Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger6456125
Actualizado: fai 19 horas 54 min

El cambio climático podría dejarnos sin Juegos Olímpicos en el futuro cercano

Ven, 26/08/2016 - 00:15
Amy Goodman y Denis Moynihan, Democracy Now!

Cuenta la leyenda que la primera maratón tuvo lugar en la Grecia antigua, en el año 490 A.C. Los atenienses habían impedido la invasión de los persas y enviaron a un mensajero a que fuera corriendo a llevar la noticia de la victoria desde el lugar de la batalla, la ciudad de Maratón, hasta la capital, Atenas. Corrió alrededor de 40 km, entregó el mensaje y, acto seguido, se desplomó y murió al instante. Los historiadores cuestionan la veracidad de la leyenda, pero sigue siendo un mito fundacional del popular acontecimiento. Ahora, el futuro de la maratón en particular, y de los Juegos Olímpicos en general, podría estar en peligro. Un informe que acaba de publicar la revista médica británica The Lancet da a entender que para el año 2085 casi todas las ciudades que podrían ser anfitrionas de los Juegos Olímpicos serán demasiado calurosas para realizar eventos al aire libre.

Kirk Smith, catedrático de salud ambiental mundial de la Universidad de California, Berkeley, encabezó el equipo que redactó el artículo para The Lancet. Smith escribió: “La maratón es la actividad que exige mayor resistencia y, por consiguiente, da una buena idea de si las condiciones serán seguras para otras disciplinas olímpicas”. El científico observó que las temperaturas extremadamente elevadas ya han provocado que se cancelaran maratones, como ocurrió con la maratón de Chicago en 2007. Durante las pruebas de clasificación para elegir al equipo olímpico estadounidense que iría a los Juegos Olímpicos de Río este año, realizadas en Los Ángeles, el 30% de los corredores abandonaron la carrera debido al calor. El informe señala que: “En 2085, solamente 8 de las 543 ciudades fuera de Europa Occidental con capacidad de ser anfitrionas de los Juegos entrarían dentro de la categoría de bajo riesgo. Es decir, sólo el 1,5 por ciento”.

Los investigadores de The Lancet aprovecharon que las miradas de todo el mundo están puestas en los Juegos Olímpicos para plantear un hecho más importante: “Después de 2050, el mundo afrontará graves dificultades debido a que el grado y la velocidad del cambio climático podrían exceder la capacidad de adaptación de la sociedad”, escribieron los científicos. La mitad de los trabajadores del mundo trabajan al aire libre, acotaron, y los espacios exteriores, al igual que los espacios interiores sin refrigeración adecuada, son cada vez menos seguros. Advierten que “los golpes de calor tras realizar esfuerzo físico y sus consecuencias negativas, incluida la muerte, se volverán una parte fundamental del trabajo al aire libre en todo el mundo”. Si tomamos el ejemplo de otro deporte, miles de trabajadores están trabajando en condiciones de calor extremo en Qatar, construyendo estadios para el Campeonato Mundial de Fútbol de 2022 que se realizará en ese país. La Confederación Sindical Internacional estima que “más de 7.000 trabajadores morirán antes de que se patee la primera pelota de la Copa del Mundo de 2022”.

Estas terribles condiciones refuerzan la necesidad urgente de abordar la amenaza del problema climático. El Acuerdo de París alcanzado en diciembre aspira a poner un límite máximo de 1,5 a 2 grados Celsius al aumento promedio de la temperatura mundial. La ciencia sugiere, cada vez con mayor contundencia, que el clima está cambiando más rápido de lo previsto y que es necesario adoptar medidas en forma urgente. Cada día que pasa en que se debate este problema y se adoptan soluciones a medias, el problema se vuelve cada vez más difícil, sino imposible, de resolver.

Estados Unidos ha sido el mayor emisor de gases de efecto invernadero en la historia de la humanidad. Hemos quemado combustibles fósiles en forma desenfrenada durante siglos. Según la Administración de Información Energética del país: “Más del 80% del consumo total de energía en Estados Unidos durante los últimos 100 años han provenido exclusivamente de tres fuentes de combustibles fósiles: pétroleo, gas natural y carbón”. Si bien el uso de fuentes renovables, principalmente la energía solar y eólica, están aumentando, siguen representando una pequeña porción de lo que deberían para cumplir las promesas realizadas durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático celebrada en París.

El Presidente Barack Obama acaba de anunciar lo que probablemente será su última orden sobre estándares de vehículos eficientes. Su legado climático es considerablemente limitado (teniendo en cuenta, por supuesto, que tuvo que enfrentar en estos asuntos la firme oposición de los negadores del cambio climático del partido Republicano). Pero, ¿qué hay de los dos posibles sucesores de Obama? Hillary Clinton reconoce que el cambio climático es un problema urgente, pero ha dado una señal contraria al anunciar, esta semana, que su equipo de transición estaría encabezado por Ken Salazar, ex Secretario del Interior y ex senador de Estados Unidos por Colorado. Salazar ha promovido con entusiasmo la fracturación hidráulica y apoya la construcción del oleoducto Keystone XL y el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP , por sus siglas en inglés).

Por su parte, Donald Trump ha descrito el cambio climático como un “engaño”. Mientras Trump asistió esta semana a su primera reunión informativa sobre información clasificada de seguridad nacional de Estados Unidos, el Golfo de México está siendo azotado por lluvias torrenciales e inundaciones. Al menos 11 personas han muerto y más de 20.000 fueron evacuadas de sus hogares en Baton Rouge y las zonas aledañas. En el sur de California, siguen los incendios forestales provocados por las graves sequías consecuencia del cambio climático, que han obligado a más de 82.000 personas a abandonar sus hogares. Julio fue el mes más caluroso de la historia desde que se llevan registros. Como parte de la información clasificada, a Trump le deberían mostrar las conclusiones del Pentágono, que durante años ha identificado el cambio climático como una de las peores amenazas a la seguridad nacional.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Crisis financiera y estancamiento en el capitalismo

Mér, 24/08/2016 - 14:38
Alejandro Nadal, La Jornada

La economía mundial se encuentra atrapada entre las fuerzas que conducen al estancamiento y las que llevan a un interminable proceso de crisis crónicas. Para entender esta oscilación entre estancamiento y crisis es necesario considerar las relaciones entre el sector financiero y el capitalismo no financiero.

Ayer en la facultad de Economía de la UNAM se presentó el libro de Jan Toporowski, Crédito y crisis: de Marx a Minsky. Este texto aborda esta problemática y su evolución en la historia de la teoría económica heterodoxa. Toporowski es un destacado economista de la Universidad de Londres.

El hilo conductor de la reflexión de Toporowski es el siguiente: el sector financiero se desenvuelve en una primera instancia para servir al capitalismo industrial, pero en una segunda instancia el sector financiero termina modificando al propio capitalismo. Es decir, en una primera etapa el sector financiero comienza a hacer frente a las necesidades de financiamiento del capitalismo industrial (que se incrementan y que requieren de horizontes de tiempo más largos para la amortización). En una segunda etapa, los mercados financieros se transforman de simples agentes subsidiarios para el financiamiento en entidades que modifican el funcionamiento del capitalismo real (no financiero).

¿Cómo se lleva a cabo esta evolución?

De entrada hay que señalar que la teoría económica dominante (neoclásico) tiene muy poco que aportar a esta pregunta. Su análisis del mercado, de la empresa y teoría monetaria, son insuficientes para arrojar luz sobre el fenómeno que comentamos. Su teoría del mercado sigue hermanada con el dogma de los mercados estables en los que no hay crisis posible. Su teoría de la empresa se mantiene en la fábula de que no existen las economías de escala. Y su teoría monetaria sigue casada con la absurda visión del mercado de fondos prestables.

En contraste con la esterilidad de la teoría dominante, Toporowski encuentra fructíferas líneas de investigación a partir de los textos de Marx, Rosa Luxemburgo, Hilferding, algunos pasajes de Ralph Hawtrey, Keynes, Kalecki, Joseph Steindl y Hyman Minsky. La clave de la reflexión de Toporowski se concentra en las transformaciones que llevan a la empresa capitalista a ver en sus hojas de balance una fuente de liquidez y de ganancias a corto plazo. Inspirado en Steindl, es lo que Toporowski llama la teoría microeconómica del estancamiento.

Son variados los fenómenos macroeconómicos que permiten acercarnos a una explicación sobre el dominio de la esfera financiera y el proceso de estancamiento. Por un lado está la transición de la fase competitiva del capitalismo temprano a estructuras monopólicas del capitalismo avanzado hacia el último tercio del siglo XIX. Esto condujo en la mitad del siglo XX a la expansión de estructuras oligopólicas y a la proliferación de grandes empresas multinacionales.

Por otra parte nos encontramos con la evolución desfavorable de la tasa de ganancia que comienza en la década de 1960 en Estados Unidos y en las principales economías capitalistas avanzadas. Alrededor de 1987 esa tendencia se ve contrarrestada y la tasa de ganancia comienza a incrementarse, pero con la recesión de 2001 regresa la tendencia a la reducción.

Los agentes del capital industrial buscan diferentes canales y mecanismos para mantener su tasa de acumulación y de rentabilidad. Por un lado recortaron los costos salariales (el salario real deja de crecer en 1973). Pero esto condujo a una debilidad crónica en la demanda, a niveles crecientes de desigualdad y endeudamiento de familias y empresas y a niveles exagerados de capacidad ociosa (las empresas buscan evitar la sobreproducción). En el fondo, el problema de la acumulación de capital consistente en reciclar los excedentes quedó sin resolverse y su resolución se fue posponiendo.

Mientras las empresas capitalistas exploraban de manera activa la forma de mantener niveles de rentabilidad en el mundo de las finanzas y la especulación, se les abrió una nueva oportunidad con el colapso del sistema de Bretton Woods. El desplome del sistema de tipos de cambio fijos y controles sobre los flujos de capital abrió nuevos espacios de rentabilidad en los mercados de divisas. Para aprovecharlos era necesario desregular la cuenta de capital para permitir la realización de arbitrajes entre paridades y poder transitar sin obstáculos entre los diferentes espacios nacionales. Ese proceso dejó en estado de vulnerabilidad a las economías nacionales del mundo entero frente a los vaivenes de los flujos de capital.

Hoy persiste una pregunta fundamental: la inestabilidad y las presiones que conducen a la crisis ¿son impuestos por la supremacía del sector financiero o son rasgos que provienen de las contradicciones del proceso de acumulación presentes en el capitalismo real (no financiero)? El libro de Jan Toporowski muestra cómo en un mundo en el que la financiarización alimenta a las finanzas estas dos fuentes de inestabilidad se funden en una peligrosa mezcla que conduce a la profundización de los problemas fundamentales del capitalismo contemporáneo.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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¿Está el neoliberalismo al borde de la muerte?

Mér, 24/08/2016 - 04:19

El neoliberalismo —sistema económico dominante en Occidente— está en las últimas según opina el ganador del Premio Nobel, economista y exasesor presidencial durante el mandato de Bill Clinton, Joseph Stiglitz. En su último libro 'El Euro: Cómo una moneda común amenaza el futuro de Europa', el experto sostiene que las principales deficiencias del euro y la economía europea generan una gran cantidad de problemas para todo el continente y amenazan con provocar un colapso económico.

El neoliberalismo es un sistema basado en las ideas del libre comercio, los mercados abiertos, la privatización, la desregulación y el recorte en el gasto público, dirigidos a la mejora del funcionamiento del sector privado, algo que es, supuestamente, la mejor manera de estimular el crecimiento económico. Las ideas neoliberales dominan en las economías de las mayores potencias mundiales y organizaciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial.

Las políticas de Ronald Reagan y Bill Clinton en EEUU y Margaret Thatcher en el Reino Unido se consideran 'el estándar de oro' del neoliberalismo. Además, el exministro de Hacienda del Reino Unido George Osborne y el ex primer ministro David Cameron continuaron promoviendo y adaptando los principios neoliberales. Sin embargo, la crisis financiera de 2008 agravó la desigualdad entre ricos y pobres y ralentizó el crecimiento económico en muchos países, por lo que la élite política empezó a darse cuenta de los puntos débiles de las ideas neoliberales.

Stiglitz, quien recibió el premio Nobel por "el análisis de los mercados con información asimétrica", se ha convertido en uno de los mayores críticos del neoliberalismo, y defiende que "la euforia neoliberal", que se extendió por el mundo en los años 80 del siglo pasado, ha dejado de existir desde hace mucho tiempo. "Me parece que la comunidad científica rechazaría las ideas neoliberales. Los jóvenes no están interesados en establecer un sistema neoliberal, ellos intentan comprender el error principal del sistema de mercado y ya se dan cuenta de que este sistema está condenado al fracaso. Además, las autoridades de las mayores potencias mundiales entienden bien que el sistema de mercado no funciona correctamente, pero no son capaces de cambiarlo". Según detalla Stiglitz, uno de los principios centrales del neoliberalismo —la capacidad de un mercado no regulado de generar crecimiento económico— se ha visto incumplido. "Abandonamos esta euforia neoliberal cuando todos estábamos seguros de que 'el mercado siempre iba a funcionar bien'. Todo lo que tenemos que hacer ahora es enviar un mensaje claro de que 'el sistema de mercado no sirve'". Asimismo, Stiglitz no es el único experto que promueve la idea de la incapacidad del neoliberalismo de funcionar en las condiciones actuales. Los economistas del FMI abordan el problema del crecimiento de la disparidad generada por la apertura financiera, algo que podría ralentizar el crecimiento económico.

"Muchas personas empiezan a darse cuenta de la necesidad de reconsiderar algunos aspectos de la economía neoliberal. Nuestras convicciones han resultado fundamentalmente equivocadas", ha precisado el economista Jonathan Ostry para Financial Times. La crisis del neoliberalismo es particularmente evidente en el Reino Unido, donde el partido conservador, al llegar al poder en 2010, estableció el régimen de austeridad económica reduciendo el déficit presupuestario. Además, tras la renuncia de Cameron, los incentivos financieros del nuevo Gobierno han comenzado a cobrar impulso como un medio para estimular el crecimiento económico.

Al otro lado del Atlántico, los dos candidatos presidenciales Hillary Clinton y Donald Trump abogan por el aumento de los préstamos estatales para la financiación de los proyectos de infraestructura, algo que Richard Nixon también incluyó en su plan económico. Así, a pesar de que el propio Stiglitz pone en tela de juicio la posibilidad de eliminar el neoliberalismo, es evidente que en la actualidad las ideas del neokeynesianismo —es decir, de la admisión de más influencia del Estado en el desarrollo y el funcionamiento del mercado— gozan cada vez de más apoyos.
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Via SputnikUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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El frente social ante el imperialismo global

