Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenohttps://plus.google.com/109915989698098076984noreply@blogger.comBlogger5127125
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“La dominación sin hegemonía es efímera”

Sáb, 12/07/2014 - 08:01
Marco A. Gandásegui, Alainet

En un seminario celebrado recientemente, el sociólogo barbadiense, Whitfield A. Knight, recordó que “la dominación sin hegemonía es efímera”. El debate se ubicaba en el plano de la actual crisis del sistema capitalista. Por un lado, la economía capitalista que aún no se recupera del golpe sufrido en 2008. Por el otro, las guerras locales desatadas en todo el mundo, incluso Europa.

Las bolsas de valores y la ‘economía real’ están estancadas, sin capacidad de generar ganancias. Son precisamente estas instituciones capitalistas las que sirven como palancas para someter a los pueblos que forman parte del sistema. La confianza que deposita la gente – no importa de qué clase social – en el mercado y los bienes y servicios que ofrece a la masa consumidora constituye la herramienta de dominación más eficaz. Esa confianza en la promesa del consumo - hegemonía - es más eficaz que todas las religiones, la educación o la represión.

En el mismo seminario celebrado en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), de La Habana, Cuba, el austriaco, Peter Stania, planteó que en la actual crisis que enfrenta a Rusia y EEUU en Ucrania, Washington tiene como política quebrarle el espinazo a Moscú. Todo indica que EEUU abandonó el proyecto de incorporar a Rusia a la Alianza Atlántica tal como lo ha hecho con el resto de Europa central y oriental. Entre los muchos planes de contingencia de Washington, cobra fuerza la que promueve la destrucción de la Federación rusa, tal como se conoce hace tres siglos.

Con el colapso de la URSS, en 1991, los estrategas de EEUU supusieron que el antiguo bloque socialista caería rápidamente en la órbita de la gran Alianza Atlántica. No estaban equivocados. La excepción fue Rusia que reaccionó ante la ofensiva norteamericana y está resistiendo el avance avasallador de los países del pacto Atlántico. La lógica del mercado capitalista dio cuenta del bloque socialista y la URSS. ¿Cuánto tiempo podrá resistir Rusia su acoplamiento subordinado al sistema? Todo indica que Rusia no presenta una estrategia – dentro del sistema o fuera de él - como alternativa para defenderse. Todo indica que está negociando – utilizando sus riquezas naturales - su inserción definitiva al sistema. En una ponencia que presentamos señalamos que EEUU maneja dos tesis en torno a sus relaciones con Rusia. Por un lado, dividir a la Federación rusa en tres países (Europa, Siberia y Lejano oriente). Por el otro, incorporarla a la periferia de la Alianza Atlántica, como país dependiente.

La tercera ponencia que impactó a la asistencia fue la del sociólogo haitiano, Camille Chalmers, quien abordó la crisis en su país, provocada por la ocupación militar coordinada por EEUU. Describió cómo Washington desarticuló el país desde el terremoto y mantiene una fuerza militar multinacional ocupante. La táctica norteamericana descansa sobre su noción del “Estado fallido”. Washington aplica esta noción a todo país que considera su enemigo y, como consecuencia, debe ser objeto de una intervención militar. En América Latina, EEUU coloca en esa categoría a gobiernos que no se someten a sus dictados como Bolivia y Venezuela.

Todo indica que el mundo se mueve hacia una dominación total de EEUU, pero sin hegemonía. Washington optó por construir una enorme red mundial de bases militares. Ha creado conflictos en el este europeo donde envió tropas a Polonia y Letonia. En el Mar de China donde amplió su presencia militar en Filipinas. En el Medio Oriente, donde financia y arma el ejército del nuevo califato en Irak y Siria. En el Gran Caribe, tiene un cerco sobre la zona insular con bases y tropas en Colombia, país vecino de Venezuela. Además, interviene directamente con ‘asesores’, armas y financiamiento en la ‘Guerra contra las drogas’ en México.

La dominación de EEUU se sostiene sobre una estrategia militar, cuya base social y económica tiende a debilitarse. EEUU está conciente de esta realidad y tiene como objetivo estratégico contener y aislar a China. Pretende impedir el movimiento chino sobre el Pacífico. La encierra por el sur y oeste. El gran reto para EEUU es la Federación rusa en el norte. Un eje formado por China y Rusia no le permitiría a EEUU conservar su dominación mundial. La destrucción de Ucrania es para debilitar a Rusia y, de paso, neutralizar a una China pujante.

Tal como señalara Knight en el seminario del ISRI, “la dominación sin hegemonía es efímera”.

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El mayor banco de Portugal destapa el miedo de una nueva crisis financiera

Ven, 11/07/2014 - 11:30

Los miedos a una nueva crisis financiera han sido invocados directamente por el Espirito Santo. La nueva pesadilla de las bolsas mundiales es el fruto más fresco de esa santísima trinidad conocida como troika. Las turbulencias en el sector bancario de Portugal han alarmado a los inversores de todo el mundo y las bolsas mundiales han vuelto a esos días de pesadilla que parecían olvidados. La insolvencia del Espirito Santo, el mayor banco de Portugal, lastró todas las bolsas del mundo, y en Lisboa la bolsa debió cerrar por las estrepitosas caídas de su sistema financiero donde el BES se deslizó un 18 por ciento. Durante la jornada de ayer, el PSI20 de Portugal cerró con una caída de -4,2 por ciento; el Ibex35 retrocedió -1,98%, el DAX alemán -1,52%, el FTSE inglés -0,68%, mientras el Dow Jones lo hizo en -0,42%.
Todo este pánico ha sido por la débil situación del Espirito Santo, el principal banco de Portugal, que no puede pagar ni siquiera los intereses de la deuda, pese a los bajos intereses que mantiene el BCE. Esto demuestra la enorme vulnerabilidad que sufre el sistema financiero, pese al dinero barato de Mario Draghi. El miedo aumenta a medida que se acerca la hora en que los bancos centrales deberán comenzar a revertir el curso de las tasas de interés y tendrán que subirlas. Con esto, muchos bancos quedarán a la deriva, confirmando el fiasco de las pruebas de estrés realizadas en 2012 donde se dijo que los bancos estaban reforzados para resistir una nueva crisis. Sin embargo, antes que la nueva crisis comience, hay bancos que comienzan a caer.

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Capital financiero parasitario y desigualdad

Xov, 10/07/2014 - 20:43
Ismael Hossein-Zadeh, Global Research

Es conocido por todos que en los últimos años la economía de EE.UU. ha experimentado desarrollos muy desiguales. Mientras que el sector financiero ha disfrutado de altas tasas de crecimiento, la economía real sigue estancada con bajas tasas de crecimiento. En consecuencia, al tiempo que la oligarquía financiera se está quedando con la mayor parte del extraordinario aumento del precio de los activos, la abrumadora mayoría de los ciudadanos sufren el empeoramiento sistemático de sus condiciones de vida.

Por ejemplo, en un informe reciente del Banco de la Reserva Federal se demuestra que el aumento de la riqueza nacional total de EE.UU. en el primer cuarto del año 2014 fue de 1.49 billones, en tanto que la economía real (evaluada en términos del PIB) se contrajo 1% —según el Departamento de Comercio, el descenso del PIB fue realmente del 2,9% (no del 1%). En otro informe similar, el Financial Times señalaba hace poco que la riqueza del conjunto de los hogares se ha incrementado en un 43% desde lo más crudo de la crisis económica en 2008, a pesar de la lenta o inexistente recuperación del mercado de trabajo y la reducción efectiva de la renta media por familia, por debajo del 7,6% desde 2008 [1].

La explicación de esta manifiesta y creciente brecha entre el aumento del patrimonio financiero y la ausencia de crecimiento real se encuentra en la inflación del precio de los activos —una burbuja financiera mayor que la que estalló en 2008. Del incremento de 1,49 billones durante los tres primeros meses del año 2014, unos 361 mil millones de dólares se debieron a la revaloración del precio de las acciones, mientras que 758 mil millones de dólares correspondieron a la inflación inmobiliaria. No es solo que la burbuja del precio de las acciones haya beneficiado en gran medida a los ricos, que son quienes poseen la mayoría de estas, sino que además "el aumento del valor de las casas se ha concentrado en las mansiones de los super-ricos, no en las modestas viviendas de los trabajadores". De acuerdo con las cifras publicadas por Redfin, un grupo inmobiliario, entre enero y abril de 2014 las "ventas del 1% de las viviendas más caras de EE.UU., las que cuestan 1,67 millones de dólares o más, han crecido un 21%, mientras que las ventas del 99% restante han caído un 7,6%" [1].

El Financial Times, que recogió las cifras de Redfin, señaló tendencias parecidas en las ventas de bienes de consumo: Las ventas de los establecimientos de lujo como LVMH (Louis Vuitton, Bulgari) y Tiffany aumentaron un 9%; las ventas de los establecimientos cuyos clientes son sobre todo de clase obrera descendieron. Walmart bajó un 5%, las ventas de Sears cayeron un 6,8%. En el extremo inferior, solamente las tiendas baratas a las que recurren cada vez más estadounidenses para estirar sus dólares vieron incrementar sus ventas. Dollar Tree, el mayor establecimiento de este tipo, registró un crecimiento de ventas del 7,2%. ... El periódico observó que las ganancias demuestran la efectividad de las políticas para recuperar la riqueza perdida durante la recesión, pero su capacidad para estimular la economía ha sido limitada, ya que la mayor parte ha ido a parar a las familias ricas que poseen acciones y grandes casas [1]. El enriquecimiento de la oligarquía financiera, por un lado, y el simultáneo empobrecimiento de la mayoría de la sociedad por el otro, se asemeja al crecimiento de un parásito en un organismo vivo a consta de la sangre o los alimentos esenciales para la vida de dicho organismo. Esta transferencia parasitaria de sangre económica desde la base hacia arriba no es simplemente el resultado de la dinámica de la mano invisible del mercado, o de las fuerzas ciegas de la competencia económica capitalista. Acaso más importante sea el hecho de que dicha transferencia es la consecuencia lógica de insidiosas políticas económicas cuidadosamente elaboradas, diseñadas para consolidar la austeridad neoliberal.

Política monetaria por el lado de la oferta: la inflación del precio de los activos como estímulo económico Desde la Gran Depresión de los años 30, los gobiernos de los países capitalistas centrales han aplicado dos tipos fundamentales de estímulos: por el lado de la demanda, o keynesianos, y por el lado de la oferta, o neoliberales. Los primeros están dirigidas a impulsar el poder adquisitivo de los trabajadores y otros sectores de la población de manera directa: inyectando poder de compra en el sistema mediante inversiones a gran escala en infraestructura y otras empresas que creen empleo. Las medidas de este tipo, que se adoptaron inmediatamente después de la Gran Depresión y/o la Segunda Guerra Mundial y estuvieron vigentes hasta finales de los años 70 y principios de los 80, fueron la piedra angular de los programas del New Deal en EE.UU y de las políticas socialdemócratas en otras grandes economías capitalistas.

Los paladines de la economía de la oferta también proponen medidas de estímulo para recuperarse del estancamiento económico. Sin embargo, lo hacen de manera indirecta, dando un rodeo, en dos etapas. La primera tiene por objetivo enriquecer todavía más a los ricos, a través de políticas fiscales que bajen los impuestos a las rentas altas, o bien con políticas monetarias que favorezcan la inflación del precio de los activos, que en gran medida benefician a esas mismas rentas. La segunda etapa consiste esencialmente en una esperanza o un deseo: se espera que, tras inyectar recursos adicionales al 1% más rico durante la primera etapa, el 99% restante se beneficie del "efecto de goteo" posterior, impulsando así la demanda agregada y la actividad económica.

Formalmente, estas medidas se introdujeron cuando Ronald Reagan fue elegido presidente en 1980. En un primer momento, los arquitectos de la economía de la oferta se concentraron en la política fiscal. Y tras llevar a cabo con éxito su programa de reducción drástica de impuestos a los ricos dirigieron su atención a la política monetaria, sirviéndose de ella como instrumento redistributivo fundamental a favor del 1%.

Desde los tiempos de Alan Geenspan como presidente del Banco de la Reserva Federal, pasando por Ben Bernanke y hasta llegar a la actual Janet Yellen, esta política ha consistido esencialmente en ofrecer financiamiento gratuito (o casi) e limitado a los grandes bancos y otros actores de Wall Street. Aunque no está en el debate público, los responsables de la política monetaria de Wall Street a la cabeza del Banco de las Reserva Federal y el Departamento del Tesoro, han visto la inyección de dinero barato a Wall Street como una medida de estímulo monetario que funcionaría mediante la inflación del precio de los activos y el "efecto de goteo" posterior.

La lógica oficial para inundar de dinero barato el sistema financiero se sigue justificando públicamente por los mismos motivos que los estímulos monetarios keynesianos tradicionales: que tales inyecciones de dinero al sector financiero se traducirían en préstamos a la economía real, y de ese modo se incentivaría la inversión productiva, el empleo y el crecimiento. Esta explicación para suministrar dinero fácil se basa, sin embargo, en tres condiciones previas fundamentales: que los fabricantes se enfrenten a un mercado de dinero/capital caro y restrictivo; que los fabricantes prevean o se encuentren ante una gran demanda de lo que producen o pudieran llegar a producir; y que haya algo semejante a una separación entre los sectores financiero y real de la economía, como pasaba, más o menos, mientras estuvo vigente la Ley Glass-Steagall (desde 1933 hasta 1998), que estipulaba de manera expresa los tipos y las cantidades de inversión que los bancos y otros intermediarios financieros podían realizar.

