaníes han guardado decenas de miles de millones en cuentas off-shore.

Entre los beneficiarios "no estatales" se encuentran los ejércitos mercenarios por poderes. En Siria, Iraq, Libia, Somalia y Ucrania también se han visto favorecidos decenas de miles de colaboradores en las autodenominadas organizaciones "no gubernamentales".

El análisis coste-beneficio o la construcción del imperio bajo la protección del estado imperial militarista-sionista Una década y media es tiempo suficiente para evaluar los resultados del dominio militarista-sionista en el estado imperial.

Estados Unidos y sus aliados de Europa Occidental, sobre todo Alemania, lograron expandir su imperio en Europa Oriental, los Balcanes y las regiones del Báltico sin disparar un solo tiro. Estos países fueron convertidos en estados vasallos de la Unión Europea, sus mercados conquistados y sus industrias desnacionalizadas. Sus fuerzas armadas fueron contratadas como mercenarios de la OTAN. Alemania Occidental se anexó Alemania Oriental. La mano de obra cualificada barata, los inmigrantes y desempleados, aumentaron los beneficios de las multinacionales de la Unión Europea y Estados Unidos. Rusia fue temporalmente reducida a estado vasallo entre 1991 y 2001. El nivel de vida descendió vertiginosamente y se redujeron los programas del estado de bienestar. Aumentó la tasa de mortalidad. Las desigualdades de clase se ampliaron. Los millonarios y los mil millonarios se apropiaron de los recursos públicos y participaron con las multinacionales imperiales en el saqueo de la economía. Los líderes y partidos socialistas y comunistas fueron reprimidos o cooptados. En cambio, la expansión militar imperial en lo que va del siglo XXI está siendo un fracaso muy costoso. La "guerra en Afganistán" resultó una sangría de vidas y de dinero y provocó una ignominiosa retirada. Lo que quedó fue un débil gobierno títere y un ejército mercenario poco fiable. Ha sido la guerra más larga de la historia de Estados Unidos y uno de sus mayores fracasos. Al final, los movimientos de resistencia nacionalistas-islamistas –los llamados "talibanes" y los grupos de resistencia antiimperialistas etno-religiosos y nacionalistas aliados– dominan las zonas rurales, atacan continuamente las ciudades y se preparan para tomar el poder.

La guerra de Iraq, la invasión y los diez años de ocupación por parte del estado imperial diezmaron la economía del país. La ocupación fomentó la guerra etno-religiosa. Oficiales baazistas y militares profesionales se unieron a los islamistas-nacionalistas y formaron un poderoso movimiento de resistencia (EIIL) que derrotó al ejército mercenario chiita apoyado por el imperio durante la segunda década de la guerra. El estado imperial se vio forzado a volver a entrar y participar directamente en una larga guerra. El coste de la guerra se disparó hasta más de un billón de dólares. Se obstaculizó la explotación del petróleo y el Tesoro de Estados Unidos vertió decenas de miles de millones de dólares para sostener una "guerra sin fin".

El estado imperial estadounidense y la Unión Europea, junto con Arabia Saudita y Turquía, financiaron milicias mercenarias islámicas para invadir Siria y derrocar al régimen secular, nacionalista y anti-sionista de Bachar al Assad. La guerra imperial abrió la puerta para que las fuerzas islámicas-baazistas –EIIL– se extendieran hasta Siria. Los kurdos y otros grupos armados les arrebataron territorio y fragmentaron el país. Después de casi cinco años de guerra y crecientes costes militares, las multinacionales de Estados Unidos y la Unión Europea se han quedado fuera del mercado sirio.

El apoyo estadounidense a la agresión israelí contra el Líbano ha hecho que aumente el poder de la resistencia armada antiimperialista de Hezbolá. El Líbano, Siria e Irán constituyen en este momento una alternativa seria al eje de Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudita e Israel.

