Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenohttps://plus.google.com/109915989698098076984noreply@blogger.comBlogger5132125
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Cuatro tendencias que alterarán los mercados

Lun, 14/07/2014 - 19:23
Matthew Lynn, El Economista

Una variación de 30 o 40 puntos en el Dow, medio céntimo de subida del dólar contra el euro y vuelta a bajar, un par dólares en el precio del oro (perdidos rápidamente al día siguiente)... Desde todos los puntos de vista, los mercados se han vuelto menos volátiles este año que en ningún otro momento de la última década. Y sin embargo, es muy extraño. Durante la última década, la tendencia a largo plazo ha sido que los mercados se vuelvan más volátiles, no menos. En realidad, se trata de un respiro y no del fin de las tormentas. Hay cuatro grandes tendencias que harán saltar a los mercados más que una ardilla que acabe de beberse una Coca-Cola. ¿Por ejemplo? La tecnología, una crisis de los bonos en la Eurozona, el auge de los mercados fronterizos o el hundimiento de los beneficios corporativos. La pregunta es cuándo ocurrirá.

El S&P 500 no ha conseguido moverse más de un 1% en un día desde mediados de abril. El VIX, conocido como el índice del miedo porque mide la volatilidad futura prevista, está en sus mínimos históricos. Y no son sólo los títulos sino también las divisas. El índice global de volatilidad de divisas de JP Morgan Chase se hundió hace una semana en su nivel más bajo desde 1992. El índice de volatilidad BOE de los Tesoros estadounidenses cayó bruscamente el año pasado. Hasta los bonos griegos, que solían oscilar en puntos porcentuales de dos dígitos todo el tiempo, se comercian con mucha discreción por el momento.

La ilusión se ha desvanecido en cualquier mercado en que nos fijemos. Es cierto que los mercados tipo montaña rusa de los últimos treinta años, con sus bruscas oscilaciones entre la euforia alcista y bajista, no son necesariamente la norma histórica. Hace varios años, JP Morgan analizó las crisis y fijó una caída del 15% en el valor del índice S&P 500 a lo largo de un periodo de 15 días como su definición de crisis. En el periodo post 1946, sucedió una vez en 1962 y otra en 1987, pero después hubo que esperar hasta 2002. Alguien podía dedicar toda su carrera a las finanzas y sólo ver esa clase de volatilidad una vez en la vida.

De hecho, los mercados no siempre oscilan como un yoyó. Durante muchos años, pueden subir con firmeza y éste podría ser uno de esos periodos. Se dan muchas explicaciones de por qué es así. Algunos piensan que es un efecto secundario de la impresión de dinero por los bancos centrales; otros lo atribuyen al hecho de que hay menos empresas cotizadas que antes pero la pregunta más interesante es cuál podría ser el desencadenante para que los mercados volvieran a la montaña rusa.

Las cuatro grandes tendenciasComo he dicho, hay cuatro posibilidades. Una, la tecnología. Las operaciones informatizadas de alta frecuencia se llevan la culpa de gran parte de la volatilidad de la última década, incluidas las crisis relámpago. Una normativa más estricta y ordenadores más inteligentes podrían haberlo evitado pero sigue habiendo mucha innovación tecnológica en las finanzas, desde los préstamos entre iguales hasta la financiación en masa u operaciones basadas en las redes sociales. ¿Significa que los mercados son más seguros o peligrosos? Nadie lo sabe pero la última tanda de innovaciones ha creado mucha más volatilidad y sería precipitado asumir que ésta no lo haga también.

Dos, los bonos de la Eurozona. No hay que ser un genio de las finanzas para entender que algo muy raro está pasando en el mercado de bonos de la Eurozona periférica. Los rendimientos italianos han caído al 2,7%, a un pelo de los índices de EEUU. Los rendimientos españoles se sitúan en un 2,68% y los franceses en apenas un 1,6%, muy por debajo de lo que EEUU paga para pedir dinero prestado. Pero un momento... Todos esos países tienen un crecimiento de casi cero, unos índices espeluznantes de desempleo, deuda pública fuera de control y una moneda que les da pocas esperanzas de poder inflarse para salir de los problemas. Una hipoteca basura de Florida a nombre de un perro es una apuesta más segura. Como norma general, cuando los mercados sobrevaloran en exceso un activo, se avecinan grandes problemas. ¿Por qué ahora va a ser distinto?