Mar, 23/08/2016 - 02:45
Luciano Salerni, Alainet

Estamos es un momento particular, un punto crítico en el desarrollo del capital y una bisagra para las luchas sociales. Se pone en juego la conducción del proceso ya que bajo la visión política liberal el movimiento obrero y el pueblo quedan encerrados en el posibilismo económico y político. Y de esa manera, el proyecto de país, el proyecto nacional, solo podrá ser furgón de cola de cualquiera de los imperialismos que se disputan hoy el re-parto del mundo. Pese a las distancias geográficas kilométricas donde ocurren y a las diferencias particulares de sus acciones, los acontecimientos de las últimas semanas hacen fluir una única agenda poniendo aún más sobre relieve dos aspectos del conflicto en curso: momento de agudización de la guerra inter-imperialista que alcanza un carácter global. Sucesos en apariencia distintos, aislados, dispersos y distantes, como el Brexit en Inglaterra, el intento de golpe en Turquía y los atentados en Alemania y en Francia, no son elementos contextuales para la situación nacional. Por el contrario, construyen un hecho social cuya magnitud es única: la global. Y ese es el estado mismo de lo que asumimos como “nuestra” la situación. En etapas anteriores, bien podían distinguirse acciones, posiciones y acontecimientos nacionales y concatenarse con otros internacionales. Pero sucede que ya no hay dimensión nacional en sí. Como resultado del cambio en la contradicción principal, lo nacional sigue existiendo -obvio, como cualquiera de las actividades de la economía- pero más subordinado aun dentro del nuevo alineamiento de las fuerzas y de los intereses de los actores que las componen. Desde “aquí”, podrá decirse que no hay modo ni posibilidad alguna de intervenir “allá”, en aquellos sucesos de aquellas regiones. Sin embargo, queriendo o no, con independencia de nuestra voluntad incluso, estamos siendo parte del frente latinoamericano de la misma guerra. Lo que redefine la posición y el valor de lo concreto, es decir, que lo pone en términos relativos, es justamente y siempre la relación principal dominante. Llegado a este momento, continuar separando lo nacional de lo internacional es la estrategia de fragmentación que para unos será la fortaleza de su avance y dominación y, para nosotros, la incapacidad de concebir correctamente el problema en danza y que implica desplegar unas acciones -y no otras- que se correspondan a tamaña circunstancia. Ya veremos que ese “tamaño”, lejos está de ser inabordable y bien cerca queda de nuestras prácticas sencillas y posibles. También se podrá decir que esta visión totalizante inmoviliza la militancia porque establece caracterizaciones y metas inalcanzables. Al respecto, dos cosas: primero habrá que discurrir sobre la militancia a la que se hace referencia y contra qué otras tareas de la militancia se comparan éstas. En concreto, esto significa confrontar lisa y llanamente un plan de acción contra otro. Y por lo tanto, ya dos lecturas distintas del problema de la realidad, es decir, dos problemas distintos a resolver. Lo segundo, es que resulta lógico que el reflejo inmediato ante lo nuevo sea justamente negarlo, tomando como base lo venimos haciendo y el recorrido “esperable” en ese marco. Por eso, es crisis profunda y por eso es momento bisagra. Pero incluso antes de llegar a hacer esa entendible comparación, vale sobre manera ratificar que esta visión de la realidad, esta concepción del problema principal de la realidad sobre el que trabajar, tiene tareas, y son más tareas que aquellas que aparecen “naturalmente” en la media social que conocemos como la actividad política. Y además, son tareas simples, concretas, cotidianas y anónimas que cuando se ponen en movimiento y se expresan como plan de acción, su peso es superior en relación a cualquiera de aquellas otras. Es así entonces que no se discuten ideas abstractas sino que se discute la práctica y en la práctica. Lo contrario, es lo que llamamos el discurrir académicos por ver quién tiene razón sobre un tema. Y de lo que se trata es de imponer una verdad que se verifica como tal mediante la acción de los hombres. Dentro de ese conjunto de tareas, una de ellas es esta misma lucha en y por la unidad de la concepción del problema, lucha por superar la expresión liberal (desde el punto de vista de las visiones de mundo) y conservadora (desde el punto de vista de la política) que pretende mantenerse como conductora de un proceso que a todas luces ya la supera, y que se presentan en el discurso y en la práctica política justamente separando y distanciando siempre lo general y lo particular, lo interno y lo externo, lo objetivo de lo subjetivo, el objeto del sujeto, la economía de la política y la política de la economía, la práctica y la teoría, etc, etc. Es ésa la raíz -invisible, bajo tierra- de la visión que inmoviliza los procesos en curso: desarma a los hombres de las herramientas necesarias para afrontarlos, describen el paisaje desde el follaje superficial sin explicar el fondo, no toman la actualidad de la realidad como prueba para hacer nuevas preguntas y construir nuevas respuestas sino que, por el contrario, la usan para justificar posiciones ya tomadas y dogmas ya rezados. Es así que el hombre, aun con voluntad de lucha, queda librado a la mera posibilidad de continuar la reproducción simplemente de “la vida social” y de su vida cotidiana, tanto material, cultural y política. Por caso, la preocupación por la situación internacional que han manifestado las autoridades del actual gobierno y también algunos referentes de la oposición político-institucional, no deja de ser una forma de tomar distancia de un conflicto (el mismo conflicto) que se manifiesta por otros medios, acá, en nuestra geografía. De esa manera, dividen la geografía territorial de la geografía política. O, lo que es lo mismo, cambian el espacio social por el espacio geográfico formal. Con mayor o menor preocupación, tomando partido o no frente a esos acontecimientos "foráneos", asumen una perspectiva conservadora para el devenir de la situación que aún siguen considerando “nacional”. Cuanto mucho, comparan lo acontecido afuera explicando su posición sobre el accionar político nacional: “si no, mirá lo que le pasó a Brasil", concluían ambas facciones hablando por los medios del impeachment ocurrido en el vecino país. Asumen así una misma posición y la valoran en sentido contrario. Con la fuerte presión económica sobre el salario y sobre los recursos que el pueblo necesita y empeña para garantizar su vida diaria y que dispone también para organizarse sectorial y políticamente de diferentes maneras, las relaciones internacionales económicas y político-institucionales que está tejiendo el nuevo gobierno de la Alianza UCR-PRO quedan solapadas tras lo urgente. En el mejor de los casos, son visibles y denunciadas por la dirigencia, pero parecen inabordables incluso por la aparente escasez de recursos disponibles para coordinar acciones y manifestaciones. Vale a ese respecto señalar que los recursos resultan escasos cuando es lo que sobra, lo que queda, y no lo que se pre-dispone para afrontar el problema que se entiende como prioridad. Ese es uno de los aspectos prácticos y concretos que se intenta poner aquí sobre relieve. El uso de los recursos, entre ellos el tiempo de las personas, está orientado siempre por un plan que motiva las acciones del presente para objetivos de futuro, seamos conscientes o no de ello. Se lucha ahora, entonces, por la orientación de los recursos para que sean medios de lucha, morales y materiales, pero de la lucha que se pretende dar y no de otra. El brusco enfriamiento de la economía interna dispuesto para disminuir el registro estadístico de la inflación pretende justamente detener ese movimiento social completo: el movimiento diario de la sociedad empeñado para garantizar los aspectos básicos de su vida cotidiana -y en lo posible alcanzar otros aspectos superadores-, y también el movimiento de las tareas políticas de las organizaciones del pueblo, se trate de organizaciones ya institucionalizadas -como sindicatos, cámaras empresarias, colegios profesionales, partidos políticos, entidades públicas y/o estatales-, o de otras institucionalmente "informales” -como agrupaciones de diversa índole y organizaciones comunitarias, barriales y de vecinos- pero absolutamente legítimas ya que a su modo intentan satisfacer intereses particulares o necesidades no garantizadas justamente por la institucionalidad vigente. América Latina ha vuelto a ser un territorio en disputa en este período de la historia signado por una nueva reorganización mundial. No hay una coincidencia historiográfica. Por el contrario, indica el grado de desarrollo del conflicto principal -tanto en su intensidad como en su extensión- entre las fuerzas que mueven el mundo: es literal, son las fuerzas que establecen el ritmo y el sentido general del movimiento material y cultural del mundo. La explotación de América ya fue base del proceso de acumulación originaria de los capitales industriales centrales que inauguraron su fase imperialista. Ahora, afrontamos también un modo de extractivismo pero en la etapa financiera global del capital. Ya no se trata de que nos hayan dejado las venas abiertas sino de que han tendido nuevas redes por donde movilizar tanto las riquezas naturales que los proveen de insumos, los saldos nacionales de la balanza de importaciones y exportaciones (que expresa la dependencia tecnológica y subordinación política de nuestras economías), los dividendos de las acciones, los beneficios de los fondos de inversión, la ganancia empresaria, la rentabilidad del interés bancario, la circulación de los papeles de las bolsas, como también el salario de la masa social digitalizado como consumo a crédito. La intención explícita de colocar bases militares norteamericanas en Argentina, no manifiesta solo una posición antipatria del actual gobierno. Hay ya una base militar en Malvinas y su archipiélago, que desde su instalación fue señalada como base de la OTAN en el Atlántico Sur. ¿Es aún de la OTAN esa base británica? ¿Es hoy la OTAN el ámbito que institucionaliza el consenso de las fuerzas armadas dominantes respecto del presente y del futuro del mundo? Las fisuras en la OTAN cuando intervinieron militarmente en Irak - en la primer década del siglo- y ahora, en los años recientes en Libia, Irán, Siria, Ucrania, y por otra parte, el G-20, la floreciente ONU en general y su Consejo de Seguridad, no reflejan acaso una crisis de poder entre las fuerzas dominantes, aquellas que otrora establecieron en bloque la paz mundial, es decir, que torcieron la situación generando un escenario favorable, permeable, para desplegar sus fuerzas productivas materiales y culturales sobre los territorios de los derrotados? En ese marco, en las condiciones que impone ese nuevo marco, ¿puede resolverse una posición frente a las políticas económicas de gobierno para con el pueblo y una posición frente a sus políticas económicas para con las corporaciones (las relaciones “nacionales interiores” y las “nacionales exteriores”) sin que ambas coincidan en el mismo punto? Es decir, tras una década de políticas de gobierno de inclusión social, recuperación de la capacidad productiva instalada y tasas de pleno empleo, ¿es posible aún que pueda haber mejoras en las condiciones materiales de vida del pueblo sin resolver la presión de la atmósfera imperialista? Y para ello, ¿es posible resolver efectivamente entonces la cuestión nacional (ganar soberanía política e independencia económica en el escenario internacional) sin resolver la cuestión popular, es decir, las relaciones políticas y económicas del pueblo mismo? Éste es el aspecto concreto de la situación en el que convergen todas las tensiones. Las supuestas distancias geográficas y temporales -entre allá y acá, entre lo local y lo global- se acortan, o mejor dicho, se superponen simultáneamente como filminas, unas sobre otras, haciendo un mismo y único mapa con diversas capas. Y desde esa perspectiva aparece lo medular: el nodo particular que participa en lo general, el aspecto secundario que constituye lo principal, el aspecto táctico de la perspectiva estratégica. Una América Latina popular, del pueblo, es entonces la manera de participar en el conflicto global. La relación de las fuerzas dominantes se acerca cada vez más a un punto crítico y genera así las condiciones de posibilidad de expresión del proyecto de los pueblos. Pero todo es lucha porque ese punto crítico imperialista global no implica en nada que alguna de las partes involucradas colabore ya con el desarrollo del proyecto popular. Más bien, ya pasó a ser todo lo contrario. Pero lo que sí implica es que esas fuerzas empeñan allí aun más medios y más recursos, y con ello movilizan como “infantería social” a las poblaciones para que diriman como cuestión nacional lo que en el fondo es la liquidación de la estrategia del pueblo como conjunto. La rapidez con la que la alianza en gobierno ejecutó el shock económico, el realineamiento internacional -rompiendo los conglomerados regionales como Mercosur, Unasur, Celac- y el retorno al esquema del endeudamiento, es síntoma del grado de beligerancia de ese enfrentamiento principal global: esas medidas adoptadas son movimientos requeridos por ese enfrentamiento y son movimientos que dan curso a ese enfrentamiento que libran las alianzas globales principales para controlar el territorio social latinoamericano. Sucede que las disputas electorales de 2015 en todo Latinoamérica pusieron efectivamente en juego el curso futuro de la contradicción principal: el creciente alineamiento continental de la última década con el multilateralismo global -que es financiero y cuya base de operaciones es la City de Londres-, versus la reconexión con la red financiera global del dólar comandada desde New York-Wall Street y que en el mercado toma forma de Alianza del Pacífico, de Alianza Transpacífica y de Alianza Transatlántica. Si se repasan los últimos años de la agenda institucional de los gobiernos “progresistas” latinoamericanos, se verá que sus diplomacias prefirieron concurrir a la ONU del G-20, su Consejo de Seguridad y su Tribunal de la Haya antes que a la OTAN americana-europea de pos-guerra y su instrumento continental OEA. Y si se mira la agenda y el volumen de inversiones económicas e intercambios comerciales, también. Hay que tener en cuenta que cuando se habla de unipolarismo o multipolarismo, se hace referencia a la política que lleva adelante, a cómo aparece o quiere aparecer, es decir, a la estrategia de dominación de cada una de las fuerzas principales en disputa. Estrictamente, no puede haber sino dos polos que en la lógica del capital tienden siempre hacia la concentración y la centralización aun cuando su política expansiva sea inclusiva de otros bloques político-económicos, de otras alianzas sociales, otras clases y fracciones. Ese movimiento, que es ley general, es lo que los hace poner en disputa. Está claro que esa contradicción no aparece así a los ojos de la sociedad. Pero para quienes observamos los procesos fundamentales de cambios en las correlaciones de las fuerzas, el enfrentamiento principal no puede de ninguna manera estar enteramente, franca y frontalmente pre-establecido, prolijamente ordenado y alineado. Por el contrario, se encuentra en pleno desarrollo y solo en ese sentido es aún una condición de posibilidad. Cuando estas tensiones críticas se consoliden, podemos darnos por derrotados. Es por eso que no se puede esperar una resolución observando cómo se desarrolla y cómo se alistan los diversos actores en uno u otro campo de las fuerzas. En primer lugar y a ciencia cierta, nadie espera. Quien toma distancia, toma así una posición, y esa posición -aun sin querer- no puede sino estar en uno u otro campo de alianzas. De eso trata la necesidad de tener iniciativa. Tomar distancia -geográfica, por ejemplo, entre allá y acá- implica ya una subordinación e incluso una doble subordinación: al esquema de alianzas nacionales primero, que son las que deciden una política nacional en relación al conflicto internacional. Segundo, porque como se sostiene, el desarrollo de las fuerzas productivas principales bajo la lógica del capital plantea un escenario de integración (desigual si se quiere) en una dimensión global y por lo tanto no estamos ni afuera ni lejos. Tomar distancia mirando el contexto como contexto, es ya una posición. Tercero, porque las fuerzas sociales se generan en territorios como alianzas sociales, y se conforman como fuerzas según se alisten en los sucesivos enfrentamientos: la guerra es también una disputa por la re-construcción de nuevas y destrucción de viejas alianzas que re-organizan una territorialidad. Si no fuese así, no habría guerra propiamente dicha y la paz diplomática de la democracia republicana seguiría dominando por completo el espacio social. Espacio social, espacio de la vida social, alguna vez separado en clases y repartido sucesivamente en porciones de territorios-países dentro de los cuales esas mismas clases tejieron sus alianzas políticas para disputar el gobierno de esos mismos territorios. Y finalmente, porque las alianzas justamente se tejen y destejen según las acciones que se impulsen para forjarlas, para generarlas. Y si se las forja, es para ponerlas en juego, es decir, en movimiento. Solo en movimiento son una alianza porque así es como se distinguen del movimiento que pretende el enemigo. Y sin que necesariamente haya un choque o encuentro frontal, ese es el modo en que las fuerzas se van enfrentando. En ese sentido -tanto de oportunidad por la profundidad que toma la disputa principal que envuelve al resto, como de necesidad de superarla por la gravedad social que implica-, es que una respuesta nacional tiene hoy la limitación de expresar solo el interés de alguna de las dos posiciones imperialistas, cuya condición es que “la política” se escinda de su base social. La genuina expresión de soberanía no puede ser a esta altura sino la bandera del proyecto del pueblo, que no es lo mismo que el proyecto político-institucional que ocupa la representación del pueblo enajenándolo así de poder. Es éste el momento en el que aquella extemporánea reflexión sobre el sujeto del proceso político tiene necesariamente que materializarse como conducción del pueblo de sus acciones haciendo al movimiento social. Y para distinguirla del consignismo y del formalismo, vale precisar que la conducción es siempre la lucha por la conducción, pues se conduce conduciendo, pues conduce quien puede conducir. Éste es el momento también en que es necesario discernir qué es la conducción y no confundirla con los “conductores”. ¿De qué se habla hoy en general cuando se reitera con énfasis la necesidad de una conducción: de la conducción orgánica o de la conducción formal? La conducción es la lucha por la orientación de las alianzas sociales -que como se dijo, definen una nueva territorialidad-, y es entonces la lucha que se concreta en las tareas prácticas que las organizaciones del pueblo realizan en y para los frentes sociales. Y allí radica la fortaleza estratégica, en la capacidad de asumir el proceso selectivo -de prioridades- que implica una planificación y de desplegar los recursos disponibles en ese sentido. Las condiciones objetivas -que no controlamos porque están sometidas al estado del capital- y la orientación de las tareas -que es lo único posible a nuestro alcance- son los aspectos que hacen a una situación. Y en tales condiciones dadas, solo las tareas de poner en movimiento el cuerpo social logran componer un escenario favorable para las luchas del pueblo. Doblar la mano de las políticas económicas de gobierno con institucionalidad y sin movimiento popular, nos devuelve a la conducción de las expresiones imperialistas, tanto del viejo imperialismo de unidad nacional de territorio-país como del nuevo imperialismo global desterritorializado geográficamente. En este marco, la iniciativa del espacio político-sindical que está planteando poner en movimiento el aparato de representación sectorial para vertebrar la alianza pueblo, no puede lograr sus cometidos sin incorporar el anti-imperialismo continental: no como geografía, ni como jurisdicción, ni como utopía sino como espacio social concreto, como conjunto de las relaciones sociales de la producción, del trabajo, del conocimiento, de la educación, de la cultura, que las nuevas formas financieras del capital pretenden mantener bajo su alcance. Para que quede claro: el anti-imperialismo no es una bandera pintada que encabece la marcha sino la composición social concreta que se moviliza en conjunto. Solo el pueblo salvará al pueblo. Y, a esta altura, solo hombres y mujeres del pueblo patria grande pueden hacer la Patria Grande. Sin cambiar entonces la composición actual de la alianza que contiene al movimiento obrero, puede incluso que este espacio político-sindical gane las elecciones internas pero quede retenido dentro del papel institucionalizado que la sociedad en general, y las estructuras políticas en particular, le otorgan al llamado movimiento sindical. Y a la inversa, puede que no logre participar de la nueva representación sectorial pero lanzar esta disputa reordena de otra manera el campo de las alianzas sociales convocando al pueblo a concurrir en un nuevo escenario concreto. Para que la lucha sea la que se pretende, lo concreto, es decir, lo sustantivo, es afrontarla en una nueva alianza social. Lo que ocurre es que ya no hay posibilidades de dirigir efectivamente ni un sector de la sociedad -cualquiera sea- para alcanzar el ejercicio pleno de sus derechos, ni tampoco a la sociedad toda para alcanzar la pretendida soberanía, sin concurrir en el escenario social. Todas las organizaciones de la sociedad -sectoriales y políticas-, de todo tipo y de todos los colores, reproducen hoy la forma institucional piramidal y por rama que contienen sus representaciones de lo local en una totalidad nacional que ya no es justamente “la totalidad”, que ya no es aquella vieja totalidad encerrada en límites cartográficos y jurídicos que expresaba el interés y el alcance de las cadenas productivas de valor predominantes, e incluso expresaba la vocación del pueblo de regular su funcionamiento para beneficio de la Nación. Afrontamos en esta etapa un nuevo punto crítico de los ciclos largos del desarrollo de las fuerzas productivas bajo la relación de propiedad del capital. Son períodos en los que ya no es posible delinear y desplegar efectivamente un modelo de desarrollo sin recomponer posiciones y relaciones estratégicas. En esa larga historia, continuamos arrastrando los resultados de lo que respectivamente se puso en juego en la Batalla de Caseros, de 1852, y la Guerra de la Triple Alianza, de 1864 a 1870. Son puntos críticos porque se invierte la lógica y el orden de la secuencia de desarrollo en una etapa, justamente porque lo que se cambia es de etapa. Y se cambia de etapa, si se hace lo posible para hacerlo: si se concibe el momento y se predisponen los esfuerzos en ese sentido. Todo es lucha y en cada momento se lucha por lo que ya es posible luchar y porque luchar es generar las condiciones de un escenario favorable. Como se dijo, es éste el momento bisagra en el que no hay posibilidad de proyecto económico sin resolver las condiciones de dominación. Las clases y fracciones de la estructura económico-productiva, solo aliadas se convierten en tales -en clases-, y solo así pueden a la vez romper la inercia y confluir en el movimiento social. No hay huevo o gallina. No hay lógica ni orden formal de causa-efecto o paso uno y paso dos. Hay síntesis donde forma y contenido, materialidad y subjetividad, economía y política, concurren en un espacio social nuevo que los re- compone, que los re-ubica, que los re-arma. Solo se rompe el estado de inercia -de la institucionalidad ya acotada- poniéndose en movimiento. Sin esa iniciativa, todo lo demás es reacción. La reacción es el impulso “natural” contrario ya presupuesto en un sistema equilibrado de fuerzas. La iniciativa es la ruptura de ese equilibrio. La discusión en curso sobre la unificación de la CGT -prevista en el calendario del mes de agosto- es el punto de inflexión del planteo de unidad del movimiento obrero. Se pondrán en juego en ese encuentro las estrategias principales en danza: la burocracia formal del sindicalismo reformista burgués (centralismo burocrático) o la burocracia orgánica del sindicalismo reformista obrero (centralismo orgánico). La primera, bajo el yugo completo de la disputa interimperialista. La segunda, como posibilidad de re-componer las alianzas sociales del pueblo lanzando el frente social, dándole vida al movimiento. No es éste ni un enunciado idealista que apela al mero voluntarismo ni un consignismo reivindicativo despreocupado. Por el contrario, se trata de encausar las reivindicaciones sectoriales históricas en un programa social en el que sean posibles (es decir, en un escenario que las haga posibles) y no al revés, reteniéndolas en una obviedad formal que las encapsula, que clausura el escenario de las luchas sociales del pueblo y queda observando todo lo que no se puede hacer porque el mundo está como está. Porque el mundo está como está, justamente, se trata de romper el apego a la burocracia formal que se expresa en la sociedad toda como institucionalismo (tanto en las entidades de representación sectorial como en los partidos y agrupaciones políticas) que prefieren conservar una posición en la estructura y una identidad en la superestructura que ya son fragmentarias o secundarias respecto al momento que se atraviesa. Es lucha, entonces, contra el oportunismo y el objetivismo abstracto: ver quiénes y cómo se pelean y elegir dónde hay más beneficios. Un oportunismo que no es adjetivo calificativo de una facción, sino un comportamiento concreto -la reacción incluso lo es, por ejemplo- al que quedan relegadas todas y cada una de las posiciones que, aun pretendiendo lo mejor para el sector que representan, no comprendan el escenario del que estamos siendo parte. El presente abre un momento en que no solo se pone en juego el pasado, como restitución de la estructura social de bienestar y de las conquistas conseguidas, sino el futuro mismo de la sociedad toda. Se lucha contra la estructura y así se lucha contra nosotros mismos: conservar las mejores posiciones dentro del equilibrio de fuerzas o dentro del orden establecido, o empujar la ruptura de ese equilibrio desfavorable. Lo primero, incluso, es fácticamente la mayor de las ilusiones aunque se ofrezca como la mejor y única posibilidad. Pasa que, dado el desarrollo del capital, su necesario y continuo empuje por generar condiciones sociales donde maximizar su rentabilidad y cuyo grado de profundidad se expresa hoy -como se dijo- en la intensidad de las disputas desplegadas en una nueva extensión y penetración global, no hay lugar donde conservar nada de lo conseguido tal cual como fuera conseguido. No es tragedia. Es oportunidad. Y hay que trabajar para que lo sea. El sector del trabajo afronta la disputa de pasar el centro de gravedad del sistema institucional de representaciones al movimiento social. En esa particularidad se expresa la pelea por la conducción del campo popular, es decir, la pelea por orientar las acciones que determinan el marco de las alianzas y construyen el escenario de futuro. En ese sentido, el encuentro previsto para agosto, entre los alineamientos y las posiciones en torno a la unificación de la CGT, es la síntesis estratégica que resulta de la superposición de las dimensiones -filminas- en las que se expresa la disputa principal global. Esta estrategia obrera de la alianza de todo el pueblo (del campo del pueblo contra el régimen) es la recuperación de la sociabilidad de los territorios, de la conversión de las geografías, cartografías y jurisdicciones en espacios sociales, de la ruptura con el institucionalismo que en etapas anteriores logró posicionar mejor al sector pero que ahora lo encorseta pretendiendo poner todo lo social que explica la condición de pueblo, dentro de moldes y recipientes: límites nacionales, límites de propiedad, límites en todas las formas institucionales. ¿Es responsabilidad exclusiva del movimiento obrero? Claro que no lo es. Pero sí es suya la iniciativa que hace al momento mismo como posibilidad concreta: dar la disputa política apelando al frente de masas vía el quiebre del frente interno. Es responsabilidad de las organizaciones que tenemos la voluntad de pelear por la liberación de los pueblos, leer este momento comprendiendo que una vez más, es la clase trabajadora la única que tiene y puede tener, en condición de tal, la posibilidad y la capacidad de vertebrar la lucha en términos sociales. Leerlo y comprenderlo de ese modo es una decisión que solo puede ser evaluada según lo que hacemos: en la disposición concreta de nuestro tiempo para trabajar en garantizar las condiciones necesarias y suficientes para que la lucha principal sea ésta y no otra. Desplegar con intensidad la estrategia social en todos los espacios de la nueva y necesaria “extensión” social (que es comunidad y que es Patria Grande) es la manera de ser parte del conflicto principal, de agudizar la contradicciones inter-imperialistas logrando convertir las condiciones estructurales de dominación por las que ellos disputan, en una situación favorable al pueblo, en una encrucijada histórica. O peleamos por nuestra vidas, o nos alistan como infantería -económica, política, cultural o militar- en cualquiera de los bandos y nos mandan a su guerra. En su guerra, la apropiación de los recursos de un país o región en manos de otro, es lo que aparece públicamente. Pero la descripción de los medios y de los objetos pretendidos nunca hace a los objetivos estratégicos de las fuerzas que se enfrentan. Por eso, describir la cuantiosa cuenca de recursos naturales, que son estratégicos para el desarrollo de las fuerzas productivas mundiales pero privadas y denunciar la intención de las potencias de hacerse de ellos, no resuelve la estrategia popular. Entre 2003 y 2011, la suspicacia liberal progresista y la autodenominada izquierda se presentaron como tales denunciando que los americanos del norte pretendían controlar el petróleo depositado bajo las tierras de oriente medio. Presentar el problema simplemente de ese modo es otra manera de tomar una distancia inabarcable, sin práctica posible en el marco de las formas que toman las luchas de las clases en los territorio sociales concretos, y de darle continuidad entonces a la guerra entre países por manejo de recursos. Esa posición no saca la guerra del orden establecido: la des-socializa, la institucionaliza y no pone el foco en el sistema de dominación social. Es decir, formulando el problema de esa manera -sea a favor o en contra de cualquiera de los bandos-, cancela la expresión de la dimensión social que se pone en juego, que son los intereses y las condiciones de vida del pueblo en la forma capitalista de organizar la sociedad. Des-armar al pueblo, des-integrarlo en fracciones, eliminar sus capacidades de luchar como tal, para que no pueda disponer de esos medios y recursos para su desarrollo integral. Es decir, des-armarlo para la lucha como alianza-pueblo y armarlo para que luche cuanto mucho en la alianza-país: he aquí el objetivo estratégico de la guerra bajo el régimen de dominación. Y por lo tanto, ahí debe hacer foco ahora la tarea principal de la estrategia del pueblo. Lo riguroso es simple si se tienen los pies en los sectores y en las geografías del pueblo y esta visión de futuro.Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Bancos, especulación e ideología

