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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenonoreply@blogger.comBlogger6824125
Actualizado: fai 16 horas 1 min

Helmut Kohl, el canciller de la Europa alemana

Ven, 16/06/2017 - 22:56
Juan Carlos Monedero, Público

Siendo estudiante en Heidelberg recuerdo una visita de Kohl a la ciudad, vecina a su natal Ludwishafen. Nos habíamos manifestado pocos meses antes en contra de la primera guerra del Golfo. La presencia en Alemania de bases norteamericanas, especialmente en Heidelberg, donde tenían el Cuartel General, hacía que la represión de las manifestaciones siempre fuera violenta (la rendición incondicional de Alemania en la Segunda Guerra Mundial les dejó sin ejército y ocupados). Ya antes la policía había demostrado su dureza contra las protestas ciudadanas contra la “doble decisión” de la OTAN, tomada en 1979 por el SPD de Helmut Schmidt pero ejecutada por Kohl. Esta decisión, en el contexto de la guerra fría, implicaba desplegar en suelo europeo 572 misiles Pershing y Cruisse (los “euromisiles”), como respuesta a la negativa de la URSS de retirar los SS-20 suyos.

En el entorno universitario alemán, había un gran rechazo a Kohl, pues se le identificaba como un político profesional tosco y sin estilo (desde las filas socialistas le llamaban “pera” por el contorno de su cabeza), que había ocupado la posición de Canciller en 1982 sólo gracias a un cambio de alianzas de los socios liberales. Aprovechando que un sector del SPD se opuso al despliegue de los euromisiles, el oportunista FDP, el Partido Liberal Alemán (FDP), que empezaba su etapa neoliberal y expansionista, abandonó su apoyo a los socialistas y pasó a hacer de muleta de los democristianos. Lo cierto es que Kohl era doctor en historia por Heidelberg, con una tesis sobre “El desarrollo político en el Palatinado y el resurgimiento de los partidos después de 1945”, pero su mala dicción y sus problemas con los idiomas le hicieron siempre objeto de burla (aun más en comparación con su antecesor, Helmut Schmidt, un intelectual reconocido).

La comparación con Mitterrand era constante. En el despliegue de los euromisiles, Mitterrand estuvo mano con mano con Kohl. Era el tiempo del eje París-Bonn donde los franceses mantenían a los alemanes comprometidos con Europa. Pero la batuta siempre estuvo del lado francés. Los alemanes perdieron la guerra, no tenían soberanía y sobre ellos pesaba con dureza la culpa de una guerra que dejó sobre suelo europeo más de cincuenta millones de muertos. Un comentario era común en Alemania cada vez que Mitterrand y Kohl salían juntos: “un hombre grande al lado de un gran hombre”.

La muerte de Helmut Kohl (1930-2017) en su natal Ludwigshafen está siendo utilizada, como no podía ser de otra manera, para que la Europa alemana -que está acabando con la idea democrática de Europa- vuelva a ganar la guerra fría. Los elogios a Kohl siempre son los mismos: “era un gran europeísta”. Pero eso es solo, como mucho, la mitad de la verdad. El mayor o menor europeísmo de Alemania está en virtud de la mayor o menor fuerza de Francia. De hecho, hoy, una Francia debilitada ha permitido que los alemanes vuelvan a campar por sus respetos. No es una cuestión de personalidades: es una cuestión de política y de capacidad económica de los demás europeos respecto del expansionismo alemán.

Kohl, un político profesional, se salvó por pelos de pasar a la historia como un político más del montón. En septiembre de 1989, en la víspera de la caída del Muro de Berlín (el 9 de noviembre), ganó con grandes dificultades el congreso de su partido en Bremen. Desde dentro de su partido afirmaron que quien decidió que Kohl ganase aquel congreso fue el Deutsche Bank. En sus memorias, Kohl explicaría que la apertura de la frontera con Hungría para que salieran los refugiados de la RDA fue una maniobra para dotarle de fuerza en aquel congreso de Bremen. Un año después de la unificación perdió su puesto como Presidente de honor de la CDU por un escándalo de financiación ilegal de su partido que le señalaba a él como responsable. Cinco días antes de la caída del Muro de Berlín, fue emitida una orden de detención contra el tesorero del partido Walther Leisler Kiep. Tras la dimisión de Kohl, aparecería una persona que tendría como misión olvidar buena parte del pasado de la CDU: Angela Merkel, una política proveniente de la desaparecida RDA.

Una historia que no se suele contar es que Mitterrand exigió a Kohl el euro para concederle la unificación alemana. La rendición incondicional de Alemania firmada por Jodl y Keitel en 1945 implicó que nunca se acordó un tratado de paz. De manera que cuando cae el Muro, la unificación no podía llevarse a cabo sin la autorización de Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y la URSS. Fuel el Tratado 2+4 (a donde terminaron invitando también a una Polonia asustada). Kohl aceptó compartir el marco alemán, pero a cambio estableció las condiciones del euro que nos han traído al actual vaciamiento democrático de la UE. El principal valor europeísta de Helmut Kohl fue el Tratado de Maastricht, que está en el origen de buena parte de nuestros problemas actuales.

La capacidad nuclear de Francia siempre ha sido el factor esgrimido para frenar a Alemania. De ahí que los alemanes siempre hayan preferido a la OTAN, que les otorgaba el paraguas americano y les relevaba de la sumisión francesa. Kohl siempre asumió esa correlación de fuerzas. Hasta la unificación el 3 de octubre de 1990. Hasta ese momento, Europa se había construido con un equilibrio donde la condición de “gigante económico y enano político” de Alemania tenía que ver con las dos guerras que había protagonizado entre 1914 y 1939. A partir de ese momento, algo cambia en Alemania. ¿Ha sido realmente Helmut Kohl un europeísta? En 1990 la capital se trasladó de Bonn, a donde había sido llevada tras la derrota del Reich, para llevarla de nuevo a Berlín. Lejos de París. Kohl fue un entusiasta defensor de esa medida. De la misma manera que defendió la participación en la guerra de Yugoslavia, que supuso la primera intervención alemana exterior desde la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de una nueva geopolítica.

Kohl siempre le agradeció a Felipe González su apoyo a la Reunificación. Recuerdo la visita de ambos a un viejo Ernst Jünger en Wilflingen. Jünger fue un conservador que había estado entre las influencias intelectuales del nazismo como defensor de la guerra y la mística de la violencia. Esa relación sirvió para que Kohl viera con buenos ojos los fondos estructurales que beneficiarían a España durante una buena temporada. González siempre entendió que prefería una Alemania poderosa con la que presentarse sumiso antes que tener que lidiar con una Francia que no suele ser amable con España. González, que había montado el PSOE con la financiación que le entregó Willy Brandt, mantuvo una buena relación con Kohl y una misma lógica. A la larga, esa mirada geopolítica no ha sido acertada. Una España desindustrializada, periférica, pensada en su relación con Alemania como atención a los jubilados alemanes es el balance de esa relación. Bueno, añadamos la infraestructura de autopistas y el AVE.

Algo similar ocurrió con la RDA. Cuando la ciudadanía tumba el Muro de Berlín, se puso en marcha un proceso para redactar una nueva Constitución discutida popularmente. Los movimientos de la disidencia en la RDA fueron los que impulsaron esa nueva Constitución que debiera haber servido para conjuntar el compromiso social de la Alemania oriental con el compromiso con el estado de derecho y las libertades individuales de la Alemania occidentel. Fue Helmut Kohl quien frenó ese proceso, articulando la unificación desde la Constitución alemana (la Grundgesetz). De hecho, la Ley Fundamental de Bonn tenía ese nombre y no el de Constitución alemana a la espera de la reunificación. El nombre se mantuvo porque no tenía sentido cambiar el nombre cuando no cambiaba nada el contenido.

El “Canciller de la unidad” fue el símbolo de la victoria del bloque occidental en la guerra fría. No en vano recibió el premio Henry Kissinger en 2011. Junto con Margaret Thatcher y Juan Pablo II representaron la nueva etapa neoliberal que se construyó desde el ánimo de desquite anticomunista. El ansia de revancha que expresó Kohl junto con Ronald Reagan desordenó Europa. El reconocimiento al margen de la Unión Europea de Croacia en 1992 desencadenó el desastre de Yugoslavia. Ese ánimo revanchista condujo a la URSS a una desordenada disolución que hoy se expresa en forma revanchista con la agresividad de Putin. Alimentaron la imposibilidad de que sectores democráticos prosperaran en Oriente Medio y dieron alas a la impunidad de Israel. Celebrar a Helmut Kohl como un paladín de la democracia europea es un exceso que sólo sirve para escribir la historia como mera justificación del presente. Helmut Kohl ya está en la historia como el Canciller de la Unificación alemana. Y nada le va a sacar de ese lugar. Pero visto de cerca el retrato no es tan amable. Un presidente acusado de corrupción, que hundió la economía de la mitad de Alemania, que hizo despedir a profesores, jueces y funcionarios de la RDA tras la unificación (el modelo de transición española allí no valía), que desmembró a Yugoslavia, que entregó a la URSS en manos de las mafias, que desestabilizó Oriente Medio y que sentó las bases para la ruptura actual de la Unión Europea con el Tratado de Maastricht y la voluntad de “alemanizar Europa” no parece un gran estadista. A no ser que sigamos mirando con aquel arrobo provinciano con el que Pepe Sacristán se fue de emigrante a Alemania.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Un superpetrolero que vaga por el Atlántico muestra la cruda realidad del oro negro

Xov, 15/06/2017 - 20:25

Si un solo barco puede reflejar el estado actual del mercado mundial de petróleo, es el superpetrolero Saiq, que desde la semana pasada navega al sur de las Islas Canarias sin encontrar comprador para su carga según informa Bloomberg. Este barco se encuentra vagando entre Mauritania y las islas españolas sin rumbo claro. Hay demasiado petróleo en el mercado y los compradores están saturados.

El petrolero de 330 metros de largo, de Royal Dutch Shell, estaba navegando a 13 nudos hacia el puerto chino de Tianjin después de recibir una carga de dos millones de barriles de petróleo del Mar del Norte en la terminal de Hound Point, cerca de Edimburgo. Sin embargo, debió detenerse en medio del Océano Atlántico, dado que China no está comprando crudo, por lo que el petrolero quedó en busca de un nuevo cliente. Mientras la nave flotaba cerca de África la semana pasada, Shell ofreció vender la carga traspasándola a otro barco que iba a iniciar el camino de regreso a Escocia. Pero finalmente no hubo compradores dispuestos a realizar la operación.

La difícil situación del Saiq, que ahora está detenido frente a la costa de Mauritania, refleja la tendencia que domina el mercado del petróleo físico (al contado, crudo de entrega inmediata). Después de seis meses de recortes de la producción de crudo por parte de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y 11 naciones no pertenecientes a la OPEP encabezadas por Rusia, la oferta de petróleo sigue siendo sorprendentemente abundante, según los operadores.

La Agencia Internacional de la Energía sostiene que el mercado debería experimentar una reducción de las existencias o inventarios. Pero los precios del petróleo sugieren que cualquier reducción de inventarios sigue siendo inapreciable. El precio para el crudo Brent está por debajo de los 47 dólares el barril, lo cual indica que la demanda está muy por debajo de lo planeado.

El exceso de oferta es particularmente agudo en la denominada cuenca del Atlántico, donde el crudo ligero y dulce de alta calidad es abundante debido a una combinación de factores. Entre estos factores se encuentra la vuelta de la producción nigeriana después de una restricción forzada de más de un año, una producción más fuerte de Libia, los sólidos suministros del Mar del Norte y un récord de exportaciones de petróleo de Estados Unidos.

El excedente del Atlántico se está viendo acompañado, además, por las débiles compras de China, en parte porque las refinerías independientes del país, conocidas como teapots, o 'teteras', se encuentran al máximo de su capacidad.

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Estudio demuestra que la desigualdad en la riqueza está drásticamente subestimada

Xov, 15/06/2017 - 02:11
Gabriel Black, wsws.org

Un estudio publicado el 28 de mayo por el economista de la Universidad de California en Berkeley, Gabriel Zucman, y dos colegas escandinavos, “Evasión fiscal y desigualdad”, demuestra que la desigualdad en la riqueza global está siendo subestimada drásticamente en las estadísticas oficiales debido a lo exitosos que son los multimillonarios para evadir impuestos.

De acuerdo con el documento, los ultra ricos en el 0.01 por ciento de ingresos más altos ocultan el 25 por ciento o más de su riqueza. Esto se debe principalmente a la explotación de paraísos fiscales extraterritoriales que les permiten evitar pagar impuestos sobre sus ingresos lejos de donde los devienen o de donde viven.

El estudio demuestra, una vez más, que los súper ricos viven bajo una ley propia, en un mundo completamente separado de la inmensa mayoría de la humanidad. A principios de este año, la organización Oxfam informó que sólo ocho hombres controlan tanta riqueza como la mitad más pobre de la humanidad. Sin embargo, los resultados de este nuevo informe sugieren que la concentración de riqueza es aun mayor.

Los autores del documento escriben: “Los muchos conjuntos de datos utilizados en este artículo pintan la misma imagen: la probabilidad de ocultar activos se eleva muy fuertemente con la riqueza, incluso dentro de los grupos más altos. Como resultado, la riqueza extraterritorial resulta estar extremadamente concentrada. Según nuestra estimación, el 0,01 por ciento de la distribución, posee cerca del 50 por ciento de ella [la riqueza en el exterior]”. Concluyen “esto implica que el 0,01 por ciento oculta aproximadamente el 25 por ciento de su verdadera riqueza”.

