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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger6672125
Actualizado: fai 18 horas 22 min

Posmodernidad, vida líquida, amor líquido

Lun, 16/01/2017 - 09:31
Juan José Tamayo, CCS

El politólogo y científico social polaco Zygmunt Bauman es uno de los pensadores más lúcidos e influyentes de nuestro tiempo. “Líquido” es una de las categorías centrales y de gran riqueza analítica de su pensamiento. Su tesis es que en la sociedad actual todo es líquido, inconsistente, evanescente: la modernidad, los miedos, los temores, el amor, la vida. Las condiciones de vida y de acción y las estrategias de respuesta se modifican con tal celeridad que no pueden consolidarse ni traducirse en hábitos y costumbres.

Nuestro mundo avanza a un ritmo vertiginoso pero sin rumbo, cambia pero sin consistencia. No hay tiempo para que las cosas echen raíces. La precariedad es el signo, y el sino, de nuestro tiempo. Pareciera que el imperativo categórico fuera estar poniéndose al día constantemente. Las cosas se adquieren y se desechan con celeridad compulsiva. Las capacidades se tornan discapacidades en un instante. La apelación a la experiencia es signo de decrepitud. Se impone la velocidad frente a la duración, la aceleración frente a la eternidad, la novedad frente a la tradición, el consumismo frente a la ciudadanía. “El consumidor, afirma, es enemigo del ciudadano”. Hemos pasado del miedo al cambio al miedo al estancamiento.

La vida líquida se caracteriza por ser una “cultura del desenganche, de la discontinuidad, del olvido”; que no educa en la reflexión, ni en la actitud de búsqueda, sino en la ojeada fugaz. No hay convicciones firmes, sólo opiniones que pueden cambiar tanto en la política como en el debate intelectual. Cada vez hay menos personas dispuestas a dar su vida por algo o por alguien. Se ha pasado de la figura del mártir a la del héroe como camino más rápido para conseguir celebridad.

El martirio significa solidarizarse con “un colectivo al que la mayoría discrimina, humilla, ridiculiza, odia y persigue”. El mártir “pone la lealtad a la verdad por encima de cualquier otro cálculo de ganancia o beneficios mundanos”. Aquí radica la diferencia entre mártires y héroes modernos. Estos hacen cálculos sobre las pérdidas y las ganancias de sus acciones y esperan obtener beneficios de su sacrificio. Mientras que la muerte de los mártires sea “inútil”, no se entiende que pueda existir un “heroísmo inútil”. La democracia ha sufrido un golpe de Estado por el neoliberalismo, cuyo objetivo es privatizar la esfera pública y eliminar la utopía social. La utopía de la modernidad se ha convertido “en blanco y presa de llaneros, cazadores y tramposos solitarios: uno de los muchos trofeos de la conquista y la anexión de lo público a lo privado”. Calificar hoy a una persona, a un grupo o a un proyecto de utópicos no es una alabanza. Constituye una descalificación en toda regla. La utopía sufre un largo destierro y un maltrato semántico. Se identifica con quimera, ilusión, sueño irrealizable, evasión de la realidad, renuncia a las responsabilidades del presente.

Sin embargo, la utopía, liberada de toda mitología, es una categoría mayor de la filosofía de la esperanza y tiene un sentido positivo en tanto proyecto de un mundo justo, que implica la crítica del presente. Es necesaria como imagen movilizadora de las energías humanas, horizonte que orienta y guía la praxis, instancia crítica de la realidad y motor de la historia. El individuo vive en permanente asedio. Cuanto más se empeña en afirmar su individualidad, más asediado se ve por la sociedad. “La individualidad es tarea que la propia sociedad de individuos fija para sus miembros. El auge de la individualidad supuso el debilitamiento de los lazos sociales”. ¿En qué consiste el viaje de autodescubrimiento? En una feria global de comercio al por mayor de recetas de individualidad. Los elementos auténticamente individuales de cada persona terminan por convertirse en moneda de uso común, en estándares sin valor. Vivimos un proceso de fragmentación y de segmentación, de diversidad individual y social. Lo que exige como objetivos políticos y sociales importantes, escribe Bauman, citando a Dominique Simone Rychen, el fortalecimiento de la cohesión social, el desarrollo de un sentido de conciencia y responsabilidad sociales, la interacción con otras personas, el diálogo, la comprensión mutua, la gestión y resolución de los conflictos.

Siguiendo a Hannah Arendt y a Bertold Brecht, llama a nuestra época “tiempos de oscuridad”, en los que se degrada toda verdad a una trivialidad sin sentido y el distanciamiento de la política y de lo público se ha convertido en la “actitud básica del individuo moderno, quien, alienado del mundo, sólo puede revelarse en privado y en la intimidad de los encuentros cara a cara”. Bauman se pregunta por la posibilidad de convertir el espacio público en lugar de participación duradera, de diálogo permanente, de debate y de confrontación entre consenso y disenso, en vez de ámbito de encuentros fugaces y casuales. Esa conversión, dice, sólo es posible creando un espacio público nuevo y global, que se traduzca en una política planetaria adecuada, un escenario planetario, un análisis global de los problemas provocados a escala global y una responsabilidad planetaria. Ello exige reformar el tejido de las interdependencias e interacciones globales.

Las reflexiones de Bauman no dejan a nadie indiferente. Se compartan o no, dan que pensar. Llevan por veredas inexploradas, no por los caminos del éxito seguro en los negocios. Provocan insatisfacción como punto de partida para cambiar la realidad. Invitan a construir relaciones simétricas, cálidas, duraderas, auténticas, no mediadas crematísticamente. Sus pensamientos no acaban en desencanto y apatía. Su libro Vida líquida termina con una llamada a la esperanza entendida como encuentro entre imaginación y sentido moral. La esperanza se resiste a reconocer la jurisdicción “de lo que es” y a someterse al dictamen de la realidad. Es esta la que tiene que explicar por qué no siguió el criterio marcado por la esperanza. Y junto a la esperanza, la apelación a la utopía, a partir de la consideración del ser humano como criatura esperanzada según Bloch y de la ética como filosofía primera según Lévinas. El mundo exterior tiene que demostrar su inocencia ante el tribunal de la ética, no al contrario. Y por el momento no le va a ser posible demostrarla, porque dicho tribunal está sometido al asedio del mercado, que es el mejor ejemplo de inmoralidad.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

Cinco datos que muestran que la desigualdad ha aumentado en España pese a la recuperación económica

Dom, 15/01/2017 - 09:01
España es el segundo país de la Unión Europea donde más crece la brecha entre ricos y pobres desde que estalló la crisis, y ésta sigue aumentado a pesar de los últimos años de crecimiento económico, según revela el último informe de Oxfam Intermón.Sara Plaza, Público

La recuperación económica en España no ha ido acompañada de la disminución de la desigualdad. Al contrario, ésta continúa aumentando año a año. Así lo muestra el último informe de Oxfam Intermón, España, un crecimiento económico que deja fuera a las personas más vulnerables, que muestra como las tres personas más ricas del país acumulan la riqueza del 30% más pobre.

España es un país de dos realidades. Desde 2014 crece el PIB, pero los resultados de esta reactivación económica solo benefician a una minoría mientras que la desigualdad se cronifica e intensifica. En la última década, el índice de Gini en España ha empeorado y la situación actual de las familias y las personas más golpeadas por la crisis contradice el optimismo en torno a los principales datos macroeconómicos. España sigue siendo el segundo país de la Unión Europea donde más ha crecido la desigualdad desde que estalló la crisis, y donde ésta ha seguido aumentando a pesar de los últimos años de crecimiento económico.

1. Siete mil nuevos millonarios
Según el informe de Oxfam, en 2015 hubo siete mil nuevos millonarios en España. Para la ONG, esta tendencia de acumulación de la riqueza en manos de unos pocos es una de las principales causas de la desigualdad. A la vez que crece el número de ricos se produce el deterioro de la situación de las personas más vulnerables.

Durante los años de la crisis, las personas más pobres fueron las más castigadas. De acuerdo con la OCDE, la renta media en España cayó un 9 % entre 2007 y 2014, pero la caída de la renta del 10% más pobre de la población fue de más del doble: un 21%.

2. Sólo tres personas acumulan la riqueza del 30% más pobre
En el último año, la fortuna de tan sólo tres personas (dos hombres y una mujer: Amancio Ortega, su hija Sandra Ortega Mera y Juan Roig) equivale ya a la riqueza del 30% más pobre del país, es decir, de 14,2 millones de personas. Mientras en 2015 este 30% más pobre vio reducida su riqueza en más de una tercera parte (-33,4%), la fortuna de las tres personas más ricas del país aumentó un 3%.

Las personas incluidas en los niveles de renta más bajos han visto caer su participación en la renta nacional. Así por ejemplo, mientras en 2013 el 10% más pobre en España concentraba el 1,9% de la renta nacional, en 2015 su participación se redujo un 10,5%, hasta concentrar sólo el 1,7%.

3. Los salarios más bajos han caído un 28%
El informe de Oxfam muestra como en los años de la crisis, desde 2008 hasta 2014, los salarios más bajos cayeron un 28% mientras los más altos apenas se movieron. En 2015 España llegó a un nivel en el que la remuneración del empresario con el salario más elevado multiplicaba por 96 la del trabajador promedio en las empresas del Ibex 35, y por 51 en el total de las empresas cotizadas.

Es decir, los aumentos de la productividad de las empresas sólo parecen afectar a los salarios de los altos directivos y a los niveles de beneficios con los que se retribuye a los propietarios.

4. Alta precariedad
Los beneficios de las grandes empresas han recuperado los niveles anteriores a la crisis, mientras una de cada cinco personas en edad de trabajar no encuentra empleo. Y quienes lo encuentran, lo hacen en condiciones de alta precariedad mientras los salarios siguen 9 puntos por debajo de los niveles alcanzados en 2008.

España, a pesar de haber mostrado durante los últimos años una de las tasas de crecimiento más altas de Europa, no logra que este crecimiento sea inclusivo. Con crecimientos similares durante 2015, en Eslovaquia o Hungría consiguen reducir más la desigualdad y promover así un crecimiento más equitativo.

5. Un sistema fiscal que promueve la desigualdad
Esta desigualdad se amplifica por el efecto de un sistema fiscal que no es redistributivo. España es uno de los países europeos con menor capacidad para reducir las desigualdades a través del sistema fiscal, tan solo por detrás de Letonia, Bulgaria, Estonia y Lituania.

Las reformas legislativas siguen sin reconducir la regresividad histórica de nuestro sistema tributario ni apuntalar la capacidad recaudatoria que puede blindar la inversión en políticas sociales. Además, son las familias las que todavía soportan la mayor parte del peso tributario, aportando un 84% de la recaudación frente a un 13% de las empresas.