Sáb, 20/08/2016 - 22:34
Enric Llopis, Rebelión

Se trata simplemente de un medio de pago. Lo que se da o recibe por la compra o venta de artículos, bienes y servicios. “No hay nada en el dinero que no pueda ser comprendido por una persona razonablemente curiosa, activa e inteligente”, afirma el economista John K. Galbraith en el libro “El dinero”, cuya primera edición se publicó en 1975 y Ariel reeditó en castellano 20 años después (con un capítulo añadido en el que incluían referencias a las presidencias de Carter y Reagan). El dinero aparece históricamente vinculado a tres instituciones progenitoras: las Casas de la Moneda, las Secretarías del Tesoro o Ministerios de Hacienda y los bancos. Y el negocio bancario nace en Italia. De hecho, el mundo no se inició con la actual crisis. “Ni los Rothschild ni J.P. Morgan han igualado a los Médicis en una grandeza sustancialmente fomentada por ser agentes fiscales de la Santa Sede”, resalta el autor. Además, las casas de banca de Venecia y Génova sientan el precedente de los bancos comerciales (al menos un centenar de bancos de depósito se fundaron en Venecia entre los siglos XIII y XV). Casi igual de avanzadas eran las entidades del Valle del Po.

A grandes trazos, en el mundo antiguo y en la Edad Media las monedas confluían en las ciudades con un comercio más boyante. Se aceptaba la moneda bajo palabra, y había una tendencia a pagar con dinero de escasa calidad mientras se retenían los mejores metales (“la moneda mala expulsa siempre a la buena”, sentenció en 1558 sir Thomas Gresham, una ley económica que con el tiempo se mostró inapelable). Proliferaban las diferentes monedas, que muchas veces circulaban adulteradas, rebajadas y recortadas. En 1609 se fundó el Banco de Amsterdam -el primer banco relevante- con el fin de regular y limitar los abusos del dinero, aunque sin las funciones con las que más tarde contaron los bancos centrales. Galbraith añade que con el tiempo se constituyeron otros bancos “guardianes” en diferentes países, en los que únicamente se tenía en cuenta el metal válido. A este fenómeno se agregó el de la expansión de los estados nacionales, que hizo disminuir el número de monedas al tiempo se mejoró la acuñación. Pero tampoco fue la panacea: “Una constante en la historia del dinero es que cada remedio puede dar origen a nuevos abusos”, destaca el autor de “La sociedad opulenta”, “El crac del 29” y “Breve historia de la euforia financiera”, entre otros textos. Durante cerca de un siglo, el Banco de Amsterdam permitió que los depósitos fueran considerados como tales y el metal confiado por su dueño permaneciera guardado hasta el momento en que éste decidiera transferirlo. Es decir, no se realizaban préstamos con el metal en depósito.

“Pocas cosas me han proporcionado más placer a lo largo de los años que leer, reflexionar y escribir acerca del dinero”, afirma John K. Galbraith en la introducción del libro de 300 páginas en el que aborda el nacimiento de la banca, las primeras fiebres especulativas en Europa y Estados Unidos, la constitución de la Reserva Federal norteamericana, el crac del 29 y el advenimiento de las políticas keynesianas, entre otras materias. Traducido a doce lenguas, el texto permite rastrear numerosos problemas económicos del presente, sea a partir de los precedentes en el siglo XVIII de la Banque Royale francesa (fundada en 1716 con un capital inicial de seis millones de libras, y que emitía billetes en forma de préstamos que terminaban financiando a la corona) el Banco de Inglaterra (impulsado en 1694 también mediante privilegio real y con el fin de costear el gasto militar de Guillermo de Orange) o la relevancia del papel moneda en las colonias americanas que aspiraban a independizarse de Gran Bretaña. ¿Qué enseñanzas aporta la evolución del pionero Banco de Amsterdam? Cuando en 1672 las tropas francesas de Luis XIV se aproximaban a la capital holandesa, se desató la alarma y los mercaderes acecharon el banco temiendo que hubiera desaparecido su riqueza. Quienes pidieron su dinero lo recibieron, mientras que otros prefirieron dejarlo ante la grave coyuntura. “Mucha gente que necesita desesperadamente su dinero del banco deja de necesitarlo cuando está segura de que lo tiene a su disposición”, concluye Galbraith.

Las cosas empezaron a torcerse por las complicidades entre el alcalde y los senadores de la ciudad de Amsterdam, quienes poseían el banco, y por otro lado los directores de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En muchos casos se trataba de los mismos próceres. En el siglo XVI la empresa había mostrado signos de un potencial enorme, aunque en ocasiones necesitaba dinero a corto plazo para la dotación de los barcos o esperar a su retorno. El banco comenzó a realizar préstamos, mediante transferencias de los recursos en depósito a otras cuentas. John K. Galbraith destaca que se trataba del “primer paso hacia lo que para los bancos comerciales modernos es la operación más ortodoxa”. Pero a finales del siglo XVII y en la centuria siguiente, las cuentas de la compañía holandesa arrojaron números rojos cada vez más inquietantes. La guerra contra Inglaterra de 1780 condujo a mayores demoras en los pagos. El gobierno de la ciudad también solicitó préstamos al Banco de Amsterdam. En tal coyuntura, si todos los depositantes quisieran recuperar su dinero resultaría imposible. La entidad bancaria comenzó a limitar las monedas que los clientes podían extraer o transferir. Señal de peligro. El final llegó en 1819, cuando el Banco de Amsterdam tuvo que liquidar sus negocios tras más de dos siglos de actividad.

El fallecido economista y autor de “La cultura de la satisfacción” hace un recorrido histórico que permite extraer lecciones, por ejemplo, respecto a las triquiñuelas lingüísticas y los motivos de las espirales especulativas. Durante el siglo XIX y hasta aproximadamente 1907 se hablaba de “pánico” sin ningún embozo. Pero a partir de esta fecha los hombres de negocios prefirieron las expresiones de “crisis” y “depresión”, con el fin de mitigar el desplome de la confianza. Se produjeron estados de “pánico” en 1819, 1837, 1857, 1873, en menor grado en 1884, muy grave en 1893, también en 1907 y breve pero muy importante en 1921; el más grave y duradero se produjo en octubre de 1929. En 1819 y 1837 la especulación se centró en la tierra, fueron los grandes años de la construcción de canales en Estados Unidos pero también de caminos, edificios del estado, escuelas y algunas cárceles. En 1857 la ambición especulativa se desplazó a los ferrocarriles y a las “obligaciones” con las que se financiaban los proyectos ferroviarios. Esta prioridad en la inversión de capitales se prolongó hasta finales del siglo XIX. “En los años que precedieron al pánico de 1873, y de nuevo antes del de 1893, hubo un enorme auge en la construcción de ferrocarriles”, recuerda Galbraith; “nada más curioso en el siglo XIX que la facilidad con la que la gente olvidaba el último desastre y se apresuraba a perder dinero en el siguiente”. Otros objetos de agiotismo no tan relevantes fueron el oro y el cobre. En el “pánico” de 1907 perduró la importancia del ferrocarril, aunque el foco se desplazó a las acciones en general. Al igual que en el de 1921, pero en este caso la depresión fue precedida por la especulación con las tierras y en los mercados agrícolas.

En este clásico “best-seller” sobre el dinero, John K. Galbraith hace gala de un extraordinario magisterio, que le permite explicar con gran sencillez, sin jerga para especialistas y aplicando técnicas habituales en la narrativa, las políticas de Roosevelt, las bases del keynesianismo, el auge y ocaso del patrón oro, la evolución de los precios después de la primera guerra mundial o las discusiones sobre la curva de Philips. En el capítulo final del libro (“Dinero y política”), el docente subraya que el periodo de bonanza económica en Estados Unidos terminó con la guerra de Vietnam. Los gastos del conflicto y la demanda resultante presionaron al alza de los precios. En años posteriores, los economistas de cámara de la Administración Nixon achacaron la inflación desbocada al caos fiscal que habían heredado. “Pero realmente la posición fiscal recibida era notablemente sana”, rebate John K. Galbraith. “Tampoco fueron muy alarmantes los movimientos de precios que heredó la nueva Administración”. Tal vez alguna de las claves radique en la primera rueda de prensa convocada por Nixon, el 27 de enero de 1969, en la que afirmó: “No estoy de acuerdo con la sugerencia de que la inflación puede ser eficazmente controlada exhortando al trabajo, a la dirección y a la industria a seguir ciertas normas orientadoras”. Según el autor de “El dinero”, “Todo el daño posible estaba aquí; había que minimizar la dirección de la economía, aunque fuese cada vez más necesaria”. ¿Economía o ideología?

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Estados Unidos descubre que las prisiones públicas son más baratas que las privadas

Ven, 19/08/2016 - 18:49

Se acabó: al Departamento de Justicia de Estados Unidos se le acabó la paciencia. Tras echar cuentas durante años, ha confirmado que las prisiones federales (las que dan servicio al circuito judicial en el que se enjuician los delitos más graves y aquellos cuya trascendencia supera las fronteras de un solo estado) son un agujero de dinero por culpa de la gestión privada.

En el país del mundo que más gente tiene encarcelada (unos 700 reclusos por cada 100.000 habitantes, frente a los 451 de Rusia o los 307 de Brasil, aunque en estados como Luisiana se dispara hasta los 1.082), cada dólar de los más de 80.000 millones que se emplean cada año en mantener la población reclusa cuenta.

Las cifras de encarcelados en Estados Unidos muestran, además, un claro sesgo racial: mientras que la tasa de personas de raza blanca apenas llega a las 450 por 100.000, la de personas de origen latinoamericano se duplica hasta 831, y la de las de raza negra se dispara hasta las 2.306 (más de tres veces la media de todo el país).

Hora de poner coto a los excesosEl vicefiscal general de EEUU anunciaba por eso este jueves a través de un informe que la administración Federal deberá rechazar a partir de ahora la renovación de los contratos de gestión de prisiones que quedan en vigor, hasta que el sector público adquiera el control total de todas y cada una de las prisiones bajo control directo de la Casa Blanca.

"Es simple: (las empresas privadas) no proporcionan el mismo nivel de servicios correcionales, de programas y de recursos; no permiten ahorros sustanciales en costes; y como ha revelado la Intervención General, no sirven para mantener el mismo nivel de seguridad tanto por lo que respecta a evitar fugas como a proteger la vida de los reclusos", escribe Sally Yates en el informe citado por el diario The Washington Post.

El cambio no será radical, puesto que en la actualidad la cantidad de prisiones federales que están siendo gestionadas por empresas privadas es reducida, pero sobre todo porque sólo una minoría de los reclusos está en instalaciones federales: poco más de 200.000 sobre un total de 2,2 millones de presos.

Sí supondrá en cambio un punto de inflexión, al eliminar la gestión privada de un total de 13 cárceles. Con el cambio se espera reducir el número de incidentes violentos registrados en las instalaciones privadas, cuya tasa en términos comparables es mucho mayor que en las públicas, y reducir el contrabando (ocho veces superior en las gestionadas por empresas).

El informe cita varios casos de mala gestión por parte de empresarios, como es el caso de un motín desatado en 2012 en la instalación de Adams County, donde 20 personas resultaron heridas y un oficial fue asesinado tras una protesta que se desató por la bajísima calidad de la comida y las carencias en el tratamiento médico".

"El hecho es", concluye Yates, "que las prisiones privadas no son comparables con las públicas en términos de seguridad y protección (...) y por eso tenemos tanto la oportunidad como la responsabilidad de hacer algo al respecto".
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Tomado de El Economista
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Poder corporativo, libre comercio y fraude fiscal: una sola ecuación

Ven, 19/08/2016 - 07:02

Desde mediados de la década del noventa el movimiento social a nivel global comenzó a colocar como prioridad en sus agendas de lucha el tema comercial, dándole especial énfasis a una crítica completa al paradigma del libre comercio, que se colocó como premisa teórica de la puesta en marcha de la globalización neoliberal.

El primer escenario de la batalla contra el paradigma del libre comercio fue la Organización Mundial del Comercio (OMC), en donde se avanzó creando un entramado jurídico global de carácter obligante que profundizó la lógica de la desregulación comercial: agresivas desgravaciones arancelarias; eliminación de marcos regulatorios al capital financiero; y fortalecimiento de la protección unilateral a las inversiones externas.

Los efectos no se hicieron esperar en los denominados países del tercer mundo, que empezaron a sufrir las consecuencias de esta lógica del libre comercio. Y por tanto, se empezó una “rebelión” al interior de la OMC, liderada principalmente por quienes luego formarían el bloque de los BRICS a fin de detener, en alguna medida, esta ofensiva libre cambista, llevando a lo que muchos llaman al “fracaso de la Ronda de Doha” o lo que es lo mismo, que los promotores del libre comercio no pudiesen terminar su labor al estancarse en los llamados “cuatro temas de Singapur”: 1) libre competencia, 2) facilitación del comercio, 3) protección de inversiones y 4) compras del sector público. La condición fue que se resolviera en el seno de la OMC el tema de los subsidios al sector agrícola en el norte (léase Estados Unidos y Europa, principalmente), para luego abordarse los temas de Singapur.

Ante el fracaso de la Ronda de Doha, la estrategia neoliberal acentuó la promoción de los Tratados de Libre Comercio (TLCs). En el caso de América Latina, los Estados Unidos de Norteamérica lanzaron la ofensiva del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que fracasó por la alianza entre los recién llegados gobiernos progresistas y el movimiento social. Ante ello, Estados Unidos continuó con el impulso bilateral de TLCs.