Zucman le explicó a Los Angeles Times: “Hay una gran industria que brinda servicios de gestión patrimonial para los súper ricos de todo el mundo. ... Una vez que se cruza un cierto umbral de más de $50 millones de dólares, se les ofrece estos servicios”.

Los autores del estudio, Annette Alstadsaeter, Niels Johannesen y Gabriel Zucman, se basan en varias fuentes para hacer su análisis. La primera y más importante proviene de los datos filtrados del HSBC Private Bank (Suisse), el brazo suizo de HSBC, el sexto banco privado más grande del mundo. Los datos del HSBC Private Bank (Suisse), develados en el 2015, muestran cómo es que el banco oculta miles de millones de dólares de dinero gravable perteneciente a corporaciones como Google y Amazon, así como de una variedad de clientes extremadamente ricos. El flujo de dinero sucio que fue expuesto a través de esta filtración de información alcanzó a figuras como el expresidente estadounidense, Bill Clinton, varios otros multimillonarios y figuras públicas.

Otra fuente que utilizan los investigadores son los datos de los Papeles de Panamá, la masiva filtración de archivos en el 2016 de la firma de abogados Mossack-Fonseca con sede en Panamá. Estos archivos mostraron cómo esta oficina de abogados hizo millones de dólares ayudándoles a políticos y a los súper ricos a ocultar su dinero para evadir impuestos.

Una tercera fuente que utiliza el estudio son los datos de las autoridades fiscales de Noruega, Dinamarca y Suecia que muestran los datos de hogares que voluntariamente revelaron activos previamente ocultos a cambio de una amnistía fiscal. Zucman y sus colaboradores fueron capaces de hacer concordar los activos expuestos por la filtración del HSBC del 2015 y los Papeles de Panamá con los datos gubernamentales de los países escandinavos. Este método les permitió entender la cantidad promedio de riqueza que los multimillonarios dijeron tener frente a lo que realmente tenían en cuentas no reveladas.

El estudio demostró que en Noruega, cuando se agregan los activos extraterritoriales, los súper ricos noruegos muestran un aumento del 30 por ciento en sus ingresos; es probable que el aumento sea mayor en otros países.

“Debido a que la mayoría de las economías latinoamericanas y muchas economías asiáticas y europeas poseen mucha más riqueza en el extranjero que en el caso de Noruega, los resultados encontrados en este país serán probablemente menores que en la mayoría de los países del resto del mundo”, señalaron los autores.

Zucman le comentó a Los Angeles Times, que “Hay buenas razones para creer que la pendiente tan inclinada [en la evasión fiscal de los ricos] también sea el caso de EEUU”.

De acuerdo con cifras conservadoras del Servicio de Rentas Internas de EEUU —las cuales no cubren los paraísos fiscales legales— no se pagan $406 000 millones en impuestos cada año. Una investigación sobre los datos filtrados de HSBC en el programa “60 Minutes” de CBS News, encontró que Swiss Bank, administrado por HSBC, tenía cuentas de unos 4000 contribuyentes estadounidenses que poseen una riqueza superior a los $13 000 millones de dólares.

La evasión fiscal individual que destaca el informe es, sin embargo, sólo parte de un fenómeno mucho más amplio. La evasión fiscal en EEUU es un fenómeno que ocurre literalmente a escala industrial y que está integrado en el modelo de negocios de las principales corporaciones estadounidenses.

Se ha estimado que las firmas estadounidenses tienen cerca de $2 billones de dólares en efectivo en valores en cartera extraterritoriales, en gran parte para escapar el pago de impuestos en Estados Unidos —una cantidad aproximadamente equivalente al 14 por ciento del producto interno bruto estadounidense.

El ejemplo más notorio es Apple, que tiene $240 000 millones de sus $256 000 millones en reservas de efectivo en el extranjero, a fin de evitar pagar impuestos sobre este dinero si lo llegare a repatriar. Al mismo tiempo, toma prestadas decenas de miles de millones de dólares en EEUU, en gran parte con el fin de recomprar acciones y pagar dividendos para aumentar el valor de sus propias acciones.

La operación de esta lógica aparentemente perversa —tomar préstamos mientras tienen un océano de dinero en efectivo— es el resultado de las decisiones políticas de la Reserva Federal de Estados Unidos desde la erupción de la crisis financiera del 2008 dirigidas a impulsar el aumento de la riqueza de la élite financiera.

Su política de flexibilización cuantitativa, con la que han inyectado alrededor de $4 billones de dólares en el sistema financiero estadounidense, junto con el mantenimiento de tasas de interés muy bajas, significa que Apple sólo tiene que pagar intereses que oscilan entre el 1,6 y el 4,3 por ciento para financiar operaciones que aumentan el valor de sus acciones —esto es mucho menos de lo que tendrían que pagar en impuestos si decidieran repatriar los activos financieros que posee en el extranjero.

Como resultado de estas y otras maquinaciones financieras, el valor total de Apple en el mercado pasó los $800 000 millones a principios de este año y está bien encaminado a la marca del $1 billón, mientras que el costo social de estas operaciones lo sobrellevan millones de familias de la clase trabajadora que están privadas de servicios vitales porque se afirma que el gobierno no tiene dinero para pagar por estos servicios.

No obstante, Apple es sólo el mayor ejemplo de un proceso que se extiende por todo el mundo corporativo. Entre los otros grandes tenedores de reservas de efectivo en el extranjero están: Microsoft, con $113 000 millones; Cisco Systems, con $62 000 millones; Oracle, con $52 000 millones y la matriz de Google, Alphabet, con $49 000 millones de dólares.

Estas cifras subrayan el hecho de que la evasión fiscal y las ganancias obtenidas por los “malhechores con grandes riquezas” no son simplemente el resultado de sus acciones individuales, sino son el producto de un orden económico y político de, por y para los ricos.

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Chile y Venezuela

Mér, 14/06/2017 - 20:52

Leandro Grille, Público

Nicolás Maduro no es Salvador Allende. Ni es Hugo Chávez. Venezuela, además, no es Chile. Hasta ahí las afirmaciones son de una trivialidad tal que podrían obviarse. Sin embargo, el paralelismo entre la revolución bolivariana y el gobierno de la Unidad Popular, encabezado por el inolvidable presidente mártir, es enorme. Y negarlo, desconocerlo o soslayarlo es condición necesaria para desentenderse y adversar un proceso político contemporáneo sin la necesidad de replantearse viejos amores todavía vigentes.

Me propongo exponer brevemente, dentro de las limitaciones de mi formación, algunas claves de este paralelismo más allá de que no existen procesos históricos y políticos homologables en un sentido profundo, mucho menos cuando operan sobre sociedades y tiempos distintos.

Históricamente Venezuela ha tenido una economía basada en la extracción y comercialización de sus enormes reservas petroleras. Chile, por su parte, fundó su economía durante décadas en la explotación del salitre, hasta su declive tras el desarrollo del salitre sintético, y tras ello vivió literalmente de la extracción y exportación de cobre que, al momento de ascender Salvador Allende a la Presidencia, significaba el 75% de las exportaciones chilenas y más del 30% de los ingresos tributarios. Ambas eran economías extractivistas, fuertemente dependientes del precio internacional de un recurso natural preponderante.

Una primera gran similitud entre el gobierno de la UP y el proyecto político inicialmente liderado por Hugo Chávez fue la voluntad manifiesta de construir un camino al socialismo por vía democrática en un país del tercer mundo, recurriendo a las urnas y no a las armas. Este propósito común de resolver de modo pacífico la contradicción capital trabajo a favor de los explotados mediante la construcción de un Estado socialista por vía electoral, todavía no ha probado su viabilidad en ningún territorio del mundo. No hay precedentes.

No es extraordinario, entonces, que los dos procesos políticos hayan concentrado su vocación socializante en la redistribución de la renta producida por su principal rubro económico, ni puede sorprender que el derrumbe -forzado- del precio internacional del cobre entre el año 1971 y el año 1973, para Chile, y el desmoronamiento del precio del barril de petróleo a partir del año 2014, para Venezuela, hayan tenido las consecuencias económicas devastadoras que tuvieron en ambos países.

La crisis económica de la Chile de Salvador Allende fue tan grave y tan atizada por los Estados Unidos como la crisis venezolana. Desde que Allende obtuvo la presidencia de Chile, Estados Unidos, gobernado en ese entonces por Richard Nixon y con el genocida Henry Kissinger al frente del Departamento de Estado, tomó la decisión de derrocarlo y para ello orquestó un plan, conocido como FUBELT: para destruir la economía chilena, radiarla del mundo y producir un golpe de Estado que derrocara al gobierno marxista al que consideraban una grave amenaza a sus intereses.

Las pruebas de su accionar se conocieron 25 años después, cuando se desclasificaron los documentos, pero era evidente para cualquier observador que no fuera políticamente ingenuo o cómplice. Si el primer año de Allende significó una mejora sustantiva en la capacidad de consumo de la población, crecimiento económico, expansión de derechos, impulso de políticas públicas de avanzada, los años posteriores -condicionados por una guerra económica interna y externa conducida por Estados Unidos y ejecutada por los sectores más poderosos de Chile y sus medios afines, más la abrupta -y operada- caída del precio internacional del cobre tras la nacionalización de 1971, marcaron un derrumbe de la economía, dos años seguidos de caída del producto bruto, deterioro del salario real e inflación galopante, que llegó a ser los últimos dos años del gobierno de Allende la más alta del mundo, superando el 600%. La política de control de precios que aplicó el gobierno de Chile para contener la inflación es perfectamente comparable a ley de precios justos venezolana, y el poder económico respondió de la misma manera: con desabastecimiento y acaparamiento. Los chilenos debían hacer colas de varias cuadras para obtener productos básicos a precio regulado, o pagar montos infernales en el mercado negro que esquivaba el control del Estado. En Venezuela sucedió lo mismo. Y al desabastecimiento inducido, la respuesta del Estado venezolano fue la misma que la respuesta del gobierno de la UP: Allende creo las JAP (Juntas de Abastecimiento y Control de Precios) y Nicolás Maduro creó los CLAP (Comité Locales de Abastecimiento y Producción) que tal vez han funcionado mejor que las JAP, entre otras cosas porque, evidentemente, las autoridades venezolanas analizaron aquella experiencia y han hecho lo posible para que, a diferencias de las JAP chilenas, los CLAP venezolanos no sean saboteados y perseguidos. El descontento social venezolano de los últimos años y el chileno de la época de Allende trabajado por la guerra económica y sus duras consecuencias sobre la vida cotidiana de los chilenos, también fue comparable. Y en las elecciones parlamentarias de 1973, la Confederación para la Democracia (CODE, versión chilena de la actual Mesa de Unidad Democrática que agrupa a la derecha venezolana) obtuvo el 56% de los votos, contra el 43% que obtuvo la Unidad Popular de Salvador Allende, quedándose con la mayoría de las bancas, con guarismos que son singularmente parecidos a la elección de la Asamblea Nacional que perdió el chavismo en medio de una crisis idéntica, porque en 2015 la MUD venezolana obtuvo el 56% de los votos contra el 41% del Partido Socialista Unido de Venezuela. ¿Qué hizo Allende con un parlamento opositor? La oposición chilena agrupada en la CODE quería los dos tercios para poder acusar y, eventualmente, destituir a Allende como hicieron hace poco con Dilma, y como quisieron hacer con Maduro. No llegaron de casualidad. Pero controlaron el parlamento, y la oposición chilena intentó usar su mayoría parlamentaria amplia para promover una reforma constitucional con un proyecto conocido como Hamilton – Fuentealba que intentaba parar las políticas estatizadoras y socialistas de Allende. Allende vetó el proyecto y, por ello, fue acusado de avasallar la legalidad y pasar por arriba del poder legislativo. Fue acusado en parecidos términos que Nicolás Maduro y el odio político de las clases medias y altas se expresó en la calle, con movilizaciones cada vez más duras, y también masivas, donde también participaron estudiantes universitarios -no fueron solo los camioneros- e ingentes sectores sociales, entre los cuales sectores medios y profesionales, como médicos y abogados y dentistas y comerciantes. A Allende le calentaron la calle y no hubo 60 muertos, hubo más de 100, y lo acusaron de asesino, de tirano, de todo. Mientras tanto, los sectores aliados a la burguesía promovían el golpe, se concentraban en la puerta de los cuarteles, y participaban en conspiraciones. Si en estos días la fiscalía general de Venezuela se ha plegado a la oposición, también se plegó la contraloría general de la República en Chile cuando acusaron a Allende de desconocer la Constitución por vetar el proyecto de los opositores de derecha, que se proponía impedir la expropiación de tierras y la intervención en el comercio y en el rubro de los transportistas.

