Benita Ferrero-Waldner: Tomarse en serio los derechos

Benita Ferrero-Waldner: Tomarse en serio los derechos
La reforma de la ONU ha de traer una nueva era mundial basada en el compromiso con las personas
Benita Ferrero-Waldner, Comisaria de Relaciones Exteriores de la Unión Europea 

En estos tiempos que corren ¿para qué sirven las Naciones Unidas? Es la cuestión que ha intrigado a gobiernos y estudiosos internacionales desde la caída del telón de acero. A partir de mañana, 175 jefes de Estado y de Gobierno se reunirán en las Naciones Unidas, en Nueva York, para dar los últimos retoques a un documento cuya finalidad es responder a esta pregunta. La primera reforma seria en 60 años de historia de la ONU ha de marcar, así se espera, el comienzo de una nueva era internacional.

Los principios fundamentales no han variado: la necesidad de un sistema de cooperación y normas internacionales que limite la propensión de los humanos al conflicto armado y proporcione un foro en el que los estados puedan trabajar juntos por el bien común. El mundo, en cambio, es radicalmente diferente de aquél en el que nació la institución, y el tipo de conflictos y amenazas ha cambiado extraordinariamente. La ONU necesita un remozamiento organizativo y un mandato que le permita hacer frente a los retos del 2005 y de los próximos 60 años.

Esto es lo que está en juego en Nueva York. No es tarea fácil: los estados casi se han cuadruplicado desde 1945, complicando las negociaciones. Sin embargo, los problemas de hoy --proliferación de armas de destrucción masiva, terrorismo, disolución del aparato estatal, pobreza persistente, cambio climático, VIH/sida-- exigen con urgencia una actuación de nuestra parte.

En vísperas de la cumbre, algunos se han centrado sobre todo en la composición del Consejo de Seguridad. Otros, en la gestión. Aunque ambos asuntos son importantes, no deberían distraernos del núcleo fundamental del debate: seguridad, derechos humanos y desarrollo. Estos tres aspectos se hallan vinculados: sin paz, no hay desarrollo; sin desarrollo, no hay paz, y sin derechos humanos, ninguno de los otros dos.

CIERTAMENTE, ésta es la visión del mundo de la UE, que explica por qué hemos desempeñado un papel destacado en la búsqueda de consenso en los pasillos de las Naciones Unidas, y fuera de ellos, en los últimos meses. Nuestro apoyo al organismo internacional no debería causar sorpresa. Tanto la ONU como la UE surgen de la misma experiencia traumática de la guerra, que convenció de la necesidad de un nuevo orden internacional. Ambas organizaciones se basan en que los estados pueden responder mejor a los retos a los que se enfrentan actuando conjuntamente que por separado.

Por esta razón, la Unión aporta el 50% aproximadamente de todas las contribuciones de los miembros a los fondos y programas. Por ello, estamos determinados a que la cumbre de las Naciones Unidas nos devuelva una organización suficientemente reformada como para desempeñar su cometido original: afianzar la paz y la seguridad internacionales, promover el desarrollo sostenible y defender los derechos humanos y la seguridad de las personas.

Un factor clave para ello será la creación de la Comisión para la Construcción de la Paz, que ha de venir a colmar la laguna existente entre la asistencia en las fases posteriores a los conflictos y la estabilización y desarrollo a largo plazo. Lograr poner en pie a los estados para que funcionen en las fases posteriores a los conflictos constituye una tarea complicada. Con demasiada frecuencia no hay suficiente coordinación entre las diferentes acciones: las fuerzas para el mantenimiento de la paz se financian por una instancia; la desmovilización, por otra; la reconstrucción y el desarrollo institucional, por una tercera. Éste ámbito de vital importancia ha de ser, pues, abordado en la cumbre.

La UE ya está procurando aplicar este enfoque coherente en los Balcanes o en Afganistán. La puesta en común de conocimientos para que queden a disposición de terceros mediante la Comisión para la Construcción de la Paz ha de impulsar los esfuerzos de reconstrucción.

Para evitar los conflictos recurrentes hay que hacer más por proteger los derechos humanos. El abuso en este campo es un claro indicador de enfrentamientos, de modo que mejorar nuestra capacidad de actuación no es únicamente una obligación moral. La actual Comisión de Derechos Humanos ya no responde plenamente a las necesidades planteadas, por lo que resulta crucial la reforma de la arquitectura de la ONU en materia de derechos humanos.

Necesitamos un mecanismo que se tome en serio los derechos porque lo que está en juego son las personas: el prisionero en peligro de ser torturado, el niño obligado a participar en un conflicto armado, la mujer bajo la amenaza de la crueldad y los abusos. Debemos asimismo sacar a la palestra la seguridad de las personas, adoptar un concepto moderno de soberanía en virtud del cual los estados sean responsables de la protección de su gente, no sólo de sus fronteras. Con la aprobación de un nuevo Consejo de Derechos Humanos, la cumbre ha de dejar claramente sentado el compromiso sin divisiones en favor de los derechos humanos y la seguridad de las personas.

¿CÓMO SERÁ recordado el año 2005? Confío en que no exclusivamente por la continua violencia en Irak, los cobardes actos de terrorismo en Europa, las terribles escenas de desesperación en Níger o las trágicas consecuencias del tsunami del Índico, sino por una nueva era en la escena política internacional desencadenada por la cumbre de la ONU. En palabras de Dag Hammarskjold, el secretario general de las Naciones Unidas asesinado mientras se encontraba en una misión en el Congo: "Todo irá bien. ¿Saben cuándo? Cuando la gente deje de pensar en las Naciones Unidas como en un extraño cuadro de Picasso y las vean como un dibujo realizado por ellos mismos". Mañana, los líderes del mundo deben recoger el guante: coger el pincel y ponerse a dibujar.

El Periódico, 13/09/05