Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenohttps://plus.google.com/109915989698098076984noreply@blogger.comBlogger5120125
Actualizado: fai 22 horas 41 min

Francia quiere liberar a Europa de la dominación de Estados Unidos y terminar con los petrodólares

Mar, 08/07/2014 - 08:06

El castigo al banco francés BNP Paribas por parte de Estados Unidos está desatando una fuerte arremetida contra la hegemonía del dólar en las transacciones internacionales. BNP Paribas fue castigado con la mayor multa aplicada a un banco europeo por realizar operaciones con Irán, Cuba y Sudán, países proscritos por Estados Unidos. La sanción al banco francés incluye la prohibición de operar con dólares en cualquier parte el mundo. Como esta prohibición se puede extender a otros bancos europeos, el gobierno francés está desempolvando todos los programas en su lucha contra el dólar para romper la hegemonía del billete verde.

Esta linea de acción fue confirmada este lunes en el Parlamento Europeo, cuando el Ministro de Finanzas de Francia, Michel Sapin, dijo que los gobiernos de la zona euro "deben buscar todas las formas para reforzar el uso del euro en las transacciones internacionales, a fin de establecer el "reequilibrio frente al dólar" de las monedas utilizadas para los pagos globales. Para el ministro francés, el acoso al BNP Paribas "debe hacer que nos demos cuenta de la necesidad de utilizar una variedad de monedas en nuestras transacciones.

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Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Cómo se protege Washington a sí mismo y al sector corporativo

Lun, 07/07/2014 - 14:40
Noam Chomsky, TomDispatch

La realidad de la política exterior de Estados Unidos Presentación de Tom Engelhardt

No es necesario decir que a los jefazos del estado de seguridad nacional no les hicieron nada felices las revelaciones de Edward Snowden. Aun así, en el último año, los comentarios de esos personajes, los políticos asociados con ellos y los retirados de ese mundillo que dieron expresión a sus sentimientos tuvieron una calidad sorprendente: vituperación por todo lo alto. Lo más bonito que cualquiera de esas personas tenían para decir sobre Snowden fue “es un traidor” o –resabios de los tiempos de la Guerra Fría (y del absurdo, como que el Departamento de Estado lo atrapara en el sector “En tránsito” del aeropuerto moscovita quitándole el pasaporte)– “un espía ruso”. Y esta es la parte más suave. Esos personajes también pidieron la ejecución de Snowden, muy literalmente colgarlo del viejo roble para que se balanceara en la brisa. Lo suyo fue un espeluznante repertorio colectivo que aportó un nuevo significado a la palabra “visceral”.

Semejante respuesta al hecho de que Snowden entregara sucesivos lotes de documentos de la NSA a Glenn Greenwald, a la realizadora de cine Laura Poitras y al periodista del Washington Post Barton Gellman reclama una explicación. Aquí está la mía: el objetivo de la NSA al crear un sistema de vigilancia planetario era a la vez utópico y distópico (según cuál sea el punto de vista del lector) pero, en cualquier caso, pasmosamente totalizante. Sus funcionarios de mayor nivel intentaban peinar todos los medios de comunicación, electrónicos u online, que los seres humanos utilizan para comunicarse entre ellos, y desarrollar la capacidad de vigilar y seguir el rastro de todos los habitantes de la Tierra. Desde la canciller alemana Angela Merkel y la presidenta de Brasil Dilma Rousseff hasta el campesino con teléfono celular en las tierras de cultivo de Afganistán (por no hablar del ciudadano estadounidense en cualquier lugar del mundo); nadie iba a estar desconectado. Conceptualmente, no iba a haber excepciones. Y lo notable del asunto es lo cerca que estuvo la NSA de conseguirlo.

Inconscientemente o no, los funcionarios de la Comunidad de Inteligencia de EEUU imaginaron una excepción: ellos mismos. Se suponía que nadie que estuviera fuera del circuito cerrado sabía nada de lo que ellos estaban haciendo. Se suponía que solo ellos en el planeta no iban a ser escuchados, espiados, vigilados… Yo sospecho, que el impacto de las revelaciones de Snowden y las reacciones viscerales derivó, en parte, del descubrimiento de que ese sistema no tenía excepciones, ni siquiera sus creadores estaban al margen. En el sentido corriente de la palabra, al hacer público el diseño de su mundo, Snowden no puso nada en peligro; sin embargo, eso le convirtió en nada menos que el traidor del mundo excepcional que ellos imaginaban. Lo que él proponía era que ya que ellos nos vigilan a nosotros, de algún modo ahora nosotros podemos vigilarlos a ellos. La acción de Snowden, en otras palabras, los colocaba junto al vulgo –nosotros– algo que, en esas circunstancias, era el peor insulto; ellos respondieron en consecuencia.

Una explicación afín merodea en esta entrega de Tom Dispatch a cargo de Noam Chomsky. Si la “seguridad” de la seguridad nacional no es la seguridad del pueblo de Estados Unidos sino, como él sugiere, la de aquellos que dirigen el estado de seguridad nacional, y si el secretismo es el atributo del poder, lo que hizo Snowden fue romper el código de secretismo y exponer el poder mismo a la luz de un modo devastador y tétrico. No debemos asombrarnos de la reacción que provocó, tan sanguinaria y virulenta. Chomsky tiene una manera inquietante de exponer a la luz las varias facetas del poder, especialmente el de Estados Unidos con los mismos sombríos resultados. Viene haciéndolo desde hace medio siglo, y cada día lo hace mejor.

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Noam Chomsky

¿La seguridad de quién?
Cómo se protege Washington a sí mismo y al sector corporativo La cuestión de cómo se define la política exterior es crucial en el mundo de los negocios. En los siguientes comentarios solo propondré algunas pistas sobre cómo pienso que se debería analizar provechosamente el tema, limitándome a Estados Unidos por varias razones. En primer lugar porque la significación y el impacto de EEUU es inigualable. En segundo término, se trata de una sociedad inusualmente abierta, posiblemente la única en su género, lo que implica que conozcamos mucho acerca de ella. Finalmente, porque es claramente lo más importante para los estadounidenses, que pueden influir en las decisiones políticas de su país –y ciertamente también para otras personas en la medida que sus acciones pueden influir en estas decisiones–. Sin embargo, los principios generales se extienden a otras potencias y aun más allá.

Existe una “versión estándar comúnmente aceptada” que es común a la enseñanza académica, a los pronunciamientos del gobierno y al discurso público. Sostiene que la primera responsabilidad del gobierno es garantizar la seguridad y la principal preocupación de EEUU y sus aliados desde 1945 fue la amenaza rusa.

Hay varias maneras de evaluar la doctrina. Lo obvio es interrogarse: ¿Qué pasó cuando desapareció la amenaza rusa en 1989? Respuesta: en gran parte, todo siguió igual que antes.

Estados Unidos invadió inmediatamente Panamá, mató probablemente a miles de personas e instaló un régimen cliente. Era una práctica rutinaria en los dominios de EEUU, pero en este caso no fue tan rutinaria. Por primera vez una acción importante de política exterior no se justificaba con una supuesta amenaza rusa.

En vez de ello, se urdió una serie de falsos pretextos para realizar la invasión que no soportaron el menor análisis. Los medios de comunicación se inmiscuyeron entusiasmados y elogiaron el extraordinario logro de derrotar a Panamá, sin considerar que los pretextos eran absurdo, que el acto en sí mismo era una violación radical del derecho internacional y que fue condenado implacablemente en todas partes; más aún en América Latina. También se ignoró el veto estadounidense a una resolución unánime del Consejo de Seguridad –con la única abstención de Gran Bretaña– que condenaba los crímenes de las tropas estadounidenses durante la invasión,.

Todo rutinario. Y todo olvidado (lo que también es rutinario).

Desde El Salvador hasta la frontera rusa El gobierno de George W Bush formuló una nueva política de seguridad y un nuevo presupuesto de defensa como reacción al colapso del enemigo planetario. Eran bastante similares a los anteriores, aunque con nuevos pretextos. Era –resultó ser– necesario mantener un aparato militar casi tan grande como el del resto del mundo y mucho más avanzado en sofisticación tecnológica, pero no para defenderse contra la ya inexistente Unión Soviética. La excusa ahora era la creciente “sofisticación tecnológica” de las potencias del Tercer Mundo. Disciplinados intelectuales comprendieron que habría sido incorrecto sumirse en el ridículo, así que mantuvieron un silencio adecuado.

Estados Unidos, insistían los nuevos programas, debía mantener su “industria básica de defensa”. La frase es un eufemismo referido a la industria de alta tecnología en general, que requiere una gran inversión estatal para la investigación y el desarrollo, a menudo con cobertura del Pentágono, en eso que los economistas llaman “la economía de libre mercado”

Una de las disposiciones más interesantes de los nuevos planes tenía que ver con Oriente Medio. Allí, Washington debía mantener fuerzas de intervención apuntando a una región crucial en la que los mayores problemas “no podían dejarse a las puertas del Kremlin”. Contrariamente a 50 años de mentiras, se reconocía discretamente que el problema principal no eran los rusos sino el llamado “nacionalismo radical”, esto es, el nacionalismo independiente fuera del control de EEUU.

Todo esto tiene una importancia evidente en la versión estándar, pero pasó desapercibido o, quizás habría que decir, por lo tanto pasó desapercibido.

Otros acontecimientos importantes se produjeron inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín, al final de la Guerra Fría. Uno fue en El Salvador, el principal destinatario de la ayuda militar estadounidense –aparte de Israel y Egipto, una categoría especial– y una de las peores marcas mundiales en lo que a derechos humanos se refiere. Es habitual que ambos aspectos estén estrechamente relacionados.

El alto mando militar salvadoreño ordenó a la brigada Atlacatl que invadiera la Universidad Jesuita y asesinara a seis intelectuales latinoamericanos de primera línea, todos ellos sacerdotes jesuitas, incluyendo a su rector, fray Ignacio Ellacuria, y a cualquier testigo, es decir, el ama de llaves y su hija. La brigada acababa de regresar de un periodo de entrenamiento avanzado de contrainsurgencia en Fort Bragg, North Carolina, el Centro y Escuela Especial de Guerra John F. Kennedy del Ejército de Estados Unidos y ya había dejado un sangriento rastro de miles de víctimas en el curso de la operación de terrorismo de estado en El Salvador conducida por EEUU, parte de una campaña más amplia de terror y tortura en toda la región. Todo rutinario. Ignorada y virtualmente olvidada en Estados Unidos y sus aliados; otra vez, todo rutinario. Pero, si tenemos el cuidado de mirar el mundo real, este nos cuenta mucho acerca de los factores que motivan la política.

Otro acontecimiento importante tuvo lugar en Europa. El presidente soviético Mihail Gorbachev acordó permitir la reunificación de Alemania y su integración en la OTAN, una alianza militar hostil. A la luz de la historia reciente, esta fue una concesión de lo más sorprendente. Se trataba de un quid pro quo . El presidente Bush y su secretario de Estado James Baker convinieron que la OTAN no se expandiría “ni una pulgada hacia el Este”, es decir, Alemania Oriental. Instantáneamente, se amplió para incluir a Alemania Oriental.

Naturalmente, Gorbachev se indignó, pero cuando protestó por el hecho, Washington le explicó que solo había sido una promesa verbal, un acuerdo de caballeros, por lo tanto sin fuerza real. Si él era tan ingenuo como para dar por buena la palabra de los líderes estadounidenses, era su problema.

Todo esto, también, era rutinario. Como lo fue la callada aceptación y aprobación de la expansión de la OTAN en Estados Unidos y en general en Occidente. Más tarde, el presidente Hill Clinton amplió aún más la OTAN, hasta la misma frontera rusa. Hoy día, el mundo enfrenta una seria crisis que en gran parte es el resultado de aquellas políticas.

Llamado al saqueo de los pobres Otra fuente de pruebas es la desclasificación de documentación histórica, que contiene datos reveladores de las motivaciones reales de la política del estado. La historia es rica y compleja, pero hay unos pocos temas recurrentes que desempeñan un papel dominante. Uno de ellos fue articulado claramente en la conferencia del hemisferio occidental que tuvo lugar en México en febrero de 1945 por iniciativa de EEUU; en esta conferencia, Washington impuso una “Carta Económica de las Américas” diseñada para eliminar el proteccionismo económico “en todas sus formas”. Había en ella una cláusula no explícita. El proteccionismo económico sería bueno para Estados Unidos, cuya economía descansa marcadamente en la enorme intervención estatal.

La eliminación del proteccionismo económico para los demás países entró en abierto conflicto con la posición de América latina en ese momento, una posición descrita por los funcionarios del Departamento de Estado como “la filosofía de un Nuevo Nacionalismo que incluye políticas diseñadas para lograr una mayor distribución de la riqueza y elevar el nivel de vida de las masas”. Tal como añadieron analistas de la política estadounidense, “los latinoamericanos están convencidos de que los primeros beneficiarios del desarrollo de los recursos de un país debía ser el propio pueblo de ese país”.

Esto, por supuesto, no era viable. Washington entendía que los “primeros beneficiarios” debían ser los inversores estadounidenses y que el papel de Latinoamérica era cumplir su función de servicio. No habría –tanto la administración Truman como la de Eisenhower lo dejaron bien en claro– un “excesivo desarrollo industrial” que pudiera poner en cuestión los intereses de EEUU. Así, Brasil podría producir acero de baja calidad y las corporaciones estadounidenses no se preocuparían por eso, pero sería “excesivo” que intentara competir con las firmas siderúrgicas de EEUU.

Inquietudes similares resonaron durante todo el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. El sistema global que debía ser dominado por Estados Unidos estaba amenazado por lo que documentos internos llamaban “regímenes nacionalistas y revolucionarios” que respondían a presiones populares en pro de un desarrollo independiente. Fue esta preocupación la que motivó el derrocamiento de los gobiernos parlamentarios de Irán (1953) y Guatemala (1954), al igual que muchos otros. En el caso de Irán, la principal intranquilidad estaba centrada en el impacto de la independencia iraní en Egipto, donde por entonces había mucha agitación contra el colonialismo británico. En Guatemala, aparte del crimen cometido por la recién estrenada democracia cuando otorgó poderes a la mayoría campesina y violó las plantaciones de la United Fruit Company –demasiado insultante ya–, las inquietudes de Washington eran el descontento entre los trabajadores y la movilización popular en las dictaduras vecinas respaldadas por EEUU.

En ambos países, las consecuencias llagan hasta nuestros días. Desde 1953, prácticamente no ha pasado un día en el que Estados Unidos no haya estado atormentando al pueblo iraní. Guatemala continúa siendo una de las peores cámaras del horror del mundo. Hasta hoy, los mayas siguen huyendo de las tierras altas debido a las campañas militares cuasi genocidas implementadas por el gobierno y respaldadas ya por el presidente Ronald Reagan y sus principales colaboradores. Según informaba recientemente un médico guatemalteco, director de Oxfam en el país, “Estamos viviendo un dramático deterioro del contexto político, social y económico. Los ataques contra los defensores de los Derechos Humanos se han multiplicado por tres en el último año. Está clara la existencia de una estrategia muy bien organizada por el sector privado y el Ejército, Entre unos y otros tienen preso al gobierno para mantener el statu quo e imponer el modelo económico extractivista, expulsando de sus tierras a las comunidades indígenas en beneficio de la industria minera, la explotación del aceite de palma y las plantaciones de caña de azúcar. Además, se ha criminalizado a los movimientos sociales que trabajan en defensa de la tierra y los derechos ancestrales, numerosos líderes están en la cárcel y muchos otros han sido asesinados”.