¿Por qué muchos creen que Salvador Allende era un hombre democrático y pacífico y su gobierno un ejemplo inolvidable, y se permiten a la vez aborrecer el proyecto de los bolivarianos? ¿No es acaso una inconsistencia? Por ahora, la gran diferencia es el desenlace. Salvador Allende fue víctima de un golpe de Estado militar al que resistió con su vida y el gobierno venezolano no ha sido derrocado todavía, ni siquiera por un golpe de Estado, aunque lo intentaron. Venezuela se defiende como puede. Hugo Chávez lo dijo: a diferencia de la chilena, la nuestra no es una revolución desarmada. Fidel se lo anticipó a Salvador Allende en su discurso de despedida en el Estado Nacional, al final de un recorrido de tres semanas por territorio de Chile, en diciembre de 1971. Luego de ver la experiencia -única en la historia de construcción del socialismo por vía pacífica-, le advirtió al pueblo de Chile que la violencia era inexorable, porque la derecha la iba a imponer: “¡Regresaré a Cuba más revolucionario de lo que vine! ¡Regresaré a Cuba más radical de lo que vine! ¡Regresaré a Cuba más extremista de lo que vine!”

Lo que está sucediendo en Venezuela no es extraño a la historia de América Latina. Ni la actitud de la OEA lo es. Ni la violencia lo es. Ni la crisis. Ni los muertos. Ni la guerra económica. Ni las mentiras de los medios. Ni la intervención de la mano negra de los Estados Unidos. Ni el desabastecimiento concertado. Ni el acaparamiento criminal. Ni las colas gigantes, ni la inflación astronómica, ni el mercado negro, ni el control de precio, ni los CLAP, ni las derrotas electorales en medio de crisis operadas, ni la caída majestuosa del precio del recurso económico más importante, ni las manifestaciones de las clases altas y medias. Ni las acusaciones de inconstitucionalidad. Ni las acusaciones de despotismo y tiranía. Porque lo que está sucediendo viene organizado desde el mismo lado y con el mismo objetivo que hace cuarenta y cuatro años. Es contra los mismos. Solamente han aggiornado sus métodos, porque como también dijo Fidel aquel día en el Estadio Nacional de Chile, la derecha aprende antes que el pueblo humilde. Pero el pueblo humilde también aprende. Y como ahora es más difícil que aparezca un Pinochet en Venezuela, entonces piden la intervención internacional. También en Chile se anticipaba una guerra civil. De eso se hablaba en el 73. Para mí, nada es sustancialmente distinto. Tampoco son distintos los que no van a soltar la mano de la Revolución Venezolana. Ni es distinta la derecha que se lo opone. Que no estallen de nuevo los cristales de los lentes de Salvador Allende.

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La muerte del centro comercial

Mér, 14/06/2017 - 15:34

Alejandro Nadal, La Jornada

En las economías capitalistas desarrolladas la crisis financiera de 2007 tuvo como epicentro el sector inmobiliario y las hipotecas de mala calidad. Los bancos centrales rescataron al sistema bancario privatizando las ganancias y haciendo público el costo de la crisis. Y ahora que lo peor del frente de tormenta pasó, se consolida la percepción de que la borrasca ha sido controlada. Esa es una idea equivocada y peligrosa.

La verdad es que el problema en Estados Unidos se ha desplazado del ámbito residencial a los centros comerciales, los famosos y feos shopping malls. Esas enormes construcciones están hoy en el corazón del próximo huracán financiero. Al igual que en 2007, los efectos del mal tiempo se dejarán sentir en la economía global.

Los centros comerciales en Estados Unidos se están muriendo lentamente. Los locales vacíos se multiplican porque las ventas no cubren las altas rentas y los comercios en bancarrota aumentan todos los días. Casi no se habla de este tema, pero lo cierto es que en Estados Unidos crece cada día el número de centros comerciales fantasma, abandonados o con grandes espacios vacantes. Hasta se habla del modelo chino en el que el crédito barato y la especulación inmobiliaria han llevado a construcciones de millones de metros cuadrados que hoy son cascarones vacíos sostenidos por millones de toneladas de concreto, miles de kilómetros de cables eléctricos y tuberías, amén de una colosal huella ecológica.

Si la imagen exitosa del centro comercial se mantiene es sólo porque algunos malls subsisten en buenas condiciones. Pero esos centros son la minoría: en Estados Unidos sólo 20 por ciento de los centros comerciales genera más de dos terceras partes de las ganancias de este sector. Esos centros comerciales están localizados en puntos que mantienen alta densidad de población con poder de compra o en centros de concentración turística y económica. Lo cierto es que la crisis en el resto de los centros comerciales es una triste realidad que no va a desaparecer. Se calcula que en los próximos dos o tres años desaparecerán cerca de 800 shopping malls (más de la mitad del total) en todo el territorio estadounidense.

Muchos podrían pensar que el principal responsable de la debacle del centro comercial se debe al auge del comercio en línea. Pero lo cierto es que a pesar de su crecimiento, el comercio vía Internet apenas representa 12 por ciento de las ventas totales de las tiendas departamentales que sirven como ancla de los malls.

La razón de fondo de la nueva crisis es que la construcción de centros comerciales en las últimas dos décadas ha procedido a un ritmo muy superior al crecimiento del poder de compra en la mayoría de las ciudades estadounidenses. Mientras la demanda se estancaba se construyeron más de siete millones de metros cuadrados para centros comerciales en los últimos cinco años.

¿Por qué se ha mantenido la inversión en los centros comerciales? La respuesta es inmediata: cálculos de riesgo equivocados y mucha especulación. Éste es un sector en el que los inmuebles sirven de garantía, facilitan la obtención de financiamiento y permiten un mayor apalancamiento. La inversión en centros comerciales estuvo ofreciendo rendimientos estables que prometían superar 6 o 7 por ciento y con una garantía aparentemente tan sólida como el concreto y acero utilizados en su construcción. Eso explica el rápido crecimiento de capacidad instalada que hoy rebasa todas las proyecciones sobre la evolución de la demanda. Por eso las tiendas en los malls ofrecen constantes ofertas y descuentos sobre toda la gama de artículos en venta, lo cual comprime los márgenes de ganancia y lleva a la apertura de concursos de quiebra. En consecuencia, los operadores de los centros comerciales enfrentan serias dificultades para enfrentar sus compromisos de deuda. Para los próximos 18 meses se necesita refinanciar unos 130 mil millones de dólares en créditos para el sector de centros comerciales, una operación que no se anuncia fácil.

La gran diferencia de la crisis que se avecina es que los principales acreedores no son los grandes bancos, sino los llamados inversionistas institucionales como los fondos de pensión y las compañías aseguradoras, así como otros agentes financieros –en especial, los fondos de cobertura hedge funds– y uniones de crédito. Las implicaciones para el sistema financiero son más graves que las de la crisis de 2007 porque el rescate de las compañías aseguradoras y los fondos de pensión se anuncia casi imposible. Los efectos en cascada sobre los ingresos de jubilados y el desplome de recaudación fiscal (por impuestos prediales) son múltiples y serán difíciles de revertir: vender uno de esos centros es mucho más complicado que el deshacerse de mil casas. A diferencia del cierre de una fábrica y de la pérdida de empleos, el cierre de un centro comercial no puede explicarse con una retórica fácil sobre la globalización o un mal tratado comercial. El crepúsculo de los shopping malls se debe a problemas estructurales del capitalismo avanzado.

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Paraíso neoliberal: The Guardian critica el mercado del agua en Chile y plantea que en el mundo es un Derecho

Mar, 13/06/2017 - 13:01

Chile vuelve a coronarse como uno de los países más neoliberales del mundo. A la determinación tomada en dictadura de que el agua fuese un “bien transable”, se agregó años después la política impulsada por Eduardo Frei Ruiz-Tagle y aprobada por el Congreso de la época: privatizar las empresas sanitarias. ¿El resultado? 95,8% de la población bajo sus servicios y 99% de la población cubierta. ¿El mérito? no es de los privados, asegura The Guardian.

En el artículo, se señala que Chile va a contrapelo del mundo en materia del derecho al agua. “A nivel mundial, más del 90% de los servicios sanitarios son administrados por el Estado gracias a la férrea oposición al ingreso de actores privados, que suele traducirse en mayores tarifas y menor responsabilidad sobre la infraestructura”.

Lo que llama la atención, es la crítica al Estado Subsidiario implicado en el texto. En él se señala que “si bien en Chile es común creer que la privatización mejoró las condiciones sanitarias del país, fue en realidad el financiamiento público previo al traspaso a manos privadas el que permitió extender la cobertura”.

En los últimos cuatro años ha habido un acelerado problema en torno al agua potable tanto en zonas rurales como urbanas, y en particular en la Región Metropolitana y se ha vuelto nada extraño tener cortes de suministro por cualquier tipo de colapso. Ello indica que hay un desgaste en la inversión original del Estado.

Por tal motivo, The Guardian afirma que “mientras el desgaste de aquella inversión estatal y los nuevos desafíos del cambio climático exigen una nueva inversión por parte de los actuales dueños de las sanitarias, estas han incumplido los requerimientos mínimos estipulados por la autoridad”.

Las cifras del Gobierno dan cuenta de la gravedad del asunto: la empresa Aguas del Valle sólo invirtió un 49% del mínimo recomendado para 2014, mientras que Essbio y Esval invirtieron un 75% y 64% del mínimo recomendado, respectivamente. Mientras, las tarifas chilenas son las más caras de Latinoamérica. Y se imponen criterios de mercado en la iniciativa privada que excluye zonas de baja población o menos lucrativas.

Hay impedimentos políticos y jurídicos para cambiar la orientación de esta política, irracional a ojos del mundo. Chile ha firmado 26 acuerdos comerciales con 62 países desde que se iniciaran los procesos de privatización en 1990, en los cuales se establecen onerosas sanciones y abren opción de judicialización por parte de las corporaciones.

El debate legislativo a través del cual se pretendía modificar el Código de Aguas, en el cual se establecen los derechos de explotación de recurso por parte de la gran empresa, hoy estancado en el Congreso, da cuenta de estas dificultades. El proyecto se proponía cambiar los derechos de explotación “permanente” del recurso, por una regulación de 30 años.

El empresariado ha reaccionado enérgicamente para defender sus cuotas, imposibilitando toda modificación sustantiva. Al apuntar una que una eventual modificación sería “expropiatoria” y que “atenta contra el derecho a la propiedad” como han expresado desde el agro, la industria y la minería, el proyecto que desde 2011 se plantea modificar el código de 1981 fue desprovisto de todos estos aspectos.

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La política económica y exterior alemana está perjudicando la cohesión de la UE

Mar, 13/06/2017 - 09:01
Dimitrios Papadimoulis, Público

La economía europea está en una encrucijada, ya que los equilibrios económicos y geopolíticos globales está cambiando y la inestabilidad regional está aumentando continuamente.

Durante los últimos años, el liderazgo alemán ha estado imponiendo una política económica que divide las sociedades europeas y crea brechas profundas en la cohesión social. La política alemana también está debilitando el apoyo estatal a grupos sociales vulnerables y no contribuye a la aceleración de la unificación política de la UE ni a la implementación de medidas de armonización fiscal y crecimiento sostenible en los estados miembros.

Asimismo, la política financieramente restrictiva de Alemania en la Eurozona favorece el incremento excesivo de la balanza comercial del país a expensas de otros estados miembros que tienen problemas para reducir la tasa de desempleo y afrontar la recesión y la austeridad. En este escenario, la Eurozona está haciendo frente a una crisis duradera mientras Alemania está imponiendo su hegemonía económica y política, no dejando margen a las políticas alternativas y a los líderes políticos progresistas para cuestionar y revisar el modelo social actual en la Eurozona.

En el caso griego, el Gobierno alemán sigue evitando implementar sus propios compromisos, provocando demoras adicionales en las negociaciones sobre la muy necesaria hoja de ruta para el alivio de la deuda. Las maniobras políticas del Ministro de Finanzas, el Sr. Schauble, y la llamada tensión con el FMI por su participación en el programa del rescate griego son un insulto directo al pueblo griego, que perjudica perspectivas positivas de la economía y amenaza a los esfuerzos para transformar el clima empresarial en Grecia y en la Eurozona.

La postura polarizadora de Alemania también se manifestó en la última Cumbre del G7 en Italia. El liderazgo alemán no puede fingir representar a los 27 estados miembros de la UE, especialmente en un momento en que no está teniendo en cuenta las crecientes reivindicaciones del pueblo europeo. La auto-proclamada “postura hegemónica” de Alemania no sólo es engañosa, también es peligrosa para los equilibrios internos de la UE y la Eurozona.

Igualmente preocupante es la posición de la Canciller Merkel respecto a las sanciones a Rusia y de manera general hacia el papel del Kremlin en el panorama internacional. Reestablecer canales abiertos de comunicación entre Bruselas y Moscú es de vital importancia para ambas partes, puesto que el estado actual de aislamiento ha llevado a un crecimiento masivo de la propaganda y al retorno a tiempos en que la polarización y el odio alimentaban antagonismos hostiles.

Contra esta preocupante situación, es muy importante señalar que la decisión del Presidente francés Macron de reunirse con su homólogo Vladimir Putin es un paso en la dirección correcta. El recientemente electo liderazgo francés es partidario de relanzar la comunicación estratégica con Rusia y esto es algo que la Comisión europea debería reconocer como positivo y actuar en consecuencia. La UE debería demostrar de todas las formas posibles que defiende la paz mundial, el desarrollo social y económico, impulsando el diálogo continuo con todos los actores regionales.

