Carlos Floria: Fantasías de los neoconservadores

Carlos Floria: Fantasías de los neoconservadores

Lecciones varias pueden recogerse de la tragedia que conmueve a la sociedad norteamericana frente al estado de naturaleza hobbesiano que vive una de sus ciudades características, como Nueva Orleáns, y el área poblada por ricos y pobres, por blancos y negros, y por segmentos de una sociedad que parece parte de la "América secreta".

La tragedia se solapa con el conflicto de Irak acosando ahora de forma manifiesta al gobierno de Bush, sus luces -atenuadas- y sus sombras -extendidas- después del largo trayecto entre dos septiembres: el de 2001 y el de 2005. Señalaremos algunas de aquellas lecciones.

Un balance provisional contiene la guerra de Irak y sus proyecciones, la prolongación de la crisis del orden internacional y las cuestiones en debate en la sociedad norteamericana. Depende de las perspectivas dominantes y de la procedencia de las interpretaciones. Nuestra impresión es que el debate ha dado protagonismo, hasta ahora, a los neoconservadores, los conservadores tradicionales y los liberales, especialmente los que proceden del liberalismo a la europea. Pero que la contienda ideológica más intensa y riesgosa para Bush y su gente es la que libra con los conservadores tradicionales, más bien que con los liberales demócratas "a la americana", mientras que las críticas más comprensivas e interesantes vienen de los liberales "a la europea", situados en el centro del debate político. Stanley Hoffmann, por ejemplo, entre éstos. Huntington y Kissinger están entre los conservadores tradicionales.

Los críticos de la política de Bush coinciden en que la guerra de Irak -militarmente eficaz en la invasión- se ha convertido en una trampa para los norteamericanos y en una situación afortunada para el terrorismo transnacional. El (des)orden internacional es alentado por los paradójicamente convergentes golpes de los norteamericanos y de los terroristas.

Los Estados Unidos entraron en una fase regresiva, con rasgos autoritarios y aun reaccionarios. Modificaron drásticamente la doctrina estratégica y el comportamiento diplomático argumentando, con soltura, que ostentan el poder suficiente como para hacer, en buena medida, lo que quieran. En casa, como parte de la guerra contra el terrorismo (expresión discutida) y para lograr la victoria (solución improbable en el sentido clásico), el presidente obtuvo facultades bélicas que dominan a todas las demás. La oposición se mostró sumisa y silente. La prensa y los medios fueron complacientes con la declaración de la guerra hasta que se hizo evidente la manipulación de temas e informaciones que derivaron en periodismo agresivo. El apoyo chauvinista, so pretexto de patriotismo, que otorgaron los medios a Bush, con el beneficio de la duda, fue luego revisado cuando informaciones que al principio se encontraban en las últimas páginas pasaron a la primera.

Pero las acciones y políticas decididas por los neoconservadores y otros líderes de derechas radicales, incluso religiosas, en coalición muy firme y electoralmente victoriosa, fueron puestas al servicio de la gran idea del reinado neoconservador: hacer de Irak una punta de lanza para transformar el mundo árabe y reemplazar regímenes hostiles por democracias moderadas, sin omitir preocupaciones geoestratégicas y económicas.

Ese fresco político-militar fue maltrecho por varios factores: la globalización del terrorismo, la emergencia de un mundo transestatal, que asocia a fanáticos, desesperados, nihilistas y humillados de todo el mundo, y el abandono por parte de Washington del papel que jugó con éxito desde 1945, por opción y por necesidad en la lucha contra la Unión Soviética.