Sin embargo, ninguna de estas condiciones está presente en la actual economía estadounidense. Para empezar, no hay escasez de liquidez en el sector productivo; de hecho, el sector parece estar sentado sobre una montaña de dinero pero no aumenta la producción debido al descenso de la demanda, afectada por la austeridad.

Con más de 25 millones de estadounidenses desempleados o trabajando solo a tiempo parcial que buscan y necesitan trabajos a tiempo completo, las empresas estadounidenses acumulan más de 2 billones de dólares en efectivo, negándose a invertir en actividades productivas o puestos de trabajo, y dedicándose, en cambio, a la especulación y la recompra de acciones que son más rentables para sus altos directivos. La recompra de acciones de las empresas no financieras se dio a un ritmo anual de 427 mil millones de dólares en el primer cuatrimestre, según la Reserva Federal [1]. En segundo lugar, dado que los actores del sector financiero ya no están limitados por las restricciones reglamentarias sobre los tipos y las cantidades de su inversión, por qué habrían de buscar o esperar a los prestatarios del sector real (quienes, como se mencionó, tienen suficiente dinero en efectivo), en lugar de invertir en el mucho más lucrativo negocio de la especulación. No es de extrañar que a medida que se han ido eliminando los obstáculos reglamentarios durante las últimas décadas, las burbujas financieras y sus estallidos se hayan convertido en un patrón recurrente.

En realidad, no solo los bancos de Wall Street y otros beneficiarios de la política monetaria dedican el dinero recibido casi sin intereses a la inversión especulativa, sino que cada vez más empresas del sector productivo desvían una parte creciente de sus beneficios hacia la especulación en lugar de la producción — su razonamiento parece ser el siguiente: ¿por qué molestarse en la engorrosa tarea de producir cuando se pueden obtener mayores retornos comprando y vendiendo títulos? La atracción por las ganancias especulativas, facilitada por la amplia desregularización del sector financiero, es lo suficientemente fuerte como para inducir al capital a abandonar las actividades productivas en pos de mayores retornos en la especulación. Esta constante transferencia de recursos del sector productivo al financiero es exactamente lo contrario de lo que los responsables de la política monetaria —y toda la teoría económica neoclásica/dominante— afirman que ocurre: el flujo de dinero desde el sector financiero hacia el productivo.

Esta huída de capitales del sector real al financiero, y el desfase entre la rentabilidad empresarial y la inversión real fueron señalados en un artículo de Robin Harding publicado en el Financial Times el 24 de julio de 2013. Titulado "Corporate Investment: A Mysterious Divergence", el artículo revelaba que en las últimas tres décadas habría tenido lugar una "desconexión" entre la rentabilidad empresarial y la inversión real; esto indicaría que, al contrario que en ocasiones anteriores, una parte significativa de los beneficios empresariales no está siendo reinvertida para aumentar la capacidad. En lugar de eso, se está desviando hacia otro tipo de inversiones no productivas que ofrecen rendimientos superiores del capital invertido por los accionistas. Hasta los años 80, las dos se mantuvieron a la par —alrededor del 9% del PIB. Desde entonces, y especialmente en los últimos años, mientras que la inversión real ha descendido hasta el 4% del PIB, las ganancias empresariales han aumentado hasta cerca del 12% del PIB [2].

Los altos cargos financieros que dirigen la política monetaria en EE.UU. y otros grandes países capitalistas no pueden ignorar estos hechos: que la mayor parte de la liquidez que tan generosamente inyectan al sector financiero se utiliza para transacciones especulativas en ese mismo sector sin que se aprecie ningún impacto positivo en la economía real. De modo que la pregunta es: ¿por qué insisten entonces en bombear dinero al sector financiero? La respuesta, como se mencionó anteriormente, es que en lugar de la política monetaria keynesiana parece que acaban de descubrir un nuevo estímulo monetario (del lado de la oferta): "el efecto goteo" de la inflación del precio de los activos.

Al presentar la inflación del precio de los activos como una herramienta monetaria para estimular la economía, los responsables de estas políticas, tanto en EE.UU. como en otros países capitalistas, ya no son reacios a crear burbujas financieras; esas burbujas son vistas y mostradas como capaces de estimular la economía gracias a la mejora de la demanda como consecuencia de la revalorización de los activos. En lugar de regular o limitar las actividades especulativas del sector financiero, los responsables de la política económica, con el Banco de la Reserva Federal a la cabeza desde los días de Alan Greenspan, han estado favoreciendo las burbujas del precio de los activos —enriqueciendo a los ricos todavía más y exacerbando las desigualdades.

Aparte de cuestiones tales como la justicia social y la seguridad económica para la mayoría de la sociedad, la idea de crear burbujas de activos como vectores de estimulación económica es además insostenible —mejor dicho, destructiva— a largo plazo: las burbujas financieras, sin importar cuánto puedan llegar a durar o crecer, en última instancia están ligadas al valor real producido (por los trabajadores) en una economía. Los agentes de la oligarquía financiera que dirigen la política económica no parecen preocuparse ante esta siniestra perspectiva ya que aparentemente han descubierto algo parecido a un plan de aseguramiento [insurance protection scheme] que podría proteger al mercado y a los principales actores financieros contra los riesgos de las burbujas financieras.

Asegurar las burbujas financieras: una nueva burbuja para tapar la que estalló Al parecer, a quienes defienden las burbujas de activos como un estímulo económico no les preocupan los efectos desestabilizadores de las burbujas que ellos contribuyen a crear, ya que tienden a pensar (o esperar) que las probables perturbaciones y pérdidas provocadas por el posible estallido de una burbuja pueden compensarse creando otra burbuja. En otras palabras, creen haber encontrado una póliza de seguros para las burbujas que estallan inflando otras nuevas. El profesor Peter Gowan de la London Metropolitan University describe esta estrategia perversa con las siguientes palabras:

Tanto los reguladores de Washington como los de Wall Street obviamente pensaron que juntos podrían controlar los estallidos. Esto significaba que no había necesidad de evitar que dichas burbujas se formaran: por el contrario, es evidente que ambos reguladores y operadores las crearon, pensando sin duda que una de las maneras de controlar las que estallaban era inflar una nueva en otro sector: tras la crisis de las "dot com", la burbuja inmobiliaria; detrás de aquella, una de los precios de la energía o de los mercados emergentes, y así sucesivamente [3].

Randall W. Forsyth de [la revista financiera] Barron's señala igualmente que "Greenspan siempre sostuvo que los responsables de política monetaria pueden... limpiar las secuelas de la quiebra —lo que significaba impulsar una nueva burbuja, alegó". Es obvio que con esta política de asegurar realmente las burbujas financieras la propuesta especulativa siempre saldría ganando, una propuesta a la que acertadamente se denomina "daños morales" ["moral hazard"], ya que fomenta la asunción de riesgos a costa de otros —en este caso el 99%, pues el coste de rescatar a los jugadores "too-big-to-fail" [demasiado grandes para quebrar] se paga con políticas de austeridad que favorecen los recortes. Sabiendo que "la Reserva Federal intervendría para rescatar a los mercados, fueron de exceso en exceso", sigue diciendo Forsyth. "Así que, la quiebra del [fondo de cobertura] Long-Term Capital Management en 1998 engendró el crédito fácil que llevó a la burbuja y al estallido de las 'dot com', que a su vez condujo a la facilidad extrema y a la burbuja inmobiliaria" [4].

La política de proteger a los mayores especuladores financieros contra la bancarrota muestra, entre otras cosas, que los arquitectos neoliberales de los últimos años han descartado no solo las políticas socialdemócratas del New Deal de gestión de la demanda, sino también las políticas de libre mercado de no intervención como las defendidas, por ejemplo, por la Escuela Austriaca de Economía. Tienden a ser intervencionistas cuando la oligarquía empresarial-financiera necesita ayuda, pero abogan por la economía del "laissez-faire" cuando quienes la necesitan son la clase obrera y las organizaciones de base. Antes del auge del gran capital y su control de la política económica, las burbujas especulativas no contaban con un seguro que cubriera los riesgos del estallido: los especuladores, accionistas e inversores perdían su dinero; la economía real se liberaba del peso muerto de la deuda insostenible; y (después de un doloroso pero relativamente corto periodo de tiempo) el mercado reasignaba el capital a actividades productivas. Sin embargo, en la era del gran capital y los poderosos financistas, el proceso para crear una "tabula rasa" ["clean slate"] está bloqueado, pues las entidades financieras que juegan un papel fundamental provocando burbujas y estallidos también controlan las políticas [4].
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Referencias:

[1] Citado en Patrick Martin, “Wealth report shows deepening social polarization in US”; see also Rob Uri, “Monetary Policy as Class Warfare, Revisited” .
[2] Robin Harding, “Corporate investment: A mysterious divergence” .
[3] Citado en Ismael Hossein-zadeh, Beyond Mainstream Explanations of the Financial Crisis (Routledge 2014), p. 16.
[4] Randall W. Forsyth, “Ignoring the Austrians Got Us in This Mess”.
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Tomado de Rebelión
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El regreso de las deudas externas

Xov, 10/07/2014 - 04:26
Carlos Marichal, Alainet

En las últimas semanas el tema de las deudas externas ha vuelto a colocarse en el candelero de las finanzas y de la política internacional debido a un juicio de la Suprema Corte de los Estados Unidos, que ha emitido una resolución en contra del gobierno de Argentina. Esta decisión evoca el profundo dilema que existe entre soberanía nacional y globalización financiera. Cuando un gobierno coloca deuda en los mercados internacionales, ofrece garantías de pagos que comprometen a sus contribuyentes al pago a mediano o largo plazo. Sin embargo, al venderse los bonos públicos se convierten en títulos privados que pueden convertirse en determinadas circunstancias en objeto de gigantescas especulaciones que pueden desencadenar bancarrotas de los Estados deudores.

Recordemos que en 2011 y 2012, España, Portugal y Grecia estuvieron sujetos a este tipo de especulaciones por parte de bancos e inversores quienes se beneficiaron de las abruptas subidas del premio (tasa de interés) de los bonos soberanos. En algún momento se temió que podría producirse una bancarrota soberana y, por consiguiente, el hundimiento de la moneda común, el euro. Fue la intervención de Mario Draghi, director del Banco Central Europeo, factor clave en disipar la burbuja de la especulación y el peligro de “default”. Pero el fantasma de la deuda sigue planeando y no tardará en regresar.

En el caso de América Latina, no pueden olvidarse la brutalidad y persistencia de las crisis de las deudas externas, tanto en los años de 1980 como en las crisis financieras de México en 1995, Brasil en 1998 y Argentina en 2001-2002. Cada una de estas debacles tuvo impactos económicos y sociales muy costosos y sus historias constituyen capítulos claves de la historia reciente de la globalización financiera.

La experiencia de Argentina al doblar el siglo fue de las más traumáticas. Hacia 2000 su gobierno comenzaba a hacer agua, y por ello solicitó un enorme rescate al Fondo Monetario Internacional (FMI). Sin embargo, antes de concretarse, la confianza de los ahorradores e inversores se evaporó y las retiradas de dinero de los bancos argentinos comenzaron en gran escala. Con objeto de evitar el hundimiento de su administración, el presidente Fernando De la Rúa nombró a Domingo Cavallo como ministro de economía en abril de 2001 pero su plan, conocido como el “Megacanje” de las deudas públicas, fracasó debido a la falta de confianza de todos los actores económicos y financieros. El pánico bancario siguió su curso hasta que el ministro estableció un control sobre los depósitos en los bancos que fue bautizado popularmente como “el corralito”. A partir de ese momento el gobierno ya tenía sus días contados y en diciembre cayó tras revueltas populares cada vez más extendidas.

Después siguieron dos años marcados por una enorme inestabilidad política (con cuatro presidentes en un año y pico) y aumentos dramáticos del desempleo y de la pobreza. No sería hasta la elección a la presidencia argentina de Néstor Kirchner, político peronista de izquierdas, en mayo de 2003, que comenzó a vislumbrarse un posible cambio de rumbo. El nuevo gobierno tuvo la fortuna de contar con un aumento sostenido de las exportaciones agropecuarias pero igualmente importante fue su respuesta a la crisis financiera. Desde diciembre de 2001 el gobierno estaba en “default” sobre sus deudas, lo cual se debió en buena medida a la negativa explícita del FMI de activar el rescate. Para principios del año de 2004, la deuda externa alcanzaba la estratosférica cifra de 178,000 millones de dólares. A partir de repetidos viajes a Washington, el ministro de economía, Roberto Lavagna, con el apoyo muy firme de Kirchner, logró una reprogramación de las obligaciones con los principales organismos financieros multilaterales (FMI, Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo). Luego se negoció con los acreedores privados garantías de pagos del servicio de los bonos externos a cambio de una reducción de su valor nominal que se estimaba en 100,000 millones de dólares en marzo de 2005: se alcanzó una quita de cerca de 55%, una de las mayores en la historia financiera internacional reciente.

