Jaque al neoliberalismo

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Una mirada no convencional al modelo económico, la globalización y las fallas del mercadoMarco Antonio Morenohttps://plus.google.com/109915989698098076984noreply@blogger.comBlogger5023125
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Emir Sader: Todos somos macacos

Mar, 29/04/2014 - 19:04
Emir Sader, AlaiNet

Después de la enésima vez que han tirado plátanos en contra de jugadores de futbol negros en Europa, Daniel Alvez ha resuelto comer el plátano y Neymar declaro: “Todos somos macacos” (Todos somos monos). Es el comienzo de la reacción, que los propios europeos parecen incapaces de hacer, en contra de la discriminación en los estadios de futbol, simple continuación de lo que pasa en la vida cotidiana en países que se consideran blancos y civilizados”.

Europa “civilizada” se ha enriquecido en base a la esclavitud y a su corolario: la discriminación y la reducción de los negros a “bárbaros”. Ellos llegaron a América con la cruz y la espada, a “civilizarnos”, esto es, a destruir a las poblaciones nativas y someterlas a la dominación colonial. Han sacado a millones de africanos de su mundo para traerlos como animales a trabajar como esclavos para explorar las riquezas de América y mandarlas a la Europa “civilizada”.

Todo el movimiento histórico de la “libertad, igualdad, fraternidad”, se ha desarrollado en función de la liberación de los siervos de las glebas de Europa, desconociendo la esclavitud que esa misma Europa practicaba. Nadie – salvo el solitario Hegel – tomó conocimiento de la Revolución Haitiana en contra de la dominación de la Francia “emancipada” por su revolución, pero opresora de la primera Revolución Negra de independencia en las Américas.

Siglos después, cuando Europa “civilizada” liquida su Estado de bienestar social y tira al abandono a millones de personas – ante todo a los inmigrantes, que fueron a trabajar en condiciones degradantes, cuando sus economías los necesitaban – el racismo demuestra toda su fuerza. Son los partidos de extrema derecha los que las fortalecen, al tiempo que el racismo aparece también en los campos de futbol, sin que genere gran indignación en la Europa “civilizada”.

Al mismo tiempo, se desarrollan campañas discriminatorias en contra de Brasil, proyectando un país de “culebras, tigres, monos” que van asediar el Campeonato Mundial de Futbol, además de ellos, un absurdo y estúpido informe del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania, caracteriza a Brasil como un “país de alto riesgo”, como sugiriendo que la gente no venga a Brasil. Si fuera así, ¿Por qué Alemania está instalando nuevas fábricas de BMW, de Mercedes, de la misma Volkswagen y de otras?

Esa campaña, llevada a cabo por las fuerzas conservadoras de los medios internacionales, se da porque Brasil incomoda al ideario de esas fuerzas. El Brasil de hoy no es mas el país de la dictadura militar, no es más el país del neoliberalismo. Mientras Europa, inmersa todavía en ese modelo, produce un desastre social de proporciones continentales, Brasil – y otros países de Latinoamérica – crecemos y disminuimos la desigualdad y la miseria, que crecen en Europa. Nosotros les incomodamos porque estamos en contra del Consenso de Washington, que ellos intentaron imponernos, causándonos grandes daños, que nosotros supimos superar, volviéndonos la región del mundo que se contrapone a los extravíos que Europa asume.

Vamos a recibirlos en Brasil con la más grande cordialidad en el Campeonato Mundial de Futbol. Comiendo y ofreciendo bananas, asumiendo que: “Todos somos macacos”.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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La izquierda en la era neoliberal

Mar, 29/04/2014 - 15:02
Emir Sader, Página 12

Los tiempos neoliberales no se han anunciado como buenos para la izquierda. Se han abierto con el fin de la Guerra Fría y la victoria del campo imperialista sobre el socialista, con la sustitución del modelo de bienestar social por el liberal de mercado. Como consecuencias, entre otras, el debilitamiento de la idea del socialismo, de las soluciones colectivas, de los partidos, del Estado, de los sindicatos, del mundo del trabajo.

Una derrota de dimensiones históricas para la izquierda, con el retorno de la hegemonía liberal, ahora con un proyecto global, tanto en el sentido económico, político, social e ideológico, como también en el sentido de ser globalizada, extendida a todas las regiones del mundo.

Las reacciones de la izquierda fueron diferenciadas. La socialdemocracia –empezando por la francesa y la española– encontró su forma de adhesión, contribuyendo decisivamente a la universalización del consenso neoliberal y a su extensión hacia América latina. Aquí, primero corrientes nacionalistas, como el PRI mexicano, después el peronismo con Carlos Menem, después la socialdemocracia, con Acción Democrática de Venezuela, el PS de Chile, el PSDB de Brasil, se han sumado a modalidades de neoliberalismo.

Los partidos comunistas sufrieron doblemente los cambios: el fin de la Unión Soviética –su referencia histórica fundamental– y la ruptura de la alianza con la socialdemocracia, por la nueva orientación política de ésta. El debilitamiento del movimiento sindical contribuyó además para reducirlos a una situación de aislamiento político.

La resistencia al neoliberalismo, en su auge en los años ’90, fue protagonizada sobre todo por movimientos sociales y por las fuerzas de izquierda que no habían adherido al neoliberalismo, cuya expresión más grande fue el Foro Social Mundial, en sus primeros años.

Cuando la crisis del neoliberalismo empezó a demostrar que su aliento era más corto de lo que se podría suponer, con las reiteradas crisis en los años 1990 –en el caso latinoamericano, la crisis mexicana de 1994, la brasileña de 1999, la argentina de 2001/02–, se planteó a la izquierda el desafío de la construcción de alternativas políticas, de gobierno, de disputa hegemónica con el neoliberalismo.

En ese momento, no toda la fuerza acumulada en la resistencia logró traducirse en fuerza política. Prácticamente sólo en América latina surgieron gobiernos que cuestionan el neoliberalismo y se plantean concretamente los desafíos de la construcción de proyectos posneoliberales. Son gobiernos que han sabido darse cuenta de que la línea divisoria esencial es el modelo neoliberal –la forma que asume la hegemonía capitalista en la fase histórica actual– y que la construcción de alternativas superadoras de ese modelo pasa por el énfasis en políticas sociales, en el rescate del rol del Estado y en los procesos de integración regional.

En la misma América latina, otros países, entre los cuales el caso de México es el más significativo, aun con la crisis del neoliberalismo y la crisis del capitalismo en el centro del sistema, la izquierda no encontró la fuerza política para ganar el gobierno. En un escenario de agotamiento evidente del modelo neoliberal, de crisis del capitalismo profunda y prolongada, la izquierda no tiene desempeño que la ponga a la altura de los desafíos actuales.

Difícil entender que, en medio de una crisis como esa, la izquierda europea se debilite y se fortalezca la extrema derecha. Es una paradoja, un enigma que la izquierda no logre avanzar en el marco del debilitamiento de la hegemonía imperial norteamericana en el mundo y del desgaste del modelo neoliberal y del mismo capitalismo.

También por ello hay que valorar más todavía a los gobiernos latinoamericanos que, aun recibiendo una herencia pesada y en medio de un capitalismo mundial en recesión profunda y prolongada, logran avanzar en la construcción de alternativas. Hay que aprender de sus experiencias, de sus avances y de sus errores, de sus conquistas y de sus contradicciones, para que la izquierda, en la era neoliberal, se valga de las condiciones históricas actuales y sepa construir alternativas concretas al neoliberalismo.

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Ucrania, de la crisis a la catástrofe

Lun, 28/04/2014 - 12:00

Patrick Cockurn, CounterPunch

"En el exiguo momento que nos queda entre la crisis y la catástrofe, bien podemos beber una copa de champán ", dijo Paul Claudel, el poeta francés, dramaturgo y embajador en Estados Unidos a principios de 1930. Él estaba restando importancia a la esperanza de evitar un desastre financiero, pero sus palabras se sentían como buenas, si bien desesperadas, pueden ser aconsejadas para Ucrania en los últimos días, cuando se acercaba su "momento de champagne".

Catástrofe en forma de guerra civil, invasión rusa y partición, de hecho, no son inevitables, pero están a la vuelta de la esquina. El acuerdo alcanzado entre Rusia, EE.UU., la Unión Europea y Ucrania el jueves, en el que los manifestantes en el este de Ucrania podrían desalojar los edificios públicos que habían ocupado y entregar sus armas a cambio de una mayor autonomía de los distritos pro-rusos, sólo ha frenado el impulso hacia los conflictos civiles. Los manifestantes insisten en que ellos tienen tanta legitimidad como lo que ellos llaman "la junta Kiev" desde que llegó al poder a través de las manifestaciones callejeras que derrocaron a un gobierno elegido, pero corrupto e incompetente.

Los medios de comunicación occidentales se han centrado obsesivamente en qué medida los milicianos pro-rusos en el este de Ucrania obedecen las órdenes del Kremlin, pero esa atención oscurece una característica más significativa del panorama político ucraniano. Cada elección en Ucrania desde la caída de la Unión Soviética en 1991, ha puesto de manifiesto que el país se divide casi por igual entre la pro-rusos y la pro-occidentales, con cada lado capaz de ganar las reñidas elecciones. Pretender que la rebelión en el este de Ucrania es falsa y orquestada por Rusia es un autoengaño peligroso.

Aunque Ucrania es diferente de Irak y Afganistán, hay algunas similitudes siniestras en la implicación occidental en los tres países. La más importante común de estas características es que cada país está profundamente dividido y pretender lo contrario es una invitación al desastre. En 2001, la mayoría de los afganos se alegraron de ver el retorno de los talibanes, pero los talibanes y la comunidad pastún - alrededor del 42 por ciento de la población afgana - en la que los talibanes tienen sus raíces no podía ser ignorados o marginados con éxito. La creación de un gobierno dominado por los viejos líderes anti-talibanes de la Alianza del Norte desestabiliza en forma automática el país.

Algo similar ocurrió en Irak. Bajo Saddam Hussein y sus predecesores, la comunidad suní, alrededor del 20 por ciento de los iraquíes, mantuvo cruciales niveles de poder a expensas de los árabes chiíes y kurdos, cuatro quintas partes de la población. La caída de Saddam significó que una revolución étnica y sectaria era inevitable, pero la creencia de EE.UU. y Gran Bretaña que las únicas personas enojadas y desposeídas en Irak en 2003 fueron criminalizados como restos del antiguo régimen, subestimando totalmente el peligro de una revuelta suní.

Tony Blair afirmó recientemente que todo habría ido bien en el Iraq ocupado, si no hubiera habido interferencia maliciosa de forasteros como Irán y Siria. Pero los estados soberanos no existen en forma aislada. Ocuparlos - como ocurrió en Kabul y Bagdad - o volverlos en la influencia predominante, como los EE.UU. y la UE han estado haciendo en Kiev, transforma la geografía política de toda una región. Era absurdamente ingenuo para los funcionarios estadounidenses imaginar que Pakistán, o más precisamente, el ejército de Pakistán, aceptaría filosóficamente ver colapsado su esfuerzo de décadas para controlar Afganistán después de 2001. Asimismo, en Irak, funcionarios de la administración Bush, encendidos por la victoria sobre Saddam, pensaron alegremente pregonar su intención de que el cambio de régimen en Irak sería seguido por los de Teherán y Damasco. Como era de esperar, los iraníes y los sirios estaban consecuentemente decididos a asegurarse de los EE.UU. nunca sea capaz de estabilizar su control en Irak.

Llevar a Ucrania en su conjunto de ser pro-ruso a pasar a convertirse en anti-ruso es una derrota estratégica devastadora para Rusia que nunca iba a aceptar sin reaccionar. Una Ucrania hostil reduciría de forma permanente el estado de Rusia como gran potencia y empujaría hacia atrás su influencia hacia el lejano este de Europa. Por supuesto, si Ucrania importa tanto a Rusia no era prudente que sus dirigentes confíen en el presidente Viktor Yanukovich y su banda de estafadores cuyo poder se evaporaría tan rápidamente. Pero también fue autoengaño e irresponsable de los funcionarios de la UE y de Estados Unidos, ya sea por no ver o no prestar atención acerca de las consecuencias explosivas de respaldar la toma de posesión de un gobierno pro-occidental no elegido en Kiev, que terminó por impulsar al poder grupos que incluyen ultranacionalistas extremos, y luego aceptarlo como absolutamente legítimo.

Pero no son solo los diplomáticos y políticos occidentales que cometen errores. La prensa extranjera ha presentado una visión demasiado simplista de lo que está sucediendo en Ucrania tanto como lo hizo en Afganistán, Irak, Libia y Siria. El antiguo régimen en todos los casos fue demonizado y sus oponentes glorificados, de manera que la imagen de los acontecimientos que se presentan al público parezca a menudo cerca de la fantasía.

Lo mismo está sucediendo en Ucrania. Los medios de comunicación a menudo hacen foco sobre todo en la credibilidad o la falta de ella sobre los separatistas en el este de Ucrania, y muy poco en el nuevo gobierno en Kiev. De hecho, lo que más llama la atención en ambos lados es su ineficacia casi cómica: Hace tres meses, Yanukovich actuó como si tuviera la fuerza política y militar para demoler a la oposición sólo para verse obligado luego a huir casi solo a través de la frontera con Rusia. La semana pasada Kiev estaba enviando tropas para aplastar con confianza "terroristas" y restablecer su autoridad en el este sólo para ver más tarde a sus tropas renunciar mansamente sus vehículos y desertar. Cuando las fuerzas de seguridad del gobierno hicieron matar a los manifestantes en Mariupol resultó que pertenecían a unidades de la Guardia Nacional recién formadas y reclutadas de entre manifestantes ultranacionalistas.

A consecuencia de esta organizada falta de apoyo, sin embargo profunda y real por las divisiones populares, es por lo que los vacíos de poder se llenan luego por las tenebrosas milicias. Esto es en gran medida el patrón de las últimas guerras en el Medio Oriente. Por ejemplo, en Afganistán lo que llama la atención no es la fuerza de los talibanes, sino la debilidad y la impopularidad del gobierno. En Irak el gobierno tiene 900.000 fuertes fuerzas de seguridad e ingresos del petróleo por $ 100 mil millones de dólares (60 mil millones de euros) al año, pero en los últimos tres meses, el Estado Islámico de Irak y Levante, una organización criticada por al-Qaeda por su excesiva violencia, ha gobernado Fallujah, a 40 millas al oeste de Bagdad.

La catástrofe en Ucrania aún se puede evitar mediante el compromiso y la moderación, pero lo mismo fue para Afganistán, Irak y Siria. Una razón por la cual estos países se han visto desgarrando por guerras era una falsa creencia por parte de las potencias extranjeras que creían que podían ganar victorias baratas, y por una falta de apreciación en la elección de socio a nivel local que resultó ser una facción egoísta con muchos enemigos. En Siria, por ejemplo, los EE.UU. y sus aliados han estado afirmando desde hace tres años que los verdaderos representantes del pueblo sirio están desacreditados pero están bien financiados en sus exiliados que no se atreven a visitar por el gobierno o en las zonas controladas por los rebeldes.

Lo que hace a Ucrania tan peligroso es que todas las partes exageran su apoyo, subestiman la de sus oponentes, y luego sobreactúan su letra. Mediante la aceptación de un gobierno legítimo en Kiev instalado por la acción directa, los EE.UU. y la UE desestabilizaron irresponsablemente una extensión de Europa, algo que debería haber sido obvio en ese momento. Para citar a Paul Claudel nuevamente: "Es una suerte que los diplomáticos tienen narices largas, ya que por lo general no pueden ver más allá de ella".

