Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger6608125
Actualizado: fai 12 horas 45 min

Huxley en el siglo XXI

Mér, 23/11/2016 - 04:42
José Blanco

La primero rusa y después estadounidense Nina L. Khuscheva, doctora en literatura por la Universidad de Princeton, no hace mucho escribió un ensayo donde recordaba notables predicciones de escritores desde tiempos de Julio Verne (1828-1905), con su De la Tierra a la Luna.

Entre las conjeturales imágenes de su lejano porvenir, siempre ha destacado la que en 1932 escribiera Aldous Huxley en su celebrado Un mundo feliz. Lo que nos gusta nos arruina, predijo Huxley. En efecto, en esa novela (en su origen divertida aunque inverosímil), Huxley describió una raza humana dividida en un conjunto de clases sociales que, por el año 2540, habría sido convertida en una monstruosidad por la ignorancia de lo humano, el ansia incontenible de entretenimiento, un dominio insospechado de la tecnología, y una sobreabundancia de bienes materiales. Todo ello para unos cuantos.

Con la reciente elección de Donald Trump como presidente, en Estados Unidos y en otras sociedades avanzadas, se ha vuelto mucho más notoria la predicción de Huxley aunque más de 500 años antes de lo previsto por el escritor.

Y ello no sólo por las singularidades señaladas de esa sociedad, que indudablemente está a la vista de todos, sino por otras más que el propio Huxley anticipaba: la cultura pública de Estados Unidos, como gran ejemplo de lo que en general pasa hoy en el mundo, ha procurado ser mantenida lejos del pensamiento intelectual con una frecuencia inusitada, y de la mano de una suerte de alarde de un peculiar igualitarismo democrático que, parece, es una condición de la creatividad sin restricciones, que el capitalismo neoliberal salvaje soporta y requiere. Y, claro, ahí están los notables ejemplos de Steve Jobs y Bill Gates, que nos demuestran que la innovación, el hecho más valorado del planeta, requiere imaginación y arrojo, y no requiere de grandes estudios. Ambos winners abandonaron la universidad, apenas andados unos pasos dentro de ella. Ahí están, pues, esos dos inmensos winners cuya grandeza se mide por los millones que acumularon administrando descaradamente la obsolescencia. Lo que se requiere son tripas, perseverancia y un buen grupo de CEO, para engañar sin freno al respetable para que anualmente compre el último modelo de lo que sea, pero que sea un producto tecnológico. Ya se sabe, triunfar significa generar millones; esa es la filosofía (perdón a los filósofos por el uso del vocablo) del capitalismo neoliberal. Pero todo ello se refiere, por supuesto a la alta sociedad de consumo, que vive semioculta o de plano invisible a los ojos de los muchos millones de mendicantes y menesterosos de seres humanos brutalmente desdichados.

Por supuesto, la innovación tecnológica siempre será bienvenida, toda vez que se trate de innovaciones efectivamente beneficiosas para los seres humanos todos. Pero la cantidad de gadgets y apps que los mercados absorben permanentemente son, apenas, un estupidizante consumo de entretenimiento.

Lo que Huxley no imaginó en sus visiones de lo que sería su posteridad, es que el mundo engendraría una desigualdad social descomunal entre mortales, creada por la deshumanización más sanguinaria de un pequeño grupo que ha sometido por la enajenación, por la manipulación financiera, por el circo ya sin pan, por los gobiernos y sus ejércitos y su ingente acumulación de altísima tecnología plasmada en armas terroríficas.

En el mundo de Huxley los individuos no eran seres paridos por mujer, sino fabricados en probetas con cualidades prefiguradas para las tareas que debían desempeñar. En ese mundo nadie era pariente de nadie. En la cúspide, los Alfa Doble-Más, Alfas Más y Alfas Menos (los más inteligentes de todas las clases, cuyas tareas requerían responsabilidad y toma certera de decisiones); los Beta (seres inteligentes, pero no intelectuales como los Alfas); los Gamma (que requerían ciertas habilidades creadas por el entrenamiento. Un Gamma podía desempeñarse en la sala de envasado de los embriones, por ejemplo); los Delta (para trabajos mucho más simples; algo así como la llamada clase media baja actual); y los Épsilon (fabricados especialmente para desempeñar las tareas más infames y para atender a los Alfa. Era una clase baja, realmente feos y tontos, pero no inútiles). Nadie estaba inconforme con su condición, porque habían sido expresamente fabricados para cumplir sus tareas y estar muy contentos de ser quienes eran.

Seres humanos de todos esos tipos existen en la actualidad, aunque sí son paridos por mujer, sí son parientes y no están en lo absoluto conformes con su destino. Muy por el contrario están encabronados hasta la pared de enfrente con la pretensión de la cúspide del establishment de convertir su propio sentido común, en sentido común del conjunto de la sociedad. Se trata de una hegemonía que ya no es. Los Gama, los Delta, los Épsilon de hoy han abierto los ojos en la mayor parte del mundo. Les faltan las vías y los instrumentos para echar abajo la injusticia sin medida que los aplasta.

La elección de un cuasi demente multimillonario que pretende representar la vida jodida de los de abajo, es un contrasentido y un despropósito, y se derrumbará en un suspiro. La creación de los electores de Trump es obra de los de hasta arriba. Los crearon mediante las reglas, al final fallidas, mediante las que intentan manejar la globalización neoliberal. Hillary era, por ahora, el símbolo de la dominación más feroz que haya conocido la historia. Trump tropezará por su torpeza. Quién puede saber cuáles serán las consecuencias.
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La Jornada
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La codicia de Piñera

Mar, 22/11/2016 - 09:01

El economista Sebastián Edwards se refirió a la situación que enfrenta el ex Presidente Sebastián Piñera luego que se diera a conocer que su sociedad Bancard realizó inversiones en la pesquera peruana Exalmar en paralelo al conflicto nacional con Perú en La Haya, mientras era Presidente de la República.

"Yo conozco a Sebastián Piñera hace mucho tiempo, soy amigo de él, y creo que (él) no se aprovechó y no hubo ningún interés en este tema de las inversiones en Perú. Pero no lo exime de que haya sido una cosa sumamente desprolija, son dos cosas distintas. Yo no creo que haya querido profitar, pero hay una situación que es desprolija y que lo complica", comenzó señalando Sebastián Edwards en el programa de TVN "Mejor Hablar de Ciertas Cosas", conducido por el periodista Matías del Río.

En ese sentido, apuntó que "si tú eres Piñera y te presentas a Presidente, la primera cosa que dices con tu equipo: aquí hay cosas que hay que tener absoluta seguridad. Por ejemplo, no podemos tener inversiones en cuestiones que tienen que ver con pornografía, no podemos tener inversiones en armamento, armas de destrucción, en cuestiones que están al borde de la ley, en países limítrofes. Le faltó un rayado de cancha que es bastante evidente. Hubo una despreocupación y eso me parece a mí que lo complica".

Asimismo, hizo hincapié en que "la pregunta que se está haciendo la gente es para qué Piñera quiere más plata" y reiteró que su problema tiene que ver con una falta de transparencia, "debió haber pasado todo a un fideicomiso".

A juicio de Edwards, el eventual precandidato de la derecha es "codicioso" y recordó al respecto: "Le dije que tenía que regalar toda su plata y se enojó mucho conmigo (...) estaba furioso, y me contestó: ¿y por qué no regalai la tuya huevón?".
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Trump y el desmoronamiento del mundo que conocemos

Mar, 22/11/2016 - 02:01
Robert Skidelsky, Project Syndicate

El establishment republicano se apresuró raudamente a presentar al presidente electo Donald Trump como una garantía de continuidad. Por supuesto, no es eso en absoluto. Hizo campaña contra el establishment político y, como dijo en un mitin preelectoral, una victoria para él sería un "Brexit plus, plus, plus". Con dos terremotos políticos en el lapso de unos meses, y otros que seguramente vendrán, bien podríamos coincidir con el veredicto del embajador de Francia ante Estados Unidos: el mundo como lo conocemos "se está desmoronando frente a nuestros ojos".

La última vez que parecía estar sucediendo lo mismo fue la era de las dos guerras mundiales, 1914 a 1945. La sensación entonces de un mundo "que se venía abajo" fue capturada por el poema de William Butler Yeats de 1919 "El segundo advenimiento": "Todo se desmorona; el centro cede; la anarquía se abate sobre el mundo". En un momento en que las instituciones de gobierno tradicionales estaban absolutamente desacreditadas por la guerra, el vacío de legitimidad iba a ser ocupado por demagogos poderosos y dictaduras populistas: "Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad". Oswald Spengler tuvo la misma idea en su obra La decadencia de Occidente, publicada en 1918.

El pronóstico político de Yeats estaba moldeado por su escatología religiosa. Creía que el mundo tenía que transitar una "pesadilla" hacia "Belén para nacer". En su época, tenía razón. La pesadilla que discernía se prolongó a lo largo de la Gran Depresión de 1929-1932 y culminó en la Segunda Guerra Mundial. Eran preludios del "segundo advenimiento", no de Cristo, sino de un liberalismo construido sobre cimientos sociales más firmes.

¿Pero acaso las pesadillas de la depresión y la guerra eran preludios necesarios? ¿El horror es el precio que debemos pagar por el progreso? El mal muchas veces ha sido, en efecto, el agente del bien (sin Hitler, no habría Naciones Unidas, ni Pax Americana, ni Unión Europea, ni tabú sobre el racismo, ni descolonización, ni economía keynesiana y mucho más). Pero esto no quiere decir que el mal sea necesario para el bien, mucho menos que deberíamos desearlo como un medio para alcanzar un fin.

No podemos abrazar la política del levantamiento, porque no podemos estar seguros de que producirá un Roosevelt en lugar de un Hitler. Cualquier persona decente y racional anhela un método más tranquilo para alcanzar el progreso.

¿Pero el método más tranquilo -llamémoslo democracia parlamentaria o constitucional- debe colapsar periódicamente de manera desastrosa? La explicación habitual es que un sistema fracasa porque las elites pierden de vista a las masas. Pero si bien uno podría esperar que esta desconexión ocurriera en las dictaduras, ¿por qué el desencanto con la democracia se afianza en las propias democracias?

Una explicación, que se remonta a Aristóteles, es la perversión de la democracia por la plutocracia. Cuanto más desigual es una sociedad, más divergen los estilos de vida y los valores de los ricos con respecto a la gente "común". Llegan a habitar comunidades simbólicamente cerradas en las que sólo un tipo de conversación pública es considerado decente, respetable y aceptable. Esto representa en sí mismo una privación de derechos considerable. Para los seguidores de Trump, sus metidas de pata no fueron tales o, si lo fueron, a sus seguidores no les importó.

Pero es la economía, no la cultura, lo que le asesta un golpe a la legitimidad. Cuando las recompensas del progreso económico recaen principalmente sobre quienes ya son ricos es que la disyuntiva entre valores culturales de las minorías y las mayorías se torna seriamente desestabilizadora. Y esto, en mi opinión, es lo que está sucediendo en el mundo democrático.

El segundo advenimiento de liberalismo representado por Roosevelt, Keynes y los fundadores de la Unión Europea ha sido destruido por la economía de la globalización: la búsqueda de un equilibrio ideal a través del movimiento libre de bienes, capital y mano de obra, con su tolerancia conjunta de delincuencia financiera, recompensas dadivosas para unos pocos, altos niveles de desempleo y subempleo y reducción del papel del estado en la asistencia social. La desigualdad resultante de la producción económica corre el velo democrático que esconde de la mayoría de los ciudadanos los verdaderos mecanismos del poder.

La "apasionada intensidad" de los populistas transmite un mensaje simple, fácil de comprender y hoy resonante: las elites son egoístas, corruptas y a menudo criminales. Se le debe devolver el poder al pueblo. Sin duda no es una coincidencia que las dos principales sacudidas políticas del año -el Brexit y la elección de Trump- se hayan producido en los dos países que más fervientemente abrazaron la economía neoliberal.

Las opiniones geopolíticas y económicas de Trump deberían ser juzgadas en este contexto de desencanto, no por un estándar moral o económico ideal. En otras palabras, el trumpismo podría ser una solución para la crisis de liberalismo, no un augurio de su desintegración.

Visto de esta manera, el aislacionismo de Trump es una manera populista de decir que Estados Unidos necesita dar marcha atrás con compromisos que no tiene ni el poder ni la voluntad de cumplir. La promesa de trabajar con Rusia para poner fin al conflicto salvaje en Siria es sensata, aunque implique la victoria del régimen de Bashar al-Assad. Desentenderse de manera pacífica de responsabilidades globales manifiestas será el mayor desafío de Trump.

El proteccionismo de Trump recuerda una tradición norteamericana más antigua. La economía de manufactura de salarios altos y rica en empleos de Estados Unidos se ha ido a pique con la globalización. ¿Pero cómo se vería una forma viable de proteccionismo? El desafío será alcanzar controles más estrictos sin perjudicar a la economía mundial o enardecer las rivalidades nacionales y el sentimiento racista.

Trump también ha prometido un programa de inversión en infraestructura de 800.000 millones a 1 billón de dólares, que será financiado con bonos, así como un recorte masivo del impuesto a la renta, con el objetivo de crear 25 millones de nuevos empleos y estimular el crecimiento. Esto, junto con una promesa de mantener los beneficios sociales, representa una forma moderna de política fiscal keynesiana (aunque, por supuesto, no identificada como tal). Su mérito es su reto frontal a la obsesión neoliberal por la reducción de los déficits y la deuda, y a la dependencia de la flexibilización cuantitativa como la única herramienta -ahora agotada- de gestión de la demanda.

Mientras Trump pasa del populismo a las políticas, los liberales no deberían mirar hacia otro lado con disgusto y desesperación, sino más bien confraternizar con el potencial positivo del trumpismo. Sus propuestas necesitan ser cuestionadas y perfeccionadas, no descartadas como desvaríos ignorantes. La tarea de los liberales consiste en asegurar que un tercer advenimiento de liberalismo llegue con el menor costo para los valores liberales. Y habrá un cierto costo. Ese es el significado del Brexit, de la victoria de Trump y de cualquier victoria populista futura.

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La ofensiva del gran capital y las amenazas para Latinoamérica

Lun, 21/11/2016 - 18:47
Theotonio Dos Santos, Alainet

La discusión en marcha en el mundo hoy se concentra en comprender la profundidad de la crisis financiera iniciada en 2007 y su relación con el conjunto de graves limitaciones del actual sistema mundial para garantizar la sobrevivencia de la humanidad. Estaríamos en una crisis final del capitalismo que hasta 2016 no ha alcanzado una recuperación suficiente, por lo menos en sus centros más importantes. En este contexto general, las economías hoy llamadas "emergentes" se desprenden de una posición subordinada del sistema mundial y conducen al surgimiento de muchos grupos de investigación que trabajan sobre la crisis mundial.

