Carlos Guevara Mann: La ‘kakistocracia’ o el gobierno de los peores

Carlos Guevara Mann: La ‘kakistocracia’ o el gobierno de los peores

"Ni los ineducados y apartados de la verdad son jamás aptos para gobernar". Platón, La República, libro VII

Uno de los propósitos de la democracia representativa, al menos para estadistas como James Madison, es asegurar que las tareas gubernamentales puedan asignarse al componente más talentoso y mejor calificado de la sociedad. De acuerdo con esta visión, la representación democrática constituye un método para mejorar la calidad del gobierno popular. El objetivo de Madison fue diseñar y promover un sistema que seleccionase, a través de elecciones democráticas periódicas, a custodios idóneos de la cosa pública. De acuerdo con esta visión, que John Stuart Mill luego desarrolló, las elecciones democráticas, libres y transparentes, auxiliadas por el debate público (igualmente libre) y el requisito de rendición de cuentas, constituyen la fórmula adecuada para asegurar que las funciones públicas sean ejercidas por los miembros más aptos y virtuosos de la colectividad.

Los acontecimientos de los últimos años nos muestran que ese objetivo de la democracia representativa, identificado por Madison y Mill, está muy lejos de cumplirse en Panamá. (No solo en Panamá, dirán algunos, al evaluar la calidad de la dirigencia política en muchos países, incluyendo algunas potencias mundiales. Pero lo que nos concierne primeramente a los panameños es, indudablemente, lo que ocurre en nuestro país. Y que otros Estados tengan al frente a gente torpe no es consuelo alguno).

¿Fue siempre así? ¿Fue Panamá siempre una kakistocracia? (Para mayores señas, kakistocracia es un neologismo que significa "el gobierno de o por los peores". Viene del griego Kákistos, "pésimo, el peor de todos" y krátos, "fuerza, poder". Sobre el particular, ver www.embolivia.co.uk/~oma/bolivia/LTJ-V10/dic_jur.htm.

El registro histórico proporciona datos interesantes para responder a esta interrogante. En los primeros años de la República, el sector más ilustrado de la sociedad tenía cabida en la política. En La última gaviota, una interpretación histórica de esa época, Peter Szok, profesor en Texas Christian University, describe las trayectorias de los principales intelectuales panameños, muchos de los cuales ejercían funciones tanto en el sector público como en el sistema educativo. A la presencia de gente lúcida e instruida en el gobierno debemos, por ejemplo, muchos de los éxitos de los primeros años de la República, como los impresionantes logros en el campo educativo, la temprana adopción de medidas de protección social y la revisión inicial de nuestras relaciones con Estados Unidos. En ese ramo, especialmente, internacionalistas panameños de prestigio, como Ricardo J. Alfaro, efectuaron aportes significativos. Sus contribuciones lograron impartirle un importante sustento teórico a la posición nacional, fundamentada en la diplomacia y la neutralidad como medios predilectos para enfrentar retos en el ámbito internacional. Así lo ha explicado, en varios ensayos, Holger Meding, profesor de historia en la Universidad de Colonia.

Hoy, la situación es distinta. La ausencia de talento y civismo en el sector político es notoria y deplorable. Las decisiones patrióticas, orientadas al bien común, son la excepción, no la regla. Las actividades del gobierno están dirigidas a satisfacer intereses particulares, en función de los réditos que dichos intereses puedan proporcionarle al gobernante de turno y a su séquito de aduladores.

En 1932, Harmodio Arias Madrid, un auténtico estadista, elegido por el voto popular, condujo al país hacia la superación de una terrible crisis económica, sin precedentes en la historia del mundo occidental, principalmente a través de la adopción de medidas de austeridad y eficiencia gubernamental. Siete décadas más tarde, quienes ejercen el gobierno vieron en una situación fiscal mucho menos grave otra oportunidad para obtener beneficios personales. Todo parece indicar que dramatizaron la situación, tanto del fisco como de la Caja de Seguro Social, aprovechando el contexto para imponerles a los sectores populares y medios un oneroso aumento tributario. El objetivo es acrecentar las recaudaciones para maquillar la capacidad crediticia del Estado, endeudarnos más de lo que ya estamos endeudados y, presuntamente, aprovechar las "comisiones" que generan estas nuevas contrataciones (¿Cuándo se llevará a cabo una auditoría de la deuda pública, que aclare los usos que se ha dado a dicha deuda y las comisiones pagadas por su contratación?).

Tenemos que preguntarnos, seriamente, cuáles son las condiciones que permiten el imperio de la kakistocracia en Panamá. Una, claramente, tiene que ver con el sistema de partidos. Antes había lugar en los directorios de los partidos políticos para una que otra persona talentosa. Hoy los partidos excluyen y marginan a la gente competente y honrada.

El sistema electoral, corrupto e ineficaz hasta los tuétanos, favorece la elección de los más ineptos. La delincuencia rampante y la impunidad incentivan el clientelismo y la maleantería política. Y la lumpenización del sector público (incluyendo los servicios educativos), impulsada por el populismo demagógico de la dictadura militar, junto con el cercenamiento de las libertades ciudadanas, ha menoscabado gravemente la calidad de la educación popular y ha hecho proliferar la mediocridad. Con semejantes ingredientes, ¿le sorprende a usted que tengamos en Panamá un gobierno de y por los peores?

La Prensa, 04/11/05