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Los bonos de deuda pública: el nuevo casino del euro

Dom, 27/04/2014 - 22:32

El descenso de los rendimientos de los bonos emitidos por los gobiernos de Grecia, España, Portugal, Irlanda e Italia, ha sido aclamado como prueba de que la crisis ha terminado y que los inversores deben dar fe a la fortaleza de la recuperación de la zona euro. Sin embargo, lo que ha estado en juego en la valoración de la deuda soberana de estos países es simplemente la especulación del mercado, alentada por las bajas tasas de interés y las políticas de liquidez del Banco Central Europeo. Con sus declaraciones, el BCE ha desempeñado un peligroso juego de demagogia para beneficio de los especuladores. Esto confirma que tras seis años del mayor desplome de la economía occidental, no se ha aprendido nada de la crisis. El estallido y el derrumbe de la burbuja inmobiliaria y crediticia se ha saldado con la creación de otra burbuja: la de los bonos de deuda pública.

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La crisis de Ucrania y el regreso de la Guerra fría

Sáb, 26/04/2014 - 15:27
Robert Skidelsky, Project Syndicate

Hace algunos días, el presidente ruso Vladímir Putin anunció que la megaempresa Gazprom comenzaría a cobrar sus ventas de gas a Ucrania con un mes de adelanto. En respuesta, el periódico británico The Observer publicó una llamativa caricatura en la que Putin aparece sentado en un trono erizado de dagas mientras corta el gasoducto a Ucrania al tiempo que dice: “Se viene el invierno”. El fondo es de un rojo intenso, y en el pecho de Putin hay una hoz y un martillo. Parece que al menos para algunos, estamos de vuelta en la Guerra Fría.

Pero antes de vernos arrastrados a una segunda Guerra Fría, sería bueno que nos acordemos de por qué tuvimos la primera. El fin del comunismo eliminó uno de los motivos importantes que había en aquel momento: el avance expansionista de la Unión Soviética y la determinación de las democracias occidentales de resistirlo. Pero otros motivos siguen estando.

El diplomático estadounidense George F. Kennan los enumeró del siguiente modo: por el lado de Rusia, inseguridad neurótica y secretismo oriental; por el lado occidental, legalismo y moralismo. Hasta el día de hoy, sigue sin hallarse un término medio donde prime el cálculo sosegado de los intereses, las posibilidades y los riesgos.

Se considera que Kennan sentó las bases intelectuales de la Guerra Fría (al menos en Occidente) en el “largo telegrama” que envió desde Moscú en febrero de 1946, que luego siguió con el famoso artículo publicado en Foreign Affairs en julio de 1947, firmado con el seudónimo “X”. Kennan sostuvo que una paz duradera entre el Occidente capitalista y la Rusia comunista era imposible, debido a la combinación de la tradicional inseguridad rusa con la necesidad de Stalin de contar con un enemigo exterior y el mesianismo comunista.

Según Kennan, Rusia intentaría derribar el capitalismo no mediante un ataque militar, sino apelando a una mezcla de hostigamiento y subversión. La respuesta adecuada, en palabras de Kennan, era la “contención” de la agresión soviética por medio de la “aplicación atenta y habilidosa de una contrafuerza”.

Durante el gobierno del presidente Harry Truman, los funcionarios estadounidenses interpretaron que las ideas de Kennan demandaban acumular poderío militar contra la posibilidad de que los comunistas invadieran Europa occidental. Así nació la Doctrina Truman, que derivó luego en la lógica de la confrontación militar, la OTAN y la carrera armamentista.

El rumbo que tomaron los acontecimientos consternó a Kennan, quien afirmaba que la contención tenía que ser económica y política, no militar; fue uno de los principales arquitectos del Plan Marshall después de la Segunda Guerra Mundial y se opuso a la creación de la OTAN.

Tras la muerte de Stalin, Kennan esperaba que se entablaran negociaciones fructíferas con el sistema soviético “ablandado” que conducía Nikita Khrushchev. Se lamentó por el uso que se había hecho de la terminología ambigua contenida en el “largo telegrama” y el artículo de “X”, y deploró ver a las democracias basar toda su política exterior en un “nivel primitivo de eslóganes y patrioterismo ideológico”.

En retrospectiva, uno se pregunta si lo que evitó que Europa occidental abrazara el comunismo fue la OTAN o el apoyo político y económico de Estados Unidos. En cualquier caso, ambos lados se convencieron de que el otro era una amenaza existencial y acumularon arsenales colosales para garantizarse seguridad. De modo que hasta el derrumbe de la Unión Soviética, lo que hubo fue una trayectoria tachonada de breves períodos de “distensión” seguidos por más acumulación de armas. En todo esto se respiraba cierta demencia, y hasta nos queda la inquietante sospecha de que la OTAN le prolongó la vida a la Unión Soviética al servirle en bandeja un enemigo en sustitución de la Alemania nazi.

Es necesario tener en cuenta estos antecedentes para comprender la postura actual de Rusia respecto de Ucrania. Tras resultar “vencedor” de la Guerra Fría, Occidente cometió el gran error de negar a Rusia toda forma de hegemonía regional, incluso en países como Ucrania y Georgia que en algún momento de la historia formaron parte del Estado ruso.

En vez de eso, bajo la bandera de la democracia y los derechos humanos, Occidente hizo todo lo posible por arrancar de la órbita de Rusia a los países ex soviéticos. Muchos de ellos estaban determinados a sustraerse al influjo del Kremlin, y así fue que la OTAN se expandió hacia el este, dentro del antiguo bloque soviético en Europa Central e incluso dentro de la ex Unión Soviética con la admisión de Estonia, Letonia y Lituania. En 1996, ya con 92 años de edad, Kennan advirtió de que la expansión de la OTAN en territorio de la ex Unión Soviética era un “error garrafal en términos estratégicos, con consecuencias potencialmente desastrosas”.

Es indudable que los avances de Occidente alimentaron la paranoia rusa, que hoy se ve reflejada en las teorías de conspiración impulsadas por el Kremlin en relación con Ucrania. Y teniendo en cuenta las advertencias de Kennan en contra de una política exterior “utópica en sus expectativas, legalista en su concepción (…) moralista (…) y arrogante”, hoy la política de Occidente debería apuntar a encontrar medios para cooperar con Rusia a fin de impedir la desintegración de Ucrania.

Lo cual implica hablar con los rusos y escucharlos. Estos ya presentaron sus ideas para resolver la crisis. En términos generales, proponen una Ucrania “neutral” según el modelo de Finlandia y federada según el modelo de Suiza. Lo primero excluye la pertenencia a la OTAN, pero no la entrada a la Unión Europea. Lo segundo apunta a garantizar la formación de regiones semiautónomas.

Tal vez estas propuestas sean cínicas, tal vez sean impracticables. Pero Occidente debería apresurarse a probarlas, explorarlas y ver el modo de mejorarlas, en vez de desgarrarse las vestiduras por las acciones de Rusia.

Suspendida entre la paranoia y el moralismo, a la diplomacia razonable le aguarda una difícil tarea. Pero que no sea necesario citar el inminente centenario de la segunda guerra más sangrienta de la historia para recordarles a nuestros estadistas cómo a veces unos acontecimientos de bajo nivel pueden salirse de cauce irremediablemente.
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Ver: Las causas materiales de la crisisUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Reflexiones metodológicas y políticas sobre “El capital en el siglo XXI” de Thomas Piketty

Xov, 24/04/2014 - 14:56
James Galbraith, Sin Permiso

El economista francés Thomas Piketty acaba de publicar un voluminoso libro, Capital in the Twenty-First Century [El capital en el siglo XXI] (Belknap Press, Harvard, 2014, 671 páginas), que ha atraído inmediatamente la atención del mundo académico y hasta del Financial Times. El libro es resultado de una gran investigación empírica fundada en la elaboración de inmensas bases de datos. Es también una crítica inclemente de la irrelevancia y necedad de la ciencia social académica que ha llegado a imperar en las últimas décadas (no sólo en la teoría económica). Y aspira a ser, asimismo, una crítica política radical del catastrófico e insostenible capitalismo de nuestro tiempo. El texto que reproducimos a continuación es una reseña crítica escrita por James Galbraith, autor él mismo de la que acaso sea la mejor investigación teórica y empírica de la relación entre financiarización, inestabilidad y desigualdad en el capitalismo de nuestro tiempo ("Inequality and Instability"). La interesante crítica de Galbraith a Piketty es teórica (el concepto de "capital" de Piketty sería incauta e inadvertidamente neoclásico), es metodológica (su métrica sería incongruente), es empírica (sus ingentes bases de datos –salidas básicamente de los registros fiscales— no serían las mejores fuentes para lo que se propone) y es política (la forma concebida por Piketty para poner fin a la catástrofe neoliberal y "salvar al capitalismo de sí mismo" sería técnicamente ingenua, y por lo mismo, políticamente utópica). Se trata, en cualquier caso, de una gran discusión, científica y políticamente hablando.

I ¿Qué es el "capital"? Para Karl Marx era una categoría social, política y jurídica: los medios de control de los medios de producción por parte de la clase dominante. El capital podía ser dinero, podía ser máquina; podía ser fijo y podía ser variable. Pero la esencia del capital no era ni física ni financiera. Era el poder que el capital daba a los capitalistas, a saber: la autoridad para tomar decisiones y sacar excedente del trabajador.

A comienzos del pasado siglo, la teoría económica neoclásica sofocó ese análisis social y político, substituyéndolo por uno de tipo mecánico. El capital fue recategorizado como un elemento físico que se hallaba a la par con el trabajo en la producción del producto. Esta noción de capital facilitó la expresión matemática de la "función de producción", de modo que salarios y beneficios quedaban vinculados a los "productos marginales" respectivos de cada factor. La nueva visión elevaba así el uso de las máquinas por encima del papel de sus propietarios, y legitimaba el beneficio como la remuneración justa de una contribución indispensable.

Las matemáticas simbólicas traen consigo la cuantificación. Por ejemplo, si uno quiere sostener que una economía usa más capital (en relación con el trabajo) que otra, tiene que haber alguna unidad común para cada factor. Para el trabajo, podría ser una hora de tiempo de trabajo. ¿Y para el capital? Una vez se deja atrás el "modelo del grano", en el que el capital (la semilla) y el producto (la harina) son la misma cosa, hay que hacer conmensurables todas las diversas piezas de equipo e inventario que constituyen el "stock de capital" existente. ¿Y cómo?

Aunque Thomas Piketty, un profesor de la Escuela de Economía de París, ha escrito un voluminoso libro intitulado El capital en el siglo XXI, rechaza explícitamente (y un tanto cáusticamente) este punto de vista. En cierto sentido, es un escéptico respecto de la actual teoría económica académica dominante, pero no por ello deja de ver (en principio) el capital como una aglomeración de objetos físicos, al modo de la teoría económica neoclásica. Así pues, está obligado a enfrentarse a la cuestión de la contabilización métrica del capital como magnitud.

Lo hace en dos partes. En la primera, amalgama el equipo de capital con todas las formas de riqueza monetariamente valorada, incluidas tierras y edificios, y ya se use la riqueza productiva o improductivamente. Sólo excluye lo que los economistas neoclásicos llaman "capital humano", presumiblemente porque no puede comprarse ni venderse. Luego estima el valor de mercado de esa riqueza. Su medida del capital no es física, sino financiera.

Me temo que eso es fuente de terribles confusiones. Buena parte del análisis de Piketty gira en torno a lo que él define como la tasa de capital respecto del ingreso nacional: la razón capital/ingreso. Debería resultar obvio que esa razón depende en muy buena medida del flujo de valor de mercado. Y Piketty lo concede de grado. Por ejemplo, al describir el desplome de la razón capital/ingreso en Francia, Gran Bretaña y Alemania luego de 1910, sólo se refiere en parte a la destrucción física de equipo de capital. Casi no hubo destrucción física en Gran Bretaña durante la I Guerra Mundial, y la que hubo en Francia fue intencionadamente exagerada por los informes del momento, como mostró Keynes en 1919. Muy poca hubo en Alemania, que se mantuvo intacta hasta el final de la guerra.

¿Qué ocurrió entonces? Las alteraciones y movimientos registrados en la tasa de Piketty se debieron en su mayor parte a los ingresos dimanantes de la movilización del tiempo de guerra, muy altos en relación con una capitalización de mercado cuyas ganancias se redujeron y aun cayeron durante la guerra y la inmediata posguerra. Más tarde, cuando los valores de los activos colapsaron en la Gran Depresión, lo principal no fue la desintegración del capital físico, sino la evaporación de su valor de mercado. Durante la II Guerra Mundial la destrucción jugó un papel mucho más importante. El problema es que, aunque los cambios físicos y los cambios de los precios son cosas obviamente diferentes, Piketty los trata como si fueran distintos aspectos de una misma cosa.

La evolución de la desigualdad no es un proceso natural Piketty busca mostrar que, en relación con el ingreso corriente, el valor de mercado de los activos de capital ha crecido drásticamente desde los 70. En el mundo angloamericano, según sus cálculos, esa razón creció desde un 250-300 por ciento entonces al 500-600 por ciento de nuestros días. En cierto sentido, el "capital" se ha convertido en un factor de la vida económica más importante, más dominante, mucho más grande.

Piketty atribuye ese incremento a la ralentización del crecimiento económico en relación con los rendimientos del capital, conforme a una fórmula bautizada por él como "ley fundamental". Algebraicamente, se expresa como r > c, siendo r los rendimientos del capital y c el crecimiento del ingreso. También aquí parece estar hablando de volúmenes físicos de capital, año tras año aumentados por los beneficios y el ahorro.

Pero lo que mide no son volúmenes físicos, y su fórmula no explica demasiado bien las pautas observadas en los distintos países. Por ejemplo: su razón capital/ingresos llega a la cúspide en Japón en 1990 –hace casi un cuarto de siglo, al comienzo del largo estancamiento japonés—, y en los EEUU, en 2008. Mientras que en Canadá, que no tuvo desplome financiero, todavía sigue creciendo. Una mente simple diría que lo que cambia es el valor de mercado y no la cantidad física, y que el valor de mercado está impulsado por la financiarización y exagerado por las burbujas, subiendo allí donde éstas se autorizan y cayendo cuando pinchan.

Piketty se propone armar una teoría relevante para el crecimiento que utilice capital físico como insumo. Y sin embargo, desarrolla una métrica empírica que no guarda relación con el capital físico productivo y cuyo valor en dólares depende, en parte, de los rendimientos del capital. ¿De dónde viene la tasa de rendimientos del capital? Piketty no nos lo dice. Se limita a afirmar que los rendimientos del capital promediaban un cierto valor, un 5% de la tierra en el siglo XIX digamos, y que en el siglo XX promedian un valor más alto.

La teoría económica neoclásica básica sostiene que la tasa de rendimientos del capital depende de su productividad (marginal). En tal caso, tenemos que pensar en términos de capital físico. Y esa parece ser también la idea de Piketty. Pero el empeño en construir una teoría del capital físico con una tasa de rendimiento tecnológico fracasó hace mucho tiempo bajo el fuego devastador de la artillería procedente de Cambridge (Inglaterra) en los 50 y los 60, y señaladamente de Joan Robinson, Piero Sraffa y Luigi Pasinetti.

