Astor García Suárez: La educación como mercancía

Astor García Suárez: La educación como mercancía

"DESDE el punto de vista del empresario la enseñanza constituye uno de los mercados más bastos y con mayor crecimiento (...). El sector resiste a la tecnología, y sus costos aumentan (y) hay demasiada poca competencia. Se hace cada vez mayor la distancia entre la demanda de formación y la capacidad de acogida de la enseñanza superior. Por estas razones, los empresarios consideran que la enseñanza es un extenso mercado por conquistar".

Quien así se expresaba en París en septiembre de 1998 es Glenn R. Jones, presidente de la Global Alliance for Transnational Education (GATE), patrocinada por IBM y Coca-Cola, suficientemente representativo de los deseos voraces con los que los empresarios observan el suculento mercado de más de 875.000 millones de euros al año que representa la educación en el conjunto de los países miembros de la OCDE. Algo así como el mercado mundial del automóvil. Sin embargo, el elemento económico, aunque fundamental, no es el elemento determinante, sino que está acompañado de otros factores que lo complementan, entre ellos: el control del conocimiento convertido en mercancía y su consecuencia en la transformación de la conciencia colectiva, o el control de la investigación universitaria sometida a los dictados de las empresas, factor éste que facilita la adaptación de la enseñanza a las necesidades del 'capital humano' de las empresas, además de crear desigualdades sociales y agudizar el individualismo y la competitividad. Algo bastante alejado, es verdad, de la trayectoria de la enseñanza a lo largo de su historia, pero que en todo caso demuestra la supeditación de la educación a los deseos del mercado.

La solución mágica: Según la filosofía de los 'nuevos' mercaderes de la Unión Europea, pero se puede extender igualmente a otros continentes, lo que se impone a partir de ahora es la adaptación del sistema educativo a un sistema económico, que por otra parte se halla en crisis estructural y permanente. Esta exigencia obliga a que la educación forme a futuros trabajadores adecuándolos a las necesidades económicas del sistema, sometido continuamente a criterios de competitividad exacerbada. Sin embargo, las presiones por reducir las obligaciones fiscales conducen, como lo estamos viendo, a una disminución en los gastos de educación y con ello a una aparente contradicción entre la formación y la reducción de gastos. Contradicción que el sistema salda desarrollando, por un lado, unos conocimientos y aptitudes básicas de la mayor parte de la población (más del 60% de los nuevos puestos de trabajo no precisan un alto nivel de formación) que le permitan adaptarse al rápidamente cambiante ambiente de trabajo, dejando a la formación a lo largo de la vida el resto de una preparación más sólida. Y por otro lado, la nueva concepción de una educación flexible y adaptable a las necesidades del mercado, conduce a cómo formar a trabajadores si se reduce el gasto educativo. Y la solución la encuentra en la privatización y la liberalización de los sistemas educativos. De ahí el creciente desprestigio de la enseñanza pública y la simultánea aparición de centros y universidades que ofrecen cursos privados. Esta realidad va a imponer -impone ya- un freno a la masificación educativa, pues resulta demasiado cara para el sistema, y además innecesaria si se tiene en cuenta la función que debe cumplir la educación frente a las exigencias del mercado. En el futuro la liberalización y la privatización del sistema educativo determinarán con más agudeza todavía que en la actualidad las opciones académicas de cada uno en función de sus posibilidades económicas. Resolviéndose así la mencionada contradicción entre el derecho a una educación para todos y la disminución del gasto público: el trabajador, en ese futuro próximo, será - lo es ya- el responsable de formarse y adaptarse a las exigencias del mercado, y la privatización, la solución mágica que anula los compromisos de los estados.

Otra educación es posible: Evidentemente, otra educación es posible. La crítica de la educación como mercancía no supone que el modelo anterior de masificación sea el deseado, como tampoco que necesariamente se deduzca de lo expuesto un simple ejercicio de nostalgia de tiempos pasados. Se trata ante todo, en este rápido análisis, de mostrar las fuertes presiones y los enormes intereses a los que está sometido el actual sistema educativo europeo y por ende el del Estado español. Al tiempo que denunciarlos. En adelante lo que se impone, a quienes luchan decididamente porque esta sociedad cambie, es defender una educación pública, laica, democrática, basada en fomentar el espíritu crítico, donde la inmensa mayoría logre una amplia cultura general que la anime a la participación en la sociedad, capaz igualmente de adaptarse a las necesidades sociales y donde el factor económico no sea el factor decisivo.

La Guía de La Rioja, 30/05/05