Para Oxfam, la falta de voluntad política para acabar con los paraísos fiscales y otras prácticas fiscales de las grandes empresas continúan dejando un agujero en los ingresos del Estado que ahonda la desigualdad de mercado. España dejó de ingresar aproximadamente 1.500 millones de euros como resultado de la actividad canalizada a través de los 15 paraísos fiscales más agresivos del mundo. Una cantidad que equivaldría al 58% del déficit que se estima tendrá el fondo de reserva de las pensiones en 2017.

Una economía para el 1%

El informe de Oxfam también muestra la situación de desigualdad en el resto del mundo. Las conclusiones a las que llega es que la economía sigue al servicio del 1% más rico que acumula el 99% de la riqueza. Tan sólo 8 personas (ocho hombres, según muestra el estudio) poseen ya la misma riqueza que 3.600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad.

El estudio también alerta de que durante los próximos 20 años, 500 personas legarán 2,1 billones de dólares a sus herederos, una suma que supera el PIB de la India, un país con una población de 1.300 millones de personas.

Además, los ingresos del 10% más pobre de la población mundial han aumentado menos de 3 dólares al año entre 1988 y 2011, mientras que los del 1% más rico se han incrementado 182 veces más. El director general de cualquier empresa incluida en el índice bursátil FTSE 100 gana en un año lo mismo que 10.000 trabajadores de las fábricas textiles de Bangladesh.

En este sentido, un nuevo estudio del economista Thomas Piketty revela que en Estados Unidos los ingresos del 50% más pobre de la población se han congelado en los últimos 30 años, mientras que los del 1% más rico han aumentado un 300% en el mismo periodo.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

La globalización y los trabajadores del mundo

Sáb, 14/01/2017 - 14:59

Prabhat Patnaik, El viejo topo

La globalización fue anunciada como algo beneficioso para todos, como un vigoroso paso adelante hacia una mejora económica universal. Era claramente falso, y no fueron solo los economistas de izquierdas, sino también muchos economistas de la línea “dominante” como Paul Samuelson los que lo dijeron desde el primer momento.

El motivo que aducían era muy sencillo: si el régimen económico mundial permitía la libre importación en Estados Unidos de mercancías procedentes de China o de la India, ello afectaría negativamente a los salarios reales de los trabajadores norteamericanos, porque los trabajadores norteamericanos, con unos salarios mucho más altos, tendrían que competir, en detrimento suyo, con los salarios más bajos de los trabajadores chinos o indios. Por consiguiente, el hecho de que la globalización perjudicaría necesariamente a los trabajadores de Estados Unidos y de otros países avanzados, les parecía obvio a ellos, y de hecho a todos, de lo que se seguía que no era posible que beneficiase a todos los segmentos de la clase trabajadora mundial. Ahora bien, de acuerdo con esta argumentación, se consideraba que la globalización beneficiaría a los trabajadores de países como China o la India, es decir, de aquellos países del tercer mundo con los salarios bajos.

Formulando este argumento de otro modo, ya que la libre circulación de mercancías y de capitales por todo el mundo intensifica la competencia entre los trabajadores de los diferentes países, se produciría una tendencia hacia una disminución de las diferencias salariales entre estos países, y si bien esto representaría un cierto incremento en los salarios reales de los trabajadores del tercer mundo, también representaría una reducción en los salarios reales de los trabajadores metropolitanos.

Este mismo argumento puede formularse de un modo más preciso, de acuerdo con las categorías de la economía marxiana, del siguiente modo: la globalización, al transferir determinadas actividades económicas desde los países avanzados a los países del tercer mundo (debido a los salarios más bajos de estos últimos) agotaría las reservas de mano de obra en estos últimos al tiempo que produciría un aumento de las reservas de mano de obra en los primeros. Esto, si no cambian otras circunstancias, provocará una subida de los salarios en los últimos y un descenso de los mismos en los primeros. La globalización, por ejemplo, mientras que no beneficia a todos los trabajadores, reduce las diferencias relativas entre los trabajadores de los países avanzados y los trabajadores del mundo subdesarrollado. Pero, según este argumento, no es posible que empeoren las condiciones de los trabajadores en las dos partes del mundo.

El empeoramiento de las condiciones Esto es, sin embargo, lo que ha sucedido. La globalización, por supuesto, ha empeorado las condiciones de los trabajadores en los países metropolitanos, un hecho recientemente puesto de relieve por el economista Joseph Stiglitz. Casi un 90 por ciento de norteamericanos, lo que significa la casi totalidad de la población trabajadora en aquel país, tiene actualmente unos ingresos reales apenas superiores a los que tenían hace treinta años. Actualmente, el salario mínimo de los trabajadores norteamericanos está en términos reales muy poco por encima de donde estaba hace 60 años. Dado que ha habido ciertas mejoras en estas magnitudes durante la primera parte de los años transcurridos, lo que esto significa es que se ha producido un deterioro en el período más reciente, que coincide con el apogeo de la globalización. Un dato estadístico aún más revelador es el relacionado con el fuerte descenso en la esperanza de vida entre los varones norteamericanos en los últimos tiempos, un descenso que recuerda la fuerte caída en la esperanza de vida que se produjo en Rusia después del colapso de la Unión Soviética. Un descenso en la esperanza de vida cuando no hay ninguna epidemia obvia a la vista es un asunto muy grave, y que este descenso se dé en el país capitalista más avanzado del mundo es una prueba fehaciente del ataque a los medios de vida de la clase trabajadora que ha traído consigo la globalización.

Una historia muy similar es la que puede contarse de otros países capitalistas avanzados. Estados Unidos es considerado normalmente como una de las economías más exitosas, el lugar donde se produjeron los booms de los años noventa del siglo XX y de la primera década del siglo actual, que originaron respectivamente las burbujas de las empresas punto.com y la del mercado inmobiliario, y también la economía que está experimentando aparentemente una recuperación después del colapso de la burbuja inmobiliaria. Dicho esto, el hecho de que la población trabajadora de este país esté pasando tantas dificultades es muy significativo. En los últimos años, en el Reino Unido se ha producido una fuerte caída de los índices salariales reales de los trabajadores No tiene nada de extraño, pues, que el descontento con la globalización esté cada vez más extendido entre los trabajadores de las economías metropolitanas, y dado que la izquierda no ha tenido hasta ahora un conocimiento adecuado de ello, el descontento está siendo explotado por la derecha. Fenómenos como el voto en el Brexit y la emergencia de Donald Trump se explican desde este punto de vista.

Lo que resulta inexplicable en el marco del debate que estamos teniendo hasta aquí, sin embargo, es el hecho de que la situación de los trabajadores ha empeorado incluso en una gran franja de los países del tercer mundo con los salarios bajos, entre los cuales la India es un buen ejemplo. Las pruebas más concluyentes en este sentido las proporcionan los datos sobre el consumo de alimentos básicos. Partiendo de los estudios realizados por el NSS en los períodos 1993-1994 y 2009-2010 , que corresponden en líneas generales al período de políticas neoliberales asociadas con la globalización, los porcentajes de la población rural total con una ingesta calórica de menos de 2200 calorías por persona y día (el “parámetro” que define la pobreza rural) de estos dos períodos anuales fue de un 58,6 y un 76 por ciento respectivamente. Los porcentajes de población urbana por debajo de las 2100 calorías por persona y día (el “parámetro” para definir la pobreza urbana) en estas dos fechas fueron de un 57 y un 73 por ciento respectivamente.

Tan sorprendente fue este incremento, especialmente durante un período en el que se suponía que la India estaba experimentando un crecimiento sin precedentes de su PIB, que el gobierno encargó un nuevo estudio al NSS para el período 2011-2012, durante el cual había habido una cosecha extraordinaria, con la idea de que las cifras de la ingesta calórica en el período 2009-2010, un año con una cosecha pobre, habían sido excepcionalmente bajas debido precisamente a esta escasez en la cosecha. Una vez completado el estudio, las cifras que arrojaba, aunque sin duda eran mejores que las del período 2009-2010, todavía mostraban un notable incremento en los porcentajes de población que estaban por debajo de este umbral de ingesta calórica durante el período de la globalización: en el caso de la población rural, el porcentaje era del 68 por ciento (comparado con el 58,5 por ciento de 1993-1994) y en el de la población urbana era de un 65 por ciento (comparado con el 57 por ciento de 1993-1994). Tanto la ingesta de calorías como la de proteínas per cápita en la población había sufrido un descenso durante el período estudiado.

Este incremento del déficit alimenticio se trató de explicar de diferentes formas, incluida la sugerencia de que tal vez era un indicio de que la gente estaba aprendiendo a diversificar su consumo, reduciendo el de comida en beneficio de otras cosas como la educación y la salud. Pero esta explicación era a todas luces falaz: en cualquier parte del mundo, a medida que los ingresos reales aumentan, la gente consume una mayor cantidad de cereales tanto directa como indirectamente (en forma de alimentos procesados y de productos animales en cuya elaboración entran los cereales como forraje). Así pues, el descubrimiento de que en la India se había producido un descenso real en el consumo de cereales en todos sus usos, y en consecuencia un descenso en la ingesta de calorías y proteínas durante el período de la globalización, indicaba claramente que los ingresos per cápita reales de los trabajadores, después de calcular la incidencia de la inflación, especialmente la subida de precios que acompaña a la privatización de servicios esenciales como la educación y la salud, estaban por término medio disminuyendo en vez de aumentar. Dicho de otro modo, un fenómeno similar al que se producía en los países capitalistas avanzados estaba teniendo también lugar en la India y en otros países del tercer mundo, lo que contradice el argumento presentado más arriba, hasta el punto de que son muy pocos ya los que creen que este sea un argumento correcto. ¿Cómo podemos explicar esta contradicción?

La presión sobre la pequeña producción El argumento presentado más arriba suponía básicamente que la esencia de la globalización consiste en la transferencia de actividades económicas desde los países avanzados a las economías del tercer mundo, y que esta transferencia reduciría drásticamente las reservas de mano de obra del tercer mundo y provocaría una subida de salarios. Lo que no se decía es que la globalización también tiene otros efectos, incluido sobre todo una restricción de la pequeña producción por parte del sector capitalista. El resultado es que varios pequeños productores dejan sus ocupaciones tradicionales para emigrar a las ciudades en busca de empleo, lo que incrementa el ejército total de mano de obra a disposición del capitalismo. Esta migración, junto con el incremento natural de la población activa, no puede ser totalmente absorbida por el ejército laboral activo debido a que las políticas neoliberales asociadas a la globalización también llevan a la eliminación de todas las restricciones relativas al ritmo del cambio estructural y tecnológico, lo que aumenta el ritmo de crecimiento de la productividad del trabajo a expensas del crecimiento del empleo.

