Estados Unidos: Cara de guerra

Estados Unidos: Cara de guerra

Un libro de reciente publicación, que señala inquietantes similitudes entre los argumentos utilizados por los presidentes de Estados Unidos para lanzar invasiones o iniciar guerras en las últimas décadas --desde República Dominicana, en 1965, a Irak, en el 2003-- está encontrando diversos problemas de distribución y una llamativa indiferencia de parte los grandes diarios estadunidenses, que prefirieron hasta ahora ignorarlo en sus páginas de revisiones literarias.

El autor de War made easy, el columnista Norman Solomon, se encontró con tal muro de silencio, que decidió hacer circular sus dudas y temores entre organizaciones y medios de comunicación, entre ellos Apro, a través de un correo electrónico, en el que aseguró que “el libro encontró una previsible forma de parcialidad periodística: War made easy aguijonea a los grandes medios de Estados Unidos, y ellos no estuvieron muy interesados en mencionar su existencia”.

En efecto, en su libro, Solomon recuerda comentarios y editoriales de diarios como The Washington Post y The New York Times sosteniendo el principal argumento de la Casa Blanca para lanzar la invasión de Irak: la presunta existencia de armas de destrucción masiva en manos del régimen de Saddam Hussein, las cuales –como ahora se sabe-- nunca pudieron ser encontradas.

Hasta ahora, el libro sólo fue comentado por Los Ángeles Times (de manera positiva, dicho sea de paso). La ausencia de reseñas en los principales diarios y revistas puede llevar a un libro a su muerte comercial, en particular cuando se trata de obras que, como la de Solomon, son distribuidas por editoriales pequeñas. Pero, según destaca el propio autor, War made easy pudo convertirse en uno de los libros de temática política de venta más rápida en este verano estadunidense gracias al apoyo de organizaciones progresistas de base.

En el inédito correo electrónico, Solomon pidió a amigos y activistas seguir “alentando a las tiendas de libros a exhibir la obra y hacerla accesible a los clientes”, y reenviar el mensaje a “aquellos preocupados por el perenne empuje de los medios de comunicación a favor de la guerra”.

“Los obstáculos de los medios estadunidenses son más altos contra un libro que critica tanto las políticas del gobierno de Washington como la cobertura periodística de las grandes cadenas”, dijo Solomon a Apro.

El autor reconoció que “también está la realidad de que War made easy es un libro que critica específicamente a esos medios, cuyas reseñas son a menudo cruciales para el ‘éxito’ de una obra”.

Una portavoz de FAIR, una de las principales organizaciones estadunidenses de monitoreo de los grandes medios de comunicación, se mostró de acuerdo con Solomon. “Los puntos de vista que desafían de manera muy fuerte el status quo, simplemente no reciben cobertura seria de parte de los medios que, precisamente, forman parte importante de ese status quo”, dijo a Apro la portavoz Julie Hollar.

Hollar recordó que Noam Chomsky, a quien señaló como otro “fiero crítico de la guerra en Irak”, publicó “varios libros muy respetados que nunca fueron comentados por la gran prensa estadunidense”.

Máquinas de propaganda

En War made easy, Solomon plantea que, “desde los sesenta, las guerras favoritas de Estados Unidos fueron rápidas y –para la mayoría de la población de este país-- ‘exitosas’ en generar cierto sentido de logro nacional”.

Señala que la “percepción popular” es la siguiente: “Nos hicimos cargo de una manera bien bonita de la República Dominicana, Granada y Panamá en el hemisferio y, más lejos, de la Guerra del Golfo, Yugoslavia y Afganistán”.

Afirma que detrás de esa percepción, libre de autocríticas, se encuentran “las poderosas máquinas de propaganda para llevar al país a la guerra”, que fueron “desarrolladas, refinadas y perfeccionadas” por los últimos presidentes estadunidenses. “A menos que el presidente quiera morder más de lo que el Pentágono puede masticar –agrega--, la mayoría de los estadunidenses encontró las aventuras militares del tío Sam fáciles de aceptar, aunque ello fuera en forma de pasividad”.

Para explicar por qué la voluntad guerrera de los inquilinos de la Casa Blanca encuentra tan poca resistencia de parte de los estadunidenses, Solomon apunta hacia los grandes medios de comunicación, y recuerda, por ejemplo, cómo el New York Times dedicó durante semanas su portada a los reportes sobre las presuntas armas de destrucción masiva iraquíes, y luego apenas una “nota de los editores” para desdecirse. Y que el Washington Post publicó en febrero del 2003, al día siguiente de la presentación de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU, un editorial en el que calificó los argumentos del entonces secretario de Estado contra Bagdad, como “irrefutables”.

Dos años y medio después, mientras la Casa Blanca sigue sin sonrojarse cuando debe reconocer que no hay rastros de bombas químicas, atómicas o biológicas en el país ocupado, Solomon se ocupa de traer del pasado las palabras del prestigioso diario de la capital norteamericana: “Después de la presentación de Powell ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas --decía el editorial--, es difícil imaginar cómo alguien puede dudar que Irak posee armas de destrucción masiva”.

Antes de cualquier aventura bélica estadunidense, dice el autor después de haber revisado el contexto de las últimas guerras a barras y estrellas, puede existir en este país “una intensa polémica pública”, pero “el récord histórico moderno es claro: no importa lo que diga la Constitución, en la práctica el presidente tiene el látigo en su mano cuando se trata de despliegues militares”.