El liderazgo político alemán parece ignorar las preocupaciones de una parte creciente del pueblo europeo, los movimientos sociales, y a gran cantidad de líderes europeos. Sobra decir que si la UE continúa sin abordar asuntos sociales y económicos fundamentales, las instituciones europeas perderán la legitimidad y la visión europea será derrotada.

Las fuerzas progresistas en Europa deberían bloquear un desarrollo tan negativo, unir fuerzas, aumentar la presión a Berlín y demostrar que ningún estado miembro tiene la autoridad legal, moral y política para afrontar unilateralmente los problemas estructurales de la Eurozona. La UE debería tener una estrategia abierta al exterior y construir sinergias en el extranjero. Deberíamos continuar trabajando en esta dirección, por encima de líneas ideológicas, para cambiar el fatídico rumbo de Europa.

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Pese a avances recientes, América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo

Lun, 12/06/2017 - 13:30


“América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo, a pesar de los importantes avances realizados por los países durante la primera década y media del siglo XXI”, señaló Laís Abramo, Directora de la División de Desarrollo Social de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en el noveno capítulo del programa “Horizontes CEPAL”. En esta entrevista, Abramo examinó los principales hallazgos del informe anual Panorama Social de América Latina 2016, presentado por el organismo regional de las Naciones Unidas el pasado 30 de mayo en conferencia de prensa en Santiago de Chile.

La noción de igualdad promovida por la CEPAL se refiere no solo a la igualdad de medios, ingresos o propiedad. También alude a la igualdad en el ejercicio de derechos, a la igualdad en el desarrollo de capacidades y autonomías y a la igualdad de género, étnica, racial y territorial, entre otras. Justamente, “a través del Panorama Social, la CEPAL llama la atención sobre la complejidad y las múltiples dimensiones de la desigualdad social en América Latina y el Caribe, y cómo estas dimensiones se entrecruzan, se potencian y se encadenan a lo largo del ciclo de vida de las personas, creando un desafío enorme para nuestra región”, dice Abramo. “Si todos los países de la región están comprometidos con el cumplimiento de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, es fundamental avanzar no solo en la superación de la pobreza sino también de la extrema concentración de la riqueza”, enfatizó, ya que los datos indican que “la concentración de los activos, es decir, de la propiedad, tanto financiera como no financiera, es mucho más severa y mucho más permanente que la concentración de los ingresos corrientes de las personas”. Además de analizar la evolución reciente de la desigualdad socioeconómica en la región, Abramo aborda en la entrevista la distribución del uso del tiempo entre hombres y mujeres, las brechas presentes en las distintas etapas del ciclo de vida y la situación de las personas afrodescendientes.

En América Latina viven aproximadamente 46 millones de personas de pueblos indígenas y 130 millones de afrodescendientes. Según estas estimaciones, uno de cada cuatro latinoamericanos es indígena o afrodescendiente, aunque su distribución es muy diversa y heterogénea en la región, resalta la Directora de la División de Desarrollo Social de la CEPAL.

“Esto significa que no se puede hablar de igualdad, de superación de la pobreza, de la agenda de derechos, sin considerar de manera muy clara la situación de estas poblaciones”, plantea Abramo. Sin embargo, los datos incluidos en el Panorama Social 2016 revelan que los indígenas y afrodescendientes sufren profundas desigualdades en todas las áreas del desarrollo social en comparación con los no indígenas y no afrodescendientes. El estudio completo, concluye la funcionaria, será un aporte para los trabajos de la segunda Conferencia Regional sobre Desarrollo Social de América Latina y el Caribe, que tendrá lugar a fines de octubre en Montevideo, Uruguay, con la participación de autoridades y representantes de la sociedad civil. El tema principal del encuentro, adelantó, será “el doble desafío de la inclusión social y económica”, con un enfoque importante en el ciclo de vida.

Los capítulos previos del programa “Horizontes CEPAL” ofrecieron entrevistas exclusivas con la Secretaria Ejecutiva, Alicia Bárcena, y otros directores del organismo regional. Las próximas ediciones seguirán abordando los distintos temas que forman parte del programa de trabajo de la Comisión, especialmente aquellos relacionados con la nueva Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

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Jeremy Corbyn resucita al laborismo en Reino Unido

Sáb, 10/06/2017 - 22:31

Las cosas a veces son más sencillas de lo que nos dicen. Tras 30 años contándonos la película de que la socialdemocracia tenía que abandonar las políticas clásicas de izquierda para conectar con la modernidad, la globalización y los deseos de eficacia de las nuevas mayorías sociales, un señor honesto llamado Jeremy Corbyn, curtido en mil batallas justas y perdidas, tomó las riendas del Partido Laborista en septiembre de 2015 ante el espanto de los medios y las élites conservadoras. En poco más de un año, Corbyn ha conseguido resucitar a un partido moribundo y sin norte, confundido por décadas de complicidad con el poder financiero y las grandes corporaciones, y ha logrado movilizar a millones de votantes y de jóvenes desentendidos de la política para conseguir el mejor resultado de los Labour en mucho tiempo.

Esta resurrección de la izquierda clásica, basada en un programa económico solvente y redistributivo, que revierte las nefastas privatizaciones y los recortes sociales que abrazaron con fe de conversos sus antecesores, ha sido posible sobre todo porque Corbyn se ha propuesto, por encima de cualquier otra cosa, mejorar el presente y el futuro de los más jóvenes y los más vulnerables. Esta es la mejor noticia de las elecciones británicas celebradas el 8 de junio. La renovada fuerza del viejo socialismo y sindicalismo británicos debería servir de modelo frente a las políticas de austeridad impulsadas por Alemania en la Unión Europea. Ojalá los resultados de Corbyn entierren para muchos años el modelo que se llamó de la Tercera Vía (Blair, Schroeder, González, Hollande y el último Zapatero) incapaz de hacer frente, llegado el momento, a una crisis formidable de los principios socio-liberales que habían aceptado casi sin discusión. Lo que hundió a los partidos socialdemócratas prácticamente en la irrelevancia en muchos países europeos no fue la torpeza de los votantes que se sentían traicionados con razón, sino la incapacidad de sus dirigentes (se llamaran Sigmar Gabriel, Susana Díaz, Manuel Valls o Alfredo Pérez Rubalcaba) para hacer frente a la desregulación y defender lo que constituía lo esencial de su compromiso político: la defensa de los más débiles, a través de políticas públicas financiadas por un sistema tributario solidario y eficaz.

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El auge del nacionalismo económico y el proteccionismo

Ven, 09/06/2017 - 06:01
Este discurso fue pronunciado por Nick Beams, miembro fundador del Partido Socialista por la Igualdad de Australia y secretario nacional entre 1985 y 2015, en el acto en línea del Día Internacional de los Trabajadores del 2017, celebrado el 30 de abril Ha pasado casi una década desde el inicio de la crisis financiera global del 2008. Desde entonces, todas las contradicciones del modo de producción capitalista que la detonaron se han agudizado.

El análisis realizado por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional en ese momento estableció que no fue una simple fluctuación temporal o fin de un ciclo comercial, sino un colapso de todo el sistema capitalista.

Mediante una intervención desesperada —transfiriendo billones de dólares de los bancos centrales al sistema financiero mundial—, las clases gobernantes lograron evitar que el colapso fuese tan grande como la Gran Depresión de los años treinta.

Sin embargo, han sido incapaces de resolver las contradicciones dentro del sistema de ganancias que desencadenaron la debacle financiera. Las medidas que impusieron realmente han exacerbado estas contradicciones.

La causa inmediata de la crisis fue la subida del capital financiero y su acumulación de ganancias de una cúspide a otra, basándose en lo que constituyó un acaparamiento criminal y parasitario de recursos económicos. No obstante, estas mismas prácticas continúan porque la Reserva Federal de Estados Unidos y los principales bancos centrales puso billones de dólares en manos de los especuladores financieros.

Las consecuencias sociales se ven ahora con claridad. En todos los países —tanto economías avanzadas como los llamados "mercados emergentes”— las condiciones sociales de la clase obrera están empeorando. Los salarios reales se están estancando, mientras que los informes oficiales dejan claro que la participación laboral del ingreso global está disminuyendo.

Bajo los dictados del capital financiero global, el gasto público en servicios básicos como salud, educación y pensiones está siendo eviscerado. Millones de trabajadores de mayor edad, tras haber sido forzados a dejar sus empleos anteriores, ahora si acaso viven una existencia miserable, mientras que los jóvenes, endeudados por intentar tener una educación, son incapaces de encontrar un empleo con un salario permanente y digno. La concentración de la riqueza en lo más alto de la sociedad burguesa ha llegado a tal punto que sólo ocho multimillonarios poseen tanto como la mitad de la población mundial.

En su reunión de primavera este fin de semana, el Fondo Monetario Internacional afirmó que la economía mundial ya está en una "recuperación cíclica". Pero, a pesar de intentar retratar un cuadro optimista, reconoció que el crecimiento de la productividad está en su punto más bajo en décadas, que ha habido una marcada desaceleración en el comercio mundial y, a raíz de esto, las condiciones anteriores no han regresado. De hecho, la crisis histórica del sistema capitalista global está generando las mismas condiciones que desencadenaron los conflictos económicos en los años treinta y la guerra en 1939.

Inmediatamente después de la crisis financiera, los líderes de las principales potencias capitalistas se comprometieron a abstenerse de toda forma de proteccionismo comercial, reconociendo sus consecuencias desastrosas durante la Gran Depresión. De esta manera, se felicitaron a sí mismos: aprendimos las lecciones del pasado y la historia es historia.

Posteriormente, continuaron reiterando su compromiso a resistir al proteccionismo en sus declaraciones. Pero, cada vez más, conforme el crecimiento económico y el comercio se estancaban y la lucha por mercados y ganancias se intensificaba, las potencias capitalistas comenzaron a introducir restricciones y dicho compromiso comenzó a brillar más por su inobservancia.

Este año, estos procesos han llegado a un punto de inflexión cualitativo. La promesa de "resistir al proteccionismo", previamente considerado rutinaria, se ha convertido en algo tan controversial que las instituciones económicas globales la han eliminado de sus declaraciones. Esto es a pesar de que, en palabras de la titular del FMI, Christine Lagarde, la "espada del proteccionismo" se cierne sobre la economía mundial, un peligro claro y presente. Al igual que en la década de 1930, la burguesía se desliza nuevamente hacia el desastre.

La causa inmediata de la crisis en las relaciones económicas internacionales es el reaccionario programa nacionalista "EEUU ante todo" del gobierno de Trump. Pero sería el mayor error y una conclusión miope establecer que las acciones de este régimen, su campaña de guerra económica y militar, son alguna clase de aberración, un mal que puede ser omitido si tan sólo llegaran mentes más sabias al poder. En el sentido más directo e inmediato, la violencia del gobierno de Trump es sólo la expresión más gráfica de las contradicciones irresolubles del sistema capitalista en su conjunto.

Hace cien años, el mundo se encontraba envuelto en la Primera Guerra Mundial. Esta no fue una "guerra para terminar todas las guerras", sino que marcó el comienzo de más de tres décadas de lucha para determinar cuál potencia imperialista asumiría el dominio mundial. Estados Unidos emergió como la potencia mundial preeminente dando por concluida la Segunda Guerra Mundial tras arrojar dos bombas atómicas sobre Japón.

Ahora, una nueva lucha por la supremacía mundial comienza, con amenazas nucleares y el peligro de la destrucción de toda la civilización desde el principio. Este nuevo período de guerra está siendo impulsado por las mismas contradicciones irresolubles del capitalismo mundial que detonaron las dos primeras conflagraciones imperialistas.

Ante su declive económico, el imperialismo estadounidense, la potencia dominante, busca mantener y mejorar su posición a través de medios militares. Pero al hacerlo, ha desencadenado una nueva disputa por el dominio mundial a la que todas las otras potencias imperialistas se deben unir para proteger sus posiciones —en el análisis final, por medios militares.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, León Trotsky explicó sus orígenes objetivos y planteó la estrategia que la clase obrera debía seguir. "La guerra", escribió, "es el método por el cual el capitalismo, en la cumbre de su desarrollo, busca la solución de sus insalvables contradicciones".

“A este método”, continuó, “el proletariado debe oponer su propio método: el de la revolución social.” Debe avanzar “como programa práctico del día la organización socialista de la economía".

Esto es aun más cierto hoy. Ningún problema importante económico, social ni ambiental puede ser resuelto dentro del sistema de lucro. Pero, como insistió Marx, todo gran problema siempre viene acompañado por las emergentes condiciones materiales para su resolución. La globalización de la producción, la unificación del trabajo social de la clase obrera internacional, la producción de muchísima información económica a nivel mundial y el desarrollo de sistemas de comunicación por parte de las empresas transnacionales y el capital financiero han creado las bases para la construcción a nivel global de una economía socialista planificada, libre de guerras, toda explotación y opresión. Este programa debe ser la base para la lucha contra el creciente peligro de guerra.
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Via wsws.orgUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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India: la gran potencia de en medio

Xov, 08/06/2017 - 15:15
Immanuel Wallerstein, La Jornada

Tengo la impresión de que, de todas las grandes potencias del sistema-mundo contemporáneo, sea cual sea la forma en que definamos gran potencia, India es la que recibe menor atención. Admito que esto ha sido cierto de mi parte, pero es cierto también de la mayoría de los analistas geopolíticos.

