Gustavo Gordillo: Sembrando desastres y cosechando consternación

Gustavo Gordillo: Sembrando desastres y cosechando consternación

El pesimista dice "esto es lo más grave que se puede poner y ya tocamos fondo"; el optimista exclama que se puede poner peor.

El incendio francés en el sentido literal y sobre todo simbólico tiene mucho de dèjá vu. Un apelativo derogatorio que quizás fue proferido tantas veces impunemente, en esta ocasión y en boca del brillante y temido ministro del interior Sarkozy incendió la pradera. Racailles, la canalla, la gentuza. Dos jóvenes de 15 y 17 años que se electrocutaron al huir de la policía han sido convertidos sucesivamente en peones de los caids -los jefes mafiosos que controlan el tráfico de drogas-, en jóvenes desarraigados manipulados por líderes islamistas radicales, o en simples delincuentes. Es probable que sean todo a la vez. Pero como registra un reportaje publicado en El País del domingo pasado: son jóvenes marginados de la sociedad pero pertenecen al gueto y al ciberespacio, se comunican por teléfonos móviles, se mueven en Internet y se reconocen en las imágenes digitales. Los blogs reproducen las imágenes de los autos incendidados, y ahora sí que le echan más leña a la hoguera.

Hay desde luego un problema grave de desempleo que afecta a todos los jóvenes franceses, pero que se agrava entre aquellos de raíces extranjeras, particularmente magrebíes. Un comentarista de El País, Bastenier, lo denomina una Intifada contra la reclusión en una ciudadanía de segunda clase que se expresa sólo este año en cerca de 72 mil casos de violencia urbana, 32 mil vehículos incendiados y 442 enfrentamientos de bandas. Por su lado, Carreño Carlón, en Crónica, insinúa un posible paralelismo con los 13 días -del 3 al 15 de mayo de 1968- de la rebelión de mayo de los estudiantes parisinos, que después se extendió por toda Francia y todo el mundo. Un profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, Olivier Roy, editorializa en The New York Times y propone una explicación más alla de su expresión específicamente francesa. Somos testigos del alzamiento de una pequeña parte de la cultura occidental marginada que va de París a Londres y más alla. Y subraya dos hechos: uno, se trata de jóvenes de 12 a 25 años, y segundo, estos motines han ocurrido en localidades social y geográficamente bien delimitadas, es decir, se trata de jóvenes con una fuerte identidad territorial, más que étnica o religiosa. No son, continúa Roy, jóvenes que luchan por ser legitimados como una minoría, sino que quieren tener acceso a una plena ciudadanía y se sienten engañados entre la promesa de la integración mediante la ciudadanía y la realidad de la exclusión social y económica. Es, sobre todo, una crisis de expectativas entre el discurso liberal democrático y una realidad plena de desigualdades, de ausencia de solidaridad y de aplastantes muestras de insensibilidad de las elites políticas y económicas.

Giovanni Sartori, al recibir el premio Príncipe de Asturias 2005 ofreció una sucinta y profunda reflexión sobre la democracia y su difusión. Discute dos teorías. La que llama economicista, que pregona que la democracia está relacionada con el bienestar y está obstaculizada por la pobreza. Aunque acepta que el bienestar facilita la democracia, se pregunta si la guerrra contra la pobreza podrá ser ganada en el mundo. Sartori es, en general, un escéptico, y como duda que esa guerra se pueda ganar, advierte a los que pregonan esta teoría que la democracia es un bien en sí mismo y que es mejor ser pobres en libertad que pobres en esclavitud. La segunda teoría, continúa Sartori, es cultural y de visiones del mundo. Se pregunta sobre la población que migra a sociedades occidentales desarrolladas, para lo cual distingue entre integración y asimilación, para añadir que la integración necesaria y suficiente es la adhesión a los principios ético-políticos de la democracia como sistema político.

Por su parte, Dante Caputo, ex canciller argentino y coordinador del excelente Informe sobre la democracia en América Latina producido por el PNUD, denunció recientemente la exclusión de la agenda política latinoamericana de los temas que tienen que ver con los déficit de la ciudadanía social. Los temas sobre el origen de la pobreza y la desigualdad en el acceso a ingresos, activos y poder político, por ejemplo. Caputo lanza un pregunta incisiva muy apropiada para estos momentos trágicos y agitados: ¿cuánta pobreza y desigualdad va a soportar nuestra democracia antes de dejar de ser tal?

Varios analistas subrayan que una determinada combinación de fragmentación y anomia social despunta peligrosamente en el horizonte latinoamericano. Por ello, se requiere que la política regrese a la sociedad. Pero en sentido estricto la política no ha abandonado a las sociedades modernas, aun cuando los partidos políticos, los gobiernos, los parlamentos o simplemente los políticos gocen de una exigua popularidad. Si la política no ha abandonado a la sociedad lo que sí ocurre es que se expresa de manera sincopada por medio de grandes oscilaciones y rupturas. Falta continuidad en un proceso de aprendizaje ciudadano. Un tema parece útil retener para la reflexión. La fuerza de un discurso político requiere plasticidad orgánica, capacidad de adaptarse a condiciones cambiantes inclusive frente a shocks inesperados.

Las redes sociales juegan un papel relevante en la solidaridad ciudadana o en la acción política democrática cuando se han nutrido de un ambiente cívico que favorece valores como la tolerancia, la concertación y el debate civilizado. En ese caso son redes abiertas a la sociedad y no enclaustradas en sí mismas. Pueden ser formas de agregación de intereses para pensar más allá del interés particular, gremial o local y requieren de un contenido discursivo. Quizás aquí está el germen de nuevas formas de organicidad democrática frente a irrupciones desarticulantes como las que hasta este momento están presentándose en Francia. En redes sociales dotadas de cultura cívica, volcadas hacia la sociedad y con un discurso que transite del interés particular al general.

Se trata entonces de un enfoque sobre la política ciudadana expresado en redes sociales. Tienen un eje común. Promover e inducir la participación ciudadana como una forma de aprendizaje social mediante la toma de decisiones que afectan y competen a las diversas colectividades respetando tiempos y expresándose en elecciones, parlamentos, comunidades y movilizaciones. Serían partidos-acordeón por su ductilidad y porque no aspiran a acuerdos totales sino a convergencias discursivas. Pero también serían partidos ciudadanos porque asumen las reglas básicas de la convivencia democrática. 

La Jornada, 12/11/05