Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenohttps://plus.google.com/109915989698098076984noreply@blogger.comBlogger5015125
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España: desempleo, desigualdad, pobreza

Dom, 04/05/2014 - 10:00
El 12% de la poblacion española que trabaja no gana para escapar de la pobreza.

Miguel Bernal Alonso, El Economista
Podría parecer una broma de muy mal gusto que previamente a la celebración del Primero de Mayo, fiesta del trabajo, se publicase la EPA -Encuesta de Población Activa- que se dio a conocer el día anterior, pero no lo es. La encuesta refleja de forma desoladora el paisaje que la crisis deja en España y que se define como desempleo, desigualdad y pobreza. La actual crisis, que guarda grandes similitudes con el crack del 29, se ha cebado en España, cuyo mercado laboral presentaba ya una situación muy complicada, la famosa rigidez y bipolaridad de contratación.

La reforma laboral, impuesta desde Europa e impulsada por Alemania, se ha realizado en el peor de los escenarios posibles. Por más que se quiera no puede achacarse las cifras de desempleo a la misma, sino a la tremenda caída de la actividad. Quizá, y como algunos servicios de estudio nos dicen, la reforma haya incluso salvado puestos de trabajo pero con ello no basta, no podemos sentirnos satisfechos, ni podemos fiar la recuperación del trabajo a la recuperación económica. El crecimiento va a ser lento, falta de vigor, insuficiente a todas luces para absorber la enorme destrucción de empleo y sigue sin estar exento de riesgo de recaída.

Si se analizan los datos del primer trimestre, la caída del desempleo arroja una cifra muy tibia, tan solo desciende en 2.300 personas, muy poco dado que el número de total de parados es de 5.933.000 personas y que tiene un claro reflejo en la subida de dos décimas del desempleo frente al trimestre precedente. Pero de la tibieza al escalofrío: la destrucción de empleo, aquellas personas que han perdido el trabajo, es de 184.600 personas; la población activa -personas en edad de trabajar que están ocupadas o paradasdesciende siguiendo la tendencia iniciada en el 2011, peor aún es que la misma se agudiza y que lleva a la ratio de actividad a situarse en el 59,46 por ciento, la más baja desde el segundo trimestre de 2007. Esa son las frías cifras del tremendo desempleo generado durante esta crisis.

Pero además del impacto directo del desempleo la crisis deja una enorme desigualdad, abriendo una brecha que todavía se antoja que tardará mucho más en cerrarse. No hace falta salir de la EPA para ver esta desigualdad: en el trimestre el número de asalariados por cuenta propia desciende y aún cuando se suaviza la tasa de temporalidad de la misma es del 23,13 por ciento; los trabajadores a tiempo parcial se incrementan y son ya el 16,20 por ciento; la reducción del desempleo no se produce en las personas que tienen 55 años o más; continúa aumentando el paro de larga duración o superior a un año, así como el de los que buscan su primer empleo. La desigualdad se traduce en segmentación de trabajadores, precariedad, temporalidad, aumento de los falsos autónomos o si prefieren sustitución de contratos laborales por mercantiles.

Junto a estas cifras, y aún cuando no se recojan en la EPA, habría que recordar que los costes laborales unitarios, salarios si se prefieren, encima han caído como Banco de España nos decía recientemente. Lo peor es que la suma de desempleo y desigualdad conduce a pobreza. La EPA apunta a ello, lo sugiere, hay algún dato revelador como que disminuye el número de hogares donde todos sus miembros están ocupados o aquel que cifra en casi dos millones las familias en donde todos sus miembros están parados, pero para retratar la pobreza es mucho mejor una organización como Caritas, que día a día pulsa la realidad de la calle. Su informe es meridianamente claro: España tiene el segundo mayor índice de pobreza infantil de la Unión Europea, situándose nueve puntos por encima de la media europea; la tasa de abandono escolar prematura es la mayor de Europa con un 24,9 por ciento frente al 12,7 europeo; existen 13 millones de españoles en niveles de tasa de pobreza; las personas mayores se ven especialmente afectadas por la crisis, algo preocupante si tenemos presente que en muchos hogares son las pensiones de jubilación los únicos ingresos; el 12 por ciento de la población española que está trabajando no gana para escapar de la pobreza.

¿Es exagerado identificar desempleo, con desigualdad y con pobreza, como dice el título de este artículo? No, no lo es. La OCDE, que no es precisamente alarmista ni extremista, viene diciendo que el desempleo y los contratos temporales son los causantes del aumento de la brecha social que esta crisis deja. Es por tanto necesario acabar la reforma laboral y suprimir la dualidad imperante de los contratos fijos y temporales; es necesario un contrato único lo antes posible; es necesario una formación orientada al mercado laboral y que se compagine con un contrato laboral que sea dual para enganchar a los jóvenes y a trabajadores con baja cualificación; es necesario mini jobs para que no aumente los parados de larga duración ni se desvinculen del mercado labora; es necesario una política activa e incluso con subsidios ligados a formación para los parados de mayor edad; es necesario rebajar los costes agregados -coste fiscal y despido- para incentivar la contratación; es necesario incentivos fiscales que promuevan la contratación no precaria. Son necesarias políticas sociales para poblaciones infantiles dentro de la pobreza, para desempleados de larga duración. Pero sobre todo es necesario políticas de expansión económica en lugar de tanta austeridad, el antídoto contra el paro se llama actividad.

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Lento crecimiento de Estados Unidos confirma el estancamiento secular de la economía mundial

Sáb, 03/05/2014 - 21:24
El crecimiento de Estados Unidos se estancó en los tres primeros meses del año dando nueva evidencia de que la expansión económica tras la crisis 2008/2009 sigue siendo la más débil de la historia moderna. El producto interno bruto creció a una tasa anual de 0,1 por ciento en el primer trimestre, lejos del 1,1 por ciento que esperaba el mercado. Este hecho confirma la debilidad que atraviesa la economía mundial y trae al tapete una antigua preocupación de la investigación económica: el estancamiento secular.

Como he apuntado en otros post (ver aquí y aquí), el déficit crónico de la inversión impulsado por la debilidad de la demanda y el consumo, está implicando una ralentización global de la economía. El volumen de la actividad económica en los países desarrollados sigue siendo muy deprimido y lo que se observa es un estancamiento económico persistente. Los bajos salarios, la alta deuda pública y privada y la caída de la inversión - pese a que la tasa de interés se encuentra en mínimos históricos- propagan un escenario al estilo japonés con una "década perdida" para el mundo.
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A veinte años del Apartheid

Sáb, 03/05/2014 - 10:01
Emir Sader, Público

Al mismo tiempo en que conmemoran los 20 años de la elección de Nelson Mandela como presidente y el fin del apartheid —el pasado 24 de abril—, Sudáfrica se prepara para su quinta elección presidencial, el 7 de mayo. El contraste no podría ser más grande entre la gesta del final del régimen de apartheid —simbolizado por la figura de Nelson Mandela, más engrandecida todavía con los ceremoniales por su muerte— y el descontento y desánimo con las nuevas elecciones presidenciales.

El contraste es claro entre el consenso obtenido por el fin del apartheid y la sociedad que es hoy Sudáfrica. La falta de interés por la quinta elección presidencial es un claro reflejo. Paralelamente, hubo una mejoría significativa en la situación de las capas medias negras. Por otra parte, el Estado posapartheid ha creado mecanismos de participación popular para sectores más amplios de la población.

Sin embargo, la promesa de que el fin del apartheid significaría “una vida mejor para todos” está lejos de concretarse. Hay una diferencia neta entre la trasformación política del fin del régimen de apartheid y el marco del mantenimiento de las condiciones sociales heredadas.

Todo se puede entender a partir del mismo pacto político de transición hacia la Sudáfrica post apartheid. Las negociaciones de paz fueron posibles por la lucha del pueblo sudafricano y por la solidaridad internacional, pero no fueron suficientes para derrotar simplemente el gobierno del apartheid, que contaba con superioridad militar y el apoyo de Estados Unidos. Los acuerdos han representado el fin del régimen del apartheid, pero no han traído al país la trasformación democrática de sus estructuras económicas.

No es que todo sea igual que antes. Los gobiernos del ANC (Congreso Nacional Africano) han incrementado los gastos en políticas sociales, se ha ampliado la clase media negra y, sobre todo, algunos sectores negros fueron anexados a la élite del país. Pero la gran masa de la población sigue viviendo en condiciones miserables, con un desempleo que ya superó el 20 por ciento, con índices del doble entre los negros.

Desde el comienzo del fin del apartheid, los gobiernos sudafricanos firmaron acuerdos con el FMI, con todas las consecuencias que conocemos. El momento del fin del apartheid coincidió también con el fin de la URSS y el clima del Consenso de Washington. Lo cierto es que esos acuerdos han entregado a los negros –a través de su partido, la ANC– el control de la política, pero dejaron a los blancos el control de la economía.

Los controles sobre la circulación de capitales fueron aflojados, empresas estatales fueron privatizadas, no se priorizaron las políticas sociales. La economía creció hasta la crisis internacional iniciada en 2008, frente a la cual Sudáfrica careció de mecanismos de defensa, desarticulados por políticas económicas neoliberales.

Como resultado del clima de desánimo y desconcierto, el presidente Jacob Zuma puede ser reelegido en mayo, pero con muchos sectores populares votando por pequeños partidos, algunos por DA –el principal partido opositor, liberal, con predominio de los blancos– y con sectores descontentos dentro del ANC haciendo campaña por “no votar”.

Después del fin del apartheid, Sudáfrica tuvo un gobierno de Nelson Mandela, dos de Thabo Mbeki y uno de Zuma, que puede ser el último del ANC, si sectores de la oposición –liberales por un lado, partidos menores de izquierda, por otro– logran capitalizar el enorme descontento en el país, a 20 años del régimen posapartheid.

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Brasil: la olla de presión puede estallar

Sáb, 03/05/2014 - 03:10
Raúl Zibechi, La Jornada

Lejos de ser una imagen apocalíptica de un militante radical, es la lectura que hizo el ministro de la Secretaría General de la Presidencia, Gilberto Carvalho, al salir el martes 29 de un encuentro con movimientos sociales en Río de Janeiro, donde fue increpado y abucheado por militantes contrarios al Mundial de Futbol. El ministro aceptó que una parte de la sociedad piensa de ese modo, pero que se trata de una pequeña vanguardia. Agregó que las críticas son la olla de presión que explota ( O Estado de São Paulo, 29/4/14).

En el gobierno hay preocupación por lo que pueda suceder durante el Mundial. El nivel de rechazo al encuentro deportivo ha venido creciendo de forma sostenida. Según la empresa de opinión pública Datafolha, éste fue apoyado por 79 por ciento de los brasileños en 2008, cifra que cayó a 48 por ciento en abril (datafolha.folha.uol.com.br, 8/4/14). La mayoría de la población afirma que no volvería a postular al Brasil como sede de un Mundial.

Las razones son muchas: desde el despilfarro de dineros públicos en las obras de los estadios, que benefician a un puñado de grandes constructoras mientras escasean recursos para salud, educación y transporte, hasta la expulsión de miles de personas de sus barrios para ampliar aeropuertos, autopistas y estadios, a lo que se agrega la legislación que impone la FIFA, que impide la venta ambulante en las cercanías de los estadios, y un conjunto de disposiciones sentidas como agravios por buena parte de la población.

Pero el dato central es la rebelión que se propaga desde las favelas, sobre todo en Río y en São Paulo. En los últimos meses el activismo en las favelas crece a la par de la violencia policial, y por momentos se desborda hacia el asfalto. Podemos observar, en el último año, tres momentos en este creciente activismo.

El primero se registró un año atrás, en la coyuntura creada por las manifestaciones de junio. Pese a la dura represión (balas de goma en el asfalto y balas de plomo en la favela), las movilizaciones de los favelados comenzaron a crecer. En julio se multiplicaron por la desaparición del albañil Amarildo de Souza en la Unidad de Policía Pacificadora (UPP) de la favela Rocinha. El hecho se convirtió en símbolo de las torturas y asesinatos de la policía militar.

En diciembre y enero fueron los rolezinhos, la salida masiva de jóvenes de las favelas para divertirse, bailar funk y cantar en los grandes centros comerciales. Este fenómeno se produjo sobre todo en São Paulo, llegando a congregar hasta 6 mil adolescentes que fueron recibidos con insultos por clientes y empleados, y a golpes por la policía y los guardias privados de los shoppings. En Brasil el funk es considerado un género emparentado con el narcotráfico y suele ser perseguido.

El tercer momento se está viviendo ahora mismo. El 16 de marzo Claudia da Silva Ferreira fue herida por la policía militar en una operación en la favela Morro da Congonha, en Río. Su cuerpo fue colocado en el maletero del coche patrulla para llevarlo al hospital pero, al abrirse la puerta, cayó al pavimento y fue arrastrado 300 metros; falleció en el trayecto. Las redes difundieron la filmación, que provocó una oleada de indignación.

El 22 de abril apareció el cuerpo del bailarín de la Tv Globo Douglas Rafael da Silva en una guardería de la favela Pavao Pavaocinho, adonde había ido a visitar a su hija de cuatro años. Como los demás, fue confundido con narcotraficantes y muerto a golpes. Días después cientos de manifestantes ocuparon la avenida Nuestra Señora de Copacabana, cercana a la favela, gritando Policía asesina. En la represión, un niño de 12 años fue muerto por la policía. Como siempre, la policía mintió y fue la población la que mostró evidencias que la inculpan.

Lo nuevo es la capacidad de expresar la rabia en una de las principales avenidas de uno de los más coquetos barrios de Río de Janeiro. Tres hechos están en la base de la creciente movilización de los pobres urbanos.

Las políticas sociales están mostrando límites. En los primeros años del gobierno de Lula (2003-2011), las transferencias monetarias y los sucesivos aumentos del salario mínimo consiguieron mejorar de forma sustancial los ingresos de los más pobres. Con los años enfrentan otros problemas: baja calidad de los servicios, sobre todo salud y educación, y pocas posibilidades de acceder a mejores empleos.

En segundo lugar, las políticas de contención policial, complementarias de las sociales, han fracasado. Las UPP, instaladas en 38 de las 700 favelas de Río, no solucionan el problema del narcotráfico y empeoran la vida de la población. El sociólogo José Claudio Alves sostiene que las UPP son una fuerza de ocupación, y no una fuerza de cambio de la lógica política, económica, social y cultural de las comunidades ( IHU Online, 14/4/14).