En el 45, había sido un papel de cooperación y multilateralismo. La tentación unilateral, concebida como manifestación del excepcionalismo norteamericano, estuvo siempre latente. Pero la administración del "segundo" Bush dio al poder militar preponderancia desproporcionada, y la política de poder desplazó el valor de la autoridad en el liderazgo y, por lo tanto, lastimó su legitimidad. Es probable que en el largo plazo los Estados Unidos retornen a la política de cooperación y alianzas objetivas, respetables al menos por dos razones que hacen la "América imperial" ni deseable, ni posible: primera, la naturaleza de los problemas, incluyendo la lucha contra el terrorismo, la proliferación nuclear y la miseria del Tercer Mundo. Esos problemas reclaman la acción multilateral. La segunda razón -que los neoconservadores rechazan frontalmente- es la falta de aptitud y de ganas de la sociedad norteamericana para jugar con paciencia y disposición persistente su papel imperial.

Los norteamericanos, por conservadores que sean, están profundamente marcados por sus orígenes anticoloniales y su inclinación al ensimismamiento. La tentación imperial existe, pero son los neoconservadores fundamentalistas quienes la aceptan como una muestra de cabal realismo.

¿Realismo? Ese es uno de los puntos de la encrucijada. Los neoconservadores no tienen el apoyo de los liberales -críticos previsibles- y advierten, con relativa alarma, que crece la crítica de los conservadores tradicionales. La visión mesiánica de los neoconservadores y el rechazo de los "paleoconservadores" lleva a los conservadores tradicionales a comprobar que la verdadera política exterior conservadora, sus premisas y prácticas tienen cada vez menos que ver con la política práctica de Bush.

Los liberales expresan sus argumentos en la línea crítica insinuada al principio, condensada en el rechazo a la tentación imperial. Los conservadores señalan la diferencia con los neocons en cuanto éstos apelan al poder militar en nombre de una cruzada mundial, en lugar de concentrarse en "regiones donde la defensa o el progreso de la libertad son críticos para los intereses estadounidenses vitales (Charles Krauthammer).

Mucho del debate interno del conservadurismo se refiere a la cuestión clave que muchos liberales comparten para descalificar a los neocons por su extremismo autista y, por lo tanto, irrealista: la maleabilidad de gran parte del mundo y la idoneidad del gobierno estadounidense como agente de cambio radical. Los conservadores vienen del optimismo de Reagan y de la prudencia de Burke. Los conservadores sostienen que Bush no entendió el significado de la política exterior de Reagan, quien había tildado de maligna a la Unión Soviética, pero se había abrazado, oportunamente, con Gorbachov. Visión blanca y negra, implementación en tonos de gris.

El término "neoconservador" domina la discusión sobre lo que es una política exterior conservadora en los últimos años, en primer lugar por causa de Irak, pero con etiquetas escurridizas. El debate, al principio rancio, expone en estos tiempos los flancos de un entorno que convoca Bush e integran "liberales" en el sentido norteamericano, conversos y algunos ideólogos trotskistas de militancias pasadas. Un grupo relativamente pequeño, muy diferente, en temas críticos, de los protagonistas religiosos o la derecha fundamentalista cristiana. Dos mundos diferentes, que no suelen ser bien identificados en análisis que deberían penetrar un fenómeno tan complejo y aparentemente contradictorio, aunque concurrente en el embudo bushista. Como escuchamos decir a Hoffmann, los neoconservadores son, sobre todo, hombres de poder...

Añádanse estas notas a la breve y fascinante lección de la realidad política norteamericana, apenas bosquejada: Bush y la mayor parte de su gente encarnan un secular fenómeno político que existe desde que la historia del poder se registra: representan el partido de los puros, los zelotes, cátaros o jacobinos de la política. Actúan sin reconocer que el hombre es un ser puro/impuro, trigo y cizaña. Por lo tanto, sin la cuota ética de responsabilidad deseable para los hombres de poder. Y expresan lo que Daniel Goleman (La inteligencia emocional) califica como psicología del autoengaño. Ese peligro amenaza a los protagonistas principales en todas las instituciones, con sus ilusiones cautivantes, que suelen terminar en una mala decisión: la ilusión de la unanimidad, las racionalizaciones, las anteojeras éticas, la soberbia, la falta de crítica interna, la expulsión del disidente...

La Nación, 27/09/05