Carlos Mangone: Universidad y mercado. Y la nave va...

Carlos Mangone: Universidad y mercado. Y la nave va...
Carlos Mangone es profesor titular de la materia Comunicación II de la carrera de Ciencias de la Comunicación, Universidad de Buenos Aires

Cuando se reflexiona sobre las relaciones entre universidad y mercado, el pensamiento dominante sesga sus conclusiones hacia la exigencia planteada al espacio académico para que se adecue y se conforme a los requerimientos estructurales del mercado vigente. Menos se analiza de qué manera el mercado ya se encuentra en buena parte expresado en el funcionamiento universitario, además del hecho cierto de que la universidad en sí misma es un mercado académico que, como no podía ser de otra manera, refleja las grandes tendencias del auge neoliberal dominante.

Una forma de adquirir una cultura es comenzar a usar los términos y significados que esa forma de ver el mundo adopta cotidianamente. La universidad, de raíz medieval, mantiene una estructura de cuerpos, estratos y escalafón que se asemeja a la de los talleres de los gremios anteriores a la Revolución Francesa. La calificación de la representación política convive con los concursos; el declamado reconocimiento de los méritos científicos como requisito de progreso coexiste con el aporte ad honorem de miles de cuadros profesorales. El peso de lo simbólico parece estar más presente que en cualquier otro ámbito laboral. Sin embargo, últimamente el lenguaje empresarial ha mellado sus paredes, naturalizándose no sólo en los discursos oficiosos sino también en la papelería burocrática oficial. Incentivos, categorizaciones, gestión universitaria, excelencia académica (que encubre "calidad total"), insumos, productos, transferencias a terceros, una extensión universitaria que se ha convertido en venta de servicios, oferta y demanda académica son, todos, vocablos que el auge neoliberal no había podido imponer con la eficacia con que lo hizo en el resto de la sociedad hasta hace algunos años.

Ahora bien, ¿qué significaría adecuar la universidad al mercado o, en el mejor de los casos, establecer relaciones estrechas entre las necesidades del mercado y la canalización de las vocaciones científicas y prácticas? Nos encontraríamos frente a un problema, el estado actual del país. Hasta se podría decir que la universidad se enfrentaría a una disyuntiva entre el fordismo, que acumula stock —en este caso, de recursos humanos— para una mejor época, o el toyotismo, que forma lo estrictamente necesario para las demandas solventes de la sociedad.

La pregunta concreta es: ¿Qué queremos formar? ¿Para qué? Una opción es dar respuesta a lo que este país, con su conformación actual, necesita para una situación productiva sin grandes perspectivas de crecimiento. De escoger este camino, no serían necesarios tantos profesionales e, incluso, tantos docentes. El otro camino partiría de una planificación de crecimiento racional y pro equitativo: detectar los recursos humanos necesarios, canalizar las vocaciones, fomentar las carreras útiles para ese crecimiento.

Adecuarnos perfectamente al mercado podría significar en el futuro —y con las cifras de la deserción escolar en todos los niveles— ir cerrando escuelas primarias, grados, cursos, colegios secundarios e institutos de formación docente —si la mitad de la población no termina la escuela primaria—, cuando en realidad habría que abrir miles de cursos para adultos, a fin de "agregar" a los desagregados educativos estructurales.

El mercado se instala en la universidad con la misma cara con la que gobierna la sociedad argentina. Da poco y exige mucho, cobra por dos ventanillas. No colabora para la formación de grado por ser un gran evasor, solicita exenciones para los emprendimientos universitarios privados, goza de los beneficios de pasantías acordes con una sociedad flexibilizada, realiza un lobby constante para el arancelamiento universitario, regula a través de colegios profesionales parte de la política académica. Lejos de no vincularse con la universidad, establece con ella una relación tan estrecha que terminará por asfixiarla.

