Carlos Bastero de Eleizalde: ¿Financiación a las universidades?

Carlos Bastero de Eleizalde: ¿Financiación a las universidades?
Carlos Bastero de Eleizalde, Director de Tecnun (Universidad de Navarra)

He leído con interés el artículo ¿Dinero público para las universidades privadas? (José Ramón Díaz de Durana, miembro del Consejo de Gobierno de la UPV/EHU, DV, 7-VII) en el que expone su punto de vista de que a las universidades privadas no se les debe dar ninguna subvención. En primer lugar, debo decirle que soy parte interesada, aunque procuraré objetivar mis afirmaciones en lo que me sea posible.

Si hablamos de lo público y lo privado, debemos ser un poco cuidadosos. Este país es uno de los pocos del llamado primer mundo en el que a las entidades públicas no se les exige eficiencia. Algunas son pozos sin fondo donde el político de turno ha de meter dinero sin pedir resultados, porque por el mero hecho de ser públicas, ya son eficientes.

Me parece que el Sr. Díaz de Durana no ha leído -o quizá haya olvidado- las tesis de Milton Friedman, premio Nobel de Economía y, por lo que veo, desconoce la financiación del sistema universitario de otros países europeos. ¿Ha oído hablar de la financiación de la Universidad en Bélgica, por ejemplo? Volviendo a Friedman, éste postula que en un sistema de economía de mercado, como el que vivimos, la Universidad ha de ser financiada por los alumnos y es papel del Estado la subsidiariedad, ofertando al alumno el cheque escolar. El alumno, con los fondos propios y con los que le proporciona el Estado, elige el centro educativo que es más acorde con sus intereses. En este sistema todo está en el libre mercado y los servicios -públicos o privados, no importa la titularidad- salen adelante gracias a la aceptación que tienen en el mercado.

Estoy de acuerdo con que no se subvencione a las Universidades. Se debe subvencionar al ciudadano que es el dueño de los impuestos. No es el político el poseedor absoluto del erario público, sino que lo administra, asignando a cada cual lo que le corresponde. Uno de los capítulos más importantes de los presupuestos públicos es el referente a educación. No entiendo la razón por la que los alumnos que estudian en una Universidad de titularidad privada deban abonar los gastos de los que estudian en una de titularidad pública y además deban pagar las tasas -más elevadas por la falta de ayuda pública- de las Universidades en las que estudian. Se puede aducir que ya está la red pública de Universidades y que ir a otra red distinta es un «capricho». Esa respuesta, además de demagógica, no soporta la «prueba del algodón». ¿Por qué no obligamos a todos los ciudadanos en aras a la providencia del Estado a vestirse de igual modo -sería más barato y ¿más bello?- o a comer todos lo mismo cada día? Se trata de una economía de escala donde abarataríamos muchísimo los productos. Pues, mire, eso recuerda a la época trasnochada de la economía planificada donde el aparato del partido decidía lo que convenía al pueblo sin contar con el pueblo.

Entiendo que no se subvencione a MacDonalds, pero creo que hay que permitir que las personas puedan acceder a MacDonalds en igualdad de condiciones que a cualquier otro restaurante. Si no les gusta, MacDonalds cerrará. Porque en estos tiempos han de ser los ciudadanos con su libertad de elección, en la que siempre están presentes criterios de eficiencia y calidad, quienes dictaminen el futuro de las organizaciones.

Dejémonos de demagogia barata y de plañiderismo de entierro de pueblo y compitamos en el libre mercado con las mismas armas. He trabajado muchos años en una Universidad pública -me parecería más correcto denominarla «estatal» que pública, pues todas hacen un servicio público- y reconozco y admiro la calidad de tantos profesores que trabajan en ella, por eso me parece injusto que se dé la apariencia de que rehúsa enfrentarse al libre mercado de una enseñanza universitaria abierta y plural por ¿miedo a quedarse sin alumnos?

Hagamos ciudadanos capaces de ser libres -por que puedan elegir- a nuestros alumnos universitarios y quizá nos llevaríamos una sorpresa.

Diario Vasco, 18/07/05