Nada de esto se sabe dentro de Estados Unidos, y la muy obvia causa última de tanta desgracia sigue siendo ignorada.

En los cincuenta, el presidente Eisenhower y el secretario de Estado John Foster Dulles explicaron con bastante claridad el dilema en el que se encontraba Estados Unidos. Se quejaban de que los comunistas gozaban de una injusta ventaja, porque podían “dirigirse directamente a las masas” y “conseguir el control de los movimientos de masas, algo que nosotros no somos capaces de imitar. Apelan a la gente pobre, y la gente pobre siempre ha querido robar a los ricos”.

Esa es la causa de todos los problemas. En cierto modo, EEUU tiene dificultades para hacer llegar a los pobres su doctrina que dice que los ricos deben robar a los pobres.

El ejemplo cubano Un ejemplo ilustrativo de la pauta general ha sido Cuba, cuando en 1959 consiguió por fin independizarse. En cuestión de meses comenzaron los ataques militares a la isla. Y muy pronto, la administración Einsenhower decidió –secretamente– derrocar al gobierno cubano. Después, John F. Kennedy, quien tenía la intención de dedicar más atención a América latina, llegó a la presidencia de Estados Unidos; así, cuando asumió su cargo, creó un grupo de estudio encabezado por el historiador Arthur Schlesinger. La misión del grupo era proyectar políticas latinoamericanas. Schlesinger se ocupaba de resumir las conclusiones para el nuevo presidente.

Como él mismo lo explicó, la amenaza de una Cuba independiente consistía en “la idea que Castro tenía de que cada uno se hiciera cargo de las cosas con sus propias manos”. Era una idea que por desgracia estaba dirigida a toda la población de América latina, donde “la distribución de la tierra y otros aspectos de la riqueza de cada país favorecía sobre todo a las clases propietarias, mientras que los pobres y desfavorecidos, estimulados por el ejemplo de la revolución cubana, están ahora exigiendo la posibilidad de una vida decente”. Otra vez el acostumbrado dilema de Washington.

Tal como exponía la CIA, “la gran influencia del ‘castrismo’ no tiene nada que ver con el gobierno cubano… la sombra de Castro domina debido a que las condiciones sociales y económicas en toda la América latina propician la oposición a la autoridad de la clase dirigente y animan la agitación en pro de un cambio radical”; Cuba solo aporta un modelo. Kennedy temía que la ayuda rusa podía convertir a Cuba en un “escaparate” de un modelo de desarrollo que diera a los soviéticos la posibilidad de ejercer su influencia en toda Latinoamérica.

El Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado advirtió de que “el principal peligro que vemos en Castro… es el impacto que la mera existencia de su régimen tiene sobre los movimientos izquierdistas en muchos de los países latinoamericanos… Sencillamente, el hecho es que Castro representa un exitoso desafío a Estados Unidos, la negación de la totalidad de nuestra política hemisférica de prácticamente el último siglo y medio”, es decir, desde la formulación de la Doctrina Monroe (1823), cuando EEUU hizo pública su intención de dominación continental.

En ese momento, el objetivo inmediato era la conquista de Cuba, pero eso todavía no se pudo conseguir debido al poder del oponente británico. Aun así, el gran estratega John Quincy Adams, padre intelectual de la Doctrina Monroe y del Destino Manifiesto, informó a sus colegas de que con el tiempo Cuba “caerá en nuestras manos” en razón de “las leyes de la gravitación política”, como cae la manzana del árbol. En suma, crecería el poder de Estados Unidos y declinaría el de los británicos.

En 1898, el pronóstico de Adams se convirtió en realidad. Estados Unidos –disfrazado de liberador– invadió Cuba. De hecho, se adelantó a la independencia de Cuba respecto de España y la convirtió, citando a los historiadores Ernest May y Philip Zelikow, en una “colonia virtual”. Cuba continuó en esta situación hasta enero de 1959, cuando consiguió su independencia. A partir de ese momento, la isla ha estado sujeta a la más importante de las guerras terroristas de EEUU –sobre todo durante la administración Kennedy– y al bloqueo económico. No por los rusos.

La excusa durante todo ese tiempo fue que estábamos defendiéndonos de la amenaza rusa; una explicación absurda que nunca fue cuestionada. La prueba más sencilla de lo absurdo de la excusa se produjo cuando desapareció cualquier amenaza imaginable por parte de los rusos. Encabezada por los liberales demócratas –incluso con Bill Clinton, que aventajó al derechista Bush en la elección de 1992–, la política estadounidense en relación con Cuba se endureció aún más. A la vista de lo que pasó, esos acontecimientos deberían haber afectado la validez del marco doctrinal en las discusiones sobre la política exterior estadounidense y los factores que la motivan. Sin embargo, una vez más, su repercusión fue mínima.

El virus del nacionalismo Tomando prestada la terminología de Henry Kissinger, el nacionalismo independiente es un “virus” que puede ser “contagioso”. Kissinger se refería al Chile de Salvador Allende. El virus era la idea de lo que podía ser el camino parlamentario hacia cierto tipo de socialismo democrático. El procedimiento para combatir esa amenaza consiste en la destrucción del virus y la vacunación de aquellos que podrían estar infectados, típicamente mediante la imposición de sistemas nacionales de seguridad basados en el asesinato. Esto se consiguió en Chile, pero lo importante es reconocer que el procedimiento es de aplicación global.

Ese era, por ejemplo, el razonamiento que estaba detrás de la decisión de oponerse al nacionalismo de Vietnam en los primeros años cincuenta y ayudar a Francia en su esfuerzo de reconquista de la antigua colonia. Se temía que el nacionalismo de un Vietnam independiente pudiera ser un virus que contagiara a todos los países vecinos de la región, incluyendo Indonesia, tan rica en recursos. Esta deriva podía incluso llevar a que Japón –en la dinámica que el estudioso de Asia John Dower llamó “efecto dominó”– se convirtiera en el centro industrial y comercial de un nuevo orden independiente del tipo “Japón imperial” que este país tan recientemente intentó establecer. Esto, a su vez, hubiera significado que EEUU habría perdido la guerra del Pacífico, una alternativa fuera de toda consideración en 1950. El remedio era claro, y en buena parte funcionó. Vietnam fue prácticamente destruido y rodeado de dictaduras militares que contienen cualquier contagio.

Retrospectivamente, McGeorge Bundy, asesor sobre seguridad nacional de Kennedy y Johnson reflexionaba acerca de que Washington debería haber terminado la Guerra de Vietnam en 1965, cuando en Indonesia se instaló la dictadura de Suharto, con enormes matanzas que la CIA comparó con las realizadas por orden de Hitler, Stalin o Mao. Estas matanzas, sin embargo, fueron recibidas con incontenible entusiasmo por EEUU y Occidente, sobre todo porque el “espantoso baño de sangre”, que fue como la prensa lo describió alegremente, acabó con cualquier amenaza de contagio y abrió la puerta de la explotación occidental de los ricos recursos de Indonesia. Después de eso, la guerra de destrucción en Vietnam ya no era necesaria, reconocía Bundy.

Lo mismo fue verdad también en América latina en los mismos años: un virus tras otro fue atacado ferozmente, destruyéndolo o debilitándolo hasta el punto de la mera supervivencia. Desde los primeros años sesenta, América del Sur –con un largo historial de violencia– fue acosado por la represión con una saña nunca vista. En los ochenta, con Ronald Reagan, la represión se extendió a Centroamérica; este es un tema que no necesita ser recordado.

Mucho de lo mismo sucedió el Oriente Medio. La relación especial entre Estados Unidos e Israel se estableció en la forma que hoy conocemos en 1967, cuando Israel desencadenó un golpe demoledor contra Egipto, el centro del nacionalismo secular árabe. Mediante esta operación, se protegió a Arabia Saudita –aliado de EEUU– a la sazón enzarzada en un conflicto bélico con Egipto en territorio de Yemen. Desde luego, Arabia Saudita es el estado más extremo en su radical fundamentalismo islámico, pero también un estado misionero que gasta enormes sumas de dinero para expandir su doctrina wahabita-salafista más allá de sus fronteras. Vale la pena recordar que Estados Unidos, al igual que antes Inglaterra, ha tendido a apoyar al fundamentalismo islámico radical en oposición al nacionalismo laico cuyas posiciones, por lo general, han sido percibidas como más cercanas a una amenaza de independencia y contagio.

El valor del secretismo Hay aún mucho más, pero la historia demuestra muy claramente que la doctrina estándar tiene escaso mérito. La seguridad, en su significado normal, no es un factor determinante en la formulación de las políticas.

Insistimos, en su significado normal . Pero si evaluamos la doctrina estándar, la pregunta que surge es: ¿qué significa en realidad “seguridad”; seguridad para quién?

Una respuesta es: seguridad para el poder estatal. Hay muchos ejemplos ilustrativos. He aquí uno actual: en mayo pasado, Estados Unidos acordó apoyar una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para que la Corte Internacional Penal investigara los crímenes de guerra perpetrados en Siria, pero con una condición: no se harían preguntas sobre posibles crímenes de guerra cometidos por Israel. Ni por Washington, aunque en realidad era innecesario agregar esta última condición. EEUU está excepcionalmente autoinmunizado en el sistema legal internacional. De hecho, hay incluso una ley del Congreso que autoriza al presidente al uso de la fuerza armada para “rescatar” a cualquier estadounidense que sea llevado a proceso en La Haya: la “Ley de Invasión de los Países Bajos”, como es llamada algunas veces en Europa. Este ejemplo, una vez más, muestra la importancia que tiene la protección de la seguridad del poder del Estado.

Pero, ¿protegerlo de quién? De hecho, la principal preocupación del gobierno es la seguridad del poder estatal en relación con la población. Como deben haber advertido aquellos que dedican mucho tiempo a hurgar en archivos, raramente el secretismo del gobierno está motivado por una necesidad genuina de seguridad; no hay la menor duda que el secretismo del estado sirve para mantener a la población en la oscuridad. Y por buenas razones, que fueron explicadas con lucidez por el eminente estudioso y asesor gubernamental Samuel Huntington, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Harvard. Según él “Los arquitectos del poder de Estados Unidos deben crear una fuerza que pueda ser sentida pero no vista. El poder es fuerte en la medida que permanezca en la oscuridad; expuesto a la luz, comienza a evaporarse”.

Huntington también escribió esto en 1981, cuando la Guerra Fría estaba calentándose otra vez; explicó que “tú tienes que vender [una intervención militar u otra operación] de modo de hacer creer que estás combatiendo a la Unión Soviética. Esto es lo que EEUU ha venido haciendo desde que se formuló la doctrina Truman”.

Estas verdades tan sencillas son raramente reconocidas, pero ayudan a comprender los intríngulis del poder y la política del Estado, con todas las reverberaciones que esta comprensión pueda tener en lo que pasa en la actualidad.

El poder estatal debe estar protegido del enemigo doméstico; en agudo contraste; la población no está protegida del poder estatal. Un asombroso ejemplo que ilustra esto es el ataque radical de la administración contra la Constitución con su programa de vigilancia total. Naturalmente, su justificación es la “seguridad nacional”. Esto es pura rutina para prácticamente todos los actos de gobierno lo son, y esto implica escasa información.

Cuando el programa de vigilancia de la NSA fue expuesto a la luz por las revelaciones de Edward Snowden, los altos funcionarios reivindicaron que gracias a esa vigilancia se habían podido evitar 54 acciones terroristas. Cuando se investigó, resultaron ser apenas una docena. Una comisión de investigación de alto nivel del gobierno terminó descubriendo que en realidad solo se había evitado uno: alguien había girado 8.500 dólares a Somalia. Ese fue en resultado total del enorme ataque a la Constitución y, por supuesto, otros en el mundo.

La actitud británica es interesante: en 2007, el gobierno de Londres acudió a la gigantesca agencia de espionaje de Washington para que “analizara y guardara los datos de números de teléfono móvil, fax, correos electrónicos y direcciones IP de todos los ciudadanos británicos”, informó The Guardian . Este es un indicio útil sobre la relativa significación –para los ojos del gobierno– de la privacidad de sus propios ciudadanos y de las exigencias de Washington.

Otra preocupación es la seguridad del poder privado. Un ejemplo actual son los grandes acuerdos comerciales que se negocian en estos momentos: los pactos Transpacíficos y Transatlánticos. Estas negociaciones son secretas, pero no completamente secretas. No lo son para los cientos de abogados de las corporaciones que están diseñando el detalle de las cláusulas. No es difícil imaginar cuáles serán los resultados; las pocas filtraciones conocidas sugieren que las expectativas son acertadas. Al igual que el NAFTA y otros pactos por el estilo, no se trata de acuerdos de libre comercio. De hecho, ni siquiera son acuerdos comerciales, sino fundamentalmente acuerdos sobre derechos de los inversores.

Una vez más, el secretismo es de vital importancia para proteger al electorado nacional del gobierno involucrado: el sector corporativo.

¿El último siglo de la civilización? Hay más ejemplos –demasiados– que se pueden mencionar, hechos que, en una sociedad libre, deberían enseñarse en la escuela primaria.

En otras palabras, hay muchas pruebas que demuestran que la protección el poder estatal de sus propios ciudadanos y la protección del poder económico concentrado son las fuerzas que impulsan la formulación de la política. Por supuesto, la cosa no es tan sencilla. Hay casos interesantes, algunos bastante actuales en los que esos compromisos entran en conflicto. Pero consideremos esta idea como una buena primera aproximación, una idea radicalmente opuesta a la doctrina estándar explícita.

Veamos otra cuestión: ¿qué se puede decir de la seguridad de la población? Es fácil demostrar que este asunto es una preocupación marginal de los planificadores políticos. Tomemos dos ejemplos prominentes y muy actuales: el calentamiento global y el arsenal nuclear. No hay duda de que cualquier persona instruida es consciente de que estas dos cuestiones son una grave amenaza para la seguridad del pueblo. Si regresamos a la política estatal, vemos que el compromiso es hacer crecer cada día más ambas amenazas y que las preocupaciones prioritarias del poder, tanto en su vertiente estatal como en la de la economía privada y concentrada, son en gran parte las que determinan la política estatal.

Consideremos el calentamiento del planeta. Hoy día, en Estados Unidos, reina la euforia alrededor de los “100 años de independencia energética” según nos convertimos en “la Arabia Saudita de la próxima centuria”, tal vez la última de la civilización si persisten las actuales políticas.

La cuestión del cambio climático ilustra muy claramente la naturaleza de la preocupación por la seguridad que, ciertamente, no es la de la población. También ilustra sobre la inmoralidad del cálculo del capitalismo estatal anglo-estadounidense de estos días. La suerte de nuestros nietos no cuenta en absoluto en comparación con el imperativo del mayor beneficio económico inmediato.

Estas conclusiones se fortalecen cuando miramos de cerca la propaganda del sistema. En Estados Unidos, está hoy en curso una enorme campaña de relaciones públicas organizada bastante abiertamente por las más grandes empresas del sector de la energía y el mundo de los negocios para tratar de convencer al público de que el calentamiento global es, o bien irreal o bien no tiene que ver con la actividad humana. Y esta campaña está teniendo cierto impacto. Estados Unidos está entre los países menos alarmados del mundo en relación con el cambio climático, y las cifras muestran una clara estratificación: los adherentes del Partido Republicano, el más implicado directamente con los intereses del dinero y el poder corporativo, son los que están más lejos –por debajo– de la media mundial.

En el último número de la principal publicación de los medios críticos, la revista Columbia Journalism Review , salió un interesante artículo sobre este tema, que atribuye esta campaña al criterio informativo de “imparcialidad y equilibrio”. Según este criterio, si un medio publica una nota que refleja las conclusiones del 97 por ciento de los científicos, también debe publicarse una nota que exprese los puntos de vista de las corporaciones que están en el negocio de la energía.