Piketty apenas dedica tres páginas a las controversias Cambridge-Cambridge, pero son páginas muy reveladoras porque resultan terriblemente confusionarias. Escribe: "La disputa prosiguió entre los economistas radicados sobre todo en Cambridge, Massachussets (entre ellos [Robert] Solow y [Paul] Samuelson) y los economistas radicados en Cambridge, Inglaterra…, quienes (no sin cierta confusión a veces) vieron en el modelo de Solow la pretensión de que el crecimiento anda siempre perfectamente equilibrado, lo que era como negar la importancia atribuida por Keynes a las fluctuaciones a corto plazo. No fue hasta bien entrados los 70 que el llamado modelo de crecimiento neoclásico de Solow terminó imponiéndose." Pero los argumentos de los críticos no versaban sobre Keynes, ni sobre fluctuaciones. Versaban precisamente sobre el concepto de capital físico y sobre la imposibilidad de derivar el beneficio de una función de producción. De forma desesperadamente sumaria se pueden resumir del modo que sigue. Primero: no se pueden agregar los valores de los objetos de capital para obtener una cantidad común sin disponer previamente de una tasa de interés, la cual –por ser previa— debe venir del mundo financiero, no del mundo físico. Segundo: si la tasa real de interés es una variable financiera que varía por razones financieras, la interpretación física de un stock de capital valorado en dólares carece de todo significado. Y en tercer lugar, una objeción más sutil: en la medida en que la tasa de interés cae, no hay tendencia sistemática alguna a la adopción de una tecnología más "intensiva en capital" como, en cambio, supone el modelo neoclásico.

En una palabra: la crítica de Cambridge privó de todo sentido a la pretensión de que los países llegan a ser más ricos por la vía de usar "más" capital. El caso es que los países más ricos a menudo usan menos capital aparente; registran una mayor participación de los servicios en su producto total y del trabajo en sus exportaciones (la "paradoja de Leontief"). Lo cierto es que esos países llegaron a ser más ricos –como argumentó Pasinetti luego— por la vía del aprendizaje, de la mejora técnica, de la instalación de infraestructuras, de la extensión de la educación y –como yo mismo he argüido— gracias a una regulación administrativa exhaustiva y profunda y a la generalización de las redes de seguridad social. Nada de eso guarda la menor relación con el concepto de capital físico de Solow, y menos todavía con una métrica de la capitalización de la riqueza en los mercados financieros.

No hay razón para pensar que la capitalización financiera guarda estrecha relación con el desarrollo económico. Al grueso de los países asiáticos, incluidos Corea, Japón y China, les fue muy bien durante décadas sin financiarización; y lo mismo puede decirse de la Europa continental de la posguerra y aun de los EEUU antes de 1970.

Y el modelo de Solow no "terminó imponiéndose". En 1966 el propio Samuelson tuvo que reconocer que Cambridge [Inglaterra] había ganado el debate.

II El núcleo empírico del libro de Piketty se centra en la distribución de los datos de ingreso obtenidos de los registros fiscales de un puñado de países ricos (sobre todo, Francia y Gran Bretaña, pero también los EEUU, Canadá, Alemania, Japón, Suecia y algunos otros). La ventaja de ese procedimiento sobre otras aproximaciones a la distribución es que permite una mirada amplia, al tiempo que presta una detallada e insólita atención a los ingresos de los grupos de elite.

Piketty muestra que a mediados del siglo XX la participación en el ingreso de los grupos en la cúspide de esos países cayó: gracias, sobre todo, a los efectos directos e indirectos de la II Guerra Mundial. Entre esos efectos estaban el alza salarial, la sindicalización, los impuestos progresivos al ingreso y las nacionalizaciones y expropiaciones en Gran Bretaña y en Francia. La participación en el ingreso nacional de los grupos en la cúspide se mantuvo baja durante tres décadas. Empezó a crecer a partir de los 80, drástica y aceleradamente en los EEUU y en Gran Bretaña y más moderadamente en Europa y Japón.

La concentración de la riqueza parece haber llegado a su cima hacia 1910, fue cayendo hasta 1970 y luego empezó a crecer de nuevo. Si las estimaciones de Piketty andan en lo cierto, la participación en la riqueza nacional del grupo en la cúspide en Francia y en los EEUU se halla ahora mismo todavía por debajo de los niveles de la Belle Epoque, mientras que la participación en el ingreso nacional del grupo en la cúspide en los EEUU ha regresado a los niveles de la Era de la Codicia. Piketty cree también que los Estados Unidos son un caso extremo: que su desigualdad de ingresos hoy supera a la registrada en algunos países en vías de desarrollo, como India, China e Indonesia.

¿Hasta que punto son originales y fiables estas medidas? Al comienzo del libro, Piketty se declara el único economista vivo a la altura de Simon Kuznets, el gran estudioso de las desigualdades de mediados del siglo XX. Escribe: "Desgraciadamente, nadie ha proseguido sistemáticamente el trabajo de Kuznets, sin duda, en parte, porque el estudio histórico y estadístico de los registros fiscales cae en una especie de tierra académica de nadie: demasiado histórica para los economistas y demasiado económica para los historiadores. Una verdadera lástima, porque la dinámica de la desigualdad de ingresos sólo puede estudiarse con una perspectiva de largo plazo que sólo se gana sirviéndonos de los registros fiscales." La afirmación es falsa. Los registros fiscales no son la única fuente disponible de buenos datos sobre las desigualdades. En una investigación desarrollada durante más de veinte años, quien esto escribe se ha servido de registros salariales y de remuneraciones para medir la evolución a largo lazo de las desigualdades. En un trabajo de 1999, Thomas Ferguson y yo rastreamos estas medidas hasta los EEUU de 1920: y descubrimos la misma pauta, aproximadamente, que Pikertty ha encontrado ahora.

Es bueno ver confirmados nuestros resultados, porque eso viene a subrayar algo muy importante. La evolución de la desigualdad no es un proceso natural. La ingente igualización registrada en los EEUU entre 1941 y 1945 se debió a la movilización llevada a cabo bajo estrictos controles de precios acompañados de tipos impositivos confiscatorios para las rentas altas. El objetivo era doblar la producción sin crear millonarios enriquecidos por la guerra. Y al revés, el objetivo de la economía de la oferta luego de 1980 fue (principalmente) enriquecer a los ricos. En ambos casos, la política logró ampliamente los efectos que buscaba.

Bajo el presidente Reagan, los cambios en la legislación fiscal estimularon el incremento de las remuneraciones de los ejecutivos empresariales, el uso de opciones de acciones y –por vía rodeada— la desmembración de las nuevas empresas tecnológicas en empresas separadamente capitalizadas (como Intel, Apple, Oracle, Microsoft, etc.). Ahora los ingresos en la cúspide no son ya remuneraciones fijas, sino que están estrechamente vinculadas al mercado de valores. Eso es simplemente resultado de la concentración de propiedad, del flujo de precios de activos y del uso de fondos de capital para la remuneración de los ejecutivos. Durante el auge de las tecnológicas, la correspondencia entre los cambios registrados en la desigualdad de ingresos y los registrados en el [índice] NASDAQ era exacta, como Travis Hale y yo hemos mostrado en un artículo que acaba de aparecer en la World Economic Review. [1]

El lector no especializado no se sorprenderá. Los académicos, empero, tienen que lidiar con el trabajo convencional dominante de (entre otros) Claudia Goldin y Lawrence Katz, quienes sostienen que la pauta de los cambios registrados en la desigualdad de ingresos en Norteamérica es el resultado de una "carrera competitiva entre la educación y la tecnología" en materia de salarios, con ventaja de la primera, al comienzo, y de la segunda, después. (Cuando va en cabeza la educación, la desigualdad, supuestamente, bajaría, y a la inversa.) Piketty rinde pleitesía a esa pretensión, pero no añade prueba empírica alguna, y sus hechos la contradicen. La realidad es que las estructuras salariales cambian mucho menos que los ingresos basados en los beneficios, y el grueso de la desigualdad creciente viene de un incremento del flujo de ingresos de beneficios que van a parar a los muy ricos.

Una comparación global ofrece muchos materiales empíricos, y (hasta donde yo sé) ninguno viene en apoyo de la tesis de Piketty, según la cual el ingreso en los EEUU de hoy es más desigual que en los grandes países en vías de desarrollo. Branko Milanović ha mostrado que las mayores desigualdades se registran en Sudáfrica y en Brasil. Investigaciones recientes del Luxembourg Income Study (LIS) sitúan la desigualdad de ingresos de la India muy por encima de la de los EEUU. Mis propias estimaciones sitúan la desigualdad en los EEUU por debajo del promedio de los países que no forman parte de la OCDE, y coinciden con las del LIS sobre la India.

Una explicación probable de las discrepancias es que los datos de los registros fiscales sólo son comparables en la medida en que lo permitan las definiciones jurídicas del ingreso fiscalizable, y sólo pueden ser precisos en la medida en que los sistemas fiscales sean efectivos. Ambos factores resultan problemáticos en los países en vías de desarrollo: los datos del registro fiscal no reflejan el grado de desigualdades que otras medidas sí consiguen revelar. (Y nada puede aprenderse de los jerifatos petroleros, en los que los ingresos están libres de impuestos.) Al revés, los buenos sistemas fiscales reflejan la desigualdad. En los EEUU, la IRS [la agencia de investigación de la Hacienda norteamericana] es temida y respetada, y a punto tal, que hasta el grueso de los ricos declara el grueso de sus ingresos. Los registros fiscales son útiles, pero es un error tratarlos como si fueran documentos sagrados.

III Para resumir lo dicho hasta aquí: el libro de Thomas Piketty sobre el capital ni versa sobre el capital en el sentido de Marx, ni versa sobre el capital físico que sirve de factor de producción en el modelo neoclásico del crecimiento económico. Es fundamentalmente un libro sobre la valoración que se da a los activos tangibles y financieros, la evolución temporal de la distribución de esos activos y la riqueza heredada intergeneracionalmente.

¿Por qué es interesante eso? Adam Smith lo dejó dicho con una sola sentencia: "La riqueza, como dice el señor Hobbes, es poder". La valoración de las finanzas privadas mide el poder, incluido el poder político, aun cuando sus tenedores no desempeñen ningún papel económico. Los tradicionales terratenientes absentistas y los hermanos Koch ahora tienen un poder de este tipo. Piketty lo llama "capitalismo patrimonial": es decir, no la cosa real.

El viejo sistema fiscal con elevados tipos marginales fue eficaz en su día. ¿Funcionaría hoy regresar a él? ¡Ah! No funcionaría.

Gracias a la Revolución Francesa el registro de la riqueza y de la propiedad ha sido bueno durante mucho tiempo en la patria de Piketty. Eso permite a Piketty mostrar hasta qué punto los simples determinantes de la concentración de riqueza son la tasa de rendimiento de los activos y las tasas de crecimiento económico y demográfico. Si la tasa de rendimiento supera a la tasa de crecimiento, entonces los ricos y los viejos ganan en relación con todos los demás. Entretanto, las herencias dependen de la capacidad de acumulación de los mayores –tanto mayor, cuanto más tiempo vivan— y de su tasa de mortalidad. Esas dos fuerzas arrojan un flujo de herencia que Piketty estima representa cerca de un 15% del ingreso anual en la Francia de nuestros días: asombrosamente alto tratándose de un factor que no recibe la menor atención en los medios de comunicación y en los textos académicos.

Además, para Francia, Alemania y Gran Bretaña, el "flujo de herencia" no ha dejado de crecer desde 1980 –desde niveles irrelevantes hasta niveles substanciales— a causa de una tasa de rendimiento más elevada de los activos financieros y de una tasa de mortalidad ligeramente creciente entre las personas mayores. Parece probable que la tendencia continúe, aun cuando queda abierta la pregunta sobre los efectos de la crisis financiera sobre las valoraciones. Piketty muestra también –en la pequeña medida en que los datos lo permiten— que la participación en la riqueza global de un ínfimo grupo de archimillonarios ha crecido mucho más rápidamente que el ingreso global promedio.

¿Qué preocupaciones políticas despierta todo esto? Piketty escribe: "Con independencia de lo justificadas que puedan estar inicialmente las desigualdades de riqueza, las fortunas pueden crecer y perpetuarse más allá de todo límite razonable y más allá de cualquier justificación razonable en términos de utilidad social. Los empresarios tienden entonces a convertirse en rentistas, no con el paso de las generaciones, sino en el curso de una sola vida… Una persona que tiene buenas ideas a los cuarenta, no necesariamente seguirá teniéndolas a los noventa, ni es seguro que sus hijos las tengan. Sin embargo, la riqueza sigue ahí." Piketty realiza en este paso una distinción que antes había pasado por alto: la distinción entre la riqueza justificada por la "utilidad social" y la otra. Es la vieja distinción entre "beneficio" y "renta". Pero Piketty nos ha privado de la posibilidad de usar la palabra "capital" en este sentido normal para referirnos al factor insumo que arroja un beneficio en el sector "productivo" y distinguirlo de la fuente de ingresos del "rentista". En lo que hace a los remedios, Piketty hace un dramático llamamiento a favor de un "impuesto progresivo global al capital", entendiendo por tal un impuesto a la riqueza. En efecto, ¿qué mejor para una época de desigualdad (y déficits públicos) que un gravamen sobre los patrimonios de los ricos, cuando, donde y cualquiera sea la forma en que se descubran? Pero si esa fiscalidad no consigue discriminar entre las fortunas que tienen una "utilidad social" activa y las que carecen de ella –la distinción que Piketty acaba inopinadamente de sugerir—, entonces puede que esos gravámenes no sean la idea mejor concebida del mundo.

En cualquier caso, como el propio Piketty admite, esa propuesta es "utópica". Para empezar, en un mundo en el que sólo un puñado de países son capaces de medir con cierta precisión los ingresos elevados se necesitaría una base fiscal totalmente nueva, una especie de Libro del Juicio Final que, a escala planetaria, llevara el registro de una medida del patrimonio personal de todos. Eso está más allá de las capacidades hasta de la NSA [la agencia de inteligencia militar estadounidense]. Y si la propuesta es utópica, que es sinónimo de fútil, ¿a qué viene avanzarla? ¿A qué dedicarle un capítulo entero, como no sea para excitar a los incautos?

El resto de posiciones políticas de Piketty está contenido en los dos siguientes capítulos, a los que el lector no puede menos de llegar un poco fatigado tras haber recorrido ya casi 500 páginas. En esos capítulos no se nos presenta ni como radical ni como neoliberal, ni siquiera como un europeo típico. A pesar de haber hecho aquí y allá distintas observaciones sobre el salvajismo de los EEUU, resulta que Thomas Piketty es una variante de demócrata social-bienestarista moldeado, y por mucho, por el New Deal norteamericano. ¿Cómo logró el New Deal tomar al asalto la verdadera fortaleza de privilegios que eran los EEUU de comienzos del siglo XX? Primero, construyó un sistema de protecciones sociales previamente inexistentes: la Seguridad Social, el salario mínimo, la regulación laboral equitativa, los trabajos de mantenimiento o el empleo público. Y los funcionarios del New Deal regularon los bancos, refinanciaron las hipotecas y sometieron al poder granempresarial. Construyeron riqueza comúnmente compartida como contrapoder de los activos privados.

