J.L. Bueno de las Heras: Salsa boloñesa

J.L. Bueno de las Heras: Salsa boloñesa
J. L. Bueno es catedrático de Ingeniería Química

Estamos cocinando el gran plato del espacio único europeo y es muy probable que la salsa nos esté distrayendo del guiso. Y es que en todo esto de la reforma de títulos y enseñanzas universitarias, como en tantas otras movidas que la Historia tiende a vestir de bonito para sus anaqueles, no está de más preguntarse «cui prodest?», o sea, ¿quién saca tajada? Porque aquí, al igual que en las «pelis» de cine negro, la caja de caudales suele estar oculta por un cuadro; aunque el lienzo se llame, como en este caso, «Europa y las Musas convergiendo», y aunque sea el académico marco de Bolonia el que realce y sostenga tan boticceliana y pretenciosa alegoría.

Todo empezó -no precisamente en 1999 en Bolonia- cuando Europa tomó conciencia de su fragilidad industrial y comercial frente a sus competidores norteamericanos y japoneses. Porque estos buenos señores (alternativamente amigos y enemigos entre sí y de una de las dos mitades de Europa) resulta que tampoco andan tan faltos de lo que creemos que nos sobra como sobrados de lo que realmente nos falta. Y suelen darnos sopas (o salsas) con honda.

Pero es que, además, esta Europa de 2005 (salvo Gran Bretaña, que va a su aire) también es consciente de la progresiva pérdida del favor de las élites (y de las masas) estudiantiles foráneas, con lo que ello supone de mengua en la captación de materia gris e ingresos cesantes por tasas de matrícula y servicios colaterales (más de hostelería que de librería, como es bien sabido de Bolonia a Sajonia, pasando por Asturies). Los sajones (y los francos no menos, a diferencia de las tribus íberas) siempre han cultivado con celo sus contactos y áreas de influencia. Y si los estudiantes extranjeros (incluyendo los del Segundo y Tercer Mundo que pueden desplazarse) -que representan una apetecible inmigración de alto nivel- vienen prefiriendo los destinos norteamericanos a los europeos, mal va la cosa para la segunda cuna de la civilización. Estaba cantado, pues, que la Europa de los negocios tenía que hacer algo para no ver languidecer este privilegiado sector.

Y así es como se trata ahora de conseguir dos objetivos estrechamente vinculados: uno, no perder el mercado final del alto valor añadido. Y dos, recuperar el mercado precursor de la educación, la Universidad, la formación continua y el subliminal del colonialismo cultural, cuya vinculación con el otro es más que obvia. Y aquí entra en escena Bolonia.

Y con Bolonia, además de la Europa de la academia, entra la Europa de los mercaderes: no fabulemos incentivación científica ni renacimientos humanísticos y culturales por amor al arte: la «grandeur» y la «culture», aún con salsa boloñesa, son poco sin compañía de otros platos más ricos en proteínas. De Bolonia se esperan, pues, dividendos que aceleren el estimulante resurgir de la joven Europa o que alarguen la confortable decadencia de la vieja.

Pero con la Europa de los burócratas también ha llegado la de los aprendices de brujo. Porque lo de Bolonia ha tenido bastante de hechizamiento, particularmente en España, donde el acriticismo y el ensimismamiento han dominado hasta el momento mismo en el que las orejotas del lobo asomaron en el patio de cada casa: catástrofe en las Humanidades, caos con las Ciencias básicas y trampa con las Ingenierías. Pero salvo por algunos sustos que quedarán en nada, el resto de la movida boloñesa no dejará de ser simple terapia ocupacional, con sus ejercicios banales y sus efectos tonificantes.

Y es que en el catálogo de protocolos está la reedición de lo peor de las pautas del anterior -y aún inconcluso- proceso de reforma: morralla de talleres, reuniones, seminarios, debates, encuentros, jornadas y demás liturgia de la vacuidad y la ineficacia. Comisiones y subcomisiones que siempre empiezan y terminan pariendo unos costosos e inútiles documentos destinados a la basura. Foros informativos inter e intrauniversitarias, en los que no es extraño que los propios convocados sean quienes tienen que informar a los convocantes. Ministros sin pulso, «consellers» a sus tajadas y consejeros a uvas; colegios profesionales atragantados y rectores paseando la copa con suficiencia simulada y ambigüedad medida; grupos de trabajo -eso, muchos grupos de trabajo- que no saben adónde va a parar realmente su trabajo... Diálogo de sordos y al final... el apagón informativo, la incertidumbre, las llamadas telefónicas, los rumores de los «enteraos». Y, súbitamente, un golpe de mano que trata de imponer los dictados de los iluminados o de los «zorrys» de los lobbys que, en el momento crítico, más cerca estaban de la ministra o del comisario de turno.

En el haber de efectos beneficiosos, uno de carácter sustancial: llevar la atención a la mejora de la calidad de una formación eficaz, dinámica y productiva, enfocándose el control de calidad más en los objetivos profesionales que en los modos académicos. Otro efecto, éste meramente administrativo y funcional: uniformizar y homologar -en la medida de lo posible y conveniente- la diversidad de titulaciones en una Europa que, paradójicamente, considera la diversidad parte de su patrimonio (por cierto, uniformizar con Francia a lo suyo, Alemania a lo propio y los más tratando de copiar el modelo anglosajón, del que tienen una franquicia exitosa los incultos, prepotentes y reaccionarios yanquis).

Al parecer con la Europa de los hechiceros también se han colado varios chapuceros y algún trilero. Hoy ya hay suficientes evidencias de que en el catálogo de titulaciones (¿cuál será el último?) alguien está traicionando el espíritu de Bolonia. Y no por el sesgo de «españolización del cambio» que tanto alarma a quienes desde la periferia centrífuga se ofrecen a inyectar el músculo y el tono que parecen menguar en la capital del reino, sino por el riesgo de merienda de negros (con perdón) que mal se enmascara con las marrulleras cabriolas dialécticas de buena parte de nuestros dirigentes políticos o con las contradicciones con ínfulas de coherencia y lucidez a que nos tienen casi acostumbrados, y que suelen preceder a rectificaciones que acrecientan inseguridad y desconcierto (con respecto a los estudios hemos llegado a oír que «reduciendo se incrementa» que «se suprime para potenciar» o que «duración se compensa con concentración»).

Bueno, pues tan atentos estamos a la salsa boloñesa que en España seguimos sin querer enterarnos de las verdaderas causas por las que es más fácil ir en cabeza del progresismo de boquilla que en el progreso de sustancia: pasamos de una enseñanza básica que -a decir de los expertos- está produciendo cohortes de salsarroseros sesteantes y analfabetos funcionales habituados a la comida americana y amancebados con un móvil japonés; desasistimos la buena formación profesional y técnica no universitaria, ignoramos la formación permanente, jugamos a reinventar unas carreras tradicionales que han permitido a nuestros titulados moverse durante décadas con suficiencia a uno y otro lado del Atlántico... Y desmontamos -ahora con la excusa de Bolonia- un sector profesional que se ha mostrado tanto o más eficaz en su campo que el de los licenciados, ingenieros, masters y doctores en el suyo: el de los peritos.

Como paletos deslumbrados por las luces de Bolonia, Berlín, Bergen y demás capitales de la Europa evanescente, corremos voluntaristas a la cita con la convergencia. Lo malo es que no sabemos bien qué pinta tiene Convergencia, quién convoca realmente la cita, quiénes nos vamos a encontrar en el punto de cita. O... lo que es peor, sin tener idea clara de si sabemos bien en dónde demonios hemos quedado citados.

La Nueva España, 02/06/05