Beatriz Stolowicz: La universidad pública latinoamericana, ¿casamata conservadora?

Beatriz Stolowicz: La universidad pública latinoamericana, ¿casamata conservadora?

ue el neoliberalismo atraviesa por una crisis de credibilidad en América Latina, nadie podrá negarlo: las crecientes luchas de campesinos, indígenas, trabajadores públicos y privados, estudiantes, pobladores, mujeres, ecologistas, deudores de la banca, pequeños propietarios y otros sectores, contra la miseria de empleados y desempleados, contra la privatización y aumento de tarifas de servicios básicos e impuestos regresivos, en defensa de los recursos naturales y la soberanía territorial, junto a las nuevas formas de lucha internacional contra el capital financiero, así lo acreditan. Los escenarios se anuncian más dramáticos ante las nuevas olas de despidos masivos por la contracción económica de Estados Unidos y la burbuja financiera a punto de estallar.

Pero hay que tener cuidado con creer que estemos ante la crisis terminal del neoliberalismo. El rechazo a las políticas económicas con las que se reproduce este capitalismo depredador de vidas, naturaleza y naciones, es un signo de su debilitamiento político pero todavía no de debilidad. Es cierto que el neoliberalismo ya no puede ser defendido como la mejor opción, pero aún no ha dejado de ser pensado como la única posible. Sus principios ideológicos siguen delimitando la noción de realidad y pautando lo que se considera realismo.

Las ideas neoliberales, que fueron elaboradas hace medio siglo por los conservadores capitalistas, triunfaron como ideología dominante porque el ejercicio del poder fue exitoso en transformar a los actores sociales y en la institucionalización de esas relaciones, prácticas y visiones, al punto de gestarse una dinámica de autorreproducción que las hace parecer "naturales", inevitables y hasta deseables. Son fenómenos ya arraigados, estructurales y culturales, que no cambian de la noche a la mañana. Es allí donde cabe preguntarse por el papel de la universidad pública en América Latina.

Es bastante significativo que en los debates sobre la universidad no sean éstas las preguntas que se formulen. Lo universitario se discute en términos de más o menos pero de lo mismo, siempre desde la lógica empresarial de insumos y productos cuantificables, que "naturalmente" se presume como un asunto de "expertos". Más significativo, todavía, es que en las discusiones sobre alternativas al neoliberalismo no esté la reflexión sobre el papel de la universidad pública en la gestación de países distintos; a lo sumo, se le incluye como un dato más de políticas, de "gasto" social deseable. En el modo de pensar la realidad y el deber ser, en lo que la universidad pública tiene un indudable papel reproductor y difusor, los éxitos ideológicos neoliberales son mayores de lo que se supone, pues no sólo han permeado a los intelectuales profesionalizados, sino también a quienes lo son como élites políticas, incluidas las que rechazan el neoliberalismo. Esta es una clave para entender sus fortalezas y debilidades reales.

Es obvio que el papel de los intelectuales no es un factor absoluto ni causa simple para explicar la realidad, que siempre es mucho más compleja. Allí están los efectos contradictorios de la exclusión social, de esta forma de dominación que ha favorecido los objetivos capitalistas de concentración de la riqueza y manipulación política, pero esta trágica realidad ha tenido como contrapartida que los más postergados y, por lo mismo, los menos expuestos a los parámetros conductuales e ideológicos del sistema, sean los primeros en recuperar su capacidad de resistencia y lucha.

Más evidente es la relación que existe con las transformaciones de la clase media latinoamericana, que ha perdido buena parte de su sensibilidad social y política frente a la tragedia de la mayoría miserable de la población. Abandonada por el Estado, la clase media compensa con conservadurismo la pérdida de certidumbres, certidumbres, por cierto, que otros sectores populares nunca tuvieron en el desarrollismo. Una fracción importante de ella, por lo demás, se recicla mediante las profesiones en las actividades de éxito del modelo: en las económicas de manera directa o a través del conocimiento tecnológico; en las de la floreciente industria de formación de opinión; o en la administración política elitista del sistema. Su adhesión y subordinación ideológica no es puramente circunstancial. La universidad pública refleja pero también reproduce esos cambios, que son de larga duración.