Se produce de este modo un círculo vicioso. En la medida en que aumenta la reserva de mano de obra respecto a la población activa, esto lleva a un estancamiento o incluso a una disminución en la media de salarios reales (y ciertamente a una disminución de los ingresos reales de los trabajadores, que es igual al índice salarial diario multiplicado por el número de días de empleo). El estancamiento o la disminución del salario real en una situación de mayor productividad laboral tienen como consecuencia un incremento en la tasa de excedentes en la producción. Dado que el superávit, incluso si suponemos que se realiza completamente (es decir, que no hay problemas de insuficiencia de demanda agregada) se gasta normalmente en artículos de consumo que generan menos empleo a nivel nacional que en artículos que se compran con los ingresos salariales, esta transferencia de los salarios a los excedentes tiene también el efecto de producir una contracción en el empleo y en consecuencia contribuye todavía más al incremento del tamaño relativo en las reservas de mano de obra, a una nueva transferencia de salarios a excedentes, y así sucesivamente.

Este círculo vicioso, que se intensifica todavía más cuando se produce una crisis (debido a que las reservas de mano de obra respecto a la población activa crecen todavía más) implica que el efecto de la globalización de agudizar la pobreza absoluta afecta también a los trabajadores de los países del tercer mundo y no se limita solo a los trabajadores metropolitanos, como pretenden los economistas liberales como Samuelson.

Afirmar esto no equivale a sugerir que todos los segmentos de la población activa se ven igual de adversamente afectados por la globalización. Obviamente, el segmento que disfruta de mayores oportunidades de empleo debido a la transferencia de actividades experimenta un incremento en su nivel de vida, y en la India este segmento consiste habitualmente en trabajadores cualificados del sector servicios, como los relacionados con las tecnologías de la información. Este incremento en el nivel de vida de un sector tiene a su vez efectos multiplicadores en el nivel de empleo de otros sectores, y así sucesivamente. Así, un segmento normalmente clasificado como de clase media y cuyo tamaño absoluto es bastante grande (pese a ser pequeño respecto al conjunto de la población activa), se vuelve partidario incondicional de la globalización. Dado que este segmento suele estar bien articulado y tiene un peso desproporcionadamente grande en los medios de comunicación y de creación de opinión pública, resulta un instrumento útil en manos de la oligarquía empresarial y financiera integrada en el proceso de la globalización para propagar sus efectos beneficiosos.

La mejora en las condiciones de un segmento de la clase media de la población activa, y su consiguiente apoyo a la globalización, se utiliza para crear la falsa impresión de que la globalización ha sido positiva para el pueblo indio en su conjunto. Un uso similar es el que hacen segmentos de la clase media en otros lugares del mundo que se han beneficiado entre otras cosas de la enorme “financiarización” que ha acompañado a la globalización. Todo esto ha generado un ruido que nos impide reconocer que la globalización ha tenido realmente como consecuencia un empeoramiento general de las condiciones de los trabajadores, tanto en los países avanzados como en los países en vías de desarrollo.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Los cuatro escenarios de guerra y/o paz de Kissinger

Ven, 13/01/2017 - 00:35

Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

En el primer Foro Oslo del Premio Nobel de la Paz participaron los dos máximos geoestrategas vivientes de Estados Unidos (EEUU): el israelí-alemán-estadounidense Henry Kissinger (93 años) y el polaco-canadiense-estadounidense Zbigniew Brzezinski (88 años), con el tema EEUU y la paz mundial después de la elección presidencial (https://goo.gl/LtgX3n).

Ya revisé la postura involutiva de Brzezinski, quien ha pasado de la unipolaridad de EEUU a un G-2, que China rechazó, y ahora no tiene más remedio, pese a su sicopatológica rusofobia, que aceptar el reacomodo global de un G-3: EEUU/Rusia/China (https://goo.gl/JFxEQl).

Donald Trump –quien se inclina por un etéreo G-2 de EEUU y Rusia, mientras adopta una postura hostil contra China– recibió con bombo y platillo a Kissinger, polémico ex asesor de Seguridad Nacional de Nixon y Ford.

Kissinger insinúa un sutil G-2 de EEUU con Rusia, sin incorporar a China a un G-3 (https://goo.gl/mxIu9i). Intenta operar la misma ruptura de 1971, pero esta vez a la inversa, cuando atrajo a China a una alianza subrepticia con EEUU frente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, lo cual, como reconoce en sus voluminosos libros, otorgó profundidad estratégica a China y a EEUU, para que éste se apoderase de Medio Oriente.

Hoy Kissinger, ¡46 años más tarde!, parece apoyar una alianza de EEUU y Rusia, esta vez, contra China. En su reciente ponencia en Oslo, diagnostica la lamentable (sic) condición del sistema internacional (https://goo.gl/5SG60z) simbolizada por la competencia latente entre cuatro cosmogonías del orden mundial: 1. El orden europeo de Westfalia de 1648 (¡de hace 365 años!); 2. El islámico; 3. El chino, y 4. El estadounidense.

El trípode de su orden global se basa en las leyes internacionales, el balance de poder y la soberanía.

Se desprende que Rusia forma parte del orden europeo de Westfalia que exalta la soberanía nacional: resultado de la guerra de 30 años entre católicos y protestantes.

Emite la perogrullada de que ninguna de las cuatro cosmogonías de su orden mundial, título de su más reciente libro (https://goo.gl/ZNKYx8), goza de legitimidad universal cuando cada modelo es tentado a maniobrar para sus ventajas regionales o globales. Arguye que una batalla entre regiones puede ser aún más destructiva de lo que ha sido la batalla entre naciones, a partir de lo cual deduce cuatro escenarios, como posibles catalizadores para una conflagración a gran escala o sujetos para la búsqueda de la paz.

Su secuencia llama la atención.

Primer escenario: deterioro de las relaciones de EEUU y China, que sucumben en la Trampa de Tucídides y que la historia determina entre el poder en turno (EEUU) y el poder ascendente que lo desafía (China).

En el epílogo de su libro Sobre China (https://goo.gl/P1dUjl), Kissinger concluye en el Memorándum Crowe la inevitabilidad de una guerra entre Washington y Pekín, como sucedió –y sigue sucediendo mediante el Brexit que rechaza la superpotencia geoeconómica de Alemania en la Unión Europea– entre Londres y Berlín en la Primera Guerra Mundial.

Ya había abordado la metáfora geopolítica de la Trampa de Tucídides (https://goo.gl/4GIhm7).

Segundo escenario: ruptura de las relaciones entre Rusia y Occidente (sic) que resulta de la paradoja de la incomprensión mutua entre culturas paralelas (¡supersic!).

La cultura rusa es europea –basta visitar el Museo del Hermitage en San Petersburgo, asistir al Ballet Kirov y abrevar de su prodigiosa literatura (Pushkin, Dostoievski, Tolstói, etcétera)–, y muy superior a la estadounidense: excrecencia de la matriz europea cuando los zelotes neoconservadores straussianos, ya no se diga los Bush/Clinton/Obama, han exorcizado todo lo que tenga que ver con Rusia, lo cual epitomiza un suicidio cultural de Occidente (whatever that means).

La esquizofrenia de la falaz taxonomía cultural y su nociva propaganda con técnica Hasbara en EEUU –intoxicado por el entretenimiento hollywoodense y sus multimedia que controlan Soros/Haim Saban– coloca a Japón, con su respetable cultura singular, en ese Occidente, mientras anatemiza a Rusia. Entretenimiento no es cultura.

Tercer escenario: continuo debilitamiento de la relevancia (sic) estratégica de Europa debido a la pérdida de un sentido de misión global.

Nadie más que Gran Bretaña (GB) y su relación especial con EEUU –antes del Brexit y el trumpismo– contribuyeron al debilitamiento deliberado de Europa, que incluye nolens volens a Rusia: summum civilizatorio de la prodigiosa cultura occidental desde el Renacimiento humanista.

El problema de la otrora relación especial de GB y EU fue haber perpetrado su suicidio con la cataclísmica globalización financierista del thatcherismo/reaganomics que abandonó su quintaescencia humanista.

Cuarto escenario: escalada del conflicto en Medio Oriente en una búsqueda competitiva por la hegemonía entre los países árabes sunitas y la revolucionaria (sic) Irán.

Vale la pena rememorar que las dos potencias nucleares anglosajonas, EU/GB, se han consagrado a amarrar navajas en Medio Oriente: como en la guerra de Irán e Irak cuando vendían armas a ambas partes para que se degollaran, no se diga ahora con los esquemas de balcanización de Israel (https://goo.gl/jIhLhS).

Ya que Kissinger cita a Emmanuel Kant en su famoso libro de La paz perpetua, se recuerda que uno de los máximos filósofos modernos de Occidente en su libro seminal Crítica de la razón pura del siglo XVIII, consideraba al islam de su época, ya en su decadencia (según el padre de la sociología, Ibn Khaldun, del siglo XIV) como una religión de paz, lo cual suena hoy inverosímil, debido a la propaganda israelí-anglosajona de demonización.

Hoy la fuerza del islam es demográfica –mil 600 millones de feligreses esparcidos en 57 países– pero carece lamentablemente de rumbo geoestratégico.

Kissinger admite la prevalencia contemporánea del interés nacional, curiosamente, un concepto que ignora el “México neoliberal itamita”.

Sustenta que en el mundo interconectado de hoy, el interés nacional debe conectarse con y estar limitado por una visión de orden mundial. En el “México neoliberal itamita”: ni una ni otra…

A nivel nuclear, acepta implícitamente la tripolaridad de EU/China/Rusia y su especial obligación para prevenir que las armas nucleares se vuelvan convencionales.

Concluye, igual que su más reciente libro, que el mundo debe adaptarse al sistema de Westfalia o a su renovación y cuya alternativa sería el caos, por lo que aconseja sus recetas unilaterales a las cuatro grandes superpotencias globales: 1. A EU: que reconozca que el mundo enfrenta un cambio tectónico (¡supersic!) en la estructura global; 2. A China: que la eminencia es hasta cierto grado tanto relativa como condicional –en su hermenéutica, significaría no provocar a EU a una guerra nuclear–; 3. A Rusia: el respeto que busca debe permitir estructuras verdaderamente soberanas a lo largo de sus fronteras –lo cual, EU no permite a México–, y 4. A Europa: la diversidad es circunstancial, pero la política necesita de una visión –cuando EU nunca dejó prosperar en forma autónoma sus estructuras civilizatorias.

Falta ver ahora que piensan en Rusia y China.

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España no recuperará el empleo destruido durante la crisis hasta dentro de cinco años

Xov, 12/01/2017 - 15:09

España destruyó durante la crisis casi cuatro millones de empleos y se situó a la cabeza de Europa en esta triste estadística. Pero eso es el pasado. Preocupa más el futuro: España no volverá al nivel de ocupados que tenía en 2007, alrededor de 20,6 millones, hasta dentro de cuatro o cinco años, en 2021 o 2022, según el último indicador laboral de ManpowerGroup, que se se presentó este miércoles.

