John Gray: El poder universal no existe

John Gray: El poder universal no existe

La principal enseñanza del mundo que comenzó el 11 de septiembre es que la ideología neoliberal que reina desde la caída del Muro es falsa, asegura John Gray en este ensayo. Para el autor de Two Faces of Liberalism (Las dos caras del liberalismo) es hora de aceptar que hay muchos caminos para llegar a la modernidad.

Los doce años entre la caída del Muro de Berlín y el atentado contra las Torres Gemelas serán recordados como la era de la ilusión. Occidente festejó el colapso del comunismo -aunque en Oriente era una ideología utópica- como el triunfo de los valores occidentales. El final de la más catastrófica utopía de la historia fue recibido como la oportunidad de lanzar un proyecto mucho más ilusorio aun: el de un libre mercado global. El mundo se construyó sobre la imagen de la modernidad occidental, una imagen deformada por una ideología de mercado tan alejada de la realidad humana como lo había estado el marxismo. Ahora, después de los ataques en Nueva York y Washington, el tradicional enfoque que consideraba a la globalización como una tendencia histórica ineludible se ha hecho añicos. Hemos regresado al terreno clásico de la historia, donde la guerra no se libra por oposición ideológica, sino por problemas religiosos, étnicos, territoriales y en procura del control de los recursos naturales.

Nos aguarda un largo período -no serán meses, sino años, quizá décadas- de conflictos verdaderamente peligrosos. Esa clase de conflictos, demasiado conocidos en muchas regiones del mundo, revertirán los preconceptos occidentales acerca de la guerra y la paz. Sus protagonistas no son agentes estatales, sino organizaciones cuyas relaciones con los gobiernos son oblicuas, ambiguas y muchas veces indescifrables. Los hombres que atacaron el Pentágono y el World Trade Center usaron como armas una caja de cortaplumas y como soldados de esta nueva clase de guerra a los pasajeros de un par de aviones.

El monopolio de la violencia organizada es uno de los poderes definitorios del Estado moderno; y no se alcanza fácil ni rápidamente. La guerra, como muchas otras cosas en la edad de la globalización, ha escapado del control de los gobiernos y ha arrasado, a vertiginosa velocidad, a la década anterior. El mundo está plagado de Estados colapsados. En muchos países de África, en Afganistán, en los Balcanes y en buena parte de Rusia, no hay nada parecido a un Estado moderno. En esas regiones donde reina la anarquía, las guerras son libradas por ejércitos informales conducidos por organizaciones políticas y religiosas, a menudo sectarias y proclives a desatar salvajes conflictos internos. Ningún poder es lo suficientemente fuerte allí como para imponer la paz.

Los resultados ponen de manifiesto los puntos débiles y las contradicciones del libre mercado global constituido después de la Guerra Fría. Las sociedades ricas no pueden permanecer aisladas de los Estados colapsados ni de las nuevas formas de la guerra. Las naciones desarrolladas están asediadas por quienes buscan asilo o protección económica. Mientras las operaciones comerciales y los capitales circulan libremente por todo el globo, el movimiento de trabajadores está estrictamente limitado: una situación muy diferente de la globalización del siglo XIX, porque ahora existen muy duras barreras a la inmigración. Esta contradicción rara vez es advertida por los defensores del mercado global, pero se agravará a medida que los desplazamientos sean cada vez más rigurosamente controlados por los gobiernos.

Con los atentados del 11 de septiembre, la anarquía -uno de los productos de la globalización en muchas partes del mundo- no podrá seguir siendo ignorada. Los furiosos grupos armados de las zonas más arruinadas del mundo han demostrado su poder en el corazón del Estado más rico y poderoso. Su brutal golpe es un ejemplo de lo que los analistas militares llaman "amenaza asimétrica". En otras palabras, el poder del débil contra el fuerte. Han probado que el fuerte es más débil de lo que imaginamos.

La debilidad del poderoso no es nada nuevo. Se ha revelado con creces en la inútil "guerra contra las drogas". El tráfico ilegal de drogas es, junto con el de armas y el de petróleo, uno de los tres componentes principales del comercio mundial. Del mismo modo que otras formas del crimen organizado, ha prosperado en el "todo vale" creado por la desregulación financiera. Los Estados más ricos del mundo han despilfarrado billones en una vana cruzada contra una industria altamente globalizada y fabulosamente bien subvencionada. Arrancar de raíz el terrorismo será todavía más difícil que derrotar el tráfico de drogas. Después de todo, muchos de los peores efectos del tráfico de drogas podrían ser erradicados por el simple expediente de legalizarlas, pero no existe un remedio semejante para el terrorismo.