El análisis de Solomon encuentra un definitivo eco en estos días cuando dice que “si un presidente (estadunidense) quiere una guerra, la tendrá”.

Cuando eso ocurre, la maquinaria guerrera se pone en marcha con un “calendario” que se repite década tras década, se trate de Panamá, Irak o Vietnam. En primer lugar se activa un Ejército de expertos en relaciones públicas, en particular a través de los medios de comunicación, explica Solomon. Eso permitirá a la Casa Blanca conseguir el consentimiento de la mayoría de los ciudadanos, de manera activa o pasiva, pero lo suficientemente amplia como para que la guerra comience.

“Lo que sale a la superficie después --dice--, incluyendo evidencia de engaños previos o de distorsiones durante la guerra, nos puede hacer sentir que vivimos en una sociedad con las libertades suficientes para asegurarnos que la verdad brillará, tarde o temprano”. Sin embargo, continúa, “una guerra ocurrió enmedio de todo esto”, y “la información que surge después no aparece lo suficientemente temprano como para prevenir la ofensiva bélica”.

Es sencillo aplicar el esquema diseñado por Solomon a la guerra en Irak, en particular si se tienen en cuenta la prácticamente nula autocrítica por los graves errores a la hora de evaluar el poderío armamentístico iraquí o la supervivencia de Donald Rumsfeld como ministro de Defensa, incluso después de conocerse las torturas y vejámenes en la cárcel de Abu Ghraib.

“No importa qué tanto sigamos las noticias, raramente nos enteramos más que un poco sobre las consecuencias humanas” de las guerras estadunidenses, dice Solomon. Y esto puede aplicarse tanto a las miles de víctimas iraquíes sin rostro como a los cientos de soldados estadunidenses muertos, cuyas caras comienzan a verse recién en estas semanas en la televisión estadunidense, no por voluntad del Pentágono sino por la presión de los familiares cansados de ataúdes que llegan en silencio a las bases de su país.

Según Solomon, los preparativos previos a la invasión de Irak forman un “modelo” de pre-guerra en Estados Unidos. Describe: “Delegados estadunidenses son enviados a capitales extranjeras, discursos dramáticos subrayan los esfuerzos estadunidenses por galvanizar el apoyo internacional, la Casa Blanca advierte que la ONU, en ese momento histórico, debe decidir entre tomar responsabilidad o arriesgarse a entrar en la intrascendencia”.

Luego, “Washington remarca que no necesita permiso para actuar de manera decidida en defensa de la libertad y la seguridad”. Cuando la guerra aparece en el horizonte, “la cobertura periodística se hace más intensa. Seres queridos bañados en lágrimas dicen adiós a los soldados en puertos, bases militares y aeropuertos”.

Más adelante, “conmovedoras entrevistas con soldados, pilotos y marineros nos recuerdan qué jóvenes y valientes son”, dice el autor. Y sigue: “Más banderas estadunidenses aparecerán en la pantalla, y los reportajes darán detalles sobre las capacidades de las últimas armas desarrolladas por el Pentágono, entonces el presidente asegurará que los inocentes no tienen motivos para temernos” y, “mientras líderes de algunos otros países expresan su oposición al probable ataque, la Casa Blanca explicará que no ir a la guerra es ahora la peor opción”.

“Durante muchos años escribí sobre la manipulación mediática de la guerra --relata Solomon--, y sobre el papel demasiado voluntario de muchos periodistas estadunidenses en promover la guerra”.

El columnista dice que con War made easy buscó detallar “las principales técnicas de propaganda mediática que se siguen usando para embarcar a Estados Unidos en una guerra tras otra”. La revisión de los discursos y el surgimiento de esos modelos señalados más arriba le mostraron “una tendencia que se transfiere de la agenda de una guerra a la de otra”.

Afirma: “Creo que es fundamental que el público esté más alerta ante las técnicas de propaganda usadas por la Casa Blanca y sus sostenedores mediáticos para iniciar y mantener guerras básicamente basadas en mentiras”.

Solomon dedica el prólogo de su libro a las campañas estadunidenses en América Latina en la segunda mitad del siglo pasado, una historia de “intervención militar que involucró patrones de alianzas con oligarquías y oposición a los movimientos locales por justicia social y derechos humanos”, hace notar. Cada vez que llegó el turno de una operación militar en América Latina, dice Solomon, “el ruido de tambores” de los medios estadunidenses tocó una nota especial: los medios “evitaron tocar los asuntos de justicia social y prefirieron las distorsiones de la Casa Blanca sobre subversión y regímenes ilegítimos caracterizados como democráticos”.

Solomon repasa cómo, siempre dentro del modelo para “preparar” al público para consentir la guerra, el presidente Lyndon Johnson habló al país por televisión en abril de 1965 para anunciar a sus compatriotas que los marines estaban desembarcando en la República Dominicana para “proteger las vidas” de los estadunidenses que, a juicio de la Casa Blanca, estaban a merced del gobierno “comunista” de Juan Bosch.

Cuando en 1989 le llegó el turno a Manuel Noriega, en Panamá, el excolaborador de la CIA rápidamente se convirtió en un narcotraficante, “un dictador que adora dioses vudú” y “viste ropa interior de color rojo”, según reportaban entonces los medios estadunidenses, alimentados por informes del Pentágono.

Proceso, 13/08/05