Por supuesto, esto es lo que ocurre pero no se trata de una cuestión de “imparcialidad y equilibrio”. Así, si un diario publica una nota de opinión que denuncia al presidente Vladimir Putin por la acción criminal de la apropiación de Crimea no por eso tiene la obligación de publicar una nota que señale que, aunque la acción es ciertamente condenable, Rusia estaba habilitada para ello porque más de un siglo antes Estados Unidos se había hecho con una porción importante del sureste de Cuba, incluyendo el puerto más importante del país, y rechazado el reclamo de restitución que este país viene haciendo desde su independencia. Y lo mismo para muchos otros casos similares. El criterio de “imparcialidad y equilibrio” solo funciona cuando están implicados los intereses del poder económico concentrado, pero no en otras situaciones.

En el tema del arsenal nuclear, la historia es igualmente interesante… y aterradora. Revela muy claramente que, desde el principio, la seguridad de la población no era tenida en cuenta, y continúa siendo así. No podemos ocuparnos ahora de esta estremecedora cuestión, pero hay pocas dudas de lo que está detrás de las lamentaciones del general Lee Butler, el último jefe del Comando Aéreo Estratégico, dotado de armas nucleares. Según sus propias palabras, hasta ahora hemos sobrevivido a la era nuclear por “una combinación de habilidad, suerte y divina providencia; yo sospecho que gracias a la última, en su mayor parte”. A falta de otra cosa, podemos contar con la continuidad de la ayuda divina en la medida que los responsables de la formulación política juegan a la ruleta con el destino de todas las especies vivas en la prosecución de sus objetivos políticos.

Seguramente somos conscientes de que actualmente nos enfrentamos con las decisiones más aciagas de la historia humana. Hay muchos problemas que merecen nuestra atención, pero dos de ellos son de significación abrumadora: la destrucción del medio ambiente y la guerra nuclear. Por primera vez en la historia, estamos frente a la contingencia de destruir las bases materiales de una existencia decente, y no precisamente en un futuro lejano. Solo por esta razón, es imperativo barrer lejos las nubes ideológicas y enfrentar con honestidad y realismo la cuestión de cómo se llega a las decisiones políticas y qué podemos hacer nosotros para modificarlas antes de que sea demasiado tarde.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

Francia se desquita de Estados Unidos y podría acelerar el derrumbe del dólar

Lun, 07/07/2014 - 09:07

Por castigar al banco francés BNP Paribas con una multa de 9.000 millones de dólares, Estados Unidos podría tener la consecuencia no deseada de que Francia abandone el dólar en sus transacciones comerciales y se deshaga de sus reservas de divisas en dólares estadounidenses. De acuerdo a las declaraciones del jefe del banco central francés, Christian Noyer, "la moneda de Estados Unidos ha pasado a ser muy arriesgada para todo tipo de transacciones que se hagan en el mundo". Las elevadas sanciones a BNP Paribas ha instalado un claro precedente de la política que pretende establecer Estados Unidos con el resto del mundo. Para Noyer, vendrán nuevos castigos en el futuro, esto hace necesario diversificar las monedas en el comercio internacional. "El comercio entre Europa y China no deberá utilizar el dólar y será conveniente emplear directamente euros o yuanes". La justicia de Estados Unidos castigó a BNP Paribas por hacer transacciones comerciales con Irán, Cuba y Sudán, países proscritos por el gobierno estadounidense.

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Categorías: Alterglobalización

Israel, Palestina y la estrategia de BDS

Dom, 06/07/2014 - 17:52
Noam Chomsky, Sin Permiso

El sufrimiento ocasionado por las acciones de Israel en los Territorios Ocupados ha causado seria preocupación al menos entre algunos israelíes. Uno de los más francos ha sido, durante muchos años, Gideon Levy, columnista de Haaretz, que escribe que “habría que condenar y castigar a Israel por hacer la vida insoportable bajo la ocupación, [y] por el hecho de que un país que afirma figurar entre las naciones más ilustradas sigue abusando de todo un pueblo, noche y día”.

Sin duda tiene razón, y habría que añadir algo más: habría también que condenar y castigar a los Estados Unidos por proporcionar decisivo apoyo militar, económico, diplomático e ideológico a estos crímenes. En la medida en que siga haciéndolo, hay pocas razones para esperar que Israel suavice sus brutales medidas políticas.

Un distinguido especialista académico israelí, Zeev Sternhell, escribe, al analizar la marea nacionalista reaccionaria de su país, que “la ocupación continuará, se confiscará la tierra a sus propietarios para ampliar los asentamientos, se limpiará de árabes el Valle del Jordán, la Jerusalén árabe quedará estrangulada por los barrios judíos, y cualquier acto de robo e insensatez que sea útil para la expansión judía en la ciudad será bien recibido por la Corte Suprema de Justicia. Está abierto el camino a Sudáfrica y no quedará bloqueado hasta que el mundo occidental le plantee a Israel una elección inequívoca: o se pone fin a la anexión y se desmantelan los asentamientos y el estado de los colonos o se convertirá en un paria”.

Una cuestión crucial estriba en saber si los Estados Unidos dejarán de socavar el consenso internacional, que está a favor de un acuerdo de dos estados siguiendo la frontera internacionalmente reconocida (la Línea Verde, establecida en los acuerdos de alto el fuego de 1949), dando garantías a la “soberanía, integridad territorial e independencia política de todos los estados de la zona y a su derecho a vivir en paz dentro de fronteras seguras y reconocidas”. Así está redactada la resolución sometida al Consejo de Seguridad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en enero de 1976 por Egipto, Siria y Jordán, apoyada por los estados árabes…y vetada por los EE. UU.

No era ésta la primera vez que Washington bloqueaba un acuerdo diplomático pacífico. El mérito es de Henry Kissinger, que apoyó la decisión de Israel de 1971 de rechazar el acuerdo ofrecido por el presidente egipcio Anuar El Sadat, eligiendo así la expansión por encima de la seguridad, rumbo que desde entonces ha seguido Israel con apoyo norteamericano. En ocasiones, la postura de Washington se vuelve casi cómica, como en febrero de 2011, cuando la administración Obama vetó una resolución de las Naciones Unidas que apoyaba la política oficial norteamericana: oposición a la expansión de los asentamientos de Israel, que continúa (también con apoyo norteamericano), pese a algunos murmullos de desaprobación. La expansión del ingente programa de asentamientos e infraestructura (que incluye el muro de separación) no es la cuestión, sino antes bien su misma existencia: todo ello resulta ilegal, tal como ha determinado el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el Tribunal Penal Internacional, y como reconoce prácticamente el mundo entero, aparte de Israel y los Estados Unidos desde la presidencia de Ronald Reagan, que rebajó de categoría lo “ilegal” para convertirlo en “obstáculo para la paz”.

Una forma de castigar a Israel por sus atroces crímenes fue la que inició el grupo israelí por la paz Gush Shalom en 1997: el boicot de los productos de los asentamientos. Esas iniciativas se han extendido considerablemente desde entonces. En junio, la Iglesia Presbiteriana decidió desvincularse de tres multinacionales con sede en los EE.UU implicadas en la ocupación. El éxito de mayor alcance es la directiva de política de la Unión Europea que prohíbe financiar, cooperar, premiar investigaciones o cualquier relación similar con toda entidad israelí que mantenga “lazos directos o indirectos” con los territorios ocupados, donde todos los asentamientos son ilegales, como reitera la declaración de la UE. Gran Bretaña ya había dado instrucciones al comercio al por menor para “distinguir entre bienes que proceden de productores palestinos y bienes que tienen su origen en asentamientos ilegales israelíes”.

Hace cuatro años, Human Rights Watch pidió a Israel que se ajustara a “sus obligaciones legales internacionales" de eliminar los asentamientos y poner término a sus “prácticas abiertamente discriminatorias” en los territorios ocupados. HRW pidió también a los EE. UU. que suspendieran la financiación de Israel “en una medida equivalente a los costes del gasto de Israel en apoyo de los asentamientos”, y verificasen que las exenciones fiscales que de las contribuciones a Israel “sean congruentes con las obligaciones norteamericanas de garantizar el respeto al Derecho internacional, incluyendo la prohibición de discriminar”.

Ha habido muchas otras grandes iniciativas de boicot y desinversión en las últimas décadas, ocasionalmente —pero no lo bastante —que tocaban el asunto crucial del apoyo norteamericano a los crímenes israelíes. Entretanto, se ha formado un movimiento por el BDS (que apela al “boicot, desinversión y sanciones”), y que cita a menudo el modelo de Sudáfrica; para ser más precisos, la abreviatura debería ser “BD”, puesto que las sanciones, o las sanciones por parte de los estados, no asoman por el horizonte, una de las muchas diferencias significativas con Sudáfrica.

El llamamiento inicial del movimiento de BDS por parte de un grupo de intelectuales palestinos en 2005 exigía que Israel cumpliera con los requisitos del Derecho internacional “(1) Poniendo fin a su ocupación y colonización de todas las tierras árabes ocupadas en junio de 1967 y desmantelando el Muro; (2) Reconociendo los derechos fundamentales de los ciudadanos fundamentales de los ciudadanos árabe-palestinos de Israel en su plena igualdad; y (3) Respetando, protegiendo y promoviendo los derechos de los refugiados a volver a sus hogares y propiedades, tal como estipula la Resolución 194 de las Naciones Unidas”.

Esta llamada recibió considerable atención, y bien merecidamente. Pero si nos preocupa el destino de las víctimas, el BD y otras tácticas han de meditarse y valorarse cuidadosamente en términos de sus probables consecuencias. La búsqueda de (1) en la lista antedicha tiene sentido: tiene un objetivo claro y la comprende fácilmente el público al que va destinado en Occidente, razón por la cual las muchas iniciativas guiadas por (1) han tenido bastante éxito—no sólo para “castigar” a Israel sino también para estimular otras formas de oposición a la ocupación y al apoyo norteamericano a la misma.

Sin embargo, no es éste el caso de (3). Si bien existe un apoyo casi universal a (1), prácticamente no hay apoyo significativo a (3) más allá del mismo movimiento de BDS. Tampoco dicta (3) el Derecho internacional. El texto de la Resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas es condicional y en cualquier caso se trata de una recomendación, sin la fuerza legal de las resoluciones del Consejo de Seguridad que Israel viola regularmente. La insistencia en (3) es una garantía virtual de fracaso.

La única esperanza tenue para conseguir (3) más allá de una cifra simbólica es que los cambios a largo plazo conduzcan a erosionar las fronteras imperiales impuestas por Francia y Gran Bretaña tras la I Guerra Mundial, que, al igual que fronteras semejantes, carecen de legitimidad. Esto podría llevar a una “solución sin Estado”—en mi opinión, la mejor, y en el mundo real no menos plausible que la “solución de un solo Estado” que se discute normalmente pero de forma errada como alternativa al consenso internacional.

La defensa de (2) resulta más ambigua. Hay “prohibición de la discriminación” en el Derecho internacional, como observa HRW. Pero perseguir (2) abre enseguida la puerta a la convencional reacción de “no tirar piedras sobre el propio tejado”: por ejemplo, si boicoteamos la Universidad de Tel Aviv porque Israel viola los derechos humanos en su país, entonces ¿por qué no boicotear Harvard a causa de violaciones mucho mayores perpetradas por los EE.UU.? Como es previsible, las iniciativas que se centran en (2) han supuesto un fracaso caso uniforme y lo seguirán siendo hasta que los esfuerzos educativos lleguen a un punto en que dejen abonado el terreno para que lo entienda la opinión pública, como sucedió en el caso de África del Sur.

Las iniciativas fallidas perjudican a las víctimas por partida doble: distraen la atención de sus apuros llevándola a cuestiones irrelevantes (el antisemitismo en Harvard, la libertad académica, etc.) y desperdiciando las oportunidades actuales de hacer algo significativo.

La preocupación por las víctimas nos dicta que al valorar las tácticas, deberíamos ser escrupulosos a la hora de reconocer qué es lo que ha tenido o ha fracasado y por qué. Y esto no ha sido siempre el caso (Michael Neumann discute uno de muchos ejemplos de este fracaso en el número de invierno 2014 de los Journal of Palestine Studies). La misma preocupación es la que dicta que debemos ser escrupulosos respecto a los hechos. Tomemos la analogía con Sudáfrica, constantemente citada en este contexto. Se trata de algo muy dudoso. Hay una razón por la que se utilizaron tácticas de BDS contra Sudáfrica, mientras que la actual campaña contra Israel queda restringida a BD: en el primer caso, el activismo había creado una oposición internacional tan abrumadora al apartheid que los estados y las Naciones Unidas habían impuesto sanciones desde decenios antes de los años 80, cuando se empezaron a utilizar ampliamente las tácticas de BD en los EE.UU. Para entonces, el Congreso ya estaba legislando sanciones y haciendo caso omiso de los vetos de Reagan en este asunto.

Ya años antes —hacia 1960— habían abandonado Sudáfrica los inversores globales, a tal punto que sus reservas habían menguado a la mitad: aunque se produjo cierta recuperación, las señales estaban ya claras. Por contraposición, la inversión norteamericana sigue fluyendo hacia Israel. Cuando Warren Buffett adquirió una empresa de fabricación de herramientas por 2.000 millones de dólares, describió a Israel como el país más prometedor para los inversores aparte de los mismos Estados Unidos.

Si bien hay, por fin, una oposición creciente dentro de los Estados Unidos a los crímenes israelíes, no puede compararse ni remotamente con el caso sudafricano. No se ha hecho el trabajo educativo necesario. Los portavoces del movimiento BDS pueden creer que han llegado a su “momento sudafricano”, pero eso está lejos de ser exacto. Y si queremos que la táctica sea eficaz, debe basarse en una valoración realista de las actuales circunstancias.

Buena parte de lo mismo resulta cierto de la invocación del apartheid. En el seno de Israel, la discriminación contra los no judíos es severa; las leyes sobre la tierra son sólo el ejemplo más extremo. Pero no se trata de apartheid al estilo sudafricano. En los territorios ocupados, la situación es bastante peor de lo que era en Sudáfrica, donde los nacionalistas blancos necesitaban a la población negra: eran la mano de obra del país y por grotescos que fueran los bantustanes, el gobierno nacionalista dedicaba recursos a mantenerlos y buscarles reconocimiento internacional. En contraste tajante, Israel quiere deshacerse de la carga palestina. El camino por delante no lleva a Sudáfrica, como por lo común se afirma, sino a algo mucho peor.

Adónde lleva este camino es algo que va apareciendo ante nuestros ojos. Tal como hace notar Sternhell, Israel seguirá con sus actuales políticas. Mantendrá un despiadado asedio a Gaza, separándola de Cisjordania, tal como han hecho los EE.UU. e Israel desde que adoptaron los Acuerdos de Oslo en 1993. Aunque Oslo declaraba que Palestina era “una sola entidad territorial”, en la jerga oficial israelí Cisjordania y Gaza se han convertido en “dos zonas separadas y distintas”. Como de costumbre, hay pretextos de seguridad, que se vienen rápidamente abajo en cuanto se analizan.

En Cisjordania, Israel seguirá quedándose con aquello que considere valioso —agua, tierra, recursos —dispersando a la limitada población palestina, a la vez que integra estas adquisiciones en el Gran Israel. En ello se incluye el “Jerusalén” enormemente extendido que Israel se anexionó violando los dictámenes del Consejo de Seguridad, todo lo que hay en el lado israelí del muro de separación ilegal, los pasillos al Este que crean cantones palestinos inviables, el Valle del Jordán, donde de modo sistemático se expulsa a los palestinos y se establecen asentamientos, y los enormes proyectos de infraestructuras que unen todas estas adquisiciones al Israel propiamente dicho.

