Arturo Valenzuela: `Katrina`: Golpe de gracia a un proyecto fundacional

Arturo Valenzuela: `Katrina`: Golpe de gracia a un proyecto fundacional

Tanto partidarios como opositores del presidente George W. Bush coinciden que, al margen de las cualidades personales del mandatario, su gobierno se embarcó con tenacidad y audacia a reconfigurar los postulados y la arquitectura básica del Estado, tanto en política exterior como en política interna, arquitectura que data de la era del presidente Franklin Roosevelt, entre la Gran Depresión y el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Como resultado directo del triunfo de sectores conservadores provenientes del sur y oeste de la nación que lograron apoderarse del Partido Republicano, el gobierno de Bush buscó cómo asentar la supremacía del país en política exterior, desechando el multilateralismo y las alianzas históricas, al tiempo que procuraba romper los lineamientos fundamentales del Estado de bienestar que surgió en el New Deal bajo el liderazgo de Roosevelt. Esto a pesar de la dudosa legitimidad de la elección de Bush en el año 2000.

Es muy probable que el proyecto de cambio fundacional a que aspiraban los ideólogos de derecha no hubiese encontrado eco en un país esencialmente moderado si no hubiese sido por los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001. Gracias a los terroristas suicidas el presidente pudo consolidar su liderazgo, proyectándose como un gobernante decidido que no titubea al hacer uso del poderío militar de la superpotencia para proteger una nación traumatizada. Sus altos grados de aprobación en la lucha contra el terrorismo, junto al apoyo incondicional de muchos de sus conciudadanos a la guerra en Irak como elemento esencial de esa lucha, le permitieron obtener la reelección y mayorías en las cámaras legislativas. Con un nuevo mandato, la Casa Blanca aclaró que no sólo buscaría consolidar la supremacía militar y diplomática de Estados Unidos, sino que se abocaría de lleno a reducir en forma dramática la naturaleza del Estado, privilegiando al sector privado como motor natural de la economía y de la sociedad. Es así como se profundizarían los recortes impositivos más dramáticos de los últimos tiempos, especialmente para aquellos ciudadanos de más altos ingresos, al tiempo que se establecerán fórmulas para privatizar el sistema de seguridad social y reducir el papel de los agentes del Estado como promotores del bienestar público. A una revolución en política exterior se agregaría una revolución en política interna.

Pero para lograr esos cambios fundacionales, la Casa Blanca tendría que demostrar que los supuestos de su gestión lograrían éxito en su aplicación real. Con el rotundo fracaso de su política en Irak, que presenta un cuadro desolador sin que Washington pueda articular una estrategia creíble para revertir la aceleración del conflicto interno o para elaborar una estrategia de salida, la Casa Blanca ha demostrado que una política exterior basada en el poderío militar en desmedro de la diplomacia no sólo es inviable, sino contraproducente, creando una situación de mayor inseguridad. En la última encuesta del New York Times, sólo 44% de la población creen que la guerra fue necesaria, y sólo 36% aprueban cómo Bush está manejando el conflicto bélico.

Pero si en Irak se está desmoronando la piedra angular de la política exterior de Washington, el huracán Karina le ha dado un golpe de gracia a su política interna. Después de los ataques a las torres gemelas sólo 11% de los ciudadanos decían no tener confianza en la capacidad del gobierno de Estados Unidos de protegerlos de un ataque terrorista. Después de la penosa respuesta del gobierno federal a la catástrofe de Katrina, 40% de los encuestados dicen ahora no tener confianza en la capacidad de las autoridades para protegerlos, y la valoración de la gestión del presidente ha caído en forma precipitosa de 82% después de los ataques terroristas, a 40% después de Katrina.

Lo más irónico de todo, sin embargo, es que el propio presidente, frente a un alud de crítica por la incapacidad de su gobierno de responder con eficacia ante la tragedia humana de la costa sureña, se vio obligado a buscar la salvación de su presidencia prometiendo un masivo proyecto de reconstrucción cuyas dimensiones no se han visto justamente desde los tiempos de Roosevelt. Si uno le agrega a los proyectos de infraestructura la promesa presidencial de responder a la inaceptable pobreza y miseria que destapó el huracán, uno encuentra que el gobierno de Bush promete convertirse en el gobierno federal más expansivo de los últimos 40 años. Frente a este giro sorpresivo y para ellos desconcertante, los dirigentes republicanos en el Congreso se han apresurado a decir que cualquier gasto para la reconstrucción tiene que ser compensado por recortes en otros gastos federales. Pero con un presidente deslucido y sus propios niveles de aprobación en picada, difícilmente lograrán ese objetivo, teniendo que conformarse con el hecho de que el manejo de la política exterior e interna del país los ha privado de una oportunidad de implantar su muy deseado proyecto fundacional.

Arturo Valenzuela es director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown. Fue consejero para América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional durante el gobierno de Bill Clinton

El Universal, 22/09/05