Norberto Alcover: Reforma universitaria: ¿ciudadanos o empleados?

Norberto Alcover:Reforma universitaria: ¿ciudadanos o empleados?

A lo largo de los últimos meses y todavía más al comenzar el curso académico, la cuestión universitaria se ha situado entre las más comentadas en las páginas de la prensa española. Tanto para informar sobre su naturaleza, de cara a la convergencia europea, como para reflexionar sobre la misma y, todavía más, para evaluar caminos y punto de llegada de un fenómeno que en 2010 consumará su procedimiento. En este mare mágnum de opiniones bastante entreveradas, una componente del espectro universitario domina el debate: la referida al futuro de las Humanidades como disciplina propiamente tal, pero también como acervo cultural que constituye la raíz, la explicación y la mejor aportación de Europa a la construcción de su propio futuro. Porque sabemos, si bien en ocasiones lo silenciamos, que sin Humanidades es muy difícil que se produzca una universidad humana, condición indispensable para que, además, resulte ámbito de saberes específicos de cara a la profesionalidad social de sus miembros.

Pues bien, con el debate a las espaldas y con la propia experiencia como profesor universitario desde hace largos años, pero además como empedernido enseñante de materias humanísticas, surgen en el horizonte de la convergencia universitaria pretendida, dos interrogantes sustanciales que planteamos para que los mismos lectores, pero también quienes tienen directas responsabilidades en las decisiones a tomar, puedan reflexionar con mayor objetividad. Siempre, el método de la sospecha resulta excelente para alcanzar la sabiduría.

1. ¿Qué tipo de ciudadano pretendemos tras su paso por nuestra universidad y cualquiera que haya sido su aprendizaje profesional? Ésta es la pregunta del millón y que, sin embargo, solamente ha encontrado una respuesta del todo sorprendente y amenazadora: pretendemos un ciudadano que resulte oportuno para el mercado laboral español/europeo. O sea, que tras tantos años de reflexionar sobre la Europa que deseamos construir entre todos para que tenga un protagonismo identificativo en el mundo, de manera que aporte su peculiar forma de ser y de estar en la sociedad planetaria, ahora prescindimos de toda su tradición intelectual, reflexiva y crítica, para convertirnos en empiristas puros y duros de la sociedad de mercado y ofrecer a nuestros jóvenes, ellos y ellas, como sacrificio agradable al dios dinero como dios de la empleabilidad tranquilizadora.

¿Deseamos de verdad tal tipología ciudadana? ¿Preferimos una ciudadanía, tan de moda ella, apática, neutral y orwelliana, olvidadiza del caudal histórico de nuestros artistas, de nuestros filósofos, de nuestros científicos, de nuestros políticos, de nuestros sociólogos, de nuestros revolucionarios, de nuestros teólogos, es decir, del conjunto de quienes han sido capaces de convertir una civilización tan elemental al comienzo en un emporio de sabiduría sobre el que se ha erguido el mejor proyecto humano de la historia? Hay que reunir altísima capacidad de ceguera histórica para convertir a nuestros ciudadanos en meros productores retribuidos en función del empleo solicitado desde el universo empresarial de corte neocapitalista, como tan bien apunta Ulrich Beck. Emplearse es necesario, pero sería tremendo jugarnos nuestra humanidad en tal empeño. De ahí al esclavismo social hay un brevísimo espacio.

2. ¿A dónde irán a parar las materias humanísticas que contienen el mejor y mayor legado de la historia europea y que parecen batirse en opaca retirada? Tal interrogante no solamente se refiere a la carrera de Humanidades en cuanto tal, porque tiene que ver, sobre todo, con el conjunto de materias opcionales y de libre configuración que hasta ahora han encontrado feliz lugar como complemento necesario en tantas universidades españolas: ¿seguirán en pie, tras el nuevo reparto de créditos según los años de estudios, o acabarán echadas al baúl de los recuerdos por imposibilidad temporal y también por menosprecio académico? Me refiero a esos complementos relacionados con la Historia civil y artística, con la Filosofía y el pensamiento en general, con la Música clásica y contemporánea, con la Literatura en nuestras varias lenguas, incluso con el Hecho Religioso en cuanto generador de ideas y formas de vida. Pero incluyendo, además y sin posible olvido, las que podríamos denominar muy bien Nuevas Humanidades: el conjunto de los Medios de Comunicación Social que conforman de manera tan decisoria la sociedad de nuestros días, con específica referencia al mundo de la Prensa, del Cine, de la Radio y de la Televisión, junto a la Moda y la Música grabada, enorme magma que alcanza hasta el universo de la Publicidad y del mismísimo Internet. Nuevas Humanidades que imponen un sistema lingüístico del todo diferente: el audiovisual.