Como consecuencia, el gobierno de Argentina fue marginada de los mercados de capitales internacionales pero durante los últimos diez años ha pagado el servicio acordado de la deuda de manera puntual todos los años, lo cual ya ha representado una transferencia de más de 100 mil millones de dólares a los tenedores de bonos y una reducción dramática de la deuda externa. Sin embargo, una pequeña porción de bonos que no entraron en el acuerdo fueron adquiridos por un par de fondos de inversión de los Estados Unidos que son conocidos como “fondos buitre” porque compran por centavos para luego tratar de cobrarlos a precios mucho más altos. Este negocio depende de la posibilidad de convencer a una corte de Nueva York que las compras especulativas deben reembolsarse al cien por cien de su valor nominal. Esto es lo que ocurrió hace unas semanas a partir de la decisión del juez Thomas P. Griesa de la Corte del Distrito Sur de la ciudad de Nueva York, que ha sido avalado por la instancia superior del sistema judicial norteamericano: en este caso, se sostiene que los reclamos de los especuladores serían de mayor valor jurídico que aquellos de un gobierno soberano.

El gobierno argentino ha respondido con dos estrategias complementarias. Por una parte ha ofrecido negociar con los fondos buitre durante este mes de julio, pero al mismo tiempo ha puesto en marcha una campaña política internacional para limitar los daños a su economía. Desde el lunes 7 de julio, el juez Griesa ha autorizado a un intermediario, el famoso abogado Daniel Pollack de Nueva York, para que supervise el proceso de negociaciones alucinantes en ciernes entre los especuladores y el gobierno de Argentina.

La respuesta internacional de solidaridad con Argentina ha sido impresionante. En primer término, ha logrado el apoyo de los gobiernos latinoamericanos, incluyendo los de Mercosur así como una resolución de apoyo de la Organización de Estados Americanos, aprobada el 4 de julio En segundo lugar, ha obtenido los apoyos de diversas instancias multilaterales, entre ellas, la Comisión Económica para América Latina (Cepal) y la agrupación de 77 países en Naciones Unidas conocida como G77. Pero, además, ha atraído la atención de dos grandes potencias, Rusia y China. En los días de 15 y 16 de julio se reúnen los presidentes del grupo de naciones conocido como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en la ciudad de Fortaleza, Brasil. El presidente de Rusia, Vladimir Putin ha anunciado que después visitará a Buenos Aires para demostrar su apoyo en contra de los especuladores. Más importante aún, ha sido la declaración del presidente de China, Xi Jinping, quien también viajará a Argentina para firmar acuerdos comerciales y demostrar su apoyo en contra de los “fondos buitre” de Nueva York.

En resumidas cuentas, se trata de un episodio de geo/política y financiera de considerable impacto. Cabe preguntar: ¿cuál es el alcance de la soberanía de un gobierno y sobre todo de los contribuyentes en esta época de globalización financiera? Este es un problema medular que afecta a las democracias modernas. El principio fundamental del gobierno parlamentario consiste en que el pago de los impuestos es la base de la representación política: por ello, la soberanía fiscal y por ende de los ciudadanos, merece una defensa mucho más visible y transparente que la de los intereses financieros privados. De ello depende en buena medida la supervivencia y la legitimidad de las democracias contemporáneas y, precisamente por ello, el debate sobre las deudas públicas no dejará de acrecentarse en el escenario nacional e internacional.

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El navío de las tormentas financieras

Mér, 09/07/2014 - 17:00
Alejandro Nadal, La Jornada

Durante las veinticuatro horas de todos los días del año, la impresionante flota de fondos de inversión surca los mares financieros del mundo buscando oportunidades para sus inversiones. Pero en todos los puertos hay problemas y las recompensas no son muy atractivas.

Es cierto, los rendimientos no son buenos y en cambio, los precios de los activos están al alza. Por todas partes los índices de precios y cotizaciones de los mercados de valores siguen su carrera al cielo. El costo de acciones y bonos en los mercados financieros se ha encarecido en los últimos dos años. En Estados Unidos el índice Dow Jones creció 40 por ciento en 18 meses y por primera vez ha superado los 17 mil puntos. Es decir, el Dow Jones está 155 por ciento por arriba de su nivel en marzo de 2009, cuando la crisis amenazaba con desintegrar el sistema financiero estadounidense. Y, por supuesto, los rendimientos permanecen estancados.

Y si usted prefiere hablar de bienes raíces, encontrará el mismo fenómeno (con algunas excepciones). Hasta los bonos a 10 años emitidos por España e Italia tuvieron buena acogida en junio, con una caída en el costo de esos empréstitos y por lo tanto en el rendimiento para los inversionistas. Vaya, lo más sorprendente es que hasta Grecia terminó en abril su exilio de cuatro años de los mercados financieros y colocó bonos por 4 mil millones de dólares (a un rendimiento de 4.75 por ciento) con inversionistas extranjeros.

Es decir, es como si el costo de estacionarse en los mercados financieros del mundo se hubiera encarecido por una tarifa de congestión (como la que se cobra en las horas pico en los patios de almacenamiento de un puerto). Los operadores de los fondos de inversión permanecen sólo el tiempo indispensable para tratar de cumplir sus metas de rendimientos, como capitanes de barco que apresuran el avituallamiento antes de zarpar hacia otras oportunidades para sus inversionistas.

Nunca en la historia de las recesiones los mercados de valores habían experimentado una tendencia alcista durante tanto tiempo sin correcciones (precios de títulos a la baja). Esta temporada con propensión al alza es la más larga desde la gran depresión de 1929. Y lo más notable es que la tasa de crecimiento de la economía real en el mundo no corresponde para nada a este crecimiento en los precios de activos financieros.

¿Cuál puede ser la causa de este fenómeno? Según muchos analistas, esta nueva burbuja en los precios de todo tipo de activos tiene que ver con un exceso de ahorro en la economía mundial. Esta es la explicación de los economistas ortodoxos y fue el argumento de Ben Bernanke (antiguo responsable de la Reserva federal) para explicar los desequilibrios existentes en la economía mundial antes de la crisis. Hoy se recurre a ella para explicar por qué las tasas de interés están en su límite inferior (cero). Esta seudoexplicación descansa en la idea errónea de que existe un mercado de fondos prestables en el que oferta y demanda de ahorro determinan la tasa de interés. Esta vieja idea fue desacreditada de manera irrefutable por Keynes en su Teoría general en 1936.

Otros analistas señalan que los culpables de esta nueva súper burbuja son los bancos centrales, que inundan con liquidez la economía mundial tratando de reactivar el crecimiento. Es la crítica de la derecha que desconfía de cualquier intervención en la economía (a menos que se trate de un rescate bancario) y que acusa ahora a los bancos centrales de haber generado las condiciones para un episodio de híper-inflación próximamente. Pero esta visión de las cosas supone que la Reserva federal y el BCE están imprimiendo billetes con fruición, algo que no es exacto. Además, supone que la flexibilización en la política monetaria de la Fed es la causa directa de la expansión de precios de activos, algo que no está demostrado. Las últimas burbujas en los precios de activos se presentaron sin el tipo de flexibilidad monetaria ahora realizada por la Fed y el BCE.

En realidad, la nueva superburbuja se explica más por la desigualdad. El casino del 1 por ciento sigue funcionando. La economía global real, la que produce fierros y granos, no se recupera de la crisis porque no encuentra oportunidades de expansión en un mundo de demanda efectiva deprimida y sobre-endeudamiento por bajos salarios. Pero casi nadie quiere hablar de salarios bajos, ni siquiera el ya célebre libro de Piketty.

Cuando una economía capitalista es atrapada por la crisis, los poderes establecidos buscan cambiar la trayectoria. En la metáfora de Haruki Murakami, es como si un barco fuera sorprendido por la tempestad y el capitán buscara alterar el rumbo para evadirla, sólo para descubrir que la tormenta le persigue y pareciera adivinar cada maniobra, adelantándose para cerrarle las vías de escape. Por más que el navío cambia su derrotero, siempre le aguardan el viento y las olas desenfrenadas. Y es que el capitán no sabe algo importante: la tormenta no es algo que llegó de lejos y por sorpresa. El navío lleva la tormenta en sus entrañas.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Ahora es Alemania la que está en la mira de EE.UU. ¿Son soberanos los países europeos?

Mér, 09/07/2014 - 15:12

Después de acosar a la banca del Reino Unido, Suiza y Francia, ahora le toca el turno a Alemania. Commerzbank, el segundo mayor banco de Alemania, está en la mira de Estados Unidos por sus transacciones comerciales con Irán, Siria, Sudán, Cuba, Corea del Norte y Myanmar, países que están en la lista negra de Estados Unidos. Hasta el momento, la multa llega a los 500 millones de dólares y es una auténtica bofetada en la cara a Ángela Merkel, que nada dijo a Estados Unidos tras el escándalo de espionaje. Por ello el liderazgo de Ángela Merkel está siendo fuertemente cuestionado y Francia elabora un plan para "liberar a Europa de la hegemonía estadounidense".
El Commerzbank ha sido amenazado por hacer negocios con países que han sido proscritos por Estados Unidos, como Irán, Cuba, Sudán, Corea del Norte y Mianmar. La multa llega hasta el momento a los 500 millones de dólares y el Commerzbank se dispone a pagar para cerrar el tema cuanto antes y evitar que las sanciones escalen al nivel de BNP Paribas, donde la multa llegó a los 8.970 millones de dólares con -además- la prohibición de realizar transacciones en dólares en cualquier parte del mundo. ¿Por qué Europa no buscó mecanismos para deshacerse del dólar y valorar su propia moneda, con el resto del mundo?

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El trasfondo político del enfrentamiento entre sunnitas y chiitas

Mar, 08/07/2014 - 14:36
Tino Brugos, Viento Sur

La proclamación del Califato de Levante, en territorios de los actuales estados de Siria e Irak ha servido para volver a poner en circulación un término político que hace referencia al sistema de gobierno del que se dotó el Imperio Árabe tras la muerte de Mahoma. Se trataba de un modelo en el que se concentraban poderes políticos y religiosos en manos del líder. Hubo una primera fase en la que los califas eran elegidos entre los miembros del grupo. Era el período inicial del Islam en el que el componente igualitario permitiría hablar de un sistema “republicano” en el que se elegía como dirigente al guerrero más hábil y piadoso al mismo tiempo. Era la época de los hombres puros (salaf en árabe, de donde procede el término salafista). En este periodo se fue fraguando la escisión entre sunnitas y chiitas, pero aún así ambas corrientes reconocen como legítimos a estos primeros califas.

Con posterioridad se proclamó el Califato de Damasco convertido ya en hereditario por la familia Omeya y el de Bagdad por los Abasidas. Dentro de las primeras disidencias en el mundo islámico surgieron califatos rivales como el de Córdoba o el Fatimita en Egipto, de tendencia chiita. En cualquier caso, el Califato más prolongado en el tiempo fue el del Imperio Otomano, que se prolongó hasta el siglo XX; el sultán utilizó entre otros títulos el de Califa, lo que le permitía dirigirse a todos los musulmanes del mundo, la Umma, con diversos mensajes. Así, durante la I Guerra Mundial, con la entrada de Turquía en la misma, el sultán hizo un llamamiento a la yihad que tuvo importante repercusión en Asia central.

El Califato en la época reciente Con el final del Imperio Otomano y, por lo tanto del califato, el término cayó en desuso. Esto no impidió el surgimiento de algún califato marginal como el de Sokoto, en el norte de Nigeria a finales del siglo XIX, que creó una tradición de la que se alimenta hoy el grupo yihadista Boko Haram. Más significativo fue el uso que se dio al término en la India británica, donde surgió un movimiento fundamentalista (Khilafat) que buscaba la creación de un estado islámico soberano frente al colonialismo inglés, que acabó con un éxodo masivo de sus componentes a Afganistán, estado independiente con un dirigente musulmán.

En la actualidad, el partido Hizb al Tahrir (Partido de la Liberación Islámica), fundado en la década de los cincuenta en Palestina, cuenta hoy con una significativa presencia en Asia central y en el Reino Unido. Se trata de un grupo fundamentalista sui géneris que tiene como objetivo la creación de un califato universal. Mantiene una posición ambigua en lo que respecta a la necesidad de la yihad como medio para alcanzar tal objetivo. El no reconocimiento de cualquier ley que no proceda de un mandatario islámico hace que el partido se mantenga en la clandestinidad y su militancia se encuentra en el punto de mira de los servicios de seguridad en diversos países del mundo.