Como resultado de este giro de preocupaciones, emergen nuevos temas antes menospreciados en los centros de investigación conservadores, como la importancia de la concentración de la producción, del ingreso y de las riquezas, así como del intercambio mundial de bienes y valores. Podría deducirse que sería casi imposible prever e interpretar estos fenómenos antes despreciados o, inclusive, suprimidos del centro de las preocupaciones científicas.

No creo que debamos hacer un trabajo demasiado grande para localizar las principales tendencias que se están desarrollando en la economía mundial para tener una capacidad de previsión y de identificación de sus posibles direcciones. La verdad es que la crisis iniciada en 2007 era relativamente previsible, pero su profundidad y duración sí se hizo más difícil de prever, debido a la existencia de muchos factores condicionantes de la misma. Si analizamos globalmente las últimas estadísticas macroeconómicas, veremos que emergen nuevos poderes económicos, sobre todo en Asia y, particularmente, China e India. El gobierno chino, principalmente, está activando sus reservas (de cerca de 400 billones de dólares, o trillones en inglés) que representan un enorme volumen de liquidez en un mundo donde prevalecen las deudas en los antiguos centros de poder. El antiguo grupo de las siete mayores economías y la Trilateral (Estados Unidos, Europa y Japón) son cada vez más incapaces de pagar sus deudas que son, por lo general, mayores que el valor de sus Productos Internos Brutos (PIB), pues se trata de economías donde prevalecen los déficits comerciales externos y los déficits fiscales internos.

De esta manera prevalece la tendencia a la valorización del yuan. Al valorizarse el yuan, China gana el poder de emitir su propia moneda con circulación internacional. Esto se multiplica cuando el gobierno de China busca fortalecer su economía creando "fondos soberanos" juntamente con otras potencias superavitarias con el objetivo de ampliar mundialmente sus inversiones. El gobierno chino ya lo viene haciendo desde algún tiempo atrás, mientras el yuan tiene circulación internacional creciente (del 2% de las divisas en el mercado internacional en 2012 el yuan alcanza el 8% en 2016). Es así como países de la OPEP y de Asia que están actuando en la misma dirección pueden aumentar su preferencia por la divisa China. Venezuela, como veremos, disminuyó mucho su capacidad de influencia internacional con la drástica caída del precio del petróleo y perdió mucha capacidad de crear un fondo soberano poderoso, porque ya no tiene reservas importantes en este momento. Pero esta situación provisoria debe cambiar. Se hace necesario que economías poderosas como la brasileña se liberen de la dictadura ejercida por sus bancos centrales que impiden la creación de estos fondos, además de sabotear la creación del Banco del Sur y del Banco de los BRICS, que los pondrían en el centro del desarrollo de las Américas del Sur y Central, del Caribe y del Atlántico Sur. Sin despreciar una audaz política de aproximación del comercio con el Pacífico —centro privilegiado de los cambios de la economía mundial—.

Los cambios en el cuadro mundial y el destino de la humanidad Después de un período de confrontación con estos cambios tan perjudiciales para los antiguos centros de poder hegemónico, se inició una ofensiva comandada por los Estados Unidos de presión sobre las economías del antiguo Tercer Mundo con un movimiento concentrado en la baja del precio internacional del petróleo. Este cuadro llevó a intentos de golpes e invasiones contra los centros alternativos al poder de estas potencias. Es así que Estados Unidos desata una situación de caos en el Oriente Medio, centrándose en Irán, Irak, Siria, Libia y extendiéndose a Paquistán y Afganistán, pero perdiendo poder en toda la región. Al naufragar en sus intentos de dominar el Oriente Medio, intenta frenar el crecimiento de Rusia y su influencia creciente en la región que históricamente se vinculó con la Unión Soviética. Su intento de arrinconar a Rusia a través de un golpe en Ucrania desemboca en la pérdida de Crimea. Pero todo se hará más grave con el fin de la debacle petrolera, con la dificultad de integrar Turquía en un frente fracasado en el Oriente Medio y en Siria, en particular. Toda la ofensiva desatada en la región está en grave crisis en razón del aumento del precio del petróleo. Si Venezuela consigue estar aún bajo la dirección de la izquierda, en los próximos años, seguramente va a entrar en ese esquema de aprovechamiento productivo de las reservas ya descubiertas y su utilización como fondo de inversión que sirva de base, incluso, para fondos de inversión privados y compra de empresas mixtas. Es muy interesante anticipar esta situación porque, como veremos, el uso estratégico de estas reservas puede revertir rápidamente los impases de la presente coyuntura.

El mundo latinoamericano (incluido Brasil) y caribeño se encuentra en este momento sobre-determinado por la amenaza de la rebaja de las inmensas reservas que aún posee en este momento. Sin embargo, estos países han vivido, desde inicios de este siglo hasta hace tres o cuatro años, una situación de aumento espectacular de sus reservas monetarias que contrastan con las enormes deudas internacionales con que convivían en los años 80 y 90 del siglo pasado. Un mundo de países debilitados por deudas colosales y que no tenían dinero para impulsar una política de desarrollo debido a una deuda paralizante, se encontraban con grandes excedentes financieros, que permitían instalar gobiernos capaces de unir crecimiento económico y redistribución de renta, aunque moderada. Pero la miseria en que vivía y aún vive un tercio de la población de estos países permite que la reorientación de 2 a 3% de sus Productos Internos Brutos hacia estas poblaciones produzca cambios radicales en las vidas de millones de personas.

Es difícil aprender a convertir sus propios títulos de deuda en fuerzas para el desarrollo. Claro que hay poca gente dispuesta a comprar, en ese momento, los títulos de deuda sin ningún respaldo en producción de bienes o inclusive, valores ligados a servicios públicos o privados. Sin embargo, los Estados Unidos se mantienen con la emisión de títulos de deuda estatales que no tienen ninguna perspectiva de ser pagados por un gobierno que no tiene posibilidades de cubrir sus deudas, ya que no tiene ninguna propuesta a la vista de obtener un superávit fiscal que pueda permitir la disminución de su deuda. Con esta aventura, los Estados Unidos están recorriendo un camino muy peligroso porque se aguarda una gran devaluación que derrumbaría los valores del dólar masivamente. Podríamos prever que no solamente se trata de una hipótesis, sino que se siente, se sabe, que vamos a tener una gran devaluación del dólar. En un país que paga 0% de intereses por sus títulos públicos, comprar estos títulos que se emiten en una moneda en devaluación es un claro suicidio económico, cuyo costo solo puede ser asumido por países que tienen poderosos intereses geopolíticos comunes con el país de moneda decadente.

Esta situación nos muestra que tenemos que repensar mucho y estudiar mucho, no solamente con una visión regional del mundo, sino con una visión que se aproxime más a la realidad. Este fenómeno global, si lo analizamos con lo que está pasando en 2016, indica que estamos viviendo una alteración en la correlación de fuerzas dentro del sistema económico mundial, en el cual los centros de poder económico mundial están convirtiéndose en países comandados por grandes concentraciones financieras que dependen cada vez más de poderosas empresas estatales y colosales transferencias de recursos estatales. Este es un fenómeno realmente inesperado para aquellos economistas formados por el discurso neoliberal, e influenciados por una campaña contra las empresas públicas y por las ventajas de la privatización que predominaron desde la década del 80 hasta inicios del siglo XXI, cuando esta ofensiva entra en decadencia.

Las mayores empresas A pesar de la campaña privatista, estas ideas fueron rápidamente reconvertidas a partir de los años 2000. Si nos basamos en las 10 primeras empresas, según el valor de sus acciones, veremos que la primera empresa en el mundo, en 2007, era Petro China con una diferencia bastante grande en relación a la segunda empresa. Mientras Petro China se acercaba a un trillón de dólares de acciones, (en inglés, un billón, en español), la Exxon de Estados Unidos, que es una empresa privada, pero muy relacionada al sistema estatal y particularmente al Pentágono, aparecía en segundo lugar. La demanda de los productos de esta empresa proviene de instituciones estatales, financiados con recursos públicos.

La General Electric se colocaba en tercer lugar, según el valor de sus acciones. Empresa muy ligada también al Pentágono y toda la estructura militar de EEUU, con inversiones a nivel global también. Luego se coloca la China Mobil e Industria y en quinto lugar la Microsoft, seguida de Gazprom, empresa estatal de Rusia. Habría que destacar que el Estado ruso retoma recientemente esta empresa que había sido privatizada por políticas de conversión de empresas públicas en privadas, generando súbitamente grandes riquezas, que promovió que los especuladores empezaran a comprar la Gazprom. No queda claro cómo fueron exactamente privatizadas esta y varias otras empresas.

Al re-nacionalizarla, el presidente Putin logró retomar el eje principal de la economía rusa, cambiando drásticamente la correlación de fuerzas de la economía mundial. No solamente por la situación del petróleo y gas, la presencia rusa inaugura una fase muy complicada, porque su participación aumentó mucho la competencia en la explotación petrolera y gasífera mundial. La presencia de Gazprom permitió, por ejemplo, que en ese momento se realicen reuniones de Rusia con Arabia Saudita, que es una acción fuera de lo común, excepto por los intereses comunes en relación a los hidrocarburos.

China también se ubica en este juego de poder en el Oriente Medio, y probablemente esto tiene que ver con una estrategia petrolera que no se administra solamente desde la OPEP, sino que articula el apoyo de otros centros petroleros para conseguir, realmente, tener una posición de fuerza mundial. La obsesión de los Estados Unidos de mantenerse como líder incontestable de la economía petrolera mundial lo pone en confrontación con casi todos los países del mundo.

En el caso de América Latina, estas ambiciones desmedidas de los grupos dominantes en Estados Unidos llevaron al gobierno de ese país a forzar situaciones políticas en la región. Frente al decisivo hecho de que no cuentan más con apoyo militar para sus aventuras totalitarias, tienen que promover golpes de Estado apoyados fundamentalmente en congresos deslegitimizados, leyes absurdas improvisadas para servir a sus intereses, intervenciones jurídicas que convierten a la policía y a los tribunales en poderes medievales, así como en el dominio y monopolio absoluto de los medios de comunicación.

Es grave observar cómo las fuerzas de izquierda latinoamericanas se ablandaron con los pocos años de ejercicio del poder. Frente a la ofensiva general del gran capital en decadencia, se acomodan a su propuesta de retroceso ideológico y cultural que pretende transformar estas acciones desesperadas en fuente de una nueva legalidad que confunde la democracia con la movilización monopólica de los medios de comunicación y la restricción a los poderes populares que venían acumulándose en el siglo XXI, para desespero del gran capital en general.

El intento de "restringir" la cuestión democrática a una posibilidad de escoger un candidato entre los ya definidos por partidos sin participación popular; una incorporación formal de los pueblos sometidos desde las colonias, negándoles las cuotas para integrarse en los verdaderos centros de decisión; unas restricciones a la moral patriarcal que se restringe a la libertad y realización parcial de las mujeres sin darles el derecho de decidir sobre su propio cuerpo. En fin, transformando conquistas parciales en objetivos finales y buscando ocultar la radicalidad del moderno ideal democrático según el cual la plena realización de los individuos no solamente debe ser "reconocida" socialmente, sino que debe buscar el pleno ejercicio de su condición de ser humano y de su poder para orientar los destinos de la humanidad, liberándola del sometimiento a las fundamentales contradicciones sociales que la oprimen. Se trata, en fin de cuentas, de restringir la plenitud del ideal democrático a simulacros de democracia.

Además, está claro que no se puede aceptar la reducción del concepto de democracia a los principios liberales que contradicen históricamente los principios democráticos. La libertad de los explotadores y violentos dominadores no puede ser un principio ordenador de un mundo cada vez más interactivo. No podemos aceptar como principio el de explotar a las grandes mayorías y acumular el 50% de la riqueza en manos del ya famoso 1% de la población mundial, en nombre de una eficiencia económica muy discutible. Si no fuera por el terror organizado y promovido por un sistema de poder en crisis profunda, sería jocoso pretender que la humanidad deba someterse a un mundo marcado por colosales desequilibrios económicos, crisis humanas y ambientales, permanentes amenazas de violencia y amenazas dramáticas a la sobrevivencia de la humanidad y del propio planeta tierra.

Está, pues, al orden del día una batalla de ideas que se dibuja en el planeta con fuertes colores. Nuestra capacidad de movilización contra la ofensiva del gran capital es crucial. Pero ésta debe reivindicar la defensa de una nueva sociedad, de una nueva economía y de una nueva cultura, así como la creación de los instrumentos necesarios para que cada ser humano se convierta en el dueño de su propio destino.

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Las elecciones estadounidenses: ¿ya pasó o sigue?

Dom, 20/11/2016 - 17:21
Immanuel Wallerstein

Casi todos están asombrados por la victoria de Trump. Se dice que aun Trump se asombró. Y, por supuesto, ahora todo el mundo está explicando cómo fue que ocurrió, aunque las explicaciones sean diferentes. Todos están hablando de las grietas profundas que creó la elección (¿o que reflejó?) en el cuerpo político estadounidense.

No voy a añadir uno más de tales análisis a la larga lista que ya me cansé de leer. Sólo quiero concentrarme en dos puntos: cuáles son las consecuencias de esta victoria de Trump: 1, para Estados Unidos; y 2, para el poderío estadounidense en el resto del mundo.

Internamente, los resultados, no importa cómo los mida uno, mueven a Estados Unidos significativamente a la derecha. No importa que Trump, de hecho, haya perdido el voto popular nacional. Y no importa que, si le hubieran faltado a Trump tan sólo 70 mil votos en tres estados (algo así como menos de 0.09 por ciento del total de votos emitidos), Hillary habría ganado.

Lo que importa es que los republicanos ganaron lo que se conoce como la trifecta –el control de la presidencia, ambas casas de representantes, y la Suprema Corte. Y aunque los demócratas puedan ganar de nuevo el senado y aun la presidencia en cuatro o en ocho años, los republicanos se aferrarán a la mayoría de la Suprema Corte por mucho más tiempo.

No hay duda que los republicanos están divididos en puntos importantes. Esto es visible justo una semana después de las elecciones. Trump ya comenzó a desplegar su lado pragmático y por tanto sus prioridades: más empleos, reducción fiscal (pero de ciertos tipos), y salvar partes del Cuidado de Salud Asequible (Obamacare) que son ampliamente populares. El establishment republicano (un establishment bastante a la derecha) tiene otras prioridades: destruir Medicaid y aun Medicare, diferentes tipos de reforma fiscal y echar atrás al liberalismo social (como los derechos de aborto y el matrimonio gay).

Queda por ver si Trump puede derrotar a Paul Ryan (quien es la figura clave en esa ala derecha con sede en el Congreso), o si Paul Ryan refrenará a Trump. La figura clave en esta lucha parece ser el vicepresidente Pence, que se ha posicionado de modo muy notable como el verdadero número dos en el despacho presidencial (como lo hiciera Dick Cheney).