El camino por delante no lleva a Sudáfrica, sino más bien a un aumento de la proporción de judíos en el Gran Israel que se está erigiendo. Esta es la alternativa realista a un acuerdo sobre dos estados. No hay razón para esperar que Israel acepte un Estado palestino que no quiere.

John Kerry fue agriamente condenado cuando repitió el lamento —corriente en Israel — de que a menos que los israelíes acepten algún tipo de solución de dos estados, su país se convertirá en un estado de apartheid, que gobernará un territorio con una mayoría palestina oprimida y enfrentado al pavoroso “problema demográfico”: demasiados no judíos en un Estado judío. La crítica adecuada es que esta creencia común es un espejismo. Mientras los EE. UU. sigan apoyando las políticas expansionistas de Israel, no hay razón para esperar que éstas se interrumpan. Hay que idear tácticas en consonancia con ello.

Sin embargo, hay una comparación con Sudáfrica que resulta realista…y significativa. En 1958, el ministro de Exteriores sudafricano informó al embajador norteamericano de que no importaba gran cosa que Sudáfrica se convirtiera en un estado paria. Las Naciones Unidas pueden condenar ásperamente a Sudáfrica, declaró, pero, tal como dijo el embajador, “lo que importaba acaso más que todos los demás votos en conjunto era el de los EE.UU., a la vista de su posición dominante de liderazgo en el mundo occidental”. Durante cuarenta años, desde que prefirió la expansión a la seguridad, Israel ha hecho en lo esencial la misma estimación.

Para Sudáfrica, el cálculo resultó tener bastante éxito durante largo tiempo. En 1970, emitiendo su primer veto de una resolución del Consejo de Seguridad, los EE. UU. se sumaron a Gran Bretaña para bloquear las acciones en contra del régimen racista de Rodesia del Sur, un paso que se repitió en 1973. Finalmente, Washington se convirtió en campeón por amplio margen del veto en las Naciones Unidas, primordialmente en defensa de los crímenes israelíes. Pero ya en la década de los años 80, la estrategia de Sudáfrica iba perdiendo eficacia. En 1987, hasta Israel —quizás el único país que violaba entonces el embargo de armas contra Sudáfrica— se avino a “reducir sus lazos para evitar poner en peligro las relaciones con el Congreso de los Estados Unidos”, según informó el director general del ministerio de Exteriores israelí. La preocupación se cifraba en que el Congreso pudiera castigar a Israel por su violación de la reciente legislación norteamericana. En privado, los funcionarios israelíes aseguraban a sus amigos sudafricanos que las nuevas sanciones serían “pura fachada”. Pocos años más tarde, los últimos sostenedores de Sudáfrica se sumaron al consenso mundial y el régimen del apartheid se vino abajo.

En Sudáfrica se llegó a un compromiso que resultó satisfactorio para las élites del país y los intereses de negocios norteamericanos: se puso fin al apartheid, pero siguió en vigor el régimen socioeconómico. En efecto, se verían algunas caras negras en limusina, pero los privilegios y los beneficios no se verían muy afectados. En Palestina, no hay un compromiso similar en perspectiva.

Otro factor decisivo en Sudáfrica fue Cuba. Tal como ha demostrado Piero Gleijeses en su magistral labor de investigación, el internacionalismo cubano, que no tiene hoy parangón real alguno, desempeñó un destacado papel en la conclusión del apartheid y en la liberación del África negra en general. Hay una razón suficiente para que Nelson Mandela visitara la Habana poco después de su salida de la cárcel y declarase: “Venimos aquí conscientes de la gran deuda que tenemos con el pueblo de Cuba. ¿Qué otro país puede señalar un historial de mayor abnegación que el que ha desplegado Cuba en sus relaciones con África?”

Llevaba mucha razón. Las fuerzas cubanas expulsaron a los agresores sudafricanos de Angola; fueron un factor clave para liberar Namibia de sus brutales garras y le dejaron muy claro al régimen del apartheid que su sueño de imponer su dominio sobre Sudáfrica y la región se estaba convirtiendo en una pesadilla. En palabras de Mandela, las fuerzas cubanas “destruyeron el mito de la invencibilidad del opresor blanco”, lo cual, según dijo, “constituyó el momento de inflexión para la liberación de nuestro continente —y de mi pueblo — del azote del apartheid”.

El “poder blando” cubano no fue menos eficaz, incluidos los 70.000 cooperantes altamente capacitados y las becas a miles de africanos para estudiar en Cuba. Un contraste radical con Washington, que no sólo fue el último en seguir protegiendo Sudáfrica sino que siguió después apoyando a las asesinas fuerzas terroristas de Jonas Savimbi, “un monstruo cuyo apetito de poder había ocasionado horripilantes sufrimientos a su pueblo”, en palabras de Marrack Goulding, embajador británico en Angola, un dictamen secundado por la CIA.

Los palestinos no pueden esperar un salvador semejante. Razón de más para que quienes están sinceramente dedicados a la causa palestina deban evitar fábulas y espejismos y meditar con cuidado la táctica que van a elegir y el rumbo qué seguir.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
Categorías: Alterglobalización

Destrucción social y caos mundial, la esencia del imperio neoliberal

Sáb, 05/07/2014 - 08:30
Alberto Rabilotta, AlaiNet

Es difícil no sentir que el mundo, la humanidad y nuestra madre tierra, están siendo empujadas a la catástrofe por el imperio neoliberal, o sea Estados Unidos (EE.UU.) y sus aliados de la OTAN. Esto es tan válido si hablamos de la naturaleza, de la acelerada extinción de especies y el recalentamiento global, como de las sociedades, o mejor dicho de lo que de ellas resta en tantos Estados-naciones que se han dejado o están siendo empujados a despojarse de toda soberanía nacional y popular.

Este caos actual es el producto de las políticas de un imperialismo que desde el derrumbe de la Unión Soviética trata de mantener un orden unipolar para instaurar mundialmente y sin alternativa de cambio el neoliberalismo, hacer realidad el “no hay otra alternativa” de Margaret Thatcher.

Pero, como quedó demostrado cuando EE.UU. fue forzado a cambiar su política de agresión en Siria, a partir de septiembre del 2013, la unipolaridad ya no es posible no solo por el activo papel que juegan dos grandes potencias, como lo son Rusia y China, sino por la mayoría de países en el mundo que apoyan el retorno a un multilateralismo y se oponen a perder la soberanía nacional y popular que les permita adoptar sus propias políticas socioeconómicas e integrarse internacional o regionalmente de manera compatible con sus legítimos intereses nacionales.

La unipolaridad ya estaba comprometida por la constatación en el Oriente Medio, África y Asia de que EE.UU. y sus aliados provocan guerras que no ganan –Afganistán, Irak, Libia y Siria-, pero que siempre dejan el caos, muertes, refugiados, miseria y destrucción económica y social.

En el 2011 los dos principales aliados del imperio en el Oriente Medio, Israel y Arabia Saudita, criticaron abiertamente a Washington por no haber lanzado una guerra contra Irán y haber permitido el derrocamiento del presidente Mubarak en Egipto, haciéndole llegar al presidente Barack Obama el mensaje de que "no se abandona a los aliados". Todo el mundo, y en primer lugar los aliados de Washington, saben que las guerras que lanzan EE.UU. y sus aliados no se ganan, que destruyen países, economías y sociedades, y dejan el caos. Desde Afganistán hasta Siria, pasando por Irak y Libia –sin olvidar Paquistán, Sudan y otros países africanos-, solo han dejado destrucción, cruentas luchas entre comunidades religiosas y grupos étnicos, y cientos de miles de muertos, heridos y refugiados, y una gran miseria. EE.UU. no tiene nada de positivo que mostrar.

Hace casi dos décadas el economista ítalo-estadounidense David Calleo escribió sobre las fases de decadencia final de los imperios de Holanda e Inglaterra, calificándolas como “hegemonía explotadora”, en las cuales el imperio no tiene nada que ofrecer de positivo (desarrollo socioeconómico o seguridad militar, por ejemplo) a los países que domina y componen el sistema, incluyendo a la economía y sociedad del imperio, y entonces se dedica a exprimirlos a fondo, a vivir de las rentas que por todos los medios puede extraer de esos países. El imperio estadounidense se encuentra en esa fase.

Para muestra basta un botón: en una conversación privada el ministro de Relaciones Exteriores de Polonia, Radoslaw Sikorski, puso en claro que la alianza de su país con EE.UU. y la OTAN no los beneficia y que, al contrario, provoca peligrosos focos de tensiones con los países vecinos (1). Lo mismo debe estar pensando cualquier persona honesta que aún esté en el gobierno creado por el golpe de Estado en Ucrania, último país al que EE.UU. y sus aliados de la OTAN han llevado al borde de la guerra civil para provocar foco de constante confrontación con Rusia.

Al mismo tiempo, signo de que el imperio ya no puede controlar a todo el mundo durante todo el tiempo, en Latinoamérica y el Caribe se prosigue la creación de los mecanismos de integración regional y subregional en los cuales EE.UU. no figura ni puede controlar. Por su parte el BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) sigue avanzando con sus proyectos de creación de un banco de desarrollo e instrumentos monetarios y financieros fuera del alcance de EE.UU. y del dólar, mientras que asistimos al reforzamiento de lazos económicos, comerciales y monetarios entre Rusia y China, entre otros procesos regionales en curso en Asia y Eurasia.

Nada de esto constituye en sí una alternativa anticapitalista, más bien la casi totalidad de países funcionan dentro de un sistema capitalista, aunque tengan importantes sectores estatales en la economía y puedan estar priorizando formas de propiedad social como sustituto a la propiedad privada en ramas de la economía. Pero, detalle clave, en prácticamente todos los países la intervención estatal en la economía es un hecho.

Asimismo, en todos esos procesos el regionalismo incluye la participación e intervención de los Estados, de sus instituciones y empresas, así como niveles de planificación sectorial en las áreas industriales, energéticas, comerciales y de servicios, y sistemas financieros y monetarios que se promete o avizora estarán fuera del control del imperio y sus aliados. Una forma de regionalismo de este tipo como alternativa al “capitalismo universal”, lo que hoy llamamos neoliberalismo, fue propuesto por el intelectual húngaro Karl Polanyi en 1945 (2), tema sobre el cual retornaremos en la segunda parte de este artículo.

Pero aun no siendo una alternativa socialista o anticapitalista, es claro que estos procesos regionales y multilaterales constituyen una formidable barrera a los planes del imperio, una barrera que el imperialismo está tratando de derribar con todos los instrumentos a su alcance, como la ofensiva para concluir rápidamente y en el más completo secreto los Acuerdos de “última generación” -el Acuerdo Transpacífico de Asociación económica, la Asociación Transatlántica sobre Comercio e Inversiones y el Acuerdo sobre el comercio en servicios-, o tratando de entorpecer los acuerdos regionales a través de los políticos, burócratas, profesionales y empresarios que están al servicio del imperio.

Los mencionados Acuerdos tienen por objetivo la eliminación de la soberanía nacional y la sujeción de los Estados signatarios a respetar los términos de esos tratados negociados en secreto, que respetan una sola ley, la de EE.UU., e incluyen mecanismos por los cuales los Estados que no respeten los términos pueden ser llevados ante tribunales de arbitraje por los monopolios. Esos Estados pasan a ser garantes de las inversiones de los monopolios extranjeros para apropiarse de los sectores económicos que les interesan, incluyendo los que dejarán los Estados al privatizar los servicios públicos.

Pero esos Acuerdos no son cosa hecha porque el rechazo crece en las poblaciones que no quieren abandonar sus legítimos sentimientos e intereses nacionales, y en los intereses capitalistas locales que saben que serán aplastados por los monopolios extranjeros. Y mientras que el regionalismo avanza, en la Casa Blanca y el Congreso de Washington no les queda otra que aferrarse a seguir creyendo que el imperio es invulnerable y puede seguir actuando, él y sus aliados estratégicos, con la impunidad que les dio el (relativamente breve) orden unipolar.

Es en este contexto que tiene su dimensión el discurso del presidente ruso Vladimir Putin ante los embajadores de Rusia, el 1 de julio, donde les recordó que EE.UU. está aplicando a su país la misma política de “contención” que durante la Guerra Fría aplicó contra la Unión Soviética, y que esperaba que el pragmatismo prevalecerá, que los países occidentales se despojarán de ambiciones, de tratar de “establecer ‘cuarteles mundiales’ para organizar todo acorde a rangos, e imponer reglas uniformes de comportamiento y de vida de la sociedad”

Putin señaló que los diplomáticos rusos saben cuán dinámicos e impredecibles los acontecimientos internacionales pueden a veces ser. Parecen haber sido presados juntos de una sola vez y por desgracia no son todos de carácter positivo. El potencial de conflicto está creciendo en el mundo, las viejas contradicciones se agudizan y otras nuevas están siendo provocadas. Muy seguido nos encontramos con este tipo de situaciones, a menudo de forma inesperada, y observamos con pesar que el derecho internacional no está funcionando, que las leyes internacionales no funcionan, que las elementales normas de decencia son descartadas y que triunfa el principio de todo-está-permitido… Es tiempo de que reconozcamos el derecho de los demás a ser diferentes, el derecho de cada país a construir su vida por sí mismo, no por las avasallantes instrucciones de algunos () el desarrollo global no puede ser unificado, pero podemos y debemos buscar un terreno común, ver socios en cada uno de los demás, no rivales, y establecer cooperación entre los Estados, sus asociaciones y las estructuras integradas. Y refiriéndose a los conflictos que asolan varias regiones del mundo. Putin subrayó que “el mapa mundial tiene de más en más regiones donde las situaciones están crónicamente enfebrecidas, sufriendo de un “déficit de seguridad” (3).

Horas antes, en el Encuentro Internacional Antiimperialista convocado por la Federación Sindical Mundial (FSM) y realizado en Cochabamba, Bolivia, el presidente boliviano Evo Morales señaló que “es importante identificar” los instrumentos actuales de dominación del capitalismo, del imperialismo, porque “por lo menos en América Latina ya no se ven golpes de Estado, ya no hay tanto las dictaduras militares como antes”, sino más bien “pueblos que defienden las democracias, pueblos que con mucha claridad plantean programas y proyectos, proyectos políticos de liberación”.

Y en este contexto, según el Presidente boliviano, hay que preguntarse qué hace el imperio: “provoca conflictos en cada país, financia enfrentamientos de un pueblo, de un país y después con el pretexto de defensa de los derechos humanos, del niño, de la mujer, del anciano intervienen con el Consejo de Seguridad; qué Consejo de Seguridad, para mí sigue siendo ese llamado Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas un consejo de inseguridad, un consejo de invasión a los pueblos del mundo”.

Para enfrentar esta agresión imperialista Morales pidió a los delegados de la FSM que elaboren “una nueva tesis política para liberar a los pueblos del mundo", que sobrepase “las reivindicaciones sectoriales para ahondar la crisis en el capitalismo y acabarlo, al igual que las oligarquías y jerarquías” (4).

Resumiendo, para un observador que no haya perdido la memoria histórica, lo que Putin dijo no es más que una explicación a los diplomáticos rusos de la conclusión a la que el pueblo ruso, y al menos una parte de sus dirigentes, han llegado después de haber sufrido la experiencia de la Perestroika y la aplicación brutal de las políticas neoliberales, y de vivir la experiencia actual de cómo se comporta el imperialismo estadounidense cuando un pueblo quiere buscar su propia vía, aun dentro del capitalismo, sin menospreciar que todo eso debe haber ayudado a revivir lo que el imperialismo buscó enterrar: las enseñanzas de Lenin sobre el imperialismo.