La consolidación del fundamentalismo como corriente política ha permitido elaborar diversas propuestas que tienen como objetivo común la expansión del Islam y la imposición de un gobierno islámico basado en la ley islámica o sharia. De todas estas corrientes la dirigida por Ben Laden, conocida como Al Qaeda, es sin duda la más conocida dentro de la tendencia yihadista que actúa utilizando la violencia para alcanzar sus objetivos. En todos estos casos, fieles a la tradición islámica, los dirigentes han utilizado el título de emir a la hora de referirse a sus líderes. El título de emir hace referencia al gobierno establecido en un territorio que ha sido conquista para el islam y lo habitual es que el conquistador se convirtiera en Emir. En esta línea, las delegaciones de Al Qaeda han utilizado el título de emirato (Emirato Islámico de Afganistán, en la época Talibán o Emirato del Cáucaso para referirse a los yihadistas de Dagestán)

El Califato de Levante Hasta ahora nadie de Al Qaeda había traspasado la línea del emirato, ni siquiera la propia dirección de Ben Laden o la actual de Al Zawahiri, dejando el título de Califa para una fase posterior de la Yihad. Sin embargo, al Bagdadi, dirigente de del grupo ISIL, en ruptura con las indicaciones de Ayman al Zawahiri ha dado un paso más en su radicalización con la proclamación del Califato Islámico de Levante, con capital en Mosul, la segunda ciudad más importante de Irak.

Se podría creer que, con esta decisión, el ISIL (Estado Islámico de Irak y Levante) busca una nueva legitimidad para su dirigente Abu Bakr al Bagdadi dentro de la galaxia islamista. Rota la legitimidad procedente de ser reconocido como la sección oficial de Al Qaeda, el ISIL se encuentra abocado a buscar nuevas vías que le permitan dirigirse a la comunidad islámica y, en este sentido, la proclamación del Califato, tiene un componente político y propagandístico fundamental.

Se ha especulado mucho sobre el origen de este Califato y las fuerzas reales con las que puede contar. Manuel Martorell ha explicado que se trata de una alianza, que califica de contra natura, entre el ISIL y antiguos miembros del Baas dirigidos por Ibrahim al Duri agrupados en torno a los valores de la cofradía sufí Naqsbadiya. Si esto es así, la alianza puede tener una corta vida, ya que la interpretación rigorista del islam wahabita de la que se alimentan tanto Al Qaeda como el ISIL entra en conflicto directo con los valores heredados del Baas, laicismo y socialismo árabe en su primera fase o islamismo sufí en el último periodo. En todo caso, parece evidente la existencia de algún tipo de alianza o apoyo tácito, porque en caso contrario es difícil entender cómo se ha producido el avance fulgurante del ISIL en Irak, así como la toma de amplias regiones incluyendo ciudades como Mosul, con más de seiscientos mil habitantes.

Habría que señalar que este tipo de acuerdo cuenta con algún antecedente en Afganistán, donde sectores influyentes del antiguo partido oficial (PDPA) en su facción Khalk (Pueblo) terminaron uniéndose a las filas de los Taliban, en lo que se denominó como Señores de la Guerra sin tribu, para diferenciarlos de los dirigentes surgidos de las filas tribales.

La proclamación del Califato de Levante tiene también otras connotaciones. Una de ellas, muy significativa, es el hecho del no reconocimiento de las fronteras surgidas con la colonización. Si echamos la vista cien años atrás, se ve que el mapa de Oriente Medio no tenía ninguna frontera más allá de la marcada entre Egipto, protectorado británico, y el Imperio Otomano. Solo en el desierto de Arabia se mantenía un emirato beduino, con base en Riad, dirigido por los Saud que se basaba en una extraña alianza con los guerreros wahabitas, una secta rigorista del Islam fundada a finales del siglo XVIII. El resto del territorio estaba en manos del Imperio Turco. Se trataba de la región de Levante, denominación utilizada desde la época medieval para referirse a la región.

Los islamistas se presentan como miembros de la Umma, la comunidad islámica mundial, y no reconocen la existencia de fronteras interiores. Este hecho explica la fluidez de ideas y de combatientes voluntarios de una región a otra en las que actúan los grupos yihadistas. La denominación de Levante permite al ISIL seguir su lucha en Siria, ahora claramente en un segundo plano (aunque conviene recordar que la celebración de la proclamación del Califato ha sido efectuada en Rakka, Siria), y en Irak, al tiempo que se sientan las bases para una posible intervención en otras áreas como Líbano o Jordania.

Partiendo del hecho de que buena parte de los acontecimientos actuales hay que buscarlos en las consecuencias de la invasión norteamericana de Irak, conviene repasar también cuáles pueden ser los factores políticos de larga duración presentes en la región para intentar ver cómo interactúan y se reconvierten en la nueva situación. Uno de ellos es el enfrentamiento entre chiitas y sunnitas, que cuenta con un largo recorrido histórico. En los discursos oficiales tanto de los gobernantes como de los grupos yihadistas la dialéctica del enfrentamiento con los chiitas está presente y juega un papel importante. Esta cuestión, utilizada como elemento catalizador para movilizar a la población, esconde por debajo objetivos políticos concretos.

El síndrome chiita Ya desde el año 2003, con la desaparición de Saddam Hussein, surgieron voces autorizadas, como la del rey Abdalá de Jordania, que manifestaban su preocupación ante la posibilidad de que se diera un ascenso del poderío chiita en la región, al quedar liberada la mayoría demográfica chiita iraquí del dominio que sobre ella ejercía el régimen autoritario del Baas. Algunos analistas han hablado de una media luna chiita que se extendería desde el Golfo Pérsico/Arábigo hasta el Mediterráneo rodeando por el norte al mundo árabe. Esta interpretación geopolítica corresponde a los intereses de los gobiernos árabes de la zona, de tradición sunnita, pero presenta dos incongruencias. Por un lado, identifica el término chiita con Irán, lo cual le permite señalar el peligro de un posible expansionismo de la Revolución Islámica iraní, que funciona como un fantasma para los intereses occidentales en la región. En segundo lugar oculta que bajo el concepto chiita existe una realidad árabe, ya que existen poblaciones árabes chiitas importantes (Costa oriental de Arabia, Al Hassa; Líbano; Siria; por no hablar de Turquía donde los alevíes quedarían dentro del mundo chiita, pero no árabe) De este modo los estados árabes moderados intentan presentarse ante occidente como los defensores de sus intereses simplificando el enfrentamiento a una ecuación binaria, árabes sunnitas contra persas chiitas. De este modo no hay árabes chiitas y mucho menos estados árabes con esa orientación. Dicho de otro modo, los gobernantes sunnitas aspiran a monopolizar el poder en los estados árabes sin tener en cuenta los deseos de la población. Esto justifica las dificultades para que Irak pueda estabilizarse tras la caída de Saddam: el gobierno de Al Maliki ha venido desarrollando una política comunitaria que excluye a la población sunnita, pero esta actitud alimenta la insurgencia sunnita, con múltiples apoyos externos, que no renuncia a que Irak sea parte del bloque árabe-sunnita.

EL final de la Guerra Fría supuso, en el mundo árabe, la desaparición de gobiernos y corrientes políticas comprometidas con la transformación social y con modelos laicos de estado. En todos los países se viene asistiendo en las últimas décadas a un continuado ascenso de las corrientes fundamentalistas en sus diversas tendencias. El vacío creado por este cambio intenta ser colmado por los grupos islamistas. Así, cuando se produjo el derrocamiento de Saddam Hussein se inició una carrera entre Arabia e Irán por quién de las dos potencias regionales podía hacerse con la hegemonía en Irak.

Muy pronto ambos estados instrumentalizaron la identidad religiosa para afianzar sus posiciones, estimulando de ese modo el enfrentamiento sectario que, periódicamente, viene haciéndose presente en Irak, causando miles de víctimas cada mes.

Arabia vs Irán Tanto Arabia como Irán, defienden modelos contrapuestos, Desde que en 1979 se impusiera la Revolución Islámica de Jomeini, una de las preocupaciones principales del régimen saudí ha sido la de frenar el avance político de la corriente chiita tras la que ve siempre la mano negra de Teherán. Esto se ha concretado con el fomento de una guerra de tipo sectario en Pakistán a partir de los sectores más intransigentes, empeñados en acabar con los chiitas. Cualquier movimiento de carácter político reivindicativo donde estuvieran presentes los chiitas, se ha ido encontrando, en frente, con el integrismo salafista de inspiración saudí. Vale esta afirmación para el enfrentamiento entre los hazara y los Talibanes en Afganistán ,que acabó con la destrucción de los budas de Bamiyán; o las revueltas periódicas que se vienen produciendo en Bahrein desde la década de los ochenta que, al estar protagonizadas por una población mayoritariamente chiita, han contado con la hostilidad del régimen saudí. Del mismo modo, la revuelta hutista de Yemen, protagonizada por los zaydíes, una rama del chiismo, ha sido presentada como un movimiento dirigido en la sombra por Teherán. En un intento por mantener la primacía religiosa frente a la Revolución Islámica, el rey de Arabia pasó a utilizar el título de Guardián y Servidor de los Santos Lugares.

Lo que subyace detrás de este enfrentamiento entre Sunnitas y chiitas es una lucha por ver cuál de los regímenes políticos puede tener mayor apoyo y legitimidad dentro del mundo islámico. El reino árabe de los Saud se mantiene gracias a una sólida alianza con la corriente wahabita. Desde sus orígenes, esta corriente fundamentalista elaboró un discurso radicalizado en contra de los chiitas, a quienes acusa de politeístas ofreciendo como alternativa la conversión a la versión sunnita o el exterminio.

Este discurso político se ha hecho realidad en algunas ocasiones. Una de ellas fue cuando en el siglo XIX las tropas sauditas dirigidas por la Hermandad de Guerreros (Ikhwam) tomaron la ciudad sagrada de La Meca; antes de ser expulsados por las tropas egipcias, saquearon la ciudad con el objetivo de purificarla. En 1802 tomaron al asalto la ciudad de Kerbala, lugar sagrado para los chiitas, cometiendo una auténtica masacre entre la población antes de abandonar la ciudad. Al final del siglo XIX un príncipe saudí refugiado en Kuwait logró anudar una alianza con el representante británico para el suministro de armas. A partir de entonces la presión wahabita se incrementó aprovechando la debilidad coyuntural del Imperio Otomano al que arrebataron la costa oriental de Arabia (Al Hasa) poblada mayoritariamente por árabes chiitas. Si bien las propuestas más radicales de la Hermandad no fueron tenidas en cuenta, el rey tuvo que justificar su defensa del islam ortodoxo organizando un gobierno en la zona que excluía totalmente a los chiitas de cualquier cargo político, así como la práctica de sus creencias y rituales religiosos en las calles. Como los Ikhwan entendían que se trataba de una política blanda acabaron organizando una conspiración contra el rey, viéndose éste obligado a aplastar al grupo de guerreros para garantizar el mantenimiento de su poder político.

La conquista de las ciudades sagradas de La Meca y Medina tras la Primera Guerra Mundial, permitió otra oleada de actuaciones sectarias como el cierre del cementerio de al Baqi donde según la tradición chiita están los cuerpos de Fátima, la hija del Profeta, así como de tres de sus imanes de la primera época. El objetivo era acabar con las visitas de los peregrinos chiitas, así como con sus rituales religiosos, calificados de politeístas. Pese a que la población de La Meca no se identificaba con el extremismo wahabita, el nuevo reino impuso esa teoría como doctrina oficial del estado.

Aunque en el mundo árabe las alianzas han sido siempre inestables y sometidas a rápidas y sorprendentes inversiones, el reino de los Saud se ha caracterizado por una extraña solidez. Si al comienzo fueron los británicos quienes ayudaron a los Ikhwan, ofreciéndoles armas y consolidando de este modo su posición de poder, tras la II Guerra Mundial fueron los Estados Unidos (USA) quienes contribuyeron de manera decisiva a la consolidación del reino de Arabia Saudí. El descubrimiento de yacimientos de petróleo en la región oriental llevó a los norteamericanos a firmar un acuerdo conjunto de cooperación que se ha mantenido hasta hoy: apoyo político a los Saud a cambio de bases militares y abastecimiento de petróleo. De este modo el reino de Arabia logró sortear la segunda mitad del siglo XX sin verse sometida a las convulsiones políticas de los estados vecinos.

Pero el estallido de la Revolución Islámica en Irán en 1979 vino a alterar la situación. La monarquía saudí tenía que hacer frente a la competencia que supone un régimen basado en el Islam predispuesto a disputar la hegemonía ideológica y política. El hecho de que la población chiita ocupara los escalones más bajos de la sociedad otorgó un componente social al enfrentamiento. Surgieron así múltiples organizaciones, desde Líbano (Amal o Esperanza hasta Hezbollah, el Partido de Dios) hasta Afganistán (Hezbi Wahdat, representando a los marginados hazaras), pasando por Irak, la costa oriental de Arabia o Pakistán

La revolución chiita tenía un componente social y militante enfrentado directamente a Occidente (por su apoyo al Shah de Irán, la ocupación de Palestina, etc), lo que hizo que fuera percibida como el rostro más peligroso del Islam; también se iban desarrollando los grupos militantes sunnitas, pero con nivel mayor de tolerancia, tanto de los regímenes árabes como de Occidente. Recuérdese que Ben Laden, en esta época, estaba en Afganistán combatiendo a los soviéticos, con ayuda occidental.