Tres, los mercados fronterizos. Dado que casi todos los mercados emergentes tradicionales son en realidad países de renta media, con prácticamente los mismos problemas que sus colegas desarrollados, la acción real ha pasado a los mercados fronterizos de Oriente Medio, África y Asia central. No hay duda de los altos rendimientos potenciales aunque también conllevan riesgo. Si la volatilidad desciende, que nadie se lo diga a los agentes de Dubai, por ejemplo. Ha pasado de ser un mercado fronterizo a emergente este año, aunque eso no ha evitado una caída del 22% en junio. Si el mercado bajista se define como una corrección del 20%, Dubai ha visto ocho en los seis últimos años, cada una seguida de una euforia alcista de igual virulencia. A medida que los mercados fronterizos y emergentes cobren importancia, y seguro que lo harán, la volatilidad volverá.

Cuarto, una crisis de las ganancias corporativas. Los mercados no son más que un reclamo de ganancias corporativas. En la última década, la proporción del PIB en los rendimientos ha alcanzado máximos históricos. Supera el 10% del PIB en EEUU, frente a menos del 5% durante casi todos los ochenta. Cuando algo llega a su máximo histórico, sólo puede ir en una dirección: hacia abajo. Pero si los rendimientos caen, el mercado bursátil se irá con ellos y también los bonos corporativos. Sucederá muy deprisa. En realidad, la tranquilidad no es el estado natural de los mercados. Las bruscas oscilaciones regresarán pronto y el desencadenante más probable será una de esas cuatro tendencias.

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Una ojeada al uno por ciento

Dom, 13/07/2014 - 17:36
Raúl Zibechi, La Jornada

La crisis actual está profundizando la polarización social y económica entre un pequeño puñado de multimillonarios y buena parte de la humanidad que se hunde cada vez más en la pobreza y la desesperación. Los ricos son cada vez más ricos, algo que sabemos por decenas de trabajos que se han venido difundiendo en los últimos años. Sin embargo, los ricos de la acumulación financiera son diferentes a los de otras etapas del capitalismo, cuando la hegemonía correspondía al capital productivo.

Son perros de presa, grandes predadores como los definió Fernand Braudel. En este periodo de declive del imperialismo estadunidense y de caos geopolítico, han adquirido un perfil adicional: son guerreros, del tipo de los mercenarios despiadados de las peores guerras civiles; no acatan reglas ni tienen el menor respeto por los seres humanos. El economista Michael Hudson, quien los conoció de cerca, destaca que profesan valores feudales y pretenden retroceder a la servidumbre por deudas de la población trabajadora.

La tesis de maestría de Marco Bulhões Cecilio, que integra el equipo del economista brasileño José Luis Fiori ( Poder global y geopolítica del capitalismo, en el marco de la Universidad Federal de Río de Janeiro), señala que en el sistema financiero actual, los mayores ganadores son la élite de la clase dirigente y no los accionistas. Como hemos señalado en otras ocasiones, la burguesía se ha bifurcado entre los propietarios y los gestores del capital, que son los que toman las decisiones y están situados en los escalones donde fluye el dinero.

La tesis de Cecilio recupera el trabajo de Braudel en el periodo de acumulación acelerada de riquezas, y somete algunas de sus tesis a severo escrutinio, entre ellas la que postula que la economía de mercado y el capitalismo son opuestos (http://www.poderglobal.net/category/ 3_teses-e-dissertacoes/).

