Rafael Díaz-Salazar: La estrategia de los 'neocons' en la Iglesia

Rafael Díaz-Salazar: La estrategia de los 'neocons' en la Iglesia
Pretenden que las leyes y el poder político impidan el avance de la descatolización y la secularización 

La intermitente presencia de la Iglesia en la vida pública y el creciente interés de los medios de comunicación por su futuro, dada la salud de Juan Pablo II, exige ofrecer claves de análisis que vayan más allá del registro de los hechos. 

Hay que partir del dato fundamental que está marcando la vida de la Iglesia en Europa y, especialmente, en España en los últimos decenios: la descatolización de gran parte de la población, especialmente los jóvenes. Nos encontramos ante lo que ya vaticinó Durkheim: las viejas religiones institucionalizadas agonizan y las nuevas todavía están naciendo. Existe un proceso de emigración religiosa que crea nuevas formas de religiosidad (en los márgenes o fuera de la institución eclesial) o termina en la indiferencia. En el mensaje del Papa a los obispos españoles, que tanto revuelo causó, se constata esta situación: "Indiferencia religiosa, relativismo moral, mentalidad laicista". Son males que el Papa y los obispos constatan en el ámbito social y no exclusiva ni principalmente en la política. 

Si existe bastante unanimidad en el diagnóstico, las divergencias se plantean en el análisis de las causas y en las estrategias de respuesta a esta situación. Cuando el mensaje de una institución religiosa pierde plausibilidad social, se abren dos posibilidades: recrearlo asumiendo los cambios socioculturales o defender un integrismo de resistencia y contraataque. El integrismo fue la respuesta dominante de la Iglesia católica a los retos de la ilustración y del socialismo hasta el concilio Vaticano II. Este concilio encarnó la estrategia de la recreación e innovación religiosa ante el desafío de la descatolización. En el periodo conciliar se produjo un milagro sociológico: la modernización de una de las instituciones europeas más tradicionalistas. Ello conllevó múltiples desgarros, así como lo que weberianamente llamaríamos las consecuencias no queridas de la acción: crisis intraeclesiales y temor a la disolución de la identidad católica en el océano del secularismo. Estas tensiones crearon una situación de vértigo institucional que generó el caldo de cultivo para que el Papa de la Duda (Pablo VI) fuera sustituido por el Papa de la Seguridad (Juan Pablo II). La incapacidad de gestionar y asumir los costes de la estrategia de la recreación innovadora llevó a la opción institucional por la estrategia del neointegrismo que ha poblado de neocons los principales ámbitos de decisión y orientación eclesial. 

Dado el carácter piramidal e hiperjerárquico de la Iglesia y la personalidad de Juan Pablo II, los últimos veinticinco años han estado marcados por la estrategia de los neocons católicos, que son los herederos y modernizadores del tradicional integrismo eclesiástico. Muy pronto se visualizó el giro eclesial con el nombramiento de un inteligente miembro del Opus Dei como portavoz del Papa. Un teólogo nada modernista, Von Balthasar, había escrito en 1963: "La más fuerte manifestación integrista es sin duda el Opus Dei". En su peculiar sociología de la Iglesia, Gramsci afirmaba que esta institución está atravesada por las tensiones entre "integristas, jesuitas y modernistas", los cuales cíclicamente se reparten el poder y la orientación de ésta, salvo el caso de los modernistas, que siempre pierden. Si alegórica y  gramscianamente podemos decir que la época de Pablo VI fue la de los jesuitas, la de Juan Pablo II está siendo la de los integristas, mientras que los modernistas siguen derrotados en el interior de la Iglesia (especialmente los jesuitas modernistas, cuadratura del círculo lograda). 

La estrategia de los neocons eclesiásticos consiste en la formación de un bloque católico unido dogmáticamente para crear un polo social público que desde la sociedad civil genere discurso cultural y presión política. Pretenden que las leyes y el poder político impidan el avance de la descatolización y la secularización, que suelen identificar confusamente con el laicismo. Esta estrategia necesita un liderazgo fuerte que ahogue el pluralismo interno en la Iglesia por ser disolvente, movimientos laicales contramodernos con capacidad de choque cultural en la esfera pública, periodistas que difundan y apoyen estos planteamientos, jueces y fiscales que antepongan sus convicciones morales a las leyes y, finalmente, políticos que ejecuten desde el poder el programa del neointegrismo. La victoria de los neocons protestantes en la sociedad civil y en el Gobierno de Estados Unidos les ha animado mucho. 

Lo que está pasando en España en este ámbito desde la llegada del PSOE al gobierno no es sino el reflejo nacional de una estrategia internacional. Quizá sea interesante contemplar sus consecuencias desde una perspectiva histórica. En los debates parlamentarios de la Segunda República, el socialista Fernando de los Ríos dijo: "Algunos no somos católicos, no porque no seamos religiosos, sino porque queremos serlo más". Y Manuel Azaña en sus Memorias escribía: "La religión no se defiende tomando las armas. La religión la han propagado los mártires, los confesores, los misioneros; pero no los guerrilleros y muy poco los teólogos". Sustitúyase, claro está, armas por leyes y guerrilleros por gobernantes y pensemos si la historia es maestra del presente. 

La Vanguardia, 28/02/2005