La invasión de Kuwait y la primera Guerra del Golfo hicieron que el integrismo sunnita pasara a ocupar un nivel protagonista, que ha seguido manteniéndose hasta la actualidad. La desaparición de Saddam tras la segunda Guerra del Golfo, con la invasión norteamericana, liberó las fuerzas chiitas y el enfrentamiento se generalizó convirtiendo a Irak en una prueba de fuerza entre los aliados de occidente, en mayor o menor grado fundamentalistas (desde Arabia Saudí hasta la red de Ben Laden), y su enemigo tradicional, la Revolución Islámica iraní. Como el proyecto norteamericano se justificaba en una democratización, la celebración de elecciones solo sirvió para confirmar la mayoría chiita y, por lo tanto, la influencia iraní. La política sectaria y errónea de los nuevos gobernantes de Bagdad alimentó el enfrentamiento que llega hasta la actualidad. Lo más preocupante es, sin duda, la deriva radicalizada de los sectores más intransigentes, como puede el ISIL, que no descarta la solución del problema que plantea la disidencia chiita con métodos expeditivos que rozan el genocidio. La prueba de fuerza sigue desarrollándose en la zona y las identidades religiosas funcionan como elemento de reclutamiento y movilización por ambas partes.

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Francia quiere liberar a Europa de la dominación de Estados Unidos y terminar con los petrodólares

Mar, 08/07/2014 - 08:06

El castigo al banco francés BNP Paribas por parte de Estados Unidos está desatando una fuerte arremetida contra la hegemonía del dólar en las transacciones internacionales. BNP Paribas fue castigado con la mayor multa aplicada a un banco europeo por realizar operaciones con Irán, Cuba y Sudán, países proscritos por Estados Unidos. La sanción al banco francés incluye la prohibición de operar con dólares en cualquier parte el mundo. Como esta prohibición se puede extender a otros bancos europeos, el gobierno francés está desempolvando todos los programas en su lucha contra el dólar para romper la hegemonía del billete verde.

Esta linea de acción fue confirmada este lunes en el Parlamento Europeo, cuando el Ministro de Finanzas de Francia, Michel Sapin, dijo que los gobiernos de la zona euro "deben buscar todas las formas para reforzar el uso del euro en las transacciones internacionales, a fin de establecer el "reequilibrio frente al dólar" de las monedas utilizadas para los pagos globales. Para el ministro francés, el acoso al BNP Paribas "debe hacer que nos demos cuenta de la necesidad de utilizar una variedad de monedas en nuestras transacciones.

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Cómo se protege Washington a sí mismo y al sector corporativo

Lun, 07/07/2014 - 14:40
Noam Chomsky, TomDispatch

La realidad de la política exterior de Estados Unidos Presentación de Tom Engelhardt

No es necesario decir que a los jefazos del estado de seguridad nacional no les hicieron nada felices las revelaciones de Edward Snowden. Aun así, en el último año, los comentarios de esos personajes, los políticos asociados con ellos y los retirados de ese mundillo que dieron expresión a sus sentimientos tuvieron una calidad sorprendente: vituperación por todo lo alto. Lo más bonito que cualquiera de esas personas tenían para decir sobre Snowden fue “es un traidor” o –resabios de los tiempos de la Guerra Fría (y del absurdo, como que el Departamento de Estado lo atrapara en el sector “En tránsito” del aeropuerto moscovita quitándole el pasaporte)– “un espía ruso”. Y esta es la parte más suave. Esos personajes también pidieron la ejecución de Snowden, muy literalmente colgarlo del viejo roble para que se balanceara en la brisa. Lo suyo fue un espeluznante repertorio colectivo que aportó un nuevo significado a la palabra “visceral”.

Semejante respuesta al hecho de que Snowden entregara sucesivos lotes de documentos de la NSA a Glenn Greenwald, a la realizadora de cine Laura Poitras y al periodista del Washington Post Barton Gellman reclama una explicación. Aquí está la mía: el objetivo de la NSA al crear un sistema de vigilancia planetario era a la vez utópico y distópico (según cuál sea el punto de vista del lector) pero, en cualquier caso, pasmosamente totalizante. Sus funcionarios de mayor nivel intentaban peinar todos los medios de comunicación, electrónicos u online, que los seres humanos utilizan para comunicarse entre ellos, y desarrollar la capacidad de vigilar y seguir el rastro de todos los habitantes de la Tierra. Desde la canciller alemana Angela Merkel y la presidenta de Brasil Dilma Rousseff hasta el campesino con teléfono celular en las tierras de cultivo de Afganistán (por no hablar del ciudadano estadounidense en cualquier lugar del mundo); nadie iba a estar desconectado. Conceptualmente, no iba a haber excepciones. Y lo notable del asunto es lo cerca que estuvo la NSA de conseguirlo.

Inconscientemente o no, los funcionarios de la Comunidad de Inteligencia de EEUU imaginaron una excepción: ellos mismos. Se suponía que nadie que estuviera fuera del circuito cerrado sabía nada de lo que ellos estaban haciendo. Se suponía que solo ellos en el planeta no iban a ser escuchados, espiados, vigilados… Yo sospecho, que el impacto de las revelaciones de Snowden y las reacciones viscerales derivó, en parte, del descubrimiento de que ese sistema no tenía excepciones, ni siquiera sus creadores estaban al margen. En el sentido corriente de la palabra, al hacer público el diseño de su mundo, Snowden no puso nada en peligro; sin embargo, eso le convirtió en nada menos que el traidor del mundo excepcional que ellos imaginaban. Lo que él proponía era que ya que ellos nos vigilan a nosotros, de algún modo ahora nosotros podemos vigilarlos a ellos. La acción de Snowden, en otras palabras, los colocaba junto al vulgo –nosotros– algo que, en esas circunstancias, era el peor insulto; ellos respondieron en consecuencia.

Una explicación afín merodea en esta entrega de Tom Dispatch a cargo de Noam Chomsky. Si la “seguridad” de la seguridad nacional no es la seguridad del pueblo de Estados Unidos sino, como él sugiere, la de aquellos que dirigen el estado de seguridad nacional, y si el secretismo es el atributo del poder, lo que hizo Snowden fue romper el código de secretismo y exponer el poder mismo a la luz de un modo devastador y tétrico. No debemos asombrarnos de la reacción que provocó, tan sanguinaria y virulenta. Chomsky tiene una manera inquietante de exponer a la luz las varias facetas del poder, especialmente el de Estados Unidos con los mismos sombríos resultados. Viene haciéndolo desde hace medio siglo, y cada día lo hace mejor.

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Noam Chomsky

¿La seguridad de quién?
Cómo se protege Washington a sí mismo y al sector corporativo La cuestión de cómo se define la política exterior es crucial en el mundo de los negocios. En los siguientes comentarios solo propondré algunas pistas sobre cómo pienso que se debería analizar provechosamente el tema, limitándome a Estados Unidos por varias razones. En primer lugar porque la significación y el impacto de EEUU es inigualable. En segundo término, se trata de una sociedad inusualmente abierta, posiblemente la única en su género, lo que implica que conozcamos mucho acerca de ella. Finalmente, porque es claramente lo más importante para los estadounidenses, que pueden influir en las decisiones políticas de su país –y ciertamente también para otras personas en la medida que sus acciones pueden influir en estas decisiones–. Sin embargo, los principios generales se extienden a otras potencias y aun más allá.

Existe una “versión estándar comúnmente aceptada” que es común a la enseñanza académica, a los pronunciamientos del gobierno y al discurso público. Sostiene que la primera responsabilidad del gobierno es garantizar la seguridad y la principal preocupación de EEUU y sus aliados desde 1945 fue la amenaza rusa.

Hay varias maneras de evaluar la doctrina. Lo obvio es interrogarse: ¿Qué pasó cuando desapareció la amenaza rusa en 1989? Respuesta: en gran parte, todo siguió igual que antes.

Estados Unidos invadió inmediatamente Panamá, mató probablemente a miles de personas e instaló un régimen cliente. Era una práctica rutinaria en los dominios de EEUU, pero en este caso no fue tan rutinaria. Por primera vez una acción importante de política exterior no se justificaba con una supuesta amenaza rusa.

En vez de ello, se urdió una serie de falsos pretextos para realizar la invasión que no soportaron el menor análisis. Los medios de comunicación se inmiscuyeron entusiasmados y elogiaron el extraordinario logro de derrotar a Panamá, sin considerar que los pretextos eran absurdo, que el acto en sí mismo era una violación radical del derecho internacional y que fue condenado implacablemente en todas partes; más aún en América Latina. También se ignoró el veto estadounidense a una resolución unánime del Consejo de Seguridad –con la única abstención de Gran Bretaña– que condenaba los crímenes de las tropas estadounidenses durante la invasión,.

Todo rutinario. Y todo olvidado (lo que también es rutinario).

Desde El Salvador hasta la frontera rusa El gobierno de George W Bush formuló una nueva política de seguridad y un nuevo presupuesto de defensa como reacción al colapso del enemigo planetario. Eran bastante similares a los anteriores, aunque con nuevos pretextos. Era –resultó ser– necesario mantener un aparato militar casi tan grande como el del resto del mundo y mucho más avanzado en sofisticación tecnológica, pero no para defenderse contra la ya inexistente Unión Soviética. La excusa ahora era la creciente “sofisticación tecnológica” de las potencias del Tercer Mundo. Disciplinados intelectuales comprendieron que habría sido incorrecto sumirse en el ridículo, así que mantuvieron un silencio adecuado.

Estados Unidos, insistían los nuevos programas, debía mantener su “industria básica de defensa”. La frase es un eufemismo referido a la industria de alta tecnología en general, que requiere una gran inversión estatal para la investigación y el desarrollo, a menudo con cobertura del Pentágono, en eso que los economistas llaman “la economía de libre mercado”

Una de las disposiciones más interesantes de los nuevos planes tenía que ver con Oriente Medio. Allí, Washington debía mantener fuerzas de intervención apuntando a una región crucial en la que los mayores problemas “no podían dejarse a las puertas del Kremlin”. Contrariamente a 50 años de mentiras, se reconocía discretamente que el problema principal no eran los rusos sino el llamado “nacionalismo radical”, esto es, el nacionalismo independiente fuera del control de EEUU.

Todo esto tiene una importancia evidente en la versión estándar, pero pasó desapercibido o, quizás habría que decir, por lo tanto pasó desapercibido.

Otros acontecimientos importantes se produjeron inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín, al final de la Guerra Fría. Uno fue en El Salvador, el principal destinatario de la ayuda militar estadounidense –aparte de Israel y Egipto, una categoría especial– y una de las peores marcas mundiales en lo que a derechos humanos se refiere. Es habitual que ambos aspectos estén estrechamente relacionados.

El alto mando militar salvadoreño ordenó a la brigada Atlacatl que invadiera la Universidad Jesuita y asesinara a seis intelectuales latinoamericanos de primera línea, todos ellos sacerdotes jesuitas, incluyendo a su rector, fray Ignacio Ellacuria, y a cualquier testigo, es decir, el ama de llaves y su hija. La brigada acababa de regresar de un periodo de entrenamiento avanzado de contrainsurgencia en Fort Bragg, North Carolina, el Centro y Escuela Especial de Guerra John F. Kennedy del Ejército de Estados Unidos y ya había dejado un sangriento rastro de miles de víctimas en el curso de la operación de terrorismo de estado en El Salvador conducida por EEUU, parte de una campaña más amplia de terror y tortura en toda la región. Todo rutinario. Ignorada y virtualmente olvidada en Estados Unidos y sus aliados; otra vez, todo rutinario. Pero, si tenemos el cuidado de mirar el mundo real, este nos cuenta mucho acerca de los factores que motivan la política.

Otro acontecimiento importante tuvo lugar en Europa. El presidente soviético Mihail Gorbachev acordó permitir la reunificación de Alemania y su integración en la OTAN, una alianza militar hostil. A la luz de la historia reciente, esta fue una concesión de lo más sorprendente. Se trataba de un quid pro quo . El presidente Bush y su secretario de Estado James Baker convinieron que la OTAN no se expandiría “ni una pulgada hacia el Este”, es decir, Alemania Oriental. Instantáneamente, se amplió para incluir a Alemania Oriental.

Naturalmente, Gorbachev se indignó, pero cuando protestó por el hecho, Washington le explicó que solo había sido una promesa verbal, un acuerdo de caballeros, por lo tanto sin fuerza real. Si él era tan ingenuo como para dar por buena la palabra de los líderes estadounidenses, era su problema.

Todo esto, también, era rutinario. Como lo fue la callada aceptación y aprobación de la expansión de la OTAN en Estados Unidos y en general en Occidente. Más tarde, el presidente Hill Clinton amplió aún más la OTAN, hasta la misma frontera rusa. Hoy día, el mundo enfrenta una seria crisis que en gran parte es el resultado de aquellas políticas.

Llamado al saqueo de los pobres Otra fuente de pruebas es la desclasificación de documentación histórica, que contiene datos reveladores de las motivaciones reales de la política del estado. La historia es rica y compleja, pero hay unos pocos temas recurrentes que desempeñan un papel dominante. Uno de ellos fue articulado claramente en la conferencia del hemisferio occidental que tuvo lugar en México en febrero de 1945 por iniciativa de EEUU; en esta conferencia, Washington impuso una “Carta Económica de las Américas” diseñada para eliminar el proteccionismo económico “en todas sus formas”. Había en ella una cláusula no explícita. El proteccionismo económico sería bueno para Estados Unidos, cuya economía descansa marcadamente en la enorme intervención estatal.