Entre la clase de los gestores que se hacen con ganancias descomunales, pone de ejemplo algunos presidentes (CEO) de grandes empresas, que ganaron en plena crisis remuneraciones hasta de 162 millones de dólares, como Stanley O’Neal, de Merril Lynch. Es un caso excepcional, en un medio donde muchos ejecutivos ganan más de un millón de dólares anuales. En 2007, la empresa pagó bonos a sus ejecutivos por 4 mil millones de dólares y en 2008 las empresas de Wall Street pagaron 18 mil millones de dólares a sus ejecutivos, cuando el sistema financiero fue salvado por el gobierno.

Siguiendo con las remuneraciones, en 2014 la consultora Robert Walters estudió los salarios medios fijos de los ejecutivos en 27 países, en particular aquellos que tienen más de 12 años de experiencia. Sin incluir los bonos, después de la crisis de 2008 un director financiero (CFO) percibe 360 mil dólares anuales en Shanghai, apenas por encima de sus colegas en Nueva York y Londres. En São Paulo el mismo cargo recibe 250 mil dólares anuales. Los gerentes de contabilidad, situados en la parte baja del escalafón, obtienen en torno a los 100 mil dólares ( Valor, 12/2/14).

Pero hay una segunda cuestión tan importante como los ingresos. El perfil de este grupo indica que 80 por ciento son varones blancos, egresados de universidades de élite, preparados para una competencia feroz, que no tienen la menor fidelidad a nada que no sea ellos mismos. Una encuesta de la consultora brasileña Talenses, entre 620 ejecutivos de alto nivel de São Paulo, reveló que para los directores y gerentes el factor decisivo a la hora de decidir un lugar de trabajo es sentirse desafiados, y sólo en segundo lugar aparecen las remuneraciones y bonos (Asociación Brasileña de Recursos Humanos, 29/1/14). Lo que más los motiva son los desafíos, la conquista de nuevos logros, el reto permanente para ir más allá. Cambian constantemente de empresa: sólo 6.6 por ciento de los entrevistados llevaban más de 10 años en la empresa, 29 por ciento entre dos y cinco años y 52 por ciento menos de dos años. El cambio de empresa es parte del desafío de estos ejecutivos que tienen entre 24 y 40 años. Los altos salarios buscan retenerlos.

Como señala Braudel, son personas que tienen el privilegio de poder escoger, libertad de movimientos, no se aferran a las actividades anteriores, no se especializan en una sola actividad, de modo que pueden entrar en juegos inaccesibles para los demás. Tienen acceso a información privilegiada que les permite, por un lado, eludir los controles, y por otro, apropiarse de las innovaciones que nacen casi siempre en la base de la sociedad, ahorrando las más de las veces en desarrollo tecnológico.

Parasitismo de larga duración, le llamaba a esa actitud vital. Un parasitismo activo, destructivo, arrasador. Este modo de actuar, esta cultura empresarial, tiene enormes similitudes con la que promueven los think tanks militares. Hoy más que nunca, los ejércitos actúan como los CEO del sector financiero, y viceversa.

William McNeill, en La búsqueda del poder, sintetiza estas características de modo brillante: Nuestros únicos macroparásitos significativos son otros hombres, que, al especializarse en la violencia, se muestran capaces de asegurarse la vida sin tener que producir por sí mismos el alimento y otros géneros que consumen (Siglo XXI, 1988, Prefacio). Continúa destacando que los cambios en el armamento de los ejércitos se parecen a las mutaciones genéticas de los microorganismos para abrir nuevas zonas geográficas de explotación, o destruir algunos límites mediante el ejercicio de la fuerza dentro de la propia sociedad que los cobija.

Capital financiero y fuerzas armadas (estatales o paraestatales) son los grandes parásitos-predadores que se comportan como plagas esquilmando a la humanidad. Es la lógica del uno por ciento, que no va a cambiar por voluntad propia. Como sabemos, con las plagas no se puede negociar. Se las frena o nos destruyen. Es necesario tener claridad sobre los modos del uno por ciento. Pero debemos reconocer que aún no tenemos una estrategia para frenarlos.

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Paul Krugman: ¿Quién quiere la depresión?

