Jaime Porcell: Katryna Keynesiana

Jaime Porcell: Katryna Keynesiana

La tragedia provocada por el huracán Katrina el pasado 29 de agosto en Mississipi, Alabama y Louisiana, tres estados del país más poderoso del mundo, pone en evidencia el absurdo de las teorías económicas neoliberales

Privatización de los servicios públicos y pérdida del papel del Estado en funciones básicas de la sociedad, dos principios de los teóricos del libre comercio, pierden el poco crédito que tenían después de conocerse el desamparo de Nueva Orleans ante un fenómeno natural.

Irak era la prioridad del gobierno de George W. Bush, así que el dinero para evitar una catástrofe, como se había advertido si un meteoro hacía penetrar el mar e inundaba a la vieja ciudad portuaria, fue destinado a mantener una tropa de ocupación lejos de Estados Unidos.

Tampoco existieron preparativos para enfrentar la evacuación de todas las familias en peligro, la ayuda de emergencia en alimentos y medicinas llegó con atraso y hasta el presidente y sus principales colaboradores se presentaron en la zona de desastre varios días después.

Por eso Katrina hace recordar a muchos a John Meynard Keynes, economista británico del siglo XX, nada sospechoso de haber sido simpatizante del marxismo o militante de partidos de izquierda. Por el contrario, sus teorías buscaban hacer aceptable al capitalismo.

En 1944, encabezó la delegación británica a la conferencia de Breton Woods, de la que surgieron el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, las instituciones más influyentes del capitalismo en la postguerra.

Hijo de una familia acomodada, Keynes era un graduado de Cambridge, donde fue profesor, representó a su país en la Conferencia de Paz de París al finalizar la primera guerra mundial y se hizo de dinero en empresas de seguros e inversiones: un típico gentleman.

Decía que las decisiones de ahorro algunos individuos las adoptan en función de sus ingresos, y la determinación de las inversiones las toman los empresarios de acuerdo con las expectativas de ganancias, sin que necesariamente sean coincidentes.

En caso de que las inversiones fueran insuficientes, Keynes recomendaba la intervención estatal por medio de un incremento en los gastos del gobierno. La Gran Depresión del capitalismo en el siglo XX se contuvo gracias a la aplicación de las recetas del eminente profesor.

Ahora los teóricos neoliberales afirman que las teorías keynesianas son un error. Lo realmente eficaz, dicen, es evitar las regulaciones estatales, privatizarlo todo, incluso los servicios públicos imprescindibles como la salud, la energía, el agua, la educación.

A los problemas de hambre, miseria, y escasez de energía y agua en los países subdesarrollados, se suman ahora las imágenes divulgadas por la propia televisión norteamericana, donde se aprecia la impotencia y la frustración de una población abandonada a su suerte.

Katrina vino a recordar a los neoliberales y a poner en evidencia que los pobres son los que sufren la falta de interés estatal por resolver las necesidades elementales de subsistencia en una sociedad.

Ejemplos de lo inoperante del neoliberalismo hay más que suficientes. América del Sur dispone de las mayores reservas de agua del planeta, sin embargo, es una de las regiones con mayor atraso en la construcción de sistemas de acueductos.

Calentamiento de la Tierra, desaparición de bosques, emisiones de gases nocivos a la atmósfera, especies animales que se extinguen, todo ello se potencia con las medidas económicas neoliberales.

El analfabetismo sigue siendo un obstáculo para el desarrollo económico, las carencias sanitarias abruman a la población latinoamericana y al continente africano, y la energía eléctrica es ausente en zonas campesinas.

El hambre se posesiona del planeta, mientras que cada vez los millonarios son más ricos, con un ejército creciente de más pobres, incluso en los países desarrollados.

John Meynard Keynes hizo lo posible por salvar al capitalismo en un momento de crisis. Los teóricos neoliberales aplican una fórmula extrema del libre mercado y hunden al mundo en un abismo de miserias.

Prensa Latina, 17/09/05