Cristóbal Rovira Kaltwasser: Educación y movilidad social en Chile: una ficción de la cual nadie habla
Cristóbal Rovira Kaltwasser: Educación y movilidad social en Chile: una ficción de la cual nadie habla
Se supone que en una sociedad moderna y democrática, todas aquellas personas
que tienen talento, pueden potenciar sus habilidades y llegar así a detentar los
más altos cargos de poder. Esto implica que las más importantes personalidades
–empresarios, jueces y políticos, entre otros– deberían tener diversos orígenes
sociales, puesto que el ascenso social no está delimitado por linaje sino que
por mérito.
Ahora bien, las capacidades personales y su medición a través de calificaciones
formales es un objeto que está íntimamente relacionado con el entorno social.
Todo indica que quienes crecen en un hábitat socioeconómico y sociocultural
privilegiado cuentan con mayores posibilidades para desarrollar sus habilidades.
Diversas investigaciones indican que en un hogar donde los padres tienen
estudios superiores, leen con frecuencia y estimulan a sus hijos, la
probabilidad de desarrollar las capacidades personales es mucho mayor que en una
familia de escasos recursos.
Por ello es que de buenas a primeras la privatización de la educación no sea una
solución para paliar la débil movilidad social de nuestra sociedad. Gracias a la
educación privada se van segmentando los alumnos de alto rendimiento en colegios
más caros y los alumnos de bajo rendimiento en colegios más baratos.
Las pruebas formales que comparan unos colegios con otros (como por ejemplo el
SIMCE) no hacen más que constatar que el rendimiento educacional está
íntimamente relacionado con el origen social. El modelo de educación chileno
tiende a agrupar a quienes viven en un entorno social propicio y a quienes viven
en un entorno desfavorable para el desarrollo de las capacidades. Como bien lo
demuestran las investigaciones de la Universidad de Standford dirigidas por
Martin Carnoy, en Chile el mejor rendimiento no se explica necesariamente porque
la educación privada sea de superior calidad.
El actual modelo de educación en Chile está lejos de ser un experimento exitoso
de ascenso y movilidad social. Se da más bien una fuerte estratificación: por un
lado, hay un reducido número de colegios de elite de elevado costo, mientras que
por otro lado, se observa una expansión notable de la educación de la clase
media y en parte de los sectores más desposeídos.
Esto se explica porque el conjunto de la sociedad chilena valora cada vez más la
educación formal, puesto que se asume que la obtención de algún título
posibilita el ascenso social. Así se comprende de paso el éxito comercial que
tiene la educación en Chile, lo cual se ve en el crecimiento de colegios y
universidades privadas. Por otra parte, así se mantiene a un importante número
de personas fuera de la población económicamente activa, lo cual tiene un efecto
positivo sobre la tasa de desempleo.
En nuestros días, la obtención de un título educacional es un bien simbólico que
otorga status. No en vano, en el carnet de identidad chileno figura la profesión
de la persona, lo que cual permite hacer una clara distinción entre quienes
tienen y quienes no tienen un título profesional. Por lo mismo que en épocas
como esta, donde un sinnúmero de estudiantes terminan el colegio, la publicidad
de la educación superior se instala en calles, diarios y televisión. Educar y
obtener un título se ha vuelto un negocio más dentro del mercado.
Pero detrás del mercado educacional no sólo se persigue la obtención de status,
sino que también existe una promesa social: la obtención de un título
profesional es una vía de acceso a mejores puestos de trabajos. La sociedad
sugiere que todo aquel que se esmera y tiene talento puede ascender socialmente.
Por ello que aquel pequeño número de sujetos de origen socioeconómico bajo que
efectivamente logra ascender socialmente, sea después vanagloriado en la opinión
pública. Ellos son el reflejo de que la educación permite la movilidad, lo cual
mantiene viva la promesa social, y legitima la forma en que se distribuye el
poder en la sociedad.
Quizás en el Chile de antes, cuando el Estado manejaba algunos colegios y
universidades de elite, personas de ingreso socioeconómico relativamente modesto
tenían la opción de ascender socialmente. Se trata en todo caso de una tesis
discutible: es muy probable que el acceso a los recintos educacionales de elite
manejados por el Estado estaba dirigido sólo para ciertos sectores de la
sociedad. Más allá de esto, es evidente que en el día de hoy la educación de
calidad se ha transformado en una mercancía de alto costo.
En los años ochenta, “Los Prisioneros” cantaban que cuando se es pequeño, la
sociedad nos dice que hay que estudiar. Pero después de doce años de colegio,
sólo unos pocos prosperan, de modo que a los excluidos no les queda más que
cantar “el baile de los que sobran”.
En los años noventa y a comienzos de este nuevo siglo, muchos más tienen la
posibilidad de seguir estudiando después del colegio. Las familias ahorran y
depositan todas sus esperanzas –hipotecando por ejemplo sus bienes– en que sus
hijos, a través de la obtención de un título profesional, podrán ser más el día
de mañana.
Está por verse si este sueño se hace realidad. De no ser cierto, habrá que
esperar que “Los Prisioneros” hagan la segunda parte de su famosa canción. Claro
que en esta nueva versión, “el baile de los que sobran” empezará no después de
doce años de educación, sino que después de diecisiete años de educación. Y en
vez “de patear piedras” habrá que “juntar monedas” para pagar las deudas
acumuladas en torno a una ficción de la cual nadie quiere hablar.
El Mostrador, 13/01/05
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