Dom, 13/07/2014 - 08:16
Paul Krugman, El País

Una lección triste que he aprendido en los últimos años es que la economía es una disciplina mucho más política de lo querríamos creer. Bueno, es una forma de hablar. Pero antes de la crisis financiera, muchos economistas —incluso, hasta cierto punto, el que suscribe— pensaban que había un consenso profesional considerable en relación con algunos temas importantes.

Esto era especialmente cierto en el caso de la política monetaria. No han pasado tantos años desde que el Gobierno de George W. Bush declarase que una de las lecciones que habíamos aprendido tras la recesión de 2001 y la recuperación que la siguió era que “las políticas monetarias decididas pueden acortar y suavizar una recesión”. Entonces, sin duda, tendría que haber un consenso bipartidista a favor de una política monetaria más decidida a fin de combatir la crisis de 2007-2009, que era mucho peor. ¿No es así?

Pues no. He escrito muchas veces sobre el fenómeno del sadomonetarismo, la exigencia constante de que la Reserva Federal y otros bancos centrales dejen de intentar crear empleo y, en vez de eso, suban los tipos de interés, independientemente de las circunstancias. He indicado que la persistencia de este fenómeno tiene mucho que ver con la ideología, la que a su vez tiene mucho que ver con los intereses clasistas. Y sigo pensando que es así.

Pero ahora creo que los intereses clasistas también influyen a través de un canal más rudimentario y directo. Dicho de forma bastante simple, las políticas presupuestarias expansivas, aunque pueden ayudar al conjunto de la economía, perjudican directamente a aquellos que obtienen muchos de sus ingresos de los bonos y otros activos que generan intereses (y estos son, fundamentalmente, los más ricos, en concreto el 0,01% con ingresos más altos).

Ésta es la historia hasta la fecha: la Reserva Federal lleva más de cinco años enfrentándose a las durísimas críticas de una coalición de economistas, expertos, políticos y magnates del sector financiero que le advierten de que está “degradando el dólar” y allanándole el camino a una inflación descontrolada. Uno podría pensar que el hecho de que esta predicción sobre la inflación siga sin materializarse serviría, al menos, para que se replanteasen las cosas, pero no es así. Algunos de los detractores se han sacado de la manga nuevos argumentos para no modificar sus demandas políticas —¡es por la inflación! No, ¡es por la estabilidad financiera!—, pero la mayoría se ha limitado a seguir repitiendo las mismas advertencias.

¿Quiénes son estos detractores que siempre se equivocan y nunca tienen dudas? Sin ninguna excepción que yo recuerde, provienen de la derecha del espectro político. ¿Pero por qué los sentimientos de derechas tienen que ir de la mano de la paranoia de la inflación? Una posible respuesta es que utilizar la política monetaria para combatir las crisis es una forma de activismo gubernamental. Y los conservadores no quieren legitimar la idea de que la acción gubernamental pueda, en algún caso, tener efectos positivos, porque una vez que se admite eso, se puede terminar respaldando cosas como un seguro sanitario garantizado por el Gobierno.

Pero quienes defienden los intereses de los ricos tienen un motivo mucho más simple para quejarse de las políticas presupuestarias expansivas: los ricos obtienen una parte importante de sus ingresos de los intereses sobre los bonos, y la política de los tipos de interés bajos ha reducido enormemente dichos ingresos.

Las quejas sobre los tipos de interés bajos suelen formularse en relación con el daño que se les está haciendo a los jubilados estadounidenses que viven de los intereses de sus certificados de depósitos. Pero los cobros de intereses de los estadounidenses de la tercera edad van a parar básicamente a una minoría pequeña y relativamente acomodada. En 2012, el jubilado estadounidense medio que cobra intereses obtuvo más de 3.000 dólares, pero la mitad del colectivo recibió 255 dólares o menos. Los que en realidad salen perdiendo con los tipos de interés bajos son los verdaderamente ricos (ni siquiera el 1%, sino el 0,1% o 0,01% más adinerado). Allá por 2007, antes de la crisis, un miembro medio del 0,01% ingresaba tres millones de dólares anuales en intereses (en dólares de 2012). En 2011, esa cifra había caído hasta los 1,3 millones de dólares (una pérdida equivalente a casi el 9% de los ingresos del colectivo en 2007).