Pence conoce bien el Congreso, es ideológicamente cercano a Paul Ryan pero le es leal a Trump. Él fue quien escogió a Reince Priebus como jefe de Gabinete para Trump, prefiriéndolo a él que a Steve Bannon. Priebus está en favor de unir a los republicanos mientras Bannon reivindica atacar a los republicanos que son menos que 100 por ciento leales hacia un mensaje de ultraderecha. Aunque Bannon obtuvo un premio de consolación como asesor interno, es dudoso que vaya a tener algún poder real.

Pase lo que pase con esta lucha interna de los republicanos, sigue siendo cierto que la política estadounidense se corrió significativamente a la derecha. Tal vez el Partido Demócrata se reorganice como un movimiento más de izquierda y más populista, y sea capaz de contender con los republicanos en futuras elecciones. Eso también está por verse. Pero la victoria electoral de Trump es una realidad y un logro.

Volteemos ahora de la arena interna en la que Trump ha ganado y tiene poder real, al ámbito externo (el resto del mundo) en donde no tiene virtualmente nada. Utilizó en su campaña el lema de Hacer de nuevo grande a América. Lo que dijo, una y otra vez fue que, de ser presidente, aseguraría que otros países respetaran (es decir, obedecieran) a Estados Unidos. En efecto, él aludió a un pasado en que Estados Unidos fue grande y decía que recuperaría ese pasado.

El problema es muy simple. Ni él ni ningún otro presidente –sea Hillary Clinton o Barack Obama o para el caso Ronald Reagan– puede hacer mucho acerca de la avanzada decadencia del otrora poder hegemónico. Sí, Estados Unidos alguna vez dominó el gallinero, más o menos entre 1945 y hasta cerca de 1970. Pero desde entonces, ha ido decayendo sostenidamente en su capacidad para hacer que otros países lo sigan y hagan lo que Estados Unidos quiere.

La decadencia es estructural y no es algo que pueda hacerse surgir del poder de algún presidente estadounidense. Por supuesto que Estados Unidos sigue siendo una increíblemente poderosa fuerza militar. Si mal utiliza este poderío militar, puede hacer mucho daño al mundo. Obama era muy sensible en cuanto a estos daños potenciales, lo que da cuenta de todas sus dudas. Y Trump fue acusado a todo lo largo de su campaña electoral de no entender esto y, por tanto, de ser un portador peligroso del poderío militar estadounidense.

Pero aunque es posible ocasionar daño, hacer lo que el gobierno estadounidense pueda definir como bueno parece virtualmente algo que rebasa el poder de Estados Unidos. Nadie, e insisto que nadie, seguirá hoy la conducción de Estados Unidos si piensa que sus propios intereses son ignorados. Esto es cierto no sólo de China, Rusia, Irán y por supuesto Corea del Norte. Es cierto también de Japón y de Corea del Sur, India y Paquistán, Arabia Saudita y Turquía, Francia y Alemania, Polonia y los Estados bálticos, y nuestros antiguos aliados especiales como Israel, Gran Bretaña y Canadá.

Estoy bastante seguro de que Trump todavía no se percata de esto. Hará alarde de las victorias fáciles, como finalizar pactos comerciales. Utilizará esto para probar la sabiduría de su actitud agresiva. Pero dejemos que intente hacer algo respecto a Siria –lo que sea– y muy pronto se desilusionará de su poder. Es muy poco probable que se retracte de la nueva relación con Cuba. Y puede llegar a darse cuenta de que no debe deshacer el arreglo con Irán. Y en cuanto a China, los chinos parecen pensar que pueden hacer mejores arreglos con Trump que lo que habrían sido capaces de concretar con Clinton.

Entonces, estamos ante un Estados Unidos más de derecha en un sistema-mundo más caótico, siendo el proteccionismo el principal tema para casi todos los países y con un apretón económico a la mayoría de la población mundial. ¿Ya terminó? De ninguna manera, ni en Estados Unidos ni en el sistema-mundo. Es una lucha continua en torno a la dirección que habrá de asumir y deberá asumir el futuro sistema-mundo (o sistemas).
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Reflejos del Partido Demócrata

Mér, 16/11/2016 - 12:43
Alejandro Nadal, La Jornada

Tuit de Wikileaks el 22 de julio: Hoy damos a conocer 20 mil correos electrónicos del Comité Nacional del Partido Demócrata. Las revelaciones de Wikileaks confirmaron lo que muchos sospechaban: la cúpula del Partido Demócrata estaba trabajando en contra de Bernie Sanders y en favor de Clinton.

La comunicación entre el equipo de campaña de Hillary y el Comité Nacional del Partido (DNC, por sus siglas en inglés) era constante. Destacan los mensajes en los que intervienen la presidente del comité, Debbie Wasserman Schultz, y el jefe de la campaña de Cinton, John Podesta. El sesgo antiSanders iba en aumento a medida que crecía su popularidad. Y mientras los sondeos mostraban que Sanders tenía mayores probabilidades de derrotar a Trump que la señora Clinton, la intranquilidad en la jerarquía demócrata aumentaba. Lo que estaba en juego no era esta elección presidencial, sino el control del partido.

Es claro que los jefes del DNC traicionaron su mandato de neutralidad e inclinaron la balanza en favor del equipo de Clinton. No es la primera vez que algo así sucede en la historia de este partido. Su maquinaria ha manifestado una tendencia clara a preferir los intereses de los poderes establecidos cuando piensa que sus candidatos se mueven demasiado a la izquierda.

El ejemplo más importante es el golpe de mano ejecutado en la convención del Partido Demócrata en julio de 1944. El presidente Franklin Roosevelt estaba por concluir su tercer mandato presidencial. Lo peor de la Gran Depresión había pasado y la recuperación se consolidaba. Y en la dimensión internacional se acercaba la derrota de Alemania y de Japón en el teatro del Pacífico. Pero a nadie escapaba que la salud de Roosevelt era frágil y que probablemente no terminaría su cuarto mandato. La selección del vicepresidente se convirtió en un tema fundamental.

Durante los primeros dos mandatos de Roosevelt el vicepresidente fue John Garner, diputado federal texano con vínculos cercanos a la maquinaria del partido. Durante el segundo mandato la relación entre Roosevelt y Garner se deterioró porque el segundo estuvo a favor de la intervención de fuerzas federales para romper una huelga en la planta de General Motors en Flint. (A muchos se les olvida, pero durante la Segunda Guerra Mundial se desató una gran oleada de huelgas en Estados Unidos.) Además, Garner adoptó una postura de austeridad fiscal que no tenía la aprobación de los asesores económicos del presidente. Al final del segundo mandato Roosevelt seleccionó a Henry Wallace para vicepresidente y la relección se ganó con una enorme ventaja.

A lo largo de su vicepresidencia la popularidad de Wallace se consolidó y se acrecentó. Uno de sus discursos, quizás el más famoso, pronunciado en 1942, provocó un gran revuelo. Se le conoce como el discurso del hombre común porque en un pasaje central Wallace señaló que el siglo que se iniciaría al finalizar la guerra no sería conocido como el “siglo americano”, como muchos sugerían, sino como el siglo del hombre común y corriente. La alocución recuerda algún discurso de Salvador Allende y tuvo gran impacto en la opinión popular. Como era de esperarse, le ganó toda la enemistad de los jefes del Partido Demócrata. El progresismo de Wallace y su popularidad se habían convertido en una amenaza para el establishment del Partido Demócrata. Desde entonces comenzó la campaña para quitarlo de la vicepresidencia. A lo largo de 1944 Roosevelt fue abordado por muchos de sus amigos y aliados en el partido para que abandonara a Wallace y escogiera otro vicepresidente. La mala salud del presidente facilitó el trabajo.

Al abrirse la convención en Chicago Wallace gozaba de gran popularidad y se daba por sentado que se le volvería a postular como candidato a la vicepresidencia. Cuando Wallace pronunció su discurso el público gritó y aplaudió a rabiar. Los asesores de Wallace se dieron cuenta: si en ese momento se pudiera hacer una votación, su candidato sería el próximo vicepresidente. Uno de ellos, el senador por Florida Claude Pepper, intentó aproximarse al micrófono con la intención de pedir una votación por aclamación en ese momento. La victoria de Wallace parecía asegurada.

Pero los caciques del partido ordenaron en ese instante que se suspendiera la sesión y se postergara para el día siguiente cualquier acto de la convención. Pepper estuvo a cinco segundos de llegar al micrófono y la sesión se interrumpió. Durante la noche la máquina se puso en marcha: se promovieron las candidaturas de los hijos predilectos de varios estados sureños, se compraron votos y se manipularon los registros de delegados. Al día siguiente el oscuro pero maleable senador Harry Truman pudo ganar el puesto de vicepresidente.

Roosevelt murió en abril de 1945 y Truman accedió a la presidencia. El curso de los acontecimientos hubiera cambiado si Henry Wallace hubiera sido el vicepresidente en el cuarto y último mandato de Roosevelt. Entre otras cosas, es muy probable que Estados Unidos no hubiera lanzado los ataques nucleares de Hiroshima y Nagasaki. La maquinaria del partido cambió el rumbo de la historia.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Triunfo de Trump: ¿G-2 con Rusia o G-3 que incluya a China?

Lun, 14/11/2016 - 07:01
Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada

Lejos del condicionado simplismo primitivamente maniqueo y lineal existen hipercomplejas lecturas multidimensionales a niveles local/regional/global después del triunfo de Trump.

En el propio Estados Unidos –más allá de las manifestaciones instigadas por George Soros (https://goo.gl/B6GGCe), uno de los máximos perdedores globalistas, con los banqueros Rothschild y Goldman Sachs, con sus conocidos instrumentos aquí– los demócratas recibieron una paliza en las legislaturas estatales, el Estados Unidos profundo, al obtener 13 (26 por ciento), que acentuarán las desatadas fuerzas centrífugas.

Trump, outsider atípico, aniquiló a las dos dinastías decadentes y megacorruptas de los Bush y los Clinton, que contaban con el descarado apoyo del establishment bipartidista y sus controlados multimedia (otros supremos perdedores), con exagerados recursos financieros consustancialmente antidemocráticos de los donadores multimillonarios.

La sociedad de Estados Unidos está seriamente fracturada en todos sus segmentos socioeconómicos y teosicopolíticos, con profunda alienación de sus red necks y blue collars, que desataron la furia electoral del supremacismo racista/blanco/evangelista de los WASP: el segmento más pertrechado con ametralladoras del planeta, lo cual ignora el frívolo, aventurero e infantiloide Senado del México neoliberal itamita –encabezado por Gamboa/Gómez del Campo/Lozano/Robledo y sus grotescas camisetas pro Hillary –que ha puesto en alto riesgo persecutorio a cerca de 40 millones de nuestros hermanos mexicanos desamparados (https://goo.gl/OFe94o) cuando Estados Unidos vive una guerra civil larvada.

Más allá de las inducidas amenazas de magnicidio y frondas por los derrotados de Wall Street (https://goo.gl/b9QCXv) –con la notable excepción de JP Morgan, más nacional para las cuentas de Trump que los globalistas Soros/Rothschild/Goldman Sachs–, el trumpismo significó y magnificó la muerte de los gurús de pacotilla y las ridículas encuestas con sus mitos sobre mujeres –53 por ciento de blancas votaron por Trump, pese a sus repelentes desvaríos eróticos públicos/púbicos– que obtuvo 29 por ciento del voto latino que brilló en Florida. Hasta Hillary en su derrota confesó que “Estados Unidos está más profundamente dividido de lo que pensábamos ( sic)”. ¡No, bueno!

Tampoco Trump goza de carro completo en el Congreso, en el que los republicanos del establishment lo pueden torpedear. Ron Paul, ex legislador republicano de Texas, advierte que Trump puede ser fagocitado por el omnipotente Deep State (https://goo.gl/Svzk6G). Estados Unidos todavía goza de pesos y contrapesos que no podrá eludir Trump.

El triunfo tectónico de Trump reajusta los capitales globales, como se notó con el rebote espectacular de los mercados, en los que salen favorecidas farmaceúticas y petroleras (en detrimento de la energía alternativa) y reacomoda las alianzas a escala global.

El dislocado y alocado México neoliberal itamita es el máximo perdedor regional con el desplome del peso y su caduco modelo mercantilista neoliberal, al unísono de Canadá, lo cual coloca en la picota al TLCAN, artefacto anti-soberanista de las dinastías derrotadas de los Bush y los Clinton.

Las inversiones que prometió Trump la madrugada de su elección –para mí nada sorprendente, porque apeló a la mayoritaria revuelta demográfica y económica de los deplorables e irrecuperables (Hillary dixit)– para la manufactura y la infraestructura por un millón de millones de dólares constituyen un genuino neo-keynesianismo antineoliberal que acelera la desglobalización que propende a los regionalismos.

Grandes vencedores: Putin –en Rusia explotó el júbilo masivo– y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, con su gran aliado Sheldon Adelson, de la mafia de los casinos. El acercamiento de Trump y Putin aleja la ominosa perspectiva de una tercera guerra mundial, que sería inevitablemente nuclear. Reuters informa que, para el Kremlin, el “abordaje de la política exterior de Trump es casi (sic) el mismo que Putin” (https://goo.gl/Fq4DH7).

Con Hillary pierden by the time being los superhalcones de Estados Unidos, que hubieran llevado al mundo al precipicio nuclear (https://goo.gl/q2XnQf).

Las nueve primeras llamadas de Trump marcan el tropismo del trumpismo: Egipto (sic), Irlanda, México (sic), Israel, Turquía (sic), India, Japón, Australia y Corea del Sur (en ese orden). En décimo lugar vino la primera ministra conservadora del Brexit, Theresa May (https://goo.gl/f2JuJ0). Destaca que no haya hablado con el primer ministro canadiense, Justin Trudeau.

Se colapsan los tratados mercantilistas antidemocráticos de Obama: el ATP, el TTIP y TISA (https://goo.gl/I0qO9w), lo cual beneficia a China. Obama se retira humillado con una sola apoteosis: la captura del petróleo mexicano en las aguas profundas del Golfo de México, cuya coautora fue la ex secretaria de Estado Hillary Clinton.

Grandes perdedores: el México neoliberal itamita, la huérfana Unión Europea (UE), de por sí desahuciada por el Brexit (hermano gemelo del trumpismo) y –en el ámbito mercantilista bilateral con Estados Unidos– China que, no obstante, goza del paraguas nuclear de Rusia.

¡Increíble!: el caos global que lega Obama, quien lidió con la decadencia de Estados Unidos, como Gorbachov en la ex URSS, después de ocho aciagos años, puede ser regenerado con un nuevo orden mundial que sería bipolar (G-2) con Rusia, o tripolar (G-3), si el zar Vlady Putin consigue sentar en el nuevo reparto del Olimpo a China, su gran aliada de hoy.

Una semana antes de la elección, Debka, portal del Mossad, adelantó el nuevo orden tripolar de Trump, quien “irá por una cumbre Estados Unidos/Rusia, con Putin para diseñar un nuevo orden mundial del poder (sic), con el fin de distribuir esferas de influencia en diferentes partes de las regiones (sic) del mundo, incluyendo el Medio Oriente. Puede hacer la cumbre trilateral (¡supersic!), invitando a Xi Jinping, de China” (https://goo.gl/Z2GUOg). ¡ Voilá!: ¿G-3 con regionalismos y desglobalización neokeynesiana?

