(Parte I)
En la primera parte de esta entrega establecí algunos de los rasgos más significativos del contexto que ha dado lugar a la “Universitas calamitas”, esa institución que, incubada por las reformas universitarias de mentalidad neoliberal, actúa contra sí misma provocando su empobrecimiento y autodestrucción. Ahora quisiera comentar algunas de las paradojas y consecuencias de este proceso, con la intención de animar la reflexión y el debate sobre lo que sucede en los espacios universitarios que compartimos y que estamos llamados a defender. Comencemos por las paradojas.
Los procesos de reforma universitaria en curso, desde Bolonia y Tuning hasta las políticas que han implicado recortes presupuestales e incremento de cuotas, y las que intentan profundizar la privatización de la educación y el conocimiento, hacen todo lo contrario de lo que afirman. Se señala con insistencia que estas iniciativas permitirán transformar a la universidad para que esté en capacidad de afrontar los retos de la “sociedad del conocimiento”, haciendo de ella una institución activa, flexible, adaptable, innovadora y sustentable. Con ello se modifica su razón de ser, pues en adelante la nueva universidad deberá centrarse, ya no en el cultivo del conocimiento como aspiración suprema en la formación del ser humano, sino en la atención de las demandas que le planteen empresas, organismos y diversos sectores de la sociedad que requieran de sus “servicios”. Esta nueva universidad es concebida como una organización post-burocrática que sustentará su éxito en la creatividad y la innovación, y en el trabajo en equipo que produce sinergia.
Este planteamiento encierra una gran paradoja, pues invoca lo nuevo para implantar lo viejo. Si logramos desprendernos de los juegos retóricos que acompañan y legitiman los procesos de reforma en curso y ponemos más atención a lo que sucede realmente, nos percataremos de inmediato que las cosas son muy distintas: las reformas son la nítida negación de lo que tanto se exalta y afirma en documentos y discursos que anuncian el nacimiento de la “nueva universidad del siglo XXI”, esa que se proyecta como emprendedora, creativa, fluida y de “clase mundial”.
Es necesario enfatizar que las reformas desde las que se impulsa esta ficción, remiten a uno de los principios básicos de la burocracia. Me refiero a la estandarización, que funcionó como sustento y base de la industrialización de los Estados Unidos desde finales del siglo XIX, esa que se perfeccionó gracias al estudio de tiempos y movimientos de Frederick W. Taylor y los esposos Frank y Lillian Gilbreth y a la introducción de la línea de montaje que permitió a Henry Ford fabricar poco más de 15 millones de automóviles Modelo T.
Efectivamente, la “nueva universidad” que se invoca con las conjuras de las reformas en curso, es en este sentido una universidad “muy pero muy vieja”, pues intenta imitar y parecerse a esas fábricas industriales que encontraron en el control y la estandarización la necesaria combinación entre eficacia política y eficiencia económica –entre disciplina y productividad– para contener la resistencia en el trabajo hacia dentro y para derrotar a los competidores y cautivar a los clientes hacia fuera. Este modelo de organización sustentado en la división y descalificación del trabajo, hizo realidad la producción en masa de cuanto producto nos imaginemos, y se prepara hoy, desde las “fábricas del saber”, para producir ahora a cientos de miles de competentes “trabajadores de conocimiento” estandarizados e intercambiables.
Esta es una historia centenaria. La traducción y traslado del one best way tayloriano del mundo industrial a la universidad fue operada desde la primera década del siglo pasado por la renombrada Fundación Carnegie para el avance de la enseñanza, institución filantrópica encargada de distribuir entre las universidades, sobre una base competitiva, los recursos provenientes de las donaciones de las grandes corporaciones empresariales. Desde esa época se diseñaron diversos estándares educativos que debían cumplir las instituciones, para estar en condiciones de competir por los fondos disponibles. Este modelo precozmente introducido en los Estados Unidos, se ha esparcido y generalizado en las últimas décadas entre las instituciones universitarias de la mayoría de los países del planeta, dando lugar a una verdadera pandemia provocada por las plagas de la evaluación, la acreditación y los rankings que pululan por doquier.