Eso es mucho dinero, y seguramente explica gran parte de la histeria en torno a las políticas de la Reserva Federal. Los ricos tienen incluso más tendencia que la mayoría de la gente a creer que lo que es bueno para ellos es bueno para Estados Unidos (y su riqueza y las influencias que compra garantizan que siempre habrá abundancia de supuestos expertos dispuestos a encontrar justificaciones para esa actitud). De ahí el sadomonetarismo.

Lo que me lleva de nuevo a la politización de la economía.

Antes de la crisis financiera, muchos gobernadores de bancos centrales y economistas vivían, ahora está claro, en un mundo de fantasía y se imaginaban que eran tecnócratas aislados de la refriega política. Después de todo, su trabajo consistía en llevar el timón de la economía por entre los bajíos de la inflación y la depresión, ¿y quién podría poner objeciones a eso?

Resulta, sin embargo, que usar la política monetaria para combatir la depresión, aunque beneficie a la inmensa mayoría de los estadounidenses, no beneficia a una pequeña minoría adinerada. Y, en consecuencia, la política monetaria está tan metida en los conflictos ideológicos y de clase como la política fiscal.

La verdad es que, en una sociedad tan desigual y polarizada como la que ha llegado a ser la nuestra, casi todo es político. Acostúmbrense a ello.

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Las múltiples voces de Pablo

Sáb, 12/07/2014 - 18:24

Ariel Dorfman, Página 12

Hace 110 años, el 12 de julio de 1904, el mundo escuchó por primera vez la voz del recién nacido que algún día se llamaría Pablo Neruda. Bueno, el mundo no: quienes escucharon aquel berrido del futuro poeta fueron la partera y la madre del niño, que fue bautizado con el nombre inverosímil de Neftalí Reyes.

Es esa voz la que ahora deseo evocar en este aniversario más que centenario, un enigma y un mensaje que se esconden muy adentro de la voz tan especial e inolvidable de Neruda.

No fui nunca amigo personal del poeta. Lo conocí de adolescente, muy al pasar: varias visitas con otros estudiantes a su legendaria casa de Isla Negra, algunas ocasiones en que me topé con él en apartamentos de amigos comunistas de mis padres, un par de palabras de admiración y agradecimiento entrecruzadas después de un recital. En cada una de estas oportunidades pude oírlo, a veces en forma somera, otras veces más extensamente, declamar sus versos. Y lo que más me llamó la atención, casi de inmediato, era cómo la sensualidad volcánica del torrente de sus palabras escritas contrastaba con la monotonía casi aburrida, un zumbido sin énfasis y sin gracia, con que el autor insistía en enunciar su obra. Era como si una tortuga tratara de relatar la carrera demencial de una liebre, paso a lento paso, una palabra tras calmosa palabra sin la menor pasión, con un ritmo somnífero. Esos versos tan sutiles, caudalosos, desencadenados, sacudidos entre respiraciones y sollozos, merecían, pensaba yo, una encarnación sonora equivalente, igualmente dramática y opulenta.

¿Cómo podría el creador de una lírica que me estremecía y alumbraba y acompasaba en la soledad y en el amor y en la lucha colocarse a tanta distancia de la emoción que suscitaba? Era algo que discutí con deleite con mi novia y futura esposa Angélica, a quien le leí, justamente, Los Versos del Capitán, los Veinte Poemas de Amor y las Residencias, porque ella incorporaba, para mí, todo lo que era bello y bendito y afluente en el universo.

Tuvimos, finalmente, ocasión de develar el misterio de la voz de Pablo cierta tarde a mediados del invierno chileno de 1964. En esa época estudiaba yo literatura en las aulas y bajo los árboles del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, la misma Facultad de Humanidades donde Neruda había realizado sus propios estudios. Por lo que no fue difícil convencerlo de que ofreciera una presentación en su antiguo recinto, como parte de la campaña presidencial de Salvador Allende (que tardaría todavía seis años más en triunfar y ponerse al frente de Chile).

