Viaje a la América conservadora 1: Guerra de valores en Colorado

Viaje a la América conservadora 1: Guerra de valores en Colorado
La defensa de los principios familiares y religiosos es uno de los dos pilares en los que se asienta el movimiento conservador en EE UU. ¿Cómo y por qué avanza?
Por sorprendente que pueda sonar, el presidente George Bush ha perdido en los últimos meses el respaldo ciego de los grupos más conservadores de Estados Unidos, alguno de los cuales discrepa ya abiertamente de su política. Este reportaje saca a la luz alguno de los rasgos distintivos de ese conservadurismo y el medio ambiente social en el que se cría.

Pocas personas pueden dar testimonio del rumbo que han tomado las cosas en Estados Unidos mejor que Mary Lou Makepeace.

Mary Lou Makepeace, votante republicana de siempre, ha pasado de ser la primera mujer alcalde de la ciudad de Colorado Springs -cargo que ocupó hasta 2003 al frente de una coalición de amplio espectro político y social- a presidir un fondo para la defensa de los derechos de gays y lesbianas y denunciar el clima de intolerancia que, a su juicio, se está apoderando de la sociedad norteamericana. Su misión se antoja heroica en una ciudad que pasa por ser la más conservadora del país.

Aproximadamente un tercio de los 400.000 habitantes de Colorado Springs son militares en activo o retirados. Allí está la sede de la academia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y de otras cuatro bases militares de las que parten muchos de los soldados que combaten en Irak. Más del 70% de la población es blanca, que reparte su tiempo entre una amplia oferta de vida rural, múltiples actividades de beneficencia social y, sobre todo, una gran proliferación de organizaciones religiosas. Todas esas organizaciones creadas en torno a Dios son majestuosas y están dotadas de edificios majestuosos, casi inquietantes para la mirada de un europeo agnóstico. Pero ninguna lo es tanto como Focus on the Family, que es hoy uno de los principales instrumentos del activismo de la derecha cristiana en todo el país.

Hablaremos de Focus on the Family más adelante. Pero antes conviene insistir en que la sorpresa de los ojos europeos en Colorado Springs no se limita a la contemplación de centros de oración del tamaño de centros comerciales; estamos en un lugar en el que proliferan los adhesivos de eslóganes antifranceses en los guardabarros de los enormes pick-ups, en el que las banderas americanas adornan casi cada vivienda, un lugar en el que, de forma sencilla pero firme tanta y tanta gente defiende a su país, su modo de vida y, sometidos a la presión de un periodista extranjero, hasta a su presidente y, con más o menos matices, su guerra en Irak. Estamos, en definitiva, en un lugar al que, de forma un tanto despectiva, los europeos se refieren como la América profunda, pero sin el cual es imposible entender la complejidad de lo que los norteamericanos llaman simplemente América. "Las cosas gustarán más o gustarán menos, pero no hubiéramos sido el gran país que somos sin esfuerzos como los que ahora nos toca hacer en Irak", afirma, entre el murmullo del programa matinal de la cadena Fox, Kevin, el propietario de una tienda de coches. Fox, la televisión ultraconservadora de la que es propietario Rupert Murdoch, no sólo es la de más audiencia en Colorado Springs sino la más vista también en todo EE UU, por encima de las tradicionales CBS, NBC y ABC. La aparición de los llamados Fox people, como Kevin, es una de las grandes novedades de la última década.

