Rafael Morales: Desconcierto global

Rafael Morales: Desconcierto global

Como si en el mundo no pasara nada más importante que la urgencia de parte de Estados Unidos por cumplir con su agenda de dominación global, el Consejo de Seguridad de la ONU parece preparase para discutir sobre Irán por su programa nuclear. Lo que podría colocar las bases políticas destinadas a justificar una posible intervención militar contra Teherán formato iraquí. Tras la triste conmemoración del 60 aniversario de la ONU, muchos empiezan a decir en voz alta lo que ya pensaban antes. Dada su inoperancia y/o su inclinación a moverse en los temas trascendentes sólo cuando le conviene a Washington, lo mejor sería enterrar de una vez un organismo anacrónico como la ONU que ya no representa a las naciones y refundar otro foro de encuentro internacional.

Pero la ONU no está envasada al vacío. El desconcierto en torno a su futuro no es más que el desconcierto global creciente en el que están sumidas las relaciones internacionales desde hace muchos años. Todas las construcciones ideológicas del capitalismo sufren de cierta agonía tras la afortunada caída del Muro del Berlín.

El “antiterrorismo” ha durado mucho menos en la conciencia colectiva como coartada admisible que el “anticomunismo”. El “pensamiento único”, liberal naturalmente, encaminado a dotar a la humanidad de progreso económico, político y social, lleva camino incluso de desaparecer como concepto en el lenguaje coloquial y periodístico. El nuevo desorden surgido a partir de 1990 está ahí, para quien quiera verlo. No vale la pena cerrar los ojos ante tanta irracionalidad. Jamás la humanidad dispuso de tanta riqueza y capacidad científica y tecnológica para solucionar sus problemas básicos, pero jamás fue capaz en apenas 15 años de producir tanta destrucción (naturaleza incluida), desigualdad, hambre y enfermedades a escala tan masiva.

Las circunstancias que enmarcan la terrible destrucción de Irak ejemplifica la barbarie de nuestro tiempo. Como ha escrito Wallenstein, Estados Unidos ya perdió aquella guerra porque sus generales reconocen que no podrán derrotar a la insurgencia, han fracasado en crear un gobierno estable en Bagdad y la mayoría de los ciudadanos estadounidenses quieren que sus chicos regresen a casa. La imagen más patética corresponde a una mujer que emplaza al presidente de Estados Unidos con una simple pregunta que George Walker Bush no puede responder. “Dígame usted, señor presidente -dice Cindy Sheehan, quien ha perdido a su hijo de 25 años en la guerra de Irak, - ¿cuál es esa causa noble por la que mi hijo ha muerto?” Basta. Estados Unidos seguirá quedándose en Irak porque quiere su petróleo y el control estratégico de la región. Pero semejante cosa no la va a reconocer Bush a Sheehan ni a nadie. Significaría el desplome de todo su entramado ideológico y político, montado en el nombre de la democracia y el libre mercado que dice ofrecer fraudulentamente a Oriente Medio. Significaría reconocer que la guerra y la destrucción es la válvula de escape del capitalismo tardío como fórmula privilegiada para su propia sobrevivencia.

Si la lógica tuviera algo que ver con las actuales relaciones internacionales del sistema, Estados Unidos reconocería su derrota en Irak y prepararía las maletas para regresar a casa. Las naciones se reunirían para dotarse de planes con respecto a sus necesidades más urgentes en Asia, África y América Latina. Europa rechazaría definitivamente el neoliberalismo, los japoneses intentarían nuevas vías a su estancamiento económico y José Borrel dejaría de ofrecer discursos tontos sobre que el mundo camina hacia otra bipolaridad, nueva desde luego, entre China y Estados Unidos. No insista, querido amigo, en que critico mucho y no poseo alternativas que ofrecer. Usted hubiera creído, cuando el feudalismo era el sistema dominante en una Edad Media interminable, que el derecho de pernada era eterno y que las mujeres y los negros no tenían alma. Los oprimidos de entonces tampoco tenían alternativas, pero ya ve, el capitalismo triunfó. Sólo que algunos han descubierto que éste es el único sistema de explotación de la historia del que no puede surgir otro mejor. Y está equivocado. Puro desconcierto.

Canarias Ahora, 26/09/05