A la sazón, yo era, con mis 22 años fogosos a cuestas, el jefe de los Allendistas del Pedagógico y como tal me tocó a mí, con Angélica, ir a buscar al gran poeta que había accedido con gusto a nuestra invitación. Neruda y su mujer Matilde vivían, cuando pernoctaban en Santiago, en un apartamento del barrio de Bellavista, el mismo donde se velarían nueve años más tarde sus restos en medio de una inundación desatada por los militares de Pinochet, pensando que con eso le imponían otra humillación al más gran poeta de Chile.

Pero tales tristezas parpadeaban en un futuro remoto e inconcebible, y la conversación con Neruda y Matilde en el inmenso auto que me había prestado mi padre diplomático para tan solemne traslado versó sobre cosas más gratas: el Nobel posible, los vaivenes políticos del momento, lo imprescindible que era ser fiel a sí mismo si uno quería escribir.

Recuerdo que casi le pregunté, con juvenil atrevimiento, acerca de su voz, por qué no le otorgaba más efusión y arrebato a sus lecturas públicas, pero por una vez supe morderme la impertinente lengua. Mi silencio fue recompensado al poco rato cuando pudimos Angélica y yo, junto a varios centenares de imberbes revolucionarios, oír su ensalmo poético.

En efecto, el vate nos ofrendó una sarta monocorde y menguada, casi blandengue, de palabras que, escritas, eran carnales y ardientes. Como las olas de un lago en un día sin viento, una y otra y otra, cada una expresada como si no hubiera diferencia ni turbulencia ni matices.

Y, sin embargo, de pronto, comprendí la razón profunda, de raíces oscuras, que animaba el estilo declamatorio de Neruda.

Fue cuando repitió algunas estrofas del Canto General, provenientes de “La Tierra se llama Juan”, específicamente un poema que se articulaba desde la perspectiva de Margarita Naranjo, una mujer de las salitreras a la que en 1948 la policía del presidente González Videla le había secuestrado el marido Antonio. Margarita había comenzado una huelga de hambre que no terminaría, dijo, hasta que le devolvieran a su hombre. En vez del amado, su protesta le trajo la muerte, desde la cual Neruda la hacía hablar como si estuviera viva, desde adentro y abajo del desierto donde estaba enterrada.

“Estoy muerta”, eran las palabras iniciales del poema. Y concluía: “Ahora/, aquí estoy muerta, en el cementerio de la pampa/ no hay más que soledad en torno a mí, que ya no existo,/ que ya no existiré sin él, nunca más, sin él”.

Absorbiendo aquellas palabras ahí, en la Universidad de Chile, presenciando cómo Neruda hacía de médium e intermediario del fantasma de una mujer desamparada y desaparecida, tuve una revelación que todavía me acompaña y consuela hoy, cincuenta años más tarde.

Comprendí que al escribir Neruda sus poemas no podía estar más inspirado, vital, vibrante, visceral. Pero al recitarlas lo hacía desde un reposo infinito, como si estuviera perpetuamente despidiéndose, expresándose desde el más allá, como si, a la manera de Margarita Naranjo, ya hubiera muerto. La voz con que pronunciaba cada palabra no quería interferir con nuestra apropiación, no quería influir en lo que cada lector y oyente hacían con ese regalo, nos estaba dando permiso para que hiciéramos nuestro su sonido.

Creo, quiero creer, que Neruda nos estaba preparando para un tiempo en que él no estuviera vivo, en que sólo dispondríamos de las palabras que nos dejó para recordarlo. Con Margarita Naranjo y todos los muertos de la humanidad, nos estaba diciendo entonces, y ahora, ciento diez años después de su nacimiento, aquí estoy, en la soledad del cementerio, y ya no existo, solamente existo si tú y tú y tú me hacen compañía, me mantienen vivo como aquel día lejano en que mi madre escuchó por primera vez mi voz nacida para aplacar el dolor de la tierra y la eternidad, solamente existo si Ustedes me dan nacimiento.