En efecto, la mitad de América Latina y el Caribe (México, Centroamérica, Caricom, Perú, Colombia, Chile) está constituida por economías que se rigen por el paradigma del libre comercio, con TLCs entre ellas y con tratados con países de fuera de la región. Sólo se mantienen fuera de la lógica de los TLCs el Mercosur (Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil, Venezuela) además de Ecuador y Bolivia. Aparejado a la existencia de los TLCs, se fue profundizando esta institucionalidad neoliberal con el impulso que se dio a los Tratados Bilaterales de Protección de Inversiones (también conocidos como TBIs). De forma que se liberalizó el comercio vía TLCs y se le dio una protección privilegiada a la inversión extranjera vía TBIs. La dimensión fiscal Una dimensión que no se había considerado en el ataque al libre comercio fue la fiscal, es decir los impactos provocados por dichos acuerdos en la recaudación tributaria. Gracias al movimiento global por la justicia fiscal se empieza a hacer una correlación de factores que obligan a hacer los vínculos de la desregulación comercial y de inversiones, con la opacidad, la evasión, la elusión y el fraude fiscal. Estos vínculos, empiezan a relacionar cómo la desgravación arancelaria impacta las cuentas nacionales en términos de los impuestos que dejan de cobrarse a las importaciones. Asimismo, cómo los procesos de desregulación financiera y el libre tránsito de capitales impactan en las cuentas de capital de los Estados. De igual forma, cómo los principios de Trato Nacional (TN) y Trato de Nación Más Favorecida (TNF) abren portillos para la elusión de las transnacionales y también cómo las políticas de atracción de inversiones basadas en exoneraciones o privilegios fiscales van provocando inmensos costos en términos de gasto tributario para los países. Asimismo, se ha observado que luego de la suscripción de un TLC, normalmente sigue la suscripción de un acuerdo de doble tributación, ventajoso para los países de donde proviene la inversión transnacional en el pago del impuesto a la renta. Es que el principio que rige la tributación en estos acuerdos es el de “residencia” y no el de “fuente”. De esta manera, una empresa extranjera no tributa ni en el país donde extrae la renta, ni en el de donde proviene, sino donde estratégicamente ha puesto su sede: Gran Caimán, Delaware, Islas Vírgenes y otras jurisdicciones opacas. Finalmente, toda esta maraña de acuerdos de inversiones, libre comercio y doble tributación facilita la planificación tributaria, desarrollada por grandes estudios jurídicos que saben muy bien cómo y dónde constituir sociedades comerciales para no pagar impuestos. El escándalo de los Panamá Papers es una clara muestra de ello.

Crisis del posneoliberalismo Hoy América Latina vive un momento de contraofensiva neoconservadora, básicamente en Suramérica que es la parte de la región que trató de desmontar la arquitectura neoliberal heredada de las décadas de los ochenta y los noventa. La irrupción de la derecha en Argentina, el golpe de estado en Paraguay, el golpe de estado en curso en Brasil y la victoria de la derecha en el parlamento venezolano, han posicionado de nuevo al paradigma del libre comercio en esta subregión latinoamericana.

La Alianza del Pacífico empieza a ganar adeptos en la región, los gobiernos del Mercosur inician la presión para que finalmente este proceso modifique su carta constitutiva que inhibe la firma de Tratados de Libre Comercio, esos mismos gobiernos se animan a reanudar la negociación para la firma de un TLC entre la Unión Europea y Mercosur, que se uniría a los que ya tiene la Unión Europea en vigencia con Centroamérica, México, Chile y Perú/Colombia.

Diversos países de América Latina están participando a fondo en las negociaciones del TISA, que abre sectores fundamentales (educación, salud, agua, servicios municipales, correos, transporte, etc.) a la participación privada de transnacionales. México, Perú y Chile participan activamente en el ya suscrito Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (conocido por sus siglas en inglés como TPP).

El poder corporativo transnacional tiende a fortalecerse por medio del impulso de diversos tratados o de inversiones, que se orientan a profundizar la desregulación de los grandes capitales, y que constituyen verdaderos candados jurídicos a políticas reformistas orientadas al bien común.

Visibilizar esta situación, abrir el debate para comprender en toda su dimensión las características del fenómeno y generar nuevas articulaciones de denuncia, resistencia y propuestas de cambio, son tareas urgentes para el movimiento social de América Latina.
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Vía Alainet

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Sí que hay alternativas al determinismo económico y/o tecnológico

Xov, 18/08/2016 - 20:15
Vicenç Navarro, Público

Uno de los posicionamientos más extendidos en la cultura política y económica del país es que la globalización de la economía a nivel mundial ha hecho imposible llevar a cabo políticas a nivel del Estado-nación, y muy en particular aquellas que están encaminadas a mejorar la calidad de vida de las clases populares que, por cierto, constituyen la mayoría de la población en cada Estado-nación. La famosa frase de que “no hay alternativas” se convierte en un muro frente a cualquier intento de cambio. De esta manera, el desmantelamiento de los servicios públicos del Estado del Bienestar y el descenso de los salarios y de la estabilidad laboral, con el consiguiente deterioro del estándar de vida de la mayoría de la gente, se presentan como inevitables e inalterables. Por desgracia, un número creciente de movimientos sociales y partidos políticos progresistas están también aceptando esta interpretación de la realidad, concluyendo que, a no ser que haya un cambio global (bien sea de la Eurozona, o de la Unión Europea, o del mundo capitalista), es poco lo que se puede hacer para cambiar tales políticas.

En otras ocasiones, este determinismo económico es sustituido o complementado por otro determinismo, este de carácter tecnológico, que asume que los cambios tecnológicos son los que están configurando nuestras sociedades, sin que podamos hacer mucho para cambiarlo. Así se asume –contra toda evidencia empírica existente- que los avances tecnológicos en la automatización del trabajo están destruyendo puestos de trabajo, abocándonos a un futuro sin puestos de trabajo.

Ni que decir tiene que estas explicaciones deterministas están promovidas por las estructuras de poder responsables del enorme descenso de la calidad de vida y bienestar de las poblaciones, que promueven estas explicaciones para ocultar las causas reales de esta situación, que no son ni económicas ni tecnológicas, sino políticas, es decir, el control del poder económico, financiero, político y mediático por parte de estas estructuras, que se benefician enormemente de la situación actual y que, a través precisamente de los Estados-nación y las estructuras supranacionales que ellos controlan, están configurando esta globalización y/o esta tecnologización.

Los Estados-nación continúan siendo clave Un ejemplo claro de lo que estamos hablando son los mal llamados tratados de libre comercio que sistemáticamente favorecen a unas clases sociales de los Estados-nación a costa de otras clases sociales de los mismos Estados-nación. La aplicación, por ejemplo, del NAFTA (el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, EEUU y México) benefició a las clases empresariales de los tres países a costa de las clases populares de cada país. La evidencia de ello es abrumadora. Grandes empresas manufactureras basadas en EEUU (donde el salario mínimo es de 7,25 dólares por hora) se desplazaron a México (donde tal salario mínimo es de solo 58 céntimos), disparando sus beneficios empresariales, que beneficiaron a sus directivos y accionistas, a la vez que destruyeron millones de puestos de trabajo, devastando estados industriales como Ohio, Michigan y Pennsylvania, entre muchos otros. Por otra parte, estas inversiones extranjeras en México, aun cuando crearon empleo, también destruyeron mucho más empleo, al causar el colapso de muchas empresas locales mexicanas que no pudieron competir con las grandes empresas transnacionales, creando así un elevado desempleo en México, que incrementó el flujo migratorio de aquel país hacia EEUU (ver Murdering American Manufacturing: ‘Strictly Business’).

Un tanto parecido ha ocurrido con el General Agreement on Tariffs and Trade (GATT), y ocurrirá con el tratado entre EEUU y la Unión Europea. No es por casualidad que los establishments financieros y económicos de los Estados-nación a los dos lados del Atlántico Norte sean favorables a tales tratados y sean precisamente las clases populares las que se oponen a la globalización económica y financiera. La globalización económica es un fenómeno predominantemente político, y responde a fuerzas políticas que se ejercen a través de los Estados y, a través de ellos, en las entidades supranacionales. Los países escandinavos, debido a su pequeño tamaño, son los países más “globalizados” (es decir, integrados en la economía internacional) de Europa y, sin embargo, están entre los países que tienen salarios mayores y los Estados del Bienestar más avanzados, y ello se debe a causas políticas, no económicas: el gran poder de las izquierdas en tales países, habiendo estado gobernados por coaliciones de partidos progresistas durante la mayoría del periodo post Segunda Guerra Mundial. Este es el punto clave del que los “globalistas” parecen no darse cuenta.

Un tanto parecido ocurre en cuanto al determinismo tecnológico. Como bien ha subrayado Anthony B. Atkinson en su libro sobre desigualdades (Inequality: What Can Be Done?), atribuir estas desigualdades a cambios tecnológicos es ignorar que estos cambios están configurados, a su vez, por las coordenadas de poder que controlan su diseño y su aplicación. No es por casualidad que estos cambios tecnológicos acentúen todavía más las desigualdades, pues en una sociedad desigual la introducción de nuevas tecnologías acentúa aún más las desigualdades, pues su acceso no está igualmente distribuido.

Las consecuencias sociales de estos cambios Branko Milanovic, hace un par de años, en sus clases en el Programa de Políticas Públicas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra, acentuó que la globalización configurada por las políticas públicas de corte neoliberal y que han sido impuestas a los dos lados del Atlántico Norte por los establishments financieros, económicos, políticos y mediáticos de cada uno de estos Estados, han ido configurando unas sociedades muy parecidas a las existentes en el continente de América Latina a finales del siglo XX, cuando el neoliberalismo era la ideología dominante en aquel territorio. Había el 16% ó 21% (el 1% más un 15% ó 20%) superior, que era la clase cosmopolita (ligada al capital internacional, claramente articulada con el capital de los otros países dominantes del norte, centro y sur de las Américas), unas clases medias en claro descenso, y una clase trabajadora muy local, poco cosmopolita y claramente amenazada por tal globalización, al ver sus intereses sacrificados constantemente en aras de la supuesta competitividad y globalización. Esto es lo que hoy está ocurriendo a ambos lados del Atlántico Norte. No es, por lo tanto, sorprendente que haya un rechazo procedente de estas clases populares hacia los establishments político-mediáticos, meros instrumentos de los establishments financiero-económicos en cada Estado-nación.

Este rechazo, que alcanza dimensiones de gran hostilidad, está siendo canalizando por dos fuerzas políticas de signo diferente y en muchas ocasiones opuesto, aunque puedan tener elementos en común. La base electoral de tales movimientos anti-establishment es la clase trabajadora (la misma clase que había desaparecido de la narrativa oficial, que había sido sustituida por la clase media) de estos países.

Una de estas fuerzas políticas es la respuesta de carácter predominantemente nacionalista, en un intento de recuperar la identidad perdida (consecuencia de la globalización) interpretando (erróneamente) tal globalización como internacionalización. En realidad, el Tratado de Libre Comercio entre EEUU y la UE será la americanización de la vida política, cultural, financiera y económica de los países de la UE. La otra fuerza política es la que intenta cambiar las relaciones de poder de clase dentro de cada Estado para así poder establecer otro tipo de globalización que sería la auténtica internacionalización. La polarización política que estamos viendo en Europa en los dos lados opuestos del espectro político es un indicador de la expresión de estas dos respuestas a la llamada globalización.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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La falsa promesa económica de la gobernanza global

Xov, 18/08/2016 - 07:05
Dani Rodrik, Project Syndicate

La gobernanza global es el mantra de la élite moderna. El argumento es que el incremento de flujos transfronterizos de bienes, servicios, capital e información (derivado de la innovación tecnológica y la liberalización de los mercados) generó demasiada interconexión entre los países del mundo como para que cada uno de ellos por separado pueda resolver sus problemas económicos solo. Necesitamos reglas globales, acuerdos globales, instituciones globales.

Esta afirmación goza de tanta aceptación que cuestionarla puede parecer como sostener que el Sol gira alrededor de la Tierra. Pero lo que puede ser verdad en el caso de problemas realmente globales como el cambio climático o las pandemias no es aplicable a la mayor parte de los problemas económicos. Contra lo que oímos a menudo, la economía mundial no es un bien común global. La gobernanza global ayudará muy poco, y a veces ocasionará un perjuicio.

Lo que hace que, por ejemplo, el cambio climático sea un problema que demanda cooperación internacional es el hecho de que el planeta tiene un único sistema climático. Como da lo mismo dónde se emitan gases de efecto invernadero, imponer restricciones a las emisiones sólo en el nivel nacional generaría escaso o nulo beneficio al país que lo hiciera.

En cambio, las buenas políticas económicas (entre ellas la apertura) benefician ante todo a la economía local; y es allí también donde se paga la mayor parte del costo de las malas políticas económicas. Las perspectivas económicas de cada país dependen mucho más de lo que suceda allí que del extranjero. Cuando la apertura económica es deseable, es porque esa política beneficia al país que la aplica, no porque beneficie a otros. La apertura y otras políticas acertadas que contribuyen a la estabilidad económica internacional se basan en el interés propio, no en un espíritu global.

A veces, un país logra una ventaja económica en detrimento de otros; es el caso de las políticas de “empobrecer al vecino”. El mejor ejemplo es cuando el proveedor dominante de un recurso natural (como el petróleo) restringe la oferta en los mercados mundiales para aumentar el precio. Lo que gana el exportador es lo que pierde el resto del mundo.

Un mecanismo similar está en la base de los “aranceles óptimos”, por los que un país grande manipula sus condiciones de intercambio restringiendo las importaciones. En esos casos, hay buenas razones para instituir normas globales que limiten o prohíban el uso de esas políticas.

Pero la inmensa mayoría de las cuestiones de comercio y finanzas internacionales que ocupan la atención de los funcionarios no son así. Pensemos por ejemplo en los subsidios agrícolas y la veda de organismos transgénicos en Europa, el abuso de las normas antidumping en Estados Unidos o la inadecuada protección de los derechos de los inversores en los países en desarrollo. Son, en esencia, políticas de “empobrecerse uno mismo”. Sus costos económicos caen sobre todo en el país que las aplica, aun cuando también puedan perjudicar a otros.

Por ejemplo, los economistas suelen coincidir en que los subsidios agrícolas son ineficientes, y que sus beneficios para los agricultores europeos suponen un alto costo para el resto de la gente en Europa, en la forma de aumento de precios, aumento de impuestos o ambas cosas. Esas políticas se implementan no para sacar provecho a costa de otros países, sino porque otros objetivos internos concurrentes (de tipo distributivo, administrativo o sanitario) se imponen a las consideraciones económicas.

Lo mismo vale para las deficiencias en regulación bancaria o política macroeconómica que agravan el ciclo económico y generan inestabilidad financiera. Como demostró la crisis financiera global de 2008, lo que suceda dentro de un país puede tener enormes consecuencias fuera. Pero si las autoridades regulatorias en Estados Unidos no cumplieron su tarea, no fue porque así su país saliera beneficiado a costa de los demás: la economía estadounidense fue una de las que más sufrió.

Tal vez el mayor fracaso de las políticas actuales sea la incapacidad de los gobiernos de las democracias avanzadas para hacer frente al aumento de la desigualdad. Esto también es una cuestión de política interna, originada en el control, por parte de élites financieras y empresariales, del proceso de definición de políticas, y en los discursos que han elaborado en relación con los límites de las políticas redistributivas.

Los paraísos fiscales son un ejemplo indudable de políticas de empobrecer al vecino. Pero países poderosos como Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea podrían haber hecho mucho más de su parte para poner coto a la evasión fiscal (y a la competencia feroz en reducción de impuestos corporativos) si lo hubieran querido.

De modo que los problemas actuales poco tienen que ver con una falta de cooperación global. Son de naturaleza local y no se pueden corregir mediante normas dictadas por instituciones internacionales, que fácilmente pueden caer presa de los mismos intereses creados que debilitan la política nacional. Muy a menudo, la gobernanza global es sinónimo de implementar la agenda global de esos intereses; por eso casi siempre termina promoviendo mayor globalización y armonización de las políticas económicas locales.

Una agenda alternativa para la gobernanza global se centraría en mejorar el funcionamiento local de las democracias, sin prejuzgar cuáles deban ser las políticas elegidas luego. Sería un modelo de gobernanza global dirigido a mejorar la democracia en vez de la globalización.

Lo que tengo en mente es la creación de normas y requisitos procedimentales globales pensados para mejorar la calidad de los procesos decisorios nacionales. Por ejemplo, reglas globales relativas a (entre otras cuestiones) la transparencia, la representatividad, la rendición de cuentas y el uso de evidencia científica o económica en los procedimientos de decisión locales, sin condicionar el resultado final.

Las instituciones globales ya usan esta clase de normas, hasta cierto punto. Por ejemplo, el Acuerdo sobre la Aplicación de Medidas Sanitarias y Fitosanitarias (Acuerdo SPS) de la Organización Mundial del Comercio exige explícitamente el uso de evidencia científica cuando se planteen dudas sobre la seguridad sanitaria de bienes importados. Podrían usarse normas procedimentales similares, con mucho más alcance y efectividad, para mejorar los procesos de toma de decisiones en el nivel nacional.

Las normas antidumping también podrían mejorarse exigiendo que los procedimientos nacionales tengan en cuenta los intereses de consumidores y productores que resultarían perjudicados por la aplicación de aranceles a las importaciones. Las normas sobre subsidios se podrían mejorar exigiendo análisis económicos de costo‑beneficio que incorporen las posibles consecuencias en materia de eficiencia estática y dinámica.

Los problemas derivados de fallos en el proceso nacional de deliberación solamente pueden resolverse mejorando la toma democrática de decisiones. En esto la gobernanza global sólo puede hacer un aporte muy limitado, y sólo en la medida en que apunte a mejorar la toma interna de decisiones en vez de condicionarla. Fuera de eso, la búsqueda de gobernanza global encarna un anhelo de soluciones tecnocráticas que anulan y debilitan la deliberación pública.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Un día más en la crisis

Mér, 17/08/2016 - 14:44
Alejandro Nadal, La Jornada

Un día como hoy, hace exactamente nueve años, el Comité de operaciones de mercado abierto de la Reserva Federal (FOMC) reconocía que las condiciones de los mercados financieros se estaban deteriorando rápidamente. En su diagnóstico de la coyuntura admitía que las restricciones sobre crédito y la incertidumbre frenarían el crecimiento. Es como si el capitán del barco viera venir un huracán y dijera: ¡Cuidado, viene una brisa ligera!

Ha llovido desde esos días en los que los economistas de la Fed y del mundo académico tradicional comenzaban a ver señales inquietantes en el horizonte. Su marco conceptual hacía difícil pensar que algo realmente malo estaba cocinándose en las entrañas de las economías capitalistas avanzadas. No cabe duda: cuando se trata de analizar la crisis global del capitalismo contemporáneo, a lo más que llega el pensamiento económico tradicional es a ver entre brumas una crisis financiera.

