Javier Castañeda: Violencia

Javier Castañeda: Violencia

Arde París. Y algo parece arder también en el interior de todos los habitantes del globo que, gracias a los medios de comunicación planetarios, seguimos minuto a minuto cada detalle de un conflicto netamente urbano que a todo el mundo parece haber pillado por sorpresa. Acostumbrados como estamos a observar todo tipo de violencia en nuestros entornos cotidianos, parece extraño que hoy día algo nos haga levantar la vista del plato. Hace ya tiempo que es perfectamente compatible comer a dos carrillos mientras que los informativos muestran imágenes de guerras, de muertes violentas, palizas, ataques ilegales y una barbarie sin fin, que en lo más mínimo alteran ya el tracto digestivo.

La sociedad que vivimos parece cada vez más un museo de brutalidad, en la que se pueden encontrar las más raras especies de un amplio catálogo de violencias. La violencia no es nada nuevo y existe desde que el mundo es mundo. Pero tristemente se han puesto de moda –y es que no hay nada que se resista a las modas- la violencia infantil o adolescente, también llamada bulliying; la de género; la violencia laboral o mobbing y la sexual. A éstas hay que añadir un vasto elenco que abarca desde los padres violentamente acosados por sus hijos, hasta la de las nuevas bandas callejeras; pasando por la clásica violencia del fútbol o la de las niñeras que ejercen malos tratos contra bebés, por mencionar sólo algunos abominables ejemplos.

Igualmente nuestras retinas están acostumbradas a esa batalla campal que sistemáticamente y durante los últimos años mantienen los colectivos antiglobalización contra las fuerzas de seguridad de cualquier parte. ¿Qué tiene pues de especial París? Amén del morbo que conlleva ver cómo una ciudad mundialmente conocida por sus múltiples encantos, atraviesa su propio espejo social para mostrar su lado oscuro, lo particular de tan alarmantes sucesos es que han acaecido de modo inesperado. No es la violencia a la carta, on demand o zapping a la que estamos acostumbrados. No figura en nuestros menús habituales de violencia. Es una situación nueva, una tipología de violencia no catalogada en las primeras ciudades del mundo y por eso es capaz de generar tanta atención.

Sobre todo porque muestra de modo conciso, en tiempo real y a escala planetaria, muestra un perfecto escáner de la fractura que asocia trauma social con violencia y que mañana puede ser clonada en la anatomía de cualquier urbe. Las transformaciones que en todos los órdenes acompañan el inicio del siglo, se concentran sobre todo en esas ollas a presión que son los centros urbanos de los países más desarrollados. Cuna de exclusión, desigualdades y diferencias, segregan una fuerte tasa de ansiedad y angustia en algunos de sus ciudadanos, que no encuentran la espita de descompresión. En los de siempre, amenazados por los nuevos. En los nuevos, por intentar salir en la foto de los de siempre. Un círculo vicioso que retroalimenta el desencanto de la humanidad ante un itinerario vital que se antoja complejo y más lejos que nunca de la estabilidad.

Tras alcanzar sin pudor alguno unas altas cotas de inconsistencia, el ser humano se enfrenta a la nada fácil tarea de echar raíces entre las grises baldosas de las ciudades que habita. Difícil sobre todo, porque muchas de esas baldosas en las que hoy día se apoya son de una fragilidad extrema que las hace temblar bajo sus pies. La falta de oportunidades y medios; las escasas posibilidades de insertarse con normalidad en la sociedad y un forzado fundido a negro de sus expectativas que constantemente les saca del plano social, provoca fracturas indelebles en el entramado urbano. Anclados en el desconocimiento, marcados por la falta de identidad y sumidos en la angustia, buscan insólitas maneras de manifestar su presencia. Como decía Darío Fo, “un hombre es lo que hace, lo que escoge, las cosas que consigue crear, los sueños que consigue realizar”. Pero si al ser le quitan la posibilidad de hacer, de escoger, de crear y de soñar, ¿qué le queda? La dictadura de una realidad basada en el mercado, en el consumo, en la desigualdad y en la exclusión social, hace arder la única utopía que para muchos quedaba: pensar que otro mundo mejor y más humano es posible. Hoy arde París, ¿y mañana?

La Vanguardia, 10/11/05