Otra parte del New Deal –sobre todo en su última fase— fue la fiscalidad. Viendo venir la guerra, Roosevelt impuso altos tipos fiscales marginales progresivos, especialmente a los ingresos procedentes de las rentas (no ganadas) del capital. El efecto fue un estímulo contrario a la remuneración de los altos ejecutivos. La gran empresa utilizó sus ingresos no distribuidos, construyó fábricas y (tras la guerra) rascacielos, y no diluyó sus acciones repartiéndolas endogámicamente. Piketty dedica unas pocas páginas al Estado de Bienestar. Apenas dice algo sobre los bienes públicos. Su foco siguen siendo los impuestos. Para los EEUU, urge a un regreso a los tipos marginales máximos del 80% para los ingresos anuales superiores a los 500.000 dólares o al millón de dólares. Puede que esa sea su idea más popularizable entre los círculos liberales de izquierda norteamericanos nostálgicos de los años gloriosos. Y para decirlo todo, el viejo sistema de elevados tipos fiscales marginales fue eficaz en su día.

¿Servirían ahora para devolvernos a aquel mundo? Pues no. En los 60 y 70, esos tipos marginales elevados sobre las grandes rentas estaban llenos de agujeros y resquicios. Los grandes jefes de las grandes empresas podían ya compensar sus bajas remuneraciones con enormes ventajas. Esos tipos marginales eran sobre todo odiados por los relativamente pocos que ingresaban grandes sumas dimanantes (en general) del trabajo honrado y se veían obligados a pagar por eso: estrellas del deporte, actores cinematográficos, intérpretes, escritores superventas, etc. El punto sensible de la Ley de Reforma Tributaria (Tax Reform Act) de 1986 fue la simplificación de la fiscalidad por la vía de imponer tipos menores a una base mucho más amplia del ingreso imponible. Volver a elevar los tipos marginales ahora no produciría –como el propio Piketty observa con razón— una nueva generación de exiliados fiscales. Porque sería lo más fácil del mundo evadir esos tipos con trucos inaccesibles a los plutócratas no globalizados de hace dos generaciones. Cualquiera que esté familiarizado con los esquemas internacionales de evasión fiscal –como el "Doble Bocadillo Irlandés/Holandés"— encontrará la manera.

Si en el núcleo del problema está una tasa de rendimiento demasiado alta de los activos privados, la mejor solución pasa por rebajar esa tasa. ¿Cómo? ¡Elevemos el salario mínimo! Eso rebajará los rendimientos del capital fundados en trabajo con salarios bajos. ¡Apoyemos a los sindicatos obreros! ¡Gravemos fiscalmente los beneficios de las empresas y las rentas personales de capital, incluidos los dividendos! ¡Rebajemos los tipos de interés actualmente exigidos a las empresas! Y hagámoslo creando entidades de préstamo públicas y cooperativas en substitución de los megabancos privados zombies de nuestros días. Y quien esté preocupado por los derechos de monopolio –garantizados por la ley y por los acuerdos comerciales— otorgados al Big Pharma [la media docena de grandes transnacionales farmacéuticas que dominan el mercado mundial; T.], al Big Media [la decena de grupos empresariales que dominan los medios de comunicación en el mundo; T], a los grandes despachos de abogados, a las grandes clínicas médicas, etc., siempre está la posibilidad (como nos recuerda con frecuencia Dean Baker) de introducir más competencia.

Por último, tenemos los impuestos a la transmisión patrimonial y a las donaciones: una joya de la Era Progresista. Piketty es favorable a esos impuestos, pero por razones equivocadas. Lo fundamental en la fiscalización de la transmisión patrimonial no es elevar los ingresos públicos, ni siquiera ralentizar per se la creación de fortunas desproporcionadas; esos impuestos no interfieren en la creatividad o en la destrucción creativa. Su propósito clave es bloquear la formación de dinastías. Y la gran virtud de ese impuesto a la herencia, tal como se aplicó en los EEUU, es la cultura de filantropía conspicua por él generada: el reciclaje de la gran riqueza hacia universidades, hospitales, iglesias, teatros, bibliotecas, museos y pequeñas revistas.

Esos son no-beneficios que crean cerca de un 8 por ciento de los puestos de trabajo en los EEUU y cuyos servicios elevan el nivel de vida del conjunto de la población. Ni que decir tiene, el impuesto que alimenta a esa filantropía está hoy muy erosionado; la dinastía es un enorme problema político. Pero a diferencia del gravamen sobre el capital, el impuesto a la transmisión patrimonial sigue siendo viable, en principio, porque precisa de la estimación de la riqueza una sola vez, a la muerte de su tenedor. Se podría hacer mucho más si la ley se endureciera y reforzara, con un umbral más elevado, con un tipo alto, sin agujeros ni resquicios y con menos uso de fondos a favor de políticas envilecidamente patógenas (como las que persiguen precisamente la destrucción de la fiscalización de la transmisión patrimonial).

En suma: El capital en el siglo XXI es un libro de peso, rebosante de buena información sobre flujos de ingresos, transferencias de riqueza y distribución de los recursos financieros en algunos de los países más ricos del mundo. Piketty arguye convincentemente, desde el comienzo, que la buena teoría económica tiene que empezar con –o al menos incluir— un examen meticuloso de los hechos. Pero no consigue proporcionar una guía demasiado sólida para orientar la política. Y a pesar de sus grandes ambiciones, su libro no es la obra lograda de alta teoría que sugieren su título, su volumen y su recepción (hasta ahora).
________
NOTA: *The American Wage Structure, 1920–1947",en: Research in Economic History. Vol. 19, 1999, 205–257. Mi libro de 1998 Created Unequal rastreó la desigualdad salarial entre 1950 y los 90. Para una actualización, cfr. James K. Galbraith y J. Travis Hale: "The Evolution of Economic Inequality in the United States, 1969–2012: Evidence from Data on Inter-industrial Earnings and Inter-regional Incomes", recientemente publicado en: World Economic Review, 2014, no. 3, 1–19: http://tinyurl.com/my9oft8.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Diego García y el avión de Malaysian Airlines

Xov, 24/04/2014 - 08:00
Alejandro Nadal, La Jornada

El día primero de septiembre de 1983, el vuelo KAL 007 de la línea Korean Air se encontraba en la última fase de su recorrido de Nueva York a Seúl. Poco después del despegue de Anchorage, donde había hecho escala, el avión comenzó a desviarse de la ruta estipulada en el plan de vuelo. En poco tiempo el Boeing 747, con 269 pasajeros y tripulantes a bordo, se introdujo en el espacio aéreo de la ex-Unión Soviética y comenzó a cruzar la península de Kamchatka.

La Unión Soviética había colocado en esa península una serie de instalaciones militares estratégicas. Sus radares y bases de respuesta rápida estaban diseñados para desempeñar un papel clave en caso de un ataque proveniente de Estados Unidos. Tan pronto el KAL 007 imprimió su huella en las pantallas de radar soviéticas, dos cazas Sukhoi-15 supersónicos despegaron para interceptar el avión de pasajeros. Los cazas encontraron al KAL 007 y los militares soviéticos trataron de comunicarse sin éxito con el avión de pasajeros. Cuando el KAL 007 cruzó la isla de Sajalín, las autoridades militares soviéticas tomaron la decisión de derribarlo. Uno de los Sukhoi-15 disparó un misil detector de rayos infrarrojos. El Boeing se desintegró en el aire y nunca se supo por qué el KAL 007 llegó a desviarse 250 kilómetros de su curso.

El 3 de julio de 1988 el vuelo de Iran Air 655 despegó de Teherán con rumbo a Dubai. Este Airbus 300 llevaba 274 pasajeros (incluidos 66 niños) además de la tripulación (otras 16 personas). El avión hizo escala en Bandar Abbas, puerto clave en el estrecho de Hormuz, y de ahí procedió hacia Dubai, en lo que debía ser un corto vuelo de 30 minutos. Desde el despegue la torre de control ordenó a los pilotos poner en marcha el transponder y continuar el vuelo sobre el golfo Pérsico en un corredor de 32 kilómetros de ancho reservado para vuelos civiles. El plan de vuelo era sencillo: ascender hasta los 4 mil 300 metros y después de unos minutos comenzar el descenso sobre Dubai.

El crucero lanza-misiles Vincennes se encontraba en aguas territoriales de Irán cuando su radar detectó el vuelo del Airbus iraní. La trayectoria le pareció hostil e inmediatamente envió un mensaje exigiendo un cambio de trayectoria. El avión de Iran Air no pudo responder a esos mensajes porque no podía recibir los mensajes del Vincennes. Aunque el avión seguía en contacto con los controladores de aviación civil, el capitán estadounidense decidió que era necesario derribar el avión y disparó uno de sus misiles guiados por radar. Un minuto después el Airbus se desintegró en el aire y todos sus ocupantes murieron en el acto.

Estas y otras historias trágicas vienen a la mente cuando se consideran los datos que rodean la extraña desaparición del vuelo MH 370 de Malaysian Airlines. El avión despegó de Kuala Lumpur con rumbo a Pekín el pasado 8 de marzo y menos de una hora después del despegue se perdió todo contacto con el avión, un Boeing 777. Ni los controladores aéreos, ni los radares civiles pudieron seguir el curso del avión.

Sin embargo, varios satélites militares y civiles pudieron identificar señales del avión y determinar que el aparato se mantuvo en una trayectoria hacia el sudoeste, cruzando el golfo de Tailandia y atravesando la península malaya e internándose en el mar de Andamán. Un radar militar de Malasia detectó brevemente el avión sobre la isla de Pulau Perak en el estrecho de Malaca. Es evidente que el avión evadió intencionalmente varios radares civiles y que el transponder y otros sistemas de comunicación fueron intencionalmente silenciados por alguien en la cabina.

El avión de Malaysian Airlines ha desaparecido y una gigantesca búsqueda internacional no ha podido localizar sus restos. ¿Qué hay en la trayectoria que siguió el vuelo MH 370?

La base de Diego García es una de las instalaciones estratégicas de mayor importancia en la historia militar de Estados Unidos. Es una pequeña isla en el océano Índico que ha permitido a los bombarderos estadounidenses lanzar operaciones en casi todos los frentes importantes en la guerra fría y después. Los bombarderos B52 y B1 pueden aterrizar y despegar sin problemas y la base fue utilizada para bombardear posiciones en Vietnam, Cambodia, Laos, Afganistán e Irak. Es posible que Diego García albergue un centro de detención secreta (y de posibles torturas) similar a Guantánamo.

El vuelo de Malaysian Airlines muy bien pudo alcanzar Diego García. La autonomía de vuelo del Boeing 777 le habría permitido llegar hasta la remota base militar de triste historia si alguien en la cabina lo hubiera deseado. Sólo que también es posible que los radares y satélites estadunidenses habrían detectado el avión solitario y muy probablemente le habrían derribado. Todo esto es una conjetura, por supuesto. Pero bien vale la pena considerarla por la trayectoria del avión y por el hecho de que no se ha podido detectar nada que se parezca a los restos del avión (hecho compatible con la hipótesis de que el avión fue destruido por un misil). Es sólo una hipótesis.

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Joseph Stiglitz: Cómo reformar el equilibrio entre el Estado y el mercado en China

Mar, 22/04/2014 - 09:01
Joseph Stiglitz, Project Syndicate

Ningún país en la historia ha crecido tan rápido —ni ha sacado a tantas personas de la pobreza— como China lo hizo durante los últimos 30 años. Un sello distintivo del éxito de China ha sido la voluntad que tienen sus líderes para revisar el modelo económico del país, cuándo y en la forma como sea necesario, a pesar de la oposición de poderosos intereses creados. Y ahora, a medida que China implementa otra serie de reformas fundamentales, tales intereses ya se están alineando para oponer resistencia. ¿Podrán triunfar nuevamente los reformadores?

Para responder a esta pregunta, el punto crucial a tener en cuenta es que, como en el pasado, la actual ronda de reformas reestructurará no solamente la economía, sino que también los intereses creados que darán forma a las futuras reformas (e incluso irán a determinar si dichas reformas van a ser posibles). Y hoy día, si bien iniciativas de alto perfil —como, por ejemplo, la ampliación de la campaña contra la corrupción del Gobierno— reciben mucha atención, el tema más profundo que China enfrenta es el relativo a los papeles apropiados para el Estado y para el mercado.

Cuando China inició sus reformas hace más de tres décadas, la dirección estaba clara: el mercado tenía que desempeñar un papel mucho más importante en la asignación de recursos. Y así ha sido, ya que el sector privado ahora es mucho más importante de lo que fue antes. Es más, existe un amplio consenso acerca de que el mercado tiene que desempeñar lo que las autoridades denominan un “papel decisivo” en muchos sectores donde las empresas de propiedad estatal (EPE) dominan. Sin embargo, ¿cuál debería ser su papel en otros sectores y en la economía en general?

El empeoramiento de la contaminación del medio ambiente, por ejemplo, pone en peligro el nivel de vida, mientras que la desigualdad en los ingresos y la riqueza ahora rivaliza con la que se registra en Estados Unidos y la corrupción permea las instituciones públicas y el sector privado por igual. Todo esto socava la confianza en la sociedad y el Gobierno, una tendencia que es particularmente evidente en el caso de, por ejemplo, la seguridad alimentaria.

Tales problemas podrían empeorar a medida que China reestructure su economía, alejándola del crecimiento impulsado por las exportaciones y llevándola hacia un crecimiento apoyado en los servicios y el consumo de los hogares. Claramente, hay espacio para el crecimiento en el consumo privado; sin embargo, adoptar el estilo de vida materialista despilfarrador de Estados Unidos sería un desastre para China, y para el planeta. La calidad del aire en China ya está poniendo las vidas de las personas en situación de riesgo; el calentamiento global proveniente de emisiones de carbono aún más altas en China amenazaría al mundo entero.

Existe una mejor estrategia. Para empezar, el nivel de vida chino podría y aumentaría si se asignan más recursos para corregir grandes deficiencias en los ámbitos de la educación y la atención de la salud. En estos ámbitos, el Gobierno debería desempeñar un papel de liderazgo, y los Gobiernos verdaderamente sí lo hacen en la mayoría de las economías de mercado por buenas razones.

El sistema de salud de Estados Unidos que se basa en servicios privados es costoso, ineficiente y logra resultados mucho peores que los sistemas de los países europeos, que gastan mucho menos. Un sistema que se basa más en el mercado no es el camino por el que China debería desplazarse. En los últimos años, el Gobierno ha dado pasos importantes en la prestación de atención básica de salud, especialmente en las zonas rurales, y algunos han comparado el abordaje de China al de Reino Unido, donde la prestación privada de servicios de salud se encuentra ubicada una capa por encima de una base pública. Si dicho modelo se considerara como un mejor modelo que, por ejemplo, el modelo francés de prestación de servicios de salud, que es dominado por el Gobierno, puede ser objeto de debate. Sin embargo, si se adopta el modelo de Reino Unido, el nivel de la base es lo que marca la diferencia; debido al papel relativamente pequeño de la prestación de servicios de atención de salud privada en Reino Unido, el país cuenta con lo que esencialmente es un sistema público.

De igual manera, a pesar de que China ya ha hecho progresos en cuanto a alejarse de una economía basada en la manufactura, desplazándose hacia una economía basada en los servicios (la participación en el PIB de los servicios superó a la participación de la manufactura por primera vez en el año 2013), todavía queda un camino largo por recorrer. Al momento, ya muchas industrias están sufriendo de un exceso de capacidad, y su reestructuración eficiente y sin problemas no será fácil si no cuentan con la ayuda del Gobierno.

China está reestructurándose de otra manera: una rápida urbanización. Cerciorarse de que las ciudades sean habitables y sostenibles medioambientalmente requerirá de fuertes medidas del Gobierno para prestar suficientes servicios de transporte público, escuelas públicas, hospitales públicos y parques, como también de una zonificación efectiva, entre otros bienes públicos.

