John Berger: Desconexiones graves

John Berger: Desconexiones graves

Sucede a veces que una pregunta es más pertinente que cualquier respuesta o cualquier explicación. No estoy muy seguro de que la pregunta que voy a formular sea de ese tipo, pues parece bastante ingenua. Sin embargo, quiero compartirla con ustedes.

Durante este mes de septiembre, y a consecuencia de la catástrofe de Nueva Orleans -cuyos efectos devastadores y el dolor que ha causado durarán años-, mucha gente en Estados Unidos y en el resto del mundo se ha puesto a examinar de nuevo la trayectoria política de Bush, Cheney, Rumsfeld, Rice, Rove y el resto de quienes son hoy los líderes de la primera superpotencia mundial.

De la noche a la mañana se ha producido un cambio de opinión. La Historia se aceleró de pronto y nos dejó estupefactos. Mientras tanto, en Nueva Orleans, 20.000 personas se encontraban abandonadas y atrapadas en el estadio Superdome.

El Katrina -todo el mundo se refiere al huracán por su nombre, como si fuera una encarnación- reveló que en Estados Unidos existe una pobreza atroz y creciente; que a los negros se les trata como a ciudadanos de segunda categoría que suponen una carga para el Estado; que los sistemáticos recortes presupuestarios en los servicios públicos han dado lugar a un desequilibrio social y a una indigencia generalizada (40 millones de estadounidenses viven sin ayudas sociales en caso de enfermedad o accidente); que la llamada guerra contra el terrorismo está produciendo un caos administrativo, y que contra todo ello se empiezan a alzar desde dentro las voces de protesta, altas y claras.

Para quienes tienen que vivirlo y para quienes desean saber, todo esto ya era evidente antes del Katrina. Lo que cambió el huracán fue que, por una vez, los medios de comunicación mostraron lo que estaba sucediendo realmente y la furia de aquellos a quienes les estaba sucediendo. Con un gesto terrible, el Katrina limpió la opacidad de las pantallas, que se hicieron transparentes durante un breve tiempo. Los todavía innumerables muertos del golfo de México hablaron al unísono con los cientos de miles de iraquíes muertos a consecuencia de la guerra en curso, una guerra desastrosa y criminal. No hablaron por ellos, sino junto a ellos, y de una manera que tiene bastante de aforismo. En la prensa estadounidense, el huracán Katrina y la guerra de Irak aparecen una y otra vez mencionados juntos. Sin embargo, el Katrina era algo habitual, normal. Pertenece a esas condiciones meteorológicas conocidas que afectan al golfo de México. No estaba escondido en Afganistán. Y por despiadado que haya sido, no formaba parte del Eje del Mal. No era sino una amenaza natural contra las vidas y las propiedades estadounidenses, y se dirigía hacia Luisiana.

Iba en el propio interés del presidente y de su Gabinete (así como en el de la nación) responder adecuadamente al desafío que les lanzaba el huracán, prever las necesidades de sus víctimas y reducir al mínimo posible el dolor y el pánico que habrían de producirse a continuación. Si no lo conseguían, no podrían echarle la culpa a nadie y sería a ellos (al presidente y a los responsables por él elegidos) a quienes habría que culpar. Un niño podría haberlo previsto. Pero ellos fracasaron rotundamente. Su fracaso fue técnico, político y emocional. "Son cosas que pasan", musitó Donald Rumsfeld.

¿Es posible que esta Administración esté loca? Ésta es la pregunta ingenua que quería plantear. Esperen. Intentemos primero definir la variante de locura, pues podría ser que nunca se hubiera dado. No tiene nada que ver, por ejemplo, con la de Nerón, que tocaba el arpa mientras ardía Roma. Toda locura, sin embargo, entraña una desconexión grave con la realidad o, para decirlo de una forma más precisa, con lo existente.

