Washington Uranga: El “santo exterminio”

/fotos/20051010/notas/NA24FO01.JPGWashington Uranga: El “santo exterminio”

Las revelaciones de dirigentes palestinos a la BBC acerca de los delirios místicos de George W. Bush y sus “diálogos” directos con Dios –ahora desmentidos oficialmente por la Casa Blanca, tal como se requiere para que algo quede finalmente confirmado– forman parte inseparable del pensamiento único dominante. No basta con el dominio económico, financiero, tecnológico, comunicacional. El pensamiento totalitario, como ha quedado largamente demostrado a través de la historia de la humanidad, aun contando con la suma del poder, necesita del “mandato divino” para su legitimidad y autosatisfacción.

Sentir “el envío” de Dios para avanzar en la tarea exterminadora es una forma discursiva, simbólica, en definitiva ideológica de convertir al débil, al pobre, al desvalido, en enemigo, en amenaza, en la encarnación del mal. Y por esta misma vía se justifica toda acción exterminadora y esta tiene que ser de tal grado y dimensión que garantice la victoria total. Esta lógica mesiánica sirve además para justificar los medios. No importan los métodos a los que se recurra. El fin justifica los medios, porque se trata de la batalla de los buenos (y del “líder de los buenos”) contra los malos, contra quienes atentan contra la civilización perfecta.

Es la ideología que hoy controla al mundo y de la que George W. Bush no es sino su expresión más grotesca. De la misma manera los pobres negros y latinos víctimas del Katrina en el propio territorio de Estados Unidos se “enteraron” de que según Bush, Dios no sólo no los eligió a ellos, sino que serían castigados hasta con la muerte por “delitos” tales como la desazón, el hambre y la desesperación y por desobedecer las órdenes del ejército imperial, el mismo que los abandonó a su suerte en medio de un desastre natural anunciado y previsible.

Después de tantos congresos, discursos y declaraciones sobre derechos humanos, después de la fugaz “primavera” de la caída del Muro de Berlín (1989), la lógica política del mundo del pensamiento único y del poder concentrado sigue construyendo mecanismos siniestros de exterminación de aquellos que “sobran” del sistema. Así Bush no duda en sentirse el enviado de Dios a modo de “ángel exterminador” para asesinar en Irak y Afganistán de manera flagrante o de manera encubierta o menos evidente en cualquier otra parte del mundo, cuando manda aniquilar a presuntos enemigos calificados de terroristas o narcotraficantes. Pero esa lógica no dista de la que usa la policía de Tony Blair para asesinar bajo la “acusación” de “sospechoso” o por “portación de rostro” a un inocente inmigrante brasileño en el metro de Londres. Es falaz cualquier explicación sobre el presunto “error” en el hecho. Simplemente porque tal error no existe. Antes hubo una orden, pensada, meditada, fríamente analizada de tirar a matar a cualquier persona que por el solo hecho de ser distinta, no mereciera estar dentro del mundo de los elegidos.

La misma lógica con la que el Norte rico y poderoso construye muros, alambrados de púa, barreras y guardias fronterizas en México, en el Caribe o en el norte de Africa, para defenderse del malón pobre del Sur que lucha desesperadamente por su sobrevivencia. Los ricos consideran que tienen derecho a defender “sus derechos”. Seguramente porque, como Bush se sienten los elegidos de Dios. La ideología del discurso único lleva a la absoluta justificación de todo. Si se trata de detener al malón de los hambrientos para preservar “el derecho de los elegidos”, se justifica hasta el asesinato. Pero no es necesario ir tan lejos para ver ese mecanismo en acción. ¿O acaso es muy distinto el razonamiento de quienes en Argentina apoyados en sus privilegios, sólo reclaman seguridad y construyen barrios cerrados que se parecen más y más a fortalezas medievales con todos los servicios incluidos? Incluidos por cierto los muros, los alambres de púa y los guardias armados. Estos también invocan a menudo a Dios y a sus derechos.

Esta es la realidad y es incuestionable, pero quienes seguimos creyendo que existe un Dios justo, cualquiera sea su advocación, confiamos esperanzados en que la justicia divina prevalecerá contra estos “ángeles exterminadores” porque sólo los pobres son “bienaventurados” y a ellos Dios les ha dado su promesa y garantía de victoria final. Todo esto más allá de quienes en medio de la soberbia del poder pretendan atribuirse mandatos divinos.

Página 12, 10/10/05