Paul Kennedy: Raza y pobreza en Estados Unidos

Paul Kennedy: Raza y pobreza en Estados Unidos

Cuando me crié en el noreste de Inglaterra en la década del 50 no había ninguna cara negra a la vista. Los negros sólo existían en nuestros libros de geografía, en avisos sobre mercadería que venía de las colonias o en las novelas imperialistas de John Buchan y H. Rider Haggard.

Así sufrí un gran golpe al encontrarme sumergido en las revueltas raciales norteamericanas de 1967. Y ahora ya han pasado casi 40 años desde que por primera vez me encontré con las divisiones sociales y étnicas de EEUU y 23 años desde que me instalé con mi familia en la Universidad de Yale. Mucho ha cambiado mientras tanto, y la mayor parte de ese cambio ha sido para bien.

Pero si hay una gran cicatriz en los políticos y la trama social de este país es el poder inquebrantable del color de la piel negra para afectar las oportunidades de vida. Naturalmente hay muchas excepciones a esa declaración y los norteamericanos pueden enorgullecerse de los logros de Colin Powell, Condoleezza Rice y las hermanas Williams.

Pero las estadísticas mayores cuentan una historia más grave. Un estudio reciente del respetado Bay Area Center para Investigación de Votaciones sobre "Las ciudades más conservadoras y liberales en Estados Unidos" arrojó un resultado que parece indisputable: la relación entre los patrones de raza, ideología política/votación y residencia. Tomemos el hecho más perturbador, uno que desafía completamente la suposición de que estamos en una sociedad de "crisol de razas". Cuando se trata de quién vive dónde en las "25 ciudades más conservadoras", los norteamericanos negros casi no existen. En contraste en las "25 ciudades más liberales" hay una abrumadora o sustancial población negra, principalmente viviendo en la pobreza.

Un análisis de la sociedad norteamericana no sólo se puede concentrar en negros pobres versus blancos acomodados. Hay otras cosas que están sucediendo. Las proporciones de hispanos y asiáticos han avanzado rápidamente en las recientes décadas, y muchos de ellos se han colocado en una situación de renta entre mediana y alta. Este crecimiento en la cantidad y prosperidad de otros grupos étnicos, naturalmente, no es perturbador en sí. Lo que parece depresivo es que los negros han aprovechado menos del "bullir" y éxito que, en vista de su cantidad, podrían haber logrado. La renta promedio per capita y los niveles de educación de los negros se han mantenido bajos aun en una edad de auge para, por ejemplo, los asiáticos.

Lo que muestran en general las estadísticas de la investigación del Bay Area Center es que quien vive en lugares como Provo (Utah), y Lubbock (Texas) probablemente es blanco, posee una renta y una educación sobre el promedio, defiende los "valores de la familia" y es fuerte partidario del Partido Republicano. En cambio, quien reside en una de las ciudades más antiguas, industriales, comerciales o portuarias, vivirá en o por lo menos estará consciente de grandes ghettos de negros.

Esto habla de que la brecha entre ricos y pobres en EEUU se está ampliando y el grupo más afectado son los ciudadanos negros. Para los liberales de después de 1945 y todos aquellos que, como Martin Luther King Jr., tenían un sueño de mejoramiento, los resultados de los años de lucha por mayor equidad son una amarga desilusión.

Escribí este artículo antes de que el Huracán Katrina golpeara Nueva Orleans y los lugares adyacentes. Lo que ha hecho la catástrofe es reforzar el punto. Ver que decenas de miles de negros pobres fueron abandonados porque no tenían transporte o dinero para salir antes de la tormenta, y ver escenas de colas para alimentos, desesperación y el quiebre de la (débil) trama social, fue desgarrador.

Las cosas probablemente se manejaron mejor en Sierra Leona hace un par de años; se respondió con mayor rapidez a las víctimas del tsunami del Océano Indico. Katrina fue un desastre natural, pero golpeó a los americanos en forma desproporcionada si se considera la ubicación del país en la escala económica global. A los conservadores les gusta repetir que una ola que sube eleva todos los botes. La ola que subió y que inundó Nueva Orleans no hizo nada de eso. Hizo que se hundiera una gran cantidad de los barcos más débiles.

La Tercera, 10/09/05