Por un lado, impiden las manifestaciones culturales de las favelas asociadas al funk. Por otro, afectan las ganancias del negocio narco, pero no el negocio en sí. No alteran la esencia del crimen organizado, alteran sólo la forma de funcionar, dice Alves. Para desarticular a las bandas criminales se debería atacar al propio aparato estatal, como la policía, que es la que las organiza.

En tercer lugar, los favelados están perdiendo el miedo. Antes de ocupar las avenidas gritándole a la cara ¡asesinos! a los policías, han ensayado largo tiempo la rebelión en sus espacios seguros. Son siglos de agravios acumulados. Las obras del Mundial son un insulto adicional. En la favela Morro da Providencia (pegada a la bahía de Guanabara y al puerto), la única plaza fue ocupada por el enorme soporte del teleférico, para que los turistas puedan fotografiar a los pobres, desde arriba y en un lugar seguro.

Ya se sabe lo que sucede cuando los de abajo pierden el miedo. En algún momento, las multitudes van a ocupar las anchas avenidas. Es posible que aprovechen los focos del Mundial. Sólo es cuestión de tiempo.

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El calentamiento global generará climas inéditos, extremos y catastróficos

Ven, 02/05/2014 - 16:05

Aunque el deshielo y la disminución de los casquetes polares son la cara más conocida del cambio climático, el calentamiento global tendrá consecuencias muy graves también en otras regiones, especialmente en los trópicos, donde las variaciones de temperatura y humedad darán lugar a climas inéditos hasta ahora.

Predecir o anticipar cómo van a reaccionar las especies a estos cambios del clima es una incógnita para la ciencia y un reto para la conservación de la biodiversidad pero cuanto mejor entendamos las implicaciones del cambio climático, mejores serán las estrategias de conservación.

Esta es la principal conclusión de un estudio liderado por el investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) y catedrático de Biogeografía Integrativa del Imperial College de Londres, Miguel Araújo, y que se publica hoy en Science. El estudio, en el que también han colaborado las universidades de Copenhague, Évora y Helsinki, toma como base quince modelos climáticos (proyecciones de cómo será el clima en el futuro) elaborados por el IPCC, el grupo de expertos creado por la ONU para investigar el cambio climático.

Partiendo de las variables de esos modelos (temperatura, viento, precipitación media anual, etc), los investigadores han generado unas métricas o mediciones de cambio climático y las han relacionado con sus impactos en la biodiversidad, algo que no se había hecho hasta ahora. "Por ejemplo, si el desierto del Sáhara se desplazara 300 kilómetros al norte, la biodiversidad adaptada al desierto tendría que moverse una distancia equivalente; si hay un deshielo en el casquete polar del cincuenta por ciento, eso generaría una reducción del hábitat de muchas especies del 50%... etcétera", explica Araújo.

Comparaciones como éstas han permitido poner de manifiesto que en función de en qué lugar del planeta se encuentren, las especies experimentarán los cambios de una u otra forma. En algunas regiones, el cambio climático podrá provocar la aparición de climas distintos y más extremos que los que hay ahora, o incluso podrá hacer que surjan climas inéditos hasta ahora. "Los trópicos es donde más probabilidad hay de que aparezcan climas que actualmente no tienen ningún análogo, lo que no significa que no hayan existido en un pasado remoto".

Cualquiera de estos cambios generarán una serie de cambios para la biodiversidad que son, hoy por hoy, imposibles de predecir pero que obligan a tomar medidas y a anticiparse de alguna manera, al menos, para mitigar estos cambios. Por eso, aunque seguir con las medidas tradicionales de mitigación del cambio climático basadas en la reducción de la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera es "algo necesario", por sí sólo "no van a resolver el problema".

De hecho, la magnitud del cambio climático es tal que "aunque parásemos las emisiones de CO2 desde hoy mismo, algunas consecuencias ya no se pueden evitar", reconoce el investigador. Por eso, concluye el estudio, aunque las medidas globales de mitigación siguen siendo esenciales, es primordial intentar reducir los impactos climáticos en la biodiversidad de manera local y "hacer cosas distintas en cada lugar".
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Tomado de Público.esUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Ocho predicciones sobre la economía en el siglo XXI

Xov, 01/05/2014 - 21:41

En los albores del nuevo milenio, el escritor sudafricano Wolfgang Grulk publicó el libro ’10 lecciones del futuro’, en el que trató de adivinar la tendencia de una nueva era económica del siglo XXI. Algunas de sus predicciones se han hecho realidad. El sitio ruso vestifinance.ru enumera ocho predicciones directamente relacionadas con la economia

1. Habilidades e ideas son más importantes que el conocimiento
“Lo importante será no lo que uno sabe, sino cómo puede aplicar ese conocimiento”. De hecho, las universidades hoy en día tratan de orientarse no solo a la transferencia de conocimientos a los estudiantes, sino también de satisfacer la demanda del mercado. Esta tendencia se ha marcado desde hace tiempo, pero en realidad, en este siglo, el número de multimillonarios ingeniosos empezó a crecer rápidamente.

2. División de las empresas, rotación en gestión
Grulk utilizó el término del “caos positivo”, diciendo que en las empresas se reducirá el papel del CEO y crecerá la influencia de otros empleados. ¿Podemos considerar el retiro de los líderes significativos de las compañías estadounidenses, como Steve Jobs y Bill Gates, como una confirmación de su predicción?

3. Pasar de la seguridad al riesgo
“Incluso los jugadores más potentes del mercado preferirán asumir los riesgos con fines de lucro. Apoyándose en la gestión diversificada, encontrarán un equilibrio entre el riesgo y la fiabilidad que les permitirá sobrevivir en los tiempos de la crisis económica”. Actualmente, la creciente popularidad de las inversiones del capital emprendedor indica la presencia del ‘apetito por el riesgo’.

4. La dependencia de los ‘predictores’
“En el siglo XX, las compañías miraban hacia el futuro solo en el contexto de lo que les había sucedido en el pasado. El nuevo siglo será menos predecible, así que la única posibilidad de sobrevivir será adaptarse al instante a las nuevas realidades”. De hecho, la crisis del 2008 y otras perturbaciones han demostrado la capacidad de algunas empresas de sobrevivir por su cuenta, incluso en el contexto de la caída de la actividad económica en general, porque a tiempo adivinaron qué productos estarán en demanda.

5. Innovaciones en lugar de la competencia
“Las empresas de éxito del siglo XXI tratarán de alejarse de la competencia mediante el desarrollo de tecnologías y productos que aún no están en el mercado. Va a crecer la popularidad de la educación en nuevas áreas, y los inversores van a invertir en ideas únicas”.La predicción se cumple, es más, incluso los más grandes jugadores están intensificando sus actividades en el mercado M&A con el fin de comprar las últimas tecnologías que no tienen análogos.

6. Un mundo sin fronteras
“La globalización finalmente borrará las fronteras entre los países, y las empresas que tratarán de respaldarse solo en la ‘demanda en casa’, perderán”. Cabe señalar que la situación política a menudo demora los procesos de la globalización en la economía, sin embargo, el número de las firmas que salen fuera de sus fronteras nacionales, está creciendo de manera constante.

7. Personalización
Wolfgang Grulk predijo que diversas áreas de nuestras vidas que han representado hasta ahora unos sistemas centralizados (por ejemplo, la sanidad pública y energía) se desintegrarán gradualmente en celdas separadas. Todavía es difícil de decir si acertó el escritor con esta idea o no, pero el desarrollo de tecnologías de energía —desde los coches eléctricos y paneles solares hasta pilas de combustible— indica la posibilidad de reducir la dependencia de una persona del Estado, al menos en esta área.

8. Siglo de la biotecnología
“El XXI será el siglo de la biología y la biotecnología”. Esta predicción aún no se ha hecho realidad. La genética todavía no se ha convertido en un sector económico clave, y el mercado percibe con desconfianza los alimentos genéticamente modificados.

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Las falacias neoliberales sobre el trabajo

Xov, 01/05/2014 - 11:01
Emir Sader, AlaiNet

Entre sus propuestas de desregulación, el neoliberalismo puso fuerte énfasis en la de “flexibilización laboral”. Estas palabras atrayentes – así como la de “informalización” – lo que esconden es la precarización de las relaciones de trabajo, es el trabajo sin contrato.

Esta fue uno de las trasformaciones más importantes del neoliberalismo. Junto a ella, promovió la desaparición de las temáticas del mundo del trabajo. El alza del desempleo y del trabajo precarizado son justificados por lo que llaman de “desempleo tecnológico”, alegando que la tecnología necesita menos mano de obra, produciendo más con menos trabajadores, dados los aumentos de productividad.

Se plantea al trabajador la disyuntiva de seguir empleado, pero bajando la productividad y la competitividad de la empresa y del mismo país o salir del mercado para mejorar su calificación y retornar después. En verdad no hay el tal “desempleo tecnológico”.

Cuando hay aumento de productividad, significa que se puede producir la misma mercancía en menos tiempo, pongamos, la mitad del tiempo. No se deduce inmediatamente de ahí que se debe expulsar trabajadores. Hay tres alternativas: o se produce el doble de la misma mercancía y se mantiene a todos los trabajadores empleados. O se produce la misma cantidad de mercancías y se disminuye la jornada de trabajo por la mitad. Entonces – lo que suele ocurrir – es que se sigue produciendo la misma cantidad de mercancías y se echa a la mitad de los trabajadores.

No es la tecnología la que echa a los trabajadores. Es la lucha de clases, es quien se apropia del desarrollo tecnológico, que puede servir sea para disminuir la jornada de trabajo o para aumentar las ganancias de los empresarios.

Cuando se inventó la luz eléctrica, la primera consecuencia no fue el mejor bienestar en la casa de las personas, sino la introducción de la jornada nocturna de trabajo. La culpa no la tuvo Thomas Edison, sino la apropiación de ese invento para extender la jornada y la super explotación de los trabajadores.

Desde que se hizo la crítica al paradigma de la centralidad del trabajo, como visión reduccionista respecto a las otras contradicciones, se ha impuesto una tendencia opuesta, la de hacer del trabajo una actividad menor, sin trascendencia. Exactamente cuándo, como nunca antes, la gente vive de su trabajo. En actividades heterogéneas, diversificadas, a menudo con el mismo trabajador en varios empleos a la vez. Pero trabajan hombres y mujeres, enfermos, jóvenes y niños, blancos y negros: todos o casi todos viven de su trabajo.

Sin embargo, el tema del trabajo casi ha desaparecido, incluso en el pensamiento social, donde la sociología del trabajo pasó, en pocas décadas, de las ramas más buscadas a una más entre otras. La mídia invisibiliza la actividad que más ocupa a más gente en el mundo: la actividad laboral. Como si la tecnología hubiera reducido el trabajo a una actividad virtual, sin esfuerzo físico, sin desgaste de energías, sin la super exploración de jornadas agotadoras e interminables.

Para completar, intentan pasar el primero de mayo como Día del trabajo y no del trabajador.

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El significado del 1º de mayo, dia del Trabajo

Xov, 01/05/2014 - 09:01
Iñaki Gil de San Vicente, Rebelión

1.- Hechos
El 1 de mayo de 1886 se inició una huelga obrera en Chicago para reducir a ocho horas diarias el tiempo de trabajo. Esta huelga era parte de un amplio movimiento de las masas obreras y populares en los EEUU para reducir la durísima jornada de trabajo que llegaba hasta las 12 y 14 horas durante seis días a la semana, en muy penosas condiciones laborales, con disciplinas muy duras, con despidos inmediatos, con abusos de todas clases incluidos los sexuales contra las trabajadoras, con explotación infantil, sin derechos sociales ni políticos, sin cobertura sanitaria pública, etcétera. Condiciones espantosas que también se sufrían en la Europa del momento, impuestas a la fuerza desde los orígenes mismos del capitalismo industrial a finales del siglo XVIII en Inglaterra e incluso antes, en el capitalismo manufacturero, impuestas muchas veces con la intervención militar salvaje. En 1868 el movimiento obrero había logrado gracias a muy duras luchas anteriores conquistar la jornada de 8 horas pero solo para un sector de la clase: el explotado en las empresas públicas y servicios estatales, aunque la patronal boicoteó esa ley todo lo que pudo. Y en 1874 se redujo la jornada a 8 horas a otras franjas obreras.

Alrededor de 340.000 trabajadores secundaron las huelgas y movilizaciones; trabajadores de todas las ramas productivas y de servicios, de sexos y edades diferentes, con culturas, lenguas y tradiciones diversas que no impidieron que las masas explotadas construyeran la unidad de clase del trabajo frente a la unidad de clase del capital, la unidad obrera frente a la unidad burguesa. La reacción capitalista fue atroz, movilizando recursos militares y policiales del Estado, empresas privadas especialistas en la represión selecta con sicarios asesinos y con sindicatos mafiosos de revienta-huelgas, esquiroles y «amarillos» traídos de otras regiones y del lumpemproletariado, con despidos, multas y desahucios masivos de los huelguistas expulsados de las casas de las empresas y echados a la calle con sus familias, con los sermones pacifistas e interclasistas de las sectas cristianas, con la propaganda agresiva de la prensa exigiendo mano dura y represión.

El capital recurrió a casi todo para aplastar al trabajo, sólo le faltó poner en marcha un golpe militar e instaurar una dictadura de clase, cruda y desnuda, abierta, como ya había aprendido a hacerlo en las Américas y como haría luego contra tantas naciones trabajadoras del mundo. No lo hizo en este caso porque aún disponía de otros instrumentos menos salvajes y más efectivos en ese nivel de radicalización de la lucha de clases, instrumentos como la supuesta «democracia norteamericana» y sus elecciones periódicas, la ley y la justicia, los tribunales, el parlamento, etcétera. Si bien es cierto que todavía entonces amplias masas explotadas no podían «disfrutar» de la democracia burguesa en el mismo sentido que la clase dominante, no es menos cierto que este sistema de dominación tan efectivo por su invisibilidad tenía arraigo en la conciencia alienada de las masas. También disponía de otros recursos de sujeción mental y de obediencia colaboracionista, fundamentalmente el fetichismo de la mercancía que obnubila, falsea e invierte la realidad anulando la conciencia crítica y libre. Además, el hecho de que ya en 1868 y 1874 se habían logrado victorias legales a favor de las 8 horas, incumplidas por la patronal, fortalecía el fetichismo parlamentarista y legalistas, lo que unido a concesiones significativas sobre las 8 horas en algunas ciudades, más el miedo a más duros golpes represivos, terminó paralizando la oleada de luchas.