¿Por qué ha de ocurrir esto? Después de todo India se está acercando rápidamente al punto donde tendrá la población más grande del mundo. Es respetablemente alta en casi todas las medidas de fortaleza económica y mejora todo el tiempo. Es una potencia nuclear y tiene una de las fuerzas armadas más grandes del mundo.

Es un miembro del G-20, lo que le confiere un certificado de ser una gran potencia. No obstante, no es miembro del G-7, que es un grupo mucho más restringido y mucho más importante. Es uno de los cinco países conocidos como BRICS –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.

Pero el BRICS, la fuerza creciente de las economías emergentes a principios del nuevo siglo, ha resbalado en su significación geopolítica, puesto que sus economías, con excepción de China, se debilitaron repentina y radicalmente desde la decadencia de la economía-mundo posterior a 2008. Es miembro oficial, con China y Rusia, pero también con Pakistán, de la Organización de Cooperación de Shanghai, pero su estructura no parece convertirse en una fuerza importante en la política mundial.

Los gobiernos de India, sin importar qué partidos hayan estado en el poder, han invertido mucha energía en buscar un papel más importante en el sistema-mundo. En particular, han buscado obtener el respaldo de otras potencias en relación con la añeja disputa con Pakistán sobre Cachemira. No parece que hayan logrado nunca este objetivo.

En los días de la guerra fría, India fue oficialmente neutral y de facto más cercana a Rusia. Desde el colapso de la Unión Soviética, India ha intentado mejorar sus relaciones con Estados Unidos. Pero lo que logró en términos de respaldo estadounidense, lo perdió en términos de política con China.

China ha tenido serios conflictos armados con India por territorio, y está enojada por la hospitalidad del país asiático hacia el Dalai Lama.

India ha sido el país raro en Asia, pues cuenta con un sistema parlamentario en funciones, con virajes en la fuerza electoral entre el Partido del Congreso (heredero del movimiento de independencia) y el Partido Bharatiya Janata (un movimiento nacionalista hindú de derecha). Este hecho recibe aplausos de los analistas y los líderes políticos de los países paneuropeos, pero no parece haber significado que respalden las demandas de India en pos de mayor reconocimiento en ningún grado importante.

Una pregunta que podríamos hacernos es: ¿quién necesita realmente a India?

Estados Unidos (EU), especialmente desde que Donald Trump asumió el poder, quiere que India compre más de su país sin invertir, sin embargo, demasiado a cambio. De hecho, en este momento, el regreso del personal de tecnología de Internet a India desde Estados Unidos (y de otros países occidentales) está amenazando a EU con una pérdida significativa de empleos en uno de los pocos sectores donde el país estadounidense lo ha estado haciendo bien hasta ahora.

¿Acaso China necesita de India? Por supuesto, China quiere el respaldo de India en cualquiera de sus querellas con Estados Unidos, pero la nación asiática es un rival por el respaldo de los países del sureste de ese continente, no un socio en su desarrollo.

Rusia e Irán podrían utilizar el apoyo de India en asuntos relacionados con Medio Oriente, pero el país asiático duda en otorgar demasiado respaldo, aún cuando están de acuerdo básicamente en cuestiones como, digamos, Afganistán, por temor a ofender a Estados Unidos. Las naciones del sureste asiático creen que llegar a arreglos con China resulta mucho mejor que llegar a arreglos con India.

Claramente, el problema, es que India es un país de en medio. Es lo suficientemente fuerte como para ser tomado en cuenta por otros, pero no es lo suficiente fuerte como para jugar un papel decisivo. Así, conforme las demás potencias barajan constantemente sus prioridades, India parece destinada a ser una que reaccione a sus iniciativas, más que una que haga que los otros reaccionen a las iniciativas de India.

¿Cambiará esto en la próxima década? En la caótica geopolítica del estado actual del sistema-mundo, todo es posible. Pero no parece demasiado probable.

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No se está entendiendo por qué ganó Trump

Mér, 07/06/2017 - 20:58
Vicenç Navarro, Público

En la cobertura mediática del tsunami político que ocurre en EEUU se hace excesivo hincapié sobre la figura de Trump y su idiosincrasia y comportamiento atípico como presidente del país, sin analizar el contexto político que determinó tal elección, lo que hace que no se esté entendiendo por qué ocurrió tal tsunami. Atribuir este hecho –su elección como presidente- predominante a su figura es un error de primera magnitud, pues hay algo mucho más importante que Trump para comprender lo que está pasando en EEUU, y es entender por qué más de sesenta millones de personas votaron por él (casi el 50% de las personas que fueron a votar lo hicieron por él). Y lo que es incluso más importante es entender por qué la gran mayoría de la clase trabajadora blanca, que constituye la mayoría de la clase trabajadora estadounidense, lo votó. En realidad, la clase trabajadora blanca fue el centro de su base electoral. Este es el punto más importante que hay que entender. Sin comprender este hecho, habrá muchos Trumps como presidentes en las próximas décadas en EEUU.

¿Por qué la clase trabajadora votó a Trump? En primer lugar, tenemos que hacer una aclaración, que es obvia, pero que parece desconocida, ignorada u ocultada en los grandes medios de información. En EEUU (como en todos los países de Europa) hay una clase trabajadora distinta a la clase media. En realidad, hay más estadounidenses que se definen como pertenecientes a la clase trabajadora que a la clase media. Los datos están ahí para aquellos que quieran verlos. Y lo mismo, por cierto, ocurre en la mayoría de países de la Unión Europea, incluyendo España.

Esta clase trabajadora en EEUU ha ido perdiendo capacidad adquisitiva en los últimos treinta años, desde los años ochenta, con la elección del presidente Reagan, que inició las políticas neoliberales que constituían un ataque frontal a la clase trabajadora. Las rentas del trabajo como porcentaje de las rentas totales del país han ido descendiendo, pasando de un 70% de todas las rentas a finales de los años setenta, a un 63% en el año 2012. El enorme endeudamiento de las familias estadounidenses (y el gran crecimiento del sistema crediticio financiero) se basa en este hecho. Este descenso de las rentas del trabajo creó un problema, al disminuir la demanda y el crecimiento económico (puesto que la mayor parte de la demanda procede del consumo originado por las rentas del trabajo). Por otra parte, el crecimiento del sector financiero (que, como acabo de decir, fue también consecuencia del descenso de las rentas del trabajo) y la escasa rentabilidad de las inversiones en el sector productivo de la economía (donde se producen los bienes y servicios) explican que crecieran las inversiones especulativas, creando las burbujas cuya explosión (sobre todo la inmobiliaria) creó la Gran Recesión, consecuencia del comportamiento especulativo del capital, facilitado por las políticas desreguladoras del capital financiero.

La desregulación del comercio y de la movilidad de capitales inversores que perjudicó a la clase trabajadora Las políticas neoliberales, en su objetivo de incrementar la rentabilidad del capital, facilitaron la movilidad de las industrias manufactureras a países con salarios más bajos y con peores condiciones laborales. Ello causó una gran destrucción de puestos de trabajo bien pagados en el sector manufacturero de EEUU, ocupados en su mayoría por la clase trabajadora blanca. En realidad, bastaba que los dueños y gestores de las industrias manufactureras amenazaran a sus trabajadores con el traslado a otro país, para conseguir rebajas salariales y la aceptación de peores condiciones de trabajo. Es lógico, pues, que la clase trabajadora, afectada por tal movilidad de industrias a otros países con salarios mucho más bajos, odiara los tratados de libre comercio y a los gobiernos que los promovían. En realidad, los efectos de tal movilidad aparecen claramente en los barrios donde viven los trabajadores metalúrgicos en la ciudad de Baltimore (tales como Dundalk), uno de los centros industriales más importantes de EEUU. El traslado de los altos hornos del acero (Bethlehem Steel Corporation) a otro país creó un enorme deterioro en tales barrios. Estas políticas neoliberales han sido llevadas a cabo por todos los gobiernos federales, desde Reagan hasta Obama, siendo, por cierto, más acentuadas y promovidas por los presidentes demócratas Clinton y Obama, que por los republicanos.

Otra causa del enfado de la clase trabajadora: Las limitaciones de los programas sociales federales El Estado del Bienestar en EEUU está muy poco desarrollado. Como resultado del enorme poder que los propietarios y gestores de las grandes corporaciones financieras, industriales y servicios tienen sobre el Estado federal (lo que en aquel país se llama la Corporate Class), los derechos sociales y laborales están muy poco desarrollados. No hay, por ejemplo, el derecho de acceso a los servicios sanitarios. En realidad, en EEUU hay más muertes debidas a falta de atención médica que a la enfermedad del SIDA. Un indicador de la crudeza e insuficiencia del sistema sanitario estadounidense es que el 44% de las personas que se están muriendo (es decir, que tienen enfermedades terminales) indican que están preocupadas por cómo ellas o sus familiares podrán pagar sus facturas médicas. No hay plena consciencia en Europa de que EEUU es el capitalismo sin guantes.

No existe en EEUU la universalidad de derechos, es decir, que una persona, por ser ciudadana o residente, tenga un derecho en concreto. La provisión de servicios sanitarios, por ejemplo, depende de la renta de una persona, siendo los programas sanitarios del gobierno federal (como Medicaid) de tipo asistencial, es decir, de ayuda a los pobres, que, erróneamente, se cree que son los negros (en realidad, la gran mayoría de pobres en EEUU son blancos, aunque los negros son los más pobres entre los pobres). Pero en el imaginario popular, entre la clase trabajadora blanca, se considera que son los negros los que se benefician más de estos programas federales, cuyos gastos se cubren primordialmente con los impuestos que pagan las clases populares. De esta percepción (errónea) se crea el antagonismo de la clase trabajadora blanca (que no se beneficia de estas políticas federales asistenciales) hacia el gobierno federal, por pagar, con sus impuestos, la asistencia sanitaria a los pobres (que consideran que son los negros). De ahí la elevada impopularidad entre la clase trabajadora blanca de los programas antipobreza federales (que Trump quiere disminuir radicalmente).

¿Qué ha estado haciendo el partido supuestamente de izquierdas, el Partido Demócrata?: Las limitaciones de las políticas de identidad antidiscriminatorias Uno de los atractivos del modelo americano ha sido la posibilidad de ascender en la escala social. La movilidad vertical era la base del sueño americano (The American Dream). Esta percepción daba pie a relativizar la clase social en la que un ciudadano nacía, puesto que se asumía que podría ascender a las otras clases sociales, incluyendo la que se llamaba la clase alta.

Se reconocía, sin embargo, que tal movilidad social estaba perjudicada por la discriminación que las minorías (como las afroamericanas) y las mujeres sufrían. De ahí que, a partir de la legislación de derechos civiles, iniciada por el presidente Johnson (en respuesta al movimiento liderado por Martin Luther King en defensa de los derechos civiles), el gobierno federal estableciera las políticas antidiscriminatorias, como el punto central de sus políticas sociales, que tenían como objetivo facilitar la integración de los sectores discriminados dentro de la movilidad vertical, favoreciendo a minorías y mujeres, aumentando con ello su número en las estructuras de poder político y mediático. La elección de un afroamericano, Barak Obama, como presidente, culminó este proceso entre los negros, y el intento de la candidata Clinton hubiera tenido el mismo significado para las mujeres.

Ahora bien, la mayor discriminación que existe en EEUU es la discriminación por clase social. La mortalidad diferencial por clase social es mucho mayor, por ejemplo, que la mortalidad diferencial por raza o género. Es más, la mortalidad diferencial por raza tiene poco que ver con la raza, sino con racismo. La discriminación racial pone a la mayoría de negros en la clase trabajadora no cualificada y peor pagada. Tal discriminación de clase relativiza el sueño americano, pues la movilidad social, que permite el paso de la clase trabajadora a las clases más pudientes, ha sido siempre –en contra del mito del sueño americano- muy limitada y menor, por cierto, que en países como los escandinavos, donde los instrumentos de la clase trabajadora (como los partidos de izquierdas y los sindicatos) han sido más poderosos.

La falta de sensibilidad hacia la discriminación de clase explica que la clase trabajadora blanca tenga poca simpatía por los programas antidiscriminatorios, los cuales no la benefician directamente. En realidad, el aumento de negros y mujeres en las estructuras de poder ha tenido muy escaso impacto en la mayoría de negros y mujeres que pertenecen a la clase trabajadora. El estándar de vida de la clase trabajadora negra no aumentó durante el gobierno Obama. Y lo mismo hubiera ocurrido con las mujeres si hubiera ganado las elecciones la Sra. Clinton. Su insensibilidad hacia la discriminación de clase y la necesidad de incorporar la variable de clase en sus políticas (llegando incluso a insultar a la gente trabajadora seguidora de Trump) explica que la mayoría de mujeres de clase trabajadora no votaran por ella, sino a Trump.