Una lección importante que se debería haber aprendido de la crisis económica mundial posterior al año 2008 es que los mercados no se autorregulan. Son propensos a la formación de burbujas de activos y de crédito, que inevitablemente colapsan —a menudo, cuando los flujos de capitales transfronterizos abruptamente revierten la dirección en la que fluyen— imponiendo costes sociales enormes.

El enamoramiento estadounidense con la desregulación fue la causa de la crisis. El problema no solamente consiste en la determinación del ritmo y la secuencia de la liberalización, como algunos sugieren; el resultado final también es importante. La liberalización de las tasas de depósito condujo, en la década de 1980, a la crisis de ahorro y préstamo estadounidense. La liberalización de las tasas de préstamo alentó a un comportamiento depredador que explotaba a los consumidores pobres. La desregulación bancaria no condujo hacia un mayor crecimiento, sino que simplemente condujo hacia un mayor riesgo.

Se tiene la esperanza de que China no vaya a tomar el camino que Estados Unidos siguió, con consecuencias tan desastrosas. El desafío para los líderes chinos es diseñar regímenes reguladores eficaces que sean apropiados para su etapa de desarrollo.

Eso requerirá que el Gobierno recaude más fondos. Hoy día, la dependencia de los Gobiernos locales en la venta de tierras es una fuente de muchas de las distorsiones de la economía, y también de gran parte de la corrupción. En lugar de ello, las autoridades deben aumentar los ingresos mediante la imposición de gravámenes ambientales (incluyendo un impuesto sobre el carbono), un impuesto progresivo a los ingresos que sea más integral (incluyendo un impuesto sobre las ganancias de capital) y un impuesto a la propiedad. Por otra parte, el Estado debe apropiarse, a través de dividendos, de una mayor proporción del valor de las empresas de propiedad estatal (algunas de las cuales podrían estar a expensas de los ejecutivos de dichas empresas).

La pregunta es si China puede: mantener un crecimiento rápido (si bien algo más lento que su reciente ritmo vertiginoso de crecimiento) aun mientras tire de las riendas para desacelerar la expansión del crédito (que podría provocar una reversión abrupta en los precios de los activos); enfrentar a la débil demanda mundial; reestructurar su economía, y luchar contra la corrupción. En otros países, estos abrumadores desafíos han llevado a la parálisis, no al progreso.

La economía del éxito es clara: un mayor gasto en urbanización, atención de la salud y educación, financiado por el aumento de impuestos, podría sostener el crecimiento, mejorar el medio ambiente y reducir la desigualdad. Si las políticas de China pueden gestionar la implementación de esta agenda, China y el mundo entero estarán en una mejor posición.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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La rivalidad euro-dólar

Lun, 21/04/2014 - 09:00
Ariel Noyola Rodríguez y Ulises Noyola Rodríguez, Contralínea

La crisis de deuda soberana europea iniciada en 2010, que siguió a la crisis de las hipotecas subprime estadounidense de 2007-2008, reveló la fragilidad de los cimientos de la Unión Económica y Monetaria (UEM) de la Comunidad Europea, en marcha desde 2002, a través del euro como moneda única de curso legal. Asimismo, el desenvolvimiento desigual de la crisis en ambas regiones pone de manifiesto el carácter jerárquico de la economía mundial y, con ello, las asimetrías de poder entre los Estados capitalistas dominantes: Alemania y Estados Unidos.

Estados Unidos goza de un sistema financiero de mayor resiliencia frente a las turbulencias de la economía mundial. La banca estadounidense reproduce su posición en la cima de la pirámide de los sistemas financieros nacionales concentrando y centralizando capital a través del binomio dólar-Wall Street como mecanismo de dominación financiera. En tanto, la Reserva Federal (Fed) estadounidense expandió su base monetaria (dinero depositado en los bancos y en circulación en una economía) en 400 por ciento; el Banco Central Europeo (BCE) apenas lo hizo en 150 por ciento. El BCE intenta no perjudicar la posición del euro como moneda de reserva. Los programas que ha lanzado incluyen esterilización de liquidez que la Fed no ha incorporado, es decir, el dinero que ocupa el BCE para comprar títulos financieros lo recupera retirándolo de su base monetaria.

Esto permitió a la banca estadounidense recuperarse más rápido que el sistema financiero europeo. Entre 2007 y 2013, el valor de los activos de los 10 bancos estadounidenses más grandes aumentó en 2 billones 859 mil 623 dólares, de acuerdo con la Corporación Federal de Seguro de Depósitos; en contraste, los bancos de mayor tamaño de la Unión Europea, hasta junio de 2013, poseían 660 millones de euros menos en activos en comparación con 2009, según el BCE. El sistema financiero europeo, al ser de naturaleza bífida –de un lado con bancos muy fuertes como Deutsche Bank, Commerzbank, BNP Paribas; y del otro, con bancos muy débiles en la periferia–, aumenta el riesgo regional frente a shocks financieros. Por ejemplo, el banco italiano Unitcredit, durante el cuarto trimestre de 2013, sufrió pérdidas por 14 mil millones de euros.

Para mantener la "confianza" en la moneda, la troika europea (Fondo Monetario Internacional, BCE y Comisión Europea) hace cumplir el Pacto de Estabilidad y de Crecimiento, que consiste en que los Estados miembros de la UEM no superen el límite de 3 por ciento de déficit fiscal y de 60 por ciento de deuda pública como porcentaje del producto interno bruto (PIB). Sin embargo, la aplicación de políticas de austeridad derivó en que actualmente haya 11 países incumpliendo dicho Pacto (Austria, Bélgica, Chipre, Eslovenia, España, Francia, Finlandia, Grecia, Irlanda, Italia y Holanda). En cambio, la deuda pública de Washington (16.7 billones de dólares, más del 100 por ciento del PIB) se sostiene a través del dólar, que opera como refugio privilegiado de los capitales de corto plazo del resto del mundo. De facto, el riesgo del default estadounidense desaparece.

Por otro lado, la UEM se sumerge en un contexto económico signado por la deflación. La inflación, a partir de octubre de 2013, está debajo del 1 por ciento: menos de la mitad del objetivo fijado por el BCE, que es de 2 por ciento. En enero de 2014 fue de 0.80 por ciento y ha bajado a 0.70 por ciento en febrero. Esto ha puesto en sobre alerta a Mario Draghi, presidente del BCE, quien declaró que es posible que la política monetaria sea más expansiva e incluya medidas no convencionales (Financial Times, 2 de marzo de 2014), posiblemente al estilo de la Fed, aunque aplicadas de manera selectiva a nivel de país. De manera complementaria, luego de reducir la tasa de interés de referencia de 0.50 a 0.25 por ciento en noviembre de 2013, miembros del Consejo de Gobierno del BCE no descartan establecer tasas negativas en los depósitos bancarios para revertir la tendencia depresiva de la economía (The Wall Street Journal, 25 de marzo de 2014). El reciente espaldarazo a una eventual expansión monetaria (Quantitative Easing) europea de parte de Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, una vez realizados los cambios legales al artículo 123 del BCE, que prohíbe financiar directamente a los Estados de la UEM, evidencia la angustia de Berlín de cara a la profundización de la crisis (Reuters, 25 de marzo de 2014). No es para menos. El agregado monetario M3 del BCE por debajo de cero; la contracción del crédito privado en 2.3 por ciento en términos anuales a diciembre de 2013, la mayor caída en 2 décadas; el récord de desempleo de 12 por ciento; y el tipo de cambio de 1.4 euros por dólar, amenazan el dinamismo exportador alemán, dependiente en su mayor parte del mercado interno europeo. El Índice de Clima Empresarial (IFO, por su sigla en alemán) que mide el nivel de confianza de las empresas alemanas, cayó a 110.7 puntos en marzo, la primer caída después de un alza consecutiva de 5 meses (Daily Forex, 25 de marzo de 2014).

Finalmente, la cuestión de fondo radica en que la crisis de la periferia europea ha resultado en un efecto bumerán para el euro y Berlín: entre 2011 y 2013 la proporción del euro en las reservas totales de los bancos centrales cayó de 25.1 a 24.2 por ciento. En 2007 Alemania cayó de tercera a cuarta economía en el ranking mundial.

En contraste, la hegemonía del dólar permaneció intacta, conservando 64 por ciento del total. Así, Estados Unidos mantiene la supremacía económica global.

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Brad de Long habla de estancamiento

Sáb, 19/04/2014 - 21:34
Andy Robinson, La Vanguardia

Brad de Long, economista de la Universidad de Berkeley, ha colaborado con Larry Summers en el análisis de lo que puede ser el inicio de una era de secular stagnation (estancamiento de larga duración) en las economías avanzadas. En su blog, ha destacado los obstáculos para el crecimiento que constituyen las presiones deflacionistas, el escaso apetito del riesgo y la desigualdad. Como publicamos en el último número de Dinero (Crece el temor a un gran estancamiento económico), detrás de los discursos relativamente optimistas en la asamblea del Fondo Monetario Internacional esta semana en Washington, existe una zozobra generalizada respecto al futuro. Mientras la recuperación tras la mega crisis del 2008-2011 ha resultado bastante débil hasta la fecha en las economías avanzadas, (EE.UU., Europa y Japón), ahora hay incógnitas sobre la capacidad de China y las grandes emergentes para crecer robustamente.

Yo he venido notando cómo se suman otros economistas a las advertencias sobre el peligro de bajo crecimiento en China lanzadas por Michael Pettis, estadounidense afincado en Beijing, uno de los economistas mas influyentes para mi libro Un reportero en la montaña mágica cuya edición mexicana -dicho sea de paso- acaba de salir a la venta. Como destaca el FMI en su ultimo informe de expectativas, la cercanía de los tipos de interés a cero y la desinflación en la zona euro y Japon, hace muy difícil que los tipos reales lleguen a niveles suficientemente bajos como para generar un crecimiento económico lo bastante fuerte como para crear empleo. En la zona euro el peligro de estancamiento deflacionista es aún mayor. He aquí la transcripción de una entrevista que le hice a De Long la semana pasada. La he titulado: ”España puede perder una generación entera por una deflación dolorosa”

-¿Cree que estamos al inicio de un estancamiento de larga duración?

-Este término secular stagnation quizás no sea el mejor pero creo que es un concepto útil. Larry (Summers) lo esta usando mucho. Pero no creo que la situación actual tenga mucho que ver con la idea de Alvin Hansen, el economista que acuñó el término en los años treinta para referirse a un estancamiento provocado por un exceso crónico de ahorro con bajos retornos a la inversión. Ahora, los beneficios empresariales son muy altos. No creo que haya un problema de menguantes retornos sobre las inversiones. El problema ahora es que los inversores no están dispuestos a correr riesgos.

-¿Por qué?

-Pues porque la gente creía en aquellas calificaciones triple A de activos financieros de los años antes de la crisis, inversiones que luego resultaron ser de elevado riesgo. Es decir que se han pillado los dedos. Creo que Henry Paulson y Tim Geithner fueron excesivamente generosos con los príncipes de Wall Street y eso ha provocado una reacción. Ahora hay temor de que si, la próxima vez, va a haber un prestamista de último recurso. De ahí ese miedo al riesgo. Todos quieren activos de bajo riesgo. Bonos del Tesoro de EE.UU., Alemania, Noruega, quizás el Reino Unido. Hay una enorme demanda de activos seguros y una oferta muy reducida en comparación con la demanda. Todo el mundo quiere meter su dinero en una versión del siglo XXI de aquel Banco de Medici en el siglo XV, un banco que te guardaba el dinero aunque el Papa te excomulgase…

-¿La desigualdad agrava esto?

-Si. La desigualdad crea una elevada tasa de ahorro para la mayoría mientras que los superricos no pueden gastar lo suficiente para compensarlo. Es un problema global. Tienes a las grandes fortunas del partido comunista chino en busca de activos inmobilarios en Nueva York

-¿Crees que hay verdaderos riesgos de deflación como advierte el FMI?

-Creo que el FMI esta preocupado de que la desinflación haga muy difícil el ajuste en países como España. Cuanto mas baja la tasa de inflación media en al zona euro, mas difícil va a ser para el sur. Larry Summers, en cambio, esta pensando en una deflación mas a largo plazo. Desde luego, países como España corren el riesgo de perder una generación entera en un periodo de deflación que machaca a la sociedad. Esto tendrá consecuencias políticas. A veces, se dice que los años treinta dieron lugar a Roosevelt y la socialdemocracia pero Roosevelt fue un accidente de la historia. Yo diría que la depresión dio lugar al fascismo y la guerra.

-¿Cómo se resuelve esto?

-Pues, hay tres opciones. Una es subir los objetivos de inflación de los bancos centrales. Por ejemplo hasta el 4%. Otro es lo que defiende Larry Summers que es usar el Estado para aprovechar esos tipos de interés tan bajos sobre su deuda para hacer lo que el sector privado no quede hacer. Es decir que el estado se endeude más y gaste.. Tercero: reformas bancarias, regulación e impuestos para reducir ese miedo al riesgo. Yo optaría por las tres medidas.

-¿Qué le parece la tesis de Robert Gordon de que ya no habrá crecimiento porque no hay tecnologias nuevas que pidan impulsar la productividad?

-Es cierto lo que dice Gordon que no vamos a inventar nada tan importante como un water con cisterna. Pero los seres humanos somos muy habilidosos en crear nuevas necesidades.

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La soledad de América Latina

Sáb, 19/04/2014 - 01:00

El discurso de Gabriel García Márquez al recibir el Premio Nobel en 1982... Y su obra cumbre: Cien años de soledad...
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Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

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Gabriel García Márquez, el hombre que atrapaba esos espíritus esquivos de la poesía

Ven, 18/04/2014 - 05:02
Begoña Piña, Público

"Me gustaría volver a ser reportero, porque tengo la impresión de que a medida que uno avanza en el trabajo literario va perdiendo el sentido de la realidad", le decía Gabriel García Márquez a Pablo Neruda en 1971, en una entrevista que el primero hizo al segundo. Entonces ya había publicado Gabo la inmensa historia de los Buendía de Macondo, ya había abierto las prometedoras puertas del realismo mágico y había dejado al mundo una de las grandes obras de la literatura universal del siglo XX. Entonces, ya estaban impresas El coronel no tiene quien le escriba y La hojarasca y La mala hora y Los funerales de Mamá Grande" y, ya se ha dicho, Cien años de soledad y Relato de un náufrago y... lo mejor de su literatura de ficción.

Obras inmortales algunas, inolvidables otras, una, sin duda, única... Ya decía Borges que Cien años de soledad era uno de los "grandes libros no solo de nuestro tiempo, sino de cualquier tiempo" y que no conocía más libros de García Márquez. Era una manera, muy borgiana, de decir que con aquella formidable novela no eran necesarias otras...

Pero aquel torrente de sobresaliente literatura, aunque ligado en sus partes más íntimas con personajes y momentos de la propia vida del escritor, le apartó tal vez más de lo que él y su conciencia social podían consentir de esa realidad a la que se refería en aquella conversación con Neruda. Y reapareció el periodista, el reportero. Y volvieron sus otros libros. García Márquez prometió no transitar el territorio de la ficción hasta que no cayera Pinochet y se lanzó a recorrer el mundo y a escribir interesantes reportajes para la revista Alternativa.

