Iván Restrepo: Valor estratégico de Nueva Orleáns

Iván Restrepo: Valor estratégico de Nueva Orleáns

Hace casi un siglo, Georges Clemenceau afirmó que Estados Unidos era la primera nación en la historia en pasar directamente de la barbarie a la decadencia sin conocer el periodo habitual de la civilización. Si hoy presenciara los daños que originó el huracán Katrina, el que fue primer ministro de Francia durante la Primera Guerra Mundial agregaría seguramente que la gran potencia militar y económica pagará caro desconocer su propia geopolítica, su historia. En su lugar ahora lo hace el profesor George Friedman al destacar el efecto del ciclón en la vida económica y social del vecino país y mostrar los olvidos y equivocaciones del gobierno en una región que considera la principal desde el punto de vista estratégico, pues allí late el corazón de la economía estadunidense. Para Friedman, si bien fue en Filadelfia donde se fundó el sistema político, la nación estadunidense en cambio se construyó con la producción agropecuaria excedente de los dos siglos anteriores y que permitió la industrialización, además de movilizar, exportar e introducir los insumos necesarios por conducto de una amplia red de ríos que confluyen en el Misisipi, clave en el crecimiento de Estados Unidos.

Donde desemboca al mar El Viejo, como lo llamó William Faulkner, se cimentó Nueva Orleáns. Precisamente la batalla que en 1815 la arrebató definitivamente de manos inglesas se considera la llave que cerró la independencia estadunidense. De haber seguido en manos extranjeras, quizá no habría sido posible el papel estelar de la nueva potencia en el mundo. Además, al ganar esa batalla, afirma Friedman, se puso un dique al paso de mexicanos hacia el este del país.

Pero luego de la Independencia, y cimentada la nación, sus gobernantes, los de ayer y los de hoy, no supieron valorar lo que significa el sistema fluvial que tiene al Misisipi como columna vertebral y tampoco las ciudades costeras que se desarrollaron en su desembocadura, habitadas por mano de obra barata, en su mayoría descendiente de los esclavos. Ello explica por qué durante la guerra fría los funcionarios y los estrategas militares estimaban que los sitios a defender de un ataque eran Nueva York, Washington o Los Angeles. Para Friedman, de haber atacado alguien a Estados Unidos lo habría hecho donde más daño se causa: en Nueva Orleáns. Destruirla significa cerrar la ruta vital por la que fluye el grueso de la producción agrícola y los minerales y los energéticos que requiere la industria estadunidense. También, una parte muy importante de la producción destinada al resto del mundo.

Además de afectar el complejo petroquímico en el Golfo de México y la capacidad de transporte del río al sur de Nueva Orleáns, Katrina desdibujó la ciudad como tal y su complejo portuario: el más grande en tonelaje del país y el quinto del mundo, por el que sale y entra el grueso de la producción de cereales, carbón y cemento, fertilizantes, acero y petróleo. En pocas palabras, una parte considerable de la estructura física de la economía global de alguna forma está vinculada al puerto. Si el río y el complejo portuario se paralizan, Estados Unidos no tiene otros sistemas de transporte tan favorables para trasladar una parte muy apreciable de su inmenso flujo de mercancías. Ni las carreteras ni el ferrocarril son tan eficientes y económicos como el Misisipi.

El profesor Friedman advierte el error de los medios en centrar en el petróleo el daño mayor causado por Katrina. Lo más grave le pasó a la población que perdió su ciudad. Los complejos portuarios y petroleros requieren de una mano de obra especializada, que ha emigrado. La destrucción ocasionada imposibilita su regreso y el de sus familias hasta que se reconstruya el sistema urbano como tal, no una parte. Un puerto no puede funcionar alimentado por una ciudad fantasma.

Por eso el gobierno y los responsables de regresar la vida a Nueva Orleáns están fallando: no entienden que la región es hoy, y en el futuro, asunto de seguridad nacional. Y este concepto tiene que ver con la población y su hábitat. Sin ellos funcionando como motor, cojea el modelo económico y de seguridad impulsado por el señor Bush. Se vuelve contra él. 

La Jornada, 19/09/05