Las únicas voces dirigidas a la clase trabajadora: Sanders y Trump Las únicas voces que hablaron a y de la clase trabajadora fueron el candidato demócrata Bernie Sanders y el candidato republicano Donald Trump. El primero, un senador socialista conocido por su integridad y continua defensa del mundo del trabajo, criticó las políticas neoliberales que habían afectado muy negativamente el nivel de vida de la clase trabajadora, denunciando los tratados de libre comercio que habían promovido los gobiernos demócratas de Clinton y de Obama, siendo una de sus máximos defensores la Sra. Hillary Clinton, primero como esposa del presidente Clinton, y más tarde como Secretaria de Estado (cargo semejante al de Ministro de Asuntos Exteriores). Criticó también las reformas laborales realizadas por los sucesivos gobiernos, las cuales descentralizaron los ya muy descentralizados convenios colectivos, debilitando a los sindicatos. Su grito de batalla electoral era que EEUU necesitaba una revolución política, rompiendo con el maridaje del poder económico y financiero con el poder político, maridaje que es favorecido por la financiación privada del proceso electoral, mediante la cual los lobbies financieros y económicos financian a los candidatos sin ningún freno en la cantidad de dinero que estos candidatos puedan recibir, para, entre otras cosas, comprar espacio televisivo, que está completamente desregulado, disponible para el mayor comprador. Sanders propuso la financiación pública del proceso electoral, reduciendo o incluso eliminando la financiación privada derivada de los lobbies financieros, económicos y profesionales. Ganó en 22 de los 50 Estados durante las primarias del Partido Demócrata, siendo el más popular entre la gente joven y la trabajadora. Las encuestas mostraban que hubiera ganado las elecciones a Trump.

Pero el aparato del Partido Demócrata, claramente controlado por los Clinton y los Obama, se movilizó para destruirlo, siendo el adversario principal del partido. La victoria de Hillary Clinton sobre Sanders aumentó la abstención de un porcentaje muy elevado de los jóvenes, y causó un flujo de votantes antiestablishment hacia Trump. Las clases populares querían primordialmente mostrar su gran rechazo al establishment político-mediático centrado en Washington, la sede del gobierno federal.

La derrota de Sanders promovida por el Partido Demócrata facilitó la victoria de Trump La derrota de Bernie Sanders facilitó la victoria de Trump. Pero la mayor causa de su éxito fue la movilización del movimiento libertario, dirigido por el Tea Party, que había ido infiltrando y controlando las bases del Partido Republicano, en su lucha contra el establishment político de Washington, incluyendo el establishment republicano. Este movimiento, claramente financiado por intereses financieros de carácter especulativo (como los hermanos Koch), tenía como su objetivo central eliminar la presencia del Estado federal en la escasamente regulada actividad financiera, como por ejemplo en los sectores inmobiliarios, los sectores de casinos y juego, y la actividad especulativa de la banca. Estos sectores se aliaron con la clase trabajadora blanca que, por las razones indicadas anteriormente, se oponía al Estado federal. Fue esta alianza la que constituyó la base del movimiento libertario, un movimiento de ultraderecha que sembró el campo para el éxito de la candidatura de Trump. Este diseñó su campaña con un programa para anular los tratados de libre comercio y favorecer las rentas del capital, bajando espectacularmente los impuestos de sociedades de un 35% a un 15% y eliminando los programas antipobreza y los programas antidiscriminatorios con una narrativa racista y machista. El suyo es un programa libertario como máxima expresión del neoliberalismo, intentando eliminar la influencia del sector público y de las intervenciones públicas mediante la privatización de los programas públicos.

¿Es Trump un fascista? Trump tiene características de la ideología fascista, tales como un nacionalismo extremo basado en un sentido de superioridad de raza y de género (un machismo muy acentuado), con un canto a la fuerza y a la intervención militar, con una concepción no solo autoritaria, sino también totalitaria del poder, deseoso de controlar los mayores medios de información y reproducción de valores (desde la prensa y la televisión, hasta al mundo universitario), profundamente antidemocrático, presentándose como el salvador de las víctimas del sistema político corrupto.

Ahora bien, también hay que subrayar las características que le diferencian del fascismo. Una es que Trump no creó un movimiento y partido, sino que fue al revés: el movimiento popular antiestablishment creó a Trump. La segunda característica que le aleja del fascismo es que está en contra del Estado (a la vez que lo instrumentaliza para optimizar sus intereses particulares y los intereses del mundo del capital), siendo su postura un libertarismo neoliberal extremo. En realidad, es la expresión máxima del neoliberalismo. Definir a tal movimiento como populista es no entender los EEUU. En realidad, han existido partidos semejantes al Tea Party que tuvieron características parecidas al actual. Nada menos que Henry Wallace, el vicepresidente progresista del presidente Roosevelt, alertó de la posibilidad que surgiera un fascismo americano, con características propias, que en defensa del ciudadano común se convertiría en el máximo exponente de los intereses del mundo del capital, el cual es siempre proclive a movimientos autoritarios y totalitarios, intentando establecer un orden altamente represivo que impida el surgimiento de movimientos que amenacen las estructuras de poder. Trump es un ejemplo de ello.

El término populismo, utilizado por el establishment político mediático para definir cualquier movimiento contestatario, tiene escasísima capacidad analítica para entender lo que está pasando en EEUU (y en Europa). En EEUU es un movimiento libertario extremo con características totalitarias semejantes (pero no idénticas) al fascismo que votó unánimemente contra el establishment político-mediático -el Partido Demócrata-, representado por Hillary Clinton apoyando en su lugar a Trump que, astutamente utilizó una narrativa antiestablishment, presentándose como la alternativa a tal rechazado establishment. Definir este fenómeno como populismo tiene poco valor explicativo. Es lógico que el establishment político-mediático lo defina como tal, pues es la manera de caricaturizarle, dificultando su comprensión, pero no tiene ningún valor ni científico ni explicativo, pues dificulta la comprensión del fenómeno que se analiza.

¿Qué pasará en EEUU? En realidad, la evidencia apunta a que el establishment político-mediático estadounidense tampoco entiende lo que está pasando en aquel país. Su obsesión con la figura de Donald Trump, sin analizar y actuar sobre las causas de que casi la mitad del electorado le votase, es un indicador de ello. Y la respuesta del Partido Demócrata a este hecho es dramáticamente insuficiente: sus propuestas son continuadoras de las que propusieron las últimas administraciones de tal partido (Clinton y Obama), sin que haya incurrido en la más mínima autocrítica. Asumen que la falta de popularidad del presidente Trump forzará un cambio, incluyendo su posible impeachment, ignorando que lo que determina la victoria de un candidato no es su popularidad en el país, sino el nivel de apoyo que consigue entre el electorado que lo vota en relación con otras alternativas. Y lo que está predeciblemente ocurriendo es que mientras la popularidad general del presidente Trump está descendiendo (nunca fue muy popular), la que tiene entre sus votantes es extraordinariamente alta. Vemos que, en contraste con lo que ocurre en el Partido Demócrata, la lealtad del votante a Trump es elevadísima. Es visto, por parte de las bases electorales, como el antipolítico, sujeto a una gran hostilidad por parte de los mayores medios de información, a los cuales sus votantes detestan.

Referente a las posibilidades de ser expulsado de su cargo (impeachment), estas son pequeñas, pues ello dependería de una acción del Congreso, hoy controlado por el Partido Republicano, donde el movimiento libertario de ultraderecha tiene un enorme poder. En ausencia de un cambio improbable en el Partido Demócrata, las próximas elecciones al Congreso verán un enorme aumento de la abstención (ya siempre muy elevada) que permitiría mantener el Congreso y el Senado en manos del Partido Republicano. Solo en caso de que este perdiera el control del Congreso podría ocurrir el impeachment. De ahí que lo que ocurra va a depender no solo de lo que suceda en la administración Trump, sino también de lo que pase en el Partido Demócrata que pueda movilizar el voto abstencionista. El sistema electoral estadounidense imposibilita la aparición de un nuevo partido. De ahí que la crisis del bipartidismo que hemos visto en Europa no se dará en EEUU.

El panorama futuro de EEUU es más que preocupante. Pero no hay que olvidar que la enorme crisis política que tiene el país ha sido causada por la políticas neoliberales realizadas desde los años ochenta, iniciadas por el presidente Reagan y continuadas por todos los demás, Bush senior, Clinton, Bush junior y Obama. No hay que olvidar que el enorme desencanto creado por el presidente Obama favoreció la victoria de Trump. El “Yes, we can!” (¡Sí, nosotros podemos!) quedó en un eslogan que no se materializó en la medida en que las expectativas que había generado no se cumplieron, destacando su complicidad con los grandes poderes financieros (centrados en Wall Street), los cuales frenaron significativamente su vocación transformadora.

En realidad, ha ocurrido en EEUU lo que también se ha dado en Europa. La aplicación de las políticas neoliberales ha creado esta enorme crisis y un rechazo (al cual también se le define erróneamente como populismo) que está predominantemente centrado en las clases populares y que, debido a la adaptación de las izquierdas tradicionales al neoliberalismo, ha sido canalizado por partidos de ultraderecha, con características semejantes al fascismo. Las políticas neoliberales de Trump continuarán imponiéndose, paradójicamente envueltas en una narrativa “obrerista” y “proteccionista” que entra en claro conflicto con las políticas de la administración Trump, que son profundamente hostiles hacia el mundo del trabajo a costa de un tratamiento claramente preferencial hacia el mundo del capital. Y con unas políticas comerciales que continuarán la dinámica de la globalización neoliberal, realizada no a base de tratados de libre comercio que incluyen varios países, sino a través de tratados bilaterales que permitan a EEUU tener mayor control de los términos de tales tratados. Trump representa así la máxima expresión del neoliberalismo. De ahí su enorme capacidad de dañar el bienestar de las clases populares del mundo, incluyendo las clases populares de EEUU, las primeras víctimas del capitalismo sin guantes, con una concepción darwiniana caracterizada por su enorme insensibilidad social y carente de solidaridad, con un canto a la acumulación de capital sin freno, sin límites en su comportamiento para así alcanzarlo. Lo que está ocurriendo muestra que, como bien indicó Rosa Luxemburg, las alternativas entre las que la humanidad debería escoger serían el barbarismo (al cual la evolución del capitalismo podría llevar) o el socialismo. El neoliberalismo y su máxima expresión nos están llevando claramente a la primera de esas alternativas. Así de claro.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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El Potus contra el mundo

Mér, 07/06/2017 - 10:31
Alejandro Nadal, La Jornada

El presidente de Estados Unidos (Potus, por sus siglas en inglés) ha decidido retirar a su país del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Al anunciar esta medida presentó datos y razonamientos que son falsos y engañosos. Y aunque el Acuerdo de París es defectuoso, es el único instrumento disponible hoy para tratar de evitar un aumento en la temperatura global que se anuncia catastrófico.

Al comunicar el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París, el Potus mencionó tres razones que son inexactas. La primera es que dicho acuerdo impuso a Estados Unidos serias restricciones que afectan negativamente su competitividad internacional, al tiempo que dejó en libertad a otras economías para proseguir sus políticas sin limitación alguna. La segunda es que también obliga a Estados Unidos a entregar decenas de miles de millones de dólares para el llamado Fondo verde para el clima. Y la tercera es que el Acuerdo de París sólo permitiría reducir la temperatura en dos décimas de un grado centígrado, lo que a decir del Potus es una cantidad insignificante.

El Potus sostiene que al amparo del Acuerdo de París, China e India tienen permitido construir cientos de plantas termoeléctricas de carbón para los próximos años, mientras que a Estados Unidos le está prohibido erigir nuevas plantas de ese tipo. Eso es falso. El Acuerdo está basado en compromisos voluntarios de reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero. Esos compromisos están determinados independientemente por cada país y no son vinculantes. Los países signatarios pueden utilizar la combinación de fuentes energéticas que quieran, siempre y cuando dicho perfil energético les permita cumplir sus compromisos de reducción de emisiones totales de gases invernadero, y en particular, de dióxido de carbono (CO2). Así que Estados Unidos también puede incluir nuevas termoeléctricas de carbón en su plataforma energética.

Según el Potus las reglas del Acuerdo de París conllevan la pérdida de 2.7 millones de empleos de aquí a 2025. Pero esa estimación proviene de un estudio del ultraconservador American Council for Capital Formation que examina lo que sucedería si el sector industrial se viera obligado a reducir sus emisiones en 40 por ciento en los próximos 20 años; es decir, sin tomar en cuenta la contribución de otros sectores a la reducción de emisiones. Es un escenario absurdo que sólo sirve para fines de propaganda.

La generación de empleos por parte de la industria estadunidense no se ve afectada por el Acuerdo de París, como erróneamente afirma el Potus. Hoy en día la creación de nuevos empleos descansa más en las industrias que desarrollan las fuentes de energías renovables, en especial la eólica y la solar. Para dar un ejemplo, el año pasado en Estados Unidos el sector de energía solar generó más de 373 mil empleos, mientras que el sector carbón apenas creó 160 mil.

La segunda razón esgrimida por el Potus también es inexacta. No es cierto que el Acuerdo de París obliga a su país a entregar cantidades astronómicas al Fondo verde del clima porque esas aportaciones son voluntarias. Y si bien Estados Unidos ofreció realizar la contribución más alta (3 mil millones de dólares), lo cierto es que per cápita ese monto es uno de los más bajos (9.30 dólares). Hasta el momento ese país ha efectivamente desembolsado mil millones de dólares para el Fondo y con el anuncio del Potus el restante queda cancelado. Hay que recordar que Estados Unidos es responsable de aproximadamente 30 por ciento del total de CO2 emitido a la atmósfera, así que la contribución de dicho país no guarda ninguna proporción con su responsabilidad histórica en el problema del calentamiento global.