La asesoría del retirado teniente coronel Michael Flynn, ex director de la poderosa DIA, será clave en la erradicación real de los yihadistas, que pasaría a cargo de Rusia e Irán.

¿Se repartirán Estados Unidos y Rusia los escombros de la UE, que vira al nacionalismo antiglobalista: hermano simbiótico del Brexit y el trumpismo? ¿Qué advendrá del acuerdo nuclear de Obama con Irán, su máximo legado, cuando es probable que Trump adopte la postura iranófoba de su aliado Netanyahu? ¿Empujará Trump a Irán a los brazos protectores de Rusia y China?

¿Concluye la alianza petrolera de 71 años entre Estados Unidos y Arabia Saudita, como sentencia Debka? ¿Compartirán Rusia y China el lastre económico de Estados Unidos, como alude Debka? No es mala idea: la paz mundial tiene también su precio cuando China y Rusia, en forma inverosímil, deberían ayudar a Estados Unidos a salir de su marasmo civilizatorio y económico, ya que su debacle sería también catastrófica para el planeta: idea que aporté antes de la unción de Trump en mis recientes conferencias magistrales en Barranquilla (Colombia), Quito (Ecuador) (https://goo.gl/ssLmmp) y en el vanguardista Instituto de Investigaciones Económicas de nuestra UNAM (https://goo.gl/a5qMHN): bastión académico del nacionalismo mexicano, en contrapunto del antimexicano ITAM, otro derrotado.

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Las tres muertes de Cohen

Dom, 13/11/2016 - 09:31
Hermann Bellinghausen, La Jornada

Así como moría, renacía. Fue un hombre con suerte, por más que se quejara con la crudeza de su voz inconfundible y lenta que le dio 50 años de fama mundial. A diferencia de los trovadores de la época (de Brassens a Moustaki, de Serrat a Silvio, de Guthrie a Dylan) y de las estrellas de rock que brotaron en los sesentas gritando presunta o real poesía y transformando los sonidos y las funciones públicas de la música, Leonard Cohen ya era un autor reconocido, estrella emergente de la literatura canadiense. Con cuatro libros de poesía y dos novelas extraordinarias, iba camino a ser una gloria en el universo de papel de la literatura. Pero en 1967 toma una decisión anormal. De pronto quiso ser como Bob Dylan. Y se fue a reinventar a Nueva York con la disquera de su nuevo modelo (Columbia), con su agente (Albert Hammond) y su productor (Bob Johnston). Nunca un músico completo más allá de los acordes a la Hank Williams y las lecciones folclóricas de García Lorca, musicalizó poemas publicados con antelación. El impacto cultural supera su éxito comercial. Canciones de Leonard Cohen (1967) y Canciones desde un cuarto (1968) lo vuelven un poeta fundamental en muchos lugares del mundo y sobrevive a su primera muerte.

Nacido en Montreal en 1934 en una familia burguesa y religiosa, estudia en McGill y viaja. De su abuelo rabino Salomon Klinitsky hereda la vena mística que tanto lo atormentará. Entre Comparemos mitologías (1956) y Flores para Hitler (1964) prefigura lo que sus dos novelas desnudarán: quién es y quién quiere ser. De la historia de juventud y sexo muy Henry Miller de El juego favorito (1963) al masoquismo místico en Los hermosos vencidos (1966), cerca de Bataille y Klossowsky, con sus vírgenes santas, Catherine Tekakwitha y Bernardita, están las claves del Leonard por venir: Me metí en el mundo siguiendo a las mujeres porque amaba al mundo, dice uno de sus personajes-él. Y otro: Sólo somos hermosos cuando cantamos.

Estuvo en Cuba en vísperas de la revolución, y en París en vísperas del 68, pero nunca fue profeta (su la democracia ya viene para Estados Unidos hoy no pasa ni como chiste). Las diferencias y similitudes con Dylan lo asediaron toda la vida. Similares origen judío, obsesión con el cristianismo, relación ambigua con la revolución y gusto por el country. Nueve años mayor, Cohen hizo en Historia de Isaac la versión dramática del episodio bíblico que Dylan resolvió, cínico y chiflando, en Highway 61. Su insignia fue la lentitud. Pertenecía a la generación que sí recordaba la Segunda Guerra. Se asumió poeta con conocimiento y lecturas. En Dylan todo era improvisación.

Con la estampa muy mexicana de El ánima sola en llamas por delante, Cohen abandona la literatura convencional y nace como trovador. Su voz tristona se integra a la banda sonora de los adoloridos y los enamorados con arreglos afortunados y unos versos certeros, definitivos como todo lo clásico instantáneo. Menos masivo que adorado, le sonríe la buena vida del rocanrol. Hombre de mujeres más que mujeriego, canta-escribe rodeado de musas reales y ficticias, siempre divinas y casi siempre inalcanzables. Pronto su cancionero encuentra eco en los intérpretes del momento, sumándose al repertorio Dylan-Neil Young-Jim Morrison-Joni Mitchel, e influye en futuros roqueros como Nick Cave y PJ Harvey. El Mariscal de Campo Cohen se define como un espía muy importante herido en cumplimiento del deber que oye a su amada hacer el amor con otro a través de las paredes de papel de un hotel.

No proviene de los beats. Poeta con voz europea y fundamentalmente lírica, en el más guarro de sus discos, La muerte de un mujeriego (música y escandalera de Phil Spector, 1977), se permite usar para el coro de una canción borracha (No te vayas con eso tieso) a Dylan y Allen Ginsberg. Famosas siempre sus coristas arropando los sensuales arreglos sonoros, sus gruñidos de varón y hasta sus lágrimas para la ecuación definitiva: no hay curación para el amor.

En la cresta de esa vida, Cohen decide su segunda muerte y deja todo. Asciende al Monte Baldy como monje zen. Escribe otra vez sin-para-la-música: Me rapé/ me puse un hábito/ duermo en el rincón de una cabaña/ a 65 mil pies de altura./ Es triste aquí./ La única cosa que no necesito/ es un peine. De esas alturas lo sacará la necesidad. Su administradora lo desfalca y retorna al talón. Hace giras triunfales y graba los tres álbumes últimos de un poeta bien y en pie. Reinando sobre la angustia y las exigencias de la pasión, Cohen murió por tercera ocasión un jueves de lluvia, como quería César Vallejo.

Qué agregar a Kenneth Rexroth en 1969: “Ésta es la poesía del futuro –la poesía del pueblo– directa de uno a otro, Yo a Tú. Cohen consigue lo que los surrealistas no. Su poesía es fundamentalmente subversiva. Es la voz de una nueva civilización”. Ese año le concedieron el prestigioso Premio del Gobernador General de Canadá por sus Poemas selectos. Los poemas mismos me lo prohíben absolutamente, replicó en un telegrama.

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Putin, no Trump, clave en Medio Oriente

Dom, 13/11/2016 - 07:11
Robert Fisk, The Independent

Predecibles pamplinas se oyen decir sobre Donald Trump y Medio Oriente. ¿Cómo puede el mundo musulmán hacer frente a un hombre que es islamófobo? Porque de hecho eso es lo que Trump es. Es una desgracia para su país y para su pueblo… el cual, el cielo se apiade, lo eligió.

Pero hay un pensamiento tranquilizador. El prestigio estadounidense en la región ha caído tan bajo, la creencia del mundo árabe (y muy posiblemente de Israel) en el poder de Washington se ha quebrantado tanto por la estupidez e ineptitud de sus presidentes, que más bien sospecho que poca atención se prestará a Trump.

No tengo muy claro en qué momento el respeto por la gobernanza estadounidense comenzó a derrumbarse. Sin duda estaba en la cúspide cuando Eisenhower dijo a británicos, franceses e israelíes que salieran del canal de Suez, en 1956. Tal vez Ronald Reagan, al mezclar sus cartas y llevar su presidencia hacia las etapas iniciales del Alzheimer, tuvo un efecto más profundo de lo que creíamos. Alguna vez un diplomático noruego me contó que se había sentado a hablar con Reagan sobre Israel y Palestina y descubrió que el viejo tomaba citas de un documento sobre la economía estadounidense. La paz de Bill Clinton en Medio Oriente tampoco ayudó.

Supongo que fue George W. Bush, quien decidió atacar Afganistán aun cuando ningún afgano había atacado jamás a Estados Unidos, y quien creó un Estado musulmán chiíta en Irak a partir de un Estado musulmán sunita –con gran disgusto de Arabia Saudita–, el que hizo más daño que la mayoría de presidentes estadounidenses a la fecha. Los sauditas (de donde provinieron 15 de los 19 asesinos participantes en el 11-S) lanzaron su guerra contra Yemen con apenas una brizna de preocupación de Washington.

Y Obama parece haber metido la pata en todo lo que hizo en Medio Oriente. Su apretón de manos al islam en El Cairo, su premio Nobel (por oratoria), su línea roja en Siria, que desapareció en la arena en el momento en que el régimen fue rescatado por los rusos… más vale olvidar todo eso.

Son los Sukhoi y Mig de Vladimir Putin los que marcan el paso en la terrible guerra en Siria. Y en tierras donde los derechos humanos no tienen valor alguno para los dictadores regionales, apenas ha habido un gemido acerca del Kremlin. Putin hasta fue llevado a la ópera en El Cairo por el mariscal de campo y presidente Al Sisi.

Y esa es la cuestión. Putin habla y actúa. En realidad, en la traducción al menos, no es terriblemente elocuente, más hombre de negocios que político. Trump habla, pero, ¿puede actuar? Hagamos a un lado la extraña relación que él cree tener con Putin: es Trump el que va a necesitar traducción de las palabras del líder ruso, no al revés. De hecho, durante el gobierno de Trump tanto árabes como isralíes, creo, pasarán mucho más tiempo escuchando a Putin. Porque lo cierto es que los estadounidenses se han mostrado tan poco dignos de confianza y erráticos en Medio Oriente como Gran Bretaña lo fue en la década de 1930.

Incluso la escalada estadounidense contra el Isis no empezó de veras hasta que Putin mandó sus propios cazabombarderos a Siria, en un momento en que muchos árabes preguntaban por qué Washington no había logrado destruir esa secta.

Regresemos a las revoluciones árabes –o primavera, como los estadounidenses lastimosamente dieron en llamarlas– y veremos a Obama y su infortunada secretaria de Estado (sí, Hillary) fallando de nuevo, incapaces de darse cuenta de que ese despertar en masa del mundo árabe era real y que los dictadores iban a irse (la mayoría, por lo menos). En El Cairo en 2011, prácticamente la única decisión que tomó Obama fue desalojar a los ciudadanos de su país de la capital egipcia.

Es fácil decir que los árabes están horrorizados de que un islamófobo haya ganado la Casa Blanca. Pero, ¿acaso creían que Obama o alguno de sus predecesores –demócrata o republicano– tuviera una preocupación especial por el islam? La política exterior estadounidense en Medio Oriente ha sido una serie espectacular de guerras, incursiones aéreas y retiradas. La política rusa –en la guerra de Yemen durante la era de Nasser y en Afganistán– ha sido bastante destructiva, pero el Estado postsoviético parecía haber escondido sus garras hasta que Putin llevó sus hombres a Siria.

Sin duda veremos a Trump volverse hacia Medio Oriente antes de mucho, para cortejar a los israelíes y repetir el apoyo acrítico de su país al Estado israelí, y para asegurar a los acaudalados autócratas del Golfo que su estabilidad está garantizada. Lo que diga sobre Siria será, desde luego, fascinante, dadas sus opiniones sobre Putin. Pero tal vez deje la región a sus subordinados, los secretarios de Estado y vicepresidentes que tendrán que tratar de adivinar qué piensa el tipo en realidad. Y ahí, claro, es donde todos estamos ahora. ¿Qué piensa Trump? O, más en concreto: ¿piensa?
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Via La Jornada. Traducción de Jorge Anaya Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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América Latina y el triunfo de Donald Trump

Ven, 11/11/2016 - 13:51
Raúl Zibechi, La Jornada

A quienes tenían dudas de que ha nacido una nueva derecha, el triunfo de Donald Trump debería convencerlos de lo contrario. La nueva derecha cuenta con amplio apoyo popular, sobre todo entre los trabajadores y las clases medias vapuleadas por la crisis de 2008 y los efectos de la globalización, como ya sucedió en Inglaterra con el Brexit. Estamos ante un mundo nuevo donde esta derecha machista y racista recoge la rabia de los millones perjudicados por el sistema. Una derecha nostálgica de un pasado que no volverá, en un periodo de decadencia imperial y del sistema-mundo capitalista.

Lo que desnudaron las elecciones estadounidenses es la fractura interna que vive la sociedad, el empobrecimiento de las mayorías y el enriquecimiento obsceno del 1%. Pero también desnudaron el papel vergonzoso de los medios de comunicación, empezando por los respetables The New York Times y The Wall Street Journal, que no tuvieron empacho en titular que Trump era el candidato de Vladimir Putin. Robert Parry (periodista de investigación que destapó el escándalo Irán-Contras) afirma que el otrora respetable Times ha perdido su senda periodística, convirtiéndose en una plataforma de propaganda y apologética de los poderosos (goo.gl/BbVy1d).

La campaña desnudó también la fractura de instituciones tan vitales para el 1% como la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), que fue quebrada internamente por las presiones de Hillary Clinton para que no investigara sus correos. Con Trump perdieron Wall Street, el complejo industrial-militar, la arquitectura internacional fraguada por Estados Unidos desde 1945 y el 1%, que apostaron fuerte por Clinton. Ahora rodean al vencedor para condicionarlo, algo que no les va a costar mucho porque pertenecen a la misma clase y defienden los mismos intereses.

Es probable que negros y latinos sufran más con un gobierno de Trump. Pero, ¿es que ahora lo están pasando bien? Bajo los gobiernos de Barack Obama las muertes de afroestadounidenses a manos de la policía crecieron de modo exponencial, la brecha de ingresos entre latinos y afroestadounidenses respecto a los blancos creció a consecuencia de la crisis de 2008.

En 2013 la renta de los blancos era 13 veces mayor que la de los afroestadounidenses y 10 la de los latinos, mientras en 2004 era siete veces superior en los primeros y nueve en los segundos (goo.gl/7CWaIE).

La situación de los migrantes mejorará si fortalecen sus organizaciones, las extienden y se movilizan contra el 1%, no por lo que decida la Casa Blanca. La política de los demócratas consistió en cooptar a pequeñas élites de las minorías raciales para usarlas contra las mayorías negra y latina, y para exhibirlas como trofeos electorales. Lo mismo hicieron respecto a las mujeres: un feminismo para blancas de clases medias altas.

