Manuel Gil Antón: Nuevos tiempos: preguntas nuevas

Manuel Gil Antón: Nuevos tiempos: preguntas nuevas

En su edición del 10 de septiembre de este año, The Economist publicó un artículo de Adrian Wooldrige sobre la educación superior en el mundo que vale la pena considerar. (www.economist.com/surveys). Lo primero que llama la atención es que titule: El negocio de cerebros. Inicia señalando que cuando se dice universidad, solemos pensar en instituciones muy antiguas: Bolonia (1088) u Oxford (1096).

En nuestro país, el fenómeno análogo sería la referencia a la Universidad Nacional – fundada en 1910 a iniciativa de Justo Sierra – pero que, cuando así lo considera pertinente, afirma contar con raíces en el siglo XVI. La antigüedad es un blasón, y si no se tiene centenaria, se busca que así lo parezca en muchas partes del mundo.

Esa idea de universidad, centrada en sí misma y extraordinariamente elitista, hace tiempo que ha sido superada por cuatro fenómenos, señala Wooldrige: 1) La democratización – o masificación – de la educación superior. Aporta datos: la proporción de adultos con estudios superiores en los países de la OCDE se duplicó entre 1975 y el 2000, pasando del 22 al 41%. China ha multiplicado por dos su matrícula en la década de los noventa y podemos pensar también en México: en 1960 sólo el 3% del grupo de edad respectivo estudiaba en las universidades, mientras que ahora lo hace una proporción cercana al 24%: ocho vences más en 45 años. Distintos ritmos, sí, pero una tendencia a la ampliación de oportunidades común. 2) El surgimiento de la economía del conocimiento, es decir, el cambio en la fuente que dinamiza a las economías, que pasa de los recursos físicos al saber sólido y sus aplicaciones.

En los países desarrollados, las empresas más fuertes están invirtiendo hasta un tercio de su dinero en aspectos intensamente relacionados con el conocimiento, intangibles en comparación con la galera de una antigua fábrica, pero poderosos en la generación de alternativas de crecimiento e innovación. Y en estos casos, las instituciones de educación superior participan de forma central, no sólo porque producen los "cerebros", sino debido a las nuevas orientaciones de sus laboratorios, bibliotecas y redes de cómputo. No tengo datos para el caso de nuestra tierra, pero el valor social y económico que se concede al conocimiento en México no es equiparable al mundo desarrollado ni a las economías emergentes. Esta, creo, no es una buena señal. 3) El tercer factor es la globalización. ¿Sabía usted que casi dos millones de estudiantes de los países ricos – una cifra cercana a la de la matrícula total en el país – estudian fuera de sus fronteras nacionales? Si añadimos que varias universidades están abriendo sedes allende sus terruños y que algunos países consideran a su educación superior como una industria de exportación, tendremos otro rasgo del cambio de concepción sobre la vida universitaria. 4) El último es el ingreso, al medio de la educación superior, de la competitividad. Las antiguas y nuevas universidades están siendo obligadas, por el cambio de época, a competir por estudiantes y sus cuotas, así como por fondos públicos y privados. Hay, en el mundo, 80 millones de alumnos en el nivel superior y 3 millones y medio de profesores o personal adscrito a las instituciones: cifra nada despreciable, mercado en expansión. ¿Mercado abierto?

Estos cuatro factores han provocado - o tal vez ocurrido en sintonía con - un cambio central: el del papel del Estado en la regulación y mantenimiento de los sistemas.

Luego de otras consideraciones que escapan al espacio de estas cuartillas, el autor sugiere tres cosas: si se trata de generar un sólido sistema de educación superior, es preciso diversificar las fuentes de ingresos sin depender sólo de fondos públicos; segundo, es menester que la diversidad florezca sin diques, y, por último pero ligado a lo anterior: contra menos intervenga el Estado, la variedad educacional florecerá.

No se requiere coincidir con las recomendaciones para intentar hacernos cargo de preguntas importante: ¿Qué estamos haciendo – o pensando – en México en torno al impacto de la masificación, el papel del conocimiento en la economía, la globalización y la creciente competitividad mundial? Y otra, fuerte: ¿Cuál es el papel del Estado en esta nueva circunstancia mundial de la que no somos ajenos? No es irrelevante enfrentarlas. Es urgente.

La Crónica de Hoy, 10/10/05