José Carlos García Fajardo: La rebelión de los proscritos

José Carlos García Fajardo: La rebelión de los proscritos

La violencia que se ha desatado en Francia puede extenderse al resto de los países europeos en donde ha crecido sin la debida atención y ayuda una población de hijos de inmigrantes "de segunda generación". Son ciudadanos de esos países pero no han podido integrarse plenamente en la sociedad. La sombra del multiculturalismo, -en lugar de una integración social inteligente, justa y solidaria- planea con el peligro de que se sientan excluidos en los guetos de la mente, que son los peores. La palabra banlieue, suburbio, tiene un origen significativo: en el siglo XVII el soberano expulsaba -verbo bannir- a la periferia de un lugar (lieu) a los súbditos que estimaba peligrosos. Ahora el sistema les expulsa porque son negros, porque son musulmanes o, simplemente, porque son pobres.

Las raíces hay que buscarlas 30 ó 40 años atrás, con la llegada masiva de inmigrantes africanos y el crecimiento de deprimentes aglomeraciones en las afueras de las grandes ciudades. El Gobierno francés pretende acallar la revuelta con programas sociales que son un parche, y la policía nunca resolverá el conflicto de integración que subyace en los enfrentamientos. La discriminación institucionalizada es la cuestión. La falta de oportunidades económicas reales es el caldo de cultivo de la violencia suburbana disparada en París.

Antes de condenarlos habrá que preguntarse si no era la última razón que les quedaba a cientos de miles de personas sin trabajo y sin futuro llamados a la desesperación, la delincuencia, las bandas y la droga. La mayoría de los ciudadanos franceses ya expresaron con su rechazo al proyecto de Constitución Europea que la cuestión social está sin resolver en aras de un crecimiento económico insostenible que no beneficia a los ciudadanos más necesitados.

Josep Ramoneda señala que la ley del mercado se ha convertido en un territorio autónomo sobre el que los Gobiernos están dejando de actuar. Esta ausencia amenaza con debilitar por completo su autoridad: "¿de qué sirve el Estado si no nos protege de los vaivenes de un sistema económico cada vez más inestable y de más alto riesgo que se ha llevado por delante las fronteras y los valores que componían nuestros marcos de referencia y adscripción?" El Estado ha descubierto en la seguridad la legitimación perdida al dejar de cumplir la demanda de los ciudadanos como Estado social. Del Estado social estamos pasando al Estado penal, un modelo, por otra parte, ya ensayado en Estados Unidos y del que Europa siempre había querido desmarcarse.

Si la seguridad es el único horizonte del Estado, como pretendió el trío de las Azores: Bush, Blair y Aznar, no es extraño que la violencia aparezca como respuesta de los márgenes. Es una manera de existir, de salir en el telediario, que es lo que da carta de naturaleza en la sociedad mediática. La destrucción como forma de existir- es una manera de estar en una sociedad que ha preferido no saber de ellos y que sólo les reconoce cuando queman coches.

Todos están de acuerdo en que el ascensor social no funciona en Francia. ¿Por qué se ha atascado esa mecánica de integración que durante cien años transformó hijos de mineros polacos, albañiles italianos, yeseros españoles o artesanos portugueses en empresarios, funcionarios, investigadores o inventores franceses? Antes no existían barrios homogéneos, pero ahora hay barrios enteros en los que nadie compra carne de cerdo ni bebe vino, barrios dominados por el Islam, la segunda religión de Francia.

Allí existen entre cuatro y seis millones de personas de origen árabe, de las cuales sólo un 20% practica el Islam, es decir, un porcentaje parecido al que se obtiene cuando se interroga a los católicos. El paro afecta al 9,9% de la población activa, en sus suburbios al 20,7% con lo que se dificulta la integración por el trabajo.

No es una Intifada, escribe Bassets porque no tiene como objetivo atacar a una fuerza de ocupación. No es una revuelta como la de mayo de 1968, que tenía objetivos revolucionarios y ocupó los espacios públicos, las calles del centro de París, teatros y universidades. Nadie toma la palabra en público en nombre de los rebeldes ni se conocen sus líderes, programas o ideas.

Tampoco es terrorismo islamista. No pretenden que se aplique la Ley Islámica en Francia, pero ciertos imanes integristas no dejarán de aprovechar esta oportunidad. Nada tiene que ver esta destrucción con Iraq ni con Palestina. Estos jóvenes han elegido la violencia como forma de participación política. Son franceses y quieren ser reconocidos como tales: iguales, libres y amparados por la fraternidad republicana. No hay calidad ni disciplina en una escuela pública que produce fracaso y paro. Las familias están desestructuradas. ¿Acaso los dirigentes de la República no supieron interpretar el profundo malestar de los proscritos de la sociedad que carecen de horizontes, de ilusiones y de un sentido para una vida desarraigada y en la que se consideran desechados y no necesitados? Al final, los proscritos por la sociedad se alzan para consumirse en su incendio y, al menos, ser así reconocidos.

- José Carlos García Fajardo, profesor de Pensamiento Político y Social (UCM), Director del Centro de Colaboraciones Solidarias, Madrid.

Alainet, 12/11/05