La previsión del indicador de ManpowerGroup es ligeramente menos optimista que la del Gobierno del PP: calcula un ritmo de creación de empleo de unos 400.000 nuevos puestos de trabajo al año, frente al medio millón anual que estima el Ejecutivo de Mariano Rajoy para los próximos cuatro años. ManpowerGroup cree que a partir de este año 2017 se moderará el fuerte avance del empleo de los dos últimos años. Pese a esa moderación, el empleo, aunque precario, seguirá manteniendo su senda ascendente, con el turismo liderando el crecimiento y la hostelería situada como el principal motor del mercado laboral durante la recuperación.

Las previsiones del estudio apuntan a un mayor aumento del empleo femenino (2,7% anual frente al 2% del masculino) y una mejora mucho más intensa del colectivo de 35 a 64 años (2,8%) frente al de los jóvenes de 16 a 34 (0,7%), los grandes perdedores de la crisis.

El estudio refleja la profunda transformación que ha sufrido el mercado de trabajo español desde el inicio de la crisis, con un gran fortalecimiento del sector servicios, que supone ya el 76,3% del empleo, frente al 66,4% de 2007.

En esta nueva estructura los grandes perdedores han sido la industria y la construcción, que han dejado en el camino a un gran número de parados, generando dudas sobre la capacidad de reabsorción de todo el empleo destruido en estos sectores.

De hecho, este crecimiento medio del empleo que se prevé para este año se traduciría en avances más intensos en el sector servicios, con un incremento del 2,5%; que en los sectores de industria y construcción, que registrarán subidas del 2,1% y del 1,9%, respectivamente.

"Hay dos millones de parados que se han convertido en crónicos, con falta de competencias, y habrá dificultades para crear empleo si no conseguimos que tengan una cualificación adecuada", dijo el presidente de ManpowerGroup en España, Raúl Grijalba.

En este sentido, uno de los autores del informe, el catedrático de economía aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona Josep Oliver, instó a aprovechar la bonanza actual para mejorar el tejido industrial español, advirtiendo en contra de "hacer una burbuja en el sector turístico".

En servicios privados el incremento será del 3,3%, mientras que en los públicos rondará 1,6%. En el caso de los asalariados, el aumento será del 2,7% y en los autónomos del 0,2%. El empleo asalariado temporal registrará una incremento del 4,2%, que será del 2,2% en el caso de los indefinidos y del 0,2% de los no asalariados.

Por otro lado, el empleo profesional y técnico registrará mayores aumentos, con un 3% y un 2,7%, respectivamente; al igual que el de los ocupados a jornada completa, que subirán un 2,5% en 2017. Por su parte, el empleo con jornada parcial aumentará un 1,2%.

El motivo de este crecimiento de empleo sería en parte, según Manpower, por el crecimiento "especialmente elevado" del PIB por segundo año consecutivo. Para el grupo, el avance del indicador debería situarse por encima del 3%, a un ritmo similar al del ejercicio anterior, que se situará en el 3,2%.
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Austeridad: la idea que no quiere morir

Mér, 11/01/2017 - 16:29

Alejandro Nadal, La Jornada

El gobierno mexicano impuso el fuerte aumento en los precios de la gasolina por una razón: ha optado por regresar a la austeridad y lo que se denomina el superávit primario. Es muy importante analizar las causas que llevan al gobierno a esta elección, que corresponde a un poderoso mito neoliberal y conlleva la descomposición del Estado mexicano.

El año pasado las calificadoras Standard & Poor’s y Moody’s rebajaron la perspectiva crediticia de México de estable a negativa. La primera de estas agencias señaló que existía una probabilidad de 30 por ciento para que degradara la calificación sobre México en los próximos dos años debido al creciente endeudamiento. Por su parte, Moody’s justificó su decisión argumentando que el desempeño de México era muy débil y que el entorno externo no facilitaba las cosas. En síntesis, la vulnerabilidad de las finanzas públicas en los próximos dos años comenzaba a alarmar a los mercados financieros.

La deuda neta del gobierno federal era 42 por ciento del PIB en 2015 y ya se proyectaba que en 2016 ese indicador subiría a 45 por ciento. Si en 2005 el índice de la deuda se había colocado en 28 por ciento, el incremento de dicho indicador había sido el resultado de los déficit primarios que el gobierno mantuvo desde 2008. Las calificadoras señalaron que el aumento del endeudamiento era moderado, pero les preocupaba que el margen de maniobra fiscal se hubiera reducido. Para completar su análisis S&P y Moody’s señalaron que a pesar de que el gobierno mexicano había instrumentado importantes reformas estructurales el crecimiento siguiera siendo mediocre y continuara el deterioro de la posición fiscal.

El superávit primario es una noción que proviene de un simple ejercicio contable: comparar los ingresos totales del gobierno con el gasto pero sin incluir el pago de intereses. Es decir, se cotejan los gastos en todos los rubros que afectan el desarrollo económico y social (salud, educación, agricultura, medio ambiente, ciencia y tecnología, etcétera) pero se excluye del gasto el servicio de la deuda. Al final del ejercicio se busca tener un excedente para pagar intereses sin tener que recurrir a un nuevo endeudamiento. Detrás de esto está la austeridad fiscal, una peligrosa idea que se resiste a morir y que conduce a cero crecimiento y mayor endeudamiento (como lo demuestran las economías de la cuenca del Mediterráneo).

Hay dos formas de generar ese excedente primario. La primera consiste en incrementar los ingresos fiscales, ya sea aumentando los impuestos o los precios de los productos y servicios que ofrece el sector público. Pero cuando se trata de aumentar impuestos, el gobierno siempre ha preferido proteger a los estratos de altos ingresos y ha optado por elevar impuestos regresivos como el IVA. Al mismo tiempo ha dejado con gravámenes nulos las transacciones financieras. Y ahora, una vez más, escoge incrementar los precios de gasolinas y energía eléctrica sin importarle el impacto negativo sobre el resto de la economía.

La segunda forma de generar un superávit primario consiste en recortar el gasto. Y aquí el gobierno mexicano ha mostrado una extraordinaria tenacidad al mantener estancado el gasto per capita en rubros como salud y educación. No importa sacrificar a la población con tal de generar un superávit primario. Y eso es lo que estuvo haciendo el gobierno a lo largo de los pasados 25 años. Pero cuando llegó la crisis financiera global, las cosas cambiaron y el superávit primario se esfumó. Claro, el gobierno señala que adoptó una postura fiscal contra cíclica y que por eso desapareció excedente que ahora le reclaman las calificadoras. De todos modos, el muy tímido estímulo fiscal del que se vanaglorió en su momento el gobierno no sirvió para gran cosa porque el modelo económico neoliberal no permite crecer ni en tiempos normales.

El paquete de política económica que envió el Ejecutivo al Congreso en septiembre del año pasado señala el objetivo de volver a generar un superávit primario. Para ello propuso un recorte en el gasto programable equivalente a 1.2 por ciento del PIB. Pero no mencionó de manera explícita que en los primeros días de enero aplicaría un aumento de 20 por ciento a los precios de las gasolinas. No se necesita ser un genio en economía para saber que esos incrementos tienen un impacto generalizado en toda la economía pues se trata de insumos que entran en la producción de todos los demás bienes. En consecuencia, los referentes (de por sí poco realistas) que utilizó el gobierno federal para definir su postura de política económica se han visto trastocados. Las perspectivas sobre tasas de inflación, crecimiento económico y expectativas sobre recaudación que se presentaron en los Criterios generales de política económica se han modificado de manera significativa. Todo eso hace que el paquete económico que dócilmente aprobó la Cámara de Diputados no corresponda a la realidad que afrontará el país en 2017.

A corto plazo seguiremos siendo testigos de la desintegración del Estado mexicano.

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“El Capital” de Marx: más actual que nunca

Mér, 11/01/2017 - 03:27
Alvaro Ramis, Punto Final

En 2017 conmemoraremos los 150 años de la publicación del primer tomo de El Capital, de Carlos Marx. Se trata de un hito mundial que no debe pasar inadvertido, entre otras razones porque la obra magna de Marx continúa siendo criterio ineludible a la hora de entender el tiempo en que vivimos. Con El Capital Marx logró el objetivo fundamental que se propuso: realizar una “crítica a la economía política”, entendida como aquellas relaciones de producción que involucran a las clases sociales. Se trata de una “crítica” en el sentido que Kant le da a este término: someter al juicio de la razón resolver, en lo posible, las distintas interpretaciones de un fenómeno. Y Marx propone su propia interpretación, que en estos 150 años ha obligado a derramar literalmente miles de litros y litros de tinta, tanto para intentar rebatirle, reinterpretarle o para reafirmar sus argumentos.

¿Puede haber, luego de tantos años, algo nuevo que decir sobre El Capital? Por supuesto, en tanto esta obra no es un punto de llegada, sino el inicio de un método. Marx no buscó dar respuesta a lo que describe en los dos primeros tomos de su obra. Las propuestas de salida sólo quedaron insinuadas y bosquejadas en el tomo III, que quedó inconcluso por su muerte. Por eso El Capital es ante todo una compleja lección de anatomía del capitalismo, y más ampliamente, de las relaciones políticas y culturales asociadas a sus lazos económicos. Sus argumentos constituyen hipótesis de trabajo, no son dogmas ni creencias, sino líneas de investigación. De esa manera, si aplicamos algunos de los conceptos que acuña Marx en El Capital podríamos entender mejor una serie de procesos del Chileactual, que la ciencia económica y sociológica que normalmente se enseña en las Facultades no logra descifrar. Veamos algunos casos:

Vivimos bajo un “modo de producción”: Para mucha gente, incluso gente muy bien formada, sólo hay una “economía”. Se habla de la opinión de los “economistas”, entendiendo por ello a los economistas ortodoxos, que asumen como natural e inevitable el mundo en que vivimos. No les importa cómo hemos llegado a este punto en la evolución económica. Sólo les interesa saber cómo funciona, y a partir de eso hacerla funcionar mejor, dentro de su propia lógica de funcionamiento. Pero Marx nos recuerda que existen muchos modos de producción que cambian y evolucionan históricamente. Y por lo tanto, la economía es fruto de relaciones de poder, de intereses de clases, de confrontaciones entre actores sociales que usan distintas tecnologías, formas de distribución e intercambio.

