Horacio C. Reggini: La educación superior, en la encrucijada

Horacio C. Reggini: La educación superior, en la encrucijada

Un fuerte entramado de política, economía y sociedad caracteriza a la educación superior. Pretender ignorar ese entrecruzamiento divagando en la soledad y la clausura de una universidad abstracta equivaldría a perderse en laberintos infinitos y no menos letales que la inmensa tabula rasa del desierto.

Venimos insistiendo desde hace tiempo en la necesaria interacción entre individuo y sociedad, a la que debe servir de manera ejemplar la etapa universitaria. No existe profesión que pueda prosperar en un aislamiento de torre de marfil, ya sea el laboratorio de investigación del científico o la biblioteca silenciosa del intelectual.

La acción en el mundo es un imperativo insoslayable, de modo que el primer objetivo de la educación superior debe ser pertrechar a mujeres y hombres concretos para su desempeño en la realidad.

Inferimos, entonces, que la universidad tiene, verdaderamente, una misión. Con planteles docentes de excelencia, debe facultar a los estudiantes para que, el día de mañana, ellos, a su vez, asuman la tarea de preservar y aumentar el acervo de la comunidad, dentro de una dinámica de responsabilidades concatenadas.

También hemos señalado cómo ese ideal deja en evidencia la falacia del racionalismo cuando, llevado al extremo, discierne entre "dos soles" excluyentes: el de las ciencias duras y el de las llamadas humanidades.

Tal línea divisoria implica la fragmentación del ser humano, y lo empobrece, atentando contra su esencial complejidad. La enseñanza superior debe apuntar a una amalgama de saberes que permita la maduración de nuestra privilegiada naturaleza polimorfa y haga posible, así, que el profesional perciba las necesidades y los valores del medio en el que actúa.

En pos del bien social que representa la educación, el futuro egresado universitario necesita manejarse fluidamente en las tradiciones y en el espíritu de su comunidad. Es decir, necesita cultivar su pertenencia profunda a una circunstancia histórico-social, de modo que para él capacitarse signifique preservar el solar que lo ha alumbrado. A la vez, esto sólo será posible, como no hemos dejado de advertir en todo momento, si se desechan de manera decidida las tentaciones del nacionalismo fundamentalista y si se procura la inserción en la universalidad del mundo, por lejanas que parezcan a veces algunas de sus regiones.

Nada peor en un proyecto educacional que el provincialismo derivado del aislamiento xenófobo o, dicho con palabras más suaves, que el provincialismo de la pobreza chauvinista.

El bien social, en crisis

La noción del conocimiento como bien social -que fue predominante en la reunión de la Unesco de 1998, en París- se encuentra ahora en crisis. El problema, de alcance mundial, se ha venido gestando en un proceso de globalización y mercantilismo cuyas pautas están a punto de borrar cualquier otro referente posible de la condición humana que no sea el consumo.

En horizonte tan confuso, la educación superior puede terminar en un pacto con el diablo que comprometa los valores y ponga en peligro el espíritu de las instituciones académicas, según advierte el profesor norteamericano y ex rector de la Universidad de Harvard Derek C. Bok.

En el artículo La universidad puramente pragmática , publicado en el número de mayo/junio de este año en Harvad Magazine, el profesor Bok critica la tendencia exclusivamente utilitaria de ciertas universidades en los Estados Unidos. No obstante ello, su análisis es extensivo a la actualidad universitaria internacional y, por ende, nos atañe.

La necesidad de capacitación en áreas diversas del conocimiento, condición sine qua non para obtener trabajo dentro de esta sociedad competitiva y oportunista, convoca masivamente a las academias. Frente a semejante demanda, los centros de estudio descubren inéditas oportunidades para obtener beneficios materiales.

Entre los riesgos que supone la sobredimensión de las ventajas del mercado, los más notorios serían: plantel de profesores mediocres, para compensar los costos de las invitaciones a celebridades realizadas en función de la "imagen"; admisión de alumnos condicionada a su pertenencia a familias pudientes, promoción de publicidades que acompañen determinados programas a cambio de subsidios jugosos, auspicio de multiplicidad de cursos de bajo nivel organizados sólo porque existe la demanda, organización de congresos y conferencias por parte de expertos en marketing desde sus oficinas comerciales. Estos congresos y conferencias son diseñados a medida, por ejemplo, para conseguir potenciales donantes.

Si hasta ahora las figuras académicas más destacadas, las que siempre estuvieron al margen de los intereses comerciales, prevalecen sobre las emergentes, las defensoras de las tendencias empresariales, ¿qué puede esperarse de un futuro nada lejano, cuando se invierta la ecuación?

El profesor Bok desenmascara crudamente el silencioso y casi imperceptible deterioro que está en curso: "Como los individuos que experimentan con drogas, es probable que los funcionarios de la educación superior crean que pueden actuar sin graves riesgos".

Un bien comerciable

La idea de la educación como mercancía circuló con insistencia en la última Conferencia Internacional de Educación Superior de la Unesco (junio de 2003), en oposición a la noción de bien social defendida en 1998. Semejante deslizamiento ha estado en sincronía con orientaciones que emergieron de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Si el fin de la educación superior es el fortalecimiento de las culturas dentro de un intercambio que respete las necesidades particulares de los diferentes países, o sea su identidad, si la educación superior está fundada en el compromiso originario del profesional no fragmentado por la especialización excluyente, queda en evidencia el peligro que, para tal objetivo, implica la comercialización del saber.

Propugnar el mercado de la educación conlleva la aceptación del desplazamiento de lo nacional y regional en beneficio de lo global y, por lo tanto, potencia los riesgos de la universidad puramente pragmática.

En efecto, la idea de un espacio global para la educación superior lleva implícita la de macrouniversidades gerenciadas por determinados consorcios o grupos que expenderían sus productos de manera invasiva. A tales fines contribuiría la creación de un foro mundial de evaluación y acreditación universitaria. Esto equivale a decir que ciertos sectores preponderantes impondrían tendencias y saberes dirigidos, lo que anularía el precioso derecho que significa la educación en libertad como bien social. Este bosquejo sobre el panorama actual de la educación superior está lejos de ser un relato de ciencia ficción. Ojalá que los debates desatados por una coyuntura que nos concierne a todos terminen por rechazar la tendencia mercantilista y que se reformulen los valores académicos hoy al borde de extinguirse. No hay que olvidar la contradicción implícita en el espacio global, ya que éste cancelaría las coordenadas de la bella diversidad del espíritu del mundo.

Hace 55 años, cuando el problema de la cultura se encuadraba en el proyecto de paz de las flamantes Naciones Unidas, el poeta T. S. Eliot, Premio Nobel 1948, escribía lo siguiente, en Notas para la definición de la cultura : "Los organizadores del mundo, serios y humanos, podrían ser, sin embargo -si creyéramos que sus métodos habrían de tener éxito- una amenaza tan grave para la cultura como aquellos que emplean métodos más violentos. Una cultura mundial que fuera simplemente una cultura uniforme no sería cultura. Tendríamos una humanidad deshumanizada. Sería una pesadilla". Esto no significa, prosigue Eliot, abandonar el ideal de una cultura del mundo. Pero "sólo podemos concebirlo como el término lógico de las relaciones entre las culturas".

La crisis de una educación superior que pasa de bien social a mercancía ya estaba latente, de algún modo, en aquellas disquisiciones de Eliot. El poeta ya vislumbraba la decadencia.

La Nación, 28/11/03