Pero no es el racismo ni el machismo lo que irritó al 1%, sino las propuestas de Trump hacia el sector financiero y en política internacional. Propuso aumentar los impuestos a los corredores de fondos de alto riesgo, los nuevos ricos sumisos a Wall Street. Defiende una alianza con Rusia para combatir al Estado Islámico y auspiciar salidas negociadas en Medio Oriente. Frente al intervencionismo descarado, propone concentrarse en los problemas domésticos. Otra cosa es que lo dejen, ya que sin guerra el 1% puede venirse abajo.

Desde América Latina, el triunfo de Trump puede ser entendido como un momento de incertidumbre en la política imperial hacia la región. No debemos aventurar pronósticos. ¿Recuerdan cuando Bergoglio fue ungido Francisco I, y muchos aseguraron que haría un papado reaccionario? Bajo la administración Obama (iniciada en 2009) hubo golpes de Estado en Honduras y Paraguay, la destitución ilegítima de Dilma Rouseff en Brasil, la insurrección derechista en Venezuela, incluida la profundización de la guerra contra el narco en México, iniciada por su antecesor George W. Bush. Peor no nos pudo ir con el progresista en la Casa Blanca.

Para los de debajo de América Latina las cosas pueden cambiar, en varios sentidos.

En primer lugar, el discurso machista y racista de Trump puede alentar a las nuevas derechas y facilitar la profundización de los feminicidios y el genocidio de los pueblos indio y negro. La violencia contra los pueblos, principal característica de la cuarta guerra mundial/acumulación por despojo, puede encontrar menos escollos institucionales (¡menos aún!), mayor legitimación social y silencio de los medios monopólicos. No es una nueva tendencia, sino más de lo mismo, lo que de por sí es grave. Será más difícil contar con paraguas institucionales de protección y, por lo mismo, los represores se verán con las manos más libres para golpearnos.

La segunda tendencia es que el sistema pierde legitimidad cuando se disparan tendencias como las que encarna Trump. Este proceso ya se venía perfilando, pero ahora se produce un salto adelante con la pérdida de credibilidad popular en las instituciones estatales, que es una de las cuestiones que más temen las élites del mundo.

La tercera cuestión es la división entre las clases dominantes, tendencia global que debe ser analizada con mayor profundidad, pero que tiene efectos desestabilizadores para el sistema y, por lo tanto, para la dominación. Básicamente, hay quienes apuestan todo a la guerra contra los pueblos y otros que creen que es mejor ceder algo para no perderlo todo. Que los de arriba estén divididos es una buena noticia, porque la dominación será más inestable.

Por último, los de abajo lo vamos a pasar peor. La inestabilidad y el caos son tendencias estructurales, no coyunturales, en este periodo. Es doloroso, pero es la condición necesaria para poder cambiar el mundo. Sufriremos más represión, estaremos en peligro de ser encarcelados, desaparecidos o asesinados. Se avizora mucho sufrimiento en el horizonte. El capitalismo se cae a pedazos y los escombros pueden enterrarnos. La contracara es que muchos dejarán de creer que la única forma de cambiar el mundo es votar cada cuatro o seis años.

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Las siete propuestas de Trump que los grandes medios censuraron... y que explican su victoria

Ven, 11/11/2016 - 07:05
Ignacio Ramonet, Le Monde Diplomatique

La victoria de Donald Trump (como el brexit en el Reino Unido, o la victoria del ‘no’ en Colombia) significa, primero, una nueva estrepitosa derrota de los grandes medios dominantes, los institutos de sondeo y las encuestas de opinión. Pero significa también que toda la arquitectura mundial, establecida al final de la Segunda Guerra Mundial, se ve ahora trastocada y se derrumba. Los naipes de la geopolítica se van a barajar de nuevo. Otra partida empieza. Entramos en una era nueva cuyo rasgo determinante es ‘lo desconocido’. Ahora todo puede ocurrir.

¿Cómo consiguió Trump invertir una tendencia que lo daba perdedor y lograr imponerse en la recta final de la campaña? Este personaje atípico, con sus propuestas grotescas y sus ideas sensacionalistas, ya había desbaratado hasta ahora todos los pronósticos. Frente a pesos pesados como Jeb Bush, Marco Rubio o Ted Cruz, que contaban además con el resuelto apoyo del establishment republicano, muy pocos lo veían imponerse en las primarias del Partido Republicano; y sin embargo carbonizó a sus adversarios, reduciéndolos a cenizas.

Hay que entender que desde la crisis financiera de 2008 (de la que aún no hemos salido) ya nada es igual en ninguna parte. Los ciudadanos están profundamente desencantados. La propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces. En Europa, por ejemplo, se han multiplicado los terremotos electorales (entre ellos el brexit). Los grandes partidos tradicionales están en crisis. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado.

Ese fenómeno ha llegado a Estados Unidos, un país que ya conoció, en 2010, una devastadora ola populista, encarnada entonces por el Tea Party. La irrupción del multimillonario Donald Trump en la Casa Blanca prolonga aquello y constituye una revolución electoral que ningún analista supo prever. Aunque pervive, en apariencias, la vieja bicefalia entre demócratas y republicanos, la victoria de un candidato tan heterodoxo como Trump constituye un verdadero seísmo. Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, muy distinto del tono habitual de los políticos estadounidenses, le ha conferido un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha. Para muchos electores irritados por lo «politicamente correcto», que creen que ya no se puede decir lo que se piensa so pena de ser acusado de racista, la «palabra libre» de Trump sobre los latinos, los inmigrantes o los musulmanes es percibida como un auténtico desahogo.

A ese respecto, el candidato republicano ha sabido interpretar lo que podríamos llamar la «rebelión de las bases». Mejor que nadie, percibió la fractura cada vez más amplia entre las elites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, por una parte, y la base del electorado conservador, por la otra. Su discurso violentamente anti-Washington y anti-Wall Street sedujo, en particular, a los electores blancos poco cultos y empobrecidos por los efectos de la globalización económica.

Hay que precisar que el mensaje de Trump no es semejante al de un partido neofascista europeo. No es un ultraderechista convencional. Él mismo se define como un «conservador con sentido común» y su posición, en el abanico de la política, se situaría más exactamente a la derecha de la derecha. Empresario multimillonario y estrella archipopular de la telerealidad, Trump no es un antisistema, ni obviamente un revolucionario. No censura el modelo político en sí, sino a los políticos que lo han estado piloteando. Su discurso es emocional y espontáneo. Apela a los instintos, a las tripas, no a lo cerebral, ni a la razón. Habla para esa parte del pueblo estadounidense entre la cual ha empezado a cundir el desánimo y el descontento. Se dirige a la gente que está cansada de la vieja política, de la «casta». Y promete inyectar honestidad en el sistema; renovar nombres, rostros y actitudes.

Los medios han dado gran difusión a algunas de sus declaraciones y propuestas más odiosas, patafísicas o ubuescas. Recordemos, por ejemplo, su afirmación de que todos los inmigrantes ilegales mexicanos son corruptos, delincuentes y violadores. O su proyecto de expulsar a los 11 millones de inmigrantes ilegales latinos a quienes quiere meter en autobuses y expulsar del país, mandándoles a México. O su propuesta, inspirada en Juego de Tronos, de construir un muro fronterizo de 3.145 kilómetros a lo largo de valles, montañas y desiertos, para impedir la entrada de inmigrantes latinoamericanos y cuyo presupuesto de 21.000 millones de dólares sería financiado por el gobierno de México. En ese mismo orden de ideas: también anunció que prohibiría la entrada a todos los inmigrantes musulmanes...Y atacó con vehemencia a los padres de un militar estadounidense de confesión musulmana, Humayun Khan, muerto en combate en 2004, en Irak.

También su afirmación de que el matrimonio tradicional, formado por un hombre y una mujer, es "la base de una sociedad libre" y su crítica de la decisión del Tribunal Supremo de considerar que el matrimonio entre personas del mismo sexo es un derecho constitucional. Trump apoya las llamadas "leyes de libertad religiosa", impulsadas por los conservadores en varios Estados, para denegar servicios a las personas LGTB. Sin olvidar sus declaraciones sobre el "engaño" del cambio climático que, según Trump, es un concepto "creado por y para los chinos, para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad".

Este catálogo de necedades horripilantes y detestables ha sido, repito, masivamente difundido por los medios dominantes no solo en Estados Unidos sino en el resto del mundo. Y la principal pregunta que mucha gente se hacía era: ¿cómo es posible que un personaje con tan lamentables ideas consiga una audiencia tan considerable entre los electores estadounidenses que, obviamente, no pueden estar todos lobotomizados? Algo no cuadraba.

Para responder a esa pregunta tuvimos que hendir la muralla informativa y analizar más de cerca el programa completo del candidato republicano y descubrir los siete puntos fundamentales que defiende, silenciados por los grandes medios.

1) Los periodistas no le perdonan, en primer lugar, que ataque de frente al poder mediático. Le reprochan que constantemente anime al público en sus mítines a abuchear a los “deshonestos” medios. Trump suele afirmar: «No estoy compitiendo contra Hillary Clinton, estoy compitiendo contra los corruptos medios de comunicación» [1]. En un tweet reciente, por ejemplo, escribió: «Si los repugnantes y corruptos medios me cubrieran de forma honesta y no inyectaran significados falsos a las palabras que digo, estaría ganando a Hillary por un 20%».

Por considerar injusta o sesgada la cobertura mediática, el candidato republicano no dudó en retirar las credenciales de prensa para cubrir sus actos de campaña a varios medios importantes, entre otros, The Washington Post, Politico, Huffington Post y BuzzFeed. Y hasta se ha atrevido a atacar a Fox News, la gran cadena del derechismo panfletario, a pesar de que lo apoya a fondo como candidato favorito...

2) Otra razón por la que los grandes medios atacaron con saña a Trump es porque denuncia la globalización económica, convencido de que ésta ha acabado con la clase media. Según él, la economía globalizada está fallando a cada vez más gente, y recuerda que, en los últimos 15 años, en Estados Unidos, más de 60.000 fábricas tuvieron que cerrar y casi cinco millones de empleos industriales bien pagados desaparecieron.

3) Es un ferviente proteccionista. Propone aumentar las tasas de todos los productos importados. «Vamos a recuperar el control del país, haremos que Estados Unidos vuelva a ser un gran país», suele afirmar, retomando su eslogan de campaña.

Partidario del brexit, Donald Trump ha desvelado que, una vez elegido presidente, tratará de sacar a EEUU del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés). También arremetió contra el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), y aseguró que, de alcanzar la Presidencia, sacará al país de él: «El TPP sería un golpe mortal para la industria manufacturera de Estados Unidos».

En regiones como el rust belt del noreste, donde las deslocalizaciones y el cierre de fábricas manufactureras dejaron altos niveles de desempleo y de pobreza, este mensaje de Trump está calando hondo.

4) Así como su rechazo de los recortes neoliberales en materia de seguridad social. Muchos electores republicanos, víctimas de la crisis económica de 2008 o que tienen más de 65 años, necesitan beneficiarse de la Social Security (jubilación) y del Medicare (seguro de salud) que desarrolló el presidente Barack Obama y que otros líderes republicanos desean suprimir. Tump ha prometido no tocar estos avances sociales, bajar el precio de los medicamentos, ayudar a resolver los problemas de los «sin techo», reformar la fiscalidad de los pequeños contribuyentes y suprimir el impuesto federal que afecta a 73 millones de hogares modestos.

5) Contra la arrogancia de Wall Street, Trump propone aumentar significativamente los impuestos de los corredores de hedge funds, que ganan fortunas, y apoya el restablecimiento de la Ley Glass-Steagall. Aprobada en 1933, en plena Depresión, esta ley separó la banca tradicional de la banca de inversiones con el objetivo de evitar que la primera pudiera hacer inversiones de alto riesgo. Obviamente, todo el sector financiero se opone absolutamente al restablecimiento de esta medida.

6) En política internacional, Trump quiere establecer una alianza con Rusia para combatir con eficacia al Daesh. Aunque para ello Washington tenga que reconocer la anexión de Crimea por Moscú.

7) Trump estima que con su enorme deuda soberana, Estados Unidos ya no dispone de los recursos necesarios para conducir una política extranjera intervencionista indiscriminada. Ya no puede imponen la paz a cualquier precio. En contradicción con varios caciques de su partido, y como consecuencia lógica del final de la guerra fría, quiere cambiar la OTAN: «No habrá nunca más garantía de una protección automática de los Estados Unidos para los países de la OTAN».

Todas estas propuestas no invalidan en absoluto las inaceptables, odiosas y a veces nauseabundas declaraciones del candidato republicano difundidas a bombo y platillo por los grandes medios dominantes. Pero sí explican mejor el por qué de su éxito.

En 1980, la inesperada victoria de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos había hecho entrar el planeta en un ciclo de 40 años de neoliberalismo y de globalización financiera. La victoria hoy de Donald Trump puede hacernos entrar en un nuevo ciclo geopolítico cuya peligrosa característica ideológica principal –que vemos surgir por todas partes y en particular en Francia con Marine Le Pen– es el autoritarismo identitario. Un mundo se derrumba pues, y da vértigo...

Nota: [1] En su mitin del 13 de agosto, en Fairfield (Connecticut). Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Atilio Borón: EEUU "es un imperio que ha iniciado su fase de declinación

Xov, 10/11/2016 - 08:01
Tras los resultados electorales que dieron la victoria a Donald Trump sobre Hillary Clinton, Sputnik conversó con el intelectual argentino Atilio Borón para analizar el contexto actual que atraviesa Estados Unidos.

"Los mejores intelectuales del imperio y los grandes estrategas militares del Pentágono hablan de que Estados Unidos perdió su superioridad moral e intelectual. Sus aliados ya no les responden y sus enemigos son más poderosos. Es un imperio que ha iniciado su fase de declinación. La única discusión es cómo va a ser la declinación. En ese contexto, la gente votó en contra de Clinton y Obama porque ante esa declinación no hicieron nada", dijo a Sputnik el sociólogo y politólogo argentino Atilio Borón.

Además, consideró que Hillary era la heredera de una gestión de Gobierno "muy pobre" y que la administración Obama "fracasó" porque no logró hacer los cambios que prometió en política doméstica. No pudo hacer una reforma integral del sistema de salud, no pudo reformar el sistema financiero ni el migratorio, señaló. Agregó que durante la gestión del presidente demócrata, Estados Unidos se metió en "cuanto conflicto había en el planeta". Se peleó con Rusia, con Irán, con Venezuela, con Filipinas y se está peleando con China. "Hillary era la representante de todo eso y la gente no la votó", indicó.

La única manera que América Latina tiene de lidiar con el imperio es siguiendo la fórmula de Hugo Chávez: "proponiendo la unión de la región", dijo el especialista. "Trump está dispuesto a imponer una nueva agenda para la preservación del imperio. Para eso propone el abandono del neoliberalismo global, de la regulación financiera y de los tratados de libre comercio. Eso para Latinoamérica es muy importante porque nos cambia la agenda y puede descolocar a Gobiernos como los de Argentina y Brasil que están haciendo una apuesta tonta al neoliberalismo global cuando Estados Unidos está saliendo de ese sistema que ha producido una crisis profunda", opinó. Según Borón, estamos viendo la "descomposición" de los partidos políticos tradicionales que no han podido responder a las demandas de la población. En Estados Unidos el Partido Demócrata no respondió a sus bases sociales de clase media y obrera. Por el contrario, favoreció el enriquecimiento de los ricos y no hicieron nada por la clase media y los pobres, por ese motivo surgen políticos que plantean cuestiones que le interesan a la mayoría de la población y que no están representadas por los partidos tradicionales, observó el intelectual.

