José Aguilar: La Universidad ya no es lo que era

José Aguilar: La Universidad ya no es lo que era

¡CÓMO han cambiado las cosas! Durante la mayor parte de su historia, las universidades andaluzas, así las longevas como las recientes, han presumido de inaccesibles y elitistas, con sus pruebas selectivas, numerus clausus y demás filtros. En los últimos años se han lanzado a una guerra por captar alumnos, que incluye campañas de publicidad, visitas de estudiantes de secundaria –clientela potencial más inmediata– y regalos diversos.

Se comprende. Sólo el 20% de sus presupuestos lo sacan de las tasas de matrícula –el resto lo aporta la Junta–, pero en la situación de penuria en que viven perder unos miles de estudiantes puede suponer un auténtico quebranto financiero. Y en los últimos cuatro cursos han visto reducirse su alumnado en un veinte por ciento, o sea, que tienen un estudiante menos por cada cinco que acogían en 2000-2001. Quizás haya que volver a preguntarse si no son muchas universidades –nueve: una en cada provincia y dos en la de Sevilla–, aunque éste sea ya un pensamiento superfluo. No creo que se pueda dar marcha atrás de la decisión que, con movilizaciones populares, se adoptó en la década anterior.

El descenso de matriculaciones obedece sobre todo a un fenómeno sociológico: corresponde milimétricamente a la caída de la natalidad de los años ochenta. Donde no nacen niños no pueden salir, más tarde, estudiantes universitarios. Pero hay otras razones. La principal, la bajada del prestigio profesional y social de los estudios superiores. Para los padres que sobrevivieron a duras penas durante el desierto cultural del franquismo, poder llevar a sus hijos a la Universidad era un acontecimiento por sí mismo, el símbolo de un estatus trabajosamente conseguido. Querían para sus hijos lo que sus padres no pudieron darles a ellos. Muchas familias consiguieron con sacrificio que al fin uno de los suyos accediera a una carrera, un ascenso social equivalente como mínimo a la posibilidad de ducharse todos los días.

La satisfacción iba acompañada, además, por la certeza de que el licenciado tenía asegurado un trabajo bien remunerado gracias a la formación adquirida en las aulas. Eso es lo que se acabó hace unos años. Cuando muchas de las titulaciones tradicionalmente más atractivas se convirtieron en pasaportes para el desempleo, se comenzó a seleccionar una serie de estudios menos pomposos, pero más vinculados al mercado laboral, a la vez que cobró un aura de buena reputación y utilidad la formación profesional, que hasta entonces se había considerado el refugio de los torpes. Hoy día aquellos padres que sí fueron a la universidad y se colocaron no se avergüenzan de mandar a sus hijos, los nacidos en los ochenta, a un centro de FP, de donde saldrán sabiendo hacer algo que la sociedad remunera. ¿Para qué ir a la universidad?

Diario de Sevilla, 02/07/05