Por ejemplo, en Estados Unidos se sigue hablando de las reformas al sistema bancario y financiero, como si ahí estuviera la solución del problema. Y aunque todavía no se termina de implementar la ley Dodd-Frank, todavía sigue vivo el debate sobre si el tamaño de los bancos ya dejó de ser un problema o si todavía entraña riesgos sistémicos.

Estas discusiones son reveladoras, pues indican lo alejado que está el análisis económico tradicional de comprender la naturaleza de la crisis. Así, en las discusiones entre funcionarios de la Fed y destacados académicos en Estados Unidos hoy lo que más importa es el tamaño de los bancos, los requerimientos de capitalización y el trato fiscal a los diferentes esquemas de financiamiento. Parece mentira, pero el debate sobre si los grandes bancos son demasiado grandes para dejarlos ir a la quiebra en caso de emergencia sigue dominando la reflexión sobre la crisis.

Es cierto que las dimensiones de los cinco bancos más grandes de Estados Unidos (JP Morgan Chase, Bank of America, Citigroup, Wells Fargo y Goldman Sachs) son realmente impresionantes: sus activos equivalen a cerca de 60 por ciento de la economía estadounidense. Sin embargo, el lobby del sector bancario insiste en que el tamaño se acompaña de importantes economías de escala y, por lo tanto, en menores costos para el público usuario de los bancos. Al afrontar este tipo de argumentos la reforma bancaria ha tenido que caminar despacito.

Otro argumento para frenar la reforma es que los coeficientes de concentración en el sector bancario de Estados Unidos son inferiores a los de la mayoría de los países europeos. Los tres bancos más grandes en Noruega, por ejemplo, son responsables de 84 por ciento del mercado, mientras que en Estados Unidos apenas controlan 20 por ciento. Nuevamente, el lobby bancario insiste en que los niveles de concentración no constituyen el problema principal. Es más, se afirma que entre más alto sea el nivel de concentración (y el tamaño de los bancos) se alcanzará un mayor grado de estabilidad en la industria. El razonamiento aquí es que los bancos grandes pueden diversificarse más fácilmente y eso permite mitigar los efectos negativos del ciclo de negocios en un sector con los resultados positivos de otro sector. Los mayores niveles de rentabilidad vinculados a la diversificación se supone deben conducir a una mayor fortaleza y estabilidad.

Pero la realidad es que la crisis en Estados Unidos alcanzó a los bancos más grandes, diversificados o no. Y el contagio atravesó mares y continentes hasta convertir a la crisis en una hecatombe mundial, con decenas de millones de personas en desempleo y otros tantos perdiendo su patrimonio. Así que lo que es importante es la forma de inserción del sector bancario/financiero en las entrañas del capitalismo funcional contemporáneo.

Mientras los economistas tradicionales siguen discutiendo sobre cuántos bancos grandes pueden bailar en la cabeza de un alfiler, las causas profundas de la crisis parecen seguir siendo objeto exclusivo de análisis de los economistas heterodoxos y críticos de corte marxista. La pregunta central es la siguiente: ¿cuál es el problema fundamental del capitalismo? Claramente la respuesta no está en el tamaño de los bancos o en los niveles de concentración en el sector bancario.

El problema fundamental de una criatura tan compleja como el capitalismo no puede reducirse a un solo fenómeno. No creo que la tendencia a la caída en la tasa de ganancia, fenómeno bien identificado por Marx, o la problemática del subconsumo (y falta de realización de la plusvalía), sean las causas aisladas o únicas de la crisis, pero sin duda están cerca de sus raíces. También lo están los síntomas del exceso de capacidad instalada y la desigualdad creciente en la distribución del ingreso. Y en cuanto al sector bancario/financiero, justo es decir que forma parte esencial de la economía capitalista desde hace décadas como bien lo han demostrado muchos autores post-keynesianos y marxistas.

Mientras tanto, transcurren los días y cada día observamos que a medida que se desarrolla, el capitalismo funciona cada vez más mal.

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Para construir una internacional progresista

Mar, 16/08/2016 - 21:15
Yanis Varoufakis, Sin Permiso

La política en las economías avanzadas de Occidente está en la tesitura de una reestructuración política como no se ha visto desde los años 30. La Gran Deflación que tiene acogotados a ambos lados del Atlántico está haciendo que revivan fuerzas políticas que habían estado dormidas desde el final de la II Guerra Mundial. Está volviendo la pasión a la política, pero no de la forma que muchos habíamos esperado.

La derecha se ha visto animada por un fervor contrario al “establishment” que era, hasta hace poco, patrimonio de la izquierda. En los Estados Unidos, Donald Trump, candidato republicano a la presidencia, mete en vereda – bastante creíblemente – a Hillary Clinton, su oponente demócrata, por sus estrechos lazos con Wall Street, sus ganas de invadir tierras foráneas, su disposición a adherirse a acuerdos de libre comercio que han socavado el nivel de vida de millones de trabajadores. En el Reino Unido, el Brexit ha asignado a ardientes thatcherianos el papel de entusiastas defensores del National Health Service [el sistema sanitario británico].

Esta transformación no carece de precedentes. La derecha populista ha adoptado tradicionalmente una retórica cuasi izquierdista en tiempos de deflación. Cualquiera que tenga estómago para revisar los discursos de los más destacados fascistas y nazis de los años 20 y 30, encontrará apelaciones – los panegíricos de Benito Mussolini a la seguridad social o las punzantes críticas del sector financiero por parte de Joseph Goebbels – que parecen, a primera vista, indistinguibles de metas progresistas.

Lo que hoy estamos experimentando es la implosión natural de la política centrista, debido a una crisis del capitalismo global en la que un derrumbe financiero condujo a una Gran Recesión y luego a la Gran Deflación de hoy. La derecha está repitiendo sencillamente su viejo truco de sacar partido de la ira justificada y las aspiraciones frustradas de las víctimas para hacer que avance su repugnante orden del día.

Todo empezó con la muerte del sistema monetario internacional establecido en Bretton Woods en 1944, que había forjado un consenso político de postguerra basado en una economía “mixta”, límites a la desigualdad y una sólida regulación financiera. Esa “era dorada” terminó con el llamado “shock” de Nixon en 1971, cuando Norteamérica perdió los superávits que, reciclados internacionalmente, mantenían estable el capitalismo global.

De manera notable, la hegemonía de los Estados Unidos creció en esta segunda fase de postguerra, en paralelo a su déficit comercial y presupuestario. Pero para seguir financiando estos déficits, los banqueros tenían que desengancharse de sus restricciones del New Deal y de Bretton Woods. Sólo ellos alentarían y gestionarían los flujos de entrada de capital necesarios para financiar los déficis parejos de Norteamérica en fiscalidad y por cuenta corriente.

La meta era la financiarización de la economía, el neoliberalismo su manto ideológico, su gatillo fue la subida de los tipos de interés de la época Paul Volcker en la Reserva Federal, y el presidente Clinton fue en última instancia el que cerró este pacto fáustico. Y el momento no podría haber sido más amigable: el desmoronamiento del imperio soviético y la apertura de China generaron una oferta de trabajo para el capitalismo global – mil millones de trabajadores adicionales – que hicieron que se disparasen los precios y ahogaron el crecimiento de los salarios en todo Occidente.

El resultado de la extrema financiarización fue una enorme desigualdad y una profunda vulnerabilidad. Pero por lo menos la clase trabajadora de Occidente tenía acceso a préstamos baratos y precios de vivienda desorbitados para compensar el impacto de salarios estancados y transferencia de rentas fiscales en declive.

Luego llegó el derrumbe de 2008, que produjo en los EE.UU. y en Europa un masivo exceso de oferta, tanto de dinero como de gente. Aunque muchos perdieron empleos, hogares y esperanzas, billones de dólares en ahorros han ido derramándose por los centros financieros del mundo desde entonces, sumándose a otros billones bombeados por desesperados bancos centrales dispuestos a substituir el dinero tóxico de los financieros. Con empresas e inversores demasiado temerosos como para invertir en la economía real, los precios de las acciones se han puesto por las nubes y el 0,1% más alto no da crédito a su suerte, y el resto mira impotente cómo las uvas de la ira van“…llenándose y haciéndose copiosas, haciéndose copiosas para la cosecha”.

Y así fue como ingentes partes de la humanidad en Norteamérica y en Europa quedaron demasiado endeudadas y se volvieron demasiado caras como para ser otra cosa que desecho, y quedaron listas para verse tentadas por Trump atizando el miedo, por la xenofobia de la dirigente del Front National, Marine Le Pen, o la refulgente visión de los adalides del Brexit de una Britania que rige de nuevo las olas. A medida que crece su número, los partidos tradicionales están cayendo en la irrelevancia, suplantados por el surgimiento de dos nuevos bloques políticos.

Un bloque representa la vieja troika de la liberalización, la globalización y la financiarización. Puede que todavía esté en el poder, pero sus acciones están cayendo rápidamente, como pueden atestiguar David Cameron, los socialdemócratas europeos, Hillary Clinton, la Comisión Europea y hasta el gobierno de Syriza posterior a la capitulación.

Trump, Le Pen, los partidarios derechistas del Brexit en Gran Bretaña, los intolerantes gobiernos de Polonia y Hungría, y el presidente ruso, Vladimir Putin, forman el segundo bloque. La suya es una internacional nacionalista – una criatura clásica de un periodo deflacionario – unida por el desprecio por la democracia liberal y la capacidad de movilizar a los que la aplastarían.

El choque entre estos dos bloques es a la vez real y motivo de confusion. Clinton versus Trump constituye una auténtica batalla, por ejemplo, como lo es la Unión Europea contra los partidarios del Brexit; pero los contendientes son cómplices, no enemigos, que perpetúan un bucle inacabable en el que se refuerzan mutuamente y en el que cada lado se define – y moviliza a sus apoyos sobre esa base – por aquello a lo que se opone.

La única manera de salir de esta trampa política es el internacionalismo progresista, basado en la solidaridad entre las grandes mayorías en todo el mundo que están preparadas para reavivar la política democrática a escala planetaria. Si esto suena utópico, vale la pena poner de relieve que ya se encuentran disponibles las materias primas.

La “revolución política” de Bernie Sanders en los EE.UU., el liderazgo de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista del Reino Unido, el MDeE25 (Movimiento por la Democracia en Europa, DiEM25) en el continente: estos son los heraldos de un movimiento internacional progresista que puede definir el terreno intelectual sobre el que debe erigirse la política democrática. Pero nos encontramos en un estadio muy temprano y nos enfrentamos a un notable contragolpe de la troika global: véase el tratamiento dispensado a Sanders por el Comité Nacional de los demócratas norteamericanos, la competencia contra Corbyn de un antiguo cabildero farmacéutico y el intento de encausarme por osar oponerme al plan de la UE para Grecia.

La Gran Deflación plantea una gran pregunta: ¿puede la humanidad concebir y llevar a la práctica un nuevo Bretton Woods “verde” y tecnológicamente avanzado – un sistema que haga nuestro planeta ecológica y económicamente sostenible – sin el inmenso sufrimiento y destrucción que precedieron al primitivo Bretton Woods?

Si nosotros – los internacionalistas progresistas – no conseguimos responder la cuestión, ¿quién la contestará? Ninguno de los dos bloques que hoy rivalizan por el poder en Occidente quiere siquiera que se plantee.

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Revelan cuál es el país de América Latina con el mejor salario mínimo

Lun, 15/08/2016 - 00:45

La diferencia entre el mayor salario mínimo y el menor en la región es de 324 dólares. El primer puesto se lo lleva Argentina, donde los trabajadores perciben 476 dólares mensuales como mínimo. Mientras que el último puesto es para México, donde los asalariados reciben 152 dólares por mes. En Uruguay, el salario mínimo es de 373 dólares, y en Chile es de 346. Le siguen Colombia (307,9 dólares), Brasil (306,8 dólares) y Perú con 268 dólares. Así lo demostró el estudio 'Trabajo Decente en América Latina', de la Red Latinoamericana de Investigaciones sobre Compañías Multinacionales (RedLat).

Sin embargo, no todos los trabajadores alcanzan a cobrar el sueldo mínimo. En Perú, por ejemplo, el 50,1% de los trabajadores percibe ingresos por debajo del mínimo. Le sigue Colombia donde un 48,3% gana menos dinero que el piso establecido. Esta misma situación le ocurre al 28,8% de los trabajadores de Argentina, al 25,4% de Brasil, al 20,2% de México y al 21,1% de los trabajadores chilenos. El mejor resultado en este aspecto es para Uruguay, donde solo el 8,5% de la población asalariada no accede al salario mínimo. Otro dato que se desprende del trabajo de la RedLat es que es la diferencia salarial entre hombres y mujeres sigue siendo muy alta en la región, con una clara ventaja para los hombres.

El país con la mayor diferencia es Perú, donde los hombres pueden llegar a ganar hasta un 43,8% más que las mujeres. El siguiente país más desigual en este sentido es Argentina, donde las personas del sexo masculino obtienen un 34% más de sueldo que las féminas. En Chile se repite la desigualdad con 29,7% más para los hombres. En Brasil con un 25,5%, mientras que en Colombia el desequilibrio favorece en un 20,2% a las ganancias del sexo masculino. En México esa diferencia es del 18,5%. Por último, Uruguay es el país donde menos se evidencia la discriminación por género. Allí los hombres reciben un sueldo 5,9% veces mayor que las mujeres.

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El sultán, el zar y el futuro de Siria

Ven, 12/08/2016 - 18:29
Robert Fisk, La Jornada

Este martes el sultán se reunió con el zar en la sede real de San Petersburgo. Y el califa de Damasco habrá observado desde Siria con la convicción de que la política del partido Baaz habrá demostrado su valía una vez más. ¿La política? Esperen. Y esperen.

Porque, en el momento preciso en que el poder de Turquía sobre Siria –su papel semejante al de Pakistán como conducto hacia el dinero del golfo Pérsico, sus rutas de contrabando hacia el Isis, Al Qaeda (o Jabhat al Nusra, o Fatah el Sham o el que sea)– parecía una amenaza abrumadora para Damasco, surge el misterioso golpe en Turquía, su ejército es esterilizado, y el sultán Erdogan se escurre a San Petersburgo para sacar a su país de la OTAN y llevarlo hacia la Madre Rusia.

Y todo esto, cuando los ejércitos rebeldes en Siria vuelven a sitiar a las tropas del gobierno en Alepo con la mira de reabrir sus rutas de suministro hacia Turquía.

Porque, con las fuerzas rusas a escasos 50 kilómetros al sur de la frontera turca, y sus pilotos bombardeando a los mismos rebeldes que sitian Alepo, el zar Putin ya no va a tolerar el paso de misiles de contrabando por la frontera turca para derribar sus helicópteros.

Y si la OTAN y la Unión Europea creen que pueden confiar en su fiel aliado el sultán Erdogan para destruir el régimen de Al Assad o detener el flujo de refugiados a Europa –o tolerar que jets estadounidenses despeguen de la base aérea de Incirlik y otras antiguas propiedades armenias en Anatolia–, más vale que lo piensen de nuevo.

No hay más que leer las versiones rusas de las rastreras declaraciones del sultán antes de su visita otomana para entender cómo el hombre enfermo de Europa está respirando en el aire fresco de las estepas.

Esta visita me parece un nuevo hito en las relaciones bilaterales, desde un nuevo punto de partida, dijo el sultán, y en lo personal, de todo corazón y en nombre de la nación turca, saludo al presidente Putin y a todos los rusos. Eso fue en la televisión rusa. Y luego, en la nota de la agencia de noticias Tass, el sultán se refiere a su amigo Vladimir y promete que hay mucho que nuestras naciones pueden hacer juntas.

Ahora dejemos este rollo del zar y el sultán, que fue más como el saludo fraternal que un Brejnev o un Podgorny hubiera esperado de un miembro pecador del Pacto de Varsovia, lleno de relaciones bilaterales, saludos y amistad (aunque no amistad eterna, como las naciones hermanas habrían jurado alguna vez al Kremlin). La primera visita de Erdogan posterior al golpe es a Rusia... y eso es un golpe de diferente tipo.

He aquí otra línea de la versión de Tass sobre las declaraciones de Erdogan antes de San Petersburgo: No se puede encontrar una solución a la crisis siria sin Rusia. Sólo podemos resolver la crisis siria en cooperación con Rusia. ¿Y en cooperación con Bashar al Assad? Es una idea que debe alegrar el corazón de Al Assad, quien alguna vez –recordémoslo– tuvo lazos familiares cercanos con Erdogan y la esposa de éste. Si se puede derribar un avión ruso y luego abrazar al amigo Putin, ¿por qué no podría Erdogan hacer lo mismo con Bashar?

Ahí hay también, desde luego, una pregunta para que la piensen Hillary Clinton y El Donald, aunque Trump, quien parece tener los mismos puntos de vista del zar, como ahora alardea el sultán, tal vez podría vivir con eso.

Hay una larga lista de perdedores potenciales en el teatro de San Petersburgo. Primero el Isis y Al Qaeda-Nusra-Fatah el Sham, y todos los demás grupos islamitas que hoy día combaten al régimen en Siria, que de pronto se encuentran con que su más confiable conducto de armas ha hecho equipo con su enemigo más feroz, el dueño de la fuerza aérea rusa. Luego están los multimillonarios sauditas y qataríes que han estado aportando el dinero y las armas a los guerreros sunitas que intentan derrocar tanto a Damasco como a Bagdad, así como humillar al sha de Irán, a Siria (los alawitas) y a Líbano.

Y luego, quizá por encima de todos los demás, a quienes temerán por su vida en la secuela de esta fraternal excursión al palacio del zar: los militares turcos. Porque lo que se vuelve cada vez más claro es que –y esto podría considerarse el meollo de la historia– Rusia y de hecho Irán realizaron una función de inteligencia al advertir a Erdogan del golpe militar que se preparaba en su contra.

Los árabes ya han sido notificados por sus interlocutores rusos de que Putin, siendo el antiguo jefe de la KGB, envió personalmente un mensaje a Erdogan después de enterarse del golpe en comunicaciones del ejército turco, interceptadas y escuchadas por técnicos rusos en su base aérea en las afueras de Latakia, en Siria.

Los iraníes –que estarían felices de ver a Turquía volverse contra sus enemigos islamitas sunitas en Siria– también alertaron a Erdogan sobre el golpe, según se ha dicho a los árabes.

No hace mucho tiempo, al parecer, era Hillary quien quería oprimir el botón de reiniciar con Putin. Ahora es Erdogan... y uno sospecha que con mayor efecto.

En estos tiempos la palabra terror se usa con tanta promiscuidad que parece haber sido inventada en Estados Unidos. En realidad, su primer empleo común después de la revolución francesa parece haber ocurrido en Moscú, donde describía a los terroristas que lanzaban bombas para tratar de derrocar al zar.

Así pues, estemos pendientes de la palabra terroristas en los comunicados que sigan a la cumbre del sultán y el zar. La Gran Alianza de San Petersburgo contra el Terror. Terror, terror, terror. Si lo escuchamos de la Madre Rusia, sabremos que las cosas van a cambiar en Siria.