Y se publicaron Crónicas y reportajes, sus reportajes sobre Angola, Nicaragua, Cuba... reunidos en Periodismo militante, las aventuras por la vieja Europa, por Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, la antigua Unión Soviética en De viaje por los países socialistas...

En 1981 rompió su promesa y protagonizó un retorno a la ficción por todo lo alto, publicó Crónica de una muerte anunciada, tras la cual fue alternando mundo real e imaginario hasta hace relativamente poco. Hace diez años, en 2004 apareció Memoria de mis putas tristes, su última novela. Tiempo después se reunió en el volumen Yo no vengo a decir un discurso una serie de textos del Premio Nobel escritos a lo largo de su vida para ser pronunciados en público.

Han sido decenios y decenios en los que García Márquez calmó su muy temprana y persistente obsesión por escribir con obras de muy diferentes géneros. Periodista, novelista, cuentista... siempre poeta, él mismo se rindió a la literatura en cualquiera de sus facetas y lo confesó públicamente en su discurso de agradecimiento por el Premio Nobel. "En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía".

Poesía que estaba en las vidas de los Buendía, del patriarca José Arcadio, de Aureliano, de Amaranta... en ese fantástico mundo de Macondo, pero también en sus polémicas crónicas sobre Cuba, o en sus conversaciones con el gran amigo, luego gran enemigo, Vargas Llosa, y en sus discursos sociales, políticos... Un gran, un inmenso poeta. Un hombre que atrapaba esos espíritus esquivos en cada línea, en cada minuto de sus 87 años.

"El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: Mierda". Sí. Mierda. Ha muerto García Márquez.

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El crecimiento y la inversión continúan debilitándose en la segunda economía mundial

Xov, 17/04/2014 - 15:17

China ha logrado evitar lo peor pero así y todo las cifras no dejan de ser inquietantes. El Banco Central de China publicó ayer sus cifras de crecimiento que dieron un ambiguo suspiro de alivio. Por un lado, China creció más de lo que esperaba el mercado: un 7,4 por ciento frente al 7,3 por ciento diagnosticado. Una décima muy importante para una economía que se acerca a los 10 billones de dólares anuales. Por otro lado, China volvió a confirmar sus angustiantes niveles en la caída de la inversión en activos fijos.
El avance del 7,4 por ciento para los primeros tres meses del año fue el más reducido de los últimos 18 meses. El volumen total del Producto Interno Bruto alcanzó los 2,07 billones de dólares. La moderación en el ritmo de crecimiento ha sido impulsada por el propio gobierno que busca evitar un aterrizaje violento y se la juega por una desaceleración controlada. Si bien esto ha evitado una caída más violenta en el PIB, la desaceleración resulta incuestionable. La caída en la inversión en activos fijos llegó al 3 por ciento en los últimos 12 meses y al 17,6 por ciento anual, muy por debajo del 20,6 por ciento de hace un año.

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Cambio climático: la pausa no contradice la tendencia

Mér, 16/04/2014 - 13:45
Alejandro Nadal, La Jornada

En estas semanas el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) ha estado dando a conocer su quinto informe de evaluación. Se trata de los estudios más completos sobre el tema y están disponibles en el portal del IPCC. Pero este acontecimiento se produce en el contexto de un debate interesante sobre la relación entre gases invernadero y cambio climático.

En los últimos 15 años el aumento de temperatura del planeta ha sido más lento de lo que se había pronosticado. Para mucha gente, especialmente entre los que rechazan la evidencia sobre el calentamiento global, este freno en el termómetro global sería la negación de todo lo que se ha dicho sobre cambio climático. ¿Cuáles son las implicaciones de esta pausa en el ritmo del calentamiento global?

Para empezar, es importante insistir que en los últimos tres lustros la temperatura de superficie a nivel global no ha cesado de aumentar. Efectivamente el ritmo ha sido más lento: entre 1998 y 2013 la temperatura aumentó al ritmo de 0.04 grados centígrados por década, en lugar del ritmo de crecimiento de 0.18 grados de los años 90. Esto parece sorprendente si se considera que las emisiones de gases invernadero mantuvieron su tasa de crecimiento ininterrumpida. Todo esto sugiere que no existe un vínculo entre gases invernadero y aumento de la temperatura. Los escépticos del cambio climático también comenzaron a utilizar esta evidencia (la pausa en el crecimiento de la temperatura) como prueba de la incompetencia de los científicos y climatólogos.

Pero si de todas maneras algunos encontraban consuelo en el hecho de que el aumento de temperatura era más lento, hoy existen varias explicaciones sobre este fenómeno y ninguna de ellas pone en entredicho la relación entre emisiones de gases invernadero y calentamiento global. Algunas de estas explicaciones están relacionadas con aspectos metodológicos en las mediciones del cambio de temperaturas. Por ejemplo, muchos de los sistemas de recopilación de datos no toman en cuenta lo que sucede en el Ártico. Y esa región es una de las que experimenta un calentamiento más rápido si se le compara con las demás regiones del planeta. Un estudio incorpora los datos del Ártico (recopilados a través de observaciones hechas por satélites) y permite corregir el efecto de la omisión original. Cuando se toman en cuenta estos datos el aumento de temperatura es de 0.12 grados centígrados entre 1998 y 2012. Por otra parte, las temperaturas promedio de superficie no son el único indicador para medir el cambio climático: durante esos años crecieron el número de días de calor y los de mucho calor, así como las temporadas de calor más largas.

Otros estudios hacen hincapié en el hecho de que una buena parte del calor que llega a la superficie es absorbida por los océanos. El más grande de ellos, el Pacífico, desempeña un papel importante en este proceso. Pero precisamente los vientos dominantes en el Océano Pacífico han afectado su circulación y su capacidad para absorber calor. Esos vientos soplan con dirección al oeste en las latitudes tropicales y empujan el agua de superficie hacia el oriente. Simultáneamente jalan aguas más frías de las profundidades del océano hacia la superficie en las zonas central y oriental del Pacífico, con lo que las temperaturas promedio se reducen en zonas muy grandes del océano. En todo este proceso, parte de la capa de agua más caliente es obligada a sumergirse secuestrando una buena dosis de calor y manteniéndola en las profundidades oceánicas. Cuando se debiliten los vientos dominantes la circulación regresará la normalidad y el efecto de enfriamiento terminará.

Existen otros factores que permiten explicar la pausa en el aumento de temperatura. Uno de ellos es el de la actividad volcánica que inyecta grandes cantidades de ceniza en la atmósfera que bloquean la luz del sol. En ausencia de este tipo de fenómenos el aumento de la temperatura global seguirá su ritmo.

Los modelos matemáticos de simulación permiten integrar los datos que les permiten explicar la variabilidad en el cambio climático y, en especial, la famosa pausa de los últimos 15 años. Por eso la gran mayoría de los climatólogos espera que el aumento de temperaturas prosiga el ritmo previsto en unos cuantos años. Muchos estudios incluso concluyen que es posible que el calentamiento se acelere.

El calentamiento global es una realidad y existe un fuerte consenso de la comunidad científica sobre este punto. También es incuestionable el hecho de que la actividad humana es la principal causa de este cambio en la temperatura global. Los grupos corporativos interesados en mantener el actual estado de cosas buscan engañar y confundir a la opinión pública sobre el tema del calentamiento global. Estos grupos quieren evitar que los gobiernos prohíban o restrinjan las emisiones de gases invernadero. Una lista de estas organizaciones y de sus actividades se encuentra en el portal de la Union of Concerned Scientists (UCS).

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Brasil: El monopolio mediático y su terror económico

Mér, 16/04/2014 - 04:54

Emir Sader, Alainet

La economía brasileña creció el 2,4% el año pasado. En febrero, de nuevo, se batió el récord en la generación de empleo en Brasil. Los salarios siguen subiendo por encima de la inflación. La inflación está controlada, por debajo del 6% anual.

Pero dos institutos - Ibope y Datafolha - publican encuestas más o menos iguales: el apoyo al gobierno habría caído entre un 6 y un 7%, según su interpretación, por "pesimismo económico". ¡En una de ellas se llega al espantoso resultado de que la política de generación de empleo tendría el rechazo del 54% de la población, cuando se está prácticamente con pleno empleo en Brasil!

Otros elementos permiten entender estas paradojas. En la primera encuesta - Ibope es un instituto contratado permanentemente por TV Globo, juró en el 2010 que Lula no lograría elegir a su sucesor y José Serra sería el próximo presidente de Brasil - a la vez que se publica esa caída de apoyo al gobierno, se difunden los resultados de la encuesta para la elección presidencial y Dilma Rousseff sigue con el mismo resultado anterior - 43% -, derrotando a los dos candidatos de la oposición - Aecio Neves y Eduardo Campos - que, sumados, llegan al 22%. Es decir, Dilma vencería en primera vuelta, con lo cual se deduce que el descontento que buscan evidenciar con su gobierno no favorece a ningún candidato opositor, con la gente prefiriendo un nuevo gobierno del PT.

Como parte de sus tradicionales manipulaciones, el instituto divulgó primero el resultado de la encuesta presidencial y, una semana después, aquella sobre el apoyo al gobierno, para dar la impresión que la primera habría sido superada por el movimiento de pérdida de apoyo del gobierno, cuando son partes de la misma encuesta, hecha los mismos días.

El otro instituto - Dadatolha - pertenece a uno de los periódicos opositores, una de cuyas directoras afirmó, en la campaña presidencial del 2010, que, dada la debilidad de la oposición, los medios asumían el rol de partido de la oposición. Y lo siguen haciendo.

Lo cierto es que, después de fracasar en el intento de desprestigiar al gobierno con otras campañas, los medios se concentran en el "terrorismo económico", buscando generar en sectores de la población el sentimiento de insatisfacción, de inseguridad económica. El país crecería menos de lo que podría, ello se debería no a la tendencia especulativa de los grandes capitales, sino a la falta de "garantías" de parte del gobierno por sus supuestas tendencias "estatizantes".

Es esa campaña la que, según los institutos de encuestas, justificaría la pérdida de apoyos de parte del gobierno, aunque los candidatos opositores se mantienen en los mismos niveles y Dilma ganaría igual en la primera vuelta. El gobierno paga un precio por no haber avanzado nada en el debate sobre la falta de democracia en la formación de la opinión pública, con unos medios fuertemente monopolizados en manos de algunas pocas familias. Siguen aumentando las tasas de interés, como respuesta a las presiones de que habría riesgo inflacionario, especialmente en un año electoral, cuando lo que el país necesita son incentivos a las inversiones productivas y no a las especulativas.

Todo indica que Dilma Rousseff será reelegida este año, con buenas posibilidades de que lo haga en primera vuelta. Cuenta con un voto duro de los sectores más pobres: más del 70% en el nordeste de Brasil, más del 55% entre los de menor poder adquisitivo. Cuenta con la fuerza movilizadora de Lula, cuenta con candidaturas impopulares en la oposición. Pero en el caso que no supere el cerco mediático impuesto por los monopolios de la oposición, no podrá imponer los niveles de crecimiento económico que el país necesita, para dar seguimiento al extraordinario proceso de democratización social inaugurado al comienzo de los gobiernos del PT, en 2003.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Ernesto Laclau teórico de la hegemonía

Mar, 15/04/2014 - 09:01
Íñigo Errejón, Público

Aunque en mi casa de la infancia había algún libro suyo en las estanterías, no fue hasta mi último año de licenciatura cuando leí a Ernesto Laclau junto a Chantal Mouffe -su compañera sentimental e intelectual-, en un seminario del profesor Javier Franzé en el año 2005-2006. Recuerdo que el fragmento de "Hegemonía y estrategia socialista" me pareció una lectura densa y complicada, a la que después regresaría lápiz en mano, pero que sin embargo hizo ya que se me tambaleasen algunas certezas y me abrió un campo de curiosidad intelectual al que luego me dedicaría. Tiempo después, pasando por Buenos Aires tras un año de estancia de investigación en Bolivia, me compré "La Razón Populista", ya obsesionado por comprender lo nacional-popular en Latinoamérica y apasionado por algunas de sus ambivalencias. Era el año 2009. En mayo de 2011, tres días después del 15M, defendí en la Universidad Complutense mi tesis doctoral: "La lucha por la hegemonía del MAS en Bolivia (2006-2009):un análisis discursivo" en la que el trabajo de Ernesto Laclau (de nuevo: y de Chantal Mouffe) y de su escuela neogramsciana ocupaban ya un lugar teórico central.

Hace unos días, introduciendo un acto con el Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Álvaro García Linera, sin duda otra gran cabeza del cambio de época latinoamericano, pensaba que "no es fácil presentar a alguien a quien se ha leído mucho". Me doy cuenta ahora de que menos aún lo es escribir un obituario de alguien, lejano y cercano, a quien sin haberlo conocido se ha estudiado mucho.

Ayer domingo, falleció en Sevilla el teórico político argentino Ernesto Laclau (1935-2014), que se había doctorado en Oxford de la mano de Eric Hobsbawn y actualmente era profesor emérito de Ciencia Política en la Universidad de Essex, donde fundó una escuela teórica dedicada al análisis del discurso y la ideología como prácticas que conforman sujetos. Laclau nos ha dejado una obra que representa quizá el más importante de los desarrollos teóricos del concepto de hegemonía de Antonio Gramsci.

La trayectoria intelectual de Ernesto Laclau cruza constantemente las fronteras de las disciplinas (historia, filosofía, ciencia política) y refuta el prejuicio conservador de la incompatibilidad entre rigor y compromiso: en cada paso de su carrera son inseparables la solidez académica y la curiosidad e implicación intelectual en las disputas de su tiempo y su posible recorrido emancipador. Laclau escribe de manera meticulosa y sistemática, pero también viva, polémica y arrolladora.

Procedente en su juventud del Partido Socialista de la Izquierda Nacional de Abelardo Ramos, y partiendo de un marxismo en diálogo con el fenómeno popular del peronismo ("el peronismo me hizo entender a Gramsci", afirmaba) el cuerpo central de su obra se ha orientado a pensar el concepto de hegemonía, en una discusión abierta con Gramsci a partir de un desarrollo original y no canónico -casi herético- de sus conceptos e intuiciones inacabadas. Las preguntas de cómo funciona la capacidad de crear consenso y legitimidad y, en particular, cómo y bajo qué condiciones los de abajo son capaces de darle la vuelta a su subordinación y conformar un bloque histórico que dirija y organice la comunidad política, son nucleares en el pensamiento de Ernesto Laclau.

"Hegemonía y estrategia socialista" (1985) es la obra principal de Laclau y Chantal Mouffe, un libro fundante de todo un enfoque teórico. En él se propone una comprensión de la política como disputa por el sentido, en la que el discurso no es lo que se dice -verdadero o falso, desvelador o encubridor- de posiciones ya existentes y constituidas en otros ámbitos (lo social, lo económico, etc.) sino una práctica de articulación que construye unas posiciones u otras, un sentido u otro, a partir de "datos" que pueden recibir significados muy distintos según se seleccionen, agrupen y, sobretodo, contrapongan.

Que el sentido no esté dado sino que dependa de equilibrios y pugnas es la base de la democracia y no una amenaza, como pretende el pensamiento conservador que quiere reducir la política a la gestión de lo decidido en otro lugar. De acuerdo con este enfoque, la política no sería similar ni al boxeo (mero choque o gestión entre actores ya existentes) ni siquiera al ajedrez (alianzas, movimientos y tácticas con piezas ya dadas) sino a una contínua "guerra de posiciones" -con episodios de movimientos, pero también de congelación institucional de equilibrios de fuerzas, claro está- por constituir los bandos (las identidades), los términos, y el terreno mismo de la disputa. La fragmentación de las posibles identidades y su contingencia no da lugar aquí a una celebración de las particularidades ni al mito conservador del fin del antagonismo, sino a una conciencia de la necesidad insustituible de la política, de articular y generar imaginarios que aúnen y movilicen.