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Crisis del Espirito Santo es sólo la punta del iceberg

Sáb, 12/07/2014 - 10:01

La crisis que sobrevuela Portugal puede poner a prueba la vulnerabilidad del sistema bancario europeo, un sistema que ha sobrevivido a punta de escándalos y corrupción con el dinero público durante décadas. La historia sin pena ni gloria de lo más de 145 años del banco Espirito Santo (nació en 1869 con cambio de divisas y juegos de lotería) puede comenzar a escribir ahora sus últimos capítulos. El Banco Espirito Santo (BES) está conformado por un enjambre de tres empresas interrelacionadas, que están en manos de los mismos dueños, que se prestan dinero y hacen fraudes entre sí.
El Banco Espirito Santo cotiza en la bolsa de Portugal y es uno de sus principales cotizantes dado que este es el mayor banco de Portugal. Su accionista mayoritario, Espirito Santo Financial Group, posee el 25% de las acciones del BES. La empresa matriz privada, Espirito Santo International, es propietaria del 49% de Espirito Santo Financial Group (y por lo tanto dueña del Banco Espirito Santo). Esta es la empresa que ha incumplido con los pagos al BES, dejándolo en una situación muy precaria. Desde que estalló el escándalo de corrupción en Angola, que salvó miles de millones de euros del Estado por las garantías de préstamos, la situación de la banca se encuentra en las tinieblas. Es mucho el dinero que ha fluido hacia malos préstamos que nunca se devolverán, y eso es lo que tensiona los balances del Espirito Santo. Como de costumbre, los contribuyentes y los ahorradores europeos podrían verse obligados a pagar por los pecados de gente sin escrúpulos.

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“La dominación sin hegemonía es efímera”

Sáb, 12/07/2014 - 08:01
Marco A. Gandásegui, Alainet

En un seminario celebrado recientemente, el sociólogo barbadiense, Whitfield A. Knight, recordó que “la dominación sin hegemonía es efímera”. El debate se ubicaba en el plano de la actual crisis del sistema capitalista. Por un lado, la economía capitalista que aún no se recupera del golpe sufrido en 2008. Por el otro, las guerras locales desatadas en todo el mundo, incluso Europa.

Las bolsas de valores y la ‘economía real’ están estancadas, sin capacidad de generar ganancias. Son precisamente estas instituciones capitalistas las que sirven como palancas para someter a los pueblos que forman parte del sistema. La confianza que deposita la gente – no importa de qué clase social – en el mercado y los bienes y servicios que ofrece a la masa consumidora constituye la herramienta de dominación más eficaz. Esa confianza en la promesa del consumo - hegemonía - es más eficaz que todas las religiones, la educación o la represión.

En el mismo seminario celebrado en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), de La Habana, Cuba, el austriaco, Peter Stania, planteó que en la actual crisis que enfrenta a Rusia y EEUU en Ucrania, Washington tiene como política quebrarle el espinazo a Moscú. Todo indica que EEUU abandonó el proyecto de incorporar a Rusia a la Alianza Atlántica tal como lo ha hecho con el resto de Europa central y oriental. Entre los muchos planes de contingencia de Washington, cobra fuerza la que promueve la destrucción de la Federación rusa, tal como se conoce hace tres siglos.

Con el colapso de la URSS, en 1991, los estrategas de EEUU supusieron que el antiguo bloque socialista caería rápidamente en la órbita de la gran Alianza Atlántica. No estaban equivocados. La excepción fue Rusia que reaccionó ante la ofensiva norteamericana y está resistiendo el avance avasallador de los países del pacto Atlántico. La lógica del mercado capitalista dio cuenta del bloque socialista y la URSS. ¿Cuánto tiempo podrá resistir Rusia su acoplamiento subordinado al sistema? Todo indica que Rusia no presenta una estrategia – dentro del sistema o fuera de él - como alternativa para defenderse. Todo indica que está negociando – utilizando sus riquezas naturales - su inserción definitiva al sistema. En una ponencia que presentamos señalamos que EEUU maneja dos tesis en torno a sus relaciones con Rusia. Por un lado, dividir a la Federación rusa en tres países (Europa, Siberia y Lejano oriente). Por el otro, incorporarla a la periferia de la Alianza Atlántica, como país dependiente.