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Bancos estresados, estímulos monetarios y consecuencias neoliberales

Xov, 11/08/2016 - 21:48
Paula Bach, Izquierda Diario

Una buena para la economía europea: las recientes pruebas de resistencia de los bancos arrojaron mejores resultados que en 2014. La mala es que nadie cree en la validez de las pruebas. El resultado: aunque la mayoría de las 51 entidades sometidas al simulacro lo superó con éxito, en los días inmediatos posteriores, las pérdidas de las acciones bancarias superaron los 45.000 millones de euros. Una semana después la tendencia continuaba y la banca europea había perdido cerca del 4% de su valor bursátil.

De todos modos, tampoco la totalidad de los bancos pasó el test satisfactoriamente. La nota la dio el italiano Monte dei Paschi, el tercer mayor banco de Italia, que hubiera quebrado de hacerse realidad uno de los peores escenarios del simulacro. Horas antes de conocerse los resultados del “juego” se supo que en el “mundo real” el banco había sido sometido a un rescate que involucra una titularización de activos incobrables de magnitud sin precedentes en Italia. También dos bancos irlandeses, un banco austríaco y los alemanes Deustche Bank y Commerzbank, mostraron situaciones de diversa vulnerabilidad.

Las pruebas son comparables a un electrocardiograma de esfuerzo, pero en el caso de los bancos se trata de evaluaciones en papel que miden la solvencia de las entidades ante múltiples situaciones -incluyendo las más adversas- imaginadas desde el presente hasta 2018. Pero la falencia más importante de las pruebas –y por lo que nadie les otorga demasiado crédito- reside justamente en la “imaginación”…Como le sucede seguido a la teoría económica o a la “economía política”, los escenarios pensados son abstractos.

Por un lado se utilizan modelos desarrollados de acuerdo a los hechos críticos verificados hasta 2015. De modo tal que acontecimientos posteriores, novedosos históricamente y de gran influencia sobre la rentabilidad y estabilidad bancaria como por ejemplo los tipos de interés negativo o…Ay! el Brexit, quedan por fuera. Por el otro lado, The Economistobserva que la mayoría de los inversores está más preocupado por las “dolencias crónicas” que por el tipo de choques (para colmo, no demasiado “concretos”, insistimos) simulados por las pruebas de resistencia. SegúnEl País,esas “dolencias crónicas” se manifiestan en dos aspectos claves. El primero, que afecta a toda la banca europea pero a la alemana en particular, versa sobre la capacidad de generar rentabilidad con tipos de interés en mínimos históricos. El segundo, que afecta en particular a la banca italiana, está asociado a las sospechas sobre la mala calidad de los activos. Por su parte, The Economist, resalta también que los bancos están estrechamente ligados a la salud económica de los países en los que operan y que mientras el bajo crecimiento en Europa persiste, nadie puede esperar una performance bancaria en la que todo esté bien.

Y efectivamente, hace tiempo insistimos en que los problemas de la banca -aunque se arrastran desde largo y subsisten como eslabón débil- adquieren particular relevancia frente a nuevas fragilidades de la “economía real”. Justamente los dos grandes rubros ignorados por los test de estrés –tasas de interés negativas y Brexit- se derivan de dos asuntos muy “reales”. En gran medida, la menor eficacia de las tasas “cero” y la proliferación de tasas negativas, son consecuencia de loslímites de la sinergia entre las políticas monetarias expansivas y la “meca” china que –arrastrando a los “emergentes”- actuó como receptora de los capitales sin destino en los países centrales. El Brexit, por su parte, resulta indisociable de las consecuencias económicas, sociales y políticas del crecimiento debilitado de los años pos Lehman.

¿Recesión en el Reino? Resulta que el Brexit, goza de un comandoque de “exit” no tiene demasiado e intenta negociar con la UE trabajosas condiciones intermedias, permaneciendo por ahora el Reino Unido en una suerte de “no lugar”. Y aunque las repercusiones económicas internacionalesdel evento aún resultan indeterminadas, las consecuencias sobre la economía británica ya se hacen evidentes. La semana pasada el Banco de Inglaterra volvió a recortar las tasas de interés por primera vez desde 2009, amplió el esquema de flexibilización cuantitativa e introdujo un nuevo régimen de financiación para los bancos. El motivo de las políticas implementadas por el presidente de la entidad, Mark Carney, es que la actividad del sector manufacturero, de servicios y de la construcción, se redujo fuertemente en julio y los dos últimos rubros, según The Economist, lo hicieron al ritmo más veloz desde 2009. También según el semanario británico, las encuestas revelan un amplio pesimismo entre las empresas a medida que los pedidos desde el exterior se esfuman y la economía británica parece destinada a sufrir, al menos, una recesión leve.

Más allá del tenor que finalmente adquiera la recesión, se vislumbran brechas entre el Banco Central y el Tesoro y diversas voces están clamando por anticipado que las medidas monetarias resultarán insuficientes en el Reino del Brexit. Según el columnista de The Guardian, Larry Elliot, con el nuevo paquete de estímulo, el presidente del Banco de Inglaterra no habría hecho más que comprar algo de tiempo ya que a decir verdad, el Banco sólo puede generar una versión modesta de la apagada y desequilibrada recuperación que siguió a la gran recesión de 2008-9.

En las tensiones entre el Banco Central y el Tesoro, se abren paso nuevamente los problemas relativos a la debilidad de la economía real. Elliot insiste en que el Banco Central no puede recortar el IVA o explotar las ultra bajas tasas de interés para invertir en proyectos de gasto público a largo plazo. Y resalta que tampoco puede resolver el Banco los profundos problemas estructurales que encorsetaron a la economía durante décadas como un exceso de confianza en el mercado inmobiliario, un sector productivo de tamaño insuficiente que resulta en un déficit comercial crónico o la falta de conocimientos y de inversión que se manifiestan en un registro de la productividad pobre.

A decir verdad, el murmullo que fomenta la necesidad de políticas de inversión pública –más allá de sus probabilidades reales de implementación- excede al Reino Unido y expresa tanto la debilidad de la “demanda agregada” y el crecimiento económico durante los últimos años, como las mayores dificultades que en un nuevo escenario enfrentarán las políticas monetarias. Por mencionar los más inmediatos y posibles efectos, el recorte de tasas de interés del Banco de Inglaterra –en un contexto de gran incertidumbre en la segunda plaza financiera mundial- va a afectar nuevamente la rentabilidad bancaria –otra vez la economía real azuzando las líneas de falla de los bancos. Justamente el nuevo esquema británico de financiación para los bancos tiene el objeto de contrarrestar anticipadamente la caída de la rentabilidad. Por otra parte la devaluación derivada de la libra genera presiones a la revaluación del dólar a la vez que dificulta cualquier intención –por más lejana que sea- de incremento de tasas por parte de la Fed. Cuestiones que debe remarcarse –aún sin necesidad de jugar pronósticos apresurados- tienen al menos la potencialidad de afectar a la economía norteamericana e incrementar el daño del Brexit sobre la economía internacional.

El “fracaso del éxito” neoliberal Volviendo atrás en la historia y retomando la dicotomía entre el “mundo de las finanzas” y el mundo de la “economía real”, vale recordar que si uno de los acontecimientos que signan el inicio del neoliberalismo fue el alza de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal en 1979, la facultad de restablecer la rentabilidad del capital y propiciar el crecimiento moderado de las décadas recientes, tuvo un origen claro en la “economía real” o para decirlo de manera más contundente, en el “territorio”. Sin pretender desarrollar aquí las condiciones generales de la ofensiva neoliberal, importa resaltar el objetivo fundamental en los países centrales que consistió en, como apunta David Harvey, “hacer el trabajo local competitivo con la mano de obra mundial”. Tarea que contó entre sus hitos claves los procesos que –con particular énfasis en la década del 2000- operaron deslocalizando la producción desde Estados Unidos hacia China y desde Alemania y los países de Europa central hacia el Este. Mientras, y a su vez, la migración interna europea hacia el centro se intensificó desde 2004 tras la ampliación de la UE. Según Timothy Garton Ash, desde aquel año se establecieron en Gran Bretaña cerca de 2 millones de migrantes. Por supuesto el rol instrumental de los mecanismos financieros destinados a habilitar la movilidad internacional del capital, resultó un complemento clave del proceso.

Pero lo que interesa resaltar aquí es que aquel éxito neoliberal –cuyos límites analizamos en Estancamiento secular, fundamentos y dinámica de la crisis- se está constituyendo –con su secuela de ingresos estancados, precarización y desempleo estructural- en la sustancia del repudio a la globalización que hoy brota en amplios sectores de las clases obreras blancas de los países centrales. Fenómeno al cual –con una alta cuota de demagogia- va dirigido el discurso xenófobo, aislacionista y proteccionista de Donald Trump o de los impulsores de la campaña del Brexit, entre otros, como desarrollamos en La “furia populista” que conmueve al mainstream.

Y el problema central es que justo cuando las conquistas de la ofensiva neoliberal en la “economía real” se hallan en proceso de agotamiento, el sentimiento de “ausencia de progreso individual” está adquiriendo peso en expresiones políticas de derecha que amenazan la base de sustento de las “elites gobernantes”. La ilusión –aún débil- de sustituir la “meca” china por la India que hasta hace unos meses nomás guardaba la prensa financiera internacional, se trocó por una suerte de pánico a la “ira populista”. La probable persistencia y eventual consolidación de aquellos fenómenos –aún en el mediano plazo- obliga a pensar un escenario de mayor polarización y fortalecimiento de sus contrapartes por izquierda. No está descartado que la política golpee antes que la economía, obstaculizando la administración gradual de la crisis para la cuál las “elites” demostraron bastante pericia durante los últimos años.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

Reforma monetaria: herejes contra excéntricos

Mér, 10/08/2016 - 13:44
Alejandro Nadal, La Jornada

Apartir de la crisis de 2008 han surgido nuevas interpretaciones y visiones sobre el papel del dinero y los bancos en la economía. Estas novedosas perspectivas monetarias son muy diferentes a los enfoques de la teoría económica convencional. Pero hoy existe una polémica entre los opositores a la teoría tradicional ubicados al interior de las universidades y los que trabajan desde la sociedad civil.

La nueva discusión gira alrededor de la teoría de la moneda endógena en una economía capitalista. La idea es sencilla y a partir de la crisis de 2008 existe una mejor percepción sobre la manera en que los bancos pueden crear moneda de la nada. Es decir, el funcionamiento de los bancos no se limita a recibir en depósito los ahorros del público para prestárselos a los inversionistas que los quieran invertir.

Desde la sociedad civil hoy se comprende mejor que antes que cuando un banco otorga un crédito a una persona le abre una cuenta con un saldo a su favor por el monto del préstamo. No necesita ir a su bóveda para ver si le quedan depósitos que pueda prestar. El banco crea efectivamente dinero de la nada. Pero la teoría económica convencional sigue aferrada a la idea de que los bancos comerciales privados son simples intermediarios entre ahorradores e inversionistas.

En el mundo académico también existen corrientes analíticas distintas que adoptan un punto de vista más realista basado en la teoría de la moneda endógena. Las perspectivas post-keynesianas, las de la teoría del circuito monetario y de la llamada teoría monetaria moderna son las más sobresalientes en este paisaje académico emergente.

En la sociedad civil han surgido organizaciones como la Nueva Fundación Económica en Inglaterra. Su propuesta central es recuperar el poder que confiere la creación monetaria. También se busca restringir la actividad de los bancos para evitar el crecimiento desorbitado de la economía y la destrucción del medio ambiente a través de exigir a los bancos mantener ciento por ciento de reservas siempre disponibles (cada crédito tendría su contraparte en reservas en el banco prestamista). De este modo los bancos no podrían crear moneda y sólo podrían prestar lo que realmente tengan en depósito (obtenido a través de la captación bancaria). Los bancos no podrían crear dinero de la nada.

Hace poco el Cambridge Journal of Economics publicó un artículo académico con un título revelador que me permito traducir libremente: “Reservas bancarias totales: más ‘excéntricos’ que ‘valientes herejes’” (cje.oxfordjournals.org). Los autores son Malcolm Sawyer y Giuseppe Fontana, dos conocidos analistas de la corriente opositora a la visión convencional. El artículo critica la propuesta de esas organizaciones de la sociedad civil para crear un sistema bancario que funcione con el requerimiento de plenas reservas.

Sawyer y Fontana tienen razón en una parte de su artículo. Muchos de los análisis de los movimientos civiles sobre reforma monetaria carecen de solidez teórica. En algunos planteamientos sobre la inflación se acercan a las posturas del monetarismo más añejo. Ignoran casi por completo el papel de los bancos sombras y tampoco acaban de entender la relación que existe entre inversión y ahorro: con frecuencia afirman que la inversión sólo puede provenir del ahorro. Este análisis desde la sociedad civil propone restringir el uso de aquello que sirve de moneda: el monto en circulación estaría determinado por las decisiones del banco central y los bancos comerciales no podrían financiar las inversiones más allá de lo que permite el ahorro ex ante.

Esta inferencia es algo ingenua. La escuela post-keynesiana ha demostrado con claridad que es la inversión la que genera el ahorro y no la inversa. Y si algo sabemos a partir del trabajo de Minsky y Lavoie, por ejemplo, es que la oferta y demanda de créditos bancarios para financiar la producción de bienes y servicios es parte integral de las operaciones de una economía capitalista. En la actualidad, la creación monetaria por los bancos comerciales no puede verse como algo separado del funcionamiento del capitalismo contemporáneo.

Sin embargo, el análisis de Sawyer y Fontana también deja mucho que desear. Por ejemplo, no dicen nada sobre la tasa de interés y no cubren de manera satisfactoria la naturaleza de las crisis y de la perene inestabilidad de las economías capitalistas. Incluso hay pasajes en los que sostienen que la creación monetaria por los bancos comerciales es la fuente de flujos de circulante que permite prevenir las crisis y reducir la inestabilidad. Eso contradice radicalmente los resultados de Minsky sobre la inestabilidad intrínseca de las economías capitalistas con moneda endógena.

En el fondo, los académicos como Sawyer y Fontana temen que la gran visibilidad que han adquirido las propuestas de los excéntricos afecten la legitimidad analítica que tienen las críticas y propuestas de los valientes herejes. Es una preocupación legítima. Pero también es necesario señalar que sin los desplantes de las organizaciones civiles este debate no habría podido salir a la luz pública.

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Joseph Stiglitiz: La globalización y sus nuevos malestares

Mér, 10/08/2016 - 00:28
Joseph Stiglitz, Project Syndicate

Hace quince años escribí un pequeño libro titulado El malestar de la globalización, este libro describía la creciente oposición en el mundo en desarrollo a las reformas globalizadoras. Era algo muy misterioso: a las personas en los países en desarrollo se les había dicho que la globalización aumentaría el bienestar general. Si ese era el caso, ¿por qué tantas personas se tornaron hostiles a la globalización?

En la actualidad, a dichos opositores a la globalización en los mercados emergentes y los países en desarrollo se les han unido decenas de millones de personas en los países avanzados. Las encuestas de opinión, incluyendo un cuidadoso estudio realizado por Stanley Greenberg y sus asociados para el Instituto Roosevelt, muestran que el comercio es una de las principales fuentes de malestar para un gran porcentaje de estadounidenses. Puntos de vista similares se hacen también patentes en Europa.

¿Cómo puede ser tan vilipendiado algo que nuestros líderes políticos – y muchos economistas – dijeron haría que todos estemos mejor?

Una de las respuestas que ocasionalmente se escucha emitir a los economistas neoliberales que abogaron por dichas políticas es que las personas están mejor. Simplemente, ellas no lo saben. Su malestar es un tema a ser tratado por psiquiatras, no por economistas.

Sin embargo, los datos de ingresos sugieren que son los economistas neoliberales quienes podrían beneficiarse de la terapia psiquiátrica. Grandes segmentos de la población en los países avanzados no están bien: en EEUU, el 90% inferior en la distribución de ingresos ha sufrido de estancamiento de ingresos durante un tercio de siglo. El promedio de los ingresos entre trabajadores a tiempo completo es en realidad más bajo en términos reales (ajustados a la inflación) del que se tuvo hace 42 años. Y, en la parte más baja de dicha distribución de ingresos, los salarios reales se asemejan a los niveles salariales que se tenían hace 60 años.

Los efectos del dolor y la dislocación económica que muchos estadounidenses están experimentando incluso se muestra en las estadísticas de salud. Por ejemplo, los economistas Anne Case y Angus Deaton, ganadores del premio Nobel, han demostrado que la esperanza de vida entre los segmentos de estadounidenses de raza blanca está disminuyendo.

Las cosas están un poco mejor en Europa – pero sólo un poco mejor.

El nuevo libro de Branko Milanovic Global Inequality: A New Approach for the Age of Globalization proporciona algunas perspectivas vitales al mirar a los grandes ganadores y perdedores en términos de ingresos durante dos décadas, desde el año 1988 al 2008. Entre los grandes ganadores estuvieron el 1% global, los plutócratas del mundo, pero también estuvo la clase media de las economías emergentes. Entre los grandes perdedores – los que ganaron poco o nada – estuvieron aquellos que forman parte de las clases baja, media y trabajadora en los países avanzados. La globalización no es la única razón, pero es una de las razones.

Bajo el supuesto de mercados perfectos (que subyace a la mayoría de los análisis económicos neoliberales), el libre comercio iguala los salarios de los trabajadores no cualificados en todo el mundo. El comercio de mercancías es un sustituto para el desplazamiento de personas. La importación de mercancías procedentes de China – mercancías que para producirse requieren de una gran cantidad de trabajadores no cualificados – reduce la demanda de trabajadores no cualificados en Europa y EEUU.

Esta fuerza es tan poderosa que si no existieran los costos de transporte, y si EEUU y Europa no tuvieran otra fuente de ventaja competitiva, como lo es, por ejemplo, la tecnología, con el transcurso del tiempo la situación se haría semejante a una en la que los trabajadores chinos habrían emigrado a EEUU y Europa, hasta eliminar por completo las diferencias salariales. No es sorprendente que los neoliberales nunca publicitaron esta consecuencia de la liberalización del comercio, tal como afirmaron – se podría decir mintieron – sobre que todos iban a beneficiarse.

El fracaso de la globalización en cuanto a cumplir con las promesas emitidas por los políticos convencionales, sin duda, ha socavado la confianza en la “élite”. Y, las ofertas hechas por los gobiernos con relación a rescates generosos para los bancos causantes de la crisis financiera del año 2008 – dejando simultáneamente a los ciudadanos comunes para que ellos, en gran medida, se valgan por sí solos – reforzaron la opinión de que el mencionado fracaso de la globalización no era simplemente un asunto de juicios erróneos económicos.

En EEUU, los republicanos del Congreso incluso se opusieron a prestar ayuda a aquellos que se vieron directamente lastimados por la globalización. De manera más general, los neoliberales, al parecer preocupados por los efectos de los incentivos adversos, se han opuesto a las medidas de bienestar que habrían protegido a los perdedores.