Este poder es la hegemonía: la capacidad de un grupo de presentar su proyecto particular como encarnando el interés general (un particular que genera en torno a sí un universal), una relación contingente, siempre incompleta, contestada y temporal. No se trata sólo de liderazgo ni de mera alianza de fuerzas, sino de la construcción de un sentido nuevo que es más que la suma de las partes y que produce un orden moral, cultural y simbólico en el que los sectores subalternos e incluso los adversarios deben operar con los términos y sobre el terreno de quien detenta la hegemonía, convertida ya en sentido común que no puede quebrarse desde la absoluta exterioridad que condena a la irrelevancia.

En este modelo juegan un papel principal los "significantes flotantes", similar al de las colinas privilegiadas desde las que se domina el campo de batalla. Se trata de aquellos símbolos o nombres portadores de legitimidad pero que no están anclados a un sentido determinado y por tanto pueden servir de catalizadores y estandartes de un conjunto de fragmentos o reclamaciones desatendidas que se conviertan en un "nosotros" político con voluntad de poder, lo cual requiere siempre la definición de un "ellos" responsabilizado de los problemas. No es una operación de descripción, es de generación de sentido.

Sin embargo es sin duda en torno a la discusión del concepto "maldito" de populismo cuando Laclau adquirió su mayor impacto mediático y político. En "La Razón Populista" (2005) analiza las premisas elitistas y sustancialmente antidemocráticas que están detrás de la identificación entre "pueblo" y "bajas pasiones que pueden exaltar los demagogos", y postula que la amenaza para las democracias contemporáneas no viene de su sobreuso plebeyo sino de su estrechamiento oligárquico, por minorías que escapan al control popular. A continuación, propone una conceptualización del populismo radicalmente distinta a su uso mediático peyorativo y vago: entenderlo no como un contenido ideológico sino como una forma de articular identidades populares -típica en momentos de crisis e incapacidad de absorción institucional, descontento y dislocación de las lealtades previas- por dicotomización del espacio político frente a las élites que son simbólicamente agrupadas: Una "plebs" que exige ser el único "populus" legítimo". Una nueva frontera parte horizontalmente el campo dibujando un nuevo "ellos" frente al que producir una identidad popular que desborda las metáforas que antes repartían posiciones. La carga ideológica en cada caso dependería de la naturaleza y gestión de esa frontera.

Esta conceptualización del populismo hace de las categorías de Laclau una referencia imprescindible para entender las experiencias de cambio político, formación de gobiernos nacional-populares y reforma estatal en Latinoamérica a comienzos del siglo XXI; pero al mismo tiempo puede ser la causa del ninguneo o la hostilidad hacia este "último Laclau" en España pese a su influencia intelectual y reconocimiento académico en Europa y Latinoamérica. Porque hay que recordar que las experiencias latinoamericanas de inclusión y expansión democrática se producen entre la hostilidad del pensamiento conservador y la incomprensión de la mayor parte de la izquierda para la que el populismo es una falsificación o distracción más o menos dañina de las verdades ya constituidas.

Como hay que recordar también de la mano de Marco d´Eramo en su artículo "El populismo y la nueva oligarquía" (New Left Review 82) que en Europa se atraviesa un momento significativo en el que a medida que avanza la ofensiva oligárquica, el empobrecimiento y el desprecio de las élites por el pueblo incluso como instancia legitimadora, aumentan las acusaciones de "populismo" contra cualquier muestra de descontento o reivindicación del papel de los muchos en los asuntos comunes. Una latinoamericanización de la política en la europa meridional que acerca las discusiones y pone por primera vez las brújulas mirando al sur, no para copiar sino para traducir, reformular, saquear el arsenal de conceptos y ejemplos. Una latinoamericanización que se despliega por arriba pero también por abajo. No es un secreto para nadie que alguna iniciativa política reciente en nuestro país no habría sido posible sin la contaminación intelectual y el aprendizaje de los procesos vivos de cambio en Latinoamérica, y de una comprensión del rol del discurso, el sentido común y la hegemonía que es clara deudora del trabajo de Laclau entre otros.

Ernesto Laclau ha fallecido cuando más falta hacía, en el filo de un momento de incertidumbre y apertura de grietas para posibilidades inéditas. Para pensar los desafíos de la sedimentación de la irrupción plebeya y constituyente en los estados latinoamericanos y para atreverse en el sur de Europa con los retos de cómo convertir el descontento y sufrimiento de mayorías en nuevas hegemonías populares. Nos deja frente a esa tarea pero no solos, sino con unas categorías vivas y una veta abierta y rica de pensamiento audaz y radical, a estudiar, traducir y llevar más allá de sus contornos, como hiciera él mismo con las ideas de Antonio Gramsci, encontrarle aliados insospechados, huecos inadvertidos y potencialidades no previstas. Deja sembrado, junto con muchos otros, el caudal intelectual y político de una América Latina que ha expandido el horizonte de lo posible y nos ha devuelto la política como creación, tensión y apertura. También como arte cotidiano y plebeyo. Una América Latina que demuestra que a veces, con más audacia y creación que esencias, con más estudio que dogmas, con más insolencia que garantías y manuales, sí se puede.
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Más información: Laclau, un pensador a contrapelo, El gran resignificador del populismoUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Fallece Ernesto Laclau, el intelectual de los debates y los combates

Mar, 15/04/2014 - 08:00
Werner Pertot, Página 12
Murió Ernesto Laclau, una de las principales figuras de la teoría política argentina, un intelectual que resignificó los estudios sobre el populismo contra ciertas concepciones del sentido común. El autor de Hegemonía y estrategia socialista estaba ayer con su mujer Chantal Mouffe en Sevilla, España, donde sufrió un infarto. Tenía 78 años y era profesor en la Universidad de Essex, Inglaterra. En los últimos años habían causado revuelo sus posiciones favorables al kirchnerismo y a Hugo Chávez, así como su intervención en las discusiones políticas a través de ciclos como Debates y combates o del canal Encuentro. Sus restos serán velados en la Argentina, aunque hasta ayer no había confirmación del día ni del lugar. Laclau estaba en Sevilla invitado por el agregado cultural de la embajada argentina en España, Jorge Alemán. Iba a brindar una conferencia ayer por la tarde. Según relató Alemán, Laclau había iniciado el día temprano a la mañana con un paseo por las calles de Sevilla y un baño en la pileta del hotel, cuando se produjo el infarto que provocó su muerte.

Desde diversos sectores políticos y académicos, destacaron la pérdida que significa para las ciencias sociales.

Laclau daba clases de Teoría Política en la Universidad de Essex, un cargo que ocupaba desde 1973. Además, era director del programa de Ideología y Análisis del Discurso, donde se dictan una maestría y un doctorado. Fue distinguido con el titulo de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Rosario (UNR), la Universidad de San Martín lo tenía como director honorario del Centro de Estudios del Discurso y las Identidades Sociopolíticas. Sus hijos, Santiago y Natalia, residen en Argentina.

Marx y LacanLaclau nació en Buenos Aires el 6 de octubre de 1935 y creció en una casa donde había mucho debate político: su padre era un radical yrigoyenista, que participó de las sublevaciones contra Uriburu. Estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde se recibió en 1964. Bajo los debates de la figura del intelectual comprometido –sobre la que discutían desde Theodor W. Adorno hasta Jean-Paul Sartre–, la formación de Laclau combinó la militancia política y la investigación académica. Tras el golpe de 1955, formó parte del grupo Contorno, junto a Eliseo Verón, León Sigal y Sofía Fisher, entre otros. Militó durante un tiempo en Socialismo de Vanguardia –una escisión del Partido Socialista Argentino–, de donde se alejó por sus críticas al leninismo. Trabajó junto al sociólogo Gino Germani y fundó junto a José Luis Romero la materia Historia Social y General de la carrera de Historia de la UBA.

En los sesenta, Laclau fue director de la revista Lucha Obrera, que se vinculaba al Partido Socialista de Izquierda Nacional. Cuando escribía, usaba el pseudónimo Sebastián Ferrer, porque era becario del Conicet, donde veían mal su compromiso político. La Izquierda Nacional era una corriente de la que participaron otros intelectuales como Blas Alberti, Fernando Carpio y Jorge Abelardo Ramos, quien fue una figura importante en la formación política de Laclau.

Con la dictadura de Onganía, Laclau perdió su cargo como docente en la Universidad de Tucumán y luego ganó una beca en Oxford, donde estudió con el historiador marxista Eric Hobsbawm. “Empecé mi trayectoria política en la Izquierda Nacional. Cuando llegué a Inglaterra, entré en contacto con la New Left Review y con gente ligada a la experiencia de los movimientos anticoloniales –relataba Laclau en un reportaje de 2003–. Me fui de la Argentina en 1969 pensando que era por tres años. Después vinieron las bestias y no puede volver por quince años.” El golpe de Estado de 1976 cortó su regreso.

Desde Inglaterra, en 1979, escribió Política e ideología en la teoría marxista: capitalismo, fascismo, populismo, una compilación de artículos que hizo a pedido del historiador marxista Perry Anderson. En esa época, todavía adscribía a la teoría de Antonio Gramsci y no había formulado los conceptos que luego hizo conocidos. En 1980 hizo su contribución a Tres ensayos sobre América Latina, un libro del Fondo de Cultura Económica.

Fue en los ochenta cuando Laclau se convirtió en uno de los intelectuales preocupados por pensar la reconfiguración de la izquierda en plena crisis del pensamiento marxista. Junto con su compañera Chantal Mouffe, escribió en 1985 Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Este libro es considerado como uno de los que configuran el posmarxismo, desde una línea que critica el determinismo económico y una lectura mecánica de los procesos populares de América latina. Laclau se centró en releer el capitalismo desde una perspectiva que cruzaba la obra de Karl Marx con la de Jacques Lacan (una buena parte de los autores posmarxistas incorporan aportes de otras teorías: en el caso de Laclau, también sumó conceptos del posestructuralismo).

Allí, Laclau planteó una de sus definiciones más conocidas, donde la política es entendida como una lucha por la hegemonía y por conquistar lo que llama “significantes vacíos” o “significantes flotantes”, en un uso de un término lacaniano para entender fenómenos políticos. Durante la siguiente década siguió desarrollando esta teoría: en 1990, publicó Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo, en 1996 Emancipación y diferencia y Misticismo, retórica y política, en 2002.

Reinventar el populismo“En la genealogía que hace Ernesto Laclau, nos habla de un populismo que tiene una profunda raigambre en la modernidad capitalista, y plantea lo heterogéneo, lo opaco de la social, para empezar a discutir las lógicas políticas de la democracia y la memoria histórica popular”, sostuvo el profesor y ensayista Nicolás Casullo en la presentación en 2005 de La razón populista, uno de los libros más importantes de Laclau, que giró en torno del fenómeno de los nuevos gobiernos de sesgo populista. A La razón populista le siguió en 2008 Debates y combates. Para un nuevo horizonte en la política, que también le dio nombre a una revista que editó Laclau con aporte de intelectuales como Toni Negri –de quien se mostró cerca, aunque con diferencias en algunos puntos de su teoría, mientras que polemizó con Slavov Zizek–, la filósofa francesa Judith Revel, entre otros. Laclau buscaba que la revista “fuera para el mundo hispano lo que puede ser New Left Review para el mundo anglosajón”. Con la misma idea, condujo un ciclo de entrevistas en el canal Encuentro.

Pese a la distancia, Laclau siempre se mostró atento a lo que ocurría en la Argentina. En 2003, por ejemplo, señaló que “Kirchner no habría sido posible sin los cacerolazos”. Sobre la discusión posterior alrededor de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, advirtió que “si prevalecen los monopolios, la guerra está perdida”.

En 2012, Laclau conoció a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Nunca formó parte del Gobierno con un cargo –se mencionó la embajada de Londres o de Francia–, pero planteó sin medias tintas sus posiciones sobre el kirchnerismo y la disputa política en la Argentina. En los últimos tiempos, señalando las particularidades del momento histórico, se había mostrado a favor de la posibilidad de una reelección indefinida, aunque aclaró que no se refería a la Presidenta: “Si la gente está contenta con un presidente, debe tener la opción de volver a elegirlo. Si la gente está descontenta, puede votar por otro”, afirmó. Consideraba que es “el mejor momento democrático en 150 años en toda América latina”, pero advertía que “en la Argentina todavía no se logró una confluencia completa entre el momento autónomo de la voluntad de los sectores populares y el momento de la construcción del Estado”.

Siempre parecía estar volviendo sobre los conceptos del libro de 1985, donde se planteaba también un programa político: “La izquierda –escribió– debe comenzar a elaborar una alternativa creíble frente al orden neoliberal, en lugar de tratar simplemente de administrar de un modo más humano”.

Una mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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¿Por qué las empresas de fracking estadounidenses se relamen con Ucrania?

Lun, 14/04/2014 - 16:32
Naomi Klein, The Guardian

La manera de vencer a Vladimir Putin es inundar el mercado europeo con gas natural “frackeado en EEUU”, o eso es lo que la industria nos quiere hacer creer. Como parte de la histérica escalada anti-rusa, se han introducido dos proyectos de ley en el Congreso de los EE.UU. – uno en la Cámara de Representantes (HR 6 ), otro en el Senado (S. 2083 ) – que tratan de llevar por la vía rápida las exportaciones del gas natural licuado (GNL), todo en aras de ayudar a que Europa deje de depender de los combustibles fósiles de Putin, y mejorar la seguridad nacional en EE.UU.

Según Cory Gardner, congresista republicana que presentó el proyecto en la Cámara, “oponerse a esta legislación es como colgar una llamada al 112 de nuestros amigos y aliados.” Y puede ser cierto – siempre y cuando sus amigos y aliados trabajen en Chevron y Shell, y la emergencia es la necesidad de mantener las ganancias mientras los suministros de petróleo y gas convencionales disminuyen.

Para que esta táctica funcione, es importante no mirar minuciosamente los detalles. Como el hecho de que gran parte del gas probablemente no llegará a Europa – porque lo que estos proyectos de ley permiten es que el gas se venda en el mercado mundial a cualquier país perteneciente a la Organización Mundial del Comercio.

O el hecho de que durante años la industria ha estado vendiendo el mensaje de que los estadounidenses deben aceptar los riesgos a su tierra, agua y aire que conlleva la fractura hidráulica (fracking) con el fin de ayudar a su país a lograr la “independencia energética. ” Y ahora, de repente y con astucia, el objetivo se ha cambiado por el de “seguridad energética “, que al parecer significa vender un exceso temporal de gas obtenido por fractura hidráulica en el mercado mundial, y con ello crear dependencias energéticas en el extranjero.

Y, sobre todo, es importante no darse por aludido de que la construcción de la infraestructura necesaria para exportar gas a esa escala, llevará muchos años en permisos y su construcción – una sola terminal de GNL puede llevar una etiqueta con un precio de $ 7mil millones, ha de ser alimentada por una masiva red entrelazada de gasoductos y estaciones de compresión, y requiere su propia central eléctrica sólo para generar la suficiente energía para licuar el gas por súper- refrigeración. Para cuando estos enormes proyectos industriales estén en marcha y funcionando, puede que Alemania y Rusia también sean grandes amigos. Pero para entonces pocos recordarán que la crisis en Crimea fue la excusa aprovechada por la industria del gas para que sus sueños de exportación albergados durante muchos años se hicieran realidad, sin tener en cuenta las consecuencias a las comunidades que sufrieron el frácking o el hecho de que el planeta esté siendo cocinado.