No es tan fácil borrar la memoria histórica de los pueblos, y mientras eso pensaba leí el artículo “Una mirada al pasado” de Ricardo Alarcón de Quesada, ex presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, que concluye con la siguiente frase: Al volver la mirada hacia aquellos años soñadores viene a la mente la advertencia de William Faulkner: “El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado” (publicado en la revista chilena Punto Final, edición nro. 807 del 27 de junio de 2014)

Pocos días antes de la reunión de la FSM el presidente Evo Morales fue anfitrión de la reunión de los 77+China, y sin duda allí registró muchos sentimientos sobre el brutal accionar del imperialismo y la voluntad de muchos gobiernos de poder defender sus legítimos intereses nacionales, algo que bajo el imperio neoliberal está prohibido. Nuevamente, cuando los pueblos viven bajo la férula imperial y recuperan la memoria histórica, es lógico que retorne la necesidad de una estrategia antiimperialista.

En un reciente análisis titulado “America’s Real Foreign Policy – A Corporate Protection Racket”, el intelectual estadounidense Noam Chomsky describe el verdadero objetivo histórico de la política exterior de EE.UU.: proteger los intereses del sector de las grandes empresas con un “nacionalismo económico (un proteccionismo que) depende en gran medida de la intervención estatal masiva”, y por eso en regla general se ha opuesto por todos los medios a que los demás países tengan políticas de “nacionalismo económico”.

Esto, fundamenta Chomsky con referencias documentales, es válido para toda el análisis de la política estadounidense hacia América latina y el Caribe, y es el trasfondo del conjunto de la política exterior estadounidense en todo el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando el sistema mundial que iba a ser dominado por EE.UU. fue amenazado por lo que los documentos internos llamaban "regímenes radicales y nacionalistas" que responden a las presiones populares para un desarrollo independiente (5).

Lo que documenta Chomsky se encuadra con lo que en 1945 anticipaba Karl Polanyi, de que EE.UU. ha sido el hogar del capitalismo liberal del siglo 19 y es lo suficientemente poderoso para proseguir solo la utópica política de restaurar el liberalismo.

Y, en ese sentido y con todas las limitaciones que conlleva, el regionalismo es por ahora el principal frente antiimperialista, y el otro tendrá que ser construido por los pueblos, por sus organizaciones políticas, sindicales y sociales.
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Notas
1.-Grabación de la conversación de Radoslaw Sikorski: La Vanguardia http://www.lavanguardia.com/politica/20140622/54410291236/escandalo-en-polonia-por-revelacion-de-conversacion-del-ministro-exteriores.html
2. - Karl Polanyi, Universal Capitalism or Regional Planning? publicado en enero de 1945 en The London Quarterly of World Affairs. En francés está incluido en el libro Essais de Karl Polanyi, Editions du Seuil, páginas 485 a 493.
3.- Esta cita del discurso del presidente Vladimir Putin ante los embajadores de Rusia, el 1 de julio 2014 fue traducida por el autor del artículo. La versión oficial en inglés está disponible en el URL http://eng.kremlin.ru/transcripts/22586
4.- Cita del discurso de Evo Morales tomada de la Agencia Boliviana de Información, URL http://www3.abi.bo/#
5. - Noam Chomsky, How Washington Protects Itself and the Corporate Sector http://www.tomdispatch.com/blog/175863/tomgram%3A_noam_chomsky%2C_america%27s_real_foreign_policy

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Estrategia antidólar de China y Rusia se extenderá a países Brics

Ven, 04/07/2014 - 15:12

La presidenta del Banco de Rusia viajará a China para concretar un sistema de intercambio rublo-yuan que también se discute a nivel de los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). El objetivo es la creación de una alianza de países dispuestos a romper la hegemonía del dólar, lo que instalaría el billete verde en la senda de la irrelevancia y con ello el desmoronamiento del imperio financiero y militar de Estados Unidos. Esto podría poner fin a la máquina de imprimir dinero de Washington que alimenta su industria militar y le permite propagar el caos por todo el mundo.

Elvira Nabiullina, presidenta del Banco Central de Rusia, se reunió esta semana con Vladímir Putin para informarle sobre el progreso del próximo acuerdo de intercambio rublo-yuan con el Banco Popular de China, que facilitará el comercio entre ambos países. "Estamos discutiendo con China y con nuestros socios de los países BRICS el establecimiento de un sistema de intercambio multilateral que permita transferir dinero a uno u otro país si es necesario", indicó Nabiullina, agregando que la próxima semana tendrá una reunión en Pekín.

Según el diario The Voice of Russia, "los intercambios de divisas entre los bancos centrales de los países BRICS facilitarán la financiación del comercio y evitarán completamente el dólar". De acuerdo al rotativo, el nuevo sistema podría también actuar como una especie de FMI, ya que permitirá "a los miembros de la alianza dirigir los recursos para financiar a los países más débiles".

Aunque algunos analistas consideran que una alianza antidólar no podrá privar a la divisa estadounidense de su estatus de moneda de reserva mundial, hay quienes expresan la importancia de establecer una alianza internacional de países dispuestos a deshacerse de esta. Por su parte, Andréi Kostin, presidente del banco estatal ruso VTB, recordó en el canal Rossía 24 que el presidente del Banco de Francia propuso, como represalia a la millonaria multa impuesta por Washington al banco francés BNP Paribas, que el comercio con China se hiciera en yuanes o euros.

"Si esta tendencia actual continúa, pronto el dólar será abandonado por la mayoría de las economías mundiales importantes y será expulsado de la financiación del comercio global", reseña The Voice of Russia, agregando que "la intimidación de Washington" hará que incluso los aliados de Estados Unidos den la espalda a las políticas internacionales impuestas desde la Casa Blanca. El dólar puede estar más allá de su punto de no retorno y en su camino hacia la irrelevancia financiera.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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"La economía neoliberal mata a más gente que todos los ejércitos del mundo juntos"

Ven, 04/07/2014 - 08:01

El economista chileno Manfred Max Neef, considerado un premio Nobel alternativo de economía, opina que la economía neoliberal que se practica hoy en día "mata a más gente que todos los ejércitos del mundo juntos".
"En todas las épocas, las teorías económicas que acaban por imponerse son las que favorecen a los ricos; las demás quedan debajo de la alfombra", expresó el experto en la presentación de su libro 'La economía desenmascarada' en el programa 'La tuerka' de Público TV.
A su juicio, la economía que tenemos hoy "es la neoclásica en su versión del neoliberalismo, propia del siglo XIX". Max Neef denuncia que la teoría de hace doscientos años es la que se enseña a los estudiantes. "Les enseñan a resolver problemas con teorías del siglo XIX", aseguró.
"Detrás de la economía no hay ciencia alguna. Está llena de trucos, porque cada vez que surge un problema inventan la forma de disfrazarlo", sostiene. De acuerdo con el experto chileno, la economía debe servir a las personas, y el desarrollo tiene que ver con las personas y no con objetos. "Hoy en día existe todo lo contrario", concluye.
Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Janet Yellen: La política monetaria no es eficiente para enfrentar los riesgos de la inestabilidad financiera

Xov, 03/07/2014 - 22:03

Muchos pensaban que Janet Yellen se iba a limitar a seguir imprimiendo dinero como lo muestra esta caricatura de DonkeyHotey, y continuar la linea de sus antecesores Greenspan y Bernanke. Sin embargo, en la conferencia que dio ayer para el FMI, Janet Yellen marcó un cambio radical al señalar que la política monetaria tiene "serias e importantes limitaciones con sus herramientas para contrarrestar los riesgos de la estabilidad financiera". Para Janet Yellen, la política monetaria debe centrarse en asegurar la estabilidad de precios y el máximo empleo, y no dedicarse a fomentar la estabilidad financiera, dado que para esto son mejores otros mecanismos como la regulación y la supervisión. Con estas palabras, Janet Yellen se diferencia radicalmente de las ideas de Greenspan y Bernanke, responsables del desmantelamiento de las regulaciones que fortalecieron el edificio del sistema durante medio siglo. Como apuntamos el año pasado, Yellen no sólo es la primera mujer en presidir la Reserva Federal en sus 100 años de historia, sino también la primera demócrata en más de 30 años al mando de la Institución. A cinco meses de comandar el banco central más importante del planeta, Janet Yellen confirma la necesidad de controles y mecanismos reguladores eficientes que jueguen un rol fundamental en la reducción de riesgos para la estabilidad financiera.

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La investigación médica privada fomenta el fraude científico

Xov, 03/07/2014 - 14:27
Llewllyn Hinkes-Jones, Jacobin

La política de investigación académica de mercado libre ha favorecido la proliferación de la charlatanería médica y del fraude científico, obligando a los consumidores a pagar por descubrimientos que ya han financiado como contribuyentes.

El enfoque de la investigación médica que mantiene el sistema sanitario de EE UU, que persigue fines lucrativos, se fundamenta en la cruda verdad de que solamente el dinero puede prolongar la vida. Citemos por ejemplo el tipo de genes llamados “supresores tumorales”. Dada su capacidad de regular el crecimiento celular, los supresores tumorales se sitúan en la primera línea de la investigación para la prevención del cáncer. Un resultado positivo en la prueba de mutación de un gen supresor tumoral como BRCA1 o BRCA2 es una clara indicación del riesgo de padecer cáncer de mama o de ovario. Sin embargo, a pesar de la importancia del descubrimiento por su potencial para salvar vidas, el coste de las pruebas BRCA1 y BRCA2 resulta prohibitivo. Con 4.000 dólares por prueba, es cuatro veces más cara que una secuenciación genética completa. El hecho de que el precio de una evaluación que puede prevenir una enfermedad mortal sea tan desorbitado se debe única y exclusivamente a la voluntad de una empresa, Myriad Genetics. Aunque el Tribunal Supremo de EE UU acaba de denegar la pretensión de Myriad de patentar los genes BRCA1 y BRCA2, declarando que los genes humanos no son patentables, Myriad sigue ejerciendo su monopolio sobre la prueba de susceptibilidad al cáncer de mama.

Lo peor de esta política de precios de Myriad es que gran parte de los costes de desarrollo de las pruebas BRCA1 y BRCA2 ya han sido sufragados por el público. La investigación encaminada a identificar esos genes como desencadenantes de procesos cancerosos se financió con dinero público a través de la facultad de medicina de la Universidad de Utah. Myriad Genetics no es otra cosa que una empresa creada por científicos de la universidad con miras a apropiarse de la patente tras el descubrimiento de la prueba. Esto es posible al amparo de la ley Bayh-Dole. En 1980, cuando fue promulgada, esta ley pretendía impulsar la innovación en la investigación académica. Dando vía libre a las universidades a la explotación de sus descubrimientos científicos, el sistema universitario podría recaudar más dinero para financiarse. Para remunerar su trabajo, los centros académicos de investigación científica podían a partir de entonces vender sus patentes o conceder licencias exclusivas a la industria privada. Con el monopolio sobre la propiedad intelectual que le otorgaba la patente, el sector privado se vería incentivado para desarrollar rápidamente esas patentes y crear productos de consumo y servicios.

Los defensores de la ley Bayh-Dole sostuvieron que la perspectiva de ganar más dinero llevaría a la investigación científica en las universidades a realizar más descubrimientos y estimularía al sector privado a comercializar en mayor medida esos descubrimientos. No mucho tiempo después de su promulgación ya empezaron a notarse los efectos económicos: investigadores de la Universidad de Columbia solicitaron patentes relativas al proceso de cotransformación del ADN, las llamadas patentes Axel, que supondrían finalmente el ingreso de cientos de millones para la Universidad en concepto de cánones de licencia. La patente Cohen-Boyer sobre el ADN recombinante generaría unas ganancias de más de doscientos millones para la Universidad de Stanford. Junto con la sentencia del Tribunal Supremo de 1980 en el caso Diamond contra Chakrabarty, que autorizó las patentes sobre material biomédico, este fue el comienzo del boom de la biotecnología. Las universidades se apresuraron a instalar laboratorios de investigación avanzados con vistas a obtener nuevos derechos de propiedad intelectual sobre programas informáticos de secuenciación del ADN que pudieran patentarse y venderse al público.

Antes, los descubrimientos científicos realizados por las universidades públicas solo podían cederse al sector privado mediante licencias no exclusivas. Cualquier empresa privada podía desarrollar nuevos medicamentos y nuevas invenciones sobre la base de los resultados de investigaciones pioneras. Los defensores de la ley Bayh-Dole alegaron que este sistema desincentivaba la innovación, pues si una empresa no tenía la exclusiva sobre una invención, poco negocio iba a hacer desarrollándola. ¿Por qué molestarse en innovar si la competencia podía hacer lo mismo, en detrimento del margen de beneficio potencial? Las invenciones acabarían en la papelera. Sin embargo, lo que parece una simple minucia legal en materia de propiedad intelectual constituye un factor determinante del declive del sistema de investigación científica de las universidades. La no exclusividad de las licencias públicas protegía de hecho a la investigación académica de caer en una “fiebre del oro” en busca de patentes. Al suprimir esta restricción, ha abierto las compuertas a una avalancha de capitales privados deseosos de hacerse con el monopolio sobre la investigación científica más avanzada.

Ahora, entidades privadas ayudan a financiar los centros académicos a cambio de la prioridad en el proceso de “transferencia tecnológica”, es decir, de la cesión en exclusiva de los resultados de la investigación financiada con dinero público a empresas privadas. Los grandes conglomerados farmacéuticos, como Merck y GlaxoSmithKline, financian colaboraciones con universidades privadas y públicas en torno a proyectos de investigación sobre enfermedades actualmente incurables, con la condición expresa de que esas compañías puedan explotar cualquier descubrimiento futuro al amparo de una licencia exclusiva. Dichos descubrimientos, tengan que ver o no con la finalidad original del proyecto, se convierten entonces en productos farmacéuticos de marca que se venden a precios desorbitados.

Las patentes no solo incrementan los precios que han de pagar los consumidores, sino que también lastran la actividad científica por el mayor coste de la propiedad intelectual que se precisa para seguir investigando. Los centros de investigación han de pagar miles de dólares por las cepas y procesos que precisan para ponerse al día de los nuevos descubrimientos, lo que genera un sobrecoste de la investigación avanzada. El afán de lucro que ha invadido el sistema de investigación científica actual ha hecho que este ya casi no tenga nada que ver con el que rodeaba a Jonas Salk cuando descubrió el remedio para la poliomielitis. En efecto, su descubrimiento, que afectó a millones de personas que sufrían esta enfermedad incapacitante, fue cedido gratuitamente. Mientras Salk se preguntaba retóricamente si era aceptable “patentar el sol” para sacar hacer negocio, la carrera actual por patentar descubrimientos se acerca rápidamente a esa proposición absurda.

Aunque la inversión en la enseñanza pública y el impulso del desarrollo de nuevas tecnologías han de estar al servicio del bien público, la influencia del capital privado tiene un efecto en gran medida corruptor. Combinada con el fuerte declive de la financiación estatal de la enseñanza, la ley Bayh-Dole ha contribuido a privatizar el sistema universitario público. Al escasear los fondos públicos, las universidades han pasado a depender cada vez más de la inversión privada a base de subvenciones y donativos. Y ese dinero produce efectos corrosivos en las academias. En ningún otro sector este conflicto de intereses es tan evidente como en el farmacéutico y el biotecnológico. Ocurre a menudo que profesores de esas especialidades reciben dinero por firmar artículos de prensa escritos por empleados de empresas privadas, por promocionar medicamentos y por desarrollar fármacos más en función de su potencial de mercado que del bien público. A cambio de su colaboración ganan enormes honorarios de asesoramiento y gozan de lucrativos contratos para hablar en conferencias financiadas por la industria.