La política estadounidense de sanciones a Irán no ha logrado debilitar el régimen nacionalista y, en cambio, ha cercenado las oportunidades económicas de todas las grandes multinacionales del petróleo y el gas de Estados Unidos y la Unión Europea, así como las de los exportadores de artículos de fabricación estadounidense. China ha ocupado su lugar.

La invasión de Libia por parte de Estados Unidos y la Unión Europea destruyó la economía y supuso la pérdida de miles de millones de dólares en inversiones de las multinacionales y la interrupción de las exportaciones.

La toma del poder por el estado imperial estadounidense mediante un golpe de Estado por poderes en Kiev, provocó una poderosa rebelión antiimperialista dirigida por milicias armadas en el Este (Donetsk y Lugansk) y la aniquilación de la economía ucraniana.

En resumen, el control militar-sionista del estado imperial ha conducido a largas y costosas guerras imposibles de ganar que han debilitado los mercados y los proyectos de inversión de las multinacionales estadounidenses. El militarismo ha reducido la presencia económica imperial y ha provocado movimientos de resistencia antiimperialistas cada vez más amplios, a la vez que ha aumentado la lista de países inviables, inestables y caóticos que escapan al control imperial.

El imperialismo económico ha seguido obteniendo beneficios en partes de Europa, Asia, América Latina y África a pesar de las guerras imperiales y las sanciones económicas que el enormemente militarizado estado imperial ha llevado a cabo en otros lugares.

Sin embargo, la toma del poder en Ucrania por los militaristas estadounidenses y las sanciones a Rusia han erosionado el lucrativo comercio y las inversiones de la Unión Europea en Rusia. Bajo la tutela del FMI, la Unión Europea y Estados Unidos, Ucrania se ha convertido en una economía fuertemente endeudada, al borde de la quiebra, dirigida por cleptócratas totalmente dependientes de los préstamos del extranjero y la intervención militar.

Al priorizar las sanciones y el conflicto con Rusia, Irán y Siria, el estado imperial militarizado no ha conseguido profundizar y ampliar sus lazos económicos con Asia, América Latina y África. La conquista política y económica de Europa del Este y partes de la URSS ha perdido importancia. Las guerras perpetuas perdidas en Oriente Medio, el norte de África y el Cáucaso han mermado la capacidad del estado imperial para llevar adelante la construcción del imperio en Asia y América Latina.

La pérdida de riqueza, los costes internos de las guerras perpetuas, ha erosionado las bases electorales de la construcción del imperio. Solamente un cambio radical en la composición del estado imperial y una reorientación de sus prioridades para situar la expansión económica en el centro de las mismas podrían impedir el actual declive del imperio. El peligro está en que si el estado imperialista sionista militarista sigue interviniendo en guerras perdidas puede subir la apuesta y deslizarse hacia una confrontación nuclear: ¡un imperio entre cenizas nucleares!
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Tomado de Rebelión

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

¡China apoya a Rusia en Ucrania!

Dom, 08/03/2015 - 09:01
Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

Dejando de lado el rescate de China a mediados de diciembre para impedir el colapso del rublo ruso de los avernos financieristas anglosajones de Wall Street y la City, como delata el británico Alastair Crooke en Conflict Forum, ahora la diplomacia china sale al quite en forma inusitada para apuntalar al zar Vlady Putin en su postura ante Ucrania.

Con clarividencia pasmosa, Qu Xing, embajador chino en Bélgica –sede de la OTAN y la Unión Europea (UE)–, en entrevista con la agencia oficial Xinhua, aseveró que la naturaleza y la raíz de la crisis en Ucrania se deben a los juegos entre Rusia y los poderes occidentales, que incluyen a Estados Unidos y la UE.

Su declaración exhuma el clásico gran juego geopolítico de Gran Bretaña contra Rusia en Afganistán /Asia central, con el fin de impedir a Moscú su salida a los mares calientes.

