Marcos Roitman Rosenmann: Especie, individualismo y mercado

Marcos Roitman Rosenmann: Especie, individualismo y mercado

No hace mucho los humanos pensábamos que el individuo era una construcción acabada. Una especie con garantías de perpetuarse hasta el fin de los tiempos. Mantenimiento de organización sobre transformaciones de la estructura. De esta manera, los cambios se encontrarían acotados en términos ontogénicos y filogénicos. Hay escasas esperanzas que los homínidos, homo sapiens sapiens, midan tres metros de altura, le crezcan cuatro orejas o adquieran una visión de rayos x. Salvo mutaciones, sus características esenciales están diseñadas.

Mejorar nuestro acoplamiento al entorno tiene cotas infranqueables. Altos nivel de oxígeno en la atmósfera acaban con nuestra existencia, al igual que el monóxido de carbono y otros contaminantes. El organismo no tiene infinitas opciones donde elegir. Las sorpresas de última hora para sobrevivir a los cambios externos son hechos extraordinarios en la historia evolutiva. Uno de ellos, recientemente descubierto, es la defensa genética para absorber el plomo inhalado en las grandes ciudades. El organismo de los recién nacidos desarrolla esta capacidad, no los adultos, sin menoscabo de las funciones esenciales, evitando malformaciones y la destrucción del organismo. Pero, ¿hasta cuándo vamos a jugar con la naturaleza?. Bacon, el filósofo, pronunció esta máxima: A la única manera de dominar la naturaleza es sometiendose a sus leyes.

Si los bebés de las urbes contaminadas son inmunes a una ingestión elevada de metales pesados, ello no es garantía de éxito de la especie a mediano y largo plazos. De mantenerse esta deriva entramos en un callejón sin salida. Sería más sensato cambiar el rumbo y buscar una adecuación entre la especie humana, su entorno y el consumo energético, tanto intelectual como manual. Abocarnos a una acción azarosa de la naturaleza pensando que actuará en nuestro favor, es tentar a la muerte.

Lamentablemente la bitácora marca este itinerario. La depredación de la naturaleza en manos del mercado tiene un final catastrófico. (¡Sálvese quien pueda, pero yo el primero!). Tópico fundado en una concepción atomizada del ser social, cuya máxima destruye los fundamentos biológico-neuronales de una especie asentada en la cooperación y no en la competencia, la guerra y el individualismo posesivo.

La complementariedad entre objetivos personales y responsabilidad social es un frágil equilibrio dependiente de una valoración ética de los actos. Sin embargo, el individualismo atomizado no reconoce su pertinencia cuando se trata de contraponer beneficios y virtud ética. La teoría de la acción racional y sus efectos no deseados emergen para ensordecer el llamado de la conciencia ética. Un ejemplo lo encontramos en los deportistas de élite. Ganar por encima de todo o limitarse a optimizar sus facultades naturales.

Hoy, mediante programas de simulación informática, pueden entrenar introduciendo sus datos físicos y establecer una relación compensada entre musculatura, peso, estatura y disciplina en la cual compite, superando taras con ejercicios ajustados a sus características. Sin embargo, por mucho que los acólitos del progreso insistan, ningún atleta humano saltará 20 metros en modalidad de pértiga o 30 metros en salto de longitud. Ni tardará cinco segundos en correr los cien metros planos. Jamás disfrutaremos de la velocidad del guepardo o la fuerza del elefante, salvo en un sentido metafórico. La corrupción de estos postulados destruye la vida del atleta. Anabolizantes, reconstituyentes musculares y compuestos químicos ingeridos ex profeso para triunfar destruyen cuerpo y alma.

Por otro lado, las neuro-ciencias avanzan en descifrar el funcionamiento de la conciencia y la unidad mente-cerebro en las especies sociales, a la cual pertenece el homo sapiens. Se profundiza en el funcionamiento de la memoria, el desarrollo de la inteligencia y la articulación del lenguaje. La arqueología de la mente permite descodificar las claves del ser humano en su actual estado evolutivo.

Inteligencia general, técnica, social e histórica. Saber y ser conciente de ello ha permitido fundar la experiencia de vivir la conciencia. La conciencia activa procesos cualitativos destinados a facilitar el reconocimiento del yo en una concepción ética del ser social. La naturaleza obliga. Modificarla altera el ser biológico y social hasta romper la unidad autopoietica. En este sentido las nuevas formas de individualismo asentadas en un endiosamiento del mercado y en sus quiméricas leyes de la competencia promueven la desconexión del sujeto de sus congéneres.

Sometidos a una vida autista, la comunicación semántica se sustituye por otra sintáctica, donde el individuo es un receptor de códigos con capacidad y destinados a organizarle sus gustos, su vida, su tiempo de ocio, sus emociones, sus frustraciones y desde luego su muerte. Sin capacidad para enfrentarse a los problemas propios de la naturaleza humana, la condición humana se difumina bajo la emergencia de un operador de códigos que no controla , pero descifra. Transformado en un robot alegre, sustituye la grandeza de la vida por actividades más acordes con su nueva condición.

Acciones que puedan ser calculables, racionales y fácilmente comprensibles. Establecer prioridades es básico para este operador sistémico. Y en primer lugar está el código del dinero. Ganarlo para gastarlo compulsivamente en objetos de placer efímero y acumularlo para sentirse poderoso son partes de un mismo proceso.

Repetir hasta la extenuación este acto muta al homo sapiens sapiens al extremo de convertirlo en una caricatura de sí mismo. Pero en esta capacidad de trasmutación reside la fuerza del individualismo extremo y posesivo. Enfrentarlo teórica y políticamente se convierte en una responsabilidad ética propia del pensamiento crítico. El neoliberalismo, doctrina de encubrimiento del individualismo posesivo, no es una alternativa es una propuesta de muerte.  

La Jornada, 24/09/05