A partir de ahora se abre una "nueva etapa" en donde el discurso internacional va a dejar de ser el del libre comercio, la 'financiarización' de la economía, del neoliberalismo global, consideró el sociólogo. Se abre una nueva época de nacionalismo económico y proteccionismo que va a obligar a los Gobiernos de Argentina, Chile, Perú y Brasil a replantearse sus estrategias económicas, agregó. "El fin del neoliberalismo global es una buena noticia para América Latina. Deberíamos tomar nota de esta nueva posibilidad que se nos presenta", concluyó Borón.
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Mundo Sputnik

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El desastroso legado que Obama deja a Donald Trump

Xov, 10/11/2016 - 07:01

Poco antes del día de las elecciones, las palabras del hoy electo presidente Donald Trump declarando que al futuro presidente le espera una titánica tarea para hacer una "América Grande como antes", y "restaurar sobre todo la honestidad y responsabilidad en Washington", muestra claramente el estado deplorable económico y político del país que deja Barack Obama después de ocho años de Presidencia. La guerra significa prosperidad y la paz significa la pobreza y el estancamiento económico
(Tyler Cowen, economista norteamericano) Vicky Peláez, Sputnik

La presunción de Obama de "haber salvado la economía global y nacional de la Gran Depresión, lo que ha sido bastante bueno y de lo que me siento orgulloso", no ha impresionado hasta ahora a ningún economista. Según el reportero político y económico norteamericano, Edmund Kozak, "en términos de crecimiento económico, Barack Obama ha sido uno de los peores presidentes de Estados Unidos". Inclusive el mediocre crecimiento ha dependido de los altos precios del petróleo. El crecimiento económico nunca ha excedido un 2,5%. En los primeros tres meses de 2016, el Producto Interno Bruto (PIB) registró un 0,5% y para el primero de octubre alcanzó apenas el 1,2%.

Declarar en estas condiciones, como lo hizo hace poco Obama en la Universidad de Howard, que "nuestra economía se recuperó de la crisis mucho mejor y con mayor solidez que el resto de las economías en el mundo", es no ver la realidad que está atravesando su país actualmente. De acuerdo con el Bureau of Labor Statistics, el índice de la Participación Laboral en 2008 era del 66% mientras que en el 2016 bajó al 62,8%. Esto significa, como divulgó US-CNS, que de la mano de obra disponible total de 251 millones de personas, solamente 157 millones tienen trabajo, mientras que más de 94 millones están desocupados y un 40% de ellos no está laborando desde hace más de dos años.

El número de norteamericanos que sobrevive gracias a los cupones de comida aumentó en los ocho años de la presidencia de Obama de 33 a 46 millones de personas, lo que significa un incremento del 39,5%, de acuerdo con el Buró de las Estadísticas de Análisis Económico. Sin embargo, un informe de CNSNEWS eleva este número a los 101 millones de dependientes El Departamento de Salud y Servicios Humanos informó el año pasado que un 25% de las familias estadounidenses recibe alguna ayuda federal, mientras que en los últimos años de la Presidencia de George W. Bush (2001-2009) había solamente un 6% de este tipo de familias. El número de pobres se incrementó también durante la Presidencia de Obama un 3,8% hasta los 45 millones de habitantes. Pero, "la pobreza", como escribió el columnista de The New York Times, David Brooks, "es problema de los pobres, que no poseen la virtud normal de la clase media ni un código moral decente".

Sin embargo, los norteamericanos también están acostumbrándose a decir adiós a la clase media de la cual estaban orgullosos en el siglo XX, especialmente en los años del 'boom económico' después de la Segunda Guerra Mundial. Se calcula que una familia de cuatro miembros necesita tener unos ingresos de no menos de 40.000 dólares al año para estar en esta categoría. Según el Buró del Censo de la Población, en el 2014, el 38% de los empleados ganaba menos de 20.000 dólares al año, el 51%, menos de 30.000 y el 63%, menos de 40.000 dólares al año.

Parece que Barack Obama y sus asesores no quieren ver estos problemas, el presidente se atrevió a declarar el pasado 5 de febrero durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca, que Estados Unidos puede estar orgulloso de su economía debido al crecimiento de los ingresos, de los puestos de trabajo, al precio más bajo del petróleo y al mejoramiento del sistema del Seguro Médico. La misma estadística oficial está desmintiendo al líder saliente del país. Resulta que el ingreso familiar disminuyó en estos ocho años un 3,8%. El único empleo que aumentó es en el sector gubernamental, donde actualmente laboran más de 22 millones de norteamericanos, mientras que el sector industrial decreció notablemente a 12 millones de trabajadores. El porcentaje de familias donde nadie trabaja aumentó también del 17,8 en 2008 al 19,7% al final del 2015.

Respecto al estado del sistema de salud, lo más relevante sería la situación de los veteranos militares, cuyo número llega a más de 22 millones. Se calcula que unos dos millones de militares rotaron durante las guerras en Irak y Afganistán, y de ellos unos 600.000 sufren del Trastorno de Estrés Postraumático (PTSD). Según el Departamento de Veteranos, la lista de espera para ser atendidos en los hospitales del departamento para pacientes con el PTSD es de seis meses y para los ex militares en general es de 30 días. Si a los defensores de la patria los atienden de esta manera entonces, ni qué hablar de los ciudadanos corrientes.

En realidad, Estados Unidos está en un proceso de desmantelamiento de un estado de bienestar y la formación de un estado policial, donde cada ciudadano está en la mira de la Agencia de Seguridad Nacional (ANS) de lo que tanto ha informado WikiLeaks. Todo esto se está realizando bajo la consigna de Obama que reza: "No se puede tener el cien por cien de privacidad y el cien por cien de seguridad simultáneamente". Los pretextos para crear un ambiente de inseguridad si no existen, se inventan, también se crean permanentemente todo tipo de situaciones para desviar la atención pública de los acontecimientos reales. Barack Obama en este contexto ha sido muy prolífico debido a sus asesores neoliberales 'iluminados'. Como decía el escritor y filósofo británico Aldous Huxley (1894-1963), "la ignorancia es un arma política y el placer es una forma de control".

El 1% de los más ricos y poderosos encargó la tarea de 'zombificar' a los norteamericanos a las seis corporaciones de medios de comunicación cuyos 282 ejecutivos están determinando lo que el 92% norteamericanos deben saber para mantenerlos desinformados y que no perturben la agenda nacional e internacional de las élites, quienes realmente gobiernan Estados Unidos. Al presidente se le designa el rol de ejecutor de la voluntad del 1%. Barack Obama no ha defraudado las esperanzas de los más ricos y poderosos y no cabe duda de que al expirar su mandato tendrá una suculenta recompensa financiera, tal y como están disfrutando actualmente Bill y Hillary Clinton, ellos disponen de 2.000 millones de dólares de la Fundación Clinton. Bill recibió un millón de dólares de regalo de Qatar en el día de su cumpleaños, entre otros muchos obsequios.

A los ricos y poderosos no les preocupan las declaraciones de muchos estudiosos de tendencia alternativa indicando que Norteamérica está en un proceso de decadencia y posible desintegración al estilo de la Unión Soviética, pues los dueños de Norteamérica saben que el mundo está bajo el dominio del dólar. Mientras el 80% del comercio mundial se realiza en dólares, el 40% de los pagos internacionales se efectúa también en dólares y el 65% de las reservas de divisas a nivel mundial utilizan la moneda norteamericana, la hegemonía de Washington seguirá prácticamente intacta.

A la élite tampoco le preocupa el crecimiento de la deuda nacional, que en los ocho años de Presidencia de Obama aumentó de 10,6 a 19,8 millones de millones de dólares. Lo equivalente al 77,2% del Producto Interno Bruto (PIB) y en 10 años alcanzará el 85,8% del PIB. La deuda correspondiente al 2016 está superando todo el valor físico combinado de todas las divisas del mundo, que asciende a 5.000.000 de millones de dólares, sumando el valor del oro del mundo, que es de 7.700.000 de millones de dólares y la plata valorada en 20.000 millones de dólares. Pero mientras la máquina de imprimir dólares está en Estados Unidos y bien aceitada, Washington está moviendo su agenda de dominio global sin ninguna preocupación.

Europa se ha convertido en su seguro servidor y atenta a cada gesto de su patrón, lo que la está debilitando día a día con la anuencia de su población también 'zombificada'. América Latina está retornando paulatinamente a su ya histórico lugar en el 'patio trasero' por voluntad de sus habitantes. Al igual que los norteamericanos, están perdiendo el sentido colectivo, que es reemplazado, sin que los habitantes del planeta se den cuenta, por los intereses individuales. Los habitantes de Estados Unidos pueden tener 300 millones de armas, pero para qué sirven si sus dueños están preparados para defender no sus derechos e intereses colectivos sino sus derechos individuales, y después ni saben qué hacer con su armamento.

Washington dispone de toda la información a través de sus 17 agencias de inteligencia para neutralizar cualquier brote de descontento o rebelión con anticipación. A la vez, permite los brotes de descontento por el asesinato frecuente de algún afroamericano, esto es como un desfogue racial después del cual, en pocos días, la calma retorna a su lugar. Tan rápido como aparecen los líderes que tienen la capacidad de mover a la multitud descontenta, también ellos 'desaparecen', a una velocidad inclusive más rápida. El sistema del 1% sabe protegerse y utilizar cualquier descontento para sus intereses con la ayuda de los medios de comunicación a su disposición.

A nivel internacional, Obama está dejando al próximo presidente Donald Trump siete guerras, el caos en el Oriente Próximo y África, confrontación verbal con Rusia y el aumento de tensiones con China. Todo esto tendrá que resolver Donald Trump, que en su primera invocación a los norteamericanos después de ser elegido como el nuevo líder de EEUU para los próximos años afirmó que: "Estamos a favor de la cooperación y no de los conflictos. Vamos a poner en primer lugar los intereses de Estados Unidos, vamos a ser honestos con todo el mundo, con todos los pueblos y naciones". También prometió a sus ciudadanos que "los hombres olvidados jamás volverán a ser olvidados. Nos uniremos como nunca lo hemos estado antes".

Las promesas de Trump dan una esperanza tanto a los estadounidenses como a todos los pobladores de nuestro planeta que están cansados de guerras y conflictos desatados por EEUU en todos los rincones del mundo y están anhelando la paz. Sin embargo, no hay que olvidar que Trump fue apoyado también por una parte de la élite globalizada para que siga su agenda de expansión del Imperio norteamericano. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ya mandó su mensaje a Donald Trump haciéndole recordar que "una OTAN fuerte es buena para Estados Unidos y buena para Europa". Eso quiere decir que los militares, tanto norteamericanos como europeos, están insinuándole que la política agresiva contra Rusia tendría que seguir su curso y que Rusia debería ser considerada como un país 'enemigo' de Occidente.

Lo que pasa es que los miembros de la OTAN están preocupados por el recorte de la aportación de Norteamérica a su presupuesto, que llega al 72%. Si Trump decide cumplir su promesa de hacer las paces con Rusia y cooperar en la tarea común de destruir el Estado Islámico y otras organizaciones terroristas afines, no se necesitaría una OTAN fuertemente armada, pues el único 'enemigo' de la Unión Europea, artificialmente creado por los globalizadores 'iluminados', se convertiría en su aliado. Para hacer cumplir su promesa de dejar las guerras y tomar el camino de la cooperación, Donald Trump tendría que enfrentarse al complejo militar-industrial, al financiero, al energético y al mediático, o lograr compromisos con ellos, además de con Israel. Este país dio apoyo al candidato republicano en su campaña electoral y habrá que ver cómo evolucionan las relaciones de Norteamérica con Irán teniendo en cuenta que Israel considera al país persa su enemigo.

Por el momento nadie sabe si Donald Trump logrará imponer su Contrato con los Votantes Norteamericanos a las élites, ni que sea parcialmente. Hay dudas, pero al mismo tiempo hay esperanza. Decía el líder afroamericano Martin Luther King que "Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, todavía plantaría un árbol".

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Proteccionismo, globalización y “furia populista”

Mér, 09/11/2016 - 16:36
Paula Bach, La izquierda diario

La tensión entre proteccionismo y globalización se pone de manifiesto como uno de los emergentes más significativos del escenario que toma cuerpo con particular entidad en los países centrales. Este dualismo expresa a su vez el despliegue quizá más contradictorio y concreto de otra bifurcación, la que fluye entre la economía y la política.

Enfocando la arista económica, puede verificarse que un escenario de disminución del crecimiento del comercio mundial está impulsando un cierto repliegue de la globalización, un suave incremento de medidas proteccionistas y una desaceleración del ritmo de liberalización del comercio. Estos factores que poseen por ahora un impacto limitado, prometen adquirir un impulso mayor en un escenario económico que amenaza volverse más crítico. Contra esta tendencia, los tratados de libre comercio –como el TLC, el Acuerdo Transpacífico o el Transatlántico, entre otros- representan la espada privilegiada de la cruzada globalizadora de los sectores hegemónicos del capital.

Pero si se enfoca la arista política, se observa que la desazón y la pérdida de confianza en las élites dirigentes dio lugar a una oleada de repudio a la globalización expresada tanto en el ascenso del fenómeno Trump por derecha, como en su momento en el voto por izquierda a Bernie Sanders y hasta en las promesas “antitratados” a las que se vio obligada Hillary. Este suceso en su conjunto, incluyendo un nacionalismo xenófobo referenciado en amplios sectores de la población –que alcanza también fracciones del capital no hegemónico, ligadas al mercado interno- podría transformarse en una de las peores contrariedades de las élites económicas, globalofílicas por definición. La suerte de los tratados comerciales –principal arma de las multinacionales y las élites económicas para la “protección” de sus negocios- se juega en territorios tortuosos como el del Reino Unido después del brexit o el de Estados Unidos luego de la gran definición del próximo martes –independientemente, en gran parte, de quien se quede con la victoria.

En otro aspecto que distingue el actual “estancamiento secular” de aquel de los años 30, el proteccionismo se referencia hoy en el desencanto de amplios sectores de la población mientras que los sectores hegemónicos del capital declaman un amor sin barreras por la “aldea global”. Una verdadera novedad histórica que tendrá mucho que decir en el período próximo.