En forma subliminal también apunta los funestos juegos de Brzezinski –ex asesor de Seguridad Nacional de Carter e íntimo de Obama– mediante su concepto superbélico de los Balcanes euroasiáticos, que plasmó en su anacrónico libro de hace 19 años El gran tablero de ajedrez mundial. No es lo mismo el acmé del momento unipolar de Estados Unidos –que no supo aprovechar– que el presente momento multipolar, a mi juicio, tripolar geoestratégico, que comparten Estados Unidos, Rusia y China, en un G-3 que no se atreve a pronunciar su nombre. ¿Es Ucrania la nueva trampa que la dupla Brzezinski/Obama tiende a Rusia para que se empantane miserablemente como le sucedió en Afganistán en la década de los 80 del siglo XX?

Qu Xing subraya lo consabido: las regiones occidentales y orientales de Ucrania difieren en cultura, grupos étnicos, comprensión de la historia y desarrollo económico y social, lo que han azuzado fuerzas foráneas que alientan su corrupción severa y deterioraron su débil economía.

Qu Xing señala que Rusia se siente angustiada de que Occidente pueda estrangular su espacio geográfico al extender su influencia en los países de Europa oriental, incluyendo Ucrania. Basta leer las ominosas amenazas de StrobeTalbott –subsecretario de Estado con Bill Clinton, quien balcanizó Yugoslavia– y del israelí-estadundense George Friedman, director del polémico Stratfor –considerado la CIA de la geopolítica de Estados Unidos–, quienes advierten la inminente balcanización de Rusia y su cambio de régimen. Brzezinski, Obama y Leo Panetta –ex director malhadado y malvado de la CIA– manejan la expulsión de Putin y su recambio por Medvediev para mejorar las relaciones con Occidente ( whatever that means).

A juicio del embajador Qu Xing, el involucramiento de Estados Unidos en la crisis de Ucrania se puede volver una distracción de su política exterior, incluyendo su estrategia de requilibrio, cuando Washington no desea ver su presencia debilitada en cualquier parte del mundo y sus recursos están limitados (¡supersic!), por lo que será muy difícil en cierto punto que sustente su influencia en los asuntos exteriores.

El embajador chino tiene la condescendencia de considerar a la UE entre las grandes potencias –se infiere, además de Estados Unidos, Rusia y la propia China–, a quienes apela a repensar sus conceptos en los asuntos globales con una nueva mentalidad de ganar-ganar en lugar de una suma cero en seguridad, como lección de la crisis de Ucrania. Aporta como prueba la alta sensibilidad de la propia seguridad occidental, pese a su enorme poderío militar, cuando Estados Unidos tiene un sistema poco transparente de revisión de seguridad nacional para las megafusiones de los inversionistas foráneos, mientras despliega sistemas misilísticos balísticos de defensa en todo el planeta que no garantizan su seguridad absoluta.

Mi pregunta tonta: ¿cómo puede Estados Unidos, tan ultrasensible en su propia seguridad nacional, ser tan insensible a la inseguridad ajena?

Con tal mentalidad unilateral no será posible resolver la crisis de Ucrania, porque una cosa es la legítima seguridad de Estados Unidos, siempre y cuando no colisione con la de las grandes potencias, y otra es la seguridad propiamente dicha de Europa, con todo su historial específico, no se diga de Asia entera.

Qu Xing expresa su axioma nodal: Occidente debe tomar en consideración las preocupaciones reales de seguridad de Rusia. ¿Y si no?

Pues que no se preocupe tanto Qu Xing, que Putin se las arreglará para que tomen en cuenta la seguridad nacional de Rusia en la era post Crimea, con el único lenguaje disuasivo que por desgracia solamente parece entender Estados Unidos: el militar.

Todo el espectro político de Francia –única potencia nuclear continental en Europa con su force de frappe (poder disuasivo)–, que ha recuperado espectacularmente el legado gaullista, sí entiende los alcances de una guerra entre Estados Unidos y Rusia por Ucrania; y Alemania, en menor medida, después del breve extravío de la canciller Merkel en su filípica de Australia. En forma atinada, Qu Xing advierte que la UE y Estados Unidos tienen la misma estrategia respecto de Ucrania, pero difieren en cuanto a su disímil táctica, ya que también su geopolítica es dispareja, por lo que la UE ha adoptado un abordaje más pragmático.