Por esa misma razón, la universidad ha perdido universalidad, aunque presuma de "globalismo", porque la universalidad es una cualidad de independencia universitaria frente al particularista interés dominante. Durante 80 años, la universidad latinoamericana bregó por conquistar esa independencia, enfrentando represiones civiles, intervenciones militares y ahogo presupuestal. Los reformistas de Córdoba, en 1918, lucharon junto a otras fuerzas sociales contra el poder oligárquico buscando la democratización del gobierno universitario y convocando a la intelectualidad a una identidad latinoamericana. Los movimientos de reforma universitaria de finales de los cincuenta y de los sesenta cuestionaron el capitalismo desarrollista por ser dependendiente del capitalismo central y por el carácter excluyente de una modernización limitada al ámbito urbano, generadora de desigualdad y marginadora de campesinos e indígenas. En esas luchas, se formaron los intelectuales latinoamericanos más destacados internacionalmente y más reconocidos y apreciados por sus pueblos. En esos avatares, se produjo conocimiento de calidad.

Hoy nuestra universidad latinoamericana va a la zaga del torrente crítico que reclama cambios. Peor aún, no cesa de institucionalizar los valores y prácticas de un neoliberalismo desprestigiado por los efectos desastrosos a largo plazo que ha provocado y que ni siquiera sus exégetas pueden desconocer.

Estamos frente a la más radical contrarreforma de la universidad pública latinoamericana. Continuadora en algunos países de las acciones destructivas de las dictaduras, como en Chile, es más dañina en las llamadas nuevas democracias porque se hace construyéndose una legitimidad. Con el acicate de la necesidad presupuestal individual e institucional y con una ofensiva ideológica sorprendente, se ha orientado a transformar constante y sistemáticamente al sujeto universitario. Los éxitos conservadores en este sentido no son menores, a pesar de la resistencia de académicos, trabajadores administrativos y manuales y estudiantes al avasallamiento de la universidad. Son sobre todo los estudiantes, el sector más vulnerable en la universidad, los que -como otros grupos de excluidos y junto a ellos- levantan banderas de dignidad, pero con una fuerza no suficiente como actores universitarios para transformar la realidad actual de la institución.

La fuerza del discurso universitario neoliberal radica en el formato realista con que encubre sus objetivos liquidacionistas. La derecha expropió al pensamiento independiente universitario la crítica a problemas que indudablemente existen en nuestras universidades, con una enorme capacidad de prestidigitación para convertir, por ejemplo, cuestiones de eficiencia en cambios de fines. Siempre es posible encontrar problemas sobre los cuales hacer diagnósticos de la más variada naturaleza, más aún, cuando muchos de estos problemas son consecuencia de las mismas políticas que se imponen desde hace casi dos decenios, como una forma de profecía autocumplida. Nuestras universidades públicas son distintas en cada país y entre los distintos países. Tienen estructuras y carreras académicas diferentes, perfiles curriculares diversos y distintos grados de inserción en la realidad nacional, formas de gobierno disímiles también en sus desarrollos democráticos y distintas organicidades y niveles de participación de sus actores. Pero la similitud de las políticas que se imponen, o buscan imponerse como la agenda única de lo universitario donde las resistencias son mayores, es la prueba irrefutable sobre el objetivo real: garantizar que, en sus funciones sustativas, las universidades latinoamericanas cumplan la función de contrapeso a la crisis neoliberal y de rémora consistente a cualquier proyecto alternativo de sociedad y país.

El aislamiento a que conduce la mercantilización de la vida de los universitarios -enredados en números, indicadores, puntos y evaluaciones que pervierten el sentido de su actividad- ha sido un obstáculo perseguido para bloquear claridades y perspectivas. Cuando es una urgencia ya demorada pensar en una universidad distinta para un país distinto, todavía está pendiente el análisis profundo de las transformaciones a que fue sometida durante casi 20 años. Cuando la resistencia al neoliberalismo se internacionaliza, la mayoría de los universitarios latinoamericanos desconoce el carácter continental de la contrarreforma y las búsquedas intelectuales y las luchas de muchos otros universitarios que en América Latina se oponen a ésta. La dispersión de los universitarios críticos es un dato que contrasta con los nuevos tiempos populares en nuestra región. No sería difícil encontrar una explicación a ello en la persistente dificultad por remontar el divorcio existente entre la intelectualidad y la izquierda -de responsabilidad compartida- en lo que la derecha sigue tomando ventajas para conjurar la crisis de la dominación más destructiva de nuestra región.

Si el primer paso es conocer, no puede menos que saludarse el esfuerzo de la revista Memoria por acercarnos a la realidad universitaria de América Latina, esfuerzo que esperamos sea el comienzo de la gestación de un importante espacio de intercambio y reflexión continental.

La autora es profesora-investigadora del Área Problemas de América Latina. Departamento de Política y Cultura, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México.

Memoria, Junio 2001