La eliminación del proteccionismo económico para los demás países entró en abierto conflicto con la posición de América latina en ese momento, una posición descrita por los funcionarios del Departamento de Estado como “la filosofía de un Nuevo Nacionalismo que incluye políticas diseñadas para lograr una mayor distribución de la riqueza y elevar el nivel de vida de las masas”. Tal como añadieron analistas de la política estadounidense, “los latinoamericanos están convencidos de que los primeros beneficiarios del desarrollo de los recursos de un país debía ser el propio pueblo de ese país”.

Esto, por supuesto, no era viable. Washington entendía que los “primeros beneficiarios” debían ser los inversores estadounidenses y que el papel de Latinoamérica era cumplir su función de servicio. No habría –tanto la administración Truman como la de Eisenhower lo dejaron bien en claro– un “excesivo desarrollo industrial” que pudiera poner en cuestión los intereses de EEUU. Así, Brasil podría producir acero de baja calidad y las corporaciones estadounidenses no se preocuparían por eso, pero sería “excesivo” que intentara competir con las firmas siderúrgicas de EEUU.

Inquietudes similares resonaron durante todo el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. El sistema global que debía ser dominado por Estados Unidos estaba amenazado por lo que documentos internos llamaban “regímenes nacionalistas y revolucionarios” que respondían a presiones populares en pro de un desarrollo independiente. Fue esta preocupación la que motivó el derrocamiento de los gobiernos parlamentarios de Irán (1953) y Guatemala (1954), al igual que muchos otros. En el caso de Irán, la principal intranquilidad estaba centrada en el impacto de la independencia iraní en Egipto, donde por entonces había mucha agitación contra el colonialismo británico. En Guatemala, aparte del crimen cometido por la recién estrenada democracia cuando otorgó poderes a la mayoría campesina y violó las plantaciones de la United Fruit Company –demasiado insultante ya–, las inquietudes de Washington eran el descontento entre los trabajadores y la movilización popular en las dictaduras vecinas respaldadas por EEUU.

En ambos países, las consecuencias llagan hasta nuestros días. Desde 1953, prácticamente no ha pasado un día en el que Estados Unidos no haya estado atormentando al pueblo iraní. Guatemala continúa siendo una de las peores cámaras del horror del mundo. Hasta hoy, los mayas siguen huyendo de las tierras altas debido a las campañas militares cuasi genocidas implementadas por el gobierno y respaldadas ya por el presidente Ronald Reagan y sus principales colaboradores. Según informaba recientemente un médico guatemalteco, director de Oxfam en el país, “Estamos viviendo un dramático deterioro del contexto político, social y económico. Los ataques contra los defensores de los Derechos Humanos se han multiplicado por tres en el último año. Está clara la existencia de una estrategia muy bien organizada por el sector privado y el Ejército, Entre unos y otros tienen preso al gobierno para mantener el statu quo e imponer el modelo económico extractivista, expulsando de sus tierras a las comunidades indígenas en beneficio de la industria minera, la explotación del aceite de palma y las plantaciones de caña de azúcar. Además, se ha criminalizado a los movimientos sociales que trabajan en defensa de la tierra y los derechos ancestrales, numerosos líderes están en la cárcel y muchos otros han sido asesinados”.

Nada de esto se sabe dentro de Estados Unidos, y la muy obvia causa última de tanta desgracia sigue siendo ignorada.

En los cincuenta, el presidente Eisenhower y el secretario de Estado John Foster Dulles explicaron con bastante claridad el dilema en el que se encontraba Estados Unidos. Se quejaban de que los comunistas gozaban de una injusta ventaja, porque podían “dirigirse directamente a las masas” y “conseguir el control de los movimientos de masas, algo que nosotros no somos capaces de imitar. Apelan a la gente pobre, y la gente pobre siempre ha querido robar a los ricos”.

Esa es la causa de todos los problemas. En cierto modo, EEUU tiene dificultades para hacer llegar a los pobres su doctrina que dice que los ricos deben robar a los pobres.

El ejemplo cubano Un ejemplo ilustrativo de la pauta general ha sido Cuba, cuando en 1959 consiguió por fin independizarse. En cuestión de meses comenzaron los ataques militares a la isla. Y muy pronto, la administración Einsenhower decidió –secretamente– derrocar al gobierno cubano. Después, John F. Kennedy, quien tenía la intención de dedicar más atención a América latina, llegó a la presidencia de Estados Unidos; así, cuando asumió su cargo, creó un grupo de estudio encabezado por el historiador Arthur Schlesinger. La misión del grupo era proyectar políticas latinoamericanas. Schlesinger se ocupaba de resumir las conclusiones para el nuevo presidente.

Como él mismo lo explicó, la amenaza de una Cuba independiente consistía en “la idea que Castro tenía de que cada uno se hiciera cargo de las cosas con sus propias manos”. Era una idea que por desgracia estaba dirigida a toda la población de América latina, donde “la distribución de la tierra y otros aspectos de la riqueza de cada país favorecía sobre todo a las clases propietarias, mientras que los pobres y desfavorecidos, estimulados por el ejemplo de la revolución cubana, están ahora exigiendo la posibilidad de una vida decente”. Otra vez el acostumbrado dilema de Washington.

Tal como exponía la CIA, “la gran influencia del ‘castrismo’ no tiene nada que ver con el gobierno cubano… la sombra de Castro domina debido a que las condiciones sociales y económicas en toda la América latina propician la oposición a la autoridad de la clase dirigente y animan la agitación en pro de un cambio radical”; Cuba solo aporta un modelo. Kennedy temía que la ayuda rusa podía convertir a Cuba en un “escaparate” de un modelo de desarrollo que diera a los soviéticos la posibilidad de ejercer su influencia en toda Latinoamérica.

El Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado advirtió de que “el principal peligro que vemos en Castro… es el impacto que la mera existencia de su régimen tiene sobre los movimientos izquierdistas en muchos de los países latinoamericanos… Sencillamente, el hecho es que Castro representa un exitoso desafío a Estados Unidos, la negación de la totalidad de nuestra política hemisférica de prácticamente el último siglo y medio”, es decir, desde la formulación de la Doctrina Monroe (1823), cuando EEUU hizo pública su intención de dominación continental.

En ese momento, el objetivo inmediato era la conquista de Cuba, pero eso todavía no se pudo conseguir debido al poder del oponente británico. Aun así, el gran estratega John Quincy Adams, padre intelectual de la Doctrina Monroe y del Destino Manifiesto, informó a sus colegas de que con el tiempo Cuba “caerá en nuestras manos” en razón de “las leyes de la gravitación política”, como cae la manzana del árbol. En suma, crecería el poder de Estados Unidos y declinaría el de los británicos.

En 1898, el pronóstico de Adams se convirtió en realidad. Estados Unidos –disfrazado de liberador– invadió Cuba. De hecho, se adelantó a la independencia de Cuba respecto de España y la convirtió, citando a los historiadores Ernest May y Philip Zelikow, en una “colonia virtual”. Cuba continuó en esta situación hasta enero de 1959, cuando consiguió su independencia. A partir de ese momento, la isla ha estado sujeta a la más importante de las guerras terroristas de EEUU –sobre todo durante la administración Kennedy– y al bloqueo económico. No por los rusos.

La excusa durante todo ese tiempo fue que estábamos defendiéndonos de la amenaza rusa; una explicación absurda que nunca fue cuestionada. La prueba más sencilla de lo absurdo de la excusa se produjo cuando desapareció cualquier amenaza imaginable por parte de los rusos. Encabezada por los liberales demócratas –incluso con Bill Clinton, que aventajó al derechista Bush en la elección de 1992–, la política estadounidense en relación con Cuba se endureció aún más. A la vista de lo que pasó, esos acontecimientos deberían haber afectado la validez del marco doctrinal en las discusiones sobre la política exterior estadounidense y los factores que la motivan. Sin embargo, una vez más, su repercusión fue mínima.

El virus del nacionalismo Tomando prestada la terminología de Henry Kissinger, el nacionalismo independiente es un “virus” que puede ser “contagioso”. Kissinger se refería al Chile de Salvador Allende. El virus era la idea de lo que podía ser el camino parlamentario hacia cierto tipo de socialismo democrático. El procedimiento para combatir esa amenaza consiste en la destrucción del virus y la vacunación de aquellos que podrían estar infectados, típicamente mediante la imposición de sistemas nacionales de seguridad basados en el asesinato. Esto se consiguió en Chile, pero lo importante es reconocer que el procedimiento es de aplicación global.

Ese era, por ejemplo, el razonamiento que estaba detrás de la decisión de oponerse al nacionalismo de Vietnam en los primeros años cincuenta y ayudar a Francia en su esfuerzo de reconquista de la antigua colonia. Se temía que el nacionalismo de un Vietnam independiente pudiera ser un virus que contagiara a todos los países vecinos de la región, incluyendo Indonesia, tan rica en recursos. Esta deriva podía incluso llevar a que Japón –en la dinámica que el estudioso de Asia John Dower llamó “efecto dominó”– se convirtiera en el centro industrial y comercial de un nuevo orden independiente del tipo “Japón imperial” que este país tan recientemente intentó establecer. Esto, a su vez, hubiera significado que EEUU habría perdido la guerra del Pacífico, una alternativa fuera de toda consideración en 1950. El remedio era claro, y en buena parte funcionó. Vietnam fue prácticamente destruido y rodeado de dictaduras militares que contienen cualquier contagio.

Retrospectivamente, McGeorge Bundy, asesor sobre seguridad nacional de Kennedy y Johnson reflexionaba acerca de que Washington debería haber terminado la Guerra de Vietnam en 1965, cuando en Indonesia se instaló la dictadura de Suharto, con enormes matanzas que la CIA comparó con las realizadas por orden de Hitler, Stalin o Mao. Estas matanzas, sin embargo, fueron recibidas con incontenible entusiasmo por EEUU y Occidente, sobre todo porque el “espantoso baño de sangre”, que fue como la prensa lo describió alegremente, acabó con cualquier amenaza de contagio y abrió la puerta de la explotación occidental de los ricos recursos de Indonesia. Después de eso, la guerra de destrucción en Vietnam ya no era necesaria, reconocía Bundy.

Lo mismo fue verdad también en América latina en los mismos años: un virus tras otro fue atacado ferozmente, destruyéndolo o debilitándolo hasta el punto de la mera supervivencia. Desde los primeros años sesenta, América del Sur –con un largo historial de violencia– fue acosado por la represión con una saña nunca vista. En los ochenta, con Ronald Reagan, la represión se extendió a Centroamérica; este es un tema que no necesita ser recordado.

Mucho de lo mismo sucedió el Oriente Medio. La relación especial entre Estados Unidos e Israel se estableció en la forma que hoy conocemos en 1967, cuando Israel desencadenó un golpe demoledor contra Egipto, el centro del nacionalismo secular árabe. Mediante esta operación, se protegió a Arabia Saudita –aliado de EEUU– a la sazón enzarzada en un conflicto bélico con Egipto en territorio de Yemen. Desde luego, Arabia Saudita es el estado más extremo en su radical fundamentalismo islámico, pero también un estado misionero que gasta enormes sumas de dinero para expandir su doctrina wahabita-salafista más allá de sus fronteras. Vale la pena recordar que Estados Unidos, al igual que antes Inglaterra, ha tendido a apoyar al fundamentalismo islámico radical en oposición al nacionalismo laico cuyas posiciones, por lo general, han sido percibidas como más cercanas a una amenaza de independencia y contagio.

El valor del secretismo Hay aún mucho más, pero la historia demuestra muy claramente que la doctrina estándar tiene escaso mérito. La seguridad, en su significado normal, no es un factor determinante en la formulación de las políticas.

Insistimos, en su significado normal . Pero si evaluamos la doctrina estándar, la pregunta que surge es: ¿qué significa en realidad “seguridad”; seguridad para quién?

Una respuesta es: seguridad para el poder estatal. Hay muchos ejemplos ilustrativos. He aquí uno actual: en mayo pasado, Estados Unidos acordó apoyar una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para que la Corte Internacional Penal investigara los crímenes de guerra perpetrados en Siria, pero con una condición: no se harían preguntas sobre posibles crímenes de guerra cometidos por Israel. Ni por Washington, aunque en realidad era innecesario agregar esta última condición. EEUU está excepcionalmente autoinmunizado en el sistema legal internacional. De hecho, hay incluso una ley del Congreso que autoriza al presidente al uso de la fuerza armada para “rescatar” a cualquier estadounidense que sea llevado a proceso en La Haya: la “Ley de Invasión de los Países Bajos”, como es llamada algunas veces en Europa. Este ejemplo, una vez más, muestra la importancia que tiene la protección de la seguridad del poder del Estado.

Pero, ¿protegerlo de quién? De hecho, la principal preocupación del gobierno es la seguridad del poder estatal en relación con la población. Como deben haber advertido aquellos que dedican mucho tiempo a hurgar en archivos, raramente el secretismo del gobierno está motivado por una necesidad genuina de seguridad; no hay la menor duda que el secretismo del estado sirve para mantener a la población en la oscuridad. Y por buenas razones, que fueron explicadas con lucidez por el eminente estudioso y asesor gubernamental Samuel Huntington, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Harvard. Según él “Los arquitectos del poder de Estados Unidos deben crear una fuerza que pueda ser sentida pero no vista. El poder es fuerte en la medida que permanezca en la oscuridad; expuesto a la luz, comienza a evaporarse”.