Pero, no se puede tener ambas cosas: si la globalización va a beneficiar a la mayoría de los miembros de la sociedad, se deben establecer fuertes medidas de protección social. Los escandinavos se dieron cuenta de esto mucho tiempo atrás; esto fue parte del contrato social que mantuvo a una sociedad abierta – abierta a la globalización y a los cambios en la tecnología. Los neoliberales en el resto del mundo no se dieron cuenta de ello – y ahora, en procesos eleccionarios en EEUU y Europa, están recibiendo su merecido castigo.

La globalización es, por supuesto, sólo una parte de lo que está pasando; la innovación tecnológica es otra parte. Pero, se suponía que toda esa apertura y disturbios iban a hacernos a todos más ricos y que los países avanzados iban a poder introducir políticas para garantizar que las ganancias sean ampliamente compartidas.

Pero ocurrió todo lo contrario, se impulsaron políticas que reestructuraron los mercados en una forma que se incrementó la desigualdad y se socavó el rendimiento económico en general; en los hechos, el crecimiento se desaceleró en la medida que se reescribieron las reglas del juego con el propósito de hacer avanzar los intereses de los bancos y las empresas – es decir de los ricos y poderosos – a expensas de todos los demás. El poder de negociación de los trabajadores se debilitó; en EEUU, al menos, las leyes de la competencia no se mantuvieron al día con los tiempos; y, las leyes existentes se aplican de forma inadecuada. La financiarización continuó a buen ritmo y el gobierno corporativo empeoró.

Ahora, como señalo en mi reciente libro Rewriting the Rules of the American Economy, se deben cambiar nuevamente las reglas del juego – y estas deben incluir medidas para sosegar la globalización. Los dos nuevos grandes acuerdos que el presidente Barack Obama ha estado impulsando – la Asociación Trans-Pacífico entre los EEUU y 11 países de la costa del Pacífico, y la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión entre la UE y EEUU – son pasos en la dirección equivocada.

El principal mensaje del Malestar en la globalización fue que el problema no era de la globalización, sino cómo se gestionaba el proceso de la misma. Lamentablemente, la forma de gestión no cambió. Quince años más tarde, los nuevos malestares han hecho que ese mensaje llegue a las economías avanzadas.

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Los medios británicos y la invasión de Irak

Mar, 09/08/2016 - 07:02
Pablo Navarrete, Monitor de Oriente

El pasado 6 de julio, más de 13 años después de que el gobierno británico se uniese a EEUU, Australia y Polonia en la invasión de Irak, con el propósito declarado de eliminar las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, el informe de investigación de Irak fue finalmente publicado, recibiendo mucha atención de los medios. Este informe, conocido comúnmente como el “Informe Chilcot”, después de que Sir John Chilcot fuese nombrado en 2009 por el entonces primer ministro de Trabajo, Gordon Brown, como el encargado de examinar la participación británica en Irak entre 2001 y 2009. De acuerdo con un informe de 2015 de la ONG Médicos por la Responsabilidad Social (www.psr.org/assets/pdfs/body-count.pdf), la invasión de marzo de 2003 y la ocupación de Irak tuvo como consecuencia la muerte de alrededor de un millón de iraquíes en el período comprendido entre la invasión y 2012; lo que representa alrededor del 5% de la población iraquí. Además, 179 soldados británicos murieron en Irak entre 2003 y 2009.

Los siete años que ha tardado el informe Chilcot en materializarse se han caracterizado por los repetidos retrasos en su publicación. Por ejemplo, el Ministerio de Asuntos Exteriores apeló con éxito contra el fallo de un juez y bloqueó la divulgación de extractos de una conversación entre el presidente estadounidense, George W. Bush y el primer ministro Tony Blair, que tuvo lugar días antes de la invasión. ¿La razón? De acuerdo con el gobierno británico, se dijo que representaría un “peligro significativo” para las relaciones británico-estadounidenses. Sin embargo, al final, los 2,6 millones de palabras del informe todavía contienen una dura crítica hacia el gobierno británico, y hacia Blair en particular. En un pasaje, Chilcot espeta: “A principios de diciembre [2001], la política de Estados Unidos había comenzado a cambiar y el Sr. Blair había sugerido que los EEUU y el Reino Unido debían trabajar en lo que describió como una ‘estrategia inteligente’ para el cambio de régimen en Irak, que se construiría con el tiempo”.

Mientras que la exposición del informe sobre Blair ha recibido una importante cobertura por parte de los medios, menos se ha informado sobre la revelación contenida en los mismos en torno a los esfuerzos del gobierno británico para utilizar los medios de comunicación en su beneficio para ayudar y apoyar la invasión de Irak. Como afirma un detallado artículo reciente sobre este tema : “Una carta, enviada más de un año antes de la declaración de guerra, expone la estrategia de comunicación del gobierno y los objetivos para asegurarse el apoyo de la opinión pública para el conflicto. El guión fue escrito por John Williams, jefe de prensa de la Oficina de Asuntos Exteriores; el documento fue enviado a, entre otros, el nº 10 de Alastair Campbell, todos los ministros y algunos diplomáticos”.

El informe Chilcot La estrategia de los medios de comunicación del gobierno comienza con una frase muy reveladora: “El proceso de preparación de medios y la opinión pública para una posible acción en Irak está en marcha”. En el documento se recomienda que el gobierno debe “explotar” el interés por “la alimentación de los periódicos y las emisoras con información sobre armas de destrucción masiva, desvío de las importaciones para uso militar, y violaciones de los derechos humanos”.

El artículo pasó a esbozar la medida en que el gobierno fuese capaz de garantizar la cobertura de los medios de comunicación simpatizantes de su plan para el cambio de régimen en Irak, como el repugnante titular de The Sun el primer día de la invasión: “No les muestres piedad… tienen el alma manchada”.

Fundamentalmente, la estrategia funcionó más allá de medios de derecha como The Sun y The Telegraph, el gobierno también consideraba periódicos como el izquierdista The Guardian como componentes clave en sus esfuerzos de propaganda de guerra.

Es justo decir que el gobierno británico tuvo éxito en sus esfuerzos. Como el monitor de medios Medialens ha demostrado, después de mirar la cobertura de The Guardian sobre los discursos de Blair al Parlamento antes de la votación en la que los parlamentarios autorizaron la guerra de Irak: “Cuando era importante, The Guardian tomó a Blair en serio, respetuosamente, sin ofrecer una sola palabra de crítica de nada de lo que había dicho en realidad. The Guardian podría haberse sumado a los millones de personas en el Reino Unido y en todo el mundo que se manifestaba en contra de Blair por librar una guerra innecesaria, ilegal e inmoral sin tener siquiera el apoyo de las Naciones Unidas. Podría haber denunciado otro asalto de una superpotencia a un país ya devastado por la guerra tras doce años de sanciones lideradas por Estados Unidos y Reino Unido; un país que no representaba ninguna amenaza para Occidente”.

Medialens también ofreció un análisis concluyente de los informes de la BBC, citando el siguiente estudio académico de su rendimiento: “En 2003, un informe de la Universidad de Cardiff encontró que la BBC mostró la mayor agenda pro-guerra de cualquier organismo de radiodifusión durante la invasión de Irak”. Durante las tres semanas del conflicto, el 11% de las fuentes citadas por la BBC fueron del gobierno de coalición o de origen militar, la proporción más alta de todas las principales cadenas de televisión. La BBC era menos propensa que SkyNews, ITV o Canal 4 Noticias de utilizar fuentes independientes, que también tendían a ser los más escépticos. La BBC también puso menos énfasis en las bajas iraquíes, que fueron mencionados en el 22% de sus reportajes sobre el pueblo iraquí, y era menos propensa a informar sobre la oposición iraquí a la invasión”.

Y no olvidemos el adulador tributo que el presentador de la BBC Andrew Marr hizo a Blair el 9 de abril de 2003, el día en que Bagdad cayó ante las fuerzas de la “coalición”, que incluyó lo siguiente: “[Blair] dijo que serían capaces de tomar Bagdad sin un baño de sangre, y que al final los iraquíes estarían celebrando la caída de Saddam. Y estos dos puntos se han demostrado de manera concluyente como ciertos. Así, sería totalmente descortés, incluso para sus críticos, no reconocer que esta noche Tony Blair se presenta como un hombre grande y un primer ministro fuerte como resultado”.

No es de extrañar que los medios británicos deseen suprimir y ocultar que difundieron propaganda del gobierno y ayudaron a ablandar a la opinión pública para la carnicería subsiguiente en Irak. Una rara excepción en este sentido en los medios de comunicación aliados del gobierno fue la salida al aire diciembre de 2010 del documental de John Pilger “La guerra que no se ve” (a pesar de que fue transmitido a 22:35 en un martes por la noche, apenas una ranura de prime-time).


La película comienza con impactantes imágenes de 2007 del ataque de un helicóptero Apache contra civiles iraquíes, hecho que salió a la luz por primera vez a través de las filtraciones de Wikileaks; durante el transcurso del documental, Pilger construyó un relato convincente contra la visión de los principales medios de comunicación en Irak. Pilger entrevistó a Mark Curtis, un historiador especializado en la política exterior británica, quién ya subrayó la primacía del papel de los medios para facilitar la devastación producida en Irak, argumentando que Gran Bretaña no podría haber llevado a cabo la invasión de Irak si los medios no hubiesen estado haciendo su trabajo. En una entrevista realizada por mí sobre la película, Pilger dio en el clavo: “Los medios de comunicación no cambiarán hasta que su estructura no cambie también”.

Cuando nos fijamos en la primacía de las grandes empresas en la estructura de propiedad de los medios británicos (www.mediareform.org.uk/who-owns-the-uk-media) es tal vez ingenuo creer que iban a actuar de manera más responsable al evaluar las afirmaciones del gobierno en una materia tan grave como hacer la guerra contra un país soberano. Hasta que esta estructura se democratice y la correlación entre los intereses de las élites políticas y los medios de comunicación se vuelva menos pronunciada, será difícil ver cómo los enemigos oficiales de la clase dirigente británica escaparán a ser víctimas de campañas sostenidas de la difamación. Más cerca de casa, el caso del tratamiento del actual líder laborista Jeremy Corbyn en los medios de comunicación británicos ofrecen otro interesante caso de estudio de cómo la clase política y los medios de comunicación del establishment puede volverse en contra de alguien que se considere una amenaza para el orden establecido.

En Irak, el coste de la negligencia en el cumplimiento del deber de los medios supone cierto nivel de responsabilidad en los millones de personas que murieron, y las que han quedado sin padres, madres, hijos e hijas en la guerra de Irak. Trabajar por la certeza de que Tony Blair y otros políticos británicos se enfrenten a cargos de crímenes de guerra por su papel en Irak sería un paso pequeño pero importante para romper la cultura de impunidad que se le ha concedido a la clase política británica. Del mismo modo, la búsqueda de mecanismos de responsabilidad para con nuestros medios de comunicación para dar cuenta de los informes imprudentes, así como la creación de una estructura de soportey financiación de los mismos que no esté en deuda con las narrativas de las élites políticas y económicas, deben ser una prioridad urgente para todos nosotros. Lo que nos jugamos es demasiado como para no hacer nada.

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¿Está el Estado del Bienestar muerto? Crítica a Yanis Varoufakis

Lun, 08/08/2016 - 15:04
Vicenç Navarro, Público

Siempre leo con gran interés los escritos de Yanis Varoufakis. Y frecuentemente cuelgo en mi blog sus entrevistas o conferencias que me llegan, tanto aquellas con las que estoy de acuerdo como aquellas con las que estoy en desacuerdo. Naturalmente que coincido con sus críticas a la Troika y al comportamiento del Eurogrupo (los ministros de Economía y Finanzas de los países de la Eurozona), y muy en especial en el caso griego, aunque en este último caso difiero respecto a algún componente de su crítica y de las conclusiones a las que llega en base a tal crítica, como consta en el artículo escrito hace ya casi un año en Público (“Crítica amistosa a Varoufakis y a sectores de las izquierdas sobre lo ocurrido en Grecia”, 19.10.15). Saludo también el establecimiento de un movimiento europeo que él ha fundado, y que ahora lidera, cuyo objetivo es la democratización de la gobernanza de Europa, gobernanza carente hoy de las más mínimas reglas de convivencia democrática, aunque ahí tenga yo también algunas diferencias con él. Tales diferencias alcanzan su máximo nivel cuando en una conferencia reciente, que detallaré más tarde en el artículo, ha hecho la acusación de que los Estado del Bienestar en los países capitalistas desarrollados están ya muertos, junto con los partidos socialdemócratas que los establecieron, proponiendo en su lugar que se establezca la Renta Básica Universal (RBU), de la que es uno de los máximos promotores. No hay duda de que la socialdemocracia en Europa está en declive. Pero asumir que el Estado del Bienestar está también muerto me parece un gran error. En ambas “muertes” Varoufakis atribuye tal situación a que los Estados-nación ya no pintan nada, pues han perdido toda soberanía. Y ahí está la raíz de nuestro desacuerdo.

¿Ha muerto el Estado-nación? Creo que una de las raíces de este desacuerdo es su visión de los Estados-nación, a los que considera carentes de poder y capacidad de decisión, especialmente aquellos que forman parte de la Eurozona. Así, en un interesante libro publicado en 2016, Un plan para Europa, de Icaria Editorial (escrito conjuntamente con Gerardo Pisarello –una de las mentes más claras en el movimiento progresista catalán–, con cuyas tesis estoy totalmente de acuerdo), Varoufakis, en la parte del libro en la que expone sus tesis en forma de entrevista, indica que los Estados-nación han perdido toda su soberanía, habiéndose convertido en parte del problema en lugar de la solución. Así, señala que los gobiernos hoy “transmiten a los parlamentos lo que queda decidido a nivel del Eurogrupo (o de la Cámara Europea o del Consejo Europeo) y los parlamentos solo están para que se les ordene lo que deben hacer” (p. 66).

Ni que decir tiene que la pertenencia de España al Eurogrupo establece unas limitaciones graves en cuanto a lo que el Estado español puede hacer o dejar de hacer. Pero encuentro su posición extrema (aunque comprensible por su experiencia en el caso de Grecia), pues los Estados-nación continúan jugando un papel clave. El Estado alemán, por ejemplo, juega un papel determinante y dominante entre los Estados-nación de la Eurozona. Y la relación inter-Estados juega también una labor esencial. La supeditación y docilidad del gobierno Rajoy hacia el gobierno alemán se expresa en su interdependencia con las políticas realizadas por tales Estados.

Lo que parece olvidarse con excesiva frecuencia es que los Estados continúan reproduciendo las relaciones de poder existentes en un país, incluyendo las relaciones de poder de clase social. Es importante recuperar las categorías analíticas que han desaparecido en gran parte de los estudios de lo que está ocurriendo en la Eurozona. Las clases sociales y el conflicto entre ellas, dentro de cada Estado, son esenciales para entender el comportamiento de tales Estados. Las ausencias de estas variables en los análisis de Varoufakis limitan su comprensión de la supuesta pérdida de soberanía de los Estados. Hay que concienciarse de que la burguesía española, por ejemplo, tiene más cosas en común, en cuanto a sus intereses, con la burguesía alemana, que con las clases populares españolas. De ahí que el Estado español, hoy instrumentalizado por la burguesía española, esté aplicando políticas auténticamente reaccionarias bajo el argumento de que no tiene libertad para llevar a cabo otras (como Varoufakis parece creer), cuando es obvio que sí que hay políticas alternativas. En España, por ejemplo, el presidente socialista Zapatero congeló las pensiones para conseguir 1.200 millones de euros, a fin de corregir el déficit del Estado, cuando podría haber conseguido muchos más revirtiendo la bajada de impuestos de sucesiones (2.552 millones) o manteniendo el de patrimonio (2.100 millones). Y el presidente conservador Rajoy podría haberse evitado recortar 6.000 millones de euros de la sanidad pública revirtiendo la bajada del impuesto de sociedades de las empresas que facturan más de 150 millones de euros al año, y que representan solo el 0,12% de todas las empresas. El Estado siempre aplica políticas de clase, y el tema fundamental es de qué clase social. No es cierto, pues, que el Estado-nación no pueda hacer nada. Decir que los Estados-nación no pueden hacer nada es darle la razón a Zapatero o a Rajoy cuando dicen que no hay otras políticas públicas posibles. ¡Sí que las hay! ¡Hay alternativas a las políticas de austeridad! El gran problema de Grecia es, como subrayé en el artículo citado anteriormente, que era un Estado pequeño y fallido, que lo hizo enormemente vulnerable a las presiones del Estado alemán. Y además de ser un Estado muy débil, estaba muy solo. Pero hoy ya hay un número creciente de Estados, con mayor peso, que pueden variar estas políticas. Y parte de la solución serían las alianzas entre Estados en contra de estas políticas, que no ocurrirán a no ser que cambien las relaciones de poder dentro de cada Estado.

La externalización de responsabilidades como justificación de las políticas impopulares Pero existe otro punto de desacuerdo con Varoufakis, relacionado con el desacuerdo anterior. El ningunear al Estado-nación lleva a abandonar una lucha a nivel de dicho Estado-nación, creando un vacío que lo están aprovechando movimientos nacionalistas de ultraderecha, algunos de claro carácter fascista y/o nazi. Hoy, como el mismo Varoufakis ha acentuado, uno de los mayores peligros existentes en la Unión Europea es la eclosión de movimientos nacionalistas de ultraderecha en cada uno de sus países. Y una de las causas de que ello esté ocurriendo es precisamente la desatención que las izquierdas han dado a algunos de los temas más movilizadores entre las clases populares, que solían ser la base de su apoyo electoral. No solo los partidos conservadores y liberales, sino también los partidos socialdemócratas, por ejemplo, justifican las políticas de austeridad y las reformas reaccionarias de los mercados de trabajo bajo el argumento de que son las únicas posibles, pues otras son de imposible aplicación debido a la globalización, o a la integración europea, o a cualquier factor externo. La externalización de responsabilidades es la medida más común hoy utilizada por los gobiernos de sensibilidad liberal o socioliberal (que son la mayoría). Admiten que sus políticas son impopulares pero subrayan que son las que exigen Bruselas o Frankfurt. Y aquí en Catalunya, el gobierno de derechas catalán indica que la culpa es de Madrid. No es extraño, pues, que veamos hoy votantes del Partido Comunista votar a partidos de ultraderecha. Los cinturones rojos de las grandes ciudades en Francia que votaban al PCF han pasado a votar a Le Pen. Pero esto no solo ocurre en el país galo, pues una de las causas de esta situación es precisamente el auge del nacionalismo en muchos países de la Unión Europea, es decir, el incremento del sentido identitario nacional frente al establishment político-mediático que gobierna la Eurozona, que es percibido como el responsable de la pérdida de identidad y poder de decisión conocido como soberanía nacional, cedida a dicho establishment europeo por las clases dominantes de cada país, que consiguen el desmantelamiento del Estado del Bienestar y el descenso salarial a través de aquel establishment europeo, lo que no podían conseguir a nivel estatal.

