José Pablo Feinmann: El otro demoníaco

José Pablo Feinmann: El otro demoníaco

Ya no son los jóvenes rebeldes de la pequeña o la alta burguesía. Ya no son los que creaban magníficas consignas. Los que escribían: “Debajo de los adoquines está la playa”. Los que escribían: “En las cavernas del orden nuestras manos forjarán bombas”. Los que escribían: “La imaginación al poder”. O también: “Un hombre no es estúpido o inteligente: es libre o no lo es”. O también: “No tomen más el ascensor, tomen el poder”. Ya no se trata de algo traslúcido, racional. Un asunto entre franceses cultos. Nadie murió en el Mayo del ’68. Las consignas tenían fuerza pero eran lanzadas por jóvenes reconocibles. Francia los miraba y hasta se henchía de orgullo: ¡Qué imaginativos, qué cultos son nuestros rebeldes! Eran dos caras del mismo espejo. Era una cuestión entre europeos. “La poesía está en la calle”, decían, de ellos, los rebeldes.

Estos, los de hoy, no creen ser la poesía. Para ellos debajo de los adoquines están los adoquines. No quieren tomar el poder. Quieren afirmar su presencia en una sociedad que los niega. Francia es el espejo en que el capitalismo debe mirarse. Es su inevitable futuro. Los monstruosos, los negados, los escondidos salen a la luz. Sus modales no son buenos porque nadie les enseñó modales. Nadie les enseñó nada.

¿Cómo se atreven? ¿Acaso es posible que salgan de sus madrigueras y escupan en el centro o en los arrabales de la ciudad destellante? “El europeo”, escribió un francés en célebre prólogo al libro de un negro argelino, “no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos”. Los monstruos, ahora, no reposan en las colonias. Los bárbaros no duermen la siesta abotagada de la barbarie. Los bárbaros se han despertado y actúan como bárbaros. No saben hacerlo de otro modo, y cualquier otro modo, hoy, les parecería sospechoso. Los buenos modales son los de los imperios que los han explotado. Las buenas costumbres. Las buenas vestimentas. La cultura del hombre occidental. Africa y Oriente han vivido humillados por esa cultura. ¿Hay una filosofía africana? Para Occidente, Africa, a lo sumo, tiene un nivel mítico, una espiritualidad devaluada en naturaleza. “Un natural de Africa”, dice un europeo. El “Lejano Oriente”. ¿De qué estaba lejano el Oriente” Del Centro. Del corazón del imperio. Porque la mirada era la de los amos. Si se mirara desde Oriente se diría: “El lejano Occidente”. Pero ni eso. Occidente nunca estuvo lejos porque Occidente fue el colonizador, el que penetró la tierra del otro para someterlo. “Como verán ustedes”, escribe Sartre. ¿Quiénes son “ustedes”? Los franceses. A ellos les habla ese francés del ojo extraviado. Sigue: “Europa hace agua por todas partes. ¿Qué ha sucedido? Simplemente que éramos los sujetos de la historia y que ahora somos sus objetos”. Esto, en 1961. Hoy, en el actualísimo 2005, los matutinos publican en letras catástrofe: “Alarma en Europa por el caos en Francia”. Europa no sólo hace agua, tiene miedo. Los monstruos salieron de las catacumbas.

Pero, el de hoy es un mundo infinitamente más injusto que el que habitó Sartre. Caída la bipolaridad, el capitalismo se ha desbocado. Nada lo frena. Entregado a su codicia infinita (y a su infinita torpeza y a, insistamos, su no menos infinita falta de sensibilidad, de humanitas), el capitalismo nuevo milenio concentra la riqueza en manos cada vez más escasas y hunde en la miseria a la mayor parte del planeta. Esto lo saben todos. Lo que hoy ocurre en Francia no es fruto de las malas políticas de asimilación. La asimilación es imposible. Los hambreados, antes de morir, invaden la casa de los amos. Los amos no saben recibirlos, no saben qué hacer con ellos. Europa acabará por encerrarse como los ricos de la Argentina se encierran en sus countries, con custodios armados y armados ellos mismos.

