Álvaro Romero: Garantía Social

Álvaro Romero: Garantía Social

Como en un problema matemático, imagino la sociedad convertida en una ecuación en donde la ´x´ es el progreso y la ´y´ la miseria económica y social generada por el primero. Éso que antiguamente se escondía debajo de la alfombra y que ahora se vierte en las afueras de los núcleos urbanos a barlovento de la riqueza y a sotavento de la pobreza. Ellos son los primeros en recibir cuando se avecinan las crisis y, por ende, los primeros en levantarse. Los disturbios de Londres 1980, Los Ángeles 1992, París 2004 o de nuevo los acaecidos esta semana en la capital francesa son eclosiones en tiempos de depresión de este desajuste social, poblacional y demográfico. Pero aunque todo sea mercado, no todo es economía. En los sucesos antes mencionados también hay otro elemento común: episodios de abuso de autoridad por parte de una administración ausente de la vida en el gueto pero permisiva por impotente con las otras reglas y otros jefes -seguros que los mercedes de los capos están intactos- que rigen la subsistencia a la defensiva de los suburbios, fuera de una sociedad a la que no pertenecen, hacinados en la periferia.

La respuesta de los jóvenes franceses, que ya no son inmigrantes pero tampoco ciudadanos de París, también es el rechazo a una sociedad en la que los valores propios de la juventud (rebeldía, pasión, libertad?) sólo están bien vistos en los anuncios de la tele. Del otro lado del mundo publicitario es más práctico aquella rima de que "mucha más gente va a venir a fastidiarte de la que va a venir a amarte", mejor que te busques la vida ya que no vale ni el día a día de los padres, tan frustados y descontentos como ellos, ni la realidad que te intentan inculcar en las clases de Garantía Social.

"He tenido un sueño. En él salto desde lo alto de un edificio mientras pienso que lo importante no es la caída, que por ahora no pasa nada, lo importante no es la caída... Sólo te das cuenta cuando te chocas contra el suelo", L´Haine (Francia, 1995). Con esta frase comienza la obra prima del ahora popular actor Mathieu Kassovitz. En la pelíscula se retratan los disturbios que asolaron la periferia parisina en 1994 tras la muerte de dos adolescentes magrebíes que fueron detenidos e interrogados en una comisaria de los suburbios. Entonces se les llamó gamberros, ahora lo siguen siendo y están más organizados, pero sigue sin haber nadie que hable con ellos.

Diario de Mallorca, 06/11/05