Marx nos diría que Chile ha devenido en lo que hoy es. No nació así. Por siglos fuimos la más pobre colonia española en América, mucho más pobre que Perú y Bolivia, ricas en minas de oro y plata. Pero esta pobre colonia podía producir trigo, cueros y alimentos para abastecer esos mercados más ricos. Paradojalmente, esta relación económica fue favoreciendo a la clase agrario-latifundista de nuestros fundos. Entusiasmados por esta nueva relación económica, nuestra oligarquía fraguó una alianza con el capital transnacional, especialmente el inglés, para arrebatar a nuestros vecinos del norte buena parte de su territorio y riquezas. Chile se estructuró entonces como una “mesa de tres patas”: una pata en la agricultura en el sur, otra pata en la minería en el norte y la última pata, en el sector financiero exportador en Santiago y Valparaíso. Poco a poco, en este baile empezó a emerger un actor nuevo: la industria. Un actor que reclamaba mercados protegidos para desarrollarse. Y para eso un Estado desarrollista, activo, fuerte. Al amparo de esa industria naciente fue surgiendo una clase obrera, distinta a la clase campesina y a los trabajadores mineros. La demanda social exigió entonces grandes reformas al orden tradicional, las que llegaron en plenitud entre 1970 y 1973. El golpe de Estado, por lo tanto, no fue sólo el golpe contra un gobierno. Fue la reacción de las patas tradicionales de la mesa chilena, que volvieron al ciclo inicial: mataron el ciclo industrializador, y volvieron a hacer de Chile un país exportador de recursos naturales. Un gran fundo, equipado con la última tecnología, pero con relaciones laborales propias del siglo XIX. A pesar del aparente “desarrollo”, para Marx el Chile de hoy no sería un país capitalista moderno. Inglaterra en el siglo XIX nos aventajaría por mucho. Somos un país extractivista, que mantiene una estructura social que no es plenamente “capitalista”, porque mantiene fuertes rasgos oligárquicos que le impiden entrar en los parámetros de la verdadera “modernidad”.

Nada se entiende en Chile sin la “acumulación originaria”: El Capital de Marx nos permite entender fenómenos que la economía ortodoxa no quiere ni mirar. Por ejemplo, ¿cuál es la raíz del conflicto entre el Estado de Chile y el pueblo mapuche? Los analistas funcionalistas dirían que es por la pobreza de unas comunidades atrasadas en el sur. Y ahí se quedan. Nunca explican cómo unas comunidades que hasta el siglo XIX eran riquísimas, porque controlaban millones de hectáreas en Argentina y Chile, se vieron reducidas a pequeñas parcelas de tierra pobrísima, al margen de toda posibilidad de crecer. Este proceso, que los historiadores chilenos llamaron “pacificación de La Araucanía” y los de Argentina “conquista del desierto”, Marx lo llama “acumulación originaria” y describe el ciclo por el cual se produce la desvinculación del productor de sus medios de producción, mediante la violencia, la conquista, la piratería y el robo.

Chile entero no se entiende en absoluto sin esos procesos de “acumulación originaria”, respecto a los pueblos indígenas en primer lugar, y luego a los nuevos habitantes de los demás territorios. Es lo que David Harvey llama la “acumulación por desposesión”, que consiste en el despojo violento de un bien común que pasa a ser una mercancía. Los ejemplos nos rodean: la educación y la salud que eran un servicio público, fueron arrebatados para convertirse en mercancías en los nuevos mercados de los servicios. Las pensiones, que no eran más que un mecanismo de solidaridad intergeneracional, se convirtieron en fondos especulativos, basados en el ahorro forzoso de los trabajadores, para alimentar a la industria financiera. Todo lo susceptible de ser apropiado, cercado, envuelto y comercializado, ha sido arrebatado a sus dueños originales para ser puesto a la venta. El desarrollo de todas las grandes fortunas de Chile sólo se puede explicar por esta acumulación originaria. Incluyendo la enorme privatización de recursos y empresas públicas entre 1973 y 1989, que pasó a ser patrimonio de capitales chilenos en alianza con las transnacionales.

Un país fascinado por el fetichismo del dinero y la mercancía: A los economistas funcionalistas y neoliberales les es imposible explicar un fenómeno que ocurre a cada instante ante sus ojos. ¿Cómo es posible que objetos y mercancías cuyo “valor de uso” es tan bajo, incrementen su “valor de cambio” hasta niveles absurdos, por razones inexplicables? Por ejemplo, producir en China un par de zapatillas Nike Air no supera los 1.800 pesos chilenos. Pero en nuestras multitiendas se venden a 45.000 pesos. ¿Qué es lo que realmente se está vendiendo ahí? ¿Un calzado o un fetiche mágico? Para Marx no hay duda: es un fetiche, en el sentido duro del término. Un fetiche es un objeto al que se le atribuyen poderes mágicos o sobrenaturales que benefician a su dueño o portador.

El comprador del fetiche Nike cree firmemente que al usarlas se le reconocerá de otra manera. Si es un joven poblador se le abrirán puertas cerradas en las mentes y corazones de quienes le observen. La mujer que compra un bolso Louis Vuitton cree entrar por un instante en un paraíso de elegancia, bienestar, admiración. El futbolista que compra el último Ferrari vive un éxtasis de autoestima increíble. Pero a los pocos días el poblador descubre que sus Nike no le eximen de la detención por sospecha, la señora descubre que el Louis Vuitton no le protege de los chismes de sus amigas y el futbolista se da cuenta que su nuevo auto no es más que alimento para los periodistas de farándula. Por lo tanto, los objetos anhelados pierden su poder mágico, y hay que volver a comprar otros que los sustituyan.

Marx se dio cuenta hace 150 años de algo que los economistas de hoy saben aprovechar muy bien, pero no saben explicar. Las mercancías no se consumen por su valor de uso sino por las características fetichistas que adquieren como valor de cambio, ya que bajo el capitalismo uno vale por lo que tiene, no por lo que es o lo que hace; lo cual lleva a que las personas se expresen por medio de sus posesiones. Chile es un país donde esta dinámica perversa ha llegado a niveles aberrantes. La prensa financiera informa que “el mercado del lujo en 2015 alcanzó los 500 millones de dólares de ventas en nuestro país”, y se espera que crezca un 53% entre 2016 y 2019. Es el mismo país donde el 10% más rico gana 26 veces más que el 10% más pobre.

Y la noción de plusvalía: Tal vez el concepto más integrador de todo El Capital es la idea de plusvalor, que Marx expone en su teoría del valor-trabajo. Sin ella no se entienden las relaciones de explotación bajo el capitalismo. Por años se dijo que este concepto estaba superado, que era necesario abandonarlo, pero inevitablemente, regresa a escena, corregido, matizado, pero igualmente real y concreto. El último testigo de su existencia es el famoso economista francés Thomas Piketty en su colosal obra El Capital en el siglo XXI , donde por sus propios cálculos y medios de investigación llega a formular lo que llama “la primera ley del capitalismo”. En qué consiste esta ley: Piketty resume esta idea en su fórmula r > g ,donde r representa la tasa media anual de rendimiento del capital (es decir, beneficios, dividendos, intereses y rentas) y g representa la tasa de crecimiento económico. En otras palabras, la riqueza acumulada crece más rápido que los ingresos del trabajo. Por tanto, los ricos se hacen más ricos, mientras todos los que dependen de los ingresos de su trabajo, quedan atrás. Es la renta del capitalista. Nada conceptualmente nuevo para Marx. Pero algo muy novedoso para toda la economía ortodoxa que no puede explicar el extraño residuo oculto que explica la desigualdad y la miseria, la extrema riqueza y la extrema pobreza bajo el reinado del capitalismo.

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El espejismo del ingreso universal

Mar, 10/01/2017 - 13:12
Michel Husson, Viento Sur

Que una sociedad garantice un ingreso decente a todos sus miembros es, evidentemente, un objetivo legítimo. Pero ello no implica la adhesión a los proyectos de ingreso universal, de base, etc. Estos proyectos se basan en un postulado erróneo, conducen a un callejón sin salida estratégico y renuncian al derecho al empleo.

Adiós al pleno empleo, viva el ingreso La idea de un ingreso universal se encarna en múltiples proyectos/1. Pero, más allá de sus diferencias, todos se desarrollan en la intersección de dos propuestas más o menos explícitas. La primera es conocida: las ganancias de productividad hacen que no se pueda alcanzar el pleno empleo. Y como toda actividad humana es creadora de valor, hay que redistribuir la riqueza producida mediante un ingreso desconectado del empleo.

Admitamos durante un instante, aunque esa previsión es altamente discutible/2,que las ganancias de productividad ligadas a las nuevas tecnologías son portadoras de una hecatombe de empleos y que un empleo sobre dos será automatizado en los dos próximos decenios. Los partidarios del fin del trabajo dicen entonces: “veis claramente que ya no habrá empleo para todo el mundo, -por lo que-es necesario un ingreso universal para redistribuir la riqueza producida por los robots”.

Hay que rechazar absolutamente ese “por lo que”. Otro razonamiento es en efecto posible: “Los robots hacen una parte del trabajo en nuestro lugar, -por lo que- nuestro tiempo de trabajo puede disminuir”. Es lo que ha ocurrido a escala histórica (no espontáneamente sino bajo la presión de las luchas sociales): las ganancias de productividad han sido, en gran parte, redistribuidas bajo forma de reducción del tiempo de trabajo.

Pequeña economía política de lo numérico En la práctica nos encontramos con que las ganancias de productividad asociadas a las nuevas tecnologías tardan un tiempo en manifestarse. Los economistas se encuentran de nuevo confrontados con la “paradoja de Solow”: estas nuevas tecnologías se ven en todos los lugares, salvo en las estadísticas de productividad. Los intentos para salir de esta dificultad consisten en decir que el volumen de producción está mal medido por los métodos habituales: estaría subestimado, de tal forma que las ganancias de productividad serían finalmente más elevadas que lo que parece. Los correctivos propuestos se basan en su mayor parte en un olvido de la vieja distinción entre valor de uso y valor de cambio que lo numérico estaría embrollando.

El desarrollo de la economía de plataforma (Uber, etc.) y de los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon) ha estimulado en efecto las innovaciones teóricas a menudo impresionistas pero que se apoyan en su mayor parte en nuevas definiciones de la producción o de la captación de valor. La cuestión que es necesario plantearse es la de saber si las nuevas tecnologías hacen verdaderamente necesario un tal “sobrepasamiento” de la teoría del valor.

Aun a riesgo de conservadurismo es necesario, aquí, dar un paso atrás: es preciso discernir lo que es efectivamente nuevo a la vez que se toma distancia de la idea fácil según la cual las innovaciones técnicas determinarían mecánicamente los cambios sociales adecuados. Esta fascinación ante las proezas de la técnica conduce bastante rápidamente a la precipitada conclusión de que la clase asalariada está condenada.

