Fernando Escalante: Modernización educativa

Fernando Escalante: Modernización educativa

Mencionaba el periódico hace unos días un par de manifestaciones de jóvenes que habían reprobado los exámenes de ingreso del Instituto Politécnico y de la Universidad Nacional. Eran cien o doscientos muchachos. Protestaban, por lo visto, vitoreando al Poli y a la UNAM y pedían ser admitidos para estudiar una carrera. Hablando en teoría, la noticia es para sentirse optimista. Dice que esos jóvenes, y muchos más como ellos, imagino, quieren estudiar y le conceden una enorme importancia a la educación superior. Bien: no es para tanto. No hay nada nuevo en las protestas y no conducirán a nada; para empezar, porque no se dirigen contra el principal factor de inequidad en el ingreso a la Universidad Nacional, que es el pase automático. Tampoco hablan exclusivamente del deseo de estudiar. Están lastradas por la vieja idea justiciera de nuestra cultura política de siempre. Pero dicen, eso sí, que la educación superior tiene todavía un valor simbólico considerable, mucho mayor entre quienes no pueden comprarla en el mercado.

Sabemos que en términos prácticos el ingreso a la universidad tiene un significado bastante relativo, pero lo mismo hay que decir del resto de la educación. Lo digo sin asomo de ironía. Como conjunto, nuestro sistema educativo es una zona de desastre. Quedan todavía maestros, escuelas, instituciones de resultados brillantes, hay estadísticas que pueden arreglarse para mostrar una imagen magnífica. En el conjunto hay una mezcla tal de problemas viejos y nuevos, de los maestros y de los estudiantes, problemas económicos, técnicos, laborales, que la mayoría de los políticos prefieren olvidarse, mirar hacia otro lado: se concede un pequeño aumento salarial, se tapa un hueco aquí, se construyen unas cuantas escuelas, se agitan un poco los programas y es todo. Nadie se priva de hablar de la modernización educativa, todos los candidatos a lo que sea dicen que es una prioridad, fundamental para el futuro del país, todos dicen lo mismo y no dicen nada. Hay quienes buscan consuelo desde hace tiempo pensando que el problema está en la educación pública: son ganas de engañarse. O ganas de engañar, con más frecuencia.

Hablando en teoría, otra vez, el poder del sindicato de maestros en el PRI tendría que ser una gran cosa. Lo malo es que la influencia de la profesora Gordillo no dice nada del sindicalismo ni del magisterio, mucho menos del sistema educativo del país. Es acaso el problema básico del PRI: su representación carece de credibilidad porque carece de contenido, los maestros como los demás miembros de sindicatos y corporaciones cuentan como masa de maniobra nada más, y una masa ambigua, poco confiable, porque se ha hundido el conjunto de valores entendidos en que descansaba el sistema de representación corporativa. Queda un extraño juego de sombras, que no se sabe lo que significan. No va a ser el SNTE quien exija una nueva política educativa: podría serlo, incluso debería serlo, pero no. En cuanto al PRI, de momento no tiene otro programa sino evitar una fractura mayor, controlar las deserciones. Llegar.

El resto del panorama no inspira mayor entusiasmo. Hay dos formas básicas para imaginar la modernidad en México: para abreviar, digamos que son la modernidad del cemento y la de los foquitos. En las dos hay la misma fascinación por los prefijos y los superlativos, por lo ultra, lo súper, lo mega: en un caso, son los edificios, las carreteras, los puentes enormes, las masas de cemento; en el otro son los aparatos, cualquier cosa de aluminio con focos de colores y muchos botones. Así se piensa y se promete la modernización educativa, como todo lo demás.

