Eduardo Febbro: Los orígenes de un desastre

Eduardo Febbro: Los orígenes de un desastre

No es Islam, porque estos jóvenes ni siquiera escuchan a los imanes radicalizados. Es una larga historia de racismo de baja intensidad y programas sociales cancelados por la derecha.

Dos muertos de 15 y 17 años, electrocutados en un transformador de alta tensión. Dos palabras provocativas pronunciadas por un ministro del Interior, “escoria” y “ladronzuelos” bastaron para encender los barriles de pólvora de los suburbios franceses. Las imágenes del Mundial de fútbol del ’98 parecen salidas de un cuento de hadas. Aquella Francia unida y abrazada que caminaba por la calles con los rostros pintados con los colores de la bandera, que hacía la gran comunión de sus orígenes y de su mezcla sin que importara el color de la piel, quedó bajo las cenizas de la quema de autos, edificios públicos, escuelas y empresas con que los jóvenes de los suburbios manifestaron el hastío de la segregación. Y sin embargo, esa misma Francia del ’98 existe. Existió con los dos primeros goles que Zinedine Zidane, nacido en Francia pero de origen argelino, le marcó a Brasil en la final. Volvió a existir dos años después con el gol que le dio a la selección francesa la Copa de Europa de Naciones marcado por el franco argentino David Trezeguet. Y existió precisamente ayer mismo, en el partido amistoso entre Francia y Alemania. En la cancha había no menos de diez orígenes distintos, entre ellos el del mismo Trezeguet.

Blancos, negros, árabes. La Francia del espejismo del fútbol es multirracial y aplaudida y se reconoce en su selección. La Francia real, la de todos los días, no reconoce a quienes nacieron en esta tierra y hace 16 días se levantaron casi en pie de guerra. Algunos comentaristas predicen una derechización del electorado, un giro rotundo hacia los extremos. Otros hablan de “desintegración”. Ambos juicios parecen, sin embargo, apresurados. Es lícito constatar que la reacción “en caliente” del electorado se ha traducido por un apoyo contundente a la instauración del Estado de emergencia y una manifestación de confianza para la solución de la crisis hacia el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy. Una vez más, el país prefiere pensar que los problemas los resuelve la policía y no la economía y las políticas sociales. El populismo ardiente de Sarkozy capta los votos del miedo, pesca los apoyos en ese amplio margen del electorado física y psicológicamente envejecido, que le tiene tanto miedo a un plomero polaco como al padre de Zidane, que no tiene la nacionalidad francesa. Si Zidane es uno de los mejores embajadores de su país, los otros “hijos” de inmigrados son perdedores fabricados con las políticas aplicadas en los últimos 25 años, con el desequilibrio en la corresponsabilidad de la educación, es decir, la familia y los medios del Estado, y con la segregación racial heredada de la ideología de las colonias.

El movimiento insurreccional no tuvo una jerarquía determinada ni una agenda de reclamos organizada. Como lo señaló el antropólogo y psicoanalista Malek Chebel, especialista en Islam, “si los jóvenes rompieron todo fue porque ya no escuchan más a nadie, ni siquiera a los imanes fundamentalistas. Están hartos de ser despreciados y mostraron que existen, que carecen de toda esperanza”. Revuelta anarquista, en suma, cuya explosión pone al descubierto tal vez no la desintegración de una sociedad sino el fracaso del modelo de integración y, más aún, plantea la cuestión del prójimo: ¿Qué hacer con el otro cuando el otro es también parte de nosotros mismos? Ahmed no encuentra trabajo y Pascal sí. Ahmed se diplomó de ingeniero y Pascal se graduó en la misma promoción de Ahmed. El nombre que denota el origen excluye a uno e integra a otro.

En un sentido, no hacía falta que viniera Nicolas Sarkozy para que Francia “girara” a la derecha. Ya estaba instalada ahí, el menos en su relación con ese “prójimo” que es parte de su historia colonial y de su modernidad. Afirmar que Francia se derechizó con los acontecimientos de las últimas dos semanas es seguir tapándose los ojos con respecto a lo que ya existía. Ahmed, Jibril y Muhammad quieren el respeto de la policía, trabajo y dignidad. Sus familias, que a menudo no hablan francés, son también cómplices de la marginación. Algunas plumas apuradas hablaron de Jihad de los suburbios como si se tratara de una rebelión de los colonizados contra los colonizadores. Chebet recuerda que “esta ola de revuelta y de rabia escapa a todos los movimientos religiosos y políticos”.

Las últimas tres elecciones celebradas en Francia –cantonales, municipales y europeas– le dieron una neta victoria al Partido Socialista, que en esta crisis guardó un vergonzoso silencio. Enfrascada en su elección interna y la preparación del próximo congreso, la dirigencia socialista mantuvo los labios apretados. Pero sus acciones en el pasado se caracterizaron por la búsqueda de un “consenso barrial” a través de programas de acción social, financiación de organizaciones sociales, renovación de la vivienda y creación de cuerpos policiales “integrados” en los barrios y no “armados” contra los barrios. La derecha, que llegó al poder hace casi cuatro anos, cortó esos créditos y prefirió la represión policial a la acción social. Hasta las presidenciales de 2007 queda un amplio espacio para ver qué rumbo toma la sociedad, qué pedagogía elige según los postulados de los partidos. Por ahora, Nicolas Sarkozy gana. A las seis de la mañana, en los bares de París, mucha gente dice “hay que echarlos a todos”. Al día siguiente, el ministro decide efectivamente echar a los extranjeros detenidos. Eso no es acción política sino reacción, una ilusión. La última, la de la represión y el corte de los presupuestos sociales, mostró sus límites en los miles de autos convertidos en las tristes cenizas de la integración.

Página 12, 13/11/05