Pero la justicia burguesa no se detuvo. Además de haber asesinado y herido a decenas de obreros en las represiones, el capital necesitaba «sangre cualitativa» para aterrorizar a los sectores más conscientes y organizados. La policía, que había avasallado y saqueado sedes sindicales y de organizaciones obreras, que se había apoderado de documentos y actas, que había arrancado declaraciones y confesiones atemorizadas, se volcó en la represión especializada sobre un reducido grupito acusado de dirigentes terroristas, condenando a cinco de ellos a la pena de muerte. Uno se suicidó el día antes de «ejecución», pero los cuatro restantes fueron legalmente asesinados el 11 de noviembre de 1887. Durante el año y medio transcurrido de mayo de 1886 a noviembre de 1887 la burguesía y su Estado habían tenido tiempo para dividir al movimiento obrero y popular con la clásica política de la zanahoria para los desertores y el palo para los resistentes, así que apenas tuvo problemas para controlar las manifestaciones de protesta por los asesinatos legales.

2.- Primera lección
Durante los 128 años transcurridos desde que las luchas obreras dieron el salto a la gran movilización de aquél 1 de mayo, el capitalismo ha pasado por varias fases o formas concretas pero se ha mantenido esencialmente el mismo, tanto que desde finales del siglo XX se ha lanzado a reinstaurar aquellas formas de explotación pero con los medios actuales. Como hemos visto, en 1868 y 1874 el Estado legalizó las 8 horas de trabajo aunque la patronal se opuso e incumplió esa ley. En el mismo 1º de mayo de 1886 se legalizaron las 8 horas en muchos lugares mediante acuerdos entre las burguesías y el Estado, pero en otros no. En Europa también se produjeron las mismas contradicciones no antagónicas entre el Estado, representante de la burguesía en su conjunto, y algunos grupos capitalistas que no querían ceder en nada y sí mantener una explotación salvaje.

La experiencia demostró que, en aquellas condiciones, la productividad media aumentaba si se reducía la duración del trabajo pero se aumentaba su intensidad, es decir, si con menos tiempo de trabajo se producía más y mejor y encima disminuía la protesta obrera. Por otra parte, en aquél contexto, reducir el tiempo de trabajo manteniendo el salario permitía que la clase obrera descansara más, dispusiera de más tiempo de ocio y consumo burgués y se integrase más en el sistema, acelerando así el circuito entero de producción, distribución, consumo, realización y acumulación ampliada.

Si bien estas tensiones intraburguesas han reaparecido en situaciones similares, como se ve con la experiencia keynesiana y en parte con el toyotismo y algunas formas de producción flexible, sin embargo, a raíz de las tremendas dificultades del capitalismo imperialista para salir definitivamente de la crisis iniciada a finales de la década de 1960 pese a todos los esfuerzos monetaristas y neoliberales lanzados desde 1973-75, y a pesar de los puntuales repuntes transitorios siempre fracasados, desde entonces la burguesía imperialista ha optado abiertamente por aumentar el tiempo de trabajo y por incrementar la intensidad de la explotación, es decir, por unir la plusvalía absoluta con la relativa. Ha optado también por acabar con cualquier autonomía del Estado convirtiéndolo en un perro fiel que cumple sin dudar las órdenes de las grandes corporaciones financiero-industriales.

Quiere esto decir que el movimiento obrero debe rechazar la mentira del «Estado del Bienestar», del «Estado benefactor», para comprender que ya ha pasado para siempre la fase en la que el Estado burgués podía atender sustancialmente a las necesidades de la clase explotada. Las muy reducidas medidas recientes del gobierno alemán para aumentar el salario directo e indirecto, controlar los precios de los alquileres, impulsar el consumo, etc., no buscan beneficiar al pueblo trabajador empobrecido y cada vez más furioso tras años de austericidio, sino sólo desatascar cuanto antes tapones y nudos que obturan y frenan la expansión del poder euroalemán, nada más. Por otra parte, el caso alemán es excepcional y se basa en las gigantescas ganancias acumuladas por su burguesía, lo que le permite jugar al gato y al ratón con los sindicatos, pero otras burguesías imperialistas relativamente poderosas, como la francesa, no pueden hacerlo y han obligado a la socialdemocracia a aplicar recortes sociales escalofriantes.

Solamente cuando el pueblo trabajador dispone de un gobierno y de un Estado dispuestos a enfrentarse a la burguesía propia y mundial, como sucede en cierta medida en las Américas y en otras muy reducidas partes del mundo, sólo entonces puede confiar en que ese poder político actuará en defensa suya. Pero esa confianza debe estar asentada en la experiencia diaria y en la capacidad de autoorganización del poder popular y obrero fuera del Estado, libre de sus tentáculos. Todo Estado, incluido el obrero y popular, está en peligro de corrupción interna, y el burgués está corrupto en sus entrañas. Por esto el movimiento obrero ha de organizarse fuera del Estado, aunque sea suyo, para dirigir desde fuera –también desde dentro- la lucha por la reducción drástica del tiempo de trabajo explotado, una reivindicación revolucionaria por esencia.

3.- Segunda lección
La clase trabajadora norteamericana logró decisivas conquistas gracias a su capacidad de asentar una unidad obrera y popular suficientemente fuerte. Superando enormes dificultades y provocaciones teledirigidas por los aparatos represivos de una burguesía monopolista que en 1904 con sólo 318 truts controlaba el 40% de la industria norteamericana. Pese a esto, en 1905 se creó el sindicato IWW o Trabajadores Industriales del Mundo, que fue objeto de una sistemática represión desde ese instante, como antes lo fueron quienes organizaron la huelga de 1886. Uno de los objetivos básicos de la represión fue romper esa unidad enfrentado a trabajadores con trabajadoras, a blancos con negros y latinos, a irlandeses con italianos, a los industriales con los de servicios, a fabriles con campesinos, y golpeándoles a todos con empresas privadas de represión como la Pinkerton y mafias sindicales, además de a la policía. Como estos y otros medios no eran suficientes, la entrada de EEUU en 1917 en la guerra mundial justificó imponer muy severas represiones obreras y sindicales con la escusa de la «seguridad nacional». Más tarde, haría lo mismo desde 1942-45 en adelante para derrotar la oleada de reivindicaciones, y a partir de finales de 1960 de forma intermitente y en ascenso.

Si la lucha de 1886 sacó a la luz la unidad entre la represión económico-sindical a gran escala y la política contra las organizaciones revolucionarias, la experiencia hasta el presente no hace sino confirmarlo. También sucede lo mismo en Europa y en todo el capitalismo mundial, que no sólo en el imperialista. Precisamente, mientras que la burguesía obliga al Estado a abandonar su intervencionismo socioeconómico en todo lo relacionado con el bienestar público, le lleva a multiplicar su intervencionismo controlador, vigilante y represivo sobre las clases explotadas. La lucha sociosindical y política ha de aprender de esta experiencia mundial la decisiva importancia de unir en lo posible la conciencia política con la conciencia sociosindical, y dentro de esta unidad la importancia de la sistemática acción militante. El espontaneismo de masas fue una de las fuerzas activas en 1886 pero también lo fueron, y cada vez más, las organizaciones obreras anarquistas y socialistas cada vez más conscientes de actuar políticamente con sistemas organizativos capaces de aguantar la represión que se endurecería según aumentasen y se radicalizasen las movilizaciones.

El fetichismo parlamentarista sin contenido político obrero que luego haría estragos, como ya los estaba haciendo en la Europa de finales del siglo XIX, fue imponiéndose por varias razones específicas del capitalismo norteamericano que no podemos detallar ahora, pero entre las que destaca la facilidad con la que las patronales y la burguesía en su conjunto destrozaban una y otra vez las organizaciones obreras y sindicales con conciencia política radical, condenando al socialismo y al anarquismo al ghetto universitario y frecuentemente ni a eso. En EEUU hay una vida político-radical rica, compleja y plural, y aumentan ahora las luchas obreras y populares, pero el Estado ha desarrollado un sistema tan efectivo de control y aislamiento atomizador preventivo, que es muy difícil avanzar en la unificación estratégica. También hay que tener muy en cuenta que la debilidad teórico-política de la izquierda por las derrotas sufridas refuerza el individualismo metodológico y ético-burgués imperialista que la clase dominante refuerza y readecua permanentemente.

Lo malo es que la clase dominante mundial tiene como ejemplo y modelo a seguir el yanqui, lo que se aprecia no sólo en Europa sino también en el Caribe y América del Sur y del Centro, y en el resto del mundo. Frente a esta ofensiva reaccionaria generalizada el movimiento obrero ha de recuperar los valores comunes de solidaridad, de ayuda mutua, de reconquista del tiempo propio y libre y de reducción del tiempo explotado, etc., que unieron al movimiento popular y obrero de EEUU de aquél 1º de mayo.

4.- Tercera lección
Sin duda, la lección fundamental a extraer es la desesperada obsesión capitalista por «volver» a las formas de explotación imperantes en el pasado, y contra las que se levantó la clase trabajadora hermana de EEUU. Entrecomillamos «volver» para resaltar que en realidad se trata de ampliar, masificar y endurecer aquellas disciplinas, prohibiciones y castigos pero con los métodos actuales, infinitamente más sofisticados y perversos. El neoliberalismo mejora las tesis maltusianas y liberales extremas de la economía vulgar burguesa, llamada neoclásica, creada para oponerse al marxismo y derrotar al movimiento obrero de la época.

Ahora, la burguesía necesita, por un lado, aumentar el desempleo y el paro permanente, el subempleo y la precarización extrema para aterrorizar a la clase trabajadora mundial, dividirla y enfrentarla con ella misma. Por otro lado, necesita aumentar el tiempo de trabajo explotado, que no sólo la intensidad de la explotación, es decir, necesita que la clase obrera produzca más en cada hora de trabajo y que también trabaje más horas, sobre todo necesita mantener el salario igual pese al incremento de la explotación intensiva y extensiva, y si puede, busca incluso reducir el salario global a pesar de que la clase obrera aumente su productividad. Por esto, la patronal siente como un ataque insoportable a su misma esencia de clase todo intento de reducción del tiempo de trabajo explotado.

Exceptuando tibias y timoratas medidas cobardes por parte de algún Estado en la recuperación de derechos básicos --el caso alemán visto-- como es la reducida sanidad pública instaurada por la Administración Obama, lo que se aplica es una política con cuatro constantes: austeridad, es decir, reducción de gastos sociales vitales, de salarios directos e indirectos, de pensiones y jubilaciones, de servicios colectivos, etc. Privatización, es decir, vender todo lo público, colectivo y común a la burguesía a precio de ganga, para que pueda aumentar la tasa media de beneficio aunque sea a costa del empobrecimiento popular. Flexibilidad, es decir, destrucción de derechos sociolaborales y democráticos, derechos políticos conquistados por el pueblo trabajador pero que dificultan los negocios burgueses. Y represión, es decir, amedrentar a las clases trabajadoras para que no se resistan y sobre todo no pasen a la ofensiva, para que malvivan en el miedo y en la obediencia acobardada.

Para combatir al monstruo capitalista de las cuatro cabezas --austeridad, flexibilidad, privatización y represión--, el movimiento obrero ha de recuperar el vital internacionalismo consecuente de la II Internacional cuando en 1889 decretó día de lucha el 1º de Mayo en agradecimiento y en honor a la clase obrera de EEUU. Hoy más que entonces, debemos actualizar en la práctica aquella decisión porque hoy el capitalismo está definitivamente mundializado y cualquier lucha obrera y popular ha de unir su reivindicación territorial, regional y nacional, con su visión mundial. El movimiento obrero consciente yanqui así lo hizo protestando una vez y siempre contra las guerras imperialistas desatadas por «su» burguesía y saliendo en defensa de los pueblos atacados por ella.

El imperialismo activa todos sus medios militares, políticos, culturales, económicos… para aplicar su estrategia de explotación mundial en las mejores condiciones de superioridad global. Por esto, el internacionalismo obrero y popular, socialista, es el componente interno que une todas las luchas de las clases y pueblos oprimidos contra el enemigo común, sabiendo que el libre desarrollo de cada nación trabajadora es la base del desarrollo de la humanidad en su conjunto. En América Latina, este internacionalismo consecuente debe materializarse en el apoyo práctico a las liberaciones de los pueblos, en las ayudas a sus gobiernos progresistas amenazados por el militarismo yanqui y sus exigencias de absorción y deglución económica, social, cultural y natural. Solamente así haremos honor a los héroes del 1º de Mayo de 1886.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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¿Por qué la UE no sigue a EEUU en su guerra económica contra Rusia?

Mér, 30/04/2014 - 22:33
Pese al empeño de Washington, la UE no está muy interesada en romper sus relaciones comerciales con Moscú y no se ve preparada para imponer sanciones serias contra Rusia. El lunes pasado, siguiendo el ejemplo de EE.UU., la Unión Europea publicó su lista de personas sancionadas por su implicación en la crisis ucraniana, incluyendo medidas contra siete ciudadanos rusos y 17 empresas.

No obstante, los expertos explican que aunque ambos socios internacionales evalúan negativamente la postura de Rusia en la crisis de Ucrania, entre sus posturas hay una clara diferencia. Mientras Washington comienza a extender sus sanciones a las empresas rusas y el sector de la cooperación técnico-militar, los líderes de la UE se muestran más reservados, prefiriendo sanciones específicas contra políticos concretos.

Según destaca el catedrático de la integración europea del Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú, Nikolái Kavéshnikov, citado por la agencia Ria Novosti, las sanciones impuestas tienen un carácter "muy simbólico y no causan graves daños para la economía rusa".

Al mismo tiempo, el experto explica que la reprobación de las acciones de Rusia tiene su 'simbolismo' no solamente en la escena internacional, sino también se considera como un reflejo de la opinión pública dentro de los países de la UE, para no perder el apoyo de sus electores. "Es un símbolo que los políticos europeos presentarán a sus electores, a su opinión pública y la comunidad internacional".

Por otra parte, pese a la claramente observada influencia de Washington, que conduce a la gradual reducción de las relaciones con Rusia, de acuerdo con Alexéi Gromyko, director del Centro de Estudios Británicos del Instituto de Europa, los europeos "guardan la esperanza" de que la situación se estabilice y normalice, sin el aumento de sanciones.