Obvio: Estados Unidos se encuentra lejos de Ucrania, mientras que Rusia y Ucrania, con sus virtudes y/o defectos, forman parte del espacio geográfico europeo.

Qu Xing comenta que definitivamente (sic) el caos en Ucrania causará inestabilidad en Europa, además de que la UE depende energéticamente de Rusia. Tampoco hay que soslayar los alcances de la guerra geofinanciera israelí-anglosajona, porque quizá a Estados Unidos le convenga incendiar a toda Europa para encender el cigarro del dólar que se ha revaluado mientras el rublo y el euro se han desfondado.

Qu Xing contempla un escenario en el que Francia y Alemania se puedan excusar de sus compromisos de Minsk-2 con Ucrania y Rusia con el pretexto de que Estados Unidos no participó en las negociaciones.

China se pronuncia por los principios de no interferencia, respeto a la soberanía e integridad territorial de Ucrania, país del que ha sido amigo, por lo que apela a una salida política que tome en cuenta la seguridad nacional de Rusia.

Léase: su finlandización, es decir, su neutralidad –ni OTAN ni Grupo de Shanghai ni UE ni Unión Euroasiática–, mediante una federación con amplia autonomía para las regiones rusófonas/rusófilas de Novorossiya (Ucrania oriental).

La evaluación de la agencia británica Reuters sobre la declaración de Qu Xing es prístina: una postura de China abierta e inusualmente franca de apoyo (¡supersic!) a la posición de Moscú en la crisis de Ucrania.

Yo no iría tan lejos como Zero Hedge para aseverar que el apoyo explícito o implícito de China a cualquier campo haría toda la diferencia, sin mencionar el eje más formidable del mundo, cuando el triunfador resultó el embajador de China en Bélgica: Qu Xing.

Ahora se entiende –el mismo día del acuerdo Minsk-2– la invitación de Obama al mandarín Xi a Washington en septiembre.

Las sanciones de Estados Unidos y la UE contra Rusia pueden fenecer en China, cuyo apoyo financiero es decisivo.
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Tomado de La Jornada

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Stiglitz: Argentina merece un juicio imparcial para su deuda soberana

Dom, 08/03/2015 - 03:05
Joseph Stiglitz, Martin Guzman, Project Syndicate

En julio pasado, cuando el juez federal de Estados Unidos Thomas Griesa dictaminó que Argentina tenía que pagar el total, sin ningún descuento, a los llamados fondos buitres, que habían comprado su deuda soberana a precios extremadamente bajos, el país se vio obligado a suspender sus pagos, es decir a entrar en una “moratoria a la Griesa”. La decisión tuvo repercusiones a lo largo y ancho, afectando a los bonos emitidos en distintas jurisdicciones, lo que sugiere que los tribunales estadounidenses tuviesen dominio sobre contratos celebrados en otros países.

Desde aquel momento, abogados y economistas han tratado de desentrañar las desconcertantes implicaciones de la decisión de Griesa. ¿Se extiende realmente la autoridad de los tribunales de Estados Unidos más allá de las fronteras estadounidenses?

Ahora, un tribunal del Reino Unido por fin ha arrojado algo de luz sobre este problema, dicho tribunal dictaminó que los pagos de intereses que debe realizar la Argentina sobre los bonos emitidos de conformidad con la legislación del Reino Unido se encuentran bajo la autoridad de la legislación británica, y no bajo la autoridad de las resoluciones judiciales estadounidenses. La decisión – un bienvenido descanso de una serie de decisiones de jueces estadounidenses que no parecen entender las complejidades de los mercados financieros mundiales – transmite algunos mensajes importantes.