En el caso de la empresa Pfizer, su producto Neurontin contra las convulsiones, diversos académicos recibieron 1.000 dólares por suscribir artículos de prensa escritos por empleados desconocidos y por hablar en conferencias en que se ensalzaron las virtudes de un producto –que estaba destinado inicialmente a los epilépticos– en el tratamiento de afecciones tan diversas como el trastorno bipolar, el estrés postraumático, el insomnio, el síndrome de las piernas inquietas, sofocos, migrañas y cefaleas tensionales. Los consumidores no solo no reciben información correcta sobre la seguridad y la eficacia de los medicamentos que les recetan, sino que pagan tres veces por ellos: la financiación pública de la investigación académica encaminada a descubrir esos medicamentos, el sobrecoste de los fármacos patentados y la desgravación fiscal que practican las compañías farmacéuticas por su patrocinio de las universidades.

Pese a la escasez de la financiación pública y a su mayor dependencia de la financiación privada, las universidades no han dejado de invertir regularmente en nuevas instalaciones. Un estudio de McGraw-Hill sobre el sector de la construcción revela que entre 2010 y 2012 las instituciones de enseñanza superior se gastaron más de 11.000 millones de dólares en nuevas instalaciones. Al emitir gran cantidad de obligaciones para financiar nuevos laboratorios de investigación biomédica y modernos gimnasios, las facultades esperan atraer a estudiantes y científicos de renombre, además de patrocinadores que les ayuden a pagar todo esto . Sin embargo, estas facultades se han endeudado hasta las cejas, de manera que ahora se hallan inmersas en el círculo vicioso de una carrera competitiva por las subvenciones. Invierten masivamente en investigación para atraer subvenciones y ofrecen los derechos de propiedad intelectual al mejor postor para poder sufragar los inmensos costes administrativos y las enormes deudas que han contraído.

La carga de esta carrera por el dinero y la fama recae en los estudiantes. En los últimos treinta años, el coste de las tutorías se ha multiplicado por seis. Hay cada vez menos ofertas de posgrado, incluso en ese mundo de la investigación académica en que se gasta tanto dinero. El flujo de dinero privado que inunda el sistema de investigación científica no ha contribuido a ampliar la gama de carreras académicas. En vez de emplear a más científicos de plantilla, las universidades contratan a estudiantes de posdoctorado y los dedican a investigaciones llamativas con el fin de atraer subvenciones. Estos estudiantes se gradúan entonces en especialidades científicas ocupadas por posdoctorados que compiten entre sí por un número cada vez menor de puestos de investigación disponibles. El resultado es un mercado de trabajo muy reñido en que hay demasiadas personas luchando por ocupar cada vez menos puestos. En todo el ámbito universitario, la presión por reducir costes conlleva la sustitución de los puestos fijos por la contratación de adjuntos peor pagados y carentes de toda seguridad de empleo, mientras que los salarios de los administradores y los rectores aumentan sin cesar.

En lo que Paula Stephan, profesora de economía de la Universidad Estatal de Georgia, ha calificado de modelo académico piramidal, la discrepancia resultante entre los posdoctorados y adjuntos mal pagados y carentes prácticamente de toda perspectiva de promoción profesional por un lado, y el número cada vez menor de puestos de investigación fijos y bien pagados, ocupados por científicos famosos, por otro, se asemeja a una especie de torneo en torno a la investigación científica. Impera un clima enrarecido de todos contra todos que cobra su peaje a la ciencia que se lleva a cabo. Hace falta publicar cada vez más estudios deslumbrantes de científicos famosos en prestigiosas revistas para llamar la atención y atraer las subvenciones que se precisan para mantener las apariencias y las luces encendidas en el laboratorio. En palabras de Stephan, “ más se confunde con mejor: más financiación, más artículos, más citaciones y más becarios, al margen de si el mercado puede sostener su empleo”.

El resultado final es la necesidad no solo de publicar a toda costa, sino de publicar en revistas de prestigio nuevos cambios sustanciales y espectaculares de nuestra comprensión del mundo que nos rodea y que exigen seguir investigando… a toda costa. En palabras de Stephen Quake, profesor de bioingeniería de la Universidad de Stanford, se trata de “financiación o hambruna”. Dentro de esta matriz de decisiones resulta ventajoso falsificar hallazgos, tomar atajos y seleccionar los datos convenientemente, todo lo que haga falta para que salgan artículos y entren subvenciones. Se ha llegado hasta el punto de que hay académicos que afirman que “el coste de equivocarse es nulo; el coste es que no se publique”. En un metaanálisis de estudios publicados, realizado para la Public Library of Science (PLOS, Biblioteca Pública de Ciencias), John P.A. Ioannidis criticó específicamente la financiación privada de la investigación, señalando que “cuanto más fuertes sean los intereses financieros y de otro tipo y los prejuicios en un campo científico, tanto menos probabilidades hay de que los resultados de la investigación sean ciertos ”.

Los resultados saltan a la vista. El gran número de retractaciones debidas a una metodología incorrecta, a un enfoque inadecuado o a una mala gestión de los estudios a lo largo de la última década es pasmoso. En casi todos los campos científicos se ha producido una verdadera epidemia de imprecisiones. El porcentaje de artículos científicos que han sido objeto de retractación por fraude se ha multiplicado por diez desde 1975. Tan solo una fracción de estudios de cardiopatía y cáncer han resistido el examen porque la mayoría de los resultados no pudieron reproducirse. La teoría de los radicales libres en el envejecimiento, que en tiempos se consideraba ilustrativa del efecto de las enzimas antioxidantes en la vida de las células, ha sido desechada junto con las directrices del ministerio de Agricultura de EE UU para la medición del contenido de antioxidantes en los alimentos. Esto ha puesto a su vez en entredicho a toda la industria de suplementos vitamínicos, que en gran parte se nutre de la creciente necesidad de antioxidantes. Los efectos positivos de los ácidos grasos omega-3 en toda clase de procesos, desde la prevención del cáncer hasta el desarrollo cerebral, están en tela de juicio después de que estudios posteriores no hayan mostrado ningún efectivo significativo. Las ventajas de las mamografías regulares ya no están claras por el hecho de que los resultados de un estudio nacional canadiense no ha mostrado ningún descenso de la tasa de mortandad por cáncer de mama en relación con dicha práctica, y las pruebas regulares dan lugar a veces a diagnósticos exagerados.

Aunque sin duda existe un núcleo de actividad científica respetable y reproducible, está rodeado de una nube de imprecisiones y argucias. Medios de comunicación hambrientos de contenido se tragan descubrimientos entusiastas sobre posibles remedios contra el cáncer y no pueden o no quieren destapar las deficiencias metodológicas y los errores estadísticos que han conducido a los resultados en cuestión. Confunden todavía más al público en relación con temas controvertidos como el de los organismos genéticamente modificados o los disruptores endocrinos, publicando estudios inexactos en apoyo de cada uno de los bandos enfrentados. Estas historias dan lugar seguidamente a dietas de moda pasajeras y supuestas amenazas para la salud como las que relacionan el autismo con las vacunas de los neonatos.

Los resultados que se obtienen con rapidez y se publican a toda prisa tienen más probabilidades de ser inexactos. La ciencia bien hecha lleva su tiempo y la refutación de la ciencia tramposa puede requerir incluso más tiempo. Mientras que se tardó más de nueve meses para desechar una prueba genética reciente de autismo, el estudio original no tardó más de tres días en pasar a la presentación a la imprenta. Muchas de las personas que habrán leído en su tiempo la fabulosa noticia del descubrimiento inicial no se enterarán de su decepcionante refutación. Cuando se publica un artículo que anuncia a bombo y platillo el descubrimiento de una prueba genética relativa a la longevidad, de inmediato inspira a toda una cohorte de pequeñas empresas que ofrecen exámenes de longevidad. Cuando se refuta el artículo −no por fraude o falta de ética, sino por el error de enfoque−, esas pruebas genéticas no dejan de practicarse de la noche a la mañana, sino que se mantienen en una economía de mercado gris que saca tajada de la falta de conocimientos por parte del público en materia de investigación científica actual.

La privatización de la investigación académica no solo obstaculiza el proceso científico, sino que también hace que la corrupción directa –cuando el sector privado paga a científicos para que engañen al público sobre las toxinas en sus alimentos o la contaminación atmosférica– tiene más posibilidades de seguir a sus anchas. Unos investigadores que buscan desesperadamente financiación para conservar sus puestos y proseguir con su labor son más propensos a aceptar financiación de empresas capaces de distorsionar la ciencia en su propio beneficio. No hace más que favorecer los incentivos perversos del mercado libre para sacar provecho de lo que antaño eran instituciones públicas. Cuando una empresa puede disimular los riesgos para la salud de los productos ignífugos cancerígenos porque le interesa que se extienda su uso y así poder hacer negocio, entonces la ciencia deja de obrar a favor del interés público. Al final, la investigación académica basada en el mercado deja de ser ciencia y se convierte en un instrumento para llamar la atención y atraer dinero bajo la apariencia del rigor científico.

En todo caso, el enfoque neoliberal de la investigación académica es un retorno a los orígenes del sistema universitario, financiado por el sector privado y carente de personal fijo, cuando numerosas facultades no eran más que laboratorios de investigación e instrumentos de promoción de empresas privadas en vez de centros de conocimientos que impulsaban la ciencia en interés del público. En aquel entonces, los profesores seguían las órdenes de los donantes y patronos de las facultades. Estos últimos podían despedirlos fácilmente si manifestaban críticas o publicaban estudios que afectaran a los intereses económicos de la facultad o de sus donantes. La defensa de derechos laborales o de políticas socialistas, el apoyo a la teoría de la evolución o a la lucha contra la esclavitud, o la información pública sobre las consecuencias tóxicas de los humos de fusión del cobre podían provocar el despido inmediato. Thorstein Veblen incluso ha reconocido la existencia de una lista negra secretas entre universidades.

En efecto, la lista negra académica se conoce tan bien y la temerosa lealtad del común de los académicos es tan sensible y fiable que muy pocos de ellos se atreverán a salir en defensa de cualquiera de sus colegas que hayan caído en desgracia de alguien de la junta directiva. Cuando el empleo era fijo y la actividad recibía financiación pública, los investigadores podían expresarse libremente y centrarse en temas que no tenían nada que ver con propuestas apresuradas y destinadas a aumentar el consumo y los ingresos privados. Era posible desarrollar avances científicos a pesar de no tener ningún potencial de beneficio económico y sin la necesidad permanente de publicar a toda costa. En la época de posguerra, la inversión gubernamental en las universidades y en la investigación permitieron a muchos científicos dar los pasos innovadores decisivos que hoy nos parecen de sentido común. Lo que tantos han atribuido a los avances de la revolución digital, desde Internet y el GPS hasta la secuenciación del ADN descrita en las patentes Axel, fueron en su tiempo proyectos de gran escala, financiados por el tesoro público y desarrollados en los campus universitarios, décadas antes de que la ley de Bayh-Dole fuera concebida. Pese a las alegaciones de los defensores de la ley Bayh-Dole, esas invenciones no se pudrieron en las estanterías.

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Drogas y prostitución engordarán el PIB de países europeos

Mér, 02/07/2014 - 22:38


El barrio rojo de Ámsterdam así como los 'coffe shops' que ofrecen marihuana en los Países Bajos contribuyen con unos 2.500 millones de euros al año a la economía nacional, más que el consumo de queso, producto típico holandés, según las autoridades.

Los cálculos oficiales hechos públicos la semana pasada bajo las nuevas directrices europeas mostraron que dichos sectores representan alrededor del 0,4% del producto interior bruto (PIB). "Es un poco menos que el consumo total de pan y probablemente un poco más alto que el consumo total de queso", dijo el portavoz de la oficina de estadísticas, Peter Hein van Mulligen.

En unos dos meses España, el Reino Unido e Italia incluirán en sus estimaciones del PIB los ingresos que aportan actividades ilegales como el tráfico de drogas o la prostitución. "Esto no es una solución a la desaceleración económica de Europa. Si en su país las personas se ven obligadas a trabajar clandestinamente, no es una recuperación saludable", explicó Athanasios Vamvakidis, jefe de estrategia cambiaria en Europa del Bank of America-Merrill Lynch, al canal CNBC.

La Oficina Nacional de Estadísticas de Reino Unido estimó el mes pasado que las drogas y la explotación sexual añadirían casi un 1% a su PIB. Por su parte, Francia señaló que no van a añadir el tráfico de drogas ilegales o la prostitución ilegal a sus cálculos macroeconómicos debido a que tales operaciones no siempre se basan en el consentimiento mutuo.

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La recesión persistente

Mér, 02/07/2014 - 16:00
Alejandro Nadal, La Jornada

La gran recesión en Estados Unidos terminó oficialmente en el verano de 2009. En julio los datos indicaron un crecimiento positivo que interrumpió la mala racha de descenso iniciada con la crisis financiera de 2008. El gobierno, la Reserva federal y la prensa de negocios anunciaron que así comenzaba la recuperación. La bolsa de valores comenzó un período de auge que también fue presentado como signo claro de que lo peor había pasado.

El crecimiento de la economía estadounidense ha sido mediocre a partir de 2009, sin embargo los datos siempre se han ido presentando como los que corresponden a una recuperación. Pero este año descarriló el trencito de las buenas noticias.

Los datos sobre crecimiento para el primer trimestre de 2014 indican que el PIB cayó 2.9 por ciento con respecto al primer trimestre del año anterior, lo que marca la peor contracción en un trimestre en los pasados cinco años. ¿Qué ocurrió?

La mayor parte de los analistas y observadores esperaba una reducción, pero no de esta magnitud. Ésta ha sido la peor caída en el PIB fuera de periodos de recesión desde la segunda guerra mundial. En términos de valor, esta contracción en un solo trimestre es equivalente a las pérdidas de la recesión de 2001, así que las preguntas sobre las causas subyacentes son importantes.

Para los analistas oficiales, la caída del PIB es producto de dos factores centrales. El primero es el invierno de 2013-14, uno de los más severos en los últimos cien años. Y seguramente las bajas temperaturas jugaron un papel, aunque no se puede determinar qué proporción de la caída del PIB es directamente atribuible al pesado invierno. El gasto total de los consumidores (que explica dos terceras partes del crecimiento del PIB en Estados Unidos) aumentó sólo en un punto porcentual, cuando se esperaba que lo haría en por lo menos 3 por ciento, pero no todo eso se puede atribuir al frío. En una economía robusta, ni el invierno más fuerte provoca una caída de esta magnitud.

Muchos opositores del gobierno han señalado que la causa principal de la contracción del PIB es la reforma al sistema de salud introducida por Obama. Alrededor de este punto existe una verdadera campaña de desinformación que vaticinó a lo largo de 2013 el desplome en el número de empleos de tiempo completo. La razón sería que las empresas buscarían recortar el número de horas trabajadas a menos de 30 horas semanales con el fin de evitarse el costo de tener que otorgar prestaciones en materia de salud a sus empleados. La realidad es diferente: la oficina de estadísticas laborales de Estados Unidos ha revelado que a partir de abril de 2013 aumentó el empleo de tiempo completo y se eliminaron 230 mil empleos de tiempo parcial. Esto indica que las reformas al sector salud no pueden estar detrás del colapso del PIB.

