Carlos Fernández Liria: La Universidad Complutense de Madrid abre sus puertas a la mercantilización del conocimiento

Carlos Fernández Liria: La Universidad Complutense de Madrid abre sus puertas a la mercantilización del conocimiento
Los decanos de la Universidad Complutense y el vicerrector José Carrillo rechazan una enmienda al Proyecto de Normativa de Postgrados propuesta desde la Junta de Facultad de la Facultad de Filosofía

¿Cuál es la verdadera naturaleza del proceso de Convergencia Europea en Educación Superior? Se dicen tantas cosas al respecto que muchos ya no saben qué pensar. En la Universidad Complutense, por ejemplo, es casi imposible averiguar cuál es la opinión de su rector Carlos Berzosa, de tantas y tan diferentes opiniones que ha venido a expresar dependiendo de qué público le estuviera escuchando. Su vicerrector de Investigación y Espacio Europeo de Educación Superior, José Carrillo sí parece, en cambio, tener las ideas muy claras y no cesa de intentar tranquilizarnos respecto a la naturaleza de lo que se nos viene encima.

Así, bajo el título “La convergencia tranquila”, la gaceta del equipo rectoral de la Universidad Complutense de Madrid (Tribuna Complutense, nº 29, octubre de 2005), acaba de publicar una festiva doble página en la que el rector Carlos Berzosa aparece arropado por unas decenas de alumnos muy sonrientes que parecen estar celebrando la inminente implantación del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), es decir, la consolidación del llamado “proceso de Bolonia” en las universidades españolas. Los artículos que acompañan a la foto vienen a decir que, pese a algunas reticencias en minoritarios sectores del profesorado (como los autodenominados “Profesores por el conocimiento”), en estos momentos hay suficiente consenso para afirmar que “el EEES es una magnífica oportunidad para mejorar una universidad que todos están de acuerdo en que debe ser mejorada”. Eso no impide, nos dice el autor del artículo, reconocer que “existen riesgos”, riesgos de que las empresas privadas se apoderen del espacio académico, imponiendo criterios de rentabilidad económica a la producción de conocimientos y convirtiendo el saber en una mercancía más de este mundo de mercancías. Sin embargo, el consenso general es que estos riesgos pueden asumirse y, sobre todo, que no deben exagerarse.

En realidad este supuesto consenso ni existe ahora ni ha existido jamás. Ha sido completamente prefabricado a base de reunir en cada ocasión a los que siempre estaban ya de acuerdo en lo esencial. El supuesto apoyo de los estudiantes es un completo montaje. De hecho, unas de las mayores movilizaciones que se recuerdan en las universidades madrileñas se convocaron durante el curso 1999/2000 para combatir la mercantilización de la Universidad que, por aquel entonces, venía anunciada por el Informe Universidad 2000 (más conocido como Informe Bricall), cuyo contenido coincidía exactamente con el espíritu de Bolonia que ahora ha venido a plasmarse en la Convergencia Europea. Un año después, cuando los estudiantes volvieron a movilizarse masivamente contra el Proyecto de Ley Orgánica de Universidades, el PSOE y la Conferencia de Rectores hicieron todo lo posible por ponerse a la cabeza de las manifestaciones, pues esta vez parecía que la cosa iba tan sólo contra el Partido Popular. Ni mucho menos era así. Unos 25.000 estudiantes se negaron a seguir el recorrido proclamado por la cadena SER y anunciaron que se manifestaban contra la LOE, pero bajo el lema “no somos Zapatero, no somos los rectores, somos gente honrada”. Con eso querían señalar que eran los mismos que se habían manifestado el año anterior contra el Informe Bricall y contra el espíritu de Bolonia, y que si ahora se oponían a la LOE no era porque nos apartara de tales directrices, sino, al contrario, porque las asumía enteramente. Denunciaban así lo que consideraban que era una agresión que podía herir de muerte el carácter público de las universidades españolas y europeas, condicionándolas al criterio de la demanda empresarial.

Por parte de los profesores tampoco parece que haya mucho consenso. Profesores por el Conocimiento (http://fs-morente.filos.ucm.es), por ejemplo, ha reunido ya 2500 firmas de profesores universitarios europeos en apoyo de un Manifiesto (http://147.96.40.211/formulario.cfm)  que denuncia, fundamentalmente, que tras esta “tranquila Convergencia europea” se esconde un proceso de mercantilización de la universidad.

