Montserrat Galcerán: Lo público como espacio de negocio

Montserrat Galcerán: Lo público como espacio de negocio
Reseña del libro "Privatización y negocio sanitario: la salud del capital"

Aún siendo una constante antropológica, la salud y la enfermedad han sido tratadas socialmente de modo diverso. Tradicionalmente los cuidados debidos a la salud recaían sobre las mujeres, que se ocupaban de ella en el marco de la estructura patriarcal de la familia. Y sólo a partir de la Ilustración, la constitución de la “mirada médica” favoreció entornos institucionales cada vez más reglados. Con ellos la enfermedad dejó de ser algo a tratar de modo privado para convertirse cada vez más en objeto de atención pública, determinando la creación de complejas estructuras sanitarias.

En la historia europea y americana la constitución de estas estructuras está entrelazada con el desarrollo del "Estado del bienestar" en la segunda mitad del siglo pasado. Es en este marco donde, especialmente en Europa, se crean servicios nacionales de salud caracterizados por la generalización de las prestaciones sanitarias, la gratuidad en el momento de uso y la financiación a cargo de los presupuestos generales del Estado. Y es particularmente en el centro del sistema mundo capitalista donde dichas instituciones logran estructurar una densa red pública de servicios sanitarios que, a pesar de sus deficiencias, logran asegurar una atención médica universal.

Sobre esta red empezó a ejercerse en los años 80 la estrategia privatizadora que se concentró en un esfuerzo continuado por subordinarla a las exigencias del mercado capitalista. Se trataba de dejar de tratar la salud como un derecho público para empezar a tratarla -igual que la educación- en una oportunidad de negocio. O, para decirlo en las palabras del propio autor del libro: "la estrategia neoliberal en materia sanitaria tiene como objetivo último, no tanto la reducción del gasto público, como el configurar el espacio sanitario como un lugar donde poder obtener plusvalía, expandiendo el mercado a sectores que escapaban a la posibilidad de hacer negocio" (p 6).

A primera vista no es fácil entender dicha transformación, ya que estamos acostumbrados a pensar en mercados de compraventa de objetos, y parece que la compra-venta de "servicios" escape a las reglas del mercado de mercancías. ¡Cómo si un servicio no pudiera ser un soporte tan bueno para la compra-venta como un objeto!. La cuestión está, a mi modo de ver, en darse cuenta de que configurar la sanidad como un negocio significa ni más ni menos que colocar el conjunto de la red sanitaria bajo la perspectiva de la inversión y de su incremento. Se trata de considerar los activos sanitarios -hospitales, personal, infraestructuras, conocimientos- como un "capital" que por tanto bien puede ser privado, de modo que el conjunto de los servicios de salud pasan a ser considerados como un subsector mercantil y de incremento de la inversión.

Ciertamente, como también señala el autor del libro, ese paso resulta facilitado por la existencia de un superávit de capital financiero en busca de nuevas oportunidades de inversión en un momento -finales de los 80- en que no resultan especialmente atractivos los mercados emergentes de los países del Sur, frente a mejores y más seguras oportunidades de negocio en los países altamente capitalizados. La estrategia permite por lo demás un doble efecto: por un lado descarga al Estado de parte de sus gastos en materia social, adelgazando los presupuestos y liberando recursos para otras iniciativas, las bélicas entre otras. Por otro desplaza hacia los usuarios el gasto sanitario "racionalizándolo" ya que, según la perspectiva de que lo gratuito no tiene prestigio alguno, se supone que el gasto sanitario pagado tendrá mejor valoración y a la vez al convertirse en bien escaso impedirá que se malgaste. Por último abrirá al negocio privado el espacio de los cuidados sanitarios profesionales profundizando la tendencia a la socialización capitalista del conjunto del vivir.

Situándose en esta perspectiva, el libro de Jaime Baquero tiene el gran mérito de aportar una documentación abundante que analiza en un marco de interpretación adecuado. El tema central es la crítica de la visión reduccionista de la salud que sólo la considera como oportunidad de negocio con los consiguientes efectos negativos: aumentar directa e indirectamente el aseguramiento privado, fragmentar la red pública propiciando la privatización de los segmentos más lucrativos, cambiar la fiscalidad de modo que sean los propios usuarios quienes carguen directamente con una parte de los gastos, derivar las prestaciones hacia partners privados, etc.

Muestra cómo la ofensiva se inició con la reforma impulsada por M. Thatcher en el Reino Unido y se extendió al resto de los países capitalistas en los decenios siguientes, bajo el argumento de que los servicios sanitarios públicos eran ineficientes en contraste con los privados. El autor desmiente categóricamente tal afirmación. Donde no existen sistemas públicos, donde sólo existen mercados sanitarios, los servicios de salud son más caros. Lo que no significa que en los sistemas mixtos, las dos partes sean tratadas de modo equitativo, sino que el sector público carga con las atenciones más costosas y deja en manos privadas los segmentos más beneficiosos. Se produce entonces una transferencia de recursos de lo público a lo privado que grava a aquél y beneficia a éste. En consecuencia no puede afirmarse que en igualdad de condiciones la medicina privada sea más eficiente que la pública, sino que saca ventaja de una política favorable.

El ataque a la sanidad pública es con todo, heterogéneo. Según muestra el autor, el objetivo no es eliminar la sanidad pública, sino convertir la salud en objeto de negocio y por tanto implantar una política diferenciada cuyos rasgos centrales consisten en la restricción del gasto público, en el traslado de los costes sanitarios sobre la población, en un relajamiento del control del gasto, en el favorecimiento de seguros médicos privados compatibles con el seguro general, en la restricción de las prestaciones financiadas de modo público, en la fragmentación de la red sanitaria y en la transferencia de prestaciones a clínicas privadas. Como resultado de todo ello se desarticula el sistema: por un lado los enfermos se transforman en "compradores de servicios sanitarios" por los que deben pagar "precios de mercado"; por otro los trabajadores de la sanidad son "laboralizados", es decir pierden la categoría de funcionarios públicos y se ven sometidos a la arbitrariedad, aumento de la precariedad y empeoramiento de las condiciones de trabajo que caracterizan las últimas reformas del trabajo en este país.

Tampoco puede decirse que se trate de un problema a escala únicamente nacional. Las medidas que forman parte de esa estrategia se toman al socaire de las recomendaciones de Maastricht y de las exigencias de la Unión europea. La sanidad, como la educación y como otros servicios sociales, están siendo sometidos a un proceso de mercantilización acelerado, que los convierte en espacios de negocio abiertos al capital internacional. En mi opinión éste es un punto especialmente destacable, ya que la subordinación a las exigencias de la valorización capitalista del conjunto de las actividades que sostienen el vivir humano empieza a configurar el horizonte del siglo XXI, pero no promete nada bueno para sus habitantes.

Rebelión, 12/12/04