Huntington también escribió esto en 1981, cuando la Guerra Fría estaba calentándose otra vez; explicó que “tú tienes que vender [una intervención militar u otra operación] de modo de hacer creer que estás combatiendo a la Unión Soviética. Esto es lo que EEUU ha venido haciendo desde que se formuló la doctrina Truman”.

Estas verdades tan sencillas son raramente reconocidas, pero ayudan a comprender los intríngulis del poder y la política del Estado, con todas las reverberaciones que esta comprensión pueda tener en lo que pasa en la actualidad.

El poder estatal debe estar protegido del enemigo doméstico; en agudo contraste; la población no está protegida del poder estatal. Un asombroso ejemplo que ilustra esto es el ataque radical de la administración contra la Constitución con su programa de vigilancia total. Naturalmente, su justificación es la “seguridad nacional”. Esto es pura rutina para prácticamente todos los actos de gobierno lo son, y esto implica escasa información.

Cuando el programa de vigilancia de la NSA fue expuesto a la luz por las revelaciones de Edward Snowden, los altos funcionarios reivindicaron que gracias a esa vigilancia se habían podido evitar 54 acciones terroristas. Cuando se investigó, resultaron ser apenas una docena. Una comisión de investigación de alto nivel del gobierno terminó descubriendo que en realidad solo se había evitado uno: alguien había girado 8.500 dólares a Somalia. Ese fue en resultado total del enorme ataque a la Constitución y, por supuesto, otros en el mundo.

La actitud británica es interesante: en 2007, el gobierno de Londres acudió a la gigantesca agencia de espionaje de Washington para que “analizara y guardara los datos de números de teléfono móvil, fax, correos electrónicos y direcciones IP de todos los ciudadanos británicos”, informó The Guardian . Este es un indicio útil sobre la relativa significación –para los ojos del gobierno– de la privacidad de sus propios ciudadanos y de las exigencias de Washington.

Otra preocupación es la seguridad del poder privado. Un ejemplo actual son los grandes acuerdos comerciales que se negocian en estos momentos: los pactos Transpacíficos y Transatlánticos. Estas negociaciones son secretas, pero no completamente secretas. No lo son para los cientos de abogados de las corporaciones que están diseñando el detalle de las cláusulas. No es difícil imaginar cuáles serán los resultados; las pocas filtraciones conocidas sugieren que las expectativas son acertadas. Al igual que el NAFTA y otros pactos por el estilo, no se trata de acuerdos de libre comercio. De hecho, ni siquiera son acuerdos comerciales, sino fundamentalmente acuerdos sobre derechos de los inversores.

Una vez más, el secretismo es de vital importancia para proteger al electorado nacional del gobierno involucrado: el sector corporativo.

¿El último siglo de la civilización? Hay más ejemplos –demasiados– que se pueden mencionar, hechos que, en una sociedad libre, deberían enseñarse en la escuela primaria.

En otras palabras, hay muchas pruebas que demuestran que la protección el poder estatal de sus propios ciudadanos y la protección del poder económico concentrado son las fuerzas que impulsan la formulación de la política. Por supuesto, la cosa no es tan sencilla. Hay casos interesantes, algunos bastante actuales en los que esos compromisos entran en conflicto. Pero consideremos esta idea como una buena primera aproximación, una idea radicalmente opuesta a la doctrina estándar explícita.

Veamos otra cuestión: ¿qué se puede decir de la seguridad de la población? Es fácil demostrar que este asunto es una preocupación marginal de los planificadores políticos. Tomemos dos ejemplos prominentes y muy actuales: el calentamiento global y el arsenal nuclear. No hay duda de que cualquier persona instruida es consciente de que estas dos cuestiones son una grave amenaza para la seguridad del pueblo. Si regresamos a la política estatal, vemos que el compromiso es hacer crecer cada día más ambas amenazas y que las preocupaciones prioritarias del poder, tanto en su vertiente estatal como en la de la economía privada y concentrada, son en gran parte las que determinan la política estatal.

Consideremos el calentamiento del planeta. Hoy día, en Estados Unidos, reina la euforia alrededor de los “100 años de independencia energética” según nos convertimos en “la Arabia Saudita de la próxima centuria”, tal vez la última de la civilización si persisten las actuales políticas.

La cuestión del cambio climático ilustra muy claramente la naturaleza de la preocupación por la seguridad que, ciertamente, no es la de la población. También ilustra sobre la inmoralidad del cálculo del capitalismo estatal anglo-estadounidense de estos días. La suerte de nuestros nietos no cuenta en absoluto en comparación con el imperativo del mayor beneficio económico inmediato.

Estas conclusiones se fortalecen cuando miramos de cerca la propaganda del sistema. En Estados Unidos, está hoy en curso una enorme campaña de relaciones públicas organizada bastante abiertamente por las más grandes empresas del sector de la energía y el mundo de los negocios para tratar de convencer al público de que el calentamiento global es, o bien irreal o bien no tiene que ver con la actividad humana. Y esta campaña está teniendo cierto impacto. Estados Unidos está entre los países menos alarmados del mundo en relación con el cambio climático, y las cifras muestran una clara estratificación: los adherentes del Partido Republicano, el más implicado directamente con los intereses del dinero y el poder corporativo, son los que están más lejos –por debajo– de la media mundial.

En el último número de la principal publicación de los medios críticos, la revista Columbia Journalism Review , salió un interesante artículo sobre este tema, que atribuye esta campaña al criterio informativo de “imparcialidad y equilibrio”. Según este criterio, si un medio publica una nota que refleja las conclusiones del 97 por ciento de los científicos, también debe publicarse una nota que exprese los puntos de vista de las corporaciones que están en el negocio de la energía.

Por supuesto, esto es lo que ocurre pero no se trata de una cuestión de “imparcialidad y equilibrio”. Así, si un diario publica una nota de opinión que denuncia al presidente Vladimir Putin por la acción criminal de la apropiación de Crimea no por eso tiene la obligación de publicar una nota que señale que, aunque la acción es ciertamente condenable, Rusia estaba habilitada para ello porque más de un siglo antes Estados Unidos se había hecho con una porción importante del sureste de Cuba, incluyendo el puerto más importante del país, y rechazado el reclamo de restitución que este país viene haciendo desde su independencia. Y lo mismo para muchos otros casos similares. El criterio de “imparcialidad y equilibrio” solo funciona cuando están implicados los intereses del poder económico concentrado, pero no en otras situaciones.

En el tema del arsenal nuclear, la historia es igualmente interesante… y aterradora. Revela muy claramente que, desde el principio, la seguridad de la población no era tenida en cuenta, y continúa siendo así. No podemos ocuparnos ahora de esta estremecedora cuestión, pero hay pocas dudas de lo que está detrás de las lamentaciones del general Lee Butler, el último jefe del Comando Aéreo Estratégico, dotado de armas nucleares. Según sus propias palabras, hasta ahora hemos sobrevivido a la era nuclear por “una combinación de habilidad, suerte y divina providencia; yo sospecho que gracias a la última, en su mayor parte”. A falta de otra cosa, podemos contar con la continuidad de la ayuda divina en la medida que los responsables de la formulación política juegan a la ruleta con el destino de todas las especies vivas en la prosecución de sus objetivos políticos.

Seguramente somos conscientes de que actualmente nos enfrentamos con las decisiones más aciagas de la historia humana. Hay muchos problemas que merecen nuestra atención, pero dos de ellos son de significación abrumadora: la destrucción del medio ambiente y la guerra nuclear. Por primera vez en la historia, estamos frente a la contingencia de destruir las bases materiales de una existencia decente, y no precisamente en un futuro lejano. Solo por esta razón, es imperativo barrer lejos las nubes ideológicas y enfrentar con honestidad y realismo la cuestión de cómo se llega a las decisiones políticas y qué podemos hacer nosotros para modificarlas antes de que sea demasiado tarde.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Francia se desquita de Estados Unidos y podría acelerar el derrumbe del dólar

Lun, 07/07/2014 - 09:07

Por castigar al banco francés BNP Paribas con una multa de 9.000 millones de dólares, Estados Unidos podría tener la consecuencia no deseada de que Francia abandone el dólar en sus transacciones comerciales y se deshaga de sus reservas de divisas en dólares estadounidenses. De acuerdo a las declaraciones del jefe del banco central francés, Christian Noyer, "la moneda de Estados Unidos ha pasado a ser muy arriesgada para todo tipo de transacciones que se hagan en el mundo". Las elevadas sanciones a BNP Paribas ha instalado un claro precedente de la política que pretende establecer Estados Unidos con el resto del mundo. Para Noyer, vendrán nuevos castigos en el futuro, esto hace necesario diversificar las monedas en el comercio internacional. "El comercio entre Europa y China no deberá utilizar el dólar y será conveniente emplear directamente euros o yuanes". La justicia de Estados Unidos castigó a BNP Paribas por hacer transacciones comerciales con Irán, Cuba y Sudán, países proscritos por el gobierno estadounidense.

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Israel, Palestina y la estrategia de BDS

Dom, 06/07/2014 - 17:52
Noam Chomsky, Sin Permiso

El sufrimiento ocasionado por las acciones de Israel en los Territorios Ocupados ha causado seria preocupación al menos entre algunos israelíes. Uno de los más francos ha sido, durante muchos años, Gideon Levy, columnista de Haaretz, que escribe que “habría que condenar y castigar a Israel por hacer la vida insoportable bajo la ocupación, [y] por el hecho de que un país que afirma figurar entre las naciones más ilustradas sigue abusando de todo un pueblo, noche y día”.

Sin duda tiene razón, y habría que añadir algo más: habría también que condenar y castigar a los Estados Unidos por proporcionar decisivo apoyo militar, económico, diplomático e ideológico a estos crímenes. En la medida en que siga haciéndolo, hay pocas razones para esperar que Israel suavice sus brutales medidas políticas.

Un distinguido especialista académico israelí, Zeev Sternhell, escribe, al analizar la marea nacionalista reaccionaria de su país, que “la ocupación continuará, se confiscará la tierra a sus propietarios para ampliar los asentamientos, se limpiará de árabes el Valle del Jordán, la Jerusalén árabe quedará estrangulada por los barrios judíos, y cualquier acto de robo e insensatez que sea útil para la expansión judía en la ciudad será bien recibido por la Corte Suprema de Justicia. Está abierto el camino a Sudáfrica y no quedará bloqueado hasta que el mundo occidental le plantee a Israel una elección inequívoca: o se pone fin a la anexión y se desmantelan los asentamientos y el estado de los colonos o se convertirá en un paria”.

Una cuestión crucial estriba en saber si los Estados Unidos dejarán de socavar el consenso internacional, que está a favor de un acuerdo de dos estados siguiendo la frontera internacionalmente reconocida (la Línea Verde, establecida en los acuerdos de alto el fuego de 1949), dando garantías a la “soberanía, integridad territorial e independencia política de todos los estados de la zona y a su derecho a vivir en paz dentro de fronteras seguras y reconocidas”. Así está redactada la resolución sometida al Consejo de Seguridad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en enero de 1976 por Egipto, Siria y Jordán, apoyada por los estados árabes…y vetada por los EE. UU.

No era ésta la primera vez que Washington bloqueaba un acuerdo diplomático pacífico. El mérito es de Henry Kissinger, que apoyó la decisión de Israel de 1971 de rechazar el acuerdo ofrecido por el presidente egipcio Anuar El Sadat, eligiendo así la expansión por encima de la seguridad, rumbo que desde entonces ha seguido Israel con apoyo norteamericano. En ocasiones, la postura de Washington se vuelve casi cómica, como en febrero de 2011, cuando la administración Obama vetó una resolución de las Naciones Unidas que apoyaba la política oficial norteamericana: oposición a la expansión de los asentamientos de Israel, que continúa (también con apoyo norteamericano), pese a algunos murmullos de desaprobación. La expansión del ingente programa de asentamientos e infraestructura (que incluye el muro de separación) no es la cuestión, sino antes bien su misma existencia: todo ello resulta ilegal, tal como ha determinado el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el Tribunal Penal Internacional, y como reconoce prácticamente el mundo entero, aparte de Israel y los Estados Unidos desde la presidencia de Ronald Reagan, que rebajó de categoría lo “ilegal” para convertirlo en “obstáculo para la paz”.

Una forma de castigar a Israel por sus atroces crímenes fue la que inició el grupo israelí por la paz Gush Shalom en 1997: el boicot de los productos de los asentamientos. Esas iniciativas se han extendido considerablemente desde entonces. En junio, la Iglesia Presbiteriana decidió desvincularse de tres multinacionales con sede en los EE.UU implicadas en la ocupación. El éxito de mayor alcance es la directiva de política de la Unión Europea que prohíbe financiar, cooperar, premiar investigaciones o cualquier relación similar con toda entidad israelí que mantenga “lazos directos o indirectos” con los territorios ocupados, donde todos los asentamientos son ilegales, como reitera la declaración de la UE. Gran Bretaña ya había dado instrucciones al comercio al por menor para “distinguir entre bienes que proceden de productores palestinos y bienes que tienen su origen en asentamientos ilegales israelíes”.