Algunos pensamos que, en realidad, nos enfrentamos a una verdadera reconversión industrial en el sector de la educación superior, un proceso de privatización de la universidad que es enteramente coherente con las salvajes directrices marcadas por la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Acuerdo General del Comercio de Servicios (GATS) para reducir el peso del sector público tanto en la Educación como en la Sanidad.

¡Pero no hay que preocuparse, se afirma en el artículo de Tribuna Complutense! Los rectores son perfectamente conscientes de estos peligros y riesgos y están completamente decididos a evitarlos. En palabras del rector de la Universidad Autónoma de Madrid, Ángel Gabilondo, “el objetivo es mejorar la universidad y como lo vamos a hacer entre todos, debemos tener confianza en que tendremos cuidado en no caer en esa universidad que ninguno queremos”.

Veamos cuánto valen estas palabras considerando el ejemplo de lo acaecido en una reunión de decanos de la Universidad Complutense, convocada por el vicerrector José Carrillo, en la que se pretendía, como siempre, “consensuar” y “debatir” el “Borrador de Proyecto de Normativa de los Programas Oficiales de Postgrado”. Para los no iniciados, hay que advertir que las actuales licenciaturas, normalmente de cinco años, serán reducidas a unos estudios de grado normalmente de tres años; los postgrados, que serán ofertados por las universidades de acuerdo con inversiones e iniciativas empresariales, tendrán un carácter de especialización acorde con “las demandas de la sociedad”, las cuales, se repite y se repite para tranquilizar a los más alarmistas y apocalípticos, no hay por qué entender que deban ser necesariamente “demandas mercantiles”. Y en efecto, los más “alarmistas y apocalípticos”, en una Junta de la Facultad de Filosofía, propusieron, sólo para su tranquilidad, una pequeña enmienda al borrador. Se trataba tan sólo de plasmar en el texto legal eso mismo que no para de repetirse y repetirse.

Así pues, ahí donde ponía:

Artículo 2.1. El Consejo de Gobierno de la Universidad tiene la responsabilidad de aprobar las propuestas de Programas Oficiales de Postgrado.

Se propuso que se pusiera:

Artículo 2.1 . El Consejo de Gobierno de la Universidad tiene la responsabilidad de aprobar las propuestas de Programas Oficiales de Postgrado y de procurar que existan los medios materiales para hacer posible su calidad, comprometiéndose, especialmente, a promover aquellos Programas Oficiales de Postgrado que, habiendo demostrado tener interés académico, carezcan, sin embargo, de financiación externa o no gocen de una demanda social cuantificable en términos científico técnicos o instrumentales.

Por supuesto, esta enmienda fue rechazada (aunque no por unánime consenso). Se dijo que eso ya se sobrentendía. Sí, para sobrentendidos que estamos…

* * * *

Hubo también otra significativa enmienda que tampoco llegó a aprobarse: una que exigía que los profesores del Postgrado fueran doctores. Este detalle era absolutamente fundamental para garantizar que los criterios empresariales no van a comer el terreno a los criterios académicos. Al no incluir este requisito académico en la normativa de Postgrado, la Universidad Complutense ha abierto sus puertas a la posibilidad de que cualquier profesional con suficiente poder, dinero o influencia pueda ejercer como profesor en los Postgrados. En un momento dado, aprender economía ya no tendrá que ver con estudiar a Adam Smith, Keynes o Hayek, sino con escuchar a Emilio Botín contar sus experiencias.

Esto también da idea de cuánto vale eso del “cuidado que vamos a tener para no caer en esa universidad que ninguno queremos”. Al menos en la Complutense, ya se ha decidido que ese cuidado no se traduzca en nada por escrito. Palabras, palabras y nada más que palabras. Se nos perdonará entonces que algunos alarmistas y apocalípticos estemos más preocupados a causa de las directrices generales de la OMC y el GATS que sosegados gracias a las llamadas a la tranquilidad que nos hacen Ángel Gabilondo o José Carrillo.

Rebelión, 16/10/05