Adolfo Mejía González: Nueva Orleans y el gobierno de Bush

Adolfo Mejía González: Nueva Orleans y el gobierno de Bush
El gobierno de Bush ha quedado desnudo con su lenta respuesta a la tragedia de Nueva Orleans

Pocas veces resulta tan apropiado aplicar el dicho popular «candil de la calle y oscuridad de la casa» como ahora respecto al presidente de los Estados
Unidos, el señor George W. Bush, cuyo gobierno, de por sí tan desprestigiado a nivel internacional, viene a quedar en lo político, en lo social y en lo ético, totalmente al desnudo con motivo de su lenta respuesta e indolencia criminal para brindar auxilio a los millares de habitantes de la histórica, bulliciosa y bella ciudad de Nueva Orleans, ubicada al sur de los EUA, en el estado de Louisiana, a orillas del Río Mississippi, y que -como todos lo hemos podido apreciar en las crudas imágenes televisivas- se encuentra materialmente desaparecida bajo las aguas que le arrojó el huracán Katrina.

Casi todos los jefes de Estado yanquis se han caracterizado por su calculada injerencia política o hasta militar, para «ayudar» a otros pueblos con cuyos gobiernos chocan política-ideológicamente, ubicados en zonas del planeta que les resultan de alto interés estratégico, ya sea por su mera posición geopolítica o por el tipo de recursos naturales que se ubican en su subsuelo, como el petróleo y el gas. Así, mandaron en los años 60, en una fallida y sangrienta aventura militar, a cientos de miles de marines a Vietnam, dizque para salvar a ese pueblo del lejano sudeste asiático del comunismo y llevarles la «salvación» de la libertad y la democracia.
Antes, recién terminada la II Guerra Mundial, invadieron la península de Corea, con idéntico objetivo. Y con la misma intención, en América Latina han consumado, de manera pronta y salvaje, a lo largo del siglo XX, innumerables invasiones militares a Cuba, Nicaragua, República Dominicana, Panamá, Granada, así como auspiciado golpes militares neofascistas en otros tantos países, como los casos de la República de Chile, de Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia y otros durante la Guerra Fría. En todos esos casos la derrama de dólares no tuvo límite con tal de cumplir con su «destino manifiesto» que ellos consideran de origen divino, cual lo ha reiterado el actual habitante de la Casa Blanca.

La lista anterior de intervenciones violatorias de todo principio y todo derecho, que podría ser mucho más larga, la cierran los casos más recientes de Afganistán e Iraq, donde se ha incurrido en delitos internacionales de lesa humanidad, en cuya responsabilidad ampliada, a cargo de los jefes de gobierno yanquis, yo incluyo los miles y miles de jóvenes estadounidenses, sobre todo afroamericanos, latinos o blancos pobres caídos en batallas en las que su verdugo real es su propio gobierno.
Ante todo ese amplio abanico de sangrientas y desoladoras guerras, de despliegue de una industria y carrera armamentista imparables, que devora crecientes sumas de dólares que son producto del trabajo del pueblo, que, por un lado se revierten en enriquecimiento para unas cuantas empresas privadas y un puñado de oligarcas que integran la petrocracia americana, se descubre ahora, con motivo de los devastadores efectos del huracán Katrina, el submundo de pobreza, de discriminación, de marginación y de desprecio que ha venido germinando en el seno de la potencia más rica y poderosa del planeta. La derecha como gobierno, arropada bajo una engañosa democracia, viene a descubrirse como la peor y más hipócrita forma de dictadura. El capitalismo a ultranza -su globalización y neoliberalismo- se ha manifestado como falso e inmoral, absolutamente carente de valores relacionados con lo más sagrado del ser humano. Igualmente resulta hasta paradójico, sino es que dramático y vergonzante, que quienes siempre han tenido para dilapidar gigantescos recursos en contra de otros pueblos, ahora demanden apoyos de otros estados porque carecen de lo necesario para auxiliar a su propio pueblo.

A la vez, el gobierno de Bush, tan presuroso para desatar el terrorismo de Estado contra otros, pero tan lento e insensible para reaccionar en apoyo a decenas de millares de compatriotas suyos, tal vez por tratarse de mayorías negras y latinas, se ha revelado, ante su propio país y ante el mundo, como lo que realmente ha sido: un gobierno que ha demostrado con su política exterior de guerras preventivas, que se vale bombardear, ocupar y destruir a naciones distantes porque necesitan, para su seguridad, controlar el petróleo, para lo cual deben deshacerse de gobiernos que se niegan a ser sumisos.

Al quedar, tan desvergonzadamente al desnudo, muy probablemente mister Bush esté enfrentándose al agotamiento de su capacidad de engaño, de manipulación y de control basado en el miedo, y ojalá que el pueblo norteamericano le cobre, finalmente, la factura por tanta inmoralidad e hipocresía. La justicia suele llegar tarde, pero de que llega, llega.

Cambio de Michoacán, 10/09/05