Por un lado —resume el experto— la UE depende de la política de EE.UU., pero por el otro, los europeos, aunque hay países "capaces de cumplir todas las exigencias de Washington", ya tienen una cierta autonomía en las relaciones con Rusia. Y EE.UU. está aún muy lejos de superar estas relaciones y "arrastrar a la UE a guerras reales, comerciales, económicas y de inversiones con Rusia".
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Ver: La guerra económica con Rusia podría tener un alto costo para Europa y Estados Unidos Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Diego García y el crepúsculo del imperio

Mér, 30/04/2014 - 17:52

Alejandro Nadal, La Jornada
Elaine Scarry es profesora de inglés en la Universidad Harvard. Este año sus cursos abarcan la obra de las hermanas Brontë, Thomas Hardy y Seamus Heaney. Sus seminarios se concentran en el problema del consentimiento en la literatura, la filosofía política y el derecho. Pero Scarry es también conocida por su investigación sobre misteriosas catástrofes de aviación, tema que parece extraño para alguien que piensa que la belleza nos confronta con nuestra capacidad de cometer errores.

El 17 de julio de 1996 el vuelo TWA 800, con 230 personas a bordo, salió del aeropuerto Kennedy en Nueva York en dirección a París. A los 12 minutos recibió autorización para alcanzar su altitud de crucero, pero el avión explotó misteriosamente y se desintegró en el aire. La agencia responsable de determinar las causas del desastre concluyó que probablemente un cortocircuito en los tanques de combustible había provocado la explosión.

Elaine Scarry consideró una hipótesis distinta, la del pulso electromagnético (PEM), emisión de energía electromagnética de alta intensidad que puede dañar los sistemas eléctricos y electrónicos de muchos equipos. Después de analizar miles de documentos oficiales sobre operaciones navales en la zona de la explosión, Scarry descubrió que cinco naves militares operaban en la zona la noche del desastre. Un avión Orión P3 de la armada volaba dos kilómetros arriba del TWA 800 e intersectó la longitud y latitud del TWA 800 unos segundos antes de que el transponder y la caja negra del Boeing 747 dejaran de funcionar. Por debajo y unos nueve kilómetros al norte del avión de pasajeros volaban un helicóptero Blackhawk y un avión HC 130 de la guardia costera. La fragata Adak navegaba unos 16 kilómetros al sur y el crucero Normandy (con misiles superficie-aire Aegis) estaba a unos 120 kilómetros más al sur. Además, entre el crucero y el punto del accidente se encontraban tres submarinos (dos de ataque y uno con misiles estratégicos). La noche de su destrucción el TWA 800 estaba rodeado por unas ocho naves militares.

Según Elaine Scarry, una probable causa de la explosión es la presencia de un PEM en la vecindad de la zona donde ocurrió el accidente. Este pico de energía pudo deberse a ensayos militares la noche del accidente. El análisis de Scarry reclamó una indagatoria seria. La meticulosa maestra de inglés insistió en que los accidentes misteriosos exigen que todas las posibles causas e hipótesis sean investigadas.

La pericia de Elaine Scarry en el manejo del lenguaje le ha permitido realizar un análisis crítico de las versiones oficiales sobre la destrucción del vuelo TWA 800. Aun cuando las autoridades desecharon sus conjeturas, Scarry consideró que su deber cívico la comprometía a despejar algunas incógnitas y, sobre todo, a clamar por una investigación seria sobre todas las posibles causas del desastre del TWA 800.

El caso de la misteriosa desaparición del avión de Malaysian Airlines MH 370 tiene algunos puntos de contacto con las preocupaciones de Elaine Scarry. Para empezar, es claro ahora que el avión de Malaysian fue desviado intencionalmente de su rumbo. Además, el transponder y otros instrumentos de comunicación fueron deliberadamente inhabilitados por alguien al interior de la cabina. Adicionalmente, sabemos que el avión maniobró para evadir los radares civiles y militares.

Al igual que todos los Boeing 777, el de Malaysian Airlines contaba con dispositivos ELS en el fuselaje para localización en caso de accidente que no pueden ser inhabilitados por la tripulación. Algo similar acontece con las llamadas cajas negras del avión. ¿Cómo es posible que estos instrumentos hubieran fallado? Una posible razón es que contrario a las creencias populares esos dispositivos sí pueden ser destruidos por un impacto suficientemente violento y en el caso de los ELS en el fuselaje, si se hunden en el agua dejan de funcionar.

Cada día que transcurre sin encontrar los restos del MH 370 aumenta la credibilidad de hipótesis alternativas. Una de las más interesantes es que el avión fue objeto de un intento deliberado por alcanzar la base militar de Diego García, en el océano Índico. Las fuerzas navales estadunidenses podrían haber destruido el avión con un misil guiado por radar, lo que explicaría la falta de pedazos grandes del fuselaje y la destrucción de las cajas negras y los dispositivos ELS del avión. Es evidente que en ese escenario los estadunidenses preferirían guardar silencio sobre su rol en este triste episodio. Quizás Obama ofreció alguna explicación y concesiones durante su visita a Kuala Lumpur en estos días.

Entre más débil es un imperio, más lejanas y solitarias parecen sus bases militares. Lo que parece fortaleza se traduce en debilidad. En el crepúsculo del imperio estadunidense, Diego García se perfila como señal de agotamiento. Un atentado contra esa base es intolerable para el orgullo militar estadunidense. Por eso la consigna hoy es guardar un discreto silencio sobre Diego García.

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Panel de hormigón firmado por Allende se presentará en Bienal de Arquitectura de Venecia

Mér, 30/04/2014 - 13:00


“Monolith Controversies”, se llama la propuesta que representará a Chile en la 14a Muestra Internacional de Arquitectura, “Fundamentals”, que se desarrollará en la Bienal de Venecia y cuya curatoría está a cargo del arquitecto holandés Rem Koolhaas. Este proyecto fue presentado en el Concurso de Ideas convocado por el área de Arquitectura del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes y tiene como objetivo potenciar la presencia de Chile en esta importante muestra a la que asisten 65 países. “Monolith Controversies” fue elegido de manera unánime por el jurado, por cuanto destaca el cruce de “diferentes problemáticas de interés global y local: una cierta historia universal, el contexto de la guerra fría, la historia reciente de Chile y una historia particular en el desarrollo de la prefabricación”.
La propuesta de los arquitectos Pedro Alonso y Hugo Palmarola recoge la línea de construcción de la URSS de Nikita Krushev con paneles prefabricados de hormigón, y está centrada en la arquitectura en lugar de los arquitectos, y habla de la historia en vez de la contemporaneidad, logrando explicar un capítulo del desarrollo de la arquitectura en Chile, a través de un componente constructivo elemental. Tras el terremoto de 1971, Rusia regaló a Chile una de estas plantas para producir paneles de hormigón, y antes del golpe militar alcanzó a producir varios edificios en Quilpué y Santiago que aún están en pie. La muestra que se presentará en la Bienal de Venecia recupera el panel que inauguró Salvador Allende, y que fue abandonado por más de 40 años. La empresa KKPD se ha reinaugurado recientemente en el sur de Rusia.Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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La decadencia de los bancos centrales y la política monetaria

Mér, 30/04/2014 - 12:00

Desde el estallido de la crisis financiera los bancos centrales han recortado las tasas de interés, han rescatado a la banca y la han ayudado a ocultar sus fraudes y han comprado grandes cantidades de bonos soberanos. Estas medidas han producido resultados miserables a nivel económico, mientras el dinero fácil ha gestado numerosas burbujas especulativas que no tardarán en sacudir los mercados. Tras siete años del estallido de la crisis existe una debilidad crónica en la economía mundial y un alto riesgo de recaída si la desaceleración china se intensifica. Los débiles resultados en materia de empleo y crecimiento tienen en entredicho la recuperación. A su vez, las políticas monetarias sufren de un grave agotamiento, y su influencia atraviesa una profunda decadencia.

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Emir Sader: Todos somos macacos

Mar, 29/04/2014 - 19:04
Emir Sader, AlaiNet

Después de la enésima vez que han tirado plátanos en contra de jugadores de futbol negros en Europa, Daniel Alvez ha resuelto comer el plátano y Neymar declaro: “Todos somos macacos” (Todos somos monos). Es el comienzo de la reacción, que los propios europeos parecen incapaces de hacer, en contra de la discriminación en los estadios de futbol, simple continuación de lo que pasa en la vida cotidiana en países que se consideran blancos y civilizados”.

Europa “civilizada” se ha enriquecido en base a la esclavitud y a su corolario: la discriminación y la reducción de los negros a “bárbaros”. Ellos llegaron a América con la cruz y la espada, a “civilizarnos”, esto es, a destruir a las poblaciones nativas y someterlas a la dominación colonial. Han sacado a millones de africanos de su mundo para traerlos como animales a trabajar como esclavos para explorar las riquezas de América y mandarlas a la Europa “civilizada”.

Todo el movimiento histórico de la “libertad, igualdad, fraternidad”, se ha desarrollado en función de la liberación de los siervos de las glebas de Europa, desconociendo la esclavitud que esa misma Europa practicaba. Nadie – salvo el solitario Hegel – tomó conocimiento de la Revolución Haitiana en contra de la dominación de la Francia “emancipada” por su revolución, pero opresora de la primera Revolución Negra de independencia en las Américas.

Siglos después, cuando Europa “civilizada” liquida su Estado de bienestar social y tira al abandono a millones de personas – ante todo a los inmigrantes, que fueron a trabajar en condiciones degradantes, cuando sus economías los necesitaban – el racismo demuestra toda su fuerza. Son los partidos de extrema derecha los que las fortalecen, al tiempo que el racismo aparece también en los campos de futbol, sin que genere gran indignación en la Europa “civilizada”.

Al mismo tiempo, se desarrollan campañas discriminatorias en contra de Brasil, proyectando un país de “culebras, tigres, monos” que van asediar el Campeonato Mundial de Futbol, además de ellos, un absurdo y estúpido informe del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania, caracteriza a Brasil como un “país de alto riesgo”, como sugiriendo que la gente no venga a Brasil. Si fuera así, ¿Por qué Alemania está instalando nuevas fábricas de BMW, de Mercedes, de la misma Volkswagen y de otras?

Esa campaña, llevada a cabo por las fuerzas conservadoras de los medios internacionales, se da porque Brasil incomoda al ideario de esas fuerzas. El Brasil de hoy no es mas el país de la dictadura militar, no es más el país del neoliberalismo. Mientras Europa, inmersa todavía en ese modelo, produce un desastre social de proporciones continentales, Brasil – y otros países de Latinoamérica – crecemos y disminuimos la desigualdad y la miseria, que crecen en Europa. Nosotros les incomodamos porque estamos en contra del Consenso de Washington, que ellos intentaron imponernos, causándonos grandes daños, que nosotros supimos superar, volviéndonos la región del mundo que se contrapone a los extravíos que Europa asume.

Vamos a recibirlos en Brasil con la más grande cordialidad en el Campeonato Mundial de Futbol. Comiendo y ofreciendo bananas, asumiendo que: “Todos somos macacos”.

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La izquierda en la era neoliberal

Mar, 29/04/2014 - 15:02
Emir Sader, Página 12

Los tiempos neoliberales no se han anunciado como buenos para la izquierda. Se han abierto con el fin de la Guerra Fría y la victoria del campo imperialista sobre el socialista, con la sustitución del modelo de bienestar social por el liberal de mercado. Como consecuencias, entre otras, el debilitamiento de la idea del socialismo, de las soluciones colectivas, de los partidos, del Estado, de los sindicatos, del mundo del trabajo.

Una derrota de dimensiones históricas para la izquierda, con el retorno de la hegemonía liberal, ahora con un proyecto global, tanto en el sentido económico, político, social e ideológico, como también en el sentido de ser globalizada, extendida a todas las regiones del mundo.

Las reacciones de la izquierda fueron diferenciadas. La socialdemocracia –empezando por la francesa y la española– encontró su forma de adhesión, contribuyendo decisivamente a la universalización del consenso neoliberal y a su extensión hacia América latina. Aquí, primero corrientes nacionalistas, como el PRI mexicano, después el peronismo con Carlos Menem, después la socialdemocracia, con Acción Democrática de Venezuela, el PS de Chile, el PSDB de Brasil, se han sumado a modalidades de neoliberalismo.

Los partidos comunistas sufrieron doblemente los cambios: el fin de la Unión Soviética –su referencia histórica fundamental– y la ruptura de la alianza con la socialdemocracia, por la nueva orientación política de ésta. El debilitamiento del movimiento sindical contribuyó además para reducirlos a una situación de aislamiento político.

La resistencia al neoliberalismo, en su auge en los años ’90, fue protagonizada sobre todo por movimientos sociales y por las fuerzas de izquierda que no habían adherido al neoliberalismo, cuya expresión más grande fue el Foro Social Mundial, en sus primeros años.

Cuando la crisis del neoliberalismo empezó a demostrar que su aliento era más corto de lo que se podría suponer, con las reiteradas crisis en los años 1990 –en el caso latinoamericano, la crisis mexicana de 1994, la brasileña de 1999, la argentina de 2001/02–, se planteó a la izquierda el desafío de la construcción de alternativas políticas, de gobierno, de disputa hegemónica con el neoliberalismo.

En ese momento, no toda la fuerza acumulada en la resistencia logró traducirse en fuerza política. Prácticamente sólo en América latina surgieron gobiernos que cuestionan el neoliberalismo y se plantean concretamente los desafíos de la construcción de proyectos posneoliberales. Son gobiernos que han sabido darse cuenta de que la línea divisoria esencial es el modelo neoliberal –la forma que asume la hegemonía capitalista en la fase histórica actual– y que la construcción de alternativas superadoras de ese modelo pasa por el énfasis en políticas sociales, en el rescate del rol del Estado y en los procesos de integración regional.

En la misma América latina, otros países, entre los cuales el caso de México es el más significativo, aun con la crisis del neoliberalismo y la crisis del capitalismo en el centro del sistema, la izquierda no encontró la fuerza política para ganar el gobierno. En un escenario de agotamiento evidente del modelo neoliberal, de crisis del capitalismo profunda y prolongada, la izquierda no tiene desempeño que la ponga a la altura de los desafíos actuales.

Difícil entender que, en medio de una crisis como esa, la izquierda europea se debilite y se fortalezca la extrema derecha. Es una paradoja, un enigma que la izquierda no logre avanzar en el marco del debilitamiento de la hegemonía imperial norteamericana en el mundo y del desgaste del modelo neoliberal y del mismo capitalismo.

