Editorial: La migracion como masacre

Editorial: La migracion como masacre

En menos de una semana se han producido en enclaves territoriales españoles del norte de Africa irrupciones masivas y violentas de migrantes indocumentados africanos. El jueves en Ceuta, medio millar de subsaharianos escalaron las vallas que separan la ciudad del territorio marroquí, con un saldo de cinco muertos. Ayer en Melilla tuvo lugar un incidente similar, aunque menos cruento, en el que unas 700 personas superaron el alambrado de púas. Más de la mitad lograron internarse en territorio español, pero el resto fueron capturados por autoridades españolas y marroquíes. En esta capital, el canciller Luis Ernesto Derbez dijo en la inauguración de la segunda Conferencia Internacional sobre las Relaciones Estado-Diáspora, que lo ocurrido en las ciudades españolas es un recordatorio de que "no es posible resolver el fenómeno migratorio levantando murallas" y que los flujos humanos en el mundo contemporáneo conllevan "la degradación de la condición humana de los migrantes".

Es pertinente lo señalado Derbez, quien reconoció que el impulso de cientos de miles de mexicanos para internarse en territorio estadunidense, arriesgando la vida, es la "incapacidad de la economía mexicana para generar empleos dignos que les permitiran quedarse". En el contexto de un discurso oficial triunfalista y autocomplaciente, las palabras de secretario de Relaciones Exteriores constituyen un apreciable ejercicio de honestidad.

Es cierto que las asimetrías económicas de México y Estados Unidos -país el primero donde no hay oportunidades de trabajo, digan lo que digan las cifras oficiales, y el segundo necesitado siempre de mano de obra barata- constituyen el motor principal de la migración. Pero el tránsito al otro lado del río Bravo no debería implicar peligros de muerte, maltratos y humillaciones para los connacionales. De no ser por la criminalización de la migración que ejerce el gobierno estadunidense, el flujo sería visto como un fenómeno normal y saludable para ambos países, indispensable para mantener la competitividad de la agricultura de la nación vecina e imprescindible para la estabilidad económica mexicana.

Otro tanto ocurre con los desplazamientos masivos hacia Europa occidental procedentes de Asia, Africa y, en menor medida, América Latina. El viejo continente, al mismo tiempo que construye un proyecto humanista de convivencia intereuropea, ha edificado una suerte de fortificación migratoria para impedir el ingreso de extranjeros que buscan trabajo o subsistencia. La economía de la Europa comunitaria, al igual que la de Estados Unidos, requiere de mano de obra barata y dispone de innumerables plazas para las cuales no hay personal entre la población autóctona.

En ambos lados del Atlántico, sin embargo, los gobiernos de países ricos se empeñan en fortificar sus fronteras, lo que representa un ejercicio de hipocresía -pues la presencia de trabajadores es finalmente necesaria- y de crueldad injustificable, habida cuenta de que los dispositivos de control y seguridad no hacen más que incrementar las cuotas de sufrimiento y muerte entre los migrantes. Además de los muertos y heridos en los incidentes en Ceuta y Melilla, hay que recordar las tragedias en que terminan las travesías de pateras, esas balsas rudimentarias en que los africanos tratan de alcanzar las costas españolas. La frontera norte de nuestro país es, por su parte, un sitio mortífero, no sólo por los riesgos naturales y por el tráfico criminal de seres humanos, sino porque el paso a un país está formalmente prohibido sin el visado correspondiente. Es esa prohibición la que obliga a los migrantes a cruzar ríos, internarse en desiertos o confiar en polleros que con frecuencia los abandonan en sitios en que la muerte por sed, insolación o hambre es inevitable.

El mundo entero enfrenta así una de las contradicciones más intolerables de la globalización, que rompe las fronteras nacionales para alentar el intercambio de mercancías, con lo cual se destruyen entornos económicos nacionales y se deja a millones de individuos sin más perspectiva que la migración, aunque al mismo tiempo pretende impedir el tránsito de seres humanos. El resultado de este despropósito es una masacre permanente, por lo general silenciosa y siempre infame, de migrantes. 

La Jornada, 04/10/05