José Ginés Mora: Bolonia y la salsa boloñesa

José Ginés Mora: Bolonia y la salsa boloñesa
José-Ginés Mora es director del Centro de Estudios en Gestión de la Educación Superior de la Universidad Politécnica de Valencia.

La boloñesa, tal y como se ofrece por doquier, es una salsa de muy poco interés gastronómico donde normalmente se mezclan carnes dudosas con tomates de lata. Los espaguetis están mejor con una simple salsa de tomate o con otras más sofisticadas (y hay muchas).

El proceso de Bolonia, en el que están inmersas las universidades europeas, cada vez se parece más a la salsa homónima. El proceso tenía un objetivo inicial muy ambicioso: un profundo cambio para revalorizar las universidades europeas. Sin embargo, lleva un camino alarmante de pérdida de objetivos, de confusión generalizada que hacen difícil reconocer que la meta era convertir las universidades europeas en una referencia mundial de calidad.

Nada indica que ese objetivo se vaya a alcanzar. El comunicado de la última reunión de ministros de educación europeos en Bergen (Noruega) muestra claramente como se desinfla el proceso. La falta de rumbo ya se reflejaba en el caótico comunicado emitido hace dos años en Berlín. ¿Por qué se ha llegado a esta situación? Hay muchas razones, pero plantearé una que explica el caso español.

Un proceso tan complejo, en el que hay involucrados tantos intereses, unos legítimos y otros menos, sólo es posible llevarlo a cabo de dos maneras. Una es dejar libertad a las instituciones para que se vayan adaptando paulatinamente, para que vayan experimentando, aprendiendo como llevar adelante un cambio tan profundo.

Para eso sobran decretos, normativas, directrices y todas esas cosas que tan caras son por estos lares. Francia, país centralista y regularizador donde los haya, ha optado por esta vía. No se cómo le irá, pero al menos no se generará un desconcierto generalizado ni se producirán las frustraciones que ya se huelen por aquí.

La otra alternativa posible es la del fuerte liderazgo. Algún país, como Holanda, adoptó esta vía y posiblemente le irá bien. Esta alternativa exige que los que dirigen el proceso tengan liderazgo y que se den las condiciones para ejercerlo.

Ninguna de esas condiciones se da en España. Nuestro sistema universitario tiene demasiados actores divergentes. Tenemos unas universidades autónomas, bajo la responsabilidad directa de unas comunidades autónomas, pero sobre las que el gobierno central interviene sistemáticamente en temas esenciales como son la regulación del personal y de los planes de estudios (eso sí,…sin ningún compromiso sobre cómo se han de financiar o gestionar).

La cosa se complica todavía más porque el sistema funcionarial del profesorado (para entendernos, de aquí no me quita nadie), combinado con la llamada libertad de cátedra (también para entendernos, puedo hacer lo que me da la gana) convierte al sistema universitario español en una combinación de 17 comunidades autónomas, con 70 universidades autónomas y con 60.000 profesores también autónomos. ¿Alguien, en su sano juicio, piensa que se puede dirigir en cualquier dirección ese sistema a base de decretos? Sería un auténtico milagro.

En la actual situación, sólo hay una salida para no empeorar aún más las cosas: volver a la simplicidad de una sencilla salsa de tomate. Dejar a las comunidades autónomas y a las universidades que pongan en marcha al ritmo que quieran y cómo quieran las reformas. Unos lo harán mejor y otros peor, pero, como diría Sancho, en éste su año: «A quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga, y aquí paz y después gloria».

Bueno, lo que se dice gloria, no. Porque esta solución tampoco nos llevará a ser referencia mundial de calidad, pero, al menos, no lo estropearemos más. Seguiremos teniendo un sistema universitario mediocre, adobado, eso sí, con una mala salsa boloñesa.

El Mundo Universidad, 27/10/05