Rosario Green: Después de `Katrina`

Rosario Green: Después de `Katrina`
Directora del Centro Kozmetsky de la Universidad de St. Edward`s de Austin, Texas

A un mes de su devastador paso por Alabama, Louisiana y Mississippi, el tema del huracán Katrina sigue predominando en los medios estadou nidenses. Incluso le ha quitado espacio a la guerra contra Irak y a la reunión de mandatarios más importante de la historia, celebrada en Nueva York del 14 al 16 de septiembre con motivo del 60 aniversario de Naciones Unidas.

Ese relativo desplazamiento es explicable por el horror de las consecuencias en términos de víctimas fatales cuyo número es aún incierto, las condiciones en torno de su muerte particularmente en asilos y hospitales, la devastación y el costo de la reconstrucción, la enorme irritación porque la catástrofe era previsible y no se hizo nada para evitarla, y la necesidad de encontrar culpables.

La lista de responsables la encabeza el presidente Bush, cuya popularidad se desplomó 40%, y a quien se acusa de lento y torpe. Tardó en presentarse en la zona de desastre y habría nombrado a un inepto al frente de la agencia federal encargada de asistir a la población en estos casos. Se le censura su empeño por gobernar lo que pasa fuera del país a costa de asuntos nacionales. Se le acusa de insensible y hasta de racista. Se argumenta que en la guerra contra Irak se han gastado recursos que hubieran salvado a la capital del jazz y el carnaval, reforzando sus diques. Se insiste en que su administración sabía que la ciudad no resistiría una tormenta como Katrina.

Una encuesta reciente de The New York Times y CBS News muestra que ocho de cada 10 estadounidenses señalan estar preocupados o muy preocupados porque cada mes el gobierno destina 5 mil millones de dólares a la guerra contra Irak, en lugar de invertirlos domésticamente. Esto es consistente con las cifras publicadas por la Oficina del Censo de Estados Unidos, que indican un incremento en el número de pobres en la nación más poderosa de la Tierra, particularmente entre afrodescendientes y blancos.

Si dicha oficina señaló que 13% de los estadounidenses vive por debajo de la línea de pobreza (37 millones), esa cifra en Nueva Orleáns era de 28%. Además, 50 mil hogares no contaban con automóvil, y las familias ni tenían recursos para viajar y mucho menos para rehacer su vida una vez evacuadas. Esto las llevó a quedarse a defender lo poco que tenían aun a costa de su muerte.

Katrina reveló al mundo no sólo esa dura realidad; mostró un panorama más parecido a un país del tercer mundo que a la potencia: miles de refugiados vagando desorientados, mujeres y niños desesperados buscando agua y comida, pillaje, condiciones insalubres en los refugios, cadáveres flotando y mucho más. En suma, el horror en un país mejor preparado para pelear guerras en el extranjero que para proteger a los suyos en su territorio. La idea de que el enemigo se encuentra en el exterior descartó a poderosos adversarios internos como la pobreza a nivel nacional, y la falta de previsión y respuesta pronta y eficaz ante la catástrofe.

Para enfrentar las múltiples críticas, la noche del 15 de septiembre el presidente Bush pronunció un discurso en Jackson Square, Nueva Orleáns, y se refirió abiertamente a los temas de pobreza y racismo al reconocer que la primera encuentra sus raíces "en una larga historia de discriminación racial que marginó a generaciones de la oportunidad de América". En esa ocasión se comprometió a llevar a cabo "uno de los mayores esfuerzos de reconstrucción que el mundo haya conocido". Sin embargo, al menos dos cuestiones quedan pendientes. Por un lado, el costo de la reconstrucción se estima en 200 mil millones de dólares, de los cuales 60 mil ya fueron aprobados por el Congreso. Pero, ¿cómo se conseguirá el resto cuando Bush y su partido no están listos para abandonar su meta de reducir los impuestos y preservar sus disminuidas posibilidades de mantenerse en el poder en 2008?

Por el otro, no se tiene claro si ciudadanos afroamericanos tendrán acceso a los jugosos contratos para la reconstrucción de la costa del golfo de México. El reverendo Eugene Rivers, un demócrata que lidera una importante coalición de iglesias negras, y simpatiza con Bush, señala que Katrina ha enfrentado a la Casa Blanca y al país con el reto de la gran partición: raza y clase". Le advierte al presidente que debe asegurar que esas divisiones raciales no se reproduzcan y favorezcan sólo a los "millonarios blancos". En igual sentido se ha manifestado el reverendo Jesse Jackson, quien expresa su esperanza de que "el huracán de los pobres no se convierta en ventaja para los ricos".

Sólo el tiempo demostrará si las respuestas a Katrina matizaron las diferencias raciales y de clase, o si reflejaron intereses políticos y relaciones personales.

El Universal, 29/09/05