Carlos Fuentes: “Katrina”, 2

Carlos Fuentes: “Katrina”, 2

Los EE.UU. se ocupan de sus propios intereses, no los de una ilusoria comunidad internacional"". Estas palabras de la actual secretaria de Estado, Condoleezza Rice, vuelven repetidas veces a mi memoria ante el desastre que azota a Nueva Orleans. Destaco dos hechos:

Primero, la generosidad con la cual la "ilusoria comunidad internacional" ha acudido a la ayuda de los EE.UU. en esta hora trágica. De la ONU y la Comunidad Europea a países pequeños y pobres como El Salvador y aún países "enemigos" como Cuba, el mundo, sin dar explicaciones o pedir satisfacciones, ha enviado dinero, medicinas, transportes, comida, equipo, supliendo, implícitamente, las deficiencias notorias y la tardía respuesta del Gobierno Federal a la catástrofe local.

Segundo, la asombrosa falta de acción del Gobierno Federal ante un desastre anunciado. Desde antes del 11/S, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército advirtió que las represas del río Mississippi debían ser reforzadas si se quería evitar una tragedia. El presidente Bush dice ahora que nadie pudo prever lo que ocurrió. Falso. Los propios ingenieros a cargo de los diques insistieron en la necesidad de invertir en trabajos de control de inundaciones.

No se les hizo caso. ¿Por qué? El Cuerpo lo dice de manera explícita: la guerra de Irak distrajo los fondos necesarios. Desde 1998, el llamado "Plan Costa 2050" pidió 14 mil millones de dólares para levantar, extender y fortalecer el sistema de diques. Tardíamente, se va a pagar tres o cuatro veces más hoy lo que debió hacerse ayer. Ahogado el niño, se tapa el pozo. Literalmente.

La guerra de Irak también alejó de la Louisiana a una tercera parte de los bomberos, paramédicos y tropas de la Guardia Nacional indispensables para mantener el orden y auxiliar a la población. La guerra de Irak, así, no sólo cobra muertos en la Mesopotamia. Los cobra también en la delta del Mississippi. Mas como la guerra de Irak parece interminable, el Gobierno de Bush se enfrenta al dilema que él mismo generó: auxiliar a sus propios ciudadanos o librar petroguerras en Asia.

La gran protagonista de las jornadas de Nueva Orleans ha sido, una vez más, la sociedad civil. Son los ciudadanos quienes han acudido a salvar vidas, contener epidemias, ofrecer auxilios a menudo impedidos por la lasitud oficial. Cien niños pudieron nacer en los primeros días del desastre. Docenas de vidas fueron salvadas en hospitales sin luz. Pero en una inversión macabra del cuento de Dino Buzzati, los cadáveres fueron trasladados de los sótanos inundados a las plantas altas. Y Wal-Mart pudo organizar con eficiencia la distribución gratuita de comida. La Universidad del Estado de Louisiana denunció la "poca atención" puesta a la "población de escasa movilidad": viejos, enfermos y pobres. Y la situación le recordó al mundo que en los Estados Unidos de América existen cuarenta millones de indigentes. Los USA tienen un tercer mundo dentro del primer mundo, como la América Latina tiene un primer mundo dentro del tercer mundo.

La senadora demócrata Mary Landrieu denunció que la FEMA (la oficina federal de emergencia) no atendió las ofertas de medicina y equipos de construcción. A setenta millas de Nueva Orleans, un grupo de bomberos aguardaba, el jueves pasado, que se le convocara a la ciudad. Los ejemplos abundan.

Bush, una vez más, reparte sonrisas inoportunas, hace bromas fuera de lugar, está fuera del momento, aparece como un político incierto y obliga al Partido Republicano a alejarse de él o perder las elecciones que vienen. El Presidente ofrece su mantra, "la compasión". El Vicepresidente se aleja de los barrios negros pero en las zonas blancas lo reciben con insultos. Ni Bush ni Cheney pueden penetrar los espacios --negros, humildes y orgullosos-- de la tragedia.

Final de un régimen, inicio de una esperanza. El sobrado orgullo imperial de la Administración Bush hacia los tratados internacionales de protección al medio ambiente, sus fracasadas aventuras militares, su grosera prepotencia, quedan desnudadas en su propio país. Si este Gobierno no sabe responder a una catástrofe natural prevista, ¿cómo respondería a un ataque terrorista o de armas biológicas? La pregunta la hace el archiconservador político sureño Newt Gingrich. La respuesta es de la senadora Landrieu: el Gobierno de Bush vive en estado de comunicación disfuncional.

¿Y la esperanza? Que los Estados Unidos de América abandonen su soberbia unilateralista y se sumen, como en su momento lo hicieron los presidentes Franklin D. Roosevelt y Harry S. Truman, a la comunidad internacional, a los tratados y convenciones multilaterales, a la diplomacia y a la negociación.

Si éste es el resultado de la tragedia de Nueva Orleans, la bella y amada ciudad del Golfo de México no habrá sufrido en vano y la propia Condoleezza Rice tendrá que unirse a los valores de la "Ilusoria comunidad internacional".

El Siglo, 12/09/05