Carlos Vera e outros: Bolonia, ¿el cambio por el cambio?

Carlos Vera e outros: Bolonia, ¿el cambio por el cambio?

El 19 de junio de 1999, los ministros de Educación de 29 países europeos firmaron en Bolonia (Italia) una declaración con tres objetivos fundamentales: 1) que las universidades europeas adquieran un grado de atracción mundial; 2) adoptar un sistema de titulaciones fácilmente comprensible y comparable, y 3) poner en marcha un sistema universitario basado esencialmente en dos ciclos: diplomatura y licenciatura. Un objetivo este último que ya cumplimos en España al existir, como es sabido, estudios universitarios de grado medio y superior.

Sorprendentemente, bajo pretexto de esta declaración, se pretende realizar en nuestro país unos cambios en el esquema actual que nos han movido a algunos directores de escuelas superiores de ingenieros a hacer pública nuestra opinión, conscientes de la importancia de mantener algo que sirve a una realidad empresarial que demanda perfiles diferenciados.

Intentemos analizar el espíritu de Bolonia. El 25 de mayo de 1998 se reúnen en la Universidad de la Sorbona (París) los ministros de Educación de Francia, Reino Unido, Italia y Alemania. En la Declaración de la Sorbona recalcan la intención de que, "siempre respetando nuestra diversidad", se puedan establecer comparaciones y equivalencias de títulos académicos exclusivamente en cuanto a propósitos profesionales.

En Bolonia se redacta más tarde la Declaración Conjunta de los Ministros Europeos de Educación a que aludíamos al principio. Recogiendo las ideas introducidas en la Sorbona, se reclama "la creación del Área Europea de Educación Superior como vía clave para promocionar la movilidad de los ciudadanos y la capacidad de obtención de empleo", comprometiéndose a:

  1. La puesta en marcha del "Suplemento del Diploma" -algo así como una explicación de los estudios realizados para que sean fácilmente comparables-.
  2. La adopción de un sistema de enseñanza basada en dos ciclos fundamentales.
  3. El establecimiento de un sistema de créditos que facilite la movilidad de los estudiantes.
  4. La eliminación de obstáculos que impidan el libre intercambio.
  5. El aseguramiento de la calidad.
  6. La promoción de la cooperación entre instituciones, esquemas de movilidad, diseño curricular, programas de estudio e integración de la formación e investigación.

Los firmantes dicen textualmente: "Nos comprometemos a conseguir estos objetivos -dentro del contexto de nuestras competencias institucionales, y respetando plenamente la diversidad de culturas, lenguas, sistemas de educación nacional y de la autonomía universitaria- para consolidar el área europea de educación superior".

En mayo de 2001 tuvo lugar en Praga (República Checa) una nueva reunión de ministros relacionados con educación superior. En ella analizaron los seis objetivos del proceso de Bolonia y, como era de esperar, se felicitaron por su buen desarrollo, sumándose a esta iniciativa otros tres países más.

El 19 de septiembre de este año, en Berlín (Alemania), ya son 40 los países adheridos al Espacio Europeo de Educación Superior, enfatizando la importancia de facilitar la movilidad de estudiantes e investigadores de modo que se creen los mecanismos para reconocer los títulos y grados alcanzados. Si ahora volvemos la mirada a nuestro país, quienes estamos al frente de centros universitarios nos encontramos en una situación de perplejidad que dista mucho de la alegría de las fotos de familia de nuestros políticos. La Ley de Reforma Universitaria (LRU) nos llevó a implantar, a comienzo de los años noventa, las nuevas titulaciones con el sistema de créditos y semestres y la reducción en la duración de los estudios. Como es fácil imaginar, supuso un complejo cambio que obligó a replantear materias, temarios y profesorado para intentar acomodar la formación de nuestros alumnos a la LRU sin merma de la calidad docente. La reforma de planes de estudio se fue implantando con mayor o menor éxito, pero con disfunciones. Tantas, que enseguida fue necesario volver a modificar los planes.

Así las cosas, se implanta la LOU. Con ella, la Universidad estatal española vuelve a sufrir las convulsiones que generan cambios de estatutos, nuevos rectores y un largo sinfín de etcéteras.