La tercera ponencia que impactó a la asistencia fue la del sociólogo haitiano, Camille Chalmers, quien abordó la crisis en su país, provocada por la ocupación militar coordinada por EEUU. Describió cómo Washington desarticuló el país desde el terremoto y mantiene una fuerza militar multinacional ocupante. La táctica norteamericana descansa sobre su noción del “Estado fallido”. Washington aplica esta noción a todo país que considera su enemigo y, como consecuencia, debe ser objeto de una intervención militar. En América Latina, EEUU coloca en esa categoría a gobiernos que no se someten a sus dictados como Bolivia y Venezuela.

Todo indica que el mundo se mueve hacia una dominación total de EEUU, pero sin hegemonía. Washington optó por construir una enorme red mundial de bases militares. Ha creado conflictos en el este europeo donde envió tropas a Polonia y Letonia. En el Mar de China donde amplió su presencia militar en Filipinas. En el Medio Oriente, donde financia y arma el ejército del nuevo califato en Irak y Siria. En el Gran Caribe, tiene un cerco sobre la zona insular con bases y tropas en Colombia, país vecino de Venezuela. Además, interviene directamente con ‘asesores’, armas y financiamiento en la ‘Guerra contra las drogas’ en México.

La dominación de EEUU se sostiene sobre una estrategia militar, cuya base social y económica tiende a debilitarse. EEUU está conciente de esta realidad y tiene como objetivo estratégico contener y aislar a China. Pretende impedir el movimiento chino sobre el Pacífico. La encierra por el sur y oeste. El gran reto para EEUU es la Federación rusa en el norte. Un eje formado por China y Rusia no le permitiría a EEUU conservar su dominación mundial. La destrucción de Ucrania es para debilitar a Rusia y, de paso, neutralizar a una China pujante.

Tal como señalara Knight en el seminario del ISRI, “la dominación sin hegemonía es efímera”.

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El mayor banco de Portugal destapa el miedo de una nueva crisis financiera

Ven, 11/07/2014 - 11:30

Los miedos a una nueva crisis financiera han sido invocados directamente por el Espirito Santo. La nueva pesadilla de las bolsas mundiales es el fruto más fresco de esa santísima trinidad conocida como troika. Las turbulencias en el sector bancario de Portugal han alarmado a los inversores de todo el mundo y las bolsas mundiales han vuelto a esos días de pesadilla que parecían olvidados. La insolvencia del Espirito Santo, el mayor banco de Portugal, lastró todas las bolsas del mundo, y en Lisboa la bolsa debió cerrar por las estrepitosas caídas de su sistema financiero donde el BES se deslizó un 18 por ciento. Durante la jornada de ayer, el PSI20 de Portugal cerró con una caída de -4,2 por ciento; el Ibex35 retrocedió -1,98%, el DAX alemán -1,52%, el FTSE inglés -0,68%, mientras el Dow Jones lo hizo en -0,42%.
Todo este pánico ha sido por la débil situación del Espirito Santo, el principal banco de Portugal, que no puede pagar ni siquiera los intereses de la deuda, pese a los bajos intereses que mantiene el BCE. Esto demuestra la enorme vulnerabilidad que sufre el sistema financiero, pese al dinero barato de Mario Draghi. El miedo aumenta a medida que se acerca la hora en que los bancos centrales deberán comenzar a revertir el curso de las tasas de interés y tendrán que subirlas. Con esto, muchos bancos quedarán a la deriva, confirmando el fiasco de las pruebas de estrés realizadas en 2012 donde se dijo que los bancos estaban reforzados para resistir una nueva crisis. Sin embargo, antes que la nueva crisis comience, hay bancos que comienzan a caer.

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