Yo llamo a esta habilidad para explotar la crisis en beneficio privado, la doctrina del shock, y no muestra señales de retroceso. Todos sabemos cómo funciona la doctrina del shock: en tiempos de crisis, ya sea real o fabricada, nuestras élites son capaces de arremeter con políticas impopulares y que son perjudiciales para la mayoría bajo el paraguas de la emergencia. Por supuesto que hay objeciones – desde los climatólogos que advierten de la potente capacidad de calentamiento del metano, o de las comunidades locales que no quieren estos puertos de exportación de alto riesgo en sus amadas costas . Pero, ¿quién tiene tiempo para el debate? ¡Es una emergencia! Una llamada al 112! Aprobemos las leyes primero, pensemos después.

A muchas industrias se les da bien esta táctica , pero ninguna es más hábil utilizando tácticas de abandono de la racionalidad en la crisis que el sector global del gas.

Durante los últimos cuatro años el lobby del gas ha utilizado la crisis económica en Europa para decirle a los países como Grecia, que el camino para salir de la deuda y la desesperación es abrir sus hermosos y frágiles mares a la perforación. Y se han utilizado argumentos similares para racionalizar el fracking en Norteamérica y en el Reino Unido .

Ahora la crisis du jour es el conflicto en Ucrania, utilizada como ariete para derribar restricciones sensatas sobre exportación de gas natural y obligar a un acuerdo de libre comercio controvertido con Europa. Es un chollo: más comercio para las corporaciones contaminando y más gases de efecto invernadero contaminando la atmósfera – todo como respuesta a una crisis energética que en gran medida ha sido fabricada.

En este contexto vale la pena recordar – ironía de ironías – que la crisis que la industria del gas natural mejor ha manejado, ha sido la del mismísimo cambio climático.

No importa que la solución singular de la industria para la crisis climática sea la dramática expansión de un proceso de extracción por fracking que libera grandes cantidades de metano que desestabiliza el clima en nuestra atmósfera . El metano es uno de los más potentes gases de efecto invernadero – con una capacidad 34 veces mayor para atrapar el calor que el dióxido de carbono, según las últimas estimaciones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Lo que significa un periodo de 100 años para que disminuya el efecto del metano.

Es mucho más relevante, afirma el bioquímico de la Universidad de Cornell Robert Howarth, uno de los principales expertos del mundo sobre las emisiones de metano, observar el impacto a lo largo de una franja de 15-20 años, cuando el metano tiene un potencial de calentamiento global que es pasmosamente 86-100 veces mayor que el de el dióxido de carbono”. Es en este marco de tiempo que corremos el riesgo de encerrarnos en un calentamiento muy rápido “, dijo el miércoles.

Recordemos: no se construyen instalaciones multimillonarias a menos que los vaya a utilizar durante un mínimo de 40 años. Así que estamos respondiendo a la crisis de calentamiento de nuestro planeta mediante la construcción de una red de ultra- potentes hornos atmosféricos. ¿Estamos locos?

Y no es que nosotros sepamos en realidad cuánto metano se libera por la perforación y fractura hidráulica y toda su infraestructura asociada. Incluso mientras la industria del gas natural hace alarde de sus emisiones de dióxido de carbono “¡más bajo que el carbón ! “, nunca se han medido sistemáticamente sus fugas de metano, arrastradas en todas y cada una de las etapas del proceso de extracción, procesamiento y distribución de gas – desde el lugar de extracción y las válvulas de condensador hasta las tuberías rotas bajo los barrios de Harlem. El propio sector, en 1981, lanzó la inteligente idea de que el gas natural era un “puente” hacia un futuro de energía limpia. Eso fue hace 33 años. Largo puente… Y la otra orilla todavía no se divisa en ninguna parte.

Y en 1988 – el año en que el climatólogo James Hansen advirtió al Congreso, en un testimonio histórico, acerca del problema urgente del calentamiento global – la Asociación Americana de Gas comenzó a proponer explícitamente su producto como una respuesta al “efecto invernadero,” No perdió el tiempo, en otras palabras para venderse a sí mismo como la solución a una crisis mundial que había ayudado a crear .

El uso por la industria de la crisis en Ucrania para expandir su mercado mundial bajo el estandarte de “seguridad energética” debe verse dentro del contexto de un ininterrumpido uso oportunista de esta crisis. Sólo que esta vez somos muchos más los que sabemos donde radica la verdadera seguridad energética. Gracias a la labor de los mejores investigadores como Mark Jacobson y su equipo de Stanford, sabemos que el mundo puede, en el año 2030, cubrir sus necesidades en su totalidad con las energías renovables. Y gracias a los últimos y alarmantes informes del IPCC, sabemos que hacerlo es ahora un imperativo existencial.

Estas son las infraestructuras que necesitamos construir urgentemente – y no por supuesto, gigantescos proyectos industriales que nos obligarán a una mayor dependencia de combustibles fósiles peligrosos durante décadas futuras. Sí claro, todavía se necesitarán combustibles durante la transición, pero hay más que suficientes de los convencionales a nuestra disposición durante ese periodo. Y los métodos extra-sucios de extracción, como son las arenas bituminosas o el fracking, simplemente no son necesarios. Como dijo Jacobson en una entrevista esta misma semana: “Nosotros no necesitamos combustibles no convencionales para la conversión del viento el agua y la energía solar a totalmente limpia y renovable y, a todos los efectos, tenemos los medios existentes además de los de nueva creación, [de la generación renovable] que suministren energía para el resto de la infraestructura limpia que vamos a necesitar … el petróleo y el gas convencionales son mucho más que suficientes.”

Ante esto, les toca a los europeos transformar su deseo de emancipación del gas ruso a la exigencia de una transición acelerada hacia energías renovables. Esta transición – a las que las naciones europeas se han comprometido en el marco del protocolo de Kyoto – puede ser fácilmente saboteado si el mercado mundial se inunda con combustibles fósiles baratos obtenidos de los cimientos EE.UU mediante fracking. Y de hecho “estadounidenses contra fracking” http://www.americansagainstfracking.org/ que lidera la lucha contra seguir la vía rápida en las exportaciones de GNL, y que está trabajando estrechamente con sus homólogos europeos para evitar que esto suceda .

Responder a la amenaza ante un calentamiento catastrófico es nuestro imperativo energético más apremiante. Y simplemente no podemos darnos el lujo de dejar que nos distraigan con á última crisis alimentada como estratagema de marketing por la industria del gas natural.
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Traducido por Araceli Fernández Prieto Para Iniciativa DebateUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Cinco señales de que la recuperación económica puede ser una ilusión

Lun, 14/04/2014 - 08:00
Larry Elliott, The Guardian

La economía global parecía estar convaleciente cuando el Fondo Monetario Internacional se reunió para su reunión primaveral en Washington hace diez años. Alan Greenspan había reducido los tipos de intereses al 1% en los Estados Unidos tras el derrumbe del auge de las punto.com y la mayor economía del mundo había respondido al tratamiento. Gordon Brown era ministro del Tesoro y el Reino Unido se encontraba en su duodécimo año de crecimiento sin interrupción.

Las empresas occidentales se dirigían en manada hacia China ahora que formaba parte de la Organización Mundial del Comercio. Se hablaba de deslocalización, de cadenas de suministro global just-in-time y de mercados de capital integrados. Las expectativas se cifraban en que los buenos tiempos durarían eternamente. No se atendió a la noción de que nos esperaba un fallo total del sistema a la vuelta de la esquina. La fe en las propiedades autocorrectoras de los mercados abiertos era absoluta.

Cuando llegó debidamente el crac, el FMI se autoflageló confesando que había sido reo de pensamiento grupal. Había ignorado las señales de los problemas o había minusvalorado su significado cuando los oteó. El Fondo ha aprendido de esta experiencia algunas duras lecciones. Los riesgos de caída en relación con los pronósticos de su World Economic Outlook (WEO – Perspectivas Económicas Mundiales) semestral se catalogan hoy de forma exhaustiva.

El mundo de 2014 no es diferente del de 2004. El empujón proporcionado por el dinero barato ha hecho que se moviera la economía global. Es baja la inflación medida por el coste de bienes y servicios, pero los precios de los activos están empezando a zumbar. Los mercados financieros han vuelto a sus encantamientos. Se van haciendo tratos y se pagan grandes bonificaciones. La creencia popular es que lo peor ha terminado y que las perspectivas de la economía global se fortalecerán a medida que los problemas que quedan se van poniendo en orden.

Algunos analistas creen que ha vuelto la Gran Moderación – el periodo de baja inflación y continua expansión – tras el hiato causado por el crac.

Los optimistas podrían tener razón. Las recesiones tienden a ser la excepción, más que la regla, y los países acaban por volver a una tasa tendencial de crecimiento. En el Reino Unido es de un 2% o una cosa así; en los EE.UU. es un poco más elevada; en la eurozona, un poco más baja. Podría tratarse del inicio de una larga alza global erigida sobre el cambio tecnológico y la presencia del poder de compra de la clase media en economías de rápido crecimiento de mercados emergentes.

O bien podría ser otro caso de pensamiento grupal.

Imaginemos, por tanto, que en un lapso de cinco años el FMI esté haciendo la autopsia de otro periodo de turbulencia global. ¿Cuáles se diría que fueron las señales de aviso que no se advirtieron durante 2014? He aquí cinco a tener en cuenta.

La primera sin duda ha de figurar en el WEO que se publicará el martes [8 de abril]: la dependencia de la economía global de tipos de interés excepcionalmente bajos. Desde que llegó a su cénit en la década de 1970, la depresión de los tipos de interés ha sido más reducida en cada ciclo subsiguiente y ahora está apenas por encima de cero. Países como Gran Bretaña y los EE.UU. solo han podido volver a su tasa tendencial de crecimiento gracias a periodos de política monetaria cada vez más laxa. Tal como advirtió Adair Turner en su conferencia en la Cass Business School de febrero, con ello se ha esquivado la amenaza de secular estancamiento, pero pagando un precio. La recuperación diseñada por Greenspan fue un ejemplo de "cura-resacas", y lo mismo se puede decir de pleno de la habida desde la Gran Recesión de 2008-09.

La segunda amenaza es un crac del mercado de bonos a medida que los bancos centrales intentan devolver la política monetaria a un marco más normal. Los bancos centrales van adoptando un enfoque más precavido frente a este proceso, mientras la Reserva Federal reduce gradualmente la cantidad de bonos que compra con el programa de facilitación cuantitativa y el Banco de Inglaterra echa mano de previsiones para garantizar a los prestatarios que cualquier aumento de los tipos de interés oficiales sea modesto y gradual.

Se asume que los bancos centrales pueden hacer arrancar la normalización de la política financiera de forma relativamente indolora. Pero esa era la creencia popular hace un decenio cuando Greenspan empezó a meter mano al coste de los préstamos. A la Fed se le había pasado por alto la colosal burbuja que llevaba hinchándose en el mercado inmobiliario y la vulnerabilidad de los prestatarios de subprimes respecto a los precios en caída de bienes raíces que provocaba una política más ajustada.

La razón por la que hay que vigilar los mercados de bonos es sencilla. Al comprar una gran cantidad de bonos, los bancos centrales han hecho aumentar su precio. El rendimiento (tipo de interés) de un bono se mueve de manera inversa a su precio, de manera que al subir los precios de los bonos, cae su rendimiento. Cuando llegue el momento de volver a vender los bonos en el mercado, debería suceder lo contrario. La mayor oferta de bonos deprimirá su precio y hará que se eleve su rendimiento. Si hubiera una avalancha hacia la salida, el aumento del rendimiento de los bonos sería rápido y doloroso.

En ciertos aspectos, los mercados de bonos caedizos son una amenaza demasiado obvia. Un suceso a lo “cisne negro” contiene un elemento de sorpresa, de modo que vale la pena echar un vistazo alrededor para ver si hay una burbuja ahí fuera que le pase a todo el mundo inadvertida, algo tan evidente que nos interpele directamente. ¿Qué tal la fracturación hidráulica? Se supone que la solución a las necesidades energéticas del mundo reside en el petróleo y el gas de esquisto, que es la razón por la que se ha acumulado la inversión en el sector. Sin embargo, la revista Oil & Gas Journal informaba el pasado mes de que 15 empresas de importancia han dado 35.000 millones de dólares por perdidos desde que comenzó el boom. Sacar petróleo y gas del suelo está resultando más costoso y menos rentable de lo esperado. Así que la tercera amenaza es que la fracturación hidráulica demuestre ser las nuevas subprime.

Por último, hay dos problemas de combustión lenta que el mundo ignora por su cuenta y riesgo. En una entrevista con el Guardian la semana pasada, Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, previno contra el riesgo de conflictos por los recursos en el lapso de los próximos cinco a 10 años, a menos que la comunidad internacional se tome en serio lo de enfrentarse al calentamiento global. El catálogo de sucesos meteorológicos extremos – de inundaciones en el Reino Unido a sequías en Australia – está creciendo. La inacción de los responsables políticos respecto al cambio climático es la misma que la de Greenspan en relación a las burbujas de los precios de los activos: enfrentarse al problema en caso de que surja. Ya sabemos todos cómo acabó eso.

Kim afirma también que es necesario actuar contra la creciente desigualdad. Lo mismo dice la directora ejecutiva del FMI, Christine Lagarde. Durante las primeras tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la economía global fue en buena medida la historia de una marea ascendente que elevaba todas las embarcaciones. Ese ya no es el caso, ahora que una minúscula élite se queda con la parte del león del crecimiento global. En la base y cada vez más para quienes se encuentran en la parte mediana, la cosa va de restricciones salariales, elevado desempleo, deuda, austeridad y pobreza. Las 85 personas más ricas del planeta poseen la misma riqueza que la mitad de la población mundial, pero parecen inconscientes del riesgo de un extendido descontento social. Lo mismo les pasó, por supuesto, a los Borbones y a los Romanov.
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Traducción para Sin Permiso: Lucas AntónUna mirada no convencional al neoliberalismo y la globalización
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Derrumbe del comercio mundial confirma nueva recesión

Dom, 13/04/2014 - 13:11

En enero advertíamos la sostenida caída del comercio mundial graficada por el Índice Baltic Dry que mide la demanda de transporte marítimo. Este índice ha mantenido su tendencia a la baja y el viernes llegó a los 1.000 puntos, un nuevo mínimo en 14 meses tras los 1.370 alcanzados en enero (en 2009 llegó a 4.650 puntos). Esto indica que el volumen del comercio mundial por vía marítima se está reduciendo a pasos agigantados dado que la demanda de nuevos buques portacontenedores disminuye rápidamente.

Esto confirma lo que hemos señalado sobre la caída del comercio mundial y el desplome del modelo económico basado en las exportaciones. Esto es fruto de muchas líneas de acción que han sido negadas o minimizadas por las castas predominantes. El mundo alcanzó sus cotas máximas de sobreexplotación de los recursos y esto propagó la mayor desigualdad de la historia. Como señala el informe Oxfam, se gobierna para la élites, es decir para el 1% de la población. El 99% nunca ha interesado a los creadores de las políticas económicas. Esto es lo que está llevando al mundo a una cruda decadencia.

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