También por ello hay que valorar más todavía a los gobiernos latinoamericanos que, aun recibiendo una herencia pesada y en medio de un capitalismo mundial en recesión profunda y prolongada, logran avanzar en la construcción de alternativas. Hay que aprender de sus experiencias, de sus avances y de sus errores, de sus conquistas y de sus contradicciones, para que la izquierda, en la era neoliberal, se valga de las condiciones históricas actuales y sepa construir alternativas concretas al neoliberalismo.

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Ucrania, de la crisis a la catástrofe

Lun, 28/04/2014 - 12:00

Patrick Cockurn, CounterPunch

"En el exiguo momento que nos queda entre la crisis y la catástrofe, bien podemos beber una copa de champán ", dijo Paul Claudel, el poeta francés, dramaturgo y embajador en Estados Unidos a principios de 1930. Él estaba restando importancia a la esperanza de evitar un desastre financiero, pero sus palabras se sentían como buenas, si bien desesperadas, pueden ser aconsejadas para Ucrania en los últimos días, cuando se acercaba su "momento de champagne".

Catástrofe en forma de guerra civil, invasión rusa y partición, de hecho, no son inevitables, pero están a la vuelta de la esquina. El acuerdo alcanzado entre Rusia, EE.UU., la Unión Europea y Ucrania el jueves, en el que los manifestantes en el este de Ucrania podrían desalojar los edificios públicos que habían ocupado y entregar sus armas a cambio de una mayor autonomía de los distritos pro-rusos, sólo ha frenado el impulso hacia los conflictos civiles. Los manifestantes insisten en que ellos tienen tanta legitimidad como lo que ellos llaman "la junta Kiev" desde que llegó al poder a través de las manifestaciones callejeras que derrocaron a un gobierno elegido, pero corrupto e incompetente.

Los medios de comunicación occidentales se han centrado obsesivamente en qué medida los milicianos pro-rusos en el este de Ucrania obedecen las órdenes del Kremlin, pero esa atención oscurece una característica más significativa del panorama político ucraniano. Cada elección en Ucrania desde la caída de la Unión Soviética en 1991, ha puesto de manifiesto que el país se divide casi por igual entre la pro-rusos y la pro-occidentales, con cada lado capaz de ganar las reñidas elecciones. Pretender que la rebelión en el este de Ucrania es falsa y orquestada por Rusia es un autoengaño peligroso.

Aunque Ucrania es diferente de Irak y Afganistán, hay algunas similitudes siniestras en la implicación occidental en los tres países. La más importante común de estas características es que cada país está profundamente dividido y pretender lo contrario es una invitación al desastre. En 2001, la mayoría de los afganos se alegraron de ver el retorno de los talibanes, pero los talibanes y la comunidad pastún - alrededor del 42 por ciento de la población afgana - en la que los talibanes tienen sus raíces no podía ser ignorados o marginados con éxito. La creación de un gobierno dominado por los viejos líderes anti-talibanes de la Alianza del Norte desestabiliza en forma automática el país.

Algo similar ocurrió en Irak. Bajo Saddam Hussein y sus predecesores, la comunidad suní, alrededor del 20 por ciento de los iraquíes, mantuvo cruciales niveles de poder a expensas de los árabes chiíes y kurdos, cuatro quintas partes de la población. La caída de Saddam significó que una revolución étnica y sectaria era inevitable, pero la creencia de EE.UU. y Gran Bretaña que las únicas personas enojadas y desposeídas en Irak en 2003 fueron criminalizados como restos del antiguo régimen, subestimando totalmente el peligro de una revuelta suní.

Tony Blair afirmó recientemente que todo habría ido bien en el Iraq ocupado, si no hubiera habido interferencia maliciosa de forasteros como Irán y Siria. Pero los estados soberanos no existen en forma aislada. Ocuparlos - como ocurrió en Kabul y Bagdad - o volverlos en la influencia predominante, como los EE.UU. y la UE han estado haciendo en Kiev, transforma la geografía política de toda una región. Era absurdamente ingenuo para los funcionarios estadounidenses imaginar que Pakistán, o más precisamente, el ejército de Pakistán, aceptaría filosóficamente ver colapsado su esfuerzo de décadas para controlar Afganistán después de 2001. Asimismo, en Irak, funcionarios de la administración Bush, encendidos por la victoria sobre Saddam, pensaron alegremente pregonar su intención de que el cambio de régimen en Irak sería seguido por los de Teherán y Damasco. Como era de esperar, los iraníes y los sirios estaban consecuentemente decididos a asegurarse de los EE.UU. nunca sea capaz de estabilizar su control en Irak.

Llevar a Ucrania en su conjunto de ser pro-ruso a pasar a convertirse en anti-ruso es una derrota estratégica devastadora para Rusia que nunca iba a aceptar sin reaccionar. Una Ucrania hostil reduciría de forma permanente el estado de Rusia como gran potencia y empujaría hacia atrás su influencia hacia el lejano este de Europa. Por supuesto, si Ucrania importa tanto a Rusia no era prudente que sus dirigentes confíen en el presidente Viktor Yanukovich y su banda de estafadores cuyo poder se evaporaría tan rápidamente. Pero también fue autoengaño e irresponsable de los funcionarios de la UE y de Estados Unidos, ya sea por no ver o no prestar atención acerca de las consecuencias explosivas de respaldar la toma de posesión de un gobierno pro-occidental no elegido en Kiev, que terminó por impulsar al poder grupos que incluyen ultranacionalistas extremos, y luego aceptarlo como absolutamente legítimo.

Pero no son solo los diplomáticos y políticos occidentales que cometen errores. La prensa extranjera ha presentado una visión demasiado simplista de lo que está sucediendo en Ucrania tanto como lo hizo en Afganistán, Irak, Libia y Siria. El antiguo régimen en todos los casos fue demonizado y sus oponentes glorificados, de manera que la imagen de los acontecimientos que se presentan al público parezca a menudo cerca de la fantasía.

Lo mismo está sucediendo en Ucrania. Los medios de comunicación a menudo hacen foco sobre todo en la credibilidad o la falta de ella sobre los separatistas en el este de Ucrania, y muy poco en el nuevo gobierno en Kiev. De hecho, lo que más llama la atención en ambos lados es su ineficacia casi cómica: Hace tres meses, Yanukovich actuó como si tuviera la fuerza política y militar para demoler a la oposición sólo para verse obligado luego a huir casi solo a través de la frontera con Rusia. La semana pasada Kiev estaba enviando tropas para aplastar con confianza "terroristas" y restablecer su autoridad en el este sólo para ver más tarde a sus tropas renunciar mansamente sus vehículos y desertar. Cuando las fuerzas de seguridad del gobierno hicieron matar a los manifestantes en Mariupol resultó que pertenecían a unidades de la Guardia Nacional recién formadas y reclutadas de entre manifestantes ultranacionalistas.

A consecuencia de esta organizada falta de apoyo, sin embargo profunda y real por las divisiones populares, es por lo que los vacíos de poder se llenan luego por las tenebrosas milicias. Esto es en gran medida el patrón de las últimas guerras en el Medio Oriente. Por ejemplo, en Afganistán lo que llama la atención no es la fuerza de los talibanes, sino la debilidad y la impopularidad del gobierno. En Irak el gobierno tiene 900.000 fuertes fuerzas de seguridad e ingresos del petróleo por $ 100 mil millones de dólares (60 mil millones de euros) al año, pero en los últimos tres meses, el Estado Islámico de Irak y Levante, una organización criticada por al-Qaeda por su excesiva violencia, ha gobernado Fallujah, a 40 millas al oeste de Bagdad.

La catástrofe en Ucrania aún se puede evitar mediante el compromiso y la moderación, pero lo mismo fue para Afganistán, Irak y Siria. Una razón por la cual estos países se han visto desgarrando por guerras era una falsa creencia por parte de las potencias extranjeras que creían que podían ganar victorias baratas, y por una falta de apreciación en la elección de socio a nivel local que resultó ser una facción egoísta con muchos enemigos. En Siria, por ejemplo, los EE.UU. y sus aliados han estado afirmando desde hace tres años que los verdaderos representantes del pueblo sirio están desacreditados pero están bien financiados en sus exiliados que no se atreven a visitar por el gobierno o en las zonas controladas por los rebeldes.

Lo que hace a Ucrania tan peligroso es que todas las partes exageran su apoyo, subestiman la de sus oponentes, y luego sobreactúan su letra. Mediante la aceptación de un gobierno legítimo en Kiev instalado por la acción directa, los EE.UU. y la UE desestabilizaron irresponsablemente una extensión de Europa, algo que debería haber sido obvio en ese momento. Para citar a Paul Claudel nuevamente: "Es una suerte que los diplomáticos tienen narices largas, ya que por lo general no pueden ver más allá de ella".

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Los bonos de deuda pública: el nuevo casino del euro

Dom, 27/04/2014 - 22:32

El descenso de los rendimientos de los bonos emitidos por los gobiernos de Grecia, España, Portugal, Irlanda e Italia, ha sido aclamado como prueba de que la crisis ha terminado y que los inversores deben dar fe a la fortaleza de la recuperación de la zona euro. Sin embargo, lo que ha estado en juego en la valoración de la deuda soberana de estos países es simplemente la especulación del mercado, alentada por las bajas tasas de interés y las políticas de liquidez del Banco Central Europeo. Con sus declaraciones, el BCE ha desempeñado un peligroso juego de demagogia para beneficio de los especuladores. Esto confirma que tras seis años del mayor desplome de la economía occidental, no se ha aprendido nada de la crisis. El estallido y el derrumbe de la burbuja inmobiliaria y crediticia se ha saldado con la creación de otra burbuja: la de los bonos de deuda pública.

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La crisis de Ucrania y el regreso de la Guerra fría

Sáb, 26/04/2014 - 15:27
Robert Skidelsky, Project Syndicate

Hace algunos días, el presidente ruso Vladímir Putin anunció que la megaempresa Gazprom comenzaría a cobrar sus ventas de gas a Ucrania con un mes de adelanto. En respuesta, el periódico británico The Observer publicó una llamativa caricatura en la que Putin aparece sentado en un trono erizado de dagas mientras corta el gasoducto a Ucrania al tiempo que dice: “Se viene el invierno”. El fondo es de un rojo intenso, y en el pecho de Putin hay una hoz y un martillo. Parece que al menos para algunos, estamos de vuelta en la Guerra Fría.

Pero antes de vernos arrastrados a una segunda Guerra Fría, sería bueno que nos acordemos de por qué tuvimos la primera. El fin del comunismo eliminó uno de los motivos importantes que había en aquel momento: el avance expansionista de la Unión Soviética y la determinación de las democracias occidentales de resistirlo. Pero otros motivos siguen estando.

El diplomático estadounidense George F. Kennan los enumeró del siguiente modo: por el lado de Rusia, inseguridad neurótica y secretismo oriental; por el lado occidental, legalismo y moralismo. Hasta el día de hoy, sigue sin hallarse un término medio donde prime el cálculo sosegado de los intereses, las posibilidades y los riesgos.

Se considera que Kennan sentó las bases intelectuales de la Guerra Fría (al menos en Occidente) en el “largo telegrama” que envió desde Moscú en febrero de 1946, que luego siguió con el famoso artículo publicado en Foreign Affairs en julio de 1947, firmado con el seudónimo “X”. Kennan sostuvo que una paz duradera entre el Occidente capitalista y la Rusia comunista era imposible, debido a la combinación de la tradicional inseguridad rusa con la necesidad de Stalin de contar con un enemigo exterior y el mesianismo comunista.

Según Kennan, Rusia intentaría derribar el capitalismo no mediante un ataque militar, sino apelando a una mezcla de hostigamiento y subversión. La respuesta adecuada, en palabras de Kennan, era la “contención” de la agresión soviética por medio de la “aplicación atenta y habilidosa de una contrafuerza”.

Durante el gobierno del presidente Harry Truman, los funcionarios estadounidenses interpretaron que las ideas de Kennan demandaban acumular poderío militar contra la posibilidad de que los comunistas invadieran Europa occidental. Así nació la Doctrina Truman, que derivó luego en la lógica de la confrontación militar, la OTAN y la carrera armamentista.

El rumbo que tomaron los acontecimientos consternó a Kennan, quien afirmaba que la contención tenía que ser económica y política, no militar; fue uno de los principales arquitectos del Plan Marshall después de la Segunda Guerra Mundial y se opuso a la creación de la OTAN.

Tras la muerte de Stalin, Kennan esperaba que se entablaran negociaciones fructíferas con el sistema soviético “ablandado” que conducía Nikita Khrushchev. Se lamentó por el uso que se había hecho de la terminología ambigua contenida en el “largo telegrama” y el artículo de “X”, y deploró ver a las democracias basar toda su política exterior en un “nivel primitivo de eslóganes y patrioterismo ideológico”.

En retrospectiva, uno se pregunta si lo que evitó que Europa occidental abrazara el comunismo fue la OTAN o el apoyo político y económico de Estados Unidos. En cualquier caso, ambos lados se convencieron de que el otro era una amenaza existencial y acumularon arsenales colosales para garantizarse seguridad. De modo que hasta el derrumbe de la Unión Soviética, lo que hubo fue una trayectoria tachonada de breves períodos de “distensión” seguidos por más acumulación de armas. En todo esto se respiraba cierta demencia, y hasta nos queda la inquietante sospecha de que la OTAN le prolongó la vida a la Unión Soviética al servirle en bandeja un enemigo en sustitución de la Alemania nazi.

Es necesario tener en cuenta estos antecedentes para comprender la postura actual de Rusia respecto de Ucrania. Tras resultar “vencedor” de la Guerra Fría, Occidente cometió el gran error de negar a Rusia toda forma de hegemonía regional, incluso en países como Ucrania y Georgia que en algún momento de la historia formaron parte del Estado ruso.

En vez de eso, bajo la bandera de la democracia y los derechos humanos, Occidente hizo todo lo posible por arrancar de la órbita de Rusia a los países ex soviéticos. Muchos de ellos estaban determinados a sustraerse al influjo del Kremlin, y así fue que la OTAN se expandió hacia el este, dentro del antiguo bloque soviético en Europa Central e incluso dentro de la ex Unión Soviética con la admisión de Estonia, Letonia y Lituania. En 1996, ya con 92 años de edad, Kennan advirtió de que la expansión de la OTAN en territorio de la ex Unión Soviética era un “error garrafal en términos estratégicos, con consecuencias potencialmente desastrosas”.