Debilidades de la globalizaciónBajo el título “El lento crecimiento del comercio mundial llegó para quedarse”, Martin Wolf se pregunta desde Financial Times si la globalización se está revirtiendo. Su respuesta general es no, aunque asume que se registra una pérdida de dinamismo especialmente en el comercio, motor de la integración económica global durante las últimas décadas. Tal como lo haremos aquí y para profundizar el asunto, Wolf acude al último reporte sobre Perspectiva económica mundial del FMI. A partir de los gráficos proporcionados por el organismo, compara la dinámica del crecimiento del PBI mundial y el comercio del período 1960-2015 tomado en su conjunto con el período pos Lehman (2008-2015) en su especificidad. Evalúa que entre 1960 y 2015, mientras la producción creció a una tasa media anual del 3,5%, el comercio mundial lo hizo a una tasa del 6,6% en términos reales. Sin embargo, entre 2008 y 2015, mientras la producción mundial se incrementó a una tasa media anual del 2,4%, el comercio lo hizo a un 3,4% en términos reales. No sólo el crecimiento del comercio se desaceleró, sino que la brecha entre el crecimiento del comercio y el de la producción también disminuyó drásticamente, concluye.

Por su parte el FMI contrasta el período 1985-2007 con los últimos cuatro años que se extienden entre 2012 y 2015. Concluye que mientras en la primera etapa -bajo el impulso sustancial de la globalización y el crecimiento económico- el incremento promedio del comercio mundial en términos reales se producía a un ritmo dos veces mayor que el crecimiento del PBI, durante los últimos cuatro años, apenas acompaña el ritmo del crecimiento del producto. Desde 2012 la tasa de crecimiento del comercio mundial ronda el 3% anual o sea, el equivalente a menos de la mitad de la tasa media de expansión durante las tres décadas previas. Se trata de un lento y prolongado crecimiento del comercio en relación con el incremento del producto que goza de pocos precedentes durante las cinco pasadas décadas y que de continuarse, según BBC Mundo, se convertiría en el peor período de estancamiento comercial relativo desde la Segunda Guerra Mundial.

Dentro de las causas explicativas de la desaceleración, el FMI distingue la debilidad general de la actividad económica y en particular la desaceleración del crecimiento de la inversión, como restricciones fundamentales al aumento del comercio desde 2012. Señala que los análisis empíricos sugieren que para el mundo tomado en su conjunto, hasta tres cuartas partes de la declinación del crecimiento de las importaciones de bienes en términos reales comparando los períodos 2003/7 –no casualmente el lapso que sigue a la entrada de China a la OMC- y 2012/15 se pueden atribuir a la debilidad de la actividad económica y más especialmente al débil crecimiento de la inversión. Si el ritmo de aceleración del comercio cayó tanto en bienes como en servicios, el 85% de la caída se concentra en bienes y en especial en bienes de capital e intermedios. El FMI adjudica este resultado específico a dos factores fundamentales. Por un lado a una modificación en la producción global según la cual la inversión devino particularmente intensiva en importaciones, cuestión que a la vez contribuiría a explicar la mayor desaceleración del comercio mundial respecto de la producción. Por otro lado el asunto se asocia a un bajo incremento de la inversión privada tanto en los países avanzados como en los “emergentes”, incluyendo en un plano muy destacado el proceso chino de rebalanceo desde la inversión hacia un crecimiento impulsado mayormente por el consumo.

Por último el Fondo pone de relieve que la evolución del comercio en los años recientes adquiere fisonomías sorprendentemente distintas según se la mida en dólares reales –o, lo que es lo mismo, en volumen- o en dólares nominales. En términos de dólares reales –criterio utilizado por el FMI- se observa una disminución del crecimiento del comercio mundial desde fines de 2011 a un ritmo aproximado del 3% anual. Pero si el asunto se evalúa en términos nominales, el comercio sufre una abrupta caída en términos absolutos a partir de la segunda mitad de 2014 y el valor de los bienes y servicios comerciados se reduce en un 10,5% en 2015. La apreciación del dólar y la abrupta caída de los precios del petróleo son los factores que explican la discrepancia entre los resultados. A diferencia del FMI, la Organización Mundial del Comercio confiere a dichos factores una significativa importancia tendencial tal como ilustramos enLa Reserva Federal entre Donald Trump y la economía real.

Amor sin barrerasEn cuanto a las medidas proteccionistas, los aranceles de importación son los que permiten observar de manera más clara la evolución de los costos del comercio. Según los datos del FMI, las negociaciones comerciales y las liberalizaciones unilaterales redujeron las tarifas arancelarias promedio en casi un punto porcentual al año entre 1986 y 1995. Luego las reducciones continuaron a una tasa algo disminuida de aproximadamente medio punto anual hasta 2008 pero a falta de acuerdos arancelarios desde el inicio de la crisis, las reducciones de costos resultaron mínimas.

Por otra parte el movimiento más significativo se observa –de acuerdo al FMI- en las barreras no arancelarias que incluyen restricción de flujos comerciales tales como cuotas, rescates, ayudas estatales y medidas de defensa comercial como derechos preferenciales a los productos locales. Si este tipo de barreras registra una tendencia creciente ya desde 1990, muestra un aumento constante desde 2012 y un importante salto en los años 2014 y 2015. Según Global Trade Alert los gobiernos aprobaron en 2015 un 50% más de normativas dirigidas a favorecer a sus industrias locales y los países del G-20 concentraron el 81% de esas disposiciones. Si bien las medidas que restringen el comercio no muestran -de acuerdo a la gráfica de la OMC- una tendencia claramente creciente desde 2009 hasta la fecha, registran un pico pronunciado en 2015 frente a 2014. El FMI considera que este tipo de disposiciones afecta a una pequeña proporción de productos aunque su incremento podría encontrarse entre las razones explicativas de la detención del proceso de reducción de costos en el comercio global.

Por su parte y también según el FMI, la proliferación de acuerdos de libre comercio resultó particularmente pronunciada en el curso de la década del 90, promediando alrededor de 30 acuerdos anuales. Mientras en el período previo a la crisis desatada por la caída de Lehman la cantidad de acuerdos se redujo ligeramente, a partir de 2011 la tasa cayó abruptamente a alrededor de los 10 acuerdos firmados al año. Sin embargo y también según el Fondo, los acuerdos recientes abarcarían un espectro más amplio que los anteriores incluyendo mayor cantidad de socios comerciales.

Estos factores también contribuyen a obstaculizar el comercio internacional de mercancías, aunque según el FMI su impacto cualitativo hasta el momento ha sido relativamente limitado. No obstante el organismo señala –como es bastante evidente- que de generalizarse, estos aspectos podrían pesar significativamente en la perspectiva del comercio global.

“Emerging markets moment”Pero entre los años 1990 y 2007 –período apoteótico de tratados de libre comercio y reducciones arancelarias- las importaciones chinas explicaban el 44% de la pérdida de empleo en manufacturas en EEUU según apunta el Instituto de Estudios del Trabajo de Bonn, Alemania, citado por Mark Broad de la BBC. Incluso el FMI -sin ahorrar loas al impulso global- menciona el impacto de la competencia de las importaciones chinas sobre el mercado de trabajo norteamericano. Resalta que el crecimiento de los productos provenientes de China generó un incremento del desempleo, un debilitamiento de la participación de la fuerza de trabajo y una reducción salarial en los mercados locales cuyas industrias manufactureras compiten con los productos de importación. Cuestión que -casi de más está mencionar- se explica en gran parte por importaciones de firmas norteamericanas (des)localizadas en China. El subperíodo de los años 2003-7 fue –de acuerdo a la definición del FMI- un momento de crecimiento inusualmente rápido de la inversión del capital en las economías “emergentes” y “en desarrollo”, incluida China. A su vez, en el lapso que abarca los años 1999 y 2011 –mientras todavía la reducción de tarifas arancelarias continuaba por el “camino del bien”- el sector manufacturero norteamericano perdía 6 millones de puestos de trabajo, de acuerdo a la Oficina de Estadística de Empleo de Estados Unidos, citada por el autor arriba mencionado.

Bajo el título La frontera que Donald Trump no puede romper, Sonia Corona recuerda en el diario El País que en el año 1994, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés), catapultó a la maquila –industria manufacturera que importa insumos y exporta productos terminados- en la frontera. Se refiere a la expulsión de las fábricas industriales desde el Paso (Texas, Estados Unidos) hacia Ciudad Juárez (Chihuahua, México). En conjunto –señala- componen un centro urbano de más de 2,2 millones de habitantes separados por el Río Bravo y una valla de acero infinita, pero unidos por una relación comercial simbiótica de millones de dólares. En Chihuahua están las naves industriales y a sus espaldas –ilustra- los cristales espejo de los rascacielos corporativos de Estados Unidos. La razón indiscutida para asentar una planta en estos 12 parques industriales que albergan 330 fábricas –la mayoría de origen estadounidense- y de los que pueden salir televisores, lavarropas, ropa, partes de aviones o autos, reside en el costo de los salarios, nada más ni nada menos que ocho veces más altos del otro lado de la frontera, afirma. La consecuencia al otro lado -según Econmy Policy Instituye- ascendía en 2014 a 700.000 empleos menos correspondientes fundamentalmente a industria automotriz y electrónica norteamericana. La ciudad abandonada de Detroit en el estado de Michigan es un ícono de la combinación de superexplotación de un lado y deslocalización desindustrializadora al otro. Una de las páginas más destacadas del proceso de globalización del capital de las últimas décadas.

La conjunción de una desocupación endémica, ascenso de la desigualdad, pérdida de empleos ligada a la inmigración utilizada como mano de obra barata contra los núcleos de las clases obreras tradicionales y al cambio tecnológico -todos fenómenos de las décadas recientes- terminó combinándose con la debilidad económica de los años pos Lehman que le agregó estancamiento salarial, precarización de los nuevos trabajos creados, fuertes límites a la posibilidad de endeudamiento personal, arrojando lo que definimos desde esta columna como el “fracaso del éxito” neoliberal. Este cóctel es la sustancia de la localización en el centro de los fenómenos de derecha más bizarros, como fenómeno altamente novedoso. Analizamos este aspecto hace ya un tiempo en La “furia populista” que conmueve al mainstream. Hace unos días la columnista de Financial Times, Tina Fordham, definía que las economías avanzadas están viviendo un “emerging markets moment” (momento mercados emergentes): la brillante línea entre la política en las economías avanzadas y los mercados emergentes puede haber desaparecido y una nueva normalidad en las economías avanzadas se parece mucho a la vieja normalidad de los mercados emergentes, pero con apuestas considerablemente más altas para la economía global, dispara.

Este momento político simbólico que llegó para quedarse y asistirá a una mera instancia en la jornada muy particular del próximo martes, representa quizás el límite más extremo que enfrenta la cruzada globlalizadora y antiproteccionista de las élites económicas. No está descartado que las derivaciones políticas de la economía puedan golpear antes que la economía misma. El destino de los ampliamente repudiados acuerdos transpacífico y transatlántico -armas más filosas de las élites económicas y “víctimas” de la demagogia electoral de los contendientes- mostrará probablemente las primeras escenas de la película que comienza con aquello que Martin Wolf definía hace algún tiempo como la crisis del matrimonio entre la democracia liberal y el capitalismo global.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Sueños y fantasías en el corazón del imperio

Mér, 09/11/2016 - 09:01
Alejandro Nadal, La Jornada

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos confirman el grave síndrome que aflige a la población de ese país. Desde hace muchos años el mal llamado sueño americano dejó de existir en el imaginario colectivo. Ha sido remplazado por la fantasía cotidiana del entretenimiento.

Para una mente infantil, la idea de estar sin entretenimiento de algún tipo resulta algo insoportable. En el fondo, la perspectiva de tener que pensar o reflexionar se puede convertir en una perspectiva aterradora.

Por eso cualquier cosa es buena para la distracción y el pasatiempo. Desde los omnipresentes espectáculos de los deportes, hasta las funciones de gala y las revistas de chismes sobre las celebridades, todo es un buen candidato para el entretenimiento. Y si todo debe pasar por la diversión pues el mundo de la política también puede convertirse en espectáculo.

Este año en el centro del escenario de este show se encuentran los dos contendientes más representativos del mundo político estadunidense: un sicópata payaso compite con una oportunista y ambiciosa mujer. El primero ha hecho alarde de su misoginia, machismo, racismo e ignorancia para atraer a una buena parte del electorado estadunidense. La segunda ha pretendido apoyarse en su experiencia y valores democráticos pero en los hechos ha demostrado que su belicosidad y oportunismo no tienen límites.

No es marginal el número de votantes que la mañana del martes saltaron entusiastas a la calle para ir a votar por Donald Trump. Su infantilismo tiene mezclas de sadismo vengador pues ven en el bufón millonario alguien que ha sido capaz de burlarse del establishment en Washington y que hábilmente ha sacudido al inepto y centralizador gobierno federal. Y es que muchos de los seguidores de Trump le echan la culpa al gobierno federal de todos los males que aquejan a la sociedad estadunidense, desde el desempleo y la crisis hasta una supuesta falta de firmeza frente a los desplantes de una Rusia envalentonada.

Tal pareciera que esta parte del electorado, tan adicta al entretenimiento en todas sus formas, hubiera despertado de una infantil modorra y se hubiera encontrado con un escenario de una terrible decadencia económica. Como niños enojados incapaces de analizar y enfrentar una realidad, esa parte del electorado no ha podido hacer otra cosa que buscar a quién echarle la culpa. Y en este caso se encontró con el candidato perfecto, una maquinaria que es disfuncional en muchos casos y corrupta en otros. Es decir, acabamos de nombrar al gobierno federal. Su responsabilidad en el salvamento de los principales jugadores del sector financiero después de la crisis y sus devaneos con los intereses de las grandes corporaciones no ha pasado desapercibida para esta parte del electorado. Es para ellos que Trump se saca fotos y hace declaraciones incendiarias frente al esqueleto de una oxidada planta de la industria automotriz en Detroit. Por cierto, esos votantes seguirán estando ahí al día siguiente de la elección, independientemente del resultado.

Por su parte, el electorado que votó por Hillary Clinton se divide en dos grupos. En el primero se encuentran aquellos que piensan que auténticamente representa los valores democráticos que dice abrazar. En el segundo grupo están los que la ven como una persona falsa, hueca, que como dice Jon Stewart, usa un disfraz diseñado por alguien más para ser otra persona; una mujer sin el valor de sus convicciones porque ni siquiera se sabe bien cuáles son esas convicciones.

La experiencia de la señora Clinton se cristaliza en una lista de infortunios, comenzando con las mentiras sobre sus actividades en Bosnia. Su aventura en Libia convirtió a buena parte de África en una zona de desastre. Las operaciones encubiertas realizadas por los servicios estadunidenses hasta terminaron vendiendo armas a los combatientes de ISIS, como lo revelan los correos electrónicos dados a conocer por Wikileaks. Y la intervención en Siria condujo a uno de los escenarios más peligrosos en el mundo. Ambos episodios fueron concebidos por Hillary mientras fungía como titular del Departamento de Estado. No cabe duda, de triunfar Hillary será uno de los presidentes más belicosos en la historia de Estados Unidos.