El otro factor que juega un papel clave en el mal desempeño de la economía estadounidense es el de las exportaciones. Éstas se contrajeron en más de 9 por ciento, cuando el pronóstico era que sólo cayeran 6 por ciento. Esta es la consecuencia directa de la persistente crisis en Europa y de la pérdida de dinamismo en economías como Brasil, China e India. Es decir, la economía mundial todavía está resentida por la crisis global.

Hace cinco años terminó oficialmente la recesión en el país que detonó la crisis financiera y económica global. Desde entonces, la economía estadounidense ha crecido a un ritmo muy por debajo del que ha experimentado en otras recuperaciones. Claramente esta recesión y su recuperación no ha sido como otras.

La realidad es que existen distorsiones estructurales en la economía estadounidense que explican este comportamiento mediocre. Dos de esas distorsiones se encuentran íntimamente relacionadas. La primera es el tamaño desmedido del sector financiero. La otra es la que puso los cimientos para la gran crisis de 2008: se trata del nivel salarial que se mantiene deprimido y que explica no sólo la desigualdad, sino el sobre-endeudamiento.

En la actualidad en Estados Unidos el nivel de remuneraciones para el trabajo (no directivo) está en los niveles de 1970. Eso hace casi imposible que el ritmo de la economía pueda descansar algún día en una demanda sana basada en empleos de buena calidad.

¿Por qué están deprimidos los salarios? Porque los poderes establecidos han triunfado de manera espectacular en su ofensiva contra los trabajadores, sus sindicatos y todo lo que huela a cultura obrera y campesina. Por eso hoy seguimos observando aumentos en productividad y salarios que no crecen. Eso significa que alguien más se está llevando los beneficios.

Se dice que se necesitan dos trimestres consecutivos con crecimiento negativo para poder hablar de recesión. Es posible que el próximo trimestre muestre un crecimiento positivo y las autoridades puedan evitar el empleo de esa palabra. Pero recesión o no, todo anuncia que el tono mediocre del desempeño económico en Estados Unidos va a permanecer largos años. No será una sorpresa, es lo que se puede esperar del capital en su fase neoliberal.

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Mafia financiera de Estados Unidos aplica multa récord a BNP Paribas: 9.000 mdd

Mér, 02/07/2014 - 13:28

Confirmando que a Estados Unidos le gusta ser el alguacil del mundo y el que administra la justicia en el planeta, y quizá también presionado por la abultada deuda de 60 billones de dólares, esta vez castigó al banco francés BNP Paribas con una multa récord de 9.000 millones de dólares. Esta es la sanción más elevada aplicada a banco alguno, y esta vez el castigo fue por haber realizado negocios con Irán, Cuba y Sudán -países proscritos para Estados Unidos - por un monto que la justicia estadounidense estima en 30.000 millones de dólares. Ni la clemencia que pidió el mandatario Francois Hollande a su colega estadounidense pudo rebajar un castigo largamente anunciado y temerosamente esperado.

La crónica estaba escrita desde hace más de un mes e incluso se hablaba de 10.000 y 11.000 millones de dólares. La aparente "rebaja" generó una importante alza en las acciones del banco francés, que resistió este nuevo embate de la justicia estadounidense hacia la banca europea. Europa debería ir pensando hacer lo mismo con Goldman Sachs y su fallida estrategia frente a Grecia. Algunas de las acusaciones podrían ser: haber arrastrado a la ruina al país Heleno, haber trasgredido las normas financieras de Europa, haber ocultado información y haber adulterado los balances públicos, Europa podría pedir unos 100.000 millones de euros en multas y así dar un poco de emoción a este combate que tiene a Estados Unidos saltando en el cuadrilátero como único ganador mientras Europa yace en el piso por knock-Out.

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El mundo no es lo que era

Mér, 02/07/2014 - 09:00
Joaquin Arriola, Deia

EL PIB (Producto Interior Bruto) es un indicador muy cuestionado, pero nadie ha inventado nada mejor para medir el crecimiento económico o comparar la fortaleza productiva de los países. El PIB expresa la capacidad de generar valor económico, el producto del esfuerzo humano presente (trabajo) y del trabajo pasado (capital). El PIB también expresa el valor asignado a las materias primas extraídas -no producidas- que por ser no reproducibles valen más del trabajo que cuestan.

El comercio internacional facilita el acceso a materias primas que los países no poseen en su territorio y también al trabajo pasado, es decir al capital, creado en otros países que cuentan con los conocimientos. Cuanto mayor es el PIB de un país, su capacidad de crear valor, mayor es la importancia del comercio internacional para poder realizar una parte creciente de ese valor.

Desde hace doscientos años, las naciones más poderosas con un PIB más grande (Gran Bretaña y Francia primero, Alemania y Estados Unidos después) han utilizado su posición dominante en la política internacional para diseñar un sistema económico e institucional que les permitiera el control de los flujos internacionales de materias primas, inversiones y productos. Desde la primera Guerra del Golfo, Estados Unidos ha relanzado una campaña de largo alcance para reconfigurar el mapa en la política internacional a fin de garantizarse el control de dichos flujos, como viene haciendo desde la Segunda Guerra Mundial, pero en el nuevo siglo se enfrenta a un problema mayor para tener éxito: su peso en la economía mundial se ha debilitado drásticamente. Todavía en los años 80, Estados Unidos y su clon canadiense tenían la tercera parte de la capacidad mundial de generar valor. Hace treinta años, se puso en marcha un sistema financiero mundial unificado para reforzar el dominio anglosajón, pero no ha sido suficiente para detener la pérdida de peso de los hasta ahora países dominantes. Hoy, según datos del FMI, Norteamérica (sin México) no representa más que la cuarta parte del valor mundial y los países anglosajones han reducido su peso en la creación de valor mundial del 36% al 30% en las últimas tres décadas. Teniendo en cuenta, además, que el dólar tiende a estar sobrevalorado respecto al resto de divisas, al hacer los cálculos en esa moneda se tiende a aumentar el peso asignado a Norteamérica, superior al real.

Al resto de países dominantes tampoco les ha ido mucho mejor. Los países del G7, que agrupa a las mayores potencias industriales de Norteamérica y Europa junto a Japón, han pasado de generar dos tercios del valor mundial a principios de los 80 a menos de la mitad actualmente. En contraste, los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), que no significaban más que la décima parte del valor mundial entonces, hoy generan más de la quinta parte del valor, y en un par de años superarán a la propia UE.

Es a la luz de esta evolución que hay que analizar tanto la política internacional global como la más local. Así, la desastrosa intervención de Estados Unidos, Francia y sus aliados en Medio Oriente y en África subsahariana, con el objetivo es establecer un nuevo marco de control estable -a través de las grandes empresas fundamentalmente anglosajonas- de las materias primas locales a favor del denominado "Occidente", limitando el acceso a China; no solo ha destrozado la frágil institucionalidad de la región y aportado munición ideológica y real al fundamentalismo islámico, sino que ha tropezado con el rechazo de los BRIC -a los que habría que añadir a Sudáfrica- a esta reconfiguración política y económica que se enfrenta en Siria, pero también en Zimbabwe y otros lugares, a un fracaso previsible. La reconfiguración del mapa político y económico mundial ya no es un privilegio exclusivo de los que por herencia colonial organizaban el mundo a finales del siglo pasado.

Pero también en otros ámbitos la evolución del valor mundial abre interrogantes económicos y políticos nuevos. En Euskadi, donde el europeísmo forma parte del ADN de toda la clase política, incluidos los recién llegados, nadie se ha cuestionado si la aceptación fervorosa (por parte de Francia) o reticente (por parte de Alemania) de la nueva política de "contención" frente a Rusia y China diseñada por Estados Unidos es lo que más le conviene a un territorio con una estructura productiva basada en productos industriales de tecnología media y baja.

Asia y los países de la Comunidad de Estados Independientes (básicamente la antigua URSS, salvo los incorporados a la UE) son las regiones de mayor crecimiento económico, gracias a una eficiente planificación del aumento del empleo y el desarrollo de la industria y los servicios, y a una mejor valorización de las materias primas. De tener un peso similar a América Latina a principios de los 80 (en torno al 7% del PIB mundial), hoy generan, cada una de las dos regiones, la quinta parte del valor mundial. América Latina tiene un peso similar al de hace 30 años, lo que significa que su evolución reciente se ha basado más en una mejora sustancial de la equidad en la distribución interna de los recursos que en un cambio productivo.

Sin embargo, las relaciones económicas exteriores de la economía vasca no se han adaptado a la evolución espacial de la economía mundial. En los últimos veinte años, el peso de las distintas regiones en las exportaciones vascas se ha mantenido más o menos constante. La UE es el gran mercado que absorbe tres de cada cuatro euros de exportaciones, que con la crisis e ha reducido a dos tercios. A finales del siglo XX, tan solo un 2% de las exportaciones vascas iban a los países de la CEI, porcentaje que sigue siendo el mismo actualmente. Asia absorbía el 4%, y el gran auge importador de China y otros países no ha elevado esa cifra más allá del 5-6%.

Esta incapacidad de la industria vasca para aprovechar el dinamismo productivo de los nuevos centros de la acumulación mundial plantea problemas de política económica. Por ejemplo, definir cuántos recursos hay que asignar y de qué forma para adaptar la producción local a las demanda potencial de los nuevos mercados. Pero también plantea desafíos políticos más generales. ¿Tiene que adoptar el Gobierno vasco -o en su caso, el Gobierno español- una política internacional más autónoma respecto al diktat anglo-franco-germánico? Si bien la política arancelaria y los acuerdos comerciales son una competencia centralizada en Bruselas, los flujos comerciales concretos con uno u otro país dependen en muchas ocasiones de un trabajo de embajadas y de vínculos políticos que se tejen mediante una acción política internacional que es competencia de cada país. Al margen de eurofobias o eurofilias, no parece que lo que más nos convenga sea plegarnos a una acción política definida por los parámetros de quienes pretenden seguir reproduciendo unas jerarquías de dominación que ya no se corresponden con la realidad económica mundial. En este asunto también está en juego la capacidad de decidir de la ciudadanía, que asimismo se dilucida en la autonomía de decisión de sus representantes frente a las grandes corporaciones globales y los gobiernos en los que se apoyan.

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¿Cuántos buitres acosan a Argentina?

Mar, 01/07/2014 - 14:32

Claudio Katz, Rebelión

Argentina afronta nuevamente un chantaje financiero, pero esta vez la extorsión no tiene precedentes. Los especuladores que compraron bonos por 48 millones de dólares lograron en Nueva York una sentencia de cobro por 1.500 millones.

Este fraude retrata cómo funciona el capitalismo actual. Al pueblo argentino le quieren imponer la misma confiscación que padecen los pequeños deudores norteamericanos, los desalojados de viviendas de España y los empobrecidos de Grecia. Cuando se convoca a reforzar la integración internacional a este sistema se empuja al país a nuevos padecimientos. Los buitres se disponen a repetir el mismo despojo que ya realizaron en otros lugares como Perú.

Cómplices y ausencias En esta crisis ha salido a flote como opera la justicia estadounidense que muchos elogian como un ejemplo de independencia. No sólo Griessa, sino todos los magistrados que confirmaron el fallo demostraron su dependencia de Wall Street. Con este tipo de sentencias protegen a los especialistas en estafas de alto riesgo y a los evasores de los paraísos fiscales.

Como estos especuladores colocan periódicamente al sistema financiero al borde del abismo, también chocan con los gobiernos y organismos que pretenden regular su actividad. Por esta razón el propio FMI está descontento con un dictamen que afecta los ajustes que monitorea, para refinanciar las deudas de los países europeos colapsados por el socorro concedido a los bancos. La sentencia socava su proyecto de ordenar la quiebra de los estados mediante normas de negociación mayoritaria con los acreedores. Pero estos conflictos en los pasillos del poder no atenúan la expropiación de Argentina. Desde el inicio de la crisis global (2008) se discutieron incontables propuestas para limitar las aventuras financieras y no se aplicó ninguna. En este escenario de impunidad para la usura ningún poderoso va a impedir la ejecución de un fallo contra un país latinoamericano. No hay que ilusionarse con los formalismos diplomáticos. El maltrato contra un deudor incomodo como Argentina es plenamente compartido por Obama. El presidente del imperio exige sometimiento a Griessa y a su cobro de tributos.

Es cierto que el país ha recibido muchas declaraciones de solidaridad, desde el G 77 más China hasta la UNCTAD. Pero son mensajes cordiales sin efectos prácticos. Ningún escrito altisonante neutralizará el pago forzoso que se le impone a la Argentina. Esta falta de acompañamiento es más grave en Sudamérica. ¿Dónde están las Cumbres de Presidentes para afrontar situaciones de emergencia? ¿Qué medidas preparan UNASUR o CELAC para responder a esta bofetada contra toda la región? Hasta el momento tampoco aparecieron propuestas de intermediación de Brasil o iniciativas conjuntas para cambiar las jurisdicciones de litigio con los bonistas. Tampoco se habla de reactivar el fondo latinoamericano de estabilización de reservas, frente a un peligro de default. Esta ausencia de la región probablemente obedece al propio mareo que exhibe el gobierno ante lo que está ocurriendo.

Desconcierto frente a la hipoteca El oficialismo confiaba en un gesto de la Corte estadounidense para posponer el conflicto. Esperaba un reconocimiento por el giro ortodoxo que inició a principio año con la devaluación. Se aceptó la demanda de cinco empresas litigantes en el CIADI, se desembolsó la indemnización pedida por REPSOL y se pagaron en tiempo récord las viejas deudas con el Club de Paris. Pero ninguna de estas medidas disuadió a los protectores de los buitres. Al contrario, al observar disposición de pago reforzaron sus presiones de cobro. Cristina no tenía previsto el fallo adverso. Apostó con la miopía a un escenario opuesto, sin ningún plan para afrontar el dilema actual. Por esta razón improvisa respuestas. Un día denuncia la extorsión de los buitres y al otro sugiere el desembolso integro del dinero.

El gobierno ha quedado atrapado en el peor de los mundos. Si resuelve abonar en las condiciones que estableció Griessa se arriesga a ingresar en un pozo de demandas judiciales y erogaciones infinitas. Y si amenaza sin ninguna convicción con maniobras para eludir el pago, afronta un retorno al escenario de diciembre pasado con el dólar paralelo fuera de control. Al momento de escribir este artículo el gobierno no se atrevió a cambiar el domicilio de pago, pero intentó cumplir con los viejos bonistas soslayando la negociación que reclama Griessa. Los buitres exigieron el embargo de esos fondos y el juez bloqueó la operación, confirmando que empujará al país al default si no se aceptan las exigencias de los especuladores.

Hay un mes de plazo para cerrar las tratativas, pero lo más probable (y coherente con viraje ortodoxo del gobierno) es un acuerdo oneroso. Se ha creado un gran consenso entre el oficialismo y la oposición derechista para aceptar esa salida. Sólo divergen en los detalles del convenio. Algunos proponen abonar todo en efectivo y otros promueven cancelar el grueso de la factura en bonos. Algunos alertan contra la inconveniencia de hacer depósitos voluntarios y otros promueven esa vía. Algunos miran bien las bravuconadas en la negociación y otros piden no irritar al sultán Griessa. Pero todos ocultan los costos inmediatos del pago. La deuda pública aumentará de inmediato si se repite la emisión de bonos consumada para acordar con REPSOL. Lo mismo ocurrirá si se abonan las comisiones y punitorios que obtuvo el Club de Paris. Pero lo más grave viene después, ya que los 1300-1500 millones de dólares que se llevaran los primeros buitres constituirán el anticipo de los 12.000-15000 millones, que exigirá la segunda oleada de bonistas en litigio. Se estima que la mitad de ese 7% de “hold outs” reúne a fondos muy agresivos (“buitres de los buitres”), que harán demandas para obtener rápidos fallos favorables en Nueva York. El otro grupo tendría localizadas sus peticiones en Inglaterra, Alemania e Italia y una porción litigaría en el CIADI. En ese tribunal del Banco Mundial, Argentina tiene acumuladas demandas por unos 20.000 millones de dólares.