Es indudable que los avances de Occidente alimentaron la paranoia rusa, que hoy se ve reflejada en las teorías de conspiración impulsadas por el Kremlin en relación con Ucrania. Y teniendo en cuenta las advertencias de Kennan en contra de una política exterior “utópica en sus expectativas, legalista en su concepción (…) moralista (…) y arrogante”, hoy la política de Occidente debería apuntar a encontrar medios para cooperar con Rusia a fin de impedir la desintegración de Ucrania.

Lo cual implica hablar con los rusos y escucharlos. Estos ya presentaron sus ideas para resolver la crisis. En términos generales, proponen una Ucrania “neutral” según el modelo de Finlandia y federada según el modelo de Suiza. Lo primero excluye la pertenencia a la OTAN, pero no la entrada a la Unión Europea. Lo segundo apunta a garantizar la formación de regiones semiautónomas.

Tal vez estas propuestas sean cínicas, tal vez sean impracticables. Pero Occidente debería apresurarse a probarlas, explorarlas y ver el modo de mejorarlas, en vez de desgarrarse las vestiduras por las acciones de Rusia.

Suspendida entre la paranoia y el moralismo, a la diplomacia razonable le aguarda una difícil tarea. Pero que no sea necesario citar el inminente centenario de la segunda guerra más sangrienta de la historia para recordarles a nuestros estadistas cómo a veces unos acontecimientos de bajo nivel pueden salirse de cauce irremediablemente.
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Ver: Las causas materiales de la crisisUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Reflexiones metodológicas y políticas sobre “El capital en el siglo XXI” de Thomas Piketty

Xov, 24/04/2014 - 14:56
James Galbraith, Sin Permiso

El economista francés Thomas Piketty acaba de publicar un voluminoso libro, Capital in the Twenty-First Century [El capital en el siglo XXI] (Belknap Press, Harvard, 2014, 671 páginas), que ha atraído inmediatamente la atención del mundo académico y hasta del Financial Times. El libro es resultado de una gran investigación empírica fundada en la elaboración de inmensas bases de datos. Es también una crítica inclemente de la irrelevancia y necedad de la ciencia social académica que ha llegado a imperar en las últimas décadas (no sólo en la teoría económica). Y aspira a ser, asimismo, una crítica política radical del catastrófico e insostenible capitalismo de nuestro tiempo. El texto que reproducimos a continuación es una reseña crítica escrita por James Galbraith, autor él mismo de la que acaso sea la mejor investigación teórica y empírica de la relación entre financiarización, inestabilidad y desigualdad en el capitalismo de nuestro tiempo ("Inequality and Instability"). La interesante crítica de Galbraith a Piketty es teórica (el concepto de "capital" de Piketty sería incauta e inadvertidamente neoclásico), es metodológica (su métrica sería incongruente), es empírica (sus ingentes bases de datos –salidas básicamente de los registros fiscales— no serían las mejores fuentes para lo que se propone) y es política (la forma concebida por Piketty para poner fin a la catástrofe neoliberal y "salvar al capitalismo de sí mismo" sería técnicamente ingenua, y por lo mismo, políticamente utópica). Se trata, en cualquier caso, de una gran discusión, científica y políticamente hablando.

I ¿Qué es el "capital"? Para Karl Marx era una categoría social, política y jurídica: los medios de control de los medios de producción por parte de la clase dominante. El capital podía ser dinero, podía ser máquina; podía ser fijo y podía ser variable. Pero la esencia del capital no era ni física ni financiera. Era el poder que el capital daba a los capitalistas, a saber: la autoridad para tomar decisiones y sacar excedente del trabajador.

A comienzos del pasado siglo, la teoría económica neoclásica sofocó ese análisis social y político, substituyéndolo por uno de tipo mecánico. El capital fue recategorizado como un elemento físico que se hallaba a la par con el trabajo en la producción del producto. Esta noción de capital facilitó la expresión matemática de la "función de producción", de modo que salarios y beneficios quedaban vinculados a los "productos marginales" respectivos de cada factor. La nueva visión elevaba así el uso de las máquinas por encima del papel de sus propietarios, y legitimaba el beneficio como la remuneración justa de una contribución indispensable.

Las matemáticas simbólicas traen consigo la cuantificación. Por ejemplo, si uno quiere sostener que una economía usa más capital (en relación con el trabajo) que otra, tiene que haber alguna unidad común para cada factor. Para el trabajo, podría ser una hora de tiempo de trabajo. ¿Y para el capital? Una vez se deja atrás el "modelo del grano", en el que el capital (la semilla) y el producto (la harina) son la misma cosa, hay que hacer conmensurables todas las diversas piezas de equipo e inventario que constituyen el "stock de capital" existente. ¿Y cómo?

Aunque Thomas Piketty, un profesor de la Escuela de Economía de París, ha escrito un voluminoso libro intitulado El capital en el siglo XXI, rechaza explícitamente (y un tanto cáusticamente) este punto de vista. En cierto sentido, es un escéptico respecto de la actual teoría económica académica dominante, pero no por ello deja de ver (en principio) el capital como una aglomeración de objetos físicos, al modo de la teoría económica neoclásica. Así pues, está obligado a enfrentarse a la cuestión de la contabilización métrica del capital como magnitud.

Lo hace en dos partes. En la primera, amalgama el equipo de capital con todas las formas de riqueza monetariamente valorada, incluidas tierras y edificios, y ya se use la riqueza productiva o improductivamente. Sólo excluye lo que los economistas neoclásicos llaman "capital humano", presumiblemente porque no puede comprarse ni venderse. Luego estima el valor de mercado de esa riqueza. Su medida del capital no es física, sino financiera.

Me temo que eso es fuente de terribles confusiones. Buena parte del análisis de Piketty gira en torno a lo que él define como la tasa de capital respecto del ingreso nacional: la razón capital/ingreso. Debería resultar obvio que esa razón depende en muy buena medida del flujo de valor de mercado. Y Piketty lo concede de grado. Por ejemplo, al describir el desplome de la razón capital/ingreso en Francia, Gran Bretaña y Alemania luego de 1910, sólo se refiere en parte a la destrucción física de equipo de capital. Casi no hubo destrucción física en Gran Bretaña durante la I Guerra Mundial, y la que hubo en Francia fue intencionadamente exagerada por los informes del momento, como mostró Keynes en 1919. Muy poca hubo en Alemania, que se mantuvo intacta hasta el final de la guerra.

¿Qué ocurrió entonces? Las alteraciones y movimientos registrados en la tasa de Piketty se debieron en su mayor parte a los ingresos dimanantes de la movilización del tiempo de guerra, muy altos en relación con una capitalización de mercado cuyas ganancias se redujeron y aun cayeron durante la guerra y la inmediata posguerra. Más tarde, cuando los valores de los activos colapsaron en la Gran Depresión, lo principal no fue la desintegración del capital físico, sino la evaporación de su valor de mercado. Durante la II Guerra Mundial la destrucción jugó un papel mucho más importante. El problema es que, aunque los cambios físicos y los cambios de los precios son cosas obviamente diferentes, Piketty los trata como si fueran distintos aspectos de una misma cosa.

La evolución de la desigualdad no es un proceso natural Piketty busca mostrar que, en relación con el ingreso corriente, el valor de mercado de los activos de capital ha crecido drásticamente desde los 70. En el mundo angloamericano, según sus cálculos, esa razón creció desde un 250-300 por ciento entonces al 500-600 por ciento de nuestros días. En cierto sentido, el "capital" se ha convertido en un factor de la vida económica más importante, más dominante, mucho más grande.

Piketty atribuye ese incremento a la ralentización del crecimiento económico en relación con los rendimientos del capital, conforme a una fórmula bautizada por él como "ley fundamental". Algebraicamente, se expresa como r > c, siendo r los rendimientos del capital y c el crecimiento del ingreso. También aquí parece estar hablando de volúmenes físicos de capital, año tras año aumentados por los beneficios y el ahorro.

Pero lo que mide no son volúmenes físicos, y su fórmula no explica demasiado bien las pautas observadas en los distintos países. Por ejemplo: su razón capital/ingresos llega a la cúspide en Japón en 1990 –hace casi un cuarto de siglo, al comienzo del largo estancamiento japonés—, y en los EEUU, en 2008. Mientras que en Canadá, que no tuvo desplome financiero, todavía sigue creciendo. Una mente simple diría que lo que cambia es el valor de mercado y no la cantidad física, y que el valor de mercado está impulsado por la financiarización y exagerado por las burbujas, subiendo allí donde éstas se autorizan y cayendo cuando pinchan.

Piketty se propone armar una teoría relevante para el crecimiento que utilice capital físico como insumo. Y sin embargo, desarrolla una métrica empírica que no guarda relación con el capital físico productivo y cuyo valor en dólares depende, en parte, de los rendimientos del capital. ¿De dónde viene la tasa de rendimientos del capital? Piketty no nos lo dice. Se limita a afirmar que los rendimientos del capital promediaban un cierto valor, un 5% de la tierra en el siglo XIX digamos, y que en el siglo XX promedian un valor más alto.

La teoría económica neoclásica básica sostiene que la tasa de rendimientos del capital depende de su productividad (marginal). En tal caso, tenemos que pensar en términos de capital físico. Y esa parece ser también la idea de Piketty. Pero el empeño en construir una teoría del capital físico con una tasa de rendimiento tecnológico fracasó hace mucho tiempo bajo el fuego devastador de la artillería procedente de Cambridge (Inglaterra) en los 50 y los 60, y señaladamente de Joan Robinson, Piero Sraffa y Luigi Pasinetti.

Piketty apenas dedica tres páginas a las controversias Cambridge-Cambridge, pero son páginas muy reveladoras porque resultan terriblemente confusionarias. Escribe: "La disputa prosiguió entre los economistas radicados sobre todo en Cambridge, Massachussets (entre ellos [Robert] Solow y [Paul] Samuelson) y los economistas radicados en Cambridge, Inglaterra…, quienes (no sin cierta confusión a veces) vieron en el modelo de Solow la pretensión de que el crecimiento anda siempre perfectamente equilibrado, lo que era como negar la importancia atribuida por Keynes a las fluctuaciones a corto plazo. No fue hasta bien entrados los 70 que el llamado modelo de crecimiento neoclásico de Solow terminó imponiéndose." Pero los argumentos de los críticos no versaban sobre Keynes, ni sobre fluctuaciones. Versaban precisamente sobre el concepto de capital físico y sobre la imposibilidad de derivar el beneficio de una función de producción. De forma desesperadamente sumaria se pueden resumir del modo que sigue. Primero: no se pueden agregar los valores de los objetos de capital para obtener una cantidad común sin disponer previamente de una tasa de interés, la cual –por ser previa— debe venir del mundo financiero, no del mundo físico. Segundo: si la tasa real de interés es una variable financiera que varía por razones financieras, la interpretación física de un stock de capital valorado en dólares carece de todo significado. Y en tercer lugar, una objeción más sutil: en la medida en que la tasa de interés cae, no hay tendencia sistemática alguna a la adopción de una tecnología más "intensiva en capital" como, en cambio, supone el modelo neoclásico.

En una palabra: la crítica de Cambridge privó de todo sentido a la pretensión de que los países llegan a ser más ricos por la vía de usar "más" capital. El caso es que los países más ricos a menudo usan menos capital aparente; registran una mayor participación de los servicios en su producto total y del trabajo en sus exportaciones (la "paradoja de Leontief"). Lo cierto es que esos países llegaron a ser más ricos –como argumentó Pasinetti luego— por la vía del aprendizaje, de la mejora técnica, de la instalación de infraestructuras, de la extensión de la educación y –como yo mismo he argüido— gracias a una regulación administrativa exhaustiva y profunda y a la generalización de las redes de seguridad social. Nada de eso guarda la menor relación con el concepto de capital físico de Solow, y menos todavía con una métrica de la capitalización de la riqueza en los mercados financieros.

No hay razón para pensar que la capitalización financiera guarda estrecha relación con el desarrollo económico. Al grueso de los países asiáticos, incluidos Corea, Japón y China, les fue muy bien durante décadas sin financiarización; y lo mismo puede decirse de la Europa continental de la posguerra y aun de los EEUU antes de 1970.

Y el modelo de Solow no "terminó imponiéndose". En 1966 el propio Samuelson tuvo que reconocer que Cambridge [Inglaterra] había ganado el debate.

II El núcleo empírico del libro de Piketty se centra en la distribución de los datos de ingreso obtenidos de los registros fiscales de un puñado de países ricos (sobre todo, Francia y Gran Bretaña, pero también los EEUU, Canadá, Alemania, Japón, Suecia y algunos otros). La ventaja de ese procedimiento sobre otras aproximaciones a la distribución es que permite una mirada amplia, al tiempo que presta una detallada e insólita atención a los ingresos de los grupos de elite.

Piketty muestra que a mediados del siglo XX la participación en el ingreso de los grupos en la cúspide de esos países cayó: gracias, sobre todo, a los efectos directos e indirectos de la II Guerra Mundial. Entre esos efectos estaban el alza salarial, la sindicalización, los impuestos progresivos al ingreso y las nacionalizaciones y expropiaciones en Gran Bretaña y en Francia. La participación en el ingreso nacional de los grupos en la cúspide se mantuvo baja durante tres décadas. Empezó a crecer a partir de los 80, drástica y aceleradamente en los EEUU y en Gran Bretaña y más moderadamente en Europa y Japón.

La concentración de la riqueza parece haber llegado a su cima hacia 1910, fue cayendo hasta 1970 y luego empezó a crecer de nuevo. Si las estimaciones de Piketty andan en lo cierto, la participación en la riqueza nacional del grupo en la cúspide en Francia y en los EEUU se halla ahora mismo todavía por debajo de los niveles de la Belle Epoque, mientras que la participación en el ingreso nacional del grupo en la cúspide en los EEUU ha regresado a los niveles de la Era de la Codicia. Piketty cree también que los Estados Unidos son un caso extremo: que su desigualdad de ingresos hoy supera a la registrada en algunos países en vías de desarrollo, como India, China e Indonesia.