Para quitarse de encima ese dispositivo ideológico, lo más simple es preguntarse cuál es el modelo de las empresas “numéricas”. Dicho de otra forma: ¿cómo ganan dinero? Apple vende smartphones y tabletas; su modelo se distingue en un casi-monopolio que se basa, por un lado, en una sobreexplotación de la mano de obra y, por otro, en la renta que le proporciona la adición de los consumidores a su sistema cerrado. Pero, a fin de cuentas, Apple gana dinero vendiendo mercancías. No hay pues nada nuevo bajo el sol desde este punto de vista y ello permite subrayar un resorte ideológico consistente en la mezcla de dos cosas: los resultados notables del producto y el hecho de que es una mercancía clásica. La misma cosa se podría decir de Amazon, que no es otra cosa que un distribuidor de mercancías almacenadas en inmensos hangares (o de grandes servidores para los bienes numéricos) que son manipulados por proletarios.

La tipología de las plataformas es todavía más diversificada. Por ejemplo, Blablacar y Uber no tienen exactamente la misma lógica. En el primer caso, la plataforma pone en contacto a dos personas que han escogido hacer el mismo trayecto y comparten los gastos. Se trata entonces de una transferencia de renta entre personas individuales que no crea en sí misma valor. Por contra, la plataforma percibe una comisión que corresponde a la venta de un bien mercantil, en este caso el servicio de puesta en contacto. Uber, y otras muchas como TaskRabbit en Estados Unidos, funcionan más bien como agencias de trabajo temporal, poniendo a disposición a “asalariados” que van a realizar una tarea para un cliente que va a pagar por esa prestación.

Las aplicaciones de puesta en relación hacen así posibles transacciones que habrían podido ser realizadas bajo otras formas pero a un precio más elevado o no se habrían realizado. Se podría hablar de empresa virtual que pone directamente en contacto al comprador del servicio con una persona “asalariada”. Desde un punto de vista estrictamente económico no hay verdaderamente nada nuevo bajo el sol. La plataforma rentabiliza su inversión y sus algunos asalariados, cobrando una comisión: la mercancía que vende es el servicio de puesta en relación. El trabajador recibe una remuneración, como lo haría un pequeño artesano. La gran diferencia es evidentemente la no aplicación (potencial pero no inevitable) de toda legislación social y fiscal. Este sector de la gig economy se asemeja al llamado sector informal o no declarado de los países en desarrollo y el estatuto de sus participantes es frecuentemente más próximo al de un jornalero del siglo XIX que al de asalariado o incluso trabajador autónomo.

Ello es particularmente evidente en el caso del micro-trabajo que consiste, como explica el sitio web foulefactory.com, en automatizar las “tareas manuales más laboriosas” mediante una remuneración mínima. El ejemplo emblemático es el del Turco Mecánico (Mechanical Turk) de Amazon: esta plataforma (mturk.com) pone en contacto a particulares y empresas que proponen microtareas. La misma denominación de Turco Mecánico es reveladora. Hace referencia a la famosa superchería de finales del siglo XVIII: un autómata vestido a la moda turca jugaba al ajedrez (y ganaba la mayoría de las veces). En realidad era un ser humano que manipulaba al maniquí. Amazon reivindica orgullosamente la referencia a ese subterfugio, anunciando el slogan “inteligencia artificial”: se reconoce así que muchas tareas que parecen haber sido automatizadas son de hecho realizadas por pequeñas manos pero diseminadas a través del mundo y subpagadas. Amazon simboliza así el verdadero subterfugio ideológico consistente en transformar el recurso a esta sobreexplotación en maravilla de la tecnología.

Adiós a la teoría del valor Un paso suplementario se realiza con las teorías del digital labor. Ese trabajo gratuito realizado por los consumidores que surfean en internet sería explotado, ya que produce una información que se capta integralmente sobre el sitio web y que será revendida: hay pues captación de valor producida por los “pro-consumidores” (prosumers).

Este esquema conduce a elaboraciones teóricas a veces descabelladas y que pueden incluso presentarse en un marco conceptual que evocaría la teoría del valor. Este es el caso de Christian Fuchs que lleva hasta el extremo la tradición operaria italiana: “la fábrica es el lugar del trabajo asalariado, la fábrica no está solamente en el edificio: está en todos los lugares”/3.

Para Antonio Casilli, otro teórico del digital labor, creamos valor sin saberlo, especialmente a través de los objetos conectados: “el simple hecho de encontrarse en una casa o en una oficina ‘inteligentes’. es decir equipadas de dispositivos conectados, es ya productor de valor para las empresas que colectan informaciones”/4. Es necesario entonces “reconocer la naturaleza social, colectiva, común, de todo lo que se produce en términos de contenido compartido y de datos interconectados y prever una remuneración que mida volver a dar al common lo que ha sido extraído. De donde la idea, que defiendo, del ingreso de base incondicional”.

Esta justificación del ingreso de base se basa en una extensión ilegítima de los conceptos de valor y de explotación y, finalmente, de una incomprensión de las relaciones sociales capitalistas. El gran problema del capitalismo numérico es al contrario su incapacidad de mercantilizar los bienes y servicios virtuales que produce.

Otros dos adeptos del capitalismo cognitivo van todavía más lejos al proponer un ingreso social garantizado que debería “ser concebido e instaurado como un ingreso primario ligado directamente con la producción, es decir como la contrapartida de una actividad creadora de valor y de riqueza en la actualidad no reconocida y no remunerada”/5. El término de “ingreso primario” remite a la distribución “primaria” de los ingresos, entre salarios y beneficios. Dicho de otra forma, el ingreso garantizado es pensado como una forma suplementaria de ingreso que debería agregarse al salario y al beneficio. Pero este ingreso correspondiente a una creación de valor ex nihilo nos hace entrar en un mundo paralelo fantasmágorico que ya no es el capitalismo.

Saldo de cualquier cuenta El primer impasse estratégico de los proyectos de ingreso universal se basa en una idea raramente subrayada que por otra parte reenvía al postulado de base, es decir que el pleno empleo está en lo sucesivo fuera de alcance. Sin embargo, es fácil mostrar, casi aritméticamente, que el pleno empleo es esencialmente una cuestión de reparto /6. Decir que el pleno empleo está fuera de alcance equivale pues a admitir que es imposible modificar la distribución del valor agregado de las empresas en el sentido de una creación de empleos por reducción del tiempo de trabajo.

Sin embargo los proyectos de ingreso universal implican, también ellos, una modificación de la distribución de los ingresos necesaria para financiar el ingreso incondicional en un nivel “suficiente” para asegurar un nivel de vida decente. Pero, ¿por qué ese cambio en la distribución –al menos tan drástico- sería más fácilmente aceptado por los dominantes que un reparto del trabajo?

Los partidarios del ingreso universal se encuentran a continuación confrontados con una contradicción fatal. Si el ingreso es “suficiente” o “decente”, su financiación implica redesplegar ampliamente la protección social, ya que no hay fuente autónoma de creación de valor. Ello supone una regresión social que consiste en remercantilizar lo que ha sido socializado. Si el ingreso se fija en un nivel modesto, como etapa intermedia, entonces el proyecto ya no se distingue de los proyectos neoliberales y les prepara el terreno.

Al idealizar al precariado como si correspondiese completamente a un trabajo más autónomo que permitiría liberar las iniciativas, se ocultan las formas más clásicas y dominadas. Al proponer el sobrepasamiento de la condición salarial hacia un post-asalariado adosado a un ingreso de base se facilita la tarea de los que organizan en la práctica la vuelta al pre-trabajo asalariado. Los partidarios progresistas de un ingreso de 1000 euros mensuales tienen el riesgo de favorecer la puesta en práctica de un ingreso universal de 400 euros –como saldo de todas las cuentas- que permitiría, además, reducir ventajosamente los costos de funcionamiento del Estado de Bienestar.

Adiós al programa de transición La combinación de fundamentos teóricos erróneos y de orientaciones programáticas vacilantes conduce fatalmente a renunciar o a girar la espalda a los ejes esenciales de un proyecto coherente, que empiece por la reducción del tiempo de trabajo. Más allá de algunas posiciones conciliadoras (“eso es complementario”) los partidarios del ingreso universal ignoran o desacreditan esta palanca de acción. Para Philippe Van Parijs, uno de los grandes promotores de la renta universal, ella es “una idea del siglo XX, no del siglo XXI” porque “la realidad del siglo XXI” (a la que es necesario pues resignarse) es la “multiplición del trabajo atípico, del trabajo independiente, del trabajo a tiempo parcial, de los contratos de todo tipo”/7.

Proyectándose en un futuro indistinto, todos estos proyectos saltan por encima de la necesaria movilización alrededor de medidas de urgencia como el aumento del salario mínimo y de las rentas mínimas sociales (con su extensión a los jóvenes de 18 a 25 años). Al resignarse a la precarización dejan en realidad el campo libre a los proyectos liberales de un ingreso mínimo único e insuficiente que sustituiría a las rentas mínimas sociales existentes.

Al favorecer el espejismo de un salario para toda la vida o un ingreso incondicional, estos proyectos obvian una versión radicalizada de la seguridad social profesional que asegure la continuidad del ingreso/8 (se entiende por seguridad social profesional la que tiene por objeto asegurar la continuidad del recorrido profesional y el mantenimiento de los ingresos frente a las rupturas unilaterales de los contratos, a la vez que se instaura el derecho a la movilidad de las personas; según algunas propuestas los ingresos correspondientes a los períodos de no trabajo se financiarían por cotizaciones mutualizadas a cargo de las empresas; ndt).

En fin, estos adioses al pleno empleo impiden plantear la cuestión de las necesidades sociales y de adoptar una lógica de Estado “empleador en último término”. La cuestión ecológica permanece ausente, salvo que la frugalidad del ingreso de base sea suficiente para desencadenar el decrecimiento.

De forma general, el éxito de estos proyectos se explica sin duda por las coordenadas de un período bastante de pesadilla. Parecen representar atajos que permitan sortear los obstáculos y pasar de nuevo a la ofensiva. Se encuentra esta misma búsqueda de soluciones milagro en terrenos conexos: las monedas mágicas (“libre”, “doble” o “refundadora”) para crear actividad, la vuelta a las monedas nacionales para salir de la crisis del euro, el sorteo aleatorio para restablecer la democracia, etc. Estas utopías encantatorias no son solamente estériles: son también, desgraciadamente, obstáculos a la construcción de una estrategia de alternativa encarnada en la realidad de las relaciones sociales.
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Notas:
1/ Michel Husson, “Fin du travail: le temps des gourous”, A l’encontre, 23 de junio de 2016.
2/ Michel Husson, “Le grand bluff de la robotisation“, A l’encontre, 10 de junio de 2016.
3/ Christian Fuchs, “Prolegomena to a Digital Labour Theory of Value”, tripleC, 10 (2), 2012.
4/ Antonio Casilli, «Digital labor: à qui profitent nos clics?", Le Temps, 12 de enero de 2015.
5/ Carlo Vercellone et Jean-Marie Monnier, «Mutations du travail et revenu social garanti comme revenu primaire», Les Possibles n°11, Otoño de 2016
6/ Michel Husson, “France. Réduction du temps de travail et chômage: trois scénarios“, A l’encontre, 4 de abril de 2016.
7/ Philippe Van Parijs, ”La réduction du temps de travail est une idée du XXe siècle“, L’Obs, 7 de julio de 2016.
8/ Laurent Garrouste, Michel Husson, Claude Jacquin, Henri Wilno, Supprimer les licenciements, Syllepse, 2006.