El capitalismo crea exclusión y no puede sino crearla. Si no la creara no sería el capitalismo de mercado. El mundo de las corporaciones es de las corporaciones. Y las corporaciones se devoran todo. Devastan la tierra y abandonan a los hombres al hambre y la exclusión. Europa no puede asimilar porque el capitalismo nuevo milenio impide toda asimilación. Saquea la periferia. ¿Qué hace la periferia, qué hacen sus sobrevivientes? Emigran al centro para sobrevivir. Aceptan cualquier cosa. La humillación. El racismo. Sólo se trata de subsistir. Hasta que un día (estos días) todo estalla. Se hartan. Dicen: no. Un no que no tiene ideología. No saben cómo superar lo que hay. No sueñan con un mundo mejor. Querrían vivir y trabajar en éste. Pero este mundo (el del capital, el del mercado) no da trabajo, impide vivir. Entonces sólo resta destruirlo. Salen como locos a quemar autos y destruir propiedades. Si un europeo con buenas intenciones saliera a hablar con ellos no lo escucharían. Si yo (que escribo estas líneas en las que intento abrir una hendija de comprensión) me apareciera entre ellos me escupirían. Soy, como todos nosotros, un blanquito de mierda, con trabajo, casa, derechos. La sociedad nos da un lugar. A ellos no. Para ellos, los márgenes. Todo incluido es un enemigo porque ocupa un lugar que podría ser de ellos.

“Alarma en Europa”, se lee. ¿Y nosotros, y los argentinos de la culta Buenos Aires? Lo que hoy pasa en París sea acaso el espejo del peor de nuestros rostros futuros. Cuando los “zurdos” o los tontos progres como nosotros pedimos equidad social, democratización de la riqueza, distribución del ingreso, no sólo lo hacemos porque somos incurablemente idiotas y amigos de las buenas causas. Francia ha descubierto la cara del otro demonizado. Siempre se niega lo otro. Siempre se tapa la alteridad. El lenguaje del lacanismo tiene una expresión para esto. Cuando habla de “forclusión” quiere decir eso. La forclusión es la negación de la alteridad. No queremos ver lo otro, lo negamos. De ahí, en los sujetos, estalla la psicosis. Bien, el capitalismo es psicótico. Niega lo otro. Primero lo saqueó, lo explotó. Ahora lo niega. No sabe cómo asimilarlo. No sabe y no puede. Entonces lo demoniza.

Mírenlos: corren por las calles de París y nada queda intocado. Son como Atila: nada vuelve a crecer por donde ellos marcharon. Los jóvenes del Mayo del ’68 se encerraban en el Odeón y coreaban sus exquisitas consignas. Los bárbaros de este noviembre de 2005 perseveran en las calles. Incendian coches. Rompen sin miramientos las propiedades ajenas, que se presume son privadas e inviolables. Ya no hay nada inviolable para ellos porque, antes, han sido violados, los vejados.

La alarma que vive Europa debe hundir sus raíces entre nosotros. ¿Acaso no es Buenos Aires la París de América latina? ¿No fue ese título el que orgullosamente asumió esa oligarquía nuestra que, en lugar de un país, sólo construyó una ciudad? Una ciudad hermosa, como hermosa es París. ¿Cuántos excluidos esperan a las puertas de Buenos Aires? No son los piqueteros. Los piqueteros queman neumáticos y tienen una previsibilidad fatigosa. Son los que habitan el subsuelo de los piqueteros. Los que están en silencio, esperando o no. Los que se mueren de hambre, los que miran las luces de la gran metrópoli desde las sombras de la alteridad, de la lejanía. Son nuestro otro. Habría que asimilarlos para evitarles el estallido cruel de la invasión. Darles trabajo. Un salario que otorgue dignidad a ese trabajo, no una limosna asistencial. Muy pocos gobiernos en la Argentina harían eso. Viene desde lejos.

“Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convierte en una villa miseria de diez millones de habitantes”, escribía Rodolfo Walsh en 1977. También él, Walsh, hablaba de la “miseria planificada”. Y se escandalizaba ante el 9 por ciento de la desocupación. ¡Si viera esto! Todo gobernante tiene una deuda con las esperanzas, con las expectativas que despierta. A Kirchner le pedimos que instrumente lo necesario para impedir un estallido parisino en Buenos Aires. No se lo pediríamos a Macri ni a López Murphy. Pero este pedido debe pesarle a Kirchner. Es bueno despertar esperanzas, pero se corre el riesgo de adormecerlas. En esa espera estamos. Sobre todo ellos. El otro que nos mira desde la lejanía de la exclusión. A sus ojos somos una hoguera jubilosa y lejana. Hay que entregarles dignidad antes que seamos el centro de su odio, el espacio de la destrucción.

Página 12, 13/11/05