¿Hasta que punto son originales y fiables estas medidas? Al comienzo del libro, Piketty se declara el único economista vivo a la altura de Simon Kuznets, el gran estudioso de las desigualdades de mediados del siglo XX. Escribe: "Desgraciadamente, nadie ha proseguido sistemáticamente el trabajo de Kuznets, sin duda, en parte, porque el estudio histórico y estadístico de los registros fiscales cae en una especie de tierra académica de nadie: demasiado histórica para los economistas y demasiado económica para los historiadores. Una verdadera lástima, porque la dinámica de la desigualdad de ingresos sólo puede estudiarse con una perspectiva de largo plazo que sólo se gana sirviéndonos de los registros fiscales." La afirmación es falsa. Los registros fiscales no son la única fuente disponible de buenos datos sobre las desigualdades. En una investigación desarrollada durante más de veinte años, quien esto escribe se ha servido de registros salariales y de remuneraciones para medir la evolución a largo lazo de las desigualdades. En un trabajo de 1999, Thomas Ferguson y yo rastreamos estas medidas hasta los EEUU de 1920: y descubrimos la misma pauta, aproximadamente, que Pikertty ha encontrado ahora.

Es bueno ver confirmados nuestros resultados, porque eso viene a subrayar algo muy importante. La evolución de la desigualdad no es un proceso natural. La ingente igualización registrada en los EEUU entre 1941 y 1945 se debió a la movilización llevada a cabo bajo estrictos controles de precios acompañados de tipos impositivos confiscatorios para las rentas altas. El objetivo era doblar la producción sin crear millonarios enriquecidos por la guerra. Y al revés, el objetivo de la economía de la oferta luego de 1980 fue (principalmente) enriquecer a los ricos. En ambos casos, la política logró ampliamente los efectos que buscaba.

Bajo el presidente Reagan, los cambios en la legislación fiscal estimularon el incremento de las remuneraciones de los ejecutivos empresariales, el uso de opciones de acciones y –por vía rodeada— la desmembración de las nuevas empresas tecnológicas en empresas separadamente capitalizadas (como Intel, Apple, Oracle, Microsoft, etc.). Ahora los ingresos en la cúspide no son ya remuneraciones fijas, sino que están estrechamente vinculadas al mercado de valores. Eso es simplemente resultado de la concentración de propiedad, del flujo de precios de activos y del uso de fondos de capital para la remuneración de los ejecutivos. Durante el auge de las tecnológicas, la correspondencia entre los cambios registrados en la desigualdad de ingresos y los registrados en el [índice] NASDAQ era exacta, como Travis Hale y yo hemos mostrado en un artículo que acaba de aparecer en la World Economic Review. [1]

El lector no especializado no se sorprenderá. Los académicos, empero, tienen que lidiar con el trabajo convencional dominante de (entre otros) Claudia Goldin y Lawrence Katz, quienes sostienen que la pauta de los cambios registrados en la desigualdad de ingresos en Norteamérica es el resultado de una "carrera competitiva entre la educación y la tecnología" en materia de salarios, con ventaja de la primera, al comienzo, y de la segunda, después. (Cuando va en cabeza la educación, la desigualdad, supuestamente, bajaría, y a la inversa.) Piketty rinde pleitesía a esa pretensión, pero no añade prueba empírica alguna, y sus hechos la contradicen. La realidad es que las estructuras salariales cambian mucho menos que los ingresos basados en los beneficios, y el grueso de la desigualdad creciente viene de un incremento del flujo de ingresos de beneficios que van a parar a los muy ricos.

Una comparación global ofrece muchos materiales empíricos, y (hasta donde yo sé) ninguno viene en apoyo de la tesis de Piketty, según la cual el ingreso en los EEUU de hoy es más desigual que en los grandes países en vías de desarrollo. Branko Milanović ha mostrado que las mayores desigualdades se registran en Sudáfrica y en Brasil. Investigaciones recientes del Luxembourg Income Study (LIS) sitúan la desigualdad de ingresos de la India muy por encima de la de los EEUU. Mis propias estimaciones sitúan la desigualdad en los EEUU por debajo del promedio de los países que no forman parte de la OCDE, y coinciden con las del LIS sobre la India.

Una explicación probable de las discrepancias es que los datos de los registros fiscales sólo son comparables en la medida en que lo permitan las definiciones jurídicas del ingreso fiscalizable, y sólo pueden ser precisos en la medida en que los sistemas fiscales sean efectivos. Ambos factores resultan problemáticos en los países en vías de desarrollo: los datos del registro fiscal no reflejan el grado de desigualdades que otras medidas sí consiguen revelar. (Y nada puede aprenderse de los jerifatos petroleros, en los que los ingresos están libres de impuestos.) Al revés, los buenos sistemas fiscales reflejan la desigualdad. En los EEUU, la IRS [la agencia de investigación de la Hacienda norteamericana] es temida y respetada, y a punto tal, que hasta el grueso de los ricos declara el grueso de sus ingresos. Los registros fiscales son útiles, pero es un error tratarlos como si fueran documentos sagrados.

III Para resumir lo dicho hasta aquí: el libro de Thomas Piketty sobre el capital ni versa sobre el capital en el sentido de Marx, ni versa sobre el capital físico que sirve de factor de producción en el modelo neoclásico del crecimiento económico. Es fundamentalmente un libro sobre la valoración que se da a los activos tangibles y financieros, la evolución temporal de la distribución de esos activos y la riqueza heredada intergeneracionalmente.

¿Por qué es interesante eso? Adam Smith lo dejó dicho con una sola sentencia: "La riqueza, como dice el señor Hobbes, es poder". La valoración de las finanzas privadas mide el poder, incluido el poder político, aun cuando sus tenedores no desempeñen ningún papel económico. Los tradicionales terratenientes absentistas y los hermanos Koch ahora tienen un poder de este tipo. Piketty lo llama "capitalismo patrimonial": es decir, no la cosa real.

El viejo sistema fiscal con elevados tipos marginales fue eficaz en su día. ¿Funcionaría hoy regresar a él? ¡Ah! No funcionaría.

Gracias a la Revolución Francesa el registro de la riqueza y de la propiedad ha sido bueno durante mucho tiempo en la patria de Piketty. Eso permite a Piketty mostrar hasta qué punto los simples determinantes de la concentración de riqueza son la tasa de rendimiento de los activos y las tasas de crecimiento económico y demográfico. Si la tasa de rendimiento supera a la tasa de crecimiento, entonces los ricos y los viejos ganan en relación con todos los demás. Entretanto, las herencias dependen de la capacidad de acumulación de los mayores –tanto mayor, cuanto más tiempo vivan— y de su tasa de mortalidad. Esas dos fuerzas arrojan un flujo de herencia que Piketty estima representa cerca de un 15% del ingreso anual en la Francia de nuestros días: asombrosamente alto tratándose de un factor que no recibe la menor atención en los medios de comunicación y en los textos académicos.

Además, para Francia, Alemania y Gran Bretaña, el "flujo de herencia" no ha dejado de crecer desde 1980 –desde niveles irrelevantes hasta niveles substanciales— a causa de una tasa de rendimiento más elevada de los activos financieros y de una tasa de mortalidad ligeramente creciente entre las personas mayores. Parece probable que la tendencia continúe, aun cuando queda abierta la pregunta sobre los efectos de la crisis financiera sobre las valoraciones. Piketty muestra también –en la pequeña medida en que los datos lo permiten— que la participación en la riqueza global de un ínfimo grupo de archimillonarios ha crecido mucho más rápidamente que el ingreso global promedio.

¿Qué preocupaciones políticas despierta todo esto? Piketty escribe: "Con independencia de lo justificadas que puedan estar inicialmente las desigualdades de riqueza, las fortunas pueden crecer y perpetuarse más allá de todo límite razonable y más allá de cualquier justificación razonable en términos de utilidad social. Los empresarios tienden entonces a convertirse en rentistas, no con el paso de las generaciones, sino en el curso de una sola vida… Una persona que tiene buenas ideas a los cuarenta, no necesariamente seguirá teniéndolas a los noventa, ni es seguro que sus hijos las tengan. Sin embargo, la riqueza sigue ahí." Piketty realiza en este paso una distinción que antes había pasado por alto: la distinción entre la riqueza justificada por la "utilidad social" y la otra. Es la vieja distinción entre "beneficio" y "renta". Pero Piketty nos ha privado de la posibilidad de usar la palabra "capital" en este sentido normal para referirnos al factor insumo que arroja un beneficio en el sector "productivo" y distinguirlo de la fuente de ingresos del "rentista". En lo que hace a los remedios, Piketty hace un dramático llamamiento a favor de un "impuesto progresivo global al capital", entendiendo por tal un impuesto a la riqueza. En efecto, ¿qué mejor para una época de desigualdad (y déficits públicos) que un gravamen sobre los patrimonios de los ricos, cuando, donde y cualquiera sea la forma en que se descubran? Pero si esa fiscalidad no consigue discriminar entre las fortunas que tienen una "utilidad social" activa y las que carecen de ella –la distinción que Piketty acaba inopinadamente de sugerir—, entonces puede que esos gravámenes no sean la idea mejor concebida del mundo.

En cualquier caso, como el propio Piketty admite, esa propuesta es "utópica". Para empezar, en un mundo en el que sólo un puñado de países son capaces de medir con cierta precisión los ingresos elevados se necesitaría una base fiscal totalmente nueva, una especie de Libro del Juicio Final que, a escala planetaria, llevara el registro de una medida del patrimonio personal de todos. Eso está más allá de las capacidades hasta de la NSA [la agencia de inteligencia militar estadounidense]. Y si la propuesta es utópica, que es sinónimo de fútil, ¿a qué viene avanzarla? ¿A qué dedicarle un capítulo entero, como no sea para excitar a los incautos?

El resto de posiciones políticas de Piketty está contenido en los dos siguientes capítulos, a los que el lector no puede menos de llegar un poco fatigado tras haber recorrido ya casi 500 páginas. En esos capítulos no se nos presenta ni como radical ni como neoliberal, ni siquiera como un europeo típico. A pesar de haber hecho aquí y allá distintas observaciones sobre el salvajismo de los EEUU, resulta que Thomas Piketty es una variante de demócrata social-bienestarista moldeado, y por mucho, por el New Deal norteamericano. ¿Cómo logró el New Deal tomar al asalto la verdadera fortaleza de privilegios que eran los EEUU de comienzos del siglo XX? Primero, construyó un sistema de protecciones sociales previamente inexistentes: la Seguridad Social, el salario mínimo, la regulación laboral equitativa, los trabajos de mantenimiento o el empleo público. Y los funcionarios del New Deal regularon los bancos, refinanciaron las hipotecas y sometieron al poder granempresarial. Construyeron riqueza comúnmente compartida como contrapoder de los activos privados.

Otra parte del New Deal –sobre todo en su última fase— fue la fiscalidad. Viendo venir la guerra, Roosevelt impuso altos tipos fiscales marginales progresivos, especialmente a los ingresos procedentes de las rentas (no ganadas) del capital. El efecto fue un estímulo contrario a la remuneración de los altos ejecutivos. La gran empresa utilizó sus ingresos no distribuidos, construyó fábricas y (tras la guerra) rascacielos, y no diluyó sus acciones repartiéndolas endogámicamente. Piketty dedica unas pocas páginas al Estado de Bienestar. Apenas dice algo sobre los bienes públicos. Su foco siguen siendo los impuestos. Para los EEUU, urge a un regreso a los tipos marginales máximos del 80% para los ingresos anuales superiores a los 500.000 dólares o al millón de dólares. Puede que esa sea su idea más popularizable entre los círculos liberales de izquierda norteamericanos nostálgicos de los años gloriosos. Y para decirlo todo, el viejo sistema de elevados tipos fiscales marginales fue eficaz en su día.

¿Servirían ahora para devolvernos a aquel mundo? Pues no. En los 60 y 70, esos tipos marginales elevados sobre las grandes rentas estaban llenos de agujeros y resquicios. Los grandes jefes de las grandes empresas podían ya compensar sus bajas remuneraciones con enormes ventajas. Esos tipos marginales eran sobre todo odiados por los relativamente pocos que ingresaban grandes sumas dimanantes (en general) del trabajo honrado y se veían obligados a pagar por eso: estrellas del deporte, actores cinematográficos, intérpretes, escritores superventas, etc. El punto sensible de la Ley de Reforma Tributaria (Tax Reform Act) de 1986 fue la simplificación de la fiscalidad por la vía de imponer tipos menores a una base mucho más amplia del ingreso imponible. Volver a elevar los tipos marginales ahora no produciría –como el propio Piketty observa con razón— una nueva generación de exiliados fiscales. Porque sería lo más fácil del mundo evadir esos tipos con trucos inaccesibles a los plutócratas no globalizados de hace dos generaciones. Cualquiera que esté familiarizado con los esquemas internacionales de evasión fiscal –como el "Doble Bocadillo Irlandés/Holandés"— encontrará la manera.

Si en el núcleo del problema está una tasa de rendimiento demasiado alta de los activos privados, la mejor solución pasa por rebajar esa tasa. ¿Cómo? ¡Elevemos el salario mínimo! Eso rebajará los rendimientos del capital fundados en trabajo con salarios bajos. ¡Apoyemos a los sindicatos obreros! ¡Gravemos fiscalmente los beneficios de las empresas y las rentas personales de capital, incluidos los dividendos! ¡Rebajemos los tipos de interés actualmente exigidos a las empresas! Y hagámoslo creando entidades de préstamo públicas y cooperativas en substitución de los megabancos privados zombies de nuestros días. Y quien esté preocupado por los derechos de monopolio –garantizados por la ley y por los acuerdos comerciales— otorgados al Big Pharma [la media docena de grandes transnacionales farmacéuticas que dominan el mercado mundial; T.], al Big Media [la decena de grupos empresariales que dominan los medios de comunicación en el mundo; T], a los grandes despachos de abogados, a las grandes clínicas médicas, etc., siempre está la posibilidad (como nos recuerda con frecuencia Dean Baker) de introducir más competencia.

Por último, tenemos los impuestos a la transmisión patrimonial y a las donaciones: una joya de la Era Progresista. Piketty es favorable a esos impuestos, pero por razones equivocadas. Lo fundamental en la fiscalización de la transmisión patrimonial no es elevar los ingresos públicos, ni siquiera ralentizar per se la creación de fortunas desproporcionadas; esos impuestos no interfieren en la creatividad o en la destrucción creativa. Su propósito clave es bloquear la formación de dinastías. Y la gran virtud de ese impuesto a la herencia, tal como se aplicó en los EEUU, es la cultura de filantropía conspicua por él generada: el reciclaje de la gran riqueza hacia universidades, hospitales, iglesias, teatros, bibliotecas, museos y pequeñas revistas.

