Jorge Ramos Ávalos: El desastre después del desastre

Jorge Ramos Ávalos: El desastre después del desastre

Todavía es difícil de creer que todo esto esté pasando en Estados Unidos. El huracán Katrina ha dejado al descubierto las debilidades de esta nación. Las escenas que millones en el mundo han visto por televisión —y que los periodistas hemos podido constatar en Alabama, Misisipi y Luisiana— nos las hubiéramos imaginado en Haití, Centroamérica o África, pero no aquí.

Lo que pasó es que la catástrofe natural fue agrandada por la ineficacia y ceguera gubernamental. Hubo una pésima preparación ante un huracán de la magnitud de Katrina. Y se dio una lenta, ineficaz e inepta respuesta.

El ciclón sorprendió al presidente George W. Bush de vacaciones en Texas, y se tardó casi dos días en regresar a Washington. Y luego, al darse cuenta de la tragedia en Nueva Orleans, Bush dijo a cadena ABC: “Yo creo que nadie anticipó que se rompieran los diques”. Ese era el peligro que enfrentaba la ciudad. El gobierno federal debió advertir más enérgicamente la amenaza de Katrina —quizás con un discurso de alerta por el propio Bush— pero no lo hizo. Falló. Al igual que Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa, que se fue a ver un partido de béisbol el lunes a San Diego luego de que Katrina arrasara con Nueva Orleans.

La pregunta que más duele es ¿cuántas de las muertes ocurridas se pudieron haber evitado?

La responsabilidad de esta tragedia va más allá de la Casa Blanca. Las dos personas encargadas de las labores de rescate no sabían que en el Centro de Convenciones de Nueva Orleans había 25,000 refugiados. Michael Chertoff, el secretario de Seguridad Interna, dijo en la cadena de radio NPR que él “no había oído el reporte de miles de personas en el Centro de Convenciones sin comida y agua”. Y Michael Brown, todavía director de la agencia encargada de desastres (FEMA), reconoció en CNN que “el gobierno federal ni siquiera sabía acerca de la gente en el Centro de Convenciones”. ¿Acaso Chertoff y Brown no ven televisión?

Además de la lenta y vergonzosa reacción ante el desastre, lo más sorprendente es que Katrina dejó al descubierto un país que todavía está dividido racialmente. Aunque solo 1 de cada 10 habitantes de Estados Unidos es afroamericano, la mayoría de las víctimas y damnificados del huracán era de la raza negra y pobres.

Resulta también increíble que el Gobierno de Estados Unidos, a través del Departamento de Estado, no haya aceptado la ayuda de otros países hasta más de una semana después del desastre. Entiendo, por ejemplo, que haya rechazado las ofertas de ayuda de Cuba y Venezuela para no generar compromisos con Gobiernos hostiles a Estados Unidos. ¿Pero cómo es posible que se hayan tardado tanto en darle la bienvenida a 196 soldados del Ejército mexicano que estaban perfectamente preparados para ayudar en casos de desastre? Cuando dieron el permiso de entrada 14 días después ya no había ni una sola vida que salvar. Nunca sabremos si la tardanza fue por arrogancia o burocracia.

Si esto ocurrió en un desastre natural, ¿qué podemos esperar en caso de otro acto terrorista como el del 11 de septiembre de 2001? Parece claro que Estados Unidos no está bien preparado. “El huracán Katrina fue la prueba más importante que ha tenido el sistema de emergencia creado después del 9/11”, dijo el senador Joseph Lieberman, “y obviamente el sistema no pasó la prueba”. Cuatro años de preparación no sirvieron.

Sí, lo que definitivamente se necesita es que haya una investigación sobre lo que falló antes, durante y después del paso de Katrina. Pero debe ser una comisión independiente la que realice esta investigación y que sea presidida por personas que no teman repercusiones por criticar a la Casa Blanca y a sus subordinados.

Por último, el dicho “después del niño ahogado se tapa el pozo” se aplica perfectamente a lo que está tratando de hacer el Gobierno norteamericano. FEMA, para evitar más daños a su golpeada imagen, le ha prohibido tomar fotos de los cadáveres a los periodistas que están en las zonas del desastre. Dicen que lo hacen para respetar la “dignidad” de las víctimas, aunque parece, más bien, un desesperado intento de censura de prensa para ocultar sus errores y acallar las críticas. ¿Se imaginan la reacción que habría si montañas de cuerpos descompuestos se empiezan a formar una vez que bajen las aguas de la ciudad de Nueva Orleans y esas imágenes se transmiten a todo el mundo?

La prohibición de FEMA no es un hecho aislado. El Gobierno de Estados Unidos, a través del Departamento de Defensa, también les tiene prohibido a los periodistas fotografiar a soldados norteamericanos muertos en Iraq y Afganistán o sus féretros. Se trata, de nuevo, de ocultar lo que sale mal.

Pero de nada sirve. Con fotografías de los muertos o sin ellos, la gente sabe cuando sus gobernantes se equivocan. Y con Katrina no queda la menor duda: la respuesta de quienes tenían que salvar vidas fue el desastre después del desastre.

La Prensa Gráfica, 18/09/05