La supuesta muerte de la socialdemocracia y de su Estado del Bienestar De esta percepción del Estado-nación como carente de capacidad de decisión, Varoufakis concluye que la socialdemocracia y el Estado del Bienestar que creó están muertos y sin capacidad de reacción. Permítanme que resuma su último discurso (que incluyo en este enlace) sobre este tema. Comienza haciendo aseveraciones que, tanto en su tono como en su contenido, pueden considerarse provocadoras (lo cual parece ser de su agrado, pues le gusta hacerlo con gran frecuencia). La primera es la de afirmar que las políticas públicas que han caracterizado a la socialdemocracia occidental (o el New Deal en EEUU) son demodé, es decir, no tienen futuro, pues son políticas insostenibles. De ahí que señale que “la socialdemocracia está muerta”. La segunda provocación (que se deriva de la anterior) es su afirmación de que “el Estado del Bienestar está (también) muerto”, ya que las transferencias públicas y los servicios públicos del Estado del Bienestar no pueden financiarse y mantenerse, pues al estar financiados con las rentas del trabajo (es decir, con las cotizaciones sociales derivadas del salario) y su financiación depender de la existencia de puestos de trabajo, ello determina que la desaparición de un número significativo de tales puestos de trabajo (como resultado de la revolución digital, incluyendo intervenciones tecnológicas, como la robótica, que está causando la destrucción masiva de gran parte de los puestos de trabajo), haga insostenible tal Estado del Bienestar. Esta destrucción de los generadores de los fondos con los cuales sostener tales transferencias y servicios públicos es la causa de que el Estado del Bienestar no tenga futuro, pues no puede financiarse. De ahí la necesidad de responder a la enorme crisis social que se ha ido desarrollando en estos años de recesión (que alcanza niveles de depresión en los países del sur de Europa como España, Grecia y Portugal) a través de la Renta Básica Universal, que es la distribución de una renta básica por parte del Estado a todos los ciudadanos y residentes de un país.

Las consecuencias de la financiarización de la economía Otra razón que –según Varoufakis- justifica el establecimiento de la RBU es la financiarización de la economía en el capitalismo actual. Durante estos años hemos estado viendo la expansión del sector financiero a costa de la economía productiva, lo cual complica todavía más la sostenibilidad del Estado del Bienestar, pues al disminuir la economía productiva disminuye también la fuerza laboral, que es la que financia el Estado del Bienestar. Según Varoufakis, la actividad financiera está, pues, sustituyendo a la producción de bienes y al consumo, sujetos de la economía real o productiva, y con ello a los puestos de trabajo y a los trabajadores, dificultando todavía más la financiación del Estado del Bienestar, basada –como se ha señalado antes- en la gravación de las rentas del trabajo. En EEUU, esta transformación del capitalismo aparece en el traslado del centro de poder de Chicago (centro manufacturero) a Wall Street (centro financiero). Esta financiarización de la economía determina que al disminuir el trabajo disponible, también disminuye la demanda, causa del decrecimiento económico que conocemos como la Gran Recesión.

La solución a esta gran crisis social y económica es –de nuevo, según Varoufakis- gravar a las rentas superiores (derivadas en gran parte de la gran expansión del sector financiero), distribuyendo los ingresos públicos obtenidos a partir de esta medida a todos los ciudadanos y residentes, asignando a cada persona la misma cantidad, una renta básica que permita a la persona vivir con dignidad. La aplicación de esta medida tendría –según él- varias consecuencias. Una sería la de eliminar la pobreza y reducir las desigualdades sociales. Otra, la de incentivar la demanda (pues las clases populares consumen más que ahorran, ya que tienen una gran cantidad de necesidades insatisfechas, mientras que las clases más pudientes ahorran más que consumen). Y una tercera consecuencia, de gran importancia también, sería el empoderamiento de la población trabajadora, pues la RBU la haría más resistente frente a las demandas de los empleadores, ya que sus necesidades mínimas estarían ya cubiertas. Hasta aquí el resumen de su argumentación a favor de la RBU.

¿Cuáles son los problemas de esta argumentación? Antes de comenzar la crítica debo subrayar que hay elementos de este análisis, como la creciente financiarización de la economía, con los que estoy totalmente de acuerdo. Pero con otros no. Y uno de ellos consiste en sus observaciones sobre lo que él considera los límites y la imposibilidad de desarrollar políticas socialdemócratas, así como políticas de expansión del Estado del Bienestar, a los dos lados del Atlántico Norte. Esta tesis está basada, en parte, en la pérdida de soberanía de los Estados, y, en parte, en su criterio (erróneo a mi manera de ver) para definir socialdemocracia y Estado del Bienestar. Me explicaré, comenzando con la discusión de los supuestos límites de la socialdemocracia. Pero para ello es necesario señalar que el gran fracaso de los partidos socialdemócratas (que, recordemos, estaban enraizados en el mundo del trabajo en su objetivo de establecer el socialismo) no se debe a la socialdemocracia en sí, sino más bien lo contrario, es decir, a su abandono. Es una realidad bien documentada que a partir de Blair & Co. (aunque algunos podrían indicar que se había iniciado ya con Mitterrand) hubo un claro abandono del proyecto socialdemócrata. El socialismo era y continúa siendo el proyecto de establecer una sociedad cuyo objetivo es distribuir los recursos según la necesidad de los ciudadanos, financiados según la habilidad y capacidad de cada ciudadano, siendo necesidad, habilidad y capacidad definidas democráticamente. Este objetivo continúa siendo vigente y aplicable. Casi el 78% de la ciudadanía de los países de la UE está de acuerdo con el principio de que “a cada uno según su necesidad, y de cada uno según su habilidad y capacidad”. Y estamos viendo a los dos lados del Atlántico Norte la aparición de movimientos político-sociales, como el movimiento liderado por el candidato Sanders en EEUU, y los movimientos contestatarios en Europa, como Unidos Podemos, que están adquiriendo gran importancia, y que están comprometidos claramente con este principio socialista, a alcanzar a través de la vía democrática, proponiendo políticas públicas que solían identificarse con la socialdemocracia antes de que esta dejara de serlo.

El Estado del Bienestar que describe Varoufakis es el cristianodemócrata, no el socialista Varoufakis parece desconocer que hay varios tipos de Estados del Bienestar. Y el que describe no es el Estado del Bienestar enraizado en la tradición socialdemócrata. Bismarck fue el fundador del Estado del Bienestar que Varoufakis describe y define erróneamente como “el Estado del Bienestar”. En este Estado del Bienestar, el de Bismarck, la financiación corre a cargo de las cotizaciones sociales basadas en el mercado del trabajo. Es este Estado del Bienestar cuya sostenibilidad depende de la situación del mercado de trabajo. Y el deterioro de este mercado de trabajo crea un problema de sostenibilidad grave, como estamos viendo hoy en España.

Pero en los países escandinavos del norte de Europa, de tradición socialdemócrata, donde el mundo del trabajo históricamente ha sido fuerte, la financiación de la mayoría de transferencias y servicios del Estado del Bienestar no viene de las cotizaciones sociales basadas en el mercado de trabajo, sino de los fondos generales del Estado, y por lo tanto de la voluntad popular. Dependiendo del grado de influencia que los distintos actores de la sociedad (entre los cuales los más determinantes son el mundo del capital y el mundo del trabajo) tienen sobre el Estado, encontramos Estados del Bienestar bien desarrollados, y otros poco financiados. En general, a mayor influencia del mundo del capital, menores son los ingresos al Estado, y, como consecuencia, el Estado del Bienestar está menos desarrollado, tal como ocurre en el sur de Europa. Es fácil de entender que el nivel de gravamen de las rentas del capital es una variable política, es decir, que depende de las relaciones de poder en cada país. En todos los países del sur de Europa, sus Estados del Bienestar están subfinanciados, asignando el Estado a los temas sociales muchos menos recursos públicos de los que debería y podría gastar. En realidad, todos ellos tienen los recursos para financiar mejor sus Estados del Bienestar. Tienen el dinero, pero el Estado no tiene la voluntad de recogerlo. Y ahí está uno de los desacuerdos entre Varoufakis y yo. Varoufakis asume que los Estados-nación no tienen alternativas a las políticas neoliberales que se les imponen, y yo creo que sí que las tienen. Que graven más o menos depende de las relaciones de poder de cada país. Asumir, como hace Varoufakis, que los Estados-nación no tienen poder de decisión, habiendo perdido toda soberanía, es, como he dicho antes, dar la razón a los gobiernos que imponen políticas de austeridad altamente impopulares, cuando las justifican diciendo que no tienen otras alternativas.

¿Qué soluciones hay? Cualquier solución a la crisis actual pasa por un aumento de los ingresos al Estado, lo que requiere un cambio en los actores que configuran las políticas públicas de tales Estados. No creo que haya mucho desacuerdo en este punto. El desacuerdo, pues, es probable que radique no tanto en los ingresos, sino en los gastos. Y es ahí donde Varoufakis desatiende el Estado del Bienestar demasiado rápidamente. Según él, el dinero debe ir a cada ciudadano o residente, siéndole transferida la misma cantidad de dinero a cada persona, sea ciudadano o residente. Pero, ¿por qué la misma cantidad? Si el objetivo de la RBU es reducir la pobreza, es fácil mostrar que los países que han sido más exitosos en reducir la pobreza han sido aquellos países escandinavos que han seguido precisamente las políticas de tradición socialdemócrata, mediante transferencias y servicios públicos, lo cual implica también garantizar unos ingresos a cada ciudadano que le permitan una vida digna mediante la transferencia de fondos y servicios públicos que representan una cantidad superior a la que recibiría mediante la RBU.

Un tanto igual ocurre en cuanto a la reducción de las desigualdades. Los países que han sido más exitosos, y que han conseguido alcanzar los niveles de desigualdades más bajos en la UE y en Norteamérica, han sido aquellos que han utilizado las medidas redistributivas y han utilizado las políticas laborales y sociales para alcanzar tal fin. Si se quiere reducir la pobreza y las desigualdades, no tiene sentido dar la misma cantidad de dinero al pobre que a todos los demás. Se le debería dar más. Por otra parte, el coste de la RBU sería considerable: muy probablemente unos porcentajes del PIB de varios puntos. Añádase a esta consideración el hecho de que el déficit social de los países del sur de Europa es enorme. ¿Sería la RBU además o en lugar de la corrección de este enorme déficit social? Pedir como prioritaria la implementación de la RBU hoy en estos países es dejar de cubrir el enorme déficit social que tienen. Podría argumentarse que la RBU podría tener sentido una vez los elementos básicos del Estado del Bienestar estuvieran satisfechos. Pero en el sur de Europa distan mucho de serlo. ¿No cree Varoufakis que en estos países es mucho más urgente resolver este enorme déficit social que implementar la RBU? Esperaría que pudiéramos estar de acuerdo en ello.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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La economía británica se desangra tras el Brexit

Lun, 08/08/2016 - 05:38
Marcelo Justo, Página 12

El impacto del Brexit en la economía no está dejando títere con cabeza. Ante la caída del sector manufacturero y los servicios luego del referendo del 23 de junio, el Banco Central de Inglaterra intervino esta semana bajando las tasas de interés a su nivel más bajo en décadas y anunciando un masivo programa de emisión de dinero electrónico. El ministro de finanzas Philip Hammond celebró el anuncio, las acciones subieron, la libra cayó y no hay la más mínima garantía de que con estas medidas se pueda parar la hemorragia.

Los datos de la economía británica esta semana prepararon el camino para el anuncio del Banco de Inglaterra. El lunes se supo que en julio se había registrado la peor caída de actividad manufacturera desde 2012. En el sector de Servicios, que incluye desde hotelería hasta informática y finanzas, hay que retrotraerse a la recesión global de 2009 para observar una disminución similar de la actividad.

Ante este panorama y en un intento de evitar errores pasados, el Banco de Inglaterra intervino con una disminución de la tasa de interés que pasó del 0,50 al 0,25%, su nivel más bajo desde la posguerra. Al mismo tiempo anunció un nuevo programa de flexibilización cuantitativa (quantitative easing) equivalente a unos 100 mil millones de dólares para estimular el crédito, el consumo y la producción.

El ministro de economía Philip Hammond reconoció que la incertidumbre del Brexit estaba golpeando la economía. “El voto a favor de la salida de la Unión Europea generó un período de incertidumbre al que seguirá un período de ajuste para ver cómo se reformula nuestra relación con la Unión Europea”, dijo Hammond.

Más interesante todavía es lo que Hammond no dijo. El período de incertidumbre no tiene por el momento fin a la vista o, para formularlo en la inmortal metáfora de la vicepresidenta de Argentina, Gabriela Michetti, la luz se verá en el “túnel allá lejos”, pero sin salir del túnel. El túnel europeo en el que está metido el Reino Unido se puede extender como mínimo hasta fines de 2018, siempre y cuando las negociaciones con el resto de la Unión Europea comiencen antes de diciembre.

El gobierno británico tiene que invocar el artículo 50 del tratado europeo para poner en marcha la negociación que tiene un plazo fijo de dos años para llegar a un acuerdo. En julio la nueva primer ministro Theresa May lanzó una ofensiva diplomática por Europa que la llevó a Alemania, Francia, Italia, Eslovaquia y Polonia. La primer ministro procuró persuadir a sus aún socios de la Unión Europea que el Reino Unido debía conservar el vínculo económico establecido en el mercado único europeo (comercio sin barreras entre los miembros), pero necesitaba cambiar la libre circulación de personas, es decir, introducir controles a la inmigración europea.

La propuesta de May es un intento de cuadrar el círculo entre el voto a favor del Brexit y la exigencia europea de que el mercado único exige la libre circulación de personas, tanto para los miembros de la UE (27 países sin el Reino Unido), como para los que forman parte del Area Económica Europea (Noruega, Lichestein e Islandia), que tiene algunas cláusulas especiales de exclusión, como por ejemplo pesca, que no abarcan, sin embargo, la inmigración.

En el mosaico de intereses cruzados que es la Unión Europea el acuerdo parece casi imposible. En Alemania, Francia y España hay sectores que ven con buenos ojos el Brexit siempre y cuando les permita desplazar el Reino Unido del negocio financiero. En los países del este europeo hay mucho recelo a cualquier concesión en el tema inmigratorio. Naciones ultra europeístas como Bélgica ven al Brexit como una amenaza a la existencia y exigen una negociación dura que demuestre que la votación “fue una victoria pírrica”, según dijo el primer ministro de Bélgica Charles Michel.

Con este panorama diplomático está claro que la incertidumbre económica va a continuar y que el túnel seguirá bastante oscuro durante unos cuantos semestres.

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Los Juegos Olímpicos del “fora Temer”

Dom, 07/08/2016 - 11:30
Emir Sader, Público.es

Se veía venir. El mismo presidente golpista Michel Temer había dicho que “estaba preparado para ser abucheado”. Pero no lo estaba. Todos lo estaban excepto él.

Tuvo que vivir durante todo el día las manifestaciones en Copacabana y en otros lugares de Río de Janeiro, grandes expresiones populares de gente llegada de varias partes del país, pero también de extranjeros que se han unido a los brasileños en un unísono “¡Fuera Temer!”.

El mandatario se intentó blindar de todas la maneras posibles de las manifestaciones en la ceremonia de apertura en el estadio Maracaná. Trató, por ejemplo, de elevar el sonido durante su discurso, en sus apenas diez segundos de intervención en la apertura de los Juegos Olímpicos. También trataron, de manera grotesca, de evitar cualquier mención expresa al presidente, que ya es conocido en Brasil con el sobrenombre de Michel Fora Temer (Michel Fuera Temer).

Un presidente que tuvo que pasar prácticamente en el anonimato toda la ceremonia inaugural, sin ninguna mención en los discursos. Nada. No obstante, bastó que pronunciara sus breves y burocráticas palabras para que el abucheo más grande se abalanzara sobre él.

Ya no bastará que la concentración más grande de medios internacionales que Brasil ha conocido registrara todas las manifestaciones en las calles y – también actos represivos de las fuerzas policiales- diera testigo frente al mundo del rechazo masivo del golpe de Temer. Un acto maravilloso ofrecido al mundo en forma de espectáculo. Realmente fue bello ver plasmado el resultado de una organización que se ha gestado durante varios años y que ha permitido que millones de espectadores alrededor del mundo, a través de los medios, conozca lo que piensan los brasileños sobre su presidente interino.

El “¡Fuera Temer! será lo más oído en estos JJOO. Si el oso panda marcó con su lágrima los Juegos de Moscú, este grito del pueblo brasileño marcará en todas las competiciones y ceremonias, los JJOO de Río de Janeiro y de Brasil.

El contraste con la votación – 14 votos a 5 – de la Comisión del Senado, el día anterior, para aprobar el impeachment de Dilma Rousseff, no podía ser más elocuente. En las calles, el rechazo de Temer es unánime. Un hecho apoyado por las nuevas encuestas que demuestran que el 79% de los brasileños no quiere que siga como presidente. El pueblo rechaza, por abrumadora mayoría, todas las medidas fundamentales que su Gobierno ha anunciado o ya ha puesto en marcha. El abismo entre el Congreso y el Gobierno golpista que se ha instalado y las manifestaciones masivas del pueblo son hechos constatados por todos los medios del mundo.

El anonimato de Temer corresponde a su rol de muñeco de un monstruoso proyecto de restauración conservadora vengativa en contra del pueblo, de sus consquistas, de la votación popular, por otro tipo de Gobierno. La no mención de su nombre, sea por su deseo o por decisión del Comité Olímpico Internacional, corresponde exactamente al rol que ejecuta Temer. O cumple los siniestros designios de su Gobierno o será borrado en poco tiempo y apartado de la presidencia, pasando a la historia como el más insignificante y despreciado dirigente –incluso entre los que lo apoyan, que se sienten nerviosos con la intrascendencia del personaje de turno-.

Serán semanas de competición, con manifestaciones festivas en las calles, de “Fora Temer”, de protestas durante las competiciones, de pintadas en todos lados, de gritos y cánticos. Cuando acaben los Juegos, Temer será un hombre todavía más pequeño, de estatura y como político, confirmando que el golpe nace como proyecto radicalmente antipopular y con la conciencia del rechazo de la gran mayoría de los brasileños. Como el Gobierno del 1%.

Contrasta con las grandes manifestaciones de cariño que ha recibido Dilma por todo el país, así como Lula, que ha reiniciado su actividad con viajes por todo el país que resucitan para las élites dominantes el fantasma del más gran líder popular de la historia brasileña, que reafirma que volverá a ser candidato a la presidencia del país y que no le asustan las amenazas sin fundamento que a diario recibe de los medios y en los tribunales. Las encuestas reafirman su papel de favorito. Apenas han comenzado los JJOO del Fora Temer, que se populariza por todo el mundo. La imagen de los JJOO tendrá ese eco y esa expresión política bellísima de la voluntad democrática del pueblo brasileño.

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