En primer lugar, el hecho de que las negociaciones de la deuda argentina fueron tramitadas bajo la supremacía de un tribunal estadounidense – que luego fue contradicha por un tribunal británico – es un claro recordatorio de que las soluciones a las crisis de la deuda soberana que se fundamentan en el mercado tienen una alta probabilidad de causar caos. Antes de que sobrevenga la moratoria a la Griesa, con frecuencia se asumía erróneamente que las soluciones a los problemas de repago de las deudas soberanas podrían alcanzarse a través de negociaciones descentralizadas, sin tener un marco legal sólido. Incluso después de la mencionada moratoria, la comunidad financiera y el Fondo Monetario Internacional esperaban establecer un poco de orden en los mercados de bonos soberanos simplemente al hacer ajustes en los contratos de deuda, en particular en los términos de las llamadas cláusulas de acción colectiva (que hacen que una propuesta de reestructuración aprobada por un súper mayoría sea vinculante para todos los acreedores).

Sin embargo, modificaciones simples como ser enmiendas contractuales no lograrán que se superen las deficiencias del sistema. Debido a que existen múltiples deudas en distintas jurisdicciones, mismas que están sujetas a un raudal de leyes, que en ocasiones son contradictorias entre sí, tener una fórmula básica para la adición de los votos de los acreedores – que es el abordaje promovido por los partidarios de un enfoque basado en el mercado – haría poco por resolver problemas de negociación complicados. Dicha fórmula básica tampoco establecería los tipos de cambio a utilizarse para valorar la deuda emitida en distintas monedas. Si se dejan estos problemas para que sean los mercados los que los aborden, será el poder de negociación puro, y no los criterios de eficiencia o equidad, el que determinará las soluciones.

Las consecuencias de estas deficiencias no son meros inconvenientes. Los retrasos en la conclusión de las reestructuraciones de las deudas pueden hacer que las recesiones económicas sean más profundas y persistentes, tal como el caso de Grecia ilustra.

Esto nos lleva a la segunda lección de la sentencia británica. Ya que lo que está en juego es de tan alto valor y el sistema es tan deficiente, los mercados de deuda tienen pocas razones para permanecer en EE.UU. Este país siempre se ha enorgullecido de la fortaleza de su “estado de derecho”, una ventaja que ha hecho que Wall Street sea la sede del mercado de deuda soberana más grande del mundo. Pero la sentencia dictada por Griesa, que se fundamenta en una interpretación peculiar – y en nuestra opinión, insostenible – de ciertos términos en el contrato de Argentina, mostró que los intereses comerciales estadounidenses pueden dominar las decisiones de sus tribunales.

El alardeado estado de derecho estadounidense ya no luce tan robusto. Contra toda lógica, protege a los fuertes en contra de los débiles. La moratoria a la Griesa es sólo la última de muchas decisiones y cambios legales que han revelado lo que uno podría denominar como un síntoma de “la corrupción al estilo estadounidense”, en la que el cabildeo y las contribuciones a las campañas electorales comprometen a todo el sistema, incluso cuando ningún funcionario de manera individual acepta algún tipo de soborno. Estados Unidos actuaría de manera prudente si reaccionaría antes de que el mercado de deuda soberana migre de Nueva York.

China debe estar preparada para hacerse cargo y relevar a EE.UU. Los ahorros de China superan con creces los de EE.UU., y China se esfuerzan por convertir a Shanghai en un centro financiero mundial. Esa ambición se ha vuelto más asequible si se consideran los daños causados a la credibilidad del sistema estadounidense a raíz de la crisis financiera del año 2008. No obstante, si Shanghai va a surgir como líder en los mercados de la deuda soberana, China debe estar consciente de las deficiencias de los marcos legales en otros lugares, y debe diseñar una alternativa más eficiente y equitativa.

El mensaje final y principal de la decisión del tribunal británico es uno que todos los países deberían tener en cuenta. Hay una necesidad urgente de renovar los esfuerzos de las Naciones Unidas dirigidos a crear un marco legal multinacional para la reestructuración de la deuda soberana. A pesar de que Estados Unidos está tratando de socavar dichos esfuerzos, la sentencia británica nos recuerda que los jueces de Estados Unidos no son los jueces del mundo.