También es incorrecta la aseveración de que con el Acuerdo de París apenas se lograría una reducción ínfima (de 0.2 grados) en la temperatura global. Esta afirmación revela que el Potus y sus asesores no tienen idea de la naturaleza del problema que afronta el mundo entero. El Acuerdo de París no busca reducir la temperatura global. Su objetivo principal es mantener el incremento de la temperatura por debajo del umbral de 2 grados centígrados. Ese nivel de incremento en la temperatura global es considerado peligroso por la mayor parte de la comunidad científica debido a las consecuencias negativas e irreversibles que acarrea. Cabe notar que para muchos científicos el umbral de 1.5 grados ya es intolerable. De cumplirse las metas del Acuerdo de París, existen buenas probabilidades de mantener el calentamiento global por debajo del umbral de 2 grados centígrados, lo cual no es para nada insignificante.

La decisión del Potus es una mancha terrible en la ya de por sí deteriorada imagen de Estados Unidos. Pero lo más importante es que da la espalda a una revolución energética que ya está en marcha hacia las energías renovables. Y si el tema económico le preocupa al Potus, hay que señalar que el retroceso estadunidense dejará el liderazgo tecnológico y comercial en manos de las empresas de China, Japón y la Unión Europea.

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Venezuela necesita mediación honesta, no injerencia de la OEA

Mér, 07/06/2017 - 01:01
Mark Weisbrot, Ultimas Noticias

La OEA no tiene papel positivo alguno que desempeñar en la resolución de la crisis política en Venezuela, del mismo modo que tampoco lo tendrían el senador Marco Rubio u otros políticos del estado de Florida que buscan un cambio de régimen en ese país. A estas alturas debiera quedarle claro a cualquier observador informado que la organización es hoy día un instrumento de quienes simplemente procuran apoyarse en la crisis actual para derrocar al Gobierno venezolano.

Lo afirmo sin exageración ni hipérbole. Aquellas personas que quieran evitar la escalada de violencia o una guerra civil en Venezuela no deben imaginarse lo contrario, independientemente de cuánto odien al actual gobierno o deseen ver a la oposición en el poder. Debieran abstenerse de apoyar la iniciativa de la OEA, tan descaradamente ilegítima, malintencionada y peligrosa.

En los círculos aburbujados de Washington, los grandes medios de comunicación y el Gobierno de Estados Unidos pretenden ser los árbitros finales de la legitimidad política. Dado que dichos actores y sus aliados están dispuestos a aparentar que la OEA es actualmente neutral, ciertas personas bien intencionadas tal vez también quieran asumir que de hecho sea así. Podrán imaginarse que una intervención como la reunión de ministros de Relaciones Exteriores de la OEA celebrada el 31 de mayo, a pesar de estar controlada por actores partidistas, aumentaría la presión sobre el Gobierno venezolano para motivarlo a negociar.

Pero resulta mucho más probable que esta tenga el efecto contrario, haciendo que el Gobierno y sus partidarios se atrincheren en contra de la intervención, la cual puede describirse con exactitud como dirigida por Washington (Rubio incluso amenazó públicamente a la República Dominicana, El Salvador y Haití con castigos si estos países no cooperaban con los esfuerzos por parte de EEUU contra Venezuela en el seno de la OEA). Podría alentar al Gobierno a rechazar las concesiones que debería hacer con respecto a las demandas legítimas planteadas por la oposición. Para quienes no lo saben -porque casi nunca se menciona en este tipo de discusiones-, cualquier estrategia dirigida por Washington se considera sospechosa, porque el Gobierno estadounidense ha estado intentando socavar, desestabilizar y deshacerse del Gobierno venezolano durante más de 15 años.

Nadie se deja engañar por el hecho de que algunos de los gobiernos más importantes de Suramérica, incluyendo Brasil y Argentina, se encuentran respaldando dicho esfuerzo. Sus nuevos gobiernos derechistas (con un Temer cuya presidencia ilegítima cuelga de un hilo) están estrechamente alineados con el gobierno de Trump.

Desde el punto de vista de la oposición, esta estrategia de manipulación de la OEA con fines partidistas probablemente alentará a los elementos más extremos y violentos de la oposición venezolana a perseguir una estrategia de derrocamiento del Gobierno por medios extralegales.

Para algunos miembros de la gestión de Trump, es esta precisamente la intención, y así se ha hecho antes. El renombrado humanitario Paul Farmer, quien fue enviado especial adjunto de Bill Clinton de la ONU en Haití, testificó ante el Congreso de EEUU sobre los esfuerzos de cambio de régimen en ese país durante la década del 2000: “Asfixiar la cooperación al desarrollo y el suministro de servicios básicos también le restó oxígeno al Gobierno, lo cual fue siempre la intención. con el propósito de desalojar el gobierno de Aristide”.

La OEA desempeñó un papel vital en la justificación del trato brutal de Haití y, por lo tanto, en el derrocamiento de su gobierno elegido democráticamente. La organización coincidió originalmente con otros observadores electorales al anunciar que las elecciones de 2000 fueron “un gran éxito para la población haitiana”, pero luego cambió su posición en la medida en que EEUU hiciera avanzar su esfuerzo de cambio de régimen. Este viraje fue clave para deslegitimar al Gobierno, el cual fue posteriormente desnutrido y derrocado en un golpe de Estado respaldado por Estados Unidos en 2004. Ha sido casi siempre parte del manual de cambio de régimen: antes de que un gobierno pueda ser derrocado, necesario es deslegitimarlo.

Existen otros ejemplos recientes en los que la OEA ha sido manipulada por Washington a tal efecto. En el 2011, en Haití, la misión de la OEA hizo algo inédito en la historia del monitoreo electoral: simplemente anuló los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en ese país sin un recuento, ni siquiera una prueba estadística. El Gobierno estadounidense amenazó a Haití con cortar la ayuda que desesperadamente necesitaba luego del terremoto si no aceptaba los resultados de la comisión, eligiendo de este modo quién podría competir por la presidencia de Haití. En sus memorias, Hillary Clinton describe cómo manipuló exitosamente a la OEA para evitar que el presidente democráticamente electo de Honduras, Mel Zelaya, retornara al país luego del golpe militar de 2009.

Ahora la OEA cuenta con un secretario general, Luis Almagro, cuya postura es más abiertamente partidista y hostil hacia un gobierno miembro (Venezuela) que cualquier líder de la organización, probablemente durante décadas. Entre otras intervenciones, encabezó una campaña vigorosa en 2015 en un intento fallido de deslegitimar las elecciones a la Asamblea Nacional de diciembre en Venezuela.

Venezuela sigue siendo un país políticamente polarizado. Cualquier tercero que intente mediar en el conflicto debe contar con la confianza de ambas partes. Existen actores políticos que podrían desempeñar este papel, tal y como lo intentó el Vaticano el año pasado. Quienes sinceramente deseen promover el diálogo y la negociación en función de una resolución pacífica de la crisis en Venezuela están llamados a apoyar una mediación honesta. Se requiere con urgencia, y sabemos que no vendrá de la OEA.

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Macri convierte a la Argentina en el país que más deuda contrajo en los últimos 18 meses

Mar, 06/06/2017 - 02:01

El Estado argentino emitió deuda en 2016 por 22.351 millones de dólares y en lo que va de este año ya lleva sumados otros 23.600 millones, lo que arroja un total de 45.951 millones sólo entre títulos públicos y letras en dólares. En total, emitió una deuda 263% superior a la del país emergente que sigue en la lista: Arabia Saudita.

A esa cifra, deben sumarse otros 17.274 millones de dólares también emitidos por el Estado Nacional, pero en moneda local, 10.381 millones de dólares de las provincias, que tiene como garante al Estado Nacional, y 8366 millones de dólares de empresas privadas, lo que arroja un total de 81.972 millones.

Estos alarmantes números se desprenden del último informe del Observatorio de la Deuda Externa de la UMET, quien señala que el sobreendeudamiento público no es sostenible en el tiempo, sobre todo si la economía sigue estancada y se continúa otorgando reducciones impositivas a sectores con capacidad de pago a través de la eliminación de retenciones agropecuarias y mineras y la reducción del impuesto a las Ganancias y a los Bienes Personales.

Además, el informe destaca que en octubre de 2015 la deuda pública en Argentina era de 235.000 millones y en mayo de 2017 se habría elevado, según la proyección del Observatorio, a 290.000 millones. De este modo, la deuda bruta total habría aumentado unos 55.000 millones de dólares. Es decir, más del 11 por ciento del PIB del país trasandino, según informa el diario Página 12.

“El rumbo del modelo de Cambiemos en materia de Deuda Externa es, de persistir el esquema actual, escasamente sustentable en el tiempo. Como hemos venido expresando mes a mes, la deuda se ha vuelto la columna vertebral del modelo económico y no queda muy claro que los decisores de política tomen verdadera dimensión de esta problemática y sus efectos”, afirmó Nicolás Trotta, Rector de la UMET, luego de la presentación del documento.

Trotta además agregó que “el financiamiento con deuda externa es el sostén del indomable déficit fiscal y la única fuente de dólares significativa que han podido elaborar para nuestra economía. Los anuncios de inversiones en la economía real quedan como otro elemento más de la posverdad que el gobierno sostiene con títulos espectaculares en los medios o en los documentos de powerpoint de sus funcionarios”.

Así entonces, el crecimiento de la deuda es vertiginoso en Argentina y el Gobierno de Macri no da señales de que tenga previsto sacar el pie del acelerador. Por ahora, tal como destaca el periódico argentino anteriormente citado, quien asuma en 2019 deberá enfrentar un horizonte financiero mucho más complejo que el que dejó el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en diciembre 2015.

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Siete países rompen relaciones diplomáticas con Qatar por “apoyar al terrorismo”

Lun, 05/06/2017 - 17:50

Bahréin, Arabia Saudí, Egipto, Yemen, Libia, Maldivas y Emiratos Arabes Unidos anunciaron que rompen relaciones diplomáticas con Catar por su presunto «apoyo al terrorismo», que habría hecho peligrar la seguridad y estabilidad interna de estos países árabes. ¿Qué está detrás de esta crítica medida de grandes gigantes árabes como Arabia Saudí y Egipto contra esta pequeña monarquía del Golfo?

El tradicional apoyo de Catar a la cofradía de los Hermanos Musulmanes, grupo islamista político que ha sido declarado ilegal en Arabia Saudí y Emiratos Árabes por oponerse a las respectivas monarquías hereditarias, ha sido en los últimos años permanente fuente de tensión entre estos aliados regionales. Tras la asonada militar en 2013 contra el presidente islamista Mohamed Morsi en Egipto y la posterior persecución contra los partidarios del grupo, el Gobierno de Abdelfatah Al Sisi declaró «grupo terrorista» a la Hermandad Musulmana, ahondando aún más su enfrentamiento político con Catar.

Ya en 2014, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin retiraron sus embajadores en Catar por su apoyo a este grupo islamista. Aunque esta crisis diplomática pareció solventarse meses después con el regreso de los embajadores y la expulsión de Catar de algunos miembros de los Hermanos Musulmanes acogidos en el reino árabe, la tensión entre estos países ha continuado: en su comunicado de la mañana del lunes anunciando el cese de relaciones con Catar, Egipto ha insistido en la «línea de acción anti-egipcia» del pequeño reino del Golfo, una campaña «en apoyo del terrorismo». Arabia Saudí también se ha referido al apoyo de Catar a «grupos terroristas entre ellos los Hermanos Musulmanes».

Pese al primer fuerte apoyo público al depuesto Mohamed Morsi, en los últimos años Catar ha intentado moderar su discurso pro-Hermanos Musulmanes y ha negado en repetidas ocasiones su financiación de otros grupos extremistas. Sin embargo, Catar sigue contándose entre los principales financiadores del grupo palestino Hamás, y algunos de sus líderes permanecen exiliados en el país, pese a las «presiones externas» (saudíes y de otros países del Golfo) que habría estado recibiendo el reino catarí para expulsarlos.

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¿Qué son los llamados bonos del hambre que ha comprado Goldman Sachs en Venezuela?

Lun, 05/06/2017 - 07:40
Belen Carreño, ElDiario.es

Bonos basura, deuda exótica y en algunos casos chatarra. La deuda de países emergentes o empobrecidos ha recibido muchas calificaciones desde que en los años ochenta su inversión fuera un gran negocio para la banca de inversión. Es deuda que emiten estados que no tienen grado de inversión, esto es, que no se consideran seguros para invertir o en los que los gobiernos ni siquiera pueden pagar a agencias de rating para que les pongan una calificación y que los demás se fíen de prestarles dinero.

A esta terminología se ha añadido ahora un nuevo concepto: el de "bono del hambre". El término lo acuñó hace meses Jorge Botti, un empresario venezolano relacionado con la oposición antichavista que tomó como inspiración la saga de Los Juegos del Hambre, en la que una adolescente se enfrenta a un Gobierno totalitario. Con el término, que ya tiene más recorrido en inglés ('hunger bonds') que en castellano, Botti intentaba denunciar ante la opinión pública y especialmente al mundo financiero lo que entiende que sucede en Venezuela con el pago de la deuda externa: que el Gobierno de Nicolás Maduro antepone pagar a inversores internacionales a inyectar dinero en una economía que tiene problemas de abastecimiento.

El inicio de su campaña radica en los comunicados puntuales que hace la empresa pública de petróleos de Venezuela (PDVSA) de que devuelve puntualmente con intereses a sus acreedores internacionales. Eso desató la campaña de Botti.