Más preocupante aun es el hecho de que sea la propia Universidad la que, amparada en la "actual correlación de fuerzas" y en el singular momento ideológico global, se ofrezca para aplicar el credo neoliberal en su ámbito. En las carreras y reformulaciones de los planes de estudio están atentamente contemplados los nuevos escenarios sociales para adecuarse a las demandas más elásticas. Las relaciones de trabajo se desplazan a la capacitación del personal de supervisión; la psicología toma las orientaciones de los traumas desocupacionales (véase al respecto la entrevista a René Courel, decano de Psicología de la UBA, Página /12, 8 de octubre de 1998); la comunicación adopta el discurso institucional o empresarial como tendencia; la agronomía incluye con éxito el marketing en alimentos; la medicina explota geométricamente los temas nutricionales con finalidades estéticas; las universidades llaman a concursos docentes con indicaciones expresas de que sería mejor que los postulantes fueran menores de cuarenta años. Esto ocurrió, por ejemplo, en la Universidad de Quilmes, que además del requisito de la juventud, exige una cláusula difícil de cumplir, la de haber realizado un doctorado (véase Página/ 12, 29 de octubre de 1998). Se jubila a docentes con gran experiencia y antigüedad, no tanto con afán renovador como con el objetivo de reducir los costos salariales de un presupuesto de por sí irracional, que destina más del 90 por ciento de sumas bajísimas al pago de los sueldos de su planta.

En el aspecto laboral propiamente dicho, el mercado se instaló cómodamente en la universidad. Contó con la ventaja de su estructura, pionera en lo que respecta a la precaria o interina designación de cargos. Recientemente, además, agregó al rol docente el carácter de monotributista, el pago en negro, los contratos temporarios renovables periódicamente, etc.

A lo anterior se suma el hecho altamente preocupante de que el posgrado universitario —probablemente el nivel de formación exigido por el mercado en el futuro— esté siendo arancelado progresiva y salvajemente, lo que en la práctica excluye de la competencia "mercantil" a muchísimos graduados, que por falta de recursos no podrán aspirar a los mejores puestos de trabajo. Y aquí no se puede esgrimir el argumento de que "en todo el mundo el posgrado es pago", ya que el sistema de becas es diferente, y en la medida en que los estudios universitarios sean cada vez más requeridos para los empleos más calificados, también en el primer mundo habrá una protesta en este sentido.

El neoliberalismo en la universidad también deja su huella en la conformación de un verdadero "mercado" académico como contexto de las tareas de investigación y docencia. Como afirma Irma Antognazzi: "Aquello de 'a igual trabajo igual salario', ha dejado de existir. El sistema legitima y oculta los bajos salarios y genera un verdadero mercado de negociación individual de los ingresos y de las condiciones institucionales del trabajo académico, produciendo una marcada estratificación de este sector con ingresos diferenciados. Se trata de un mecanismo perverso que atenta contra las condiciones requeridas para la docencia y la actividad investigativa. Los ingresos de los docentes ya no dependen de su calidad académica, ni de la importancia científica y social de sus investigaciones, ni de su preocupación por la docencia de las nuevas generaciones, sino más bien de su habilidad para presentar la información requerida en el momento preciso. La carrera así desatada entre los docentes los conduce a un esfuerzo burocrático, administrativo, formal, para conseguir su magro ingreso." (En "Sistemático desguace de la universidad pública", Le Monde Diplomatique, nº 10, abril, 2000.)

En este marco, como lo hizo el gobierno menemista, el mercado se tira a atacar la autonomía universitaria, ya de por sí bastante menguada por la cuestión presupuestaria y por las supervisiones ministeriales y judiciales vinculadas con la acreditación de las carreras y con el ajuste a la Ley de Educación Superior. Se empieza a escuchar por los pasillos de las universidades aquello de no formar a frustrados "críticos sociales", y empezar a generar "productos que se vendan". La productividad, tan difícilmente mensurable en los ámbitos académicos, salvo que se la relacione con el trabajo de miles de docentes que subvencionan a la universidad pública con sus salarios, es la referencia de las columnas de opinión de diarios y de cuanta mesa redonda sobre educación superior se realiza.

En cierta forma, se trata de consolidar un pensamiento que postula que la universidad no es para todos (como lo que se vende en el mercado), que —como aconseja el Banco Mundial— la educación superior (por algo se empieza) no puede ser gratuita (como todos los productos del mercado), y que habrá en el futuro, como en el mercado, comida basura, salud basura y educación basura. ¿Por qué tendría que ser de otro modo si la nave va en el mismo sentido?

Educ.ar, s.d.