Puede que esta última revelación no cause felicidad en Wall Street; sin embargo, para los muchos países alrededor de todo el mundo que dependen de la deuda soberana, es en verdad una muy buena noticia.

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El caso Penta y la corrupción neoliberal en Chile

Sáb, 07/03/2015 - 17:01

Fraude tributario reiterado, cohecho, sobornos, lavado de dinero, tráfico de influencias y financiamiento ilegal a los partidos de derecha eran temas ampliamente conocidos por la ciudadanía pero jamás abordados por la justicia chilena, que hacía oídos sordos a las denuncias y siempre encontraba subterfugios para rehuir un formato de prácticas delictivas que se arrastran desde la dictadura de Pinochet. Los amplios lazos entre la esfera política y la empresarial siempre gozaron de la protección de la justicia... hasta ahora. Nunca antes estas prácticas delictivas habían sido investigadas y denunciadas por la justicia, y se pensaba que así sería para siempre.

Por eso que los cuatro días de audiencia sobre el caso Penta han sido un terremoto grado diez en la sociedad chilena que pensaba que todo seguiría igual. Los ex controladores de este holding financiero, Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín, quedaron hoy en prisión preventiva según determinó el juez Juan Manuel Escobar, imputados por delitos tributarios y sobornos. Los acompaña Pablo Wagner Sanmartín, subsecretario de Minería del gobierno de Sebastián Piñera, presidente que logró duplicar el valor de sus empresas en sus 4 años de gobierno.

Durante el juicio quedo demostrada la soberbia y prepotencia de estos personajes. Como el fiscal Carlos Gajardo definió al holding como "una maquinaria para estafar al fisco", Carlos Alberto Délano respondió, burlándose, "Penta ha sido una máquina para crear empleo". Su socio Carlos Eugenio Lavin no se quedó atrás y expresó que "no era mafioso como Al Capone..", ignorando que Al Capone terminó preso justamente por delito tributario, tal como él. La abogada del Consejo de Defensa del Estado, respondiendo a la frase de Délano, señaló que "los narcotraficantes también generan empleo, y que la Ley debe aplicarse por igual a todos". El fiscal Sabas Chahuán empleó la metáfora de la red para ejemplificar que la justicia "no sólo debe cazar mariposas, sino también elefantes", referiéndose a la igualdad entre los magnates y los pobres frente a la justicia. Por fin, en Chile, hay tres elefantes tras las rejas, y deben caer otros en los próximos días

La corrupción del neoliberalismo El eje central que gravita en todo este proceso de corrupción constituye la esencia de las políticas neoliberales, donde se impone dar rienda suelta al mercado y acorralar al Estado por considerarlo "incompetente" y "despilfarrador". Desde los años 80 las políticas neoliberales no han hecho más que reducir el poder del Estado para generar amplias ventajas al poder privado y su libre mercado, que no es más -como lo demuestra el caso Penta- que una sumatoria de prácticas destinadas a enriquecer a la clase empresarial. La política ha quedado subordinada a la clase capitalista, que es la que impone las leyes, administra el aparato estatal e impone la justicia.

Los pagos millonarios de coimas, sobornos, financiamientos ilegales y tráfico de influencias han sido destinados a imponer leyes a su antojo y conveniencia en todas las áreas, especialmente en Salud y Educación. Todo esto no ha hecho más que privilegiar a una clase social y política, la de los más ricos, ampliando de manera vergonzosa la brecha de desigualdad en Chile. En este juego de regalías y dinero fácil se ha corrompido ampliamente la clase política, que ahora deberá saber rendir cuentas y someterse a la justicia. La prisión de Délano, Wagner y Lavín, y todos los que vendrán más adelante, debe dar una dura lección a los políticos. Y también a todos aquellos que se desentienden de la política y se niegan a participar en las elecciónes. Como dijo Platón, el precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres.
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Más información Ciper Chile, Cómo Délano y Lavin se favorecieron de la dictadura

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