El denominador común, el rasero contra el cual fueron medidos sistemáticamente los dos contrincantes fue siempre el dinero. Y Hillary siempre salió vencedora. La mitología de los recursos infinitos de Trump se quedó en eso, mitos que se esfuman. En cambio, con Goldman Sachs a la cabeza, Hillary y los escandalosos donativos para la Fundación Clinton, siempre salieron triunfantes en la carrera para llenar su cofre de guerra.

En síntesis, las elecciones no fueron entre Hillary y Trump. Los verdaderos candidatos fueron el aventurerismo belicoso de una mujer experta en camuflajes, y la nostalgia de un mundo en el que la ignorancia y los prejuicios raciales y misóginos constituyen valores admirables. El triunfador de este proceso será un mundo más peligroso.

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Protofascismo y demagogia neoliberal

Lun, 07/11/2016 - 11:53

David Brooks, La Jornada

Estados Unidos está obligado a optar entre un protofascista y una republicana moderada.

Lo que recupera la fe en este pueblo es el hecho inusitado de que las grandes mayorías reprueban ambas opciones ofrecidas por las cúpulas y, según un sondeo de esta semana pasada, ocho de cada 10 votantes consideran que esta contienda es asquerosa.

Si la elección de verdad expresara la voluntad de la mayoría del pueblo (o sea, la supuesta definición de este ejercicio), casi toda la clase política, desde los candidatos presidenciales a casi todo el Congreso (el cual ahora goza una tasa de aprobación de 15 por ciento), serían derrotados y expulsados de sus puestos. El veredicto de la mayoría es ninguno de estos.

Pero en la elección presidencial, uno de estos dos ganará. Al final, esta elección gira en torno de la opción protofascista. La resistencia se marca más en la expresión de opiniones, pero no se convierte en acción política. Tal vez lo más sorprendente es que ante la amenaza clara y presente de esta expresión de demagogia derechista –sus inaceptables comentarios sobre las mujeres, los migrantes, los medios de comunicación o los musulmanes; sus propuestas, que implican la violación masiva de derechos civiles y humanos, y sus declaraciones mesiánicas, combinadas con su populismo, que llevan a una constante comparación con elementos de Mussolini, Hitler, Berlusconi, Ross Perot, George Wallace y más– está la ausencia de una movilización masiva, gigantesca, en su contra, en las calles, en las plazas, en sus festejos y actos, con un lema histórico y sencillo: No pasarán.

Claro que hubo protesta, pero no la suficiente para impedir que por primera vez en la historia del país una expresión con tintes fascistas se encuentre en la antesala de la Casa Blanca y no se sabe si pasarán o no.

La pregunta que más está en el aire es ¿cómo es posible que Trump tenga posibilidades de ganar?

Sea cual fuere la explicación –y es sumamente compleja, pero gira sobre las consecuencias de la aplicación de políticas neoliberales durante tres décadas, las divisiones y corrientes históricas de un país, sus dramáticos cambios socioeconómicos y demográficos, y una mayoría que ya no confía en las instituciones políticas del país–, ya nadie puede apostar sobre qué sucederá no sólo en las próximas 48 horas, sino en los próximos meses y años en este país.

Una de las cosas que quedan al descubierto en esta elección es el estado de putrefacción de la clase política. La mayoría expresa eso en casi todo sondeo, y los dos candidatos insurgentes dentro de los dos partidos principales sorprendieron a las cúpulas justo porque la respuesta popular a su mensaje de que el sistema está amañado, y sobre todo en el mensaje del socialista democrático Bernie Sanders de que la democracia está secuestrada por una oligarquía y el pueblo la tiene que rescatar, generó una ola que continúa haciendo temblar a los más poderosos.

A veces la cúpula de este país se parece a la de un país bananero bajo control de unas cuantas familias y donde los dueños de la nación y sus títeres, sin importar sus disfraces políticos, juegan, cenan y se casan entre sí. Hay una foto famosa de Bill y Hillary Clinton muertos de risa al lado de Donald Trump y su esposa Melania en la fiesta de la boda del multimillonario en su mansión en Florida, en 2005. El ex presidente fue invitado a ser miembro del club de golf de Trump en Nueva York, donde ambos han jugado juntos antes de esta contienda. El republicano donó miles a las campañas electorales de Hillary al Senado, y unos 100 mil dólares de su fundación a la Fundación Clinton.

Pero este año se vino abajo el escenario construido por los dueños del sistema para el gran espectáculo titulado democracia, donde el pueblo no tiene un papel estelar, más bien es un extra. Todo quedó al descubierto, aunque los políticos están insistiendo en que el show tiene que seguir.

Por ahora en este show desgastado, frente al Frankenstein que surgió del pantano republicano, no queda más que una sola opción. Maureen Dowd, columnista del New York Times, escribió en agosto que el sector republicano tradicional, asqueado por Trump como su abanderado, no debería preocuparse porque “ya tiene a alguien del uno por ciento que estará perfectamente bien en la Oficina Oval, alguien en que pueden confiar para ayudar a Wall Street, apoyar a la Cámara de Comercio, abrazar a los hedge funds, asegurar los acuerdos comerciales tan queridos por el empresariado estadounidenses, que buscara consejo de Henry Kissinger y promoverá la posición halcona, desatando el infierno sobre Siria y quien sabe dónde más. Los republicanos tienen a su candidata: Hillary Clinton”.

Si gana el Frankenstein insurgente, el outsider. no necesariamente habrá la revolución que promete: ya se filtró que su potencial secretario del Tesoro es un alto ejecutivo de Goldman Sachs, esa misma empresa que le pagaba casi un cuarto de millón de dólares por discurso a Hillary Clinton. Al final, la casa (las casas bursátiles) nunca pierde en este juego democrático.

A la vez, algunos dicen que esta coyuntura podría ser un amanecer. Si Trump es derrotado, intelectuales como Noam Chomsky o el historiador Eric Foner señalan que movimientos sociales recientes, casi todos encabezados por jóvenes, desde Ocupa Wall Street a la insurgencia electoral de Sanders, a Black Lives Matter, los dreamers, los del movimiento ambientalista, ahora encabezado por indígenas, están moviendo el panorama hacia la izquierda y por ello podrán obligar a Clinton y otros en la cúpula a tener que responder a sus presiones, abriendo así un capitulo liberal después de frenar la noche derechista. Casi donde veas, algo está sucediendo entre fuerzas pro democráticas en este país, afirmó Chomsky recientemente. “¿Cómo se desarrollarán? Pues eso depende de nosotros… El activismo de las últimas dos décadas esta ahí en algún lugar. Sólo necesita organizarse”.

Mientras tanto, en las próximas horas tal vez se necesita susurrar (mejor gritar) con un poquito de esperanza en los patios de todas las casas: Estirar, estirar, que el demonio va a pasar.

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Ni Trump es Barba Azul, ni Hillary Juana de Arco

Lun, 07/11/2016 - 07:00
Augusto Zamora, Público

Implacable ha sido –sigue siendo- una generalidad de medios de comunicación con el candidato republicano Donald Trump, dentro y fuera de EEUU. Tales medios funcionan como una orquesta sincronizada -vaya usted a saber desde dónde o desde qué-, para caricaturizar a Trump e idealizar a Hillary. Las noticias y los análisis han convertido las elecciones estadounidenses en una simplista y maniquea lid entre “Hillary la buena” y “Donald el malo”. Hillary, moderna Juan de Arco, y Donald, un siniestro Barba Azul.

Poco tienen que ver tales noticias y análisis con la realidad de la política de EEUU. De entrada, debe entenderse que los presidentes, en EEUU, no suelen cambiar mayormente las líneas de mando del país, que mantienen inalterables sus constantes esenciales. El demócrata Kennedy inició la guerra contra Vietnam, la continuó otro demócrata, Johnson, y la elevó a niveles criminales el republicano Nixon. Ocho años de mandato de Barack Obama, primer presidente negro de su historia, no sirvieron para cambiar en nada la situación de los llamados afroamericanos (significativo, por demás, que a los blancos no se les llamen euroamericanos y que los indios sigan siendo vistos como no americanos). Bien al contrario, sus dos últimos años de presidencia estuvieron marcados por un repunte de la violencia policial contra sus ¿hermanos? de raza, al punto que la expresión ‘tiro al blanco’ en EEUU es un real y dramático tiro al negro. Intentar remover las raíces profundas del racismo estadounidense habría generado rechazo en demasiada gente, razón por la cual era conveniente dejar las cosas como estaban.

Trump, conocedor del peso de los votantes blancos (69% del total del censo) y del racismo visceral de muchos de ellos (véase la película de Alan Parker, Arde Mississippi, 1988), decidió hacer de la inmigración, sobre todo hispana, un tema electoral dado que, para esos votantes blancos, la mayor amenaza a su supremacía racial proviene de los hispanos, cuyo flujo incesante no hay forma de parar. Las cifras apuntalan el temor de los euroamericanos: los hispanos han pasado de 15 millones en 1980 a 55 millones en 2015 y llegarían a 100 millones en 2050. Estados hay (California, Arizona, Florida…) donde el auge de la población hispana está haciendo minoría a los euroamericanos. La imagen de un muro de 3.000 kilómetros que separe a EEUU de México alivia el horror de esos blancos, algo que no debería sorprender en esta Europa que, en dos años, ha llenado muchas de sus fronteras de alambradas, vallas, policías, soldados y perros para detener la marea de inmigrantes que huyen de la guerra y el hambre. Por eso resulta más que hipócrita criticar a Trump por proponer un muro -que no se construirá: una cosa es andar en campaña electoral, otra ser presidente-, muro que en Europa no es demagogia electorera, sino realidad apoyada por amplias capas de población devota del racismo.

Es de preguntarse, por otra parte, si la campaña demoledora contra Trump (que no es santo de nuestra devoción, preciso es aclarar) no tiene sus raíces en una visión menos confrontativa del mundo, comparada con la de Hillary. Trump considera que interesa a EEUU entenderse con Rusia, limitar el gasto militar estadounidense para ‘proteger’ a países aliados (que los europeos, por ejemplo, corran con los gastos de su ‘protección’) y resguardar el empleo en el país, luchando contra la deslocalización y, por inevitable, poniendo vallas a los productos asiáticos, sobre todo chinos. Hillary ha caminado por otros derroteros. Apoyó la invasión de Iraq y la destrucción de Libia y es partidaria de que EEUU quite y ponga gobiernos donde considere menester. También cree que Rusia y China son enemigos mortales y que EEUU debe atiborrarse de armas para hacerles frente y mantener a cualquier costo su supremacía mundial. Para Hillary, EEUU sigue siendo “el país indispensable”, “un país excepcional”. “Estoy convencida de que, como decía Lincoln, seguimos siendo ‘la última y mejor esperanza de la Tierra’”. Y la “última y mejor esperanza de la Tierra” debe gobernar el mundo, incluso contra su voluntad, aunque para ello deba destruir todo lo que se le oponga. Si esa es la alternativa a los exabruptos de Trump, es de presumir que Trump es el mal menor, pues no hay nada más peligroso que los fanáticos, vístanse como se vistan o quieran ellos ser vestidos.

No debe olvidarse el peso demoledor que tiene el complejo militar-industrial en EEUU. Este país, aunque genera hoy el 18% de la economía mundial, realiza el 55% del gasto militar del planeta. 600.000 millones de dólares anuales, cantidad lo suficientemente abultada para cortar las alas a cualquier presidente que quiera afectar en negativo los intereses de este complejo, que nada tiene que ver con el de Edipo. 600.000 millones de dólares repartidos a dedo por el gobierno pues, por razones de ‘seguridad nacional’, ninguno de los grandes contratos está abierto a licitación pública. Para mantener ese gasto disparatado hacen falta enemigos y, si no los hay, preciso es inventarlos. Como en 1984, la premonitoria novela de Orwell, la consigna del complejo militar-industrial de EEUU es “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. Así EEUU llena Europa de bases y contingentes militares y quiere meterle a Rusia sus misiles en las costillas, esperando que Rusia reaccione y caiga en la trampa de una nueva carrera armamentista. Por eso envían sus portaaviones al Mar de la China, para crear un ambiente pre-bélico que justifique las inversiones militares del año siguiente.

Otro dato debe arrojar pistas. El resultado de las últimas encuestas, que indicaban un gran repunte de Trump o, incluso, que ganaba a Hillary, hizo tambalearse a bolsas y mercados (que son lo mismo). Por la experiencia de España sabemos que, cuando las bolsas tiemblan, es que el establishment siente que se le mueve el piso. Alarma sin sentido: gane quien gane, una vez ungido, se integrará en el establishment y las aguas volverán a un cauce que nunca abandonaron. Pasa, simplemente, que Hillary es valor seguro y asegurado a lo largo de sus extensos andares en política, mientras que Trump, gallo de pelea, candidato salido contra los deseos del apparachik republicano, no goza –aún- de las bendiciones del establishment. Tranquilos, si gana, será otra oveja del redil, pues ni es, ni pretende ser, otro Lenin, ni su fortuna proviene de practicar la caridad.

De risa es que, en la campaña electoral, desfilen misses agraviadas por el súper macho que dice ser Trump. Tiene Hillary, en eso, el techo de cristal, pues su marido Bill no es, precisamente, ejemplo de respeto a las mujeres. Bill era incluso peor, pues para intentar tapar el hipócrita “escándalo Lewinsky” mandó a bombardear Sudán, destruyendo en el bombardeo la única fábrica de medicamentos del país. Es preferible un Trump haciendo de ramplón Tenorio que un Bill matando inocentes para tapar la apresurada felación de una becaria. En realidad, ambos son abominables, pero eso es lo que produce EEUU.

Paga Trump el haberse expresado bien del presidente ruso, Vladimir Putin, la gran bestia negra de la OTAN, pues no perdona que Putin le haya parado los pies en Georgia, Ucrania y Siria. Haber afirmado que “Putin es mejor líder que Obama” hizo chirriar los goznes de la herrumbrosa y paranoica musculatura de la OTAN. No obstante, Trump dijo una verdad. Putin ha sido más inteligente que Obama y la Merkel, ya no digamos que Holland. Sería ese el punto desde donde Trump podría –subrayamos ‘podría’- ser menos dañino que Hillary. Con la señora Clinton en la presidencia de EEUU las posibilidades de proliferación de conflictos mundiales y armas se disparan. Con Trump hay una modesta esperanza de acuerdos con China y Rusia, es decir, de paz mundial.

Todo esto no deja de ser especulaciones. Como afirmaba hace pocos días el periodista Stephen Kinzer (no confundir con Stephen King), desde The Boston Globe, EEUU “no tiene la costumbre de comprometerse con otros países”. Lo suyo es el Big Stick. Esa es, al menos, la doctrina de Hillary. Puede que Trump, bisoño en estas lides, tenga más tendencia a buscar acomodos diplomáticos. Si no es así, habrá que dejar de lado libros y elucubraciones y dedicarse a cavar trincheras. Cuanto más hondas, mejor, que Rusia y China están cada vez más preparadas para poner en su sitio al “país indispensable” que –ya va siendo hora- sería bajado de su nube supremacista de la única forma que entiende: a misilazos. Y colorín colorado, el cuento se habrá acabado.

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