Pero lo más problemático fue explicitado por Cristina antes de avenirse a ingresar en el abismo. Si en los próximos años algún juez de alguna jurisdicción obliga a extender la mejora concedida a los buitres a los viejos bonistas, la hipoteca podría llegar a cifras incuantificables. Ese contexto situaría al país en un limbo jurídico, frente a las decisiones de cualquier émulo de Griessa. Esta perspectiva quedará particularmente abierta si los nuevos bonos en discusión mantienen los tribunales extranjeros como sede de controversias. En este caso se eternizaría el sometimiento financiero que Argentina conoce muy bien desde la época de la Baring Brothers.

Fantasías tranquilizadoras El gobierno y la oposición derechista vislumbran igualmente un futuro promisorio, luego de superar las turbulencias de la negociación actual. Estiman que el país accederá a los beneficios de un gran reingreso al mercado internacional. Afirman que “conseguiremos refinanciación barata”, para acceder a muchos dólares con bajas tasas de interés. Pero ese dorado escenario no sería tan inmediato, puesto que todas las emisiones próximas están previstas con costos que duplican el promedio mundial. Se tomarán créditos para cancelar préstamos, con el pálido consuelo de un abaratamiento ulterior de esa intermediación.

Por ahora existen fuertes vencimientos con bajas reservas. Las obligaciones suman 30.000 millones de dólares hasta fines del 2015, con divisas actuales de resguardo por 27.000 millones. Esta fotografía ilustra un escenario de tratativas al filo de la navaja. Además, los créditos del futuro no vendrán gratis. Exigirán al estado solvencia de repago, con la consiguiente contraparte de ajustes fiscales. La famosa pregunta mediática (“¿cómo afectará esa situación a la vida cotidiana de la gente?”) tiene una respuesta contundente: habrá recortes del gasto para los trabajadores, los jubilados y los desempleados.

Es muy posible que ese reingreso al circuito de la refinanciación incluya un retorno del FMI, que es el gran encargado internacional de gestionar nuevos créditos para pagar deudas anteriores. Un economista predilecto de Scioli (Blejer) ya declaró que la reconciliación con el Fondo será el punto de partida de su plan económico. El gobierno construye un puente hacia ese escenario, argumentando que el país necesita crédito externo para obras de infraestructura. Pero omite señalar que el grueso de la financiación en curso apunta a solventar gastos corrientes. Especialmente las provincias (Buenos Aires en primer lugar) utilizarán ese dinero para pagar sueldos. Por otra parte, los préstamos de inversión priorizan la minería y el petróleo. Solventarán a las empresas que dinamitan la Cordillera o a las compañías que se aprestan a seguir el formato de los acuerdos secretos que YPF firmó con Chevron. Tendrán un nuevo precio en boca de pozo, autorización para girar dividendos y libertad para exportar a partir de cierto nivel de extracción.

Muchos economistas neoliberales igualmente declaran que “la deuda es baja y podemos endeudarnos”, olvidando que con ese mismo diagnóstico gobernaron y crearon la montaña de pasivos que arruinó al país. Los oficialistas describen el mismo contexto de desahogo financiero, afirmando que constituye un mérito de la “política de des-endeudamiento”. Pero la disminución del pasivo total de 130 % o 90% del PBI (según el momento de comparación con el colapso del 2001) al 46% actual, mantiene porcentajes históricos significativos de endeudamiento público. Es un promedio semejante a los años 90, inferior a los momentos críticos de los 80 y superior a la media de los 70. El carácter problemático de la deuda argentina radica en la capacidad de pago, más allá de la reducida proporción frente al PBI que presenta en comparación a muchos países. El gobierno afirma que la solvencia ha crecido con el cambio de composición de compromisos externos hacia obligaciones internas.

El total de la deuda en moneda extranjera disminuyó de 94% (2000) a 59% (2012). Y el grueso de ese pasivo local es intraestatal, puesto que las obligaciones con organismos públicos pasaron en el mismo período del 6% al 58%. Se destaca que esta estructura de pagos es manejable, ya que los vencimientos se refinancian mediante simples decretos gubernamentales. ¿Pero qué quiere decir que la mitad de la deuda actual constituye un compromiso del estado con sí mismo? Qué se ha construido una ficción estadística para descargar los costos del pasivo sobre las mayorías populares. Gran parte del endeudamiento inter-estatal es con Banco Central, que ha sido convertido en una máquina de emisión con impacto inflacionario. El otro soporte es el ANSES que aumenta su tenencia de bonos públicos, mientras pospone el pago de sentencias por mala liquidación de haberes. Algunas estimaciones elevan ese pasivo a 28.200 millones de dólares.

La deuda inter-estatal es actualmente solventada por los jubilados que no cobran los atrasos de sus remuneraciones. En este terreno rige una doble vara de respuestas gubernamentales a las sentencias judiciales. Lo que ordena Griessa se negocia y las intimaciones de la Corte Suprema argentina para normalizar la situación de los jubilados son ignoradas. El trasfondo del problema es la total ineficacia de la política oficial de des-endeudamiento. En la última década se pagaron unos 50.000 millones de dólares a los organismos internacionales y 80.000 millones a los acreedores privados (otros cálculos elevan ese total a 173.000 millones). Mientras el gobierno exhibía con orgullo su comportamiento de “pagador serial”, las reservas se desplomaban y las salidas de capitales sumaron otros 80.000 millones.

Este proceso pasará a la historia como un ejemplo mayúsculo de ceguera económica. Sólo competirá en ese terreno con la opción neoliberal de retomar alegremente el endeudamiento, para “repetir lo que hacen nuestros vecinos”. Una larga experiencia de la región indica que abrir las fronteras al libre ingreso y salida de capitales otorga un pasaporte directo al temblor financiero. Sólo con el tiempo se podrá establecer, además, un real balance del canje del 2005 que tanto enorgullece al gobierno. Si ese intercambio inicial de títulos hubiera sido tan exitoso, no enfrentaríamos actualmente el escenario de terror que han detonado un juez y sus buitres. El monto real de la famosa quita deberá ser recalculado a la luz de todos los pagos adicionales que se realizaron a través del cupón de crecimiento. Los defensores del canje también olvidan que gran parte de los bonos emitidos en esa operación incluyeron la aceptación de dirimir litigios en Nueva York. Esta concesión fue justificada por la excepcionalidad del momento. “No se podía hacer otra cosa a salida del colapso del 2001”. Pero se omite mencionar que los títulos colocados en los últimos meses (por ejemplo con REPSOL), también incorporan la misma aceptación de tribunales internacionales. ¿Tampoco ahora se pudo hacer otra cosa?

Siempre hay alternativas Con el episodio de los buitres el gobierno refuerza el giro hacia el ajuste que inicio con la devaluación, pero mantiene un discurso contestatario. Disfraza con retórica progresista el puente que construye hacia la sucesión conservadora del 2015.

La derecha se burla de este divorcio entre “el relato y la realidad”. Pero esas ironías no logran ocultar sus propios mitos y veneraciones de los capitalistas. Se ríen de Boudou pero hablan con solemne respeto de Griessa, hacen chistes sobre la Cámpora pero no sobre Rocca o Grobocopatel. Especialmente eluden que actualmente acompañan las decisiones del gobierno. Todos marchan por el mismo rumbo. La derecha se congratula con el viraje pos-devaluación del oficialismo y el gobierno irrita verbalmente a los poderosos mientras implementa sus mandatos.

Las incongruencias del kirchnerismo son patéticas. Empapelan la ciudad contra los buitres mientras negocian sus exigencias. Convocan a un “frente nacional” contra los especuladores que ya incluye a todos los subordinados a Griessa. En este mundo invertido el sometimiento a demandas foráneas es presentado como una gran victoria nacional. Los ministros declaran que “vencimos a REPSOL” con un cheque de pago y que “le torcimos el brazo al Club de Paris” desembolsando una fortuna. Este doble discurso oficial exige minimizar todas las capitulaciones o contrastarlas con eventualidades más catastróficas. Hubo devaluación (pero “frenamos un dólar a 13 pesos”), se pagó a REPSOL (pero “menos de lo que querían”), se arregló con el CIADI (“pero no fue muy caro”) y se acordó con el Club de Paris (“pero era un pasivo que heredamos”).

Lo llamativo es la ausencia de reacciones críticas en vasto campo del oficialismo. El conformismo kirchnerista contrasta con la tradición de rechazos, que en el pasado generaban los virajes conservadores del justicialismo. Los ahijados de la gloriosa JP se mantienen por ahora en silencio. Afortunadamente ya despuntan fuertes cuestionamientos de la izquierda y los sectores progresistas y antiimperialistas, que no aceptan el chantaje descalificatorio de los planteos alternativos. Al igual que en los 90 vuelven a circular las advertencias del purgatorio que le espera al país “si nos aislamos del mundo”. Con esos augurios se justificó el endeudamiento que condujo al colapso.

Las opciones actuales no se reducen al default o al pago a los buitres. Esa disyuntiva es un episodio coyuntural derivado del enredo que auto-generó el oficialismo. La solución a esta encerrona exige reconocer que Argentina no necesita endeudarse significativamente. Tiene suficientes recursos propios para administrar sus gastos, si ordena su ahorro e impide el drenaje de excedentes. Los 80.000 millones de dólares expatriados durante la “década ganada” surgieron de ganancias y rentas creadas en el país. La estimación oficial de 205.000 millones de dólares de capitales argentinos localizados fuera de las fronteras se ha quedado corta frente dos estudios recientes, que elevan esa cifra a 379.000 millones (Gaggero) y 440.000 millones (Henry). Este vaciamiento fue tradicionalmente financiado con endeudamiento público. Un peligroso anticipo de repetición de esa pesadilla es el blanqueo en curso para todos los evasores de gran porte. Desde hace meses se renueva un perdón fiscal para quienes sustrajeron fondos. La complicidad oficial con la salida de capitales se extiende ahora a su reingreso.

No tiene sentido volver a endeudarse frente a este escenario de dinero sustraído del circuito nacional. Pero más hipócrita es afirmar que semejante despojo se corrige “restaurando la confianza” para que “vuelvan los capitales”. El arreglo con los buitres, el recorte del gasto social, los techos a las paritarias y una escalada de tarifazos son las primeras medidas que exigen los poderosos para considerar ese retorno. La recomposición del ahorro nacional exige el control estatal de las rentas generadas por las exportaciones (nacionalización del comercio exterior) y la estricta regulación de las divisas (mediante un control de cambio en serio y un sistema bancario estatizado).

En este marco se puede replantear la deuda, investigando su contenido y discriminando los montos que corresponde abonar. Un principio de esa auditoría fue cajoneada por el alfonsinismo, el menemismo, la Alianza y el Kirchnerismo. Ninguno quiso destapar la olla de ese pasivo. Pero los incontables canjes no han borrado las huellas de estos delitos, ni impiden separar lo fraudes de los compromisos legítimos. Esa investigación permitiría conocer cuáles son los grupos económicos que deben ser gravados con impuestos especiales. No son intocables. Un gobierno con autoridad puede cerrar las canillas de sus transferencias al exterior y poner la lupa sobre sus recursos dentro del país. La investigación es también indispensable para reemplazar definitivamente los bonos en circulación por títulos sujetos a la legislación argentina.

La suspensión del pago es una medida insoslayable, pero sujeta al momento y conveniencia de la nueva estrategia. La existencia de este plan diferencia tajantemente un replanteo de la deuda del simple default, que es una cesación de pagos indeseada e inmanejable para el deudor. Con otra política se podría reorientar los créditos concertados en el futuro hacia proyectos productivos. La batalla contra la deuda vuelve a reaparecer en un contexto muy distinto al pasado. La propia marcha de esta resistencia delineará las demandas y las medidas requeridas para cada momento. El punto de partida es recuperar la mirada crítica y la disposición a luchar.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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La gran guerra imperialista

Lun, 30/06/2014 - 18:20
Emir Sader, Página 12

En 1884, las grandes potencias coloniales se reunieron en Berlín para decidir sobre la división de la dominación de Africa entre ellos. Consagraron el criterio de la “ocupación efectiva”, esto es, la potencia que ocupara realmente un país tenía derechos sobre él. Hay fronteras en el norte de Africa que visiblemente fueron definidas con regla, trazadas sobre la mesa, para facilitar el canje de territorios entre las 14 potencias colonizadoras europeas reunidas, sin importar qué pueblos vivían allí. Concluía así la división del mundo entre los colonizadores. A partir de ahí, según Lenin, cada uno sólo podría expandirse a espaldas de otros. Y como la tendencia expansiva del capitalismo es permanente, Lenin preveía que la humanidad entraba en una época de guerras interimperialistas.

La previsión se cumplió de forma rigurosa y dramática. Las dos grandes guerras que coparon la historia de la humanidad en la primera mitad del siglo XX han sido exactamente eso: guerras interimperialistas. Dos grandes bloques entre, por un lado, las potencias que se habían adueñado inicialmente de gran parte del mundo, lideradas por Inglaterra y Francia, enfrentadas a las que llegaban a la repartición del botín tardíamente –Alemania, Italia, Japón– y que buscaban redividir los territorios colonizados.

Por haber resuelto la cuestión nacional, con la instalación de estados nacionales antes que los otros países europeos, sobre todo Inglaterra y Francia, han podido construir su fuerza militar –en particular marítima– y ubicarse en mejor situación para la conquista y consolidación de un imperio colonial.

Alemania, Italia y Japón tardaron más para su unificación nacional, por la fuerza relativa más grande de las burguesías regionales, con lo cual llegaron a la arena mundial en inferioridad de condiciones. Han tenido que valerse de regímenes autoritarios para acelerar su desarrollo económico, recuperando el retraso respecto de las otras potencias mundiales.

La Primera Guerra Mundial, más allá de las contingencias de su comienzo, fue eso: una gran batalla entre los dos bloques por la repartición del mundo, especialmente de los continentes periféricos. (Alemania llegó a proponer a México que le devolvería los territorios que Estados Unidos le había arrebatado, en caso de que se sumara al bloque liderado por ella.)

Por detrás de las dos grandes guerras estaba la disputa por la hegemonía mundial. La decadencia inglesa veía asomarse dos potencias emergentes –EE.UU. y Alemania–. Al inicio de la Primera Guerra, primó en Estados Unidos la corriente aislacionista, como si la guerra fuera un tema europeo. Pero conforme Alemania avanzaba para triunfar, se desarrolló rápidamente una campaña ideológica interna para movilizar a los norteamericanos para la participación en la guerra.

1917 fue decisivo porque, con la revolución bolchevique, Rusia se apartó de la guerra –conforme la premisa de Lenin, de que se trataba de una guerra interimperialista–, mientras Estados Unidos ingresaba en la guerra, haciendo que la balanza se inclinara hacia el bloque anglo-francés.

Con la Segunda Guerra –en verdad el segundo round de una misma guerra, con las mismas características y un intervalo de pocos años– y la segunda derrota del bloque formado por Alemania, Italia y Japón, se allanaba el campo para la hegemonía imperial norteamericana. Guerras interimperialistas, las más crueles de todas las guerras, en el continente que se consideraba el más civilizado del mundo, para dirimir la disputa hegemónica entre las potencias capitalistas sobre la dominación global. El inicio de la primera, del que se cumple ahora un siglo, fue el comienzo de esa gran debacle europea.

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