Tanto Kevin como Mary Lou Makepeace dicen haberse encontrado en los últimos meses con varios periodistas europeos, atraídos por esta ciudad-símbolo del conservadurismo con el propósito de intentar conocer algo más sobre la derecha americana, sobre el modelo americano y sus profundas diferencias con lo que llamamos modelo social europeo. Ese mismo interés atrajo recientemente a Colorado Springs a John Micklethwait y Adrian Wooldridge, autores del libro The Right Nation, tratando de entender las razones por las que George Bush había ganado las elecciones de noviembre de 2004. Desde allí, los dos autores explicaron la excepcionalidad del conservadurismo norteamericano, su enorme gancho entre la población con causas como la reducción de impuestos, la marginación del Estado, la lucha contra el aborto, los valores familiares y el robustecimiento de la fuerza militar. Pero también comprobaron el estado permanente de confrontación entre esas ideas, en alza, y una tradición liberal (digamos de izquierda, en el sentido que se da a la palabra liberal en EE UU) que resiste con energía, aunque más desorganizada y desorientada. Y Micklethwait y Wooldridge describieron, sobre todo, la visión estereotipada y falsa que la mayoría de los europeos tienen hoy de EE UU.

"Una de las razones por las que Michael Moore es una figura de gran autoridad en Europa, por las que sus libros han llegado a las listas de los más vendidos y su película Fahrenheit 9/11 obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes", opinan, "es porque los europeos únicamente conocen la versión liberal de la América costera. Sólo uno de cada cincuenta visitantes extranjeros conoce el Estado de Ohio, dos terceras partes de los europeos que viajan a EE UU sólo conocen California, Nueva York y Florida. Prácticamente no hay un solo consulado europeo en los Estados del interior. La victoria de Bush demostró lo absurdo de la estrecha visión de Moore".

Hay que conocer Colorado Springs para comprender que la victoria de Bush, por siete millones y medio de votos, más que ningún otro candidato en la historia del país, es, según Micklethwait y Wooldridge, la prueba de que una nación de derechas, orgullosa, la mayor de las veces bienintencionada, libre de algunos de los estereotipos que se le atribuyen desde Europa, pero intransigente como todos los fanatismos, está en ascenso en Estados Unidos frente a una izquierda más carente de convicción que de recursos. De hecho, muchos de los tradicionales pilares de la izquierda -las grandes universidades, los grandes medios de comunicación, Hollywood...- siguen ahí. Lo que parece fallar es la conexión con las demandas populares.

Meses después de la victoria de Bush, conocido ya el camino hacia el fracaso en Irak, tras la crisis por la negligente actuación del Gobierno tras el huracán Katrina y en medio del escándalo del caso Plane, hemos querido también empezar en Colorado Springs a calibrar si la fuerza de esa nación de derechas se reducía, si habían asomado dudas entre algunos de los votantes republicanos, si algo está cambiando estos días en EE UU.

En Colorado Springs, la verdad es que no mucho. Cuando Mary Lou Makepeace fue alcaldesa gobernó al frente de una plataforma de diferentes grupos comunitarios entre los que había tantos demócratas como republicanos. Ella era el resultado de muchos años en los que en ciudades como Colorado Springs la adscripción a un determinado partido no condicionaba la actividad política de los ciudadanos más allá de su voto en las elecciones presidenciales. El final de la alcaldía de Makepeace coincidió ya con un periodo distinto en que las pasiones crecían y las divisiones se agudizaban. Un 66% de los norteamericanos, según encuestas del Centro de Investigación Pew, cree que el país está más enfrentado políticamente que nunca.

"Hoy no podría volver a ser alcalde", sentencia Makepeace. "Mi partido está controlado por los extremistas y por la derecha cristiana. Los demócratas sólo repiten viejas ideas y cada día se alejan más de la gente. A veces tengo la sensación de que algo muy profundo está cambiando en este país". El alcalde actual de Colorado Springs es Lionel Rivera, un hispano que llegó a la ciudad como capitán del Ejército, muy religioso, favorecido de niño por la caridad de una organización humanitaria de Colorado, Big Brothers Big Sisters, a la que desde entonces dedica sus mayores esfuerzos.

