Miquel Molina: Vuelve el Estado

Miquel Molina: Vuelve el Estado

Después de comprobar la sacudida que el huracán Katrina ha provocado en Estados Unidos, conforta regresar a España y detectar por todas partes la presencia, a veces manifiesta y otras latente, de ese organismo intangible que llamamos Estado. Oficinas de empleo, hospitales gratuitos, servicios de emergencia dirigidos por profesionales y proyectos de obra pública para la adecuación de nuestras vidas al entorno natural toman de repente la forma de una red de seguridad cuyo valor apreciamos ahora tanto como nos sorprende la precaria respuesta de las autoridades norteamericanas a la catástrofe anunciada.

En Luisiana, Mississippi o Alabama, la fuerza del huracán se ha llevado por delante la ficción de que un país puede proyectarse hacia el futuro sin una mínima inversión estatal que garantice no ya un bienestar público a la europea, sino, al menos, la seguridad de los ciudadanos. Porque el paisaje después del Katrina nos revela que en el país de George W. Bush no existía ni siquiera un simple Estado de la supervivencia.

La consecuencia es que los entusiastas combatientes de la cosa pública tienen hoy un doble motivo de pesar: la tristeza que todos compartimos por la tragedia humana y, en su caso, la frustración ante el alto precio que la economía norteamericana deberá pagar por haber ninguneado en el pasado el papel del Estado.

De hecho, si se cumple la promesa del presidente, en los próximos meses tendrán que asistir a lo que nunca hubieran querido imaginar: la resurrección del gran Estado que Reagan y la familia Bush se empeñaron en enterrar. La sanidad y la vivienda pública, las agencias de colocación, numerosos programas sociales y la inversión en infraestructuras estarán pronto de vuelta sumando la factura de 200.000 millones destinada a paliar los efectos del huracán, que elevará el déficit fiscal a medio billón. Y todo porque la Casa Blanca quiso ahorrarse los 2.500 millones que costaba preparar los diques de Nueva Orleans para resistir un huracán de fuerza 5.

Pero entre las víctimas del huracán hay una que nunca computará en las estadísticas y que es apenas perceptible sobre el terreno si no es en la mirada suplicante de los viejecitos evacuados en Nueva Orleans, de los ancianos que esperaban a que sus hijos vinieran en su auxilio desde el otro extremo del país para evitar ser trasladados a un tétrico palacio de los deportes. Esta víctima no es sino otro eslogan neoliberal: la bondad de la movilidad laboral y geográfica.

Porque haber elevado la movilidad a la categoría de axioma - ¡cuántas veces hemos oído que una de las claves del éxito norteamericano es la disponibilidad de la gente a desplazarse a miles de millas para tener un mejor empleo!- ha acabado disgregando a la familia y aboliendo el papel que esta institución desempeña como red de apoyo y solidaridad en la desgracia. Porque los hijos de los viejecitos de Nueva Orleans viven y trabajan en Canadá, Chicago, Nueva York o Seattle, y para rescatarles del lodo han tenido que subirse a aviones que no siempre podían pagar o arriesgarse a ser despedidos por ausentarse varios días para hacer el viaje en coche.

El Katrina no sólo ha puesto de manifiesto la necesidad del Estado inversor: también ha reivindicado la vigencia de los lazos familiares.

La Vanguardia, 19/09/05