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Democracias intervenidas

Mar, 10/01/2017 - 08:01
David Brooks, La Jornada

En Washington hay gritos de protesta y condena, más investigaciones y un intenso debate sobre una barbaridad, algo inaceptable, algo tan terrible que la propia democracia está en riesgo: un gobierno extranjero se atrevió a lanzar una campaña de influencia para manipular el proceso político interno de Estados Unidos.

La CIA, la FBI y la Agencia de Seguridad Nacional ofrecieron briefings al presidente Barack Obama y al presidente-electo Donald Trump, presentaron sus resultados ante el Congreso y emitieron un informe al público resumiendo sus conclusiones sobre cómo el gobierno de Vladimir Putin ordenó e implementó una campaña que incluyó sembrar y difundir noticias falsas, hackear y filtrar correos electrónicos tanto de la campaña de Hillary Clinton como del Comité Nacional Demócrata, y que todo esto era, primero, para minar la confiabilidad del proceso electoral, pero al final, para beneficiar la campaña de Trump y dañar a Clinton.

Suponiendo que todo, o parte de esto, sea cierto, no deja de llamar la atención que los directores de inteligencia, sus supuestos jefes en la Casa Blanca y en el Congreso y un amplio coro de analistas e intelectuales del establishment se atrevan acusar y condenar a un gobierno extranjero de intromisión en los asuntos políticos internos de otra nación, sin reconocer que Estados Unidos lo ha hecho, y lo sigue haciendo, en todo el mundo y desde hace décadas.

Estados Unidos ha intervenido para influir en los resultados de elecciones de otros países por lo menos 81 veces entre 1946 y el año 2000, según el experto Dov Levin de la Universidad Carnegie Mellon. Eso no incluye golpes de Estado o intentos para derrocar gobiernos –los famosos cambios de régimen– sino sólo intentos directos para influir en una elección a favor de una fuerza política. Si se incluyen éstas, el número de intervenciones es mucho más alto.

Entre los ejemplos más prominentes tanto de intentos de influir sobre el resultado de una elección como en golpes de Estado está el caso de Salvador Allende en Chile, donde Estados Unidos no sólo apoyó el golpe del 11 de septiembre de 1973, sino que intervino en la contienda electoral de 1964 en la que la CIA invirtió más de 4 millones de dólares en proyectos encubiertos para prevenir su elección; algo que repitió sin éxito en 1970.

También están el derrocamiento de Mohammed Mossadegh en Irán, en 1953, para imponer al cha, fiel aliado de Washington; el caso de Jacobo Arbenz, en Guatemala, en 1954; Patrice Lumumba, del Congo, en 1961; la abierta interferencia en las elecciones de Jean-Bertrand Aristide, en Haití, y de Daniel Ortega, en Nicaragua, a principios de los 90, así como la instalación de Hamid Karzai, agente pagado de la CIA, como presidente de Afganistán después de la invasión estadunidense. Y claro, no se puede olvidar en esta lista más de medio siglo de intervenciones políticas para promover el cambio de régimen en Cuba.

Sólo en este nuevo siglo, las intervenciones incluyen el apoyo al golpe de Estado en Honduras contra Manuel Zelaya en 2009, algo justificado por Hillary Clinton cuando era secretaria de Estado en el primer periodo de Obama, el intento para prevenir la relección de Slobodan Milosevic en Serbia en 2000, el apoyo implícito de Washington del fracasado golpe de Estado contra Hugo Chávez, y múltiples acusaciones de los gobiernos de Bolivia y Ecuador, entre otros, por interferencia en los asuntos políticos internos.

Y mientras acusa a Rusia, Washington no comenta que intentó influir en la elecciones rusas en 1996 a favor de Boris Yeltsin. También apoyó a Vaclav Havel en la desaparecida Checoslovaquia y a candidatos presidenciales del Partido Laborista en Israel.

Estas prácticas tienen décadas: la primera operación de la CIA para influir en una elección fue realizada pocos meses después de su creación, en 1947, cuando apoyó a los democristianos contra una coalición de izquierda en Italia, en 1948, con éxito. Tim Weiner, periodista Premio Pulitzer y autor de la excelente historia de la CIA (Legacy of Ashes), comentó en entrevista con la radio pública WNYC que “después de su éxito en Italia, la CIA tomó esta fórmula –la cual incluía emplear millones de dólares para promover campañas de influencia– y la aplicó por todo el mundo en lugares como Guatemala, Indonesia, Vietnam del Sur, Afganistán y más”. Weiner subrayó que todo esto se hace con la aprobación de la presidencia de Estados Unidos.

Hubo incluso esfuerzos más complicados y controvertidos, como los revelados por el escándalo Irán-Contra durante el régimen de Reagan, que incluyeron operaciones encubiertas dentro de este país. Otto Reich –feroz opositor de los gobiernos revolucionarios de Cuba y Venezuela y otros regímenes de izquierda en el hemisferio– desde su Oficina de Diplomacia Pública en el Departamento de Estado supervisó un esfuerzo de propaganda política dentro de Estados Unidos logrando insertar información y lo que ahora se llaman noticias falsas en medios estadunidenses a favor de los contras nicaragüenses sin divulgar su vínculos con el gobierno estadunidense. Una investigación dentro del Departamento de Estados lo acusó de haber supervisado actividades prohibidas de propaganda encubierta.

Como reportamos hace unas semanas, Ariel Dorfman, en un artículo del New York Times titulado Ahora, Estados Unidos, ustedes saben cómo se sintieron los chilenos, recordó la intervención de Estados Unidos en Chile y comentó que era “irónico que la CIA –la misma agencia a la cual le valía nada la independencia de otras naciones– ahora está gritando foul porque sus tácticas han sido imitadas por un poderoso rival internacional”. Sin embargo, dijo que nada justifica que ciudadanos en cualquier lugar deben tener su destino manipulado por fuerzas fuera de la tierra que habitan. Pero, a la vez, señaló que Estados Unidos “no puede, en buena fe, denunciar lo que se le ha hecho a sus ciudadanos decentes hasta que esté listo para enfrentar lo que hizo tan frecuentemente a los igualmente decentes ciudadanos de otras naciones… Si hay un momento para que Estados Unidos se vea al espejo, para reconocer y rendir cuentas, ese momento es ahora”.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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A los 91 años muere el filósofo polaco Zygmunt Bauman

Lun, 09/01/2017 - 18:30

El profesor y filósofo polaco Zygmunt Bauman, creador del concepto de 'modernidad líquida', ha fallecido este lunes a la edad de 91 años en la localidad británica de Leeds, según ha informado el diario Gazeta Wyborcza.

De nacionalidad británica, se trasladó a la URSS con su familia a comienzos de la II Guerra Mundial. Terminado el conflicto, regresó a Polonia y ejerció la docencia en la Universidad de Varsovia, hasta que en 1968 se exilió de nuevo por razones políticas.

Durante unos años vivió en Israel y fue profesor en la Universidad de Tel Aviv hasta 1970. Ha impartido clases en universidades de Estados Unidos, Australia y Canadá y es profesor emérito de Sociología de la Universidad de Leeds (Reino Unido).

Su análisis de los vínculos entre la modernidad, el nazismo y el comunismo posmoderno le han otorgado un gran reconocimiento internacional. Ha contribuido al desarrollo de las ciencias sociales mediante la creación de conceptos como la 'teoría de la modernidad líquida', que define los tiempos actuales como una era de cambio y movimiento constante, en la que el hombre está huérfano de referencias consistentes y los conceptos son más inestables que nunca.

Las teorías de Bauman han ejercido una gran influencia en los movimientos antiglobalización. Su obra ensayística, que comenzó en los años 50, alcanzó fama internacional en los 80 con títulos como Modernidad y holocausto (1989), donde define el exterminio de judíos por los nazis como un fenómeno relacionado con el desarrollo de la modernidad.

Entre sus obras más significativas destacan La modernidad líquida (2000), considerada su obra cumbre, en la que observa cómo el capitalismo globalizado está acabando con la solidez de la sociedad industrial; Amor líquido (2005) y Vida líquida (2006).

Además es autor de títulos como La cultura como praxis (1973), La posmodernidad y sus descontentos (1997), La globalización: consecuencias humanas (1998), En búsqueda de la política (1999), La sociedad individualizada (2001) y Vidas desperdiciadas, La modernidad y sus parias (2005).

En esta última expone las consecuencias inevitables de la modernización tales como las migraciones, los refugiados, el desempleo, la nueva pobreza y la necesidad de fijar identidades.

Entre sus trabajos publicados en español se encuentran Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores (2007), Vida de consumo (2007), Archipiélago de excepciones (2008), Múltiples culturas, una sola humanidad (2008), El arte de la vida (2009) y Mundo consumo (2010). Su pensamiento y su obra han sido fruto de análisis en una decena de libros publicados por varios autores.

Bauman recibió entre otros galardones el Premio Europeo Amalfi de Sociología y Teoría Social, otorgado por la Asociación Italiana de Sociología (1989) y el Theodor W. Adorno Prize de la ciudad de Fráncfort (1998). Asimismo, fue premiado con el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010 junto a Alan Touraine.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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2017 apunta hacia un mundo multipolar

Lun, 09/01/2017 - 10:00
Emir Sader, La Jornada

La era de la hegemonía estadounidense y de neoliberalismo es, por definición, un tiempo de turbulencias e incertidumbre. Nadie ni nada permite preveer con un mínimo de certidumbre ni el futuro inmediato, menos todavía los de mediano y largo plazos. Pero el cúmulo de acontecimientos permite proyectar a 2017 como un año en que se dibujará, con más claridad, el surgimiento de un mundo multipolar.

El final de la guerra fría hizo al mundo retroceder al periodo histórico de hegemonía británica, cuando una sola potencia detentaba el predominio mundial. La decadencia británica introdujo un tiempo de disputas hegemónicas; primero entre Estados Unidos y Alemania, con dos guerras mundiales de por medio, después, entre Estados Unidos y la Unión Soviética, en el escenario llamado de guerra fría.