Esos son no-beneficios que crean cerca de un 8 por ciento de los puestos de trabajo en los EEUU y cuyos servicios elevan el nivel de vida del conjunto de la población. Ni que decir tiene, el impuesto que alimenta a esa filantropía está hoy muy erosionado; la dinastía es un enorme problema político. Pero a diferencia del gravamen sobre el capital, el impuesto a la transmisión patrimonial sigue siendo viable, en principio, porque precisa de la estimación de la riqueza una sola vez, a la muerte de su tenedor. Se podría hacer mucho más si la ley se endureciera y reforzara, con un umbral más elevado, con un tipo alto, sin agujeros ni resquicios y con menos uso de fondos a favor de políticas envilecidamente patógenas (como las que persiguen precisamente la destrucción de la fiscalización de la transmisión patrimonial).

En suma: El capital en el siglo XXI es un libro de peso, rebosante de buena información sobre flujos de ingresos, transferencias de riqueza y distribución de los recursos financieros en algunos de los países más ricos del mundo. Piketty arguye convincentemente, desde el comienzo, que la buena teoría económica tiene que empezar con –o al menos incluir— un examen meticuloso de los hechos. Pero no consigue proporcionar una guía demasiado sólida para orientar la política. Y a pesar de sus grandes ambiciones, su libro no es la obra lograda de alta teoría que sugieren su título, su volumen y su recepción (hasta ahora).
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NOTA: *The American Wage Structure, 1920–1947",en: Research in Economic History. Vol. 19, 1999, 205–257. Mi libro de 1998 Created Unequal rastreó la desigualdad salarial entre 1950 y los 90. Para una actualización, cfr. James K. Galbraith y J. Travis Hale: "The Evolution of Economic Inequality in the United States, 1969–2012: Evidence from Data on Inter-industrial Earnings and Inter-regional Incomes", recientemente publicado en: World Economic Review, 2014, no. 3, 1–19: http://tinyurl.com/my9oft8.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

Diego García y el avión de Malaysian Airlines

Xov, 24/04/2014 - 08:00
Alejandro Nadal, La Jornada

El día primero de septiembre de 1983, el vuelo KAL 007 de la línea Korean Air se encontraba en la última fase de su recorrido de Nueva York a Seúl. Poco después del despegue de Anchorage, donde había hecho escala, el avión comenzó a desviarse de la ruta estipulada en el plan de vuelo. En poco tiempo el Boeing 747, con 269 pasajeros y tripulantes a bordo, se introdujo en el espacio aéreo de la ex-Unión Soviética y comenzó a cruzar la península de Kamchatka.

La Unión Soviética había colocado en esa península una serie de instalaciones militares estratégicas. Sus radares y bases de respuesta rápida estaban diseñados para desempeñar un papel clave en caso de un ataque proveniente de Estados Unidos. Tan pronto el KAL 007 imprimió su huella en las pantallas de radar soviéticas, dos cazas Sukhoi-15 supersónicos despegaron para interceptar el avión de pasajeros. Los cazas encontraron al KAL 007 y los militares soviéticos trataron de comunicarse sin éxito con el avión de pasajeros. Cuando el KAL 007 cruzó la isla de Sajalín, las autoridades militares soviéticas tomaron la decisión de derribarlo. Uno de los Sukhoi-15 disparó un misil detector de rayos infrarrojos. El Boeing se desintegró en el aire y nunca se supo por qué el KAL 007 llegó a desviarse 250 kilómetros de su curso.

El 3 de julio de 1988 el vuelo de Iran Air 655 despegó de Teherán con rumbo a Dubai. Este Airbus 300 llevaba 274 pasajeros (incluidos 66 niños) además de la tripulación (otras 16 personas). El avión hizo escala en Bandar Abbas, puerto clave en el estrecho de Hormuz, y de ahí procedió hacia Dubai, en lo que debía ser un corto vuelo de 30 minutos. Desde el despegue la torre de control ordenó a los pilotos poner en marcha el transponder y continuar el vuelo sobre el golfo Pérsico en un corredor de 32 kilómetros de ancho reservado para vuelos civiles. El plan de vuelo era sencillo: ascender hasta los 4 mil 300 metros y después de unos minutos comenzar el descenso sobre Dubai.

El crucero lanza-misiles Vincennes se encontraba en aguas territoriales de Irán cuando su radar detectó el vuelo del Airbus iraní. La trayectoria le pareció hostil e inmediatamente envió un mensaje exigiendo un cambio de trayectoria. El avión de Iran Air no pudo responder a esos mensajes porque no podía recibir los mensajes del Vincennes. Aunque el avión seguía en contacto con los controladores de aviación civil, el capitán estadounidense decidió que era necesario derribar el avión y disparó uno de sus misiles guiados por radar. Un minuto después el Airbus se desintegró en el aire y todos sus ocupantes murieron en el acto.

Estas y otras historias trágicas vienen a la mente cuando se consideran los datos que rodean la extraña desaparición del vuelo MH 370 de Malaysian Airlines. El avión despegó de Kuala Lumpur con rumbo a Pekín el pasado 8 de marzo y menos de una hora después del despegue se perdió todo contacto con el avión, un Boeing 777. Ni los controladores aéreos, ni los radares civiles pudieron seguir el curso del avión.

Sin embargo, varios satélites militares y civiles pudieron identificar señales del avión y determinar que el aparato se mantuvo en una trayectoria hacia el sudoeste, cruzando el golfo de Tailandia y atravesando la península malaya e internándose en el mar de Andamán. Un radar militar de Malasia detectó brevemente el avión sobre la isla de Pulau Perak en el estrecho de Malaca. Es evidente que el avión evadió intencionalmente varios radares civiles y que el transponder y otros sistemas de comunicación fueron intencionalmente silenciados por alguien en la cabina.

El avión de Malaysian Airlines ha desaparecido y una gigantesca búsqueda internacional no ha podido localizar sus restos. ¿Qué hay en la trayectoria que siguió el vuelo MH 370?

La base de Diego García es una de las instalaciones estratégicas de mayor importancia en la historia militar de Estados Unidos. Es una pequeña isla en el océano Índico que ha permitido a los bombarderos estadounidenses lanzar operaciones en casi todos los frentes importantes en la guerra fría y después. Los bombarderos B52 y B1 pueden aterrizar y despegar sin problemas y la base fue utilizada para bombardear posiciones en Vietnam, Cambodia, Laos, Afganistán e Irak. Es posible que Diego García albergue un centro de detención secreta (y de posibles torturas) similar a Guantánamo.

El vuelo de Malaysian Airlines muy bien pudo alcanzar Diego García. La autonomía de vuelo del Boeing 777 le habría permitido llegar hasta la remota base militar de triste historia si alguien en la cabina lo hubiera deseado. Sólo que también es posible que los radares y satélites estadunidenses habrían detectado el avión solitario y muy probablemente le habrían derribado. Todo esto es una conjetura, por supuesto. Pero bien vale la pena considerarla por la trayectoria del avión y por el hecho de que no se ha podido detectar nada que se parezca a los restos del avión (hecho compatible con la hipótesis de que el avión fue destruido por un misil). Es sólo una hipótesis.

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Joseph Stiglitz: Cómo reformar el equilibrio entre el Estado y el mercado en China

Mar, 22/04/2014 - 09:01
Joseph Stiglitz, Project Syndicate

Ningún país en la historia ha crecido tan rápido —ni ha sacado a tantas personas de la pobreza— como China lo hizo durante los últimos 30 años. Un sello distintivo del éxito de China ha sido la voluntad que tienen sus líderes para revisar el modelo económico del país, cuándo y en la forma como sea necesario, a pesar de la oposición de poderosos intereses creados. Y ahora, a medida que China implementa otra serie de reformas fundamentales, tales intereses ya se están alineando para oponer resistencia. ¿Podrán triunfar nuevamente los reformadores?

Para responder a esta pregunta, el punto crucial a tener en cuenta es que, como en el pasado, la actual ronda de reformas reestructurará no solamente la economía, sino que también los intereses creados que darán forma a las futuras reformas (e incluso irán a determinar si dichas reformas van a ser posibles). Y hoy día, si bien iniciativas de alto perfil —como, por ejemplo, la ampliación de la campaña contra la corrupción del Gobierno— reciben mucha atención, el tema más profundo que China enfrenta es el relativo a los papeles apropiados para el Estado y para el mercado.

Cuando China inició sus reformas hace más de tres décadas, la dirección estaba clara: el mercado tenía que desempeñar un papel mucho más importante en la asignación de recursos. Y así ha sido, ya que el sector privado ahora es mucho más importante de lo que fue antes. Es más, existe un amplio consenso acerca de que el mercado tiene que desempeñar lo que las autoridades denominan un “papel decisivo” en muchos sectores donde las empresas de propiedad estatal (EPE) dominan. Sin embargo, ¿cuál debería ser su papel en otros sectores y en la economía en general?

El empeoramiento de la contaminación del medio ambiente, por ejemplo, pone en peligro el nivel de vida, mientras que la desigualdad en los ingresos y la riqueza ahora rivaliza con la que se registra en Estados Unidos y la corrupción permea las instituciones públicas y el sector privado por igual. Todo esto socava la confianza en la sociedad y el Gobierno, una tendencia que es particularmente evidente en el caso de, por ejemplo, la seguridad alimentaria.

Tales problemas podrían empeorar a medida que China reestructure su economía, alejándola del crecimiento impulsado por las exportaciones y llevándola hacia un crecimiento apoyado en los servicios y el consumo de los hogares. Claramente, hay espacio para el crecimiento en el consumo privado; sin embargo, adoptar el estilo de vida materialista despilfarrador de Estados Unidos sería un desastre para China, y para el planeta. La calidad del aire en China ya está poniendo las vidas de las personas en situación de riesgo; el calentamiento global proveniente de emisiones de carbono aún más altas en China amenazaría al mundo entero.

Existe una mejor estrategia. Para empezar, el nivel de vida chino podría y aumentaría si se asignan más recursos para corregir grandes deficiencias en los ámbitos de la educación y la atención de la salud. En estos ámbitos, el Gobierno debería desempeñar un papel de liderazgo, y los Gobiernos verdaderamente sí lo hacen en la mayoría de las economías de mercado por buenas razones.

El sistema de salud de Estados Unidos que se basa en servicios privados es costoso, ineficiente y logra resultados mucho peores que los sistemas de los países europeos, que gastan mucho menos. Un sistema que se basa más en el mercado no es el camino por el que China debería desplazarse. En los últimos años, el Gobierno ha dado pasos importantes en la prestación de atención básica de salud, especialmente en las zonas rurales, y algunos han comparado el abordaje de China al de Reino Unido, donde la prestación privada de servicios de salud se encuentra ubicada una capa por encima de una base pública. Si dicho modelo se considerara como un mejor modelo que, por ejemplo, el modelo francés de prestación de servicios de salud, que es dominado por el Gobierno, puede ser objeto de debate. Sin embargo, si se adopta el modelo de Reino Unido, el nivel de la base es lo que marca la diferencia; debido al papel relativamente pequeño de la prestación de servicios de atención de salud privada en Reino Unido, el país cuenta con lo que esencialmente es un sistema público.

De igual manera, a pesar de que China ya ha hecho progresos en cuanto a alejarse de una economía basada en la manufactura, desplazándose hacia una economía basada en los servicios (la participación en el PIB de los servicios superó a la participación de la manufactura por primera vez en el año 2013), todavía queda un camino largo por recorrer. Al momento, ya muchas industrias están sufriendo de un exceso de capacidad, y su reestructuración eficiente y sin problemas no será fácil si no cuentan con la ayuda del Gobierno.

China está reestructurándose de otra manera: una rápida urbanización. Cerciorarse de que las ciudades sean habitables y sostenibles medioambientalmente requerirá de fuertes medidas del Gobierno para prestar suficientes servicios de transporte público, escuelas públicas, hospitales públicos y parques, como también de una zonificación efectiva, entre otros bienes públicos.

Una lección importante que se debería haber aprendido de la crisis económica mundial posterior al año 2008 es que los mercados no se autorregulan. Son propensos a la formación de burbujas de activos y de crédito, que inevitablemente colapsan —a menudo, cuando los flujos de capitales transfronterizos abruptamente revierten la dirección en la que fluyen— imponiendo costes sociales enormes.

El enamoramiento estadounidense con la desregulación fue la causa de la crisis. El problema no solamente consiste en la determinación del ritmo y la secuencia de la liberalización, como algunos sugieren; el resultado final también es importante. La liberalización de las tasas de depósito condujo, en la década de 1980, a la crisis de ahorro y préstamo estadounidense. La liberalización de las tasas de préstamo alentó a un comportamiento depredador que explotaba a los consumidores pobres. La desregulación bancaria no condujo hacia un mayor crecimiento, sino que simplemente condujo hacia un mayor riesgo.

Se tiene la esperanza de que China no vaya a tomar el camino que Estados Unidos siguió, con consecuencias tan desastrosas. El desafío para los líderes chinos es diseñar regímenes reguladores eficaces que sean apropiados para su etapa de desarrollo.

Eso requerirá que el Gobierno recaude más fondos. Hoy día, la dependencia de los Gobiernos locales en la venta de tierras es una fuente de muchas de las distorsiones de la economía, y también de gran parte de la corrupción. En lugar de ello, las autoridades deben aumentar los ingresos mediante la imposición de gravámenes ambientales (incluyendo un impuesto sobre el carbono), un impuesto progresivo a los ingresos que sea más integral (incluyendo un impuesto sobre las ganancias de capital) y un impuesto a la propiedad. Por otra parte, el Estado debe apropiarse, a través de dividendos, de una mayor proporción del valor de las empresas de propiedad estatal (algunas de las cuales podrían estar a expensas de los ejecutivos de dichas empresas).

La pregunta es si China puede: mantener un crecimiento rápido (si bien algo más lento que su reciente ritmo vertiginoso de crecimiento) aun mientras tire de las riendas para desacelerar la expansión del crédito (que podría provocar una reversión abrupta en los precios de los activos); enfrentar a la débil demanda mundial; reestructurar su economía, y luchar contra la corrupción. En otros países, estos abrumadores desafíos han llevado a la parálisis, no al progreso.

La economía del éxito es clara: un mayor gasto en urbanización, atención de la salud y educación, financiado por el aumento de impuestos, podría sostener el crecimiento, mejorar el medio ambiente y reducir la desigualdad. Si las políticas de China pueden gestionar la implementación de esta agenda, China y el mundo entero estarán en una mejor posición.

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