Aquí radica la madre del cordero del cambio universitario, mucho más todavía que en la presencia o ausencia de una carrera específica, porque lo importante de verdad es el complemento humanístico en cualquier materia universitaria, de forma que todo aquel que pasa por la universidad sea a su vez traspasado por el humanismo español y europeo, única tradición donde podemos encontrarnos de cara a la construcción de una casa común, en la que deseen también habitar hombres y mujeres provenientes de otras culturas y civilizaciones. En la obligatoria incorporación de las Humanidades clásicas y nuevas a los diversos currículos académicos, reside la originalidad del futuro espacio universitario de la Unión Europea como formador de ciudadanos libres, comprometidos y solidarios. Si se prescinde de esta dimensión, sería ilógico y casi cínico protestar más tarde de la vulgaridad personal de nuestros futuros profesionales. Porque tendremos los que preparemos. Y prepararemos los que realmente pensemos que son necesarios para la finalidad pretendida. Con lo que esta segunda cuestión nos remite a la primera: a dónde vamos, a qué vamos y cómo vamos.

Estos dos interrogantes, con toda su tremenda carga interpeladora desde las mismas zonas sustanciales de la cuestión a debate, nos abocan a una pregunta ulterior que está en la base no sólo del cambio universitario antes bien de todo el sueño europeo, si es que, a estas alturas, podemos escribir de tal sueño como algo real: ¿deseamos de verdad la permanencia de los intelectuales en cuanto tales y sin subterfugios pragmáticos como necesarios para el desarrollo de nuestra sociedad? Pero es que tal pregunta, y sin poderlo evitar, conduce a esta otra ulterior y absolutamente incorrecta desde un punto de vista cultural: ¿estamos dispuestos a trabajar por la permanencia de una sólida metafísica, comprendida como el punto de partida y de llegada de la inteligencia y de la sensibilidad que fundamentan la estructura y el devenir sociales? Desde nuestro punto de vista, no basta insistir en la praxis periodística del intelectual de nuestros días, como refiere Santos Juliá de forma sugerente. Es necesario que el intelectual proceda, tal vez en silencio y sin una difusión masiva, en su tarea inexcusable de intus-legere, de leer la última realidad de las cosas, tal vez hasta dar el salto magnífico hasta la mismísima metafísica, y así permitir que los demás nos abramos a dimensiones desconocidas pero urgentes de cuanto nos rodea y constituye el objeto de los saberes especializados. Añadir que la universidad debiera ser lugar preferente de intelectuales y de metafísicos, solamente significa resituarnos en la mejor tradición española y europea, que lentamente parece extinguirse en función de esta ola pragmática que nos invade hasta arrasarlo casi todo.

Así están las cosas en la universidad española. El debate parece centrarse en las materias propiamente dichas, en la duración de su aprendizaje y en las innovaciones tecnológicas, todo ello necesario. Pero si tales preocupaciones prescindieran de una idea específica del ciudadano que pretenden configurar, para aceptar como tipología única la del ciudadano empleado, en virtud del criterio de empleabilidad como vellocino de oro, entonces estaríamos ante una desgraciada traición a nuestras propias raíces históricas y antropológicas, para convertir nuestro futuro en algo ramplón por consumista y sometido. Y tal vez, muchos profesionales de la enseñanza, que tan alto grado de contradicciones soportan en su quehacer universitario, llegarán a pensar que su tarea es inútil porque no trabajan para algo ilusionante y sí lo hacen para facilitar víctimas a la gran máquina del productivismo dominante.

Al final del trayecto, la cuestión universitaria recalará en manos del Gobierno de España, que deberá tomar las últimas decisiones de naturaleza política. Produce esperanza que el Presidente Rodríguez Zapatero declarara en una magna reunión de rectores españoles, portugueses y latinoamericanos, celebrada en Sevilla tiempo atrás: "Estamos en una fase incipiente de reformas, pero garantizo que, si se producen cambios que afecten a las humanidades, en nuestra universidad o en cualquier otro nivel educativo, será para realzar su importancia, nunca para reducirla". Puede que esta promesa, aparentemente poco llamativa, resulte una de las más relevantes del mandato socialista en la medida que se convierta en realidad para la construcción de esta sociedad de ciudadanos y ciudadanas que el Presidente reclama como epicentro de su política. Está por ver hasta qué punto mantiene lo prometido.

El País Universidad, 19/09/05