Sin estar aún totalmente acomodados a la nueva ley, se nos anuncia que la Declaración de Bolonia ha de ser implantada. Para ello surge un documentomarco y el 29 de mayo la ministra presenta los borradores de decreto de grado y posgrado. Paralelamente, la Aneca propone la creación de comisiones para definir los libros blancos de las futuras titulaciones, convocatoria planteada con un margen de 20 días. El reciente 25 de septiembre el ministerio difunde nuevos borradores de grado y posgrado, modificando los de mayo.

Quizá esta enumeración resulte histriónica, pero ciertamente nos sentimos atropellados por decisiones políticas que generan cambios más deprisa de lo que una institución multisecular como la Universidad puede digerir sin deterioro de su función esencial, que, no lo olvidemos, es la formación de personas. Pensamos que los políticos están para resolver problemas y no para generarlos. Nuestra impresión es que siempre hay aspectos que mejorar, pero no es posible hacer continuamente tabula rasa y empezar desde cero, como si todo estuviera mal. En nuestro caso concreto, nadie puede decir que nuestros ingenieros estén peor formados que los europeos o norteamericanos; antes bien, la apreciación de quienes son contratados por empresas extranjeras o acceden a los estudios de doctorado en el extranjero nos hace pensar lo contrario.

Aprovechar Bolonia y su implantación para, en definitiva, copiar el sistema americano en la Universidad española es no haber entendido lo que es Bolonia. Hemos estudiado a fondo los acuerdos y siempre se plantea la creación de un área europea de enseñanza superior que facilite la movilidad respetando la diversidad. Se trata de buscar modos administrativos para que los estudios ya existentes sean comprensibles y comparables, y no de romper el sistema actual imitando un modelo que a algunos, deslumbrados, les parece excelente. Copiar la forma, sin importar el entorno social y cultural, es como copiar un cuerpo sin alma: el resultado es un cadáver. Cadáver fue el sistema implantado por la LRU, remedo del modelo universitario anglosajón de estructura departamental.

En el caso de las ingenierías, no vemos lógico lo que se ha vendido a la sociedad a través de los medios de comunicación: las carreras pasan todas a cuatro años y las ingenierías técnicas desaparecen de la Universidad. La empresa española -a la que nos consta que no se ha consultado- demanda ingenieros técnicos e ingenieros superiores. Se alega que la diferencia entre unos y otros estará en el posgrado que algunos realizarán. Pensamos que en este punto hay un tema de más calado: la formación de quien tiene que asumir el "cómo" se hacen las cosas para dar una respuesta tecnológica inmediata ha de ser formación aplicada, radicalmente distinta de la de quien ha de plantearse el "porqué", y esa diferencia no se solventa con unos estudios de posgrado, sino, por el contrario, recibiendo este último una excelente formación básica en los primeros cursos. Cuatro años de formación básica son correctos si se quiere obtener un ingeniero que se plantee los "porqués" y que en el posgrado obtendrá la formación tecnológica específica. Una formación que, además, se demuestra efímera y cambiante.

Resulta llamativo, siempre desde el punto de vista de las ingenierías, que se trate de ver como un logro acortar los estudios. James M. Tien, vicepresidente del IEEE, dice recientemente (The Institute, junio de 2003, volumen 27, número 2, página 15) acerca de educación en ingeniería: "Propongo reestructurar los grados de pregrado y posgrado del sistema de Estados Unidos hacia un programa orientado profesionalmente y basado en los cinco años del modelo europeo tal como el Diplomingeniur de Alemania". Compruébese cómo, siendo modelo para Estados Unidos, queremos imitarles en lo que ellos consideran que no funciona correctamente. Nos estamos empeñando en ir en el sentido equivocado.

No aprovechemos los acontecimientos administrativos para hacer reformas baldías. Recuerden que la sociedad del futuro depende de la formación que reciban los universitarios de hoy, y con la educación, a cualquiera de sus niveles, no se juega.

Firman conjuntamente este artículo Carlos Vera, director de la ETS de Ingenieros Industriales de Madrid (Universidad Politécnica de Madrid); Ferran Puerta, director de la ETS de Ingenieros Industriales de Barcelona (Universidad Politécnica de Cataluña); Juan Jaime Cano, director de la ETS de Ingenieros Industriales de Valencia (Universidad Politécnica de Valencia); Javier Muniozgure, director de la ES de Ingenieros de Bilbao (UPV/EHU); Federico Paris, director de la ES de Ingenieros de Sevilla (Universidad de Sevilla), y Carlos Bastero, director de la ES de Ingenieros de San Sebastián (Universidad de Navarra)

Publicado orixinalmente en El País, 27/10/03