Las atrocidades cometidas el 11 de septiembre en Washington y Nueva York han hecho algo más que poner de manifiesto la vulnerabilidad de los aeropuertos norteamericanos y las limitaciones de sus servicios de inteligencia. Asestaron un gran golpe a las creencias que sustentan al mercado global. En el pasado, se daba por sentado que el mundo siempre sería un lugar peligroso. Los inversores sabían que una guerra o una revolución podía hacerles perder sus beneficios en cualquier momento. En la década anterior, bajo la influencia de las lúdicas teorías acerca de nuevos paradigmas y el fin de la historia, se empezó a creer que el desarrollo mundial del liberalismo comercial era inevitable. Los mercados financieros comenzaron a fijar precios de común acuerdo. El atentado al World Trade Center pudo hacer lo que no consiguió ninguna de las otras crisis de los últimos años: el colapso asiático, el default ruso de 1998, o el fracaso del Long-Term Capital, un fondo cerrado que destrozó la fe de los mercados en la globalización.

Algunos piensan que ése fue, precisamente, el propósito del atentado y que deberíamos haberlo comprendido así. Sin embargo, dijimos, debemos reafirmar las verdades del libre mercado y tratar de reconstruirlo. Y, con suerte, tal vez no sea demasiado tarde para salvarnos de la recesión mundial. Pero el nombre del juego ha cambiado para siempre. El criterio que en todo el planeta sustentaba la confianza de los mercados en la globalización está liquidado. Y pese a lo que algunos puedan sostener, no es posible reconstituirlo. La opción más sabia es preguntarse cuál fue el error.

Es bueno que recordemos los grandiosos sueños de los globalizadores: el mundo entero debía convertirse en un libre mercado. Sin importar la disparidad de historias y de valores, ni la profundidad de sus diferencias o la gravedad de sus conflictos, todas las culturas de todos los lugares debían ser comprendidas dentro de una única civilización universal.

Lo más desconcertante es lo cercana al marxismo que se muestra esta filosofía del mercado sustentada en la globalización. Ambas son básicamente religiones seculares, en las cuales se da un giro iluminista a las esperanzas y fantasías de la cristiandad acerca de la continuidad de la vida. En las dos, la historia es entendida como el progreso de las especies, empujadas por un conocimiento y una riqueza crecientes, hasta culminar en una civilización universal. Los seres humanos son vistos principalmente en términos económicos, como productores o consumidores con -en el fondo- los mismos valores y necesidades. Religiones del tipo antiguo son vistas como periféricas, destinadas a desaparecer o a achicarse hasta llegar a la esfera privada, donde no pueden ya convulsionar políticas ni inflamar guerras.

Los crímenes y las tragedias de la historia no se consideran inherentes a la naturaleza humana: son errores, equivocaciones que pueden ser corregidas con más educación, mejores políticas institucionales, más altos niveles de vida. Marxistas y liberales de mercado pueden disentir acerca de cuál es el mejor sistema económico; pero, para los dos sólo los intereses personales y la irracionalidad separan a la humanidad de un radiante futuro. Ambas posturas coinciden en aferrarse a este primitivo credo del Iluminismo.

Y ambas tienen su lado dogmático, misional. Para los liberales de mercado, sólo hay una manera de modernizarse: todas las sociedades deben adoptar los mercados libres. Si sus creencias religiosas o sus patrones de vida familiar lo hacen difícil para ellos, mala suerte: ése es su problema. Si los valores individualistas que un mercado libre requiere y propaga acarrean altos niveles de desigualdad y crimen, y si llevan a algunos sectores de la sociedad al paredón, hay que soportarlo: es el precio del progreso. Si países enteros son arruinados -como ocurrió con Rusia durante la época de la política de shock neoliberal-, bueno: no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos, como decía la pasada generación de radicales indiferentes.

Durante los 90, esta filosofía crudamente racionalista fue muy influyente. Tenía su fortaleza en el Fondo Monetario Internacional, mientras que erraba y chapuceaba a través del mundo, ejerciendo su poder para imponer políticas económicas idénticas en países con historias, problemas y circunstancias profundamente diferentes. Sólo había una ruta hacia la modernidad y los visionarios líderes del FMI estaban decididos a que fuese seguida en todas partes.

De hecho, hay varias formas de ser moderno y varias de fracasar en el intento de serlo. Simplemente, no es cierto que el capitalismo liberal sea la única manera de organizar una economía moderna. La Prusia de Bismarck tenía un modelo distinto, tanto como la Rusia zarista, y las dos podrían aún estar con nosotros si la Segunda Guerra Mundial hubiese terminado de otro modo. Las versiones alemana y japonesa de capitalismo nunca constituyeron un modelo de libre mercado y -más allá de lo que diga continuamente la opinión ortodoxa- podemos apostar sobre seguro a que nunca lo harán. No podemos saber de antemano lo que significa modernidad para una sociedad, o qué se necesita para llegar a ella. Lo único que sabemos con seguridad es que diferentes países se han modernizado de diferentes maneras.