La desaparición de la URSS hizo que la humanidad volviera a un mundo unipolar, esta vez con la hegemonía imperial estadounidense. No tardó en anunciarse que la historia terminaría, desembocando en esa hegemonía, que traería con ella la economía capitalista de mercado y la democracia liberal como horizontes insuperables de la historia. Seguirían habiendo acontecimientos, pero todos encerrados en ese marco, que nos aprisionaría definitivamente. En lugar de girar hacia delante, la historia habría retrocedido y quedado congelada. La superioridad militar, económica, política e ideológica de Estados Unidos no permitiría alimentar ilusiones en otra dirección. El fin del socialismo, que sería el futuro de la humanidad, en la concepción derrotada, relegaba ese tipo de sociedad al museo de la historia, como un largo paréntesis finalmente concluido. La economía capitalista pasaba a ser la economía, la única posible, así como la democracia liberal, la única posible.

Sin embargo, la Paz Americana no trajo el final de los conflictos bélicos, sino su multiplicación, al tiempo en que el reino del mercado no trajo de vuelta el crecimiento económico, sino la recesión prolongada. Como resultado de esas contratendencias han surgido gobiernos antineoliberales, como en América Latina, así como fuerzas que se coordinan por la construcción de un mundo multipolar, como las congregadas en los Brics.

Un episodio que parecía ser simplemente uno más del ejercicio de la superioridad militar de Estados Unidos y de sus aliados del bloque imperialista occidental –como ya había ocurrido en Afganistán, Irak y Libia–, el de la destrucción del gobierno de Siria, como paso previo al bombardeo de Irán, terminó promoviendo una gran contrarrevuelta que, sumada a otros fenómenos, apunta hacia el surgimiento de un mundo multipolar.

Estados Unidos no había logrado crear las condiciones del bombardeo de Irán, ni adentro, ni con sus aliados externos. Rusia aprovechó para proponer un proceso de negociación entre Estados Unidos e Irán, que tuvo éxito, desarticulando los planes bélicos de Israel, apoyado por Arabia Saudita y poniendo en práctica el primer proceso de resolución pacífica de un conflicto bélico importante en el mundo en mucho tiempo.

Este éxito fue el preámbulo que permitiría también una resolución de la también aparentemente interminable guerra en Siria. Arabia Saudita, contradicha en las negociaciones con Irán, intensificó el apoyo al llamado Estado Islámico (EI), que se ha vuelto la fuerza fundamentalista y terrorista que pasó a amenazar no sólo a gobiernos de Medio Oriente, sino de todo el mundo con sus acciones. Como uno de sus efectos, la guerra en Siria quedó polarizada entre el EI y el gobierno sirio, sacando definitivamente del escenario supuestas fuerzas moderadas de oposición, usadas como pretexto por Estados Unidos para apoyar intentos de derrubar al gobierno sirio. El acuerdo entre Rusia, Turquía e Irán, apoyado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sustentado en la derrota militar del EI, por intervención decisiva de las tropas rusas, promovió un nuevo acuerdo de paz, esta vez sin Estados Unidos.

A este nuevo horizonte se suma la alianza alrededor de los Brics, con Rusia y China como protagonistas esenciales, como fuerzas que promueven el fortalecimiento de modelos de desarrollo económico con distribución de renta, en contrapartida del agotamiento del neoliberalismo y la prolongada recesión a que ha desembocado ese modelo.

El Brexit y la victoria electoral de Donald Trump en las elecciones estadounidenses apuntan hacia retrocesos en el proceso de globalización, con políticas proteccionistas y debilitamiento de los procesos de libre comercio, imponiéndose en las dos potencias que desde hace más de un siglo han estado a la cabeza del bloque imperialista en el mundo.

La combinación de esos factores tendrá en 2017, con la retirada de Gran Bretaña de la Unión Europea, así como la toma de posesión de Donald Trump, haciendo con lo que ya se venía dibujando como el agotamiento del modelo neoliberal, la incapacidad de Estados Unidos de concluir las guerras de Afganistán y de Irak, así como su impotencia frente a la extensión de los conflictos bélicos en toda la región, así como el fortalecimiento de Rusia como actor político y militar global, un nuevo escenario mundial.

Un nuevo escenario que tiene que ser, para América Latina, un espacio de nuevas oportunidades, para salir definitivamente del modelo neoliberal y de la hegemonía estadounidense, buscando profundizar alianzas que promuevan la solución pacífica de los conflictos y apoyen políticas de desarrollo con distribución de la renta. Brasil, Argentina, México y todos los países del continente tienen que decidir dónde quieren ubicarse en ese nuevo escenario mundial.

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El euro cumple 15 años: reforma o disolución

Dom, 08/01/2017 - 11:30
José Moisés Martín Carretero, CTXT

Era enero de 2002. Andábamos como bobos intentando aclararnos sobre los cambios, si pasar todo de golpe o mantener algunas pesetas, sin hacernos una idea clara del precio de las cosas… era enero de 2002 y tomando unos cafés en Sol dejé dos euros de bote. “Has dejado 500 pesetas”, me dijo mi amigo Carlos. Yo hice como que no importaba. En realidad no tenía ni idea de si había dejado mucho o poco dinero hasta que Carlos me confirmó mi espléndida generosidad.

Para la mayoría de la ciudadanía, el cambio de moneda –que ya se había hecho realidad macroeconómica en 1999 con la fijación de los tipos de cambio irreversibles-- se había convertido más en un asunto de oficina de consumidor que de otra cosa: el famoso redondeo, el cuidado con las falsificaciones y timos, qué hacer con las pesetas, francos, florines o marcos perdidos en huchas y cajones, la percepción momentánea de perder el sentido sobre el valor de las cosas, en definitiva, asuntos de la vida cotidiana que en poco o nada oscurecían el logro histórico de manejar, de Algeciras a Helsinki, la misma moneda. Adiós a las casas de cambio, los problemas en los viajes, la debilidad de nuestra peseta… todas estas ventajas dejaban en poco los problemas iniciales de la transición. Lejos de la vida cotidiana, unos pocos economistas llevaban clamando ya diez años sobre la irracionalidad del diseño de la Unión Económica y Monetaria: Pedro Montes es quien más vivamente recuerdo, pero no faltaron también voces críticas desde la derecha del espectro político. Marginales en cualquier caso, por cuanto el consenso europeo y español –que entonces aglutinaba al 90% del Parlamento Europeo y del Congreso de los Diputados-- apostaba firmemente por el salto integrador y político que representó la creación de la eurozona.

Quince años más tarde, y aunque sería momento de hacer balance, poca gente lo hará. De los 15 años en los que la moneda única ha estado efectivamente en nuestros bolsillos, hemos pasado ocho en crisis. La imposibilidad de adecuar una política económica común a economías todavía con un grado de integración muy desigual ha generado una serie de monstruos que nos han llevado a vivir el sueño europeo como una pesadilla. En efecto, fue la recesión de Alemania y Francia en 2001/2002 la que obligó al Banco Central Europeo a bajar los tipos de interés, abaratando los créditos que nutrieron nuestra burbuja inmobiliaria, la de Irlanda y la deuda pública de Grecia. Cuando las tornas se cambiaron y el problema de crecimiento se trasladó del norte al sur, los países centrales se esforzaron en mantener una política económica irracionalmente rígida que llevó a los países del sur a situarse peligrosamente cerca de la bancarrota. Hay que recordar que en junio de 2008, cuando la crisis de la deuda estaba ya saltando de país en país, el Banco Central Europeo subió los tipos de interés al 4,5% para parar la inflación. Luego llegó el derrumbe y la aplicación de unas normas que nunca estuvieron pensadas para enfrentarse a un shock asimétrico de tal tamaño. Y mientras Trichet hacía gala de una política monetaria ultraortodoxa, el Eurogrupo garantizaba que, pasara lo que pasara, las reglas de la eurozona no se iban a quebrar. Inútil esfuerzo pues fue de esta manera como se pusieron bajo una constante amenaza de ruptura del euro.

Poco a poco fueron llegando los primeros remiendos. La puesta en marcha del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera y posteriormente del Mecanismo Europeo de Estabilidad permitían tener un marco estable de apoyo para países con dificultades de liquidez. El refuerzo de la gobernanza europea con el semestre europeo permitió ordenar el tráfico de elaboración de las políticas fiscales y económicas, sistematizando el proceso y permitiendo una previsibilidad en torno a la cual ordenar la política económica. Trichet fue relevado por Draghi y la política del Banco Central Europeo dejó de ser parte del problema para buscar ser parte de la solución. En 2014, la nueva Comisión abordó una estrategia para promover el crecimiento económico a través de un incremento de la inversión –el Plan Juncker-- al tiempo que el Banco Central Europeo inauguraba –con varios años de retraso-- su propia versión de la expansión cuantitativa. Las normas fiscales se fueron aplicando con flexibilidad, hasta tal punto que se perdonaron las sanciones a los países menos cumplidores, como España y Portugal. Sólo Grecia, chivo expiatorio, ha sido y es tratada sin contemplaciones con un único objetivo político: aleccionar al sur de Europa sobre las desventajas de votar a los partidos de la izquierda emergente.

Tras quince años de euro y ocho de crisis, ¿qué balance podemos hacer? Sin duda, muy negativo. El único logro reseñable de la eurozona ha sido controlar la inflación. La convergencia económica entre los países del sur y del norte se paró, e incluso se revirtió durante la crisis. Los desequilibrios económicos y sociales se han acrecentado, y la desconfianza política se ha disparado. Y no es un problema de orientaciones políticas. En The Euro and the battle of ideas, (El euro y la batalla de las ideas) (Princeton University Press 2016), los economistas Brunnermeier, James y Landau defienden que es la ausencia de una visión compartida sobre la eurozona entre Francia y Alemania la que ha dificultado la gestión de la crisis. Quien escribe estas líneas piensa que no es tanto la orientación de la política económica como la propia naturaleza de la eurozona la que debe cambiar radicalmente. Es difícil que esto ocurra en el actual contexto sociopolítico, pero o lo hacemos o la moneda –y la Unión-- europea tienen los días contados. El euro es un experimento fallido, un "fracaso de las élites políticas", como explicó en otro excelente libro Manuel Sanchís.

Ahora que parece que las peores consecuencias de la crisis económica amainan, es urgente retomar la agenda reformista y plantear una reformulación en profundidad del proyecto, que asuma hasta sus últimas consecuencias la conveniencia de que la política económica de la eurozona se construya para el beneficio de todos sus miembros. Para ello es necesario que los países cedan una nueva parte de su soberanía. De que lo hagan o no dependerá el futuro de la moneda y del continente. Porque si no arreglamos el diseño institucional de la eurozona, si no generamos mecanismos de reequilibrio y reactivamos la convergencia real, tarde o temprano los demonios de la eurozona volverán a despertarse. Parafraseando a Einstein cuando hablaba de la tercera y la cuarta guerras mundiales, no sabemos cuándo será la segunda crisis de la eurozona, pero lo que sí sabemos es que es muy probable que no haya una tercera, porque la eurozona habrá desaparecido.

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