La variante que estamos examinando incide en la relación entre el miedo y la confianza, en la relación entre sentirse amenazado y sentirse superior. Y anula toda negociación entre los dos extremos. Su "locura" opera, pues, como un interruptor, que apaga instantáneamente uno cuando enciende el otro. Lo grave de esto es que es en los largos periodos de negociación entre el miedo y la confianza cuando generalmente se observa y se reconoce lo existente en su inmensa complejidad. Es ahí donde uno se entera de a qué se enfrenta. La locura "binaria" excluye este proceso.

"Misión cumplida en Irak", anunciaba hace dos años el presidente Bush desde el portaaviones Abraham Lincoln.

Esta dolencia binaria repite de algún modo los mecanismos del mercado bursátil, en donde sólo existen el comprar y el vender, y dos polos: el de al alza y el de a la baja. El resto de lo que existe, su cómo y su dónde, no afecta. Los analistas financieros de Wall Street predicen un incremento en los beneficios de las industrias petrolíferas tejanas debido a la escasez de crudo que se ha producido tras la catástrofe del golfo de México.

Cinco días después de que el huracán golpeara Nueva Orleans, cuando visitó por fin la ciudad devastada, el presidente Bush hizo una declaración que dejó atónitos a los periodistas: "No creo que nadie hubiera podido predecir que se abrirían brechas en los diques".

Ese mismo día, antes de que el presidente realizara su visita relámpago, se encargó a un equipo especializado que limpiara de escombros y cadáveres el recorrido del cortejo presidencial en la pequeña ciudad de Biloxi, que había quedado arrasada casi por completo. Dos horas después, el equipo desapareció, dejando el resto de la ciudad exactamente igual que estaba. El resto de lo que existe no afecta.

Ver en ello crueldad o cinismo significa fallar en el diagnóstico. Las visitas del presidente fueron una operación planeada que serviría de preludio a esta afirmación: "De nuevo mostraremos al mundo que las peores adversidades sacan a la luz lo mejor de Estados Unidos". Ya ha girado el interruptor.

Los cálculos del Gobierno actual estadounidense guardan una estrecha relación con los intereses globales de las grandes empresas transnacionales y con lo que se ha dado en llamar la supervivencia de los más ricos, entre quienes se da hoy también una vacilación constante y brusca entre el miedo y la confianza.

El economista Grover Norquist, que es el portavoz de los intereses del capital corporativo y a quien Bush y Compañía pidieron consejo cuando planificaron unas reformas fiscales para el beneficio de las capas más ricas de la población, declaraba en una ocasión lo siguiente: "No quiero abolir los gobiernos. Sólo quiero reducirlos a un tamaño que me permita arrastrarlos al cuarto de baño y ahogarlos en la bañera".

Ignorancia sobre la mayor parte de lo que existe y dejación del mínimo que se puede esperar de un gobierno: ¿no implican acaso esta ignorancia y esta dejación un tipo de desconexión que equivale a lo que se denomina locura cuando se da en personas que están convencidas de que pueden gobernar el planeta?

Todos los dirigentes políticos eluden en algún momento la verdad, pero en este caso las desconexiones son sistemáticas y no sólo afloran en sus declaraciones, sino también en todos sus cálculos estratégicos. De ahí su ineptitud: la operación en Afganistán fracasó; la guerra en Irak la ha ganado (como se dice por ahí) Irán; han permitido que el Katrina produjera el peor desastre natural en la historia de Estados Unidos; y las actividades terroristas van en aumento.

Recibí un mensaje de texto en el móvil; procedía de Orange. Me proponía que si quería ayudar a los que se habían quedado sin casa, a los que estaban atrapados en Luisiana, marcara un número de teléfono y la palabra huracán, junto con el número de mi tarjeta de crédito. Cinco dólares de mi cuenta serían inmediatamente transferidos a una organización de ayuda humanitaria.

A mí me gustaría teclear algunas palabras más: ¿Hasta cuándo el poder global en las torpes manos de quienes no saben nada? Pásalo.

El País, 25/09/05