Big Brothers Big Sisters es sólo una más de las aproximadamente cien iglesias y organizaciones de inspiración religiosa que dominan la escena social en Colorado Springs. Muchas, como la propia BBBS, con indudable contribución al bienestar colectivo, otras, como Focus on the Family, como faro moral e instrumento de presión política. Focus on the Family es hoy una gran fábrica de ideología en la que trabajan cerca de 2.000 personas, que cuenta con un presupuesto superior a los mil millones de dólares y a la que no se puede olvidar de visitar cualquier candidato republicano con aspiraciones a la Casa Blanca. Los sermones radiotelevisados del presidente de Focus on the Family, James Dobson, son seguidos cada semana por ocho millones de norteamericanos, y su valoración es decisiva a la hora de mover la balanza en Washington en grandes asuntos de Estado. La posición de Dobson no es ajena al hecho de que Harriet Myers, propuesta por Bush para el Tribunal Supremo, renunciara al puesto después de generar dudas sobre su posición sobre el aborto y fuera sustituida por un candidato más conservador.

Ni Dobson ni ninguno de sus más estrechos colaboradores quieren hablar sobre estos temas con un periodista, pero uno de ellos afirma en privado que el éxito de Focus on the Family obedece al hecho de que ha sabido apelar a los valores esenciales de la sociedad, los del cuidado de la familia, la oración y el trabajo, y que no hay que atribuirlo a ningún tipo de operación política.

Un 43% de los norteamericanos acude a su iglesia una vez por semana o más, según un estudio de comportamientos religiosos elaborado el año pasado por la Universidad de Akron, en Ohio. Un 72% de la población quiere que el presidente de EE UU tenga fuertes convicciones religiosas, de acuerdo a un sondeo del centro Pew, también de 2004. Un 74% declara que la religión ocupa un papel importante en su vida y un 51% cree que es preciso creer en Dios para tener moral y valores positivos. Se pueden citar decenas de otras encuestas que demuestran cómo la religión ha ido ganando aprecio entre los votantes norteamericanos, tanto republicanos como demócratas (un 42% de los últimos votantes demócratas manifestaba una posición favorable hacia la religión, un 36% se manifestaba neutral y sólo un 12% se expresaba en contra, según el estudio de Pew), para comprender hasta qué punto la fe en Dios es una característica esencial, no nueva pero sí en alza, que define el conservadurismo norteamericano y hace a EE UU tan diferente de Europa.

No es que este avance conservador no encuentre resistencia, que sí que la encuentra en numerosas publicaciones y grupos ciudadanos, sino que, después de décadas de liberalismo en los hábitos culturales y sexuales, el conservadurismo religioso cuenta ahora con el viento a favor de lo que podríamos llamar la era de los valores, en la que nada parece importar tanto como la defensa de los principios morales, entendidos éstos por como los entienda cada cual.

Volvamos a Colorado Springs para comprobarlo. A pocos metros del Ayuntamiento y los principales edificios públicos, en un desangelado downtown, se encuentra la modesta oficina de Ellie Collinson, directora ejecutiva de Citizens Project, uno de los muchos grupos cívicos (el dinamismo de EE UU en ese terreno es impresionante) de la ciudad, éste dedicado a la promoción de "la igualdad, la democracia, la libertad y la diversidad", valores que, según Collinson, se están perdiendo por culpa de la presión de los ultraconservadores.

"Tenemos la obligación de estar muy preocupados, la amenaza contra los valores tradicionales de la sociedad americana es más cierta que nunca, actuando de forma conjunta el integrismo religioso y los intereses de las grandes corporaciones", opina Collinson. El principal campo de batalla de Citizens Project, allí donde la amenaza del conservadurismo fanático es mayor, según las fuerzas liberales, es la escuela, el verdadero melting pot americano. Y el enemigo a combatir por Collinson y los suyos son los bonos escolares, el dinero que el Estado entrega como ayuda a las escuelas privadas.