La empresa venezolana estatal es uno de los principales activos que conserva el Gobierno de Maduro. Botti ha querido diseminar la duda entre los grandes fondos de inversión internacionales para que no compren este tipo de bonos. La deuda de un país como Venezuela es extremadamente arriesgada y por ello, extremadamente rentable. Para acceder a dar financiación, los fondos esperan altísimas rentabilidades, muy superiores a la media del mercado. Sin esta financiación, el Gobierno de Nicolás Maduro tendría muy difícil cubrir las necesidades básicas en el momento actual.

Hace apenas dos días, The Wall Street Journal publicaba en exclusiva que Goldman Sachs se acaba de hacer con un paquete de estos bonos por valor de algo más de 2.800 millones de dólares, aunque solo pagó 865 millones gracias al importante descuento con el que adquirió el paquete. La deuda vence en 2022 y si todo sale bien, esto es, si Venezuela paga, la rentabilidad de la inversión estará por encima del 40%. La renta de un bono español a cinco años es de poco más de un 2,2% y ya se ha dado el caso en algunos países europeos de que hay hasta rentabilidades negativas por prestar dinero. En un momento en el que en las finanzas no hay de dónde ordeñar dinero, los países inestables son la gallina de los huevos de oro.

La operación de Goldman ha dado alas a las críticas de la oposición ante el papel de los fondos de inversión y ha sacudido el mundo de las finanzas. El eco amplía las protestas de Botti que habían conseguido su reflejo en el artículo de uno de los venezolanos más influyentes fuera de su país: Ricardo Hausmann. El 26 de mayo, este profesor de Harvard (exministro venezolano, exjefe del Banco Interamericano de Desarrollo y feroz detractor del chavismo), publicaba en Project Syndicate su columna "Los bonos del hambre", haciendo suyas las tesis de Botti.

Hausmann hace un alegato inicial en el que ve comprensible que los inversores busquen una alta rentabilidad a sus inversiones. Pero inmediatamente después plantea la cuestión de que debe haber un límite moral para el enriquecimiento. El venezolano toma como ejemplo un fondo de inversión en países emergentes que gestiona JPMorgan en el que la deuda del país caribeño apenas pesa un 5%, pero supone hasta un 20% de la rentabilidad que da este producto.

Desear el mal ajeno Hausmann advierte de que la disparada prima de riesgo es una buena noticia para los inversores, pero mala para la población venezolana. Según su opinión, invertir en este fondo, "significa que uno se alegra cuando los analistas de Wall Street le informan que el país está haciendo pasar hambre a su población con el fin de evitar la reestructuración de los bonos que uno posee". Y continúa: "La alegría se explica fácilmente: las importaciones venezolanas, luego de caer 75% entre 2012 y 2016, se han reducido más del 20% en el primer trimestre de 2017. Estas son buenas noticias para los inversores en el EMBI+ [JPMorgan] porque significa que queda más dinero para el pago de intereses y capital de sus bonos".

Hausmann concluye que "cualquier persona decente que invierta en bonos venezolanos debe sentirse 'levemente nauseabunda'" y en su artículo –previo a que saltara la noticia de Goldman– pedía a JPMorgan que sacara a Venezuela de este rentable fondo de inversión.

El debate sobre la moralidad o no de estas estrategias de rentabilidad llegan sin duda por el segmento más inesperado: empresarios, expertos y economistas liberales. Personas del mundo financiero defensoras en buena medida de la desregulación de los mercados que han visto el problema de la falta de límites éticos a la inversión en un país como Venezuela.

Lo que no se expresa en el artículo, ni en los alegatos de Botti, es que cortar la financiación internacional de Venezuela estrangularía rápidamente al Gobierno de Nicolás Maduro que se quedaría sin recursos para mantener las infraestructuras mínimas.

Los gobiernos ilegítimos También vuelve a traer a primera plana el papel de Goldman Sachs en el mundo de la deuda. En 2001 Goldman ayudó a Grecia a ocultar su déficit, con el beneplácito de las autoridades europeas, para permitirle ingresar en el euro, con tejemanejes financieros. Sobredimensionó la deuda del país de forma opaca creando una burbuja que desencadenó luego la tormenta del euro en 2011. Aunque las críticas a Goldman han sido muy importantes, el default, esto es, el famoso impago nunca ha sido una opción contemplada por las autoridades europeas para Grecia y solo en los últimos tiempos algunas voces del FMI han comenzado a considerar como apropiado algún tipo de impago vía reestructuración de la deuda.

Pero la deslegitimización que algunos quisieron hacer del Gobierno de Grecia, especialmente por haber engañado con las cifras pero también con que parte de la deuda procede de la dictadura helena, nunca fue considerada una razón para el impago por la mayoría del mercado. Sí se han dado programas de condonación de deuda para algunos países del África subsahariana, pero en general la reestructuración de la deuda se considera un "riesgo moral" ya que, según la creencia del mercado, estos alivios en la carga financiera alimentan a los gobernantes el impulso de pedir prestado sin orden ni concierto.

En este interesante artículo de Joseph Stiglitz ya se describía hace años cómo el caso de los fondos buitre (que comen deuda basura o ahora bonos del hambre), contra Argentina sentaba un precedente que considera "peligroso" al tener doblegar a un Estado ante estos tiburones financieros. También como Naciones Unidas intentó limitar la actuación de este tipo de inversores e incluso declararlos ilegales.

La propuesta no salió adelante porque, entre otros países, Estados Unidos (también Alemania y Reino Unido) votó en contra. El país de Goldman Sachs aún fija la dieta.

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La izquierda global contra la derecha global: de 1945 a la fecha

Dom, 04/06/2017 - 08:08
Immanuel Wallerstein, La Jornada

El periodo entre 1945 y 1970 fue uno de extrema alta concentración de capitales a escala mundial y también de hegemonía geopolítica de Estados Unidos. En la geocultura el liberalismo centrista llegó a su cumbre como ideología gobernante. Nunca antes el capitalismo pareció funcionar tan bien. Esto no habría de durar.

El alto nivel de acumulación de capital, que en particular favoreció a las instituciones y al pueblo de Estados Unidos, alcanzó los límites en su capacidad para garantizar el necesario cuasi-monopolio de las empresas productivas. La ausencia de un cuasi-monopolio significó que por todas partes la acumulación de capital comenzara a estancarse y los capitalistas comenzaron a buscar modos alternativos de sostener sus ingresos. Los principales modos fueron la relocalización de sus empresas productivas en zonas de costo menor y el involucramiento en la transferencia especulativa de capital existente, eso que le llamamos la financiarización.

En 1945, solamente el desafío del poder militar de la Unión Soviética pudo enfrentar el cuasi-monopolio geopolítico de Estados Unidos. Para garantizar su cuasi-monopolio, Estados Unidos tuvo que acceder a un arreglo tácito pero efectivo con la Unión Soviética, apodado Yalta. Este arreglo implicó una división del poder mundial, dos tercios para Estados Unidos y un tercio para la Unión Soviética. Acordaron mutuamente no transgredir estos límites y no interferir con las operaciones económicas del otro en su propia esfera. También entraron en una guerra fría, cuya función no era derrocar al otro (por lo menos en el futuro previsible), sino mantener la incuestionada lealtad de sus respectivos satélites. Este cuasi-monopolio también llegó a su fin debido al creciente desafío a su legitimidad por parte de quienes se perdieron debido al statu quo.

Además, este periodo fue también uno en que los movimientos anti-sistémicos tradicionales conocidos como la Vieja Izquierda –comunistas, social-demócratas y movimientos de liberación nacional– llegaron al poder estatal en varias regiones del sistema-mundo, algo que había parecido altamente improbable apenas en 1945. Un tercio del mundo estaba gobernado por los partidos comunistas. Un tercio estaba gobernado por partidos social-demócratas (o su equivalente) en la zona pan-europea (Norteamérica, Europa occidental y Australasia). En esta zona, el poder alternaba entre los partidos social-demócratas que profesaban el Estado de bienestar y los partidos conservadores que también aceptaban el Estado de bienestar, aunque con un alcance reducido.

Y en la última zona, el llamado Tercer Mundo, los movimientos de liberación nacional llegaron al poder al obtener su independencia en la mayor parte de Asia, África y el Caribe, promoviendo así regímenes populares en la ya independiente América Latina.

Dada la fortaleza de los poderes dominantes y en especial Estados Unidos, puede parecer anómalo que los movimientos anti-sistémicos llegaran al poder en este periodo. De hecho, fue lo opuesto. Al buscar resistir el impacto revolucionario de los movimientos anti-coloniales y anti-imperialistas, Estados Unidos favoreció concesiones con la esperanza y la expectativa de traer al poder fuerzas moderadas en estos países que estuvieran dispuestas a operar dentro de las normas aceptadas de comportamiento interestatal. Esta expectativa resultó ser correcta.

El punto de quiebre fue la revolución-mundo de 1968, cuyo dramático aunque breve punto álgido entre 1966-1970 tuvo dos resultados importantes. Uno fue el final de la muy larga dominación del liberalismo centrista (1848-1968) como la única ideología legítima en la geocultura. Por el contrario, tanto la izquierda radical izquierdista como la ideología derechista conservadora recuperaron su autonomía y el liberalismo centrista fue reducido a ser solamente una de las tres ideologías en competencia.

La segunda consecuencia fue el desafío a escala mundial para los movimientos de la Vieja Izquierda por todas partes, asegurando que la Vieja Izquierda no era anti-sistémica en lo absoluto. Su llegada al poder no había cambiado nada de ninguna importancia, decían los impugnadores. Estos movimientos fueron vistos ahora como parte del sistema que había que rechazar para que por fin tomaran su lugar los verdaderos movimientos anti-sistémicos.

¿Qué pasó entonces? Al principio, la derecha de nuevo afirmativa pareció ganar la partida. Tanto el presidente estadunidense, Ronald Reagan, como la primera ministra de Reino Unido, Margareth Thatcher, proclamaron el fin del desarrollismo dominante y el advenimiento de la producción orientada a la venta en el mercado mundial. Proclamaron TINA, there is no alternative. Que no hay alternativa. Dada la decadencia del ingreso estatal en casi todo el mundo, la mayor parte de los gobiernos buscaron préstamos, que no podían recibir a menos que aceptaran los nuevos términos de TINA. Se les requirió reducir drásticamente el tamaño de los gobiernos y eliminar el proteccionismo, al tiempo de finiquitar los gastos del Estado de bienestar y aceptar la supremacía del mercado. Esto fue llamado el Consenso de Washington, y casi todos los gobiernos acataron este importante viraje de foco. Los gobiernos que no cumplieron fueron derrocados del cargo, lo que culminó en el colapso espectacular de la Unión Soviética. Después de algún tiempo en el cargo, los Estados que sí acataron descubrieron que la prometida alza en el ingreso real de gobiernos y trabajadores no ocurrió. Por el contrario, estos Estados sufrieron las políticas de austeridad impuestas sobre ellos. Hubo una reacción a TINA, marcada por el levantamiento zapatista en 1994, las exitosas manifestaciones de 1999 contra el intento en Seattle de promulgar garantías obligatorias para los llamados derechos de propiedad intelectual, y la fundación en 2001 del Foro Social Mundial en Porto Alegre, en oposición del Foro Económico Mundial, pilar de larga duración de TINA.

Conforme la Izquierda Global recuperó fuerza, las fuerzas conservadoras necesitaron reagruparse. Dieron un viraje del énfasis exclusivo en la economía de mercado, y lanzaron su rostro socio-cultural alternativo. De inicio invirtieron mucha energía en asuntos como luchar contra el aborto o promover la conducta exclusivamente heterosexual. Utilizaron tales temas para jalar a sus simpatizantes hacia la política activa. Y entonces ellos recurrieron a la anti-inmigración xenofóbica, abrazando el proteccionismo al que los conservadores económicos se habían opuesto específicamente.

Sin embargo, los simpatizantes de los derechos sociales expandidos para todos y el multiculturalismo copió la nueva táctica política de la derecha y exitosamente legitimaron a lo largo de la última década avances significativos en aspectos socio-culturales. Los derechos de las mujeres, los primeros derechos gay y luego el matrimonio gay, los derechos de los pueblos indígenas, todos fueron ampliamente aceptados.

Así que ¿dónde estamos? Los conservadores económicos ganaron primero y luego perdieron fortaleza. Los conservadores socio-culturales que les siguieron ganaron primero y luego perdieron fuerza. Y no obstante la Izquierda Global parece desconcertada. Esto ocurre porque todavía no está dispuesta a aceptar que la lucha entre Izquierda Global y Derecha Global es una lucha de clase y que eso debería hacerse explícito.

En la crisis estructural en curso en todo el sistema-mundo moderno, que comenzó en los 70 y que probablemente durará otros 20-40 años, el punto no es reformar el capitalismo, sino el sistema que sea su sucesor. Si la Izquierda Global va a ganar esa batalla, de manera sólida debe aliar las fuerzas contra la austeridad con las fuerzas multiculturales. Sólo reconociendo que ambos grupos representan el mismo fondo de 80 por ciento de la población mundial será probable que puedan ganar. Necesitan luchar contra el uno por ciento de hasta arriba y buscar atraer al otro 19 por ciento de su lado. Esto es exactamente lo que uno quiere decir cuando habla de lucha de clases.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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