Hace cuatro años, Human Rights Watch pidió a Israel que se ajustara a “sus obligaciones legales internacionales" de eliminar los asentamientos y poner término a sus “prácticas abiertamente discriminatorias” en los territorios ocupados. HRW pidió también a los EE. UU. que suspendieran la financiación de Israel “en una medida equivalente a los costes del gasto de Israel en apoyo de los asentamientos”, y verificasen que las exenciones fiscales que de las contribuciones a Israel “sean congruentes con las obligaciones norteamericanas de garantizar el respeto al Derecho internacional, incluyendo la prohibición de discriminar”.

Ha habido muchas otras grandes iniciativas de boicot y desinversión en las últimas décadas, ocasionalmente —pero no lo bastante —que tocaban el asunto crucial del apoyo norteamericano a los crímenes israelíes. Entretanto, se ha formado un movimiento por el BDS (que apela al “boicot, desinversión y sanciones”), y que cita a menudo el modelo de Sudáfrica; para ser más precisos, la abreviatura debería ser “BD”, puesto que las sanciones, o las sanciones por parte de los estados, no asoman por el horizonte, una de las muchas diferencias significativas con Sudáfrica.

El llamamiento inicial del movimiento de BDS por parte de un grupo de intelectuales palestinos en 2005 exigía que Israel cumpliera con los requisitos del Derecho internacional “(1) Poniendo fin a su ocupación y colonización de todas las tierras árabes ocupadas en junio de 1967 y desmantelando el Muro; (2) Reconociendo los derechos fundamentales de los ciudadanos fundamentales de los ciudadanos árabe-palestinos de Israel en su plena igualdad; y (3) Respetando, protegiendo y promoviendo los derechos de los refugiados a volver a sus hogares y propiedades, tal como estipula la Resolución 194 de las Naciones Unidas”.

Esta llamada recibió considerable atención, y bien merecidamente. Pero si nos preocupa el destino de las víctimas, el BD y otras tácticas han de meditarse y valorarse cuidadosamente en términos de sus probables consecuencias. La búsqueda de (1) en la lista antedicha tiene sentido: tiene un objetivo claro y la comprende fácilmente el público al que va destinado en Occidente, razón por la cual las muchas iniciativas guiadas por (1) han tenido bastante éxito—no sólo para “castigar” a Israel sino también para estimular otras formas de oposición a la ocupación y al apoyo norteamericano a la misma.

Sin embargo, no es éste el caso de (3). Si bien existe un apoyo casi universal a (1), prácticamente no hay apoyo significativo a (3) más allá del mismo movimiento de BDS. Tampoco dicta (3) el Derecho internacional. El texto de la Resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas es condicional y en cualquier caso se trata de una recomendación, sin la fuerza legal de las resoluciones del Consejo de Seguridad que Israel viola regularmente. La insistencia en (3) es una garantía virtual de fracaso.

La única esperanza tenue para conseguir (3) más allá de una cifra simbólica es que los cambios a largo plazo conduzcan a erosionar las fronteras imperiales impuestas por Francia y Gran Bretaña tras la I Guerra Mundial, que, al igual que fronteras semejantes, carecen de legitimidad. Esto podría llevar a una “solución sin Estado”—en mi opinión, la mejor, y en el mundo real no menos plausible que la “solución de un solo Estado” que se discute normalmente pero de forma errada como alternativa al consenso internacional.

La defensa de (2) resulta más ambigua. Hay “prohibición de la discriminación” en el Derecho internacional, como observa HRW. Pero perseguir (2) abre enseguida la puerta a la convencional reacción de “no tirar piedras sobre el propio tejado”: por ejemplo, si boicoteamos la Universidad de Tel Aviv porque Israel viola los derechos humanos en su país, entonces ¿por qué no boicotear Harvard a causa de violaciones mucho mayores perpetradas por los EE.UU.? Como es previsible, las iniciativas que se centran en (2) han supuesto un fracaso caso uniforme y lo seguirán siendo hasta que los esfuerzos educativos lleguen a un punto en que dejen abonado el terreno para que lo entienda la opinión pública, como sucedió en el caso de África del Sur.

Las iniciativas fallidas perjudican a las víctimas por partida doble: distraen la atención de sus apuros llevándola a cuestiones irrelevantes (el antisemitismo en Harvard, la libertad académica, etc.) y desperdiciando las oportunidades actuales de hacer algo significativo.

La preocupación por las víctimas nos dicta que al valorar las tácticas, deberíamos ser escrupulosos a la hora de reconocer qué es lo que ha tenido o ha fracasado y por qué. Y esto no ha sido siempre el caso (Michael Neumann discute uno de muchos ejemplos de este fracaso en el número de invierno 2014 de los Journal of Palestine Studies). La misma preocupación es la que dicta que debemos ser escrupulosos respecto a los hechos. Tomemos la analogía con Sudáfrica, constantemente citada en este contexto. Se trata de algo muy dudoso. Hay una razón por la que se utilizaron tácticas de BDS contra Sudáfrica, mientras que la actual campaña contra Israel queda restringida a BD: en el primer caso, el activismo había creado una oposición internacional tan abrumadora al apartheid que los estados y las Naciones Unidas habían impuesto sanciones desde decenios antes de los años 80, cuando se empezaron a utilizar ampliamente las tácticas de BD en los EE.UU. Para entonces, el Congreso ya estaba legislando sanciones y haciendo caso omiso de los vetos de Reagan en este asunto.

Ya años antes —hacia 1960— habían abandonado Sudáfrica los inversores globales, a tal punto que sus reservas habían menguado a la mitad: aunque se produjo cierta recuperación, las señales estaban ya claras. Por contraposición, la inversión norteamericana sigue fluyendo hacia Israel. Cuando Warren Buffett adquirió una empresa de fabricación de herramientas por 2.000 millones de dólares, describió a Israel como el país más prometedor para los inversores aparte de los mismos Estados Unidos.

Si bien hay, por fin, una oposición creciente dentro de los Estados Unidos a los crímenes israelíes, no puede compararse ni remotamente con el caso sudafricano. No se ha hecho el trabajo educativo necesario. Los portavoces del movimiento BDS pueden creer que han llegado a su “momento sudafricano”, pero eso está lejos de ser exacto. Y si queremos que la táctica sea eficaz, debe basarse en una valoración realista de las actuales circunstancias.

Buena parte de lo mismo resulta cierto de la invocación del apartheid. En el seno de Israel, la discriminación contra los no judíos es severa; las leyes sobre la tierra son sólo el ejemplo más extremo. Pero no se trata de apartheid al estilo sudafricano. En los territorios ocupados, la situación es bastante peor de lo que era en Sudáfrica, donde los nacionalistas blancos necesitaban a la población negra: eran la mano de obra del país y por grotescos que fueran los bantustanes, el gobierno nacionalista dedicaba recursos a mantenerlos y buscarles reconocimiento internacional. En contraste tajante, Israel quiere deshacerse de la carga palestina. El camino por delante no lleva a Sudáfrica, como por lo común se afirma, sino a algo mucho peor.

Adónde lleva este camino es algo que va apareciendo ante nuestros ojos. Tal como hace notar Sternhell, Israel seguirá con sus actuales políticas. Mantendrá un despiadado asedio a Gaza, separándola de Cisjordania, tal como han hecho los EE.UU. e Israel desde que adoptaron los Acuerdos de Oslo en 1993. Aunque Oslo declaraba que Palestina era “una sola entidad territorial”, en la jerga oficial israelí Cisjordania y Gaza se han convertido en “dos zonas separadas y distintas”. Como de costumbre, hay pretextos de seguridad, que se vienen rápidamente abajo en cuanto se analizan.

En Cisjordania, Israel seguirá quedándose con aquello que considere valioso —agua, tierra, recursos —dispersando a la limitada población palestina, a la vez que integra estas adquisiciones en el Gran Israel. En ello se incluye el “Jerusalén” enormemente extendido que Israel se anexionó violando los dictámenes del Consejo de Seguridad, todo lo que hay en el lado israelí del muro de separación ilegal, los pasillos al Este que crean cantones palestinos inviables, el Valle del Jordán, donde de modo sistemático se expulsa a los palestinos y se establecen asentamientos, y los enormes proyectos de infraestructuras que unen todas estas adquisiciones al Israel propiamente dicho.

El camino por delante no lleva a Sudáfrica, sino más bien a un aumento de la proporción de judíos en el Gran Israel que se está erigiendo. Esta es la alternativa realista a un acuerdo sobre dos estados. No hay razón para esperar que Israel acepte un Estado palestino que no quiere.

John Kerry fue agriamente condenado cuando repitió el lamento —corriente en Israel — de que a menos que los israelíes acepten algún tipo de solución de dos estados, su país se convertirá en un estado de apartheid, que gobernará un territorio con una mayoría palestina oprimida y enfrentado al pavoroso “problema demográfico”: demasiados no judíos en un Estado judío. La crítica adecuada es que esta creencia común es un espejismo. Mientras los EE. UU. sigan apoyando las políticas expansionistas de Israel, no hay razón para esperar que éstas se interrumpan. Hay que idear tácticas en consonancia con ello.

Sin embargo, hay una comparación con Sudáfrica que resulta realista…y significativa. En 1958, el ministro de Exteriores sudafricano informó al embajador norteamericano de que no importaba gran cosa que Sudáfrica se convirtiera en un estado paria. Las Naciones Unidas pueden condenar ásperamente a Sudáfrica, declaró, pero, tal como dijo el embajador, “lo que importaba acaso más que todos los demás votos en conjunto era el de los EE.UU., a la vista de su posición dominante de liderazgo en el mundo occidental”. Durante cuarenta años, desde que prefirió la expansión a la seguridad, Israel ha hecho en lo esencial la misma estimación.

Para Sudáfrica, el cálculo resultó tener bastante éxito durante largo tiempo. En 1970, emitiendo su primer veto de una resolución del Consejo de Seguridad, los EE. UU. se sumaron a Gran Bretaña para bloquear las acciones en contra del régimen racista de Rodesia del Sur, un paso que se repitió en 1973. Finalmente, Washington se convirtió en campeón por amplio margen del veto en las Naciones Unidas, primordialmente en defensa de los crímenes israelíes. Pero ya en la década de los años 80, la estrategia de Sudáfrica iba perdiendo eficacia. En 1987, hasta Israel —quizás el único país que violaba entonces el embargo de armas contra Sudáfrica— se avino a “reducir sus lazos para evitar poner en peligro las relaciones con el Congreso de los Estados Unidos”, según informó el director general del ministerio de Exteriores israelí. La preocupación se cifraba en que el Congreso pudiera castigar a Israel por su violación de la reciente legislación norteamericana. En privado, los funcionarios israelíes aseguraban a sus amigos sudafricanos que las nuevas sanciones serían “pura fachada”. Pocos años más tarde, los últimos sostenedores de Sudáfrica se sumaron al consenso mundial y el régimen del apartheid se vino abajo.

En Sudáfrica se llegó a un compromiso que resultó satisfactorio para las élites del país y los intereses de negocios norteamericanos: se puso fin al apartheid, pero siguió en vigor el régimen socioeconómico. En efecto, se verían algunas caras negras en limusina, pero los privilegios y los beneficios no se verían muy afectados. En Palestina, no hay un compromiso similar en perspectiva.

Otro factor decisivo en Sudáfrica fue Cuba. Tal como ha demostrado Piero Gleijeses en su magistral labor de investigación, el internacionalismo cubano, que no tiene hoy parangón real alguno, desempeñó un destacado papel en la conclusión del apartheid y en la liberación del África negra en general. Hay una razón suficiente para que Nelson Mandela visitara la Habana poco después de su salida de la cárcel y declarase: “Venimos aquí conscientes de la gran deuda que tenemos con el pueblo de Cuba. ¿Qué otro país puede señalar un historial de mayor abnegación que el que ha desplegado Cuba en sus relaciones con África?”

Llevaba mucha razón. Las fuerzas cubanas expulsaron a los agresores sudafricanos de Angola; fueron un factor clave para liberar Namibia de sus brutales garras y le dejaron muy claro al régimen del apartheid que su sueño de imponer su dominio sobre Sudáfrica y la región se estaba convirtiendo en una pesadilla. En palabras de Mandela, las fuerzas cubanas “destruyeron el mito de la invencibilidad del opresor blanco”, lo cual, según dijo, “constituyó el momento de inflexión para la liberación de nuestro continente —y de mi pueblo — del azote del apartheid”.

El “poder blando” cubano no fue menos eficaz, incluidos los 70.000 cooperantes altamente capacitados y las becas a miles de africanos para estudiar en Cuba. Un contraste radical con Washington, que no sólo fue el último en seguir protegiendo Sudáfrica sino que siguió después apoyando a las asesinas fuerzas terroristas de Jonas Savimbi, “un monstruo cuyo apetito de poder había ocasionado horripilantes sufrimientos a su pueblo”, en palabras de Marrack Goulding, embajador británico en Angola, un dictamen secundado por la CIA.

Los palestinos no pueden esperar un salvador semejante. Razón de más para que quienes están sinceramente dedicados a la causa palestina deban evitar fábulas y espejismos y meditar con cuidado la táctica que van a elegir y el rumbo qué seguir.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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