Focus on the Family y otras organizaciones religiosas han presionado de forma prioritaria a favor de estos bonos y consiguieron que el gobernador de Colorado firmase el año pasado una ley que otorga a las escuelas religiosas una ayuda de 4.500 dólares por alumno y año para pagar su educación. El Tribunal Supremo de Colorado se pronunció el pasado junio en contra de la ley, por considerarla inconstitucional, e impidió su entrada en vigor. Más temprano que tarde esta batalla acabará, precisamente, ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos, sobre cuyos nominados tanta presión ejerce Focus on the Family.

La guerra por los valores parece dominar por completo el discurso conservador y de esta Administración. Y, de alguna manera, es el mensaje de la moral y los valores -el del patriotismo, en una de sus versiones- el único que da cierto oxígeno a Bush para hacer frente al desastre cotidiano en Irak.

La portada del Colorado Springs Gazzette reproduce un día de finales de septiembre la fotografía de dos soldados muertos en Irak, dos jóvenes de un cuartel local que se suman a la lista de más de 2.000 que han perdido ya la vida en aquella guerra. Esa misma tarde, tras un acto de homenaje en una iglesia de la ciudad, un grupo de compañeros y amigos se retira en silencio. Un oficial que responde al nombre de Ron y presta servicio en el cuartel Fort Carson explica lo que, a su juicio, representan esas muertes: "Nada más que el cumplimiento del deber. Sabemos por qué estamos allí, sabemos que protegemos a América luchando allí y vamos a hacer cualquier cosa que este país nos pida". En la calle, las pegatinas con la leyenda Support our troops están por todas las esquinas. Una investigación reciente de Pew muestra que la segunda razón que mencionan los norteamericanos para justificar su acción política es: "Debemos estar dispuestos a luchar por nuestro país, no importa si la causa es acertada o equivocada". Entre los votantes del Partido Republicano esa causa es mencionada por un 66%, mientras que un 33% de los demócratas dice respaldar esa afirmación.

El columnista de The Washington Post Sebastián Mallaby asegura que si el fracaso en Irak no ha tenido ya efectos explosivos en la política interna norteamericana es porque "mucha gente sigue viendo el 11-S en el trasfondo" y sigue viendo la necesidad de defender los amenazados valores americanos. Mallaby menciona también el hecho de que, a diferencia de Vietnam, cuando regía el servicio militar obligatorio, en Irak está combatiendo un ejército profesional.Una tras otra de las personas a las que se pregunta confiesan que las muertes en Irak no asustan a los ciudadanos norteamericanos. Si Bush está contra las cuerdas no es porque la lista de bajas crezca día a día sino por la escasez de resultados. El problema no es el sacrificio que tenga que hacer este pueblo acostumbrado a combatir y generoso para defender sus principios. El problema es que este país, cuya entrega sólo encuentra el freno de su pragmatismo, quiere también ver progresos. No se duda tanto de la conveniencia de combatir como de la forma en que se está haciendo. En las circunstancias apropiadas y por la causa adecuada, la capacidad de sacrificio parece ser ilimitada. Todo eso se ve agudizado ahora. Como dice Ellie Collison, "hemos llegado a un punto en el que lo que decide el futuro no es la guerra ni la economía..., esto se ha convertido esencialmente en una batalla por los valores".

Ante la versión más cavernícola de valores conservadores (como la duda de la teoría de la evolución o la educación de los niños exclusivamente en el seno familiar), la izquierda trata de recuperar los viejos valores americanos de libertad y tolerancia. Dos profesores demócratas, Elaine Kamarck, de la Universidad de Harvard, y Bill Galston, de la Universidad de Maryland, han advertido a su partido en un trabajo de 64 páginas titulado Las políticas de polarización que la retórica anti Bush no va a ser suficiente para ganar las elecciones, que éstas habrá que disputarlas en el terreno de los valores y que los demócratas las perderán si no conectan con algunos valores de los votantes "como la integridad personal, la solidaridad familiar y el trabajo social".

El debate está hoy más presente que nunca en la sociedad norteamericana y la derecha conservadora lo afronta con clara ventaja. El otro frente de la batalla ideológica es el del papel del Estado.

El País, 07/11/05