Las atrocidades del 11 de septiembre han proyectado un signo de interrogación sobre la propia idea de modernidad. ¿Es verdad que todas las sociedades están condenadas a converger, más tarde o más temprano, en los mismos valores y en la misma visión del mundo? No sólo en Estados Unidos, sino también, hasta cierto punto, en la mayor parte de los países de Occidente, la creencia de que la modernización es un imperativo histórico que ninguna sociedad puede ignorar por demasiado tiempo, hizo difícil percibir el creciente riesgo de una reacción anti-Occidente. Liderados por Estados Unidos, los países más ricos del mundo han actuado con la idea de que en todos lados las personas quieren vivir como ellos. Como resultado, no reconocieron la mortal mezcla de emociones -resentimiento cultural, percepción de injusticia y un genuino rechazo de la modernidad occidental- que subyace en los ataques a Nueva York y Washington.

En mi forma de ver, es razonable referirse a la lucha contra los grupos que idearon estos ataques como una defensa de los valores civilizados. Como la destrucción de antiguas reliquias budistas demostró, los talibanes eran hostiles a las propias ideas de tolerancia y pluralismo. Pero esas ideas no son propiedad de ninguna civilización, y ni siquiera son particularmente modernas. En los países orientales, la práctica de la tolerancia le debe mucho a la Reforma y, de hecho, al Iluminismo, que siempre ha contado con una tradición escéptica junto con sus más dogmáticas escuelas.

La tolerancia floreció también mucho antes de la era moderna en los reinos musulmanes de la España mora y la India budista, por dar sólo dos ejemplos. Sería un tremendo error interpretar los conflictos actuales en términos de la ponzoñosa teoría del choque de civilizaciones. (...)

Pero nadie que crea que esta crisis es una oportunidad para reconstruir el orden mundial según el modelo universalista liberal ha comprendido el episodio. El ideal de una civilización universal es la receta de un interminable conflicto, y éste es el momento de admitirlo. Ahora es necesario, y urgente, intentar otra cosa: trabajar por el logro de la coexistencia entre culturas y sistemas que siempre serán diferentes.

En los años venideros, las instituciones transnacionales que han construido el libre mercado global deberán aceptar un lugar más humilde, o de otro modo sufrirán las consecuencias de este enorme trastorno. El concepto de que el comercio y la generación de riqueza requieren un laissez-faire mundial no tiene raíces históricas. La Guerra Fría -una época de estrictos controles del capital y un considerable intervencionismo estatal en las economías nacionales- resultó en una prosperidad sin precedentes en los países occidentales. Contrariamente a lo que sostienen los liberales ortodoxos, el capitalismo no necesita un libre mercado mundial para triunfar. Sólo requiere un entorno razonablemente seguro, a salvo de amenazas bélicas, y reglas firmes para la conducción de los negocios. Y estas cosas no pueden ser provistas por la frágil estructura del libre mercado.

Por el contrario, el intento de forzar a todo el mundo a adaptarse a un único modelo es fuente de conflictos e inseguridad. Las reglas del comercio y del movimiento de capital deberían surgir, en la medida de lo posible, de acuerdos multilaterales entre Estados soberanos. Habría que dejar en paz a aquellos países que elijan quedar fuera del mercado global. Son libres de encontrar su propia versión de la modernidad o, incluso, de no modernizarse. Si no se desea ser amenazado por otros, habrá que tolerar la existencia de regímenes distintos, incluidos los intolerables. Un mundo fragmentado, desglobalizado, flexible, sería menos ordenado. Pero más seguro.

Se podrá objetar que la desglobalización desafía la tendencia dominante de esta época. Pero, si bien es cierto que la tecnología seguirá acortando los tiempos y las distancias y, en ese sentido, aproximando entre sí a las partes del mundo, sólo una errónea interpretación de la historia puede llevar a pensar que también es capaz de producir la convergencia de valores dispares en una única civilización global.

Las nuevas armas de destrucción masiva pueden -y posiblemente así será- usarse para continuar con las guerras religiosas. El pensamiento iluminista que sustenta la era de la globalización no será muy útil entonces. Ni siquiera Hobbes sería capaz de decirnos cómo controlar a los fundamentalistas que eligen morir si con eso logran humillar al enemigo. La lección que nos deja el 11 de septiembre es que la globalización no es sino un intervalo, una transición entre dos épocas de conflicto. La tarea que nos espera es forjar la paz entre pueblos separados por historias, creencias y valores inalterablemente divergentes. En los peligrosos años por venir, será mejor ocuparnos de eso que de las teorías hobbesianas.

Revista Tres Puntos No 236, enero 2002