La del presidente Fox es la modernidad de los foquitos. Dejo de lado la tontería de que Internet sea un instrumento para hacer al país más democrático y más justo: el gran proyecto educativo de su sexenio, para poner a México a la vanguardia, es lo que alguien, en un alarde de creatividad, llamó la Enciclomedia. Tan importante que justifica un pleito explícito con el Congreso. Personalmente, no creo que sirva de gran cosa, pero tampoco me parece que haga daño. Ahora bien: lo único verdaderamente notable del programa es el negocio que supone para Microsoft y para quien sea su intermediario en la oficina presidencial. En términos muy simples, se trata de contratar con una empresa privada la adquisición de un sistema mediocre, comprometer al Estado a pagar permanentemente licencias, mantenimiento y asistencia técnica por algo que podría haberse hecho mucho mejor en cualquier laboratorio de ingeniería de sistemas de las universidades públicas del país. Es lo que tiene la modernidad de los foquitos: resulta muy vistosa, pero cuesta cara y no sirve casi para nada.

El proyecto alternativo de nación de López ofrece en cambio la modernidad del cemento. El compromiso es la creación de treinta nuevas universidades. Nada menos. Imagino que el número se puso más o menos al tanteo, para que hubiese una en cada estado, descontando al Distrito Federal y a Nuevo León. Es imposible saber el propósito, aparte de repartir contratos entre las empresas constructoras. No hay un diagnóstico que señale defectos, necesidades, demanda, cupo de estudiantes, capacidad docente, ninguna explicación de las fallas del actual sistema, nada sobre el vínculo entre educación básica, media y superior, no hay nada salvo la imagen fascinadora del cemento. Es curioso que a nadie o casi nadie le haya llamado la atención. Sobre todo porque hay el ejemplo muy cercano de la universidad que construyó, de la noche a la mañana, en el Distrito Federal, que serviría para hacerse una idea de lo que quiere decir cuando promete treinta nuevas universidades en seis años.

Se sabe poco de la Universidad de la Ciudad de México. Se fundó, tiene edificios donde se reúne gente. Aparte de eso, nadie se fija en ella ni se presume en los anuncios de campaña. Eso tiene la modernidad del cemento: después de la foto de inauguración, más vale olvidarse de la obra. Tendría su interés si no otra cosa, al menos un reportaje serio, bien documentado, porque el proyecto es literalmente revolucionario. Hasta donde se puede saber, los estudiantes ingresan por sorteo, sin exámenes; no hay previsto un sistema formal de titulación, ni hablar de mecanismos externos de evaluación ni de acreditación de estudios; hay una organización democrática de los profesores y de los estudiantes, no sé para qué; se recibe a los que han reprobado los exámenes de ingreso a otras universidades y se les ofrece algo que parece ser una combinación de educación abierta y escuela de cuadros. Acaso tenga una función, incluso una función útil y deseable, pero se anuncia como una Universidad, la primera de las treinta: habría que saber algo más de ella. Porque parece un engaño alevoso. Juega con todas las fantasías del radicalismo estudiantil: pases automáticos, supresión de los exámenes, democracia directa, y las mezcla con el valor simbólico de la educación superior. Algo que es como el mito de la UNAM, pero ya sin ningún estorbo académico.

Nadie se ha tomado en serio la crisis o lo que sea, el naufragio de nuestro sistema educativo. Lo que se propone son simulacros, para salir del paso. El CONACYT tiene su sistema: inventa estadísticas de “productos académicos” para que el más perfecto botarate parezca candidato al Premio Nobel o para justificar recortes de presupuesto; la SEP se arregla con el SNTE para completar cada año escolar y aquí paz y después gloria; el presidente se ilusiona con sus foquitos y los presume, con la misma alegría con la que López promete construir edificios de universidades o algo parecido. Mientras tanto crece, como parásito, un ingobernable mercado de empresas que ofrecen titulaciones de cualquier cosa. Vendrán dentro de poco otras, franquicias de Harvard, Yale o Princeton, con la oferta de ese último modelo de modernidad inconfesable que es ser estadounidense.

Llegaremos a sentir nostalgia de esos muchachos que protestan en la calle, a gritos, para pedir un lugar en la UNAM o en el Poli, porque creen todavía en la educación superior, en la educación pública. Sienten que algo fundamental de su vida depende de ella. Son los últimos.

La Crónica de Hoy, 10/08/05